Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

La propiedad privada: entre el bien común y el derecho natural

Martin Schlag: «Contra la idolatría del dinero»

Las cuestiones que rodean la propiedad privada, es decir, si la propiedad puede pertenecer a personas individuales, y si esas personas pueden hacer uso y disponer de ella como estimen conveniente, son decisivas en cualquier debate económico. En lo que sigue extractamos lo que al respecto escribe Martin Schlag en su libro Contra la idolatría del dinero. Cómo entender el mensaje del papa Francisco sobre la economía. Rialp, Madrid, 2018, pp. 35-45. Martin Schlag: “Contra la idolatría del dinero. Cómo entender el mensaje del papa Francisco sobre la economía”. Rialp, Madrid, 2018.
El séptimo mandamiento, «no robarás», explica Schlag, supone una clara protección de la institución de la propiedad privada en su sentido horizontal. En el Antiguo Testamento la propiedad privada se consideraba limitada por consideraciones morales y sociales que se reflejan en las múltiples prescripciones legales sobre asistencia social a los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros. El Nuevo Testamento presupone la existencia de la propiedad privada, pero al mismo tiempo recomienda a los fieles que no pongan su esperanza en los tesoros materiales.
San Agustín distingue los bienes que se deberían gozar por sí mismos (frui: Dios, la virtud) de los que solo se deberían usar (uti: medios materiales, salud, fortaleza, poder, etc.). Para san Agustín, poseer algo implica usarlo de manera justa y racional, de lo contrario, el propietario acaba siendo esclavo de sus propias pasiones. La recepción medieval de san Agustín defendió que la propiedad era una consecuencia y una necesidad del pecado, no de la naturaleza. A partir de ahí, las distintas tradiciones cristianas relativas a la propiedad dieron lugar a la convicción, todavía presente en la doctrina social católica, de que en caso de necesidad todo debe ponerse en común. La moralidad de la propiedad privada fue defendida por santo Tomás, que la basó en la razón natural haciéndose eco de Aristóteles. Sus argumentos:
  • La gente suele cuidad mejor de lo suyo. Poseer los bienes en común es ineficiente, porque cuando las personas tienen que ocuparse de algo que no les incumbe, acaban dejando el trabajo a los demás.
  • Cuando no existe la división de la propiedad, se genera confusión. Si todo el mundo sabe exactamente de qué tiene que ocuparse, trata las cosas mejor y de forma más ordenada.
  • Gracias a la propiedad privada, todo el mundo sabe lo que es suyo y está satisfecho con ello. Los bienes comunes indivisos entre los hombres pecadores generan frecuentes disputas y perturbaciones de la paz.
En su origen, la división de la propiedad privada no se debe al derecho natural, señala santo Tomás, porque, por naturaleza, no hay nada que pueda atribuirse de manera absoluta a nadie. La división fue una adición racional para un mejor cultivo de la tierra y un uso pacífico de las posesiones. Para todo lo anterior, véase Summa Theologiae, II-II, q. 66, a. 2 y Summa Theologiae, II-II, q. 57, a. 3c y I-II, q. 94, a. 5 ad 3. Se puede consultar online aquí: Summa Theologiae. Las ideas de santo Tomás acabaron imponiéndose y la convicción de que la propiedad privada es una institución impuesta por el derecho natural es la opinión que comparten la mayoría de los teólogos hoy. Sin embargo, subraya Martin Schlag, debemos entender que en la tradición católica (hasta la encíclica Rerum novarum), el bien común estaba por encima de los derechos individuales. Estos últimos solo existían en la medida en que servían al bien común de la sociedad. (La Rerum novarum es la primera encíclica social de la Iglesia católica. Fue promulgada por el papa Leon XIII en 1891).

Los derechos como prerrogativas ante la sociedad

La filosofía política moderna supuso un cambio de perspectiva. Para John Locke, por ejemplo, el derecho más importante por encima de cualquier otro, por encima del bien común, es la propiedad privada. Cuando surgen los excedentes de producción, los hombres empiezan a intercambiar bienes y se unen en asociaciones destinadas a asegurar una mejor protección de sus propiedades. El cambio de paradigma de la modernidad nos llevó del derecho natural como elemento de ordenación de la sociedad en su conjunto, a los derechos naturales como prerrogativas individuales frente al conjunto de la sociedad. Este cambio de paradigma influyó también en la doctrina social católica. En la Rerum novarum, León XIII postula que el derecho natural a la propiedad es anterior a la formación de la sociedad:

«El derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza, y, por tanto, la autoridad pública no puede abolirlo, sino solamente moderar su uso y compaginarlo con el bien común» (León XIII en la encíclica «Rerum novarum»)

Después de establecer la propiedad privada como derecho natural, la doctrina social católica ha alternado entre formulaciones que hacen hincapié en su carácter individual y otras que se inclinan más por el bien común. El papa Francisco está más próximo a la tradición franciscana medieval, que da prioridad al bien común y al destino universal de los bienes. Para el pontífice actual, la propiedad privada es una institución del derecho natural, no un derecho individual anterior al bien común. Escribe en Evangelii gaudium:

«La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común» (Francisco en la encíclica «Evangelii gaudium»)

Gabriel Tortella: «Capitalismo y revolución»

«La burguesía ha desempeñado, en el transcurso de la historia, un papel verdaderamente revolucionario (…) La burguesía no puede existir si no es revolucionando incesantemente los instrumentos de producción, que tanto vale decir el sistema todo de la producción, y con él todo el régimen social» (Marx y Engels, Manifiesto Comunista, 1848). Ese texto, y otro de Contribución a la crítica de la economía política, de Marx, sintetizan admirablemente, en opinión de Gabriel Tortella, autor de Capitalismo y revolución, «el mecanismo del cambio social» en el período que abarca su libro: la Edad Contemporánea, es decir, desde mediados del siglo XVIII hasta nuestros días. Gabriel Tortella: "Capitalismo y revolución". Editorial Gadir, 2017
Gabriel Tortella: «Capitalismo y revolución». Editorial Gadir, 2017
Tortella recuerda que cuando Marx y Engels hablaban de «la burguesía», se referían a lo que hoy llamamos «capitalismo», es decir, al «sistema económico en que una fracción sustancial del capital (conjunto de los «bienes de producción») se halla en manos privadas y una parte importante de las decisiones relativas a la producción de bienes y servicios, de su distribución y su consumo, está también en manos privadas y actuando a través de mercados libres». Hoy, subraya Tortella en la introducción a su ensayo, «el sistema económico predominante no es el capitalismo puro, sino la socialdemocracia Estado de Bienestar, que se caracteriza por una considerable participación del Estado en el sistema económico». Tortella explica cómo se pasó en Europa, y en los principales países capitalistas, del capitalismo «puro», que nació a principios del siglo XIX (tras derribar las revoluciones de los siglos XVII y XVIII a las sociedades feudales englobadas con la expresión Antiguo Régimen), a la socialdemocracia, que, en sus diversas versiones, es el sistema social predominante en nuestros días.

Competencia incesante e innovación técnica

La transición apuntada en el párrafo de arriba ha sido descrita por Joseph Schumpeter en Capitalismo, socialismo y democracia, con el hilo conductor de que la competencia incesante y la continua innovación técnica producen una renovación sostenida en la sociedad, que a su vez provocan periódicamente «grandes perturbaciones cíclicas y ocasionalmente revoluciones políticas». Ciencia, técnica y economía se fertilizan recíprocamente. También el progreso de las ciencias sociales ha contribuido mucho al bienestar de la humanidad, destaca Tortella. Pero la división tripartita de los factores de producción que Marx citaba (tierra, trabajo y capital), y que daba lugar a la división tripartita de las clases sociales (nobles, proletarios y burgueses), «queda ya muy desdibujada en las sociedades postindustriales». Quizá por eso «el nacionalismo, el etnicismo y la xenofobia están sustituyendo a las tradicionales divisiones y enfrentamientos de clase en los países desarrollados». Según Tortella, el espectro de la superpoblación, no el del comunismo, es lo que recorre el mundo en el presente siglo, y las profecías de Marx quedan hoy pálidas ante las de Malthus. Concluye el autor de Capitalismo y revolución que mientras eso no se afronte y el desequilibrio demográfico no reciba la solución adecuada, la tensión y la violencia internacionales y la agresión al equilibrio ecológico nos amenazarán como la espada de Damocles. Además de a Karl Marx, Tortella menciona haber estudiado a fondo para este volumen suyo a otros teóricos de la historia de la economía: Douglas North, Richard Hicks, Walt W. Rostow,  Joseph Schumpeter, Louis Gottschalk, Robert Palmer, Jacques GodechotJohn Maynard Keynes.

El Estado de Bienestar: a favor y en contra

A favor y en contra. Manual de debate es una guía para disputar sobre temas controvertidos, de actualidad y de interés general. Pero sobre todo es una ayuda para poner en juego argumentos de peso. Conocer las razones contrarias ayuda a robustecer el propio punto de vista, a difundirlo con criterios sólidos, a buscar la realidad de las cosas y a evitar la fuerza, la imposición y la manipulación. Es algo que con gran precisión, en contra de lo que muchas veces se piensa, se usaba en ciertos ambientes de la Edad Media. Véase este artículo: Thomas Aquinas and the art of making a public argument. Aquí lo vamos a emplear aplicándolo al caso del Estado de bienestar. Debbie Newman y Ben Woolgar: “A favor y en contra. El libro del debate”. Rialp, 2018
Debbie Newman y Ben Woolgar: «A favor y en contra. El libro del debate». Rialp, 2018
Escribe José María Garrido Bermúdez en el prólogo de A favor y en contra. Manual de debate: «Si nos vamos formando el juicio y somos honrados, nuestras ideas harán justicia a la realidad. Sin embargo, a nuestros lapsus de honradez se suma una carretada indeseable: para empezar la ignorancia, las infiltraciones de noticias falsas, la parcialidad arraigada en nuestra finitud, la prisa impuesta por la acción y nuestra cultural insistencia en el individualismo. Como consecuencia, nos equivocamos hasta límites casi irracionales, y en esa circunstancia -más si pensamos solos-, nos instalamos claudicantes en ideas obcecadas o miopes.» Aun así, añade Garrido, «el consejo fundamental es no creerse todo, ni a favor ni en contra. Y es lógica esta recomendación, pues un manual de argumentos no sustituye el uso de la razón. Como no podría ser de otra manera, en cada tema de debate de los aquí tratados, ni los argumentos que se aducen son todos los posibles ni siempre son los mejores posibles».

El Estado de Bienestar

A modo de ejemplo, transcribimos cómo se trata en A favor y en contra. Manual de debate el tema del Estado de Bienestar (pp. 41-42): La esencia del Estado de Bienestar es proveer bienes y servicios a todas las personas de un país, independientemente de su capacidad de pago. Se funda en la creencia de que todo el mundo merece la misma calidad de ciertos servicios públicos esenciales, sin considerar cuánto dinero ganan. Las pegas pueden ser tanto ideológicas (se recompensa a quien no lo merece) como prácticas (da resultados pobres).  En este debate hay cuestiones de definición importantes… Se debería coincidir en líneas generales sobre la serie de cosas, creciente y algo imprecisa, que cubre el Estado de Bienestar, desde la escuela hasta los subsidios de paro.
A favor
  1. La sociedad debe dar enseñanza gratuita (incluida la universitaria), cobertura sanitaria, subsidios de desempleo y por enfermedad, y pensiones de jubilación a todos.  Son derechos fundamentales de una sociedad humana (y a veces se dice que la piedra de toque de una sociedad civilizada es con qué atención cuida de sus pensionistas).
  2. Los servicios sociales de propiedad o de gestión estatal pertenecen a la nación y, por tanto, deben estar disponibles para todos. Son una manifestación tangible de la responsabilidad de la sociedad hacia cada uno de sus miembros. Todos pagan impuestos, así que todos deben recibir prestaciones sociales gratuitas.
  3. Por razones de igualdad, no debe existir la educación privada, ni la sanidad ni las pensiones privadas. El Estado debe tener el monopolio de las prestaciones sociales para asegurar unos servicios verdaderamente eficientes -mediante economías de escala y centralización- que aseguran también la igualdad. Los mejores recursos pueden ser distribuidos a través del sistema público en lugar de reservarse para una elite que puede pagar escuelas y sanidad privadas.
  4. Las sociedades con menos desigualdad casi siempre funcionan mejor en un amplio espectro de parámetros de bienestar. La disminución del estrés y la mayor cohesión social conllevan resultados tremendamente positivos para las personas, incluyendo la mayor esperanza de vida, la disminución de la criminalidad y registros de niveles de felicidad mayores.
En contra
  1. Las prestaciones sociales no deben darse de modo sistemático, sino solo en casos de extrema necesidad. El Estado de Bienestar debe funcionar solo como una red de seguridad. Incluso en los países comunistas y en la Gran Bretaña posterior a la guerra, donde había gran entusiasmo por estas ideas, la situación ha hecho que las prestaciones gratis para todos sean un sueño irrealizable.
  2. La sociedad es responsable de todos sus miembros, pero ellos, del mismo modo, no deben recibir todos prestaciones sociales si pueden pagar sanidad, educación o pensiones privadas. Todas las ayudas del Estado deben estar condicionadas según el nivel de ingresos de manera que las reciban solo los verdaderos necesitados.
  3. Es justo que quienes trabajan más y tienen más éxito tengan la posibilidad de pagarse una educación y sanidad de más calidad, puesto que no se trata de derechos, sino de lujos o privilegios que se pueden pagar. La privatización de la sanidad, de la enseñanza o de las pensiones implica competir en el mercado libre y, por tanto, servicios mejores y más baratos.
  4. Aunque muchos Estados volcados en las prestaciones sociales pueden ayudar a mucha gente, lo consiguen de modo inaceptable, disminuyendo la calidad de vida de la gente con más éxito en la sociedad. Estas personas no pueden ser usadas como una red de seguridad para los fracasos de los demás. Al contrario, se les debe permitir vivir en paz y disfrutar de la propiedad que han trabajado, sin interferencias del Estado.
«Ni los argumentos que se aducen son todos los posibles ni siempre son los mejores posibles», señalaba Garrido. La lista anterior se puede y se debe mejorar, y justo esta página web sobre Justicia Social se ha propuesto esa tarea. Ya un importante complemento a lo de arriba es este artículo de nuestra web: Libertad económica, capitalismo y ética cristiana

Adela Cortina, premio Derechos Humanos

El Consejo General de la Abogacía Española, en la categoría de “Personas», ha premiado este año a Adela Cortina, en la XX Edición de Derechos Humanos de la Abogacía Española. Adela Cortina es una eximia figura de la ética y de la filosofía jurídica, catedrática de Ética y Filosofía Jurídica, Moral y Política de la Universidad de Valencia desde 1986, además de directora de la Fundación ÉTNOR para la ética de los negocios y las organizaciones.

Continue reading «Adela Cortina, premio Derechos Humanos»

Martin Rhonheimer: «Libertad económica, capitalismo y ética cristiana»

Martin Rhonheimer es el presidente del Instituto Austriaco de Economía y Filosofía Social. En Libertad económica, capitalismo y ética cristiana (Unión Editorial, 2017), el autor confronta principios centrales del pensamiento social cristiano, como la dignidad, el bien común, la justicia social y el principio de subsidiariedad, con las ideas y autores de la tradición liberal clásica.

Avance

Martin Rhonheimer reflexiona sobre la importancia de proteger y potenciar la libertad y la responsabilidad de los ciudadanos y critica las tendencias expansivas de los Estados de bienestar contemporáneos. Para ello analiza en primer lugar la relación entre la libertad económica y la acción gubernamental, y el impacto que tiene sobre la solidaridad ciudadana la estructura burocrática del Estado de bienestar. Rhonheimer valora la economía de mercado como un potencial marco institucional canalizador de la justicia social.  Para él hay armonía entre la economía libre o capitalista y las bases antropológico-morales de la tradición judeo-cristiana. El autor subraya la importancia de un Gobierno limitado puesto que es la economía libre la que consigue el bien común en una sociedad libre.

Los trabajos incluidos en el presente volumen ofrecen un punto de vista sólido y desafiante frente al pensamiento dominante en temas de economía, política y sociedad. De ello dan cuenta las citas que ofrecemos al final de esta entrada.

ArtÍculo

La condena del interés propio y del lucro está en la raíz de la mayor parte de la confusión que vive la Iglesia católica sobre el capitalismo y la economía del libre mercado. En el pasado —escribe Martin Rhonheimer en Libertad económica, capitalismo y ética cristiana (Unión Editorial, 2019)—, la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) mostró un «cierto sesgo en favor del intervencionismo y las regulaciones estatales», aun cuando no estuviera de acuerdo «con sus propios principios básicos, por ejemplo, la subsidiariedad y los derechos de propiedad». Sigue argumentando: «La ganancia del capitalista es la recompensa que él o los accionistas de una compañía tienen el justo derecho de esperar o de recibir por haber asumido su propio riesgo». Aun cuando la realidad no siempre concuerda con esta idea, «esta ha demostrado ser exitosa y aportar una ventaja real para la sociedad en su conjunto». Por lo tanto, aunque la ganancia del capitalista sea mucho mayor de lo que parecería merecer según los estándares de la justicia, «su expectativa de ganancia y la motivación que esta conlleva son sumamente útiles para la sociedad toda, sirviendo así al bien común».

Martin Rhonheimer: Libertad económica, capitalismo y ética cristiana
Martin Rhonheimer: Libertad económica, capitalismo y ética cristiana. Unión Editorial, 2017

El magisterio social de la Iglesia tiene su punto de partida con la encíclica de León XIII Rerum novarum, de 1891, en un momento en que el «catolicismo generalmente se oponía al mundo moderno, a saber, al espíritu moderno de los negocios y el capitalismo, que los principales teólogos y referentes de la prensa católica solían identificar con un espíritu esencialmente impropio de un cristiano e incluso “judío”». A esto se unía y se une otro problema. Según Rhonheimer, «no solo entre los cristianos de izquierda y prosocialistas, sino también en círculos eclesiásticos más conservadores, aun hoy se hace caso omiso de un pensamiento económico sólido, tan ventajoso para los pobres, y con frecuencia se lo sigue tildando de insensible, egoísta y al servicio únicamente de los ricos».

Centesimus annus, una encíclica de san Juan Pablo II publicada en 1991, supuso un giro porque respaldó el capitalismo. Centesimus annus entiende el capitalismo como un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado y de la propiedad privada, de la libre creatividad humana en el sector de la economía. La economía libre de mercado, según Centesimus annus, «es el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades». Según Rhonheimer, esa encíclica adopta además «una visión sobre el Estado de derecho, la separación de poderes, la democracia y el papel del Estado respecto de la economía en el marco de la mejor tradición del constitucionalismo liberal y el ordoliberalismo». Con esta promulgación, señala Rhonheimer, Juan Pablo II abandonó la idea de que la DSI es «una ‘tercera vía’ entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista», como anunció en su encíclica de 1987 Solicitudo rei socialis.

Desde Centesimus annus, la DSI defiende la idea de una economía de libre mercado capitalista, bien entendida, que incluya «la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa» y «que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente», como se señala en esa encíclica. 

Según el Compendio de la DSI, «la propiedad privada es un elemento esencial de una política económica auténticamente social y democrática y es garantía de un recto orden social». A la vez, «la tradición cristiana nunca ha aceptado el derecho a la propiedad privada como absoluto e intocable». Siempre lo ha entendido «en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la creación entera: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes» (n. 282). Y según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), «el destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio» (n. 2403). El Concilio Vaticano II, en la constitución Gaudium et Spes, n. 71, subraya: «La misma propiedad privada tiene también, por su misma naturaleza, una índole social, cuyo fundamento reside en el destino común de los bienes».

Rhonheimer insiste en que «los que se arrogan juicios morales sobre el capitalismo y la economía del libre mercado» ignoran «en muchos casos también hechos y datos obvios», como «la continua disminución durante los últimos decenios y en el mundo entero de la pobreza extrema» y «de la desigualdad entre las naciones más ricas y más pobres», y esto «gracias a políticas favorables a la libertad económica».

Para este teólogo, filósofo y sacerdote suizo, «la actual crisis moral y el galopante consumismo no son consecuencia del ‘capitalismo individualista’, sino de un Estado del bienestar repartidor de dinero y de estímulo equivocados, cuando no perverso». Bastaría para solucionarlo que el Estado «impulsara leyes que protegieran la propiedad privada». Solo así «el capitalismo, la libre empresa y la competencia reforzarían entonces la responsabilidad propia, el espíritu de iniciativa y la solidaridad. Una sociedad como esa también sería, sin duda alguna, más cristiana, o tendría mejores oportunidades de serlo».


Tanto el índice de Libertad económica, capitalismo y ética cristiana como el primer capítulo los ofrece la editorial en su página web.

A continuación reproducimos una serie de citas de Martin Rhonheimer procedentes de este primer capítulo: «’El malvado capitalismo’. La forma económica del dar» 

«El capitalismo es en esencia la forma económica del dar: el capitalista invierte, y para ello pone su riqueza a disposición de los demás. Los primeros beneficiados son quienes perciben un salario gracias a los puestos de trabajo así creados» (Martin Rhonheimer, p. 40).

«Una cosa son el capitalismo y la economía de mercado -que constituyen el único camino que lleve a la “riqueza de las naciones”- y otra las condiciones históricas concretas y los frecuentes fallos humanos que han acompañado la configuración y la evolución del capitalismo moderno» (Martin Rhonheimer, p. 41).

«En el siglo XIX existía en las zonas agrícolas una increíble presión demográfica… la tierra no podía alimentar a sus habitantes… la emigración… el capitalismo industrial salvó de morir a esas masas de desempleados» (Martin Rhonheimer, p. 42).

«La I Guerra Mundial y los años posteriores dieron al traste con muchos de esos logros. La guerra forzó al Estado a convertirse en el principal agente económico. En muchos lugares comenzó así la fatídica coalición del Big Governmenty el Big Business. Hoy en día llamamos a eso ‘capitalismo clientelista’, una perversión del capitalismo» (Martin Rhonheimer, p. 43).

«Por primera vez aparece en ese contexto (encíclica Quadragesimo Anno, publicada en 1931) la expresión ‘justicia social’, la poco clara expresión de ‘justicia social’ como tarea del Estado para corregir las fuerzas del mercado. El mercado fracasa como principio regulador y el Estado debe hacer justicia: así se dijo fatídicamente desde ese momento en adelante». (Martin Rhonheimer, p. 44).

La responsabilidad por el desempleo

«La crisis financiera de 2008 nunca se habría producido si solo hubiesen entrado en juego las fuerzas del mercado y la mentalidad empresarial hubiese determinado la marcha de los acontecimientos… La crisis no fue consecuencia del capitalismo, de la economía de mercado y del espíritu emprendedor, sino, al contrario, consecuencia de un gigantesco fracaso de los responsables políticos y del Estado» (Martin Rhonheimer, p. 45).

«También el euro fue un proyecto meramente político que no seguía ninguna lógica de mercado» (Martin Rhonheimer, p. 45).

«La responsabilidad por el elevado desempleo que sufren muchos países de la eurozona también recae en parte en los sindicatos, que, llevados del egoísmo y poseídos por el afán de conservar su propio poder, impiden la desregulación del mercado de trabajo. Así, junto con la exigencia de salarios mínimos, de programas públicos de estímulo de la coyuntura y de numerosas otras intervenciones del Estado, obstaculizan con una carga tributaria exorbitante el dinamismo creador de riqueza de la libre empresa. Es decir, del capitalismo» (Martin Rhonheimer, p. 45).

«La economía no es un juego de suma cero: la prosperidad de los ricos no tiene su causa en que se les haya quitado algo a los pobres» (Martin Rhonheimer, p. 46).

«Allí donde reinan condiciones capitalistas, y no como sucede en diversos en diversos países de Iberoamérica condiciones postcoloniales y feudales, la riqueza de los ricos ha sido ‘creada’, y no a costa de los pobres. Si no la hubiese, todos, también los paupérrimos, serían más pobres. El capitalismo no quieta nada a nadie -según afirma el marxismo-, sino que crea nueva riqueza» (Martin Rhonheimer, p. 46).

«Existe, obviamente, desigualdad injusta, basada en la exclusión sistemática de grupos sociales y étnicos de las posibilidades de acceder a la educación y al trabajo. Pero la desigualdad no es eo ipso injusta, sino que precisamente en una economía dinámica y en auge resulta inevitable» (Martin Rhonheimer, pp. 46-47).

«En una economía nacional dinámica, el bienestar de las clases bajas aumenta, pero al principio (a causa de la acumulación de capital necesaria para el desarrollo económico) también lo hace la desigualdad. De lo contrario, no se crearían puestos de trabajo y no habría innovación. Y es que tampoco existirían los correspondientes estímulos: ¿quién va a invertir y asumir riesgos sin la perspectiva de, al hacerlo, obtener una ganancia y enriquecerse?» (Martin Rhonheimer, p. 47).

«El intento de hacer justicia social con medidas estatales ha causado más males que bienes, tanto en la política de ayuda al desarrollo como en la política social de los distintos países. Ha sido el ‘malvado’ capitalismo el que, en realidad, ha creado la riqueza que el Estado redistribuye después en nombre de la justicia social» (Martin Rhonheimer, p. 50).

«El Estado del bienestar ‘consume’ riqueza, además es improductivo, obstaculiza la economía a la hora de crear más riqueza, es decir, a la hora de hacer que aumente el pastel de tal modo que a todos les toque una parte mayor» (Martin Rhonheimer, p. 51).

«Si no fuese por la desaforada redistribución y por el endeudamiento estatal resultante de ella, todos seríamos más ricos, también los más pobres» (Martin Rhonheimer, p. 51).

«Sin la burocracia estatal dedicada a la beneficencia y a la redistribución, la sociedad también sería más solidaria: habría menos pobres, pero quienes lo fuesen necesitarían realmente la ayuda de sus conciudadanos. Ya no podríamos escudarnos en que al pagar nuestros impuestos ya hemos cumplido nuestra obligación. El principio de subsidiaridad desplegaría todo su potencial» (Martin Rhonheimer, p. 51).

«La actual crisis moral y el galopante consumismo no son consecuencia del ‘capitalismo individualista’, sino de un Estado del bienestar repartidor de dinero y de estímulos equivocados, cuando no perversos» (Martin Rhonheimer, p. 51).

«La justicia social -¡cuántas veces ha servido este concepto para justificar políticas que atacan el bien común!- no consiste en disminuir la desigualdad haciendo más pobres a los ricos… sino en hacer más ricos a los pobres … con el aumento de oportunidades de trabajo» (Martin Rhonheimer, pp. 51-52).

«El modelo de ‘Estado social’ que conocemos hasta ahora ha quedado obsoleto, y no solo no podemos pagarlo, sino que todos sufrimos las consecuencias de sus erróneos estímulos económicos y morales. Ese modelo solo puede funcionar porque el Estado cuenta con la posibilidad, gracias a su monopolio del dinero, de sufragar el cada vez mayor endeudamiento mediante la constante inflación de la masa monetaria y las bajadas de los tipos de interés, lo cual, por otra parte, equivale a expropiar a los ahorradores. De ese modo los políticos hacen constantemente nuevas y caras promesas» (Martin Rhonheimer, p. 52).


Imagen de cabecera: Puente de Brooklyn y Manhattan. Shutterstock id 1057930991 / © blurAZ. Se puede consultar aquí

Chesterton ofrece «Un buen puñado de ideas» excelentes

En la colección de aforismos de la editorial Renacimiento, llamada “A la mínima”, se ha publicado un grueso volumen de aforismos de Gilbert Keith Chesterton (1874-1936). Han sido seleccionados, prologados y, en buena medida, traducidos por Enrique García-Máiquez y Luis-Daniel González, conspicuos chestertonianos españoles.


 

Gilbert K. ChestertonUn buen puñado de ideas. Renacimiento, 2018. 479 páginas.


 

Al gran escritor inglés Gilbert Keith Chesterton (1874-1936) empieza a dar vergüenza presentarlo, de tan conocido como es, gracias —particularmente— a tantas frases suyas brillantes, que nos iluminan el mundo, y que están en boca de muchos y en los oídos de todos. En el prólogo del libro, un microensayo de García-Máiquez que se publicó, como primicia exclusiva en 2011 en Nueva Revista bajo el título de Chesterton, autor-sobrevenido de aforismo, se nos explica que se trata de “aforismos sobrevenidos”, esto es, rebuscados en la obra completa del autor inglés.

Es una paradoja netamente chestertoniana: en la percepción de los lectores, se impone Chesterton como autor de aforismos, aunque él, que practicó con maestría casi todos los géneros, desde la poesía hasta la novela policíaca, pasando por el ensayo, el columnismo, la narración, la oratoria, la hagiografía, el teatro y la autobiografía, jamás los escribió. Su réplica a un poema de T. S. Eliot sí podría ser, en cambio, un atisbo profético de lo que está pasando. Eliot había rematado su poema, crítico con el mundo moderno y su hondo nihilismo depresivo, augurando que acabaría apagándose tristemente en un susurro. Chesterton, más partidario de enfrentarse a la modernidad que de representarla, declaró que el mundo acabaría con una explosión. Y ciertamente, lo de los aforismos chestertonianos parece un estallido atómico, cuya onda expansiva no deja de aumentar.

Tampoco (y quizá sea la sorpresa de este volumen) para de aumentar la talla intelectual y literaria de Chesterton. Por supuesto, entre los aforismos nos encontramos al reconocible apologista (“La única herejía realmente imperdonable es la ortodoxia”), al infatigable humorista (“Es tonto presumir de modesto”) y al optimista inoxidable (“A universo regalado no le mires el diente”). Pero también a un audaz pensador político, tan opuesto al capitalismo como al socialismo: “La única rebelión realmente práctica es la que también es un arrepentimiento”. A un crítico literario iluminador: “Es una debilidad subrayar aquello que ya es suficientemente fuerte si se sugiere”. A un periodista crítico: “No es necesario añadir comentarios a noticias bien elegidas”. A un poeta constante: “Es siempre la persona prosaica la que exige temas poéticos”. E, incluso, a un filósofo en acción: “Hay una importante diferencia entre no entender una cosa y malentenderla”, entre muchas otras facetas.

Jorge Luis Borges dijo que «la obra de Chesterton es vastísima y no encierra una sola página que no ofrezca una felicidad» y añadió que «quizá ningún escritor me haya deparado tantas horas felices como Chesterton». Para hacer este libro los editores han ido, página a página, espigando ese buen puñado de felicidades por la vasta obra completa para que las felicidades se dispongan, finísimas, una tras otra, en cada página.

 

Innovación y transferencia del conocimiento: replanteando una nueva misión de la universidad

UNIR organizó el 13-11-2018 un seminario sobre «Innovación y transferencia de conocimiento». Los participantes señalaron que la transferencia del conocimiento es una nueva misión de la universidad, pero hay que planificarla con el mundo empresarial para que efectivamente resulte útil. El coordinador de la jornada fue Guillermo Calleja, catedrático de Ingeniería Química de la URJC. La inauguración correspondió a José María Vázquez García-Peñuela, rector de UNIR.Continue reading «Innovación y transferencia del conocimiento: replanteando una nueva misión de la universidad»

Esteban Torre: LXII sonetos

Jorge Luis Borges llamó la atención sobre el hecho de que algunas formas clásicas de poesía quedaron completamente obsoletas, mientras que el soneto, inventado por Giacomo da Lentini en el bendito siglo XIII, sigue siendo capaz –prodigioso Proteo— de adaptarse a la poesía más actual, mejor incluso que el vanguardismo de ayer, dándonos infinitas muestras de la mejor poesía. El nuevo libro de Estaban Torre (Sevilla, 1943) viene a demostrarlo con 62 sonetos. No hacía falta. En el prólogo de una reciente colección de Jon Juaristi, Sonetos a la patria oscura, el brillante prologuista Rodrigo Olay nos recuerda una anécdota: «Cuando, desde su inicial poética del silencio, [Jaime Siles] empezó a sentirse atraído por formas más ajustadas y ceñidas […] tuvo la oportunidad de comentar con Rafael Alberti las dudas que le ofrecía escribir sonetos, porque temía caer en el reaccionarismo estético. La respuesta del autor de Cal y canto a las reservas de Siles no pudo ser más memorable: “Eso es como pensar que la línea curva ha pasado de moda”». No hacía falta, pues, que Esteban Torre nos recordase la inmortalidad y la infinitud del soneto, pero da gusto y emociona leerlo, que es de lo que se trata en poesía.


Esteban Torre: LXII Sonetos. Renacimiento, 2018. 114 páginas.


Está omnipresente en el libro el Esteban Torre profesor de Historia de la Literatura. En todo momento estamos ante un tratado por lo práctico de la teoría del soneto. Los despliega de todo tipo, factura e intención: clásicos, asonantados, blancos, de arte mayor, de arte menor, metapoéticos, teológicos, irónicos, líricos, metafísicos, políticos, lúdicos («Cambio de hora»), vanguardistas («Bongo-bongo»), circunstanciales, etc. Sólo faltan los imperfectos. Podría ser el manual de un curso monográfico. El meticuloso prólogo de María Victoria Utrera Torremocha no deja un hilo suelto y redondea este aspecto estudioso del volumen.

También está presente el magistral traductor que Estaban Torre es. Algunos sonetos transmiten la impresión de ser transparentes ejercicios de transposición de una idea brillante al idioma de la poesía. Que escribir versos incluso en el propio idioma podría ser un ejercicio análogo a una traducción lo apuntó Eugenio d’Ors y, en los poemas más circunstanciales de esta colección, puede verse el preciso trabajo de laboratorio de quien domina perfectamente el oficio.

Entre la erudición y la técnica, entre el placer de la inteligencia y la voluptuosidad del verso, se cuelan, sin embargo, otros poemas que, sin renunciar ni a lo uno ni a lo otro, también traslucen el alma del poeta y provocan una emoción estrictamente lírica. No otra cosa pasa en la mentada colección de Jon Juaristi, donde sonetos como “Bárbara” o “Rosario” sobresalen del resto por un pellizco de altura: a la altura del corazón. Aquí ocurre, por ejemplo, con el «Abril» de Esteban Torre: «El aire, claro. El cielo, azul y frío./ Más blancas que el jazmín y que la nieve, / se deshilan las nubes. No se atreve/ ya la rosa a cubrirse de rocío.// El almendro, el laurel, el griterío/ de las aves. El sauce no se mueve./ La gaviota, con su vuelo breve,/ traza un arco de sueño sobre el río.// Silba el mirlo y arrulla la paloma./ Y, entre las ramas del naranjo, asoma/ su dulce despertar la primavera.// Luego la lluvia, el sol, la nube, el viento,/ las sombras y la luz. Por un momento,/ late una paz profunda y verdadera».

Ni la elección de este soneto ni la mención al libro de Jon Juaristi son casuales porque quizá la característica más distintiva de Torre es que se adscribe a una tradición sevillana de sonetistas con la misma fidelidad que Juaristi lo hace a una tradición bilbaína (Unamuno, Otero, Aresti, Fernández de la Sota…). Mientras el soneto vasco se asemeja a una escultura tallada en piedra o fundida en hierro, el andaluz es una acuarela o quizá el rasgueo de una guitarra a la sombra de una vieja parra (para ponernos manuelmachadianos…). El soneto «Abril» podría ser un cuadro de Carmen Laffón o unos versos de Fernando Ortiz, Jacobo Cortines o Juan Lamillar. Incluso esa serie de simpáticos sonetos a gatos, que traen a la memoria al Nobel T. S. Eliot, nos recuerdan que fue la sevillana Regla Ortiz la traductora del Old Possum’s Book of Practical Cats y que la conexión inglesa tiene, desde Cernuda, un cierto acento andaluz y mucho envés de Eliot.

La conexión sevillana se remonta más, sin embargo: hasta los poetas metafísicos andaluces del siglo de Oro: Arguijo, Medrano, Rioja, Jáuregui. Torre es heredero de su afán de claridad, tanto que en el soneto «Arte Poética» se atreve con la hipérbole (andaluza) de afirmar «que Garcilaso le parece oscuro». Comparte con ellos el tono sentencioso y reflexivo, motivado incluso por los mismos paisajes, como en el soneto «Itálica»; y, en los mejores momentos, nos transmite un afinado temple moral: «No desprecies a nadie. Ni a ti mismo siquiera».