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Ver productosCuentan de un productor de televisión de San Diego (California) que después de recobrarse del primer amago de infarto le dijo a su secretaria (que le sostenía en sus brazos): «Acabo de ver pasar, justo ahora, toda mi vida delante de mi». «¿Como en una película?», le dijo la secretaria. «No, querida, como en una serie, con cada una de mis tres ex mujeres intentando librarse del protagonista al final de la primera, la segunda y la tercera temporada».
No sabemos qué misteriosa conexión hay entre la aparición o el resurgimiento de una forma estética o creativa particular en una época o cultura y la forma en que se interpreta la vida humana en esa misma época o cultura. Sabemos que el éxito del teatro en los siglos XVI y XVII y del retrato en los siglos XVII y XVIII tienen que ver con la forma en que se entendía la vida humana, como un drama en un caso, y como el producto de la subjetividad individual en otro. En el siglo XX se puede intuir que el cine ha tenido una extensión y un desarrollo creciente con la conciencia de la propia narratividad de la vida humana y como algo que le pasa a un yo profundo, con personalidad, que es el protagonista de la misma. Pero el fenómeno creativo que ha ganado en extensión y éxito en los últimos cincuenta años es realmente la televisión. Y, desde luego, no sabemos a qué tipo de imagen de la vida humana puede asociarse. De lo que sí nos da una pista el productor de televisión de la anécdota es de que es una imagen de algo bastante complejo, quizá una imagen de la vida humana como algo que tiene episodios pilotos, distintas temporadas, reposiciones y personajes que aparecen y desaparecen, y una voz en off intermitente que da continuidad a toda la emisión, algo tan complejo como la forma creativa en que se ha convertido la televisión.
La televisión es una forma creativa que, al contrario que el teatro, la pintura o el cine, ningún suplemento cultural de ningún periódico nacional de este país incluye entre sus secciones, la sección de televisión está en otro lado. Todos incluyen lo que en el siglo XIX se conoce bajo la etiqueta de Arte y Cultura, etiqueta que resume o recoge las prácticas de creatividad y aprendizaje (música, literatura o pintura) que entonces pasan a ser conjuntamente un ámbito separado de actividad humana y a la larga algo especial.
La televisión empezó siendo un dispositivo de ocio (realmente nunca ha sido un mero medio de comunicación). Sin embargo, podría ser que la televisión como fenómeno se parezca cada vez más a una de esas prácticas mencionadas y mucho más distinguidas. El aspecto de la televisión que quizás se podría parecer más y de modo más generalizado a esas prácticas es el consumo de la televisión, lo que llamamos «ver la tele», la actividad de llegar a casa y ponernos a ver la televisión y el contexto que rodea a esta actividad. Ver la televisión puede describirse como una práctica de creatividad y aprendizaje familiar o doméstica, una práctica familiar compleja como «preparar una cena para unos amigos» o «ir al parque temático».
Quizás sea incluso más compleja que otras prácticas, porque lo que ahora puede permitir separar la actividad de «ver la tele» como una práctica humana rica con un sentido específico son los grandes cambios que se han realizado poco a poco, quizás tan sólo en los últimos años, en la propia industria, en el modo en que se hace. Y estos cambios han hecho de la televisión un fenómeno complejo, más difícil de llevar a cabo para la industria, pero mucho más rico para los consumidores.
Las nuevas formas de programación tienen cada vez más como referencia principal la planificación con sentido de grandes periodos de tiempo (que se corresponden con hábitos de consumo de grupos concretos) que la sola rejük diaria, rellenada en vertical y de modo aislado conforme a un horario común a toda la audiencia (la dispersión de formas de vida y de hábitos de ocio y trabajo harán al Prime Time menos Prime). A su vez esto está sostenido por las nuevas formas de promoción interna o de continuidad, que van más allá del mero avance de la programación y se acercan más a la creación de estéticas peculiares, ambientación insólita de los bloques de programación, formas gráficas divertidas, y a la disolución entre las fronteras de publicidad y autopromoción (Cuatro, por ejemplo ha llevado al ámbito de la televisión en abierto todo estos procedimientos de una manera sistemática).
Tan complejos se están haciendo estos dos ámbitos -contenidos de programación y la promoción interna de los mismos en el propio canal de televisión- que han llegado a imbricarse e integrarse perfectamente. Telecinco, por ejemplo, es paradigmático en esto, hasta el punto de que exagerando podría hablarse de toda la emisión como un solo programa con pequeños huecos para la publicidad o contenidos más aislados como películas y series.
A su vez la televisión ha empezado a establecer comunicación con sus consumidores más allá del propio canal dada la fuerte competencia en los sectores de televisión en abierto y de pago. Ya son estratégicas para todas las televisiones sin excepción las formas de promoción externa (publicidad) o canales de comunicación como la tecnología móvil o Internet -viendo sobre todo la necesidad de establecer vínculos más cercanos promoviendo la interactividad e incrementando la lealtad de los consumidores-. Esta actividad se cruza además con los contenidos y con las formas de promoción del propio programa: ¿Qué programa no cuenta ya con su sección de lectura de correos electrónicos y de SMS impresos en pantalla? ¿Qué reality show no tiene su sección en la web?
Todo esto ha hecho de la televisión algo más que meros contenidos para consumir de modo evasivo, pasiva e indiscriminadamente. Y ha hecho que sea un fenómeno mucho más complejo, que «ver la televisión» sea una actividad más complicada, pero con más posibilidades a la vez.
Es casi un lugar común filosófico al hablar de actividad humana diferenciada y con sentido específico, manejar el concepto de práctica. Lo lanzó a principios de los ochenta Alasdair McIntyre, en Tras la virtud (1981), basándose en gran parte en Aristóteles. Muchos de los ejemplos que pone son precisamente esas prácticas de creatividad y aprendizaje que normalmente son las que se incluyen en los suplementos culturales: las artes y todo eso.
Alasdair McIntyre define práctica como una actividad cooperativa, con dimensión social, con un sentido específico que tiene sus reglas, lenguaje y modelos propios. Una actividad que conlleva un aprendizaje o la adquisición continua de una pericia y un acercamiento progresivo a modelos de excelencia que son los que se siguen para aprenderla. Esta idea de práctica incluye grandes conjuntos de actividad humana como «agricultura» o «las artes» y actividades humanas específicas como el «ajedrez» o el «fútbol» (ejemplos de McIntyre).
Lo que distingue a una práctica como tal es, además, que posee bienes internos, o sea con ella se persigue un fin, un bien, que sólo se puede obtener participando en esta práctica y que además -en un segundo sentido de bien interno o inherente- sólo puede reconocerse e identificarse cuando se toma parte en ella. Prácticas como la interpretación de un instrumento musical o la afición al buen vino dan una idea inmediata del tipo de bienes específicos e internos a las propias prácticas. En estos ejemplos bienes puramente externos (colaterales se podría decir) serían el entretenimiento o un buen estado de ánimo, mientras que el logro de una interpretación correcta o imaginativa y el disfrute de docenas de sabores inéditos pueden ser una descripción (aunque pobre) de los bienes internos a ellas.
Hay otros dos aspectos que resultan esenciales en la definición de McIntyre de práctica. Por una parte, toda práctica tiene modelos de excelencia, de buena y mala práctica y, por otra, exige obediencia a reglas. Adquirir pericia en una práctica requiere seguir tanto un conjunto mínimo de reglas, como seguir e imitar modelos de excelencia en la misma. Esto puede verse muy bien en las prácticas artísticas o en juegos complejos como el ajedrez.
Los bienes internos son el resultado de competir en excelencia (ser mejor jugador, mejor pintor o la modista más exigente). Pero además «es típico de ellos que su logro es un bien para toda la comunidad que participa en la práctica» (McIntyre). El logro de los peritos en una práctica ensancha las posibilidades de los demás practicantes, piénsese en el invento de una nueva estrategia en un deporte, una nueva técnica pictórica o el hallazgo de un nuevo estilo musical.
Ver la televisión, la actividad doméstica, diaria, de «estar viendo la tele» o «seguir una serie en la tele» puede asociarse a este tipo específico de prácticas humanas. Es una actividad que comúnmente desarrollamos de forma cooperativa: pactamos los programas que vemos con los que compartimos la televisión, comentamos las peripecias de nuestros personajes favoritos en casa o en el trabajo, participamos en un concurso convocado en televisión del que nos han informado en el colegio durante el recreo, en Internet o una revista, y ajustamos algunos horarios de la semana para no perdernos el comienzo de la segunda temporada de una serie, una entrevista largo tiempo esperada o el final de nuestro reality show favorito.
Cuando participamos de una tarde de espías en un canal especializado en acción, cuando castigamos a la mala de la serie enviando mensajes SMS en una votación sobre los personajes de nuestro drama de sobremesa y cuando procuramos no perdernos una entrevista a la actriz que representa a la buena («¿cómo me sorprenderá para no aparecer en plató como lo hace en la serie?, ¿será igual de patosa hablando?, ¿llevará él las mismas camisas cuidadosamente desarrugadas que lleva en el hospital de la serie?») estamos participando de una experiencia específica que va más allá del bien externo de ocupar nuestro tiempo de ocio.
Sabemos que todo eso está ahí porque hemos aprendido a dominar con maestría e interpretar la cantidad de mensajes complejos que nos envían los canales de televisión a través de una continuidad (una ambientación del canal) cada vez más creativa, porque nos hemos dejado cautivar por la cuidada estética que cada canal emplea para defender todos sus contenidos y porque no renunciamos a participar en un evento del cual mañana podremos cotillear a gusto en clase, en el ascensor mientras llega al piso de nuestro despacho o sentados en la caja mientras abren las puertas del supermercado. La gratificación compartida que obtenemos de disfrutar en casa al ver el final del show donde por fin desaparece ese participante especialmente antipático, o al ver cómo mis amigas coinciden en que no fue la del pelo rubio sino la otra, la china, la que traicionó al abogado guapísimo al final del episodio es algo específico de «ver la televisión» y desde luego no es reductible a otro tipo de experiencia compartida. Y la habilidad -también compartida- con la que sabemos manejar y controlar estas experiencias, con la que la audiencia entiende todas las propuestas de cada canal, se hace más y más grande a medida que la compartimos (¿pero no te diste cuenta de que este episodio lo han vuelto a poner porque al presidente de la serie le pasa lo mismo que al nuestro?; si saltas de canal cuando termine el telediario vuelves a coger los deportes aquí en este otro canal y además el telecupón; ¿es que no has visto el último anuncio de BMW?).
Pero además una práctica humana lo es cuando tiene modelos de excelencia que definen en parte a esa práctica, que son la meta o el logro para la cual uno la pone en marcha o intenta participar en ella. La gente, la audiencia que consigue hacer una experiencia rica y emocionante de la televisión que ve, establece estos modelos. En otras prácticas humanas las que pone como ejemplo Alasdair McIntyre, como un deporte o el ajedrez estos modelos de excelencia son reconocidos públicamente y se pueden poner como ejemplo. Quizás en «ver la tele» un fenómeno más reciente, más doméstico, sea difícil encontrar uno (después de todo no hay sección de televisión en los suplementos culturales) pero sí que todos sabemos recurrir a alguien que nos puede poner al día de cuál es la último programa realmente divertido, dónde seguir con más precisión la temporada de fútbol o de explicarnos un anuncio que realmente no entendimos a pesar de haberlo visto dos veces. Y desde luego siempre está la posibilidad de acudir a un foro en Internet.
Quizás se pueda entender mejor así el fenómeno de la televisión -ver la televisión es una práctica humana compleja-, e incluso una práctica familiar compleja- que hablando sobre ella como un mero dispositivo de ocio domestico. Ni está en competencia con otros dispositivos de ocio ni cumple una función vicaria, a falta de o sustituyendo otros medios mucho más adecuados. Se puede entender mejor como algo que tiene cierta afinidad con los tipos de pericia creativa, de habilidad estética, con las que asociamos las artes, o actividades (más distinguidas) como saber de cine o escuchar ópera.
Ahora bien, la televisión es una práctica humana que se puede desarrollar mejor en un sentido mucho más profundo. Hay otro nivel en el que se puede buscar la excelencia de las experiencias ricas que tenemos cuando vemos la televisión. Roger Scruton (The Aesthetic Understanding. Essays in the Philosophy of Art and Culture, 1983; An Intelligent Persons Guide to Modern Culture, 1998), siguiendo a S.T. Coleridge, distingue entre fantasía e imaginación, no tanto como capacidades distintas, del modo en que lo entendían los románticos sino más bien como usos distintos de nuestra capacidad de imaginar. Un contenido o una práctica estética es enriquecedora cuando nos lleva a poner en movimiento la imaginación y no la fantasía. La fantasía nos lleva a consumir contenidos para producir sustitutos de la realidad (la pornografía y determinadas formas de cómic o nuevas formas dramáticas, como los pases de modelos, por ejemplo, son una buena muestra de lo que demanda la fantasía). La imaginación, en cambio, nos ayuda a ajustar la realidad e interpretarla produciendo modelos o maquetas de la misma. Una buena novela, disfrutar de las impresionantes fotografías del National Geographic o de las historias inverosímiles que contamos en una noche de acampada son formas que fomentan y ponen a prueba la imaginación. No sustituimos la realidad, miramos posibilidades para la misma y ensayamos situaciones futuras -precisamente Alasdair McIntyre ha señalado recientemente en Dependent Rational Animals (1999) la importancia de esto para la educación, para el aprendizaje no ya de los bienes específicos de una práctica humana sino, más allá, de los bienes mayores que ordenan el conjunto de todas nuestras prácticas-.
Esto significa que el intento de aprovechar al máximo las posibilidades que nos ofrece la televisión, de llevar a cabo con excelencia la práctica de «ver la tele», implica una selección continua de aquello que seguimos y vemos en la televisión. No todo lo que podemos ver lo podemos disfrutar. No todo lo podemos llevar al mismo tipo de logro que es la experiencia rica y compartida de «ver la tele»: bien porque no se puede compartir (y hay contenidos en la televisión cuyo contenido es muy excluyente), bien porque son tan irrelevantes que quedan muy lejos de lo que realmente hacemos o bien porque no producen ninguna destreza sino al contrario invitan al entretenimiento mudo y estúpido. Precisamente es este tipo de entretenimiento el que no es televisivo, el que se consume fantaseando, sustituyendo las reglas que comúnmente rigen la realidad y que se pueden encontrar en otros soportes diferentes a la televisión, aunque no tan a mano. En cambio, podemos seleccionar en televisión con la pericia suficiente contenidos que nos gustan porque podemos ensayar, interpretar, jugar con ellos y aumentar el placer o la gratificación de verlos cuando los compartimos, poniendo a prueba la imaginación (y todas las formas estéticas que produce como el humor, la intriga, lo interesante) y de ver posibilidades para la realidad, y para nuestras vidas, o sea para el resto de prácticas humanas que la componen.
«Ver la tele» se insertaría dentro del conjunto amplio de prácticas humanas y lo que vemos y la manera en que lo vemos también se supedita a los bienes y logros de otras prácticas mucho más relevantes y a los bienes y logros mayores que jerarquizan el conjunto de todas nuestras prácticas cotidianas y el propio lugar que ocupa «ver la tele» en este conjunto. Pero resulta que este conjunto se ve enriquecido cuando hay este tipo de actividades imaginativas y cooperativas, prácticas de creatividad y aprendizaje nuevas y muy generalizadas, tanto que empezamos a entender nuestras vidas como llenas de episodios, segundas y terceras temporadas como la del productor de San Diego, programas especiales e incluso, fíjense, avances insólitos de programación: no se pierdan el próximo artículo de esta revista.
Hace ya más de veinte años, el periodista estadounidense Ken Auletta escribió su conocido libro Three blind mices, en el que contaba los desesperados intentos de las tres grandes cadenas de televisión de Estados Unidos (ABC, CBS y NBC) para hacer frente a la irremediable pérdida de audiencia que se les avecinaba por el crecimiento de los canales temáticos y los operadores de cable. La situación parecía catastrófica y muchos expertos apuntaban a un más que probable cambio de ciclo en televisión.
Dos décadas después el mercado televisivo ha cambiado de forma radical, aquellas predicciones se han cumplido, pero sólo en parte. Actualmente en Estados Unidos son cuatro las grandes cadenas nacionales, con la consolidación de Fox, pero siguen siendo líderes de audiencia. La fragmentación del mercado es una realidad -los operadores de cable tienen más audiencia que las cadenas generalistas-, pero ha afectado a todos por igual.
En la actualidad ningún operador de televisión tiene más del 15% del mercado, lejos del 25% que tenían por separado ABC, CBS y NBC, pero pese a la pérdida de diez puntos de cuota de pantalla siguen siendo el medio de comunicación con una audiencia mayor, lo que les permite mantener su capacidad para conseguir ingresos publicitarios.
La televisión en España se encuentra al borde de un proceso similar al que se ha vivido desde finales de los ochenta en Estados Unidos. La aparición de dos nuevos operadores analógicos en abierto (Cuatro y La Sexta) y los nuevos canales de televisión digital terrestre han introducido cambios que ya se dejan notar y que van a tener un efecto notable a medio plazo. Antena 3, Telecinco y Televisión Española cerraron 2004 con más de un 20% de cuota de pantalla cada una; dos años más tarde, sólo Telecinco supera esa barrera.
La fragmentación de la audiencia es un hecho y el futuro que espera a las grandes cadenas es compartir la audiencia y el mercado publicitario con un mayor número de operadores. La supervivencia pasa, inevitablemente, por saber adaptarse a este nuevo escenario y asumir la fuerte competencia de la mejor manera posible.
La mayor parte de esa nueva competencia proviene de la televisión digital terrestre (TDT). Esta nueva modalidad comenzó su andadura oficial en 2000 con el lanzamiento de Quiero y la aparición de Onda 6, una televisión autonómica privada de la Comunidad de Madrid que se convirtió en la primera TDT de Europa en emitir en abierto. Dos años más tarde, en 2002, se concedieron dos licencias nacionales de TDT: Net TV, liderado por Vocento, y Veo Televisión, con El Mundo y Recoletos al frente. Pero el arranque verdadero no tuvo lugar hasta el 30 de noviembre de 2005, cuando fue efectiva la nueva distribución de frecuencias y empezaron a emitir quince nuevos canales nacionales. Un simple vistazo nos permite concluir que los cinco primeros años de vida de la TDT sólo han visto fracasos o proyectos hibernados a la espera de tiempos mejores.
NUEVOS PROBLEMAS
Parecía que la situación iba a mejorar de forma definitiva a partir del 30 de noviembre de 2005, pero un año después no se puede afirmar con demasiado entusiasmo. Es verdad que se ha empezado a recorrer un camino que no tiene vuelta atrás; sin embargo, la televisión digital terrestre se encuentra actualmente en una encrucijada difícil. La aparición de este nuevo sistema de distribución de la señal no responde a una demanda del mercado, sino a una determinación de las autoridades. Esta nueva tecnología aporta ventajas innegables: mejor calidad en la señal de imagen y de audio, mayor número de canales disponibles y la posibilidad de acceder a servicios interactivos.
Pero el problema reside en que la TDT no aporta nada sustancialmente nuevo para el espectador en el campo de los contenidos, que es la parte central del negocio televisivo.
Todo nuevo medio que ha aparemejor manera posible. cido ha conseguido asentarse gracias a que ha contado con una diferencia radical respecto a otros competidores. La televisión aportó la imagen frente a la radio y luego, cada nueva cadena o sistema que ha ido surgiendo ha buscado ofrecer algo distinto a los demás. Esto se puede ver muy bien al seguir la evolución de los derechos de emisión de fútbol. Primero fueron las autonómicas, luego Canal+, posteriormente las plataformas de televisión por satélite, que popularizaron el pay per view, y por último La Sexta emite la Liga, como una fórmula para conseguir atraer a la audiencia a las nuevas cadenas.
Si nos preguntamos qué han aportado las nuevas cadenas de TDT a la oferta existente, la respuesta es bien sencilla: muy poco. Esto tiene una explicación muy clara. Las grandes cadenas (Televisión Española, Antena 3 y Telecinco) tienen poco interés en desarrollar la TDT, ya que la aparición de nuevos canales les afecta directamente con la previsible pérdida de cuota de mercado. Sólo dos nuevos operadores como Cuatro y La Sexta han hecho bajar varios puntos a La Primera y Antena 3 en un año, por lo que el efecto podría ser demoledor si se consolidaran veinte nuevos canales. Por lo tanto, los grandes operadores están haciendo todo lo posible por frenar el avance de la TDT.
Por el contrario, los nuevos operadores como Net TV o Veo, sí que están interesados en que se produzca la migración a la tecnología digital, pero no disponen de los recursos suficientes para hacerlo, por lo que se tienen que mantener a la expectativa de lo que hagan las cadenas nacionales.
En definitiva, la TDT se encuentra en una situación de círculo vicioso en la que no es capaz de generar contenidos atractivos para atraer a la audiencia, y el público no se aproxima a la TDT porque una vez que se ha pasado el empujón inicial de contar con más canales, se ha extendido la visión de que no aportan nada radicalmente nuevo.
De alguna forma, se puede pensar que el impulso de la TDT responde a un deseo de la Administración de liberar espacio radioeléctrico y adjudicar nuevas licencias para contentar a los diversos grupos de comunicación, más que a un intento de dinamizar e impulsar el sector televisivo.
EL «APAGÓN ANALÓGICO»
Con estas premisas se pueden entender mejor los primeros datos de audiencia que están disponibles. La fecha fijada para el «apagón analógico» es el 3 de abril de 2010; para ese día se supone que todos los españoles tienen que haber cambiado o adaptado su televisor.
En el mes de enero de 2007, había un 12,4% de espectadores que accedieron a la TDT, según los datos facilitados por Sofres. Esta cifra se incrementa en un 1% aproximadamente cada mes, lo que supone un ritmo insuficiente, ya que en los tres años que quedan hasta el apagón sólo se llegaría a la mitad de la población.
La situación se agrava si se tiene en cuenta el tiempo que los espectadores dedican a las cadenas digitales. En enero, después de un año de funcionamiento, sólo un 4,5% del tiempo que se dedicó a ver la televisión fue para la oferta de TDT, lo que pone más en duda la capacidad de hacer la transición al nuevo sistema.
A pesar de que el crecimiento en los meses precedentes ha sido importante, no se han cumplido las expectativas que estaban puestas en la campaña de navidad, en la que se esperaba que los receptores de TDT fueran uno de los regalos estrella. Con el ritmo de crecimiento que antes se ha mencionado parece difícil que se cumpla el plazo establecido y que realmente puedan apagarse las emisiones analógicas dentro de tres años.
Los propios operadores están frenando la expansión de sus emisiones digitales ante el alto coste que supone incrementar su cobertura por encima del 80% de la población al que llegan actualmente. Los compromisos que acordaron con la Administración les obligaba a superar el 95%, pero ya han comenzado los primeros movimientos para rebajar esa cifra y conseguir que se reduzcan los costes de transmisión de la señal.
Además de los problemas de cobertura hay otra serie de factores que juegan en contra de la TDT. Una de las grandes ventajas que puede suponer la televisión digital es la interactividad, pero ha estado totalmente bloqueada durante este primer año de vida por el tipo de receptores que se han vendido. En esta primera fase los fabricantes de equipos han vendido lo que se conoce como zappers, descodificadores que permiten ver los canales, pero que no cuentan con el equipamiento para acceder a los servicios interactivos.
En los primeros meses se han vendido los equipos más baratos y sencillos para favorecer la entrada del público a la TDT. El problema es que casi todos los hogares que cuentan ya con este tipo de descodificadores se quedan fuera de los futuros servicios interactivos, ya que parece poco probable que se cambie el descodificador por otro con mejores prestaciones, pero más caro. En cierta forma podemos decir que esa medida para favorecer la TDT ha terminado jugando en su contra.
Por último, existe un problema de adaptación de antenas, ya que a pesar de que la publicidad asegura que sólo es necesario comprar el descodificador para poder recibir la TDT, hay que pasar por otra operación y adaptar la antena comunitaria del edificio, que está suponiendo una barrera de entrada importante en muchos lugares, por la oposición de los vecinos a que se modifique o se toque nada.
FRAGMENTACIÓN DE LA AUDIENCIA
A pesar de todos los problemas que se han citado en las páginas anteriores, la TDT ha comenzado a asentarse y los cambios que va a introducir en el mercado de la televisión son irremediables. Algunos de ellos se pueden ver ya de forma clara si nos centramos en los hogares que disponen de TDT.
En este entorno, las grandes cadenas nacionales pierden varios puntos de cuota de pantalla en beneficio de las temáticas y las nuevas cadenas de TDT. En concreto, la más perjudicada es TVE, que pierde casi tres puntos de share, mientras que Antena 3 y Telecinco bajan aproximadamente un punto cada una. Por su parte, Cuatro se mantiene casi en el mismo nivel, igual que La 2.
Las grandes beneficiadas son las cadenas temáticas (suben más de cuatro puntos) y también La Sexta, que gana 1,2 puntos y supera en los hogares con TDT parte de las deficiencias de cobertura que tiene en el total del mercado.
Este análisis se puede concretar todavía más si sólo se tienen en cuenta qué ven los espectadores a través de la TDT. El orden de las cadenas es muy similar al del mercado general de la televisión, porque Telecinco, Antena 3 y TVE se mantienen como las cadenas más vistas. Telecinco baja unos dos puntos y es la cadena más vista del mercado TDT con un 18,5% de cuota de pantalla; en el caso de Antena 3 y TVE la caída es mucho más pronunciada, ya que consiguen un 12,7% y un 11,1% de cuota, respectivamente, en enero de 2007, mientras que las cadenas autonómicas rozan el 10% de share. Todas ellas presentan una pérdida superior a los cinco puntos de cuota de pantalla, es decir casi un 30% de su audiencia.
Por el contrario, las cadenas nuevas se ven beneficiadas, ya que Cuatro se mantiene en un 7,0%, casi sin pérdida y La Sexta sube a un 8,3%, con una ganancia de más de cinco puntos. Entre las cadenas nuevas de TDT, las más vistas son las dos ofertas de Antena 3 y Teledeporte, que en enero superan el 2% de cuota en el mercado TDT. Los once nuevos canales restantes suman un 10% de cuota.
A pesar de que las cifras hacen referencia a un universo muy pequeño (una audiencia media de 315.000 espectadores en enero) y con un margen de error bastante amplio, permite establecer algunas tendencias y comprobar que comienzan a hacerse realidad los pronósticos de los últimos años.
Las cadenas nacionales sufren una importante pérdida de audiencia en sus ofertas centrales, pero recuperan buena parte de esos espectadores en los canales que complementan su oferta. Telecinco agrupa entre sus tres canales a un 21,0% de la audiencia en enero, Antena 3 consigue un 18,1% y Televisión Española un 15,9%, sin incluir La 2.
En cierta forma es lógico que las año de vida por el tipo de regrandes cadenas no estén interesaceptores que se han vendido. das en hacer la transición al mercado digital porque eso les supone una pérdida de espectadores, pero también es verdad que son las que tienen más fuerza y mayores posibilidades para recuperar a esa audiencia a través de su oferta complementaria, algo que ya está sucediendo, aunque sea a una escala muy reducida.
Otro factor destacable es que los nuevos canales de la TDT están abriendo el mercado y ofreciendo nuevos contenidos para nuevos públicos; están asentando las bases para una nueva televisión, con más oferta y espacio para nuevos espectadores. El problema que tiene la oferta televisiva es que todas las cadenas se dirigen al mismo público, todas se pelean por los mismos espectadores y están descuidando a una gran parte de la población.
Quizás uno de los casos más claros sea la población juvenil, que es la menos afín a los contenidos actuales de la televisión y a los que más les cuesta encontrar contenidos que les gusten. Los niños comparten esta situación en algunos puntos, aunque se han trasladado en un porcentaje muy importante a los canales temáticos, donde sí son atendidos.
Cambiar esta tendencia es muy complicado, pero crear ofertas distintas para públicos diferentes con una marca y una imagen muy clara es la única manera para hacerse un hueco en el mercado a medio y largo plazo, frente a las cadenas generalistas. Para permitir que se consoliden estos nuevos canales es necesario hacer una apuesta con mucho tiempo y mucha paciencia, aguantando pérdidas económicas durante muchos años, algo que muy pocas empresas están dispuestas a hacer.
La televisión se ha consolidado como el medio de comunicación más influyente gracias a dos características: es un medio pasivo, que no requiere ningún esfuerzo por parte de la audiencia, y ofrece más público a los anunciantes que otros medios. Mientras se mantengan estas dos características, la televisión en general, y las grandes cadenas nacionales especialmente, mantendrán una situación muy similar a la actual; la pérdida de audiencia es inevitable, pero si mantiene la capacidad de ofrecer más audiencia a los espectadores que otros medios, conservará su estatus.
Cabe preguntarse si las cadenas -los ratones- están realmente ciegas o saben muy bien hacia dónde van. El futuro es incierto y traerá muchos cambios, aunque no serán los líderes del mercado los que los impondrán; los últimos años están llenos de ejemplos de empresas que han intentado adelantarse al futuro y han fracasado estrepitosamente, dando muestras de una ceguera considerable.
La única opción viable para las grandes cadenas es mantener sus fortalezas actuales y adaptarse progresivamente a los cambios: sin inmovilismos, pero sin cambios radicales.
Recientemente, el paisaje español se ha vuelto a pintar de elecciones y, en estos días previos a la cita con las urnas, los actos de propaganda se van intensificando, como suele ser lo habitual. La cartelería en las vallas y otros espacios públicos, los anuncios en la prensa y en la radio… compaginan el interés comercial y político de cada partido. De manera especial en estos momentos, los candidatos se lanzan a un trabajo agotador para multiplicar su presencia social a lo largo de actos, más o menos forzados que les permiten aparecer en los medios de comunicación. Los políticos parecen firmemente convencidos de que su presencia en los telediarios les va a garantizar unos buenos resultados electorales.
La prelación que se establece entre los jefes de campaña es la de que «cuanto más tiempo en pantalla, mejores resultados». De hecho, como se sabe, las juntas electorales (tanto la central como las autonómicas) distribuyen los espacios gratuitos de propaganda electoral en las radios y en las televisiones públicas, de acuerdo con el resultado de los comicios anteriores. El partido con más votos es el que tiene más cuota de pantalla y se lleva los mejores espacios, aquellos en los que la audiencia es potencialmente más alta.
De manera análoga, los servicios informativos suelen aplicar el mismo criterio a las distintas formaciones políticas, de tal modo que el vencedor de los anteriores comicios tendrá el «privilegio» de aparecer en primer o en último lugar dentro del bloque electoral y con más tiempo que nadie. Hay quienes sostienen que es mejor el primer puesto porque la audiencia todavía no se ha contaminado con lo que dicen otros y está más dispuesta a recibir el mensaje. Los que mantienen que es mejor el último puesto del bloque se basan en la teoría de la curva de la audiencia, según la cual, cuando un programa funciona, tiene más telespectadores cuando termina que cuando comienza.
REFORZAR CONVICCIONES
En cualquier caso, da la sensación de que unos y otros no aciertan, porque, en mi opinión, los informativos de televisión no están especialmente facultados para hacer que la audiencia cambie su forma de pensar y, en este caso, su forma de votar. Y el fenómeno es aplicable no sólo a la televisión electoral, sino al conjunto de las informaciones que aparecen en los telediarios.
Aunque pueda resultar paradójico, parece que se puede influir más en unos resultados electorales desde la ficción que desde los informativos porque prácticamente todo el mundo presume de tener su pensamiento blindado, de convicciones profundas y de haber pensado mucho las cosas. Nadie quiere reconocerse como un sujeto que cambia conforme sople el viento y, en los telediarios libres, los vientos deben soplar de muchas partes. Las convicciones no se arrancan de una persona porque un candidato tenga un minuto más de presencia en la pantalla que su inmediato rival. En todo caso, las convicciones se refuerzan con aquellas informaciones que se reciben: rechazo, desprecio, odio, indiferencia o identificación con unas siglas o con un personaje que, además, suele presentar el mundo dentro de esa lógica bipolar que parece que es la única que entiende el género humano: «lo mío está bien, es lo positivo y lo de los otros está mal, es lo negativo».
El discurso informativo de los políticos se suele mover en esos niveles básicos, ciertamente trivializados por la televisión, que es el medio más seguido por los electores -por el momento-. Tal como se ha puesto de manifiesto en varios estudios, las ideas, los principios que se transmiten durante las campañas electorales tienden a ser cada vez más simples, al tiempo que cada vez es más compleja la puesta en escena, los aspectos formales de la presencia de los candidatos en lo que, hasta ahora ha sido «la caja tonta» y ahora se ha convertido en «el plasma que se hace el tonto». Los gestores de las campañas no son ideólogos que velan por la pureza de los contenidos sino los que se presentan como «expertos» en el envoltorio, en la imagen. Los asesores de imagen son quienes establete las intervenciones, su orden, buscan la ropa más adecuada para cada ocasión y hasta preparan golpes de efecto en forma de chiste, descalificación o similar para que sus pupilos «queden bien».
Entiendo que esos esfuerzos tienen una recompensa muy corta: serán muy pocos los que, pensando votar otra opción política, se rían con la gracia de turno, mientras que los incondicionales seguirán riendo con cualquier cosa, aunque se le haya ocurrido al candidato mismo y no a su jefe de campaña.
EL PODER DEL FAMOSO
Otro nivel de influencia de la televisión -y del resto de medios en general- es el que se canaliza a través de personajes populares que no son políticos de profesión: gentes del mundo de la cultura, de los deportes, los espectáculos o esa legión de «famosos» que ocupan horas y horas del palimpsesto audiovisual con los llamados «programas del corazón». Una folclórica, un actor o cualquier bon vivant que, en el contexto de uno de estos programas, sin que parezca forzado, exprese su opción política, por ejemplo, posiblemente va a tener más influencia que si fuera un político profesional, porque se ha cambiado el plano del mensaje: ya no es un candidato hablando de política a convencidos, contrarios o indiferentes; ahora es una folclórica, casada, separada, arrinconada por la tragedia, triunfante, decadente… que tiene un público fiel en el que caben muchas ideologías.
Entre ese público seguidor lo que digan esos líderes forjados fuera de los partidos políticos, no dejará de tener interés porque vienen a transmitir parte de su forma de vida, de su trabajo, de sus patrones de conducta o de sus creencias íntimas. Es sabido que grandes marcas de ropa regalan sus productos a estos personajes porque su imagen es publicidad, de la misma manera que los presentadores de los telediarios se visten con lo que les dejan determinadas cadenas comerciales: habrá quienes les imiten y compren la misma marca.
El asunto es más complejo que el de la simple posición ante unas elecciones por parte de estos personajes. La sociedad los percibe como «punta de lanza» de lo que está de moda, se va a poner de moda, de lo atractivo, lo guay o expresión similar que se utilice. Los «famosos» suelen opinar acerca de muchas cuestiones vitales, aunque el intelectual reflexivo detecte que, en la mayoría de las ocasiones, esas manifestaciones no han pasado por sus cerebros previamente. Sus palabras sobre asuntos muy sesudos se mezclan con lo que presentan como hábitos suyos que dicen hacer «porque están de moda», son lo que se lleva. Ideas más o menos trascendentes expresadas así producen auténticas oleadas de imitadores, dispuestos a «normalizar» y hacer suyo, de su vida, aquello que han escuchado.
Un ejemplo reciente (y se pueden encontrar a cientos): en la víspera de la gala de los Oscars de Hollywood, el programa Gente de TVE (20-II-2007), emitía una larga entrevista con la actriz Penélope Cruz acerca de su carrera profesional, sus expectativas… y también sobre sus proyectos familiares. La actriz, a la que la audiencia reconoce un trabajo profesional pero también la identifica con los «novios» de renombre que ha tenido, manifestó que le gustaría casarse, tener un hijo «y adoptar algún otro». Una afirmación de este tipo, hecha por esta actriz es una semilla plantada en la legión de espectadores que, quizás, cuando se enfrenten a la posibilidad de convertirse en padres, estén dispuestos a hacer lo necesario para concebir al primer hijo, pero con la idea de que puede ser mucho esfuerzo traer al mundo a los siguientes por el mismo procedimiento. Posiciones ambiguas en el terreno sexual; ser muy creyente, pero de supersticiones, cambiar de pareja, tomar drogas, «pero las justas y para la ocasión», votar a una opción porque es la «progre»…, no hay que seguir con los ejemplos que se pueden escuchar entre estos personajes a los que, normalmente la cadena les ha pagado una cantidad importante para que revelen esas intimidades que hacen subir el share proporcionalmente a la popularidad de los entrevistados y al nivel de disparates que digan.
LAS PASIONES
En la misma línea que la de los personajes influyentes se encuentra la ficción. Pero puede resultar mucho más persuasiva, porque las ideas que es capaz de transmitir «no se notan» hasta que no están dentro del espectador. Me refiero a las teleseries, telefilmes, soap operas y largometrajes que emiten habitualmente las cadenas generalistas.
Cuando un comando de ETA acabó con la vida del almirante Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973, Televisión Española tenía previsto emitir Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli; un filme que se había estrenado apenas cinco años antes en las pantallas comerciales. La película fue levantada de la programación, no tanto porque se hubiera decretado luto nacional, como porque la pugna entre capuletos y montescos podía hacer revivir el secular enfrentamiento entre «las dos Españas». Tampoco hay que ser muy perspicaz para entender los motivos por los que la televisión pública de la Comunidad Autónoma Vasca viene emitiendo tantos largometrajes que hacen referencia a la situación de Irlanda, como los de Ken Loach (Hidden agenda), Jim Sheridan (In the name of the father) o Neil Jordan (Michael Collins). Parece inevitable buscar alguna relación.
A mi juicio, lo que ocurre con la ficción es que el envoltorio termina por imponer el contenido. La fuerza de la historia viene determinada por los conflictos que afectan a sus personajes y la manera en que lo hacen. A lo que conduce la tensión dramática es a dejar que el espectador se empape de la forma en que los personajes de la trama salen a flote o sucumben en las circunstancias que les rodean. Hablar de esto no es otra cosa que hablar de las pasiones humanas; pasiones que, como decían los clásicos, emparejan al héroe con el villano, porque todos somos sujetos de pasiones. El amor, la ira, el ansia de poder, la venganza, el miedo… son situaciones que cualquiera comprende porque las ha sufrido o las sufre o las sufrirá.
En El espíritu de la ópera. La exaltación de las pasiones humanas (Paidós, 2004, 222 págs.), Marie-France Castarède explica cómo la música y la voz se dirigen al inconsciente, pulsan la cuerda de nuestras nostalgias y nos transportan a la temprana infancia. Los protagonistas de la ópera, como los de la ficción cinematográfica resultan ser sujetos que se mueven por amor o por odio; por envidia, por codicia…, son personas que actúan haciendo gala de valor o de cobardía; son generosos o miserables; dan muestras de fortaleza o de flaqueza, les afecta la voluptuosidad o la demencia, la adulación o el olvido… Lo mismo que a cualquier otro ser humano. El espectador recibe las pasiones que se desarrollan en la pantalla con la «guardia baja», porque sabe que se trata de argumentos de ficción. En la medida en que la obra está bien hecha, en que el argumento está bien trabado y las pasiones afloran en él de manera convincente, el espectador sabrá identificarse y podrá sentir con unos o con otros o «como» unos o «como» otros.
PRESCINDIR DEL ERROR
En la ficción «es gratis» dar la idea de que un determinado hábito o comportamiento es de uso generalizado. Y esto es trascendental para quien, apasionado, recibe el mensaje: lo que ha terminado por meterse en el pensamiento resulta que es lo que parece que hace la mayoría o lo que hace un cualificado grupo que, socialmente, está bien visto. De esta manera se explica que para que una teleserie funcione bien de audiencia y, por tanto, de ingresos publicitarios, debe de tener en su reparto a un homosexual o a una lesbiana «de cuota» que proporcione el marchamo de modernismo o progresía necesarios.
Y es que la idea de que «la normalidad» se percibe a través de los medios parece cobrar más fuerza en nuestra sociedad desde que, en 1974, la socióloga Elisabeth Noelle-Neumann formulara su ya clásica teoría de La espiral del silencio, según la cual los individuos tienden a traicionar su propia cosmovisión para adherirse a la que se percibe como dominante en su entorno; es decir, se teme más al aislamiento social que al error. Y en este punto se cierra el bucle abierto con la ficción: las noticias que proporcionan los medios ya no van a ser aceptadas o rechazadas en la medida en que coinciden o no con lo que veníamos pensando, sino de acuerdo con lo que nos parece que es la opinión mayoritaria que, en cierto modo, se nos ha podido colar a través de la ficción. A partir de aquí, lo que no vaya en esa misma línea, dejará de interesar.
Cuando se tiene interés en influir realmente en una sociedad, la ficción y las noticias caminarán en la misma dirección, se combinarán las propuestas que se llevan a cabo desde los programas de ficción o no necesariamente informativos, con las noticias concretas de cada día. El espectador volverá a experimentar la misma sensación de aceptación o de rechazo ante lo que se le ofrece, pero de una manera menos libre.
EDUCAR LAS PASIONES
Como remedio para que el espectador responsable pueda salir de esta dinámica perversa el programa de actuación (más que de defensa) es claro: el ciudadano debe contraponer en su actividad diaria, no sólo en la profesional, a las persuasiones falsas otras verdaderas. Decir lo que se piensa con total libertad, por encima de temores al rechazo social, en el convencimiento de que hay más personas que piensan como uno y hasta necesitan de nuestro pronunciamiento valiente para no sentirse solas. Por lo que se refiere a los estragos de la ficción, se trata de educar las pasiones -lo que es propio del hombre virtuoso- para detectarlas en el momento en que aparecen. Podrá haber una identificación con los personajes, pero cribada por la razón que nos permite detectar en cada momento lo que es aceptable y lo que no lo es, por muy retorcido que sea el guionista.
En último lugar, creo que conviene fomentar el uso racional del aparato de televisión, en el que hay que ver sólo aquello que nos interesa para apagarlo después. Nadie concibe poner en marcha una lavadora o un horno microondas si no hay nada que lavar ni nada que calentar. Pues lo mismo ocurre con el consumo de televisión: no se entiende tener encendido el electrodoméstico si no hay nada que ver. Otro asunto -a veces muy difícil- es el de cómo el espectador conoce la oferta cada vez más atomizada que el medio ofrece, pero este tema excede ya los límites de esta reflexión.
Se cumplen treinta años desde que se editara por primera vez esta pequeña obra de Christopher Derrick (Ediciones Encuentro, 1982 y 1997) que incluye como subtítulo Una educación liberal como si la verdad contara para algo. No era idea original suya y por ello pide disculpas a su gran amigo E. F. Schumacher autor del libro Lo pequeño es hermoso: una economía como si la gente contase para algo. Este libro de Derrick es en realidad una carta de agradecimiento en la que recoge sus reflexiones sobre la educación liberal a partir de sus experiencias en el transcurso de una estancia en el Thomas Aquinas College de Calabasas, California, institución educativa ajena a las nuevas modas académicas y docentes de otros lugares.
El autor tiene claro qué significado debe tener el concepto «liberal» aplicado a la educación. No se trata de educar a través de la libertad sino de hacerlo para la libertad. El resultado de ello, según Derrick, será «alguien que no estará cualificado para ejercer una profesión específica. Pero, por otra parte, se le habrá estimulado a desarrollarse como persona de la manera más completa posible. Será alguien que leerá mucho, informado, sensible; apreciará el arte, entenderá algo del mundo, su historia y sus problemas; tendrá muchas simpatías y espíritu tolerante y, si surgiera cualquier cuestión pública o política, sabrá darle otra salida que la del simple prejuicio o interés particular. Tendrá cierta facilidad en las difíciles artes de leer, escribir y pensar: dispondrá de recursos internos y será alguien con quien valga la pena hablar».
Derrick protagoniza a su vez una de las vidas paralelas de las muchas que componen Escritores conversos, de Josep Pierce (Palabra, 2006), en el que se relatan minuciosamente aquellos años del renacimiento intelectual anglosajón que supo reflotar su cultura en momentos de barbarie como los vividos en el transcurso del siglo XX y, como su título indica, describe el transitar paulatino de muchos de aquellos intelectuales desde el protestantismo anglicano al catolicismo.
Una iniciativa como el Club Socrático de la Universidad de Oxford, presidido por C. S. Lewis, fue una muestra de la inquietud de los personajes de aquella época, un foro abierto a la discusión de objeciones intelectuales relacionadas con la religión y el cristianismo en particular.
Pero no fue la única, también existieron otras muchas, como La Espada del PEspíritu, de la que fue presidente Christopher Dawson que describía los fines de la asociación como «un regreso a los principios sobre los que se ha edificado la civilización occidental y nuestra propia vida nacional; y, por lo tanto, opuesta tanto a la deliberada apostasía del estado totalitario como al materialismo superficial de nuestra cultura secularizada».
Dentro de unos meses, quizá algún año, el debate en torno a los avances de la Unión Europea regresará de nuevo intentando hacerse un hueco entre tantas pugnas nacionales. Con los nuevos liderazgos consolidados, o por consolidar, nuestros orígenes volverán a ser motivo de discusión como lo fueron ya antes de los primeros referendos para la aprobación de la nueva Constitución europea. Y así, Los orígenes de Europa (Rialp, 2007), titulaba Christopher Dawson el libro en que recogía sus reflexiones sobre la unidad de algo más que un continente.
Dawson llegó a ser considerado una figura clave en el renacimiento intelectual católico, cuya influencia se extendió mucho más de lo que su fama de hoy en día podría sugerir. No en vano, su hija Christina recordaba que T. S. Eliot, otro de los protagonistas del libro de Pierce, «admiraba su obra y alguna vez afirmó que, en aquel momento, Dawson constituía la influencia intelectual más importante de Inglaterra».
El papel que ha desempeñado España en la historia de Europa y, a su vez, Castilla dentro de España, ha suscitado numerosas y encendidas polémicas en las que han tomado parten o sólo historiadores y cronistas sino también intelectuales, filósofos y escritores, sin que falten, cómo no, pensadores políticos. La cuestión permanece viva y no sólo en el ámbito doctrinal o teórico, sino que también están presentes en ciertos planteamientos de sectores nacionalistas, dispuestos a interpretar el pasado en función de sus aspiraciones presentes y futuras.
El análisis mesurado y sereno de la realidad histórica, es, tal vez, la mejor forma de acercarse al descubrimiento de la verdad. Este ha sido el criterio seguido por los coordinadores del presente volumen, Antonio Morales Moya y Mariano Esteban Vega, catedráticos en las universidades Carlos III, de Madrid, y de Salamanca, al reunir diversos estudios elaborados por un grupo de historiadores españoles y franceses.
Aunque, dadas las dificultades de espacio, resulta difícil examinar como merecen, uno a uno, los distintos trabajos de investigación incluidos en la obra, sí es posible ofrecer una visión del conjunto de las valiosas y bien orientadas aportaciones facilitadas por los diferentes autores. Predominan los ensayos de dicados a la controversia inacabada sobre la significación de Castilla dentro de la historia general de España.
Nos encontramos, según los expertos, ante una cuestión que ha recibido un tratamiento diferente, en función de la procedencia de los historiadores, o de la época en que escribieron. Precisión importante, al tener en cuenta que la Castilla de Fernando III el Santo y Alfonso X, no es la misma de Isabel I de Castilla, de Felipe II o de Isabel II. Otro factor a considerar, antes de ensalzar o denigrar el papel de Castilla entre los de más reinos, regiones o comarcas, sería observar su origen y expansión, circunstancias condicionadas también y, en gran medida, por la posición geográfica, central, que ocupa dentro de la Península Ibérica. Sin embargo, el concepto de España ha sido siempre mucho más amplio y complejo y, desde luego diferent e, al de Castilla. Las pretendidas ansias de dominio absolutista y centralismo que se le atribuyen, quedan desmentidas por la realidad: España es uno de los países europeos que con mayor vigor y riqueza mantiene vivas sus diferentes lenguas y culturas locales, variedad en la que reside, precisamente, uno de sus más destacados rasgos nacionales.
Queda claro, además, que los esfuerzos de austrias y borbones en mantener el control de la administración sobre sus territorios, no deberían atribuirse tanto a la «soberbia invasora castellana» como al ejercicio de medidas administrativas consideradas, con razón o sin ella, necesarias para el buen gobierno de la monarquía.
Los elementos definidores de la visión negativa de España y de Castilla como origen de crueldad, intolerancia y despotismo, encuentran adecuado tratamiento en el artículo del hispanista francés Jean-René Aymes. Quedan al descubierto los exageraciones de los forjadores, dentro y fuera de España, de la Leyenda Negra. Triste literatura, teñida de mitos y prejuicios que, basados en los abusos de la Inquisición y en ciertos momentos del reinado de Felipe II, atribuyen a todo un pueblo vicios connaturales que los alejan de las honestas virtudes, consideradas por los críticos propias de las naciones europeas más civilizadas. Es de agradecer que la cordura y el rigor prevalezcan, en este caso, a la hora de enjuiciar una historia común en la que errores, vicios, virtudes, desmanes y actos heroicos se reparten con generosa equidad entre las distintas regiones de la vieja Europa.
Hace apenas cien años, el 11 de junio de 1906, Jacques Maritain recibía en París el sacramento del bautismo en la iglesia de San Juan Evangelista. Culminaba así un itinerario espiritual que nacía en un entorno familiar impregnado de protestantismo liberal y laicismo —era nieto de Jules Favre— para desembocar a instancias de Péguy en el encuentro de la noción objetiva de verdad a través de las lecciones de Bergson en La Sorbona y subsiguientemente con la fe y existencia cristianas que encarnaba de singular manera la obra y persona de Bloy.
En 1925 verían a la luz en un único volumen los tres ensayos que dan pie al título de la obra que nos ocupa y que ahora en feliz coincidencia con el mentado centenario reedita Ediciones Encuentro rescatando la clásica y excelente traducción de Ángel Álvarez de Miranda. Su aparición causó un hondo impacto en los círculos intelectuales de ambos lados del Atlántico —no sólo católicos— que habían asistido al hundimiento de varios de los pilares fundamentales de la Modernidad en la escombrera dea Gran Guerra y que a su vez presentían los fúnebres rumores que no lograba acallar la algarabía de los años veinte. Baste recordar, a modo de ejemplo, la influencia que las tesis aquí expuestas por Maritain iban a tener de inmediato en el pensamiento y evolución espiritual del poeta angloamericano T. S. Eliot, quien merced a esta obra trabaría honda y prolongada amistad con nuestro autor.
Lutero, Descartes y Rousseau: en estos tres nombres filia Maritain la génesis y esencia de la Modernidad en su triple vertiente religiosa, filosófica y moral, respectivamente. Los subtítulos que acompaña a cada uno de ellos, Lutero o el advenimiento del yo, Descartes o la encarnación del ángel y Rousseau o el santo de la naturaleza, junto con la respectiva tentación del desierto asignada a modo de introito a cada reformador, nos indican ya la seriedad desde la cual Maritain va a encarar su examen crítico: los analizará como teólogo y filósofo cristiano anclado en un realismo filosófico con una solícita preocupación por los efectos que la Modernidad así configurada ha tenido en la salus animarum.
Por ser la religión el ámbito que gobierna toda actividad humana, nuestro pensador alsaciano considera la revolución luterana como la que más influencia ha tenido en la conformación de la mentalidad moderna. Lutero es visto así no tanto como fundador del protestantismo sino como enemigo declarado del saber filosófico, dotado más que de una inteligencia especulativa orientada a lo universal de una inteligencia cogitativa volcada en lo particular: su especialidad serán los dominios del yo y sus sucesivos estados de ánimo y sentimientos, que va a producir un drástico corrimiento desde el cristocentrismo que presidía la vida interior a una nueva espiritualidad egocéntrica necesitada de consuelos espirituales y de la experiencia de la piedad.
El sentimiento de sentirse en gracia deriva así, a juicio de Maritain, en una mayor preocupación que la debida al propio Dios. Para mostrarnos mejor todo ello, el capítulo entrevera de manera magistral determinados aspectos doctrinales del monje agustino con sus peculiaridades personales y vivencias biográficas, destacando cómo las vicisitudes de la vida del hombre Martín Lutero en su tragedia agonista tiñen aquí y allá sus escritos y polémicas, de forma sesgada. La voluntad esclava se verá así obligada a renunciar a la vida interior mas no por ello a la santidad: la ascética y la razón son sustituidas por la justificación que viene de la sola fides y la sola scriptura. La confusión luterana entre «personalidad» e «individualidad» dará lugar a un triunfo de la inmanencia que jalonará toda la Modernidad planteando una serie de conflictos irresolubles (espíritu y autoridad, Evangelio y ley, sujeto y objeto, intimidad y trascendencia) que al parecer de Maritain no tendrían sentido en un orden de cosas respetuoso para con las realidades espirituales.
Si en Lutero hemos visto un cambio sustancial en el concepto mismo de persona respecto de su naturaleza, entendimiento y voluntad, ahora en la revolución cartesiana veremos cómo se trastoca la noción del pensamiento mismo.t o mismo. Para nuestro autor el pecado de Descartes reside en su angelismo, al concebir nuestro entendimiento bajo las categorías que la filosofía medieval atribuía al pensamiento propiamente angélico, cuyas notas esenciales son su independencia respecto de las cosas, su índole intuitiva y su carácter innato. Una tal inflación de la razón será índice y causa de una gran debilidad aneja a la Modernidad misma, a saber: la razón desarmada pierde su asidero en lo real y tras un tiempo de presunción se ve reducida a abdicar en el mal contrario: antiintelectualismo, voluntarismo, pragmatismo, etc. De ahí que veamos, en lúcida metáfora de nuestro pensador, al hombre moderno equipado como un dios para luchar contra los cuerpos, pero inerme para pugnar contra los espíritus y cómo las leyes del universo metafísico le aplastan de forma irrisoria.
Rousseau dio en realizar en el plano de la moralidad natural una obra del mismo tipo que la de Lutero en el evangélico, yendo, de las altas esferas de la gracia al fondo mismo sensible y animal del ser humano. Para nuestro autor, lo privativo de Rousseau, su singular privilegio, consiste en la resignación de sí mismo aceptándose a sí mismo y a sus peores contradicciones como el fiel acepta la voluntad de Dios. De ahí la insistencia con que el ginebrino repetía la siguiente formula al final de su vida, tan en boga en la mente del hombre moderno: «Hay que ser uno mismo». Por todo ello, declarará sin ambages nuestro autor: «El hombre de Rousseau es el ángel de Descartes haciendo la bestia». Maritain no se llama a engaño respecto del optimismo y del naturalismo rusonianos por suponer este último una repulsa del orden sobre natural y proclamar a quélla bondad de la naturaleza, adivinando en su trasfondo una realización integral de la vieja herejía pelagiana de la mano ahora del misticismo de la sensibilidad.
Ahora que el ángel de la Historia del que hablaba Benjamin contempla con desolación las imágenes rotas de esta Modernidad nacida en una celda de un monasterio de Erfurd, soñada luego al calor de una estufa a orillas del Danubio y aventada años más tarde por entre los jardines de Montmorency, puede ser un lúcido momento para interpelar serenamente con estas páginas a sus proféticos reformadores sobre el sentido y verdad de su legado. A buen seguro que este ejercicio nos reportará algo de luz, esa misma luz matinal que inundó gratuitamente hace ahora cien años a Maritain y a Raisa por entre las vidrieras de una iglesia recién erigida en el mundanal Montmartre, dando lugar a frutos de sabiduría como estas páginas.
Con un prólogo de César Nombela: «El recorrido intelectual por los caminos de la ciencia, los del conocimiento de la realidad verdadera en expresión de Zubiri, es, sobre todo, una ctividad profundamente humana» y con una cita de Luigi Giussani: «Hay una evidencia previa y un asombro que rebosa en la actitud del auténtico investigador: la sorpresa de la presencia me atrae, y así es como se pone en marcha en mí la búsqueda», se abre el libro, que consiste en una serie de citas de importantes científicos sobre su labor como investigadores. Desfilan por el libro Galileo, Faraday, Mendel, Curie, Einstein, Fermi, Severi, Lorenz, Feynmen y otros muchos. ¿Qué han pretendido los autores? Humanizar la ciencia. Presentar ante el no científico, ante el hombre de la calle, quizás con una formación en otros campos, que la ciencia es una creación auténticamente humana, tan humana como el arte, la literatura o la política, sometida a las mismas tensiones, a los mismos prejuicios y con la misma grandeza que estas otras creaciones humanas. La ciencia, como todo lo humano, es fruto de una época, de unos intereses, de unos gustos y cambia y se modifica con el paso del tiempo. Los científicos son hombres como los demás, aunque se haya pretendido que eran mejores. Hay estudios que demuestran las bajezas, las inmoralidades y las mentiras de muchos científicos. No son ni mejores ni peores. Son hombres, fruto de la época que les ha tocado vivir.
La ciencia se encuentra hoy en el centro de las preocupaciones del hombre de nuestros días. Tomando una postura u otra frente a la misma, la ciencia presenta hoy una conciencia clara de su importancia. Práctica, dando lugar a una técnica y teórica intentando explicar el mundo. Por otro lado, la ciencia aparece hoy bajo el signo de la modestia.
Hoy sabemos que todateoría científica es sólo una aproximación a la realidad, que vendrán otras aproximaciones que darán lugar a que la primitiva teoría quede abandonada o quede como sólo un recuerdo histórico. Es «la lógica de la investigación científica». El libro concede prioridad a los textos que aclaran los factores de la experiencia humana «implicada en el ejercicio del trabajo científico y la percepción de la realidad que se desarrolla en el intento de mirar e interrogar a la naturaleza». Este libro bucea en el interior del científico e intenta explicar y justificar sus trabajos de investigación. Se destaca que el asombro y la contemplación de la realidad se encuentran en el origen de cada paso de la ciencia. Luego ésta, en algún sentido, puede ser concebida como una aventura humana, similar a otras aventuras como puede ser, por ejemplo, el deporte. ¿Qué es la realidad?, ¿cómo se puede conocer?, ¿hasta qué punto se puede conocer?, ¿cómo se puede explicar?
La noche del 23 de febrero de 1981 supone un antes y un después en la historia de la transición española. El acontecimiento marca un cambio de rumbo en la política española, precede a la práctica desaparición de la UCD como partido mayoritario y con sagra el final del, hasta entonces, destacado dirigente de la España democrática Adolfo Suárez. Sin embargo, el fallido golpe de Estado no llega a comprenderse en todas sus dimensiones sin estudiar previamente los factores de toda índole —sociales, políticos e intelectuales— que contribuyen a desencadenar la crisis.
Al menos tales impresiones se desprenden de la extensa y bien documentada crónica elaborada por dos testigos privilegiados de aquellos sucesos que, desde sus respetivos destinos en el CESID, tuvieron la oportunidad de seguir la marcha de los acontecimientos.
Los autores, el teniente general del Ejército Javier Calderón y el coronel de Artillería Florentino Ruiz Platero, ambos retirados, vivieron esa noche en primera línea las tensas e inciertas horas de un proceso negociador que, finalmente y gracias a la intervención del Rey don Juan Carlos, pudo reconducirse hacia un resultado satisfactorio.
La parte más amplia del libro viene, como es obvio, dedicada a desliar la madeja del 23-F, aunque se presta particular atención al análisis del ambiente dentro de la sociedad españo la a partir de 1975. Se incluyen también datos que permiten reconstruir los movimientos a favor de la apertura de nuevos cauces de libertad, registrados, incluso, dentro del régimen del general Franco. Naturalmente, como reconocen los autores, los criterios expuestos reflejan una cierta dosis de subjetividad en las apreciaciones que, no obstante, se mantienen en términos equilibrados y siempre respetuosos hacia las personas.
Interesan de modo particular las referencias a las posturas registradas dentro de las Fuerzas Armadas respecto al cambio de régimen, observado con reticencia en determinados sectores y con ilusionada esperanza en otros.
Sobre el 23-F, aunque era conocido el descontento de ciertos jefes y oficiales, parece evidente que fue una acción inesperada y que sorprendió tanto a los directores del CESID, como a la Casa de S.M. el Rey, obligados a hacer frente, con escaso margen de maniobra, a una acción de tan extraordinaria gravedad como inesperado desenlace final. Los autoresre construyen los hechos con precisión, tal como se vieron desde el CESID, ampliados posteriormente gracias a las informaciones de prensa, a los datos extraídos del proceso judicial y al testimonio de algunos de los protagonistas más destacados de aquella noche.
En definitiva, los autores parecen inclinarse a favor de la tesis que atribuye al, entonces, teniente coronel Antonio Tejero la responsabilidad de lo ocurrido. Actitud que se considera dentro de una trama en la que confluyen factores de diversa procedencia, aunque unidos por el común objetivo de restablecer un régimen que fuera lo más parecido posible al anterior.
El capítulo dedicado a las semblanzas se centra en dos personalidades que los autores consideran figuras claves de la transición: el general Manuel Gutiérrez Mellado y el político de UCD Agustín Rodríguez Sahagún.
Personajes ya desaparecidos a los que se rinde homenaje, con el fin de resaltar sus cualidades humanas y profesionales, así como la honestidad y la energía desplegadas en la defensa a la libertad, en unos momentos de extraordinaria dificultad en la consolidación de las libertades de mocráticas.
El último capítulo viene dedicado a vivencias personales de los autores, que dejan constancia de las tares formativas desarrolladas por Luis Pinilla y el padre Llanos en tiempos del colegio Pinilla y de su continuidad a través del centro denominado Forja. Aunque se aportan datos interesantes sobre la España de la época, en las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado, parece evidente que, al menos en cuanto se refiere al padre Llanos, el carácter de su obra social muestra ciertos aspectos oscuros, como fue su declarada afiliación al PCE que, como es bien conocido, no se había distinguido hasta entonces por la defensa de la democracia parlamentaria, al menos como se considera en el mundo occidental.