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Transformación digital y desarrollo

Sebastían Nieto Parra es jefe para América Latina y el Caribe, Centro de desarrollo de la OCDE.


AVANCE

La pandemia de COVID‑19 ha dado un impulso sin precedentes a la transformación digital pero al mismo tiempo reflejó las importantes brechas digitales existentes en América Latina. La adopción de tecnologías digitales ha sido fundamental para garantizar durante los confinamientos una cierta continuidad en la actividad empresarial, los servicios públicos y el trabajo y el estudio desde el hogar. Sin embargo, la brecha digital —en particular la falta de Internet de banda ancha de alta velocidad y de competencias digitales adecuadas— ha impedido a muchos, especialmente a los más vulnerables, aprovechar las ventajas de estas soluciones. Así, para aprovechar al máximo la transformación digital para el desarrollo de la región se deben realizar acciones de política a nivel de los hogares, empresas e instituciones y enmarcadas dentro de un contrato social que incluya las diferentes tendencias que están transformando las economías y las sociedades.


Tras la crisis del Covid-19, la digitalización ha demostrado ser un elemento fundamental para impulsar el desarrollo de América Latina. Anterior a la crisis del Covid-19, los gobiernos, las empresas y los ciudadanos percibían la transformación digital como una oportunidad para el desarrollo. Sin embargo, gracias a la multitud de actividades virtuales durante los meses de confinamiento, tales como el teletrabajo, el comercio por Internet y la educación en línea, se ha percibido que la digitalización no es solo una oportunidad sino también una necesidad para promover el desarrollo de la región.

En efecto, la reciente tendencia a nivel global del uso de Internet por parte de todos los actores económicos, sociales y gubernamentales confirma que América Latina debe incluir esta agenda como prioridad de pública política. Junto con la transición verde, la transformación digital es una tendencia global que la región debe incluir dentro de su modelo de desarrollo. Así, la transformación digital plantea desafíos y oportunidades y que, si se acompaña de políticas efectivas, puede ayudar a superar las trampas del desarrollo de América Latina y el Caribe. Aunque ya se han puesto en marcha algunas medidas para aprovechar las oportunidades que se presentan, serán necesarios nuevos planteamientos en materia de políticas y también en inversiones complementarias.

Bajo un planteamiento centrado en el bienestar de las personas, este artículo se concentra en algunos aspectos clave para un mayor y mejor uso de la digitalización a nivel de los hogares, las empresas y las instituciones.

En estos tres aspectos, algunos elementos transversales son esenciales a considerar y que son tratados en las conclusiones. Primero, la transformación digital debe hacer parte de un contrato social renovado que contribuya a promover consensos entre diferentes actores a nivel nacional. Segundo, la política fiscal, basada en mayor progresividad y en favor de la creación de empleo formal, debe garantizar la financiación de esta agenda ambiciosa y necesaria. Finalmente, la cooperación internacional renovada debe favorecer el diálogo de pares así como el intercambio de conocimiento y de tecnologías, para aprovechar plenamente el potencial de la transformación digital en la región.

Hacia una agenda digital inclusiva a nivel de los hogares

A pesar de una mejora sustancial en términos de acceso a Internet en los últimos años, en América Latina aún persiste una brecha importante con respecto al promedio de los países de la OCDE, la cual afecta ante todo a la población más vulnerable. El número de usuarios de Internet permanece todavía 15 puntos porcentuales por debajo del promedio de la OCDE y sobre todo se constata que el número de suscripciones de banda ancha fija es inferior al 15% (Gráfico 1, Paneles A y B). Además, más de 6 de cada 10 hogares con ingresos per cápita en el quintil inferior de la distribución de los ingresos no tienen acceso a la conexión fija a Internet de banda ancha de alta velocidad necesaria para trabajar o estudiar a distancia.

Los problemas estructurales preexistentes, como la brecha digital, también repercuten en los niveles de informalidad e incrementan la desigualdad. La brecha digital ha agravado la desigualdad en la región y ha afectado de manera desproporcionada a los trabajadores informales. La desigualdad generada por la pandemia queda en evidencia, principalmente, en la capacidad de teletrabajar, que guarda relación con el nivel de ingresos.

Igualmente, la falta de competencias digitales conlleva a que los trabajadores y estudiantes vulnerables sean privados de los beneficios generales de la transformación digital. A diferencia del promedio de la OCDE, una gran parte de los adultos de la región sin educación secundaria superior carecía de la competencia básica necesaria para la prueba de resolución de problemas de la Evaluación Internacional de las Competencias de los Adultos. Inclusive, al analizar los adultos con una educación terciaria, la brecha en competencias digitales con respecto a los países de la OCDE es considerable (Gráfico 1, Panel C).

Así, la mejora de la conectividad es solo el primer paso para aprovechar al máximo las tecnologías y oportunidades digitales y los Estados, mediante su intervención en las políticas abiertas en el mercado laboral así como en las políticas educativas, deben abordar las brechas en competencias básicas y habilidades digitales. Así, estas brechas del conocimiento pueden agravar la brecha digital. Por lo tanto, los Estados deben elaborar estrategias integrales en relación con las habilidades, en coherencia con sus estrategias productivas, incluyendo la etapa de la educación infantil y la formación continua para que las habilidades cognitivas, metacognitivas, técnicas y digitales lleguen a todos.

Los puestos de trabajo menos cualificados y los que requieren una formación media baja corren un mayor riesgo de desaparecer en un futuro próximo. En particular, se estima que 1 de cada 4 trabajos tiene un alto riesgo de automatización. Estos desafíos ponen de manifiesto la importancia de construir una transformación digital que funcione para todos en el período de recuperación posterior a la pandemia. En este sentido, es preciso adoptar políticas que vayan más allá de la dimensión social y favorezcan la formalización del empleo. Estas políticas deben estar encaminadas a reducir la brecha digital y aumentar las competencias digitales para aprovechar al máximo las nuevas tecnologías.

Si se quiere cerrar brechas, es fundamental trabajar las habilidades digitales desde una edad temprana. En todos los niveles de educación y formación, las nuevas tecnologías ofrecen oportunidades de aprendizaje. Las nuevas tecnologías en el ámbito de la educación pueden apoyar el desarrollo de las habilidades del siglo XXI. El cuerpo docente desempeña un papel fundamental para que la transformación digital sea inclusiva, puede integrar las tecnologías digitales en el aula y velar por que las TIC (Tecnología de la información y las comunicaciones) tengan un efecto positivo en el aprendizaje. Esto exige una alta capacitación de los profesores, amplia y apropiada. No será suficiente que los centros educativos y los estudiantes de entornos desfavorecidos tengan más acceso a Internet. También hay que ofrecer plataformas eficaces para el aprendizaje, como puede ser el apoyo al aprendizaje en línea a todos los niveles socioeconómicos (Gráfico 1, Panel D).

La transformación digital debe ofrecer oportunidades a las mujeres con el fin de buscar una mejor inserción en el mercado laboral. Las nuevas tecnologías y la aceleración de la digitalización durante la pandemia pueden ayudar a las mujeres en el futuro a seguir trabajando desde casa, ofrecer trabajo a tiempo parcial, conciliar la vida familiar y laboral de forma más eficaz y reducir los costos y el tiempo invertido en transporte. Sin embargo, la brecha digital de género puede dificultar la inclusión de la mujer en el futuro del trabajo, por ejemplo debido a diferencias en la edad del primer acceso a dispositivos digitales y en la percepción de las competencias necesarias para desenvolverse en el mundo digital. Conseguir una transformación digital inclusiva que englobe el acceso de la mujer a las tecnologías digitales y desarrollar medidas para impartir las competencias necesarias para usarlas facilitará que las mujeres se incorporen al mercado laboral a través de nuevas formas de trabajo; un ejemplo es el de la economía de las plataformas.

Para garantizar un mejor aprovechamiento de la transformación digital en los hogares, y en particular los trabajadores, los estudiantes y las mujeres, el gasto público debería dirigirse a la población más vulnerable y gradualmente promover un mayor gasto de capital. Estas acciones deberán estar compaginadas junto con la transición a una economía con bajas emisiones de carbono.

Promoviendo la transformación digital en el tejido empresarial

A pesar de los avances en términos de conectividad, el ritmo de la transformación digital ha sido moderado en las empresas. La digitalización de los procesos productivos está muy rezagada en comparación con otras regiones. El crecimiento promedio de la adopción digital para la transformación productiva en la región ha sido relativamente moderado en comparación con los avances conseguidos en otras economías emergentes, sobre todo en China y en el Sudeste Asiático. Además, cuando se analiza la adopción por parte de las empresas de las tecnologías emergentes, como la inteligencia artificial o la robótica, la brecha es considerable con respecto a los países de la OCDE (Gráfico 1, Panel E).

Es fundamental seguir promoviendo una mayor transformación digital con el fin de generar cambios importantes para las empresas y la dinámica del mercado. Si bien la transformación digital presenta una oportunidad para abordar el persistente desafío de la baja productividad, también existe el riesgo de que se acentúen las disparidades de productividad según el tamaño de la empresa, que ya son considerables.

América Latina enfrenta una oportunidad única para repensar su modelo de desarrollo para lo cual se debe hacer mediante un proceso participativo y de generación de consensos

A pesar de los avances logrados en los últimos años, la escasa adopción incluso de tecnologías básicas, especialmente entre las pequeñas empresas, demuestra que aún hay margen para una mayor intervención en el ámbito de las políticas. Por ejemplo, en algunos países de América Latina la brecha entre las pequeñas y grandes empresas que poseen su propio sitio web es superior a 30 puntos porcentuales. Además, las empresas más grandes han conseguido disponer de mayores velocidades de conexión, lo cual también condiciona el tipo de servicios a los que pueden acceder y ofrecer, generando así mayores brechas de productividad. Si se adoptaran las políticas adecuadas, las tecnologías digitales podrían ayudar a cerrar la brecha de productividad existente con respecto a las empresas más grandes.

El futuro de la región en la nueva geografía económica implica cadenas de valor regionales que la hagan menos dependiente de las manufacturas importadas y mejoren la estructura productiva hacia bienes más sofisticados. Las políticas industriales y tecnológicas deben fortalecer las capacidades productivas y la generación de nuevos sectores estratégicos. Esto aportaría una mayor resiliencia a las redes regionales de producción que se enfrentan al desafío de la diversificación de proveedores (tanto en términos de países como de empresas) que favorece las ubicaciones más cercanas a los mercados de consumo final (nearshoring) o la reubicación de procesos tecnológicos y productivos estratégicos (reshoring).

Un mercado único digital podría ser una forma de fomentar el desarrollo tecnológico en América Latina. La integración regional y las estrategias de políticas coordinadas serán fundamentales para garantizar la creación de oportunidades digitales que aumenten la productividad. Un mercado integrado sería económicamente beneficioso para la región. Por ejemplo, desde la creación de la estrategia de mercado único digital en la Unión Europea, su grado de digitalización creció más que el de otros países de la OCDE que no forman parte de este espacio.

Hacia instituciones más creíbles, inclusivas, eficientes e innovadoras gracias a la nueva era digital

Las crecientes aspiraciones sociales agravan la insatisfacción ciudadana en América Latina. La transformación digital y el auge de los “ciudadanos digitales” han desempeñado un papel importante en la configuración de las aspiraciones sociales. La expansión de los teléfonos inteligentes y la aparición de nuevas formas de comunicación han dado lugar a un profundo cambio cultural en las sociedades de la región, especialmente entre los jóvenes y los urbanitas, que tienen un mayor nivel educativo y más aspiraciones que sus padres, pero se enfrentan a diversas dificultades por lo que se refiere a las oportunidades laborales. Estos jóvenes urbanos más conectados tienden ahora a comparar su estilo de vida con el de sus pares internacionales y no con el de la generación de sus padres, y sus expectativas insatisfechas provocan desilusión.

La transición hacia gobiernos digitales puede ayudar a las instituciones públicas a ser más creíbles, inclusivas, eficientes e innovadoras.

El gobierno abierto puede hacer que las instituciones públicas sean más creíbles al mejorar la transparencia, el acceso a la información y la participación ciudadana. La seguridad digital, la regulación de la privacidad y la gestión segura y transparente de los datos son importantes para garantizar la confianza del público en las tecnologías digitales. En 2020, los países de la región tenían 53 planes de acción de gobierno abierto, 38 implementados y 15 en progreso. Así, garantizar una gestión de datos fiable y ética y una infraestructura digitalmente segura es fundamental para fomentar la confianza y facilitar la adopción de tecnología.

Las tecnologías digitales, como el aprendizaje en línea y la telemedicina, pueden apoyar servicios públicos más inclusivos y la participación de los ciudadanos en el proceso de toma de decisiones. Las tecnologías digitales también pueden beneficiar a los gobiernos al facilitar la interacción con las partes interesadas (consultas en línea) y la participación ciudadana en la toma de decisiones (toma de decisiones por medios digitales). Las plataformas digitales pueden constituir un medio de costo reducido para que los gobiernos interactúen con las partes interesadas durante la formulación, el seguimiento y la aplicación de políticas. Si se combina con inversiones en el desarrollo de infraestructuras y talento y competencias digitales, la transformación digital puede ayudar a las administraciones a prestar servicios públicos más inclusivos, de manera que las instituciones públicas resulten más accesibles y se centren más en la ciudadanía. Sin embargo, los resultados del Índice de Datos Abiertos, Útiles y Reutilizables (OURdata) de la OCDE para ALC siguen mostrando grandes disparidades en relación con la publicación de datos gubernamentales abiertos y su uso para la rendición de cuentas, la formulación de políticas y el diseño y la prestación de servicios (Gráfico 1, Panel F).

La automatización de servicios puede hacer que las instituciones sean más eficientes. Por ejemplo, aún se necesitan, en promedio 5.4 horas para completar una transacción pública en la región, con grandes diferencias entre países, que pueden ir hasta más de 10 horas en algunos países.

Mejorar la focalización del gasto a las poblaciones más vulnerables  y promover mayor gasto de capital permitirán una adecuada implementación de la era digital en la región.

Finalmente, las herramientas digitales pueden apoyar enfoques innovadores de políticas públicas, utilizando nuevas fuentes de datos, mejorando así el proceso de formulación de políticas desde la planeación hasta el monitoreo de políticas.

Conclusiones

América Latina enfrenta una oportunidad única para repensar su modelo de desarrollo para lo cual se debe hacer mediante un proceso participativo y de generación de consensos. Bajo esta perspectiva, la implementación de un nuevo contrato social es fundamental, para lo cual se requieren acciones en áreas como el impulso de la productividad y generación de empleo formal, mejoras en los sistemas de protección social y el fortalecimiento de las instituciones. En cada una de estas acciones, tendencias globales, como la transformación digital y el cambio climático, son áreas transversales a tener en consideración.

Posterior a la pandemia, la digitalización pasó de ser una oportunidad a una necesidad para el desarrollo de América Latina. En este sentido, se requieren acciones concretas que beneficien su aprovechamiento a nivel de los hogares, incluidos los trabajadores y estudiantes, las empresas y las instituciones. Se ha insistido considerablemente en la mejora de las infraestructuras, pero el espectro debe ser más amplio e incluye la necesidad de fomentar mayores competencias digitales y acertados marcos regulatorios que permitan beneficiar a toda la población. Sin un marco digital inclusivo no se puede promover mejoras en el bienestar de los ciudadanos de la región.

En un contexto de caída de la confianza en los gobiernos y los servicios públicos, las tecnologías y los datos digitales pueden ser fundamentales para permitir un mejor diseño de los servicios públicos y estrategias de prestación que promuevan servicios públicos integrados y centrados en el ser humano que beneficien a todos.

Para aprovechar todo su potencial, la transformación digital debe abordarse de manera integral dentro de las estrategias de desarrollo de América Latina, instrumentos que pueden servir en la implementación de los contratos sociales en la región.  Los planes nacionales de desarrollo (PND) y las agendas digitales son herramientas estratégicas clave para planificar y coordinar la transformación digital. Si bien en muchos países se ha llevado un proceso efectivo en la elaboración de las agendas digitales, el gran reto pendiente es en su implementación. Respecto a los PND, entre los 16 PND analizados de la región, la mayoría incluye políticas para ampliar el acceso y uso de tecnologías digitales, así como para aumentar la inversión en infraestructura de comunicaciones. Las políticas para abordar el futuro del trabajo también están ganando relevancia en los PND y en sus próximas ediciones deberá ser una prioridad.

La cooperación internacional es una dimensión clave para aprovechar al máximo la transformación digital.

Además de la necesidad de incluir la agenda digital dentro de un contrato social renovado y a través de instrumentos como los PND, para aprovechar al máximo la transformación digital se requiere agregar dos elementos. Primero, su financiación donde el papel de la política fiscal es fundamental. Segundo, una cooperación internacional renovada, la cual contribuya a aprovechar al máximo la transformación digital para América Latina.

Respecto a la política fiscal, para que el gasto en materia digital sea sostenible en la mayoría de los países de América Latina deben tomarse acciones a nivel de impuestos, gasto focalizado y de gestión de deuda soberana. En el complejo contexto actual, los plazos, la rapidez y la forma en que se produzcan dichos incrementos deberán adaptarse a la situación de cada país y respaldarse con un amplio consenso alcanzado a través del diálogo nacional y de una comunicación clara. Para ello es necesario mejorar el poder redistributivo del sistema tributario aumentando los impuestos sobre la renta de forma progresiva, ampliando el alcance de los impuestos a la propiedad y el patrimonio, revisando algunos gastos tributarios y continuando una armonización internacional a los impuestos a la economía digital. Una buena gestión de la deuda pública y mejor coordinación internacional permitirá igualmente financiar la recuperación digital y evitando la caída en crisis de deuda soberana. Finalmente, mejorar la focalización del gasto a las poblaciones más vulnerables – en áreas clave como la educación en línea o las competencias digitales – y promover mayor gasto de capital permitirán una adecuada implementación de la era digital en la región.

Finalmente, dado que la digitalización genera oportunidades y desafíos que trascienden las fronteras, la cooperación internacional es una dimensión clave para aprovechar al máximo la transformación digital. Así, es fundamental coordinar las políticas a escala internacional que promuevan la digitalización para todos. La cooperación internacional tradicional no ha cumplido las expectativas. Debe evolucionar hacia un modelo renovado, basado en tres pilares. En primer lugar, este modelo debe tener como objetivo apoyar las estrategias de desarrollo de los países de América Latina, teniendo en cuenta el carácter multidimensional de sus desafíos de desarrollo y vinculándolos a las prioridades internacionales. En segundo lugar, debe basarse en plataformas de diálogo inclusivas y productivas, en las que participen en igualdad de condiciones países de todo tipo de desarrollo. En tercer lugar, la cooperación internacional deberá incluir más instrumentos y más actores, ampliando las posibilidades y los efectos de la acción coordinada.

Frente a esta agenda ambiciosa y necesaria de la digitalización, más que nunca se requiere un marco comprensivo en el que varios actores a nivel nacional e internacional hagan parte de forma coordinada y contribuyan a diseñar e implementar elementos de política que van más allá de las infraestructuras de las telecomunicaciones.

[1] Este artículo se basa de los siguientes trabajos en conjunto: OECD et al. (2021), Perspectivas económicas de América Latina 2021: Avanzando juntos hacia una mejor recuperación, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/2958a75d-es y OECD et al. (2020), Perspectivas económicas de América Latina 2020: Transformación digital para una mejor reconstrucción, OECD Publishing, Paris, https://doi.org/10.1787/f2fdced2-es

Desigualdad en América Latina: Una asignatura pendiente

Diego Sánchez-Ancochea es jefe del Departamento de Desarrollo Internacional de la Universidad de Oxford.


AVANCE

La desigualdad sigue siendo uno de los retos fundamentales de América Latina. Este artículo describe brevemente las características del problema, centrándose en la alta concentración de la renta en manos de una pequeña élite económica. Propone, además, tres principios fundamentales para tratar de mejorar la distribución de la renta en la región en el largo plazo: la necesidad de ver la desigualdad como un problema político cuya resolución exige de nuevas coaliciones interclasistas; la importancia de crear círculos virtuosos entre la política social y la política productiva; y la conveniencia de adoptar agendas a la vez pragmáticas y ambiciosas que presten atención, sobre todo, a las trayectorias progresivas de cambio.


ARTÍCULO

La reducción de la desigualdad en América Latina en la primera década de los años 2000 creó una cierta esperanza en la región. ¿Nos encontrábamos ante una “ruptura con la historia” utilizando la terminología del Banco Mundial? ¿Estaba experimentando América Latina cambios estructurales en su economía política?

Lamentablemente la estabilidad de la distribución de la renta a partir de 2013 y su empeoramiento reciente como consecuencia de la pandemia supone una contestación al menos parcial a estas preguntas. Parece ya claro que habíamos asistido a un cambio solamente temporal de tendencia y que se mantienen hoy más que nunca muchas de las restricciones estructurales que hacen de la región una de las más desiguales del mundo.

¿Qué hacer entonces? ¿Cómo enfrentar una de las grandes asignaturas pendientes?  Claramente estas son las “preguntas del millón”, dada la trayectoria latinoamericana en el último siglo y medio y los enormes costes que la desigualdad ha tenido en su desarrollo económico político y social (Sánchez-Ancochea, 2022).  Más aun, la contestación a estas preguntas está estrechamente conectada a muchos de los problemas y procesos descritos en otros artículos de este monográfico, desde la calidad de la democracia y los partidos políticos a las características de la política social.

Para explorar estas preguntas con rigurosidad es importante, primero, explicar de qué desigualdad estamos hablando.  Dejo claro de antemano que me voy a centrar principalmente en las brechas de ingreso entre individuos y no de las que surgen de las diferencias de raza, etnia y género.  Esta elección se debe en parte a restricciones de espacio y en parte al hecho de que el ingreso tiene una alta correlación con todas las demás dimensiones y las cruza todas. Al hablar de la desigualdad de ingreso es importante recordar que esta es especialmente alta en América Latina, sobre todo, porque los ricos controlan más recursos que casi en ninguna otra parte del mundo.

Sería imposible en estas páginas discutir con detalle todas las medidas necesarias para promover sociedades más equitativas, haciendo justicia, además, a la enorme variedad regional. Me parece más útil sugerir una serie de principios guía que podemos utilizar para encuadrar todas las medidas concretas que se nos puedan ocurrir.  En particular, propongo tres fundamentales:

(a) crear una nueva política (politics) es tanto o más importante que promover nuevas políticas (policies);

(b) es importante promover cambios tanto en las políticas productivas como redistributivas y, más importante aún, conectar ambas de forma más dinámica; y

(c) la desigualdad no se va a eliminar de un día para otro sino que es un proceso acumulativo y de largo plazo; lo cual exige estrategias ambiciosas pero pragmáticas que vayan rompiendo los círculos viciosos de la desigualdad.

De acuerdo con el índice de Gini, América Latina es una de las regiones más desiguales del mundo: diez de los veinte países más desiguales para los que tenemos datos recientes provienen de la región

La lucha en favor de la equidad será complicada, pero, lo bueno, es que la región ha sido siempre cuna de ideas y movimientos inspiradores que podemos seguir utilizando.

Comienzo con una breve discusión sobre las particularidades de la desigualdad en América Latina para pasar luego a describir la trayectoria reciente y acabar con la discusión de los tres principios. Hago todo ello buscando el diálogo y llamando a una colaboración más estrecha entre académicos, hacedores de política, políticos y movimientos sociales sin la cual será casi imposible seguir avanzando.

Concentración en pocas manos

El índice de Gini que oscila entre cero (cuando todos los individuos tienen el mismo ingreso) y cien (cuando el ingreso está en manos de una sola persona) es uno de los indicadores más habituales de la desigualdad. Su popularidad radica, en buena medida, en su capacidad para incluir de igual forma a todas las personas; es decir, cualquier cambio en el ingreso relativo genera un cambio en el Gini, con independencia de que los individuos involucrados sean pobres o ricos.

Como explica el economista chileno Gabriel Palma, «la ventaja comparativa de estas oligarquías [latinoamericanas] es precisamente el ser capaces de utilizar las diferentes instituciones para conseguir sus objetivos bastante inmutables»

De acuerdo con este indicador, América Latina es una de las regiones más desiguales del mundo: diez de los veinte países más desiguales para los que tenemos datos recientes provienen de la región (tabla 1). Más aun, con la excepción de El Salvador, todos los países latinoamericanos tienen un Gini de 40 o más.

Tabla 1. Lista de 20 países más desiguales según el índice de Gini
(dato más reciente entre 2012 y 2018)

Fuente: elaboración propia con datos del Banco Mundial

Una debilidad del Gini, sin embargo, es que no permite distinguir entre distintos tipos de desigualdad. En particular, no refleja con claridad la distancia entre los más ricos y el resto de la población. Es esta brecha la que más nos debería preocupar no sólo por su tamaño sino también por sus altos costes económicos, políticos y sociales. En un número creciente de países, una pequeña élite económica controla una elevada proporción de los recursos productivos, lo que le permite también ejercer una influencia exagerada sobre las decisiones políticas (Fairfield, 2015; Hacker y Pierson, 2010). Prestar atención a los más ricos es especialmente importante en América Latina, puesto que, como mostró un informe del Banco Mundial hace años, «las distribuciones en América Latina se caracterizan sobre todo por una mayor proporción de ingresos entre los ricos, en comparación con países de otras regiones» (De Ferranti y otros, 2004: 56).

Afortunadamente, en las dos últimas décadas el mundo académico ha prestado cada vez más atención al papel de los más ricos en la distribución de la renta. Gracias al trabajo pionero de Anthony Atkinson, Emmanuel Saez y Thomas Piketty se han desarrollado nuevas fuentes estadísticas y se han popularizado indicadores alternativos (p. ej., Atkinson, Piketty y Saez, 2011; Piketty, 2014). Estudios basados en datos impositivos y en cuentas nacionales han venido a complementar la información anterior que se apoyaba exclusivamente en encuestas de hogares que no medían bien el ingreso de la élite. En la mayor parte de estos trabajos, el Gini ha sido reemplazado por el porcentaje de la renta del 1% y del 0,1% más rico de la población como el indicador más popular.

En el contexto latinoamericano, este nuevo enfoque ha confirmado una vez más lo concentrada que está la renta en pocas manos. De acuerdo con estimaciones recientes, el 1% más rico de la población en países como Brasil, Chile o México controla casi un 30% de la renta anual (Campos Vázquez y otros, 2016; Fairfield y Jorrat, 2016; Morgan, 2017), bastante más que en el muy desigual Estados Unidos. Más aun, estos nuevos estudios revelan que la desigualdad es todavía más alta de lo que pensábamos: por ejemplo, en Brasil, el ingreso en manos del 1% superior estimado con el nuevo método es el doble que el obtenido con encuestas de hogares (Morgan, 2017; ver también De la Rosa, Flores y Morgan, 2020 para un número mayor de países).

¿Falsa esperanza? La mejora en los 2000

En la primera década de los años 2000, las cosas empezaron a cambiar. “En un momento en que la desigualdad estaba creciendo en casi todas las partes del mundo, ha ido cayendo en casi todos los países de América Latina desde 2000” explica la profesora Nora Lustig, una de las mayores expertas en este tema a nivel internacional (Lustig, 2015: 14).

Como refleja la figura 1, la caída fue generalizada y nada desdeñable: en Bolivia, por ejemplo, el Gini se redujo en 12 puntos pasando de 58 a 46.  Muchos vieron este cambio de tendencia como reflejo de cambios más profundos tanto en las políticas públicas como en las instituciones políticas. El economista italiano Andrea Cornia habló de un nuevo modelo social demócrata en la región (Cornia 2014), mientras que Richard Bird y Erik Zolt destacaron un nuevo contrato impositivo que refleja “un marcado incremento de la democracia en la región… una expansión sustancial de la clase media… y la aparición de un número creciente de gobiernos de izquierda” (Bird y Zolt, 2015: 323).

Sin duda, podemos obtener muchas lecciones positivas de este periodo.  América Latina utilizó los ingresos generados por los altos precios de las materias primas para mejorar las condiciones laborales y redistribuir más ingresos que en el pasado.  Mejoró la regulación laboral, protegiendo por primera vez, por ejemplo, a las empleadas domésticas, y aumentaron de forma sostenida los salarios mínimos (Berg, 2011; López Calva y Lustig, 2010). La política social experimentó también una transformación sustancial, creándose nuevos programas orientados a los más pobres mientras que se expandían algunos programas universales.

Figura 1. Cambios en el índice de Gini en América Latina, 2000-circa 2012

Fuente: Sánchez-Ancochea (2021) con datos originales de SCEDLAS (Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales).

A la vez, debemos tener cuidado en no exagerar la profundidad del cambio; parece cada vez más evidente que muchas de las características históricas de la economía política latinoamericana se mantuvieron. En primer lugar, hubo pocos cambios en el modelo económico que, de hecho, se hizo todavía más dependiente de las materias primas. Los esfuerzos por desarrollar sectores productivos más dinámicos fueron limitados y poco exitosos, lo que hizo que se crearan pocos empleos de calidad y que, además, el crecimiento económico se mantuviera volátil y dependiente de las condiciones externas.

Segundo, las mejoras distributivas fueron resultado de la redistribución desde la clase media (entendida en un sentido amplio) a los más pobres, pero no de la reducción del poder económico de los más ricos. Brasil representa un buen ejemplo de esta tendencia: pese al significativo aumento en el ingreso de los más pobres, el porcentaje de la renta en manos del 1% más rico se mantuvo estable, el modelo económico se hizo menos dinámico y las grandes empresas protegieron todos sus beneficios fiscales (Mendes Lourerio, 2020; Souza, 2018). Estudios recientes elaborados por el World Inequality Lab confirman ese patrón a nivel regional: el ingreso de los más ricos disminuyó bastante a principios de los 2000 pero se fue recuperando poco a poco en los años posteriores (ver figura 2). Es cierto, eso sí, que el poder económico de este grupo no ha crecido de forma sostenida como si lo ha hecho en el caso de los Estados Unidos.

Figura 2. Porcentaje de la renta recibido por el 1% más rico, 2000-2020

Fuente: elaboración propia con datos de World Inequality Lab.

Tercero, la caída del índice de Gini se ralentizó a partir de 2012-13 en buena parte de la región a medida que los límites del modelo económico y del sistema impositivo se hacían más evidentes. Como refleja la figura 3, el cambio fue particularmente significativo en Argentina, Brasil, Ecuador y Perú. De hecho, cuando se pondera la evolución regional del Gini por el tamaño de cada economía, nos encontramos con un aumento en los últimos años (PNUD, 2021). Más aun, la pandemia parece haber tenido efectos muy perniciosos incluso en los países que tuvieron un buen comportamiento durante el periodo 2013-2019 (p. ej. Bolivia, El Salvador y México). La combinación de la crisis de salud, los confinamientos y la recesión han afectado a los más pobres mucho más que a la clase media y, sobre todo, que a la élite (Clavijo y otros, 2021).

Figura 3. Comparación en la evolución del índice de Gini, 2000-2013 vs 2013-2019

Fuente: elaboración propia con datos de SCEDLAS.

Una América Latina más equitativa: tres principios guía

Revertir la tendencia histórica y avanzar hacia sociedades más equitativas en América Latina es una tarea complicada –como lo revela la experiencia de las dos últimas décadas. La región tiene que hacer frente a toda una serie de círculos viciosos de largo plazo generados por la concentración de la renta como he mostrado en mi reciente libro (Sánchez-Ancochea, 2022). Por ejemplo, el poder económico de la élite y su control de las actividades más rentables (desde minería al comercio) ha limitado su interés en invertir en investigación y desarrollo y en educación; ello, a su vez, ha contribuido a un crecimiento económico bajo y a un alto nivel de informalidad que, a su vez, ha hecho que la desigualdad se mantenga en niveles muy altos.

Dada la complejidad del problema, pero también debido a la diversidad de América Latina sería absurdo tratar de discutir con detalle todas las medidas que serían necesarias en cada país para mejorar la distribución de la renta. En lugar de ello, voy más bien a proponer tres principios básicos que deberían informar tanto nuestras futuras agendas de investigación como nuestros debates políticos sobre la dirección a tomar.

En primer lugar, debemos reconocer que la desigualdad es fundamentalmente un problema político  derivado de la interacción entre élites económicas y entramado institucional. Como lo explica con claridad el economista chileno Gabriel Palma, “la ventaja comparativa de estas oligarquías [latinoamericanas] es precisamente el ser capaces de utilizar las diferentes instituciones para conseguir sus objetivos bastante inmutables” (Palma, 2019: 6).

El carácter político de la desigualdad es cada vez más reconocido tanto en el mundo académico (no hay más que pensar en el trabajo de Acemoglu y Robinson, 2012) como por las instituciones internacionales. En su informe latinoamericano más reciente, por ejemplo, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), denuncia que “la concentración de poder en el mercado contribuye a mantener la alta desigualdad” y “reconoce al poder de monopolio y al poder político empresarial como dos caras de la misma moneda” (PNUD, 2021: 9).

El considerar la concentración de la renta como problema eminentemente político tiene implicaciones notables (pero no suficientemente reconocidas) sobre la agenda pro-equidad. Implica reconocer que las restricciones fundamentales para promover nuevas políticas no son ni la globalización ni la falta de recursos en abstracto sino más bien el poder de la élite y su influencia sobre la democracia y los políticos. Por eso mismo, no tiene sentido abordar las políticas distributivas desde un punto de vista meramente técnico, proponiendo impuestos más eficientes o políticas sociales más universales. Cualquier discusión sobre las medidas a adoptar tiene que ir de la mano de una conversación sobre la reforma política, incluyendo una profundización de la democracia y la construcción de partidos políticos programáticos.

A la hora de evaluar las distintas propuestas de políticas públicas es importante considerar tanto su dimensión técnica como política. Pensemos, por ejemplo, en un nuevo programa de transferencias y en la discusión sobre su nivel óptimo de cobertura (esto es, focalizada en los pobres o más amplia). Muchos economistas diseñarán el programa considerando sólo el impacto redistributivo de corto plazo de la intervención (por ejemplo, su impacto sobre el Gini). Este enfoque es útil pero insuficiente, puesto que no considera cómo maximizar el apoyo político al programa o cómo crear coaliciones interclasistas que sustenten su expansión. En definitiva, mi primer mensaje es claro: la lucha contra la desigualdad exige crear contrapesos a la élite económica, lo cual sólo sucederá si las medidas adoptadas crean coaliciones políticas entre los pobres y la clase media.

Lo importante no es sólo transformar la economía y promover políticas sociales más ambiciosas sino lograr vincular ambas de forma efectiva

En segundo lugar, debemos evitar debates estériles entre los proponentes de medidas que reduzcan la desigualdad en el mercado de trabajo y aquellos que defienden políticas sociales y tributarias más redistributivas. Muchas de las críticas a la política social centradas en su alto coste o las que las tachan de parches temporales no tienen mucho sentido. De igual manera, pensar que la política social por si sola va a resolver todos los problemas distributivos es absurdo; sin una economía más dinámica y un mercado de trabajo más justo será difícil acabar con esta asignatura pendiente.

De hecho, debemos ir más allá: lo importante no es sólo transformar la economía y promover políticas sociales más ambiciosas sino lograr vincular ambas de forma efectiva . Si hay algo que nos enseña la experiencia de los países más igualitarios del mundo (desde Suecia a la Costa Rica de los 1970) es la importancia de construir complementariedades entre ambas esferas (Martínez Franzoni y Sánchez-Ancochea, 2017; Soskice y Hall, 2001). Las políticas sociales en áreas como la educación y la salud deben mejorar el capital humano para así contribuir a economías más dinámicas que generen más ingresos para financiar dichas políticas sociales.

Soy consciente de que transformar la política y construir complementariedades entre la esfera económica y la social en América Latina es enormemente complicado. No se pueden lograr a través de recetas simples como el Consenso de Washington ni de reformas cortoplacistas como las propuestas por algunos líderes populistas. Para avanzar en la dirección correcta es necesario, más bien, considerar el último de los principios que me gustaría mencionar: la importancia de combinar pragmatismo y ambición y la necesidad de buscar trayectorias dinámicas de largo plazo .

En nuestro trabajo conjunto sobre la política social universal, Juliana Martínez Franzoni y yo hemos tratado de ilustrar la importancia de estos principios para el diseño de una política social más universal y redistributiva en América Latina (Martínez Franzoni y Sánchez-Ancochea, 2019). Centrándonos en la experiencia costarricense, mostramos como la construcción de una seguridad social de calidad para toda la población no se hizo de la noche a la mañana. Fue un proceso de largo plazo en la que las medidas adoptadas en un primer momento generaron nuevos intereses y nuevas coaliciones que apoyaron la expansión posterior del sistema. Más aun, la construcción del nuevo sistema de seguridad social generó nuevas capacidades estatales que, a su vez, permitieron la implementación de políticas más efectivas en otras áreas.

América Latina se encuentra en un momento difícil pero también prometedor.  La región sale de la pandemia envuelta en una grave crisis económica y de salud y con el riesgo de que los gobiernos pongan ahora más acento en la estabilidad fiscal que en el bienestar social. A la vez, la pandemia ha mostrado la necesidad de construir sociedades más cohesionadas, adoptar políticas sociales más ambiciosas y promover un nuevo contrato social. Que seamos capaces de maximizar la ventana de oportunidad y minimizar los grandes riesgos no va a depender de la buena voluntad de la clase política sino de una lucha lenta, ardua y sostenida por transformar la política, crear nuevas coaliciones pro-equidad y reemplazar los círculos viciosos de la desigualdad por nuevos círculos virtuosos pro-equidad. El resto es enorme pero la urgencia todavía mayor.

La democracia y los partidos políticos en América Latina

Manuel Alcántara Sáez es catedrático de la Universidad de Salamanca. Instituto de Iberoamérica.


AVANCE

Indica el autor que en los últimos años la región mantuvo razonables tasas de alternancia presidencial, validando la máxima de que la democracia sirve para remover gobiernos facilitando el recambio. Si bien hay nuevas formas de hacer política, por los efectos exponenciales de la revolución digital tanto en el seno de la dirigencia como de la sociedad. Sin olvidar complicaciones específicas derivadas del tradicional diseño presidencial de América Latina que, a priori, tiende a dificultar la cooperación entre los poderes del Estado y, paralelamente, acoge una fuerte atomización de la representación política.


ARTÍCULO

Después de cuatro décadas, cuando el cambio político se asentó en los países latinoamericanos en el seno de la denominada tercera ola democratizadora, la democracia en la región se encuentra asentada como nunca en la medida en que es el régimen político que impera en la gran mayoría y se ha mantenido sin prácticamente ninguna interrupción. Sin embargo, el último lustro ha contemplado cierta fatiga en su desempeño. Un deterioro que ha quedado registrado en los diferentes índices que miden la calidad de la democracia.

Las tablas 1, 2 y 3 recogen, respectivamente, la evolución en tres de los índices de mayor reputación: el de Freedom House [1], el de The Economist Intelligence Unit [2] , y el Índice de Transformación de Bertelsmann [3].

Mientras que el Freedom House subraya que el deterioro se ha dado en ocho países, siendo los más significativos Nicaragua y Venezuela, The Economist Intelligence Unit eleva el número a trece y Bertelsmann a doce, manteniéndose los dos citados países como casos de degradación clara sumándose al inveterado caso cubano. El Salvador, Guatemala, México y Honduras son países a tener también en cuenta por el deterioro de sus instituciones democráticas.

Esta evidencia se complementa con la aportada por el proyecto Variedades de la Democracia [1] que descompone la misma en cinco expresiones: electoral, liberal, participativa, deliberativa e igualitaria y lleva a cabo una medición por separado de cada una. El gráfico 1 resume la evolución media registrada entre 1990 y 2020 para el conjunto de la región poniendo de manifiesto el deterioro iniciado en torno a 2012 que no ha cesado. La línea continua en negro recoge el promedio de las cinco variedades y su trazo refuerza el neto descenso registrado. Cierto es que se trata de un promedio y que no todos los países se han comportado de la misma manera. De hecho, la figura 1 da cuenta del comportamiento de cada variedad por países para 2020.

Este escenario al que se le une el malestar de la ciudadanía reflejado en las movilizaciones sociales habidas y en las altas tasas de desconfianza institucional existentes, así como en la impunidad efectiva tanto en relación con la corrupción como con la inseguridad ciudadana está en el origen de una democracia fatigada. El panorama se complica además por la irrupción exponencial de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación que han traído consigo importantes cambios en la clásica función de intermediación que venían prácticamente monopolizando los partidos políticos, así como en la gestación de relatos alternativos que han propendido a una extrema polarización de comunidades que se encuentran segmentadas en las burbujas comunicacionales que propenden las redes sociales.

El panorama se complica por la irrupción exponencial de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación que han traído consigo importantes cambios en la clásica función de intermediación que venían prácticamente monopolizando los partidos políticos

Tendencia al Hiper personalismo

Las pautas funcionales del presidencialismo con su tendencia hacia el hiperpersonalismo y las bajas cotas de institucionalización en su ejecutoria han caracterizado el quehacer de la política de manera notable en lo que va de siglo. Figuras extremadamente populares que concentraron de modo hegemónico el poder en la primera década como Hugo Chávez, Álvaro Uribe, Evo Morales y Rafael Correa tuvieron su correlato al final de la siguiente en Andrés Manuel López Obrador y Nayib Bukele, con tasas de favorabilidad popular superiores al 60%, así como, en menor medida, Jair Bolsonaro.

Por otra parte, se recrudecieron los conflictos entre el Ejecutivo y el Legislativo al traducirse situaciones en que se dio una combinación de extremada fragmentación partidista y de presidentes con un partido muy débil o incluso sin partido propio. Esto ha sido especialmente severo en Perú sobre todo a partir de la elección de Pedro Pablo Kuczinski en 2016 con una inusitada rotación presidencial, escenario que se mantiene tras la elección de Pedro Castillo. Igualmente es el caso de Guatemala, Ecuador, Colombia y Costa Rica.

Ahora bien, la región mantuvo razonables tasas de alternancia presidencial validando la máxima de que la democracia sirve para remover gobiernos facilitando el recambio. De las 18 últimas elecciones presidenciales registradas en sendos países entre 2018 y febrero de 2022 se ha dado la alternancia en 14 de ellas. Solo Bolivia, Paraguay, Nicaragua y Venezuela han mantenido al mismo partido en el poder (e incluso al mismo presidente en los dos últimos). El cambio más significativo por su carácter histórico se dio a finales de 2021 en Honduras y en Chile. En el primero, el bipartidismo del Partido Nacional y del Partido Liberal quedó arrinconado con la llegada al poder de la primera mujer en la historia del país con una formación nueva (LIBRE) derivada de la crisis que supuso el golpe de estado de 2009 que se escindió del Partido Liberal y supo atraer a otros sectores. En el segundo, el cambio generacional impulsó al poder a una gran coalición de izquierda dejando atrás al legado de la Concertación y trayendo consigo al presidente más joven de la historia del país -cuando Gabriel Boric fue elegido contaba con 35 años- y al primer gabinete en el que el número de mujeres es mayor que el de hombres.

En este escenario y a pesar de la crisis de representación que se avizora sigue siendo una evidencia indudable que la democracia representativa funciona con partidos políticos. Su presencia a lo largo de dos siglos no hace sino reforzar esa realidad que, no obstante, de vez en cuando se cuestiona. Entonces se habla de crisis. Aunque la teoría sobre su naturaleza y funciones está mayoritariamente basada en los casos europeos y norteamericano la presencia de los partidos en América Latina es tan señera como la de aquellos. En su devenir, los partidos tuvieron su razón de ser como canales a través de los que efectuar la dimensión electoral de la política y, paralelamente, fungieron como depositarios de determinadas cosmovisiones que representaban las ideologías y su afán a la hora de proyectarlas canalizando demandas sociales. Pero, por encima de todo, debieron discernir si eran instituciones, es decir prácticas rutinizadas de comportamientos con arreglo a algún tipo de regla, o máquinas, esto es puros y meros intermediarios sin añadir valor agregado al proceso político ejerciendo únicamente tareas mecánicas.

Los partidos siempre estuvieron al albur de, al menos, dos circunstancias: los cambios que se daban en la sociedad y las transformaciones en las reglas del juego político que se registraban por uno u otro motivo. Cada época y cada país, en la lógica de su propio proceso, decantaron diferentes escenarios. En América Latina, con las dificultades que siempre existen a la hora de la homogeneización de un grupo de países muy dispares, sin embargo se puede hablar al respecto de cinco momentos: el siglo XIX bajo el imperio del liberalismo oligárquico; el inicio del siglo XX de la mano de las transformaciones laicas y urbanas; el auge del estado nacional popular a partir de la década de 1930; las transiciones a la democracia en el marco de “la tercera ola” a partir de finales de la década de 1970; y, finalmente, el momento presente cuyo inicio podría hacerse coincidir con el presente siglo.

En la actualidad, los partidos son elementos clave de las democracias fatigadas de la región y, en este sentido, acompañan al presidencialismo realmente existente donde las pulsiones para alcanzar el poder les hace gozar de una instrumentalización vacía. Como rara vez antes no es que los presidentes lleguen al poder mediante una maquinaria partidista que los sirvió de palanca, como pudo hacer Juan Domingo Perón con el Partido Laborista en 1946 y en los últimos años han hecho Andrés Manuel López Obrador con MORENA y Nayib Bukele con Nuevas Ideas, lo que ahora sucede es que desde el poder se construye el partido. Estos concitan escenarios en los que la prominencia de una persona está identificada desde el inicio con un proyecto con características pluridimensionales y una base social de apoyo muy heterogénea. El caso más clamoroso de las capturas partidistas “desde arriba” por el peso que tiene en la región es el de Brasil. Allí su presidente, Jair Bolsonaro, se acaba de afiliar al Partido Liberal (PL), una fuerza de derecha exponente de la llamada “vieja política”, con el cual deberá convivir el último año de su mandato para intentar la reelección en octubre de 2022. Lo irónico es que en algunos estados el PL es aliado del Partido de los Trabajadores (PT). Bolsonaro que estaba sin afiliación desde que rompió en 2019 con el Partido Social Liberal (PSL), por el cual fue electo en 2018, estuvo afiliado a cinco partidos y no logró en 2020 reunir las firmas suficientes para fundar Alianza por Brasil, como había impulsado junto con sus hijos.

No es que los presidentes lleguen al poder mediante una maquinaria partidista, como pudo hacer Perón, y en los últimos años López Obrador con MORENA y Bukele con Nuevas Ideas, lo que ahora sucede es que desde el poder se construye el partido

Como se señaló más arriba, lo que ha cambiado son las formas de hacer política al unísono con las transformaciones habidas en la sociedad desde inicios de siglo por el impulso de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información. Si el relato siempre fue fundamental en toda forma de acción colectiva, la política nunca se desentendió del mismo, de manera que ha estado presente en la configuración de procesos relevantes que dieron paso a la creación de las naciones o de los estados, así como a otros que tuvieron como hilo conductor grandes revoluciones. En estos tres ámbitos los partidos fueron indudables canales movilizadores.

A las funciones clásicas de representación y de participación se unieron las de agregación y de articulación de intereses a las que acompañó una fundamental en tanto que generadores de nuevas identidades políticas. En su interacción terminaron segregando al electorado que se alineó siguiendo sus postulados generándose una relación de cierta fidelidad y, sobre todo, de gestión de la responsabilidad por cuanto que el electorado premiaba y castigaba las políticas ejecutadas por aquellos. Pero los cambios recientes que facilitan la expresividad inmediata de la gente han hecho que el votante mediano tiende hoy, con mucha mayor facilidad, a emitir su voto por razones emocionales o muy personales en las que su adscripción a diferentes burbujas configuradas por las redes sociales puede ser determinante y no desde la fría racionalidad, la pertenencia o la identidad ya que esta se ha diluido enormemente y, además, resulta cada vez más inestable. En este marco, la polarización desempeña un elemento dinamizador de la liza política, pero, a su vez, contribuye a difuminar las propuestas programáticas.

Las leyes electorales los siguen manteniendo no solo como el monopolio de la representación sino también como elementos necesarios en la organización de las elecciones y para tramitar los gastos electorales. Han quedado fuera incluso funciones como la de formación o incluso la de captación de personal para introducir en el sistema político. Como sucede en el caso de Costa Rica, un caso extremo de presencia de candidaturas presenciales para los comicios de febrero de 2022 pues su número alcanzó a 25, Rodrigo Chaves en los últimos tres años ha militado en tres partidos siendo el último, el Partido Progreso Social Democrático, el que le propulsó para disputar la segunda vuelta de las presidenciales. Algo similar se puede encontrar en Pedro Castillo en Perú y es tradicional esa situación en Guatemala.

El mantenimiento de las identidades partidistas, aunque sea de manera muy laxa, queda relegado a Uruguay o a casos como el del peronismo. Aquí conviene recordar las palabras del presidente Fernández cuando en el mitin convocado el pasado 17 de noviembre tras la celebración de las elecciones legislativas en que se renovó la mitad de la cámara de diputados dijo textualmente: “En estos días venimos escuchando una pregunta repetida: ‘Si perdieron, ¿qué celebran?’. Nunca olviden que el triunfo no es vencer sino nunca darse por vencido”. Una muestra de la clásica mística partidista.

Doble tendencia de los sistemas de partidos

Los sistemas de partidos en América Latina han seguido una doble tendencia. La primera queda vinculada con el peso de sus liderazgos en procesos que individualizan sobremanera su cariz. La segunda, ya registrada en Europa, se refiere a una fase de fragmentación. Vinculado con el presidencialismo, se trata de máquinas funcionales que sirven para aupar a candidatos. A los casos citados más arriba se puede señalar el de la República Dominicana donde en 2020 el expresidente Leonel Fernández, perdió el control del Partido de Liberación Nacional que lo había llevado al poder en tres ocasiones y tuvo que poner en marcha una nueva formación, Fuerza del Pueblo, en alianza con seis partidos pequeños; así mismo, Luís Abinader alcanzó entonces la presidencia a través del Partido Revolucionario Moderno, una formación que logró hacer alianzas con otras siete agrupaciones.

En Colombia, la enorme floración de candidatos se decanta por tres grandes bloques: la Coalición Centro Esperanza, que dirimirá su candidato en marzo, competirá con el Pacto Histórico, de izquierdas, y el Equipo Colombia, a la derecha. Este marco de individualismo a ultranza en el marco de sociedades líquidas tiene su reflejo también en la realización de campañas no presenciales, articuladas a través de las redes sociales fundamentalmente, como ocurrió en Chile con el fenómeno de Franco Parisi, primer candidato que ha hecho campaña exclusivamente de manera virtual sin pisar el país al vivir en Estados Unidos y estar perseguido por la justicia chilena y llegando a obtener el 12,8% de la votación que lo colocó en tercera posición. Un fenómeno que tiene visos de parecerse en Colombia donde el candidato Rodolfo Hernández ha anunciado que hará su campaña electoral exclusivamente de manera virtual.

En cuanto al momento de fragmentación del sistema de partidos que vive América Latina, la Tabla 4 pone de manifiesto este fenómeno que, si bien no es igual para todos los países, es extremadamente agudo en Brasil, Colombia, Chile, Perú y Costa Rica. Una situación que explica la compleja relación entre los poderes ejecutivo y legislativo que ya se señaló antes.

América Latina, como otras partes del mundo, sin duda ve agudizados sus problemas políticos por los efectos derivados de la COVID-19, pero también de los efectos exponenciales de la revolución digital tanto en el seno de la dirigencia como de la sociedad. Sin embargo, cuenta con complicaciones específicas derivadas de su tradicional diseño presidencial que a priori tiende a dificultar la cooperación entre los poderes del Estado y que exacerba los mecanismos de polarización tan en boga hoy puesto que la lógica predominante es la de quien gana “se lo lleva todo”. Pero, paralelamente, acoge una fuerte atomización de la representación política por el efecto doble de la volatilidad y de la fragmentación de los sistemas de partidos al que se suma el hecho de la preminencia de figuras ajenas a las clásicas vías de la institucionalización. La identificación del electorado ya no es con los partidos políticos sino con estas últimas con las que se vinculan a través de las redes sociales y usan mecanismos de inteligencia artificial sin requerir ni grandes maquinarias de movilización ni programas articulados. Amparadas por una cohorte asesora las candidaturas confrontan los procesos electorales de manera solitaria, sin configurar previamente posibles equipos de gobierno ni, menos aun, de apoyo legislativo.

Conviene recordar que la región tiene sobradas experiencia en esa dirección. Es el camino que inició Hugo Chávez en 1998 y años después Rafael Correa con las consecuencias de sobra conocidas y que ahora es seguido por Pedro Castillo, pero poco tiempo antes fue el de Nayib Bukete o el de Jair Bolsonaro. Los resultados son evidentemente diferentes habida cuenta de la personalidad concreta, del momento preciso y del contexto en que se movían, pero parece ser una pauta que no debe ignorarse. Un escenario que en febrero de 2022 lo protagoniza Rodrigo Chaves en Costa Rica, país que ocupa la segunda posición regional en términos de la calidad de su democracia.

NOTAS

[1] Índice realizado por expertos usando una escala de 1 a 7, donde 1 es “libre” y 7 es “no libre”. Dicho índice está compuesto por dos dimensiones: Derechos políticos (a votar libremente, competir por cargos públicos, incorporarse a partidos políticos y organizaciones, elegir representantes que impacten decisivamente sobre las políticas públicas y responsables ante el electorado) y Libertades civiles (libertades de expresión y de creencia, derechos de asociación, estado de derecho, autonomía personal sin interferencias desde el Estado).

[2] Índice integrado por cinco variables: Los procesos electorales y el pluralismo; El funcionamiento del gobierno; La participación política; La cultura política; Las libertades civiles.

[3] Para este índice expertos de países analizan y evalúan la forma en que los países caminan hacia la democracia y el libre mercado. Es el resultado de la media de las variables de transformación política (Estadidad, Participación política, Imperio de la ley, Estabilidad de las instituciones democráticas, Integración política y social) y transformación económica (Desarrollo socioeconómico, Organización del mercado y de la competencia, Estabilidad monetaria y de precios, Propiedad privada, Régimen de bienestar, Rendimiento económico, Sustentabilidad).

Perspectivas globales sobre la cultura colombiana

Manuel Lucena Giraldo es investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).


AVANCE

En este artículo se analizan las condiciones del desarrollo histórico y social de la cultura colombiana. Su perspectiva reúne, por una parte, el análisis de las tradiciones institucionales bajo las que se ha formado y, por otra, tras la apertura económica iniciada en la década de los ochenta y la emigración masiva, considera la difusión de estereotipos, negativos, pero también positivos, en el imaginario global.


ARTÍCULO

En uno de sus libros más exitosos, “Del poder y la gramática”, el historiador británico Malcom Deas, referencia de los “colombianistas de Oxford”, intentó explicar, contra todas las supuestas evidencias historiográficas aportadas por el marxismo y sus terminales mediáticos, por qué razón Colombia había disfrutado durante el siglo XIX de una saga de presidentes gramáticos.

La existencia de pobres mas poderosos patriarcas, casi desprovistos de toda riqueza material, sin haciendas, latifundios, menestrales y peones, como prescribía el dogma del materialismo histórico, constituía un enigma insoluble. Entre ellos, el conservador Miguel Antonio Caro, que ejerció la primera magistratura con título de vicepresidente de 1892 a 1898, fue uno de los más ilustres. Caro tuvo fama de ser un magnífico latinista y un retórico formidable. En el congreso de la República, quien quisiera competir con él precisaba dominar las lenguas clásicas y contar con un conocimiento exhaustivo de la española. Consciente de esta circunstancia, su contendiente, el liberal Rafael Uribe, se aplicó durante tres meses con entusiasmo, gracias a la ayuda de un discreto profesor y traductor de tratados religiosos, a mejorar su latín. Un día señaló a Caro en un debate político que ya no era el único parlamentario latinista y le espetó un proverbio clásico a quemarropa. Uribe le contestó: “¡Horror, horror! Cuando ustedes quieran hablarme en latín, les ruego que me pronuncien bien las sílabas finales, porque allí es donde está el meollo de la cuestión”.

Tensión de la fragilidad

La explicación de esta anécdota que tiene el estatuto de una categoría reside en una singularidad colombiana. Su conciencia de país bien hablado y mejor escrito le ha hecho alcanzar, algunos dirán que para bien y otros que no tanto, pues el culto a la palabra encubriría un barroquismo estéril, un nivel idiomático ciertamente excepcional. En 1999 el Instituto Caro y Cuervo, dedicado a estos asuntos, que cuenta hoy felizmente con una sede en el Instituto Cervantes, fue reconocido con la concesión del premio “Príncipe de Asturias”.

Pero las singularidades colombianas no acaban aquí. Pese a la habitual acusación a Colombia como democracia y Estado “fallido” desde poderosas plataformas mediáticas que se tildan de liberales (el New York Times es sin duda una de las más altisonantes), o de organizaciones que se autoarrogan la exclusiva de la custodia de los derechos humanos, lo cierto es que la fuerza de las costumbres y usos democráticos de los colombianos redujeron las dictaduras del siglo XX a un único episodio, acontecido entre 1953 y 1957. Se trató del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla, ligado en sus orígenes a una crisis política absurda (el enfrentamiento suicida entre miembros de las elites constituye una circunstancia no solo colombiana, sino hispánica), depuesto por fin mediante la alianza en el “Frente nacional” de los dos grandes partidos tradicionales, liberal y conservador. Gracias, por cierto, a una pacífica huelga general.

Pese a la habitual acusación a Colombia como democracia y Estado «fallido», la fuerza de las costumbres y usos democráticos de los colombianos redujeron las dictaduras del siglo XX a un único episodio, acontecido entre 1953 y 1957 

En este sentido, el gran tópico de la “violencia” colombiana requiere, como poco, ser colocado en contextos más amplios, ni genéticos ni deterministas. El asesinato el 9 de abril de 1948 del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, un magnicidio de terribles consecuencias, pues desencadenó el “bogotazo”, una suerte de revuelta social, liberal y popular incendiaria y homicida que asoló el centro de la capital cuando se celebraba la IX Conferencia Panamericana con la asistencia, entre otros, de un joven nacionalista cubano llamado Fidel Castro, es considerado el comienzo de una etapa de inacabable violencia, que aún no habría terminado. La indagación sobre las causas de aquellos hechos y su puesta en relación con realidades actuales, institucionales, políticas, culturales, resulta ilustrativa. Por lo que se evidencia en el caso de Colombia, no estamos ante un un exceso de Estado, o de excesos “del Estado”, sino por el contrario, en la inmensa mayoría de los casos, de su ausencia, fragilidad y falta de operatividad.

En otro artículo memorable, “Temas comparativos en la historia republicana de Colombia y Venezuela”, Malcom Deas también señaló que ambas Repúblicas mostraban en su ethos y tradición nacional una tensa oposición, forjada a través de la historia, entre el sentido individualista, la desconfianza frente al Estado y la vocación empresarial de los colombianos y la querencia por el ente fuerte y repartidor (financiado por el petróleo) y la tendencia gregaria de los venezolanos. A diferencia de Venezuela, señaló Deas, los colombianos nunca han tenido, querido o conseguido tener un Estado fuerte. La quebrada y fascinante orografía del país, que cuenta no con un ramal andino sino con tres, dificultó tanto la creación de un mercado nacional como la construcción de una red de transportes de densidad y capacidad suficiente. La única arteria de comunicaciones por siglos –en realidad, casi hasta la aparición del transporte aeronáutico masivo- ha sido el río Magdalena, que atraviesa de norte a sur el país. El ferrocarril nunca formó una verdadera trama, pese a su incontestable –y menospreciado- impacto regional. En una geografía cuyas mitades sur y oriental están salpicadas de llanos y selvas, las carreteras tampoco lograron extenderse como se requería. Sólo el avión (no es una casualidad que SCADTA, línea aérea promovida en 1920 por los alemanes y precedente de Avianca, sea pionera en el mundo) logró reducir de manera definitiva y eficaz tiempos y distancias. De ese modo, cabe conjeturar que la posibilidad de un nacionalismo fuerte, basado sobre fundamentos de regionalidad muy consolidados durante la etapa anterior a la independencia de España, coincidió sólo en términos de símbolos. El colombiano se identificó con una cierta pobreza modesta y una fuerte vocación democrática, leguleya y republicana. Esta se manifestó en procesos electorales regulares y convincentes, que llegaron a incluir hechos tan “extravagantes” como la concesión del voto femenino en el cantón de Vélez en Santander ya en 1853 –aunque se revocó cuatro años después-.

Importancia de la cultura y herencia hispanas

Ligada a esta tradicional fragilidad del Estado colombiano, en especial en vastas áreas marginales y fronterizas, cabe preguntarse por la presencia de la nación, qué es aquello que ha unido a los colombianos y, ante tantas adversidades e incertidumbres, los ha mantenido en marcha. Si contemplamos que la existencia de comunidades emocionales, simbólicas y políticas, todo aquello que es o parece intangible, explica y determina comportamientos individuales y colectivos, vemos posible afirmar que la cultura colombiana, en un sentido nacional y nacionalista, ha jugado y juega un papel determinante.

La nación cultural en Colombia, aglutinadora de un mestizaje barroco multisecular, es la que mejor ha funcionado. Los colombianos saben que lo son porque la nación cultural antecedió, al menos en la mitología criolla republicana, a sus formas de administración política, institucional y administrativa. Antes que Bolívar y su ejército, residió en Santafe de Bogotá y por largo tiempo el sabio gaditano José Celestino Mutis, director de la Real expedición botánica fundada por Carlos III en 1783, gracias a la aquiescencia y apoyo del arzobispo-virrey Antonio Caballero y Góngora. Esto lo sabe cualquier colombiano por el solo hecho de haber asistido a la escuela. Mutis murió en 1808, justo a tiempo de evitarse el disgusto de contemplar la desintegración del imperio español y la desaparición, incluso física, de algunos de sus discípulos criollos más cercanos, como Francisco José de Caldas, al cual, por cierto, acompañó en el cadalso el mismo año nefasto 1816, un ingeniero militar peninsular, Manuel de Anguiano, víctima también de la reacción absolutista.

En el imaginario del nacionalismo colombiano decimonónico, muy institucional –el héroe alternativo a Bolívar, el general Francisco de Paula Santander, un auténtico liberal doctrinario, opuesto a sus irrefrenables tendencias dictatoriales, ha sido conocido como “el hombre de las leyes”-, la amalgama cultural dejó por lo general en buen lugar la relación con España y la herencia virreinal o, como se empeñan en decir allá sin saber muy bien a qué se refieren, “colonial”. Siempre hubo, por supuesto, liberales radicales que intentaron abrir vías de evolución del nacionalismo colombiano hacia un indigenismo rousseauniano. O francófilos que guardaron una devoción por París irracional, réplica de un componente muy difundido y estudiado del nacionalismo hispanoamericano posterior a la década de 1860. Precisamente una de las peculiaridades de las relaciones diplomáticas entre España y Colombia radicó en que fueron antes académicas, idiomáticas, que propiamente estatales. Hasta 1881 no existieron, pero la Academia colombiana de la lengua, la más antigua de las corporaciones americanas vinculadas a la Real academia española, fue fundada diez años antes, por un grupo de lingüistas y escritores de gran prestigio, entre ellos Rufino José Cuervo y el ya mencionado Miguel Antonio Caro. Esta solidez y aprecio de la herencia hispana y la conciencia de uso del español como recurso comunicativo, económico y estratégico, parte integrada al orgullo nacional, hace difícil la comprensión de algunos acontecimientos recientes.

Las relaciones diplomáticas entre España y Colombia fueron antes idiomáticas que propiamente estatales. Hasta 1881 no existieron, pero la Academia colombiana de la lengua vinculada a la española–, fue fundada diez años antes.

En junio de 2021, a fin de justificar la eliminación física y arrumbamiento en un almacén público de las estatuas de Cristóbal Colón e Isabel La Católica, que permanecían ubicadas en Bogotá en un lugar de tránsito obligado, camino del aeropuerto, se anunció por las autoridades políticas que era preciso debatir el pasado (o sea, practicar la llamada “memoria histórica”). Responsables culturales palaciegos, con buenos reflejos políticos, señalaron de inmediato que las habían retirado para protegerlas de posibles nuevos actos vandálicos. En efecto, una cuadrilla de operarios de una autodenominada comunidad indígena Misak ya las había pintarrajeado y no las derribaron porque seguramente no tuvieron tiempo. El fin que buscaban, desde luego lo obtuvieron: la retirada, de facto, de los monumentos, así como la rentabilidad política derivada de la identificación con el radicalismo indigenista. En Colombia, país mestizo como pocos, este ha sido raro, por lo general una importación exótica de México, Perú, Estados Unidos o Europa. Las esculturas, más bien lo que quedó de ellas, fueron hechas por el escultor italiano Césare Sighinolfi, en conmemoración del Cuarto centenario del descubrimiento de América, celebrado en 1892. Fabricadas en bronce, pesan –o pesaban- cerca de una tonelada y tienen (habrán menguado) una altura cercana a los cuatro metros. Ambos monumentos llegaron a Colombia en 1897 y fueron inaugurados para disfrute del público citadino en 1906. Han estado en varios puntos de Bogotá, con una particularidad. Cada sitio ha sido peor que el anterior. Más expuesto, más periférico y desde luego nefasto, desde el punto de vista de la conservación material de cualquier obra de arte. Contra lo que podríamos pensar, esto es importante, España se ocupó por entonces de manera renuente, más allá del debate del centenario y los honores del descubrimiento, por la colocación cívica de estatuas celebratorias de hazañas históricas, en todo caso compartidas con los países del otro lado del Atlántico. Se trata, por así decirlo, de monumentos hispanoamericanos.

La historia constituye una versión del pasado ajustada por la crítica de fuentes. El riesgo actual, en Colombia y en todas las sociedades occidentales abiertas, radica en su sustitución por la memoria, que no es verdad sino ficción

La oleada de ira indigenista, perfectamente organizada y financiada, va eliminando el patrimonio cultural hispánico común de colombianos, argentinos, colombianos, venezolanos y chilenos, o de los propios españoles, tan ensimismados en su propia e insólita fragmentación. entre otros. Las políticas de la “identidad”, como en el resto de Occidente, muestran toda su capacidad disolvente del Estado de derecho y comienzan por la erosión de los símbolos y estructuras culturales. A Colón todo esto, desde el más allá, le habrá divertido. Entre otras cosas porque el nombre de la República de Colombia, a los operarios del desatino y el resentimiento se les habrá escapado el hecho, celebra y conmemora sus gestas de descubridor. En realidad, hasta la gran era del imperialismo victoriano, durante la segunda mitad del siglo XIX, su figura importó poco o nada. En lo que hoy consideramos la celebración obligatoria de los centenarios, ha atravesado por todas las situaciones posibles. Que una universidad estadounidense echara hace unos años una lona vergonzante y patética sobre los frescos de las paredes que conmemoraban su llegada a América, o que un guerrillero urbano de nombre impronunciable arroje ahora pintura roja a una estatua suya en una urbe de las alturas andinas colombianas, donde por supuesto él jamás estuvo, lo hubiera interpretado como señal inequívoca de su genio y misión divina. Colón, que firmó desde 1501 como “Cristóferens”, el portador de Cristo”, buscó toda la vida reconocimiento. Tras su fallecimiento triste y humillado en 1506, sus herederos pasaron medio siglo enredados en los llamados “pleitos colombinos” contra la monarquía española, en defensa de sus derechos. Fueron tan abrumadores en argumentos, expresaron de tal modo el triunfo de lo que hoy llamamos “razón de Estado” que, al final, vinieron a reconocerle derechos y razones. Existía una deuda histórica pendiente con él. Había una injusticia por reparar. El ducado de Veragua, detentado todavía por los descendientes del almirante, la dejó resuelta, al menos en parte. El derribo de sus estatuas lo único que logra es resaltar su impronta.

Colombia global y globalizada

Dicen los que saben de conmemoraciones y celebraciones que cuando una sociedad es ignorante respecto a su pasado sustituye la Historia, que sirve para restaurar la complejidad del pasado y alumbrar las opciones de libertad presentes y futuras, por una memoria mítica, un relato ficcional que responde a intereses particulares, partitocráticos, demagógicos o populistas. Este relato cobra la forma de héroes imposibles de criticar, recuerdos constantes de batallas y gestas militares, o de griterío nacionalista contra pacíficos vecinos. Es el viejo argumento del enemigo externo para acallar la oposición y eliminar garantías democráticas. El razonamiento plantea que la historia llamada “oficial” no tiene por qué ser, como declararon algunos pontífices del realismo mágico, tan cultivado en Colombia por novelistas y cuentistas, una sarta de mentiras de las oligarquías y los “enemigos del pueblo”. La historia constituye una versión del pasado ajustada por la crítica de fuentes y siempre mejorable, por estar sometida a continua revisión y escrutinio. El riesgo actual, en Colombia y en todas las sociedades occidentales abiertas, radica en la persecución de la historia como humanismo y su sustitución por la memoria, que no es verdad sino ficción. De ahí que la cuestión de la revisión de la cultura colombiana y su poderío cohesionador merezca unas líneas.

En este año 2022 existe una oportunidad para que la imagen de Colombia cambie y se fije en el imaginario global de modo que no se difunda más un estereotipo negativo contra el país y sus gentes que afecta todos los días

Colombia, una nación en la que los extranjeros no pasaban de algunos reductos costeros como Barranquilla y carente de emigración hasta los años setenta, se ha convertido en una nación global, impactada por la llegada de foráneos y organizada en redes migrantes que ya van, en el caso español, al menos por la tercera generación. Cabe preguntarse cómo repensar el gran contraste entre la densidad y fortaleza de los vínculos históricos y culturales (reforzados por esta experiencia migratoria), con la segunda lengua global, el español, como patrimonio común, y la debilidad del conocimiento mutuo –también entre los nacionales de diferentes países latinoamericanos-. El fortalecimiento de las relaciones empresariales y humanas no ha ido acompañado de un entendimiento político de largo alcance y de alguna manera equivalente, y lo que es peor, el patrimonio representado por la lengua, la historia y la cultura compartidas no es valorado como se debiera, cuando no es directamente combatido. Somos comunidad, pero no sabemos cómo.

Aprovechar la Colombofilia

Por eso resulta importante consultar el diccionario. El de la RAE indica que “colombofilia” es “cría y adiestramiento de palomas mensajeras” y “conjunto de técnicas y conocimientos relativos a la cría y adiestramiento de palomas mensajeras”. Si habláramos en españombiano, según el título del magnífico libro de Néstor Pardo, podríamos pensar que “colombofilia” es también una querencia apasionada por Colombia. Como el idioma es una máquina en invención permanente, basta entrar en Facebook (ahora Meta) para descubrir (con espanto) que existe una Asociación (por las fotos, gente encantadora) Colombófila Colombiana. Parece una intolerable redundancia. ¿O no lo es tanto? ¿Implica la nacionalidad la querencia cultural? Sabemos demasiado bien que no es así, pero visto desde fuera resulta llamativo ese rasgo tan común a españoles y colombianos de hablar mal de sí mismos, como una especie de velo impenetrable delante de los ojos, que impide ver lo positivo. La imagen de Colombia fuera del país y especialmente en Europa ha cambiado mucho y para bien en años recientes, pero da la sensación de que el empeño en contar sólo lo malo perdura. Obviamente lo contrario a que todo sea malo resulta falso, porque no todo puede ser bueno. Pero sin duda en este momento, a comienzos del 2022, tercer año postpandémico, existe una oportunidad para que la imagen de Colombia cambie y se fije en el imaginario global de modo que, por ejemplo, no se difunda más un estereotipo negativo contra el país y sus gentes que afecta todos los días. Hay que apostar por la complejidad y contar también realidades que cursan en positivo.

En contraste con cierta industria cultural de la pornomiseria narco que vende una imagen deformada -pero demandada- de Colombia, hay un empeño instintivo de muchos colombianos de a pie por mostrar un balance equilibrado. Es llamativa la necesidad de reconocimiento inmediato. En cuanto un extranjero desciende del avión en Colombia, le preguntan si se encuentra a gusto, lo cual es un contrasentido aparente, porque acaba de llegar. El visitante no puede haber formado todavía un juicio, pero el local avisa con amabilidad que espera una valoración positiva. Sin duda, es cuestión de tiempo que la logre.

¿Hacia dónde va América Latina?

Artículo de Gaspard Estrada, director del Observatoire politique de l’Amérique latine et des Caraïbes de Science Po (Instituto de Estudios Políticos de París de la Universidad de París). Coordinador de este número.

AVANCE

A pesar de este cuadro difícil, la democracia se ha mantenido viva en la mayoría de los países de la región, cuarenta años después del inicio del proceso de transición política.

La multiplicación de flujos migratorios dentro de la región plantea la necesidad de generar políticas públicas específicas para acompañar este fenómeno, y evitar discursos xenófobos y racistas

Latinoamérica enfrenta grandes desafíos: aumento de la pobreza y de las desigualdades, institucionalidad democrática y estado de derecho endeble, fuerte polarización política y social.


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América Latina vive un período singular en su historia. A pesar de ser una de las pocas regiones del mundo que dispone de una matriz histórica, religiosa y lingüística común, con un fuerte discurso a favor de la integración y de la cooperación regional, el subcontinente padece de su alta fragmentación política, de intercambios económicos muy por debajo de su potencial, y del escaso interés por saber lo que pasa en los demás países de la región. A ello se le suma una estructuración de sociedades con poca movilidad social, cuyas élites han sido marcadas por el patrimonialismo, y la existencia de estados de derecho endebles. Sin embargo, a pesar de estos agravantes, la democracia se ha impuesto como el régimen político predominante en la mayoría de los países latinoamericanos, en la cual el voto funge como catalizador del pacto social. Si tomamos en cuenta que la transición política en la región comenzó hace poco más de cuarenta años, se puede afirmar que existe una generación de latinoamericanos que sólo ha vivido en democracia. No es poca cosa.

No obstante, la pandemia ha trastocado en buena medida los cimientos de la convivencia social, de los acuerdos económicos y del funcionamiento mismo de la democracia latinoamericana. Si bien la región representa menos del 10% de la población a nivel mundial, más del 30% del total de muertes a raíz de la COVID-19 se produjo en América Latina. ¿Cómo atravesó la región esta crisis multidimensional? ¿Cuáles son sus principales impactos políticos? A través de este análisis, intentaremos esbozar las principales transformaciones y permanencias de la política regional.

Antes de que empezara la pandemia, la región se encontraba dentro de una espiral de manifestaciones y movilizaciones sociales. Haití, Honduras, Ecuador, Perú, Bolivia, Colombia o Chile eran sacudidos por una serie de protestas, dejando claro cuáles son hasta el día de hoy los principales problemas latinoamericanos: estancamiento económico, poderes judiciales politizados, corrupción, delincuencia y, en algunos casos, la existencia de prácticas autoritarias del poder. El fracaso para abordar estos problemas –así como para cumplir sus promesas– ha ocasionado que los gobiernos pierdan legitimidad ante los ciudadanos, quienes se sienten cada vez más insatisfechos con la forma en que funciona, o no funciona, la democracia en sus países. Sin embargo, igual de pertinente para el momento actual es la percepción generalizada de una falta de justicia, de que las élites económicas y políticas gozan de una serie de privilegios y prerrogativas que se le niegan a la mayoría de los ciudadanos. Algunos de los resentimientos acumulados de la región se deben a la sensación que provocan los que ostentan la mayoría del poder y de la influencia, de que tienen derecho a todo, y casi nunca les otorgan a los demás el respeto y la dignidad que merecen.

Impacto de la COVID

Desde esta perspectiva, la aparición de la COVID-19 tuvo un impacto aún mayor que en otras regiones del mundo, al exacerbar el sentimiento de frustración y de molestia de los ciudadanos que fueron a las calles durante los meses que precedieron a la pandemia. En este sentido, la respuesta gubernamental fue ambivalente. Por un lado, una buena parte de los Estados latinoamericanos decidió implementar, ante la urgencia social, una serie de medidas emergentes –principalmente programas de transferencias monetarias directas– financiadas principalmente gracias a la emisión de deuda pública. Cabe destacar que estas políticas trascendieron el color político-partidario de los gobiernos, teniendo en cuenta que tanto ejecutivos de izquierda (Bolivia) como de centro derecha (Chile, Perú), o inclusive de extrema derecha (Brasil), impulsaron este tipo de medidas contra-cíclicas (con la excepción de México, cuyo tejido social fue salvado en buena medida gracias a las remesas enviadas por los migrantes que viven en Estados Unidos, y cuyos montos llegaron a niveles históricos en 2020 y 2021).

Pero, por el otro, estos gobiernos no pudieron evitar que la espiral del empobrecimiento regrese a las calles de la región, a pesar de la inyección de dinero público en la economía. No solamente por el carácter temporal de estas medidas, sino también por su incapacidad de poder ejecutar ese gasto, debido al mal funcionamiento del aparato público, a la aparición de esquemas de corrupción, o simplemente a la inexistencia de mecanismos de rendición de cuentas que permitan dar fe del buen gasto público. De manera paradójica, si bien buena parte de los gobiernos latinoamericanos tomaron decisiones inéditas en materia de gasto para afrontar la pandemia, estas políticas contribuyeron a dejar en evidencia las fragilidades institucionales de los estados latinoamericanos.

No obstante, a pesar de la ampliación de esta crisis de confianza entre los ciudadanos y sus instituciones a raíz de la pandemia, es necesario destacar que los latinoamericanos no dejaron de ir a las urnas para elegir a sus representantes, ya sea a nivel local, regional o nacional. Contrariamente a lo que podríamos temer, la COVID-19 no impidió que el debate democrático se lleve a cabo en América Latina. Lo que cambió, sin embargo, fueron las formas como se produce este debate, su tono, así como la emergencia de nuevos temas de la agenda pública.

Las condiciones en las cuales se llevaron esos procesos electorales fueron particulares: menos mítines y actos de campaña en las calles, más interacciones vía las redes sociales e internet. Si bien este cambio de paradigma de las campañas electorales ya venía en ascenso desde hace algunos años, la adopción de medidas de distanciamiento social y de restricción de circulación aceleró su digitalización. Se trata de una transformación considerable, teniendo en cuenta que tradicionalmente eran los partidos políticos (y su estructura partidaria) los que ejercían el rol de intermediación entre el (la) candidato(a) y los electores. Este cambio no es neutro, y genera muchas dudas a futuro sobre el funcionamiento de las instituciones democráticas, y de la manera en que se da el debate público. Al transformarse en uno de los principales vectores de la conversación pública durante una campaña electoral, el rol de las plataformas se vuelve central. Sin embargo, la falta de transparencia sobre su funcionamiento, así como la inexistencia de mecanismos de regulación y de control por parte de los organismos electorales está provocando cada vez más problemas. Por ejemplo, cómo poder determinar y distribuir el tiempo destinado a cada candidato siguiendo los principios de proporcionalidad y transparencia (siguiendo el funcionamiento de la regulación de los contenidos políticos en radio y televisión existentes desde principios de los años 1990), cuando estas plataformas –que son empresas con fines de lucro– comercializan sus espacios sin ningún control externo y permiten, inclusive, que esta compra de espacios electorales se lleve a cabo fuera de las fronteras de los países de origen de los candidatos? Si bien este problema ya había sido detectado antes de la irrupción de la pandemia –en 2018, en Brasil, el envío de millones de mensajes desde el extranjero vía WhatsApp y Telegram para respaldar la candidatura de Jair Bolsonaro por parte un grupo de empresarios afines a la candidatura del líder de la extrema derecha, tuvo un impacto significativo en el resultado electoral de la primera vuelta–, la centralidad adquirida por las redes sociales en América Latina (una de las regiones donde el uso de las plataformas es más intensivo en el mundo) debería transformarlo en un asunto central del debate al respecto del futuro de la democracia.

El impacto de las redes sociales

Otra consecuencia ligada al surgimiento y a la consolidación de la presencia de las redes sociales en la vida pública está ligada al aumento de la radicalización del debate público. En una región caracterizada por la polarización política, el uso de las redes sociales ha aumentado la agresividad del tono de las campañas, llegando al punto de que la amenaza de un supuesto “peligro comunista” que podría azotar a la región se ha vuelto un discurso recurrente de varios candidatos de derecha o de extrema derecha, en países como Perú (Keiko Fujimori), Chile (José Antonio Kast), o Brasil (Jair Bolsonaro). Buena parte del éxito de estas estrategias de comunicación está ligada al uso del arma de la desinformación, que encuentra en las redes sociales un terreno fértil para desarrollarse. A raíz de la experiencia estadounidense de la elección presidencial de 2016, en la cual el gobierno ruso aparentemente jugó un papel (vía hackers cercanos al aparato estatal militar) en favor de la candidatura de Donald Trump, algunas autoridades electorales latinoamericanas han comenzado a tomar cartas en el asunto. En algunos países, como México o Perú, los árbitros electorales han convocado a los dirigentes de las plataformas para discutir los procesos de regulación de sus contenidos durante las campañas electorales. En otros, como Brasil, los legisladores han comenzado a discutir la elaboración de leyes “anti fake news”, con el respaldo de las autoridades electorales.

Si bien el debate en torno a la lucha contra la desinformación se ha expandido en la escena pública latinoamericana, el reforzamiento de las atribuciones de los organismos electorales para aumentar sus poderes regulatorios, y el necesario debate sobre la regulación de las plataformas a nivel global, continúan confinados en un debate de expertos. No debería ser así. Esto no quiere decir, sin embargo, que las cosas no estén cambiando en América Latina. De hecho, los últimos procesos electorales nos han dado muestra que nuevas agendas están llegando al debate público.

El primero de ellos trata de la necesidad de hacer cambios sustantivos en el reparto de los ingresos, en aras de obtener una mejor justicia fiscal, y así combatir la desigualdad en América Latina. Si bien la relación entre recaudación fiscal como proporción del producto interno bruto (PIB) es muy diferente en función de los países (Brasil, por ejemplo, tiene un ratio de poco menos del 40%, cuando países de América Central, como Guatemala, o El Salvador, no salen del 15%, mientras que países como Colombia o Perú se encuentran por debajo del 30%), la discusión pública alrededor de una reforma fiscal más progresiva, en particular en torno al impuesto sobre los ingresos, ha emergido recientemente. En países como Bolivia o Argentina, impuestos sobre las grandes fortunas han sido instaurados por los gobiernos en curso. Si bien este tipo de gravámenes tienen generalmente un impacto limitado en la recaudación fiscal global, su creación puede generar un mensaje simbólico potente, capaz de inducir incentivos políticos para constituir mayorías a favor (o en contra) de reformas fiscales más ambiciosas. Y contrariamente a lo que podríamos suponer, este tipo de iniciativas no han sido desarrolladas únicamente por gobiernos de izquierda o de centro izquierda. El caso brasileño es un buen ejemplo de ello.

El líder de la extrema derecha brasileña, Jair Bolsonaro, llegó al poder arropado por la mayor parte del sector financiero brasileño, en buena medida gracias al respaldo que tuvo de pesos pesados de ese medio. Entre ellos, se encontraba un banquero eminente, Paulo Guedes, economista de la escuela de la Universidad de Chicago, y gran adepto de las privatizaciones y del neoliberalismo. Al transformarse en el “ancla económica” del gobierno Bolsonaro, Guedes tomó la batuta, en un primer momento, de la conducción económica de Brasil. Paradójicamente, su discurso a favor de las privatizaciones vino acompañado de una propuesta iconoclasta para los estándares brasileños, en particular del sector financiero: la instauración de un impuesto para las grandes fortunas, que podría aplicarse a las ganancias obtenidas en la bolsa de valores (los dividendos). Al hacerlo, Guedes generó una coalición de intereses de sectores económicos que anteriormente estaban divididos frente a la reforma fiscal propuesta por el gobierno Bolsonaro, disminuyendo de igual manera su capacidad de interlocución frente al sector empresarial. Si bien Guedes no pudo, finalmente, imponer al congreso brasileño la creación de este impuesto, sembró una semilla que es utilizada ahora, paradójicamente, por la principal fuerza política de oposición al gobierno, el Partido de los Trabajadores (PT), y por su líder histórico, el expresidente Lula, para reivindicar una reforma fiscal progresiva.

En Chile, un movimiento similar se está llevando a cabo. Durante las movilizaciones sociales de 2019, el rol del Estado –y de su falta de financiamiento para aumentar la presencia gubernamental en sectores como la educación y la salud– provocaron que el tema de la justicia fiscal entrara en el debate público. Tras este proceso, que desembocó en la convocatoria de una Convención Constituyente y en la elección de Gabriel Boric como presidente de la República, esta idea se instaló en el corazón de la agenda del futuro gobierno, que se ha planteado como meta aumentar la recaudación fiscal con al menos el 1% del PIB por año, hasta llegar a un aumento de 5% del PIB en esta materia de aquí al final del mandato de Gabriel Boric. No se trata de una cifra menor.

Combate del crimen organizado 

La lucha contra la violencia y el crimen organizado –en particular, la lucha contra el narcotráfico– es el segundo tema de la agenda que parece estar cambiando en la región. Después de cincuenta años de un enfoque esencialmente punitivista en la lucha contra las drogas, iniciado en 1971 por el presidente estadounidense Richard Nixon, un número creciente de dirigentes políticos, tanto de izquierda como de derecha, han pasado a defender nuevos enfoques para combatir la violencia y romper las estructuras del crimen organizado, que ha prosperado aún más tras la pandemia. El fracaso de las políticas de “mano dura”, que ponen en peligro a los derechos humanos y que no resuelven el problema económico planteado por el tráfico de drogas, ha dado argumentos para promover en los parlamentos reformas que permitan despenalizar las drogas y regular su consumo. También, la multiplicación de actos de violencia y el número de personas heridas, asesinadas o desaparecidas ha contribuido a reforzar la idea, en la opinión pública, que las cosas no pueden continuar como hasta ahora. El hecho que 17 estados en Estados Unidos hayan, por su lado, despenalizado el consumo de algunas substancias, como la marihuana, también ha facilitado este proceso. Así es como en México, Uruguay, o Brasil, han surgido propuestas de ley que van en ese sentido. Si bien todavía falta mucho para que estas propuestas logren transformar el mercado internacional de drogas integrándose al mercado formal de la economía –para romper las cadenas productivas del crimen organizado y así reducir los índices de violencia–, un movimiento a favor de la despenalización parcial o total de las drogas está en curso. Falta saber si existe la voluntad política en esos países para llevar a cabo una real política de despenalización de las drogas.
Finalmente, las temáticas ligadas a la preservación del medio ambiente, a favor de la igualdad de género y de los derechos reproductivos de la mujer también han avanzado en América Latina. Está claro que existen resistencias hacia ese tipo de políticas, en particular en el seno de sectores más conservadores, como es el caso de las iglesias evangélicas, cuyo número ha aumentado en los últimos años en la región. Sin embargo, eso no ha impedido que la pauta de tales debates sean impuestos por la visión moral de las autoridades religiosas, pero por consideraciones de salud pública.
En este sentido, buena parte de estas evoluciones pueden entenderse a raíz de la renovación progresiva del personal político latinoamericano. La generación de políticos que estuvieron al frente de los procesos de transición política, en los años 1980 (así como de buena parte de los gobiernos que dirigieron la región durante los años 2000 y 2010), ha comenzado a retirarse de la escena pública, dando paso a una nueva generación de líderes (y de lideresas), que tienen nuevas pautas de movilización, y formas de expresión. Si bien este movimiento no es uniforme –en Brasil, el líder de las encuestas de cara a las elecciones de 2022 es Luiz Inácio Lula da Silva, que disputó directa o indirectamente todas las elecciones presidenciales de Brasil desde el fin de la dictadura militar a mediados de los años 1980–, la llegada de nuevos líderes contribuye a oxigenar el debate.

La región latinoamericana enfrenta grandes desafíos tras el paso de la pandemia: aumento de la pobreza y de las desigualdades, institucionalidad democrática y estado de derecho endeble, fuerte polarización política y social. Asimismo, la multiplicación de flujos migratorios dentro de la región plantea la necesidad de generar políticas públicas específicas para acompañar este fenómeno, y evitar que discursos xenófobos y racistas se multipliquen en Latinoamérica. A pesar de la puesta en marcha de políticas contra-cíclicas voluntaristas, América Latina está hoy en una situación más frágil que antes del inicio de la pandemia de COVID-19. Sin embargo, a pesar de este cuadro difícil, la democracia se ha mantenido viva en la mayoría de los países de la región, cuarenta años después del inicio del proceso de transición política. La llegada de nuevos liderazgos se ha acompañado de nuevas pautas de acción pública. En un momento de incertidumbre y de profundos cambios en el escenario internacional, se trata de una buena noticia.

Imágenes de Colombia en España: un inventario mínimo

Artículo de Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara.


AVANCE

¿Qué idea de Colombia, de la realidad de sus gentes y de su historia, está construyendo la literatura de los últimos años que se lee en España? Para responder a esta pregunta, la autora hace un inventario de imágenes apelando a varios de los libros que más repercusión han tenido en el mercado español, libros que han ganado premios o concitado la atención de los lectores, los medios y la crítica.


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Son las obras de ficción las que, en muchos casos, van dibujando una imagen arquetípica de lo que puede ser un país. En el caso de Colombia, la idea que puede haberse formado a lo largo del tiempo el lector español tiene mucho que ver con algunos de sus libros y empresas culturales más importantes.

Diría que todo comienza con un libro, la Historia general de las Indias (1522), de Francisco López de Gómara. Cuando en su capítulo LX el sacerdote español refiere que el indígena Panquiaco les dice a Vasco Núñez de Balboa y sus expedicionarios que “si tanta gana de oro tenéis, que desasosegáis y aun matáis a los que lo tienen, yo os mostraré una tierra donde os hartéis de ello”, no sólo comienza el mito de El Dorado sino la idea de que Colombia era un lugar pródigo en metales preciosos y esmeraldas, la “tierra que ponía fin a nuestra pena” y en muchos sentidos venía a ser como un trasunto del Paraíso Terrenal en este mundo. Aunque Lopez de Gomara nunca estuvo en América, la noticia consignada en su libro tuvo efectos tan poderosos que durante dos siglos los conquistadores españoles porfiaron por encontrar una ciudad colombiana que sólo existía en la delicada pompa de jabón de las palabras.

El segundo hito de este relato es la Expedición Botánica. La empresa iniciada por el gaditano José Celestino Mutis entre 1783 y 1816, que catalogó la riqueza natural de esas tierras más de 20.000 especies vegetales y 7.000 animales, encendió, sin pretenderlo, la llama de la emancipación americana. La expedición conjuntó a un grupo de científicos, políticos y artistas que soñaron con la independencia, basados en la conciencia de que pisaban un territorio espléndido que les pertenecía. De este proyecto quedó un material impreso riquísimo, acuarelas sobre papel con las que inventariaron cada especie, en un afán asombroso por categorizar y dejar registro. La mayor parte de ese acervo se encuentra en el Real Jardín Botánico de Valladolid. La idea de Colombia como un país de naturaleza desbordante se funda, entonces, en esas bellísimas láminas que los naturalistas dejaron para la historia de la ciencia, pero también para la imaginación ficcional sobre nuestro territorio.

La historia puede continuar con otro episodio particularmente expresivo. Cuando Rufino José Cuervo iniciaba sus Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano (1876), trabó correspondencia con Juan Eugenio de Hartzenbusch, el exitoso autor de Los amantes de Teruel y célebre comentarista y editor de la primera copia fototipográfica de El Quijote aparecida en la Biblioteca de Clásicos de Manuel de Rivadeneyra. En una carta, Cuervo le preguntaba a Hartzenbusch cuál era su opinión sobre la palabra “tetero”, muy extendida en el habla santafereña pese a que no figuraba en ninguno de los diccionarios de la época. Previsiblemente, el polígrafo español le respondió que:

no conocemos en España la palabra tetero, la cual, oída a cualquier paisano de usted, quizá no sería entendida, porque pareciéndose mucho a la de tetera, nada se le asemeja en el significado. Tetera es aquí la vasija en que se hierve el té; aquella que sirve para la lactancia artificial es generalmente conocida con la voz francesa biberón: voz que usa ya toda clase de personas, hallándose por eso en el Diccionario enciclopédico (Madrid, Imprenta de Gaspar y Roig, 1853) y en el de don Ramón Campuzano, Madrid, 1857. En el de la Real Academia Española, cuya undécima edición se principiará dentro de poco, será incluida también. Es voz que hacía falta, y se ha tomado de los que nos trajeron el objeto que expresa.

Aunque en esa época Cuervo tenía apenas 23 años y carecía de títulos formales —ni siquiera se había graduado de bachiller—, no se dejó amilanar por la opinión supuestamente más autorizada de su corresponsal y la comentó en términos que hacían ver su independencia de juicio. Para él estaba claro que entre un neologismo de uso frecuente en el habla popular bogotana como tetero y un neologismo de estirpe francesa como biberón, siempre sería más aconsejable para la literatura el primero.

La anécdota me gusta porque muestra la histórica tensión entre el español hablado en la península y las múltiples variantes americanas, pero sobre todo porque es la causa de que incluso todavía hoy los españoles tengan a Colombia como un país de gramáticos, donde se habla “el castellano más puro de América” y se conserva relativamente intacto el ideal del casticismo. Como dice Fernando Vallejo en su biografía de Cuervo,

Para ti la patria eran la religión y el idioma. Para mí, la religión del idioma pues otra no he tenido. ¿Pero cuál de tantos, si hay miles? Pues este en que hablo y pienso junto con veintidós países que por sobre la separación de ríos y montañas y selvas y fronteras y hasta la del mar inmenso en cuya otra orilla se encuentra España todavía nos entendemos. Mi patria tiene mil años y se extiende por millones de kilómetros.

Ante los bárbaros, el alegato que José María Vargas Vila publicó en Barcelona en el año 1930 y cuyo elocuente subtítulo es “El yanki: he ahí el enemigo”, puede ser la cuarta estación de este periplo. En la guerra por la independencia de Cuba, Vargas Vila se puso a favor de España en contra de Estados Unidos, creando así una nueva imagen que vino a sumarse a las ya difundidas por Gómara, el sabio Mutis y Rufino José Cuervo: la de que los colombianos eran, por una parte, esforzados luchadores por la libertad y, por la otra, compañeros de ruta de los españoles a la hora de censurar la deriva imperialista norteamericana. Siempre sospeché que una de las razones del prestigio de Vargas Vila en España, país donde vivió por más de quince años y donde murió, se debía a su apoyo al reino cuando perdía su última colonia de ultramar. (Que España misma fuera una potencia imperial es una paradoja que no se le escapó a Vargas Vila, pero naturalmente es algo a lo que no puedo referirme aquí).

De los años treinta podemos dar un salto hasta 1963, año en que el escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo ganó el Premio Nadal con El día señalado. Antes de García Márquez (y pese a que El coronel no tiene quien le escriba se publicó en 1961), esta novela creó para lector español de la época tardofranquista una asociación entre Colombia, el cultivo del café y la cría de gallos de pelea, tríada que desde entonces ha sido parte de las más persistentes imágenes arquetípicas creadas sobre mi país.

Otro tanto se pudiera decir de El buen salvaje, la novela con que Eduardo Caballero Calderón ganó en 1966 el Premio Nadal. Publicada tres años después de la Rayuela de Julio Cortázar, en ella el público lector de la época descubrió que, a semejanza de sus congéneres del 1900, los jóvenes de Colombia estaban poseídos por el mito romántico de irse a París. Nada extraño: la Ciudad Luz era el único lugar del mundo donde se podía escribir literatura, vivir una pasión amorosa arrasadora y llevar un tipo de vida que hacía palidecer a los bohemios de Henry Murguer.

Hago un paréntesis aquí para mencionar a Javier Zárate Moreno, ganador del Premio Planeta en 1973 con su novela La cárcel. Nacido en 1915, en Málaga, departamento de Santander en Colombia, Zamora sirvió como primer secretario y cónsul general de la legación colombiana en España entre 1946 y 1948. Fue amigo de Pío Baroja, sobre el cual escribió una semblanza, y publicó en Madrid su segundo libro de cuentos, Un zapato en el jardín, en Afrasio Aguado, una de las escasas editoriales que en la inmediata posguerra se abrieron a los autores jóvenes de la propia España y de fuera de ella. En 1973, cuando abrieron las plicas de concurso, los responsables de Planeta descubrieron que Zárate Moreno había muerto seis años antes, en 1967. Sus hijos habían mandado la novela al concurso y, a raíz de tan inesperado resultado, Planeta “decidió modificar las bases del certamen y así impedir que en el futuro ganara el premio la obra póstuma de algún escritor español o hispanoamericano”, según cuenta la Wikipedia.

Me he referido a estos hitos para intentar situar algunas de las ficciones que han construido algunas de las ideas sobre lo que es Colombia: un país de utopías, naturaleza y lenguaje.

Imaginario condicionado por una herida

Colombia sufrió grandes cataclismos a partir de la segunda mitad del siglo XX: violencia política, guerrillas, narcotráfico, que fueron mezclándose a otras veces, sustituyendo a las imágenes entronizadas por los autores reseñados en los párrafos anteriores. Nuestro imaginario artístico, en la literatura, la poesía, el teatro, el cine, las artes plásticas ha estado fuertemente condicionado por esta herida que aún no hemos podido ni cerrar ni sanar.

Llevo treinta años trabajando en la industria editorial, los últimos trece desde esta orilla del mundo, en España. Soy colombiana de nacimiento y madrileña de corazón. Mi carrera profesional ha estado enteramente ligada al sello Alfaguara, una editorial con una fuerte vocación de intercambio entre España y América Latina. Por tanto, la preocupación por construir puentes culturales y por ampliar los imaginarios no sólo sobre mi propio lugar de nacimiento sino sobre toda América Latina han estado en el centro de mi mirada como editora.

Sobre Colombia podría decir que ese intercambio tiene una dinámica que no sólo está marcada por la industria y el mercado. Quiero decir con esto que la presencia de autores colombianos en España tiene una notoriedad mucho mayor al peso que tiene el mercado colombiano dentro del contexto de la industria del libro en lengua española. En español se publican más de 184.000 títulos nuevos al año, de los que unos 16.000 corresponden a Colombia. A su vez, cerca del 15% de los libros que se publican en España llegan a Colombia por canales comerciales, según un muestreo realizado por la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá. Con estos datos sólo quiero cuantificar el intercambio entre los dos países, porque la dimensión de la conversación cultural, por lo menos en lo que a libros refiere, supera las reglas económicas de los dispositivos que hacen que la literatura se publique y difunda.

No es ese, sin embargo, el punto de vista que me interesa. Como decía al comienzo, los países son grandes ficciones y las relaciones entre ellos, un enigmático espejismo, construido a través de historias y relatos. ¿Qué idea de Colombia, de la realidad de sus gentes y de su historia, está construyendo la literatura de los últimos años que se lee en España? Intentaré abordar esa pregunta desde algunos de los libros colombianos recientes que se han publicado en España y que han contado con la atención del público o de la crítica.

En un libro de ensayos de próxima aparición, Los desacuerdos de paz (2022), Juan Gabriel Vásquez afirma que:

Una de las razones por las que leo novelas es para liberarme brevemente, gracias al lenguaje enriquecido y denso y ambiguo de la mejor ficción, de la trampa que trae consigo todos los días el lenguaje abaratado del conflicto tal y como lo cuentan sus partes interesadas. En otras palabras, para volver a respirar algo parecido al aire puro en el ambiente enrarecido de la jerga impuesta por unos y aceptada por otros, y para recordar que la mayor parte de nuestras vidas tiene lugar en las zonas de penumbra —no en aquellas donde todo es “diáfano” y “evidente”—, y que fingir certezas donde no las tenemos, en vez de abrazar las contradicciones de un conflicto como el nuestro, es una grave forma de autoengaño que acaba pasando factura.

Es imposible por eso mismo no empezar este relato con el escritor colombiano más grande de todos los tiempos, Gabriel García Márquez. Gabo se estableció en España entre los años 1967, justo tras la publicación de Cien años de soledad. Fue en Barcelona donde se convirtió en una celebridad mundial y desde donde sus libros encontraron una plataforma de publicación que abarcó a toda la lengua española. Macondo, con árboles centenarios y trenes amarillos, ese lugar donde hombres, mujeres y animales se asfixian de calor, un pueblo de calles polvorientas que en sus años de prosperidad vivió la fiebre del oro vegetal, el banano, azotado por la violencia y construido al lado de un río de aguas diáfanas, se convirtió en la gran metáfora de Colombia para los lectores a uno y otro lado del océano.

Como la literatura no es un arte de compartimientos estancos, tanto en los libros de García Márquez como en los de quienes vinieron después de él resuenan poderosos ecos del pasado. Y si explícitamente en los libros del Nobel colombiano se les hacen guiños a los cronistas de Indias como Gómara, en los de autores posteriores vemos una sutil metamorfosis de símbolos que antaño nos definieron. ¿Cómo no advertir, por ejemplo, una semejanza entre la búsqueda de oro de los conquistadores del siglo XV y el tráfico de estupefacientes del último medio siglo?

La violencia partidista, que es como un telón de fondo en las novelas de Gabriel García Márquez, se vio pronto permeada por el narcotráfico, y de este periodo, además de series de televisión como Pablo, el patrón del mal(2012) o Narcos (2015) que han marcado profundamente el relato de esos años, pienso en dos novelas que ven las zonas grises de esos tiempos, no ya sólo el relato de los protagonistas de los hechos sino de cómo estos han impactado en las vidas de sus gentes y en los tejidos mismos de la sociedad. Me refiero a La Virgen de los Sicarios de Fernando Vallejo (que se publicó en España a finales de los noventa) y Delirio de Laura Restrepo, Premio Alfaguara 2004, novela que contó con gran cantidad de lectores españoles y con una unánime recepción crítica favorable.

En un paso memorable de La Virgen de los Sicarios, el narrador de la novela de Fernando Vallejo dice:

Salí por entre los muertos vivos, que seguían afuera esperando. Al salir me vino a la memoria una frase del evangelio que con lo viejo que soy hasta entonces no había entendido: “Que los muertos entierren a sus muertos”. Y por entre los muertos vivos, caminando sin ir a ninguna parte, pensando sin pensar tomé a lo largo de la autopista. Los muertos vivos pasaban a mi lado hablando solos, desvariando. Un puente peatonal elevado cruzaba la autopista. Subí. Abajo corrían los carros enfurecidos, atropellando, manejados por cafres que creían que estaban vivos aunque yo sabía que no. Arriba volaban gallinazos, los reyes de Medallo, planeando sobre la ciudad por el cielo límpido en grandes círculos que se iban cerrando, cerrando, bajando, bajando.

Esa idea de la ciudad de los muertos vivos, la ciudad incendiada en la que sobrevuelan zamuros, es una de las estampas literarias más fuertes para dibujar la Medellín de Pablo Escobar y el sicariato.

Como recogiendo el testigo de Vallejo, Laura Restrepo añade en Delirio que:

total el dinero que me tumbaran se los descontaría del billete que a través de mí les enviaba Pablo Escobar y ellos ni cuenta se darían siquiera, qué cuenta se iban a dar, si aplaudían con las orejas la forma delirante en que se estaban enriqueciendo, al mejor estilo higiénico, sin ensuciarse las manos con negocios turbios ni incurrir en pecado ni mover un solo dedo, porque les bastaba con sentarse y esperar a que el dinero sucio les cayera del cielo, previamente lavado, blanqueado y pasado por desinfectante.

La fiebre en Macondo en este caso no era amarilla y vegetal, sino blanca y escurridiza como el polvo. Y las consecuencias de esta historia crearon heridas sociales profundas y todavía difíciles de superar. De esta etapa sobresalen dos libros, El olvido que seremos (2006) de Héctor Abad Faciolince, que lleva más de cien mil ejemplares vendidos en el mercado español y que cuenta con un documental y una adaptación cinematográfica, yEl ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez, Premio Alfaguara 2011.

La peor epidemia

Las ciudades y los campos de Colombia —dice Abad Faciolince— se cubrían cada vez con la sangre de la peor de las enfermedades padecidas por el hombre: la violencia. Y como los médicos de antes, que contraían la peste bubónica, o el cólera, en su desesperado esfuerzo por combatirlas, así mismo cayó Héctor Abad Gómez, víctima de la peor epidemia, de la peste más aniquiladora que puede padecer una nación: el conflicto armando entre distintos grupos políticos, la delincuencia desquiciada, las explosiones terroristas, los ajustes de cuentas entre mafiosos y narcotraficantes.

En una reseña conjunta sobre El olvido que seremos y Carta a una sombra (2015) —el documental basado en el libro—, Mario Jursich apunta algo que explica muy bien por qué el libro de Héctor Abad sigue conquistando lectores quince años después de publicado, y por qué la literatura es fundamental en el autoexamen de las sociedades:

Cuando leí El olvido que seremos tuve la impresión de que estaba frente a lo que aquí me gustaría llamar el dilema de Hamlet. El lector recordará que al principio de la obra shakesperiana encontramos al príncipe de Dinamarca cavilando sobre cómo vengar el asesinato de su padre. Sus opciones incluyen el suicidio, que descarta por considerarlo digno de un cobarde; la representación de una obra de teatro en la cual un monarca es asesinado de la misma forma en que mataron a su padre y, por último, el asesinato de todos aquellos que, por acción u omisión, tuvieron que ver con esa muerte.

Lo extraordinario no es sólo que Abad opte por la segunda de esas opciones, vengar la muerte del padre a través de un acto simbólico como es la escritura de un libro. Lo extraordinario es que quiere hacernos sentir rabia, conseguir que nos indignemos contra el crimen y la injusticia —esto es, que “un veneno entre en nuestros oídos”—, pero excluyendo de manera taxativa que esa rebelión deba ir ligada a la revancha o al resentimiento. En otras palabras: lo que le otorga a El olvido que seremos una dimensión moral insoslayable es que nos enseñó a separar el recuerdo de los crímenes de la legitimación de la venganza. Piense el lector en las terribles consecuencias que ha tenido para nuestro país que alguien como el expresidente Álvaro Uribe Vélez haya optado por la tercera opción del dilema de Hamlet y se dará cuenta de que, conforme a lo enfatizado por Shakespeare, el único final plausible en ese caso es ver el escenario completamente cubierto de cadáveres.

Alguna vez oí a Laura Restrepo decir que ojalá llegara un momento en que la literatura colombiana se pudiese permitir cambiar de tema, porque eso querría decir que la realidad también habría empezado a cambiar. El último Premio Alfaguara otorgado a un autor colombiano fue a Los abismos (2021), de Pilar Quintana. Esta novela, cuya trama se ubica en la Cali de los años mil novecientos setenta, decide conscientemente no ocuparse del fenómeno del narcotráfico que empezaba a apoderarse de la historia de Colombia, sino que narra una historia familiar desde los ojos de una niña que intenta comprender el conflictivo matrimonio de sus padres. No sé si eso significa que, tras la firma del proceso de paz con las FARC en 2016, estamos vislumbrando un futuro distinto en mi país, pero tengo la esperanza sobria de que así sea.

En todo caso, he intentado armar este inventario de imágenes apelando a varios de los libros que más repercusión han tenido en el mercado español, libros que han ganado premios o concitado a atención de los lectores, los medios y la crítica. Lo que viene a decir, libros que han podido ayudar a construir una idea sobre lo que es Colombia. Es evidente que no es una cara amable, pero es el espejo de nuestra historia. Para terminar, me gustaría volver a citar a Vásquez y su reflexión sobre porque este ejercicio de narrar la realidad en el territorio de la novela es fundamental:

Una novela puede ser, en este sentido, un lugar de resistencia, no sólo contra el olvido, sino contra la negación: un lugar obstinado en el que los ojos de una sociedad están siempre abiertos, siendo testigos de lo que a menudo preferimos no ver: lo feo, lo doloroso, lo aterrador. La literatura nos ofrece un lugar en el que estas historias pueden ser vistas e interrogadas; pero también un lugar en el que estas historias pueden vernos e interrogarnos a nosotros, los ciudadanos-lectores, de maneras que no siempre son cómodas. El pasado, por supuesto, no es un lugar cómodo, sobre todo después de una larga confrontación que ha dejado heridas duraderas y una intensa sensación de desorden. Las novelas pueden ser memoriales donde rendimos homenaje a nuestros muertos, y mausoleos donde nuestros muertos pueden vivir a través de sus historias; pero también pueden dar forma y sentido al pasado, y permitirnos descubrir o inventar las verdades que necesitamos para avanzar hacia el incierto futuro.

Yo he publicado la mayor parte de los libros que he citado aquí. En algunos casos fui su editora inicial, en otros la encargada de reeditarlos y mantenerlos editorialmente vivos, como es el caso de Cien años de soledad o El olvido que seremos, textos que hoy integran los fondos de sellos en los que oficio como directora editorial. Libros que el público español conoce y sigue leyendo año a año. Libros que construyen el relato de los que hemos vivido y a través de los cuales, para que la fiebre del olvido nos se apodere de nosotros como en Macondo, podamos inventar una segunda oportunidad sobre esta tierra.

Gabriel Miró Quesada (Grupo El Comercio) y Carlos Núñez (Prisa Media) analizan la revolución digital en la comunicación

Ha cambiado el paradigma de negocio y la forma de difundir los contenidos, pero la esencia del periodismo sigue siendo la misma: el deber de deber de informar va asociado a la democracia. Esta es una de las principales conclusiones del debate mantenido por Carlos Núñez, presidente ejecutivo de Prisa Media, y Gabriel Miró Quesada, presidente del Grupo El Comercio (Perú) en la primera sesión del seminario Panorama general de los medios de comunicación y visión de futuro celebrado en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).

Se trata de un ciclo de conferencias, organizado por el Consejo Social de UNIR, y codirigido por Javier Moreno, exdirector de El País y actualmente director de la Escuela de Periodismo UAM-El País ; y Andrés Cardó, economista y consultor estratégico.

Javier Moreno.

En la presentación, Javier Moreno explicó cómo en las últimas dos décadas se ha desplomado drásticamente la difusión de periódicos, se mantiene la audiencia en radio, y ha aumentado el consumo de internet, provocando un cambio de paradigma en la comunicación.

Carlos Núñez: “La pandemia ha sido el punto de no retorno hacía la gestión digital”

“Estamos en un momento óptimo porque tenemos la capacidad de acceder a más audiencia que nunca” señaló Carlos Núñez. Con el canal digital  «tenemos la capacidad de acceder a millones de lectores y oyentes a los que queremos servir”; y “el rol de los medios de comunicación ha cambiado, ya no somos medios de distribución sino generadores de contenido”

Carlos Núñez.

Y añadió que la transformación se ha visto acelerada “por la pandemia, que ha sido el punto de no retorno hacía la gestión digital”.

Gabriel Miró Quesada, por su parte, indicó que si en 2014, la web acompañaba a la parte impresa del Grupo El Comercio, actualmente es la parte impresa la que acompaña al medio electrónico, porque “somos una organización orientada a digital first; el reto está en monetizarlo

Miró Quesada: “Lo principal es tener al periodista in situ generando los contenidos que la sociedad necesita, lo de menos es el medio en el que se pueda consumir esa información, ya sea a través de un periódico o en tik tok”

Ambos directivos coincidieron en señalar que la esencia de los medios no cambia. Para Miró Quesada “lo principal es tener al periodista in situ generando los contenidos que la sociedad necesita, lo de menos es el medio en el que se pueda consumir esa información, ya sea a través de un periódico o en tik tok”.

Gabriel Miró Quesada.

Nuñez, por su parte, sostuvo que “el deber de informar va asociado a la democracia, y ese es el gran activo de los medios; lo que cambia es el enfoque”. A diferencia de la época predigital, “el foco está ahora en la demanda y no en la oferta; y son los lectores y oyentes los que deciden lo que quieren consumir, cuando hacerlo y a través de qué formato (streaming, podcast etc.)”.

REVOLUCIÓN EN EL MERCADO PUBLICITARIO

La revolución digital ha tenido eco en el mercado publicitario: “En 2021 la publicidad digital en España superó a la de medios tradicionales” recordó Andrés Cardó. Y ha pasado de representar “un cuarto del total en los principales mercados iberoamericanos a superar el 50%”. Lo cual se debe a “la capacidad de las plataformas digitales para segmentar a la audiencia”, permitiendo que las marcas impacten en sus públicos objetivos de forma más eficaz. Cardó preguntó a los ponentes, cómo competir en este ámbito.

Andrés Cardó.

Carlos Núñez respondió que se ha producido “un notable incremento en las plataformas, debido a dos cosas: escala y datos, con la que consiguen una publicidad más eficiente”. El reto para el presidente de Prisa Media es conseguir un producto adecuado para el anunciante, justamente “a través de la escala y los datos”.

El otro medio para competir son las suscripciones digitales. Núñez indicó que El País “ha logrado más de 180.000 suscriptores, una vía que proporciona una línea de ingresos estable, y no depender solo de la publicidad, que es un mercado cíclico”. Este canal es clave para la estabilidad del negocio. Y depende de dos cosas: “el producto, debemos ofrecer valor añadido; el otro es el mercado, que en España se está descremando y nuestros lectores tienen que acostumbrarse a esto”.

En el caso de El Comercio, “2021, fue el primer año en el que la publicidad digital superó a la impresa” afirmó su presidente. A la hora de competir resaltó la solera de “una marca con 183 años, que proporciona credibilidad y certeza al usuario, la certeza de que está leyendo contenido con todas las características para poder confiar: serio, balanceado, con fuentes cotejadas”. El valor agregado le permite distinguirse de los competidores y eso se traduce en más suscriptores y publicidad.

Añadió que “las marcas no dejarán de invertir en las grandes plataformas, pero la publicidad también necesita saber con claridad y detalle a quién, cómo y por qué está llegando. Las grandes plataformas te dan volumen pero difícilmente el detalle de a quién se dirige su contenido”.

Durante 2021 el 80% del tráfico de Internet a nivel global fue a través de streaming

También se abordó en el debate el auge de los nuevos formatos. Durante 2021 el 80% del tráfico de Internet a nivel global fue a través de streaming. El ejecutivo de Prisa Media indicó que “todavía no está el mercado maduro para comercializar los podcast. Vendrá de la mano de la tecnología, para saber cómo descargas los anuncios; y el apetito de los anunciantes en ese formato”; a diferencia de la parte audiovisual: “hay plataformas con más audiencia que algunas televisiones, por lo que se convierten en un jugador más”.

“El consumidor peruano -explicó Miró Quesada- no está hoy acostumbrado al contenido por audio. Sucede todo lo contrario con el video, hoy quieren consumir más que nunca. La demanda supera nuestra oferta de lejos. Entre todos los productos que sacamos aún el mercado demanda más de lo que podemos producir. Tenemos algo pendiente que dar”.

Ante la pregunta de cómo garantizar el papel fundamental que la sociedad y ley otorga a los medios de comunicación en una democracia, Miró Quesada subrayó que “en 183 años, noticias publicadas en El Comercio han tumbado dictaduras y generado crisis políticas”; y que “la responsabilidad contraída por el periódico con la sociedad es indelegable y tiene que estar por encima del negocio”.

SOSTENIBILIDAD FINANCIERA E INDEPENDENCIA

El presidente de Prisa Media afirmó que esa es “la esencia del papel de un medio de comunicación”, pero matizó que “la condición sine qua non es la sostenibilidad financiera, porque de lo contrario estaríamos sometidos al vaivén de fuerzas externas”.

Javier Moreno planteó, por último, si en el actual contexto de crisis y fragmentación no están perdiendo los medios la capacidad de organizar el debate público. Carlos Núñez respondió que, en parte, “se ha perdido por un tema de oferta no diferenciada. Hoy es más complicado que antes”. Agregó que “el gran reto es educar a la sociedad. La sociedad debe entender y evolucionar para saber dónde tiene información veraz». Y Miró Quesada insistió en “la responsabilidad de los medios para ofrecer información veraz y de calidad, en un contexto más difícil”, marcado entre otros aspectos, por la proliferación de las fake news.

El personal shopper de la educación

En el anhelo de mejorar nuestro desarrollo profesional, qué duda cabe que la formación es una palanca primordial. La oferta formativa actual es extraordinariamente amplia: formación oficial o no; curso corto o largo; modelo virtual, mixto o presencial; en español o en otro idioma; de una universidad con solera o de una start-up; con prácticas o sin prácticas; un bootcamp o vídeos enlatados; etc. Sería estupendo poder recurrir a un asesor con la capacidad de barrer todas las alternativas formativas del mercado y proponernos de entre todas las combinatorias, la mejor para nosotros, y solo para nosotros, de acuerdo con nuestro momento vital.

Pero sería todavía más estupendo si este asesor nos conociera tanto que pudiese hacernos la recomendación además de en función de nuestro momento vital, de acuerdo con nuestra personalidad, trayectoria profesional e incluso deseos no siempre conscientes. El resultado podría ser del tipo: «Haz este curso o este otro porque va a reforzar tus fortalezas», «aprende a negociar porque las últimas veces el resultado final que has conseguido no ha sido muy satisfactorio», o «si te formas en análisis y visualización de datos conseguirás un trabajo en el sector que te gusta», «si estudias esta especialización puedes optar a una remuneración un 20% superior a la que tienes ahora», «si obtienes un certificado en tal estudio, tienes una probabilidad de un 80% de conseguir un puesto de trabajo en tal país/ciudad», etc.

DE QUÉ ESTAMOS HABLANDO

Estamos hablando de un asesor personal que  aprenderá inicialmente siendo un recomendador, funcionando de manera similar a cómo funciona un comparador de seguros de auto o moto, con la diferencia de que irá aprendiendo a medida que va validando el éxito de sus recomendaciones, y se irá haciendo inteligente de forma autónoma.

Un asesor virtual desarrollado con inteligencia artificial (IA), verá la situación como un cúmulo de datos estructurados y desestructurados, personales y contextuales y ejecutará tantos cruces de datos como sean necesarios

Pongamos el ejemplo de un estudiante que le cuesta estudiar y termina el colegio. La presión de sus padres puede hacer que se decante por una carrera que le costará sacar adelante y que sembrará de frustración su camino hacia la edad adulta… pero y si en el momento de tomar la decisión, un asesor con un conocimiento profundo de las fortalezas de este joven así como de sus anhelos, y con todo el conocimiento de la oferta de estudios, ¿le pudiese recomendar qué hacer? Un asesor virtual desarrollado con inteligencia artificial (IA), verá la situación como un cúmulo de datos estructurados y desestructurados, personales y contextuales y ejecutará tantos cruces de datos como sean necesarios para obtener una solución que maximizará el resultado buscado. Basado en estadísticas de resultados exitosos de otros estudiantes y en los datos del perfil del propio estudiante, esta inteligencia artificial es capaz de rastrear un mundo de posibilidades y ofrecer alternativas que desemboquen en un mayor éxito de logro de su asesorado.

Profundizando en el perfil del estudiante, resulta que le gusta el mar, que se interesa por los animales, que su inteligencia de aprendizaje es muy visual y que su familia no tiene muchos recursos… y voilà, como si de un prestidigitador se tratara, el asesor virtual hace una recomendación: «una titulación oficial de oceanografía de tres años en la ciudad de Bodo en Noruega, que resulta que beca a alumnos internacionales».

Más adelante este estudiante que ha seguido la recomendación, con una formación muy diferente a la que conocía o podía esperar antes de haber consultado a su asesor virtual, se desarrollará en un entorno profesional estimulante. Pero llegará el momento que se plantee volver a España en el campo de la investigación… y su asesor virtual, que se habrá ido nutriendo de datos a lo largo del tiempo, estará disponible para prestar las recomendaciones educativas más adecuadas para que este joven triunfe en su nuevo propósito profesional en su país de origen.

Un asesor personal de esta índole sería un lujo al alcance de muy pocos. Pero la inteligencia artificial es capaz de democratizar este servicio y configurar un asesor virtual capaz de maximizar nuestro valor en el mercado laboral y mejorar nuestra autoestima, a través de la formación a lo largo de nuestra vida.

EL ÉXITO ESTÁ FUNDADO EN DATOS

Un asesor virtual está basado en una serie de algoritmos denominados Deep Learning o aprendizaje profundo porque aprenden por sí mismos. Inspirado por las redes neuronales de nuestro cerebro, Deep learning construye capas de redes neuronales artificiales. Los datos llegan a la capa de entrada y generan un resultado en la capa de salida. Entre la capa de entrada y la de salida puede haber miles de capas neuronales, y por eso se le llama aprendizaje profundo. El sistema se entrena para maximizar la probabilidad de conseguir la respuesta correcta a una determinada entrada. Estas redes se convierten en una ecuación matemática gigantesca. Se requieren cantidades ingentes de datos y de capacidad computacional para entrenar la red neuronal.

Uno de los efectos de la mejora continua en la computación es la explosión de la cantidad de información producida. En los próximos cuatro años se prevé que multipliquemos por tres el total de información y datos que ya existen globalmente.

De las 3.642 empresas de nueva creación del último año cuya idea de negocio está basada en IA, solo el 4% están especializadas en educación, pero el crecimiento  para los próximos 5 años es del 200%

De acuerdo con Crunchbase, una plataforma americana de referencia para las startups tecnológicas, de las 3.642 empresas de nueva creación del último año cuya idea de negocio está basada en IA, solo el 4% están especializadas en educación. Pero el crecimiento que se prevé en esta industria para los próximos 5 años es del 200% (Grand View Research). Tiene sentido este crecimiento porque la producción de datos donde se da de forma natural es en el entorno virtual. Tradicionalmente la educación ha sido presencial, modelo en el que la obtención de datos es menor y menos precisa.

La educación tiene mucho de personal (preferencias, aptitudes, actitudes…) y mucho de contexto. Este contexto viene determinado por el estado laboral (trabajando o no, cuenta ajena o no), tipo de empresa y sector, número de empleados y facturación, responsabilidades, etc. Es en un entorno complejo de datos, con variables cambiantes y correladas donde el machine learning (sistema que tritura datos para luego agruparlos con reglas de negocio) se aplica con mejores resultados y donde la algoritmia de la inteligencia artificial trabaja de la mejor manera.

El éxito de este tipo de modelos virtuales está basado en la cantidad y la calidad de los datos disponibles para su consumo y, por lo tanto, son buscados ávidamente. Hay básicamente dos maneras de obtener dichos datos: una es la cesión por confianza en el resultado y la otra es la cesión por recompensa.

En efecto, si nuestro asistente virtual, la primera vez que le consultamos, nos hace una recomendación adecuada que nos conduce a un pequeño éxito, aumenta la probabilidad de que voluntariamente le vayamos proporcionando cada vez más datos. Y a medida que cedemos más datos, mayor índice de acierto de nuestro asesor. A mayor volumen de datos individuales, mayor acierto, pero además, a mayor volumen de datos compartidos, el grado de acierto se multiplica exponencialmente y se benefician otros usuarios que también estén proporcionando datos a sus asistentes virtuales… de tal manera que a la postre, estos asesores estarán compartiendo una inteligencia artificial común, donde intercambian datos entre ellas como si de una nueva www (red informática mundial) se tratase.

Pero además esta inteligencia artificial puede trabajar con terceros para bonificar nuestra cesión de datos: si le vamos proporcionando datos adicionales nos puede conseguir una subvención, o un descuento o una carta de recomendación para la formación que nos está buscando, etc… Así por ejemplo, si le damos acceso a nuestra cuenta de Facebook o de Twitter  ganamos puntos… y así cuantos más accesos a apps que estemos utilizando autoricemos a nuestro asesor personal a entrar, así irá creciendo la cuenta de puntos a redimir.

A nuestro asistente virtual es fácil de acceder a través de modelos conversacionales (como podría ser actualmente una conversación con un dispositivo como Alexa) o escritos como WhatsApp; y podremos exponer nuestras inquietudes y ser escuchados por una IA que buscará entre un sinfín de posibilidades la que mejor nos conviene. Esta Inteligencia Artificial que nos escucha, busca por nosotros y nos propone una alternativa, podría ir más allá, ejecutando la compra de su propuesta. Tendríamos un personal shopper de la educación a nuestro servicio.

Este aspecto conversacional es determinante para que la idea del asesor virtual se convierta en realidad. La tecnología que puede hacer de esta inteligencia artificial un compañero es el Procesamiento de Lenguaje Natural (PLN). El Lenguaje Natural hace referencia al lenguaje de los humanos –conversación, texto escrito y comunicación no verbal–, y que cultivamos a través de la educación y de las interacciones sociales. Hasta hace apenas unos años, el modelo de aprendizaje de las redes neuronales se hacía mediante el «aprendizaje supervisado». Esto significa que la inteligencia artificial, aprendía a través de un conjunto de preguntas y un conjunto de respuestas correctas. Esta manera de programar es extraordinariamente costosa en tiempo ya que cada uno puede formular una necesidad de formas muy diferentes. Por ejemplo, al pedir la devolución de un curso: solicito la devolución de mi dinero, no estoy satisfecho, no es lo que esperaba, me ha surgido un incidente y no puedo continuar…

Sin embargo, muy recientemente ha surgido el aprendizaje autosupervisado, que se parece de alguna manera al autocompletado cuando hacemos una búsqueda de Google y nos termina la frase porque es capaz de contextualizarla. No requiere el tipo de entrenamiento anterior ya que el sistema aprende por sí solo. Elon Musk, en su laboratorio Open AI, ha puesto en marcha hace apenas un año GPT-3, un gigantesco motor de transducción. En este momento, el modelo ha alcanzado la friolera de 175.000 millones de parámetros, lo que permite mantener conversaciones coherentes e incluso con un tono de humor como un humano.

La gran diferencia es que los humanos sabemos lo que sabemos y sabemos lo que no sabemos… pero GPT-3 no. Tampoco tiene pensamiento abstracto ni intencionalidad creativa. Aun así tiene la capacidad para guiarnos porque los datos le hacen ver el futuro más cercano o lejano con mayor claridad de lo que lo vemos nosotros mismos.

CAMBIO EN MODELOS DE NEGOCIO

Según la ley de Amara: «tendemos a sobreestimar el efecto de una tecnología en el corto plazo, y subestimar sus efectos en el largo plazo». Pero no cabe duda que a medio plazo este modelo de asesoramiento «llave en mano», modifica muchas de las dinámicas de negocio actuales.

Una primera reflexión.– Está claro que las reglas del juego establecidas por las grandes corporaciones como Google, no pueden ser las mismas si las búsquedas las realizan IAs con capacidad de computación casi ilimitada que si las realizamos los humanos, puesto que las computadoras piensan de forma diferente a como lo hacen nuestros cerebros. Los programas educativos pasarán a competir no solo en base a las dinámicas conocidas del marketing digital omnicanal, sino en una arena más compleja de gestionar. La IA va a correlacionar datos de todo el universo con las recomendaciones explícitas de un programa y el tipo de consecución obtenida tras un determinado estudio sobre un perfil, y con comentarios de empleadores. Y se asegurará, antes de emitir un juicio, que el perfil de su asesorado es similar al de aquellos a los que les ha ido bien con ese estudio. Ya no será una «sencilla» optimización del SEO la condición indispensable  para que las arañas de la www sean capaces de leer la información relevante. El posicionamiento pagado liderado por Google ya no vendrá regido solo por la compra de palabras clave si no por la comunicación entre sí de aplicativos de IA que estarán buscando dar la mejor respuesta a nuestras necesidades.

Se establecerán dentro de las webs un nuevo SEO ya no basado en palabras clave sino en algoritmos de IA, que se ocuparán de hablar con los distintos personal shopper de la educación que estén asesorando a sus cliente

Se establecerán dentro de las webs un nuevo SEO ya no basado en palabras clave sino en algoritmos de IA, que se ocuparán de hablar con los distintos personal shopper de la educación que estén asesorando a sus clientes. El modelo de la oferta de los escaparates pasará de ser «esto es lo que dicen otros estudiantes como tú» a «te demuestro lo que han conseguido otros estudiantes como tú». El hecho de demostrar, es decir de dar datos, es lo que van a ir a buscar las IAs dentro de las webs.

Google no es ajena a este porvenir y se está adelantando en conocer el impacto de los personal shopper virtuales en los modelos de búsqueda mediante un análisis con su procesador cuántico Sycamore, de 54 qubit (cuantum bit)*. Según los experimentos realizados, Sycamore ha dado resultados en 200 segundos frente a los 10.000 años que hubiese tardado la más rápida supercomputadora no cuántica, en obtener un output similar. Está por ver si Google es capaz de reinventarse y desarrollar una solución que le permita liderar en el nuevo modelo de posicionamiento de las webs que se avecina.

En cuanto a la computación cuántica aplicada no sabemos todavía qué nuevas innovaciones surgirán cuando madure y despegue. Pero se avecinan momentos increíbles porque la computación cuántica va a amplificar la IA, rehará la ciberseguridad y nos permitirá simular sistemas extraordinariamente complejos.

Una segunda reflexión.– Habrá diferentes soluciones de personal shopper de educación que se lanzarán al mercado. Algunas serán desarrollos tipo avatares personales. Otras estarán asociadas a bancos, porque será un servicio, ya que el personal shopper podría considerarse como una tarjeta de crédito inteligente, que sabe qué comprar. Otras estarán asociadas a aseguradoras, para las cuales hacer un seguimiento de la formación, será una manera de medir nuestro estado cognitivo y nos generarán precios dinámicos de acuerdo con los intereses de las corporaciones involucradas.

En realidad, en un universo donde tenemos a una IA que recoge nuestros datos, ¿por qué limitarse a datos que solo tienen que ver con la educación? Es el mundo de la IA hablando con la IA… nuestro personal shopper estará comunicándose con otros sistemas basados en IA que estarán preparados para generarnos bienestar, controlando nuestras constantes vitales y atendiendo a nuestro estado de felicidad. El ecosistema de inteligencia artificial virtual está listo para darnos lo que necesitamos.

Una tercera reflexión.– En cuanto al manejo de estos personal shopper, si van a estar a nuestro lado y van a ayudarnos en la toma de decisiones es fundamental que nos alfabeticemos y nos formemos en el manejo de nuestros datos, que entendamos lo que estamos haciendo, que sepamos cómo funcionan los algoritmos, porque de esta manera podremos utilizar con conciencia y consciencia la cesión de algo tan personal y valioso como son nuestros datos.

Esta necesidad ya fue apuntada por el profesor Joseph Aoun, presidente de la Universidad de Northeastern, en su tratado Educación a prueba de robots, y determinaba que la nueva era de la inteligencia artificial traía consigo la responsabilidad por parte de los centros educativos, de alfabetizar a sus estudiantes, por un lado, en tecnología (matemáticas, codificación y principios básicos de ingeniería), y en este sentido no es lo mismo saber utilizar una aplicación que entender los mecanismos cuando tocamos una pantalla; y, por otro lado, en alfabetizar en los datos, que es la capacidad de entender y utilizar el Big Data mediante el análisis. Gracias a la interpretación de los datos y su contexto, podremos darles un sentido.

A este modelo de asesor virtual se le presentan algunos retos:

– Para que le resulte útil al usuario el modelo del asesor virtual, esta inteligencia artificial tiene que convivir con su asesorado, en su misma realidad, estando presente en las conversaciones del ordenador, del móvil, de las aplicaciones, conociendo la geolocalización, tal y como haría un coach humano. Y este sistema debe conocer, de alguna manera, cómo funciona el mundo, debe tener algo de sentido común y debe ser lo  suficientemente inteligente para que no resulte frustrante hablar con él. Y este es un gran reto para estos modelos. De acuerdo con la paradoja de Moravec, en el campo de la inteligencia artificial y robótica de forma anti intuitiva, el pensamiento razonado humano (el pensamiento inteligente y racional) requiere relativamente de poca computación, mientras que las habilidades sensoriales y motoras, no conscientes y compartidas con otros muchos animales, requieren de grandes esfuerzos computacionales.

Parece razonable pensar que la IA puede confundir a la IA, y tendrán que desarrollarse sistemas antifraude que supervisen el consumo de datos y funcionamiento de la algoritmia de las IA

– Parece razonable pensar que la IA puede confundir a la IA, y tendrán que desarrollarse sistemas antifraude que supervisen el consumo de datos y funcionamiento de la algoritmia de las IAs. Cuando un sistema tiene tal cantidad de datos, el daño que puede hacerse por un mal uso es terrible.

– Como los modelos de IA tratan de optimizar algunos objetivos no entienden de deseos del alma y del espíritu y, por ejemplo, si nos enamoramos y no queremos cambiar de país, el asesor virtual difícilmente escuchará nuestro corazón si considera que el cambio de país es lo mejor para nosotros. Hasta ahora podemos estar cediendo datos de nuestras apps, pero nuestros dispositivos tienen sensores kinéticos y de presión arterial que van a permitir valorar a la IA cómo reaccionamos en determinadas situaciones. Es una manera de empezar a acercar la humanización a estas inteligencias artificiales.

CONCLUSIÓN

Actualmente, la inteligencia artificial apenas si tiene un índice de penetración en las industrias del 10%, lo que significa que hay muchas oportunidades de re-imaginar nuestro futuro con una mayor penetración de la IA en cada campo. Los cambios que van a producirse por el uso masivo de la IA son profundos, y los podemos acoger con compasión, explotarlos con malicia, capitular con resignación o pueden inspirarnos para reinventarnos.

Este dejar en manos de una inteligencia tercera, decisiones más o menos trascendentes en la construcción de nuestras carreras profesionales, será determinante para muchos aspectos de nuestra vida, especialmente en la salud y en la educación.

El personal shopper de la educación nos permitirá mantener el aprendizaje a lo largo de toda nuestra vida, impulsándonos a la mejora continua y al crecimiento de nuestra autoestima.

* Unidad fundamental de información en la computación cuántica