Teoría y práctica de la cleptocracia

Alberto Míguez

Título: Robo para la corona.
Autor: Horacio Verbitsky.
Editorial: Planeta Argentina. Buenos Aires, 1991. Sexta edición.
Precio: 1.600 pesetas.


Escribía Jean-François Revel en su último libro, del que dimos cuenta en estas páginas hace algún tiempo, que cuanto más se mezclan la economía y el poder, más se desarrolla la corrupción. El problema estriba, seguramente, en que economía y poder político son en nuestras sociedades elementos indisociables y no hay poder democrático eficiente sin un nivel mínimo de desarrollo económico o social. Claro que este maridaje a veces espurio del poder con los negocios provoca casi inevitablemente corrupción y que esta corrupción es fácilmente detectable o, al menos, lo es mucho más ahora que hace años y, ni que decir tiene, hace siglos.

La corrupción en el aparato político de poder —y también de la oposición— constituye un elemento permanente en algunos países occidentales: España es, desde luego, un ejemplo, pero hay otros. En Francia, en Inglaterra, en Estados Unidos, hasta en Japón, la corrupción ha hecho estragos y sería difícil saber si los corruptos son más ahora que antes, o como a mí me parece probable, resultan más fáciles de localizar y denunciar. ¿Hay, por ejemplo, ahora en España más corrupción administrativa, más tráfico de influencias, más políticos corruptos que durante el franquismo como sugirió el líder de la oposición? Sinceramente, no lo creo. Lo que sucedía en la dictadura es que el sigilo y la opacidad con que se procesaban los negocios del régimen los hacía difícilmente localizables por los ciudadanos y, sobre todo, resultaba imposible o casi denunciarlos en los medios de comunicación independientes que se contaban con los dedos de una mano.

Todo esto viene a cuento tras la lectura apasionante de un libro que ha provocado en Argentina un fragor social considerable y que constituye ya un acontecimiento político de primera magnitud. Su autor, el periodista y escritor Horacio Verbitsky, conocido colaborador del diario Página 12, traza sin complacencia un cuadro desolador de la realidad política vista desde la perspectiva de la corrupción del poder y especialmente de cuantos forman el círculo de amigos y colaboradores, familiares y compadres del presidente Carlos Menem.

El octavo círculo

Por supuesto no es la primera vez que en Argentina aparece este tipo de libros —en España hay varios, de desigual valor sobre nuestras miserias y corruptelas públicas— y que obtienen éxito. Recuerdo, por ejemplo, El octavo círculo de Sergio Ciancaglini y Gabriela Cerruti donde se describían precisamente los diversos círculos de amigos e influencias que rodean al Jefe del Estado. El problema de esta obra era que parecía escrita sólo para argentinos y el lector foráneo tenía considerables dificultades para entender completamente cuanto allí se describía. Algo parecido sucede con la obra de Verbitsky, obviamente escrita también para argentinos y como libro de combate aunque cuente con una espesa y contundente documentación.

Verbitsky incide, aunque parezca desmentirlo, en una visión tópica de la gran nación austral que, como él mismo escribe, aparece a nivel internacional como un país turbulento y pintoresco que simpatiza con los nazis en la década de los 40 y comercia con los comunistas a pesar del bloqueo norteamericano en los 70; donde ocupan la presidencia bailarinas de cabaret asesoradas por astrólogos asesinos y generales alcohólicos que guerrean con Gran Bretaña; donde los militares hacen desaparecer a opositores por decenas de miles, se pintan la cara y tanto pueden asesorar a la contra nicaragüense financiada por Estados Unidos, como al general Noriega que desean derrocar; que desarrollan misiles y sueñan con artefactos nucleares; donde los negociadores de la deuda externa son procesados al volver al país y la inflación llega al 200 por ciento mensual como conclusión de tres planes antiinflacionarios.

Verbitsky pretende que esta Argentina descrita sin complacencia está viva ahora y que todo es más de lo mismo. Es decir, que Menem ha seguido los pasos de Perón, Isabelita y los generales tras la etapa moralizante de Alfonsín, uno de los gobernantes más incompetentes y seguramente más honestos de cuantos recuerda la historia del país. Para demostrar su tesis pone sobre el tapete los casos de corrupción más conocidos y que van desde el blanqueo de dinero por parte de algunos familiares del Presidente a la privatización de la compañía telefónica (Entel) y de la compañía de bandera (Aerolíneas) en la que, por cierto, participaron hegemónicamente Telefónica Española e Iberia. Es obvio que para cualquier lector español estos dos negociados resultan del máximo interés y la sorpresa parece mayúscula: lo que parecía desde estas tierras una operación de compra y participación sin complicaciones se convierte en un ejercicio de cleptocracia (gobierno de los ladrones) donde todos mojan, compradores, vendedores, intermediarios y, por supuesto, próximos a Menem o el mismo Menem.

Cambio

El autor de este libro tiene pendientes una serie de procesos por difamación y calumnia y serán los tribunales quienes digan si finalmente algunas de sus acusaciones o insinuaciones corresponden o no a la realidad. Pero su interés desde la óptica española me parece doble. En primer lugar demuestra que, como dice el refrán, en todas partes cuecen habas y, además, en algunos países cuecen más que en otros. En segundo lugar, que no existe una relación directa entre corrupción y empobrecimiento o miseria porque si bien en algunos países la corrupción se acompaña con la miseria (es el caso, por ejemplo, de Perú o de Marruecos) en otros —y ese podría ser el caso de España o de… Argentina— la expansión económica, el crecimiento o incluso el bienestar facilitan precisamente la cleptocracia o algo que se le asemeja.

Nadie dice —y mucho menos el autor de estas líneas que cree conocer bien Argentina— que la era Menem sea el paraíso económico y social que sus propagandistas proclaman pero no cabe la más mínima duda de que, si se compara con la era Alfonsín, el país ha experimentado un cambio cualitativo y cuantitativo (más de lo segundo que de lo primero) en el terreno económico que sorprende a propios y extraños. ¿Será la corrupción, pues, un estigma inevitable de nuestras sociedades democráticas y opulentas? ¿Deberemos acostumbrarnos a la cleptocracia como tarea obligatoria del capitalismo liberal que lleva trazas de convertirse en sistema planetario? He aquí un excelente tema de reflexión para el tercer milenio.