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Ver productosAvelino Corma, profesor de investigación del CSIC y fundador del Instituto de Tecnología Química de Valencia (ITQ), habló el pasado 13 de noviembre en UNIR, en el marco de la jornada sobre «Innovación y transferencia del conocimiento». Su conferencia versó sobre “Transferencia de conocimiento y su impacto tecnológico en la industria: la experiencia del ITQ”. Después el profesor Corma, premio Príncipe de Asturias de Investigación en 2014, contestó a estas preguntas de Nueva Revista.
¿Por qué España no produce gente como Bill Gates o Steve Jobs? ¿Por qué no destaca nuestro país en creaciones tecnológicas que ayuden a la humanidad?
Yo creo que es muy importante el entorno. Esas personas que menciona surgen en un entorno donde se están generando muchas ideas, en donde hay una dinámica muy progresista y en sociedades tecnológicamente muy avanzadas.
¿Cuál es el camino que lleva a la innovación?
Lo podríamos definir con dos ecuaciones. Investigación más ingeniería igual a tecnología, tecnología más mercadotecnia igual a innovación. Para generar tecnología necesitamos investigación y para generar innovación necesitamos tecnología.
¿Puede ponernos un ejemplo de cómo usted, investigador, ha colaborado con una empresa?
En la investigación generamos conocimiento, del que hacen uso las empresas que desarrollan tecnología. Ellas ven la posibilidad de aplicaciones prácticas. A veces tenemos la suerte también nosotros de intuir soluciones y las pasamos a la empresa. Una relación muy importante para mí es la que he tenido con Pedro Miró durante su etapa como director de Investigación en CEPSA. Se aproximó a nosotros, confió en nosotros, y juntos pudimos hacer algo que sirvió no solo para avanzar en conocimiento fundamental: lo convertimos en un nuevo proceso de aplicación industrial.
¿Puede, además del ejemplo que ha puesto de CEPSA, añadir otros casos de colaboración fructífera entre la investigación y la empresa?
Prácticamente yo diría que en cada una de las líneas de investigación que hemos tenido, ya fuera, por ejemplo, en el caso de catalizadores utilizados en refino y petroquímica, como en los catalizadores para la industria química, como en catalizadores para industria de química fina, en todos ellos hemos tenido la suerte de que algunas de las ideas que hemos desarrollado, o bien solos o bien en combinación con las industrias, al final siempre las empresas las han podido materializar.
Si a usted lo nombraran ministro de Ciencia, Innovación y Universidades, ¿qué medidas principales tomaría?
Lo primero, planificaría la investigación a largo plazo. Lo que no puede ser es lo que tenemos en este momento, que funcionamos a impulso. Tenemos que saber a dónde nos dirigimos, cómo nos dirigimos y con qué medios contamos. Y eso, a largo plazo. Y lo segundo sería claramente reducir la burocracia, que en estos momentos está atosigando a la investigación.
¿De qué se siente usted más orgulloso en su carrera?
De haber creado, junto a mis compañeros, el Instituto de Tecnología Química. Empezamos como una aventura ocho o nueve científicos y lo hemos llevado hasta lo que es hoy en día, con más de doscientas personas trabajando.
¿Cuál es para usted la misión de la universidad?
Debe aspirar a una formación integral de la persona, no solamente técnica. Tiene que despertar la capacidad creativa. Es clave también que cultive los principios básicos de lo que es el ser humano, principios de solidaridad y principios de tolerancia.
¿Considera indispensable la estancia en universidades extranjeras?
Aquellos que quieran dedicarse verdaderamente a la investigación deben salir fuera, cuando terminen el doctorado o para realizar el doctorado. Deben pasar unos años en otros centros. Esto es fundamental no solo desde el punto de vista del aprendizaje particular de la disciplina que se tenga, sino también para que se abran horizontes.
UNIR organizó el pasado 13 de noviembre una jornada sobre Innovación y Transferencia de Conocimiento. Emilio Lora-Tamayo, catedrático de Electrónica de la Universidad Autónoma de Barcelona, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), ex presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), disertó sobre “La innovación, su cultura y su vinculación a la I+D y a la generación del conocimiento”. Después mantuvo esta conversación con Nueva Revista.
¿Posee la investigación científica la exclusiva como fuente de innovación?
No. En absoluto. La innovación, que es la fuente de la competitividad, se alimenta también de otros medios. Por supuesto que la investigación científica es uno de ellos, me atrevería a decir que el principal. Pero también se innova sin investigación tecnológica: desde la innovación en estructuras, en recursos humanos, en compras…, hasta la propia aplicación de patentes, que lo que requiere es comercialización. En cualquier caso es válido que si se desea estar en la frontera y más allá de la frontera del conocimiento y de la competitividad, se ha de investigar.
¿Corresponde a la empresa y solo a ella la innovación?
No. No. La empresa es naturalmente la principal receptora de todo lo que supone el ecosistema de la innovación. Pero yo creo que el máximo fruto que se puede extraer o la máxima capacidad que se puede extraer de la innovación viene de la colaboración de la empresa con el mundo de la innovación, lo que llamamos, a veces incluso algo despectivamente, el mundo académico, el mundo formado por los centros de investigación, mayoritariamente centros públicos. La colaboración, la interpenetración, de motivaciones y de objetivos de estos dos mundos es fundamental para conseguir un aporte fructífero innovador.
¿Qué es la investigación blue sky?
El término blue sky research se viene utilizando desde hace algunos años para referirse a la investigación dirigida exclusivamente por el ansia de conocimiento, es decir, sin una focalización a priori vinculada a un problema del mundo real. Ha sustituido a la vieja denominación de “investigación básica”, “investigación fundamental”. En la medida en que el blue sky research integra precisamente esa búsqueda del conocimiento per se, está sin duda alguna en el origen de cualquier otra innovación, al margen de si lo veremos o en cuántos años. Yo he puesto en mi conferencia algún ejemplo de que han tenido que transcurrir a veces decenios para que comprendamos qué razón de fondo había tras la necesidad de ampliar conocimientos en una determinada área. Algo que al principio nos parecía puro blue sky research luego encuentra mucha aplicación práctica.
¿Qué propone para reducir la brecha entre el mundo de la investigación y el mundo de la empresa?
Cualquier iniciativa que tienda a mejorar el conocimiento de los problemas que tienen las empresas, por parte de los investigadores, y el conocimiento de los problemas o de las inquietudes de los investigadores, por parte de las empresas, sin duda es un estímulo para cerrar el gap entre ellas. Por supuesto, los instrumentos clásicos hay que utilizarlos, pero yo pondría en juego otros nuevos: los «colaboratorios», es decir, la instalación de empresas dentro de centros de investigación; y las iniciativas de tipo Instituto Carnot (Francia), en que una investigación muy aplicada fuera compensada al grupo de investigación que la realiza con una financiación básica para generar nuevo conocimiento blue sky. Pienso que eso son estímulos que en el mundo de la investigación se verían con muy buenos ojos, para realmente dinamizar todo este ecosistema. Cabe señalar, no obstante, que la brecha se está reduciendo y tengo que decir que está dando más pasos en este sentido el mundo académico que el mundo industrial, que también los está dando.
Los «colaboratorios» y los institutos tipo Carnot reducen la brecha entre la investigación y la empresa
¿Puede mencionar algún caso de éxito de innovación y transferencia del conocimiento que le haya tocado vivir de cerca desde el observatorio del CSIC?
En el CSIC hay muchos casos de éxito. Detrás de mí, en la jornada que se está celebrando en UNIR, venía un compañero, otro conferenciante, que es el profesor Corma, investigador del CSIC. Avelino Corma tiene una grandísima lista de patentes que se originan desde un área blue sky research, pero con una traducción comercial importantísima, en el mundo de la petroquímica y de la química en general. Por ejemplo, el desarrollo de catalizadores que ha hecho para la industria, fundamentalmente para la industria petroquímica. El profesor Corma ha desarrollado un gran número de patentes, como decía, y lo que es más importante: muchas de estas patentes han sido licenciadas y están siendo explotadas a dimensión industrial, con unos resultados comerciales que por supuesto a las compañías que las están utilizando les está compensando y mucho. Otro caso muy notorio es el de la polimerasa, desarrollada en su momento por la profesora Margarita Salas, que también está extendida a nivel mundial y que viene de una patente del instituto del CSIC donde ella trabaja.
¿Cómo definiría usted la misión de la universidad?
Ya es conocido que cada cierto tiempo se amplía su misión. Desde la Edad Media se habla de la universidad como transmisora del conocimiento. Desde hace cincuenta, sesenta o setenta años, la universidad juega un papel fundamental como centro público de investigación. Ahora hemos pasado a una tercera misión, que es la de transferir este conocimiento a aquellas entidades, las empresas sobre todo, que son capaces o susceptibles de utilizarlo. Las empresas son el principal destinatario, pero no el único, como dije antes. Últimamente también se habla de una cuarta misión de la universidad, que es la de contribuir a la generación de empleo. Pero formar para el empleo ya debe ser elemento constitutivo de las tres primeras misiones.
¿Considera indispensable la estancia en universidades extranjeras para alcanzar el perfil docente e investigador adecuados?
Considero absolutamente necesario que todos los investigadores, al acabar su postgrado, salgan al extranjero o que vayan a otro centro de investigación distinto del suyo de origen. ¿Por qué? Porque por un lado eso les sirve a ellos mismos para afianzar su autoestima al desarrollar su labor en un entorno diferente. Por otro lado, amplían sus conocimientos Luego volverán o no al centro de partida. En este sentido, cuando se habla de reincorporar a los que se han ido a estudiar fuera, yo no sería tan generalista. Yo lo que creo es que hemos de tener capacidades, plazas, oportunidades de estabilizar a los investigadores mejores que hay en el mercado mundial. Una parte de ellos son los nuestros que han salido y que deben salir. Pero no necesariamente tienen que ser esos. Estamos ahora mismo en una situación de globalización del mercado de investigación, por decirlo de alguna manera, y lo que hay que hacer siempre es desear incorporar a los mejores para un determinado ámbito, para un determinado problema, para una determinada investigación.
Pese a la alharaca progresista que trata de disimularlo, vivimos tiempos de censura. Una censura posmoderna, basada no en la prohibición sino en la dictadura de lo políticamente correcto, que es método sibilino y cuya probada eficacia reside en convencer al censurado de lo conveniente de la reprobación.
No por casualidad, el Marqués de Tamarón vive hoy el momento de mayor lucidez e independencia intelectual de su dilatada –aunque aún no suficientemente larga— carrera. Acaba de publicar su opus magnum: Entre líneas y a contracorriente, y a la vista de la báscula y de la factura no es de extrañar que el editor más inclinado a patrocinárselo haya sido él mismo.
Los tres tomos que recogen años de bitácora del autor saben proclamar con profundidad –pero también con humor entretenido— el blasón de la república de las letras tamaroniana: “Sin cesura ni censura, no hay literatura”. En el actual marco de represión moral, los artículos de Tamarón, tan llenos de ideas como exentos de ideología, se leen con la satisfacción de constatar que hay sabios de nuestro tiempo que aún se atreven a afear lo peor que existe en él.

Marqués de Tamarón: Entre líneas y a contracorriente. Bitácora 2008-2018. Amazon Publishing, 2018.
Es Entre líneas y a contracorriente obra compilatoria y enciclopédica al tiempo. En ella encontramos la mejor versión del liberal-reaccionarismo, aquella que propugna las mayores cotas de libertad individual sin renunciar a la reacción contra la cursilería. También la del conservadurismo, siguiendo la máxima de Pascal según la cual “tout ce qui se perfectionne par progrès périt aussi par progrès”.
Escribe Tamarón que la soberbia conduce al aburrimiento, y viceversa. Las páginas que acaba de presentar carecen de ambos pecados. Hay, por el contrario, ironía administrada en varios grados de crueldad, ira en favor de la naturaleza, provocación deliberada y gozosa incorrección política. Su división permite al lector inclinarse por la lingüística o el ensayo social, los temas políticos, culturales o costumbristas y, llegado el momento, entretener su pensamiento con la lectura de una exquisita novela, también publicada individualmente bajo el título de El rompimiento de gloria.
Una de las virtudes de este compendio, que lo es del conjunto de la obra tamaroniana, es combatir la corrupción del lenguaje sin caer en la pedantería, que no es sino otra cara de la misma moneda. También lo es un claro componente de crítica social que evita, milagrosamente, el esnobismo. Baste recordar el título de uno de los ensayos que componen su Guirigay nacional: “De reala de catetos a colectivo de cursis”.
El humor que encierran estas páginas es mucho, y se despliega entre británico, amontillado y orteguiano. Como botón de muestra, que la Insobornable Contemporaneidad considere que nada de lo humano le es ajeno podría haber llevado a Tamarón a declamar, con el joven Coleridge:
O curas hominum!
O quantum est in rebus inane!
Sin embargo, Tamarón se conforma con seguir el dictado de Ortega afirmando que “habrá menos liberalismo y más democracia”.
“Acaece que liberalismo y democracia son dos cosas que empiezan por no tener nada que ver entre sí, y acaban por ser, en cuanto tendencias, de sentido antagónico”, nos advierte El Espectador.
“Sería, pues, el más inocente error creer que a fuerza de democracia esquivamos el absolutismo. Todo lo contrario. No hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del demos”.
Proféticas ideas escritas en 1926, que un Embajador de España trae al siglo XXI ventilándolas en tres tomos escritos con cesura y sin censura, pero cargados de mesura.
(Imagen de portada modificada tomada de https://www.flickr.com/photos/casamerica/24114447568)
Vincent Van Gogh es hoy en día uno de los pintores más valorados de la Historia del Arte. Sus obras han alcanzado precios de más de 80 millones de euros[1]; su museo en Amsterdam es visitado anualmente por 1,5 millones de personas, “convirtiéndolo en uno de los 25 museos más populares del mundo”[2] y la exposición multimedia realizada sobre este artista, “Van Gogh alive”, se ha convertido en la exposición multimedia más visitada del mundo[3]. Sin embargo, es probable que todos esos visitantes no se hayan acercado al libro que mejor nos permite conocerlo. Este libro es la recopilación de las cartas que Vincent escribía a su hermano pequeño, Theo Van Gogh[4]. La mayor parte están escritas en el periodo en el que ambos hermanos llegaron a un acuerdo: Theo, desde París, trabajaba como marchante de arte, y le enviaba dinero a Vincent que, asentado en Arlés, en una pequeña “casa amarilla” empezaba a dedicarse por completo a la actividad artística. En estas cartas, Vincent describía a Theo su entusiasmo al poderse dedicar a la pintura y sus intentos por perfeccionar su estilo. Sus primeras experiencias son conmovedoras: “estoy bastante seguro de que, viendo estas dos pinturas, nadie creería que son los primeros estudios que he pintado. Para ser sincero, yo mismo estoy sorprendido”[5]. Sin embargo, este entusiasmo va mezclándose con la angustia por vivir del dinero de Theo, que le lleva a enviarle cuentas económicas revisadas y puntualizadas hasta la extenuación, alternando la queja por contar con poco dinero con semanas enteras en las que solo tomaba café y fumaba porque no se atrevía a pedir más dinero a su hermano. Y, poco a poco, las cartas reflejan cómo va a apoderándose de él el miedo, el miedo a la locura que sentía crecer dentro de sí sin poderlo remediar.
Entre todo este frenesí de temas, en las cartas se van colando también los libros que leía. Sorprende comprobar que Vincent era un gran lector, con aficiones diversas, buena memoria para recordar fragmentos y un gusto extraordinario para escoger libros. No hay en él referencias a literatura folletinesca o de mala calidad: todos los autores que cita forman parte hoy de la Historia de la Literatura Occidental. Las referencias a los libros surgen a propósito de un tema sobre el que escribe a su hermano, o a veces descontextualizados, como si el recuerdo del libro acabara de cruzar por su cabeza. De la mayoría hace alguna breve referencia y se detiene en un detalle: una descripción, un suceso, la forma de representar una escena… No hay en sus descripciones nada genérico ni abstracto: lo que le gusta o disgusta de cada libro es tan concreto como sus jarrones con girasoles, sus cipreses o sus campos de trigo.
De hecho, en ocasiones el recuerdo de la escena de un libro será para él la inspiración al decidir pintar un cuadro. Cuando se trasladó a Arlés, Vincent vio que se encontraba solo a unos 15 km. de Tarascón, lo cual le trajo inmediatamente el recuerdo de los libros de Alphonse Daudet sobre Tartarín de Tarascón. Así, al encontrarse en la posada la diligencia que hacía el viaje Arlés – Tarancón, Vincent se emocionó: ¡era la misma diligencia que se describía en las novelas de Tartarín! Y lleno de entusiasmo se dispuso a pintarla: “¿Has releído ya el Tartarín? ¡Ah!… ¡No lo olvides! ¿Te acuerdas en Tartarín la queja de la vieja diligencia de Tarascón, esa página admirable? Y bien, termino de pintar esta carroza roja y verde en el patio de la posada” (p. 13). Van Gogh se volcará en este cuadro hasta el punto de agotar su vista, y le escribirá a su hermano: “Perdona estos croquis tan malos; estoy obsesionado con la pintura de esta diligencia de Tarascón y veo que no tengo la cabeza para dibujar…” (pp. 14-15). Y aún volverá sobre el tema meses después: “¿Llegaste a ver el estudio que pinté de la diligencia de Tarascón; aquélla que como sabes se menciona en Tartarín cazador de leones?” (p. 59).
Pero Vincent no se quedaba solo en los aspectos más pictóricos de la obra de Daudet. La figura de Tartarín le fascinaba, y le producía un sentimiento contradictorio: a veces se rebelaba contra su vacua imaginación y otras le atraía su dinamismo, su capacidad de embarcarse en locas aventuras. El primer sentimiento se lo expresa a su hermano a propósito de Gauguin muy poco después de la violenta ruptura entre ambos pintores. Como es bien sabido, Gauguin se había trasladado a la casa de Van Gogh en Arlés para trabajar juntos, pero la situación acabó en una violenta discusión en la que Van Gogh sufrió la mutilación de su oreja y Gauguin abandonó Arlés. Ya algo recuperado, Vincent escribió a Theo muy disgustado por la actitud de Gauguin: se quejaba de que éste se había inventado un drama de la nada, complicando innecesariamente el relato de su discusión, y le confiaba a su hermano que así era, en el fondo, la personalidad de Gauguin, irresponsable y exagerado: “Me tomo quizás todas estas cosas demasiado a pecho y siento tal vez demasiada tristeza. ¿Habrá leído alguna vez Gauguin Tartarín en los Alpes y recordará al ilustre camarada tarasconés de Tartarín, que tenía tanta imaginación que había concebido de pronto toda una Suiza imaginaria? ¿Se acuerda del nudo en una cuerda encontrada en lo alto de los Alpes, después de la caída? Y tú, que deseas saber cómo han sucedido las cosas, ¿has leído ya el Tartarín por completo? Esto te enseñará a reconocer a Gauguin” (p. 59).
Pero Tartarín, como hemos dicho, no es solo el irresponsable fantasioso, sino también el “aventurero” lleno de proyectos y capaz, en cierto modo, de llevarlos a la práctica. En este Tartarín pensará Van Gogh cuando, disgustado ya con la población de Arlés, le dirá a su hermano que los hombres de la región le parecían perezosos y poco trabajadores: “El [trabajador] de aquí parece que trabaje con mano torpe y descuidada, sin ánimo”. Una cualidad que no esperaba de los paisanos de Tartarín: “esto deja las cosas más frías de lo que permite creer de Tartarín, que tal vez lleva ya muchos años expulsado con toda su familia” (p. 121).
Tartarín es para Vincent un recuerdo de sus lecturas juveniles, que le entusiasma y le entretiene. Sin embargo, la mayoría de los libros que lee Van Gogh en Arlés son de contemporáneos suyos, preferentemente de novela realista-naturalista. Así, en sus cartas irá citando a autores como Edmond (1822-1896) y Jules Goncourt (1830-1870), Jean Richepin (1849-1926), Guy de Maupassant (1850-1893), Émile Zola (1840-1902) y Honoré de Balzac (1799-1850).
A pesar de que estos autores son los más citados por Van Gogh, no parece que él comparta la negativa visión de la condición humana que subyace, en general, en la novela naturalista francesa. De Richepin, por ejemplo, comenta que acaba de leer la novela Césarine, de la que aprecia algunos detalles: “tiene cosas muy buenas; la marcha de los soldados en desbandada, cómo se siente su fatiga; ¿no marcharemos así también sin ser soldados algunas veces en la vida? La querella del hijo y del padre es muy desgarradora; pero es como La liga, del mismo Richepin; creo que esto no deja ninguna esperanza” (p. 19). Esta desesperanza la contrapone con otro autor, Maupassant, quien sí dejaba abierta una puerta a la esperanza: “mientras que Guy de Maupassant, que ha escrito cosas de verdad tan tristes, al final hace acabar las cosas más humanamente (…) ¡Vaya! Prefiero mucho más a Guy de Maupassant que a Richepin, porque es más consolador” (pp. 19-20).
Una reflexión muy similar realiza comparando dos obras de un autor anterior: Voltaire. Las obras son Zadig y Cándido. Y Vincent comenta cómo se encontraba, no ya leyendo, sino releyendo a este autor: “he releído con mucho gusto Zadig o el destino, de Voltaire. Es como Cándido. Ahí, al menos, la fuerza del autor hace entrever que queda una posibilidad de que la vida tenga un sentido” (p. 124). En Voltaire, además, encuentra un antídoto frente a la fantasía sin límites que ejemplificaba Tartarín: “es tranquilizante que, por ejemplo, Voltaire, nos permita la libertad de no creer absolutamente en todo lo que imaginemos” (p. 131).
La idea de la esperanza y la consolación también la encuentra en otro autor contemporáneo: Émile Zola. Reflexionando en una carta a Theo, Vincent le cuenta que solía hablar con Gauguin (y Bernard) de una idea común: la idea de que sus obras permitan expresar “una naturaleza de campo más pura que los arrabales, los cabarets de París. Se busca pintar seres humanos, igualmente más serenos y más puros que los que Daumier tenía bajo sus ojos” (p. 122). Pero no está seguro de lograr culminar esa empresa, que sí reconoce que ha logrado, en la literatura, Zola: “Quizá leyendo a Zola continuemos emocionándonos con el sonido del puro francés de Renan, por ejemplo” (p. 122). Y esta reflexión le permite concluir su línea de pensamiento: “Gauguin, Bernard y yo quizá quedemos en el camino, no venceremos; pero tampoco caeremos vencidos; quizás estemos aquí no el uno para el otro, sino para consolar o para preparar una pintura más consoladora” (p. 122-123).
De Balzac, Van Gogh asegura haber leído dos libros: Eugenia Grandet y El médico rural. Justo a continuación de su comentario sobre Richepin, Van Gogh añade: “Actualmente acabo de leer Eugenia Grandet de Balzac, la historia de un aldeano avaro” (p. 20). Sin embargo, no añade ninguno otro comentario, ni valoración, ni detalle que se le quede grabado en la memoria. Pero sí parece interesarse más por otra obra de Balzac: “Leo en este momento el Médico rural de Balzac, que es muy bello; hay allí una figura de mujer, no loca, pero muy sensible, que es muy encantadora; te lo enviaré cuando lo haya terminado” (p. 107). La figura de esa mujer es un espejo para Van Gogh, que sigue resistiéndose a reconocer su locura: “Sigo creyendo que sobre todo es una enfermedad del Midi lo que atrapé, y que el regreso aquí bastará para disipar todo” (p. 165), escribirá más tarde desde Auvers. Vincent sabía que, como esa mujer, él también era muy sensible y que tal vez su sensibilidad no tuviera que derivar necesariamente en locura.
Van Gogh no solo se siente identificado con este personaje de Balzac, sino también con los protagonistas de Los hermanos Zemgamno, de los Goncourt. El libro narraba la historia de dos hermanos, Gianni y Nello, que trabajan como acróbatas en el circo. Nello, tras un accidente, debe dejar el trabajo en el circo. Gianni, dividido entre su pasión por su profesión y el amor a su hermano, decide abandonar también el circo para no separarse de su hermano. Vincent se ve reflejado en este relato, aunque su caso es el inverso: es su hermano Theo quien se sacrifica alejándolo de sí para que pueda convertirse en un gran pintor. Y Vincent sabe que su respuesta no debe ser dejar la pintura, como Gianni dejó el circo, aunque siente el peso de depender económicamente de su hermano: “Aun después de haberlo leído, el único temor que tengo es el de pedirte demasiado dinero” (12). Cuando además su hermano contraiga matrimonio y tenga, poco después, un niño, el temor de Vincent se convertirá en un peso indescriptible, al sentir que el dinero que su hermano necesitaría para mantener a su familia se lo está enviando a él.
Hacia el final de su vida, Vincent va dejando de citar a autores contemporáneos y vuelve sus ojos hacia los clásicos, pidiéndole a su hermano que le haga llegar nada menos que las obras completas de Shakespeare en inglés: “Lo que sí me sería muy agradable tener aquí, para leer de cuando en cuando, sería un Shakespeare. Hay a un chelín “Dicks shilling Shakespeare”, que está completo. Las ediciones no faltan y creo que las baratas no son muy distintas de las más caras. En todo caso, no querría que costaran más de tres francos” (p. 23). Su hermano le envió los libros prontamente y, en la siguiente carta, Vincent ya puede contarle algunas reflexiones sobre estos libros que, por cierto, no ha ido leyendo “de cuando en cuando”, sino compulsivamente: “Te agradezco muy cordialmente el Shakespeare. Me ayudará a no olvidar el poco de inglés que sé; pero, sobre todo, es tan bello. He comenzado a leer la serie que más ignoro; lo que en otro tiempo, por andar distraído en otra cosa o por no tener tiempo me era imposible leer: La serie de los reyes; he leído ya Ricardo II, Enrique IV y la mitad de Enrique V. Yo leo sin reflexionar si las ideas de la gente de aquellos tiempos son las mismas que las nuestras, o qué resultan cuando se las contrapone a las creencias republicanas, socialistas de nuestro tiempo, porque las voces de esa gente que en el caso de Shakespeare nos llegan desde una distancia de varios siglos, no nos parecen desconocidas. Son tan vibrantes que parece que se las reconoce y ve”. A Vincent no le interesan las disquisiciones sobre el pensamiento socio-político de Shakespeare y su comparación con el mundo actual. A Van Gogh le interesan dos cosas: la pintura y las personas. Y aplica la lectura de Shakespeare a ambos intereses alumbrando una brillante comparación entre la visión del ser humano de Shakespeare y de Rembrandt: “Así, lo que sólo o casi sólo Rembrandt tiene entre los pintores, esa ternura en la mirada de los seres que vemos, (…) esa ternura afligida, ese infinito sobrehumano entreabierto y que entonces parece tan natural, aparece en Shakespeare repetidas veces. Y luego, los retratos graves o alegres, tales el Six y el Viajero y la Saskia; es sobre todo aquí, donde alcanza la plenitud…” (p. 125-126).
Y, mientras continúa leyendo distintas obras de Shakespeare, tanto comedias como dramas históricos, empieza a volver sus ojos hacia autores aún más antiguos: “Me he divertido mucho ayer leyendo Medida por Medida. Después he leído Enrique VIII, donde hay pasajes tan bellos, como, por ejemplo, aquel de Buckingham y las palabras de Wolsey después de su caída. Veo que tengo la oportunidad de poder leer o releer esto a mis anchas, y después espero leer por fin Homero” (p. 127).
Sin embargo, a pesar de indicar que tiene “la oportunidad de poder leer o releer esto a mis anchas”, la realidad es que no volvemos a encontrar referencias a que leyera más libros desde la escritura de esta carta (5 de julio de 1889) hasta su muerte, que tuvo lugar casi justamente un año después. Su sueño de remontarse a lo inicios de la literatura coincide con el final de su vida como lector.
Es posible que Vincent sí que leyera más obras ese año y que simplemente no escribiera sobre ellas a su hermano. Pero parece más probable que en ese tiempo hubiera abandonado su interés por la lectura. Le había ocurrido también en otros momentos de nerviosismo o más intensidad de trabajo. Por ejemplo, durante los dos meses que Van Gogh vivió con Gauguin, por ejemplo, no hace referencia a que leyera ningún libro. Y el último año de su vida fue un año frenético, en el que sufrió ataques cada vez más frecuentes, decidió abandonar Arlés y se trasladó a Auvers-sur-Oise, donde pintaba sin descanso cuadro tras cuadro. Sus últimos meses de vida son una etapa de creación artística abundantísima, pero de alejamiento cada vez mayor de la realidad. Y ese alejamiento será el que acabe conduciéndole a la muerte en julio de 1890.
Probablemente, la ausencia de referencias a la lectura durante ese periodo sea un reflejo de ese alejamiento de la realidad, pero podríamos incluso suponer que el abandono de los libros precipitó aún más el frenesí del último periodo de la vida de Van Gogh. En efecto, Claudia Schvartz, autora del prólogo del libro Últimas cartas desde la locura, sintetiza ese papel de los libros para Van Gogh como ancla que le mantiene sujeto a la realidad: “sólo los libros lo distraen de su obsesión” (p. 5).
Los libros pueden aportar a la vida un sentido que la enriquece. Aunque la situación es diferente, el psiquiatra Viktor Frankl también atribuye a un libro el sentido que le permitió sobrevivir en los campos de concentración nazis, en este caso, un libro escrito por él: “Cuando fui internado en el campo de Auschwitz me confiscaron un manuscrito listo para su publicación. No cabe duda de que mi profundo interés por volver a escribir el libro me ayudó a superar los rigores de aquel campo (…). Estoy convencido de que la reconstrucción de aquel trabajo que perdí en los siniestros barracones de un campo de concentración bávaro me ayudó a vencer el peligro del colapso”[6]. En los libros, propios o ajenos, encontramos “otro yo”, como un espejo que nos refleja, en el que nos reconocemos, y que nos da respuestas sobre nuestro sentido más profundo. Como indicaba en esta misma revista Javier Aranguren, “los grandes libros nos cuentan nuestra propia historia. Su lectura nos sirve para encontrar la narración de nuestra propia vida”[7].
En el caso de Van Gogh, parece como si fuera encontrando en los libros la razón que la locura le iba quitando. Los libros le permitían encontrar explicaciones al comportamiento de personas como Gauguin (Tartarín) o su propio hermano (Los hermanos Zemgamno), encontrar una consolación y esperanza que calmaban su miedo a caer en la locura, emocionarse con pequeños detalles que quedaban grabados en su memoria, inspirarle temas y figuras que representaba en sus obras. En las duras realidades descritas por los autores naturalistas, en el irónico racionalismo de Voltaire, en el luminoso humor de Daudet, en la profunda humanidad de Shakespeare, Van Gogh encontraba la narración de su vida, recogida en detalles que brillaban en su memoria con la misma intensidad que el colorido de su pintura.
[1] https://www.abc.es/cultura/arte/abci-ultimos-cuadros-gogh-vendido-813-millones-dolares-trepidante-subasta-201711140935_noticia.html
[2] https://www.amsterdam.info/es/museos/van_gogh_museum/
[3] https://www.diarioinformacion.com/cultura/2018/07/04/exposicion-van-gogh-alicante/2039700.html
[4] Salvo que se indique lo contrario, la edición manejada para este ensayo es Van Gogh, V. (1999). Últimas cartas desde la locura. Barcelona: El Aleph. En las referencias literales del libro se indicará únicamente la página para facilitar la lectura del texto.
[5] Van Gogh, V. (1913), Letters of a post-impressionist. Boston And New York: Houghton Mifflin Company. Disponible en https://www.gutenberg.org/files/40393/40393-h/40393-h.htm (traducción de la autora). El original dice así: “I feel quite certain that, on looking at these two pictures, no one will ever believe that they are the first studies I have ever painted. Truth to tell, I am surprised myself”.
[6] Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder (versión electrónica).
[7] https://www.nuevarevista.net/revista-lecturas/la-literatura-admirable/
¿Quiénes somos? es el título de un volumen que recoge el trabajo conjunto de más de treinta expertos de distintos centros universitarios, españoles y extranjeros, dedicados a la investigación y la docencia en ámbitos tan diversos como Neurociencia, Física, Filosofía, Psicología, Derecho, etc. Sus esfuerzos se aúnan en la pretensión de responder a la pregunta del título, una de las pocas preguntas que ha marcado la historia del pensamiento. En la búsqueda de respuestas se ofrecen en este libro acercamientos desde perspectivas múltiples, atendiendo tanto a las reflexiones clásicas como a los últimos avances de la ciencia o la tecnología.
La obra se estructura en 59 cuestiones y otros tantos capítulos que intentan responderlas. Se agrupan en 10 bloques temáticos que tratan temas tan sugerentes como la relaciones entre la naturaleza y el hombre, naturaleza y cultura, el conocimiento, la afectividad, la capacidad de amar y la libertad, la persona humana, las actividades humanas, familia, educación y sociedad, el fin de la vida y su sentido y, por último, las relaciones entre el hombre, Dios y la religión. Es una obra dirigida a estudiantes universitarios de grado, esto es, a cualquier lector inquieto que no necesita ser especialista en los temas que se exponen. Así, los autores presentan de modo breve, claro y profundo una visión del hombre completa, polifacética y de gran utilidad para todo aquel que desee ahondar en la riqueza de lo humano.
Como afirma uno de los editores del volumen, Miguel Pérez de Laborda, “no nos comportaríamos a la altura de nuestra dignidad si no fuésemos responsables a la hora de usar nuestras capacidades”. Esa responsabilidad incluye una tarea tan ardua y hermosa como la de comprendernos a través de la reflexión, por el uso de nuestra capacidad racional con un pensamiento que ilumine las propias experiencias.
¿Quiénes somos? podría entenderse como una búsqueda de respuestas a aquel conocido aforismo griego, “Conócete a ti mismo”, y a las palabras de Píndaro, “Llega a ser el que eres”. Para ello se sirve de las últimas fronteras del conocimiento. ¿Qué nos dicen los avances de la ciencia, la cultura, las inquietudes de la sociedad en que vivimos, sobre eso que suele llamarse naturaleza humana y que nos atañe tan personalmente? Las preguntas clásicas sobre el hombre se unen a nuevos interrogantes que hacen su aparición con el desarrollo vertiginoso de ciencia y tecnología.
Neurociencia y tecnología
La perspectiva filosófica desde la que se exponen buena parte de las cuestiones supone una mirada contemplativa que –ante los avances, retos y problemas presentes– se pregunta por la naturaleza de la persona humana, su sentido y su lugar en el cosmos. Busca los fundamentos radicales, aquellos que se encuentran en la raíz de la realidad, partiendo de un estudio interdisciplinar. Como afirma Agustina Lombardi en su artículo sobre a los avances de la neurociencia, “la filosofía debe estar agradecida por el estímulo recibido para repensar o afinar nociones conceptuales que atañen al dinamismo de nuestro obrar libre y del funcionamiento de nuestra toma de decisiones.” El desafío de la interdisciplinariedad supone aunar las tres dimensiones del hombre: la somática o neurofisiológica, la psíquica y la metafísica, que son inseparables si se quiere hacer justicia de nuestra realidad.
El orden en que están planteadas las cuestiones no es en absoluto aleatorio. Comienza por abordar la relación entre la naturaleza física y ser humano; la gran complejidad de la estructura cerebral, el estudio científico acerca de los orígenes de la hominización, la continuidad biológica entre este y los animales, los límites de esa continuidad, etc. Temas que permiten resaltar, por ejemplo, que “el hecho de la evolución por selección natural no tiene por qué entrar en conflicto con filosofías que involucren que el hombre tiene una dimensión espiritual o creatural”.
Los capítulos de este apartado buscan aclarar la diferencia entre el desarrollo gradual de los humanos y el origen puntual del hombre en el momento en que adquiere autoconciencia y se convierte en protagonista desde el punto de vista conductual. Se profundiza también en el estudio de las relaciones entre mente y cerebro y los problemas que surgen al plantear la identidad entre ambos.
Respecto a la relación del hombre con la tierra, y el compromiso y atención que merecen los problemas ambientales, Jordi Puig sostiene la necesidad de estar a la altura moral del saber adquirido o del poder tecnológico desarrollado. Esta misma idea de responsabilidad subyace en los capítulos que tratan de manera más específica los avances científico-tecnológicos aplicados a la misma especie humana: me refiero al nuevo problema del transhumanismo.
Los autores de los dos capítulos centrados en el transhumanismo se preguntan si es posible y deseable una autodirección de la evolución humana. Así distinguen entre transhumanismo cultural y transhumanismo tecnocientífico. El núcleo fundamental del transhumanismo, que aúna las diversas corrientes, es la intención de aplicar nuevas tecnologías a la modificación directa de los límites impuestos por el cuerpo. Este deseo de desarrollar y superar positivamente nuestras capacidades es inherente a la naturaleza humana. Sin embargo, el transhumanismo plantea desafíos urgentes, como la diferenciación de las biotecnologías dedicadas a superar enfermedades o discapacidades respecto de las biotecnologías que buscan aumentar exponencialmente capacidades físicas o cognitivas en los individuos. ¿Hay que defender –aproximándose desde presupuestos ecologistas– la naturaleza humana? ¿Cómo determinar hasta qué punto es esta susceptible de ser modificada? ¿Podemos aclarar la diferencia entre mejora transhumanista y perfeccionamiento humano? ¿En qué sentido es deseable una condición humana diferente a la actual?
El perfeccionamiento humano presenta, según Héctor Velázquez, algo así como un mar sin orillas: “Evoca algo originario, en cierto sentido autofundante, sin más límite que el sujeto mismo”, y no se guía por la obtención de un objetivo útil, como es el caso de la mejora transhumanista, sino por la pretensión de ser “plenamente libre, sorprendentemente generoso, profundamente sabio e insospechadamente feliz.”
Ser personal y diferencia humana
¿Quiénes somos? desarrolla temas cercanos a la biología. En concreto, se plantea la pregunta por lo diferenciador de lo humano. ¿Por qué somos precisamente nosotros, y no los chimpancés, quienes escribimos libros como este? Somos el único animal que pretende estar a la altura moral del saber adquirido o del poder tecnológico desarrollado y esto implica hacerse preguntas, tratar de comprender el aparato filosófico y tener conceptos bien claros para formarse una postura sólida y fundada. Para ello, es necesario entender que el conocimiento, el amor y la libertad son capacidades que sitúan al hombre en una dimensión única, distinta de los demás seres. Pero la persona humana no se identifica con sus capacidades, ni siquiera con las más elevadas. Hay algo más profundo que hace al hombre radicalmente único, un núcleo al que nos referimos cada vez que decimos “yo”. Ese núcleo es, precisamente, el ser personal; el centro desde el que están llamadas a integrarse todas nuestras capacidades.
Decir que el ser humano tiene un ser personal, no es únicamente un criterio para diferenciar al hombre de los demás animales. Significa decir que cada ser humano es único, insustituible, irreductible… ¿Esto qué significa? En primer lugar, es el criterio a tener en cuenta a la hora de valorar todas aquellas realidades que afectan al hombre y provienen de él. Tal es el caso de la cultura. La influencia de la cultura en la determinación de nuestros valores, conscientes o inconscientes, es decisiva a la hora de alcanzar la plenitud y felicidad a la que aspiramos.
Por ello las distintas culturas son comparables entre sí pues no todas nos acercan del mismo modo a esa plenitud. ¿Es igual una cultura que prohíbe a la mujer estudiar en la universidad que otra que defiende el derecho universal a la educación? ¿Es indiferente aquella cultura que considera a algunos seres humanos como “menos humanos” que otros, justificando, por ejemplo, la esclavitud? Como sostiene Miguel García-Valdecasas, el relativismo, que hoy pasa por ser la forma más educada de pensar, debería invitarnos a reflexionar: no todo lo cultural es relativo. Más bien, para que la cultura sea verdaderamente humana exige poner como fundamento el ser del hombre y, con él, su dignidad radical.
Pero esta idea del ser personal del hombre no solo afecta a la cultura, sino que está en la base de todos los aspectos humanos. ¿Un claro ejemplo? La comprensión de las emociones y los sentimientos. ¿Qué papel juegan en nuestra búsqueda de la felicidad? ¿Es posible armonizar la razón con las emociones? Hoy día parecen totalmente enemigas. “Represión”, llamaríamos al intento de diálogo entre una y otras. Sin embargo, aprender a gestionar las emociones, entender los sentimientos y educar la afectividad es una tarea necesaria para alcanzar la plenitud. Integrar las emociones con la totalidad de nuestro ser, que incluye la razón, significa madurar. Esto es, aprender a actuar de manera ajustada a la realidad que se vive. Precisamente porque es en esa realidad, con todos sus matices, donde podemos buscar nuestra felicidad.
Una integración de las realidades humanas
Esta idea de “integración de la propia subjetividad”, de búsqueda de la unidad de todo nuestro ser, convierte realidades tan cercanas y palpables como el propio trabajo en un medio para la realización personal, la maduración del carácter y la estabilidad psicológica. La búsqueda de excelencia y el desarrollo de las virtudes encuentran su lugar en el mundo profesional frente a la explotación exigente, el derroche y el individualismo favorecidos por una sociedad consumista.
A lo largo de toda la obra, los autores dan profundas y concienzudas pinceladas, conformando un mosaico que revela la belleza de la realidad humana. Comienza por sus dimensiones más físicas para avanzar hacia otras más espirituales, sin olvidar nuestra condición unitaria. No es posible comprender la inteligencia sin el cerebro, pretender separarla de la voluntad y el amor, o abstraerle de sus valoraciones emotivas. Del mismo modo que sería una quimera pretender una libertad absolutamente indeterminada y desligada de la naturaleza y la corporalidad.
En el último apartado la obra se plantea la cuestión religiosa. Todo ser humano, toda cultura, dejan espacio para la trascendencia, las religiones y Dios ¿Han quedado superadas las cuestiones religiosas por los avances del saber científico? Manuel de Elía resalta que la dimensión religiosa del hombre “no es un agregado cultural foráneo, sino una presencia universal y homogénea a lo largo y ancho del mundo y la historia” (capitulo 55). Precisamente por esta razón, la tensión hacia lo absoluto no es una característica del ser humano que se pueda dejar de lado cuando ponemos sobre el hombre una atención libre de prejuicios. En algunos ambientes contemporáneos parece que el reconocimiento de un ser absoluto entra en conflicto con una libertad individual emancipada de todo lazo externo y toda fuente de moralidad. “Se teme que dirigir la mirada hacia Dios pueda lesionar la reivindicación existencial de la propia libertad” (p. 335). Sin embargo, como sostiene en sus obras Zigmun Bauman, dicha emancipación no nos ha conducido a una felicidad cumplida, sino más bien a una existencia desengañada.
Se pone en el punto de mira el gran interés por la religión en la sociedad actual, en contra de los resultados que se preveían con el ideal del progreso. La pregunta de Robert Spaemann por el rumor inmortal de Dios no es una cuestión obsoleta ya que ni han muerto, ni pueden morir, las dos experiencias que nos hacen encontrar sintonía con ese rumor: 1) la experiencia de la finitud, que delata una falta de autonomía, y 2) la experiencia del prodigio del ser, que se experimenta ante la belleza, por el nacimiento de un hijo o en un descubrimiento científico de especial importancia (capítulo 59).
Sugerencias finales
Las preguntas suscitadas por un presente que avanza a velocidad vertiginosa tratan de encontrar respuesta de la mano de la ciencia y la filosofía, donde investigadores y científicos actuales no dejan de lado a los pensadores históricos de toda una tradición. Los autores de este volumen son conscientes de que la pregunta acerca de ¿Quiénes somos? no pued pretender una contestación definitiva en 340 páginas y por ello cada artículo se cierra con un apartado Para seguir leyendo que facilita al lector bibliografía amplia y siempre importante para profundizar más en cada cuestión.
Literatura, robótica, noviazgo, inmortalidad, realidad virtual, amor, libertad, inteligencia artificial y religión… son algunos de los asuntos que aparecen en este libro como realidades humanas que revelan los aspectos más bellos y misteriosos de nuestra naturaleza. La variedad de autores añade gran riqueza a la obra, ya que cada capítulo ha sido escrito y está pensado de manera diferente. Pero todos ellos consiguen mantener un tono cercano y un lenguaje accesible que permite al lector sentirse en verdadero diálogo con los expertos, caminando así unidos en esta búsqueda de verdad y sentido que mueve a los que todavía mantienen la capacidad de asombrarse, que define la inclinación a la filosofía.

Isak Dinesen, o la baronesa Blixen, como preferimos llamarla los aristocratizantes, publicó esta novela en 1947, pero la firmó con otro nombre: Pierre Andrézel. Cabe pensar que porque no la consideraba una gran obra. Ayuda a sostener esa sospecha cierto tono lúdico de pastiche. Un crítico tan renombrado como Robert Langbaum sugirió que podía ser una parodia de la novela gótica, siguiendo muy de cerca la Jane Eyre de Charlotte Brontë. Añadía, sin embargo, el crítico que, aunque es una novela mucho más ligera que el resto de obras de Blixen y que recurre al efectismo melodramático, salta a la vista que es todavía la obra de una escritora superior.

Hasta 1956, en una entrevista en Paris Review, Blixen no reconoció a “este hijo ilegítimo”. Como la novela es deliciosa y trepidante, cabe preguntarse las razones para ese desapego. Por supuesto, está la explicación más plana: no está a la altura de su obra mayor. Luego, hay una razón histórica: se escribió en la Dinamarca ocupada por los nazis, un momento poco propicio para el grato recuerdo y el reconocimiento feliz. La autora se justificó: “Cuando una tiene nazis en el jardín y judíos en la cocina, lo mejor es ponerse a escribir una novela”. Algunos han visto en las peripecias de sus personajes atrapados una alegoría de la situación política de su país. Otros, en cambio, consideran que la autora rechazaba en realidad la frivolidad de marcarse una novela gótica en plena guerra mundial, aunque quizá ella se puso la venda antes de la herida con una frase de la propia novela: “Vosotros, los serios, no deberíais ser demasiado severos con los seres humanos que prefieren divertirse mientras están encerrados en una prisión y no se les permite ni siquiera decir que son prisioneros. Si no me divierto un poquito y pronto, moriré”.
Mi tesis es que los diez años que tardó en reconocer a este “hijo ilegítimo” se explican porque la novela, como tantos hijos ilegítimos, salió con más parecido a su progenitor que cualquiera de los legítimos, aunque más basto. Muchos de los grandes temas de Karen Blixen están aquí, como la situación ambivalente (débiles y fuertes) de las mujeres, la indisimulada preocupación religiosa, un elegante protocatolicismo, la obsesión por la aristocracia y sus deberes, la admiración por la nobleza de espíritu de la servidumbre, el rechazo por la hipocresía moral, el profundo problema del mal y la milagrosa presencia de la inocencia. Todo, aquí, de un modo más directo, menos tamizado y entre líneas que en el resto de su obra. ¿Sería tanta evidencia la que inquietaría a la sutil baronesa?
No a mí, que no olvidaré nunca su profunda comprensión del mal y de la misericordia y el perdón, siempre más fuertes, y terribles, vistos desde la maldad. También son memorables los dos personajes principales, Zosine y Lucan, con una hermosura que salta fuera del papel. Ojalá estas frases transmitan algo de su encanto:
La primerísima facultad que uno necesita para comportarse como una persona razonable y sensata es la imaginación.
Un baile para una jovencita no es solo una experiencia ni una aventura: es una revelación.
[La gracia del silogismo que se hacen las chicas para darse ánimos: Hércules mismo habría caído contra el mundo, de manera que, contra el mundo, a todos los efectos, ellas tienen la fuerza de Hércules:]
En nuestro caso toda la clave está en evitar enfrentarnos con ningún ser humano en particular. Desafiemos al mundo, Lucan. Entonces seremos tan fuertes como Hércules.
[Sobre la vanidad del diablo, explicado por Mr. Pennhallow, que sabe del asunto]
Seguramente el no aceptaría ningún regalo nunca.
[Noël, amante desesperanzado hace esta promesa a Lucan]
Honraré a mi futura esposa y la haré feliz porque es una mujer como tú.
Lucan estaba segura de que el reino mágico de la belleza, de la dulzura y de la poesía en este mundo está a disposición de los amantes como sus legítimos herederos.
No puede ser como usted dice. Pienso que hay perdón para toda persona de la tierra. Hay una gracia infinita en el mundo.
Ahora, si nuestra historia fuese una novela que hablase de ti y de mí, el lector podría saltarse unas cuantas páginas cuando esto se volviese o demasiado lento o en exceso excitante, y se distraería o se tranquilizaría. A veces, siento que podría ser igual en la vida, sólo que no sabemos como saltarnos las páginas. […] Si hoy pudiésemos saltarnos dos o tres páginas de nuestra vida, ¿no sería delicioso?
[Lema de la familia materna de Zosine. Dan ganas de adoptarlo y, ojalá, de merecerlo.]:
Durior Ferro. Purior Auro.
“Hay una gracia infinita en el mundo ¡Tened misericordia!”
[pide Lucan, y nada hace tanto daño a Mr. Pennhallow, que se ríe de las maldiciones y amenazas de Zosine]
“¡Sí. Gracia!”, susurró Lucan, sin saber que lo decía. “¡Perdón! ¡Misericordia!”
[Puro efecto “donna angelicata”, como en Dante, salvando las distancias. Noël se confiesa indigno de Lucan]:
pero igual que, en el mar, cualquier barco mercante o barco pesquero guía su curso por las estrellas, yo debo, esté donde esté, marcar mi rumbo por tu voluntad.
[El joven noble del lugar, recién enterado de los peligros que ha pasado Zosine, se indigna, en principio, reclamando su aristocrático derecho de asumir el deber]:
¿Quién tiene el derecho, aquí en mi tierra, de proteger a una chica inocente y de castigar a sus perseguidores, si no soy yo? ¡Si no soy yo, que te amo!
[Pero la frase acaba con ese giro maravilloso: la fuente del derecho al deber más aristocrático es el amor.]
Durante los tres días que habían pasado desde su boda, había sentido con una sorpresa matinal y feliz que había sido relevada de su puesto de vigilancia [sobre sí misma]. Ella había entregado su legítima propiedad, su tesoro enterrado a su marido. Había sido guardado para hacerle rico para siempre, y ahora era él quien tenía que conservarlo.
Fragmento de la obra «Las amigas» (1916-1917), de Gustav Klimt. El archivo, en dominio público, es parte de The Yorck Project (2002) 10.000 Meisterwerke der Malerei/DIRECTMEDIA. Se encuentra en Wikimedia Commons y se puede consultar aquí.
No había visto nada igual desde que paseé por los pasillos del instituto de enseñanza secundaria donde enseño con La profundidad de los sexos de Fabrice Hadjadj bajo el brazo. El título de este último libro de Gregorio Luri (Azagra, 1955) también ha despertado la casi impertinente curiosidad de todos (alumnos, padres, profesores) con los que me cruzaba. Si en el primer caso se sentían interesados, con El deber moral de ser inteligentes se sentían interpelados.
Luri se apresura a reconocer que el título no es suyo, sino de John Erskine (fundador de la Universidad de Columbia), que escribió en 1914 The moral obligation to be intelligent. Sugiere Luri que Concepción Arenal y Jaime Balmes esbozaron la idea antes que Erskine. En La instrucción del pueblo, Arenal advierte de que permanecer voluntariamente en un estado de letargo intelectual equivale a «mutilar la existencia». La anécdota del título del libro nos da, si la extrapolamos, la categoría de Gregorio Luri. Primero, su infalible olfato lector, capaz, en este caso, de identificar un título que es un lema de poderoso atractivo. Luego, la honradez de jugar siempre con sus fuentes encima de la mesa. A renglón seguido, la capacidad de remontar cualquier originalidad hasta los orígenes. Pero lo más importante es su determinación para poner en práctica lo que lee y escribe. Y un paso más: su habilidad para involucrarnos. Los libros de Gregorio Luri tienen mucho de llamada a la acción, en este caso, de empujar a la inteligencia.

El deber moral de ser inteligentes consiste en una colección de artículos y conferencias con el denominador común de la pedagogía, campo en el que Gregorio Luri es un experto de reconocimiento internacional. A diferencia de lo habitual con este tipo de libros recolectores, aquí nunca decae la intensidad ni el interés ni la coherencia. Gregorio Luri ha demostrado ser un ensayista de mucho empaque —Erotismo y prudencia: biografía intelectual de Leo Strauss (Encuentro, 2012); La escuela contra el mundo (Ariel, 2015); Introducción al vocabulario de Platón (Siltolá, 2015); Elogio de las familias sensatamente imperfectas (Ariel, 2017); etc; pero es, quizá antes, un comunicador sobresaliente. Estas conferencias cumplen al pie de la letra la máxima horaciana de instruir deleitando, y trasladan al papel el tono cordial de su voz.
La lectura no resulta repetitiva porque, aunque el libro no sigue el camino rectilíneo de la argumentación ensayística, logra un armónico expandirse en círculos concéntricos. Los temas van ensanchándose de conferencia en conferencia, sin monotonía o redundancia. Lo consigue gracias a un estilo que aúna amenidad y ambición intelectual. El texto sobre la negligencia es prodigioso: maravillosamente escrito, con gran pulso narrativo y una in- formación ingente, marca de la casa, que redunda en un imperativo moral: el trabajo es mucho más divertido que la indolencia. Lo que queda demostrado, además, con el propio artículo, tan trabajado, fascinante y rematado con donosura: «La condena de quien no hace nada es que nunca puede darse un descanso».
El reto de conseguir la atención
¿Cuáles son esos temas concéntricos? Primero, la crítica constante a los datos y los tópicos indiscutidos. Oímos repetir sin pausa que el 65% de los niños actuales acabarán trabajando en sitios que ni imaginamos. Luri comenta:
«Nadie nos explica nunca cómo ha conseguido obtener datos tan precisos sobre un futuro del que, por supuesto, sabemos tan poco». Cuando acepta un dato, no se queda en él, sino que extrae conclusiones. Si el Informe Pisa de 2009 constata que los profesores gastan como media el 20% del tiempo de clase en sofocar las pequeñas interrupciones, Luri concluye: «Es decir, de los cinco días lectivos semanales uno lo dedicamos a intentar poner orden». Por último, no se deja impresionar por la originalidad de las teorías. Se atreve a denunciar que «lo novedoso parece sustituir a lo bueno en el orden de nuestros valores». No solo desmonta tópicos, también actitudes: «Hoy en el mundo de la educación nadie parece molesto si le dices que está equivocado, pero se deprime si sospecha que está anticuado».
Liberado, dedica su atención a un valor tan poco original como a la atención. El reto pedagógico más importante del presente consiste en educar la atención: «la llave de acceso a nuestra inteligencia». Vacunado de novedades y novelerías, puede leer con provecho a Jaime Balmes, nada menos: «Un espíritu atento multiplica sus fuerzas de una manera increíble; aprovecha el tiempo, atesorando siempre un caudal de ideas; las percibe con más claridad y exactitud; y finalmente las recuerda con más facilidad, a causa de que, con la continuada atención, estas se van colocando naturalmente en la cabeza de una manera ordenada». Balmes añade una consideración más ética, que se compagina bien con el tono moral del libro de Luri. Quien es atento resulta, encima, «más urbano y cortés. […] Es bien notable que la urbanidad o su falta se apelliden también atención o desatención».
La pulcritud intelectual
Esas buenas maneras, Luri las eleva a rango de mejoras educativas. Se declara ferviente partidario de una innovación pedagógica: la de la puntualidad de los profesores, que evitaría lógicos desórdenes de convivencia y pérdidas absurdas de tiempo. Y partidario de otra innovación: la de los pasillos limpios, que servirían de correlato objetivo de la pulcritud intelectual.
No hay que sacar la impresión de que Gregorio Luri se contenta con exponer con encanto lo evidente. Ya hemos hablado de lo bien pertrechado de datos y de estudios que llega a sus conclusiones. Él viene de casa con la tarea hecha. Pero, a cambio, nos manda más tarea. Defiende una educación que ponga al alcance del alumno la excelencia.
«Un maestro es», recalca, «el amante celoso de lo mejor que puede llegar a ser un alumno».
Por eso, reacciona contra esa «tolerancia represiva», en palabras de Herbert Marcuse, que, a fuerza de pensamiento débil y de absolutizar el relativismo, termina educando contra el amor a la verdad. Solo desde el respeto a los hechos y el cuidado de las palabras («los seres humanos estamos hechos de palabras», subraya Luri) podemos hacer algo noble con nosotros mismos. Ese empeño, que Rob Rieman llama «nobleza de espíritu», Gregorio Luri lo llama «humanismo», aunque son dos gotas de agua. No es extraño que ambos pensadores coincidan en citar con veneración a Jan Patocka, que en Platón y Europa insistía:
«El cuidado del alma no tiene por finalidad el conocimiento, sino que el conocimiento es para el alma un medio de llegar a ser lo que puede ser, de alcanzar lo que aún no es por completo».
La realidad de un nuevo mundo multicultural nos pone por delante el desafío de hallar una fórmula de convivencia que, además de garantizar los derechos fundamentales, valore positivamente la diferencia. Para ello, es necesario superar las contradicciones a las que ha conducido la racionalidad moderna. La propuesta del sociólogo italiano Pierpaolo Donati parte de ampliar el concepto de ‘razón’, como declara ya desde el subtítulo: La razón relacional para un mundo común. Esa racionalidad se concreta en interpretar la ‘diferencia’ de un modo nuevo y así poder formular respuestas prácticas.
Por “diferencia” se entiende una disonancia en el conocimiento, que provoca una reacción en varias dimensiones distintas: sensible, emocional, cultural, etc. El pluralismo de la actual situación social plantea numerosos ejemplos: las jóvenes musulmanas quieren usar el velo islámico en la escuela pública; los testigos de Jehová rechazan las transfusiones; hay tres religiones que consideran sagrada la misma ciudad: Jerusalén.
Las respuestas a hechos sociales como estos han de partir de la aplicación de una forma de racionalidad. Solo desde ella se puede valorar la legitimidad de las pretensiones y su relevancia pública. A este propósito, Donati entiende que “la razón humana puede y debe ser comprendida como un complejo de cuatro componentes”, cuya base terminológica remite a Weber:
La racionalidad relacional que propone Donati consiste en una combinación armónica de las cuatro dimensiones. A su modo de ver, esta combinación de razones es la única capaz de responder satisfactoriamente a las exigencias de la situación social actual. Ha de traducirse en una nueva interpretación de la diferencia, formulada a partir del entrelazamiento entre cultura y sociedad.
¿Ayuda el multiculturalismo a la tolerancia?
En su origen, la propuesta del multiculturalismo fue definida en Suiza (1957) y tuvo su primera aplicación en las políticas públicas de Canadá para la integración de inmigrantes (1971). Surgió como alternativa a la teoría de la “sociedad abierta” que, desde una perspectiva liberal-democrática, defendía los derechos de libertad e igualdad de oportunidades, asimilando todos los grupos a un conjunto de valores sociales y trasladando las diferencias al ámbito privado.
Se imponen legalmente los criterios de la mayoría autóctona, pero faltan criterios éticos comunes que sean razonables al mismo tiempo
Con el tiempo, el multiculturalismo se convirtió en una ideología igualmente heredera de los principios liberales, con su defensa a ultranza del individuo y su libertad. Asume también un principio de “laicidad” que divide al ser humano entre ciudadano (esfera pública, al amparo de la legislación estatal) y hombre (esfera privada y de la comunidad). Este principio de laicidad se traduce en la privatización absoluta de la ética y la religión, consideradas sentimientos. En su aplicación, por ejemplo, a la “igualdad de oportunidades”, supone que el Estado apoya cualquier forma de diversidad (religiosa, sexual, política, étnica, etc.), a condición de que no manifieste en público los argumentos que la sostienen. Desde este punto de vista, por ejemplo, el uso de cualquier signo religioso en la vida pública se interpreta como contrario a la convivencia cívica.
En principio, el multiculturalismo promueve la tolerancia como ideal de convivencia. No obstante, más allá de la primera apariencia, Donati observa actitudes insuficientes: indiferencia ante los valores culturales que no sean propios; relativismo en la aceptación indiscriminada de cualquier variante; funcionalismo, que se sirve de las diferencias como ocasión para obtener beneficios. Por esta fórmula de coexistencia, cada cultura acaba por universalizarse a sí misma y pierde de vista a las demás. Sobre estos presupuestos, resulta imposible el encuentro y la construcción de relaciones culturales significativas.
“No es posible reconocer realmente las identidades si no se les otorga un grado de verdad, al que la ideología multicultural ha renunciado”
Por ello, el ideal de diálogo propio del multiculturalismo está abocado al fracaso. Problemas como el resentimiento de los inmigrantes de segunda y tercera generación hacia la población autóctona europea, a veces a través de las bandas urbanas, ponen de manifiesto que no se logra una convivencia suficiente. Nace así la tendencia a encerrarse en la propia comunidad, la comunicación se vuelve más irracional y, como consecuencia, las relaciones se deshumanizan: aparecen juicios de valor y comparaciones; después intolerancias y enfrentamientos, de forma especialmente patente en países con amplia diversidad cultural y étnica. Se trata de una situación paradójica respecto a las intenciones con las que se había formulado la teoría, y que depende de sus límites internos, que son:
Donati considera que la doctrina del multiculturalismo es sintomática de una crisis más profunda del humanismo occidental, cuyo origen se sitúa en Hobbes y que Donati denomina ciudadanía lib-lab: combina los principios del libre mercado con un Estado fuerte en la regulación de los derechos. Sobre las cuatro dimensiones de la racionalidad, están operativas la racionalidad instrumental y la que actúa según valores. Pero su insuficiencia se hace patente en aplicaciones como los Millenium Goals: estos fijan, por ejemplo, el objetivo de erradicar la pobreza, pero no dan razón de su necesidad.
La racionalidad multicultural se concreta en un insuficiente reconocimiento del otro. Para los formuladores de la teoría social moderna cabían dos posibilidades: o la alteridad era mutua exclusión y solo se puede pactar una coexistencia pacífica siempre inestable (Hobbes); o se plantea una contraposición dialéctica que se acabará resolviendo en alguna forma nueva y todavía indefinida de relación (Hegel). Los teóricos postmodernos de la sociedad mantienen la dicotomía en la gestión de la diversidad:
“El multiculturalismo promueve la tolerancia como ideal de convivencia. No obstante, Donati observa actitudes insuficientes”
El resultado de las diferentes propuestas es que, ante la diversidad, la razón ilustrada “da vueltas en el vacío. Se da cuenta de que se ha convertido en algo puramente instrumental. Siente malestar. Advierte que el tejido social no puede ser reconstituido de acuerdo con las formas de racionalidad que el liberalismo occidental ha elaborado hasta hoy. Ni este tipo de racionalidad está dispuesto a hacerlo, al ser puramente individualista”. Es decir, la construcción de la convivencia no se puede obtener basándose en una razón instrumental, que se erige a sí misma como superior, porque esta ignora las razones éticas y morales que mueven a las personas, y que son decisivas para que estas se sientan respetadas y puedan convivir.
El multiculturalismo no ha logrado impedir el choque de civilizaciones, y tampoco es apto para responder a los desafíos globales, porque ni siquiera cree posible construir un mundo común. El núcleo del problema es que “el racionalismo moderno, en sus diferentes expresiones, ha reducido la dignidad de la persona humana a su racionalidad instrumental, ignorando todo lo que no es reconducible a ella”. En cambio, para tratar la diferencia es necesaria una auténtica sociabilidad, entendida como unidad en la diversidad. La vía para construir esa sociabilidad es reconstruir la sociedad desde fundamentos post-hobbesianos y post-hegelianos y así promover un intercambio recíproco de dones entre comunidades y culturas.
La alternativa de la interculturalidad
El racionalismo moderno ha reducido la dignidad de la persona a su racionalidad instrumental, en opinion de Donati
Tras el fracaso del multiculturalismo, se hizo patente la necesidad de equilibrar las exigencias del individuo y de la comunidad cultural. A este propósito, Habermas formuló la teoría de la interculturalidad como una propuesta que tenga en consideración ambos elementos. Propone que el Estado liberal se haga capaz de reconocer e integrar todas las minorías y formas de diversidad, también religiosa, desde una perspectiva comunicativa. La fuerza de este planteamiento es su incidencia en el inter, el espacio intermedio entre culturas, que fomenta actitudes de verdadero encuentro y una valoración positiva de la confrontación como oportunidad para profundizar en los valores. No obstante, la propuesta de Habermas adolece de una falta de reflexividad profunda, en sujetos y comunidades, porque el alcance de la comunicación es entender lo que piensa otro, pero no comporta la disposición de cambiar lo propio. De este modo, es difícil encontrar soluciones reales a la diversidad de valores.
Donati reconoce que la teoría de la interculturalidad puede ser eficaz ante intereses y opiniones, que son negociables en política o economía. En cambio, se demuestra insuficiente ante las identidades, porque están arraigadas en valores profundos como la cultura y la religión. Por ejemplo, una ciudad puede querer expropiar el terreno ocupado por una determinada etnia para construir un colegio o un hospital, y desear negociar un acuerdo que incluya la oferta de viviendas nuevas. Para el grupo étnico puede ser sencillo ceder si el terreno está ocupado por viviendas; pero puede ser difícil si el lugar tiene vinculación a un episodio religioso, o si en él está situado un edificio de culto.
Donati ve insuficiente la teoría de la interculturalidad ante las identidades, porque están arraigadas en valores profundos como la cultura y la religion
Por ello, Donati entiende que las diferencias culturales y religiosas han de tratarse desde una racionalidad más amplia, abierta a la reciprocidad o intercambio de dones. Esta entiende que cualquier diversidad es una riqueza para el conjunto, que incluye a quienes no comparten las convicciones de un determinado grupo. Específicamente, es una racionalidad que acepta la religión, considerando que es la única instancia capaz de consolidar los valores últimos. Pero este planteamiento supera los límites de la interculturalidad, porque dota a sus principios de un contenido relacional.
El significado de la razón relacional
El mundo global necesita, en opinión de Donati, un neohumanismo que supere la reducción de la razón a los dominios parciales de la cultura particular, del individuo concreto o de la funcionalidad de los sistemas sociales. Tras el fracaso de las teorías modernas y postmodernas con el predominio de la razón instrumental, haciendo un juego de palabras, Donati propone una sociedad dopo(after)moderna que esté guiada por una razón ampliada. Y esta no es otra que la razón relacional.
La razón relacional parte de la definición de sociedad como conjunto de relaciones. Percibe los motivos inherentes a las relaciones sociales consideradas en sí mismas, y centra su atención en el inter, o campo de relación entre culturas. Busca integrar las diferencias culturales y religiosas, y se hace capaz de crear sinergias entre comunidades porque establece un diálogo intersubjetivo, en el que cada elemento de la relación se propone comprender, captar el sentido, de los motivos del otro. Así, considera que los argumentos son relevantes, por lo que pueden y deben exponerse libremente en la esfera pública. En la aplicación concreta, por ejemplo, un laico o cristiano puede entender que un testigo de Jehová tenga razones importantes para rechazar una transfusión; o que los grupos religiosos pidan tener sus propios edificios de culto en las ciudades que habitan.
Otro aspecto importante de la racionalidad relacional es la inclusión de lo “simbólico”, que en este contexto se entiende como aquello que trasciende lo que conocemos por los sentidos: coordenadas espacio-temporales, identidad, sentimiento y afecto, valor. Desde Weber, todos estos se habían considerado elementos irracionales. En cambio, la teoría relacional admite que poseen una racionalidad propia, que se puede descubrir y tiene relevancia pública. Por ello adquiere sentido reconocer el valor de cuestiones inalcanzables para los parámetros cuantitativos del mercado o la normatividad legal: combatir la pobreza, defender la familia, promover el diálogo entre religiones, o entre izquierda y derecha, tradiciones y culturas populares, y un largo etcétera. Se genera así una “llamada civil”, un conjunto de valores y normas que mueven a actuar desde la confianza y la cooperación.Como punto de referencia último, y principio guía de las relaciones sociales, se toma “correspondencia con lo que es digno de lo humano”. Este criterio posibilita hallar argumentos que sirvan de base común sobre los que construir la sociedad, como en el respeto a las creencias de los casos citados. Ante situaciones de compleja resolución, como la pedofilia o la venganza justificadas por algunas culturas, la razón relacional las considera injustificables, no por lo que tienen de creencia, sino por su falta de correspondencia con la dignidad: son formas de violencia o de discriminación que comportan un daño para uno de los elementos de la relación. En esto, la razón relacional proporciona un argumento que supone una ventaja frente a las anteriores teorías sociales: la teoría multicultural debería aceptarlas, porque otorga validez a todo lo que sirve a la cohesión social (Durkheim), o porque tiene que considerarlas como expresión de un sentimiento común (Weber).
El mundo global necesita, en opinión de Donati, un neohumanismo que supere la reducción de la razón a los dominios parciales de la cultura particular
En este contexto se inscribe la propuesta de una laicidad dopo(after)moderna. Aplica una mentalidad secular, que articula fe y razón sin predominio de una sobre otra. Busca el sentido de las relaciones humanas de forma argumentada, desde la libertad y responsabilidad de individuos con convicciones. Interpreta la cultura como un espacio de aprendizaje común, superando las contraposiciones dialécticas, y genera experiencias cotidianas de reconocimiento e intercambio porque cada término de la relación está abierto a la autocrítica y al cambio. La secularidad así entendida es “aprecio de las realidades terrenas en su propio orden de existencia; y es reconocimiento de la relación entre identidades diversas, en cuanto acto libre de don y aceptación de su responsabilidad”.
Por ejemplo, dando la vuelta al planteamiento moderno, por el cual el Estado laico otorga derecho a la presencia religiosa, el principio regulador es que “es la libertad religiosa originaria de la persona humana la que legitima la laicidad del Estado, y no viceversa”. Las religiones aparecen como una contribución muy positiva a la creación de un espacio común, precisamente por su carácter esencial de creación de vínculos (religo). Queda superada, de este modo, la división artificiosa de lo humano entre civil (público y racional) y personal (privado e irracional).
La racionalidad relacional inserta la diferencia en un proceso de reciprocidad, de intercambio mutuo. Este, desde una terminología que remite a Ricoeur, incluye la identidad, que consiste en constatar la presencia del otro y sus características; y la aceptación, que valida el objeto, confiriéndole un grado de verdad. Pero añade el reconocimiento como meta, que es una actitud de acogida, con gratitud, de lo propio de cada comunidad, entendida como don a la sociedad. El reconocimiento “sabe ver al otro a través de la impronta de la razón, y al mismo tiempo recurre al corazón, […] se realiza en el libre y mutuo intercambio de bienes, es decir, en el intercambio simbólico que es la raíz, el núcleo constitutivo de la relación social”.
En sus bases conceptuales, la perspectiva relacional había sido anticipada por Fichte. Donati considera que el reconocimiento, como proceso social, es completo cuando se origina en la conciencia de que “nos encontramos naturalmente insertos en una red de relaciones que, mientras ofrecen algo, requieren nuestra aceptación e intercambio”. A esto se suma una percepción de la identidad, personal y social, como una realidad dinámica, que se forma –y reforma– en y a través de la relación. La relación, a su vez, refuerza la alteridad.
Aplicar la racionalidad relacional y la lógica del reconocimiento presenta tres grandes ventajas sobre las contradicciones a las que conducía el multiculturalismo:
Desde los orígenes de la modernidad, el problema de la razón es que se había vuelto autorreferencial, preocupada solo por sí misma y su certeza. En el contexto actual, en cambio, para comprender las razones inherentes a las relaciones sociales es necesario aplicar una razón reflexiva, que supone autocomprensión del yo y de la propia comunidad, y que considera la matriz comunitaria en que se inserta cada individuo. Se trata de “una interrogación, por parte de un sujeto (observador individual o colectivo), en la propia conversación interior, sobre los propios convencimientos, dudas, emociones, deliberaciones, razonamientos, a la luz de cómo ellos se forman en la relación con el otro”. Supone volver a considerar lo que se creía conocido, con la disposición de acoger otras aportaciones y cambiar lo necesario. Eso mismo explica que, en la vida pública y en el encuentro entre culturas, sea plenamente legítimo y también necesario, que cada parte exponga las buenas razones que sustentan sus comportamientos y modos de vida
Volviendo sobre los ejemplos ya propuestos, la aplicación de la razón relacional puede favorecer el diálogo entre cristianismo e Islam, y superar las dicotomías del laicismo ilustrado, en una cuestión tan controvertida como la presencia de símbolos religiosos en la vida pública. No se aprecian razones por las que el uso del velo islámico en la escuela, o de una cruz en la empresa, entre otros, supongan atentados a la dignidad de la persona. Por el contrario, es posible que la imposición de su supresión ofenda a las buenas razones de quienes piden manifestar su derecho a la libertad religiosa. Si se añade el punto de vista del reconocimiento, tales manifestaciones se pueden entender como una oportunidad que se brinda a todos para aprender a manifestar sin temor sus convicciones. La única exigencia de la laicidad secular, a este respecto, es que se permita a las jóvenes y a los trabajadores vestir dentro de las normas de corrección social, pero tal y como sus convicciones les indiquen: no es necesario compartir sus razones religiosas para comprenderlas, respetarlas y apoyarlas.
El mismo razonamiento se puede hacer extensivo a múltiples situaciones. Una de ellas, más actual, es el derecho de los padres a pedir al Estado un espacio en la escuela para la educación religiosa de sus hijos. Desde una perspectiva relacional y secular, esta petición y este derecho aparece como derivado de la libertad religiosa, aplicable por igual a las confesiones cristianas y a las islámicas si las familias correspondientes también lo reclaman.
“Tenemos necesidad de nuevas raíces para sobrevivir. Debemos encontrar una nueva imaginación, que es al mismo tiempo sociológica y trascendente, para sostener un encuentro entre las culturas que logre ir a la raíz de la dignidad del hombre”. Tras el fracaso del multiculturalismo y su alternativa intercultural, y tras varias décadas de reflexión sobre la naturaleza de la sociedad, la propuesta relacional de Donati aparece como una solución particularmente humanizadora, por amplia y profunda, para hacer frente a los desafíos del mundo global.