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El Consejo General de la Abogacía Española, en la categoría de “Personas», ha premiado este año a Adela Cortina, en la XX Edición de Derechos Humanos de la Abogacía Española. Adela Cortina es una eximia figura de la ética y de la filosofía jurídica, catedrática de Ética y Filosofía Jurídica, Moral y Política de la Universidad de Valencia desde 1986, además de directora de la Fundación ÉTNOR para la ética de los negocios y las organizaciones.
Continue reading «Adela Cortina, premio Derechos Humanos»Martin Rhonheimer es el presidente del Instituto Austriaco de Economía y Filosofía Social. En Libertad económica, capitalismo y ética cristiana (Unión Editorial, 2017), el autor confronta principios centrales del pensamiento social cristiano, como la dignidad, el bien común, la justicia social y el principio de subsidiariedad, con las ideas y autores de la tradición liberal clásica.
Avance
Martin Rhonheimer reflexiona sobre la importancia de proteger y potenciar la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos y critica las tendencias expansivas de los Estados de bienestar contemporáneos. Para ello analiza en primer lugar la relación entre la libertad económica y la acción gubernamental, y el impacto que tiene sobre la solidaridad ciudadana la estructura burocrática del Estado de bienestar. Rhonheimer valora la economía de mercado como un potencial marco institucional canalizador de la justicia social. Para él hay armonía entre la economía libre o capitalista y las bases antropológico-morales de la tradición judeo-cristiana. El autor subraya la importancia de un Gobierno limitado puesto que es la economía libre la que consigue el bien común en una sociedad libre.
Los trabajos incluidos en el presente volumen ofrecen un punto de vista sólido y desafiante frente al pensamiento dominante en temas de economía, política y sociedad. De ello dan cuenta las citas que ofrecemos al final de esta entrada.
ArtÍculo
La condena del interés propio y del lucro está en la raíz de la mayor parte de la confusión que vive la Iglesia católica sobre el capitalismo y la economía del libre mercado. En el pasado —escribe Martin Rhonheimer en Libertad económica, capitalismo y ética cristiana (Unión Editorial, 2019)—, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) mostró un «cierto sesgo en favor del intervencionismo y las regulaciones estatales», aun cuando no estuviera de acuerdo «con sus propios principios básicos, por ejemplo, la subsidiariedad y los derechos de propiedad». Sigue argumentando: «La ganancia del capitalista es la recompensa que él o los accionistas de una compañía tienen el justo derecho de esperar o de recibir por haber asumido su propio riesgo». Aun cuando la realidad no siempre concuerda con esta idea, «esta ha demostrado ser exitosa y aportar una ventaja real para la sociedad en su conjunto». Por lo tanto, aunque la ganancia del capitalista sea mucho mayor de lo que parecería merecer según los estándares de la justicia, «su expectativa de ganancia y la motivación que esta conlleva son sumamente útiles para la sociedad toda, sirviendo así al bien común».

El magisterio social de la Iglesia tiene su punto de partida con la encíclica de León XIII Rerum novarum, de 1891, en un momento en que el «catolicismo generalmente se oponía al mundo moderno, a saber, al espíritu moderno de los negocios y el capitalismo, que los principales teólogos y referentes de la prensa católica solían identificar con un espíritu esencialmente impropio de un cristiano e incluso “judío”». A esto se unía y se une otro problema. Según Rhonheimer, «no solo entre los cristianos de izquierda y prosocialistas, sino también en círculos eclesiásticos más conservadores, aun hoy se hace caso omiso de un pensamiento económico sólido, tan ventajoso para los pobres, y con frecuencia se lo sigue tildando de insensible, egoísta y al servicio únicamente de los ricos».
Centesimus annus, una encíclica de san Juan Pablo II publicada en 1991, supuso un giro porque respaldó el capitalismo. Centesimus annus entiende el capitalismo como un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado y de la propiedad privada, de la libre creatividad humana en el sector de la economía. La economía libre de mercado, según Centesimus annus, «es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades». Según Rhonheimer, esa encíclica adopta además «una visión sobre el Estado de derecho, la separación de poderes, la democracia y el papel del Estado respecto de la economía en el marco de la mejor tradición del constitucionalismo liberal y el ordoliberalismo». Con esta promulgación, señala Rhonheimer, Juan Pablo II abandonó la idea de que la DSI es «una ‘tercera vía’ entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista», como anunció en su encíclica de 1987 Solicitudo rei socialis.
Desde Centesimus annus, la DSI defiende la idea de una economía de libre mercado capitalista, bien entendida, que incluya «la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa» y «que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente», como se señala en esa encíclica.
Según el Compendio de la DSI, «la propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social». A la vez, «la tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable». Siempre lo ha entendido «en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes» (n. 282). Y según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), «el destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (n. 2403). El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes, n. 71, subraya: «La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes».
Rhonheimer insiste en que «los que se arrogan juicios morales sobre el capitalismo y la economía del libre mercado» ignoran «en muchos casos también hechos y datos obvios», como «la continua disminución durante los últimos decenios y en el mundo entero de la pobreza extrema» y «de la desigualdad entre las naciones más ricas y más pobres», y esto «gracias a políticas favorables a la libertad económica».
Para este teólogo, filósofo y sacerdote suizo, «la actual crisis moral y el galopante consumismo no son consecuencia del ‘capitalismo individualista’, sino de un Estado del bienestar repartidor de dinero y de estímulo equivocados, cuando no perverso». Bastaría para solucionarlo que el Estado «impulsara leyes que protegieran la propiedad privada». Solo así «el capitalismo, la libre empresa y la competencia reforzarían entonces la responsabilidad propia, el espíritu de iniciativa y la solidaridad. Una sociedad como esa también sería, sin duda alguna, más cristiana, o tendría mejores oportunidades de serlo».
Tanto el índice de Libertad económica, capitalismo y ética cristiana como el primer capítulo los ofrece la editorial en su página web.
A continuación reproducimos una serie de citas de Martin Rhonheimer procedentes de este primer capítulo: «’El malvado capitalismo’. La forma económica del dar»
«El capitalismo es en esencia la forma económica del dar: el capitalista invierte, y para ello pone su riqueza a disposición de los demás. Los primeros beneficiados son quienes perciben un salario gracias a los puestos de trabajo así creados» (Martin Rhonheimer, p. 40).
«Una cosa son el capitalismo y la economía de mercado -que constituyen el único camino que lleve a la “riqueza de las naciones”- y otra las condiciones históricas concretas y los frecuentes fallos humanos que han acompañado la configuración y la evolución del capitalismo moderno» (Martin Rhonheimer, p. 41).
«En el siglo XIX existía en las zonas agrícolas una increíble presión demográfica… la tierra no podía alimentar a sus habitantes… la emigración… el capitalismo industrial salvó de morir a esas masas de desempleados» (Martin Rhonheimer, p. 42).
«La I Guerra Mundial y los años posteriores dieron al traste con muchos de esos logros. La guerra forzó al Estado a convertirse en el principal agente económico. En muchos lugares comenzó así la fatídica coalición del Big Governmenty el Big Business. Hoy en día llamamos a eso ‘capitalismo clientelista’, una perversión del capitalismo» (Martin Rhonheimer, p. 43).
«Por primera vez aparece en ese contexto (encíclica Quadragesimo Anno, publicada en 1931) la expresión ‘justicia social’, la poco clara expresión de ‘justicia social’ como tarea del Estado para corregir las fuerzas del mercado. El mercado fracasa como principio regulador y el Estado debe hacer justicia: así se dijo fatídicamente desde ese momento en adelante». (Martin Rhonheimer, p. 44).
«La crisis financiera de 2008 nunca se habría producido si solo hubiesen entrado en juego las fuerzas del mercado y la mentalidad empresarial hubiese determinado la marcha de los acontecimientos… La crisis no fue consecuencia del capitalismo, de la economía de mercado y del espíritu emprendedor, sino, al contrario, consecuencia de un gigantesco fracaso de los responsables políticos y del Estado» (Martin Rhonheimer, p. 45).
«También el euro fue un proyecto meramente político que no seguía ninguna lógica de mercado» (Martin Rhonheimer, p. 45).
«La responsabilidad por el elevado desempleo que sufren muchos países de la eurozona también recae en parte en los sindicatos, que, llevados del egoísmo y poseídos por el afán de conservar su propio poder, impiden la desregulación del mercado de trabajo. Así, junto con la exigencia de salarios mínimos, de programas públicos de estímulo de la coyuntura y de numerosas otras intervenciones del Estado, obstaculizan con una carga tributaria exorbitante el dinamismo creador de riqueza de la libre empresa. Es decir, del capitalismo» (Martin Rhonheimer, p. 45).
«La economía no es un juego de suma cero: la prosperidad de los ricos no tiene su causa en que se les haya quitado algo a los pobres» (Martin Rhonheimer, p. 46).
«Allí donde reinan condiciones capitalistas, y no como sucede en diversos en diversos países de Iberoamérica condiciones postcoloniales y feudales, la riqueza de los ricos ha sido ‘creada’, y no a costa de los pobres. Si no la hubiese, todos, también los paupérrimos, serían más pobres. El capitalismo no quieta nada a nadie -según afirma el marxismo-, sino que crea nueva riqueza» (Martin Rhonheimer, p. 46).
«Existe, obviamente, desigualdad injusta, basada en la exclusión sistemática de grupos sociales y étnicos de las posibilidades de acceder a la educación y al trabajo. Pero la desigualdad no es eo ipso injusta, sino que precisamente en una economía dinámica y en auge resulta inevitable» (Martin Rhonheimer, pp. 46-47).
«En una economía nacional dinámica, el bienestar de las clases bajas aumenta, pero al principio (a causa de la acumulación de capital necesaria para el desarrollo económico) también lo hace la desigualdad. De lo contrario, no se crearían puestos de trabajo y no habría innovación. Y es que tampoco existirían los correspondientes estímulos: ¿quién va a invertir y asumir riesgos sin la perspectiva de, al hacerlo, obtener una ganancia y enriquecerse?» (Martin Rhonheimer, p. 47).
«El intento de hacer justicia social con medidas estatales ha causado más males que bienes, tanto en la política de ayuda al desarrollo como en la política social de los distintos países. Ha sido el ‘malvado’ capitalismo el que, en realidad, ha creado la riqueza que el Estado redistribuye después en nombre de la justicia social» (Martin Rhonheimer, p. 50).
«El Estado del bienestar ‘consume’ riqueza, además es improductivo, obstaculiza la economía a la hora de crear más riqueza, es decir, a la hora de hacer que aumente el pastel de tal modo que a todos les toque una parte mayor» (Martin Rhonheimer, p. 51).
«Si no fuese por la desaforada redistribución y por el endeudamiento estatal resultante de ella, todos seríamos más ricos, también los más pobres» (Martin Rhonheimer, p. 51).
«Sin la burocracia estatal dedicada a la beneficencia y a la redistribución, la sociedad también sería más solidaria: habría menos pobres, pero quienes lo fuesen necesitarían realmente la ayuda de sus conciudadanos. Ya no podríamos escudarnos en que al pagar nuestros impuestos ya hemos cumplido nuestra obligación. El principio de subsidiaridad desplegaría todo su potencial» (Martin Rhonheimer, p. 51).
«La actual crisis moral y el galopante consumismo no son consecuencia del ‘capitalismo individualista’, sino de un Estado del bienestar repartidor de dinero y de estímulos equivocados, cuando no perversos» (Martin Rhonheimer, p. 51).
«La justicia social -¡cuántas veces ha servido este concepto para justificar políticas que atacan el bien común!- no consiste en disminuir la desigualdad haciendo más pobres a los ricos… sino en hacer más ricos a los pobres … con el aumento de oportunidades de trabajo» (Martin Rhonheimer, pp. 51-52).
«El modelo de ‘Estado social’ que conocemos hasta ahora ha quedado obsoleto, y no solo no podemos pagarlo, sino que todos sufrimos las consecuencias de sus erróneos estímulos económicos y morales. Ese modelo solo puede funcionar porque el Estado cuenta con la posibilidad, gracias a su monopolio del dinero, de sufragar el cada vez mayor endeudamiento mediante la constante inflación de la masa monetaria y las bajadas de los tipos de interés, lo cual, por otra parte, equivale a expropiar a los ahorradores. De ese modo los políticos hacen constantemente nuevas y caras promesas» (Martin Rhonheimer, p. 52).
Imagen de cabecera: Puente de Brooklyn y Manhattan. Shutterstock id 1057930991 / © blurAZ. Se puede consultar aquí
En la colección de aforismos de la editorial Renacimiento, llamada “A la mínima”, se ha publicado un grueso volumen de aforismos de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Han sido seleccionados, prologados y, en buena medida, traducidos por Enrique García-Máiquez y Luis-Daniel González, conspicuos chestertonianos españoles.

Gilbert K. Chesterton: Un buen puñado de ideas. Renacimiento, 2018. 479 páginas.
Al gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) empieza a dar vergüenza presentarlo, de tan conocido como es, gracias —particularmente— a tantas frases suyas brillantes, que nos iluminan el mundo, y que están en boca de muchos y en los oídos de todos. En el prólogo del libro, un microensayo de García-Máiquez que se publicó, como primicia exclusiva en 2011 en Nueva Revista bajo el título de Chesterton, autor-sobrevenido de aforismo, se nos explica que se trata de “aforismos sobrevenidos”, esto es, rebuscados en la obra completa del autor inglés.
Es una paradoja netamente chestertoniana: en la percepción de los lectores, se impone Chesterton como autor de aforismos, aunque él, que practicó con maestría casi todos los géneros, desde la poesía hasta la novela policíaca, pasando por el ensayo, el columnismo, la narración, la oratoria, la hagiografía, el teatro y la autobiografía, jamás los escribió. Su réplica a un poema de T. S. Eliot sí podría ser, en cambio, un atisbo profético de lo que está pasando. Eliot había rematado su poema, crítico con el mundo moderno y su hondo nihilismo depresivo, augurando que acabaría apagándose tristemente en un susurro. Chesterton, más partidario de enfrentarse a la modernidad que de representarla, declaró que el mundo acabaría con una explosión. Y ciertamente, lo de los aforismos chestertonianos parece un estallido atómico, cuya onda expansiva no deja de aumentar.
Tampoco (y quizá sea la sorpresa de este volumen) para de aumentar la talla intelectual y literaria de Chesterton. Por supuesto, entre los aforismos nos encontramos al reconocible apologista (“La única herejía realmente imperdonable es la ortodoxia”), al infatigable humorista (“Es tonto presumir de modesto”) y al optimista inoxidable (“A universo regalado no le mires el diente”). Pero también a un audaz pensador político, tan opuesto al capitalismo como al socialismo: “La única rebelión realmente práctica es la que también es un arrepentimiento”. A un crítico literario iluminador: “Es una debilidad subrayar aquello que ya es suficientemente fuerte si se sugiere”. A un periodista crítico: “No es necesario añadir comentarios a noticias bien elegidas”. A un poeta constante: “Es siempre la persona prosaica la que exige temas poéticos”. E, incluso, a un filósofo en acción: “Hay una importante diferencia entre no entender una cosa y malentenderla”, entre muchas otras facetas.
Jorge Luis Borges dijo que «la obra de Chesterton es vastísima y no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad» y añadió que «quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton». Para hacer este libro los editores han ido, página a página, espigando ese buen puñado de felicidades por la vasta obra completa para que las felicidades se dispongan, finísimas, una tras otra, en cada página.
UNIR organizó el 13-11-2018 un seminario sobre «Innovación y transferencia de conocimiento». Los participantes señalaron que la transferencia del conocimiento es una nueva misión de la universidad, pero hay que planificarla con el mundo empresarial para que efectivamente resulte útil. El coordinador de la jornada fue Guillermo Calleja, catedrático de Ingeniería Química de la URJC. La inauguración correspondió a José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR.Continue reading «Innovación y transferencia del conocimiento: replanteando una nueva misión de la universidad»
Jorge Luis Borges llamó la atención sobre el hecho de que algunas formas clásicas de poesía quedaron completamente obsoletas, mientras que el soneto, inventado por Giacomo da Lentini en el bendito siglo XIII, sigue siendo capaz –prodigioso Proteo— de adaptarse a la poesía más actual, mejor incluso que el vanguardismo de ayer, dándonos infinitas muestras de la mejor poesía. El nuevo libro de Estaban Torre (Sevilla, 1943) viene a demostrarlo con 62 sonetos. No hacía falta. En el prólogo de una reciente colección de Jon Juaristi, Sonetos a la patria oscura, el brillante prologuista Rodrigo Olay nos recuerda una anécdota: «Cuando, desde su inicial poética del silencio, [Jaime Siles] empezó a sentirse atraído por formas más ajustadas y ceñidas […] tuvo la oportunidad de comentar con Rafael Alberti las dudas que le ofrecía escribir sonetos, porque temía caer en el reaccionarismo estético. La respuesta del autor de Cal y canto a las reservas de Siles no pudo ser más memorable: “Eso es como pensar que la línea curva ha pasado de moda”». No hacía falta, pues, que Esteban Torre nos recordase la inmortalidad y la infinitud del soneto, pero da gusto y emociona leerlo, que es de lo que se trata en poesía.

Esteban Torre: LXII Sonetos. Renacimiento, 2018. 114 páginas.
Está omnipresente en el libro el Esteban Torre profesor de Historia de la Literatura. En todo momento estamos ante un tratado por lo práctico de la teoría del soneto. Los despliega de todo tipo, factura e intención: clásicos, asonantados, blancos, de arte mayor, de arte menor, metapoéticos, teológicos, irónicos, líricos, metafísicos, políticos, lúdicos («Cambio de hora»), vanguardistas («Bongo-bongo»), circunstanciales, etc. Sólo faltan los imperfectos. Podría ser el manual de un curso monográfico. El meticuloso prólogo de María Victoria Utrera Torremocha no deja un hilo suelto y redondea este aspecto estudioso del volumen.
También está presente el magistral traductor que Estaban Torre es. Algunos sonetos transmiten la impresión de ser transparentes ejercicios de transposición de una idea brillante al idioma de la poesía. Que escribir versos incluso en el propio idioma podría ser un ejercicio análogo a una traducción lo apuntó Eugenio d’Ors y, en los poemas más circunstanciales de esta colección, puede verse el preciso trabajo de laboratorio de quien domina perfectamente el oficio.
Entre la erudición y la técnica, entre el placer de la inteligencia y la voluptuosidad del verso, se cuelan, sin embargo, otros poemas que, sin renunciar ni a lo uno ni a lo otro, también traslucen el alma del poeta y provocan una emoción estrictamente lírica. No otra cosa pasa en la mentada colección de Jon Juaristi, donde sonetos como “Bárbara” o “Rosario” sobresalen del resto por un pellizco de altura: a la altura del corazón. Aquí ocurre, por ejemplo, con el «Abril» de Esteban Torre: «El aire, claro. El cielo, azul y frío./ Más blancas que el jazmín y que la nieve, / se deshilan las nubes. No se atreve/ ya la rosa a cubrirse de rocío.// El almendro, el laurel, el griterío/ de las aves. El sauce no se mueve./ La gaviota, con su vuelo breve,/ traza un arco de sueño sobre el río.// Silba el mirlo y arrulla la paloma./ Y, entre las ramas del naranjo, asoma/ su dulce despertar la primavera.// Luego la lluvia, el sol, la nube, el viento,/ las sombras y la luz. Por un momento,/ late una paz profunda y verdadera».
Ni la elección de este soneto ni la mención al libro de Jon Juaristi son casuales porque quizá la característica más distintiva de Torre es que se adscribe a una tradición sevillana de sonetistas con la misma fidelidad que Juaristi lo hace a una tradición bilbaína (Unamuno, Otero, Aresti, Fernández de la Sota…). Mientras el soneto vasco se asemeja a una escultura tallada en piedra o fundida en hierro, el andaluz es una acuarela o quizá el rasgueo de una guitarra a la sombra de una vieja parra (para ponernos manuelmachadianos…). El soneto «Abril» podría ser un cuadro de Carmen Laffón o unos versos de Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o Juan Lamillar. Incluso esa serie de simpáticos sonetos a gatos, que traen a la memoria al Nobel T. S. Eliot, nos recuerdan que fue la sevillana Regla Ortiz la traductora del Old Possum’s Book of Practical Cats y que la conexión inglesa tiene, desde Cernuda, un cierto acento andaluz y mucho envés de Eliot.
La conexión sevillana se remonta más, sin embargo: hasta los poetas metafísicos andaluces del siglo de Oro: Arguijo, Medrano, Rioja, Jáuregui. Torre es heredero de su afán de claridad, tanto que en el soneto «Arte Poética» se atreve con la hipérbole (andaluza) de afirmar «que Garcilaso le parece oscuro». Comparte con ellos el tono sentencioso y reflexivo, motivado incluso por los mismos paisajes, como en el soneto «Itálica»; y, en los mejores momentos, nos transmite un afinado temple moral: «No desprecies a nadie. Ni a ti mismo siquiera».