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Un compromiso con la comunicación pública de la ciencia

Aunque la ética médica tiene una tradición de siglos, que en su origen se remonta al mundo griego y que nunca deja de ser operativa, el último cuarto del siglo XX -y hasta hoy- ha visto emerger con extraordinario impulso una nueva versión, ampliada, de la misma. Mejor aún, no es que la ética médica haya dado lugar a la bioética, es que una nueva ciencia, la bioética, ha venido a insertar en su seno a la ética médica. Pero los nuevos agentes del debate moral no se fraguan ya en los medios corporativos clásicos, ahora proceden de campos distintos del mundo de la salud y la ciencia biomédica; se trata del derecho y la filosofía; también de la teología, con un creciente discurso desde fuentes filosóficas y espíritu de diálogo con la sociedad. Porque la complejidad de los actuales abordajes de la investigación biomédica repercute en muchos ámbitos y se extiende a la política y a la sociedad. En el seno de la bioética, como contrapeso normativo de la ciencia, se fragua, tal vez, el futuro de un mundo diferente, increíblemente distinto al que experimentamos. La perspectiva del siglo que comienza podría asistir a cambios insospechados en el dominio de la corporeidad humana a través de una ciencia cada vez más imperativa, que se proyecta indomable, como una catarata, sobre las nuevas fuentes del conocimiento de la vida y, ante todo, sobre aquellas parcelas cercanas al poder y al mercado.

¿AUTONOMÍA DE LA CIENCIA O RECHAZO DE UNA ÉTICA PARA LA CIENCIA?

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Resistiendo a toda normativa, crítica frente a todo límite ajeno a su propio mundo -que regule su dinámica expansiva-, una parte de la ciencia comienza a ser percibida con preocupación, más aún con inquietud, por el mundo de la sabiduría, por la reflexión desvinculada del poder y el mercado, si la prudencia y la ética no entran en juego y se racionaliza el peligroso nuevo potencial de la genética. En este campo del debate moral, la presencia, la reflexión y el posicionamiento de científicos del máximo rango y prestigio, conocedores de los entresijos de la ciencia, adquiere un valor extraordinario por su testimonio y por ser puentes de diálogo con el cerrado mundo de investigación, por ser núcleos de reflexión con doble lectura, por la sociedad y por la ciencia, porque ellos son la ciencia y no pueden ser silenciados o ignorados por ella.

El libro de César Nombela sobre células madre se sitúa en esta perspectiva. Poderosamente atraído por la bioética, el ilustre científico, mediante un discurso sin aristas, sin denuncias, sin nominación de sus oponentes -siempre modulado, pero no menos claro en sus mensajes-, salta del diseño científico, del diseño técnico, al campo de la divulgación lo más importante: se proyecta en el compromiso moral. Células madre es un libro que se escribe para todos los interesados en la moderna medicina regenerativa, aunque la fluidez del texto no exime al lector de cierto esfuerzo, imprescindible, para reconocer los términos y comprender los conceptos. Representa -como afirma en el prólogo su autor- el fruto de un compromiso propio con la comunicación pública de la ciencia, convencido de la necesidad de que la sociedad disponga de elementos de juicio, rigurosos y actualizados, sobre los nuevos abordajes de la ciencia, especialmente de aquellos que más imperativamente exigen de un discernimiento ético.

UNA VOCACIÓN POR LA ÉTICA DESDE LA CIENCIA

Desde una vida universitaria y académica dedicada a la investigación, con especial énfasis en la genémica y la protésica, y una presencia creciente en los ámbitos rectores de la política científica -fue presidente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) entre 1996 y 2000-, César Nombela se ha visto crecientemente implicado y atraído por los aspectos éticos de la ciencia. Su experiencia en el Comité de Ética de la UNESCO, primero, y como presidente del Comité Nacional Asesor de Ética en la Investigación Científica y Técnica, después (2002-2005), le han convertido en un interlocutor imprescindible para cualquier decisión de política científica que se diseñe en el respeto a los límites éticos presentes en cualquier sociedad. Dotado de opinión firme sobre las cuestiones morales vigentes en la ciencia biomédica (y especialmente sobre las tecnologías que manipulan la vida humana) pero respetuoso y dialogante con las personas y las perspectivas éticas distintas a la suya, el discurso prudencial de César Nombela le sitúa, indiscutiblemente, en el centro del torbellino de opiniones -de creencias firmes unas y de otras más relativistas y políticamente correctas o claramente ideológicas- que configuran el panorama de la ciencia en España.

Células madre es un libro que merece una lectura detenida, no sólo por parte de la sociedad interesada que busca la verdad, sino y principalmente por los científicos, los médicos, los juristas y quienes se vinculan con esta nueva ciencia, a la que en rigor deberíamos ya denominar, cultamente, medicina regenerativa. A través de un discurso asequible y comunicativo, siempre reflexivo, el autor va introduciendo al lector no especialista en los conceptos más complejos de la biología de la célula, mirando siempre con respeto al interlocutor de su libro, obviamente con el derecho a descubrir y abundar en conceptos nuevos pero también a no caer en la confusión y el galimatías de los conceptos científicos innecesarios y mal expresados, tan frecuentes en quien, en el fondo, sólo acapara una visión minimalista y chata de lo que investiga, y es incapaz de transmitir una visión conjunta acotada y prudente -sin fantasmas o falsas expectativas- sobre el alcance real de las investigaciones.

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En un libro de doscientas páginas, bien editado y con ilustraciones atrayentes, el autor dedica sus tres cuartas partes iniciales a los aspectos técnicos de las células madre, deteniéndose en los puntos de mayor interés de la biología celular, desde el mismísimo principio de la vida en la fecundación. No se hurta al lector una perspectiva de las funciones celulares, de los distintos orígenes y formas de obtención de las stem cells -de las células troncales-, a las que el autor va a denominar siempre, en aras de la comunicación, «células madre». Entremezclados los hitos históricos de la década de la medicina regenerativa, los mecanismos y funciones de las células madre y la fascinación de los científicos por las derivadas de la destrucción de los embriones -que, en los primeros años, hegemonizaron el concepto de célula madre-, el libro va conduciendo al lector al plato fuerte del mensaje, a las cincuenta últimas páginas, al debate social y ético de la investigación con células embrionarias, y particularmente a los hitos que marcan la situación en España.

EL COMPROMISO DE LA CIENCIA CON LA COMUNICACIÓN SOCIAL

En efecto, Nombela no pasa de largo sobre ninguna de las cuestiones que enfrentan a una parte de la sociedad con la investigación y la política, con quienes, insertados en una ideología, hacen expresa exclusión de la problemática moral que vincula a este tipo de investigaciones con la dignidad del ser humano. El autor incide, a este respecto, en la complejidad de las decisiones en una sociedad pluralista, en la dificultad de una toma de decisiones acertada sobre cuestiones que inciden, tan dolorosamente, sobre concepciones de la vida y valores previos antagónicos, sobre cosmovisiones perfectamente respetables y ampliamente difundidas en la sociedad. También sobre la importancia del rigor en la mostración de los datos y expectativas de las investigaciones científicas, cuando éstas acceden a terrenos que pueden ser políticos y donde la retórica puede amenazar la verdad y conducir a percepciones distorsionadas o erróneas en la sociedad. Es necesario -afirma- una información objetiva, prudente y sin tergiversaciones. Para Nombela es evidente la necesidad de reconducir este tipo de investigaciones y de que todo lo que concierne al delicado asunto de la vida humana «se enmarque dentro del respeto a los derechos de todos, porque la vida en etapas muy tempranas ha sido y es una fase básica de la existencia de todos los seres humanos»; incluso si se la considera mera vida prepersonal.

El autor hace énfasis en la necesidad de una reflexión bioética rigurosa y centrada sobre un análisis fundamentalmente científico de las cuestiones; en un buen sistema de información a la sociedad como preámbulo imprescindible del debate moral. Porque la práctica científica actual -y aquí otra afirmación fuerte del autor- no es ni se puede considerar neutral, como el mismo concepto de tecnociencia, de ciencia vinculada con intereses de mercado, pone de manifiesto. Sucesivamente, el autor va mostrando sus razonamientos sobre el principio de la vida en el cigoto, sobre el carácter anticientífico del concepto de preembrión, a todas luces un paradigma interpretativo superado por el conocimiento científico, pero torticeramente mantenido por las ideologías y raíz instrumentadora que contamina la proyectada ley sobre investigación biomédica, en tramitación parlamentaria. Las páginas del libro se suceden y todas ellas consumen un razonamiento implacable envuelto en un discurso sin aristas y no exento de optimismo, que se niega a aceptar el momento histérico de la ciencia como preludio de un futuro tenebroso, basado en el itinerario de aquel «mundo feliz» que ideara Aldous Huxley.

AVATARES DE LAS LEYES DE LA REPRODUCCIÓN ASISTIDA Y LA INVESTIGACIÓN CON EMBRIONES

Nombela abor da los problemas de la FIV y las distintas legislaciones españolas, el significado de las células madre embrionarias, gaméticas o somáticas -como gusta decir Lacadena- y censura el pragmatismo de asumir de forma acrática todo lo que procede del mundo científico, ignorando el respeto a la dignidad humana, a la kantiana afirmación de que el hombre es fin en sí mismo y no puede ser tratado sólo como medio. El embrión humano es persona si el embrión es embrión desde el cigoto; aunque esto sea rechazado por otros, y a muchos cueste atribuir el mismo valor a un embrión que consta de varios centenares de células que a un feto más avanzado en su desarrollo embrionario. El científico no se pronuncia en la cuestión de la persona, un asunto de base filosófica, pero afirma que ninguna propuesta es capaz de contradecir el hecho cierto de que todo el desarrollo embrionario es un proceso encadenado, sin que ningún otro hecho o hito marque una solución de continuidad desde la fecundación. A este respecto alude al filósofo Habermas, quien desde posiciones laicas y desde un acercamiento a la «verdad» moralmente consensuable defiende, aun percibiendo al embrión como vida humana prepersonal, la exigencia de su protección en cuanto especie humana, que obliga a que nadie interfiera en su desarrollo ni en su dotación genética en función de criterios utilitaristas. Un planteamiento ampliamente aceptado en Alemania y su área de influencia y también en Italia y otras naciones.

Los problemas éticos de la acumulación de embriones congelados -herencia de la legislación española de 1988, paradigmática en cuanto a permisividad- fueron abordados durante su etapa como presidente del Comité Asesor de Ética en la Investigación Científica y Técnica en la primavera de 2002, por un conjunto de hombres y visiones plurales, que condujo a diez recomendaciones cohesionadas, que pretendían racionalizar desde el punto de vista científico la producción de embriones en el marco de la reproducción asistida. Desvinculada de todo radicalismo, las conclusiones del comité venían a reconocer el valor de cada embrión en cuanto individuo de la especie humana y la necesidad de una protección especial por la ley, desligando tales recomendaciones de la lucha política y haciendo llegar a la opinión pública propuestas rigurosas sobre la futura investigación con células madre. Para el autor, es lamentable que el espíritu de estas recomendaciones haya sido ignorado y el gobierno actual haya vuelto a la situación de total permisividad en la creación y congelación de embriones humanos. En román paladino, que se haya retornado al imperio del utilitarismo y a la demagogia cientifista del valor insustituible de los embriones sobrantes para la investigación, que conculca una vez más el espíritu y la letra del Convenio de Oviedo.

La clonación, falsamente denominada «terapéutica», como ya destacara la Academia de Ciencias de EEUU, ocupa una parte importante de la reflexión de Nombela. Es rechazable, no sólo por la manipulación que supone de la mujer que cede sus óvulos, sino por constituir una parcela, un territorio, donde no está garantizada ni aun la objetividad científica; pero que «cuando la ideología hace mella al tratar de hacer creer que el avance sólo puede ser transgresor de ciertos valores», tal «como la protección de la vida humana desde sus primeros estadios», entonces nada se puede hacer. La política, la ideología, la radicalidad -parece decir el autor- han sustituido al método científico, a la objetividad y a la racionalidad interpretativa de la ciencia. Nada asegura, en síntesis, que las células embrionarias -clónicas o no clónicas- tengan aplicación en la medicina clínica; esto es, sirvan para curar, como sí pueden serlo las células madre adultas, como va dando cuenta, esperanzadoramente, la bibliografía científica.

UNA MIRADA AL FUTURO Y SÍNTESIS

En música, la coda es el pasaje de la partitura que lleva a la obra a su fin. Así titula el autor la síntesis final de esta obra importante por sus pretensiones comunicativas, por el impacto de la reflexión moral y el posicionamiento del autor. En la coda, César Nombela retorna a sus posiciones personales. El científico se asombra del apoyo aleatorio de algunos gobiernos a la investigación con embriones, en detrimento de la vinculada a las células adultas; el carácter de mito -de apuesta milagrosa- por las células embrionarias; el apoyo, en fin, de algunos políticos más subidos al carro de las soluciones mágicas que a la racionalidad, como demuestran los documentos de Bethesda. Y la politización de las células madre como signo de identidad política más que como un asunto de trámite y libre opinión de los científicos, cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre la identidad biológica, individual y personal del embrión temprano. Todo, además, en aparente ignorancia de la revelación que han supuesto las células madre adultas, cuyo estudio, en su opinión, debe considerarse prioritario.

Para el autor no es cierto que todo lo que sea técnicamente posible se hará inexorablemente»: por ejemplo, que la producción de individuos humanos clonados, la clonación reproductiva, se acabará llevando a cabo. Nombela no lo cree y piensa que la historia de la ciencia sugiere que ésta no avalará una deriva de esta naturaleza. Pero está convencido de que el planteamiento de la ciencia demanda de un sistema de valores o de principios y que, de no ser así, la sociedad se adentraría en terrenos verdaderamente peligrosos.

Mirando al futuro, el prestigioso hombre de ciencia sólo ve posible la propuesta de «una investigación al servicio del hombre», una propuesta que en línea con el pensamiento de Sydney Brenner -Nobel de Medicina en 2002 por sus trabajos sobre la organogénesis- significa, primero, una ciencia que diga siempre la verdad y, segundo, que opere comprometida con toda la humanidad: en verdad, afirma el autor, «la misma propuesta que constituye el núcleo del mensaje cristiano, formulado hace ya más de dos mil años».

Diálogo con la sociedad, optimismo ante el avance de la ciencia y su capacidad de autocrítica, rigor y certeza en la comunicación del mensaje científico y sujeción a los valores de la comunidad en el marco de la sociedad democrática, constituyen la síntesis del discurso de este maestro de la ciencia, sensible a la dimensión ética de la investigación, cuya honestidad le fuerza a no permanecer en el cómodo silencio de la supuesta neutralidad, de lo políticamente correcto. Un testimonio, un compromiso, una voz que se distingue de los ecos -parafraseando a Machado-, frente al silencio de muchas conciencias, censurable, pero frecuente en estas parcelas de la ciencia tan necesitadas de reflexión. 

Ernestina de Champourcin

Citada con respeto en todas las historias de la literatura española, ya sea en el capítulo sobre los poetas del 27 o en el correspondiente al exilio, Ernestina de Champourcin (Vitoria, 1905-Madrid, 1999) no ha recibido la atención que merece como poeta; y eso que la poesía fue su gran vocación profesional y humana, vivida con una necesidad tan urgente como exigente fue su continua autocrítica sobre su escritura en verso, debatida entre la soledad del individuo y la plenitud del amor erótico y del amor divino, en una dicción llena de fuerza sensorial y de ardiente pasión espiritual en todos los ámbitos de su existencia. Cuando me refiero a la escasa atención, no aludo, pues, a que su nombre suene más o menos, figure o no figure en una nómina oficial de la poesía hispánica contemporánea. Lo que me preocupa son los pocos lectores que ha tenido en su país desde su regreso del exilio mexicano, en 1972; el escaso conocimiento directo de su talla como escritora y de su personal mundo poético (con frecuencia se subraya que fue una voz poética femenina, como si el sexo de la autora fuera el único mérito de su obra).

Gracias a la excelente edición de José Ángel Ascunce, Poesía a través del tiempo (Barcelona, Ed. Anthropos, 1991), que no incluye Del vacío y sus dones (Madrid, Ed. Torremozas, 1993) y la plaquette Presencia del pasado (Málaga, Unicaja, 1996), cualquier lector interesado de los últimos quince años ha tenido fácil acceso a la mayor parte de su obra, perdida hasta entonces en ediciones difícilmente localizables en el mercado literario, donde el consumismo actual quiere hacernos creer que hay está toda la literatura.

Los años 90 y los que van del nuevo siglo han roto un silencio de muchas décadas de exilio exterior e interior (en contraste con el protagonismo cultural y el reconocimiento recibido en sus juveniles años 20 y 30): ya contamos con algunas monografías críticas sobre su poesía, en especial el riguroso estudio de Joy Landeira, Ernestina de Champourcin. Vida y literatura (Ferrol, Sociedad de Cultura Valle-Inclán, 2005), y con el esbozo biográfico de Beatriz Comella, Ernestina de Champourcin, del exilio a Dios (Madrid, Rialp, 2002), de gran ayuda para entender la hondura de su existencia, escondida pudorosamente en el argumento secreto de sus poemas; amén de numerosos artículos académicos y otros ensayos muy sugerentes, como el de Arturo del Villar, La poesía de Ernestina de Champourcin. Estética, erótica y mística (Cuenca, El Toro de Barro, 2002).

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De manera que, casi postumamente, Ernestina ha empezado a ser leída y a gozar del aprecio de la crítica. Este libro colectivo, Ernestina de Champourcin. Mujer y cultura en el siglo XX, coordinado por Rosa Fernández Urtasun, profesora de Literatura Contemporánea en la Universidad de Navarra, y José Ángel Ascunce, profesor de la misma materia en la Universidad de Deusto, manifiesta con mayor rotundidad (pues reúne trabajos de más de treinta profesores y críticos) el creciente interés por esta mujer y su obra. Fruto de un congreso internacional celebrado en 2005, con motivo del centenario de su nacimiento, este volumen pretende trazar las coordenadas que definen su personalidad poética y el contexto cultural en que ésta se desarrolla, para lo cual incluye dos secciones sobre la actividad cultural y literaria de la mujer en la España del siglo XX, especialmente en su primera mitad.

Como en todo volumen de este tipo, hay trabajos más interesantes que otros, además de los intereses particulares de cada lector ante la multitud de aspectos tratados. No obstante, el libro posee un contenido muy bien estructurado globalmente: después de una primera sección de aproximaciones generales a su obra, de estudios de conjunto, pasa a una revisión de su poesía escrita en los años 20 y 30, en una sección segunda; luego ofrece visiones diversas sobre su obra posterior, tanto la escrita en México como la de su regreso a España. En una sección cuarta se incluyen estudios sobre la educación de la mujer en la España anterior a la guerra y, por último, un pequeño conjunto de trabajos sobre la actividad literaria de otras mujeres de su generación.

Por tanto, el lector encontrará un amplio abanico de temas que, salvo en contadas ocasiones, enriquecen el conocimiento del mundo poético de Ernestina a la vez que nos documentan sobre la cultura femenina en la España de su tiempo. Resulta complicado -y tal vez injusto- destacar algunos trabajos sobre otros, pues mis intereses como poeta y crítico no tienen por qué coincidir con los de otros lectores atraídos por la persona o la obra de Ernestina de Champourcin. No obstante, me parece muy oportuno celebrar algunas aportaciones para mí muy útiles, como el trabajo de Juan Cano Ballesta sobre la valoración que hace Ernestina de los movimientos de vanguardia (otra cosa es la influencia real que éstos ejercen en su obra); el de Andreu Navarra Ordoño, que versa sobre el fuerte protagonismo del yo poético femenino en la obra de Champourcin, capaz de integrar en el deseo amoroso todas las aspiraciones y los actos de su existencia; el de José Ángel Ascunce, sobre la evolución desde un subjetivismo romántico hacia la aparente objetividad de su poesía pura, revisada tanto en los conflictos del poema como en su peculiar estilo; el de Rosa Fernández Urtasun, que, a través del epistolario entre Ernestina y Carmen Conde, revela la personalidad cultural y espiritual de nuestra autora; el de Emilio Miró, sobre la diferencia de temperamento y de espíritu entre sus escritos de la guerra civil y la revisión que hace de esas mismas vivencias en sus obras alumbradas de nuevo en España, a partir de 1972. Entre otros muchos, me ha parecido especialmente reveladora la exploración que hace Mónica Jato sobre los importantes volúmenes poéticos escritos por Ernestina en su «desexilio», de nuevo en nuestro país, donde la soledad física la conduce a una fecunda conjunción de la memoria vital y de la esperanza religiosa como vía de acercamiento a Dios y a los otros. Y, por supuesto, habría que destacar los trabajos de Biruté Ciplijauskaité, Gloria Solé Romeo, Alvaro Ribagorda, Sonia Núñez Puente y Alicia Alted sobre la actividad cultural de las mujeres españolas en la preguerra y el exilio.

Libro, pues, bien concebido y lleno de aportaciones de gran interés para el estudioso, para el lector de poesía y para el historiador de nuestra cultura. No obstante, como ocurre en este tipo de volúmenes, una cosa es lo que proyectan los editores (en este caso Fernández Urtasun y Ascunce) y otra es el resultado que aportan en conjunto todos los colaboradores. En cuanto a los resultados advierto un desfase entre la atención prestada a la biografía de Champourcin (interesante donde las haya) y a la descripción general de su trayectoria, por un lado, y el notable vacío que hay en el estudio de los libros concretos y del mundo escondido en cada libro o en cada etapa de su creación. Un volumen de estas dimensiones puede y debe atender mejor a la palabra de la poeta y a la luz humana que esas palabras, en los poemas concretos, aportan al lector (En este sentido no encuentro la razón para introducir un trabajo sobre la mujer en la criminología de principios del XX y otro sobre la mujer en el discurso militar de aquellos tiempos).

Tiempo, muerte y eternidad

No existe mejor juez que el tiempo. En el arte como en la vida. Da igual la relevancia social que una supuesta obra artística obtenga en el momento de su creación; da igual lo que se hable o no se hable de ella; da igual el esfuerzo que se haga por encumbrarla o defenestrarla. Es baladí. Empeño inútil. Porque es el paso de los años el que, misteriosamente, establecerá con toda seguridad qué obra de arte merece o no ser recordada como tal. Y en el cine sucede como en todos los demás ámbitos artísticos: el tiempo es el juez supremo. Lejos de enmohecer un filme, el paso de los decenios puede descubrir el brillo escondido que había permanecido oculto para los espectadores, o, al revés, también puede provocar el definitivo ennegrecimiento de su forzado esplendor.

Pues bien, con la perspectiva que dan los veinticinco años transcurridos desde su estreno, el 25 de junio de 1982, Blade Runner puede ser considerada con toda propiedad una película visionaria y genial, un clásico de la historia del cine y, claro está, punto de referencia en el ámbito concreto de la ciencia ficción.

 

LA HISTORIA

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Recordemos en primer lugar el argumento de Blade Runner, que viene a ser más o menos como sigue: Los Ángeles. Noviembre, 2019. La técnica se ha adueñado del planeta. Los avances en ingeniería genética son espectaculares. Las compañías han logrado diseñar hombres genéticamente, hombres artificiales que son «usados como trabajadores esclavos» en las colonias del espacio exterior. A estas creaciones se les llama replicantes. El último modelo es el Nexus 6, «virtualmente idéntico al hombre», diseñado por la poderosa Tyrell Corporation, líder en el sector. Los Nexus 6 son replicantes «superiores en fuerza y agilidad y al menos iguales en inteligencia a los ingenieros de genética que los crearon». Nada les diferencia de los hombres, salvo la falta de emociones ante estímulos externos. Tras llevar a cabo una rebelión en el espacio, los replicantes fueron «proscritos en la Tierra bajo pena de muerte».

Cuatro replicantes, modelo Nexus 6, se encuentran en Los Ángeles. Van en busca de Tyrell (Joseph Turkel), su creador, para que les dé más tiempo de vida, ya que la duración de este modelo es tan sólo de cuatro años. Rick Deckard (Harrison Ford), antiguo policía y ex Blade Runner (unidades encargadas de matar a los replicantes que vienen a la Tierra), recibe el encargo de eliminar a los rebeldes.

En la Tyrell Corporation, donde acude para recibir información sobre sus víctimas, Deckard conoce a Rachael (Sean Young), una hermosa mujer que es el último experimento de la Tyrell. Deckard se da cuenta de que Rachael es una replicante al someterla al test de VoightKampff, utilizado por las unidades Blade Runner para descubrir la falta de empatía. Tyrell le dice entonces que Rachael es su obra maestra: replicante con implante de recuerdos. Ella ignora que es una creación de la compañía, aunque empieza a sospecharlo.

Dos replicantes, Zhora (Joanna Cassidy) y Leon (Brion James), mueren a manos del Blade Runner con ayuda de Rachael, que ha huido de la Tyrell y enamorada de Deckard, le salva la vida. No obstante, la huida de Rachael de la compañía significa por ley su sentencia de muerte; Deckard, que también se ha enamorado de ella, la esconde en su casa. Mientras, el jefe de los replicantes, Roy Batty (Rutger Hauer) y su compañera Pris (Daryl Hannah) contactan con un empleado de la compañía, llamado J. F. Sebastian (William Sanderson), que les conduce a Tyrell. Roy se enfrenta a su creador y al comprobar que no es posible para él alargar su tiempo de vida, le asesina brutalmente. Mientras tanto Deckard ha encontrado a Pris y la ha matado. A su vuelta, Roy, que nota que su tiempo se acaba -comienzan a agarrotarse sus músculos-, encuentra el cuerpo ensangrentado de Pris y se lanza a la persecución de Deckard. Después de una dura lucha, cuando el Blade Runner está a punto caer al vacío, Roy le salva la vida inexplicablemente y luego muere después de pronunciar unas palabras llenas de fuerza y belleza.

Gaff, unos de los policías que ha encargado el trabajo a Deckard, le insinúa que Rachael ha muerto. Pero al regresar a su casa, Deckard la encuentra viva y se da cuenta de que Gaff ha estado allí y la ha dejado vivir. Y, sin miedo ya de saberse perseguidos por la policía, se marcha con ella.

NACE UNA PELÍCULA

Aparte de Philip K. Dick, autor de la novela en que se basa el filme, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, el principal responsable de la existencia de Blade Runner es un hombre llamado Hampton Fancher, un actor con vocación de guionista, que allá por 1975 quedó fascinado por la historia de Deckard y los replicantes y decidió hablar con Philip K. Dick acerca de la posibilidad de llevar su novela al cine. Por fin, después de numerosas y problemáticas gestiones, un productor amigo de Fancher logró hacerse con los derechos de la novela y éste comenzó entonces a escribir el guión. Fancher adoptó para el filme un decidido tono de cine negro, con un protagonista deudor de los grandes detectives de Hammett o Chandler. Una vez terminada la primera versión decidió que la obra fuera a parar a manos Harrison Ford interpreta a Rick Deckard, encargado de eliminar a los rebeldes de Ridley Scott, que no accedió a dirigirla hasta 1980, tras haber rodado Alien, el octavo pasajero. Un segundo guionista, David Peoples, introdujo más tarde algunos cambios finales, entre ellos el título del filme.

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Nacido en Inglaterra (South Shields, 1937), Ridley Scott era por entonces un director incipiente venido del mundo de la publicidad, donde había cosechado innumerables éxitos. Había desembarcado en el mundo del cine de la mano del productor británico David Puttnam, junto a otros directores ingleses como Alan Parker, Roland Joffé o Hugh Hudson. Su primera película, Los duelistas (1977), basada en un relato de Joseph Conrad, fue un producto eminentemente visual y constituyó una verdadera sorpresa en el festival de Cannes de ese año. Su segundo filme fue Alien, el octavo pasajero. La historia del extraterrestre de la nave Nostromo (otra referencia a Conrad) fue narrada bajo un efectismo estético apabullante y sobrecogedor, con lo que dio entrada a una nueva era en el cine de ciencia ficción y a la postre puso las bases de un nuevo tratamiento del misterio, basado principalmente en la creación de ambientes de densidad agobiante.

Luego llegó la historia de los replicantes.

Blade Runner es, sin duda, la cima creativa de Ridley Scout y hoy en día es considerada una película de culto. El tratamiento de la imagen vuelve a ser uno de sus grandes logros, fascinante y embriagador, pero otro aspecto constituye la verdadera causa de que la película sea considerada una obra maestra: la hondura de la historia trasciende su aspecto puramente visual, la forma en este caso no lo es todo. Blade Runner es inolvidable porque habla del misterio esencial de la condición humana: su contingencia y su radical dependencia del creador, a la vez que abre un interrogante que nos persigue y del que nadie ha podido escapar, y menos aún explicar. Es posible que Blade Runner sea la mejor película que jamás se haya filmado sobre la muerte, sobre la brutal soledad de su espera y sobre su angustioso recibimiento.

ACTUALIDAD EXTREMA

Pero, como todas las grandes películas, Blade Runner no se abarca con tan sólo una mirada. Contiene múltiples y ricos puntos de vista: una marcada e inquietante visión de lo que vendrá a ser -y viene siendo- el mundo gobernado por el afán científico de los poderosos; los problemas éticos a que dará lugar la supremacía científica por encima del propio ser humano; la globalización de un mundo sin fronteras, en donde unas culturas se diluirán en otras con probable supremacía oriental. Al cabo de un cuarto de siglo, parece que todo en esta película responde a una más que acertada visión profética. Además ofrece variados elementos simbólicos llenos de sugerencias, como la presencia del unicornio -animal mitológico relacionado con la inmortalidad-, la paloma blanca que finalmente remonta el vuelo, o el clavo con que Roy Batty se traspasa la mano. Y es que Blade Runner no deja de ser una obra compleja y profundamente actual, y, es cierto, no sólo por la entidad de las cuestiones que plantea, sino también por la desbordante fuerza visual de sus imágenes.

En 1982 la llegada de Blade Runner fue como una bocanada de aire para el cine de ciencia ficción y supuso una poderosa demostración de lo que el diseño puede hacer por el cine. No dejan de asombrar, una y otra vez, esas calles de Los Ángeles, siempre lluviosas, los días perpetuamente sin sol y las grandes masas de personas que se pasean por una urbe que, paradójicamente, es el espejo de un mundo deshumanizado. Dialectos en idiomas eclécticos y anuncios luminosos por doquier juegan un contraste cultural y visual enorme que deja al espectador sumido en El discurso de Roy Batty (Rutger Haver) antes de morir es uno de los momentos con mayor fuerza dramática de la película una especie de letargo desasosegante. El abigarramiento y la suciedad del mundo creado por Scott en nada recuerdan a ese futuro tantas otras veces imaginado en la pantalla, ese futuro que podríamos llamar de uralita y neón, caracterizado por una colección de ambientes asépticos y límpidos, cuya gélida sensación no podía sino provocar el rechazo del espectador. Pero entonces se trataba de un rechazo provocado en gran parte por la intensa sensación de irrealidad que contenían las imágenes de ese mundo. En la película de Scott, sin embargo, ese distanciamiento con el presente no se crea. En Blade Runner nada «nuevo» surge de la mente del cineasta. Más bien se fuerza el presente que ya existe para llevarlo hasta el extremo, hasta sus últimas consecuencias. Así, con unos granitos de arena de maloliente actualidad, con una muestra del ambiente sobresaturado de miles de ciudades desarrolladas, Scott crea una montaña monstruosa, una tierra insalubre de tan monumentales proporciones que convierte la ciudad y el planeta en un lugar inhabitable y hostil. Y, lo más importante, en un mundo absolutamente verosímil. Muy lejos queda entonces el futuro que Kubrick había imaginado en 1968, en su también obra maestra 2001, una odisea del espacio. Ahora el futuro ya nunca sería únicamente blanco, luminoso y esterilizado, sino también oscuro, sucio y amenazante.

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No hay duda de que ése es uno de los hallazgos de Blade Runner: la creación de un futuro más real y por eso más terrible. Y es justo afirmar que el tratamiento de la imagen llevado a cabo por Scott para mostrar ese nuevo espacio humano es fascinante. Casi nunca la fotografía en el cine había alcanzado tanta preeminencia hasta la llegada de Blade Runner. El comienzo del filme es deslumbrante, con esos grandes planos panorámicos de la inmensa urbe en medio de la oscuridad, con miles de puntos luminosos, con las torres respirando humo, y con la imponente pirámide de la Tyrell que lo domina todo y que sugiere reminiscencias de pretéritas culturas. La música de Vangelis, electrónica, minimal, poética, es perfecta para inducir al espectador a un estado de ánimo alucinado y expectante, y Scott además alimenta la inquietud con los misteriosos insertos, en primerísimo primer plano, de una pupila en donde se refleja el exterior apocalíptico y tenebroso. En realidad, la película es la consagración de Ridley Scott como creador de atmósferas angustiosas, faceta esta de la que ya había salido airoso con sus dos anteriores trabajos, Los duelistas y Alien, el octavo pasajero.

HOMBRES Y REPLICANTES

Pero, en fin, junto a aquello que hace de esta película la puerta de entrada a una nueva estética del cine futurista, Blade Runner resulta especialmente interesante por las cuestiones antropológicas que plantea. Cuando uno termina de ver la película, la primera pregunta que surge en su cabeza es claramente ésta: ¿en qué se diferencia esencialmente un hombre de un replicante? Y la respuesta es absolutamente nítida: en nada. Un replicante es simplemente un hombre. Es más, un replicante parece ser un hombre perfecto. En su afán de hacer seres «más humanos que los humanos», como dice Tyrell, los diseñadores de los replicantes han llevado a cabo algo así como la encarnación de la idea «Hombre» del mundo de las ideas de Platón. Así, pese a que lo que se explica de ellos -diseños genéticos sin sentimientos humanos- nos empuja a pensar algo disLas naves espaciales, un mito del género de ciencia ficción tinto con respecto a su «humanidad», no deja de ser curioso que los diseñadores dotaran a los replicantes con un dispositivo de seguridad. Es decir, los creadores genéticos intuían que los replicantes podían con el tiempo desarrollar emociones, con lo que lograrían total autonomía, y para impedirlo les impusieron una fecha de caducidad. De cualquier modo, lo cierto es que las imágenes muestran que los replicantes de Blade Runner son hombres tanto o más que sus propios creadores. Y por eso, porque son tan profundamente humanos, su historia nos sobrecoge.

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Adentrémonos un poco más. Un hombre tiene cuerpo humano, tiene memoria, inteligencia y voluntad. Y tiene libertad. Y esto lo tienen los replicantes Nexus 6 en cantidades nada despreciables. Roy Batty (para siempre inmortalizado el actor holandés Rutger Hauer) es la quintaesencia de los replicantes -«autoeficacia óptima», dice su archivo-, es lo que se llama un replicante de combate, y en él más que nadie se aprecian las características humanas antes mencionadas. Roy tiene un cuerpo humano perfecto, de fortaleza descomunal, capaz de atravesar un muro con la mano o con la cabeza y de levantar a Deckard a pulso y con una sola mano. Tiene memoria, y le agradecemos de veras que la tenga porque nos regala su pasado de un modo fascinante. Posee inteligencia suficiente como para rebelarse ante su propio destino y una voluntad capaz de llevar a cabo sus planes sembrando cadáveres a su paso. Resulta además esclarecedor cómo Roy vence a los hombres en cualquier terreno. Le bastan unos pocos minutos para derrotar al ajedrez a su creador, en una partida empezada hace mucho tiempo por éste y su empleado J. F. Sebastian. Luego, tras esta demostración de inteligencia, destroza la cabeza de su creador con sus propias manos, en un auténtico alarde de potencia física. Pero, además de inteligencia, y siguiendo con su faceta espiritual, hay que decir que Roy tiene la nada desdeñable voluntad de aceptar su propia muerte. Y la libertad inmensa de salvar la vida de su enemigo. Al jefe de los replicantes no le falta nada para llegar a ser humano, ni tan siquiera el amor que siente por Pris.

LA CUESTIÓN DEL «ALMA»

«Pero ¿y el alma? -puede pensarse-. Roy no puede tener alma puesto que es un ser fabricado por otros hombres». La película responde: ¿Acaso sabemos qué es el alma, o, mejor dicho, eso que los hombres llamamos alma, espíritu o psique? Un esquema mental cartesiano y occidental puede llevarnos a pensar que el alma es un aderezo del cuerpo, algo así como el añadido espiritual. No. El hombre es único. El alma no es más que lo que le falta a un cuerpo muerto. Y esto, en términos no del todo consecuentes con la unidad humana, se podría expresar con una simple ecuación, a saber: cuerpo vivo-cuerpo muerto= alma. Es decir, que si un tejido organizado en un cuerpo no es animal, ni vegetal, sino tejido humano y ese tejido vive, no hay más remedio que declarar que eso es una persona humana, un cuerpo espiritual único e irrepetible. En efecto, en el filme son los mismos replicantes los que nos dicen: entonces ¿no será el alma simplemente la vida de ese cuerpo?, ¿no será el alma simplemente aquello que hace que un cuerpo funcione? Y si -como vemos en la película- ese cuerpo humano ya funciona, ¿no resulta absurdo debatir acerca del espíritu de ese cuerpo?

La causa del problema es pensar cuál es el origen de los replicantes: cómo es posible que el hombre pueda fabricar un alma espiritual, es decir, algo inmaterial. Se puede responder a esta pregunta constatando que Roy, Pris, Leon, Rachael o Zhora no son más materiales que cualquier otro hombre, pues como ya hemos visto tienen todo aquello que Una nave sobrevuela Los Ángeles en 2019 hace que un hombre sea hombre. Por otra parte, su origen no es muy diferente del origen tradicional de los hombres, si bien el procedimiento es distinto y sujeto sin duda a valoraciones éticas. Pero el origen es el mismo, es decir: otros hombres. Igual que un hombre nace de su madre, igual que un hombre procede de la unión de dos gametos de distinto sexo, igual que un hombre se inicia a partir de células, de igual manera un replicante procede de otras células humanas dispuestas de tal modo que lleven a formar un cuerpo… con vida.

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Es absolutamente estremecedor el mundo que nos presenta Ridley Scott precisamente por la carga de realidad que contiene. Hoy en día a nadie le parece una fábula que los hombres puedan diseñarse genéticamente. A pequeña escala ya se hace. Igual que hay muchos niños que se fabrican y comienzan a desarrollarse dentro de una probeta y nadie duda de su humanidad, el tema de los Nexus 6 resulta terriblemente actual y, al menos en términos teóricos, perfectamente posible.

Dejando de lado las valoraciones sobre la bondad o maldad de este procedimiento es indiscutible que los replicantes de Blade Runner son hombres. El problema del alma -si es que el alma es realmente un problema- se revela completamente accesorio. Resulta absurdo afirmar que como Roy o Pris no tienen alma o espíritu no son hombres. Pensar de ese modo es no haber entendido cuál es el drama de la película. Porque lo cierto es que en muchos aspectos los replicantes son mucho más humanos que los hombres que los crearon.

EL DRAMA DE LOS REPLICANTES

Los replicantes tienen un tiempo de vida limitado, y en concreto los Nexus 6 sólo viven cuatro años. Tiempo verdaderamente pequeño para cualquier hombre. «Tiempo. El suficiente»: éstas son las primeras palabras que oímos pronunciar a Roy Batty. Necesita más tiempo pero no pide una vida ilimitada, ni siquiera una vida muy larga, tan sólo quiere el tiempo suficiente, tiempo suficiente para poder vivir sin que la vida sea perpetuamente pensar en que tiene que morir.

«Es penoso vivir con miedo», dice Leon a Deckard cuando está a punto de matarlo. Los replicantes sienten un miedo atroz ante la muerte. Su vida es una cuenta atrás. Pero es en las escenas finales cuando se describe perfectamente el drama de los replicantes. Cuando la persecución a que es sometido Deckard va a concluir definitivamente, cuando éste va a morir cayendo al vacío desde una viga del Bradbury Building, Roy se agacha y observa con intensidad cruel la agonía de Deckard, su imposibilidad de mantenerse vivo por más tiempo, los pocos segundos que aguanten sus dedos. En esos terribles momentos, el replicante mira a su víctima y descarga toda una lección de sabiduría humana: «Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es ser un esclavo».

Roy juega con Deckard para hacerle vivir su propio drama; de hecho, le da diez segundos para esconderse, para huir, para intentar salvar la vida. Quiere que Deckard sienta el drama de que el tiempo de su vida no depende de él. Le hace ver en unos pocos minutos el tormento que significa vivir la vida de un replicante, que es radicalmente una vida para la muerte: «ir al cielo, ir al infierno». Por supuesto, los hombres conocen que van a morir igual que los replicantes, sin embargo, y éste es el quid de la cuestión, no saben cuándo. Ese conocimiento es lo único que diferencia a los replicantes del resto de los mortales. Los replicantes sienten cómo la vida se les escapa a borbotones y no pueden olvidarse de ello porque carecen del tiempo suficiente. Los hombres, por el contrario, fácilmente olvidan su destino final, porque desconocen la fecha de su muerte. Lo recuerda Gaff al final de la película, cuando le hace creer a Deckard que Rachael ha muerto: «¡Lástima que ella no pueda vivir! ¡Pero quién vive!». Nadie vive para siempre.

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La ignorancia del momento de la muerte, del tiempo de la propia vida, hace a los humanos orgullosos, seres que olvidan a menudo su condición contingente, que huyen de su realidad. El desconocimiento hace irresponsables. Y aquí radica otra maravillosa lección que los replicantes dan a los hombres. Saber cuándo van a morir hace a los Nexus 6 más humanos que los mismos hombres, porque han de vivir día y noche con su propia limitación, y eso, además de atormentarles, en el fondo, también acaba por hacerlos mucho más sabios, conocedores de su propia dignidad de criaturas. Comparten con los hombres un enorme anhelo de vida, pero sufren impotentes su propia caducidad, su absoluta impotencia ante el destino inexorable. Conocer el propio tiempo que les separa de la muerte les hace valorar la vida, amarla apasionadamente y comprender infinitamente mejor que cualquier hombre la riqueza de la existencia. Junto a esto, los replicantes no pueden olvidar ni por un instante -a diferencia de lo hombres- que no son más que criaturas. Seres creados a quienes se les ha concedido el don de la vida.

DIOS Y LA CRIATURA

De fuerza casi apocalíptica es el enfrentamiento entre Roy y Tyrell. Roy se presenta humildemente ante su padre para pedirle más tiempo, y pregunta las diversas posibilidades genéticas que le podrían conceder más vida. «¿Qué es lo que te preocupa?», dice Tyrell; «La muerte», responde Roy. Es el grito de una humanidad que no entiende su doble naturaleza: eterna y caduca. Es un diálogo entre padre e hijo. Pero Tyrell no puede hacer milagros. Todas las posibles soluciones han sido intentadas y todas sin excepción han fracasado. El poderoso dueño de la Tyrell Corporation no es Dios.

Entonces Tyrell pronuncia unas palabras que quieren ser consoladoras pero que en los oídos de Batty resuenan dolorosamente crueles: «Tú fuiste formado lo más perfectamente posible, pero la luz que brilla con el doble de intensidad dura la mitad de tiempo. Y tú has brillado con muchísima intensidad, Roy. Tú eres el hijo pródigo». Y pronuncia luego su sentencia de muerte: «Goza de tu tiempo».

Sólo al final de la película el jefe de los replicantes acepta completamente su destino. Acepta su condición, su vida para la muerte. Acepta que es una criatura, y entonces es capaz de aceptar el misterio. Y esa aceptación es transformadora hasta el punto de darse cuenta de que no está todo perdido, de que aún puede llegar a realizar un acto eterno, definitivo: rescatar a Deckard de una muerte segura. Es como un sacrificio: muero y doy la vida. Tiempo y eternidad. Hombre y Dios. La criatura se convierte en creador. Y ese acto de dar la vida arranca de sus labios sus últimas palabras. Unas de las más bellas y cargadas de sentido que jamás se han escrito en un guión cinematográfico:

«I’ve seen things you people wouldn’t believe. Attack ships on fire off the shoulder of Orion. I watched C-beams glitter in the dark near Tanhauser Gate. All those moments will be lost, in time, like tears in rain. Time to die»; lo que, en traducción al castellano, dice más o menos así: «He visto cosas que nadie creería. Naves de ataque en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhauser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir».

EPÍLOGO INCOMPLETO

El epílogo de Blade Runner siempre estará inacabado. La película contiene numerosos cabos sueltos. Al comienzo se habla de seis replicantes que llegaron a la Tierra: tres hombres y tres mujeres. Uno muere electrocutado antes de que Deckard reciba su trabajo, pero no sabemos si es hombre o mujer. Rachael es un Nexus 6, pero también ignoramos si viajaba en la misma nave que los otros. Nada se sabe del sexto replicante.

Se podría hablar también de los fuertes contrastes de la película. Uno de los cuales es sin duda el que acentúa la decadencia de los humanos frente a la sana vitalidad de los replicantes. Este contraste se expresa en la diferencia física entre Roy y J. F. Sebastian (quien sufre un envejecimiento prematuro conocido como síndrome de Matusalén).

Una versión de 1992, comercializada como «el montaje del director», ofrece además una variante definitiva, extraordinaria, que transforma la película. Apenas unos fotogramas la modifican radicalmente. El futuro acecha y puede ser cualquier cosa. Y ya, ni siquiera al final de la película, veremos el sol. Además el director elimina la voz en off de la versión de 1982, con lo que la película queda, digamos, tal cual debe ser, sin explicaciones. Hay sin embargo un comentario en off digno de ser recordado. Es al principio, cuando las imágenes presentan a Rick Deckard y éste dice quién es: «Ex policia, ex Blade Runner, ex asesino».

 

BLADE RUNNER

Año: 1982. Montaje del director: 1992. Nacionalidad: Estados Unidos. Duración: 115 min.

FICHA TÉCNICA

Director: Ridley Scott. Producción: Michael Deeley. Guión: Hampton Fancher y David Peoples. Argumento: Philip K. Dick (su novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?). Fotografía: Jordan Cronenweth. Futurista visual: Syd Mead. Música: Vangelis.

FICHA ARTÍSTICA

Rick Deckard: Harrison Ford. Roy Batty: Rutger Hauer. Rachael: Sean Young. Pris: Daryl Hannah. Leon: Brion James. Zhora: Joanna Cassidy. Gaff: Edward James Olmos. Dr. Tyrell: Joseph Turkel. J.F. Sebastian: William Sanderson.

La ficción al poder

Recientemente, el paisaje español se ha vuelto a pintar de elecciones y, en estos días previos a la cita con las urnas, los actos de propaganda se van intensificando, como suele ser lo habitual. La cartelería en las vallas y otros espacios públicos, los anuncios en la prensa y en la radio… compaginan el interés comercial y político de cada partido. De manera especial en estos momentos, los candidatos se lanzan a un trabajo agotador para multiplicar su presencia social a lo largo de actos, más o menos forzados que les permiten aparecer en los medios de comunicación. Los políticos parecen firmemente convencidos de que su presencia en los telediarios les va a garantizar unos buenos resultados electorales.

La prelación que se establece entre los jefes de campaña es la de que «cuanto más tiempo en pantalla, mejores resultados». De hecho, como se sabe, las juntas electorales (tanto la central como las autonómicas) distribuyen los espacios gratuitos de propaganda electoral en las radios y en las televisiones públicas, de acuerdo con el resultado de los comicios anteriores. El partido con más votos es el que tiene más cuota de pantalla y se lleva los mejores espacios, aquellos en los que la audiencia es potencialmente más alta.

De manera análoga, los servicios informativos suelen aplicar el mismo criterio a las distintas formaciones políticas, de tal modo que el vencedor de los anteriores comicios tendrá el «privilegio» de aparecer en primer o en último lugar dentro del bloque electoral y con más tiempo que nadie. Hay quienes sostienen que es mejor el primer puesto porque la audiencia todavía no se ha contaminado con lo que dicen otros y está más dispuesta a recibir el mensaje. Los que mantienen que es mejor el último puesto del bloque se basan en la teoría de la curva de la audiencia, según la cual, cuando un programa funciona, tiene más telespectadores cuando termina que cuando comienza.

REFORZAR CONVICCIONES

En cualquier caso, da la sensación de que unos y otros no aciertan, porque, en mi opinión, los informativos de televisión no están especialmente facultados para hacer que la audiencia cambie su forma de pensar y, en este caso, su forma de votar. Y el fenómeno es aplicable no sólo a la televisión electoral, sino al conjunto de las informaciones que aparecen en los telediarios.

Aunque pueda resultar paradójico, parece que se puede influir más en unos resultados electorales desde la ficción que desde los informativos porque prácticamente todo el mundo presume de tener su pensamiento blindado, de convicciones profundas y de haber pensado mucho las cosas. Nadie quiere reconocerse como un sujeto que cambia conforme sople el viento y, en los telediarios libres, los vientos deben soplar de muchas partes. Las convicciones no se arrancan de una persona porque un candidato tenga un minuto más de presencia en la pantalla que su inmediato rival. En todo caso, las convicciones se refuerzan con aquellas informaciones que se reciben: rechazo, desprecio, odio, indiferencia o identificación con unas siglas o con un personaje que, además, suele presentar el mundo dentro de esa lógica bipolar que parece que es la única que entiende el género humano: «lo mío está bien, es lo positivo y lo de los otros está mal, es lo negativo».

lfap_img1.jpgEl discurso informativo de los políticos se suele mover en esos niveles básicos, ciertamente trivializados por la televisión, que es el medio más seguido por los electores -por el momento-. Tal como se ha puesto de manifiesto en varios estudios, las ideas, los principios que se transmiten durante las campañas electorales tienden a ser cada vez más simples, al tiempo que cada vez es más compleja la puesta en escena, los aspectos formales de la presencia de los candidatos en lo que, hasta ahora ha sido «la caja tonta» y ahora se ha convertido en «el plasma que se hace el tonto». Los gestores de las campañas no son ideólogos que velan por la pureza de los contenidos sino los que se presentan como «expertos» en el envoltorio, en la imagen. Los asesores de imagen son quienes establete las intervenciones, su orden, buscan la ropa más adecuada para cada ocasión y hasta preparan golpes de efecto en forma de chiste, descalificación o similar para que sus pupilos «queden bien».

Entiendo que esos esfuerzos tienen una recompensa muy corta: serán muy pocos los que, pensando votar otra opción política, se rían con la gracia de turno, mientras que los incondicionales seguirán riendo con cualquier cosa, aunque se le haya ocurrido al candidato mismo y no a su jefe de campaña.

EL PODER DEL FAMOSO

Otro nivel de influencia de la televisión -y del resto de medios en general- es el que se canaliza a través de personajes populares que no son políticos de profesión: gentes del mundo de la cultura, de los deportes, los espectáculos o esa legión de «famosos» que ocupan horas y horas del palimpsesto audiovisual con los llamados «programas del corazón». Una folclórica, un actor o cualquier bon vivant que, en el contexto de uno de estos programas, sin que parezca forzado, exprese su opción política, por ejemplo, posiblemente va a tener más influencia que si fuera un político profesional, porque se ha cambiado el plano del mensaje: ya no es un candidato hablando de política a convencidos, contrarios o indiferentes; ahora es una folclórica, casada, separada, arrinconada por la tragedia, triunfante, decadente… que tiene un público fiel en el que caben muchas ideologías.

Entre ese público seguidor lo que digan esos líderes forjados fuera de los partidos políticos, no dejará de tener interés porque vienen a transmitir parte de su forma de vida, de su trabajo, de sus patrones de conducta o de sus creencias íntimas. Es sabido que grandes marcas de ropa regalan sus productos a estos personajes porque su imagen es publicidad, de la misma manera que los presentadores de los telediarios se visten con lo que les dejan determinadas cadenas comerciales: habrá quienes les imiten y compren la misma marca.

El asunto es más complejo que el de la simple posición ante unas elecciones por parte de estos personajes. La sociedad los percibe como «punta de lanza» de lo que está de moda, se va a poner de moda, de lo atractivo, lo guay o expresión similar que se utilice. Los «famosos» suelen opinar acerca de muchas cuestiones vitales, aunque el intelectual reflexivo detecte que, en la mayoría de las ocasiones, esas manifestaciones no han pasado por sus cerebros previamente. Sus palabras sobre asuntos muy sesudos se mezclan con lo que presentan como hábitos suyos que dicen hacer «porque están de moda», son lo que se lleva. Ideas más o menos trascendentes expresadas así producen auténticas oleadas de imitadores, dispuestos a «normalizar» y hacer suyo, de su vida, aquello que han escuchado.

Un ejemplo reciente (y se pueden encontrar a cientos): en la víspera de la gala de los Oscars de Hollywood, el programa Gente de TVE (20-II-2007), emitía una larga entrevista con la actriz Penélope Cruz acerca de su carrera profesional, sus expectativas… y también sobre sus proyectos familiares. La actriz, a la que la audiencia reconoce un trabajo profesional pero también la identifica con los «novios» de renombre que ha tenido, manifestó que le gustaría casarse, tener un hijo «y adoptar algún otro». Una afirmación de este tipo, hecha por esta actriz es una semilla plantada en la legión de espectadores que, quizás, cuando se enfrenten a la posibilidad de convertirse en padres, estén dispuestos a hacer lo necesario para concebir al primer hijo, pero con la idea de que puede ser mucho esfuerzo traer al mundo a los siguientes por el mismo procedimiento. Posiciones ambiguas en el terreno sexual; ser muy creyente, pero de supersticiones, cambiar de pareja, tomar drogas, «pero las justas y para la ocasión», votar a una opción porque es la «progre»…, no hay que seguir con los ejemplos que se pueden escuchar entre estos personajes a los que, normalmente la cadena les ha pagado una cantidad importante para que revelen esas intimidades que hacen subir el share proporcionalmente a la popularidad de los entrevistados y al nivel de disparates que digan.

LAS PASIONES

lfap_img2.jpgEn la misma línea que la de los personajes influyentes se encuentra la ficción. Pero puede resultar mucho más persuasiva, porque las ideas que es capaz de transmitir «no se notan» hasta que no están dentro del espectador. Me refiero a las teleseries, telefilmes, soap operas y largometrajes que emiten habitualmente las cadenas generalistas.

Cuando un comando de ETA acabó con la vida del almirante Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973, Televisión Española tenía previsto emitir Romeo y Julieta de Franco Zeffirelli; un filme que se había estrenado apenas cinco años antes en las pantallas comerciales. La película fue levantada de la programación, no tanto porque se hubiera decretado luto nacional, como porque la pugna entre capuletos y montescos podía hacer revivir el secular enfrentamiento entre «las dos Españas». Tampoco hay que ser muy perspicaz para entender los motivos por los que la televisión pública de la Comunidad Autónoma Vasca viene emitiendo tantos largometrajes que hacen referencia a la situación de Irlanda, como los de Ken Loach (Hidden agenda), Jim Sheridan (In the name of the father) o Neil Jordan (Michael Collins). Parece inevitable buscar alguna relación.

A mi juicio, lo que ocurre con la ficción es que el envoltorio termina por imponer el contenido. La fuerza de la historia viene determinada por los conflictos que afectan a sus personajes y la manera en que lo hacen. A lo que conduce la tensión dramática es a dejar que el espectador se empape de la forma en que los personajes de la trama salen a flote o sucumben en las circunstancias que les rodean. Hablar de esto no es otra cosa que hablar de las pasiones humanas; pasiones que, como decían los clásicos, emparejan al héroe con el villano, porque todos somos sujetos de pasiones. El amor, la ira, el ansia de poder, la venganza, el miedo… son situaciones que cualquiera comprende porque las ha sufrido o las sufre o las sufrirá.

En El espíritu de la ópera. La exaltación de las pasiones humanas (Paidós, 2004, 222 págs.), Marie-France Castarède explica cómo la música y la voz se dirigen al inconsciente, pulsan la cuerda de nuestras nostalgias y nos transportan a la temprana infancia. Los protagonistas de la ópera, como los de la ficción cinematográfica resultan ser sujetos que se mueven por amor o por odio; por envidia, por codicia…, son personas que actúan haciendo gala de valor o de cobardía; son generosos o miserables; dan muestras de fortaleza o de flaqueza, les afecta la voluptuosidad o la demencia, la adulación o el olvido… Lo mismo que a cualquier otro ser humano. El espectador recibe las pasiones que se desarrollan en la pantalla con la «guardia baja», porque sabe que se trata de argumentos de ficción. En la medida en que la obra está bien hecha, en que el argumento está bien trabado y las pasiones afloran en él de manera convincente, el espectador sabrá identificarse y podrá sentir con unos o con otros o «como» unos o «como» otros.

PRESCINDIR DEL ERROR

En la ficción «es gratis» dar la idea de que un determinado hábito o comportamiento es de uso generalizado. Y esto es trascendental para quien, apasionado, recibe el mensaje: lo que ha terminado por meterse en el pensamiento resulta que es lo que parece que hace la mayoría o lo que hace un cualificado grupo que, socialmente, está bien visto. De esta manera se explica que para que una teleserie funcione bien de audiencia y, por tanto, de ingresos publicitarios, debe de tener en su reparto a un homosexual o a una lesbiana «de cuota» que proporcione el marchamo de modernismo o progresía necesarios.

Y es que la idea de que «la normalidad» se percibe a través de los medios parece cobrar más fuerza en nuestra sociedad desde que, en 1974, la socióloga Elisabeth Noelle-Neumann formulara su ya clásica teoría de La espiral del silencio, según la cual los individuos tienden a traicionar su propia cosmovisión para adherirse a la que se percibe como dominante en su entorno; es decir, se teme más al aislamiento social que al error. Y en este punto se cierra el bucle abierto con la ficción: las noticias que proporcionan los medios ya no van a ser aceptadas o rechazadas en la medida en que coinciden o no con lo que veníamos pensando, sino de acuerdo con lo que nos parece que es la opinión mayoritaria que, en cierto modo, se nos ha podido colar a través de la ficción. A partir de aquí, lo que no vaya en esa misma línea, dejará de interesar.

Cuando se tiene interés en influir realmente en una sociedad, la ficción y las noticias caminarán en la misma dirección, se combinarán las propuestas que se llevan a cabo desde los programas de ficción o no necesariamente informativos, con las noticias concretas de cada día. El espectador volverá a experimentar la misma sensación de aceptación o de rechazo ante lo que se le ofrece, pero de una manera menos libre.

EDUCAR LAS PASIONES

Como remedio para que el espectador responsable pueda salir de esta dinámica perversa el programa de actuación (más que de defensa) es claro: el ciudadano debe contraponer en su actividad diaria, no sólo en la profesional, a las persuasiones falsas otras verdaderas. Decir lo que se piensa con total libertad, por encima de temores al rechazo social, en el convencimiento de que hay más personas que piensan como uno y hasta necesitan de nuestro pronunciamiento valiente para no sentirse solas. Por lo que se refiere a los estragos de la ficción, se trata de educar las pasiones -lo que es propio del hombre virtuoso- para detectarlas en el momento en que aparecen. Podrá haber una identificación con los personajes, pero cribada por la razón que nos permite detectar en cada momento lo que es aceptable y lo que no lo es, por muy retorcido que sea el guionista.

En último lugar, creo que conviene fomentar el uso racional del aparato de televisión, en el que hay que ver sólo aquello que nos interesa para apagarlo después. Nadie concibe poner en marcha una lavadora o un horno microondas si no hay nada que lavar ni nada que calentar. Pues lo mismo ocurre con el consumo de televisión: no se entiende tener encendido el electrodoméstico si no hay nada que ver. Otro asunto -a veces muy difícil- es el de cómo el espectador conoce la oferta cada vez más atomizada que el medio ofrece, pero este tema excede ya los límites de esta reflexión.

Huid del escepticismo

Se cumplen treinta años desde que se editara por primera vez esta pequeña obra de Christopher Derrick (Ediciones Encuentro, 1982 y 1997) que incluye como subtítulo Una educación liberal como si la verdad contara para algo. No era idea original suya y por ello pide disculpas a su gran amigo E. F. Schumacher autor del libro Lo pequeño es hermoso: una economía como si la gente contase para algo. Este libro de Derrick es en realidad una carta de agradecimiento en la que recoge sus reflexiones sobre la educación liberal a partir de sus experiencias en el transcurso de una estancia en el Thomas Aquinas College de Calabasas, California, institución educativa ajena a las nuevas modas académicas y docentes de otros lugares.

El autor tiene claro qué significado debe tener el concepto «liberal» aplicado a la educación. No se trata de educar a través de la libertad sino de hacerlo para la libertad. El resultado de ello, según Derrick, será «alguien que no estará cualificado para ejercer una profesión específica. Pero, por otra parte, se le habrá estimulado a desarrollarse como persona de la manera más completa posible. Será alguien que leerá mucho, informado, sensible; apreciará el arte, entenderá algo del mundo, su historia y sus problemas; tendrá muchas simpatías y espíritu tolerante y, si surgiera cualquier cuestión pública o política, sabrá darle otra salida que la del simple prejuicio o interés particular. Tendrá cierta facilidad en las difíciles artes de leer, escribir y pensar: dispondrá de recursos internos y será alguien con quien valga la pena hablar».

Derrick protagoniza a su vez una de las vidas paralelas de las muchas que componen Escritores conversos, de Josep Pierce (Palabra, 2006), en el que se relatan minuciosamente aquellos años del renacimiento intelectual anglosajón que supo reflotar su cultura en momentos de barbarie como los vividos en el transcurso del siglo XX y, como su título indica, describe el transitar paulatino de muchos de aquellos intelectuales desde el protestantismo anglicano al catolicismo.

Una iniciativa como el Club Socrático de la Universidad de Oxford, presidido por C. S. Lewis, fue una muestra de la inquietud de los personajes de aquella época, un foro abierto a la discusión de objeciones intelectuales relacionadas con la religión y el cristianismo en particular.

hde_img1.jpgPero no fue la única, también existieron otras muchas, como La Espada del PEspíritu, de la que fue presidente Christopher Dawson que describía los fines de la asociación como «un regreso a los principios sobre los que se ha edificado la civilización occidental y nuestra propia vida nacional; y, por lo tanto, opuesta tanto a la deliberada apostasía del estado totalitario como al materialismo superficial de nuestra cultura secularizada».

Dentro de unos meses, quizá algún año, el debate en torno a los avances de la Unión Europea regresará de nuevo intentando hacerse un hueco entre tantas pugnas nacionales. Con los nuevos liderazgos consolidados, o por consolidar, nuestros orígenes volverán a ser motivo de discusión como lo fueron ya antes de los primeros referendos para la aprobación de la nueva Constitución europea. Y así, Los orígenes de Europa (Rialp, 2007), titulaba Christopher Dawson el libro en que recogía sus reflexiones sobre la unidad de algo más que un continente.

Dawson llegó a ser considerado una figura clave en el renacimiento intelectual católico, cuya influencia se extendió mucho más de lo que su fama de hoy en día podría sugerir. No en vano, su hija Christina recordaba que T. S. Eliot, otro de los protagonistas del libro de Pierce, «admiraba su obra y alguna vez afirmó que, en aquel momento, Dawson constituía la influencia intelectual más importante de Inglaterra».

Alma de España

ade_img1.jpgEl papel que ha desempeñado España en la historia de Europa y, a su vez, Castilla dentro de España, ha suscitado numerosas y encendidas polémicas en las que han tomado parten o sólo historiadores y cronistas sino también intelectuales, filósofos y escritores, sin que falten, cómo no, pensadores políticos. La cuestión permanece viva y no sólo en el ámbito doctrinal o teórico, sino que también están presentes en ciertos planteamientos de sectores nacionalistas, dispuestos a interpretar el pasado en función de sus aspiraciones presentes y futuras.

El análisis mesurado y sereno de la realidad histórica, es, tal vez, la mejor forma de acercarse al descubrimiento de la verdad. Este ha sido el criterio seguido por los coordinadores del presente volumen, Antonio Morales Moya y Mariano Esteban Vega, catedráticos en las universidades Carlos III, de Madrid, y de Salamanca, al reunir diversos estudios elaborados por un grupo de historiadores españoles y franceses.

Aunque, dadas las dificultades de espacio, resulta difícil examinar como merecen, uno a uno, los distintos trabajos de investigación incluidos en la obra, sí es posible ofrecer una visión del conjunto de las valiosas y bien orientadas aportaciones facilitadas por los diferentes autores. Predominan los ensayos de dicados a la controversia inacabada sobre la significación de Castilla dentro de la historia general de España.

Nos encontramos, según los expertos, ante una cuestión que ha recibido un tratamiento diferente, en función de la procedencia de los historiadores, o de la época en que escribieron. Precisión importante, al tener en cuenta que la Castilla de Fernando III el Santo y Alfonso X, no es la misma de Isabel I de Castilla, de Felipe II o de Isabel II. Otro factor a considerar, antes de ensalzar o denigrar el papel de Castilla entre los de más reinos, regiones o comarcas, sería observar su origen y expansión, circunstancias condicionadas también y, en gran medida, por la posición geográfica, central, que ocupa dentro de la Península Ibérica. Sin embargo, el concepto de España ha sido siempre mucho más amplio y complejo y, desde luego diferent e, al de Castilla. Las pretendidas ansias de dominio absolutista y centralismo que se le atribuyen, quedan desmentidas por la realidad: España es uno de los países europeos que con mayor vigor y riqueza mantiene vivas sus diferentes lenguas y culturas locales, variedad en la que reside, precisamente, uno de sus más destacados rasgos nacionales.

Queda claro, además, que los esfuerzos de austrias y borbones en mantener el control de la administración sobre sus territorios, no deberían atribuirse tanto a la «soberbia invasora castellana» como al ejercicio de medidas administrativas consideradas, con razón o sin ella, necesarias para el buen gobierno de la monarquía.

Los elementos definidores de la visión negativa de España y de Castilla como origen de crueldad, intolerancia y despotismo, encuentran adecuado tratamiento en el artículo del hispanista francés Jean-René Aymes. Quedan al descubierto los exageraciones de los forjadores, dentro y fuera de España, de la Leyenda Negra. Triste literatura, teñida de mitos y prejuicios que, basados en los abusos de la Inquisición y en ciertos momentos del reinado de Felipe II, atribuyen a todo un pueblo vicios connaturales que los alejan de las honestas virtudes, consideradas por los críticos propias de las naciones europeas más civilizadas. Es de agradecer que la cordura y el rigor prevalezcan, en este caso, a la hora de enjuiciar una historia común en la que errores, vicios, virtudes, desmanes y actos heroicos se reparten con generosa equidad entre las distintas regiones de la vieja Europa.

Tres reformadores Lutero-Decartes-Rousseau

trldr_img1.jpgHace apenas cien años, el 11 de junio de 1906, Jacques Maritain recibía en París el sacramento del bautismo en la iglesia de San Juan Evangelista. Culminaba así un itinerario espiritual que nacía en un entorno familiar impregnado de protestantismo liberal y laicismo —era nieto de Jules Favre— para desembocar a instancias de Péguy en el encuentro de la noción objetiva de verdad a través de las lecciones de Bergson en La Sorbona y subsiguientemente con la fe y existencia cristianas que encarnaba de singular manera la obra y persona de Bloy.

En 1925 verían a la luz en un único volumen los tres ensayos que dan pie al título de la obra que nos ocupa y que ahora en feliz coincidencia con el mentado centenario reedita Ediciones Encuentro rescatando la clásica y excelente traducción de Ángel Álvarez de Miranda. Su aparición causó un hondo impacto en los círculos intelectuales de ambos lados del Atlántico —no sólo católicos— que habían asistido al hundimiento de varios de los pilares fundamentales de la Modernidad en la escombrera dea Gran Guerra y que a su vez presentían los fúnebres rumores que no lograba acallar la algarabía de los años veinte. Baste recordar, a modo de ejemplo, la influencia que las tesis aquí expuestas por Maritain iban a tener de inmediato en el pensamiento y evolución espiritual del poeta angloamericano T. S. Eliot, quien merced a esta obra trabaría honda y prolongada amistad con nuestro autor.

Lutero, Descartes y Rousseau: en estos tres nombres filia Maritain la génesis y esencia de la Modernidad en su triple vertiente religiosa, filosófica y moral, respectivamente. Los subtítulos que acompaña a cada uno de ellos, Lutero o el advenimiento del yo, Descartes o la encarnación del ángel y Rousseau o el santo de la naturaleza, junto con la respectiva tentación del desierto asignada a modo de introito a cada reformador, nos indican ya la seriedad desde la cual Maritain va a encarar su examen crítico: los analizará como teólogo y filósofo cristiano anclado en un realismo filosófico con una solícita preocupación por los efectos que la Modernidad así configurada ha tenido en la salus animarum.

Por ser la religión el ámbito que gobierna toda actividad humana, nuestro pensador alsaciano considera la revolución luterana como la que más influencia ha tenido en la conformación de la mentalidad moderna. Lutero es visto así no tanto como fundador del protestantismo sino como enemigo declarado del saber filosófico, dotado más que de una inteligencia especulativa orientada a lo universal de una inteligencia cogitativa volcada en lo particular: su especialidad serán los dominios del yo y sus sucesivos estados de ánimo y sentimientos, que va a producir un drástico corrimiento desde el cristocentrismo que presidía la vida interior a una nueva espiritualidad egocéntrica necesitada de consuelos espirituales y de la experiencia de la piedad.

El sentimiento de sentirse en gracia deriva así, a juicio de Maritain, en una mayor preocupación que la debida al propio Dios. Para mostrarnos mejor todo ello, el capítulo entrevera de manera magistral determinados aspectos doctrinales del monje agustino con sus peculiaridades personales y vivencias biográficas, destacando cómo las vicisitudes de la vida del hombre Martín Lutero en su tragedia agonista tiñen aquí y allá sus escritos y polémicas, de forma sesgada. La voluntad esclava se verá así obligada a renunciar a la vida interior mas no por ello a la santidad: la ascética y la razón son sustituidas por la justificación que viene de la sola fides y la sola scriptura. La confusión luterana entre «personalidad» e «individualidad» dará lugar a un triunfo de la inmanencia que jalonará toda la Modernidad planteando una serie de conflictos irresolubles (espíritu y autoridad, Evangelio y ley, sujeto y objeto, intimidad y trascendencia) que al parecer de Maritain no tendrían sentido en un orden de cosas respetuoso para con las realidades espirituales.

Si en Lutero hemos visto un cambio sustancial en el concepto mismo de persona respecto de su naturaleza, entendimiento y voluntad, ahora en la revolución cartesiana veremos cómo se trastoca la noción del pensamiento mismo.t o mismo. Para nuestro autor el pecado de Descartes reside en su angelismo, al concebir nuestro entendimiento bajo las categorías que la filosofía medieval atribuía al pensamiento propiamente angélico, cuyas notas esenciales son su independencia respecto de las cosas, su índole intuitiva y su carácter innato. Una tal inflación de la razón será índice y causa de una gran debilidad aneja a la Modernidad misma, a saber: la razón desarmada pierde su asidero en lo real y tras un tiempo de presunción se ve reducida a abdicar en el mal contrario: antiintelectualismo, voluntarismo, pragmatismo, etc. De ahí que veamos, en lúcida metáfora de nuestro pensador, al hombre moderno equipado como un dios para luchar contra los cuerpos, pero inerme para pugnar contra los espíritus y cómo las leyes del universo metafísico le aplastan de forma irrisoria.

Rousseau dio en realizar en el plano de la moralidad natural una obra del mismo tipo que la de Lutero en el evangélico, yendo, de las altas esferas de la gracia al fondo mismo sensible y animal del ser humano. Para nuestro autor, lo privativo de Rousseau, su singular privilegio, consiste en la resignación de sí mismo aceptándose a sí mismo y a sus peores contradicciones como el fiel acepta la voluntad de Dios. De ahí la insistencia con que el ginebrino repetía la siguiente formula al final de su vida, tan en boga en la mente del hombre moderno: «Hay que ser uno mismo». Por todo ello, declarará sin ambages nuestro autor: «El hombre de Rousseau es el ángel de Descartes haciendo la bestia». Maritain no se llama a engaño respecto del optimismo y del naturalismo rusonianos por suponer este último una repulsa del orden sobre natural y proclamar a quélla bondad de la naturaleza, adivinando en su trasfondo una realización integral de la vieja herejía pelagiana de la mano ahora del misticismo de la sensibilidad.

Ahora que el ángel de la Historia del que hablaba Benjamin contempla con desolación las imágenes rotas de esta Modernidad nacida en una celda de un monasterio de Erfurd, soñada luego al calor de una estufa a orillas del Danubio y aventada años más tarde por entre los jardines de Montmorency, puede ser un lúcido momento para interpelar serenamente con estas páginas a sus proféticos reformadores sobre el sentido y verdad de su legado. A buen seguro que este ejercicio nos reportará algo de luz, esa misma luz matinal que inundó gratuitamente hace ahora cien años a Maritain y a Raisa por entre las vidrieras de una iglesia recién erigida en el mundanal Montmartre, dando lugar a frutos de sabiduría como estas páginas.

Sólo el asombro conoce

seac_img1.jpgCon un prólogo de César Nombela: «El recorrido intelectual por los caminos de la ciencia, los del conocimiento de la realidad verdadera en expresión de Zubiri, es, sobre todo, una ctividad profundamente humana» y con una cita de Luigi Giussani: «Hay una evidencia previa y un asombro que rebosa en la actitud del auténtico investigador: la sorpresa de la presencia me atrae, y así es como se pone en marcha en mí la búsqueda», se abre el libro, que consiste en una serie de citas de importantes científicos sobre su labor como investigadores. Desfilan por el libro Galileo, Faraday, Mendel, Curie, Einstein, Fermi, Severi, Lorenz, Feynmen y otros muchos. ¿Qué han pretendido los autores? Humanizar la ciencia. Presentar ante el no científico, ante el hombre de la calle, quizás con una formación en otros campos, que la ciencia es una creación auténticamente humana, tan humana como el arte, la literatura o la política, sometida a las mismas tensiones, a los mismos prejuicios y con la misma grandeza que estas otras creaciones humanas. La ciencia, como todo lo humano, es fruto de una época, de unos intereses, de unos gustos y cambia y se modifica con el paso del tiempo. Los científicos son hombres como los demás, aunque se haya pretendido que eran mejores. Hay estudios que demuestran las bajezas, las inmoralidades y las mentiras de muchos científicos. No son ni mejores ni peores. Son hombres, fruto de la época que les ha tocado vivir.

La ciencia se encuentra hoy en el centro de las preocupaciones del hombre de nuestros días. Tomando una postura u otra frente a la misma, la ciencia presenta hoy una conciencia clara de su importancia. Práctica, dando lugar a una técnica y teórica intentando explicar el mundo. Por otro lado, la ciencia aparece hoy bajo el signo de la modestia.

Hoy sabemos que todateoría científica es sólo una aproximación a la realidad, que vendrán otras aproximaciones que darán lugar a que la primitiva teoría quede abandonada o quede como sólo un recuerdo histórico. Es «la lógica de la investigación científica». El libro concede prioridad a los textos que aclaran los factores de la experiencia humana «implicada en el ejercicio del trabajo científico y la percepción de la realidad que se desarrolla en el intento de mirar e interrogar a la naturaleza». Este libro bucea en el interior del científico e intenta explicar y justificar sus trabajos de investigación. Se destaca que el asombro y la contemplación de la realidad se encuentran en el origen de cada paso de la ciencia. Luego ésta, en algún sentido, puede ser concebida como una aventura humana, similar a otras aventuras como puede ser, por ejemplo, el deporte. ¿Qué es la realidad?, ¿cómo se puede conocer?, ¿hasta qué punto se puede conocer?, ¿cómo se puede explicar?