De Maquiavelo a Nietzsche: la huella del control racional en filosofía política

El especialista Harvey C. Mansfield, profesor emérito de Harvard, reflexiona sobre el liberalismo, sus raíces aristotélicas, su declive y la posibilidad de renovación en «The rise and fall of rational control»

César Borgia y Maquiavelo. CC Wikimedia Commons
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Harvey C. Mansfield es uno de los más reputados filósofos políticos de EE. UU. De signo liberal-conservador, discípulo indirecto de Leo Strauss, impartió Historia de la Filosofía Política en Harvard desde 1962 a 2023, y entre sus más destacados seguidores se cuentan Francis Fukuyama, Andrew Sullivan y Mark Lilla, entre otros. Michael J. Sandel ha dicho de él que es «un antídoto andante contra la complacencia liberal».

En su libro The rise and fall of rational control (El auge y la caída del control racional) (Harvard University Press, 2026), Mansfield analiza cinco siglos de filosofía política moderna, desde la ruptura que supuso Maquiavelo respecto al pensamiento griego y cristiano, mediante el llamado «control racional», hasta Nietzsche y el actual posmodernismo. Y aporta una reflexión sobre el liberalismo, sus raíces aristotélicas, su declive y la posibilidad de su renovación. El trabajo, cuya ambición conceptual ha sido resaltada en The Washington Post, se basa en los cursos impartidos por Mansfield durante décadas en las aulas de Harvard.

El auge y la caída del control racional abarca a ocho pensadores: Maquiavelo, Hobbes, Locke, Rousseau, Kant, Hegel, Marx y Nietzsche. El autor sitúa el nacimiento de la filosofía política moderna en la obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), el primero en afirmar que el objetivo de la política no es alcanzar ideales de justicia o virtud —como los antiguos—, sino manipular los hechos concretos del mundo al servicio de determinados intereses. De esta forma, el «control racional», libre del orden divino, es capaz de liberar a los seres humanos de la esclavitud y el conflicto.

Lo que Maquiavelo entiende por virtuoso

Mansfield interpreta la comedia, La mandrágora, de Maquiavelo, como una ilustración del proyecto de sustituir la moral bíblica por una nueva concepción de la virtud basada en el beneficio. Y es que el florentino transforma la virtud moral y política en «una virtù infinitamente flexible que es cruel, audaz, despiadada e inhumana (o sus opuestos)», según lo requieran los tiempos y las circunstancias. «El virtuoso príncipe maquiavélico, el asesino César Borgia, no pertenece ni remotamente al mismo universo espiritual del hombre magnánimo de Aristóteles».

Hobbes (1588-1679) y Locke (1632-1704) desarrollaron posteriormente la idea moderna de Maquiavelo, sentando las bases del liberalismo. Para Hobbes, Dios no tiene cabida en el estado de guerra, donde cada persona tiene derecho a preservar su vida como considere necesario. «¿Qué surge de este estado natural de guerra? La idea del contrato social: un nuevo tipo de gobierno basado en el consentimiento razonable». Y John Locke añadió a la obra de Hobbes un llamamiento al orgullo humano: la idea de que, más allá de las ganancias materiales, al ser naturalmente iguales en nuestros derechos fundamentales, nos negamos a ser gobernados sin nuestro consentimiento. Ese llamamiento inspiraría, por cierto, a los firmantes de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Lo cual requiere una arquitectura de instituciones, como las elaboradas por Montesquieu —separación de poderes, representación, controles y equilibrios, un poder judicial independiente—, que sustentan el sistema liberal de gobierno.

La crítica de Rousseau (1712-1778) al proyecto de sus predecesores propició su radicalización, apunta el autor: si no existía una naturaleza humana fija, correspondía al filósofo (a quien Nietzsche denominaría «médico de la cultura») guiar su desarrollo hacia una dirección más racional. Tal fue el empeño de Kant, Hegel y Marx. Inspirado por la crítica de Rousseau al egoísmo burgués, Kant (1724-1804) acertó a distinguir entre dos cosas muy diferentes: la verdadera moralidad y la utilidad. Sostenía que el único acto verdaderamente noble no estaba motivado por ningún beneficio o pasión personal. Su defensa de la dignidad humana se debía a lo que consideraba insuficiente en la moralidad «básica pero sólida» de sus predecesores modernos. Sin embargo, «su concepción purista de la política —desprovista de toda mentira y violencia— corría el riesgo de ceder el ámbito político a los maquiavélicos más puristas, que no compartían tan nobles escrúpulos».

La filosofía de la historia, que en Kant era un factor secundario, se convirtió en fundamental en Hegel (1770-1831), para quien es inevitable el logro de un Estado verdaderamente «racional», donde se garantizan los derechos de todos los hombres bajo el gobierno de una burocracia ilustrada. Para Hegel, la historia avanza de forma inexorable hacia el Estado.

Marx: transformar el mundo

Marx (1819-1883) revirtió la visión «dialéctica» de la historia de Hegel al atribuir su progreso a causas materiales y al predecir su inevitable culminación en una «sociedad comunista» donde la necesidad misma de gobierno —junto con las clases económicas, la religión y la filosofía misma— habrá desaparecido. Al declarar que el propósito de la filosofía no es comprender el mundo sino transformarlo, «Marx ofreció un resumen perfecto del movimiento moderno iniciado por Maquiavelo», subraya Mansfield. El problema es que reducir la política a la economía y propugnar semejante utopía solo podía culminar en la «rendición a la fuerza y la violencia». Los movimientos ideológicos y regímenes que aplicaron los preceptos de Marx «desataron una revolución mundial que mató y esclavizó a cientos de millones de seres humanos»

También Nietzsche (1844-1900) arremetió contra el liberalismo, haciéndose eco de Rousseau, pero esta vez en nombre de la crueldad y no de la compasión. Aunque su brillante retórica y sus agudas reflexiones, recogidas en Así habló Zaratrusta, impresionan a Mansfield, no duda en calificarlo, no sin mordacidad, de «inepto». Su sueño de una «vida radicalmente individualista» y de una aristocracia espiritual «más allá del bien y del mal» no resulta más convincente que la visión excesivamente «socializada» de la vida humana de Marx, advierte el autor.

El honor antes que el beneficio

En lugar de identificar la libertad con «una huida de Dios y la naturaleza» que, paradójicamente, condujo al hombre moderno a la «esclavitud de las necesidades humanas», Mansfield propone en su libro recuperar la ética aristotélica y a la «libertad que emana de la naturaleza» misma. No está  «abogando por un retorno a la premodernidad que, por otro lado, sería imposible»; pero nos recuerda que «cuando el ejercicio de los derechos apela al sentido del honor más que al beneficio, y por lo tanto a la virtud más que a la mera supervivencia, el control racional se vuelve razonable».

De la lectura de este ensayo se desprende que el esfuerzo por gobernar a los seres humanos razonablemente «exige considerarlos no solo como objetos de manipulación en aras de un interés ajeno, sino como seres independientes que buscan ser reconocidos como tales y que están dispuestos a arriesgar su supervivencia y sus ganancias materiales por orgullo de esa condición, como lo estuvieron los padres fundadores de Estados Unidos». En ese sentido, el autor propone como modelo de «gobierno liberal moderno» la Constitución de ese país y reivindica el sentido prístino y más depurado del liberalismo, los ideales de «nobleza y sacrificio, además de supervivencia», con La democracia en América de Tocqueville y la Ética de Aristóteles, como referentes.

Este artículo sintetiza tres análisis que sobre el libro El auge y la caída del control racional (Harvard University Press, 2026) han publicado en Law & Liberty,  David L. Shaeffer (La modernidad maquiavélica de Mansfield); Daniel Mahoney (Libertad más allá del control racional) y Rachel MacKey (Una clase magistral de Harvey C. Mansfield).


Ilustración de cabecera: César Borgia y Maquiavelo (1864), pintura de Federico Faruffini. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.