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El problema de las mayorías artificiales

Con las mayorías en un régimen parlamentario ocurre como con las bayonetas, de las que se cuenta que Napoleón solía decir que con ellas se podía hacer todo. Una vez se lo oyó su astuto, más bien desleal y nada escrupuloso, ministro Talleyrand y le repuso: «Todo, señor, menos sentarse en ellas». Napoleón murió en 1821, desterrado y cautivo en la isla británica de Santa Elena en medio del Atlántico, a los 52 años, siete después de haber perdido su efímero Imperio. Talleyrand le sobrevivió hasta cumplir los ochenta y cuatro, tras dos regímenes más de dinastías distintas, casi siempre en el gobierno, y habiendo negociado y suscrito finalmente el año 1834, y en nombre del «Rey de los franceses», la Cuádruple Alianza de su país con las tres principales potencias europeas que habían vencido y hecho prisionero a Bonaparte. La historia demostró que Talleyrand sabía más de estas cosas ordinarias de la política que el que fue su «jefe».

Algo semejante a lo de las bayonetas se podría decir que ocurre actualmente con el ministerio de Madrid y la mayoría que lo apoya en el Congreso de los diputados. Los escaños de los socialistas, minoría mayoritaria, no bastan para que el gobierno se encuentre cómodamente asentado. Son precisos los de sus satélites de Izquierda Unida y los de unos aliados coyunturales, tan de izquierda o más que ellos, pero cuyos intereses políticos están ideológica y territorialmente limitados a una parte sólo de la nación y a los que no les importa nada o casi nada lo demás.

Con una situación parlamentaria tan ajustada como la española de ahora, se pueden gestionar desde el gobierno los asuntos de «ordinaria administración», y es legítimo y obligado que los ministros lo hagan. Pero es temerario que, sin un mínimo de acuerdo con el principal partido de la oposición, el gobierno se enfrente con asuntos capitales como la estructura del Estado y las grandes cuestiones que afectan a la vida corriente y familiar de una gran parte de la población y a los intereses permanentes de España en el espacio y en el tiempo, determinados o condicionados por la geografía y por la historia, que no son cosa de una legislatura de cuatro años ni de una generación.

Entre los primeros problemas nacionales está la paz ciudadana, amenazada por el riesgo de un terrorismo políticamente organizado que no deja de contar con la asistencia o la simpatía de los que en el País Vasco se llaman «abertzales» y forman un partido ilegal, con el que el gobierno y los suyos hablan y negocian. Casi al mismo nivel se halla todo lo que se refiere a la inmigración, que es preciso ordenar en el interior de España y negociar con una ágil y eficaz acción diplomática y social en el exterior.

Respecto de la estructura del Estado, por no llegar a un acuerdo con los populares, el gobierno y su partido han tenido que apoyar y defender un Estatuto de Cataluña, claramente inconstitucional, que ni estaba en sus programas ni ha sido finalmente aprobado por los «independentistas» que lo habían promovido y cuya asistencia parlamentaria necesitan los socialistas para ganar las votaciones en el Congreso. El efecto «contagio» se ha extendido por las otras comunidades, que en sus proyectos de reforma estatutaria quieren parecerse lo más posible a Cataluña y llegan a abusar de términos como nacionalidad o nación para definirse, sin reparar en que entonces los «nacionalistas históricos» de Cataluña y Euskadi, que mandan a las Cortes Generales diputados y senadores de sus partidos, empezarán a plantearse no se sabe qué lenguaje nuevo para distinguirse de esos imitadores.

En determinadas ocasiones desde el gobierno se promueven leyes que sus «fellowtravellers» apoyan, unos por razones ideológicas y otros sin fijarse mucho para que se vea que ellos también son progresistas, y a las que los populares tienen que oponerse por respeto a la libertad, a la cultura y a la historia. Son las que directa o indirectamente constituyen .ataques a la familia y a los valores familiares, a la educación y a la iglesia, e incluso, en general, a las confesiones cristianas. Quizá la más llamativa y reciente de todas ellas es la que quiere adoctrinar en el relativismo y en un obligatorio laicismo total a las nuevas generaciones, vulnerando derechos de padres y escolares y la libertad de las familias con un engendro al que se ha titulado con la pomposa denominación de «Educación para la ciudadanía».[[wysiwyg_imageupload:1136:height=150,width=200]]

Es seguro que todos estos y otros daños a la convivencia se hubieran podido evitar aplicando correctamente la Constitución en esas secciones que los juristas llaman dogmáticas, en que se enuncian los derechos y las libertades de los españoles y la igualdad entre ellos. Existe el precedente de que en el primer cuarto de siglo de vigencia de la Constitución del 78, con o sin mayorías absolutas, ocupando el poder las distintas sensibilidades políticas que se pueden cifrar en los nombres de Suárez, Calvo Sotelo, González y Aznar, eso no había ocurrido nunca. Y nuestro país tenía un Parlamento vivo, e incluso peleón, y una libertad ciudadana igual a la de las otras democracias de nuestro entorno geográfico e histórico no sólo de Europa sino del resto de las naciones desarrolladas y libres del mundo.

En esos veinticinco años España se integró política, moral y militarmente en el mundo occidental, con la presencia en la OTAN y la integración en la Comunidad europea, más los convenios particulares de carácter militar con los Estados Unidos. Parece evidente que en el trienio socialista de ahora se han enfriado, o incluso se han quebrado, esas relaciones, sin haber sido sustituidas más que por unas declaraciones verbales y «buenistas» acerca de una «alianza de civilizaciones» que nadie sabe en qué consiste ni con qué socios uniría, si algún día se realizara, al Estado español. También para volver a acusar la presencia nacional en esas organizaciones de las que España forma parte sería adecuado recuperar la práctica de que gobierno y oposición estén unidos en lo fundamental para promover y fomentar las relaciones internacionales del Estado.

Aún queda en principio un año de legislatura. La gran manifestación de Madrid del sábado diez de marzo, aniversario del mayor atentado de la historia de Europa, ha estado seguida de la inauguración por los Reyes, del monumento conmemorativo de la más triste jornada de los últimos casi cuarenta años de la historia de España, las «torres gemelas» de Madrid.

En un sistema político democrático como el de España el poder reside en las Cortes Generales y, con la aprobación del Congreso de los Diputados, en el presidente del gobierno y su gabinete. En el Parlamento los votos se cuentan aritméticamente uno por uno. Pero políticamente no es así, y los grupos parlamentarios no son todos iguales: unos representan varios miles de electores y otros unos cuantos millones. Hay acuerdos y nombramientos que exigen dos tercios de los votos de cada una de las Cámaras, para otros es suficiente la mayoría absoluta o simple.

Eso es lo que dice la Constitución pero todo el mundo sabe y la experiencia demuestra que en las grandes cuestiones de Estado, para que España esté y se sienta formal y duraderamente comprometida es necesario que lo esté esa casi inmensa mayoría del Parlamento que forman juntos el partido que gobierna y el que en la próxima oportunidad electoral puede sustituirle y que, juntos, representan casi las tres cuartas partes de los votantes del país.

El templo del saber hacia la biblioteca digital universal

etds_img1.jpgRecibió el Premio Ensayo 2005 y aborda las consecuencias que tiene la revolución digital, algo sólo comparable a la invención de la imprenta. Sus autores, un filósofo y un físico, analizan el momento actual, caracterizado por el éxito de la ciencia, «que ha llegado a alcanzar una enorme influencia en el desarrollo de la autoconciencia moderna», y que es la base, en la mayor parte de las ocasiones, de la tecnología, lo que ha dado lugar a una transformación de la sociedad sin precedentes en la historia. Y todo ello considerando que, en el fondo, nos encontramos solamente en los albores de esta revolución.

Siguiendo a Robert K. Merton, se analizan las características de la ciencia y de los científicos en el momento presente, porque la ciencia, como cualquier otra actividad humana, tiene su sociología con sus propias características. El crecimiento, posiblemente desmesurado, de la información científica es algo típico de nuestros días. Desde 1670, se viene multiplicando por dos cada quince años. Todo ello plantea una gran dificultad, que es la de saber qué cantidad de esa información es auténticamente relevante. Siempre se necesitó organizar el conocimiento. Así surgieron los libros, las revistas y las bibliotecas. La tecnología digital ha cambiado los archivos, que, de mate riales, se han transformado en lógicos. Todo ello nos conduce a reflexionar sobre las relaciones entre la ciencia y la política. Antes, inclusive en el siglo XIX, que está a la vuelta de la esquina, un científico solo en su casa o en su laboratorio, podía trabajar, investigar y encontrar nuevos hechos o nuevas leyes. Hoy, esto es prácticamente imposible. La ciencia, mejor dicho las ciencias, necesitan aparatos, fuentes de información, empleados, en suma, una organización que sólo pueden financiar grandes empresas o el mismo Estado. De ahí que haya surgido la política científica como una nueva disciplina. «La ciencia contemporánea necesita de una política que defina, que los recursos que se emplean en su promoción estén bien dirigidos y correctamente administrados».

Además de ordenar el conocimiento, la vida moderna exige la divulgación de ese conocimiento, al menos entre los propios especialistas. Pero éstos son muchos. Esta misión la cumplen las revistas, que pueden pertenecer a universidades, a sociedades académicas, a editoriales universitarias y a editores comerciales, como es el caso de Elsevier. Y aquí se da el caso, aparentemente paradójico, no sólo de que el autor no cobre por publicar, sino que pague por publicar. Podemos llegar a una situación, ya intuida por algún escritor, que se pague por trabajar. Los marxistas no se dieron cuenta de nada de esto, por eso están completamente desterrados del pensamiento y de la vida contemporáneos. No se trata del precio del trabajo —la teoría de la plusvalía— sino del trabajo como valor en sí mismo, sin considerar, ni pensar, en su posible precio.

El último capítulo, que es el tercero, está dedicado a Popper. Fue un estudioso de las características básicas que definen el método científico, lo que él llamó «problema de la demarcación». La cuestión de los límites entre las distintas disciplinas no puede ser abordado como se ha hecho hasta ahora. El propio concepto de verdad científica está sometido a examen. Popper ha escrito que «la ciencia nunca persigue la ilusoria meta de que sus respuestas sean definitivas, ni siquiera probables; antes bien, su avance se encamina hacia una finalidad infinita (y, sin embargo, alcanzable): la de descubrir incesantemente problemas nuevos, más profundos y más generales, y de sujetar nuestras respuestas (siempre provisionales) a contrastaciones constantemente renovadas y cada vez más rigurosas».

En definitiva, nos encontramos ante un libro que plantea una serie de problemas que están ahí y de cuya solución depen de el porvenir, tal vez la existencia, de nuestra cultura, que está cimentada sobre el amor a la libertad y a la verdad.

Del simbolismo a la Hermenéutica, Paul Ricoeur

Este profesor universitario nos presenta el resultado de su tesis doctoral en filología hispánica sobre el pensador francés recientemente fallecido y sobre el que ya había publicado algunos artículos en revistas especializadas. La compleja trayectoria intelectual de Ricoeur encuentra mucho sentido para entender las implicaciones filosóficas de las ciencias del lenguaje y de la semiótica en particular.

Para ello el autor sintetiza en este trabajo el contenido de las principales obras de Ricoeur tratando de buscar el hilo conductor para comprender y concretar el legado de sus reflexiones sobre el lenguaje. En pocas páginas y de una manera concisa se nos explica cómo la rápida evolución del pensamiento intelectual durante el siglo XX y su capacidad para asimilar las distintas posturas filosóficas le llevan a «dejar de lado el existencialismo y el idealismo husserliano para abrazar la simbología primero, y, posteriormente la hermenéutica, como métodos más satisfactorios por los que comprender al hombre».

El estudio, con abundantes notas de referencia, se basa fundamentalmente en tres de las grandes obras de Ricoeur, Finitude et culpabilité (1960) La métaphore vive (1975) y Temps et Récit (1986), pero sin dejar de lado otros artículos y obras necesarios para alcanzar y contextuali zar el contenido que en ellas se explicita. Incluye una detallada bibliografía con las obras de Paul Ricoeur, una bibliografía general y otra específica sobre el autor estudiado.

El resultado es un acertado acercamiento al pensamiento del filósofo francés desde sus orígenes existencialistas y fenomenológicos hasta la hermenéutica filosófica y literaria, pasando por la simbología, el estudio del mito y los mundos de ficción. Sin dejar de ser un libro de filosofía, supone un marco necesario para acercarnos a la poética y a la retórica, al significado de la metáfora, al problema del tiempo en la narración o a la implicación del lector en la obra literaria. La evolución escalonada y cronológica de su pensamiento nos conduce a la hermenéutica para interpretar los textos, no tanto para encontrar un sentido inerme allí contenido, sino más bien para «desplegar la posibilidad de ser, puesto que me comprendo siendo, estando; y esta posibilidad se presenta por la lectura de la obra y la entrada en la intriga». Con esta síntesis del profesor Vela entendemos mejor que desde el principio Paul Ricoeur busca en el análisis del texto una forma de «comprenderse mejor aquí y ahora».

La política en el régimen de Franco entre 1957 y 1969. Proyectos, conflictos y luchas por el poder

lprf_img1.jpgPablo Hispán Iglesias de Usell ha escrito un libro muy bien articulado sobre la lucha por el poder en el régimen de Franco entre 1957 y 1969. Son unas páginas que nos permiten conocer, a partir de una excelente documentación inédita, los proyectos políticos y las luchas por el poder entre dos de los principales sectores de amigos políticos que se formaron en el régimen de Franco: los políticos de la Presidencia del Gobierno y los políticos de la Secretaría General del Movimiento.

Esta monografía comienza con un análisis de la crisis de gobierno de febrero de 1957 y con un estudio de las personalidades que se integraron en el nuevo Gobierno. El libro de Hispán pone de manifiesto, de un modo natural, cómo era casi imposible que los gobiernos del general Franco tuvieran una política de «gobierno». Lo que tendía a producirse era una acción personal de cada ministro que ni el Jefe del Estado, ni Luis Carrero, ministro subsecretario de la Presidencia, llegaban a coordinar en una política más coheren te. Franco solía actuar como árbitro. Si esta descoordinación podía llegar a originar incompatibilidades difíciles de superar.

Esas incompatibilidades se manifestaron especialmente en el modo de plantear la institucionalización del régimen y ante la posible decisión del general Franco de designar a su sucesor.

Los «proyectos» de los sucesivos gobiernos 1962, 1965 y finalmente la crisis que dio lugar al gobierno de octubre de 1969, reflejan claramente la historia de ese imposible político que fue el régimen de Franco. La negación de un pluralismo político, reconocido por la ley, impidió o limitó, a unos márgenes muy estrechos, la participación política en las instituciones que diseñaron Franco y un conjunto de ministros.

Le lectura de ese libro hace que uno se plantee: ¿por qué duró tantos años el régimen de Franco? No era pequeña la capacidad del régimen de incorporar a nuevas generaciones de profesionales, y los políticos que intentaban hacer un régimen más participativo habían visto agostarse sus ilusiones en 1967. La incondicional adhesión del Ejército y de numerosos políticos aseguraba la pervivencia del régimen. Pero, la ausencia de un verdadero debate de ideas, oculto en la lucha para ganar la confianza del general Franco o de Carrero, condicionó la vida política de muchos españoles y dejó desarbolada la posible acción política de una parte de la sociedad.

Sobrevivir después de Franco. Evolución y triunfo del reformismo 1964-1977

Sobrevivir después de Franco: Evolución y triunfo del reformismo, 1964-1977: Evolución Y Triunfo Del Reformismo, 1964-1977. Cristina Palomeras. Ed. Alianza. 2006. 400 págs.

El hecho histórico de la transición española ha despertado un considerable interés entre expertos y politólogos de todo el mundo. En determinados momentos aquella fase de nuestra historia ha sido citada como pauta o modelo a seguir en países que han experimentado situaciones parecidas: el dilema de un cambio de régimen político a través de la vía pacífica y el acuerdo entre las partes.

Tanto en la propia Europa como en Iberoamérica determinados países se vieron en la necesidad de sustituir viejos sistemas, dictatoriales o autoritarios, por democracias parlamentarias con partidos políticos. El modelo español, contemplado desde la superficie y a juzgar por la eficacia de los resultados obtenidos, parecería, en principio, sencillo y fácil de trasladar a otras realidades políticas, más o menos, similares.

Sin embargo, esa percepción simplista puede resultar engañosa teniendo en cuenta la extrema complejidad de una realidad en la que los aspectos sociales, económicos, políticos y culturales se interferían en línea discontinua y muchas veces contradictoria. Todo ello sin valorar la gran influencia ejercida por los elementos humanos, de carácter personal, que desempeñaron un decisivo papel tanto en la gestación y desarrollo del proceso como en su desenlace final.

Ese «factor humano», que era imprevisible, no ha sido considerado en toda su importancia por algunos de los numerosos historiadores, extranjeros y españoles, que se han ocupado de estudiar el fenómeno. En todo caso, es verdad que a la muerte del general Franco en noviembre de 1975, los acontecimientos se precipitan con tal rapidez que plantearon en muchas ocasiones compromisos difíciles de resolver a las personas más directamente implicadas en el proceso, que fueron bastantes, en los diversos grados de responsabilidad y ámbitos de actuación.

En definitiva, nos encontramos, con el paso de los años, ante una ingente masa documental que, según la fuente y procedencia, admite diversas lecturas e interpretaciones. La verdad es que sólo algunos de los protagonistas que vivieron de cerca los acontecimientos estarían en condiciones de interpretar adecuadamente lo ocurrido aquellos años. A ellos, algunos ya desaparecidos, les correspondería enlazar los hilos del tejido que hizo posible confeccionar el modelo de la transición, vestidura que permitió a España superar una de las etapas más complicadas de su larga y ajetreada historia.

Numerosos investigadores han estudiado los hechos en profundidad sobre sólidas bases documentales. A través de ellas disponemos de los textos facilitados por organismos oficiales, declaraciones de representantes políticos y, de modo especial, de las informaciones y comentarios de los medios de la prensa. En aquellos momentos, a falta de recursos informáticos, los periódicos se ocuparon con amplitud de informar, analizar y elaborar ante la opinión pública su versión de los acontecimientos.

Esos recursos han sido utilizados con buen criterio general por la investigadora Cristina Palomares, doctora en Historia por la London School of Economics and Political Science.

El libro, publicado en Gran Bretaña el año 2004, ha sido traducido para la actual versión española. Se trata de un aspecto que debemos considerar, teniendo en cuenta que el estudio iba dirigido, en principio, al público británico, no muy versado en el conocimiento del rumbo seguido por la transición. La autora se detiene en aspectos bien conocidos en España que, sin embargo, son necesarios aclarar al lector extranjero.

Con acierto, se estudian las diversas fases del régimen del general Franco. Se presta especial atención a los años sesenta, al atribuir el despegue económico a los expertos que, en torno a la Comisaría del Plan de Desarrollo y al amparo del almirante Carrero Blanco, liberalizan la economía española y provocan así una profunda transformación en la mentalidad y aspiraciones políticas de la sociedad.

Los más avispados dirigentes del régimen perciben el cambio y adoptan, según las circunstancias, diversas posturas ante la cada vez más urgente necesidad del cambio. C o m o anota Cristina Palomares, desde el ámbito del poder, Manuel Fraga aparece como el más destacado promotor de las reformas. Quedan consignados, además, las siglas, cometidos, actividades y fines de los muy numerosos grupos, asociaciones o «Plataformas» que surgen en esos años y se multiplican a partir de la proclamación del Rey don Juan Carlos, decidido impulsor de las libertades democráticas al amparo de la Monarquía Constitucional.

Esta es la misión que el Rey encomienda al nuevo presidente Adolfo Suárez en julio de 1976, que culmina de forma brillante con la aprobación de la Ley de Reforma Política en referéndum (diciembre de ese mismo año) y anuncio de elecciones generales para 1977 con participación de los partidos políticos.

Sobre la frialdad de datos y fechas, sobradamente conocidos, se echa en falta la valoración matizada que hubiera permitido establecer diferencias entre las actitudes de unos y otros. A veces, se olvida que la reforma, promovida por la Corona y gestionada por Adolfo Suárez, fue combatida duramente por todos los sectores de la izquierda, partidarios de una ruptura, incluso violenta.

El consenso fue el arma milagrosa que hizo posible el acuerdo entre las partes y abrió paso al régimen constitucional. En un trabajo de estas características, hubiera sido interesante indagar las razones que movieron las conductas y marcaron así el rumbo de unos acontecimientos que no llegan a entenderse correctamente. Es una tarea, pendiente, sin duda, arriesgada y difícil, aunque merecedora de un esfuerzo esclarecedor que sirviera como ejemplo para afrontar las crisis actuales que afectan al presente y futuro de la sociedad española del siglo XXI.

El prólogo de Paul Preston no aporta elementos que faciliten la correcta interpretación de los episodios cruciales de la transición. Se trata de un historiador que no se distingue por su objetividad, capaz de distribuir juicios y condenas de acuerdo con prejuicios carentes de fundamento científico. Como no podía ser menos, la extensa obra del «hispanista» británico recibe el apoyo de amplios sectores intelectuales de izquierda, que le han encomendado la tarea de explicar a los españoles de hoy las verdaderas claves de la transición de ayer.

Por Europa

pe_img1.jpgRobert Schuman, personaje poco conocido en España, fue uno de los principales arquitectos del actual proyecto de integración europea, una construcción política a cuyo cobijo los europeos de ayer reencontraron la paz y la prosperidad que los europeos de hoy disfrutamos quizá algo inconscientemente.

La paz llegó a Europa tras una amarga lucha, un drama existencial en tres actos. El primero, que podríamos titular «La liberación de Europa», se desarrolló en un escenario de sangre y horror; en este acto, Gran Bretaña, liderada por el coraje de Sir Winston Churchill, rescató a los europeos del abismo nazi. En el segundo, «La convalecencia de Europa», la ayuda del pueblo norteamericano, encauzada a través del Plan Marshall, permitió a los europeos recuperarse de la miseria material causada por la guerra y escapar así del peligro comunista.

Pero defender Europa no significaba, sin embargo, construirla, el bienestar no era suficiente para hacer cicatrizar la profunda herida espiritual causada por el odio entre europeos. Para enderezar la historia europea era preciso un tercer acto, «La construcción de Europa», que comenzó el 9 de mayo de 1950 con un breve discurso del entonces ministro de Exteriores de Francia, Robert Schuman.

La paz alcanzada al alto precio de una guerra fratricida sólo se consolidaría mediante la acción responsable, solidaria y creativa de todos los europeos. Sin falsos entusiasmos o suspicaces desconfianzas era preciso ir más allá de la contemplación teórica de la libertad. La libertad recuperada tendría que emplearse constructivamente, su disfrute exigía su ejercicio responsable, un reto que sólo asustaría, como solía decir Schuman, a aquellos que hubieran perdido la costumbre de utilizarla.

Poco a poco, paso a paso, con el objetivo de conjurar el peligro de la guerra y alcanzar un mayor nivel de dignidad material y espiritual, los europeos, mediante pequeños esfuerzos creadores deberían ser capaces de llevar a cabo tareas en común, proponiéndose fines a los que se comprometerían solidariamente.

Sin imponer sus políticas, Robert Schuman marcaba el camino. Heredero de la auténtica tradición política de Europa que se deleita en la construcción de la res publica sobre los cimientos de la libertad levantó una nueva comunidad europea apoyándose en el consentimiento razonable de todos y no en la mera fuerza de las mayorías. Sabía bien que el realismo democrático exige, para no caer en la pasividad o en el cinismo, una diligente esperanza, y supo proponer, una y otra vez, con flexible disciplina y con voluntad de servicio, nuevas metas. La democracia era para Schuman una creación continua que se sabe siempre perfectible, la mejor de las formas políticas si se contempla desde el optimismo antropológico que fundamenta la cultura europea.

Pero para llevar a cabo la colosal tarea de reconstruir la convivencia, un hombre solo no es bastante, por excepcional que sea. Schuman contó con el apoyo de un gran equipo humano. Esto le distinguió de otros líderes de la historia de Europa que fracasaron simplemente por estar demasiado solos.

La unidad de Europa no hubiera sido posible sin el apoyo del canciller alemán, Konrad Adenauer, sin la compañía de De Gasperi, o sin el trabajo infatigable del equipo reunido por Jean Monnet en el número 18 de la rue Martignac. El trabajo conjunto de estos políticos superó los límites del pensamiento teórico, les fue otorgado el don de la construcción, de la recreación de la realidad. Bajo su liderazgo los pueblos de Europa recrearon una comunidad, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, seguida poco después por la Comunidad Europea de la Energía Atómica y la Comunidad Económica Europea. La grandeza de estas construcciones debe medirse por sus resultados, gracias a ellas los europeos disfrutamos de la paz más duradera desde los lejanos tiempos de las guerras de religión.

Quizá los pasajes heroicos de la guerra o los dramas y tensiones de la posguerra oculten el trabajo, a veces gris, de estos políticos. La exquisita prudencia y la deliciosa sencillez del relato de Schuman revelarán al lector atento la grandeza de su obra y el secreto de su solidez. La primera piedra de la nueva Europa no estaba hecha de aquel frágil compuesto formado por el equilibrio de poderes, producto del rencor o el miedo, a lo más, de la efímera firmeza del olvido, Europa fue reconstruida con el consistente material de una profunda reforma moral.

Al sereno ritmo de sus recuerdos profundizaremos en el hondo espíritu de un proyecto político, palpando el denso material del que están fabricados los sueños de los europeos. Descubriremos el alma de Europa, su nobleza espiritual, fundamento de su conciencia común. Contemplaremos el corazón espiritual de la fortaleza europea, donde el enemigo suele plantear sus ataques más incisivos, unas veces al amparo del silencio y la oscuridad de la noche, otras, confundiendo nuestros sentidos con falsos tambores de guerra, distrayendo nuestras fuerzas hacia falsas emboscadas.

La voz templada de Schuman señala lo importante, orientando en las pequeñas y no tan pequeñas escaramuzas en las que Europa sigue jugándose su verdadera existencia, muy distinta a la de una Europa económica, reducida a las preocupaciones materiales. Una concepción mezquina que, por otro lado, será incapaz de resistir el asalto de los fanatismos de todo tipo.

La publicación por primera vez en castellano de estas memorias por el Instituto Universitario de Estudios Europeos de la Universidad CEU San Pablo, en colaboración con Ediciones Encuentro, quizá pueda servir de ayuda a aquellos que tengan que asumir el liderazgo político del actual momento constitucional de la Unión Europea. Al mismo tiempo, al acercarnos a una época de la historia que nos pertenece como europeos pero en la que los españoles no fuimos protagonistas nos ayudará a fundamentar nuestro reconocido sentimiento europeísta, ya que se quiere más lo que mejor se conoce.

La canción de los misioneros

Finalizadas, en la década de los años noventa del siglo pasado, las tensiones entre los dos bloques, capitalista y comunista, el tema de las novelas de espionaje parecía haber llegado a su fin. Sin embargo, John Le Carré que, junto a lan Fleming y Frederick Forsyte, fue uno de los más destacados representantes del género, ha mantenido su fidelidad hacia las intrigas de los Servicios Secretos, a los que suele fustigar con energía y decisión como ocurre en su último relato.

La acción se traslada al África Central, el antiguo Congo belga, agitado por oscuros intereses económicos de grandes empresas que aspiran a ejercer su dominio en unas tierras todavía inexploradas. Protagoniza la intriga Bruno Salvador un joven y bienintencionado mulato, oriundo de aquella región y residente en Londres, que ejerce de traductor en lenguas africanas.

Salvador, decidido a servir a la patria de adopción, presta sus servicios al departamento de Inteligencia británico y recibe con orgullo el encargo de participar en una arriesgada misión de espionaje, con peligro para su vida. Se trataba, en definitiva, de llegar a un pacto definitivo entre grupos congoleños rivales, que garantizara definitivamente la paz y el desarrollo en la zona.

Cuando las gestiones parecían orientadas en sentido favorable, surgen graves inconvenientes que hacen prever el fracaso de las negociaciones. Bruno se ve implicado, sin quererlo, en los turbios manejos tanto de los agentes ingleses como de los gestores de multinacionales sin escrúpulos y de políticos corruptos.

A través de las confidencias de los personajes quedan al descubierto las razones que mueven crueles guerras entre las etnias africanas, la miseria de los pueblos bajo dominio de reyezuelos ambiciosos y el egoísmo de las grandes potencias, dispuestas a intervenir sólo en defensa de sus intereses económicos.

De modo paralelo, se desarrolla la trama argumental, densa y minuciosa en los detalles, que refleja el mundo sórdido y deshumanizado del espionaje, que rodea a los protagonistas en un clima misterioso y, en ocasiones, cruel.

En el lado opuesto, Bruno Salvador representa la imagen del buen africano, víctima inocente de ciertas decisiones que se toman al margen de sus intereses. Dentro de este clima, el proyectado acuerdo entre facciones opuestas resulta ser, pura y simplemente, la tapadera de un fraude, que el joven traductor acaba por descubrir y se niega a secundar.

Pone el asunto en conocimiento de los estamentos superiores para descubrir que, también ellos, aparecen implicados en la conspiración. Tras sufrir acusaciones de traición y padecer cárcel y malos tratos, decide, finalmente, asentar su vida en África y crear allí su nueva familia, lejos de una civilización que, bajo capa de libertad y democracia esconde el feo rostro de la hipocresía y la falsedad .

Historias de Pekín

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A mediados del siglo XX China vivió el paulatino acomodamiento del comunismo en el poder. Son los años en que empieza a asomar la «nueva China », encaramándose sobre los símbolos de la «vieja China» y obligándola a empequeñecerse, a esconderse y, finalmente, a desaparecer.

El norteamericano David Kidd llegó a Pekín a finales de 1946, recién licenciado y con la intención de estudiar poesía china y enseñar inglés en la Universidad de Yenching, y permaneció allí hasta 1950.

En Historias de Pekín, versión revisada de All the Emperor’s Horses (1960), el autor atesora los recuerdos de esos años turbulentos, contemplados desde la privilegiada atalaya que le proporciona su matrimonio con la hija de una antigua familia de la aristocracia china.

Kidd, que años después se convertiría en un reputado coleccionista de arte oriental, rescata del olvido, una a una, estas anécdotas —el triste fin de las piedras vivientes, una fiesta de disfraces a la luz inquietante de la luna, el leve olor a sándalo y jazmín de una dama de buena familia, la sabiduría ancestral de Tía Qin o la nueva sabiduría de Hermana Mayor— con la misma delicadeza que si se tratase de antiguas porcelanas, y las almacena en anaqueles de rótulos genéricos y desconcertantes: «dragones, bebés rosados y asuntos consulares» o «cuadros, cocineros y criminales».

Ciertamente, parecen presagiar un cajón de sastre, pero en su lugar el lector encuentra una narración fluida y cronológica, amena, sin pretensiones de objetividad y sin sentimentalismo, con la suave pátina de añoranza que tiñe sin excepción los recuerdos de aquello que fue y ha dejado de ser.

Porque de eso se trata: de relatar los últimos vestigios de una cultura milenaria, reflejados en la suerte que corren una mansión en decadencia y la familia que la habita.

Los Yu y el propio autor son en estas páginas meros actores, responsables de transmitir, con sus historias agridulces, el punto de giro en el destino de Pekín, la ciudad del eterno resplandor.