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«Homo rethoricus». La retórica, de moda

La Retórica es la técnica de comunicar eficazmente, o sea, de hacer llegar lo que se quiere transmitir y persuadir al público interlocutor. Por consiguiente, tiene que conseguir dos objetivos: a) captar la atención, b) conseguir la adhesión. En la dimensión pasiva, es preciso comprender lo que se nos comunica y comprendernos nosotros mismos. Sin duda, atañe a una facultad humana fundamental, razón por la cual ha constituido uno de los estudios básicos de la cultura occidental desde el siglo V antes de Cristo.

En sus orígenes de cultura oral, Rhetorica significaba el arte de hablar en público, término originariamente griego que se traduce al latín como Oratoria con el mismo significado. Actualmente se suele reservar el nombre de Retórica para la materia académica en general y Oratoria para la teoría y práctica del discurso oral.

A finales del siglo XX y principios del XXI, la competencia que proporciona la Retórica es, si cabe, más necesaria que nunca. La necesitan abogados y políticos, ejecutivos y comerciales en sus presentaciones de empresa, oradores sagrados, publicistas, especialistas en marketing, profesores de toda especialidad para el éxito de sus clases. Los científicos la incorporan para solicitar proyectos, redactar informes, liderar o interactuar en el grupo.

Los géneros del discurso son múltiples y se concretan como disertación, mesa redonda, tertulia, debate, presentación, moderación, mitin, interpelación, etc.

Especial importancia tiene ahora el ámbito en que se desarrolla el hecho de comunicación: directo, radio, televisión, cine, videoconferencia o redes sociales.

La retórica fue originariamente un saber jurídico destinado al ejercicio de la abogacía. Naturalmente, la estructura dialéctica por la que se defiende una posición y se debilita la contraria está explícitamente presente en la dimensión persuasiva del interactuar humano. La retórica es así un saber transversal que transita y fecunda el entero espacio de la comunicación social, de manera que retórica viene a ser la forma tradicional de decir comunicación; sus técnicas, los modos de sentido común de llevarla a buen término.

«Hablar en público es la forma habitual de la ordinaria comunicación y hacerlo con propiedad y eficacia forma parte de las capacidades imprescindibles de la persona culta, sea cual sea su desempeño profesional»

Su desarrollo desde los orígenes se vincula con la organización democrática de la sociedad. En una democracia se espera que los políticos hagan de correa de transmisión entre el pueblo y los poderes públicos. La ciencia política contempla el ejercicio de la retórica tanto en asambleas y mítines en que se formulan las propuestas para las que se reclama la adhesión del público como en el debate parlamentario en que se confrontan distintos proyectos respecto de un mismo asunto y de la gobernanza en general.

La claridad en la exposición escrita y oral es un objetivo prioritario de la pedagogía. Superados los excesos del supremacismo pedagógico de ciertas épocas en que se planteaba la quimera de que lo importante era saber enseñar con olvido de que es imposible enseñar si el docente no sabe lo que enseña, la retórica ocupa sensatamente un papel en la relación profesor alumno y forma parte importante en los currículos para la adquisición de la aptitud pedagógica.

La publicidad es una disciplina retórica que incorpora la rica casuística tradicional de las figuras retóricas, no solamente en la especial elaboración de la lengua natural o idioma sino en el empleo de los más diversos recursos audiovisuales a través de soportes y medios de comunicación social que emplea la mercadotecnia contemporánea. Aparte de las consecuencias económicas, esto entraña una dimensión sociológica y filosófica importante por cuanto parte de una instancia emisora que tiene en cuenta los horizontes de expectación de una sociedad para modular su oferta y, por otra parte, contribuye a la creación de valores y pautas que favorecen sus pretensiones de mercado.

La moderna exigencia de la divulgación científica es también una actividad retórica que atiende la necesidad de hacer partícipe a la sociedad de los conocimientos especializados y recabar los recursos necesarios mediante una explicación convincente a las instancias interesadas y los poderes públicos, además de la ya indicada exigencia de redacción de informes y proyectos de investigación claros y atendibles.

El arte de hablar en público u Oratoria propiamente dicha atiende a la puesta en escena de una comunicación. Dicción, gestos, utilización de lugares e instrumentos forman parte muy importante de la materia ahora, y más antes, en cuanto que originariamente se trataba solamente de la comunicación oral. En este apartado conecta con la declamación y otras enseñanzas del arte dramático. Por lo demás, hablar en público es la forma habitual de la ordinaria comunicación y hacerlo con propiedad y eficacia forma parte de las capacidades imprescindibles de la persona culta, sea cual sea su desempeño profesional, pronuncie o no conferencias («género demostrativo», en la denominación de los clásicos). Hay relaciones como la de médico-paciente en las que muchas veces cobra un especial relieve.

«Como es retóricamente más rentable “lo falso verosímil que lo verdadero inverosímil”, la cuestión de las relaciones entre Retórica y Ética constituye un lugar permanente»

Además de todo esto, existe una inmensa bibliografía sobre oratoria sagrada, materia importantísima en los estudios eclesiásticos, y sobre retórica literaria. Siempre se ha advertido que los procedimientos de especial elaboración del lenguaje que se acometen con un objetivo estético en el campo de la literatura han de ser, al menos en parte, los mismos de los que echamos mano en el uso ordinario de nuestras capacidades comunicativas. Eso es así, hasta tal punto que el extenso catálogo de las llamadas figuras se estudian unas veces en los manuales de gramática y otros en los de literatura.

Retórica literaria y retórica general

Y como es retóricamente más rentable «lo falso verosímil que lo verdadero inverosímil», la cuestión de las relaciones entre Retórica y Ética constituye un lugar permanente en los siglos y siglos que estos estudios llevan acompañando a los seres humanos de todas las épocas y culturas.

Una parte de la Retórica está constituida por el elenco de las «figuras», modos especiales del uso del lenguaje para llamar la atención con un fin estético (literatura) o con un fin práctico (lo demás). Ese carácter «literario» de la retórica la ha alejado de algunos que la confunden con el adorno o la hojarasca (no me vengas con retóricas). Fuera de que la literatura no es adorno u hojarasca, ocurre también que muchas de las figuras no solamente llaman la atención, sino que son persuasivas. Véase, si no:

El cliché elige un elemento especial del sistema lingüístico que, en vez de responder a las reglas combinatorias usuales del código, se ofrece siempre como bloque inalterable. Decir de alguien que se ahoga en un vaso de agua es atribución de debilidad de carácter. Un whisky bueno no es solo el que no se desvirtúa fácilmente, sino el que no se ahoga en un vaso de agua.

Por un proceso de recategorización semántica, un término como tentación se convierte en algo no de lo que hay que «huir», sino en lo que se debe «caer». Cuando te ofrezcan tal chocolatina, cae en la tentación.

Se trata de jugar con las múltiples posibilidades de ambigüedad que ofrece el lenguaje. Así, si es cosa de anunciar una sala de fiestas en que se exhiben señoritas sucintas de ropa, nos dirán venga a bailar y vea lo que es bueno.

En fin, toda la memoria cultural servirá para teñir con alusiones prestigiosas cualquier tipo de mensaje publicitario. Quien copilota un coche que realiza proezas increíbles es … Marco Polo.

«Lo importante ahora es la imagen y no la cosa, la apariencia y no la esencia. (…) Ahora solo nos queda la Retórica»

Difícilmente se podrá decir que estos procedimientos son solamente «de adorno». Primero porque los «adornos» sirven para llamar la atención, que es el paso previo a conseguir la adhesión; segundo porque, en casos como los ejemplificados, es evidente su eficacia argumentativa per se, claro que se trata de una eficacia retórica publicitaria, tan solo verosímil —no verdadera— y atendido el contexto.

Pero, sobre todo, la argumentación retórica no puede estar más viva. Ya en 1990 propuse un pequeño elenco de ejemplos, siguiendo la adaptación que hace Reboul de los lugares argumentales aristotélicos. Desde luego, el entimema retórico, en general, está bien presente. ¿Acaso no vivifica grandes concentraciones de nuestra sociedad de masas conclusiones que se corean, a pesar de estar basadas en premisas tan solo verosímiles? El x, el x, el x es pistonudo, como el x, no hay ninguno.

Y así en los múltiples argumentos que señala la Retórica:

Ejemplo. Si un policía nacional mata a un joven que le disputa la pareja para el baile en una discoteca, determinada prensa, enemiga de la existencia de estos cuerpos, magnificará la noticia con generoso espacio y gordísimos titulares: de ese modo se transmite el argumento implícito, por vía de ejemplo, de que la policía no está al servicio de la ley, sino precisamente en contra de ella.

Autoridad. Fundamentado en la acertada lógica de que no se puede conocer directamente todo y hay que actuar basándose en la confianza (de hecho, hasta el discurso científico tiene que echar mano continuamente de citas y de fuentes), se apela a la autoridad de una persona, de una colectividad o incluso de la sabiduría popular.

Claro que, en la utilización retórica de este argumento, puede invocarse la autoridad de una persona sobre una materia (el fútbol, por ejemplo) para divulgar a través de los media su opinión favorable a otra. Así, la calidad de una determinada ropa interior garantizada por Cristiano Ronaldo.

Como es frecuente, en el argumento retórico; también éste puede leerse, según convenga, al derecho o al revés. La autoridad que tiene el enemigo en el asunto de su interés por destruirnos puede ser utilizada de forma descalificadora: Habla como el enemigo. O probatoria: Del enemigo, el consejo.

Según bien es sabido, todo refrán (La prudencia es madre de la ciencia) tiene su contrario (El que no se arriesga, no pasa la mar).

Tautología. Juega con la aparente contundencia del principio de identidad cuando en realidad el segundo término se carga de unas notas solo fundamentadas en convicciones del contexto: Una mujer siempre es una mujer. Será acusación de «inconstante», «frágil», «ladina», en ambientes machistas o significará «explotada» «reivindicadora» en ambientes feministas.

Alternativa. Se basa en el principio lógico del tercio excluso, según el eslogan Conducir o beber, es preciso escoger. Quizá se pueda beber moderadamente y seguir conduciendo, pero el argumento está a la orden del día.

Dilema. Obliga a escoger uno de dos caminos para conducir necesariamente a una misma solución: O eres del Real Madrid o del Atlético. Te interesa que pierda el Barcelona. Pero uno puede ser de Osasuna y traerle al fresco la cuestión.

Cantidad. Argumento que posee una gran fuerza persuasiva: Nueve de cada diez personas mejoran su inglés con una App. Utilice la nuestra. Nada se dice sobre cómo se mejora con otros procedimientos.

Las variables del argumento retórico de cantidad son innumerables, pero lo característico de nuestra época es que, como dicen Perelman y Olbrech-Tyteca en su obra clásica de la materia, «se pasa de lo normal a lo normativo». Es el «lugar» que propicia identificar la conducta normativa con la conducta estadísticamente más frecuente.

En fin, recordemos grosso modo en este sucinto repaso los móviles incitadores e intimidatorios que funcionan en la máquina argumental que estamos viendo.

A-1) Móvil edónico incitador: La chispa de la vida.

A-2) Móvil edónico intimidatorio: ¿Ha visto un jinete sin caballo? ¿Cómo toma un bitter sin…?

B-1) Móvil ético incitador: Meta un gol a su conciencia (futbolista galáctico en campaña de Cruz Roja).

B-2) Móvil ético intimidatorio: Un presunto niño huérfano a causa de accidente de circulación nos apela desde TVE: Conduzca con prudencia, ¡por favor!

C-1) Móvil pragmático incitador: ¿No revisa su coche si le fallan los frenos? Revise la luz.

C-2) Móvil pragmático intimidatorio: La vida buena es cara… La hay más barata… Pero ya no es vida.

El nuevo auge de la Retórica

La Retórica ha subsistido a lo largo de la historia. Ha sustentado la oratoria sagrada que ha sido el último reducto donde el cultivo explícito no ha corrido peligro. Ha sido soporte de la propaganda política. Cada vez hay más estudios de la correlación entre ideologías y formas de lenguaje. Sobre todo, ha encontrado un nuevo cultivo en la práctica de la publicidad comercial, donde el «creativo» tiene un puesto a mitad de camino entre el rétor antiguo y el filósofo o, en la actualidad, semiólogo.

Pero hay al respecto otro factor que (me parece) no se ha señalado suficientemente: la sobrevaloración actual de la «imagen» ante la imposibilidad actual de la verificación inmediata. Como he dicho en otras ocasiones, lo que dice un político, lo que el cantante representa como vida privada para que sea narrado verbal y, sobre todo, fotográficamente por las revistas del corazón no es, con frecuencia, lo que aquel piensa o lo que este vive, sino lo que sus asesores, tras una prospección de mercado, le indican que es eficaz, que va a suscitar la adhesión emocional. Y lo asombroso es que, muchas veces, el político seguirá cosechando votos a pesar de que no hace lo que dice y el cantante, aun con una voz cascada por los años, recorrerá de triunfo en triunfo el planeta, rindiendo a sus pies incluso a los poderosos de la tierra que, como él, son esclavos de la imagen, representantes de papeles de conveniencia en el tinglado de la nueva farsa.

La Retórica conoce nuevo auge y de los datos aportados quizás se pueda deducir alguna hipótesis. Nos encontramos en una situación de relaciones mediadas, propiciadas, sobre todo por las nuevas tecnologías en los medios de comunicación. A la vez, la difusión, por ósmosis, en el entero ambiente cultural de lo que podríamos llamar un clima neonominalista, relativista, ha hecho perder el interés por la búsqueda de la verdad. Ha aparecido un ser humano cuyo único horizonte es el de lo verosímil, categoría que, por supuesto, no es permanente sino variable en relación con los contextos.

Lo importante ahora es la imagen y no la cosa, la apariencia y no la esencia. El «hombre de hoy» ya no blandirá la objeción que desde Platón se venía haciendo a la Retórica porque esta no conduce a una verdad incuestionable. Ahora solo nos queda la Retórica. De ahí, su enorme importancia.

La verdad como ficción, la ficción como verdad

Señalaba yo hace dos años alguna característica del nuevo periodismo y su juego con la representación de la ficción como verdad o de la verdad como ficción. ¿No parece responder acaso esta actividad a la afirmación implícita de que todo es ficción? Allí donde no hay referencia a la verdad ontológica es imposible establecer la convención del realismo.

Parece que podríamos afirmar que hemos entrado en la era del homo rhetoricus, un tipo humano que carece de interés por la verdad y que se mueve tan solo por la imagen. Hemos apuntado dos posibles causas de esta profunda alteración de pautas del otrora designado como homo sapiens, homo oeconomicus, etc. La primera, la incidencia de las nuevas tecnologías de la comunicación que hacen que la mayor parte de la información que poseemos sea una información mediada que no puede ser contrastada de ninguna manera. La segunda, la difusión de un clima neonominalista que ha sustituido la filosofía tradicional por otra donde carece de sentido preguntarse por la verdad.

«Fundamentado en la acertada lógica de que no se puede conocer directamente todo y hay que actuar basándose en la confianza, se apela a la autoridad de una persona, de una colectividad o incluso de la sabiduría popular»

Precisamente la decadencia de la Retórica, que ha marcado la historia cultural de los siglos XVIII y XIX, acusada de responder solamente a lo verosímil, se encuentra al final del siglo XX con una cultura sofística, donde la Retórica no es solo una disciplina atendible, sino que, en el fondo, la verdad no interesa, todo se reduce a Retórica. Del modelo de Quintiliano que era el de «vir bonus dicendi peritus» (la persona de bien, perita en comunicar) nos hemos quedado, si acaso, con el «dicendi peritus».

Hace poco avisaba yo en estas mismas páginas que esto viene de lejos, que Ricoeur recuerda que, desde Empédocles, suele decirse que la Retórica es la más antigua enemiga de la filosofía porque el arte del bien decir se puede eximir de la preocupación por decir la verdad, la técnica que gobierna las causas que engendran los efectos de persuasión da el temible poder de disponer de las palabras sin las cosas, de disponer de los seres humanos, disponiendo de las palabras. La posibilidad de esta escisión acompaña toda la historia del discurso humano. Por eso la condenaba ya Platón, para quien la retórica es a la justicia lo que la sofística a la legislación y «las dos son, en cuanto al alma, lo que son, en cuanto al cuerpo, la cocina respecto a la medicina y la cosmética respecto a la gimnástica: artes de ilusión y engaño».

Esto viene de lejos, pero la perversión que antes se denunciaba ha tomado carta de naturaleza universal y es posible que esta sea también causa del auge de la Retórica. Hay que admitirlo. No obstante, el ser humano tiende espontáneamente a comunicar y a convencer a los interlocutores de sus propias convicciones. Pasión y emoción estarán sin duda presentes en el proceso de comunicación. Eso no quiere decir que obligatoriamente demos la espalda a la verdad. Recuperemos la Retórica y recuperemos la Ética. Aristóteles decía que la facultad de persuadir se puede utilizar para el bien o para el mal (como todo entre los humanos), pero que si resulta vergonzoso no saberse defender de las agresiones por falta de entrenamiento físico, más vergonzoso resulta arriesgarse a ser agredido dialécticamente por falta de entrenamiento en la palabra. A Aristóteles me acojo.

Mario Míguez: La cabeza de Tomás Moro

No es la prematura muerte del poeta Mario Míguez (Madrid, 1962-2017) lo que ha puesto en las estanterías de novedades su obra contra lo que pudieran indicarnos las fechas y cierta costumbre editorial. Se trataba de un escalón más, natural, en el reconocimiento de un poeta excelente. Por eso, las dos recientes antologías de su poesía estaban ya en preparación cuando el poeta enfermó. Son Ya nada más (Libros Canto y Cuento, 2017) y Difícil es el alba, (Renacimiento, 2018) al cuidado, respectivamente, de José Mateos y de José Cereijo, dos poetas de prestigio, grandes admiradores de Míguez. Acaba de salir también en Renacimiento el libro póstumo La cabeza de Tomás Moro y otros poemas católicos.

Mario Míguez: La cabeza de Tomás Moro y otros poemas católicos. Renacimiento, Sevilla, 2018, 82 páginas.

§ § § § §

En el prólogo de este nuevo libro, José Mateos, bromea un tanto con el admirado poeta a cuenta de la provocación que supone haber titulado su último poemario con ese “y otros poemas católicos”, aunque poner por delante la cabeza misma decapitada de Tomás Moro ya bastaba. Creo que el título no es una provocación, sino el último pudor de ese gran pudoroso que fue Míguez. Está bajando la voz, en realidad. Porque una vez leídos, más que poemas católicos, que lo son, son místicos, en el sentido más elevado de la palabra. Transmiten una experiencia religiosa unitiva, y permiten que el lector la atisbe. Eso sí que es una provocación.

Quizá en ese afán de esconderse (sin que se note que se esconde, incluso pareciendo lo contrario, que es esconderse mucho más) pueda estar la última explicación a estos poemas largos y narrativos. Mario Míguez va contracorriente de la poesía moderna, que busca el lirismo en el chispazo de emoción. Tras su primer libro, 23 poemas (Pre-Textos, 1988), muy influido, a mi entender, por Julio Martínez Mesanza y su endecasílabo blanco y poderoso, desde su segunda entrega, Pasos (Pre-Textos, 2006), ya empezó a adentrarse, sin perder nunca el verso claro, en el poema largo, que se adueña de El cazador (Pre-Textos, 2008). En La cabeza de Tomás Moro, los poemas largos son mayoría y casi todos son narrativos, porque también el yo se va borrando, se va borrando del todo, o casi, que todavía se cuela una estremecida “Plegaria por mis sueños”.

Leer de nuevo a Míguez, tan cercana su voz aunque él ya no esté, es un estremecimiento. Se comprende a Cereijo cuando abre el prólogo de su antología con esta comparación: “Como a principios del siglo XX señalara Arnold Bennett, ‘Yeats es uno de los grandes poetas de nuestra era, porque media docena de lectores sabemos que lo es’. En estas palabras, que el tiempo ha confirmado, no ha de verse fatuidad alguna, sino simplemente la constatación de que el reconocimiento público no siempre va asociado a la excelencia. Mario Míguez es también, hoy por hoy el secreto de unos pocos”.

Entre esos pocos, Fernando Savater, que ha escrito: “Mario Míguez, aquel joven amigo desaparecido demasiado pronto al que tanto quise y del que tanto aprendí. Su voz me parece merecer el mismo homenaje que alguien dedicó a la de un gran actor inglés: un clarín envuelto en terciopelo. Capaz de condensar todo lo pendiente en siete palabras: ‘Traicionado el amor, ya todo es nada’. ¡Qué grande sería nuestro abandono sin la compañía de los poetas! ¡Y qué pocos poetas hay, aunque tantos hagan versos!”

No se resiste Savater a seleccionar un verso, y qué hermoso; y aquí también seleccionamos otros pocos, porque es lo nuestro, ciñéndonos a La cabeza de Tomás Moro y otros poemas católicos:

 

¿Qué gallo y en qué noche

ha de hacerte escuchar su tercer canto?

*

No es sabio aquel que tiembla ante la muerte…

*

Todo hospital es un lugar en llamas

*

alegre como sólo

puede en el mundo estar alegre un niño.

*

Un nombre es algo santo:

se bendice o maldice al pronunciarlo.

*

Y mis lágrimas pobres en el alba

se hacen oro de pronto en tu regazo.

 

 

 

 

 

Antonio Argandoña: «Un ‘fondo buitre’ no es un conjunto de ladrones con corbata»

Antonio Argandoña Rámiz es profesor emérito de Economía y de Ética de la Empresa del IESE (Barcelona). Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico, es académico numerario de la Real Academia de Ciencias Económicas y Financieras de España y pertenece a comités éticos de instituciones financieras, asociaciones empresariales y medios de comunicación. Dirige el IESE Business School INSIGHT. Es autor de numerosos libros y artículos sobre macroeconomía, economía española y europea, ética aplicada a la economía y a la empresa, responsabilidad social corporativa y gobierno corporativo. Argandoña mantuvo el 24 de septiembre de 2018 en Madrid esta conversación con Nueva Revista.

Han transcurrido diez años desde la caída de Lehman Brothers y el comienzo de una enorme crisis económica mundial. ¿Se han puesto los medios para que no se repitan episodios como ese?

Es muy difícil predecir que no volverá a ocurrir una crisis grave, a pesar de que se han tomado medidas: primero, para evitar males mayores, y luego, para prevenir futuros desastres. Se ha partido del supuesto de que esta fue una crisis técnica, en la que fallaron los mecanismos de control y supervisión y la gestión del riesgo, y se han tomado medidas en este ámbito, que tendrán, probablemente, éxito. Pero hay dos limitaciones importantes. Una: no es solo una crisis técnica, es también una crisis ética, y no tener esto en cuenta hace más posible su repetición. Y dos: los cambios que se han introducido no gustan a todos y, por lo tanto, hay en el drama actores que está intentando revertirlos.

El Santander ha anunciado que comprará el complejo donde tiene su sede. Hace diez años lo vendió… ahora lo recompra. ¿Actuán las grandes empresas de forma veleidosa?

Al ciudadano corriente le pueden parecer veleidosas estas actuaciones, pero suelen tener una base económica. En la coyuntura de estos últimos años, los bancos han intentado quitarse de encima pesos muertos: primero, créditos morosos o incobrables, y luego, activos inmobiliarios, que engordan su balance pero no tienen impacto inmediato en su rentabilidad. Al vender estos inmuebles, aligeran su “mochila”, también porque ceden su gestión, siempre engorrosa para un banco, a una empresa especializada. Pero en otro momento puede ser ventajoso volver a incorporarlos a su balance. Esto es práctica frecuente en el mundo de las finanzas.

¿Tiene sentido que un dirigente de una empresa del IBEX gane varios millones de euros al año?

Creo que no tiene mucho sentido. Pero el problema es que no sabemos cuánto aporta esa persona a la empresa. En economía solemos decir que a un directivo o un empleado se le paga por su aportación a la producción, pero ¿cuánto vale la aportación de un alto directivo de una institución financiera de ámbito mundial? No lo sabemos, de modo que recurrimos a expertos cazatalentos, que estudian el mercado de directivos y determinan cuánto se puede pagar a uno, a la vista de lo que cobran otros parecidos en empresas de un tamaño similar, etc. Bueno, no está mal. Pero esto puede dar lugar a que las remuneraciones de los altos directivos crezcan sin parar, porque un asesor no recomendará un directivo barato, ya que la empresa puede pensar que, si está dispuesto a cobrar poco, es que vale poco.

Creo que no tiene mucho sentido que un directivo del IBEX gane varios millones de euros al año

¿Por qué puede cobrar un alto directivo una remuneración elevada, mucho más alta que la de un empleado más o menos cualificado? Probablemente, porque en las empresas se generan algo que los economistas llamamos “rentas”. Por ejemplo, si el departamento de investigación ha conseguido un producto nuevo, esto dará lugar a beneficios extraordinarios. ¿A dónde irán a parar esos beneficios? Una parte, probablemente, al equipo de investigación, otra a los accionistas, y también otra parte puede ir a los altos directivos, que puede que se la hayan ganado, o puede que no. ¿Es esto justo? En algunos casos, sí, pero no en todos.

En el documento vaticano “Cuestiones económicas y pecuniarias” de este mayo de 2018 se habla de “economía real y mundo de las finanzas”, “donde los egoísmos y los abusos tienen un potencial sin igual para causar daño a la comunidad?” Usted ha hablado de finanzas rentables. ¿Es economía real o no?

Las finanzas son un mundo no siempre bien comprendido por los ciudadanos. Tienen, fundamentalmente, dos funciones. Una, la más tradicional, consiste en financiar a familias, empresas y gobiernos: proporcionar fondos para comprar una casa, ampliar un negocio o adelantar un gasto. Y otra, gestionar la riqueza de las familias o empresas. Tradicionalmente, esta segunda función se consideraba subsidiaria de la primera, porque la rentabilidad de la riqueza depende, en última instancia, de la rentabilidad de la actividad productiva.

El gestor financiero corre el riesgo de olvidarse de la relación con la «economía real»

Pero cuando un gestor o un asesor financiero se sienta en su mesa de trabajo, corre el riesgo de olvidarse de esa relación con la “economía real”, y pensar que tiene en sus manos un capital, una masa de dinero, que tiene vida propia, y que su tarea es gestionarla de modo que obtenga el mayor rendimiento posible, dado un nivel de riesgo. Esto no es malo, pero puede tener consecuencias indeseadas. Por ejemplo, cuando al director financiero de una empresa le dicen que su tarea es generar beneficios para la empresa, no mediante la búsqueda de financiación barata y segura o de la gestión de la tesorería de la organización, sino manejando los activos de la empresa como fuente de beneficios, esto puede llevar a prácticas poco deseables, como tratar de reducir la plantilla que, en definitiva, desde ese punto de vista es un coste, no una fuente de capacidad productiva o de innovación; o vender trozos de la empresa, sin fijarse en su papel en el conjunto, sino buscando solo la rentabilidad en el corto plazo, poniendo, eso sí, en riesgo su viabilidad futura. O sea, hay muchas maneras de ver la economía real. Una empresa, por ejemplo, puede considerarse como una comunidad de personas (propietarios, directivos, empleados) y medios (instalaciones, máquinas, primeras materias) que producen bienes y servicios para satisfacer las necesidades de los consumidores y, al llevar a cabo ese proyecto, satisfacen también las necesidades de las personas que forman parte de la empresa: beneficios para los propietarios, sueldos para los directivos y empleados, oportunidades de carrera, la satisfacción por un trabajo con sentido… Esa es economía real, de la buena.

Lo que hay detrás de las finanzas es algo necesario y bueno

Para que esa economía funcione, hace falta que alguien reúna los medios materiales, dinero que las personas ahorramos y que ponemos a disposición de la economía real, permitiendo llevar a cabo aquel bonito proyecto que he contado antes. Pero esos fondos han de ser gestionados, y aquí surgen los bancos, las compañías de seguros, los fondos de inversión y de pensiones y tantas otras entidades. Las finanzas están al servicio de las personas: de los ahorradores primero, y de los que necesitan esos fondos para producir, comprar, pagar y vender. Pero si esta visión se distorsiona, si el capital acaba teniendo vida propia, si lo único que interesa al gestor financiero es rentabilidad, rentabilidad y rentabilidad… entonces algo no va bien. Pero, insisto, lo que hay detrás de las finanzas es algo necesario y bueno.

¿Puede poner algún ejemplo de distorsión?

Pensemos en lo que es una carrera universitaria: una combinación de estudios, prácticas, trabajo y experiencia, que forman el capital humano que acumulamos a lo largo de nuestra vida, para nosotros, para nuestra familia y para la sociedad en la que vivimos. Pero a lo largo del tiempo se ha ido abriendo paso una visión financiera de la carrera profesional. Esta se convierte en un capital, que he ido “comprando” a lo largo del tiempo, primero con el dinero de mis padres y la ayuda de la sociedad, luego endeudándome, luego con mi trabajo… Este es mi activo, al que le tengo que sacar rentabilidad: la máxima rentabilidad posible, con un nivel de riesgo determinado. No estoy pensando en cómo voy a contribuir a la sociedad con ese capital humano, sino en cómo maximizar mi rendimiento, saltando de un trabajo a otro, buscando siempre nuevas alternativas… en un proceso en el que la lealtad a la empresa no existe, y la contribución a la sociedad se mide por los rendimientos esperados de ese capital humano, que concibo como mío y solo mío. Esto puede ser explicable y legítimo, claro, pero es corto de miras.

En el documento antes mencionado se advierte del capital que suplanta la renta del trabajo. ¿Qué quiere decir? ¿Cuál es su receta para combatir este problema?

Si la empresa se concibe como una comunidad de personas, como un proyecto que sacamos adelante entre todos, propietarios, directivos y empleados, este problema no se presenta o, al menos no es grave. Pero si la empresa es solo un conjunto de activos a los que hay que sacar la máxima rentabilidad posible a corto plazo, entonces los trabajadores se convierten en costes, que hay que minimizar.

Se ha ido abriendo paso una visión financiera de la carrera profesional. Esta se convierte en un capital

Claro que esto es solo una parte de la explicación. Hay otros factores que juegan en esa minusvaloración del trabajo. Uno es la tecnología que, a la larga, creará, probablemente, muchos nuevos puestos de trabajo y oportunidades para las personas, pero que, a corto plazo, puede llevar a la sustitución de hombres por máquinas. Este es un fenómeno que siempre se ha producido, pero que ahora se nos presenta como una amenaza muy grave. Otro es la globalización, que genera oportunidades para trabajadores en otros países, pero, a menudo, a costa de los de nuestro entorno, sobre todo de los menos cualificados. Y luego está el problema del marco legal e institucional del mercado de trabajo, que hace que resulte difícil, para los recién llegados al mercado laboral, conseguir un empleo satisfactorio, bien remunerado y sostenible, o para los parados encontrar otro empleo conveniente. En resumen: este es un problema técnico, pero también social, político y moral. Y las soluciones no son fáciles. Lo cual no obsta para que haya muchas empresas en las que los propietarios y los directivos están especialmente preocupados de sus empleados.

Se critica con frecuencia a los llamados “fondos bruitres”, los “fondos inmorales”. ¿Desaconsejaría usted a una persona que tienen un dinero modesto ahorrado invertir en acciones, en fondos? ¿Es todo esto siempre una zona corrupta de la que conviene alejarse?

No es ni mucho menos una zona corrupta. Lo que ocurre es que lo que nos llama la atención son las cosas mal hechas, que ocupan los titulares de los periódicos. Pero también hay que reconocer que la terminología popular no ayuda a tener ideas claras. Un “fondo buitre” no es un conjunto de ladrones con corbata. Una ave carroñera come cadáveres, y esto puede ser desagradable, pero no es malo. Un fondo de los llamados “buitres” compra activos en mal estado, por ejemplo, créditos incobrables en el activo de un banco. Pero esto no es algo inmoral. Cuando viene una crisis, a los bancos se les acumulan esos créditos, así como inmuebles que les han dejado en pago de hipotecas; esto crea problemas al banco, que no sabe cobrar aquellos créditos o gestionar esos inmuebles. Y ahí aparece el fondo «buitre», comprando esos activos y solucionando el problema del banco. Algo parecido aparece con los llamados “bancos en la sombra”: no son bancos ilegales o inmorales, que trabajan en las alcantarillas de la sociedad, sino que actúan como bancos, pero sin las garantías que tiene un banco, como es la cobertura de sus depósitos en el Fondo de Garantía de Depósitos.

Un “fondo buitre” no es un conjunto de ladrones con corbata

Todas las entidades tienen un lugar en el mundo de las finanzas. Todas tienen que cumplir la ley, dar cuenta de sus operaciones, tratar bien a sus clientes, actuar con la debida transparencia… Y, en el otro lado, estamos los clientes, que debemos cumplir también con nuestros deberes legales, fiscales y morales. El Papa Juan Pablo II escribió en su encíclica Centesimus annus una frase significativa: “Toda inversión es una decisión moral.” Cuando nosotros llevamos nuestro dinero a un banco, o a un fondo, o compramos acciones, lo que estamos haciendo no es algo éticamente neutro, porque, de alguna manera, somos responsables de lo que haga la entidad financiera con nuestro dinero.

Pero un inversor normal no dispone de buena información… Si decide, por poner un caso, comprar acciones del BBVA, no sabe a lo mejor qué hay detrás del BBVA si hay algo.

Es verdad. Pero su responsabilidad será más o menos grande, según de qué se trate y de lo que él pueda conocer. Si tiene unos pocos cientos de euros en una cuenta corriente, no puede sentirse muy responsable de lo que haga el banco con ese dinero. Pero si tiene muchos millones en un fondo, no puede desentenderme del negocio de ese fondo.

¿Separan los bancos los créditos comerciales de la cartera propia?

Detrás de esta práctica está el problema del conflicto de intereses, que siempre ha estado presente, pero que se agudizó con la crisis financiera. Por ejemplo, cuando un cliente pide consejo a un banco sobre cómo colocar su riqueza, el banco puede actuar con honradez, y recomendar lo mejor para ese cliente, o puede dejarse llevar por el conflicto de intereses, y recomendar al cliente que compre acciones de una empresa que interesa al banco, aunque no sea lo más adecuado para ese cliente, o puede recomendar comprar otros activos financieros, fingiendo que son seguros, cuando, de hecho, tienen demasiado riesgo para ese cliente, pero que también interesan más al banco. Estas operaciones fueron, por desgracia, frecuentes en los años anteriores a la crisis, y causaron daños a muchos clientes. Recientemente se han tomado medidas para evitar esto, de tal manera que ahora está establecido que se dé al cliente toda la información relevante para que pueda tomar una decisión adecuada.

¿Qué le parece la idea de que todos los depósitos sean depósitos ante el banco central para que no ocurra que se pierda dinero por quiebras de entidades o se cree artificialmente el crédito?

Los bancos, de alguna manera, están siempre en situación de riesgo, porque guardan una proporción muy pequeña de sus depósitos en metálico o en medios líquidos; cuando un cliente necesita sacar dinero de su cuenta, el banco utiliza esos fondos para pagarle, sin ningún problema. Pero si hay muchos clientes que, al mismo tiempo, tratan de retirar sus depósitos, el banco puede encontrarse en dificultades. Y esto es muy grave, porque los clientes pueden asustarse, acelerar la retirada de fondos y aumentar rápidamente el riesgo para la continuidad del banco. Y, lo que es peor, si los ciudadanos conocen el problema de un banco, pueden pensar si esto ocurre también a los otros bancos, de modo que el problema se puede convertir en muy grave, no solo en el país, sino también en otros países.

Los bancos están siempre en situación de riesgo, porque guardan una proporción muy pequeña de sus depósitos en metálico

Esto se solucionaría si el único que pudiese recibir depósitos con total garantía fuese el banco central. Pero esto es solo una parte del problema, el que afecta a depósitos de poca cuantía, para atender cobros y pagos frecuentes. Cuando alguien tiene mucho dinero, busca rentabilidad y, para lograrla, el banco presta ese dinero a empresas o familias, que le pagan intereses. Esto explica el proceso de multiplicación del crédito y, al mismo, tiempo, el riesgo del banco: si no hay riesgo, no hay rentabilidad. Y esto es lo que ocurrió en la crisis reciente: el problema no fue el “pánico bancario”, la gente haciendo cola para llevarse su dinero de un banco del que sospechan que no puede cumplir sus obligaciones, sino un “pánico silencioso”, que se produjo cuando fondos de otros países retiraron grandes cantidades de los bancos en dificultades.

Cuando ha habido quiebras, ha habido una socialización de las pérdidas. Los españoles, por ejemplo, estamos pagando por esos hundimientos bancarios. A esos bancos se les ayudó y ahora ganan mucho dinero. ¿Cómo explicaría usted esta situación tan compleja?

Un banco tiene, como toda empresa, un capital, que es aportado por sus propietarios, sus accionistas. Si las pérdidas del banco son superiores a ese capital, el banco está en quiebra, es decir, no puede pagar todas sus deudas. Durante la crisis, la situación de los bancos se fue deteriorando rápidamente. Los depositantes y otros que habían aportado fondos, los retiraron; los deudores dejaron de devolver sus créditos; los que habían recibido hipotecas no pudieron pagarlas, de modo que algunos perdieron sus casas: los activos de los bancos se redujeron, pero sus pasivos siguieron en su lugar. Muchos bancos se acercaron peligrosamente a la situación de quiebra.

El “pánico silencioso” se produjo cuando fondos de otros países retiraron grandes cantidades de los bancos en dificultades

En un supermercado, esto no es un problema público: la tienda cierra, y los clientes van a otros establecimientos para comprar. Pero la quiebra de un banco significa que sus depositantes pierden el dinero (aunque luego les pague el Fondo de Garantía de Depósitos) y sus acreedores pierden todo o parte de sus activos. Para los clientes, no es tan fácil dejar de trabajar con un banco y pasarse a otro, como ocurría con el supermercado. Además, los bancos tienen deudas entre sí, de modo que los problemas de una entidad arrastran a otras. Tarde o temprano, si las cosas siguen empeorando, el sistema financiero entero corre peligro. Y por eso tienen que intervenir las autoridades: esa es la razón del salvamento de los bancos, una razón de interés general: es malo, muy malo para el país, que un banco quiebre, a no ser que sea muy pequeño y que sus problemas estén bien acotados.

Los bancos tienen deudas entre sí, de modo que los problemas de una entidad arrastran a otras

¿Cómo se salva un banco? Aportando nuevo capital, de una forma u otra. ¿Capital privado? A veces, otro banco compra el banco fallido, pero si el problema está muy extendido, la solución privada no es viable; nadie quiere entrar como accionista de un banco que puede entrar en quiebra en cualquier momento. Por tanto, tiene que entrar el Estado: hay que salvarlo con el dinero de los ciudadanos. ¿A dónde va ese dinero? No a los accionistas del banco, que ya han perdido todo o parte de su capital, ni a los directivos o empleados (otra cosa es que algunos se beneficien de generosas condiciones de despido); va a parar a los acreedores del banco: los depositantes, primero, y los otros que han aportado fondos. Con el tiempo, el banco reflotado recupera su funcionamiento, vuelve a desarrollar su operaciones y vuelve a ganar dinero. La vida sigue. Y es lógico que parte de ese dinero se devuelva al Estado que lo ha salvado.

¿Es frecuente la manipulación de la tasa de interés relativa a los préstamos interbancarios (LIBOR)?

No es frecuente. Pero la tentación siempre existe. El LIBOR no es un precio de mercado, sino que se determina, podríamos decir, por encuesta: al final del día se reúnen una serie de bancos y anuncian a qué tipos de interés han cerrado sus operaciones, y a partir de eso se calcula el LIBOR. Lo que ocurrió es que esos representantes se pusieron de acuerdo para no decir la verdad. Y ahora las autoridades están buscando otro modo, más seguro, de recabar esa información, que sigue siendo necesaria.

¿Habrá o hay sistemas bancarios paralelos? Apple, Amazon, ¿se van a convertir en bancos?

Un banco es una entidad que recibe dinero de unos y se lo presta a otros. Estas grandes empresas, reciben también dinero de unos, y pueden prestárselo a otros. El banco recibe mi dinero y paga mi recibo de la luz. Amazon recibe mi dinero y paga el recibo de mi compra de libros. ¿Dónde acaba el banco y dónde empieza la empresa comercial? Desde luego, se están comportando como bancos, aunque no figuren como tales. Y no se puede poner puertas al banco.

Tener dinero en un paraíso fiscal no es necesariamente ilegal, ni inmoral

¿En ese sentido piensa usted que la amenaza al sistema bancario tradicional es grande? Entidades que ahora vemos que parecen potentes, y grandes, como pueden ser el Santander, el BBVA, ¿están amenazadas?

Sí, el riesgo existe, pero los mismos bancos están entrando también en ese tipo de operaciones de la banca paralela. No les queda otro remedio, porque la competencia está ahí, y, además, la gente joven ya no va a un banco, o quizás incluso su banco ni siquiera tiene oficinas abiertas al público.

¿Se puede acabar con los paraísos fiscales?

Va a ser muy difícil, porque hay demasiados intereses. Para empezar, tener dinero en un paraíso fiscal no es necesariamente ilegal, ni inmoral: yo puedo abrir una cuenta corriente en un banco de las Islas Cayman, porque hago frecuentes operaciones con bancos de otros países que tienen oficinas en esas islas, y esto puede ser legal, si declaro esas operaciones en España, y si pago mis impuestos aquí. Claro que lo que pensamos de un paraíso fiscal es que se emplea para ocultar dinero al fisco. De todos modos, todos tenemos la tentación de ocultar esos deberes fiscales, como muestran las famosas “facturas sin IVA”.

¿Por qué el sistema offshore (en paraísos fiscales) empeora la deuda pública?

El problema radica en que los ciudadanos de un país, que no se fían de su gobierno, o que sospechan de las intenciones del mismo, pueden estar llevándose su dinero a un paraíso fiscal, de manera que el gobierno de su país puede sufrir una caída de ingresos, que le obliga, bien a dejar de gastar para sus ciudadanos, bien a emitir más deuda pública.

¿Es frecuente la mala gestión en la emisión de la deuda por parte del Estado?

Esto dependerá de cada país. Pero lo que sí hay es un posible conflicto continuo. Cuando un banco tiene dificultades, lo tiene que salvar su Estado, como hemos visto antes. El Estado emite deuda, para salvar a sus bancos, y sus bancos compran esa deuda, entre otras razones porque eso es lo que quiere su gobierno. O sea, el Estado necesita a los bancos para que le compren su deuda, y los bancos necesitan al Estado para salvarles, en caso de crisis. Esto se puso de manifiesto, sobre todo, en la zona euro en los años recientes: la crisis bancaria y la crisis de la deuda pública se alimentaron mutuamente, acabando en una gravísima “crisis del euro”, en la que se puso en duda la misma continuidad de la moneda única.

El Estado necesita a los bancos para que le compren su deuda, y los bancos necesitan al Estado para salvarles, en caso de crisis

En ese sentido, si se afirma que la deuda estadounidense está en gran parte en manos chinas, los acreedores son los chinos, las propensión a la corrupción sería menor.

Sí, efectivamente. Pero aquí aparece otro problema. Muchos países emergentes emiten deuda en dólares, porque los inversores extranjeros no se fían de su moneda nacional. Y cuando el país tiene un problema, una recesión, por ejemplo, su moneda se deprecia, de modo que el importe que el país tiene que recaudar en moneda nacional para devolver la deuda extranjera se multiplica. Pero el problema de la deuda norteamericana en dólares en poder de China no es un problema importante para los Estados Unidos, porque tiene que pagar su deuda en su moneda, en dólares.

¿Es usted partidario de la enseñanza de finanzas y economía en el Bachillerato o antes para que desde la juventud se entienda lo que pasa en el mundo?

 Sí. Sería muy bueno que la gente tuviese conocimientos suficientes para tomar decisiones correctas, a la hora de pedir un préstamo, suscribir una hipoteca, calcular los intereses de un crédito, gestionar una pensión… Pero para esto necesitamos que los maestros de enseñanza primaria y media sepan finanzas, y esto va a ser una tarea larga, de bastantes años.

Necesitamos que los maestros de enseñanza primaria y media sepan finanzas

¿Qué tres libros nos recomendaría para entender la economía y las finanzas? ¿Sigue siendo el Samuelson el manual clásico?

Una buena introducción a las finanzas, clara y didáctica, es el libro de Eduardo Martínez Abascal, Finanzas para directivos, 2ª edición, McGraw-Hill de España, 2015. Los manuales de macroeconomía suelen tener buenos capítulos dedicados al dinero, la banca y la política monetaria. Un clásico es NG. Mankiw y M. Taylor, Macroeconomía, 8ª edición, Antoni Bosch, 2014. En inglés, más completo y actualizado, el manual de F.S. Mishkin, Economics of Money, Banking, and Financial Markets, 12ª edición, Pearson, 2015. Sobre la crisis económica hay ya muchos libros interesantes. Uno de los primeros en España fue el de G. de la Dehesa, La primera gran crisis financiera del siglo XXI, Alianza, 2009.

Diez ideas reales para convertirse en un lector auténtico

En el 2008 leí varias reseñas entusiastas de Una lectora nada común que me hicieron comprar de inmediato la novela de Alan Bennett (Leeds, UK, 1934) para regalársela a mi madre. Era una alocada ficción que tenía como protagonista a la Reina de Inglaterra. Le encantó, como deduje. Lo que no supuse entonces es cuánto me habría de gustar a mí, que, en parte por nostalgia, en parte por casualidad, la he leído —los tiempos de la literatura son así— diez años más tarde.

Alan Bennett: Una lectora nada comúnAnagrama, Barcelona, 2008, 128 páginas.

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En realidad, no habla de la realeza sino como un truco (muy bueno) de marketing. Una lectora nada común trata de la pasión por los libros. Es una exposición por lo narrativo de casi todas las tesis de Grandes libros, grandes búsquedas. Estamos ante una novelita (novella) que explica, como quien no quiere la cosa, las etapas por las que una persona que lee llega a convertirse en un lector auténtico, real. Ya se ve que las reseñas que leí no fueron la de Edward Marriott en The Guardian el 30 de septiembre de 2007, donde lo advertía: “Una lectora nada común es una narración cómica gloriosamente entretenida, y mucho más: un manifiesto muy serio sobre el potencial de la lectura para cambiar vidas, su capacidad de ampliar horizontes, para ponernos en la piel de los demás y permitirnos salir de las limitaciones de nuestras crianza, clase y educación hasta descubrir la vida deseada y deseante”. La literatura, pues, como búsqueda y hallazgo del sentido.

En el inglés original, el título (The Uncommon Reader) encierra un juego de palabras múltiple. Por el lado más literario, guiña al título de un libro de Virgina Woolf, The Common Reader, que ya era un guiño a una expresión del Dr. Johnson, que, con el ‘common reader’, se refería a la persona que lee por placer, sin pretensiones académicas o literarias. Pero, por encima de todo, hay una carga de profundidad. Coloquialmente, ‘common’ significa que no pertenece a la aristocracia, con una connotación, además, de falta de elegancia. Bennett sugiere que todavía se lee, pero que quien lo hace con dedicación, pasión y honestidad (como terminará haciéndolo la protagonista del libro) es cada vez menos común, más uncommon, en el mejor sentido. Lo que conecta directamente con la olvidada idea de la nobleza de espíritu.

Aunque paradójicamente la lectura habitual de esta novela sea la anecdótica, bien podría utilizarse como supuesto práctico para estudiar, mediante la técnica del caso, qué es leer y cómo se alcanza la rara condición de lector auténtico. Dejemos fuera de este artículo el chispeante argumento novelesco para concentrarnos en su enseñanza práctica. Extraigamos diez ideas que la novela expone:

1) Se empieza a leer por obligación. La afición por la lectura nunca puede venir antes de la lectura. Para el común de los mortales esa obligación previa debería experimentarse en las aulas. Para la Reina de Inglaterra, vino por el deber de no incomodar jamás en nada ni a uno solo de sus súbditos: entró por casualidad (corriendo detrás un perro que se le ha escapado) en una biblioteca ambulante, y entonces ¿cómo no tomar prestado un libro? ¿Cómo se sentiría, si no, el sobrepasado funcionario? Empieza a leer, por tanto, por puro Noblesse oblige. Ahora bien, desde el principio descubre que leer es algo completamente distinto a las clases y resúmenes sobre literatura que naturalmente ella ha recibido: “Una lección no es leer; de hecho, es la antítesis de la lectura. La lección es sucinta, concreta y pertinente. La lectura es desordenada, dispersa y siempre incitante. La lección cierra un tema; la lectura lo abre”.

2) El escalón de interés próximo. La mejor manera de comenzar a amar la lectura es buscar libros sobre temas que nos apasionen previamente. La Reina de Inglaterra empezó por la literatura en la que apareciesen perritos. O la escrita por gente cuyos apellidos le sonaban, como las chicas Mitford. Luego, “un libro llevaba a otro libro, nuevas puertas se abrían mirase donde mirase, y los días no eran lo bastante largos para leer todo lo que ella quería”.

3) Se empieza a leer por los contemporáneos. Esto lo había dicho antes Juan Ramón Jiménez en uno de sus aforismos: “El poeta joven necesita maestros de su tiempo, los clásicos son un complemento y no vienen sino después”. El lector novel necesita escritores que usen su lenguaje y hablen de su mundo, incluso que vengan con el prestigio añadido de ser conocidos o de vender mucho. A los clásicos se llega poco a poco, cuando vamos descubriendo que la inmensa mayoría de los contemporáneos no nos ofrecen tanto. En la novela, en el caso de la Reina, influye el chasco personal de convocar a los más sonados a un té para hablar de literatura y descubrir que los escritores tienen su talento, como su nombre indica, por escrito. Y que, además, los grandes, como su nombre indica, lo tienen mayor y contrastado.

4) Perturbaciones de la conducta. La pasión por los libros no es (como nos tratan de vender las campañas publicitarias de fomento de la lectura) inocente ni inofensiva. Altera el comportamiento. Lo que da lugar a las páginas más desternillantes del libro. La Reina, para quedarse leyendo en su cuarto, llega a fingirse enferma (¡por primera vez en sus muchos decenios intachables de reinado!) o desarrolla un sistema para saludar desde la carroza sin dejar de leer o empieza a despreocuparse (preocupando a todos) por sus vestidos y peinados. Los libros, recalca ella, “no son para pasar el tiempo […] En vez de querer que el tiempo pase, ojalá dispusiésemos de más”. Encima, otro efecto colateral es que nos lanzamos a tiempo y a destiempo a hacer proselitismo literario: la Reina lo intenta con el primer ministro, con nefastos resultados, y con su chófer, con resultados descorazonadores. Incluso sus perritos empiezan a odiar los libros, por los paseos que ahora se pierden.

5) Perturbaciones morales. La novela muestra cómo la lectura de ficción aumenta la atención y la empatía. La Reina se inicia en el idioma de los sentimientos de los demás. Ella se da cuenta, y apunta en una nota las dos frases más importantes del libro: “Creo que me estoy convirtiendo en un ser humano. No estoy segura de que sea una evolución bien recibida”.

6) Perturbaciones estéticas. Libros o música o cuadros que antes no te gustaban, a medida que vas siendo un lector más avezado, te entusiasman. Y viceversa. Una muestra: “Un efecto de la lectura había sido reducir la tolerancia real (que siempre había sido baja) hacia la jerga. —¿‘Optimizar’? ¿Qué quiere decir eso? […] ¿De qué ‘clásicos étnicos’ me habla usted? ¿Del Kamasutra?” El gusto estético nunca está quieto, se transforma, crece, se afina. Libros que la Reina había dejado, abrumada o aburrida, en una segunda lectura se transfiguran y aparecen apasionantes y profundísimos. A Henry James lo considera, al principio, “perpetuamente irritante” y se pregunta si será la única a la que le encantaría arrearle un capón. Más tarde, sin embargo, tras haber pasado por Proust, se reconcilia con sus divagaciones: “Al fin y al cabo, las novelas no hay que escribirlas tan rectas como el vuelo de un cuervo”. Detecta, además, las razones de su cambio de apreciación: “Leer era, entre otras cosas, un músculo, y ella lo había desarrollado”.

7) Perturbaciones anímicas. Quienes no leen con pasión piensan que tienen que justificar la lectura con razones ajenas a la lectura misma. Los aficionados saben que la lectura se defiende sola, con independencia de que, además, nos enriquece, nos hace pasarlo bien, reírnos, ver el lado luminoso de la existencia más cotidiana, emocionarnos con las inevitables tragedias, calibrar la grandeza de los detalles pequeños, abismarse en la hondura de los tiempos muertos… Da el ciento por uno. El golpe de ironía de Alan Bennett es que todo esto le pase a una persona con una existencia tan poco cotidiana y tan poco rodeada de detalles pequeños; pero que, por eso mismo, funciona como epítome de lo que nos ocurre más todavía a todos.

 

8) El secreto es la voz. Un escalón grande en el ascenso hacia una lectura literaria es cuando uno se para, en palabras de Antonio Machado, a distinguir las voces de los ecos. Cuando por encima del estilo (o por debajo), el lector escucha al fin la voz inconfundible de cada autor. Alan Bennett, que sabe de lo que habla, insiste mucho en la voz. Pocas cosas son, a la vez, tan sutiles y tan sustanciales.

9) El lector puro no existe o es sólo un eslabón evolutivo. La pasión por la lectura acaba engendrando, en una gran mayoría de los casos, una tímida vocación a la escritura. No es extraño. Si leer es entrar en la gran conversación, uno tendrá, más tarde o más temprano, la tentación de decir algo. Ni el más prudente es capaz de estar en una tertulia amable y apasionante sin sentirse interpelado. Bennett dibuja esa evolución con trazo muy fino, empezando por la primera vez en que el lector (aquí, la lectora) coge el lápiz para subrayar, que, aunque imperceptible, ya es un primer paso. Luego, escribe en el margen. Después, en una servilleta. Más tarde, en una nota. Sigue transcribiendo sus pasajes preferidos en un cuaderno de citas. Un día, sin darse cuenta, está sentada ante un folio en blanco, replicando a sus autores preferidos. Primero, quizá, aventura aforismos. Éste de la Reina, que pasa por todas las etapas previas, es estupendo: “El protocolo puede ser pesado, pero peor es una situación embarazosa”. Terminará queriendo escribir obras propias, para sumar su tenue y temblorosa voz a la gran conversación.

10) La vida nueva. Una lectora nada común no acaba con la protagonista abocada a una incierta carrera de escritora. Hay algo todavía más trascendente y definitivo. Bennett ha ido exponiendo todos los ligeros cambios consuetudinarios, morales, estéticos, sociales e intelectuales que la lectura va imponiendo imperceptiblemente. La suma es lo fundamental. De una lectura real, nadie sale él mismo, ni siquiera la Reina de Inglaterra. Quizá la prevención subconsciente que muchos sienten frente a la gran literatura no sea tanto porque temen aburrirse, como dicen, o porque les abrume la exigencia intelectual. ¿No podría ser un taimado mecanismo de nuestro instinto de conservación? Quizá nos aterre la imagen, un tanto chestertoniana, de que la Reina como lectora gana, rebelándose, su soberanía, sí, pero a través del anonimato de la lectura y de la humildad suprema de querer escribir ella misma apenas algo muy pequeño y muy expuesto. Aunque no nos demos cuenta, todos estamos bastante apegados a nuestras confortables coronas cotidianas.

Monsieur Ladmiral va a morir pronto (según Pierre Bost)

Si usted es un aventurero o un aficionado al turismo, quizá le interesaría leer esta breve novela de 1945 de Pierre Bost (1901-1975). En ella aprendería que no resulta imprescindible hacer largas expediciones para vivir excitantes experiencias. Si usted lleva una vida monótona y aburrida, necesita leerla con urgencia. Un domingo en el campo le demostrará que su vida sólo es rutinaria porque usted no sabe contemplarla correctamente. Con una mirada perspicaz, es, en realidad, apasionante.

Pierre Bost: Un domingo en el campoErrata Naturae, 2018. 88 páginas.

§

La novela cuenta un día en la vida de Monsieur Ladmiral, retirado pintor que disfrutó de éxito (comercial) y que recibe la consuetudinaria visita dominical de su hijo, su nuera y sus nietos, y la más inesperada de su glamurosa hija. Apenas pasa nada. Pero de que hay mucho más por debajo nos da una prueba que esta narración inspiró la mítica película homónima de Bertrand Tavernier en 1984. Éste fue quien cambió el título, que en la novela original rezaba Monsieur Ladmiral va bientôt morir. La excelente traductora española, Regina López Muñoz, ha decidido atenerse a la bucólica prudencia de Tavernier. Quizá en 1945 podía mentarse a la muerte sin provocar un silencio incómodo. De hecho, esa muerte no pasa de un presentimiento lejano, que tiñe de melancolía y humor unas hermosas páginas, pocas, de la novela, y ya. El domingo y el campo, en cambio, lo llenan todo.

Los laberintos sentimentales de una vida apacible quedan diseccionados con una pluma que es un bisturí que no hace más incisiones que las imprescindibles. El impacto sentimental de la intrascendente discusión sobre si el hijo se quitará o no la chaqueta para comer es un caso magistral. ¡Qué mar de fondo en unas gotas de sudor! O cuando el abuelo cascarrabias (que no quiere que se le note) sufre el conflicto que amplifica la lupa que le piden los nietos y que él se resiste a prestar, pero cómo se niega. O la nuera a la que el té no le gusta y que perdió, por timidez, la ocasión de confesarlo hace años y ya tiene que resignarse y mirar con envidia impotente el zumo de la cuñada más audaz.

Un domingo en el campo no logra sólo retratar la intrahistoria de una familia burguesa. Consigue provocar evocaciones poderosas y profundas. Uno se pregunta (esperanzado) por la razón de la mayor fecundidad narrativa de los artistas medio fracasados, paralela a la de las familias que no son felices del todo. Supongo que retratar la perfección es muy complicado, y que además resulta siempre un tanto inverosímil, aunque pueda ser verídica. Cuánto matiz, en cambio, cabe en cualquier escala de grises.

Los grises de esta novela son gris perla, porque, por encima de todo, está el amor (imperfecto) que se tienen. Y una maravilla que casi pasa desapercibida: el matrimonio del hijo, que desde fuera resulta tan poco atractivo y tan burdamente convencional, encierra un mundo —apenas entrevisto— de compenetración y dulzura.

Lo más exquisito de esta novela late, pues, entrelíneas, así que difícilmente lo retendrán estos recortes. Pero mejor, porque así podré adelantarles unas muestras sólidas de una prosa magistral sin estropearles el placer etéreo de su lectura:

[A medida que el señor Ladmiral envejecía] En menos de diez años este camino se ha alargado diez minutos.
*
[Ahora que viudo ha perdido las exquisitas peleas con su mujer, al discutir con la cocinera:] Se sentía vencido, hasta en las victorias.
*
[Sobre los enchufes] Los contactos de veras útiles son los que no necesitan siquiera que movamos hilos; se mueven solos.
*
El señor Ladmiral reconocía con sinceridad que nunca había sido un pintor genial. Aquella casi modestia en un hombre que sin embargo se estimaba muy por encima de su valor le había hecho pasar, como ocurre siempre, por un gran modesto, y le había granjeado toda clase de honores, beneficios y orgullo.
*
Como todos los ancianos, detestaba que lo trataran como a un anciano.
*
Le guardaba rencor a su hijo por hacerse tanto de rogar, y le guardaba rencor por la posibilidad de que, en efecto, se quitara la chaqueta, como un carretero. Y como Gonzague, al final, para no disgustarlo, se la dejaba puesta, el señor Ladmiral le guardaba rencor por que le faltara valor para tener opiniones propias.
*
… esa mirada que los criados reservan a los señores que se retiran a dormir la siesta…
*
[Marie-Thérèse, la yerna, tras la siesta] Se calzó los zapatos, que se había quitado para dormir y que ahora tenían una talla menos.
*
Puede ocurrir que una mujer guapa sea pobre; muy raro es que lo sea para siempre.
*
[El hijo, que no se sentía querido por el padre] al bajar las escaleras de casa de su padre, alterado, trastabillaba en algunos peldaños, como un enamorado rechazado; todas las penas se parecen.
*
Pretendía bromear, estaba hecho trizas, sentía lástima por su hija, no podía hacer nada por ella.
*
—¿Pasó usted un buen domingo, señor Ladmiral? —Excelente —repuso el señor Ladmiral, vivaracho.

Nietzsche en dos novelas

La voz de Nietzsche atraviesa la cultura europea desde poco antes de que se apagara en 1900. Su denuncia contra la decadencia de Occidente es coherente (quizá por su función de contraste) con la reflexión de Philippe Nemo acerca de Qué es Occidente (cf. Nueva Revista nº 165, pp. 130–144). Nietzsche predica la muerte de Dios y el advenimiento del superhombre. Ninguna de esas dos figuras es extraña a la tradición occidental, pero eso no quiere decir que también sean positivas o risueñas. Así se desprende de las novelas de Dovstoievski y London sobre las que se centra el presente ensayo.

Nietzsche y el superhombre
Nietzsche es el gran profeta de la autonomía total del individuo. Con sus escritos llevó a cabo una gigantesca operación de demolición cultural, cuyo objetivo central fue la religión cristiana, aunque de paso arremetió contra la Grecia clásica, el positivismo, el evolucionismo, la democracia, el Estado moderno y la música de Wagner. Su importancia en la configuración de la cultura del siglo XX es grande, igual que su presencia en la literatura. Como Sísifo, Nietzsche vivió condenado a soportar la carga de una enfermedad crónica y progresiva, que a los 39 años desembocó en la locura. Moriría once años más tarde, en 1900, sin haber recobrado la razón. Sin embargo, su obra se inicia con una apasionada afirmación de la vida, dramática si se entiende como la proyección de la impotencia de un enfermo. Nietzsche escoge como símbolo de la vida al dios griego Dionisos, que se embriaga en todos los placeres. Se trata de un modelo anterior a Pericles, Sócrates y Fidias, propio de la época presocrática, instintiva y sensual, en la que todavía no habían triunfado la moderación, la medida y el equilibrio del dios Apolo.

Así alumbra Nietzsche la teoría del superhombre, del hombre que se atreve a desprenderse de la máscara de la obligación moral, esa artimaña del débil para dominar al fuerte. Nietzsche predica la inversión de todos los valores, y sabe evaluar las consecuencias de su pretensión: «Mi nombre estará un día ligado al recuerdo de una crisis como jamás hubo sobre la Tierra, al más hondo conflicto de conciencia, a una voluntad que se proclama contraria a todo lo que hasta ahora se había creído, pedido y consagrado. No soy un hombre, soy una carga de dinamita». Para lograr la inversión de los valores, Nietzsche debe arrancarlos de su raíz fundamental, porque -como ha dicho Dostoievski- «Si Dios no existe, todo está permitido». De ahí su obsesión por decretar la muerte de Dios: «Ahora es cuando la montaña del acontecer humano se agita con dolores de parto. ¡Dios ha muerto: viva el superhombre!».

No existe providencia ni orden cósmico: «La condición general del mundo para toda la eternidad es el caos, en el sentido de una privación de orden, de forma, de hermosura, de sabiduría». El mundo no tiene sentido, pero gira atrapado por la necesidad de repetirse: es la doctrina del eterno retorno, que Nietzsche vuelve a tomar de Grecia y de Oriente. El mundo no avanza en línea recta hacia un fin, ni su devenir consiste en un progreso, sino que «todas las cosas vuelven eternamente, y nosotros con ellas. Hemos sido eternas veces en el pasado, y todas las cosas con nosotros. Retornará esta telaraña, y este claro de luna entre los árboles, y también un momento idéntico a éste, y yo mismo».

Un nuevo deber nos llama a la autoafirmación biológica, a la victoria de los señores sobre los esclavos. Nietzsche sueña con una aristocracia de la violencia, y se opone al ideal de igualdad buscado por el socialismo y la democracia: «El hombre gregario pretende ser hoy en Europa el único hombre autorizado, y glorifica sus propias cualidades de ser dócil, conciliador y útil al rebaño». El influjo de Nietzsche en el nazismo es un hecho demostrado. Él no fue nazi ni antisemita, pero la violencia de su lenguaje y la imprecisión de su ideal dieron todas las facilidades para su manipulación. No es suficiente decir que él no pensaba así y hubiera vomitado ante atropellos de Hitler. Tampoco vale decir que se ha producido una tergiversación de su pensamiento, pues cabría preguntarse cómo y por qué fue posible lo que tan ingenuamente se llama tergiversación. Por eso ha dicho el filósofo escocés Alasdair Chaimers Macintyre (Glagow, 1929) que, al menos, «hay una profunda irresponsabilidad histórica en Nietzsche».

Crimen y castigo
La personificación de la autonomía moral absoluta –pretensión del superhombre- ha sido abordada en grandes obras literarias. Obras que arrojan un curioso balance unánime: se trata de una pretensión inviable, inhumana. Macbeth, la inolvidable tragedia de Shakespeare, es un retrato del hombre ahogado en su propia inversión de valores. De forma casi vertiginosa, el protagonista y su mujer se ven envueltos y absorbidos por su culpabilidad progresiva, al intentar alcanzar a cualquier precio el poder. Shakespeare nos muestra la tragedia psicológica y física de dos personas arrastradas por su ambición sin límites. El diagnóstico del médico real había sido certero: «Los actos contra la naturaleza engendran disturbios contra la naturaleza».

Cuando nace Nietzsche, el superhombre estaba en el ambiente. En 1865 había aparecido en la escena literaria rusa Rodian Raskolnikov, decidido a demostrar a hachazos su superhombría. En Crimen y Castigo, Dostoievski nos lo presenta como un joven estudiante de Derecho obsesionado por demostrarse a sí mismo que pertenece a una clase de hombres superiores, dueños absolutos de su conducta, por encima de toda obligación moral. Raskolnikov elige una definitiva prueba de superioridad: cometer fríamente un asesinato y conceder a esa acción la misma relevancia que se otorga a un estornudo o un paseo. Dicho y hecho: una vieja usurera y su hermana caen bajo el hacha del homicida.

Raskolnikov repite varias veces que tiene la conciencia tranquila, pero lo cierto es que su vida se va tornando desequilibrada, sufre episodios de enajenación mental y acaba confesando voluntariamente su crimen. Sin embargo, en ningún momento reconoce la inmoralidad de su doble asesinato. Su posición inamovible parece aproximarle al superhombre que quiere ser. Pero Dostoievski nos desengaña cuando deja entrever que la conciencia de Raskolnikov estaba tranquila porque estaba estropeada. Tenía la tranquilidad de lo que está muerto o inservible. La balanza moral había dejado de pesar la magnitud moral de los actos. Y ésta es la pregunta decisiva que Dostoievski formula implícitamente al lector de Crimen y Castigo: ¿Qué hacemos con un superhombre mentalmente desequilibrado? ¿Merece la pena pagar por el superhombre el precio de la locura?

La novela no termina así. Hay un remedio para la ceguera patológica del protagonista. Cuando aún le quedaban siete años de condena, se enamora de Sonia, una chica muy joven, con un pasado miserable y un corazón de oro. Antes de ir a la cárcel, Sonia le había echado en cara inútilmente su crimen:

-Has derramado sangre.
-¿No lo hace así todo el mundo? -respondió él con furia-. ¿No se ha vertido siempre la sangre a torrentes desde que hay hombres sobre la tierra? Y esos hombres que han empapado la tierra con sangre de sus semejantes, han ocupado el Capitolio y han sido aclamados por la humanidad.

Después de enamorarse, todo cambia. Raskolnikov empezó a pensar que Sonia tenía razón. No mediaron argumentos, no hubo más discusión, no hizo falta la lógica. Simplemente, notó que todo le parecía «inexistente, como si se hubiera desvanecido su mismo crimen y su condena en la cárcel. Sentía la vida real y esta vida había expulsado los razonamientos». En estas palabras, Dostoievski desvela sutilmente una de las claves de la psicología humana: algo tan natural como el amor corrige a la razón y desbarata las razonadas sinrazones del superhombre. Rodian Raskolnikov sabía que a toda palabra se puede oponer otra, pero no encontró palabras que pudieran medirse con Sonia. Si buscaba una autonomía absoluta para su conciencia y su conducta, en la vida de Sonia encontró la certeza de una verdad mucho más humana y absoluta que la autonomía.

El lobo del mar
Después de Shakespeare y Dostoievski, Jack London diseña otro superhombre literario que llega pronto a millones de lectores. Se trata de Lobo Larsen, capitán de un navío dedicado a la caza de focas. Ejerce un dominio tiránico sobre la tripulación, y ve la vida como una agitación confusa donde «el pez grande se come al chico para seguir moviéndose, y el fuerte al débil para conservar su fuerza». También los hombres «se mueven para comer y comen para moverse. Viven para su vientre, y su vientre vive para ellos. Es un círculo vicioso que no llega a ninguna parte. Al final, se paran y no se mueven más: están muertos».

Los valores morales no existen para Lobo Larsen, y son radicalmente reducidos a la condición de pegote cultural adherido a la personalidad por medio de la educación recibida. En una ocasión desarmado, frente a un hombre que le apunta con una pistola y que tenía motivos para matarle, le dice fríamente:

¿Por qué no disparas? No te lo impide el miedo sino la impotencia. Tu moral es más fuerte que tú. Eres esclavo de las opiniones que has leído en los libros y sostienen las personas que te han educado. Desde que aprendiste a hablar, te han metido en la cabeza un código que te impide matar a un hombre indefenso. En cambio, sabes que yo mataría a un hombre desarmado con la misma tranquilidad con que fumo un cigarrillo.

Lobo Larsen no advierte que su amoralidad también está condicionada por la educación recibida, por una educación que puede educar o maleducar la conciencia. Jack London no pasa por alto ese detalle que da la clave de su encefalograma moral plano:

¿Quieres que te hable de las penurias de mi vida de niño? ¿De cómo salí en barco desde que andaba a gatas? ¿De cómo mis hermanos, uno tras otro, se fueron a la granja de aguas profundas y no volvieron jamás? ¿De mí mismo, grumete analfabeto a los diez años, en los barcos de cabotaje? ¿De aquella vida en la que los golpes eran nuestro desayuno y nuestro lecho? El miedo, el odio, y el sufrimiento eran las únicas experiencias espirituales. Detesto recordar. Me vuelvo loco cuando pienso en aquellos tiempos.

La goleta de Lobo Larsen es la sociedad en miniatura que Jack London elige para mostrar en qué se convierte una sociedad real gobernada por el superhombre:

Los cazadores de focas seguían discutiendo y vociferando como una raza anfibia, semihumana. El aire estaba saturado de maldiciones y obscenidades. Veía sus caras congestionadas por la débil luz amarilla del farol que oscilaba al ritmo del barco. A través del espeso humo, las literas parecían los cubiles donde duermen los animales de un zoo.

Lobo Larsen acabó mal, como el propio London, como Macbeth, como Nietzsche. Lo mismo que el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la autonomía moral absoluta produce personas frustradas y sociedades ingobernables. Individuos peligrosos, no tanto supehombres como supercafres. Jack London confiesa que lo sabía de antemano: «Al empezar mi carrera de escritor ataqué a Nietzsche y a su idea del superhombre. Fue en El lobo de mar».

Nota bibliográfica:
-F. Dostoievski, Crimen y castigo, traducción de Rafael Manuel Cansinos Galán, Debolsillo, Barcelona 2009, 688 pp.
-G. Lipovetski, El Crepúsculo del Deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona 2006, 287 pp.
-J. London, El lobo de mar, Literatura Random House, Barcelona 2012, 376 pp.
-F. Nietzsche, Obras Completas, 4 volúmenes, Tecnos, Madrid 2016, I, 984 pp.; II, 1040 pp.; III, 912 pp.; IV, 1192 pp.
-W. Shakespeare, Teatro Selecto, 2 volúmenes, Espasa Libros, Madrid 2008.

(Este texto está publicado en la editorial Ariel y corresponde al capítulo 12 del libro de José Ramón Ayllón, Tal vez soñar. La filosofía en la gran literatura (2009), pp. 89–96. Por su interés, lo hemos reproducido con el permiso del autor y de la editorial).

Pensiones: el papel del sector asegurador

El sector asegurador español siempre ha apostado por un sistema de protección social basado en tres pilares, en el que el pilar fundamental siga siendo la Seguridad Social obligatoria (primer pilar), complementada con instrumentos privados de previsión social empresarial (segundo pilar) y con instrumentos de previsión individual (tercer pilar). Este modelo es el que consagra nuestra Constitución (artículo 41) y forma parte de las recomendaciones de las principales instituciones europeas y españolas expertas en la materia (Parlamento Europeo, Comisión Europea, Comisión del Pacto de Toledo).

La Resolución del Parlamento Europeo, de 20 de noviembre de 2008, sobre el futuro de los sistemas de Seguridad Social y de Pensiones, insta a los Estados miembros, entre otras, a las siguientes actuaciones: Asegurar la sostenibilidad de los sistemas de Seguridad Social y de Pensiones, sugiriendo que los sistemas obligatorios de pensiones (primer pilar) se complementen con unos sistemas profesionales de pensiones colectivos (segundo pilar) y con los productos adicionales individuales del tercer pilar.

«No es el sistema de pensiones el que está en riesgo, es el nivel de sus prestaciones»

En julio de 2010 se publicó el Libro Verde de la Comisión Europea con el título En pos de unos sistemas de pensiones adecuados, sostenibles y seguros, que viene a hacer hincapié en la necesidad de adoptar medidas para garantizar la sostenibilidad y adecuación de los sistemas públicos de pensiones, reconociendo también que la estructura de los tres pilares es una opción equilibrada.

En una reciente publicación de la Asociación Europea de Entidades Aseguradoras (Insurance Europe), titulada «Una hoja de ruta para las pensiones. Ahorrar suficiente, de manera adecuada y con crite rio», se destaca que los sistemas de pensiones basados en varios pilares ofrecen una ventaja muy importante ya que permiten diversificar los riesgos dado que los factores que afectan fundamentalmente al primer pilar (la dinámica del mercado de trabajo, el cambio demográfico y las finanzas públicas) no están plenamente correlacionados con los que afectan a los otros dos pilares (las fluctuaciones de la rentabilidad financiera, la volatilidad del mercado o la inflación).

Hecha esta introducción, creo que es necesario mandar un mensaje claro a la sociedad de sobre la permanencia del sistema de pensiones. Las pensiones públicas no van a desaparecer; lo que está en juego es su nivel de intensidad. En el futuro, dentro de treinta, cuarenta y cincuenta años, los ciudadanos españoles que alcancen la edad prescrita para su jubilación seguirán recibiendo una pensión financiada por la generación que en ese momento permanezca activa.

No es el sistema de pensiones el que está en riesgo a causa de las tensiones demográficas: es el nivel de sus prestaciones. En una situación previsible en la que el número de beneficiariospor encima del número de cotizantes, el sistema tenderá a reducir el nivel de sus prestaciones.

La propia Comisión Europea ha reconocido que España va a ser el país de Europa que va a experimentar una evolución más significativa de la tasa de sustitución.

Fuente: Comisión Europea: «Ageing Report 2015»

Se trata de la relación entre la primera pensión media de jubilación percibida respecto del último salario medio. Según estas proyecciones, España va a dejar de ser el país europeo con una mayor tasa de sustitución (82%), siendo el país que más va a ver reducida dicha tasa en el año 2060 (un 32% menos).

El problema que se puede producir en España es que para llenar el gap anteriormente señalado en la tasa de sustitución no se han desarrollado suficientemente los sistemas complementarios de previsión debido a una ausencia total de concienciación social y a una falta de estímulos por parte de los poderes públicos.

En la actualidad, las prestaciones de los sistemas de previsión complementaria (planes de pensiones y seguros de vida) apenas superan el 5% de las prestaciones totales pagadas por el sistema público.

Como consecuencia, en España toda la carga de las pensiones recae sobre las prestaciones de la Seguridad Social. Lo deseable sería que, como ocurre en la mayoría de los países de la ocde, hubiese desarrollo de los sistemas complementarios que equilibre el sistema de bienestar.

La previsión social complementaria no despegará en España mientras no se generalice en el ámbito de las empresas, tal y como ocurre en la mayoría de los países de la OCDE.

«En España no existe conciencia de planificar la jubilación desde el momento en que se empieza a trabajar»

El denominado segundo pilar solo existe en España en algunas grandes empresas, siendo totalmente residual en pequeñas y medianas empresas, que son las que aglutinan la mayor parte de los trabajadores en España.

Se habla mucho de la dualidad del mercado laboral español desde el punto de vista de la existencia de un colectivo de trabajadores con contrato indefinido y estabilidad en el empleo que convive con un colectivo de trabajadores con contratos temporales. Sin embargo, a menudo se olvida que esa dualidad se presenta también en el caso de la previsión social.

La previsión social en el ámbito de las empresas españolas alcanza tan solo al 30% de la cifra de ocupados. En realidad, esta cobertura es mucho menor, puesto que de estos 30 puntos, casi 14 están representados por trabajadores que no tienen una cobertura de pensión complementaria de jubilación, sino una cobertura de seguro de vida riesgo (indemnización por fallecimiento). Por lo tanto, la cobertura de jubilación del segundo pilar español alcanza a poco más del 16% de los ocupados españoles, porcentaje que contrasta con cerca del 100% que se observa en sistemas como los escandinavos o el holandés

Para paliar esta situación, desde UNESPA estamos proponiendo que se establezca en España un sistema similar al que recientemente se ha implantado en el Reino Unido de adscripción por defecto o «auto-enrolment». Consiste, básicamente, en que al trabajador se le incluye por defecto en un esquema de previsión social de su empresa al que tiene que contribuir con un porcentaje de su salario, si bien puede optar por salirse del mismo (opting out). Estos esquemas suelen instrumentarse con aportaciones de los empresarios (matching contribution).

Las ventajas de promover la previsión social complementaria a través de un sistema de adscripción por defecto son varias:

—Obliga al trabajador a tomar una decisión consciente y meditada sobre si desea ahorrar o no para su jubilación. Por defecto, está incluido y si quiere salirse, tiene que tomar una decisión expresa.

«Las prestaciones por planes de pensiones y seguros de vida apenas superan el 5% del total»

—Participan en él, por defecto, trabajadores de todos los niveles salariales, no solo los de los niveles más altos. Es un sistema que sobre todo trata de fomentar el ahorro para la jubilación en las rentas medias-bajas.

—El hecho de que el trabajador sea incluido por defecto en un esquema de previsión social en su empresa facilita enormemente la decisión de ahorro, beneficiándose además de unos costes generalmente más bajos que los que le resultarían aplicables como cliente individual.

La información sobre la pensión esperada 

No existe en España todavía una concienciación social suficiente sobre la conveniencia de planificar la jubilación desde el primer momento en el que se empieza a trabajar. Salvo algunas excepciones, la mayoría de los trabajadores se preocupan por conocer cuáles van a ser sus ingresos cuando quedan pocos años para su jubilación.

Como ha señalado la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) en varias ocasiones, los ciudadanos también deben asumir una responsabilidad personal y realizar una contribución mayor y durante periodos más prolongados si desean disfrutar de una renta adecuada en la jubilación.

Pero para ello es necesario que el trabajador tenga conocimiento de la pensión pública esperada, tal y como ya se hace en muchos países europeos. Desde el sector asegurador venimos solicitando que se desarrolle la obligación prevista en la Ley 27/2011, consistente en que la Seguridad Social informe, no solo a los trabajadores mayores de 50 años, sino a todos los trabajadores, cualquiera que sea su edad, de la previsible pensión pública, en euros de hoy, que percibirían, bajo determinadas hipótesis, en el momento de jubilarse. Esta obligación también sería extensible a los sistemas complementarios privados. La experiencia de otros países europeos que ya están aplicando esta medida demuestra que es la mejor forma para que los ciudadanos sean conscientes de la posible diferencia entre su último salario y su previsible pensión en el momento de la jubilación, actuando en consecuencia comenzando a ahorrar de manera sistemática desde jóvenes.

En el «Informe de evaluación y reforma del Pacto de Toledo», aprobado por el Pleno del Congreso de los Diputados, en su sesión del día 25 de enero de 2011, la Comisión recomendó que se aprovecharan al máximo las posibilidades que ofrece Internet para desarrollar acciones formativas encaminadas a difundir las características del sistema de pensiones, así como las obligaciones y derechos de los cotizantes y, en especial, entre tales derechos, la cuantía de las pensiones que les corresponden atendiendo a las cotizaciones realizadas.

«Los trabajadores tienen que realizar un esfuerzo a la hora de complementar sus pensiones públicas»

A tales fines, al menos una vez al año, todo cotizante debía recibir en su domicilio información puntual sobre estas cuestiones; en concreto, debía ser informado de la pensión aproximada que, de mantenerse constantes sus circunstancias de cotización, percibiría tras su jubilación, lo cual debe servir de mecanismo de concienciación sobre sus posibilidades económicas en el futuro.

Sistemas individuales de previsión 

En la actualidad, los sistemas de previsión social no tienen un tratamiento fiscal privilegiado, sino de mero diferimiento de la tributación. Los trabajadores también tienen que realizar un esfuerzo individual a la hora de complementar sus pensiones públicas de jubilación. Las empresas pueden ayudar a proporcionar a los trabajadores pensiones complementarias pero no se les puede exigir que soporten toda la carga que ello supone.

Es necesario, por tanto, que los sistemas individuales de previsión tengan incentivos fiscales adecuados, cosa que en la actualidad no se está produciendo.

La fiscalidad de los sistemas de previsión social supone un mero diferimiento de la tributación, pero no una exención permanente. La Memoria de Beneficios Fiscales de la Agencia Tributaria no tiene en cuenta este aspecto cuando calcula los beneficios fiscales del IRPF. En efecto, en la Memoria de Beneficios Fiscales publicada por la Administración Tributaria en 2016 se dice que el coste de la reducción en base imponible en el irpf por aportaciones a sistemas de previsión social ha sido de 901 millones de euros. Dicho dato no es correcto, dado que solo tiene en cuenta el importe que se ha dejado de pagar por los contribuyentes por la reducción en base imponible de las aportaciones realizadas en ese año, que ascendieron aproximadamente a unos 6.118 millones de euros entre planes de pensiones y Planes de Previsión Asegurados (PPA).

«Las rentas vitalicias aseguradas son el instrumento que mejor se complementa con las prestaciones de la Seguridad Social»

 

Pero no tiene en cuenta cuánto tributaron los contribuyentes a las arcas públicas por las prestaciones pagadas ese mismo año de los distintos sistemas de previsión social, que ascendieron, aproximadamente, a

5.439 millones de euros. El beneficio fiscal debería calcularse sobre el neto de esas dos cifras, que arroja un saldo de 679 millones de euros. Asumiendo un marginal medio del 30%, el beneficio fiscal real solo serían unos 203 millones de euros, en lugar de los 901 millones que figuran en la Memoria de Beneficios Fiscales de la Administración Tributaria.

El fomento de los sistemas individuales de previsión (Planes de Pensiones individuales y Planes de Previsión Asegurados) requiere que, además de la reducción en base imponible de las aportaciones, se le otorgue un tratamiento fiscal adecuado a las prestaciones.

Las prestaciones de los instrumentos de previsión social tienen la calificación fiscal en el IRPF de rendimientos del trabajo, lo que hace tributar al tipo marginal de gravamen, no solo la recuperación de las aportaciones, sino también la rentabilidad financiera generada por dichas contribuciones.

Lo anterior supone un tratamiento discriminatorio para los rendimientos financieros que se generan en los instrumentos de previsión social, en comparación con el trato fiscal que reciben los rendimientos financieros que se generan en otros instrumentos de ahorro cuyas percepciones se califican fiscalmente como rendimientos del capital mobiliario y tributan, con carácter general, como rentas del ahorro, a un tipo mucho más reducido.

A fin de garantizar un tratamiento fiscal homogéneo para la rentabilidad financiera o «del ahorro» que se genera en los instrumentos de previsión social empresarial, se propone que la parte de los rendimientos del trabajo que se corresponda con rentas financieras (la parte de la prestación que exceda de las aportaciones) se integre en la base imponible del ahorro y, con ello, tribute al tipo de gravamen previsto en la ley para el resto de las rentas del ahorro.

Adicionalmente, se debería incentivar también el que las prestaciones de los sistemas de previsión social se cobren en forma de renta vitalicia asegurada.

Las rentas vitalicias aseguradas son el instrumento que mayor grado de complementariedad presenta con las prestaciones de la Seguridad Social (la prestación acompaña a la pensión de Seguridad Social hasta la muerte del asegurado, aunque viva más de lo esperado). A través de este producto, la entidad aseguradora asume el riesgo (de tipo de interés y/o actuarial) de supervivencia por desviaciones entre la esperanza de vida teórica y la duración real de la vida del asegurado.

Pensiones: sostenibles y suficientes

El sistema público de pensiones en España es de reparto, contributivo y de prestación definida. Que sea de reparto significa que en cada momento del tiempo los trabajadores dedican una parte de sus salarios a pagar la pensión de los actuales jubilados, es decir, su recaudación se reparte entre todos los jubilados que tienen derecho a percibir una pensión. Que sea contributivo significa que existe una correspondencia entre las cotizaciones realizadas durante la vida laboral y las pensiones recibidas durante el periodo de jubilación, de manera que cuanto más se contribuye mayor es la pensión. En contraposición a los sistemas contributivos (o tipo «bismarkiano») existen los asistenciales (o tipo «beveridge»), que proveen la misma pensión a todos los trabajadores independientemente de cuanto hayan contribuido.

Que sea de prestación definida significa que en cada momento del tiempo la tasa de sustitución de las pensiones (o el nivel de la pensión en relación al salario) está definida en función del historial laboral (básicamente años cotizados y bases de cotización). A este respecto, es importante resaltar que la reforma de 2013 con la introducción del llamado «factor de sostenibilidad» ha dado un (pequeño) paso en la dirección de reformar un sistema de prestación definida como el español hacia otro de contribución también definida en el que las prestaciones se calculan en función de las cotizaciones y la esperanza de vida en el momento de la jubilación. Es decir, este factor ajusta automáticamente las prestaciones de jubilación a aumentos de la esperanza de vida, por lo que estas ya no están completamente «definidas». La mayoría de los países que tenían un sistema de prestación definida como el nuestro también han incorporado algún tipo de ajuste parecido al del factor de sostenibilidad.

Reto de los países desarrollados 

El sistema de pensiones español se encuentra en un proceso de adaptación a la nueva realidad demográfica. Aunque se trata de un reto común a todos los países desarrollados, las proyecciones de población de España señalan que el progresivo envejecimiento de la población será mucho más intenso que en otros países. En concreto, según la última proyección demográfica del ine, en las próximas cuatro décadas habrá 7,1 millones menos de personas entre 16 y 66 años de edad y al mismo tiempo 6,8 millones más de personas mayores de 67 años.

«En 1919, cuando se fijó la jubilación a los 65, sólo llegaba a esa edad el 33 por ciento, mientras que ahora llega el 90 por ciento»

Como se analiza en Conde-Ruiz y González (2015) (1), tres elementos explican que el proceso de envejecimiento sea más intenso en España que en otros países industrializados. En primer lugar, tenemos una mayor esperanza de vida, tanto al nacer como a los 65 años. En cuanto a la esperanza de vida a partir de esa edad, España también destaca por ser el tercer país con mayor esperanza de vida para las mujeres con 22,8 años (hasta los 87,8 años) y con 18,7 años para los hombres (hasta los 83,7 años). Y la previsión es que la esperanza de vida siga aumentando, dado que continúa disminuyendo la mortalidad a edades elevadas. Mientras que en 1919 (cuando se establecieron los 65 años como edad de jubilación) tan solo el 33% de cada generación alcanzaba esa edad, en la actualidad ese porcentaje alcanza el 90%. La edad que únicamente alcanza el 33% de cada generación se sitúa ahora en los 89 años. Es decir, los 65 años de edad de principios del siglo xx se corresponden ahora con los 89 años. En segundo lugar, España tiene una de las tasas de fecundidad más bajas de los países desarrollados, con apenas 1,3 hijos por mujer en edad fértil. La gran precariedad laboral de nuestros jóvenes, que les impide emanciparse hasta edades muy avanzadas, conjuntamente con las dificultades laborales que encuentran las mujeres al ser madres, probablemente expliquen en parte este dato.

Y en tercer lugar, el proceso de envejecimiento en España avanza con cierto retraso respecto a otros países industrializados. Este retraso se debe no solo a que las generaciones más numerosas, los llamados baby-boomers, nacieron más tarde en nuestro país que en otros países occidentales, sino también a que el intenso proceso inmigratorio que se produjo en España en la primera década del siglo xxi supuso un cierto rejuvenecimiento de la población española.

La combinación de estos tres factores implica que en las próximas décadas España tendrá, previsiblemente, una de las tasas de dependencia más elevadas del mundo, y la más alta de la ue. Según el INE (2016), la tasa de dependencia, definida como la ratio entre la población mayor de 67 años y la población de 16-66 años, aumentará del 24,8% actual al 60,2% en 2050, mientras que la media de la ue no superará el 50% en dicho año. Es fácil comprender que cuanto mayor sea la tasa de dependencia, mayor será también el gasto en pensiones como porcentaje del pib, puesto que el número de personas trabajando o produciendo por cada persona jubilada es menor. A la luz de estos datos no debería resultar difícil entender los retos de sostenibilidad financiera a los que se enfrenta nuestro sistema de pensiones en las próximas décadas.

«España tendrá la tasa de dependencia más alta de toda la UE»

A pesar del inmenso reto demográfico que tenemos por delante, es importante señalar que las reformas de 2011 y de 2013 han empezado a adaptar el sistema de pensiones a esta nueva realidad demográfica. En la primera reforma de 2011 se aprobó la modificación simultánea de dos parámetros clave del sistema: la ampliación del periodo de cálculo de la pensión (número de años que se tienen en cuenta para calcular la pensión), pasando de 15 a 25 años, y el retraso en la edad de jubilación, de los 65 a los 67 años. Esta última modificación supuso un cambio muy significativo, dado que la edad de jubilación a los 65 años se estableció en 1919 y no había sido modificada desde entonces. Esta reforma, conseguida además dentro del consenso del diálogo social y de efectos muy positivos según todos los estudios solventes, tan solo era capaz de solucionar, sin embargo, un tercio de los problemas de sostenibilidad financiera futura.

El factor de sostenibilidad

La reforma de 2013, por su parte, introdujo un factor de sostenibilidad y un nuevo índice de revalorización de las pensiones. El factor de sostenibilidad diseñado en España permite el ajuste automático de la pensión ante cambios futuros en la esperanza de vida, y empezará a aplicarse a partir del año 2019. El objetivo del factor de sostenibilidad, como ya existe en otros países europeos, consiste en garantizar el mismo tratamiento a aquellas personas que se jubilen con la misma edad y el mismo historial laboral pero que pertenezcan a generaciones distintas.

Hasta la introducción del factor de sostenibilidad, dos trabajadores con el mismo historial laboral (años cotizados y salarios) pero de generaciones diferentes que se jubilaran a la misma edad recibían, de media, un pago en pensiones distinto. Al recibir la misma pensión mensual, el trabajador de la generación con una mayor esperanza de vida obtendría en total un mayor montante en término de pensiones a lo largo de su jubilación. El factor de sostenibilidad trata de asegurar que ambos trabajadores perciban la misma cantidad total. Para ello establece que aquel jubilado con una esperanza de vida mayor perciba una menor pensión cada año. En concreto, si la evolución de la esperanza de vida se comporta como lo ha hecho en los últimos años, la introducción del factor de sostenibilidad implica que las pensiones iniciales caerán un 5% cada diez años.

La reforma de 2013 también introdujo un nuevo factor de revalorización de las pensiones. Desde el año 1997, el crecimiento de estas en España estaba vinculado a la evolución de los precios a través del Índice de Precios al Consumo (IPC). Esto cambió con la última reforma: a partir de 2014 las pensiones varían en función de cómo evolucione la restricción presupuestaria a lo largo del ciclo económico. En concreto, si los gastos son superiores a los ingresos a lo largo del ciclo (es decir, déficit), entonces las pensiones solo suben un 0,25%. Y si ocurre al contrario (que hay superávit) las pensiones pueden aumentar hasta un máximo de la variación del IPC más un 0,5%.

Adaptarse a la demografía 

Ambas reformas han empezado a modificar paulatinamente nuestro sistema de pensiones para adaptarlo a la nueva demografía. La última reforma consigue garantizar la sostenibilidad del sistema, pero de una forma ineficiente y políticamente inestable. El factor de revalorización es ineficiente, pues si no se emprenden nuevas reformas, durante mucho tiempo los ingresos van a resultar insuficientes para financiar los gastos, y por lo tanto la sostenibilidad se va a conseguir subiendo las pensiones tan solo un 0,25% al año. Así, tan pronto el BCE consiga su objetivo de inflación del 2%, las pensiones perderán un 1,75% de poder adquisitivo cada año. Es decir, este mecanismo proporciona una pensión con un poder adquisitivo menguante en el tiempo, pues transcurridos veinte años desde la fecha de jubilación permitirá comprar entre un 30% y un 40% menos de bienes y servicios que en el año de jubilación.

«La experiencia demuestra que aunque el trabajador pueda cancelar el plan de pensiones, la mayoría lo mantiene»

Aquí radica el error principal de la reforma de 2013, pues ha trasladado a los jubilados todo el peso del ajuste del gasto, congelándoles prácticamente la pensión de forma indefinida. Y gestionar el consumo de la vejez con una pensión con poder adquisitivo menguante no resulta tarea fácil, máxime cuando las necesidades de cuidados claramente aumentan con la edad. Esta medida no solo es económicamente ineficiente, sino que además es políticamente insostenible. Llevamos varios años con inflación casi cero, pero tan pronto como esta vuelva a niveles positivos aumentarán las demandas políticas de los jubilados para que el peso del ajuste no recaiga únicamente en la congelación de sus pensiones. No obstante, hay un aspecto clave a tener en cuenta, aunque se modifique la forma de revalorizar las pensiones: no se puede obviar el cumplimiento de la restricción presupuestaria del sistema.

Tal como se muestra en Conde-Ruiz (2017) (2), ni el pleno empleo, ni aumentos de los salarios, ni subidas de impuestos (generales o cotizaciones), incluso si se realizaran conjuntamente, no podrían conseguir que el sistema público de pensiones mantuviera tanto su naturaleza contributiva como las tasas de sustitución que ha ofrecido hasta la fecha. De hecho, la principal consecuencia de la introducción del índice de revalorización de las pensiones que implica su cuasi congelación por un largo periodo de tiempo y, próximamente, del factor de sostenibilidad, no será otra que disminuciones sustanciales de tasas de sustitución y del grado de contributividad de las pensiones públicas. Es más, diferentes estudios han mostrado que, si queremos evitar la ineficiente y políticamente inestable cuasi congelación de las pensiones, el desfase entre ingresos y gastos en el escenario demográfico más optimista y una vez alcanzado el pleno empleo sería de 7,4 puntos de pib. En lugar de prometer que esto se puede evitar apelando a soluciones irreales o incoherentes, sería conveniente que las discusiones y análisis que están teniendo lugar en ámbitos políticos versaran sobre cuál es la forma más eficiente y justa de restaurar la sostenibilidad financiera, admitiendo que es inevitable que la tasa de sustitución de las pensiones disminuya. No podemos, olvidar la tozuda realidad demográfica que nos indica que en 2050 habrá prácticamente un trabajador por cada jubilado y que la inevitable reforma se debe interpretar como una forma de reescribir el pacto intergeneracional de nuestro sistema de reparto para que las futuras generaciones puedan cumplirlo financieramente.

En mi opinión, la solución pasará por una batería de medidas entre las cuales están, por supuesto: alcanzar el pleno empleo, eliminar la precariedad laboral para aumentar las tasas de fecundidad, mejorar la educación para aumentar la tasa de crecimiento de la productividad y aumentar los ingresos del sistema de pensiones. Pero, sin duda, aun alcanzando estos objetivos, la tasa de sustitución de las pensiones tendrá que disminuir. Aceptando esta premisa, el centro del debate sobre la reforma de las pensiones pasa a ser cómo se debe producir dicha disminución de manera que el poder adquisitivo de las pensiones a lo largo del periodo de jubilación y su suficiencia no se vean sustancialmente mermadas.

«En 2050 habrá prácticamente un trabajador por cada jubilado»

Para ello, será necesario que los futuros pensionistas conozcan con cierta anticipación cuál será la pensión que van a recibir, que dicha pensión esté protegida frente a aumentos de la inflación, que el acceso a la jubilación sea flexible y tenga en cuenta la heterogeneidad de las condiciones individuales y de las vidas laborales y, en definitiva, que se haga de una manera eficiente y justa (es decir, con unos criterios razonables de equidad inter e intrageneracional). Esta es la cuestión que debería ocupar el lugar prioritario en el debate actual sobre la reforma de las pensiones. En mi opinión, un elemento fundamental en la resolución de la cuestión anterior consiste en la transformación de nuestro sistema de pensiones en uno de cuentas nocionales de contribución definida, tal como ya propusimos hace seis años en la propuesta de FEDEA «Hacia un sistema público de pensiones sostenible, equitativo y transparente».

EL FUTURO DE LAS PENSIONES. CUADERNO DE NR.PDF

Los sistemas de reparto de cuentas nocionales registran todo lo que el trabajador cotiza a lo largo de su vida laboral, es lo que se llama una «cuenta nocional» porque se trata realmente de un mero apunte contable. La pensión de jubilación a la que tendrá derecho el trabajador se calcula en función de lo aportado durante toda su vida, que está registrado en dicha cuenta nocional, y de ciertas reglas que tienen en cuenta la esperanza de vida en el momento de la jubilación e incluso de algunas variables económicas relevantes para la sostenibilidad del sistema como la ratio entre cotizantes y jubilados o el crecimiento del PIB. Este sistema calcula la pensión a la que tiene derecho el trabajador de una forma más sencilla y transparente, ya que básicamente, la pensión se calcula en función de un rendimiento hipotético que podrían haber tenido las aportaciones realizadas por el trabajador a lo largo de su vida. Esta sencilla fórmula sustituiría a la compleja e injusta fórmula del sistema actual, que utiliza los años trabajados, las bases de cotización de los últimos veinticinco años, la edad de jubilación y los múltiples umbrales (máximos y mínimos) sobre las pensiones y las bases de cotización. Dicho rendimiento hipotético se calcula aplicando una tasa de rentabilidad estimada, de forma que el sistema sea financieramente sostenible dadas unas prestaciones calculadas actuarialmente en función de las aportaciones acumuladas y las expectativas de longevidad. Así, en el momento de la jubilación, este fondo se convierte en una renta vitalicia o pensión que no solo dependerá de esta rentabilidad virtual o hipotética, sino también de la esperanza de vida en ese momento. Dicho de otro modo, la pensión que percibirá el trabajador deberá respetar algún tipo de equivalencia actuarial o factor de proporcionalidad entre lo aportado y los años esperados que va a percibir la pensión a lo largo de toda su vida.

«El ahorro privado permite complementar la pensión pública y la formación permite al trabajador estar activo más tiempo»

Así pues, el nuevo sistema de reparto de cuentas nocionales, en la línea de países como Suecia o Italia, reforzaría la contributividad teniendo en cuenta toda la vida laboral y otras situaciones que se consideren que deberían tenerse en cuenta a la hora de generar derechos. Este modelo incorpora, además, la introducción de instrumentos de ajuste automático del gasto en pensiones frente a cambios demográficos y económicos, proporciona incentivos para aumentar la oferta de trabajo, permite una jubilación flexible plenamente compatible con el pleno empleo, y restablece el equilibrio actuarial entre contribuciones realizadas y pensiones recibidas. Es decir, un sistema como este permite de una forma más justa y transparente que si un trabajador quiere cotizar más en su «cuenta nocional» puede alargar su etapa laboral, y así aumentar su pensión y evitar la caída en su tasa de sustitución.

Pensiones sostenibles

Al mismo tiempo el sistema facilita la compatibilización entre pensión y salario en la llamada jubilación activa. Como ya avisamos en 2010 y 2011, los problemas de sostenibilidad financiera y suficiencia de las pensiones se agravarán, incluso si transitoriamente se encontraran los recursos necesarios para cubrir el déficit actual de la Seguridad Social.

Por último, la introducción de este sistema de reparto de cuentas nocionales podría venir acompañado de un segundo pilar de capitalización pequeño, con deducción fiscal, como complemento de la pensión pública. Este segundo pilar podría introducirse obligatorio o voluntario. Siguiendo la recomendación del Nobel de Economía 2017, Richard Thaler, si fuera voluntario la opción por defecto para todos los trabajadores debería ser la suscripción de dicho segundo pilar y el trabajador poder cancelarlo, si así lo desea, con posterioridad. Diversas experiencias internacionales han mostrado que, aunque el trabajador tenga la opción de cancelar el plan de pensiones complementario, una gran cantidad de trabajadores lo mantiene. Además, el segundo pilar permite al trabajador diversificar riesgos de ahorro de cara a su jubilación, pues es una vía de inversión en capital físico que complementa la inversión en capital humano que todo sistema de reparto implica. Pero este nuevo pilar de capitalización complementario obligatorio (o voluntario) debería poder utilizarse no solo como complemento de renta para la jubilación, sino también en cualquier momento del tiempo para invertirlo en capital humano o formación. Al final, cuando hablamos de la jubilación, la formación y el ahorro privado son dos caras de la misma moneda. El ahorro privado a través del segundo pilar permite complementar la pensión pública, y la formación permite al trabajador estar activo hasta edades muy avanzadas y poder compaginar el trabajo con la pensión pública.

Tenemos la oportunidad de resolver de forma estructural los problemas de sostenibilidad de nuestro sistema de pensiones. Y no podemos dejar de insistir en que cuanto más tarde lo hagamos, más costoso será el ajuste, porque una mayor parte de su coste tendrá que ser soportado por la población ya jubilada o cercana a la edad de jubilación, cuyas decisiones de ahorro y profesionales estarían ya determinadas y sin apenas capacidad de adaptación a dichos cambios.

 

NOTAS

(1) Conde-Ruiz, J. I., y C. I. González (2015), «Challenges for Spanish Pensions in the Early 21st Century», CESifo DICE Report, Ifo Institute – Leibniz Institute for Economic Research at the University of Munich, vol. 13(2), págs. 20-24, 08.

(2) Conde-Ruiz, J.I (2017), «Medidas para restaurar (o no) la sostenibilidad financiera de las pensiones», Policy Papers 2017-04, FEDEA.