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Bohemian Rhapsody o un crisol cultural de Occidente: a quiénes vio Mercury en su descenso a los infiernos

En este otoño de 2018, en que se estrena el biopic de la vida de Freddie Mercury y de la trayectoria de la banda Queen, al margen de leyendas espurias, que mercadean con el entonces secreto a voces de la homosexualidad de Mercury, tal vez sea hora de reivindicar Bohemian Rhapsody como un verdadero crisol cultural de Occidente y, por ende, la obra maestra del autor.

Farrokh Bulsara, el verdadero nombre de Mercury fuera de los escenarios, era un gran aficionado a la ópera, y el título del disco al que pertenece este single, publicado en 1975, supone, ya, de hecho, toda una declaración de intenciones: A Nigth at the Opera.

En primer lugar, hablaremos del título, ya de por sí revelador: Bohemian Rhapsody contiene un doble significado, que alude al relato germánico protagonizado por Fausto, por un lado, que vendió su alma al diablo a cambio de la sabiduría, y que terminó sus días en Praga –lugar propenso a las leyendas de origen fantástico, como la del golem–, perteneciente a la región de Bohemia; por otro lado, el adjetivo bohemio referencia una condición inherente a los artistas, una huida deliberada de las convenciones sociales tradicionales.

Bohemian Rhapsody no salió de la nada. Hice algunas investigaciones, porque está pensada para ser un modelo de ópera, ¿por qué no?”

 

La rapsodia nos remite a una forma instrumental frecuente durante la segunda mitad del siglo XIX (Rhapsodies… are not very difficult formula, if one can think up enough tunes… en palabras del compositor norteamericano Virgil Thomson), que consiste en la libre concatenación de secciones sin aparente relación entre ellas, aunque una ópera, por definición, es también una rapsodia, ya que contiene distintas partes enlazadas, combinaciones de una o varias voces solistas, coro y orquesta.

Casa de Fausto en Praga, perteneciente a la Facultad de Medicina, Plaza Karlovo, n º 40. © Panaccione Robertino / Shutterstock.com

De esta forma, según las indicaciones de tempo de la partitura, podemos dividir el tema en cinco partes, en cinco actos, o, más bien, de un preludio introductorio y cuatro actos: buena parte de las óperas del repertorio de los siglos XVII y XIX –La favorita, Carmen, Macbeth, Aida, El trovador, Las bodas de Fígaro, El oro del Rhin, La bohème…– tienen una estructura en cuatro actos, incluida, el Fausto de Gounod (1859), que trata el mismo tema, inspirado en el texto de Goethe.

En efecto, en su condición de obra operística, Bohemian Rhapsody presenta un preludio y cuatro actos: balada, ópera, rock y finale o coda, con la participación de voz solista, coro, banda e instrumentos solistas, principalmente, el piano y la guitarra. El esmero en la elaboración de la estructura de la obra, lejos del azar, y la cuidada simetría de las combinaciones se puede apreciar en el siguiente diagrama:

Mercury, Bohemian Rhapsody, estructura.

 

De esta forma podemos observar que existe una combinación tres veces repetida –voz solista, coro y piano–, que nos remite a un punto concreto de la obra que actúa como eje de la misma: justamente, el acto 2: ópera, donde se encuentra la combinación sonora más interesante, con voz solista, coro, piano y acompañamiento de banda.

Mercury, Bohemian Rhapsody, combinaciones vocales e instrumentales.

 

Otro dato estructural de vita importancia: de las cinco partes de Bohemian Rhapsody, cuatro están relacionadas por un leitmotiv, un motivo conductor, otro proceso operístico tradicional, que fue elucidado por Wagner –Lohengrin (1850) es la primera ópera donde se utiliza– y que adoptaron otros compositores en la segunda mitad del siglo XIX, Saint-Saëns, Massenet, Puccini, Mascagni etc. El leitmotif de Bohemian Rhapsody, de carácter descendente y cromático, procedente del lenguaje del blues, da a entender la peligrosa posición del protagonista, en la pugna entre ángeles y demonios, y aparece, por primera vez, en el compás 7, en un punto estructural importante, separando el fin de la intervención inicial del coro con la primera aparición de la voz del protagonista.

Mercury, Bohemian Rhapsody, compases 4-7, leitmotif.

Siempre la parte de piano, el instrumento interpretado por Mercury, el leitmotif de Bohemian Rhapsody no sólo supone un elemento descriptivo a lo largo de la obra, sino que, además, posee un valor estructural a lo largo del discurso: marca el cambio de estrofa en el Acto 1; divide en dos mitades simétricas  de veinte compases el Acto 2; despide la obra en el penúltimo compás con la frase final: anyway the wind blows…

Mercury, Bohemian Rhapsody, aparición del leitmotiv.

 

A continuación, vamos a comentar las secciones –o actos– de la obra, para seguir apreciando los símbolos culturales escondidos por el autor para el oyente curioso.

Preludio y Acto I: balada

La obra comienza, curiosamente, con la intervención del coro o, más bien, con la voz de Mercury grabada en cinco pistas diferentes, por mucho que el vídeoclip de la canción trate de mostrar que son los integrantes de la banda quienes cantan. En la tragedia griega, el coro –que, posteriormente, pasó al género de la ópera– poseía un papel muy importante, dado que actuaba de intermediario entre el público y el protagonista, a quien, sobre el escenario, aconsejaba, animaba, hacía reflexionar etc., por tanto, asumía la conciencia moral individual y colectiva, como podemos observar, por ejemplo, en Las coéforas de Esquilo, obra perteneciente a la trilogía de la Orestíada (458 a. C.).

ORESTES: ¡Ay! ¡Ay! ¿Cuándo ha de bajar la mano Zeus omnipotente para herir ambas cabezas? ¡Reconozca esta tierra tu poder! Justicia pido contra la iniquidad (…)

EL CORO DE LAS COÉFORAS: Es ley que la sangre vertida en asesinato clame por otra sangre. Da muerte al que ha dado la muerte.

En Bohemian Rhapsody encontramos una situación parecida, alentada por las virguerías del estudio de grabación: es el propio Mercury solista quien dialoga con el propio Mercury coral en la problemática inicial del protagonista –Is this the real life? Is this just fatasy? Caught in a landslide, no escape from reality– que se enfrenta a la muerte tras haber vendido su alma al demonio, y se despide de su madre, figura que planea sobre el protagonista a lo largo de toda la obra,un tema, por otro lado, harto recurrente en la imaginería operística –Carmen: Parle moi de ma mère, Acto I; Il trovatore; Di quella pira l’orrendo fuoco, Acto III; Cavalleria rusticana, Mama, quel vino è generoso, Acto I–.

Acto II: ópera

Como ya se ha reseñado, la canción relata el eterno conflicto entre ángeles y demonios que se disputan el alma de un poor boy, a quien nadie quiere, trasunto del propio Mercury. De hecho, la bajada a los infiernos es un tema recurrente en la literatura desde tiempos inmemoriales, desde el mito de Orfeo hasta la monumental Commmedia de Dante (1304-1321), que más tarde fue divina en labios de Boccaccio. En el infierno, Dante, acompañado por su héroe particular, el poeta Virgilio –que también había hecho descender al hades a su protagonista Eneas, en el libro VI de la Eneida (29-19 a. C.)– contempla una serie de personajes paganos de la Antigüedad: Homero, Horacio, Lucano, Ovidio, Sócrates, Platón, Aristóteles, etc. Curiosamente, la Divina Comedia comienza con la edad pretendida del poeta protagonista (Nel mezzo del cammin di nostra vita…, es decir, treinta y cinco años, según los setenta marcados por el Salmo 90:10 de la Biblia)… mientras que Mercury, que tenía veintinueve, hace mención a este mismo tema (Life had just begun…, estrofa 1).

Otro tanto le ocurre a Mercury, que se encuentra con Scaramouche (un personaje procedente de la Commedia dell’ Arte, protagonista de diversas obras literarias y operísticas, incluso, cinematográficas), bailando el fandango, un baile de origen español que aparece en el Acto 3 de Las bodas de Fígaro. A continuación aparecen Galileo y Fígaro, respectivamente, el astrónomo –hijo, a su vez, de Vincenzo Galilei, de uno de los teóricos de las primeras proto-óperas de fines del siglo XVI– y el criado protagonista de la ópera de Mozart. La galería de personajes operística se cierra con (don) Magnífico, un tipo humorístico procedente de la Cenerentola (1817) de Rossini, que nada tiene que ver, como se ha dicho, con el Magnificat de Johann Sebastian Bach, un compositor de profundas creencias religiosas, que consideraba demasiado mundano el género operístico.

Seguidamente, comienza la lucha por el alma del pecador entre Bismillah –palabra árabe que designa el nombre de dios (la familia de Mercury tenía antecedentes persas)– versus Belcebú –palabra hebrea que designa una deidad extranjera–.

Acto III: rock

Contraste: sonido de hard rock y, en correspondencia, el demonio reclama el alma prometida, junto a la banda al completo. El desenlace llega en el siguiente acto, coda o finale, precedido de dos pequeños solos, primero guitarra, después, piano, los dos instrumentos solistas principales de la obra (compases 115-122).

Acto IV: finale

Una última intervención del coro –las voces de Mercury en el agudo–, semejante a un coro celestial, nos indica el vencedor de la pugna, y, con el regreso del piano, la obra se cierra donde comenzó, con el leitmotiv inicial expandido en un dulce ritardando…, mientras el protagonista, ya a salvo, pronuncia una frase para la eternidad: anyway the wind blows.

 

Lenguaje descriptivo

Otro aspecto aparte de los comentados en Bohemian Rhapsody es el lenguaje descriptivo empleado a través de la música, con momentos, regalados al oyente, de gran belleza: el llanto de la madre en la guitarra de Brian May justo al final del Acto I; la caricatura de las agilidades vocales operísticas en el Acto II, la aparición del demonio en el Acto III; el coro celestial en el Acto IV…

En conclusión, más allá de la especulación de si confesaba su homosexualidad en Bohemian Rhapsody –dado que es imposible rastrear los impulsos inconscientes del artista–, preferimos pensar que, con esta obra, Mercury nos ofrecía lo mejor de sí mismo tras su, esta vez sí, confesada investigación sobre el mundo de la ópera. De hecho, tal vez, la bajada al averno puede considerarse una suerte de premonición sobre el infierno del VIH, que el cantante confesó públicamente la víspera de su muerte, acaecida el 24 de noviembre de 1991, cuando apenas existía medicación para tratar la enfermedad, porque, para Mercury, que falleció con cuarenta y cinco años –nel mezzo del cammin di la sua vita…–, como para tantos otros, la vida had just begun… nos queda el consuelo de que, en efecto, el viento continúa su labor, ya que la voz apagada de Freddie Mercury sigue soplando en 2018.

Eduardo Maura: “Lo políticamente correcto ha existido siempre”

Eduardo Maura, portavoz de Cultura de Unimos Podemos, diputado, doctor en Filosofía, habló ayer sobre La transición democrática: ¿amenaza u oportunidad?, en el marco de los foros de Nueva Revista, a los que acude una representación plural de profesionales, académicos y políticos para debatir sobre determinadas materias de especial relevancia. Antes respondió a estas preguntas.

Si a usted lo nombraran ministro de Educación, ¿qué primera medida tomaría?

Sin duda intentaría conseguir la universalización práctica de la educación.

En Podemos han luchado para que vuelva la filosofía al bachillerato. ¿Por qué han enarbolado esa bandera?

Nos importa mucho que la filosofía vuelva al Bachillerato por dos razones al menos. En primer lugar porque nunca hemos entendido el motivo por el que desapareció, o por el cual dejó de tener el peso que tenía, y la respuesta a esa pregunta nos resulta un auténtico arcano. No entendemos por qué. En segundo lugar, porque la educación, desde los niveles más bajos hasta la educación superior, debe proporcionar a los estudiantes el mayor número de herramientas posibles, tanto cualitativa como cuantitativamente. La filosofía es una de esas herramientas, particularmente importante en un mundo en el que dotar de sentido a las cosas, dotar de sentido a la trayectoria vital que uno lleva, es fundamental. Sin filosofía es difícil disponer de herramientas para encontrar ese sentido.

¿Curan las humanidades? ¿Puede ayudar la lectura a un enfermo?

Yo creo que la relación entre literatura, arte y vida cotidiana es una relación productiva, sin duda, y en gran medida inseparable. No sé hasta qué punto las humanidades tienen capacidad o poder curativo, lo que sí tienen seguro es capacidad de transformar la manera en que nos vemos a nosotros mismos y la manera en que nos relacionamos con el mundo que nos rodea, también con las enfermedades.   

¿Qué le parece el premio Princesa de Asturias en Ciencias Sociales de este año, Michael Sandel?

Conozco su libro Justicia y es una persona de referencia en el ámbito anglosajón, pero ciertamente mi relación con la teoría anglosajona en el ámbito de la justicia pasa más por otra línea, por la de John Rawls.

¿Van de la mano lo políticamente correcto y la corrupción en la política española? ¿Cómo relaciona lo políticamente correcto con la libertad de expresión?

La idea de lo políticamente correcto es muy cambiante, en función de la época y del lugar, del contexto social y cultural. Lo políticamente correcto cambia con todos esos factores... En cuanto a la relación entre libertad de expresión y lo políticamente correcto obviamente es una relación tensa. Siempre ha habido tensión entre la libertad de expresióen todas sus dimensiones y lo políticamente correcto. Esa relación de tensión debe existir siempre, es saludable para que la opinión pública sea capaz de pensarse a sí misma críticamente, y capaz de avanzar hacia lugares que aún no conoce. Corremos el riesgo en nuestro días de que la libertad de expresión se convierta en una excusa para volver a manifestaciones que están cambiando. Eso sería una manera conservadora de entender la lucha contra la dictadura de lo políticamente correcto. Yo no estoy en contra de que hayan nuevas fórmulas que invaliden por ejemplo expresiones anteriores, no estoy en contra de que cosas que decíamos hace 30, 40 o 50 años hoy sean inaceptables. Eso es perfectamente razonable. La dictadura de lo políticamente correcto siempre es mala, pero cuidado con utilizar lo políticamente correcto y la lucha contra lo políticamente correcto como forma de aferrarse a un pasado que irremisiblemente no va a volver o no puede permanecer. Nada en arte, tampoco en música, es sagrado: ni siquiera la letra de José María Cano, ni siquiera la canción de Mecano es sagrada. Por tanto que esté abierta a cambios o que esté abierta a generar algún tipo de incomodidad a quien la canta décadas después es algo con lo que hay que contar.

La mimada mente americana

Publicado en The Atlantic en septiembre de 2015, The Coddling of the American Mind (La mimada mente americana[1]analiza desde el punto de vista de la psicología las consecuencias de la sobreprotección en los estudiantes universitarios norteamericanos, y los efectos negativos de los nuevos medios de censura. El artículo de The Atlantic se ha convertido en un libro. Entre tanto los autores han comenzado The Heterodox Academy, en defensa de la libertad de discurso en las universidades[2].

En nombre del bienestar emocional, los estudiantes de colleges exigen cada vez más que les protejan de palabras e ideas que no les gustan. Aquí se encontrará por qué eso es algo desastroso para la educación…, y para la salud mental.

Está pasando algo extraño en los colleges y las universidades de Estados Unidos. Ha comenzado un movimiento, que no tiene dirigentes y es conducido fundamentalmente por los estudiantes, para dejar los campus limpios de palabras, ideas y temáticas que pudieran causar malestar o generar ofensas. El pasado diciembre [diciembre de 2014], Jeannie Suk escribió un artículo en la versión on line de The New Yorker sobre un grupo de estudiantes de derecho que pedían a sus colegas profesores de Harvard que no enseñaran la legislación sobre violaciones (rape) o, en un caso determinado, que no usaran la palabra violar (por ejemplo en la expresión ‘esto viola la ley’) no fuera que eso causara sufrimiento en los estudiantes. En febrero, Laura Kipnis, una profesora de Northwestern University, escribió un ensayo en The Cronicle of Higher Education en el que describía la nueva política del campus sobre paranoia sexual, y fue sometida a una larga investigación después de que estudiantes que se sintieron ofendidos por el artículo y por un tweet enviado por ella enviaran quejas contra ella amparándose en el Title IX[3]. En junio, un profesor que se protegió bajo seudónimo, escribió un artículo para Vox describiendo la cautela con la que se ve obligado a educar ahora. «Soy un profesor de corriente liberal, y mis estudiantes liberales me aterrorizan», decía la cabecera. Un gran número de comediantes populares, incluyendo a Chris Rock, han dejado de actuar en los colleges (véase el artículo de Caitlin Flanagan en este mismo número de The Atlantic[4] –). Jerry Seinfeld y Bill Maher[5] han condenado públicamente el exceso de sensibilidad de los estudiantes, diciendo que muchos de ellos no aguantan una broma.

 


Jonathan Haidt, Greg LukianoffThe Coddling of the American Mind,  Allen Lane, 2018, 304 páginas.


 

Han aparecido rápidamente dos términos desde la oscuridad a la jerga común de los campus. Microagresiones son la elección de pequeñas acciones o palabras que parece que no tienen malicia en su primera intención pero que se piensa de todos modos que contienen gran violencia. Por ejemplo, para las orientaciones de algunos campus, es una microagresión preguntar a un asiático–americano o a un latino–americano «¿Dónde has nacido?», porque eso implicaría que él o ella no son realmente americanos. Se supone también que los profesores deben dar avisos de que algún material puede llevar contenido sensible (trigger warnings) si algo en él puede causar una respuesta emocional fuerte. Por ejemplo, algunos estudiantes han pedido que se avise de que el libro de Chinua Achebe Things Fall Appart[6] describe violencia racial y de que El Gran Gastby de F. Scott Fitzgerald[7] hace un retrato de la misoginia y del abuso físico, de modo que estudiantes que se han sentido víctimas debido al racismo o a la violencia doméstica pueden elegir evitar esas obras, que ellos consideran que podrían disparar (trigger) un pasado traumático recurrente.

«Soy un profesor de corriente liberal, y mis estudiantes liberales me aterrorizan», escribe un profesor bajo seudónimo.

Algunas iniciativas que se han tomado recientemente en los campus rozan lo surrealista. En abril, en Brandeis University, la asociación de estudiantes Asiatico–Americanos buscó llamar la atención sobre las microagresiones contra los asiáticos por medio de una instalación en las escalinatas de la entrada a un edificio académico. La obra ofrecía ejemplos de microagresiones como «¿No se supone que tu eres bueno en matemáticas?» Y «¡Soy ciego al color! Yo no veo la raza». Pero otros estudiantes Asiatico–Americanos tuvieron una reacción violenta pues pensaban que la misma instalación era por sí misma una microagresión. La asociación la retiró y su presidente escribió un correo electrónico a todo el cuerpo de estudiantes pidiendo disculpas a quien quiera que «se hubiera sentido interpelado o herido por el contenido de las microagresiones».

Este nuevo clima se va haciendo poco a poco institucional, y afecta a lo que se puede decir en el aula, incluso si se propone como tema de discusión. Durante el curso 2014–2015, por ejemplo, los decanos y jefes de departamento del sistema de 10 escuelas de la Universidad de California fueron llevados por los administradores a sesiones de formación para líderes de profesorado en la que se les daba ejemplos de microagresiones. La lista de afirmaciones ofensivas incluían: «America es la tierra de las oportunidades» y «Creo que la persona más cualificada es la que debería conseguir el trabajo».

La prensa normalmente ha descrito estas iniciativas como un resurgimiento de la corrección política. En parte eso es así, aunque hay diferencias importantes entre lo que está ocurriendo ahora y lo que pasó en los 80 y 90. Ese movimiento buscaba limitar el discurso (específicamente los mensajes de odio promovidos por grupos marginales), pero también ofrecía un reto al canon literario, filosófico e histórico, buscando ensancharlo por medio de la inclusión de perspectivas más diversas. El movimiento actual trata sobre todo de bienestar emocional. Más que eso, presupone una extraordinaria debilidad de la psique colegial, y por lo tanto subraya la finalidad de proteger a los estudiantes de todo daño psicológico. Parece que la intención última es convertir los campus en ‘espacios seguros’ donde jóvenes adultos viven protegidos de palabras e ideas que les ponen incómodos. Y todavía más, este movimiento busca castigar a cualquiera que interfiera en tal finalidad, aunque sea de manera accidental. Podría llamarse a este impulso protección vengadora. Se está creando una cultura en la que todos deben pensárselo un par de veces antes de hablar en voz alta, no vayan a afrontar los cargos de insensibilidad, agresión o todavía algo peor.

No enseñes a los estudiantes qué pensar, enséñales cómo pensar. Eso es el método socrático y el pensamiento crítico.

Llevamos un tiempo estudiando este fenómeno con una alarma creciente (Greg Lukianoff es un abogado de constitucional y el presidente y CEO de la Fundación Para los Derechos Individuales en Educación, que defiende la libertad de palabra y la libertad académica en los campus, y ha defendido a estudiantes y profesorado envueltos en incidentes como los que describe este artículo; Jonathan Haidt es un psicólogo social que estudia las guerras culturales Americanas[8]). Los peligros que estas tendencias plantean a la erudición y calidad de las universidades americanas son significativos; podríamos escribir un ensayo detallado sobre los mismos. Pero en este texto nos centraremos en una cuestión diferente: ¿cuáles son los efectos de este nuevo proteccionismo en los estudiantes mismos? ¿Beneficia a la gente que se supone que va a ayudar? ¿Qué es exactamente lo que los estudiantes están aprendiendo cuando permanecen cuatro años o más dentro de una comunidad que castiga los desaires no intencionados, pone etiquetas de aviso en las obras de la literatura clásica y de muchos otros modos transmite la sensación de que las palabras pueden ser formas de violencia que requieren un control estricto de parte de las autoridades de la universidad, de los que se espera que actúen a la vez como protectores y perseguidores?

Hay un dicho habitual en círculos educativos: No enseñes a los estudiantes qué pensar; enséñales cómo pensar. La idea se puede retrotraer hasta Sócrates. Lo que llamamos método socrático es hoy un método de enseñanza que desarrolla el pensamiento crítico, en parte porque anima a los estudiantes a preguntarse sobre sus propias creencias en la medida en que no las han examinado, así como sobre la sabiduría que han recibido de su entorno. Ese preguntarse algunas veces conduce a situaciones poco confortables, o incluso a el enfado, mientras se camina hacia la comprensión.

Los millenials recibieron este mensaje: «La vida es peligrosa, pero los adultos os protegeremos de todo daño».

Pero la protección vengadora enseña a los estudiantes a pensar de un modo muy diferente. Les prepara de manera pobre para la vida profesional, que a menudo exige relación intelectual con personas e ideas que uno podría encontrar poco amistosas o erróneas. El daño puede ser también más inmediato. Una cultura universitaria dedicada a limpiar el discurso y a castigar a los oradores parece favorecer modos de pensamiento sorprendentemente similares a aquellos que los terapeutas de comportamiento cognitivo han identificado como causantes de depresión y ansiedad. El nuevo proteccionismo puede estar enseñando a los estudiantes a pensar de forma patológica.

¿Cómo llegamos a esto?

Es complicado conocer exactamente cómo este proteccionismo vengador ha estallado de forma tan poderosa desde hace pocos años. Se puede relacionar este fenómeno con cambios recientes en la interpretación de los estatutos federales anti discriminación (hablaremos de esto más adelante)[9]. Pero probablemente la respuesta incluya también cambios generacionales. La misma infancia ha cambiado mucho en la generación pasada. Muchos niños del Baby boom y miembros de la Generación X se pueden acordar de cuando a los 8 o 9 años de edad montaban en sus bicicletas en torno a sus casas, sin la supervisión de adultos. En las horas que seguían al colegio se esperaba que los niños se distrajeran a sí mismos, al precio de pequeños arañazos y aprendiendo de sus experiencias. Pero la infancia sin control se fue haciendo menos común a partir de los 80. El crecimiento del crimen desde los 60 hasta el inicio de los 90 hizo que los padres nacidos en el baby boom fueran más protectores de lo que habían sido sus propios padres. Historias de niños secuestrados aparecían en las noticias cada vez con más frecuencia y en 1984 sus imágenes empezaron a mostrarse en las cajas de leche. Como respuesta, muchos padres tiraron de las riendas y se pusieron a trabajar duro para mantener seguros a sus niños.

La lucha por la seguridad también llegó a la escuela. Se retiraron los columpios peligrosos de los campos de juego; se prohibió la mantequilla de cacahuete en los almuerzos de los estudiantes. Después de la masacre de 1999 en Columbine, Colorado, muchos colegios tomaron medidas enérgicas contra el matoneo, aplicando una política de ‘tolerancia cero’. De modos muy diversos, los niños nacidos después de 1980 –los Millenials– recibieron un mensaje consistente de parte de los adultos: la vida es peligrosa, pero los adultos harán cualquier cosa que esté en su mano para protegeros de todo daño, no solo el que venga de extraños, sino también entre vosotros.

Estos mismos niños crecieron en una cultura que se estaba (y todavía se está) polarizando políticamente. Republicanos y Demócratas nunca se han gustado demasiado entre sí, pero datos registrados hasta los 70 muestran que en general su desacuerdo mutuo solía ser sorprendentemente suave. Desde entonces los sentimientos negativos se han ido haciendo más fuertes, en especial a partir del principio de los 2000. Los científicos políticos llaman a este proceso «polarización afectiva partisana»[10], y es un problema muy serio para cualquier democracia. En la medida en que cada lado demoniza de manera creciente a la parte contraria el acuerdo se hace más difícil. Un estudio reciente muestra que los prejuicios implícitos o inconscientes son ahora por lo menos tan fuertes entre partidos políticos como entre las razas.

De modo que no es difícil imaginar por qué los estudiantes que llegan hoy al campus podrían estar más deseosos de protección y serían más hostiles hacia los oponentes ideológicos que en las generaciones pasadas. Esta hostilidad, y la conciencia de la propia rectitud alimentada por fuertes emociones partisanas, se puede suponer que otorgará fuerza a cualquier cruzada moral. Un principio de psicología moral es que «la moralidad liga y ciega». Parte de lo que hacemos al realizar juicios morales es expresar nuestra unión como equipo. Pero eso también puede interferir sobre nuestra capacidad de pensar críticamente. Reconocer que el punto de vista del otro lado tiene algún mérito es arriesgado: tus compañeros de partido pueden verte como a un traidor.

Los medios de comunicación social hacen extraordinariamente sencillo unirse a diversas cruzadas, expresar solidaridad y enfado, y rechazar a los traidores. Facebook fue fundada en 2004, y desde 2006 ha permitido que niños pequeños desde los 13 años se unan a él. Eso quiere decir que la primera ola de estudiantes que han dedicado sus años de adolescencia a usar Facebook llegaron a la universidad en 2011, y se han graduado del college este mismo año (2015).

Estos verdaderamente primeros «nativos de las redes sociales» pueden ser diferentes a los miembros de generaciones previas en el modo en que comparten sus juicios morales apoyándose unos a otros en campañas y conflictos. Encontramos muchas cosas interesantes en estas tendencias. Hoy la gente joven se encuentra comprometida entre ella, con nuevas historias, y con un empeño a favor de lo social más fuerte que cuando la tecnología dominante era la televisión. Pero las redes sociales también han cambiado radicalmente el equilibrio de poder en las relaciones entre estudiantes y profesores. Estos últimos temen de forma creciente lo que los estudiantes podrían hacer con sus reputaciones y carreras si remueven a las masas contra ellos.

No tratamos de simplificar las relaciones de causalidad, pero los índices de enfermedades mentales entre los jóvenes adultos han ido subiendo, tanto en la universidad como fuera, en las décadas recientes. Una parte de estos casos se debe, sin duda, al aumento de mejores diagnósticos y a un mayor deseo de buscar ayuda, pero muchos expertos parecen estar de acuerdo en que una parte de esta tendencia es real. Casi todos los directores de servicios de salud mental en campus, encuestados por el American College Counseling Association, comunicaron que el número de alumnos con problemas psicológicos severos estaba aumentando en sus escuelas. La tasa de malestar emocional comunicada por los mismos estudiantes es también elevada, y sigue en alza. En una investigación de 2014 realizada por el American College Health Association, el 54% de los estudiantes encuestados dijeron que se habían «sentido superados por la ansiedad» en los anteriores 12 meses, por encima del 49% en la misma encuesta solo cinco años antes. Parece que los estudiantes comunican más crisis emocionales; muchos parecen frágiles, y esto seguro que ha cambiado el modo en que profesores y administradores de la universidad interactúan con ellos. La pregunta es si algunos de estos cambios podrían estar haciendo más mal que bien.

La cura del pensamiento

Durante milenios los filósofos han entendido que no vemos la vida como esta es. Vemos una visión deformada por nuestras esperanzas, miedos, y otros apegos. Buda dijo: «Nuestra vida es una creación de nuestra mente». Y Marco Aurelio: «La vida misma no es más que lo que tú consideras». La búsqueda de la sabiduría comienza en muchas tradiciones con esta comprensión. Los budistas tempranos y los estoicos, por ejemplo, desarrollaron prácticas para reducir el apego, pensar con mayor claridad, y encontrar una liberación de los tormentos emocionales de la vida mental normal.

Se supone que todo el mundo debe confiar en sus propios sentimientos para decidir si un comentario es acoso.

La terapia cognitiva del comportamiento (CBT)[11] es una actualización moderna de esta sabiduría antigua. Es el tratamiento no farmacéutico más extensamente estudiado sobre la enfermedad mental, y se usa con frecuencia para tratar la depresión, los desórdenes de ansiedad, alimentarios y las adicciones. Puede ser de ayuda también para esquizofrénicos. No se ha mostrado ninguna otra forma de psicoterapia que trabaje de un modo tan efectivo para un rango tan amplio de problemas. Hay estudios que muestran cómo en general es tan efectiva como los medicamentos antidepresivos (como Prozac) en el tratamiento de la ansiedad y la depresión. La terapia es relativamente rápida y sencilla de aprender: tras unos pocos meses de preparación, muchos pacientes pueden llevarla a cabo por su cuenta. A diferencia de las medicinas, la CBT sigue trabajando por largo tiempo una vez que se interrumpe el tratamiento, pues enseña habilidades de pensamiento que la gente puede seguir usando.

El fin es minimizar el pensamiento desenfocado y mirar el mundo de manera más adecuada. Comienzas aprendiendo los nombres de la docena o así de las deformaciones cognitivas más habituales (como la sobre–generalización, la rebaja de lo positivo, el razonamiento emocional; puede verse el cuadro donde proporcionamos la lista de los más comunes).


Deformaciones cognitivas más frecuentes

Una lista parcial tomada de Robert L. Leahy, Stephen J. F. Holland y Lata K. McGinns, Treatment Plans and Interventions for Depression and Anxiety Disorders, Guilford Press, 2011, 490 pp.

    1. Lectura mental. Asumes que sabes lo que la gente piensa sin tener evidencia suficiente de sus pensamientos. «Él cree que soy un perdedor».
    2. Adivinación. Predices el futuro de forma negativa: las cosas irán peor, o hay un peligro delante. «Voy a suspender» o «No conseguiré el trabajo».
    3. Catastrofismo. Crees que lo que ha ocurrido o lo que va a ocurrir será tan terrible e inaguantable que no serás capaz de resistirlo. «Sería tremendo que fracasara».
    4. Etiquetado. Asignas rasgos globalmente negativos a ti mismo y a otros. «Soy imposible de querer» o «Es una persona podrida».
    5. Rebajar lo positivo. Afirmas que lo positivo que tú u otros llevan a cabo es trivial. «Eso es lo que se supone que hacen las esposas, de modo que no cuenta que ella sea positiva conmigo» o «Hacerlo bien resultó tan fácil que no cuenta».
    6. Filtrado negativo. Te centras casi exclusivamente en lo negativo y muy raramente percibes lo positivo. «Fíjate en toda la gente a la que no le gusto».
    7. Sobre-generalización. Percibes una pauta global de aspectos negativos como fundamento de un incidente aislado. «Siempre me pasa. Parece que fallo en muchas cosas».
    8. Pensamiento dicotómico. Te fijas en los hechos o en la gente en términos de ‘todo o nada’. «Todo el mundo me rechaza» o «Fue una completa pérdida de tiempo».
    9. Te centras en la otra persona como fuente de tus sentimientos negativos, y te niegas a hacerte responsable de cambiar tú mismo. «La culpa de como me siento es de ella» o «Mis padres son la causa de todos mis problemas».
    10. ¿Qué pasaría si…? Te empeñas en preguntarte una serie de preguntas sobre ‘qué pasaría si’ algo sucediera y no logras estar satisfecho con ninguna de las respuestas. «Sí, ¿pero qué pasa si me pongo nervioso?» O «¿Qué pasa si no puedo contener mi respiración?».
    11. Razonamiento emocional. Dejas que sean tus sentimientos los que guíen tu interpretación de la realidad. «Me siento deprimido; en consecuencia, mi matrimonio no funciona».
    12. Incapacidad de no confirmar lo defendido. Niegas cualquier tipo de evidencia o argumentos que pudieran contradecir tus pensamientos negativos. Por ejemplo, cuando tienes la idea de Es imposible que nadie me quiera, rechazas como irrelevante cualquier evidencia de que hay gente que a la que importas. En consecuencia, tu pensamiento no puede ser refutado. «Ese no es el problema real. Hay asuntos más profundos. Hay otros factores».

Cada vez que te das cuenta de que estás cayendo presa de una de ellas, la llamas por su nombre, describes los hechos de la situación, consideras interpretaciones alternativas y entonces escoges una interpretación de lo que ha sucedido más acorde con los hechos. De ese modo tus emociones siguen a tu nueva interpretación. Pasado un tiempo este proceso se hace automático. Cuando la gente mejora su higiene mental de este modo, cuando se liberan a sí mismos de pensamientos repetitivos e irracionales que con anterioridad han llenado buena parte de su consciencia, pasan a ser menos depresivos, ansiosos o irritables.

Es claro el paralelismo de esto con la educación formal: la terapia cognitiva del comportamiento enseña buenas habilidades de pensamiento crítico, el tipo que los educadores se han esforzado por impartir durante tanto tiempo. Casi para cada definición, el pensamiento crítico exige fundamentar las propias creencias en lo evidente antes que en emociones o deseo, y aprender como buscar y evaluar evidencias que pueden contradecir las propias hipótesis iniciales que uno tenía. Pero, ¿anima la universidad de nuestros días al pensamiento crítico? ¿O tratan de convencer a los estudiantes para que piensen de maneras más distorsionadas?

El abrazo de la educación superior al ‘razonamiento emocional’

Burns define razonamiento emocional como algo que asume «que tus emociones negativas necesariamente reflejan las cosas tal como son: ‘lo siento así, por lo tanto debe ser verdad’»[12]. Leahy, Holland y McGinn lo definen como dejar «que tus sentimientos guíen tu interpretación de la realidad». Pero, por supuesto, los sentimientos subjetivos no son siempre guías fiables: si no se los controla, pueden causar que unos golpeen a otros que no han hecho nada malo. La terapia muchas veces invita a que se relativice la idea de que cada una de las respuestas emocionales que uno tiene representan algo verdadero e importante.

El razonamiento emocional domina muchos de los debates y discusiones en los campus. La queja de que las palabras de alguien son ‘ofensivas’ no es simplemente una expresión del sentimiento subjetivo de ofensa. Es, más bien, una acusación pública de que el que habla ha hecho algo objetivamente mal. Es una exigencia para que quien ha hablado pida disculpas por ofender o sea castigado por alguna de las autoridades.

La microagresión es un modo de ofensa tan sutil que a menudo es inconsciente, y conduce a la constante indignación.

Siempre ha habido gente que cree que tiene el derecho a no ser ofendida. De todos modos, a lo largo de la historia de Estados Unidos —desde la era victoriana hasta el activismo del free–speech en los 60 y 70— los radicales han empujado los límites y se han burlado de las sensibilidades dominantes. Sin embargo, en algún momento de los 80, los campus universitarios empezaron a centrarse en prevenir el discurso ofensivo, especialmente cualquier mensaje que pudiera dañar a las mujeres o a las minorías. El sentimiento que sostenía esta meta resultaba digno de alabanza, pero muy pronto empezó a producir resultados absurdos.

Entre los ejemplos tempranos más famosos está el llamado incidente del búfalo de agua en la University of Pennsylvania. En 1993 la universidad multó a un estudiante nacido en Israel por acoso racial después de que gritara «¡Callaos, búfalos de agua!» a un grupo de una hermandad de mujeres negras que estaba haciendo ruido durante la noche junto a la ventana del dormitorio del estudiante. Muchos investigadores y expertos no lograban entender cómo el término búfalo de agua (water buffalo, una traducción básica de un insulto en hebreo contra una persona sin tacto o demasiado ruidosa) se convertía en un insulto racista contra los afro–americanos y, en consecuencia, el asunto llegó a las noticias internacionales[13].

Exigencias del derecho a no ser ofendido han seguido apareciendo desde entonces, y las universidades han seguido dándoles un trato de favor. Por ejemplo, en un caso especialmente llamativo de 2008, Indiana University–Purdue University en Indianapolis encontró culpable de hostigamiento racial a un estudiante blanco que se encontraba leyendo un libro titulado Notre Dame vs. The Klan[14]. El libro alababa la oposición de los estudiantes contra el Ku Klux Klan cuando este desfiló por Notre Dame en 1924. No obstante, la foto de una manifestación del Klan en la cubierta del libro ofendió por lo menos a uno de los compañeros de trabajo del estudiante (este era conserje, además de estudiante) y esto resultó suficiente para que la Oficina de Acción Afirmativa de la universidad lo encontrara culpable[15].

Estos ejemplos pueden parecer extremos, pero el razonamiento que llevan detrás se ha convertido en un lugar común en el campus durante los últimos años. El curso pasado, en la University of St. Thomas, en Minnesota, una celebración llamada Hump Day (Día de la Joroba), que hubiera permitido que la gente tuviera como mascota a un camello, fue cancelado de modo abrupto. Los estudiantes habían creado un grupo de Facebook en el que protestaban de la crueldad animal del evento, por ser un despilfarro de dinero y por carecer de sensibilidad hacia la gente del Medio Este. Lo de inspirarse en un camello había surgido casi seguro por un anuncio de televisión bastante popular en el que un camello paseaba en una oficina durante un miércoles, celebrando el ‘día de la joroba’: carecía por completo de cualquier referencia a la gente del Medio Este. Sin embargo, el grupo que organizaba el evento anunció en su página de Facebook que se cancelaría porque «el programa [estaba] dividiendo a la gente y podía dar lugar a un ambiente incómodo y quizá inseguro».

Debido a que hay una extendida prohibición de ‘echar la culpa a la víctima’ en los círculos académicos, generalmente se considera inaceptable poner el duda la racionalidad (dejemos de lado la sinceridad) del estado emocional de alguien, especialmente si esas emociones se relacionan con la identidad de grupo. Un argumento débil como «Me ofende» se convierte en una imbatible carta de triunfo. Esto conduce a lo que Jonathan Rauch, uno de los editores de The Atlantic, denomina «la lotería de las ofensas», en la que posiciones opuestas utilizan las denuncias de ofensa como garrotes[16]. Durante el proceso, el listón de lo que consideramos un discurso inaceptable se va bajando más y más.

Desde 2013 esta tendencia se ha visto reforzada por presiones del gobierno federal. Los estatutos federales anti–discriminación regulan el acoso en el campus y la diferencia de trato basada en sexo, raza, religión y origen nacional. Hasta hace poco la Oficina de Derechos Civiles del Departamento de Educación sostenía que el discurso tenía que ser «objetivamente ofensivo» antes de que pudiera ser presentado como acoso sexual: tenía que pasar el test de ‘persona razonable’. Para poder prohibirlo, escribía la oficina en 2003, un discurso acusado de acosador debería ir «más allá de la mera expresión de puntos de vista, palabras, símbolos o pensamiento que una persona encuentra ofensivos».

Pero en 2013 los Departamentos de Justicia y Educación ensancharon con creces la definición de acoso sexual para incluir en ella una conducta verbal simplemente «inconveniente». Debido al miedo a una investigación federal, las universidades aplican ahora esa norma —definir el discurso inconveniente como acoso sexual— no solo al sexo, sino también a la raza, la religión y la situación de los veteranos. Se supone que todo el mundo debe confiar en sus propios sentimientos subjetivos para decidir si un comentario hecho por un profesor o un compañero de estudios es inconveniente, y así tener fundamento para una acusación de acoso. Ahora el razonamiento emocional se acepta como evidencia.

Si nuestras universidades enseñan a los estudiantes que sus emociones pueden en efecto ser usadas como armas —o al menos como evidencia en procedimientos administrativos— entonces están enseñando a los estudiantes a alimentar una hiper–sensibilidad que les conducirá hacia una interminable sucesión de conflictos  del college en adelante. Las facultades podrían estar entrenando a los estudiantes en estilos de pensamiento que dañarán sus carreras y sus amistades, además de su salud mental.

Adivinación y avisos de peligro

Burns define la adivinación (fortune–telling) como «anticipar que las cosas se pondrán mal» y sentirse «convencido de que tu predicción ha establecido ya un hecho». Leahy, Holland y McGinn la definen como «la predicción negativa del futuro» o ver un peligro potencial en las situaciones cotidianas. La reciente generalización de exigencias de avisos de peligro (trigger warnings) en tareas que incluyan lecturas de contenidos provocativos es un ejemplo de adivinación.

La idea de que las palabras (o los olores o cualquier entrada sensorial de información) pueda disparar memorias dolorosas de traumas pasados —y el miedo intenso a que ese trauma se repita— ha estado en el ambiente al menos desde la I Guerra Mundial, cuando los psiquiatras comenzaron a tratar lo que ahora se llama desorden de estrés post–traumático. Pero se cree que los avisos explícitos de peligro se han generado mucho más tarde, en tablones de anuncio de Internet. Estos se convirtieron en algo especialmente corriente en foros feministas y de auto ayuda en los que permitían evitar contenidos gráficos que pudieran despertar recuerdos o ataques de pánico a lectores que habían sufrido episodios traumáticos como asaltos sexuales. Los motores de búsqueda de tendencias indican que la expresión trigger warning llegó a ser de uso común en las redes en torno a 2011, despuntó en 2014 y alcanzó su mayor altura en 2015. El uso de avisos de peligro en los campus parece haber seguido una trayectoria similar; de golpe y porrazo, los estudiantes de las universidades de todo el país han empezado a exigir que sus profesores avisaran antes de mandar materiales que pudieran evocar respuestas emocionales negativas.

En 2013 un grupo de ataque compuesto por administradores, alumnos, antiguos alumnos recientes y un miembro del profesorado en Oberlin College, Ohio, hizo pública una guía online dirigida a los profesores (posteriormente retirada por el rechazo que mostró el profesorado) que incluía un listado de temas que exigían esas llamadas de peligro. Esos temas incluían el clasismo y los privilegios, entre muchos otros. El grupo de ataque recomendaba que se retiraran totalmente los materiales que pudieran hacer surgir reacciones negativas entre los estudiantes a no ser que «contribuyan directamente» a las finalidades del curso, y sugerían que esas obras «demasiado importantes como para evitarlas» fueran declaradas opcionales.

Es difícil imaginar cómo novelas que ilustran el clasismo y los privilegios pudieran provocar o reactivar el tipo de miedo que típicamente implica el PTSD[17]. Encima, los avisos de peligro se exigen a veces ante una larga lista de ideas y actitudes que algunos estudiantes encuentran políticamente ofensivas, con la idea de evitar que otros estudiantes pudieran ser dañados. Esto es un ejemplo de lo que los psicólogos llaman «razonamiento motivado», por el que generamos de forma espontánea argumentos para conclusiones que queremos apoyar. Una vez que encuentras algo odioso es sencillo argumentar que la exposición de la cosa odiada podría traumatizar a alguna otra persona. Te piensas que sabes cómo reaccionarán los demás, y que su reacción podría ser devastadora. La prevención de esa devastación se convierte en una obligación moral para toda la comunidad. Libros para los que los alumnos han pedido que se les aplique el aviso de peligro en los últimos dos años incluyen Mrs. Dalloway de Virginia Woolf[18] (en Rutgers, por «inclinaciones suicidas») y la Metamorfosis de Ovidio[19] (en Columbia, por ataque sexual).

El ensayo de Jeannie Suk en el New Yorker describía las dificultades para enseñar las leyes sobre violación en la época de los avisos de peligro. Escribió que algunos estudiantes han presionado a sus profesores para abolir esas enseñanzas por protegerse a sí mismos y a sus compañeros de clase de una potencial angustia. Suk lo compara a tratar de enseñar «a un estudiante de medicina que se prepara para ser cirujano pero que teme que se agobie cuando vea o toque sangre»[20].

Sin embargo un problema más grave aparece con los avisos de peligro. De acuerdo con los principios más básicos de psicología, la idea de ayudar a personas con desórdenes de ansiedad por medio de la evitación las cosas que temen es errónea. Una persona atrapada en un ascensor durante un corte de energía puede entrar en pánico y pensar que va a morir. Esta experiencia terrorífica puede cambiar las conexiones neuronales en su amígdala, llevándole a una fobia a los ascensores. Si quieres que esa mujer conserve ese miedo de por vida, lo único que debes hacer es ayudarle a evitar los ascensores.

Pero si lo que quieres es que vuelva a la normalidad, deberías dar entrada a la explicación de los impulsos que proporciona Ivan Pavlov y guiar a esa mujer a través de un proceso conocido como terapia de exposición. Podrías empezar invitando a la mujer a limitarse a mirar un ascensor desde la distancia, quizá quedándose en pie en la entrada del edificio, hasta que su miedo empiece a desinflarse. Si no pasa nada malo mientras espera en la entrada —si el miedo no se ve reforzado— entonces empezará a aprender un nuevo tipo de asociación: los ascensores no son peligrosos (esta reducción del miedo durante la exposición se llama habituación). Entonces, tras unos días, podrías animarla a acercarse un poco más, y más adelante a apretar el botón de llamada, e incluso a entrar dentro y subir un piso. Así es como la amígdala puede ser restablecida para relacionar una situación previamente temida con la seguridad o la normalidad.

Los estudiantes que piden avisos de peligro pueden tener razón al afirmar que algunos de sus iguales podrían albergar memorias de trauma que se podrían reactivar por las lecturas de una asignatura. Pero están equivocados al tratar de prevenir esas reactivaciones. Los estudiantes que sufren PTSD por supuesto que deberían tener tratamiento, pero no tendrían que tratar de evitar la vida normal, con sus muchas ocasiones para lograr la habituación. Las discusiones en el aula son lugares seguros para exponerse a recordatorios imprevistos de traumas (como la palabra violar). Una discusión sobre la violencia muy raramente se verá seguida de violencia real, de modo que es un buen modo de ayudar a los estudiantes a cambiar las asociaciones que les causan malestar. Y ellos harían bien en conseguir esa habituación dentro de la universidad, porque el mundo que viene después estará menos deseoso de aceptar exigencias de avisos de peligros y materias opcionales.

El uso expansivo de avisos de peligro puede también provocar hábitos mentales insanos en el grupo mucho más grande de alumnos que no sufren PTDS u otros tipos de desórdenes de ansiedad. La gente adquiere sus miedos no solo por sus experiencias pasadas, sino también por medio del aprendizaje social. Si todo el mundo a tu alrededor actúa como si algo fuera peligroso —ascensores, determinados vecinos, novelas que describen el racismo— entonces te encuentras bajo el riesgo de adquirir también ese miedo. La psiquiatra Sarah Roff señaló esto el año pasado en un artículo en la red para The Chronicle of Higher Education[21]. «Una de mis mayores preocupaciones sobre los avisos de peligro», escribía Roff, «es que se aplicarán no solo a aquellos que han experimentado un trauma, sino a todos los estudiantes, creando una atmósfera en la que se les animar a creer que hay algo peligroso y dañino en la discusión de aspectos difíciles de nuestra historia».

En un artículo publicado el año pasado por Inside Higher Ed[22], siete profesores de humanidades escribieron que el movimiento de avisos de peligro tenía ya «un efecto escalofriante en su enseñanza y pedagogía». Explican cómo sus colegas reciben «llamadas telefónicas de los decanos y otros administradores para investigar quejas de los estudiantes de que han incluido material ‘comprometido’ en sus cursos, con o sin avisos». Un aviso de peligro, escribían, «sirve como garantía de que los estudiantes no experimentarán una incomodidad inesperada e implica que si lo hacen se ha roto un contrato». Cuando los estudiantes llegan a esperar avisos de peligro para cualquier material que les haga sentirse incómodos, el camino más sencillo de salirse del problema para el profesorado es evitar cualquier asunto que pudiera molestar al alumno más sensible de la clase.

Ampliación, etiquetar y microagresiones

Burns define ampliación (magnification) como «exagerar la importancia de las cosas». Y Leahy, Holland y McGinn definen etiquetar como «asignar rasgos globalmente negativos a ti mismo o a otros». La reciente tendencia de destapar supuestas microagresiones de corte racista, sexual, clasista o de cualquier otro tipo de discriminación no enseña por casualidad a los estudiantes a centrar su atención en desaires pequeños o accidentales. Su propósito es lograr que los estudiantes se centren en ellos y entonces volver a etiquetar como agresores a la gente que ha hecho esas apreciaciones.

El término microagresión se originó en los 70 y se refiere a sutiles, a menudo inconscientes, ofensas racistas. El término se ha extendido hace pocos años para incluir cualquier cosa que pueda ser percibida como discriminatoria desde cualquier planteamiento. Por ejemplo, en 2013, un grupo de estudiantes de UCLA organizó una sentada durante una clase que enseñaba Val Rust, un profesor de educación. El grupo leyó una carta en voz alta expresando su preocupación por la hostilidad del campus contra los estudiantes de color. Aunque Rust no fue aludido explícitamente, el grupo criticó con claridad su enseñanza tildándola de microagresiva. Mientras corregía la gramática y ortografía de sus alumnos, Rust hizo notar que un estudiante había escrito erróneamente con mayúsculas la primera letra de la palabra indígena. Quitar la mayúscula se consideró un insulto a los estudiantes y a su ideología, se quejaba el grupo.

Incluso las bromas sobre microagresión pueden ser vistas como microagresiones, asegurando un castigo. El pasado otoño, Omar Mahmood, un estudiante de la University of Michigan, escribió una columna satírica para una publicación estudiantil conservadora, The Michigan Review, haciendo broma sobre lo que él veía como una tendencia en la universidad a ver microagresiones en todas las cosas. Mahmood era al mismo tiempo un empleado del periódico del campus, The Michigan Daily. Los editores de The Daily dijeron que el modo en que Mahmood «se había burlado de forma satírica de algunos contribuyentes al Daily y de las minorías del campus… creaba un conflicto de intereses». The Daily rescindió el contrato de Mahmood después de que este describiera el incidente en dos lugares de la Red, The College Fix y The Daily Caller. Un grupo de mujeres, más adelante, atacó la entrada de la casa de Mahmood con huevos, salchichas, goma y notas con mensajes como «Todo el mundo te odia, capullo violento». Cuando el discurso se ve como una forma de violencia, el proteccionismo vindicativo puede justificar una respuesta hostil e incluso violenta[23].

En marzo, los representantes de los estudiantes en Ithaca College, en la parte alta del estado de New York, llegaron a proponer la creación de un sistema anónimo de denuncia de microagresiones. Los que apoyaban a los estudiantes previeron nuevos modos de acciones disciplinarias contra los «opresores» comprometidos en discursos denigrantes. Uno de los que apoyaban el programa dijo que mientras «no todos los casos requerirán de juicios o algún tipo de castigo severo», ella quería que el programa «conservara el historial y tuviera impacto».

Es seguro que hay gente que hace comentarios muy sutiles o velados de tono racista o sexista dentro de los campus de las universidades, y es un derecho de los estudiantes plantear preguntas e iniciar discusiones sobre ese tipo de casos. Pero el creciente foco en las microagresiones, añadido a la promoción del razonamiento emocional, es una fórmula perfecta para vivir en una constante situación de indignación, incluso contra oradores con buenas intenciones que están empeñados en la discusión genuina.

¿Qué estamos haciendo a nuestros estudiantes si les animamos a desarrollar una piel extremadamente fina justo en los años previos a abandonar el nido de la protección adulta y entrar en el mundo del trabajo? ¿No estarían mejor preparados para crecer si les enseñamos a preguntarse sobre sus propias reacciones emocionales, y a dar a la gente el beneficio de la duda?

 

Enseñando a los estudiantes a ser catastrofistas y a tener cero tolerancia

Burns define catastrofismo como la clase de ampliación que convierte «sucesos negativos comunes en monstruos de pesadilla». Leahy, Holland y McGinn lo definen como creer»que lo que ha ocurrido u ocurrirá» es «tan terrible e inevitable que no serás capaz de resistirlo». La petición de avisos de peligro incluye el catastrofismo, pero este modo de pensar también tiñe igualmente otras áreas de pensamiento en el campus.

La retórica catastrofista sobre el peligro físico la emplean los administradores universitarios de forma mucho más común de lo que podríamos pensar —a menudo parece que con fines cínicos en sus mentes—. Por ejemplo, el pasado año la dirección de Bergen Community College, en New Jersey, suspendió a Francis Schmidt, un profesor, después de que Schmidt colgara de su cuenta en Google+ una foto de su hija de dos años. La foto la mostraba en una pose de yoga, vistiendo una camiseta en la que se leía Tomaré lo que es mío con fuego & sangre, una cita de la serie de HBO Juego de Tronos. Schmidt había levantado una queja contra el centro dos meses antes tras haber pasado un año sabático. La frase de la camiseta fue interpretada como una amenaza por uno de los directivos del campus, que recibió un mensaje después de que Schmidt colgara la foto: había sido enviada de forma automática a un grupo completo de contactos. Según Schmidt, un oficial de seguridad de Bergen que estuvo presente en una reunión posterior entre los directivos y Schmidt pensó que la palabra fuego podía referirse al rifle AK–47[24].

También está la saga legal de ocho años de duración en Valdosta State University, en Georgia, donde un estudiante fue expulsado por protestar contra la construcción de un parking usando para ello un collage «supuestamente» amenazador en Facebook. El collage describía la estructura propuesta como un parking «conmemorativo» (memorial), una broma que se refería a una afirmación del rector de la universidad de que ese garaje sería su legado. El rector, por su parte, interpretó el collage como una amenaza contra su vida[25].

No debería por tanto extrañar que los estudiantes exhiban una sensibilidad similar. En la University of Central Florida en 2013, por ejemplo, Hyung–il Jung, un preparador de contabilidad, fue expulsado después de que un estudiante denunciara que Jung había hecho un comentario amenazante durante una sesión de repaso. Jung explicó al Orlando Sentinel que la materia que estaban repasando era complicada, y que se dio cuenta del aspecto dolorido en las caras de los estudiantes, de modo que hizo una broma. Recordaba que dijo: «Tíos, parece como si poco a poco os ahogarais con estas cuestiones. ¿Acaso voy a cargarme a todos los que tengo delante o qué?»

Después de que el estudiante denunciara el comentario de Jung, un grupo de casi otros 20 estudiantes escribió a la dirección de la UCF explicando que claramente el comentario había sido hecho en broma. Sin embargo, la UCF suspendió a Jung de todas sus responsabilidades en la universidad y le exigió obtener un certificado por escrito de un profesional de salud mental en el que se señalara que no resultaba «una amenaza para sí mismo o para la comunidad universitaria» antes de que se le permitiera regresar al campus.

Todas estas acciones enseñan una lección común: hay gente brillante que sobre reacciona ante discursos inocentes, hace montañas de toperas y busca castigo para cualquiera que diga cosas que hagan sentirse incómodo a cualquiera.

Filtrado mental y temporada de invitaciones anuladas

Tal y como lo define Burns, el filtrado mental es «destacar algún detalle negativo en cualquier situación y pensar solamente en él para así percibir que la situación es completamente negativa». Leahy, Holland y McGinn se refieren a esto como «filtrado negativo», que definen como «centrarse solo y exclusivamente en lo negativo y notar solo raramente lo positivo». Cuando esto se aplica a la vida en la universidad, se puede sustituir el filtrado mental por la demonización ingenua.

Un gran número entre los estudiantes y el profesorado han modelado esta deformación cognitiva durante la «temporada de invitaciones anuladas» (disinvitation season) de 2014. Esta es la época del año (habitualmente al inicio de la primavera) en la que se anuncian los invitados a las ceremonias de graduación y en la que los alumnos y profesores exigen que algunos de esos oradores sean ‘desinvitados’ por causa de las cosas que han dicho o hecho. De acuerdo con datos agrupados por la Foundation for Individual Rights in Education, desde 2000, por lo menos se han lanzado 240 campañas en las universidades de U.S.A. para evitar que determinadas figuras públicas aparecieran en actos universitarios; la mayoría de ellos han ocurrido a partir de 2009.

Consideremos dos de las anulaciones más destacadas de 2014: la de la antigua Secretario de Estado Condoleezza Rice y la de la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde. Rice fue la primera mujer negra que se convirtió en secretaria de estado; Lagarde la primera mujer que llegó a ser ministro de finanzas en un país del G8 y la primera en ser cabeza del FMI. Ambas podían haber sido vistas como modelos de gran éxito para las estudiantes femeninas, y Rice también para los estudiantes de minorías. Pero los críticos rechazaron cualquier posibilidad de que pudiera venir nada positivo de esas conferencias.

Por supuesto que los miembros de una comunidad académica deberían ser libres para plantear preguntas sobre el papel de Rice en la Guerra de Irak, o mirar con escepticismo hacia las políticas del FMI. Pero ¿debería el desagrado hacia parte del currículo de una persona descalificarla por completo para que comparta sus puntos de vista?

Si la cultura del campus transmite la idea de que los visitantes tienen que ser puros, con trayectorias que nunca hayan ofendido las sensibilidades generalmente hacia la izquierda del campus, la educación superior habrá dado un paso más hacia la homogeneidad intelectual y hacia la creación de un entorno en el que solo raramente los estudiantes encontrarán distintos puntos de vista. Y las universidades habrán reforzado la creencia de que está bien filtrar y que quede solo lo positivo. Si los estudiantes se gradúan pensando que no pueden aprender nada de la gente que no les gusta o de aquellos con los que no están de acuerdo, les habremos hecho un grandísimo perjuicio intelectual.

¿Qué podemos hacer ahora?

Los intentos de proteger a los estudiantes de palabras, ideas y gente que pudiera causarles sufrimiento emocional son malos para los estudiantes. Son malos para el lugar de trabajo, que se verá envuelto en un litigio sin fin si se traicionan las expectativas de seguridad que tienen los estudiantes. Y son malos para la democracia americana, que se encuentra ya paralizada por el empeoramiento de la división política. Cuando las ideas, los valores y los discursos del otro lado se ven no solo como equivocados sino como voluntariamente agresivos contra la inocencia de las víctimas, es difícil imaginar la clase de respeto mutuo, negociación o compromiso que se necesitarán para hacer de la política un juego de suma positiva.

Más que tratar de proteger a los estudiantes de palabras e ideas que acabarán encontrando de forma inevitable, los colleges hacer todo lo posible para equipar a los estudiantes a desarrollarse con fuerza en un mundo lleno de palabras e ideas que ellos no pueden controlar. Una de las grandes enseñanzas del Budismo (y del estoicismo, hinduismo y muchas otras tradiciones) es que nunca puedes lograr la felicidad tratando de que el mundo se adapte a tus deseos. En cambio tú puedes mandar sobre tus deseos y tus hábitos de pensamiento. Esto, por supuesto, es la meta de la terapia cognitiva del comportamiento (TBC). Con esto en la cabeza, proponemos algunos pasos  que podrían ayudar a darle la vuelta a la marea de pensamiento negativo en el campus.

El paso mayor en la dirección adecuada no afecta a los profesores o a los gobernantes de las universidades, sino sobre todo al gobierno federal, que debería liberar a las universidades de su miedo a investigaciones poco razonables y a sanciones desde el Departamento de Educación. El Congreso debería definir el abuso entre iguales de acuerdo con la definición dada en 1999 por la Corte Suprema en el caso Dave v. Monroe County Board of Education[26]. La medida dada en Davis establece que si un estudiante hace un comentario único o señala algo sin pensarlo demasiado, no está abusando; el abuso exige un modelo objetivo de comportamiento ofensivo de parte de un estudiante que impide que otro estudiante pueda acceder a la educación. Establecer la medida Davis podría ayudar a eliminar el impulso de las universidades de vigilar tan cuidadosamente el discurso de sus estudiantes.

Las universidades mismas deberían tratar de llamar la atención sobre la necesidad de equilibrio entre la libertad de discurso y la necesidad de que los estudiantes se sientan bienvenidos. Hablar abiertamente sobre valores que son al tiempo conflictivos e importantes es precisamente el tipo de ejercicio que constituye un reto que cualquier comunidad diversa y tolerante debería aprender a hacer. Los códigos de restricción del discurso deberían abandonarse.

También las universidades deberían poner freno, oficialmente y de modo firme, a los avisos de peligro. Deberían refrendar el informe de la American Association of University Professors (AAUP) sobre esos avisos, que hace notar que «la presunción de que los estudiantes necesitan ser protegidos en vez de animados en el aula es a la vez infantilizadora y anti–intelectual»[27].

Por último, las universidades deberían volver a pensar las habilidades y valores que realmente quieren enseñar a los estudiantes que reciben. En el momento presente muchos de los programas de orientación para nuevos alumnos tratan de elevar la sensibilidad del estudiante hasta unos niveles imposibles. Enseñar a los estudiantes a evitar la generación de ofensas no intencionadas es una finalidad digna, especialmente si los chicos vienen de contextos culturales muy diferentes. Pero habría que enseñarles también como vivir en mundo lleno de ofensas potenciales. ¿Por qué no mostrar a los que entran en la universidad cómo practicar la terapia cognitiva del comportamiento? Dadas las elevadas y crecientes cifras de enfermedad mental, este sencillo paso se podría contarse entre las cosas más humanas y los mejores apoyos que una universidad podría proporcionar. El precio y el tiempo del compromiso podría mantenerse bajo: unas pocas sesiones de entrenamiento en grupo que se podrían enriquecer con algunos sitios Web o con alguna aplicación informática. Pero la ganancia podría generar frutos de modos muy diversos. Por ejemplo, un vocabulario compartido sobre razonamiento, distorsiones más comunes y el uso apropiado de la evidencia para llegar a conclusiones, son cosas que podrían facilitar el pensamiento crítico y el debate real. Y también lograría bajar el volumen de esa perpetua situación de indignación y ofensa que parece dominar a algunos colleges en nuestros días, permitiendo así que las mentes de los estudiantes se abrieran con mayor amplitud a más ideas y a más gente. Un mayor compromiso con el debate formal, público en la universidad —y en las reuniones de un profesorado más diverso desde el punto de vista político— podría también ser útil de cara a la consecución de esa meta.

Thomas Jefferson, con ocasión de la fundación de la University of Virginia, dijo:

«Esta institución se fundará en la libertad sin restricciones de la mente humana. Porque aquí no estamos asustados de seguir a la verdad, nos conduzca a donde nos conduzca, ni de tolerar el error en la medida en que se deje libertad a la razón para combatirlo»[28].

Nosotros creemos que esta es todavía—y que lo será por siempre— la mejor actitud para las universidades Americanas. Profesores, gobernantes, estudiantes y el gobierno federal: todos tienen un papel que jugar para hacer volver a las universidades a su misión histórica.

 


[1] El título del artículo (The Coddling of the American Mind) es una nada velada referencia a la conocida obra de Allan Bloom, The Clossing fo the American Mind: How Higher Education has Failed Democracy and Impoverished the Souls of Today’s Students, Simon & Scuster, reeditado en 2012, original de 1987, 404 pp. Con la obra de Bloom se abrió de nuevo el debate en EEUU sobre el significado de la institución universitaria.
[2] El lector puede encontrar la versión completa del texto, abundantemente anotada, en la web de Nueva Revista.
[3] El Title IX es una ley federal civil, aprobada en 1972, contra la discriminación por razones sexuales (todas las notas son del Traductor; he conservado los nombres originales en inglés de las instituciones universitarias, para facilitar la búsqueda de las mismas en Internet).
[4] «That is not funny», Caitlin Flanagan, The Atlantic, September 2015 issue, https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2015/09/thats-not-funny/399335/
[5] Rock, Seinfeld y Maher son conocidos cómicos norteamericanos.
[6] Chinua Achebe, Todo se desmorona, Debolsillo, 2010, 208 pp.
[7] F. Scott Fitzgerald, El gran Gastby, Debolsillo, 2008, 192 pp.
[8] Las historias de cómo llegó cada uno de ellos a este tema pueden leerse en https://www.theatlantic.com/magazine/archive/2015/09/greg-lukianoffs-story/399359/.
[9] Se refieren al Titulo VII del Civil Right Act de 1964 que prohibe la discriminación de candidatos a un trabajo por motivos de raza, color, religión, sexo u origen nacional. Cf. https://www.nolo.com/legal-encyclopedia/federal-antidiscrimination-laws-29451.html.
[10] Por ejemplo, entre muchos, R. Kelly Garrett Shira Dvir Gvirsman Benjamin K. Johnson Yariv Tsfati Rachel Neo Aysenur Dal, «Implications of pro- and Counterattitudinal Information Exposure for Affective Polarization», en Human Communication Research, Volume 40, Issue 3, 1 July 2014, Pages 309–332; James N. Druckman, E. Peterson y R. Slothuus, «Hoe Elite Partisan Polarization Affects Public Opinion Formation», en American Political Science Review, volume 107, February 2013, pp. 57–79.
[11] Cognitive Behavior Therapy (CBT). Cf. por ejemplo D. Tolin, Doing CBT: A Comprehensive Guide to Working with Behaviors, Thoughts and Emotions, The Guilford Press, 2016, 594 pp.
[12] D. Burns, Feeling Good: The New Mood Therapy, Harper, 2008, 736 pp.
[13] Cf. M. Decourcy Hinds, «A Campus Case: Speech or Harassment?», New York Times, 1993, https://www.nytimes.com/1993/05/15/us/a-campus-case-speech-or-harassment.html. En el 20 aniversario del incidente se publicó el siguiente texto de Sandy Hingston, «A History of Political Correctness: 20 Years After Penn’s ‘Water Buffalo’ Incident», https://www.thefire.org/media-coverage/a-history-of-political-correctness-20-years-after-penns-water-buffalo-incident/.
[14] T. Tucker, Notre Dame V. The Klan: How the Fighting Irish Defeated the Ku Klux Klan, Loyola, 2004, 261 pp.
[15] La Affirmative Action Office de Penn State University se presenta como «comprometida con el concepto de acción positiva para asegurar la igualdad de oportunidad en todos los aspectos de empleo y para promover la diversidad en la comunidad universitaria». Cf. http://www.psu.edu/dept/aaoffice/.
[16] Unas declaraciones de Jonathan Rauch, Knowledge starts as offendedness, en https://www.youtube.com/watch?v=XrrbBzVVmEI. Cf. su libro Kindly Inquisitors: The New Attacks on Free Thought, Expanded Edition, University of Chicago Press, 2014, 216 pp.
[17] Post–traumatic stress disorder.
[18] V. Woolf, La señora Dalloway, Lumen 1984, 222 pp.
[19] Ovidio, Metamorfosis, Alianza Editorial 2011, 416 pp.
[20] Jeannie Suk Gersen, «The Trouble with Teaching Rape Law», en The New Yorker, December 15, 2014, https://www.newyorker.com/news/news-desk/trouble-teaching-rape-law.
[21] Sarah Roff, «Treatment, Not Trigger Warnings», en The Chronicle of Higher Education, May 23rd 2014, https://www.chronicle.com/blogs/conversation/2014/05/23/treatment-not-trigger-warnings/.
[22] 7 Humanities Professors, «Trigger Warnings Are Flawed», en Inside Higher Ed, May 29th, 2014, https://www.insidehighered.com/views/2014/05/29/essay-faculty-members-about-why-they-will-not-use-trigger-warnings.
[23] El artículo de Mahmood, titulado «Do The Left Thing», The Michigan Review, November 19th, 2014, en https://www.michiganreview.com/do-the-left-thing/.
[24] Una referencia al caso, en la que también se ve la foto de la hija (una niña de unos tres años de edad) en http://www.nydailynews.com/news/national/n-college-suspends-professor-threating-game-thrones-shirt-article-1.1761354.
[25] La universidad y el estudiante alcanzaron un acuerdo en 2015 por 90.000 dólares, ocho años después de su expulsión como estudiante. Cf. http://www.splc.org/article/2015/07/900000-settlement-reached-in-one-of-the-worst-abuses-of-student-rights.
[26] Puede encontrarse en https://supreme.justia.com/cases/federal/us/526/629/case.html
[27] Cf. AAUP, «On Trigger Warnings», August 2014, https://www.aaup.org/report/trigger-warnings.
[28] Carta de Thomas Jefferson a William Roscoe, 27 de diciembre de 1820. En http://rotunda.upress.virginia.edu/founders/default.xqy?keys=FOEA-print-04-02-02-1712


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Traducción y notas de Javier Aranguren

Josep Maria Esquirol y la penúltima bondad

Josep Maria Esquirol (Sant Joan de Mediona, Barcelona, 1963) es profesor de Filosofía de la Universidad de Barcelona, donde dirige un grupo de investigación dedicado al pensamiento contemporáneo llamado «Aporia», ha publicado una docena de libros y centenares de artículos en revistas especializadas. Sus campos fundamentales son la filosofía contemporánea y el pensamiento político. Regresa ahora con La penúltima bondad, ensayo sobre la vida humana en el que reivindica lo que él denomina los «infinitos esenciales» de la existencia: «vivir, pensar y amar». La obra, dividida en nueve capítulos, continúa la línea conceptual de La resistencia íntima (2016), libro por el que recibió el Premio Nacional de Ensayo y el Ciudad de Barcelona.

Josep Maria Esquirol: La penúltima bondad. Ensayo sobre la vida humana. Editorial Acantilado, Barcelona, 2018, 183 págs.

La penúltima bondad, aunque no es una continuación de la obra anterior, complementa y prosigue la misma senda de antropología filosófica en lo que sería una mirada dirigida al actuar del hombre en el sentido de lo que se podría entender «filosofía de la proximidad».

Esta trilogía de verbos fundamentales se plantea como un camino que su autor recorre con sosiego, paso a paso y desde distintos puntos de vista.

El materialismo de lo concreto

Al inicio, Esquirol traza la senda por donde va a discurrir su pensamiento y pone en valor lo que él denomina el materialismo de lo concreto entendido de una forma personalísima. «En realidad, el materialista es el que toca las cosas, que las vive de cerca»; se aleja así de conceptos abstractos y teóricos que a veces pueden ser peligrosos al distanciarse del hombre que no alcanza a comprenderlos ni a dimensionarlos.

El autor, amante de la sencillez —«quien no perciba lo más sencillo, tampoco sentirá lo más hondo»—, se expresa formalmente sin tecnicismos y de modo asequible para un lector de cierta formación intelectual. Esta comprensibilidad va acompañada de un exquisito estilo literario y un esmerado modo de formular sus ideas de forma progresiva, con una arquitectura conceptual muy bien construida que avanza sin prisa en su trayectoria. A lo largo de estas páginas se alude y cita a numerosos filósofos, teólogos e intelectuales como Kant, Heidegger, san Agustín, santo Tomás, Bertolt Brecht, Simone Veil, Kierkegaard, Nietzsche o Rosa Luxemburgo, entre muchos otros.

Tras una serie de originales digresiones en torno al Paraíso —quizá el capítulo de mayor complejidad—, se concluye que «la vida humana se da en las afueras» ya que el acontecer diario no es precisamente paradisíaco.

El profesor distingue el «estar vivo» con el «sentirse viviendo» y explica cómo esta actitud «lleva a la hermandad con los que viven, amplía la existencia y la hace vibrar». Aquí se centra claramente en señalar aquellas manifestaciones y conductas que nos hacen más humanos: «Los gestos esenciales del ser humano son amparo y generosidad», hechos que tienen un efecto revolucionario. A esto se refiere cuando habla de la importancia de ejercitar la bondad en las afueras o en la intemperie, espacio donde él sitúa al hombre actual. Dicho con sus propias palabras: «El dar tiene un amplísimo registro. Dar tiempo, dar medios, dar acogida… pero también dar amabilidad… Dar no es solo cosa de santos o de héroes. Hay pequeños gestos, afables y cotidianos, que ya son donación».

De la constatación de nuestro desamparo puede arrancar el anhelo de lo infinito y, precisamente por nuestra condición limitada, es posible alimentar en nuestro interior la sed de lo mejor y más alto a través de un camino muy concreto: la generosidad con los demás. «Los gestos amables tienen ya de entrada la virtud de excluir sus opuestos, el abrazo aleja el temor, la mano abierta, el odio, el movimiento de hombres, el fanatismo, el masaje, el dolor, las caricias, el llanto, etc.»

Un concepto presente a lo largo del libro es el de la felicidad, término manejado en tantas ocasiones de modo fraudulento y engañoso. Esquirol la enfoca con modestia:

«No hay que pensarla como un estadio de plenitud, sino asociarla a la acción, al camino recorrido». De esta forma, «la felicidad queda adherida a la acción por pequeña que sea como la de satisfacción por un trabajo bien hecho» y cita a Vasili Grossman en Vida y destino (2007): «Son las personas corrientes que llevan en sus corazones el amor por todo cuanto vive: aman y cuidan de la vida de modo natural y espontáneo. Al final del día prefieren el calor del hogar a encender hogueras en las plazas».

La poesía «que se vive»

El profesor se siente próximo a san Francisco de Asís en su simplicidad y sencillez, y aboga por una fraternidad horizontal. El elogio de su figura se elabora a partir de la recreación de un imaginario encuentro entre el santo y el personaje de Zaratustra ideado por Nietzsche. Después de varias disquisiciones y comparaciones entre el pensar y el actuar de ambos concluye: «El camino de Zaratustra-Nietzsche es más solitario… En cambio, la vida de Francisco es una vida creadora y generosa a partir de las relaciones. Al final, la poesía más excelsa no es la que se escribe, sino la que se vive».

En el capítulo dedicado al «Desplazamiento político de medio palmo hacia la sociedad que vive», se analizan temas como la mentira, la injusticia, los intereses económicos, la violencia y diversas conductas, por lo general contrapuestas al tipo de actuación que defiende su autor y que resume con estas palabras: «Convivir no es vivir unos al lado de otros, sino darse vida unos a otros».

Una de las reflexiones que podría desprenderse de la lectura del libro es que cuando el hombre no vive estos infinitivos esenciales —vivir, pensar, amar— crece la indiferencia hacia los demás.

En definitiva, La penúltima bondad es un lúcido ensayo desde una mirada esperanzada sobre el vivir cotidiano y las ideas aquí expuestas contrastan con algunas características de nuestro estilo de vida como son la productividad, la agresividad o la prisa. Esquirol hace pensar sobre quiénes somos, y para qué y quién vivimos. Todo expuesto con claridad expositiva y enfocado a alumbrar pensamientos y comportamientos dirigidos a practicar el bien.

En palabras del autor: «Aquí, en las afueras, el mal es muy profundo, pero la bondad todavía lo es más. Aquí, en las afueras, nada tiene más sentido que el amparo y la generosidad. Aquí, en las afueras, no solo vivimos, sino que somos capaces de vida».

¿Qué es el método escolástico?

El renacimiento cultural que se produce en los siglos XII y XIII constituye una de las épocas más sugerentes y creativas de la historia occidental. El hombre culto del bajo medievo, tras una larga espera, parece decidido a hacerse mayor. El acontecer de los nuevos tiempos le ha despertado de la somnolencia en que le había sumido el monacato de los siglos VI a XI (a menudo fideísta y centrado solamente en lo sagrado). Ahora hay un renacimiento cultural, un nuevo despertar secular. Las gentes cultas del bajo medievo, sin renunciar a la fe como valor supremo del hombre y a la educación como su guía perfectiva, en buena parte vuelven a descubrir el valor creativo y humanizante de la inteligencia. Una facultad que admiraron a la que consideraron uno de los ornatos más bellos del alma y lo más parecido a Dios que tiene el hombre. El ser humano —dirá Alberto Magno—, aunque madura con la educación moral y el poder de la gracia, se actualiza con la fuerza del entendimiento[i]. Con el entendimiento se captan las esencias de las cosas, se trasciende la materialidad de lo creado y se accede a la razón última de la cultura: buscar la verdad y la sabiduría, que es «donde reside la regla del bien perfecto»[ii].

Actualizar esta empresa no fue tarea fácil. Con el advenimiento de la Baja Edad Media se asiste a una nueva realidad secular con profundas transformaciones políticas, religiosas, sociales y culturales. Las dinastías de los Capeto en Francia, los Plantagenet en Inglaterra, los Hohenstaufen en Alemania o los Trastámara en Castilla debilitan las estructuras feudales y asientan la figura del Estado monárquico. Los núcleos urbanos se consolidan como estructura estable de convivencia y aumenta la población de forma considerable. Emerge una economía mercantil. Surgen las órdenes mendicantes (franciscanos, dominicos), que optan por una pastoral más urbana, disciplinar e intelectual, marcando diferencias notables con las órdenes monásticas, más vinculadas a zonas rurales y a una vida de clausura, piedad y recogimiento. Se construyen las grandes catedrales góticas y se impulsa el culto a la Virgen María como modelo de perfección. Las artes mecánicas cobran una proyección funcional inusitada y las asociaciones gremiales se convierten no sólo en cauce de socialización económica, sino en uno de los modelos formales más determinantes en los que se fundamentó la integración cultural y educativa de la Edad Media.

«Si algún ignorante en matemáticas quiere escribir contra los matemáticos hará el ridículo; e igualmente el que polemiza contra los filósofos, si no conoce los principios de la filosofía».

Todo un entramado complejo de transformaciones profundas que encontró su cenit en el marco de una nueva concepción del saber. Las gentes cultas de la Edad Media no tuvieron ninguna duda de que el objeto primario y último del conocimiento era Dios. Una aspiración que actualizaron por una doble vía. Por un lado, a través del conocimiento de las Sagradas Escrituras por las que Dios se manifiesta y muestra su voluntad directamente[iii]. Por otro, en la naturaleza: libro de signos, significantes o lenguajes, que había que abrir, leer y entender para llegar al conocimiento de la primera y soberana verdad que es Dios[iv].

Esta idea confirió al saber natural una posibilidad de santificación de primer orden en la medida en que, ligado a la fe y a la búsqueda del bien, acercaba a la contemplación y disfrute de Dios. «Aprendamos en la tierra la ciencia de aquello que perseverará con nosotros en el cielo»[v]. Hugo de San Víctor, con una firmeza y contundencia inusual, decía: «Una cosa es no saber y otra muy diferente no querer saber. No saber es, sencillamente, propio de la debilidad, pero despreciar el conocimiento es propio de una voluntad depravada»[vi]. Esta idea que caló con solidez en los pensadores del bajo medievo, que hicieron del conocer una preocupación prioritaria.

La aparición de esta especie de misticismo racionalista (es Dios quien nos pide que conozcamos) produjo importantes transformaciones en la cultura. Los escolásticos (nombre que recibían los miembros de las nuevas escuelas de conocimiento) comenzaron a redactar sumas o enciclopedias que recogiesen el saber en su máxima totalidad posible; en paralelo, surgieron nuevas instituciones de enseñanza; aparecieron nuevos métodos didácticos, más inductivos, experimentales y dialécticos que –junto al tradicional principio de autoridad– empezaron a servirse de la duda y las opiniones contemporáneas como nuevos argumentos de razón. Todo ello se completó con un culto al libro, a los códices, a los manuscritos y a las bibliotecas: en ellos estaba contenida buena parte de la historia y del saber de la Humanidad, la materia prima que iluminaba al entendimiento y podía acercar al hombre al dominio de la realidad y al conocimiento de la verdad.

La aparición de la universidad

Indudablemente esta nueva sensibilidad no podía desarrollarse plenamente si se mantenía el viejo marco de las escuelas altomedievales. Ahora, al lado de las tradicionales escuelas monacales, emergen con fuerza las urbanas, de índole y naturaleza muy diversa. La más común fue la escuela de gramática. No menos importantes fueron las escuelas catedralicias, surgidas a partir de los concilios ecuménicos III y IV de Letrán (1179 y 1215). Hubo también escuelas laicas de profesiones para formar a hijos de artesanos y comerciantes, que surgieron como fruto del auge y poder de la cultura gremial. Y centros de alta especialización, como las escuelas jurídicas del Languedoc y la Provenza, donde se daba una enseñanza más bien práctica. Empezaron también escuelas de dictamen –Oxford y Bolonia– en las que se preparaban los notarios. Un maremágnum institucional lleno de diversidad que tuvo su culminación en una de las instituciones más genuinas y trascendentales de la cultura medieval: las universidades.

El dominio de la dialéctica: «No podemos encontrar de mejor manera la verdad que preguntando y respondiendo».

La universidad responde al deseo firme de renovación moral, espiritual, intelectual y profesional que se suscitó con la nueva sensibilidad de la cultura bajo medieval. Ya en el siglo XII los viajes académicos fueron importantes gracias, entre otras cosas, al apoyo que les brindaron reyes y papas. Federico Barbarroja, en 1155-58, dio inicio a la costumbre proclamando la constitución Habita, que protegía jurídica y económicamente a los estudiantes que acudían a las escuelas de Bolonia en busca de formación jurídica[vii]. A finales del siglo XII el papa Celestino III consolidaba la práctica firmando dos bulas que garantizaban la posesión de los beneficios eclesiásticos a los clérigos estudiantes que acudían a París en busca de ciencia y títulos académicos[viii]. Pero será en el siglo XIII cuando se asiente canónicamente esta costumbre. El IV Concilio de Letrán, en su canon XI, prescribía que las catedrales e iglesias que tuviesen medios suficientes tendrían que dedicar beneficios para el aprendizaje de la gramática, de la teología y de otras disciplinas semejantes. Papas como Honorio III urgieron esa prescripción y el 16 de noviembre de 1219, mediante la decretal Super specula, institucionalizaron las migraciones al ordenar que los prelados y cabildos enviasen durante cinco años, en busca de ciencia y títulos académicos, a personas hábiles a los centros oficiales del saber: París, Bolonia, Oxford y Salamanca.

Con estas migraciones puede decirse que nacía la universidad. Esa palabra, universidad, inicialmente no tuvo el sentido que le damos hoy. Procede del término latino universitas, con el que se designaba cualquier tipo de comunidad o corporación: un ayuntamiento, un gremio, una hermandad. Esta locución solía venir acompañada de un segundo término para identificar al colectivo y a su actividad. De ahí que se hable de universitas scholarium [corporación de alumnos], universitas magistrorum [corporación de maestros] o universitas estudii [corporación de la escuela de…]. Estas expresiones, en el decurso de los siglos XI a XIII, se aplicaban sobre todo a personas que formaban parte de un Studium. Se pueden distinguir dos tipos de estudios: los particulares y los generales. Los primeros serían sobre todo individuales y estarían dirigidos a alumnos locales o de un lugar o institución; los segundos serían propiamente corporativos y estarían abiertos a estudiantes de todos los lugares. Este es el sentido preciso de Studium Generale en la Edad Media. Los primeros Studia Generalia fueron los de Bolonia (1089), Oxford (1096) y París (1150). Estas instituciones a comienzos del siglo XIII empezaron a denominarse Universidad por su fuerza corporativa. En 1231 la bula Parens Scientiarum, de Gregorio IX, ya utiliza el término universitas para referirse a la institución académica que constituye un Studium, y, en 1254, Alfonso X el Sabio usa el término Universidad al conferir las constituciones al Estudio de Salamanca. Hasta el siglo XV la expresión más utilizada será la de Studium generale, pero a partir del Renacimiento triunfó la palabra Universidad para designar a estos centros de cultura superior.

La formación del pensamiento crítico

Con el nacimiento de la Universidad apareció la necesidad de actualizar uno de los fines que le es más propio: la formación de la inteligencia. Objetivo llamado a satisfacer las aspiración más noble de la condición humana: disfrutar de la sabiduría. Hugo de San Víctor definió la inteligencia como aquella cualidad espiritual infundida por Dios en el alma en el momento de su creación para que el hombre alcanzase la sabiduría[ix]. Una categoría que los escolásticos, mutatis mutandis, sustanciaron en cuatro aspectos prácticos: reconocimiento de la verdad, adquisición de la santidad, muestras de consideración y posesión de la felicidad[x].

Las gentes del saber no sólo se preocuparon por conocer qué era la sabiduría. También se interesaron por cómo acceder a ella. Un esfuerzo que tiñó de didactismo la cultura bajo medieval y dio lugar a numerosas obras pedagógicas que tuvieron como denominador común la formación del pensamiento crítico[xi].

«Ratón tiene dos sílabas; es así que el ratón roe el queso; luego dos sílabas roen el queso».

La educación medieval pretendía la formación moral, intelectual y religiosa. Con la primera, se trataba de liberar el entendimiento de lastres, de allanar el camino del aprendizaje y, sobre todo, de fortalecer la voluntad para orientar al bien las pasiones y afectos del alma[xii]. Con la formación intelectual se buscaba captar las esencias de las cosas, trascender la materialidad natural y acceder a la meta y razón última del hombre: la búsqueda de la verdad o sabiduría[xiii]. Con la gracia se trataba precisamente de posibilitar ese proceso. Para la cultura escolástica, la antropología clásica había hecho del hombre un esclavo de su propia voluntad, un ser sujeto a la autoridad exclusiva y única de la inteligencia. Algo que san Agustín consideró un acto de narcisismo cultural supino al pretender el hombre valerse sólo de sus propias fuerzas[xiv]. Los medievales negaron abiertamente esta posibilidad. Un planteamiento semejante no sólo suponía limitar la naturaleza del hombre, sino olvidar el daño del pecado original que había debilitado la inteligencia y voluntad humanas haciéndolas incapaces de pasar por sus solas fuerzas de un plano natural a otro sobrenatural. Para ello se necesitaba la fuerza de la gracia, don divino más valioso que el propio hombre[xv], que eleva la razón, la voluntad y la libertad a la intimidad de Dios y afirma al ser humano en la plena verdad y sabiduría. Misticismo que los escolásticos resumieron en el aforismo intelligo ut credam, credo ut intelligam[xvi], posibilitando una unidad entre moral, razón y fe como nunca se había dado en la historia de la cultura.

Actualizar esa unidad desde el punto de vista didáctico no fue tarea fácil. En el plano moral y religioso no hubo novedades importantes: los medievales se limitaron a aplicar los principios y recursos prestados por el estoicismo grecorromano y el pensamiento patrístico y altomedieval. No ocurre lo mismo con la formación intelectual. Aquí construyeron una sistemática innovadora del pensamiento crítico, orientada a suscitar una subjetividad incipiente capaz de convertir al hombre en protagonista activo de su destino temporal y eterno. Cinco categorías didácticas dieron fundamento a ese propósito: la liberalidad lectora, el arte de la dialéctica, el uso de la escritura, la actualización de la memoria, y el principio de la acción.

La liberalidad lectora

Era una exigencia intrínseca al saber. Se trataba de tener una mentalidad abierta y apasionada por las ideas, de buscar el conocimiento allí donde se encontrara, de almacenarlo, rumiarlo e integrarlo sin más cortapisa que la limitación humana y el escudo de la fe.

Las sumas, enciclopedias, selección del conocimiento, gradación de los saberes, etc., fueron preocupaciones habituales de los universitarios medievales. Vicente de Beauvais dirá en 1247: «¡Ojalá tuviera yo los volúmenes de todos los autores para compensar la torpeza de mi ingenio con el celo de mi lectura!»; con san Pablo, recalcará: «Probadlo todo, y quedaos con lo bueno» [I Tes 5, 21]; y con el sentido práctico de san Jerónimo, concluirá: «Porque si algún ignorante en matemáticas quiere escribir contra los matemáticos hará el ridículo; e igualmente el que polemiza contra los filósofos, si no conoce los principios de la filosofía».

«De entre muchos miles apenas se encuentra hoy día alguno que sea comedido en el debate; por el contrario casi todos se acaloran y porfían, y en consecuencia enturbian más que aclaran la verdad. A esto lleva sobre todo la ambición de vanagloria o la disimulación de la propia ignorancia».

Tres principios prácticos de apertura y avidez intelectual, que demandaban tres condiciones de actualización: 1) la necesidad de seleccionar y acotar el conocimiento conforme a su orden y significación, pues «nunca llegará a buen puerto quien se empeña en seguir cuantos senderos se le ofrecen a la vista»; 2) se trataba de ser práctico y funcional, pues: «no hay necesidad de muchas cosas, sino de las útiles y estrictamente necesarias»; 3) finalmente, se necesitaba un criterio unificador de la verdad, y ese fue la fe, categoría que promocionó la autonomía de los nuevos saberes con los descubrimientos científicos con la única limitación de la verdad cristiana[xvii]. Una solución práctica que alentó la unidad entre fe y ciencia sin evitar problemas con enfoques y criterios novedosos. El averroísmo o el aristotelismo no cristianizado fueron algunos ejemplos reales de una liberalidad intelectual que suscitó posiciones encontradas que marcaron una buena parte de la dialéctica universitaria[xviii].

El dominio de la dialéctica

La segunda apuesta es uno de los cauces más utilizados para la formación del pensamiento crítico: el dominio de la dialéctica. «No podemos encontrar de mejor manera la verdad que preguntando y respondiendo», sostuvo san Agustín[xix]. Tres referentes didácticos abordaron con generosidad este arte: los 131 capítulos del libro tercero del Speculum doctrinale (1242), de Vicente de Beauvais; los capítulos 20 a 22 del De eruditione filiorum nobiliun (1247), orientados a su dimensión práctica; y los libros tres y cuatro del De modo addiscenci (1262), obsesionados con sus posibilidades didácticas. En estas obras se reafirma sobre todo la pertinencia del debate y la confrontación como una forma legítima de buscar la verdad y crecer moralmente, a la vez que se rechaza con vehemencia la disputa ociosa, el verbalismo, el uso sofista del debate o el acaloramiento dialéctico.

«Una extraordinaria cualidad de los talentos buenos es amar dentro de las palabras la verdad, no las palabras».

Vicente de Beauvais, quejándose de los males de su tiempo, dirá: «¿Qué me aprovecha saber cuántos años vivió Matusalén o a qué edad contrajo matrimonio Salomón? Discusiones de esta índole son inútiles y vanas; tienen apariencia de ciencia pero nada aprovechan ni a los que las proponen ni a los que las oyen»[xx]. Igualmente criticó con severidad el mal uso de la dialéctica. «‘Ratón tiene dos sílabas; es así que el ratón roe el queso; luego dos sílabas roen el queso’. Imagínate que no pudiera yo ahora resolver esta falacia; por causa de esa nesciencia ¿qué peligro me amenaza? ¿qué mal hay en ello? ¡Oh pueriles simplezas! ¿Por qué me preparas tales diversiones? No es éste momento de bromear»[xxi]. De igual modo, se quejó del acaloramiento en los debates, al que calificó de «reprobable y odioso en hombres maduros y comedidos», para concluir: «De entre muchos miles apenas se encuentra hoy día alguno que sea comedido en el debate; por el contrario casi todos se acaloran y porfían, y en consecuencia enturbian más que aclaran la verdad. A esto lleva sobre todo la ambición de vanagloria o la disimulación de la propia ignorancia»[xxii].

Frente a estas críticas, otros escolásticos reivindicaron con pasión las posibilidades formativas de la confrontación. Gilbert de Tournai afirmaba con san Agustín: «Una extraordinaria cualidad de los talentos buenos es amar dentro de las palabras la verdad, no las palabras»[xxiii]. Un deseo que exigía para ser eficaz la ciencia de la dialéctica. «Sin dialéctica no hay ciencia»[xxiv]. Tesis obvia que una buena parte de los escolásticos concretó en dominar con pericia la práctica de los Tópicos y Elencos aristotélicos. Esto es, conocer el arte de la demostración, de la probabilidad, de conjetura, y el arte de los sofismas[xxv].

Este currículum se optimizaba cuando se evitaban siete males, a saber: la soberbia, que es el apetito exagerado de la propia excelencia; la vanagloria, que surge cuando «el premio del litigante no es la buena conciencia sino la victoria»[xxvi]; la necedad, propia de los que arguyen poseer la luz y no están dispuestos a recibirla de otros;  la insolencia, propia del atrevido o descarado, que habitualmente practican los que mueven la cabeza, agitan los brazos, extienden los dedos, patean el suelo y agitan el cuerpo; la turbación de la conciencia producida por el abuso del debate por la duda originada por la contumacia y persistencia del argumento contrario que, a pesar de ser vencido, deja su huella inexorable distorsionando la tranquilidad de la conciencia[xxvii]; la impugnación de la verdad que surge cuando se ignora la verdad y sólo interesa la aclamación pública y la complicidad del griterío. La lista la cierra la obcecación de la inteligencia, una consecuencia más del abuso dialéctico: «Discutiendo excesivamente se pierde la verdad»[xxviii].

El dominio de la escritura

La tercera apuesta por el pensamiento crítico fue saber aplicar el arte de la escritura al aprendizaje de las ideas. La Baja Edad Media hizo de este consejo un símbolo de su cultura. Las bibliotecas, los códices, manuscritos, etc., constituyeron uno de sus bienes más preciados. En ellos estaba contenida una parte importante del saber de la Humanidad, la materia prima que iluminaba el entendimiento y podía acercar al hombre a la verdad. Los escolásticos hicieron de la escritura una de las profesiones más exigentes de su tiempo. Este potencial formativo se actualizó en dos fases: la propia de principiantes o estudiantes noveles, consistente en escribir comentando o corrigiendo erratas en textos ajenos; la propia de avanzados y maestros, consistente en escribir relatos o tratados propios.

«Discutiendo excesivamente se pierde la verdad».

Escribir sobre lo ajeno suponía cultivar la minuciosidad gráfica. Para eso era preciso habituar al estudiante a corregir erratas presentando su trabajo con exactitud y sin errores. Se insistía en habituar al estudiante a ser veraz en las transcripciones, sin añadir o quitar nada. También se le enseñaba a discriminar, seleccionar y escribir lo mejor de sus lecturas para dar unidad a los textos. No se trataba de yuxtaponer textos, de coleccionarlos, sino que como las abejas «debemos separar cuanto hemos acumulado de las diversas lecturas y después, aplicando la capacidad de nuestro ingenio, fundir en un único sabor las distintas libaciones»[xxix]. Además, al tratar el tema de la traducción de códices, se insistió en tres ideas clave: fidelidad a la versión, llaneza o claridad de lenguaje y humildad de corazón para corregir fuentes y no perpetuar errores. Finalmente se aconsejó al estudiante ser breve y fiel en sus glosas y comentarios, especialmente con lo complejo; en lo sencillo y simple, no era necesario comentario alguno.

«Debemos separar cuanto hemos acumulado de las diversas lecturas y después, aplicando la capacidad de nuestro ingenio, fundir en un único sabor las distintas libaciones».

Una vez que el estudiante había mostrado fidelidad a los escritos ajenos estaba en disposición de escribir textos más personales, bien para uso propio, bien destinados al público. Los primeros debían ser realizados por todos los estudiantes mayores y menores como recordatorio o repaso de sus lecciones; en cambio, los escritos públicos, destinados a usos comunes, sólo convenían a los más aventajados y sabios, observando en ellos el máximo rigor en palabras, ideas y pensamientos para mejor servicio a la verdad[xxx].

Los escritos públicos debían observar estos requisitos:
1º) madurez, que significa no hacer las cosas antes de tiempo;
2º) veracidad, que supone hacerlas tal como se sienten;
3º) brevedad, que hace que la comunicación y el discurso sean mucho más tolerables;
4º) humildad, que hace grande al autor porque no porque no confiere autoridad a sus textos, acepta con paciencia y amabilidad ser corregido y no envidia a otros;
5º) libertad, que surge cuando se es fiel a la realidad, no se tiene miedo a la verdad y se escribe sin deseo de adular a nadie;
6º) oportunidad de tiempo y lugar, que significa escribir sin preocupaciones, despojado de servidumbres y en un retiro o lugar adecuado;
7º) justo medio, que llama a no escribir banalidades, sino aquellas cosas necesarias que merezcan realmente la pena del esfuerzo;
8º) finalmente, todo escrito personal exige calidad, verdad, espíritu de servicio y utilidad. Los escritos mediocres se caracterizan por ser leídos solo por aquellos que los han escrito; en cambio, los que buscan la verdad y la edificación son útiles y serviciales. Sólo así se sirve a Dios y se edifica a los demás[xxxi].

El uso de la memoria
La penúltima de las apuestas para desarrollar el pensamiento crítico fue el uso de la memoria intelectiva: una esencia espiritual, creada por Dios, y llamada a actualizar lo que ha existido para que la inteligencia piense lo que la voluntad quiere[xxxii]. El entendimiento y la memoria coexisten en el aprendizaje de forma inseparable, pero responden a fines distintos: el entendimiento se justifica por sí mismo, su fin es la búsqueda de la sabiduría; la memoria, en cambio, está en función del entendimiento, por sí misma carece de sentido, su fin no es otro que ayudar a la comprensión y retención de la sabiduría[xxxiii]. Dicha aseveración le otorgaba un valor insustituible en el ejercicio del pensamiento crítico, pues sin memoria intelectiva no hay razonamiento, ni juicio, ni creatividad.

Se aconsejó al estudiante ser breve y fiel en sus glosas y comentarios, especialmente con lo complejo; en lo sencillo y simple, no era necesario comentario alguno.

Los escolásticos se volcaron en escribir numerosas obras sobre la naturaleza y la didáctica de la memoria[xxxiv]. En ellas el proceso técnico es un modelo de memoria artificial que marcó buena parte de la universidad medieval, sirviéndose de técnicas alfabéticas, numéricas y algebraicas orientadas a recordar conceptos.

En estas obras se pone de manifiesto que aprender es captar la realidad, comprenderla, integrarla en el ser; pero se aprende no solo cuando se descubre la verdad, sino cuando ésta se tiene y se rumia por la acción retentiva de la memoria. Aquí radica una de las ideas básicas del pensamiento pedagógico medieval: la necesidad de instrumentalizar la memoria al servicio del entendimiento. Por eso la Edad Media cuidó sobremanera la mnemotecnia e hizo de ella —en una cultura donde el libro era un bien escaso— uno de sus instrumentos didácticos por excelencia.

Ejercitar la memoria intelectiva no resultaba tarea fácil. Los modos de ejercitación podían ser colectivo, decisivo y supositivo. El colectivo consistía en reducir a resúmenes breves o epílogos todas las cosas que se hubiesen leído, escuchado o debatido para mantener vivo su recuerdo y retención. «La memoria guarda reuniendo. Por consiguiente conviene que lo que hemos dividido para aprender, lo reunamos para confiarlo a la memoria»[xxxv]. No menos importante resultaba el modo decisivo, consistente en dividir o clasificar los hechos en partes o enunciados que facilitasen su retención y recuerdo. Finalmente, estaba la suposición, que aludía a la importancia de tener abundantes referentes de imágenes, representaciones o símbolos personales y singulares que ayudasen a recordar lo almacenado[xxxvi].

Estos tres modos debían traducirse en ejercicios continuos. Este entrenamiento debía contemplar el descanso sobrio, la comida moderada, el sueño justo y huir de pasiones carnales e irracionales. Marciano Capella recordaba la necesidad de ejercitar la memoria en un tiempo tranquilo para facilitar la meditación; a ser posible que fuese de noche, pues el silencio y recogimiento de la noche facilitan la concentración de los sentidos[xxxvii]. Sobre el lugar, muchos, citando a Cicerón, recomendaron que fuese oscuro, conocido y cerrado para favorecer las asociaciones mentales: lo abierto las dificultaba y lo nuevo las entorpecía[xxxviii].

El principio de la acción

Para los escolásticos, la clave de la formación no consistió tanto en la formación de la inteligencia como de la voluntad, una de las facultades superiores del hombre que debía conducir el alma a la búsqueda del bien gracias a la práctica asidua y continuada del ejercicio. Con Julio César, afirmarán: «La práctica es la maestra de todas las cosas»; con Cicerón: «La práctica asidua dedicada a una sola cosa supera con frecuencia no sólo el ingenio, sino también la inspiración»; y con Ovidio: «Con el tiempo vienen solos al arado los indómitos novillos, con el tiempo se acostumbran los caballos a sufrir los lentos frenos, con el uso continuo se desgasta la anilla del hierro, con el roce continuo de la tierra se consume la reja curva del arado (…). Nada hay más grande que la costumbre»[xxxix].

Todo escrito personal exige calidad, verdad, espíritu de servicio y utilidad. Los escritos mediocres se caracterizan por ser leídos solo por aquellos que los han escrito; en cambio, los que buscan la verdad y la edificación son útiles y serviciales.

Una fe ciega en la práctica, que al realizarse con asiduidad y constancia se transformaba en costumbre que actualizaba los principios operativos de alma y la dejaba presta para aprender. Aventura apasionante que, dejando de lado las condiciones psicofísicas y sociales de la persona, siempre debía desembocar en el progreso intelectual.

El maestro y la didáctica intelectual
En el centro de todo este entramado didáctico debe consignarse la figura del docente. Diferentes trabajos se hicieron eco de su misión. Unos ponían énfasis en los aspectos didácticos[xl]. En ellos el maestro escolástico se presenta como la figura clave del proceso de enseñanza y aprendizaje. Quitando a Dios, que es el único maestro y la causa eficiente y primera, el maestro exterior es el artífice secundario de la formación, el que lleva los principios a las conclusiones. Sin él no hay método y sin método no hay aprendizaje óptimo. «Quien no sigue a otro que va delante, se hace a sí mismo un pésimo maestro» pues «nosotros sin guía vagamos errantes y por eso difícilmente alcanzamos la salud, porque no sabemos siquiera que estamos enfermos»[xli].

Que la inteligencia piense lo que la voluntad quiere.

Hasta el siglo XII y primeros años del XIII, se puede decir que la institución escolar era en cierto modo el maestro. En esas épocas resultaba normal denominar a los estudiantes por el maestro que les había formado: Porretanos en honor de Gilberto Porreta, Albericanos por Alberico de Reims, Victorinos por Hugo de San Víctor, etc. La situación empezó a cambiar en el siglo XIII cuando las universidades y una incipiente reglamentación docente fortalecieron la institución en detrimento de la figura personal del maestro. Esta situación, si bien cambió aspectos didácticos del magisterio, no varió su principal misión: enseñar a pensar, meditar y contemplar para alcanzar la verdad con el ejercicio de la voluntad y la ayuda de la gracia.

Se aprende no solo cuando se descubre la verdad, sino cuando ésta se tiene y se rumia por la acción retentiva de la memoria.

El aprendizaje lo fundamentó la pedagogía escolástica en tres etapas que simbolizaron la formación intelectual de la Edad Media: la lectio, la quaestio y la disputatio.

La lectio marcó el sistema de aprendizaje de las escuelas medievales de los siglos VI a XI. Consistía en la lectura literal y posterior comentario de las autoridades extraídas de la Biblia, autores patrísticos, o de las artes liberales y sus compendios, florilegios o sentencias. Las guías didácticas que se han conservado no son estrictamente una propuesta reglada de temas de estudio sino un conjunto de textos para trasmitir conocimiento. Prisciano y Donato sobresalen para la gramática; Porfirio y Aristóteles para la dialéctica; Séneca, san Basilio y san Jerónimo para la ética; Graciano y Raimundo de Peñafort para el derecho. Y así un largo elenco de autores que brindaban con sus textos la base doctrinal del conocimiento.

«La práctica asidua dedicada a una sola cosa supera con frecuencia no sólo el ingenio, sino también la inspiración».

La enseñanza y aprendizaje de todos estos referentes partía de la lectio. Comenzaba con la introducción, que servía para presentar al autor, contextualizarlo y explicar su intención. A continuación venían las tres etapas de la explicación o expositio: la littera (lectura y explicación de las frases o palabras contenidas en los textos, por la que al profesor se le designaba con el término lector); el sensus (el análisis o interpretación que se desprende de la interpretación de la littera); por último la sententia, que representaba la interpretación más profunda del pensamiento del autor y del contenido doctrinal del texto. Cuando una parte no quedaba clara o generaba dudas entraba en escena la collatio. Se trataba de un complemento de la lectio que consistía en conversaciones entre maestros y estudiantes para dilucidar lo que de oscuro pudieran tener ciertos razonamientos y verdades. En ocasiones –y no era poco frecuente- el sensus y la sententia solían reforzarse con glosas, comentarios sintetizados de otros autores que servían para reforzar e ilustrar las partes de la lectio.

«Quien no sigue a otro que va delante, se hace a sí mismo un pésimo maestro».

El dinamismo científico y pedagógico de los siglos XI a XIII empezó a poner en tela de juicio la suficiencia de la lectio para trasmitir los retos que brindaba la nueva cultura. Ya en el siglo IX, Rabano Mauro (c.766-836) y Juan Escoto Eriúgena (c. 810-875), habían lanzado un envite a la somnolienta razón y le habían encomendado discriminar los diferentes argumentos de autoridad que se esgrimían sobre la verdad. En el siglo XI, san Anselmo de Canterbury (1033-1109), en su Monologion y Prosologion, inició el camino de la dialéctica moderna reivindicando –con la ayuda de la fe– el poder de la razón individual como argumento de autoridad. Esta idea tomará carta de naturaleza en el siglo XII en las obras lógicas de Abelardo, Gilberto Porreta, Roberto de Melum, etc. Estos autores defenderán la entrada en escena de una nueva categoría científica y pedagógica: la quaestio.

El nacimiento de la quaestio surgió simbólicamente entre 1122-1226, cuando Abelardo escribió la primera edición de Sic et non, sometiendo a consideración sentencias que la tradición había considerado verdaderas y que sin embargo la nueva cultura presentaba como insuficientes, vagas y aparentemente contradictorias. En el prólogo de su obra podía leerse: «Algunas afirmaciones (de los santos Padres) por la divergencia que parecen tener oscurecen la verdad y suscitan la cuestión (…) porque dudando venimos a la búsqueda y buscando percibimos la verdad»[xlii].

El aprendizaje lo fundamentó la pedagogía escolástica en tres etapas que simbolizaron la formación intelectual de la Edad Media: la lectio, la quaestio y la disputatio.

La frase era el símbolo de una cultura emergente que demandaba un protagonismo más activo en la construcción de la historia. No se trataba sólo de reproducir la cultura del pasado. El maestro del bajo medievo quiere convertirse en referente cultural. Aquí radicaba la fuerza pedagógica de la quaestio. Una categoría científica y didáctica que acabó convirtiéndose en un método reglado de enseñanza–aprendizaje que exigía cuatro condiciones necesarias:

  1. El texto como elemento material y básico.
  2. Argumentos contradictorios o insuficientes que necesariamente debían tener visos de verdad, propuestos por el maestro o los estudiantes.
  3. Un maestro que situase la controversia o duda en un acto de enseñanza.
  4. Finalmente un dictamen o juicio que implicase el dominio y uso correcto de la lógica o dialéctica.

A esta labor en su conjunto se le denominó discusión o quaestio. Un modo particular de argumentar y de pensar del siglo XII que elevó a categoría científica las capacidades de la dialéctica y de la lógica. Esta pedagogía activa contó con la ayuda de los nuevos saberes –especialmente de la lógica aristotélica– y llevó la capacidad de la razón a posiciones de autonomía desconocidas hasta entonces.

El éxito de la quaestio tiene mucho que ver con la función que se atribuyó a la cultura y al maestro en la Baja Edad Media. Hasta el siglo XI la formación y el magisterio consistían sobre todo en afirmar la tradición, trasmitirla y pulirla mediante la lectio. Esta situación fue progresivamente cambiando a medida que los mentores del saber tomaban conciencia del dinamismo cultural de los nuevos tiempos. Un dinamismo que, al nutrirse del bagaje del renacimiento carolingio, de la dialéctica de los siglos XI y XII y del descubrimiento del saber greco-árabe, dotaría a la cultura y al maestro de resortes suficientes para no limitarse a ser un reproductor de la cultura sino un creador de nuevos saberes con autoridad. Esto  dio lugar a dos consecuencias muy significativas: la aparición de obras con una dimensión reflexiva y especulativa desconocida hasta entonces; el nacimiento de corrientes ideológicas, disputas y escuelas, definidas por la doctrina del maestro.

La lectio consistía en la lectura literal y posterior comentario de las autoridades.

Con el nacimiento de las escuelas apareció una diversidad en el razonamiento y la metodología que dio lugar a una nueva categoría didáctica conocida como controversia o disputa. Mientras que con la quaestio se aspiraba a discriminar, pulir o dilucidar la insuficiencia o contradicción que salía de los textos, con la disputatio uno se separa del texto y somete a discusión y debate posterior lo que ya ha sido dilucidado por la autoridad magisterial. Esto se llamó la quaestio disputata. Nació a finales del siglo XII con la publicación de las Disputationes de Simón de Tournai (c. 1201), y alcanzó su mayor esplendor a lo largo de los siglos XIII y XIV. Por su eficacia pedagógica, la disputatio habría de perdurar hasta bien entrado el siglo XVIII.

[i] San Alberto Magno, De anima, lib. I, trat. III, cap. XII.
[ii] Boecio, De consolatione philosophiae, 3, 10, 1.37.
[iii] Agustín de Hipona, Confesiones, XIII, 15.
[iv] Vicente de Beauvais, Libellus apologeticus, I.
[v] Vicente de Beauvais, De eruditione, 12, 4, 2
[vi] Hugo de San Víctor, Didascalicon, I, X, 18.
[vii] Cf. W. Stelzer, «Zum scholarenprivileg Friedrich Barbarossa (Aythentica Habita)», en Deutsches Archiv für Erforschung des Mittelalters, 34, 1978, pp. 123-165.
[viii] Chartularium universitatis parisiensis, ed. por H. Denifle y E. Chàtelain, París, 1899, vol. I, nº 15.
[ix] Hugo de San Víctor, Didascalicon, III, 7.
[x] Gilbert de Tournai: De modo addiscendi, I, 5, 4-7.
[xi] Entre otras, pueden destacarse: Didascalicon de studio legendi (ca. 1131) de Hugo de San Víctor; Beniamin maior (c. 1200), de Ricardo de San Víctor; De disciplina scholarium (ca. 1205), del Pseudo-Boecio; De modo dicendi et meditandi (c.1240) anónimo; De eruditione filiorum nobilium (1247) de Vicente de Beauvais; De modo addiscendi (1262) de Gilbert de Tournai, 1262; Doctrina pueril (1275), de Ramón Llul, etc.
[xii] Vicente de Beauvais, De eruditione filiorum nobilium, 5, 6. 1.
[xiii] Cf. Aristóteles, Metafísica, A 1, 980 a, 22
[xiv] Cf. San Agustín, De Genesi ad Litteram, VIII, 6,12.
[xv] Cf. Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, I-II, 113, 9 ad 2.
[xvi] Cf. San Anselmo, Proslogion, Prólogo.
[xvii] Cf. Gilbert de Tournai, De modo addiscendi, IV, 8, 3.
[xviii] Las referencias de este epígrafe en Vicente de Beauvais, De eruditione, 3 y 16.
[xix] San Agustín, Soliloquios, II, cap. VII, 14]
[xx] De eruditione, cap. 22, 89, 1.
[xxi] De eruditione, 22,1.5. Cf. Séneca, Epistola 48.
[xxii] De eruditione, 21,1.1.
[xxiii] De modo addiscendi, IV, 10, 2. Cf. San Agustín, De doctrina Christiana, III. 11 (PL., 34, 100.
[xxiv] San Agustín, Contra Academicos, III, 17 (PL., 32, 954).
[xxv] Gilbert de Tournai, De modo addiscendi, IV, 10, 11.
[xxvi] De eruditione, 21, 2.2.
[xxvii] Sobre estos tres males, cf. De modo addiscendi, IV.
[xxviii] De eruditione, 21,7.
[xxix] De eruditione, 18,5.2. Cf. Séneca, Epistolas, 84, 2-3. 5. 10.
[xxx] De eruditione, 19,1.
[xxxi] Cf. De modo addiscendi, IV, 13.
[xxxii] De modo addiscendi, IV, 15, 2-3
[xxxiii] Hugo de San Víctor, Didascalicon, III, 8
[xxxiv] En el siglo XII sobresale De tribus maximis circumstantiis gestorum (c. 1135), de Hugo de San Víctor. En el siglo XIII, Rethorica Novissima (c. 1235) de Boncompagno da Signa o los escritos de Tomás de Aquino, especialmente De memoria et reminiscentia (1259). A comienzos del siglo XIV destacan el Ars Magna (1305) y el Liber ad memoriam confirmandam (1308) de Raimundo Lulio.
[xxxv] Hugo de San Víctor, Didascalicon, III, 12.
[xxxvi] De modo addiscendi, IV, 18, 22.
[xxxvii] Martianus Capella, De nuptiis Philoloqiae et Mercurii, V, 539.
[xxxviii] Cicerón, Ad Herennium, III, 19.
[xxxix] Julio César, De Bello Civili, II, 8, 3; Cicerón, Pro Cornelio Balbo, XX, 45; Ovidio, Ars amatoria, I, 471-474; II, 345, 647; cf. De eruditione, 25, 5.2.
[xl] En el siglo XII sobresale el capítulo VI del De Disciplina scholarium del Pseudo-Boecio. El siglo XIII dos capítulos del Speculum doctrinale (1247-59) de Vicente de Beauvais se dedican al modo de elegir maestro,, al igual que los capítulos II, III, VII y VIII del De eruditione filiorum nobilium. También los tres primeros capítulos del De modo addiscenci de Gilbert de Tournai. Aparte, Christus, unus omnium magister y De excellentia magisterii Christi, de San Buenaventura, 1257. También la quaestio 11 del De veritate de Tomás de Aquino.
[xli] Cf. De eruditione, 7, 2.1.
[xlii] Abelardo, Sic et non, PL. t.158, 1349.

Rosales, un florilegio de aforismos

Este libro de Luis Rosales no es un libro de Luis Rosales. Su extraño título, tres puntos suspensivos entre corchetes, […], quiere indicarnos que se ha ido recortando de su poesía completa. ¿No dibuja la hoja de una navaja de barbero? Más claro, con todo, es su subtítulo: Aforismos extraídos. Estamos ante un florilegio de aforismos sacados de los versos de Rosales. En consecuencia, tampoco esta reseña será un “barbero” más, sino que el “barbero” ya lo fue. En realidad, es todo el libro en sí. Tan “barbero”, que la selección la firma el mismo yo que semanalmente hago esta sección.

 

 

 

Luis Rosales[…] Aforismos extraídosLa isla de Siltolá, 2018, 124 páginas.

En el prólogo, para justificar la extracción, se recurre a Chesterton, que dijo que, aunque “es indiscutible que, para ciertos fines, quizá los más importantes, es preferible conocer el texto completo de algún documento dado”, no se puede afirmar que los fragmentos carezcan de valor. Y recurre a dos ejemplos supremos: “Es más que probable que casi todos los documentos sobre los cuales basamos nuestra creencia en la existencia de Jesucristo o de Sócrates, habrán sido mutilados y editados una y otra vez. El arte de seleccionar no ha sido inventado por los editores modernos”. Remata con esta constatación: “El hecho de hacer selecciones de la obra de un escritor es el coronamiento de su fama, es la prueba de su inmortalidad”. Podríamos añadir que es una prueba de su vitalidad: que los lectores se lo echan, a pedacitos, a los bolsillos de la memoria para llevarlos consigo por la calle.

Además, en el caso de Luis Rosales, los aforismos incluidos en su poesía cumplen un papel protagonista. A medida que fue acercándose a la “poesía total”, como él la llamó, de imbricados componentes líricos, narrativos y filosóficos, con influencias cinematográficas, el poeta tuvo que buscar nuevas formas de salvar la tensión, el ritmo y la musicalidad de sus poemas. Su verso se alargaba y ensanchaba, y el poeta recurrió más y más al aforismo. Al sobrepasar el verso clásico, Rosales sustituía los acentos por los aciertos, como forma de reciclar, recalcar y recrear su ritmo. Por esto, mucho más que por la pericia del barbero, resulta tan fácil extraer tantos aforismos de su poesía y que se noten tan poco las costuras y los cortes.

Por supuesto, él venía entrenado por lo sentencioso de la poesía flamenca, que tanto le interesó siempre, y por el conceptismo y el empaque del verso barroco. Rosales fue, no puede olvidarse, uno de los grandes conocedores de nuestra poesía del Siglo de Oro. La querencia hacia el aforismo le venía, como se dice de la sangre, por las dos ramas.

Asombra la variedad de tonos. Desde la inesperada imagen poética, esperable en un poeta (“Hay que darse a la vida como el agua a la arena”) hasta una descripción minuciosa y minúscula propia de un Jules Renard: “Las abejas volaban sobre el depósito [de agua] con ese vuelo torpe y musical que avanza a impulsos rachados y sosteniéndose en dos niveles, dando la sensación de que tropiezan con el aire”. A veces, encontramos una sencillez salvada por la emoción biográfica reconocible: “Tener primos, ya lo sabéis, es una maravilla”; y otras, una reflexión muy filosófica: “Como la verdad es retrospectiva, tienes que andarla y desandarla hasta cerrar el círculo”. Veta que sabe contrarrestar con el humor: “Hasta en mi propia voz escucho interferencias”. Hay una sombra de asombro y maravilla que recuerda a Chesterton: “Cualquier rincón me parecía un reloj de cuco, es decir: me parecía un rincón donde de cuando en cuando podía ocurrir algo increíble”; y una ingenuidad segura de sí misma a lo Mario Quintana: “Lo maravilloso de ser hombre es que puedes pensar en lo que quieras”. No evita el desengaño en plan Cioran: “Aun el elogio tiene su pequeño esqueleto de calumnia”, pero tampoco el apunte impresionista propio de un Gómez de la Serna: “La brisa, que parece una bandera”. Ni el trazo metafísico de un Porcchia: “Lo más seguro sería decir: Tal vez”. O la perspicacia psicológica de un Ramón Eder: “Un hombre circunspecto casi nunca es alegre”. Estos ejemplos remarcan que Luis Rosales, aunque extraído, puede muy bien considerarse un par entre los aforistas más insignes.

Sus aforismos funcionan, además, como un tráiler de su poesía, llevando a algunos lectores a la película completa de su poesía total. Y pueden funcionar aún mejor como un cinefórum, esto es, como aquellas escenas especialmente intensas e interesantes que invitan al comentario posterior. En cualquier caso, este […] no se conforma con ser un florilegio de aforismos: quiere ser una estación de paso, de ida o de vuelta, de ida y de vuelta, a la poesía completa, íntegra e impagable de Luis Rosales.

Entre los aforismos que el libro selecciona, nosotros seleccionamos estos, en doble rasurado, apurado máximo:

El mar, a veces, es menor que un pez.

*

La sonrisa es siempre más profunda que la alegría.

*

No hay nada verdadero en la vida que no sea compatible con la inocencia.

*

Nadie puede quitarte lo que amas.

*

En la vida, no nos llevan los pies, sino las huellas.

*

Quien no duda nunca se miente a sí mismo.

*

Para ser justo es preciso parecer cobarde.

*

Lo que no se recuerda se acaba.

*

Hay personas tan vivas que siempre que nos hablan nos despiertan.

*

En el mundo actual no hay otra forma de diálogo que escuchar a los muertos.

*

Para ser un buen extremista sólo es preciso simplificar un poco las cosas.

*

Entre todas las cosas que se pueden hacer en esta vida, la primera es seguir.

*

Cuando un país decide suicidarse a quien no está conforme lo suicidan.

*

El camino más corto para saberlo todo es la ignorancia.

*

La vida al recordar se hace tan corta. Cabe en unas palabras.

Una televisión con dos cadenas (1966-1990)

Como estuvieron en la Edad Media en los monasterios y en las catedrales, las ciencias y las humanidades de nuestro tiempo (literatura, lengua, historia, sociología, comunicación…) hoy están en los medios y en sus múltiples plataformas de difusión, empezando por el abigarrado e inabarcable arca de Noé de todas ellas, Internet.

En ese transbordador mutante y global la televisión ha ocupado un espacio de influencia creciente y acelerada desde su nacimiento en los EE.UU., el Reino Unido y la URSS a finales de los años veinte del pasado siglo.

 

Julio Montero Díaz (dir.): Una televisión con dos cadenasCátedra, Madrid, 2018, 876 págs.

 

Si las relaciones internacionales, que existen desde los imperios más antiguos, no se empezaron a estudiar en las universidades hasta después de la primera guerra mundial y en España hasta los años cincuenta, no puede sorprender que los estudios académicos de la televisión apenas estén dando sus primeros pasos.

Dirigida por Julio Montero Díaz, Una televisión con dos cadenas. La programación en España (1966-1990), obra de treinta y seis autores, entre los que están muchos de los principales historiadores de la televisión e investigadores de los medios audiovisuales españoles, cubre una parte importante de ese vacío.

Es la culminación de un trabajo en equipo de varios años, con ayuda del Ministerio de Fomento y Competitividad, que, tras monografías como Estudios sobre el mensaje periodístico y las ediciones X y XI de las Jornadas Internacionales de Historia y Cine, por fin, gracias al apoyo firme del editor de Cátedra, Raúl García Bravo, y al director de la colección Signo e Imagen, Jenaro Talens, ve la luz como el libro de cabecera que cualquier profesional o estudioso de la televisión española siempre ha echado en falta.

A pesar de ser un monopolio no había grandes diferencias con las cadenas europeas occidentales y menos aún con Italia o Irlanda

A pesar de su dimensión enciclopédica, es una obra con un solo estilo literario, con una redacción pulcra, rigurosamente documentado y editado, sin concesiones a ideologías y banderías políticas que, como se propuso Montero desde sus inicios y confiesa en la introducción, estructura y sistematiza los estudios sobre programas y programación de televisión en España hasta la llegada de las cadenas privadas con la desregulación.

«Este libro no es un dechado», insiste su director, que firma siete de los capítulos. Virginia Martín Jiménez es autora o coautora de cinco capítulos; María Antonia Paz Rebollo de cuatro; Teresa Ojer, Joseba Bonaut, María Verónica de Haro y Enrique Guerrero de tres… Una breve biografía de cada autor al principio o al final de la obra no habría estado de más. «No se ha hecho para presumir ni es una versión española de obras similares en otros países», señala Montero.

Joaquín Prat, uno de los presentadores más famosos de TVE. © Wikimedia Commons

No obstante, resulta imposible separar su marco teórico de los estudios académicos de televisión de Fiske, Hartley, Williams, Lotz, Newcomb y otros autores imprescindibles para el desarrollo de la investigación sobre televisión desde los años setenta, integrando el análisis de programas, la crítica literaria y el impacto social.

Mucho más importantes que las obras extranjeras para la elaboración de esta obra magna son los libros de referencia, artículos científicos y tesis doctorales que sustentan cada capítulo: M. Baget, M. Palacio, Martín Quevedo, Manuel M. González, García de Castro, Justo Merino, Pérez Ornia, José M. Contreras…

Una catedral de imágenes y palabras

Otras fuentes fundamentales son veintisiete encuestas y estudios de opinión pública, más de ciento setenta artículos de ABC, El País, La Vanguardia, El Mundo y Tele-Radio, cinco archivos y bancos de datos, el servicio de documentación de TVE, miles de horas de visionado, el fondo fotográfico de EFE y treinta entrevistas con directores, guionistas, realizadores, periodistas, escritores y otros profesionales que participaron en momentos decisivos de los primeros cuatro decenios de televisión en España.

Si en posteriores ediciones se incluye un índice onomástico, el lector tendrá otra herramienta valiosa para moverse entre los miles de nombres propios que participaron en esta catedral de imágenes, palabras y sonidos sin los que es imposible entender la historia de España del último medio siglo.

En anexo o tabla aparte, los autores o sus editores podían haber elaborado también una cronología de los avances o cambios tecnológicos, de formato, de rodaje, de realización, de escenarios y de gestión en la televisión española hasta nuestros días: el primer telediario, la introducción del primer magnetoscopio, el primer magacine, el primer playback, el primer concurso, el primer gran estudio de Prado, la primera unidad móvil, el primer partido de fútbol en directo, la primera transmisión para Eurovisión, el primer falso directo, el primer programa en color, el primer autocue o teleprompter… Todo está en el libro, con su fecha correspondiente y las circunstancias de su aparición, pero la búsqueda es complicada.

Se ha superado con austeridad y justicia la necesidad de recoger la aportación de tantos profesionales durante tantos años sin caer en los vicios de la crítica diaria y sin perderse en los oropeles de las estrellas.

«La autocensura y la penuria técnica de los orígenes impidieron atender con sentido periodístico la información televisiva en los telediarios»

Quien se haya movido un poco por los archivos y el servicio de documentación de TVE, tan maltratados y poco vigilados durante mucho tiempo, comprenderá bien las dificultades para esta investigación cuanto más nos remontamos a sus orígenes.

En cada una de las tres partes de la obra (franquismo, transición y etapa socialista), 870 páginas distribuidas en treinta y ocho capítulos, se analiza, por este orden, la programación, los informativos, los programas de ficción, el cine, concursos y variedades, los deportes, los toros, los programas infantiles y para jóvenes, la ciencia y la cultura, la publicidad y las audiencias.

La estructura permite una lectura temática —de cada capítulo por separado sin que pierda valor ni interés— o transversal, uniendo los que cubren el mismo tema en cada parte de la obra.

En informativos, pieza clave de la estructura diaria de la programación hasta 1975, «la autocensura y la penuria técnica de los orígenes impidieron atender con sentido periodístico la información televisiva en los telediarios», escriben los autores.

 

«Hasta el traslado a Prado del Rey (bien entrados los sesenta), ni siquiera hubo demasiadas posibilidades técnicas. La revisión de la prensa, la agenda de actos ministeriales y la de política internacional centraban cada día la selección de noticias».

El salto de la vieja a la nueva televisión

Completan el texto un detallado índice, una breve introducción, la bibliografía más completa seleccionada hasta hoy sobre la materia y un epílogo de cuarenta y cuatro páginas indispensable para comprender el salto de la vieja a la nueva televisión en España (1990-1994) tras la ruptura gradual del monopolio de Televisión Española.

Este epílogo puede ser la introducción a un esfuerzo igual o, dada la proliferación de cadenas, mucho más laborioso sobre la televisión española desde 1994 hasta 2018, pues, como señalan Javier Mateos-Pérez y María Antonia Paz Rebollo, en los primeros cuatro años y medio de los noventa se sembraron muchos de los vicios de la televisión de hoy: descontrol, guerras publicitarias, trivialización de contenidos… «La consecuencia fue el adormecimiento crítico de una parte de la audiencia y la desconfianza de la otra hacia la información televisiva», concluyen.

Aunque no hay conclusiones finales que integren los resultados globales de la investigación, casi todos los capítulos incluyen conclusiones parciales que permiten a cada lector extraer sus propias lecciones sobre los elementos, temas, géneros o programas que desee.

Jesús Hermida, corresponsal en Nueva York entre 1968 y 1979 y presentador del Telediario en 1990-1991. © Wikimedia Commons

A pesar de ser un monopolio hasta los noventa y de su conexión umbilical con un régimen autoritario hasta 1977, esta obra nos muestra que, en su programación, «no había grandes diferencias con las cadenas europeas occidentales y menos aún con las de algunos países como Italia o Irlanda».

Navid Kermani, un incrédulo ante el arte y la fe cristiana

El arte es también una forma, una bella forma, de evangelización y eso lo sabían quienes se inspiraban en la Sagrada Escritura o en el santoral para crear sus obras. Pero si el cristianismo estuviera desgajado de la vida, sus expresiones artísticas no habrían tenido esa fuerza existencial que lo hacen tan cercano, y al mismo tiempo tan comprensible, para el hombre, con independencia de la fe que profese. Navid Kermani, novelista alemán de origen iraní, ha escogido 40 obras de arte religioso -las que más le han llamado la atención, las que más han apelado a su conciencia y, en fin, las que más han seducido su entusiasmo estético- para reflexionar sobre su sentido y significado, componiendo un libro repleto de elevada emotividad y virtuoso preciosismo descriptivo.

Navid Kermani: Incrédulo asombro, Trotta, Madrid, 2018.

Kermani contempla los lienzos con la pasión del artista y el fervor del creyente, pero haciendo gala de una honestidad encomiable, que no le obliga a abdicar de su propia cultura, la musulmana. En este sentido, sus textos, a caballo entre la hermenéutica artística y la bíblica, entre la meditación y la cavilación introspectiva, muestran que tiene la suficiente sensibilidad -cultural y religiosa- como para leer lo que los cuadros y las imágenes revelan, y aquello que vela o esconde su dimensión representativa. Y es que, más allá de la intención religiosa o la devoción personal, Caravaggio, Boticelli o Rembrandt emplean su maestría técnica para profundizar en el misterio de la condición humana que el cristianismo tan sencillamente recoge… y tan hermosamente expresa.

Quien blande el pincel con fe, según Kermani, quiere “hacer sensible la belleza de Dios”. Los gustos humanos se transforman y cambian, pero, a diferencia de lo que ocurre en la historia del arte profano, en el caso del religioso lo sustancial es la experiencia de la Revelación, que todos los creyentes comparten; de ahí que disfrute de mayor permanencia. Por otro lado, la dimensión natural es el suelo nutricio de la fe, lo que explica que la razón, la maternidad, el sufrimiento, la muerte o el consuelo -aspectos que la fe redimensiona, pero que no cancela, ni anula- dotan al arte cristiano de una indudable pretensión de universalidad.

«Debería inquietarnos la escasez artística que Kermani constata en el cristianismo de hoy»

La cultura de Kermani y el atractivo que suscita en él el sufismo, con su veta mística, no le impiden declararse “admirador del cristianismo”; ni tampoco admitir que, en ocasiones, siente envidia de los creyentes. Mientras recorre las galerías silenciosas y los museos recónditos, o aguarda silencioso en alguna iglesia ignorada de Europa, el escritor va asimilando, incluso inconscientemente, las principales enseñanzas cristianas -la encarnación, la resurrección, el amor de Dios al hombre…-, entendiendo, en definitiva, las verdades naturales y, a través de su esplendor, acercándose paulatinamente a las sobrenaturales.

También las pinturas funcionan como llave o puerta de acceso a la constelación de paradojas que el cristianismo encierra. No hay duda de que es la mirada foránea -o peregrina- de Kermani, siempre en busca de significaciones, lo que desata en su interior el asombro y la perplejidad y que ambas suscitan el rosario de especulaciones que ahondan en la excepcionalidad del mensaje cristiano, en su intensa familiaridad con el hombre y en la sublimidad de sus expresiones.

En las tres secciones que componen el libro -tituladas, con acierto, “madre e hijo”, “testimonio” y “llamada”- se ofrecen consideraciones elaboradas tras contemplar las imágenes y en muchos casos con el recuerdo aún nítido de las mismas. En sus descripciones, el autor, en lugar de dar prioridad a la erudición, ha querido, sobre todo, recoger las impresiones e ideas originadas en el encuentro personal y solitario con ellas. ¿Qué expresan esas telas y los matices en los colores? ¿Qué es aquello que anuncian o presagian los trazos, las sombras, la disposición de las figuras o esos silencios tan elocuentes que son las ausencias?

Secularización y declive estético

El método que emplea Kermani es el de libre asociación, por lo que sus apreciaciones son siempre subjetivas; él tampoco pretende otra cosa. Pero pueden resultar útiles para educar nuestra mirada y regenerar nuestra sensibilidad estética, tal vez algo apagada en un entorno social que estimula -e incluso premia- lo sórdido. ¿No es posible que nos hayamos alejado de lo sublime a medida que nos hemos ido distanciando de lo religioso? Podría ensayarse, sin que resulte descabellada la idea, una explicación estética de la secularización, que completaría así la filosófica. Si también la desaparición de Dios de nuestro horizonte cultural ha contribuido al declive estético, habríamos de preocuparnos más por recuperar la belleza – esa “belleza que salva”- que por confeccionar un discurso impecable desde un punto de vista ideológico. Y debería inquietarnos la escasez artística que Kermani constata en el cristianismo de hoy.

“Cuando voy a rezar a una iglesia -explica- pongo cuidado de no llegar hasta la cruz”. Para el escritor, de origen iraní, es blasfema la idea de un Dios que sufre, pero también ha de serlo, por fuerza, para cualquier hombre; he ahí su grandeza. Confiesa Kermani que, entre las múltiples representaciones de Jesús en la Cruz, prefiere la que descubre en el altar mayor de San Lorenzo de Lucina: La Crucifixión de Guido Reni (ver imagen), donde se estiliza y difumina el dolor, y no aquellas en las que este aparece en formas más crueles.

La Crucifixión (Guido Reni) © Editorial Trotta

Pero lo que Kermani interpreta como “idolatría del sufrimiento” es, en realidad, la apología de la carne o el panegírico de lo creado que nuestra fe entraña. Cuando resucita Cristo, tal y como refleja Bellini, para bendecir a sus discípulos, lo hace coronado de espinas, con las heridas aún abiertas y la túnica rasgada -incluso sucia, en el lienzo del Louvre-, pero es eso no solo lo que permite que Tomás, incrédulo, lo reconozca -incrustando hasta lo más profundo su dedo en el costado, según la destemplada escena que pinta Caravaggio-, sino que es precisamente ese realismo, tan coherente, tan lógico, lo que hace de la resurrección un hecho histórico, concreto, auténtico.

Si este autor siente tanta admiración ante la riqueza del arte cristiano, el creyente no debe sentirse menos deslumbrado ante los misterios que la fe dibuja. Porque cuando Kermani se lamenta de no entender, hemos de reconocer que tampoco la razón que cree alcanza en muchas ocasiones a hacerlo. De este modo, podemos decir que estamos ante un ensayo muy personal, pero edificante y aleccionador no únicamente para aquellos que se encuentran alejados de la fe cristiana, sino para quienes, de tan cerca que están de ella -tan familiarizados con sus verdades-, han perdido sensibilidad ante sus enigmas. Kermani no observa el cuadro con la mirada del experto; no analiza la obra de arte con el erudito repertorio del especialista, sino que contempla las escenas con la sutileza del sentido común y la agudeza de quien sabe mirar mucho y bien, consciente de que las dimensiones de una obra de arte son inagotables y de que su riqueza solo consigue saborearla quien ejercita su mirada en silencio y largamente. Y aun así nunca es suficiente.

Un ensayo aleccionador para los alejados de la fe cristiana y para quienes de tan cerca ante ella han perdido la sensibilidad de sus enigmas

Si hay dos figuras que sobresalen por encima de las demás en la larga e ininterrumpida trayectoria del arte cristiano, esas son, sin lugar a dudas, Jesús y María. Y no es incomprensible que así sea, ya que la maternidad y la filiación, que constituyen dos pilares de la fe cristiana, son también dos universales y sirven, por tanto, de puente y enlace entre culturas. El amor de la madre hacia el hijo y el del hijo hacia la madre -como en la portentosa escena recogida en Cristo despidiéndose de su madre, de El Greco (ver imagen)- es uno de los elementos más emotivos, más radicalmente humanos, en los que sustenta el cristianismo. Por otro lado, Jesús no es desconocido. También aparece en el islam, como profeta, y pese a que no reconoce esta religión su divinidad, su figura y sus enseñanzas no le son del todo ajenas. Habría que destacar, desde este punto de vista, la enseñanza interreligiosa de este exquisito libro, ya que atisba insospechadas confluencias entre las dos religiones. A este respecto, hay un extraño capítulo, el dedicado a Paolo Dall’oglio, en el que la imagen no es una pintura, sino la fotografía de este jesuita secuestrado por el ISIS y en paradero desconocido. El padre Dall’oglio refundó el monasterio de Deir Mar Mussa, al norte de Damasco, y creó una comunidad dedicada a impulsar el encuentro entre cristianos y musulmanes. Es su ejemplo, como el de otros muchos, el que ha sido más aleccionador para el propio Kermani y le ha llevado a valorar, por encima de los tesoros artísticos y las aportaciones culturales, el amor sin distinciones que el cristianismo, y el arte cristiano, enseña. Que se haya dado cuenta de esto de ello, es ya suficiente.

Cristo despidiéndose de su madre (El Greco) © Editorial Trotta