Tu vida en tus manos

Reseñas de los libros "Cervantes, clave española", de Julián Marías (1990) y "La responsabilidad como destino", de Václav Havel (1991)

Miguel Escudero

A muchos de nosotros el verano nos da ocasión de ir a la huelga durante unos cuantos días; durante ellos podemos desprendernos de nuestras vidas oficiales y abandonarnos a nuestra realidad más íntima. Disponemos de tiempo para hacer balance de nuestras trayectorias, para reflexionar sobre la experiencia acumulada y hacerla depositar en el hondón del alma. Pero, irónicamente, una de las propiedades de la que más privados suelen estar los hombres es la de su propia vida.

Frente a las desdichadas situaciones que siempre andan acechando, necesitamos estar satisfechos de quién somos y estar dispuestos también a pretender ser el que queremos ser y todavía no somos. Sin embargo, esta tarea sólo la tienen por delante aquellos que no se consideran acabados ni están contentos con sus defectos. Para esta misión hay libros que pueden sernos grandes compañeros; con ellos podemos divertirnos, afinar nuestra sensibilidad, enriquecer nuestras posibilidades de comunicación, aprender a pensar desde nosotros mismos y recuperar capacidad de soñar.

Ahora que buena parte de Europa ha reconquistado su ciudadanía y ha salido del «orden perfecto» en que se encontraba, los escritos que vienen del Este cobran la fuerza que se otorga al ganador y se ponen de moda. De Václav Havel, actual presidente de Checoslovaquia, se ha publicado hace poco en España un libro, que propiamente no es tal, titulado La responsabilidad como destino; se trata de una miscelánea de artículos, discursos y dos extensas cartas abiertas —una a Alexandr Dubcek y otra a Gustav Husák— que muestran el compromiso ininterrumpido de su autor con la verdad y con la libertad (la de sus compatriotas, gente de carne y hueso) a lo largo de más de veinte años, tras la «primavera de Praga».

Havel se convirtió en uno de los principales representantes en su país de los llamados disidentes, de los cuales se ha tenido en el resto de Europa una imagen más ideologizada que real. Él mismo ha afirmado que su actividad se centraba menos en promover un nuevo sistema político que en defender a hombres concretos de las tropelías del sistema establecido. Para ello hacía falta recuperar la confianza en la libertad, en lo que depende de cada uno de nosotros, y recuperar asimismo el respeto por la persona humana (es significativo el empleo por parte de Havel de la voz recuperar, es lo que se procura cuando después de una experiencia traumática, corta o larga, se quiere salir de ella).

En su extraordinaria novela The Ides of March, Thornton Wilder sentenciaba lo siguiente: «Imprisonment of the body is bitter, imprisonment of the mind is worse», esto es: amargo es tener preso el cuerpo, pero peor es tener aherrojada la mente. En un ambiente impregnado de nerviosismo no es fácil pensar, ni tampoco decir lo que se piensa cuando se está sometido a vigilancia, denuncia y agresiones de cualquier tipo. Cuando el totalitarismo triunfa en una sociedad, el bullicio de los fanáticos que lo vitorean y la complicidad de los acomodaticios que lo sustentan señalan tiempo de desesperación para los demás.

Sólo pueden resistir con integridad aquellos que no aspiran a ser «ganadores» en la vida y pueden vivir sin tener éxito rápido y verificable; aquellos que saben conmoverse, luchar contra sus propias limitaciones y que, a su vez, no les importa burlarse de ellos mismos; aquellos, en suma, que no están dispuestos a perder ni su memoria ni su entendimiento ni su voluntad, como tampoco a renunciar a ser personas buenas y honradas aunque no traiga cuenta serlo.

La Historia enseña a quienes quieran aprenderlo que la pérdida de unas libertades es siempre una amenaza para las otras, y que quienes se muestran indiferentes ante tales privaciones, porque son para los demás, acaban siendo también víctimas. Este proceso de eliminación de la libertad lleva en su caso límite, el totalitarismo, a un retorno a la prehistoria (creo que fue Eugenio d’Ors quien la definió no como un período anterior a la historia, sino como una situación que va caminando por debajo de la historia). Pues quienes se arrogan la completa comprensión de cuanto acaece en el mundo y quieren ejercer un poder completo sobre él desfiguran la historia y, por tanto, la verdad, todo ello en nombre de la ideología a que se adhieren. Si ésta destruye la historia al darla por concluida e imponer una excluyente interpretación determinista, entonces la historia —viene a decir Havel— se venga destruyendo la ideología al transcurrir de un modo diferente al prescrito por ella. Tanto da que los molinos de la Historia muelan despacio.

Decía Antonio Machado que ni está escrito el pasado ni está escrito el futuro. Y en esa esperanza debió apoyarse Cervantes, un hombre que pasó años de cautiverio, que quiso reabsorber sus circunstancias y que supo que nadie podía anularle su libertad personal siempre que la sostuviera con valor. En palabras de su Don Quijote: «Podrán los encantadores quitarme la ventura, pero el esfuerzo y el ánimo es imposible».

Para Julián Marías, España no puede entenderse sin Miguel de Cervantes, esa figura extraña —ha escrito— «respecto a la cual se sentía cierta inquietud, como si fuese algo más de lo que parecía, de lo que se esperaba, de lo que socialmente se creía». Marías nos invita en Cervantes, clave española a que leamos no sólo el Quijote, sino todas las obras de su autor. Y ello porque vamos así a encontrarnos un tesoro con virtudes medicinales; podremos encontrar la recreación literaria del mundo de alguien que se ha pasado la vida viviendo, lleno de curiosidad y capacidad de admiración, y que quiere comunicarnos su experiencia vital y hacerla inteligible.

Cervantes se pasó muchos años de su vida sin escribir: nacido en 1547, sólo publicó La Galatea en el siglo XVI, y el resto de su obra la compuso en los dieciséis años que vivió del siglo XVII. Su temple positivo y cordial y su mente abierta y acogedora hacen que lo podamos hacer nuestro amigo. Un ritmo adecuado de lectura para asimilarlo bien nos dará deleite y sabiduría: nos ayudará a ser capaces de hacernos una vida más bella y valiosa.

Julián Marías, Cervantes, clave española, Alianza Editorial, Madrid 1990, 268 pp., 750 ptas.

Václav Havel, La responsabilidad como destino, Ed. El País-Aguilar, Madrid 1991, 215 pp., 1.200 ptas.