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La olvidada idea de la nobleza de espíritu

Uno de los temas de nuestro tiempo, cuya importancia revelan varios ensayos de éxito, es el afán por revitalizar la antigua idea de la nobleza de espíritu. Antigua y tan seria, que, para analizarla, hacen falta múltiples perspectivas (y una pizca de humor).

Pasma la actualidad de don Quijote dándose cuenta de que «la cosa de que más necesidad tenía el mundo era de caballeros andantes, y de que en él se resucitase la caballería andantesca». El éxito comercial en numerosos idiomas del libro Nobleza de espíritu (una idea olvidada) de Rob Riemen indica, en buena teoría económica, que su oferta ha encontrado una demanda global en un público ávido. La ejemplaridad que postula el filósofo Javier Gomá también ha conocido un inmenso predicamento de público y crítica. El best-seller del fenómeno mediático Jordan B. Peterson 12 rules for life (Random House, 2018) puede leerse como un manual de nobleza para la posmodernidad, que incluye hasta el preceptivo combate contra el dragón. Incluso los populares libros de autoayuda, ¿no hacen el papel de aquellas novelas de caballerías que sorbieron el seso en noches de claro en claro a Alonso Quijano?

«»Cuando examino de cerca a nuestra jet-set, tengo la tentación de sentarme y escribir El mediocre Gatsby» (Millôr Fernandes)»

Cuando uno va sobre la pista, resulta difícil hallar un ámbito en el que no echemos en falta la nobleza de espíritu. En lo social, lo clavó un chiste que surgía con la última crisis económica: «La clase trabajadora no tiene trabajo, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase». El brasileño Millôr Fernandes entonó ese lamento, haciendo hincapié en las oligarquías que no están a la altura: «Cuando examino de cerca a nuestra jet-set, tengo la tentación de sentarme y escribir El mediocre Gatsby». El premio Nobel T. S. Eliot consideraba que el daño más irreparable de los innumerables que Inglaterra había infligido a Irlanda fue «The Flight of the Wild Geese», esto es, el exilio de sus élites.

En política, la necesidad imperiosa de una aristocracia la sostienen Polibio y Cicerón, Burke y Tocqueville. El régimen ideal es la «constitución mixta», que mezcla elementos monárquicos, aristocráticos y democráticos. Se nos ha volatilizado un elemento, aunque sigamos teniendo monarquía y democracia. Quizá la crisis de identidad de nuestra Cámara Alta, más que en el laberinto territorial, haya que buscarla en la ausencia de una aristocracia del espíritu. La importancia política de esta nobleza no solo es institucional. Al surgimiento de las masas en el primer tercio del siglo xx, calificado como «invasión vertical de los bárbaros», los intelectuales más atentos respondieron con una llamada de auxilio a la nobleza de espíritu, ya la llamasen «élite», como Ortega y Gasset, «caballería intelectual», como Eugenio d’Ors; o «aristocracia de intemperie», como Juan Ramón Jiménez.

Era la mejor resistencia a todo totalitarismo. Nicolae Steinhardt (Bucarest, 1912-1989) lo vivió y lo explicó en su Diario de la felicidad (Ediciones Sígueme, 2007). Preso en un despiadado campo de concentración en la Rumanía comunista, sus compañeros y él hacían bandera de su trato caballeroso en las condiciones más infrahumanas como muestra de un señorío irreductible. Steinhardt lo enlaza con el cristianismo (explica, con perspicaces glosas, que Jesús era el perfecto gentleman) y con el deber de la inteligencia y la cultura. Para él la estupidez es pecado; la libertad, aristocracia; la valentía, el secreto de la felicidad; y la buena educación, la caridad. En sus desnutridos vecinos de celda miserable encuentra «una atmósfera de grandeza, de medievalismo hierático; ondean invisibles capas de púrpura, refulgen espadas de Damasco. Cada gesto revela un quijotismo contenido».

T. S. Eliot consideraba que el daño más irreparable de los innumerables que Inglaterra había infligido a Irlanda fue «The Flight of the Wild Geese», esto es, el exilio de sus élites.

La nobleza de espíritu no es solo un desactivador del totalitarismo, sino de otros problemas contemporáneos. Con su indomable acento puesto en lo personal, en la dignidad única de cada uno, ¿no ejerce una audaz resistencia a la fascinación por los fenómenos de masas y a la obsesión por lo cuantitativo como argumento de autoridad, ya sean likes, número de ventas, tantos por ciento o recuentos de votos? «Aunque todos, yo no» es la vacuna que la nobleza de espíritu dispensa. Frente al fracaso o la impotencia de la ética del hedonismo, cuya insistencia en el placer egocéntrico conduce a tanto vacío, se alza la posibilidad de la ética aristotélica del perfeccionamiento moral, intrínsecamente aristocrática. La nobleza de espíritu corrige los excesos del igualitarismo, por superación. También rechaza la corrupción política, el bullying, la mediocridad pública, la zafiedad sentimental, el trabajo mal hecho, las fake news… Cada cuestión podría desarrollarse mucho más, pero a nadie se le escapa que son «cosas que no hace un caballero».

Casi un siglo después de la llamada de auxilio de JRJ, de Ortega, de Eliot…, necesitamos la nobleza de espíritu como nunca. Un socialista de la vieja guardia, el intelectual Alfonso Lazo clamaba en un artículo de 29 de abril de 2018 en el Diario de Sevilla: «Los conceptos de élite, aristocracia, meritocracia, excelencia y competencia se han convertido en España en graves blasfemias que atentan contra la moral obligatoria de la igualdad por abajo. Espero de los más insumisos de los jóvenes que sean capaces de romper el tabú. Sentir orgullo de ser los mejores, competir noblemente, esforzarse, agruparse, celebrar las victorias, puesto que esos sentimientos y actitudes lejos de ser innobles caracterizan la nobleza de espíritu. […] Son precisamente los tiempos de barbarie y decadencia los que forjan las nuevas aristocracias que han de llegar».

Usted es el duque de Norfolk

La nobleza histórica fue extraordinariamente permeable. Solo empieza a subir sus puentes levadizos cuando, en la Baja Edad Media, se siente a la vez confortable y amenazada. Exige entonces escudos de armas (herramientas defensivas también en lo simbólico) y alambicadas líneas genealógicas para obstaculizar el ascenso y la competencia de nuevos nobles. En principio, la nobleza dependía del valor y del mérito. Una aristocracia cerrada deviene envejecida, egoísta, patrimonializada, puesta a plazo fijo y, como mucho, ornamental. Pierde, cerrándose, la conciencia de su misión.

Si la permeabilidad fue norma incluso en los momentos álgidos de la aristocracia gótica, mucho más en la nobleza de espíritu. Todos estamos llamados a ella. Boecio (480-524) supo decirlo en un claro latín: «Si primordia vestra autoremque Deum spectes, nullus degener existat», esto es, «Si miráis a vuestros orígenes y a Dios como vuestro creador, nadie hay inferior». En las democracias correctamente entendidas, igual. Chesterton no podía aceptar que el hallazgo de la democracia consista en que el duque de Norfolk sea como todo el mundo en vez de que todo el mundo sea como el duque de Norfolk.

La mención a Norfolk hace resonar clarines encantados y nos lleva en volandas a lomos de un Clavileño heráldico, pero la concepción republicana más severa también aspiró a un ciudadano que fuese modelo de virtud y excelencia. Hasta un duque le supo a poco. Según Pierre Manent, «la República quiso imprimir en el corazón de todos los niños franceses la lengua del rey», y aspiró a conseguirlo a través de una educación universal y elitista.

En toda democracia bien entendida, hay dos líneas de fuerza que deben encontrar un equilibrio tenso: la que protege la igualdad de todos y la que promueve la excelencia de todos. Si se olvida esta última, bajando los estándares en las escuelas o desdeñando el esfuerzo y menospreciando el mérito, caemos en un igualitarismo envidioso que acaba, a medio plazo, en el rencor a la excelencia. Con consecuencias corrosivas para la sociedad en su conjunto.

«Aunque todos, yo no» es la vacuna que la nobleza de espíritu dispensa. Frente al fracaso o la impotencia de la ética del hedonismo, cuya insistencia en el placer egocéntrico conduce a tanto vacío, se alza la posibilidad de la ética aristotélica del perfeccionamiento moral

El primer molino de viento contra el que ha de arremeter la nobleza de espíritu es el igualitarismo. El español permite dos expresiones aparentemente sinónimas pero contrapuestas. «Nadie es más que nadie», la más común, es la que un aristócrata del espíritu rechaza, no porque él se considere más que nadie, sino porque «se resiste a que le igualen con los superiores que admira» (Nicolás Gómez Dávila) y por aquella admirable coletilla de don Quijote: «No es un hombre más que otro, si no hace más que otro». La segunda expresión, en cambio, ha de ser el lema de todo demócrata aristócrata: «Nadie es menos que nadie», porque tenemos una dignidad insuperable, como la del duque de Norfolk.

¿Qué es la nobleza de espíritu?

Es más fácil hablar de nobleza de espíritu que definirla. Puede que resulte más fácil practicarla. En la entrevista de Nueva Revista (25 de mayo de 2018), Grau Navarro preguntó a Rob Riemen: «¿Qué es la nobleza de espíritu?» Y éste, autor de La nobleza de espíritu, titubeó: «Definirla es difícil, porque las definiciones pertenecen más al mundo de la ciencia. No se puede definir el amor, la amistad… Por eso narro y en esas narraciones intento reflejar la dignidad del ser humano, qué es lo que hace que la vida tenga sentido y merezca la pena ser vivida. Nuestra naturaleza necesita del significado. Nobleza de espíritu es una expresión que empieza con Sócrates y se encuentra en todas las culturas, es una expresión de bien. De eso va la vida. No se necesita mucho dinero… no se necesita nada para vivir la vida de acuerdo a la nobleza de espíritu».

Parece que se sale por la tangente, pero ofrece pistas impagables. La importancia de la narración, la relativa irrelevancia del dinero, nuestra deuda con Sócrates… Sus referencias vagas a realidades vigorosas como la dignidad, el sentido y el bien resultan vivificantes. A precisar más puede ayudarnos la etimología de «aristocracia», que remite a los mejores. Para los griegos, mejores en un sentido intelectual, social, ético y estético, completo. Para este tiempo, ¿mejores que quién, si hemos dictaminado ya que nadie es menos que nadie? Jordan B. Peterson propone la solución más aristocrática y democrática: mejor que tú mismo. Uno a uno somos nuestro término de comparación. Ser distinguido no es distinguirse de los demás, sino del peor yo de cada uno.

Al famoso oráculo de Delfos: «Conócete a ti mismo», la nobleza de espíritu añade el propósito que Píndaro regala a los atletas: «Llega a ser quien eres». Y, sobre ese lema olímpico, éste del Sermón del Monte: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto», donde se entrelazan el afán de mejora, la condición noble por antonomasia de ser el hijo de alguien y, por último, el ideal inalcanzable.

Si, según Gómez Dávila, «la vulgaridad consiste en pretender ser lo que no somos», la nobleza estriba en proponerse ser lo que pretendemos. El modo específico de lograrlo, recalca Riemen en la citada entrevista, es la educación liberal porque «literalmente quiere liberarnos de nuestra propia estupidez, de nuestros propios prejuicios, de nuestra propia ignorancia, de nuestros propios miedos. Es la παιδεία (paideía) griega, la Bildung alemana. Se trata de formar el carácter, de convertirse en auténtica persona, no en un simple individuo parte de la multitud. Lo importante es ser quien se supone que tengo que ser».

Chesterton no podía aceptar que el hallazgo de la democracia consista en que el duque de Norfolk sea como todo el mundo en vez de que todo el mundo sea como el duque de Norfolk.

La educación liberal nos aboca al destino singular de excelencia de cada uno. Este alumbramiento viene significado con el nombre que tal vez se reciba cuando se alcanza la victoria: el título nobiliario o el sobrenombre, según la historia, los cuentos infantiles y las novelas de caballería, o, con mayor certeza, el nombre verdadero, según el mismísimo Apocalipsis de San Juan: «Al vencedor le daré una piedrecita blanca en la que habrá grabado un nombre nuevo» (Apoc.2,17).

Nobilitas literaria

Como ese nuevo nombre se logra mediante la educación liberal, la nobleza de espíritu viene indisolublemente unida a la nobleza literaria. Thomas Mann asimila la nobleza de espíritu a la lectura de los clásicos. Matthew Arnold entendía la lectura como la ocasión de acceder a lo mejor que se había escrito y pensado. Maquiavelo, consciente de esa circunstancia, convertía la lectura en un rito y se vestía para la ocasión: «Llegada la noche regreso a la casa y entro en mi estudio; en su umbral me quito esta ropa cotidiana sucia y llena de lodo, y me pongo ropas regias y curiales; así, vestido decentemente, entro a las antiguas cortes de los antiguos hombres».

Se trata de «la gran conversación», que concibe toda la cultura occidental como una larga tertulia que comenzó quizá en los diálogos platónicos o antes, con Homero y con las historias de los patriarcas de Israel. No se ha interrumpido desde entonces. La inmemorial costumbre de citar a otros autores no es un alarde pedantesco ni una falta de confianza en la propia opinión, sino el modo de actualizar la gran conversación, practicando con los ejemplos. En el canto IV del Infierno, Dante se une al corro donde conversan Homero, Ovidio, Horacio, Lucano y Virgilio. Consciente de su nobleza como escritor aunque aún no es más que un desconocido joven poeta florentino, se enorgullece de ser «sexto junto a ellos». ¡Esa es la actitud! Muy bien descrita por don Francisco de Quevedo, señor de la Torre de Juan Abad:

Retirado en la paz de estos desiertos
con pocos pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.

[…]

La nobilitas literaria es también para todos. Cualquiera puede codearse con los espíritus más excelsos de la humanidad. ¡Con la de vueltas y revueltas que da un esnob para conseguir un saludo desganado de lejos en un club social de una ciudad de provincias! ¡O los selfies que la gente se abalanza a hacerse con cualquier famoso efímero! ¡Y hasta la más humilde biblioteca tiene a todo un señor duque de Rochefoucauld deseando que le concedamos audiencia para confiarnos sus pensamientos en la intimidad!

En toda democracia bien entendida, hay dos líneas de fuerza que deben encontrar un equilibrio tenso: la que protege la igualdad de todos y la que promueve la excelencia de todos.

José Jiménez Lozano es nuestro maestro de ser discípulo; por eso, la honda entrevista que reproducimos en este número resulta tan pertinente en esta sección de «Nobleza de espíritu». Él nos ha enseñado a llamar a nuestros escritores «gentlemen and friends», y a que lo sean. En su último libro, Memorias de un escribidor: Maestro Idro Huidobro. (Confluencias, 2018), el protagonista se encuentra con total naturalidad con Angélique Arnauld, Platón, Kierkegaard, Emily Brontë, Tolstoi y Cervantes, entre otros, sin necesidad de descender a ningún infierno. La gran conversación, como nos enseñó el Azorín de Al margen de los clásicos, no tiene que ser grandilocuente ni libresca, sino personal y vivida.

Grandes libros, grandes luchas

No basta ser un gran lector del canon occidental para ser noble de espíritu. George Steiner ha escrito páginas laceradas sobre esos jerarcas nazis cultivados y estetas, pero encarnizados y deshumanizados. Más allá de la curiosidad intelectual del erudito o de los exquisitos placeres del lector hedónico, que nunca están de más, se requiere la búsqueda de sentido, una forja de la personalidad, un ansia socrática del bien y un desafío personal a las demandas de la masa. El pensador húngaro Béla Hamvas señala en La melancolía de las obras tardías (Ediciones del subsuelo, 2017) que «con la epopeya no murió el sentido heroico de la vida. Se mantiene en la filosofía ética. Los grandes héroes de Homero eran los grandes sabios, y ahora es viceversa». No es una coincidencia que Alonso Quijano, el epítome universal del lector compulsivo, salga a los caminos desde el primer capítulo de El Quijote a enderezar tuertos y desfacer agravios.

El compromiso ético que surge de la lectura apasionada es el signo distintivo de toda nobleza de espíritu. Pocas anécdotas lo exponen mejor que la que cuenta Gregorio Luri en El deber moral de ser inteligente (Plataforma Editorial, 2018): «Durante la Segunda Guerra Mundial, la Armada norteamericana decidió ocupar el campus del St. John’s College de Annapolis. […] La decisión de las autoridades militares impedía el desarrollo del proyecto educativo del St. John’s College en torno a los grandes libros. Para preservar este proyecto, el rector decidió enviar al profesor que lo había impulsado a entrevistarse con el secretario de la Armada en Washington. Éste lo recibió con una orden taxativa: ‘Tiene usted exactamente un minuto para decirme por qué no debería usar sus edificios para ayudar a la Armada en tiempos de guerra’. El profesor, tranquilamente, sacó su pipa y comenzó a llenarla de tabaco. Atacó la cazoleta. La encendió y comprobó que tiraba bien. Dio una calada. Tras cincuenta y cinco segundos, se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta de salida, pero antes de salir dijo: ‘Porque sin lo que St. John’s intenta hacer, este país no estaría ahora luchando contra los nazis’. Este profesor era Jacob Klein, un filósofo judío especialista en Platón que había tenido que huir de Alemania. La Armada decidió ocupar otras instalaciones».

Si, según Gómez Dávila, «la vulgaridad consiste en pretender ser lo que no somos», la nobleza estriba en proponerse ser lo que pretendemos

El combate intelectual al que aboca la nobleza de espíritu exige el ejercicio de la virtud, que significa «fuerza» y no cualquiera: aquélla —acompañada del valor, de la sobriedad, de la honestidad— propia del «vir» romano. Quizá no exige el ejercicio de todas las virtudes (aunque sea difícil establecer compartimentos  estancos), pero sí, en todo caso, de las grandes. Como las expone Natalia Ginzburg en su tratado Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2002): «En relación con la educación de los hijos pienso que se les debe enseñar, no las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia ante el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber».

La estrecha relación entre virtud y aristocracia es una constante en las grandes obras. Shakespeare constata, a través de Tasia, en Pericles de Tiro: «Supón que nació plebeyo, mas su vida demuestra lo contrario; además, tiene virtud, genuino fundamento de nobleza, suficiente para ennoblecerlo». Virtud y aristocracia hallan su conexión a través de la nobleza de espíritu, porque, como explica Cervantes: «Todo aquel que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en el número del vulgo».

Metáfora obliga

Tan importante como no confundir la nobleza de espíritu con el relumbrón intelectual ni con cualquier clase de vida virtuosa es no cegarse a la metáfora rampante en su campo de gules semántico. La del espíritu es una nobleza. Y reclama para sí todo el imaginario de la aristocracia ideal.

En la nobleza de espíritu tienen, como en la de la sangre, una importancia capital la tradición y la genealogía. El idioma no se equivoca cuando habla de «herencia cultural» o «patrimonio artístico» ni lo ha hecho en absoluto François-Xavier Bellamy al titular Los desheredados (Encuentro, 2018) su best-seller sobre las nuevas generaciones a las que no estamos sabiendo legar las mejores joyas de nuestra cultura. Descender intelectualmente de los grandes y enorgullecerse humildemente de ello es esencial. Sin olvidar que somos también copropietarios del tesoro de una lengua en la que hallamos las palabras con las que expresar lo bello y lo bueno.

La nobleza, además, implica ingenuidad, capacidad de asombro y presteza para admirar. Nadie menos sabio que el resabiado, ni más plebeyo. Esa ingenuidad tiene raíces etimológicas («ingenuo» era el nacido libre en Roma) y psicológicas. Quien ha sido educado por padres amorosos y atentos, propende a la generosidad, confía en los demás y mira el mundo con candor. Consciente de lo mucho que ha here-dado, nadie le ganará nunca en gratitud. A esta luz adquiere su auténtico sentido ese entusiasmo, tan caricaturizado, de las chicas bien o de Sebastian Flyte en Retorno a Brideshead cuando dicen sin parar y siempre entre signos de admiración: «Fenomenal», «Precioso», «Qué bien», «Millones de gracias», «Qué encanto»… No es un tic: es una consecuencia.

La sensibilidad jamás es flaqueza, sino piedra de toque del verdadero valor, que nunca es barbarie. Lo ejemplifican cientos de mitos, leyendas, poemas, historias y escenas de películas; podemos sintetizarlo con una milonga popular de Argentina:

Mi caballo es andaluz,
de lo que trajo Mendoza,
que no tiene miedo al tigre,
pero tiembla ante la rosa.

Ismael Grasa en La hazaña del día (Taurus, 2018) advierte contra la frivolidad de considerar la elegancia una frivolidad. En un mundo en que los adolescentes que sacan buenas notas se camuflan diciendo palabrotas y vistiéndose de malotes, el noble de espíritu no renunciará a la provocativa ostentación de un leve esnobismo o a la desvergüenza de un cándido puritanismo. La importancia dada al decoro, que puede parecer superficial a primera vista, se calibra gracias a su inesperado mantenimiento en circunstancias extremas. El único dueño que el malicioso lazarillo de Tormes respetó, el orgulloso hidalgo pobre, se erige como un símbolo literario, pero hay otro histórico y comunitario: el estreno de la sinfonía n.º 7 de Shostakovich, en pleno sitio de Leningrado en 1942. Según un testigo: «Debilitados por el hambre, en una ciudad en la que ya se estaban dando casos de canibalismo y cada día aparecían decenas de cadáveres en la calle, nos vestimos aquel día con nuestras mejores galas y joyas para recordar que todavía éramos seres humanos». Los músicos se desmayaban de hambre en los ensayos y, sin embargo, fue una interpretación memorable.

La inmemorial costumbre de citar a otros autores no es un alarde pedantesco ni una falta de confianza en la propia opinión, sino el modo de actualizar la gran conversación, practicando con los ejemplos

Ojalá pudiera ir sacando comunes denominadores de ambas noblezas, demostrando sus confluencias, demorándome en pasar de la metáfora a la analogía para culminar, quizá, en la identificación. Pero ni tenemos espacio ni tiempo ni el discreto lector lo necesita. En cambio, conviene no obviar un último guiño al humor. Es tan alto ideal la nobleza de espíritu e implica tantas exigencias que solo quien sabe reírse de sí mismo puede no caer ni en el desaliento ni, mucho peor, en la hipocresía. Entre tantas inolvidables, el Quijote nos da una lección imprescindible: las magulladuras, los batacazos, los revolcones y el ridículo forman parte de la más excelsa nobleza del espíritu.

Una defensa del humanismo

En estos tiempos de hipertiroidismo normativo y pensamiento colectivamente correcto, si hay algo que está en peligro de extinción, es el privilegio. Se nota desde la misma palabra, tan mal entendida, sobre todo en plural. Vulgarmente, se refiere a unas ventajas exclusivas y abusivas; pero, en realidad histórica y etimológica, el privilegio es la norma privada: la que obliga solo a una persona o a un círculo de personas. Como en democracia rige (o debiera) la ley, que por naturaleza es general, la única fuente del privilegio intacta es la del noble de espíritu que, como un señor en sus dominios, dicta sus reglas, a las que se somete estrictamente.

Hasta la más humilde biblioteca tiene a todo un señor duque de Rochefoucauld deseando que le concedamos audiencia para confiarnos sus pensamientos en la intimidad

El cumplimiento de la palabra es, por tanto, la piedra angular de la nobleza de espíritu hasta el punto de que el lema «Nobleza obliga» también puede y debe leerse en el espejo: «Obligación ennoblece». La nobleza de espíritu se reconoce en la autoexigencia. En 1952, el pintor Ramón Gaya escribe a su joven amigo, el poeta Tomás Segovia: «Trabaja. No te hagas enemigo de nada. No te diluyas, no te entregues en manos de lo vagoroso. Nada cuesta abajo […] Nada de privilegios [en el sentido vulgar] —eso es para los plebeyos—; aristocracia, mucha aristocracia, es decir obligaciones». Es decir, privilegio, en nuestro sentido estricto.

Lo vio Platón cuando se extrañaba de la expresión coloquial que describe a un hombre admirable como «dueño de sí mismo» (República, 439e). Si era su dueño, tenía que ser a la vez su siervo. Ese bucle aclara la relación entre libertad y obediencia, entre privilegio y aristocracia. El yo es el primer título de nobleza, la primera persona del singular: si uno no es dueño y vasallo simultáneo de sí, sino esclavo sucesivo de impulsos, modas, decretos y tópicos, ¿a qué señorío aspirar? Todos los defensores de la conciencia (J.H. Newman y Enmanuel Lévinas, entre tantos) han partido de esa necesidad férrea del hombre libérrimo de atenerse al dictado de sí mismo. Balzac fue el más didáctico y político: «El honor pone de manifiesto una ley natural que puede resistir a la ley positiva». Por eso Steinhardt y tantos otros, hasta llegar a Riemen, han considerado la nobleza de espíritu como la gran fuerza de resistencia a cualquier tiranía. Desde esa lealtad constitutiva a la conciencia hay que entender el retruécano retumbante de Vázquez de Mella: «No importa que los caballeros sean mendigos, con tal de que los mendigos sean caballeros».

Constatado lo cual, podemos eludir las loas a la pobretería. Es más fácil ser caballero sin ser mendigo. La nobleza de espíritu puede mirar a la pobreza sin miedo, pero también a la posesión sin vergüenza. La propiedad es una garantía de la libertad personal, favorece el dominio de uno mismo, ampara el desenvolvimiento de la conciencia, nos regala tiempo para el cuidado del alma y, desde luego, facilita la preocupación por los demás.

La nobleza de espíritu no conlleva contradicción con ninguna otra nobleza. De hecho, hay vasos comunicantes que merecerían una amena divagación. Muchos nobles de cuna han sido grandes escritores; y muchos grandes de la cultura han transitado el camino hacia la notoriedad social, como gustaron Ortega y Gasset y Eugenio d’Ors, que tan-to frecuentaron a las marquesas, dicho sea con una sonrisa benévola. En última instancia, el aristócrata auténtico siempre lo será de espíritu, más allá de otros méritos o títulos o posesiones o no. Cualquier nobleza sin su ánima sería un cadáver, quizá en un admirable mausoleo, pero no más.

La prueba de la existencia de ese espíritu será estar dispuesto a renunciar a todo menos a los principios de la conciencia, o sea, a todo menos al privilegio de verdad. Cioran cinceló el axioma: «Si la palabra ‘nobleza’ tiene algún sentido, será tan solo el de designar el consentimiento a morir por una causa perdida». Con esta disposición, se desactiva la última tentación de la aristocracia, que es valorar su honra y su prestigio más que nada. Michel de Montaigne pudo escribirlo espléndidamente: «Toda persona honesta prefiere perder el honor antes que la conciencia»; pero Tomás Moro tuvo que vivirlo, a su pesar, al pie de la letra al pie del cadalso. Quizá en ese momento recordó con una sonrisa una vieja frase suya: «Si el honor trajese cuenta, todo el mundo sería honorable».

No es una coincidencia que Alonso Quijano, el epítome universal del lector compulsivo, salga a los caminos desde el primer capítulo de El Quijote a enderezar tuertos y desfacer agravios.

La observación de Moro resume, sensu contrario, la tesis de estas páginas: todo el mundo podría ser honorable, la aristocracia es para todos. Pero no trae cuenta: requiere el trato humildante [sic]y admirativo con los mejores espíritus de la humanidad, implica reírse de uno mismo y que se rían de uno, exige una fidelidad esforzada a la conciencia y se expone, finalmente, siempre tras dar la batalla, a perderlo todo, si nobleza obliga. Los llamados son todos, pero muchos se tientan la ropa y pocos eligen responder. Sin embargo, gracias a esos pocos, la aristocracia sigue siendo para todos. Basta la existencia de un noble de espíritu o de un libro que lo describa o lo añore o lo sueñe para que su figura nos interpele y para que resuene, veinticinco siglos después, el luminoso aforismo de Heráclito el Oscuro: «Uno para mí es mil si es el mejor».

Insumisos frente a la injusticia

Si me pregunto por las razones que me empujaron a interesarme por el tema que para resumir denomino «la moral en política», veo sobre todo dos, cada una de ellas relacionada con una parte diferente de mi vida. Bulgaria, en donde crecí, había entrado en 1944 en la órbita de la Unión Soviética, y el país fue sometido progresivamente a un régimen totalitario dominado por el Partido Comunista. ¿En qué momento fui consciente de ello? Creo que, en mi caso, el año 1956 marca una ruptura. Fue de entrada el año en el que terminé mis estudios secundarios y me matriculé en la universidad, en la disciplina que se corresponde con lo que en Francia llamamos «letras modernas», y que en la Universidad de Sofía designábamos como «filología». Era pues el momento en el que se suponía que entraba en la vida adulta y adquiría cierta autonomía de pensamiento. Pero el año también estuvo marcado por dos acontecimientos políticos de peso. El primero, en el mes de febrero, fue la difusión del «informe secreto» que Nikita Jrushchov, jefe tanto del Partido Comunista como del Estado soviético, presentó al vigésimo congreso de este partido sobre los crímenes de Stalin y del estalinismo. Hoy en día cuesta imaginar el impacto que tuvo este texto, como mínimo en personas que, como yo, no sospechaban la envergadura del desastre. Se había adorado a Stalin como a un semidiós, antes y después de su muerte, en 1953, su momia descansaba por toda la eternidad —creíamos— en el mausoleo al pie del Kremlin, y de repente nos enterábamos, por la fuente más autorizada posible, de que este personaje era uno de los peores criminales de nuestro tiempo. Retrospectivamente podemos constatar que el «informe secreto» de Jrushchov distaba mucho de revelar toda la verdad del estalinismo, pero en aquel momento, al me-nos para los inocentes como yo, el golpe fue duro. De repente se derrumbaba un mundo. Y yo me decía que sin duda iba a empezar una nueva época.

Tardé mucho en ser consciente de otro grave defecto de aquel régimen, a saber, la confusión entre moral y política.

El segundo acontecimiento tuvo lugar en otoño del mismo año. Por vías indirectas —emisoras de radio extranjeras y rumores diversos— nos enteramos de que en otra «democracia popular», Hungría, se había iniciado un nuevo proceso. Aunque seguían llamándose comunistas, los dirigentes húngaros emprendieron audaces reformas, sobre todo abandonar la alianza militar que formaba el conjunto de países del bloque soviético, el llamado «pacto de Varsovia», y proclamar la neutralidad de su país. A finales de octubre Hungría estaba en plena efervescencia. Nosotros, los búlgaros, seguíamos la evolución de los acontecimientos día tras día. Después, a principios de noviembre, llegó el fin. Era evidente que la tentativa de autonomía y de liberalización era más de lo que los dirigentes soviéticos estaban dispuestos a soportar. Los tanques rusos entraron en Budapest y aplastaron de forma sangrienta toda veleidad de resistencia. El efecto que nos causó esta represión fue devastador. Habíamos imaginado que el discurso de Jrushchov en el vigésimo congreso llevaría a un cambio progresivo de nuestras sociedades hacia la democracia. Nuestra ilusión se desmoronó. Se demostró que los desastres de los años anteriores no eran consecuencia de una deriva criminal del jefe Stalin ni del «culto a la personalidad» de que era objeto (como pretendía Jrushchov), sino que eran producto del propio sistema comunista. El hombre que había denunciado los crímenes de Stalin acababa de ordenar al Ejército Rojo que invadiera Hungría. Por entonces yo tenía diecisiete años y debía sacar las conclusiones que se imponían para mi propia vida.

Los bellos ideales estaban relegados a la categoría de simples herramientas, de revestimiento cómodo destinado a facilitar la sumisión de la población.

Nuestra existencia bajo el régimen comunista tenía muchos inconvenientes, en primer lugar, la permanente escasez de productos de primera necesidad para casi toda la población, y en segundo lugar la privación de las libertades individuales más básicas para una parte más restringida de la población. Esto lo veía claro ya en aquella época, aunque tardé mucho más en ser consciente de otro grave defecto de aquel régimen, a saber, la confusión entre moral y política. Para ser más exacto, aparentemente el régimen reivindicaba determinados valores absolutos —igualdad, libertad, dignidad humana, desarrollo personal, paz y amistad entre los pueblos—, y se suponía que todas las medidas políticas concretas derivaban de estos nobles principios y nos conducían a ellos. Apuntaban a un fin sublime, al futuro radiante y a la sociedad comunista ideal. Pero enseguida entendimos que toda esta construcción no era más que una fachada destinada a camuflar el verdadero orden, que era muy diferente. El auténtico fin era dominar completamente el país, y su único límite eran las directrices que lanzaban los jefes del Partido Comunista soviético. Todos los poderes se concentraban en manos de un pequeño círculo de dirigentes que no toleraba el más mínimo pensamiento herético. En cuanto a los bellos ideales, estaban relegados a la categoría de simples herramientas, de revestimiento cómodo destinado a facilitar la sumisión de la población. En lugar de una política inspirada en valores universales, se trataba de instrumentalizar esos elevados ideales al servicio de los objetivos prácticos más mezquinos.

La consecuencia de esta confusión era la grave erosión de todo el ámbito de la moral. A este respecto debían distinguirse varios grupos en el seno de la población. Para empezar, el de los miembros del equipo dirigente y sus familiares y amigos, que gozaban de numerosas ventajas y cuyo discurso comportaba dosis variables de credulidad y de cinismo, según tuvieran más o menos fe en la ideología que profesaban. Otro grupo estaba formado por la parte de la población que, de buen grado o a la fuerza, había adoptado los valores oficiales e intentaba ajustarse a ellos en su conducta, vigilando a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo o a los amigos del grupo del que formaban parte, y denunciando a las personas que suponían que se apartaban de la línea ortodoxa. Por último, el tercer grupo estaba formado por personas que habían renunciado a hacer carrera uniéndose al Partido Comunista, que obedecían las órdenes, pero sin entusiasmo, que daban importancia a los ámbitos que escapaban al control ideológico —vida privada, amistades, amor y contacto con la naturaleza—, y que por lo tanto vivían en una especie de exilio interior. Los miembros de este último grupo intentaban vivir dignamente, pero sólo dentro de un marco privado. En público debían ofrecer garantías al régimen y dar muestras de su fidelidad al dogma. Así pues, en las conversaciones con los amigos o en su lugar de trabajo, debían evitar en la medida de lo posible todo tema político y aprender a recurrir a evasivas. El precio que pagaban era cierta marginación social. Cuando intentaba imaginarme mi existencia futura, me veía en este último grupo, aunque nada estaba garantizado.

No veía lugar para una vía a medio camino entre el silencio resignado y la revuelta estéril, en la que estás seguro de perder.

Que yo sepa, por aquel entonces no había opositores declarados al régimen. Si los había, debían de estar pudriéndose en la cárcel o en uno de los campos de concentración dispersos por el país, colonias penitenciarias de siniestra reputación. A decir verdad, ni se me pasaba por la cabeza la idea de tomar esta dirección, porque esta actitud me parecía totalmente desesperada. No veía lugar para una vía a medio camino entre el silencio resignado y la revuelta estéril, en la que estás seguro de perder. Unos años después los disidentes trazarían esta otra vía, pero, en aquella época, en Bulgaria no había disidentes. Ya no recuerdo si en aquel mismo año, 1956, había llegado a mis oídos el rumor de que un famoso escritor soviético, Borís Pasternak, había dado varios pasos en esta dirección haciendo circular ilegalmente una obra que se habían negado a publicarle. Es posible que la noticia traspasara las fronteras por vías no oficiales.

Lo sagrado no había abandonado el mundo, pero ya no era común a todos. Cada uno podía elegir lo que a su juicio era sagrado para él.

Desde aquella época lejana, el tema del lugar de la moral en la vida pública nunca se ha apartado de mí. Tiempo después me di cuenta de que, en la sociedad comunista posterior a la muerte de Stalin, por grande que fuera la presión que la sociedad ejercía sobre los individuos, había sido posible, no desafiar el poder del partido-Estado, por supuesto, pero sí asumir la adhesión personal a determinados valores elegidos por uno mismo: no doblar siempre el espinazo, negarse rotundamente a delatar, favorecer la lealtad con las personas en detrimento de la sumisión a las reglas oficiales, callarse si era preciso, pero jamás decir falsedades. Nunca sabré cuál habría sido exactamente mi trayectoria en el contexto búlgaro, porque, apenas dos años después de haber terminado mis estudios, dejé mi país natal y me trasladé a Francia. Pero no he olvidado la experiencia de vivir en un régimen totalitario. Incluso me da cada vez más la sensación de que ha desempeñado y sigue desempeñando un papel fundamental en la construcción de mi actual identidad, de que esa experiencia es la que explica buena parte de mis decisiones y de mis gustos. Sin duda es una de las razones que hoy en día me empujan a observar más de cerca las vidas que yo no viví, vidas de resistencia moral, no violenta, al orden dominante.

Mi primera sensación al llegar a mi nuevo país, donde desde entonces han transcurrido más de dos tercios de mi existencia, procedía de constatar que había desaparecido la permanente vigilancia de todos por parte de todos. Ya no teníamos que procurar no transgredir los límites de lo permitido. El perímetro de las libertades individuales era incomparablemente más amplio. Ya no era indispensable ser hipócrita todo el tiempo, andarse con rodeos respecto de tus sensaciones y fingir. La amenaza de sanción se había alejado. A primera vista, había desaparecido también la confusión entre moral y política. El régimen democrático que descubría no proponía ni una utopía ni un camino hacia la salvación. Consistía más bien en gestionar asuntos comunes, en principio en interés de todos. Los valores absolutos me parecían reservados al ámbito individual y privado: se elegía libremente la orientación religiosa, se implicaba uno a fondo en una actividad artística, se ponía en práctica una actividad social elegida por propia iniciativa y se podía —si se quería— sacralizar las relaciones íntimas que se mantenían, el amor a un hombre, una mujer, un hijo, un familiar o un amigo. En cuanto a los compromisos políticos, podían ser apasionados, pero raramente tenían un carácter solemne, porque se sabía por experiencia que eran cambiantes. Lo sagrado no había abandonado el mundo, pero ya no era común a todos. Cada uno podía elegir lo que a su juicio era sagrado para él.

Otra diferencia me llamaba la atención. Es cierto que moral y política tienen en común el hecho de orientar nuestra conducta con los demás seres humanos, pero, aparte de esto, casi todo lo demás las opone. En principio, la acción política consiste en hacer lo que conviene más a los intereses de un grupo concreto (un país, un partido o cualquier colectivo humano). La acción moral excluye todo interés particular y reivindica principios universales. La primera se juzga por sus resultados. Es buena si ha alcanzado sus objetivos. La segunda se evalúa a partir de las intenciones de quien la lleva a cabo. El hombre que fracasa en su intento de ayudar al prójimo no es menos virtuoso que el que lo logra. La virtud personal del político importa poco. Puede ser desagradable con los que lo rodean, o defender determinada medida sólo para impulsar su carrera. Lo que le pedimos es simplemente que esas medidas sean ventajosas para nuestro grupo. Por el contrario, la acción moral sólo funciona en primera persona del singular. Moralmente sólo puedo exigirme a mí mismo. A los demás debo darles. Por lo tanto, quien hace moral para los demás sin someterse a ella es doblemente inmoral, consigo mismo y con los demás. En todo caso, la situación había cambiado respecto de mi pasado de europeo del Este. Ya no se trataba de la confusión entre moral y política, de su constante instrumentalización, sino de la progresiva desaparición de la moral del discurso público. Pero es preciso concretar y matizar esta constatación.

Con el paso del tiempo he acabado pensando que es imposible quedarse satisfecho con esta repartición algo mecánica, que relega toda idea del bien al ámbito privado y sólo reserva al ámbito público la gestión eficaz de los asuntos cotidianos. Es cierto que la democracia no ofrece acceso al bien soberano, no exige que los hombres de Estado sean modelos de virtud o profetas de una utopía, pero no es verdad que le sea indiferente su conducta moral. Los ciudadanos del país son seres humanos con necesidades materiales y espirituales, desean que los individuos que, en un momento dado, representan el Estado abran perspectivas, señalen un horizonte e identifiquen el sentido global de la actividad pública que han emprendido. Ahora bien, a este respecto no se puede fingir durante mucho tiempo. Si Francia sigue respetando al general De Gaulle, no es porque se crea que todas sus iniciativas eran buenas, sino porque parecía ser un hombre que actuaba en nombre de un ideal, el bien común de su patria, que estaba por encima de sus intereses personales. Entre la política sometida a la utopía o a la moral y la que se limita a gestionar los asuntos en curso, hay lugar para una política que ofrezca un ideal que todos podamos compartir. ¿O son sólo las circunstancias de crisis y de guerra las que hacen resurgir en los hombres estas cualidades de rectitud moral?

Quien hace moral para los demás sin someterse a ella es doblemente inmoral, consigo mismo y con los demás.

Por lo demás, un valor escapaba a la división individualista: la propia democracia. Entre las dos guerras mundiales, muchas veces la habían acusado de ser un régimen blando, enzarzado en infinitas palabrerías parlamentarias. Fascismo y comunismo se presentaban como soluciones de recambio, de calidad superior. Nada de eso era ya posible en los años sesenta, pese a la popularidad del Partido Comunista francés y a la efervescencia izquierdista de 1968. Tanto el partido como los grupúsculos habían echado agua democrática en su vino utopista. Al margen de los desacuerdos entre partidos políticos, casi todos reconocían las insuficiencias de las sociedades construidas según el modelo soviético, y se animaba y admiraba a los disidentes del Estado. La oposición al totalitarismo podía considerarse un valor trascendente, común a todos, y justificaba la adhesión al principio democrático.

Esta situación cambió a raíz de un acontecimiento imprevisible, aunque muy deseado, la caída del muro de Berlín, en noviembre de 1989, y durante los dos años siguientes el desmantelamiento de todos los regímenes comunistas tanto en la Europa del Este como en la Unión Soviética. Para sorpresa general, este importante cambio, este final de la guerra fría, se produjo básicamente sin derramamiento de sangre. Las fachadas de los regímenes anteriores se desmoronaron como castillos de naipes. La victoria de la democracia sobre el totalitarismo tuvo dos efectos. Por una parte, confirmó la derrota de las doctrinas que se erigían como rivales de la democracia y consagró la superioridad de este régimen. Además, al mismo tiempo el movimiento democrático llegó a otras partes del mundo, al sudeste asiático y a América latina. Pero, por otra parte, convirtió en anacrónica la justificación de la democracia por comparación con las dictaduras, totalitarias o militares. Al no tener ya enemigo ideológico, la democracia perdió una parte de su identidad, esa aspiración a determinados valores que destacaban por contraste.

Paradójicamente, el final de la guerra fría tuvo dos efectos parecidos al otro lado del antiguo telón de acero, especialmente en Rusia. El ideal comunista había sido una mera petición de principio, pero ilustraba la necesidad de vivir de acuerdo con un ideal. Se había presentado una ficción como si fuera una realidad cercana, y para gran parte de la población desempeñaba ese papel. Con la caída del imperio soviético se inició un doble proceso. Por una parte, la verdad sustituyó a la mentira, lo que permitió dejar atrás ilusiones y falsas excusas. Pero, por la otra, la nueva situación dejó fuera la referencia a valores trascendentes. Se creyó que vivir de acuerdo con un ideal era siempre y exclusivamente producto de la ingenuidad o de la hipocresía, que lo mejor era asumir el destino común, vivir en función del interés personal, intentar satisfacer los deseos inmediatos y aceptar que el dinero era la única llave de la felicidad. El primer efecto del cambio tenía que ver con el contenido de las representaciones colectivas, y el segundo, con la estructura propia de cada existencia.

Al no tener ya enemigo ideológico, la democracia perdió una parte de su identidad, esa aspiración a valores que destacaban por contraste.

El libro El fin del hombre rojo, de Svetlana Aleksiévich, capta bien estos dos efectos del cambio que sobrevino. Durante años, esta periodista entrevistó a representantes anónimos de la sociedad ex soviética, lo que le permite presentar un cuadro complejo y matizado de la angustia que se apoderó de esta población. La propia autora describe así la naturaleza del cambio: «Estábamos dispuestos a morir por nuestros ideales. A luchar por ellos […] Todos los valores se desmoronaron salvo los de la vida. De la vida en general. Los nuevos sueños son construirse una casa, comprarse un coche bonito y plantar groselleros […] Ya nadie hablaba de ideales. Hablábamos de créditos, de porcentajes y de letras de cambio. Ya no trabajábamos para vivir, sino para “hacer” dinero, para “ganar” dinero». Los valores se han refugiado en el ámbito privado, y tienen sobre todo que ver con la vida material. Un hombre explica a la periodista: «Durante más de setenta años, nos repitieron machaconamente que el dinero no da la felicidad […] Pero bastó con proclamar desde lo alto de una tribuna: “¡Comerciad, enriqueceos!”, y lo olvidamos todo». Una mujer añade: «Ahora ya no se puede hablar con nadie de cosas espirituales, aparte de con los popes […] ¿Cuál es nuestro ideal, aparte del salchichón?». Ya no se prohíben los discursos religiosos, pero son un tema personal. A muchos de estos testigos les da la impresión de que han pasado de Caribdis a Escila. El pasado era terrible (los recuerdos de la violencia totalitaria siguen frescos), pero el presente está vacío, y todas las aspiraciones humanas han quedado sustituidas por el frenesí consumista. En el mundo de los valores hemos pasado del espejismo comunista al desierto capitalista.

El cambio es menos espectacular en el mundo occidental, ya que el papel del ideal —aunque fuera falso— no estaba tan hipertrofiado, pero sigue una trayectoria similar. La rivalidad entre los dos adversarios, democracia y totalitarismo, era un acicate para las virtudes políticas. En su ausencia, el espacio público se vació todavía más de sus valores y los relegó, en el mejor de los casos, exclusivamente a la vida privada. Este cambio incomodó a muchas personas, en especial a algunos militantes de extrema izquierda, que reorientaron sus energías hacia la acción humanitaria, hacia organizaciones no gubernamentales como Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo. De esta manera, la vida pública recuperaba el contacto con el mundo de los valores. Sin embargo, esta actividad de asistencia y de ayuda —que anteriormente representaba la Cruz Roja— no tardó en parecerles insuficiente. Algunas veces el sufrimiento de poblaciones lejanas respondía a causas naturales, terremotos, inundaciones o erupciones volcánicas, pero con más frecuencia lo habían provocado iniciativas humanas: guerras, dictaduras o persecuciones. Entonces se puso de manifiesto que para ayudar a las víctimas de los desastres no bastaba con limitarse a proporcionar medicamentos y comida, sino que había que neutralizar las causas humanas inmediatas, defender los derechos humanos y el régimen democrático, si era preciso por la fuerza. El hundimiento de la superpotencia soviética dejó el campo libre a intervenciones de la superpotencia estadounidense y de sus aliados. Occidente recuperaba un ideal trascendente, al menos en política exterior: promover la democracia y los derechos humanos en todo el mundo. Ya no se trataba de socorrer, sino de curar, es decir, de corregir los modos de vida que consideraban responsables de esas deficiencias.

La guerra es un “medio” tan poderoso y devastador que anula los nobles objetivos que la han motivado.

La opción de llevar el bien a los demás, si es necesario mediante la fuerza militar, se inscribe en un esquema de mesianismo político muy habitual en Occidente, cuyas manifestaciones anteriores fueron, en el siglo xix, el colonialismo (llevar la civilización superior a los que no la conocían y liberarlos de sus costumbres primitivas), y, en el siglo xx, el comunismo en su versión soviética (crear en todas partes la sociedad ideal). A los ideólogos que promovieron la nueva forma de política impregnada de valores se les llamó, paradójicamente, neoconservadores (cuando son hostiles al conservadurismo), y proceden tanto de la izquierda como de la derecha política. Las acciones que resultan de ellos recibieron denominaciones cambiantes, ya que no tardaron en considerarse eufemismos de una realidad que no quiere decir su nombre. Así, «derecho de injerencia» (en la que la palabra derecho adopta el mismo significado que en la expresión «el derecho del más fuerte»), «responsabilidad de proteger» (que permite intervenir militarmente en un país extranjero para eventualmente derrocar al gobierno y sustituirlo por otro) o «misión para garantizar la seguridad mundial», reivindicada por los presidentes de Estados Unidos (una misión que deriva de su superioridad militar). Estas intervenciones, que, desde el final de la guerra fría, constituyen la mayoría de las acciones militares que emprenden las potencias occidentales, reciben también denominaciones formadas por alianzas de palabras de significado contrario, como «guerras humanitarias» o «militarismo democrático».

Sin embargo, las intervenciones no han conseguido el resultado deseado. Los países que las han sufrido, ya sea Irak, Afganistán o Libia, no se han convertido en democracias ejemplares, ni en campeones de los derechos humanos. La razón es sencilla: la guerra es un «medio» tan poderoso y devastador que anula los nobles objetivos que la habían motivado. La destrucción de personas y bienes no es menos dolorosa cuando se supone que las bombas caen del cielo para defender el bien. Y lo que es peor, la guerra da a la población que la sufre un ejemplo de violencia muy alejado de los valores democráticos o humanitarios que se reivindican. A consecuencia de estas intervenciones, las razones para atacar objetivos occidentales no se han debilitado, sino que se han multiplicado, y pueden encontrarse incluso en las poblaciones inmigrantes de los propios países occidentales.

La destrucción de personas y bienes no es menos dolorosa cuando se supone que las bombas caen del cielo para defender el bien.

También en estos países occidentales se producen efectos negativos. En nombre de la lucha contra un enemigo implacable, los gobiernos están dispuestos a legalizar la tortura y a limitar las libertades civiles de las que gozan los ciudadanos. Además, cuando un gobierno declara una guerra, empuja a su población a unirse a él, lo cual acalla las críticas y elimina las dudas y los matices. En 2014 la inmensa mayoría de la población rusa estuvo de acuerdo con las intervenciones rusas contra Ucrania, la población israelí con las intervenciones contra los palestinos, y la población francesa con las intervenciones contra el Estado Islámico. Raramente se empatiza con el punto de vista del adversario. La guerra supone una escuela de maniqueísmo. Las intervenciones occidentales en curso no son una excepción a la regla. Nuestro pueblo es un apasionado de la libertad y defiende la dignidad humana, dicen los dirigentes de los países que causan la guerra, pero nuestros enemigos sólo saben sembrar la muerte, violar y decapitar. Nuestros muertos tienen una familia que llora por ellos, pero los suyos son cifras y abstracciones. Pero ¿estamos seguros de que «nosotros» nos comportamos siempre de manera civilizada, mientras que «ellos» representan la barbarie? Las víctimas no desaparecen por el hecho de que las describamos como consecuencia de «atropellos» o de «daños colaterales». Nuestros drones matan simultáneamente a combatientes y a sus vecinos.

¿Son una respuesta a las ejecuciones de rehenes que difunden en Internet? Son ellos los que mantienen discursos inflamados, pero, llegado el caso, nosotros estamos dispuestos a pegar fuego a su país. Es difícil demostrar que intervenciones de este tipo ilustran los valores morales que defendemos, y no nuestros intereses.

Si atendemos a los asuntos internos de las democracias liberales, tampoco encontramos demasiada relación con un ideal elevado. Empezando por lo más banal, la acción de sus dirigentes queda comprometida si nos damos cuenta de que utilizan su posición pública para obtener favores personales, para beneficiar a sus familiares y amigos a cambio de otros servicios o para cualquier otra forma de corrupción. Sabemos que muchos políticos, en Francia y en otros países, se han visto implicados en diversos delitos más o menos graves, que van desde ocupar una vivienda en principio reservada a familias humildes hasta el fraude fiscal, pasando por el favoritismo con familiares o amigos acomodados que a cambio podrán prestarles servicios. Otros son inculpados por comportamientos ilícitos. Pero incluso cuando no cometen delitos, la mayoría de los políticos está muy por detrás de lo que se espera de ellos. A menudo da la impresión de que sólo les mueve la voluntad de conquistar y mantener el poder, o parecen no pensar más que en la rivalidad con otros dirigentes de su partido o con sus adversarios políticos, o sólo les interesa la eficacia de las medidas que proponen, cuando nos gustaría creer que los anima un cierto ideal, que tienen un objetivo más elevado que el equilibrio presupuestario o la reducción del déficit (aunque sean indispensables). El espectáculo que ofrecen durante las campañas electorales, cuando se sienten obligados a hablar lo peor posible de sus rivales, tampoco contribuye a realzar su imagen.

¿Estamos seguros de que “nosotros” nos comportamos siempre de manera civilizada, mientras que “ellos” representan la barbarie?

El efecto de estos comportamientos es la falta de consideración general por las élites políticas, la degradación de las funciones que asumen, la creciente indiferencia de la población por los asuntos públicos y en último término el rechazo de las formas que adquiere la vida política, lo que a su vez favorece a los enemigos de la democracia y de la moral. El Estado (y por lo tanto la solidaridad nacional) está ya debilitado por la globalización, que sustrae a su control buena parte de la actividad económica del país. La insuficiencia de las élites le da otro golpe. Si la democracia no es más que una fachada que mantiene en pie el ritual de las elecciones, que se repite cada equis años, mientras que el resto del tiempo el país está dirigido por una oligarquía político-económica, a la población le costará movilizarse para defenderla.

Llegados a este punto, podríamos preguntarnos si de verdad la vida privada ha conservado una viva relación con los valores. Desde hace ya varios siglos se pone en duda esta conexión. Hace doscientos cincuenta años, Jean-Jacques Rousseau se quejaba de que aquellos de sus contemporáneos a los que llamaban «filósofos» (pensaba en Diderot y sus amigos) defendieran una visión del mundo que no dejaba el menor espacio a la preocupación por el bien común: «A saber, que el único deber del hombre es seguir en todo momento las inclinaciones de su corazón». Diderot no firmó esta frase, pero escribía en sus Tablettes: «Hay que estar contento con la tendencia de la propia naturaleza, ésta es toda mi moral». Si creemos lo que dice, el único valor respetable sería ser fiel con uno mismo, el individuo sólo tendría obligaciones consigo mismo, sin la menor consideración con los efectos que sin duda sus actos producen en sus semejantes.

A veces se dice que, desde esta época lejana, la audacia de algunos —la emancipación de los imperativos morales— se convirtió en moneda corriente o incluso en un signo de progreso. Antaño esta pulsión, buscar sólo la satisfacción de los propios deseos, topaba con los frenos impuestos por la sociedad. Hoy en día al parecer esos frenos se han debilitado, si no eliminado. Recordemos que las religiones tradicionales han relajado su influencia sobre los individuos, y que las familias ya no cultivan las virtudes de la abnegación y la solidaridad. Esta tendencia volvió a acelerarse con la caída del muro y el triunfo del pensamiento neoliberal. El final de la guerra fría trajo consigo la relajación de las fidelidades a los ideales, en adelante el desarrollo económico se mide en función del éxito económico, y la lógica del mercado se extiende a todas las dimensiones de la vida. Por lo demás, la propia palabra moral tiene una connotación negativa, es necesariamente represiva y retrógrada, y queda bien asegurar que nos hemos liberado de ella. Nos sometemos en última instancia a un código personal, establecido con el paso de los años, no a deberes impuestos por la comunidad.

Incluso cuando no cometen delitos, la mayoría de los políticos está muy por detrás de lo que se espera de ellos.

¿Es correcto este diagnóstico? Creo que responde más a la representación que se hace la sociedad de su vida moral que a la vida moral en sí. La moral ha abandonado los discursos, no los comportamientos. Por supuesto, a este respecto los individuos varían entre sí, no faltan los gestos narcisistas o egocéntricos, justificados por la exigencia de honestidad o de intensidad de la experiencia, pero ¿cómo no darse cuenta de que, junto a ellos, muchísimas personas siguen actuando teniendo en cuenta el principio moral básico formulado así por Emmanuel Levinas: «El único valor absoluto es la posibilidad humana de dar prioridad al otro sobre uno mismo»? No lo convierten en una doctrina, no se enorgullecen de ello, pero evidentemente para ellas decir «esto revierte en mi propio interés» o «éste es mi deseo» no basta para ennoblecer una acción. Saben que el ser humano no termina en los límites de su cuerpo, sino que incluye la relación con los demás. No piensan que todos los valores son de naturaleza económica y dan más valor a las relaciones humanas que a la acumulación de bienes muebles e inmuebles. Los valores de amor, tolerancia y compasión no dependen de la fe ni de una religión concreta.

Para finalizar esta visión general necesariamente sucinta, parece que en Francia, en un contexto muy diferente del de los países comunistas de la Europa del Este, el lugar de la moral en la vida pública es también problemático. Si intento situar mi propia manera de comportarme en este nuevo marco, me doy cuenta de que, en un primer periodo, que duró unos quince años, seguí viviendo con una consciencia que se había formado en mi país de origen, y en mis intervenciones públicas me abstenía de aludir a los valores que defendía. Sin embargo, mi relación con el mundo evolucionó progresivamente. Tras nacionalizarme francés, en 1973, y tras el nacimiento de mi primer hijo, un año después, me sentía cada vez más integrado en la sociedad francesa y sabía que ninguna prohibición impedía expresar públicamente ideas y valores. Empecé a trabajar sobre temas sociales y políticos, defendía determinados valores y criticaba otros. Al mismo tiempo quedaba cierta huella de mis antiguas reticencias, así que me limitaba a mencionar estas cuestiones en mis escritos, pero no me implicaba personalmente en ninguna acción concreta (y no lo lamento). ¿Era porque el temor a la autoridad, o a los que la representan, no me había abandonado del todo?

Así pues, éstas son las dos situaciones (de las que soy consciente) que me empujaron a enfrentarme a mi actual tema moral y político: me interesan esos resistentes pacíficos que, en los países comunistas, fueron los disidentes, y las formas de moral que, en una democracia liberal, pueden desempeñar un papel activo en la vida pública.

El insumiso no es un conquistador, no aspira a instaurar otra forma de dominio. Pretende sobre todo rechazar la fuerza que quiere someterlo.

Para concretar algo más mi tema, decidí detenerme en un solo segmento de este amplio ámbito, las situaciones dramáticas en las que una gran fuerza negativa domina la vida social y política del país, y en las que se impone una pregunta: ¿cómo reaccionar? El rasgo común de todos los personajes cuyo destino relato es que se negaron a someterse dócilmente a la coacción, que son insumisos. Esta decisión tiene una vertiente negativa, significa el rechazo de una coacción impuesta por la fuerza o aceptada en silencio por la mayoría de la población. Pero ese rechazo está indisolublemente unido a un compromiso positivo, la insumisión es a la vez resistencia y afirmación. Es un doble movimiento permanente, en el que el amor a la vida se mezcla inextricablemente con el odio a lo que la infecta. Resistir significa, ante todo, una forma de lucha que uno o varios seres humanos libran contra otra acción, física y pública, que llevan a cabo otros humanos. Por lo tanto, se trata necesariamente de una segunda iniciativa, de una reacción opuesta al mal que se ha instalado en la sociedad. Además, el insumiso no es un conquistador, no aspira a instaurar otra forma de dominio, no pretende construir una sociedad ideal. Su compromiso es puntual. Pretende sobre todo rechazar la fuerza que quiere someterlo. Por último, el empleo de estas palabras implica que el grupo que resiste dispone de medios inferiores a los de su adversario.

Por estas razones, los luchadores en cuestión no se implican en el campo de batalla, donde los vencerían rápidamente. A nadie se le ocurriría llamar resistentes a los soldados de Napoleón que invadieron Europa, ni a los soldados rusos e ingleses que se enfrentaban a ellos obedeciendo las órdenes de su patria. Por el contrario, los civiles italianos y españoles, insumisos, emprenden un movimiento de resistencia contra los invasores. En la Segunda Guerra Mundial hablamos de insumisión y de resistencia en los territorios ocupados por los alemanes, no en el caso de los militares que atacan al Reich desde Londres. Gandhi es un insumiso, un resistente, no el virrey británico. Son los débiles los que, sin odio ni violencia, se oponen a los fuertes, a los que detentan el poder. Debido a esta posición de debilidad y a los medios a los que en ocasiones recurren, puede suceder que, al menos durante cierto tiempo, se califique a estos insumisos de «terroristas». No luchan como guerrilleros, pero adoptan técnicas de guerrilla. Por otra parte, el significado de estos términos es lo suficientemente amplio como para aludir a formas de insumisión diferentes, algunas violentas y otras no. La resistencia no es necesariamente militar.

«Insumiso» se entiende también en otro sentido, ya no por oposición a un enemigo más poderoso, sino en relación con fuerzas impersonales que actúan en nosotros. Decimos así que nos negamos a someternos y que resistimos a la tentación, o a nuestras pasiones, o a la facilidad, o a la intolerancia y al resentimiento que sentimos crecer dentro de nosotros. La yuxtaposición de estos dos sentidos, colectivo y externo en un caso, individual e interno en el otro, suele resultar esclarecedora.

La presente investigación tratará de un tema todavía más limitado, de una forma concreta de resistencia política. Los que la llevan a cabo poseen algunos rasgos en común, aunque intervienen de maneras diferentes según sean simples insumisos, disidentes o militantes clandestinos. Así, contra la opresión que sufren, reivindican un valor trascendente y ellos mismos poseen una virtud moral. Sus medios no son violentos, consisten básicamente en afirmar con perseverancia lo que consideran verdadero y justo.

¿Quién no ha cedido a la tentación, al menos mentalmente, de hacer sufrir al que le ha hecho sufrir?

Antes de seguir avanzando debo añadir que mi decisión de observar sólo este tipo de comportamiento, a mi modo de ver loable, en ningún caso significa que lo considero una característica principal de la especie humana, que pone de manifiesto las tendencias profundas de mis contemporáneos o de mí mismo. Tanto los individuos como los grupos suelen obedecer a la lógica de las represalias, responden al mal con el mal, si es posible con un mal mayor. ¿Quién no ha cedido a la tentación, al menos mentalmente, de hacer sufrir al que le ha hecho sufrir?

Haber sido víctimas de violencias y de agresiones no garantiza que mañana no nos convirtamos en agresores violentos, y en la mayoría de los casos nos incita a ello. Asimismo, lo más probable es que, frente a la opresión o a la injusticia, la tendencia natural de la mayoría de nosotros sea someterse y esperar a que pase la tormenta. En lo que a mí respecta, no estoy seguro de estar totalmente libre de esta pulsión de venganza y de medidas de represalia, ni de tener siempre las fuerzas y el valor de oponerme a lo que me indigna. Lo que creo es que es posible escapar de estos instintos primarios de facilidad y que, se mire desde donde se mire, es deseable. Mencionar el ejemplo de los que optaron por esta vía quizá ayude a que los demás, nosotros, sigamos durante algún tiempo su opción.


 

(Este texto es parte de la introducción de Tzvetan Todorov a su libro Insumisos (págs. 13-30), publicado en España por la editorial Galaxia Gutenberg en 2016. Traducción de Noemí Sobregués. Publicado aquí con permiso de la editorial).

La actualidad, un presente exasperado

Si hemos de creer a los historiadores (a Hobsbawm, por ejemplo), el siglo XX finaliza en 1991, con el colapso de la URSS, acontecimiento que repercute de manera trascendental sobre la reflexión filosófica posterior y sobre el pensamiento en general. De ahí que decidamos denominar a todo lo pensado con posterioridad a esa fecha «pensamiento actual» para diferenciarlo del pensamiento contemporáneo que, constituyendo el marco general de interpretación, se ve modulado en determinadas direcciones a partir del momento señalado.

La introducción de un acontecimiento de carácter histórico como el colapso de la URSS en medio de una reflexión como la presente, de naturaleza teórica, lejos de significar una interferencia, o la irrupción de un elemento heterogéneo en relación con las cuestiones que se están planteando, afecta de lleno al corazón del asunto. En el fondo, cuando, todavía en pleno siglo XX, Ferrater Mora proponía hablar de tres imperios filosóficos (ruso, europeo y angloamericano) estaba señalando la profunda conexión entre los diversos tipos de discurso filosófico y las sociedades concretas en las que se producen, vínculo del todo evidente cuando pensamos, por ejemplo, en la forma en la que, de manera explícita, los países socialistas defendían, para justificar su proyecto de transformación social, que estaban llevando a la práctica las ideas del marxismo.

Manuel Cruz: Ser sin tiempo. Herder, 2016. 136 páginas.

Pero resultaría erróneo interpretar que solo uno de los presuntos imperios filosóficos se ha visto afectado por el acontecimiento en cuestión. El hecho de que haya desaparecido del planeta cualquier otro modo de producción que pueda presentarse como alternativa al capitalismo realmente existente en este momento tiene consecuencias directas no solo en el imaginario colectivo, sino también de carácter práctico en la sociedad (que terminan repercutiendo de nuevo, a su vez, en el imaginario colectivo). Por lo que respecta al primer tipo de consecuencias, la desaparición del único modelo de sociedad alternativo al capitalismo, el llamado «socialismo real», que permitía mostrar el carácter contingente de aquel, ha reforzado la percepción de lo que ha quedado como algo necesario, ineludible, poco menos que fatal. A una percepción así le correspondería, en la esfera de lo teórico, ese peculiar producto intelectual denominado en su momento «pensamiento único» (casi un oxímoron para quienes crean que el pensamiento ha de ir indisolublemente ligado a la crítica). Por lo que respecta a las consecuencias del tipo práctico, qué duda cabe de que el auge de las políticas neoliberales y el consiguiente aumento de las desigualdades se encuentran íntimamente ligados a un modelo de sociedad en el que todas las esferas de la vida colectiva aparecen regidas por la misma lógica: la de la rentabilidad, el beneficio y la competitividad.

Esta universalización casi absoluta de la lógica del mercado ha afectado también a la filosofía y al pensamiento en general. La práctica extinción de las facultades de filosofía (poco rentables y generadoras de especialistas en un saber inútil desde el punto de vista que acabamos de señalar), y su sustitución por facultades de humanidades, más generalistas, cuya única función sería la de formar graduados polivalentes o proporcionar, como segunda carrera, cierto barniz de cultura general humanística, afecta de lleno a la producción filosófica. En cierto modo, la distinción entre filosofía académica y filosofía mundana, en la que a la primera le correspondía el rigor, la seriedad, la profundización en problemáticas complejas y exigentes, mientras que a la segunda le incumbía la divulgación o, en su caso, la elaboración de unos productos teóricos ligeros y de fácil consumo para cualquier tipo de lectores (con el consiguiente peligro de incurrir en la más frívola de las banalidades), ha mutado de signo. Cabría decir, pues, que en cierto sentido ha ocurrido que el discurso filosófico más serio y riguroso se ha visto expulsado del ámbito académico y ha encontrado refugio en esos otros ámbitos externos a la academia considerados tradicionalmente como mundanos, sin por ello —matiz muy importante— verse necesariamente contaminado de frivolidad. Ya hace un tiempo que es extramuros de la universidad (revistas culturales, suplementos literarios, medios de comunicación, redes sociales…) donde se plantean los debates de mayor trascendencia y repercusión públicas. Tal vez constituyan buenos ejemplos de lo que estamos diciendo —y no de ayer mismo, precisamente— tanto la enorme polémica suscitada por el famoso artículo de Francis Fukuyama acerca del final de la historia como la polvareda levantada a raíz de la aparición del libro de Alain Sokal Imposturas intelectuales, ambas generadas y desarrolladas absolutamente al margen del mundo académico.

La práctica extinción de las facultades de filosofía, afecta de lleno a la producción filosófica

Este cambio obligado de escenario afecta de manera necesaria y decisiva al contenido del pensamiento que se produce a partir de un cierto momento. Podríamos decir que varía de manera sustancial la naturaleza del encargo que recibe el filósofo. Este ya no procede de sus colegas o de especialistas análogos, que le pueden reclamar una profundización en determinadas problemáticas, la clarificación de ciertos conceptos o el desarrollo discursivo de ciertas cuestiones, sino, si se puede hablar así, de la propia sociedad, a la que, por más de un motivo, el quehacer filosófico ha pasado a preocupar particularmente en los últimos tiempos.

Nos encontraríamos entonces ante la paradoja de que, a la vez que la filosofía desaparece del currículo de las enseñanzas medias (o preuniversitarias) y su presencia en la educación superior mengua en el sentido que acabamos de indicar, en la esfera pública los filósofos son convocados de manera creciente a expresar sus puntos de vista. Se trata de una demanda muy significativa, que estaría revelando precisamente la existencia de una necesidad generalizada en materia de ideas muy característica de nuestra actualidad.

Lo que desde la misma sociedad se le reclama ahora a la filosofía es que dé cuenta del mundo, de un mundo que de manera creciente se les aparece a sus habitantes como absurdo, sin sentido o, peor aún, como dotado, si acaso, de un sentido literalmente insoportable (el que le proporciona la hegemonía absoluta de lo económico sobre nuestras vidas). Es en esta clave no solo de demanda de otras formas de ver y representar lo existente, sino también de cuestionamiento radical del régimen de la existencia misma tal y como lo conocemos y nos viene impuesto, en la que se tiene que interpretar la inflexión que ha tenido lugar en la filosofía actual a partir de que comienza el nuevo siglo, hace ya veinticinco años.

No se trataría, de ser cierta la hipótesis que estamos planteando, de una inflexión menor. La naturaleza de la demanda ya no permite seguir pensando de la misma manera que antaño. Aunque hayamos heredado de la contemporaneidad herramientas valiosísimas (las grandes corrientes filosóficas que recorrieron el siglo XX: marxismo, hermenéutica y analítica), hoy, la manera de pensar, las categorías, los desarrollos y, sobre todo, los objetos del pensamiento ya no son los mismos. Por lo pronto, el «dar cuenta» que se le pide al filósofo no responde a la misma temporalidad que caracterizaba en otras épocas el ritmo del trabajo filosófico. Es un «dar cuenta» en el modo de la urgencia y con el menor grado posible de mediaciones.

Por ello, se puede afirmar que en este momento el orden de los discursos filosóficos no tiene tanto que ver con las ideas filosóficas en cuanto tal (por más revisadas, criticadas o actualizadas que pudieran estar) como con esas urgencias que la sociedad plantea a los filósofos, con su demanda de que la filosofía proporcione claves para interpretar lo que sucede. Aunque sobran ejemplos de estas preguntas que hoy dirige la sociedad a ese filósofo obligado a proseguir su tarea extramuros de la academia (preguntas por las diferentes regiones de nuestra experiencia tanto personal como colectiva, por el signo de muchas de las transformaciones que tienen lugar en nuestras sociedades, etc.), lo que conviene destacar, antes de proporcionar ninguna de ellas, es que nos encontramos ante un auténtico «giro copernicano» en filosofía, un giro que trastoca por completo la relación que esta había mantenido con lo real y que obliga a pensar de nuevo, desde otra perspectiva, el locus clásico de la «responsabilidad de la filosofía». ¿Qué queremos decir con «responsabilidad» en este contexto? Fundamentalmente, un replanteamiento del papel del intelectual en la actualidad, en la medida en que la filosofía es interpelada hoy, como se acaba de señalar, de un modo diferente al del pasado. Esta interpelación apunta hacia un problema de enfoque: una cosa es que lo real nos plantee desafíos inéditos y otra cosa son las categorías con las que los enfrentamos. El tradicional (y confortable) convencimiento de que, a pesar de que alrededor de nosotros se puedan producir incesantes transformaciones de todo tipo, las herramientas teóricas con las que las analizamos permanecen idénticas a sí mismas casi desde siempre ya no resulta sostenible. Es cierto que en filosofía existe una poderosa inercia, de signo inequívocamente conservador, que prioriza el empleo de las categorías heredadas a la hora de confrontarse con lo real. Ahora bien, dicha inercia no es aceptable, en la medida en que da por descontado que el pensamiento es algo ajeno e independiente de la realidad y que, por tanto, no se ve afectado por las transformaciones que en ella se puedan producir.

Se trata de un supuesto que no se sostiene. El pensamiento forma parte del mundo (en realidad, constituye uno de sus elementos), de modo que cuanto suceda en este acaba impactando directa o indirectamente sobre las categorías con las que el pensador intenta abordarlo.

En todo caso, el reto fundamental que se desprende de todo lo precedente es el de ser capaces de responder a la pregunta: ¿de qué manera y en qué aspectos el cuarto de siglo XXI que llevamos vivido ha obligado a modificar no solo las categorías, sino también los cauces discursivos (las corrientes antes mencionadas) contemporáneos? O, si se prefiere decir así: ¿respecto de qué elementos teóricos de la herencia recibida no queda otra que someter a radical reconsideración a la vista de lo sucedido?

Siglos de falsos testimonios

En octubre de 2001, al recibir el Premio de la Paz de la Feria del Libro de Fráncfort, el filósofo Jürgen Habermas definió la actitud con la que un intelectual debe orientarse en el grave desorden moral de nuestro siglo. Su mirada limpia, carente de la irritada debilidad del sectarismo, se posó sobre las víctimas de las grandes catástrofes totalitarias del siglo xx y las que acababan de sufrir el atentado del 11 de septiembre a manos del fundamentalismo islámico. Habermas exigía ante tales acontecimientos una sensibilidad distinta a la que habían provocado los excesos de la secularización. La pérdida de una expectativa de redención, el carácter definitivo de la muerte, no debían verse ya como situaciones satisfactorias para un mundo que daba la espalda a sus raíces religiosas. Por el contrario, convenía meditar en el vacío que la carencia de una idea de eternidad y de sentido último de la existencia había dejado en el corazón del hombre. En la más importante feria del libro del mundo, Habermas denunciaba el expolio de la tradición cultural inspiradora de la conciencia de Occidente, cuya desaparición estaba provocando la mayor oquedad ideológica de nuestro tiempo.

Las doctrinas que siempre quisieron mejorar la suerte del hombre surgieron, no por casualidad, en la Europa en la que el cristianismo arraigó y en la que su mensaje fue capaz de identificarse con la cultura de un continente. Los principios humanistas nacieron en nuestra civilización y ahora deben servir de inspiración a quienes deseamos superar el vacío angustioso que padecemos. No hubo obra artística, fantasía de la imaginación o festín de la belleza que no se inspirara en los valores de la religión cristiana. No hubo tampoco —y en ello habrá que poner especial énfasis— declaración de derechos, exigencia de respeto a la dignidad del hombre o invocación a la condición fraterna de la existencia, que no tuviera su origen en el cristianismo. A quienes levantaron banderas de emancipación solo se les ocurrió hacerlo porque su vida había estado impregnada de un ambiente de valores superiores y de crítica a la injusticia inspirado en el Evangelio.

España está pasando, como todo Occidente, por un devastador periodo de banalidad, de despreocupación y pérdida de sustancia moral. Nuestro país se ha instalado en una jovial ausencia de principios, en un permanente abandono de tradiciones a las que se achaca caducidad, cuando no oscurantismo. España padece un grave deterioro de sus recursos ideológicos, de su vigor cultural y su pertenencia al espacio de civilización que ha ido trenzando un conjunto de valores universales, de los que ahora lamentablemente se despreocupa.

La ignorancia que se ha adueñado de nuestro mundo y la insolencia de querer actuar como si nuestras raíces colectivas fueran obstáculo para nuestra realización individual están en el trasfondo de la denuncia que el profesor Rodney Stark hace en su libro Falso testimonio. Un alegato contra la arrogancia intelectual y la mentira de quienes consideran que la libertad de las sociedades modernas se ha construido como resultado de la impugnación del cristianismo y de una progresiva pérdida de influencia de la Iglesia católica en aras de una beneficiosa secularización del mundo. La obra del sociólogo americano es una refutación inteligente de la historia del catolicismo urdida en medios pretendidamente científicos a lo largo de los últimos cinco siglos. Las falsedades que se denuncian, los embustes propagandísticos que se delatan, definen la trama de un libro apasionante que trata de desmontar las negras y fraudulentas visiones que se han difundido de la naturaleza y el desarrollo del catolicismo. El pasado es inflamable y puede manipularse para ensombrecer la reputación de la cultura católica, justificar una guerra, o, como temía Orwell tras su experiencia en las tierras rojas de la guerra civil española, para abrir paso a un mundo de pesadilla de imposiciones totalitarias.

Todos los atributos de una civilización, fruto de la síntesis de la razón clásica y el mensaje del cristianismo, fueron salvaguardados en la historia moderna por la resistencia de los católicos ante las tentaciones de una falsa emancipación, de una falaz vía hacia la servidumbre. Tal resistencia tuvo su momento inicial en la respuesta del concilio de Trento a los objetivos doctrinales y organizativos de la reforma protestante. A partir de entonces hemos asistido, sin embargo, al éxito de ciertos mitos, distintos lugares comunes que han convertido aquel titánico esfuerzo por preservar la esencia liberadora del cristianismo en una mera batalla entre el progresismo protestante y el oscurantismo de los católicos. Incluso la misma difusión del concepto de Contrarreforma sugiere una actitud reaccionaria frente al desafío de la novedad, que los católicos han acabado por aceptar con más ignorancia que humildad, ya que apenas difiere de lo que el luteranismo y adláteres han divulgado.

Desde su honestidad académica, alejada de la militancia católica, el propio Rodney Stark no duda en afirmar que a partir de la ruptura luterana los ataques a la Iglesia de Roma fueron cristalizando en falsos testimonios impulsados por los disidentes y que se incrustaron en la historia cultural de Occidente. A un lado, la innovación renacentista, la responsabilidad económica, la moral del esfuerzo y la apertura ideológica anunciada por el protestantismo; del otro, el anacronismo medieval, la Inquisición, la perezosa mentalidad de la opulencia rentista, el rechazo a la ciencia y la cerrazón espiritual administrada por una institución arrumbada por la marcha de la historia.

Si los católicos no salimos al paso de esa normalización de las banalidades de una mala lectura de Max Weber y una peor asimilación de Wilhem Dilthey, ¿quién habrá de hacerlo por nosotros? Porque la verdad es que ha acabado por divulgarse una interpretación de la gran crisis del siglo XVI como la responsable de una Europa de dos velocidades y dos intensidades religiosas. El norte emprendedor, porque fue liberado. El sur ocioso, porque permaneció en la sombra. El norte próspero, porque adquirió la conciencia de los deberes sociales del cristiano. El sur antediluviano, porque mantuvo la torpeza dogmática al servicio de terratenientes gandules y aristócratas jactanciosos. El norte que ofreció a cada hombre su contacto directo con Dios a través del libre examen de las Escrituras. El sur que dejó a los hijos de Dios bajo el control de una autoridad ilegítima, que les robaba la posibilidad de relacionarse con su Creador sin pagar el peaje a la institución eclesiástica.

Ya es hora de atajar estas extravagancias y el libro de Rodney Stark ofrece, sin entrar en polémica, argumentos históricos para defendernos los católicos de las maldades y perversiones que nos atribuyen, desde el antisemitismo hasta la cooperación con los regímenes dictatoriales, pasando por el apoyo a las distintas formas de esclavitud moderna o la incapacidad radical para aceptar el progreso científico y la Ilustración. La Edad Media como época de oscuridad y tinieblas fue, en buena medida, un invento de la propaganda protestante para definir un milenio entero de retroceso entre la antigüedad grecorromana, clásica, y la recuperación postmedieval portadora de la luz y de la innovación correspondiente a la llegada de Lutero. No es cierto, en absoluto, que el catolicismo rompiera con la esperanza de modernidad del Renacimiento. Antes, al contrario, ese ciclo brillante de la historia floreció precisamente en aquellos lugares donde se dio el primer encuentro del mensaje de Cristo y la herencia humanista del Mediterráneo clásico. Fue en este sur desprestigiado donde la fe y la razón hallaron el modo de sintetizarse, en la tarea inmensa de santo Tomás de Aquino, facilitando el encaje entre cristianismo y modernidad.

Falso testimonio

Rodney Stark: Falso testimonio. Denuncia de siglos de historia anticatólica. Sal Terrae, 2017.

Para el lector español, los argumentos que despliega Rodney Stark desmontando siglos de historia anticatólica tienen especial resonancia. No en vano, Menéndez Pelayo consagró el estereotipo de España como evangelizadora de la mitad del orbe, martillo de herejes y luz de Trento. Fue aquí, en este sur nada taciturno, donde los frailes de Salamanca y los teólogos tridentinos proclamaron la ley natural y el libre albedrío. Cuando por toda Europa se halagan los oídos reales con argumentos divinos del poder coronado, las meditaciones del dominico Francisco de Vitoria aguan la fiesta monárquica abriendo camino, sin embargo, al desarrollo del derecho internacional. En pleno proceso europeo de fortalecimiento monárquico, el jesuita Juan de Mariana defiende la existencia de leyes nacidas del pueblo, cuya modificación solo puede hacerse con el consentimiento de la comunidad. Fue en este sur tan español donde se defendió la actualidad permanente del Espíritu, que debía inspirar la adecuada lectura de las Escrituras, concebidas no como un texto doctrinal a debatir, sino como palabra de Dios a compartir, mientras el libre examen propugnado por Lutero ocasionaba múltiples escisiones del protestantismo.

Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado.

Hubo un momento en que Occidente quiso matar a Dios, hace cien años. Ahora venimos de un ritual reciente, del cruce entre dos siglos, en el que se ha extirpado todo cuanto concernía al cristianismo fundacional, indispensable en nuestra manera de comprender el mundo del que España forma parte. Se desprestigiaron los principios, se consideró sobrante el pensamiento, se prefirió la instantánea velocidad de la comunicación al denso reposo en que se elaboran las ideas. Hemos visto a los más jóvenes perder ese instinto de civilización que nos salvó de las mitologías crueles, que preservó nuestra sociedad en ese espléndido periodo de madurez que siguió al horror de la segunda contienda mundial.

Grabado de Theodor de Bry. Bartolomé de las Casas
Grabado de Theodor de Bry (1528-1598) que ilustra el libro Narratio regionum indicarum per Hispanos quosdam devastatarum verissima, de Bartolomé de las Casas (1474-1566). La imagen es una captura de pantalla de esa obra digitalizada, que se puede consultar online en www.archive.org

Este es el lugar desde el que puede arrancar la reconquista de lo que fue nuestro. Este es el espacio moral en el que deberíamos iniciar una larga y dolorosa tarea de reconstrucción. No desde una dogmática integrista. Ni siquiera desde la exigencia de una fe personal, sino desde la demanda de que todo el humanismo vertebrado con la tradición católica vuelva a ser referencia cultural que nos define, que nos ofrece la edad de una cultura y la madurez de una civilización. En el repaso que hace Rodney Stark de la verdadera historia del catolicismo encontramos razonamientos suficientes como para abandonar nuestra resignada desidia y ponernos en marcha.

Si Gabriel Celaya pudo escribir «maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales… maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse», hoy pedimos a la Historia que con su capacidad para desenmascarar falsos enunciados y turbias plegarias nos ayude a denunciar las imposturas y apaños de la vida pública y a sacar los colores a nuestros policías del pensamiento que consideran, como escribía Larra, que es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas. Somos la única civilización que parece avergonzarse de sí misma. Somos la única nación que renuncia a su significado. El absurdo anticatolicismo que se aloja en la presunción de laicidad no es un ataque a dogmas que solo afectan a los creyentes. Es una ofensiva contra los valores que determinan una forma de vivir, un concepto de la persona, una idea de libertad. Es una causa general contra una herencia de cultura y moralidad. Tiene la envergadura de un auto de fe, de un siniestro proceso con intimidación intolerable del acusado. Con otras cosas que están sucediendo, esta es una manera de liquidar lo que muchos entendemos como España.


(El texto anterior es el prólogo a la edición española de «Falso testimonio», publicado con permiso del autor y de la editorial).

 

¿Por qué es Berkeley una gran universidad?

Su estrategia narrativa es la de mantenerse al margen. Logra que reuniones, clases, seminarios, actuaciones teatrales, paseos, competiciones deportivas, resulten completamente naturales. Es como si unas cámaras secretas hubieran logrado entrar en la intimidad de las distintas actividades y nos hace partícipes como uno más de un consejo de gobierno, de la lectura comentada del Walden de Toureau, del debate sobre cómo tratar con la policía local la amenaza de manifestación y huelga que han anunciado unos estudiantes para reclamar una rebaja en las matrículas.

Berkeley es conocida por haber sido uno de los focos de la protesta del 68, en unas ya legendarias reivindicaciones en favor del free speech que todavía resuena entre algunos nostálgicos ajados en años que reivindican ese espíritu de la «universidad sin élite», de la universidad abierta a la diversidad. La diversidad se adivina por la apariencia de estudiantes y profesores (como en el minuto 205 en el que se ve a una manifestante musulmana con el velo puesto sobre su cara). La subrayan también los prejuicios antirrepublicanos que muestra en un momento dado el rector, o la pose populista de una manifestación estudiantil que trata de reivindicar el pasado de protesta de Berkeley pero se encuentra con una mayoría de estudiantes empeñados en atender a las redes sociales o a las solicitudes del amor sobre el cuidado césped del campus. Es una protesta naif, revenida, con esa estudiante que se ha dibujado la hoz y el martillo en la mejilla, las consignas populistas convertidas en lugares comunes y la abundancia de ordenadores Mac que nunca se hubieran visto en Moscú o en Rumanía.

¿Un centro público sin financiación pública?

Uno de los principales motivos de preocupación en Berkeley cuando se realizaba el documental era el presupuesto. Se comenta que apenas reciben 308 millones del estado de California, un 50% menos que pocos años antes y apenas el 16% del coste total. Y es que el presupuesto real del centro, con su multitud de facultades, másteres, premios Nobel o institutos de estudios avanzados, es de 1.900 millones de dólares ese año. Esto les plantea un serio problema de identidad: Berkeley se muestra orgullosa de su condición de centro público de educación superior (lo que no es ni Harvard, ni Yale, ni la vecina Stanford). ¿Cómo se puede seguir siendo tal si el estado no invierte?

Este dilema es uno de los hilos conductores de la obra de Wiseman, casi la «excusa dramática» que unifica las doce semanas de filmación: si no logran un precio razonable de matrícula, ¿podrán seguir admitiendo alumnos de clase media?, ¿podrán ayudarlos para evitar su endeudamiento por unos créditos que determinarán sus vidas profesionales? Durante una clase una profesora muestra a sus alumnos cómo si no logran esas rebajas los estudiantes deberán pagar tanto que nunca tendrán la posibilidad de dedicarse como profesionales al servicio público o a la educación. El alumno de Berkeley se verá forzado a ingresar en grandes multinacionales y de ese modo se hará muy difícil que su aprendizaje retorne a la comunidad. La Escila y Caribdis que recorre el documental es que la falta de inversión haga perder la excelencia, pero también que la lucha por la excelencia impida que siga siendo un centro de vocación pública a causa de sus precios prohibitivos.

At Berkeley documentalSu estrategia narrativa es la de mantenerse al margen. Logra que reuniones, clases, seminarios, actuaciones teatrales, paseos, competiciones deportivas, resulten completamente naturales

El profesorado como motor

En consecuencia la dirección se esfuerza por ahorrar. No en profesorado, aunque tampoco están dispuestos a competir con las millonarias universidades privadas de la Ivy League(Harvard, Yale), que son capaces de ofrecerles el doble de sueldo. ¿Cómo fidelizar a esos profesores? Mejorando las instalaciones, subrayando el prestigio de Berkeley, asegurándoles el orgullo de pertenencia de formar parte de un centro puntero.

El rector no duda en afirmar que lo más importante de esa universidad es the faculty, el cuerpo docente, pues sin eso no hay universidad posible. ¿Se entendería tal afirmación en el sistema universitario español? A lo largo del documental vemos a profesores dando clase, discutiendo un paper con una doctoranda, encabezando una indagación en ingeniería para ayudar a caminar a lesionados de médula, defendiendo la investigación aeronáutica con vocación de conocimiento público o cómo las pesquisas sobre el cáncer y los genes exigen «pensar fuera de la caja». Unos salen dando clases de formato tradicional (en Berkeley caben alumnos con cara de aburridos), otros dirigiendo un pequeño seminario en el que marcan la dirección de orquesta y el instrumento solista. Hay tiempo para leer poemas en una biblioteca, para realizar un número musical humorístico sobre la idea de amigo en Facebook o para asistir a un asombroso cuarteto de cuerdas.

Pregunta el rector: ¿cuál es la principal responsabilidad de un decano? Fichar y promover solo a gente fuera de lo común, y por lo tanto saber hacer criba para apartar a los que no den la talla. Pero, y esto sería hoy novedoso en cualquier universidad sometida al proceso de Bolonia, no solo se debe honrar a los grandes investigadores: ¡hacen falta grandes profesores, expertos en docencia, expertos en el arte de dominar el manejo del aula! Y es probable que estos no se encuentren en la cresta de las publicaciones científicas, pues muchas veces los investigadores académicos no saben enseñar ni se interesan en dicha tarea. Ahí se señala una de las grandes ambiciones en Berkeley: no son importantes solo los scholars, sino también los classroom teachers, porque, en el fondo, se valora a los alumnos y al proyecto formativo que dio origen al centro.

Resulta especialmente llamativa una reunión de asistentes académicos (alumnos de doctorado que sirven de apoyo a los profesores para seguir el progreso de los alumnos), en la que una chica muy joven les proporciona directrices para aumentar la eficacia en su tarea: que se aprendan los nombres de los alumnos, que eviten una relación tan personal que pueda dificultar la justicia en la corrección de trabajos, que se planteen qué es lo que quieren ellos que aprendan los alum-nos, qué significa enseñar para cada uno de esos asistentes académicos. Y todo dicho con humor, dicho con cuidado. Se descubre pasión: deseo de aprender a enseñar.

Para lograr esas metas necesitan que todos los miembros del campus colaboren. Si racionalizan las compras llegarán a ahorrar 75 millones en suministros para no subir las matrículas un 13%; se ve al rector hablando con el personal no docente, que se queja de despidos, y el rector desvela cómo gracias a que los profesores se bajaron el sueldo los recortes pudieron ser menos traumáticos; discutirán sobre si es conveniente montar una guardería para los hijos del personal. Hay una voz disiente: ¿por qué dar subsidio solo a una elección particular de vida, la familia con niños? Y la discusión se abre, civilizadamente, con argumentos racionales.

La discusión racional

Quizá eso es lo que ha querido señalar Wiseman de forma más insistente: el carácter racional de todo el proyecto. Lo defiende abiertamente uno de los vicerrectores: lo central de la academia es la discusión racional, dice, y poner en orden la evidencia. Invita a cultivar la pasión porque con pasión es más fácil comprometerse y ser enérgico, pero el discernimiento (distinguir lo que es de lo que no es, el cultivo de la verdad) tiene la misma importancia. Por eso la universidad no debería centrar sus es fuerzos en las relaciones públicas o en la adulación. La universidad debe centrarse en apoyar el trabajo serio, no el que realizan las cheerleading (las animadoras). ¡Queda este ideal tan lejos de las prácticas de tantos centros que se llaman universitarios y que se limitan a cumplir con unas clases, a invertir en folletos plagados con fotos de alumnas irreales y a invitar a predicadores de campanillas —habitualmente no académicos— a sus ceremonias de graduación y a sus doctorados honoris causa!

Esa racionalidad, y eso es lo que más puede asombrar al público mediterráneo, se aplica también durante la discusión en el aula.

Primero, porque realmente hay discusión. Por supuesto, como ya he señalado, algunas clases siguen el esquema clásico (napoleónico) de profesor-busto-parlante. Sin duda eso es también lo adecuado cuando es necesario exponer contenidos. Pero se cultivan los debates, siempre en grupos pequeños. ¿Cómo no va a ser cara una universidad con clases para diez, quince personas? ¿Pero cuál es —aparte de este— el significado de la expresión educación superior? ¿Qué tiene de superior limitar la enseñanza a clases ante cientos de sujetos silenciosos y medio dormidos, o la rutinaria corrección de decenas de trabajitos mediocres que no han aportado nada al alumno y que solo aburren al docente?

Segundo, porque uno habla y el resto escucha. No hay interrupciones, sino que se deja tiempo para el argumento, se levanta la mano, se asiente, se espera el propio turno, y probablemente se niegue la mayor de lo dicho por el anterior participante sin mezclar la defensa de unas ideas con el ataque a unas personas. Se discute por qué se excluye a los estudiantes negros de los grupos de estudio; sobre el liberalismo, el individualismo y el papel de los impuestos; ilustran sus discusiones con multitud de lecturas, tal vez de los libros exigidos para la clase de esa semana; se reúnen para dar con soluciones a la subida de matrículas, y un profesor les plantea la necesidad de que sean creativos, que vean que los préstamos no son malos, que si la gente es capaz de pedirlos para comprar un coche que se devalúa en el momento que sale del concesionario, por qué van a tener ellos miedo de hacerlo para su educación que nunca pierde valor; o incluso se quejan de las manifestaciones estudiantiles que impidieron durante unas breves horas el uso de la biblioteca, la realización de un examen o que provocaron un desalojo porque los revoltosos hicieron sonar las alarmas contra incendios: ¿qué convivencia culta cabe esperar cuando hay grupos que imponen sus puntos de vista ejercitando ese tipo de violencia?

Y se escuchan unos a otros ordenadamente, con una actitud probablemente puritana —que nace del sentido del deber de escuchar—, presente también en ese campus con fama de revoltoso pero que en realidad está forma-do por ciudadanos norteamericanos, educados en la idea de tolerancia y en el educado deber moral. De ese modo el protagonismo no se encuentra solo en los que hablan, sino también en los que atienden. Ese es otro de los logros del documental: quien lo mira se ve envuelto en la conversación, a menudo querría participar, aprende a escuchar y espera a lo que tuviera que decir el siguiente alumno o el siguiente técnico del rectorado.

Las distintas escenas van intercaladas por momentos de la existencia cotidiana: paseantes en el campus, chicos jugando al frisbee, el envidiable y eterno buen tiempo californiano, un partido de American Football con las majorettes en un estadio inmenso, obras de mejora en el asfalto, el oso que identifica a Cal-Berkeley, mercadillos callejeros con los últimos hippies que parecen formar parte del atrezzo una exposición nostálgica, la danza en un teatro en la que las sombras de los bailarines pasan delante de una tela azul…

Un mundo aparte de las necesidades cotidianas que convierte a ese campus cargado de excelencia en una suerte de utopía. At Berkeley: cualquier apasionado de la universidad necesita ver este documental.

Ivor Roberts sobre la misión de la universidad: «Enseñanza e investigación en busca de la verdad»

Sir Ivor Roberts (Liverpool, 1946), ex presidente del Trinity College (Oxford), alumno de esa misma universidad, diplomático, presentó una ponencia en Madrid sobre el modelo británico de universidades (selección del profesorado, tasas, becas, gobierno) el pasado 15 de octubre de 2018, en un foro organizado por Nueva Revista. Ese mismo día Roberts contestó a estas preguntas.

¿Por qué son tan caras las universidades británicas? ¿Puede resumir qué se hace en el Reino Unido para conseguir que alumnos sin medios pero con talento puedan estudiar?

Efectivamente las universidades británicas son caras. El coste de la enseñanza suma unas doce mil libras al año, y a eso hay que añadir los costes de vida en general: alojamiento etc. Muchos estudiantes terminan la universidad con deudas de 70.000-80.000 libras. No empiezan a devolver los préstamos con que financiaron sus estudios hasta que sus salarios alcanzan las 24.000 libras anuales aproximadamente. Estos altos costes se deben en parte al gran número de estudiantes que hoy día cursan estudios universitarios. Según cifras oficiales se prevé que al llegar a los treinta años el 49 por ciento de los nacidos en Inglaterra se habrán incorporado a estudios superiores. Otro factor del coste tan elevado de la educación británica es el hecho de que en Oxford y en Cambridge se mantiene la tradición de la enseñanza individualizada, que resulta muy cara. Mantener sesiones de un tutor con uno o dos alumnos sale naturalmente más caro que dar clases o seminarios con quince o veinte alumnos por profesor. Hay varias maneras de reducir estos costes. Existen exenciones de los costes de matrícula para los alumnos cuyas familias tengan ingresos por debajo de las 17.000 libras al año. También hay una amplia gama de becas para los alumnos más pobres.

Como usted mismo ha señalado, muchos estudiantes se endeudan para estudiar. ¿Considera que esto puede adulterar todo el sentido de ser universitario?

Casi todos los estudiantes británicos se endeudan para pagar sus estudios. La alternativa sería que la educación superior fuera gratuita, con lo cual la estarían financiando todos los contribuyentes, tuvieran o no algún miembro de su familia cursando estudios superiores. Esto sería radicalmente injusto y además una carga abrumadora para el Estado a la vista de la enorme cantidad de estudiantes universitarios. Este año 412.170 personas han comenzado los estudios superiores.

¿Es buena la selección de profesores en el Reino Unido? ¿Es especialmente buena la selección en Oxford y Cambridge? 

La selección de profesores y catedráticos de universidad es muy rigurosa. Yo he presidido muchos tribunales de selección para asignaturas muy diversas: historia del arte, bioquímica, latín, historia, español. En Oxford pedimos a los candidatos que presenten muestras de su obra escrita y, cuando sea pertinente, de sus publicaciones. Preseleccionamos a una media docena de candidatos y los entrevistamos detenidamente. Cada uno debe dar una conferencia abreviada de unos veinte minutos a un grupo de alumnos de segundo y tercer año. La valoración que hacen estos alumnos de la calidad de estas miniconferencias se tiene plenamente en cuenta a la hora de decidir cuál es el candidato elegido. No tengo experiencia de cómo es el proceso de selección en otras universidades en el Reino Unido, pero desde luego Oxford y, por lo que sé, Cambridge, reciben gran cantidad de solicitudes, dado el prestigio que se atribuye a las dos universidades más antiguas del mundo anglófono y que figuran habitualmente entre las mejores universidades del mundo.

¿Qué opina hoy en día del desprestigio de las Letras en muchos ambientes universitarios?

Como yo mismo procedo de las humanidades, no puedo sino lamentar el menor prestigio de que hoy disfrutan estas frente a las asignaturas llamadas STEM («raíz»), palabra formada por las iniciales en inglés de las disciplinas de ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas. En Gran Bretaña parte del problema estriba en la enorme competitividad del mercado laboral para los titulados universitarios en un mundo donde el cincuenta por ciento de cada promoción obtiene un título universitario o de otros estudios superiores. En consecuencia mucha gente considera las humanidades como un lujo y, en el ambiente actual, un lujo que se coloca en segundo lugar, detrás de los títulos que se consideran más utilitarios como las ciencias, las ciencias sociales y la medicina.

¿Cuál es, en su opinión, el fin de la formación universitaria?

El objetivo de la universidad debe ser combinar la enseñanza y la investigación en busca de la verdad imparcial. Aunque el equilibrio entre enseñanza e investigación puede variar, la enseñanza no debería nunca separarse del progreso de los conocimientos ni de la búsqueda de la verdad, puesto que el proceso educativo alcanza su máxima vitalidad cuando se vive como un descubrimiento. Una universidad tiene que ser un foro donde se adquieran habilidades profesionales, pero también debe desarrollar las capacidades generales de la mente para producir no meros especialistas sino hombres y mujeres cultos.

Ignatieff: virtudes cotidianas, pero universales

Michael Ignatieff, político e intelectual canadiense, hace en este libro una reflexión sobre las virtudes cotidianas, practicadas por el ser humano con independencia de la cultura a la que pertenezca. Pretende nada menos que revisar el habitual discurso sobre los derechos humanos, que se alimenta de las expectativas creadas por los tratados y convenciones internacionales.

Michael Ignatieff: Las virtudes cotidianas. Madrid, Taurus, 2018. 354 páginas

Ignatieff nos recuerda que, para mucha gente corriente, esto no deja de ser una abstracción que poco influye en su vida cotidiana. A este respecto, la tesis es clara: no bastan las leyes, son también necesarias las virtudes morales u ordinarias. En efecto, el lenguaje de los derechos es el de los Estados y las élites liberales, según nuestro autor. En teoría, sería la expresión perfecta para la construcción de una ética global, pero el problema es que muchos habitantes de nuestro planeta se aferran a lo local porque consideran que la globalización es una amenaza para sus existencias cotidianas.

Cada vez es más frecuente que los valores universales sean negados, al menos en la práctica, en nombre de una democracia que termina por sustentar intereses nacionales egoístas. Asistimos a la paradoja de que el principio de la democracia, de la libre determinación en el sentido amplio del término, se imponga, con muy poca consideración sobre el principio de una justicia para todos. La consecuencia, y la estamos viendo en los nacionalismos y populismos de distinto signo, es que los intereses de ciertos países con gobiernos elegidos democráticamente tienden a prevalecer sobre los intereses de gente de otros países.

En una época de inseguridades como la nuestra, virtudes cotidianas como la confianza, la tolerancia, el perdón, la reconciliación o la resilencia tienen una importancia trascendental. Lo ha podido comprobar Michael Ignatieff en su libro, resultado de una investigación de campo para la Fundación Carnegie en países tan dispares como EE.UU., Brasil, Myanmar, Japón o Sudáfrica. En cualquiera de estos lugares las virtudes son comunes a los seres humanos, y tanto Ignatieff como sus compañeros de investigación tuvieron ocasión de comprobarlo, pues se sintieron acogidos generosamente.

Las virtudes ordinarias son, por definición, antipolíticas y antiideológicas. Se aprecia claramente la formación en filosofía clásica del autor en su creencia de que las virtudes se afianzan a partir de la lucha contra los vicios, y menciona algunos como la avaricia, la ambición, la enemistad y el odio. Al igual que su maestro, Isaiah Berlin, Michael Ignatieff es un defensor del legado de la Ilustración, aunque reconozca sus deficiencias derivadas del fuste torcido de la humanidad, en conocida expresión de Kant. Frente al pesimismo de quienes creen que vivimos en un mundo hobbesiano regido por depredadores, Ignatieff parece apostar por una moral de tipo kantiano, en la que lo individual, lo local, alcance una dimensión universal.

En una época de inseguridades como la nuestra, virtudes cotidianas como la confianza y la tolerancia tienen una importancia trascendental.

Con todo, el autor subraya que el orgullo nacional y las tradiciones locales encabezan una fuerte resistencia hacia toda moralidad universal. Esto explica que mayorías democráticas, apegadas a los valores locales, no crean en obligaciones universales hacia los otros. Son tiempos de soberanismo a escala global, y esto no es privativo de Rusia y China, sino que ese discurso soberanista es apoyado también por ciudadanos de países democráticos. Ignatieff subraya el poder de las virtudes cotidianas por encima de los regímenes políticos. En cualquier sistema pueden darse situaciones de oligarquía, corrupción e injusticia, pero se les debería hacer frente por medio de las virtudes. Sin ir más lejos, en este libro se nos recuerda que la piedad personal ha hecho más por salvar vidas que el mero lenguaje de los derechos.

Leonardo da Vinci. La biografía

Steve Jobs, Franklin, Einstein y ahora Leonardo da Vinci. ¿Cuál es el secreto del éxito que tan bien guarda Isaacson? Es cierto que las vidas de los personajes que estudia son tan apasionantes como una novela, pero también es verdad que sus lectores no retroceden ante los miles de páginas de los que constan sus ensayos. Después de leer su atractivo repaso por la trayectoria y la compleja obra de Leonardo, creo que la combinación de erudición, cercanía y unas pocas dosis de autoayuda constituyen la estrategia que ha diseñado el profesor y escritor americano para seducir al lector medio contemporáneo, tan necesitado de cultura como de autoestima.

Walter Isaacson: Leonardo Da Vinci. La biografía.  Debate, Madrid, 2018, 599 págs.

En sus largos años de investigación y estudio sobre las personalidades más sobresalientes de la historia, Isaacson ha elaborado una teoría acerca del genio poco científica pero de enorme sentido común. Leonardo le ha ayudado a validarla. De acuerdo con este biógrafo, el genio no es un ser que supera la condición humana, una deidad o alguien con dones celestiales, sino una persona de carne y hueso, con nuestras mismas miserias, pero también con nuestra misma potencialidad, que despunta gracias a una extraña mixtura de inteligencia, creatividad y obsesión. La enseñanza que uno extrae tras las casi seiscientas páginas que tiene este libro es el típico mensaje de «tú también podrías», un compendio de consejos que conminan al lector a emular la grandeza artística de Leonardo, como si el interés de Isaacson hubiera sido destilar del itinerario existencial de ese polímata del Renacimiento. Principios que el tedioso y aburrido individuo de nuestros días puede aplicar para alimentar sus sueños de grandeza. No es casual que las últimas páginas del libro se presenten bajo el título «La lección de Leonardo» y se incluyan consejos como «busque el conocimiento por sí mismo», «sea curioso», «conserve la capacidad de asombro de un niño», concluyendo el volumen con un rotundo «ábrase al misterio». Pero, en cualquier caso, no restemos mérito a Isaacson, que aclara algunas partes de esa biografía recóndita, y tal vez por eso mismo tan fascinante, del autor de la sonrisa más esotérica del arte. Leonardo fue un auténtico hombre del Renacimiento, con intereses inabarcables, espíritu innovador. Fue un observador atento, ajeno por completo a ese virus de la especialización que ha transformado la sabiduría de antaño en la menesterosa cultura de expertos de hoy. Para quien dude de su talento, ahí están sus obras; para quien recele de su ingenio, ahí están sus cuadernos. Isaacson puntualiza, sin embargo, que le faltaba esa reverencia hacia la tradición y el entusiasmo por el pasado que hizo de aquella época una vuelta a lo clásico. Era autodidacta, apenas sabía latín y, sorprendentemente, no dominaba la aritmética ni el álgebra. La geometría era su fuerte. Si hemos de creer al autor, hay rasgos que hacen peculiar a Leonardo: su inagotable admiración y sus dotes infatigables de observador. Isaacson lo retrata como un niño que se resiste a crecer y que conserva su pasmosa ingenuidad ante el misterio y la belleza de lo real mientras envejece. Al cabo de los siglos, y con independencia de sus grandes obras, el hombre que revelan sus cuadernos es un astuto espectador del universo, un obsesivo escrutador de las analogías entre la naturaleza, el cuerpo humano y el espíritu. Tanto sus bocetos anatómicos como su interés por las plantas, el agua, el movimiento o los rostros, nacían de su asombrosa capacidad de atender a los detalles. Podía estar mirando los semblantes que pasaban a su lado para retratarlos en sus pinturas, buscando incansablemente la expresión más veraz de una determinada emoción, o vagar con su imaginación mientras indagaba la indescifrable nervatura del envés de una hoja.

Una naturaleza universal

Su vocación artística estaba indisolublemente unida a su creatividad y ambas conformaban espiritualmente una misma fuerza con su inclinación científica. Leonardo fue, de algún modo, el predecesor de aquellos que, como Galileo, revolucionaron la ciencia y nuestra manera de ver el mundo. Pero en Leonardo todavía no se había impuesto esa antítesis entre las dos culturas, la de letras y ciencias, que consagró C. P. Snow. Por ello mismo, una de las peculiaridades que más llaman la atención de Leonardo es su universalidad. Así lo explica el propio Isaacson: «Lo que también distinguió al genio de Leonardo fue su naturaleza universal. El mundo ha producido otros pensadores más profundos, y muchos más prácticos, pero ninguno tan creativo en tantos campos diferentes. Algunas personas son genios en un campo particular, como Mozart en la música y Euler en las matemáticas. Sin embargo, la brillantez de Leonardo abarcaba múltiples disciplinas, lo que le permitió tener una perspectiva mucho más completa de las pautas y los vínculos con la naturaleza».

Leonardo unía ciencia y arte porque sus meticulosas observaciones constituían el preámbulo de su trabajo artístico. Para pintar esas miradas que siguen al espectador a lo largo y ancho de su lugar de exposición, tenía primero que estudiar el ojo, analizar la incidencia de la luz y averiguar cómo la interioridad podía reflejarse en una leve huella del iris. La sonrisa, el cielo, los árboles, las piedras o las flores tenían que hallar en el lienzo su lugar exacto y adquirir realidad. Por ejemplo, llegó a la técnica del sfumato, que consiste en sobreponer tenues capas de pintura con el fin de suavizar los contornos, porque se percató de que nuestra visión no delimita los objetos de forma áspera, rígida o quebrada, es decir, no percibimos líneas marcadas, sino una brumosa continuidad.

La famosa carta que Leonardo escribe a Ludovico Sforza, uno de sus principales mecenas, dan fe de la ingente variedad de sus intereses, pero también de la pericia de Leonardo en la invención. Y es curioso que no se presentara como pintor o artista en esa solicitud de empleo, sino que se ofreciera como inventor de diversos instrumentos de guerra. En Milán, Leonardo se dedicó a la pintura, pero también a diversos proyectos de ingeniería, en muchos casos frustrados. También fue un importante productor de espectáculos y se encargó de diversos montajes escénicos. Para Isaacson, lo que hace que Leonardo descienda de su pedestal divino y lo convierte en un simple mortal, ciertamente prodigioso, pero humano, al fin y al cabo, son sus fracasos. Fueron muchos los proyectos en los que esa inquieta mente se embarcó y muchos también los que, finalmente, no vieron la luz. Gracias a que escribía sus inquietudes al detalle en interminables listas -también sus tareas y encargos—, los especialistas han podido reconstruir no solo un más o menos completo catálogo de sus obras, sino también los planes que nunca llegó a realizar.

El enfrentamiento con Miguel Ángel

Quien quiera acercarse a Leonardo, encontrará en este vivo libro de Isaacson una buena introducción. El mérito del biógrafo americano a la hora de poner a disposición de los neófitos la literatura especializada es innegable. Y anima a seguir profundizando en algunos de los misterios de Leonardo, sobre el que todavía se ciernen ciertas sombras. A este respecto, son muy sintomáticas las discusiones entre los especialistas con motivo del hallazgo de La bella principessa, cuya autoría muchos hoy todavía niegan. Por otro lado, también resulta especialmente interesante la coincidencia y enfrentamiento entre Leonardo y Miguel Ángel. Isaacson no entra, por fortuna, en la vida íntima del último, aunque destaca que era homosexual y que el amor de su vida fue Salai, un joven que entró muy pronto a vivir con él como ayudante y que le dio bastantes quebraderos de cabeza, pero también fue motivo de inspiración para muchos de los retratos que esbozó.

Una gran ventaja del libro es que está acompañado de multitud de ilustraciones, a las que se remiten las diversas partes del ensayo. Sirve tanto como relato histórico y acercamiento a la vida de un artista central en la historia de la cultura. También son sutiles y rigurosas las interpretaciones de sus obras que Isaacson ofrece y que ayudan a hacernos una idea de la potencia de Leonardo y de sus multifacéticas contribuciones.