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Ver productosLa Administración de Justicia de un país no es, ni debe serlo, una isla al margen por completo del resto de las instituciones e incluso de la ciudadanía. Si afirmo lo anterior es porque de una forma u otra el estado de la Justicia es inevitablemente un termómetro de la temperatura social y política de una nación.
En el caso de España existen ciertos factores previos que deben considerarse antes de emitir cualquier juicio. El primero, y a mi juicio esencial comporta dos vertientes . La primera es que nuestro país ha vivido prácticamente un siglo de las reformas judiciales, sustantivas y procesales que los legisladores liberales del XIX emprendieron a partir de la revolución septembrina de 1868. De los pocos logros útiles del barullo nacional en que se convirtió el denominado Sexenio democrático, la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1870 instauró la independencia judicial, un objetivo que perseguían programáticamente los partidos políticos progresistas y al que se oponían con tenacidad los de corte conservador. A la Restauración canovista le corresponde el honor, si bien en buena medida fueron los gabinetes liberales de Sagasta y muy particularmente el ministro Alonso Martínez, de haber iniciado una labor moderna de codificación, el Código Civil como buque enseña, y sobre todo las leyes procesales, Ley de Enjuiciamiento Civil y Ley de Enjuiciamiento Criminal, que con las orgánicas constituyen el nervio de la administración y ejercicio de la justicia de un país.
Leer la exposición de motivos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882 es hoy en día un ejercicio muy recomendable para comprobar con melancolía tanto el deterioro del uso del español en los textos legales como la clarividencia en el diagnóstico de los problemas que planteaba el proceso penal y, lo que era aún más importante, las soluciones para remediarlos. Basta citar la gran aportación, como acertadamente suele recordar el profesor Luis María Díez-Picazo, que supuso la creación del juez de instrucción que, desde su independencia absoluta, debía consignar en la investigación de las causas penales tanto lo favorable como lo desfavorable para con el acusado. Un juez, además, que observaba escrupulosamente todas las garantías establecidas por la ley. También el plazo de setenta y dos horas que ponía fin a la detención policial, verdadera y novedosa garantía de un bien tan preciado y frágil como es la libertad personal.
LA HORA DE LA CONSTITUCIÓN DE 1978
Pero ese diseño de la Restauración que pervivió a través de Monarquía, Dictadura, República y nuevamente Dictadura, tenía fecha ínsita de caducidad. Había sido pensado para una sociedad eminentemente rural y nada tecnificada, con una demografía y distribución poblacional muy específica. Además el estilo inquisitorial de los procesos penales exigía un cambio hacia un sistema acusatorio, y en general los procesos se habían convertido en instrumentos muy poco eficientes, muy burocratizados, y especialmente dilatados en el tiempo, con lo que la oralidad parecía imponerse.
La Constitución de 1978 introdujo novedades de especial importancia, pero lo fueron en general de tipo declarativo, la proclamación del valor constitucional justicia (art. 1), cuya importancia es evidente, y las institucionales, el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General del Estado, los procesos de amparo, anejos a la especial exigencia de los derechos fundamentales, eje real de la vida cotidiana imbricada en la demanda de justicia. Las consecuencias de los planteamientos no han sido por lo general las deseadas.
Y no lo han sido por cuanto los partidos políticos han malversado el alcance constitucional de tales instituciones en una clara carrera de una evidente instrumentalización de los mismos. Es una tendencia que está corroyendo por reduccionista buena parte del sistema democrático occidental. Progresivamente la vida democrática gira en torno a los partidos políticos, a la preeminencia del Ejecutivo, a la administrativización de la vida judicial, a la fecha y resultado de las elecciones, a los sondeos de opinión, a los sindicatos de opinión mediáticos empresariales y políticos y a la judicialización de la vida en general y de los conflictos políticos en particular.
Un sistema constitucional basado en el Estado de Derecho exige un mecanismo tan complejo como delicado. La división de poderes, releer de verdad a Montesquieu como a Alexis de Tocqueville parece cada vez más imprescindible, presupone un sistema de controles que impida el autoritarismo o la tiranía de cualquiera de los tres poderes de un Estado y, en todo caso, es el judicial el que garantiza el sistema y el control final del mismo, tanto de manera externa, entre ellos, como interna, de cara los ciudadanos. La creación de instituciones, Consejo de Estado, Fiscalía, Tribunal de Cuentas, organismos financieros y mercantiles de regulación del mercado, así como la propia sociedad civil, deben obedecer a la misma filosofía de independencia y control fiscalizador.
No creo con sinceridad que ello se esté cumpliendo con eficacia real en España y la culpa no es sólo de los poderes públicos y de los partidos políticos, aunque en buena medida les corresponda una mayor responsabilidad. La consecuencia lamentable es que el sistema judicial padece desde hace años de una notoria falta de credibilidad social, los procesos se eternizan y las leyes parecen nacer como consecuencia de posiciones doctrinales encontradas o de titulares de medios de comunicación.
La necesaria y urgente reforma profunda de la Justicia en España pasa por diversas e incuestionables exigencias como la necesidad de recuperar la antaño prestigiosa Comisión de Codificación. Las reformas que se hacen, con la alabada excepción de la nueva Ley de Enjuiciamiento Civil, son de estilo parcheo. Les confieso que el cambio de sistema en 1985 no ha reportado sino perjuicios, aunque cualquier sistema es bueno o malo en atención a la propia independencia de ejercicio de los nombrados, en el TC y en el resto de los órganos de asesoramiento y control. Una reflexión serena y no demagógica sobre las plantillas de las carreras judicial y fiscal, así como sobre su despliegue territorial, un plan nacional de inversión financiera y tecnológica en Justicia o la dotación de un verdadero ámbito de autonomía presupuestaria y funcional al ministerio fiscal, son algunas de esas perspectivas con las que se debería abordar el grave problema de la Justicia en España al comienzo del siglo XXI.
Con Isaiah Berlin conviene recordar al respecto que entender no significa aceptar.
Al momento de iniciar estas reflexiones, los médicos del hospital público que han atendido la demanda de Inmaculada Echevarria han Adesenchufado el respirador que la mantenía en la existencia y la peripecia dramática de esta mujer es ya un recuerdo para la historia y el debate. Las decisiones en torno al final de la vida son así, no proporcionan un margen de rectificación, la ocasión para la vuelta atrás. El caso límite de Inmaculada viene a revelar algo de todos conocido y ahora más patentizado: la complejidad de las decisiones humanas en el seno de las sociedades modernas, axiológicamente plurales. La babel en que la sociedad discurre -a golpe de timón político y en medio de un tejer y destejer de los esfuerzos racionalizadores- dibujan entre nosotros un momento de convulsión, de crisis de valores orientadores, de ausencia de perchas donde posar una aceptable lógica de comportamientos y construcción de leyes. Sustituida por la retórica, por las emociones y por lo que quiero y deseo, la razón -el intelecto reflexivo- parece caminar a la deriva y por esto que lo real no se perciba, la verdad resulte ya una aspiración incomprensible y lo legal se acabe convirtiendo en lo moral, incluso en la percepción de los mejores, de los muchos que con ahínco lo buscan diariamente.
Es por esto que el abordaje de una reflexión sobre el caso de Inmaculada ofrezca tantos perfiles de difícil transmisión, tantos conceptos precisados de definición y acuerdo generalizable. Y cómo no, de la rebeldía contra las innumerables dogmatizaciones seculares que las nuevas retóricas han venido a proyectar en la sociedad.
Los diferentes perfiles del caso pueden sintetizarse de alguna manera en cuatro perspectivas y en un trasfondo de importancia clave, la dimensión teológica o religiosa del hecho, ya sea como confesión de fe por parte de algunos, ya como mera cultura transmitida para otros, en cualquier caso como referente de los «máximos» sobre los «mínimos», de la excelencia sobre la ley. Estas cuatro perspectivas son: 1) la perspectiva de la decisión moral de Inmaculada; 2) la perspectiva de los médicos y de sus técnicas y dimensiones deontológicas; 3) el papel del derecho y de la aplicación de la justicia por el legislador; y 4) la percepción social y cultural del caso. En este artículo pasaremos muy superficialmente por ellas, deteniéndonos para mejor información del lector sobre la perspectiva de los médicos y los condicionantes sociológicos que determinan sus decisiones. Por razones obvias, el autor se va a limitar a unas opiniones sobre la base de la comprensión y el respeto previo a la persona de la suicida, de la mujer que, en razón a su libre albedrío y cansada de la existencia que arrastraba optó, desde su lógica, por demandar el final de su vida.
A DECISIÓN DE INMACULADA
La petición de Inmaculada cumplió al parecer los requisitos legales, al menos formales de la Ley 41/202, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica. Supongo que en aplicación de lo que atañe a los principios generales y al respeto a la autonomía del paciente, pues no parece aplicable a su caso el ámbito de las instrucciones previas, al no darse en ella la condición previa de la incapacidad para expresarse verbalmente con los médicos. No fue ese el caso de nuestra enferma, vigil, locuaz, plenamente consciente de lo que pedía -la eutanasia- y apercibiendo a los médicos, tras la dura experiencia de Ramón Sampedro de que, a la retirada del respirador, se habría de añadir algún tipo de sedación que le evitara cualquier tipo de dolor o sufrimiento. Su firma en un papel, más que un consentimiento sobre lo que, en consecuencia, se iba a ejercer sobre ella, fue un deseo sincero de eximir de responsabilidad al médico o médicos que participaran en el acto de retirarle el soporte vital y otras medidas acompañantes. Todo da a entender que Inmaculada fue muy bien atendida en la institución donde transcurrieron tantos años de su vida y que la relación con sus médicos y personal de enfermería fue de suma excelencia, de la que tuvo clara conciencia. Dejo a los juristas la interpretación del punto 4 del artículo 2 de la citada ley en la que se afirma que «todo paciente o usuario tiene derecho a negarse al tratamiento, excepto en los casos determinados en la ley. Su negativa al tratamiento constará por escrito». Mi opinión, que adelanto, es que en este caso, la aplicación de la ley penal anulaba, al condenar a los médicos, la voluntad de Inmaculada. Pero esto queda abierto a los expertos.
La decisión por la Junta de Andalucía, tras el asesoramiento de las comisiones designadas, de asumir la petición de Inmaculada como un caso al que era aplicable el recurso a la «limitación del esfuerzo terapéutico» (LET) ha sido rápido objeto de controversia y contestación por amplios sectores de la sociedad. Y ha vuelto a poner sobre el tapete la dificultad, a veces insuperable, de cohonestar las convicciones diversas y aun antagónicas, que conviven en las sociedades modernas, sobre los límites de la Medicina en relación con la vida humana y su respeto y, en este caso, sobre el proceso de la muerte. Una cuestión que, por más que se pretenda reducir o limitar a dos días de interés informativo, registra una importancia social extraordinaria, de mayor calado que otras cuestiones que diariamente afloran en el inconsciente colectivo de la sociedad. Y ello porque, aun sin penetrar en la cuestión, fractura, con el mayor estrépito, todo un edificio legal e histórico de la dimensión social de la muerte en nuestro país. Porque el proceso de la eutanasia o los comportamientos preeutanásicos -que es, lo que el autor piensa que revela la lectura de este caso- son, como dijo Pellegrino, al modo de una pequeña fractura o fisura en la estructura de cualquier dique, que se percibe fuerte, pero que acabará cediendo y desplomándose, incapaz de contener el desbordamiento de las aguas.
En efecto, la decisión del gobierno andaluz es de una peligrosidad considerable y de una más que dudosa legalidad. Porque además de volver a confrontar el valor de la libertad y el respeto a la vida -un viejo clásico de la filosofía política- pone de manifiesto la esquizofrenia en torno a la interpretación de la ley y del derecho que viene caracterizando al gobierno socialista, cuando sus intereses andan de por medio. El modelo del sostenimiento de la vida del etarra de Juana Chaos, cuando ésta corría serio peligro -incluso atándole las manos para impedir que se extrajera la sonda por donde se le hidrataba y alimentaba- en coherente sintonía con el espíritu de la Constitución, resulta ahora literalmente burlado cuando, aceptando criterios discutibles, se asumía y aun se ordenaba la consumación del exitus de Inmaculada. Todo ello en manifiesta exclusión -y aun desprecio- de los contenidos y el articulado que a ello dedica el Código Penal, que taxativamente condena la acción llevada a cabo. Todo un órdago al Ministerio de Sanidad y al Derecho que, cualquier día, podría acabar en los tribunales.

Pero además, con la orden de Roma y el traslado de la enferma a una institución de titularidad pública, la muerte a petición de Inmaculada reabre un nuevo e innecesario enfrentamiento con la Iglesia y con las gentes de convicciones cristianas y vuelve a regar con sal las heridas de una gran mayoría de ciudadanos, que no entiende ni el desencuentro entre afines ni la oportunidad para una decisión de tal naturaleza. El espectro de la eutanasia, como la historia de una muerte anunciada, retorna al diseño de su nicho propio en la sociedad, al modo de un quinto jinete del Apocalipsis que, como plaga culta del relativismo, infecta hoy a una cierta capa de la sociedad.
Como veremos a continuación, los médicos tampoco andan ajenos a esta confusión, al menos desde mi perspectiva. Porque, insertados en el torrente de la sociedad y confundidos por sus turbulencias, tampoco aciertan a defenderse de estas exigencias sobre la base de sus principios y deberes históricos, sobre sus códigos deontológicos, barquillas al viento en el temporal de opiniones que perciben a su alrededor. Es por ello preciso conocer y distinguir bien las acciones que se reputan como LET y lo que no pasa de ser una simple eutanasia. Y ello, primero porque la eutanasia es un gran mal que daña profundamente a la Medicina y a los médicos, y secundariamente a toda la sociedad; y segundo, porque además de innecesaria si verdaderamente está en la cartera de ofertas del partido gobernante, su penetración en la sociedad no vendrá de la mano de frontales cambios legislativos o de reformas penales abruptas, sino de forma furtiva, al modo de un caballo de Troya, esto es, favoreciendo la mentalidad eutanásica a través de una estrategia de flexibilización de los conceptos límites de la eutanasia, es decir, de la denominada «sedación en la agonía» y de la «limitación del esfuerzo terapéutico», de la LET. Pasados unos años, sedación en la agonía, LET, suicidio asistido y eutanasia, podrán ser alternativas difíciles de distinguir y perfectamente asimiladas. El frente laicista habrá consolidado entonces un nuevo y poderoso espacio en el dominio de la sociedad.
La petición de Inmaculada de que la Medicina cooperara a su decisión de acabar con su vida, de que los médicos le retiraran el respirador adosado a su tráquea desde hacia una década y de que, con la aplicación de fármacos, se impidiera que el proceso de la agonía transcurriera con dolor o sufrimiento, es una cuestión que ha recibido dos interpretaciones antagónicas. La primera viene a decir que Inmaculada solicitaba lo que por derecho la ley civil le permitía, esto es, optar por el cese de un tratamiento -la asistencia al mantenimiento de sus funciones respiratorias- del que se había cansado, en la medida que la mantenía en una existencia y condiciones de vida que habían dejado de tener sentido para ella.
Limitada por el fracaso de la actividad de sus músculos desde la adolescencia y en posesión de una biografía que nadie podría considerar satisfactoria, la enferma debió atravesar por momentos de grave confusión, de inseguridad y soledad, aun en presencia de un mundo asistencial atento y afectuoso; de duda radical sobre el ser y el no ser de su existencia, de su vida diaria, de su futuro; porque la idea de sobrevivir es una constante antropológica que prevalece sobre la idea de muerte; y la historia de estas trágicas enfermedades está llena de personas admirables, de esfuerzos de superación infinitos, con exploración incesante de las escasas o mínimas capacidades de gratificación y relación a que pueden aspirar. Inmaculada experimentó, seguro, la misma percepción de la vida que otras personas en similar situación y de cuya discreción la sociedad tiene escasas noticias; pero acabó consolidando en su espíritu la idea contraria, la desesperanza, la incapacidad de superar la carencia de sentido en la que se percibía instalada.

Nadie con un mínimo de humanidad puede dejar de sentirse apelado por la dureza de esta vida, que no encontró el sentido a su existir. Y sólo el silencio y el respeto, la compasión más dinámica, debe ahora acompañar a su recuerdo. Cosa distinta es que su experiencia como fenómeno social no provea a la necesidad de un análisis de tales acontecimientos.
La segunda perspectiva del caso afirma que el proceso de la muerte de Inmaculada reviste todas las condiciones de la eutanasia voluntaria. Y que, aunque la lex artis ad hoc pudiera encontrar asiento deontológico a la dudosa realidad del caso -como afirman algunos científicos- ello no obviaría la gravedad moral de la cooperación necesaria al acto de finalización de la vida de la paciente, que además es contemplada en el artículo 143.4 del Código Penal. El supuesto derecho legal de un paciente a suprimir un tratamiento -en puridad, un soporte vital ya convertido en medio ordinario para la sobrevivencia- que le haría pasar directamente de una vida dura -nadie lo duda- pero sin perspectiva de muerte, a la muerte real, no hace desaparecer la moralidad del acto, es decir, la lamentable contribución de una persona, por piedad o solidaridad, a la muerte de otra persona, que de otro modo no se hubiera producido: la acción de disponer de una vida humana como si de un supuesto deber se tratara, derivado de otro supuesto derecho a disponer de su propia vida por parte de la enferma.
LIMITACIÓN DEL ESFUERZO TERAPÉUTICO (LET)
En esta reflexión vamos a detenernos en la comprensión del concepto que ha fundamentado la aceptación por la Junta andaluza, el concepto médico de «limitación del esfuerzo terapéutico». La LET es una legítima concepción en torno a los límites de la intervención de los médicos en el proceso final de la vida, que ha emergido en las últimas décadas. Básicamente viene a decir que, cuando las expectativas de sobrevivencia son nulas, el mantenimiento a toda costa de tecnologías instrumentales o de soporte vital que ya no proveen curación sino mero alargamiento artificial de la vida -con no poca mortificación para el exhausto enfermo- carece de sentido y pueden ser suspendidas. En el mundo de los cuidados intensivos o en los paliativos, cuando un sistema de tratamiento sólo sirve para preservar un estado de coma permanente y/o para impedir el término de la dependencia de los cuidados intensivos, se dice de él que es un tratamiento «fútil», expresión que no vamos a discutir en este trabajo, y que significa algo más que inútil. Es perfectamente lícito y moral, entonces, suspender o limitar la aplicación de algunas de estas técnicas de soporte vital que ya se muestran inservibles para la función curativa: Para recuerdo del lector, técnicas que procuran la sustitución de la función fisiológica de un órgano vital como, por ejemplo, la respiración artificial o mecánica en casos de insuficiencia respiratoria, las técnicas de diálisis en el fallo renal, la reanimación cardiopulmonar, en fin, los marcapasos, el balón contrapulsación, la nutrición artificial, las trasfusiones e incluso la hidratación, etc.
El concepto de LET ha encontrado su asiento más natural en las UCI y en los modernos cuidados paliativos, pero su aplicación es ampliable a la atención primaria; si bien es un concepto este de la limitación de las medidas de soporte, del esfuerzo terapéutico, que encuentra su verdadero sentido cuando el estado del enfermo es crítico y posado en los aledaños de la muerte, más que en cualquier otra perspectiva del paciente terminal, es decir, cuando los médicos han perdido ya toda esperanza de que el enfermo no muera a corto o breve plazo. Limitar alguna de las técnicas de soporte vital e incluso retirarlas son entonces decisiones frecuentes, que suelen tomarse regladamente, tras deliberación en la que participan todos los miembros del staff vinculado a la atención del moribundo. Pero esto no es eutanasia ni se le debe llamar eutanasia pasiva, concepto este último altamente falsificador de la realidad. La LET es una decisión que, limitada a su sentido originario, es humana y ética y previene contra los excesos del «encarnizamiento terapéutico».

El problema ético nace cuando se retuerce y se fuerza el criterio fundamentador del abandono del soporte vital. Es aquí entonces cuando pueden plantearse diferencias irreductibles entre el principio técnico, dominado por criterios utilitaristas, y las concepciones morales que defienden el valor de la vida por sí misma. Ciertamente, aunque es común en ambas posiciones el ya aludido criterio de la no sobrevivencia del enfermo en cualquier caso; en el ejercicio de la Medicina se vienen aceptando hoy otros criterios menos estrictos para aplicar la LET, basados en el creciente aprecio que en la Medicina y en la sociedad ha adquirido el concepto de «calidad de vida», en este caso de la calidad de vida previa a la retirada del soporte vital, un criterio que ya no hace referencia obligada a la idea de sobrevivir o no sobrevivir como fundamento de la LET, sino al «cómo viviría» en el futuro ese enfermo, a las condiciones de vida de una persona con severos hándicaps físicos yo psíquicos, a su nivel de daño neurológico tras una hipotética sobrevivencia merced al mantenimiento del soporte vital; considerado para algunos más una agresión sobreañadida que un beneficio para el paciente.
Como se ve, los criterios de la LET tienen un indudable condicionamiento cultural y social, según el país y sus tradiciones, que no excluye la edad avanzada y el alto coste de una UCI y la siempre escasa disponibilidad de camas para nuevos encamamientos: con la experiencia de que los nuevos y más recuperables pacientes acabarán ocupando las camas de los que tienen nulas posibilidades de sobrevivir. En suma, como afirman Caballero y Esteban1, ante situaciones clínicas presupuestas los factores relacionados con la cultura del país y la idiosincrasia del médico son el principal determinante de las decisiones de LET, incluida la percepción de la ansiedad que la presencia de un enfermo en la UCI, sin posibilidades de sobrevivir, crea en algunas familias, a la que no habría que mantener en una esperanza sin fundamento.
Pero sobre la complejidad expuesta, más conflictiva aún puede ser la decisión de retirar un respirador o cualquier otro importante soporte vital, como ha sido el caso de Inmaculada. En efecto, puesto que nuestra sociedad aprecia la libertad individual, la autonomía moral de paciente de cara a una petición de esta naturaleza y los médicos, desprotegidos frente a la complejidad de sus decisiones, buscan lógicamente la decisión consensuada con el enfermo o su familia, la posibilidad de casos como el de Inmaculada no puede sorprender.
Ciertamente, el paciente tiene derecho a elegir o rehusar un tratamiento del que es dudoso el beneficio que le reportaría, e incluso basarlo en la percepción de cómo sería su vida posterior, en el hipotético caso de sobrevivir y de si, en tales condiciones, su existencia merecería la pena ser vivida. Pero otra cosa, bien distinta, es que la decisión del paciente tenga que encadenar la acción del médico. Como si éste fuera un siervo de gleba de su señor. Y es precisamente desde esta perspectiva desde la que hay que analizar la petición de la enferma granadina, afectada por una extrema invalidez y con una pobre calidad de vida desde la perspectiva biológica, pero sin ninguna perspectiva de muerte caso de serle mantenida la respiración artificial; lo cual no es óbice para negar la segura aparición en el tiempo de los efectos negativos de un encarnamiento prolongado (osteoporosis, úlceras, infecciones, etc.), como le viene a ocurrir a muchos de los enfermos en estas circunstancias.
DEJAR MORIR O EMPUJAR A LA MUERTE
La petición de Inmaculada pudo ser buena o no, ser comprensible o no, pero no era en absoluto una petición ortodoxa y poseía todas las exigencias de una eutanasia voluntaria. Nada en suma que exigiera un obligado cumplimiento. Y por eso que alcanzó a tener el dudoso privilegio de la publicidad.
¿Cómo es entonces posible que haya conducido a la solución aprobada? Seguramente que en la mente de los lectores tiene cabida un conjunto de similares argumentos. El autor va a abordar alguno más, desde el ámbito médico. En el mundo de los cuidados intensivos determinados fundamentos éticos aparecen hoy como intocables, cuando desde la perspectiva de la tradición moral pueden ser formal y radicalmente erróneos. Tal es el caso de la afirmación, que parece proceder del bioeticista Daniel Callahan, de que desde el punto de vista moral es igual renunciar a una medida de soporte vital, como el respirador -cuya ausencia garantiza una evolución letal- que la decisión, a tomar en cualquier momento, de retirar el respirador implantado y precipitar la muerte.
Al juicio del autor de este trabajo, este criterio no es adecuado. Porque el médico que accede a la petición de un moribundo, de no ser sometido a un respirador que le aseguraría una sobrevivencia incluso prolongada y sin previsión de exitus, no procede contra la inexorabilidad de la enfermedad responsable directa de la muerte prevista, y su abstención representa una acción intransitiva, que respeta la voluntad del enfermo y que no cambia el orden y la teleología vital o inmediata del devenir del enfermo. Él «deja morir» pero no empuja la muerte, que es decisión libérrima del paciente.
Por el contrario, cuando tras años de soporte vital y en plena eficacia y sostenimiento de la vida y de las funciones psíquicas, el enfermo pide al médico que, por su legitimidad o autonomía, le desenchufe del respirador, la acción del médico se convierte en inmediatamente causante de la muerte del paciente. Será o no responsable ante la ley civil, tendrá la garantía del consentimiento o de la petición formal, incluso el amparo de la comisión de ética correspondiente, pero es él, su persona y su acto, el cooperador necesario para producir la muerte del enfermo.
Porque se enfrenta a un escenario nuevo, a una realidad distinta a la del paciente que se niega a la aplicación del respirador. Tiene delante ahora a un enfermo con vida técnicamente asegurada, en la que el respirador ha pasado a formar parte, durante años, de los hábitos y limitaciones de su existencia como un todo inseparable, como un modo ordinario de sobrevivir. Su acción ahora es transitiva, de él hacia el enfermo, no se trata ya de una abstención, de un dejar fraguar la muerte a su curso natural, sino de un cooperar activamente a ella, aunque sea la fisiología anulada del pulmón, en este caso, la que biológicamente acabe con la vida del enfermo. No es igual dejar morir que matar, se viene a decir en el argot de la bioética. Y esto lo tuvo claro, según se dice, el médico de Inmaculada al negarse a la acción exigida y pedir la objeción de conciencia.
En suma, el dictamen de la ciencia en absoluto hegemoniza el dictamen moral ni el médico tiene que doblegar su conciencia a la petición de un enfermo. Ello sin aludir a la radical negativa a la cooperación necesaria en la muerte de otra persona, entendida como eutanasia, que establece el código deontológico de los médicos españoles. Y que es de obligado cumplimiento, habida cuenta de que los colegios profesionales mantienen la función punitiva que les concede la ley.
Es por esto último que, en la retirada de un tratamiento o, como en el caso que comentamos, de un soporte vital, se entremezclan valores emocionales y sentimientos que hacen más difícil la decisión de retirar que la de no iniciar un tratamiento de soporte vital: mucho más difícil retirar el respirador que no ponerlo. Por tanto, la autonomía del enfermo puede ser la misma y su decisión de sobrevivir o no sobrevivir cuestión personal siempre respetable, pero el médico que le asiste tiene también su propia conciencia, su propia libertad, y es responsable ante ella de sus actos. Esto explica la sabiduría de consensuar las decisiones que opera en la práctica médica y especialmente en los intensivos. La medicina intensiva, por la extraordinaria complejidad de sus decisiones y por la carencia frecuente de un paciente interlocutor directo de sus médicos, tiende a tomar decisiones por deliberación de todo el grupo de profesionales responsables y basta a veces una discrepancia para que se suspenda, hasta nueva deliberación, una retirada de soporte vital. En suma, la decisión de retirar el respirador a Inmaculada no puede desligarse de una cierta connivencia e identificación con los deseos de la enferma, de una «comprensión» de su actitud que va más allá de la simple ejecutoria de un deseo por parte del paciente. Y sin duda de una responsabilidad moral añadida.
DOS POSICIONES IRREDUCTIBLES: HUMANISTAS FRENTE A VITALISTAS
Aunque en la práctica los antagonismos se aligeran, en su trasfondo las diferencias ante la «limitación del esfuerzo terapéutico» son acusadas. Y cada país tiene las suyas. El caso de Inmaculada es un ejemplo de esta división. Y no es sencillo establecer los criterios diferenciales de los grupos con reflexión y criterio propios sobre la cuestión. El más grave elemento diferencial, a juicio del autor, es la aceptación entre nosotros, por los que voy a denominar «humanistas» -entre quienes figuran clérigos y exclérigos y médicos muy dependientes de los análisis anglosajones de la ciencia- de la aplicación de estas técnicas siempre desde perspectiva de una ética en «tercera persona», de fondo neokantiano; esto es, sobre «lo que se debe hacer» o no hacer por todos los profesionales tras la reflexión sobre un criterio que, circunstancialmente, adquiere notoriedad en algunos ámbitos de la Medicina. Y obviamente al margen de lo que sufra la conciencia del médico, su particular y respetable concepción del «bien». El médico, como sujeto que pretende el mejor bien del enfermo y al que, obviamente, se estima bien pertrechado de valores -con su concepción de vida buena– habría de sumarse, si quiere ser moderno, al coro de lo que, en cada tiempo, la cultura, la ciencia o la progresía ensayan como lo mejor.
A lo más, se le acepta la objeción de conciencia, pero más como una concesión -como un dechado de tolerancia– que como un valor de la más alta consideración moral, a la que tiene pleno derecho. En su contexto, entre estos que llamo «humanistas» no faltan quienes se sienten en mayor o menor sintonía con los partidarios de la muerte digna, a la que no hacen ascos, y que postulan planteamientos restringidos de eutanasia o suicidio asistido. Prevalece en ellos una sutil indiferencia ante el articulado de los viejos códigos deontológicos, interpretados al modo de una metaética histórica desfasada y de trasfondo religioso, a la que no habría necesidad de atender. Y aunque en sus análisis no excluyen la ley, ésta siempre puede resistir a una interpretación nueva, más actual y acorde a los tiempos, que puede ser bien argumentada y sostenida, aunque donde decía blanco ahora venga a decir negro, que esto en el fondo es el signo de lo mudable y de lo relativo que son todos los conceptos.
Es desde esta perspectiva donde cristaliza la interpretación de vitalistas a ultranza, de defensores obcecados del mantenimiento de la vida biológica, a los médicos que, atendiendo a sus convicciones, se oponen con mayor o menor acierto a los planteamientos extensivos y deformantes del concepto de LET; gente equivocada a su juicio, porque no se decantan clara y decididamente por la defensa radical de la autonomía del paciente, sobre el cómo y el cuándo morir, que sería lo verdaderamente justo, pues siempre hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir. En opinión de estos médicos, los denominados «vitalistas» exhibirían una escasa sensibilidad frente a valores como la «calidad de vida» y/o el «bienestar» de los enfermos, entendidos obviamente en la clave utilitarista en que los concibe hoy la Medicina, médicos que podrían acabar protegiendo la denominada obstinación terapéutica, el «encarnizamiento terapéutico» en el sentir popular.
El esfuerzo de diálogo entre ambas perspectivas, en sus posiciones metaéticas, es hasta el momento infructuoso porque, en el fondo, el desencuentro transfiere a la Medicina el desacuerdo entre las posiciones de la Iglesia y de las tradiciones de la comunidad, respecto a la ética y el valor supremo de la vida (que no absoluto) y como valor fontal del Derecho, por un lado; y el individualismo de fondo utilitarista y anglosajón que ha cristalizado en el último siglo, que sitúa a la libertad del hombre y a la autonomía de su voluntad como valor supremo y cúspide de todo el ordenamiento jurídico, por encima de las creencias, de la vida y al margen de cualquier inquietud por la «verdad».

En el momento de relativismo que experimenta la sociedad en buena parte del mundo y entre nosotros, de agotamiento de las reservas morales de la democracia -como ha destacado Habermas-, las posiciones que reconducen los límites de la Medicina y del actuar de los médicos a la idea del respeto a la dignidad del hombre -inseparables del respeto a su vida biográfica pero también a su vida biológica- se configuran como una frontera impermeable a las emociones y las subjetividades, que se perciben, digo, como insoportables para el llamado «pensamiento débil». Y no pocas personalidades del mundo de la Medicina, sin esta visión a la larga del riesgo de los planteamientos preeutanásicos, se siguen apoyando -incluso sin advertirlo- en lo políticamente correcto que procede del propio medio técnico y en los paradigmas tentativos de la ciencia que reflexiona y maneja estas conflictivas situaciones. Sin inquietud por abrirse a otras perspectivas.
COROLARIO
Pero es un error que puede pagarse caro; y muchos pensamos que es altamente preferible recuperar el discurso que busca la verdad, pese a su dificultad y el sacrificio de ir contracorriente, que vegetar en el flujo abandonista y subjetivista que terminará, si no se frena, como en Holanda, en la «pendiente deslizante» de una eutanasia sin control y sin principios de seguridad jurídica. El caso de Inmaculada reviste todo el cortejo de circunstancias para la retórica de nuestro tiempo y transfiere, en una época sin verdugos el papel de verdugo justo, de juez superior -por encima del mal y del bien-, a estos médicos que encuentran razonable la acción de retirar un respirador y de acabar directamente con la vida de la paciente, cumpliendo fielmente -eso sí- las órdenes del enfermo y cual si se tratara de un verdadero deber moral.
El autor está en desacuerdo con esta posición y pretende que no se le confunda. Todos somos libres de pensar y sentir como queremos y de expresarnos libremente en una sociedad que se pregona como democrática. Y volviendo Habermas como prototipo de un pensamiento libre que asume la autocrítica -algo raro hoy día- pienso que la deriva ultraliberal que experimenta cierta cultura vigente, perdida su identidad constitutiva, va progresivamente agotando las reservas espirituales que hicieron nacer la democracia entre nosotros y que, aún a contracorriente, es necesario un golpe de timón poderoso que enderece el valor moral de la misma; y que la reaparición de un discurso racional, recuperador de nuestros valores consuetudinarios, y un fuerte espíritu crítico son necesarios frente a la retórica de los nuevos profetas de la felicidad. Negarse a los planteamientos y a la retórica abandonista en el caso de la petición de eutanasia de Inmaculada, descubrir la trampa que incorpora, superar los tópicos de la ciencia imperante y adoptar un pensamiento propio y verdaderamente moral, representa el primer paso en este proceso de rebeldía a que hemos aludido, y que debe culminar en otros centros de poder y decisión, dentro de todo un conjunto de pasos que habrá algún día que afrontar y que confiemos que aún lleguen a tiempo.
El laicismo es una cuestión de indudable complejidad, debido a los diferentes factores que lo determinan y a la diversidad de expresiones que reviste. En efecto, vemos cómo se proyecta sobre distintos ámbitos de la vida cotidiana, al abarcar el extenso campo que va, desde el pensamiento intelectual, la enseñanza, la cultura, la literatura y el arte, las diversiones y el ocio, hasta el modo de hacer política y gobernar, sin olvidar, como no podía ser de otra manera, la influencia que ejerce en el delicado marco del libre ejercicio de las creencias religiosas.
En principio, el laicismo aparece como una postura de neutralidad, que aspira a deslindar la esfera de lo civil de la religiosa. La aconfesionalidad del Estado, sería un de sus más logradas y justas expresiones. Principio que recoge nuestro texto constitucional en su art. 16, p. 3: «Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones».
El contenido de este artículo debe interpretarse en relación con el 27, que, también en su p. 3 especifica: «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones».
A cualquier observador imparcial le parecería obvio que los dos artículos citados elevan a rango constitucional tres principios básicos:
– El Estado no profesa ninguna confesión. Es, por tanto, aconfesional.
– Se respetarán las creencias religiosas de los ciudadanos.
– Se mantendrán las relaciones de cooperación con todas las confesiones religiosas, y, de modo especial, debido a que es la profesada por la mayoría de los españoles, con la Iglesia católica.
Nada que objetar a un laicismo así entendido, favorable a la distinción de poderes, entre la Iglesia y el Estado, y respetuoso con las expresiones de la fe religiosa. La Iglesia se mostraba, entonces como ahora, decidida partidaria de la separación entre las dos instituciones. Confirma este criterio el entonces cardenal Ratzinger (19-11-2004) en una entrevista en la que se expresaba con la claridad que le caracteriza: «La laicidad justa es la libertad de religión. El Estado no impone una religión, sino que deja un espacio libre a las religiones con una responsabilidad hacia la sociedad civil, por tanto, permite a estas religiones que sean factores en la construcción de la vida social».
FORMAS ACTUALES DEL LAICISMO
A la vista de los planteamientos expuestos, y una vez delimitadas las esferas de competencia entre el Estado y las confesiones religiosas, se podría llegar a pensar en el cese de los recelos y conflictos entre las dos esferas de poder, civil una, religiosa la otra.
Sin embargo, las experiencias y actitudes registradas en los últimos años demuestran que no ha sido así. En gran medida porque el laicismo, como los hechos demuestran, ha pasado de la neutralidad a la beligerancia. El mismo cardenal Ratzinger lo confirma en otro momento de la citada entrevista: «El laicismo ya no es aquel elemento de neutralidad que abre espacios de libertad a todos. Comienza a transformarse en una ideología que se impone a través de la política y no concede espacio público a la visión católica y cristiana, que corre el riesgo de convertirse en algo puramente privado y, en el fondo, mutilado».
Basta con observar el panorama a nuestro alrededor para percibir la veracidad de estas palabras. Los síntomas son abundantes, cada vez más expresivos y reveladores. Pasamos del título blasfemo contra Dios en la representación de una obra de teatro, a las imágenes que hacen burla de símbolos de la pasión de Cristo, en Jerusalén, con una corona de espinas sobre la cabeza de dos conocidos políticos. Y no digamos nada de pancartas insultantes y alusiones procaces contra la Iglesia y la jerarquía, en manifestaciones organizadas por muy diversos motivos.
Tales episodios y otros muchos de la misma índole, que no se citan para no cansar, son un síntoma evidente de la falta de neutralidad y de respeto que se observa en contra de las creencias y sentimientos religiosos de millones de españoles que les dedican ciertos sectores representativos del laicismo. Los referidos hechos, quizá, hubieran sido considerados como simples anécdotas sin importancia, producto de grupos minoritarios, si no vinieran reforzados por extensas campañas difundidas en paralelo a través de los medios de comunicación, prensa, radio, TV, que parecen responder a objetivos más amplios. Da la impresión, como es el caso de los tratamientos informativos e ideológicos dedicados a cuestiones como los matrimonios entre personas del mismo sexo, la enseñanza religiosa en las escuelas, la educación para la ciudadanía o el derecho a una muerte digna (eutanasia activa), de que se trata de imponer unos determinados criterios, llamados progresistas y liberalizados.
UNA ACTITUD EXCLUYENTE
Como remate de esos argumentos laicistas, con frecuencia simplificadores y, por eso, falaces, nos ofrecen una disyuntiva final: o te unes a nuestras propuestas o bien te sitúas entre los enemigos de la libertad, del progreso y de la democracia. Pero ten mucho cuidado, porque si tal haces, pasas a convertirte, de modo automático, en un marginado social. La Conferencia Episcopal Española define perfectamente este panorama en el punto 18 de su Instrucción Pastoral del pasado 23 de noviembre de 2006, que afirma: «En no pocos ambientes resulta difícil manifestarse como cristiano: parece que lo único correcto y a la altura de los tiempos es hacerlo como agnóstico y partidario de un laicismo radical y excluyente. Algunos sectores pretenden excluir a los católicos de la vida pública y acelerar la implantación del laicismo y del relativismo moral como única mentalidad compatible con la democracia».
Al repasar, aunque sólo sea de modo general, el significado que encierran los episodios aludidos, no estamos hablando de una mera impresión de personas susceptibles o con una visión amarga y negativa de la realidad. Desafortunadamente son, todos ellos, hechos ocurridos que vienen a confirmar, sin margen para la duda, la persistencia del fenómeno laicista, iniciado hace ya bastantes años que, en lugar de ceder intensidad, reviste, cada día que pasa, mayor amplitud y virulencia. Los escenarios varían y ofrecen una considerable falta de originalidad en sus promotores, pese al empeño en disimular sus verdaderas intenciones con un aire chusco, de gracejo castizo, destinado a evitar el rechazo frontal de algunas de sus más atrevidas propuestas, que aspiran a erradicar tradiciones y costumbres religiosas, profundamente arraigadas en el alma del pueblo.
El desarrollo activo de estos programas, que responden a criterios inspirados en el laicismo militante, parecen haber logrado ya indudables éxitos, bajo el paraguas protector de la cultura ambiente que, como se ha señalado antes, ha decidido presentar sus ofertas disfrazadas de propósitos altruistas y fines liberadores de antiguas esclavitudes religiosas. A estos factores se añaden, naturalmente, los intereses empresariales, por otra parte legítimos, que fomentan el consumo de nuevos productos que incrementan los beneficios.
FESTIVIDADES POR LO CIVIL
Así, el laicismo no pretende suprimir las celebraciones, sino hacer olvidar su original sentido religioso. Es una táctica inteligente, que les lleva a no presentar la batalla de frente, sino que, después de amagar por los flancos, se lanzan a maniobras de ocultación. Tratan de sorprender al rival cediendo terreno para el contraataque final. En el caso que nos ocupa, es decir, el propósito de alterar el significado de las fiestas religiosas sin suprimirlas, el asalto a las expresiones externas de la religión cristiana, no se propone eliminar las fiestas y celebraciones, sino de alterar su sentido. Pero el calendario festivo español aparece plagado de referencias al santoral. Sería muy difícil, por no decir imposible, encontrar un solo rincón de este viejo Reino de España, bien en el nivel autonómico o municipal, cuyos festejos no vayan dedicados a venerar la memoria de un santo patrón o de una advocación mariana.
En estas situaciones, se impone la necesidad de resaltar la vertiente que hemos dado en llamar «lúdica», esto es, festiva o jaranera, mientras se oculta o ignora cualquier otra connotación relacionada con la original vertiente religiosa. Se respetan las fechas y, en algunos casos, si no hay más remedio, hasta los nombres, aunque se vacíen de contenido.
Y no solamente las celebraciones patronales de lo pueblos sufren la deriva hacia los aspectos festivos externos, que no están reñidos con el religioso, sino que algo semejante ocurre con celebraciones de mayor calado, como ocurre con la Navidad y la Semana Santa.
En realidad, las navidades cristianas son un ejemplo muy revelador y bastante conocido de las campañas destinadas a transformar las fiestas religiosas en ceremonias civiles. En apariencia, todo sigue igual, pero cambian los significados iniciales, que dieron sentido a la festividad. Se mantienen los aspectos positivos: fraternidad, solidaridad, reuniones sociales, regalos, cenas y efusivas felicitaciones. El ambiente se llena de buenas intenciones, la gente se invita y renueva lazos de afecto, que parecían interrumpidos. ¡Vuelve a casa! ¡Feliz Navidad y próspero Año Nuevo! Las calles, iluminadas con luces de colores, lazos, velas, mientras los grandes almacenes rebosan de productos y de enfervorizados compradores. El espectáculo desborda ya las tradicionales fechas de diciembre, para extenderse a los dos meses anteriores, de octubre a noviembre. Música ambiental, cenas, cotillones, cavas, turrones, a la espera del bueno de Santa Klaus, con sus renos trotadores sobre el abeto adornado con guirnaldas.
Nada habría que objetar a todas estas expresiones de alegría popular, a no ser porque nos hacen olvidar, apenas sin sentirlo, el verdadero sentido de la Navidad. Al fin, de repente, al ver tanta luz y escuchar el ruido, uno acaba por reflexionar y pregunta: ¿Oiga, por favor, podría decirme hacia dónde queda Belén? ¿Pero Navidad no era la abreviatura de Natividad, término que significa, algo así como el nacimiento del niño Jesús? ¿Y qué tendrá que ver -sigue uno con sus preguntas- ese nacimiento con la marea organizada a cuenta de una noche en que, al menos para los cristianos, Cristo vino a la Tierra y se inicia, en la pobreza de un establo, una nueva etapa de la Humanidad?
Sin olvidar otro hechos fundamental, y es que, a partir de esa jornada, la historia del mundo se dividirá en dos momentos, «antes y después de Jesucristo», realidad aceptada hoy de forma general en la mayor parte de las naciones, incluidas las no cristianas. Se comprueba cómo los aspectos festivos, perfectamente lícitos, que de forma natural suelen acompañar a las celebraciones sociales, acaban por anular el significado auténtico de la fiesta.
NUEVOS ARGUMENTOS LAICISTAS
Recientemente nos encontramos con otros hallazgos que contribuyen a reforzar la visión desnaturalizada de las fiestas religiosas. Resulta que durante esas fechas, días más o menos, se sitúa la llegada del solsticio de invierno, que abre paso al nuevo año solar. Los laicistas piensa que, completada la fase reivindicativa de los rasgos definidores de un acontecimiento natural, desaparecen las viejas supersticiones religiosas. En fin, ya hemos recuperado el sentido de lo que podríamos llamar con propiedad, unas verdaderas «navidades por lo civil». Superado el primer objetivo, los promotores de tanto civismo se lanzan con decisión a más ambiciosas conquistas. El calendario manda.
En torno a la Semana Santa, se sitúan también numerosas fiestas, a las que es necesario devolver -dicen- su verdadera dimensión lúdica y popular. Del Carnaval, felizmente renovado en España, nada habría que añadir, salvo la necesidad de presionar a ciertos ayuntamientos, renuentes a dotar con dineros públicos la financiación de unos festejos que son expresiones otras tantas formas de cultura e ingenio, todas ellas de la más pura raigambre civil.
A continuación del Carnaval, viene la Cuaresma y el panorama cambia. Ahora estamos ante una de las más flagrantes muestras del oscurantismo depresivo de la Iglesia, empeñada en el recuerdo de la muerte. El laicismo despliega alrededor de la cuaresma un tupido velo de silencio. Hasta que llega, al fin, la Semana Santa. Son vacaciones para el ocio, con salidas masivas de las ciudades. Los viajes ofrecen, no la asistencia a los oficios de Jueves y Viernes Santo, sino tentadoras propuestas de unas largas «vacaciones al sol», en playas paradisíacas, solo o en pareja, con facilidades de pago en cómodos plazos de sólo unos cuantos euros al mes. Estamos en presencia de una auténtica Semana Santa «por lo civil».
Entre medias, aparecen nuevas versiones de fiestas civiles, antes religiosas. Las fallas valencianas se mantienen a fecha fija, 19 de marzo. Pero no arden ya en honor y homenaje a San José, patrono de los artesanos. Ahora se llaman «Fiestas del fuego al inicio de la primavera». Algo semejante a las hogueras de San Juan, alegres luminarias que anuncian la llegada del verano. Por no hablar de las Fiestas de la Vendimia, estratégicamente situadas en las proximidades de la Virgen de la Asunción a mediados de agosto y ya casi «civilizada».
Un pañuelo de silencio se extiende sobre las festividades de la Virgen del Carmen (patrona de marinos y pescadores) del Apóstol Santiago y Nuestra Señora del Pilar, antiguos patronos de España. Allá se las entiendan los responsables autonómicos.
SUPERVIVENCIA DE LAS TRADICIONES RELIGIOSAS
Aunque el panorama expuesto, en torno al proceso de transformación de las festividades religiosas en otras de carácter civil, puede hacer pensar en el rotundo éxito de las propuestas laicistas, la realidad es algo diferente. Las reacciones en sentido contrario, no se han hecho esperar. Se perciben abundantes muestras de fidelidad a los valores que han inspirado las expresiones públicas de fe religiosa. Ante las campañas para suprimir las celebraciones navideñas y los belenes en los centros de enseñanza pública, tanto los escolares como sus familias, han respondido con firmeza y, en la mayoría de los casos, con éxito, a las trabas impuestas por las autoridades educativas.
Otro tanto sucede con las solemnes celebraciones litúrgicas y procesionales de las Semanas Santas de Andalucía, las dos Castillas y Murcia, así como las representaciones de la Pasión en tantos lugares de Cataluña y Valencia. Los actos se depuran, la seriedad aumenta y la asistencia de los fieles supera cada año en número al anterior.
Sólo el idealismo utópico de ciertos sectores laicistas, puede hacerles comprender la imposibilidad de convencer a las cofradías sevillanas de que eliminen los signos religiosos de sus procesiones y las conviertan en desfiles laicos, de carácter civil. Dura empresa, condenada también al fracaso en Valladolid, Zamora, Cuenca, Murcia o Cartagena. Pero aquí no termina el asunto. Igualmente complicado sería adaptar una versión civil del Misterio de Elche, declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad, o proponer a los almonteños y valencianos que renuncien a llevar en volandas a su Virgen del Rocío o a la Mare de Deu dels Desamparats, y las sustituyan por otras imágenes laicas que no remitan a su procedencia religiosa. Se citan estos ejemplos para advertir de que, ante la inexplicable fuerza y pervivencia de tales expresiones de fe popular, no es tarea fácil aplicar con éxito los argumentos racionales a favor de solsticios y equinoccios, fiestas primaveras y vendimias.
CIENCIA Y SUPERSTICIÓN
En casos como los citados, tachados de empecinamiento popular, el laicismo cambia de táctica y utiliza otro tipo de razones. Se atribuyen esas manifestaciones a la presencia de las llamadas «psicosis colectivas», alucinaciones de masas o restos de supersticiones ancestrales, fenómenos, todos ellos, que se producen en determinadas circunstancias anímicas. Para convencer de su error a las masas, que, según parece son víctimas de tales psicosis colectivas, hay que aplicar una terapia basada en el análisis frío y objetivo de la realidad, como única forma de reducir los estados emocionales al ámbito de lo racional.
Se esgrime entonces, un razonamiento científico muy sencillo: sólo se puede aceptar como cierto o discutir, todo aquello que sea verificable y tangible, de modo que, una vez pesado, medido y manipulado, estemos seguros de que responde a principios científicamente contrastados. Según este planteamiento, habría que rechazar como falso todo lo no verificable, como es el caso de cualquier creencia o sistema de valores «que aceptan como auténtico ciertas almas piadosas pero que carece de la más mínima base científica» (F. Savater).
En el fondo, se trata de una línea de pensamiento positivista -el ya conocido «si no lo veo no lo creo»- de vieja tradición, que se ha visto renovada en sus distintas versiones a lo largo de la historia y que, hoy en día, esgrime con singular empeño un selecto número de intelectuales representantes de las avanzadillas del progresismo. Pero el problema que se les plantea a los defensores de esas doctrinas, es la evidencia de que lo «inverificable», carente de rigor científico, pese a resistir las pruebas del peso, la medida y la manipulación en laboratorio, sigue vivo y forma parte de las firmes convicciones de millones de personas que, en los más diversos lugares del mundo -no sólo en la «crédula» España- creen, aunque no vean. ¡Qué le vamos a hacer!
MANIFIESTOS LAICISTAS
El realismo de las consideraciones apuntadas, se confirma con la reciente publicación de un texto elaborado por la Asociación Catalana de Municipios y Comarcas bajo el patrocinio de la Generalitat de Catalunya, que ha sido remitido a los alcaldes con el expresivo título de Manual de Ceremonial Civil, considerado como una especie de «Misal laico» que sería utilizado en las celebraciones presididas ahora, no por el sacerdote, sino por los regidores municipales. La tarea ha sido dura, según declaraciones del autor, don Joan Surroca i Sens, «debido a la presencia secular del cristianismo en todos los ámbitos de la existencia». Menos mal, prosigue el señor Surroca, que el problema está en vías de solución, ya que «tras las demoledoras críticas de filósofos como Feuerbach, Marx o Nietzsche, el concepto de Dios ha quedado fuertemente cuestionado desde los cuatro puntos cardinales». Ahí queda eso. El contenido del manual responde a la misma línea de originalidad e ingenio de los criterios expuestos.
El bautismo se transforma en la Ceremonia de acogida al nuevo ciudadano recién nacido, que se integra en la sociedad civil. La ceremonia viene acompañada de citas de Neruda, Primo Levi, Séneca y hasta el profeta Isaías, con música de Pau Casals, Bach, los Beatles y un largo elenco de artistas.
El matrimonio se perfila con rasgos democráticos y generosos. Queda abierto a muy distintas opciones y variedades, incluyendo las uniones de personas del mismo sexo, en consonancia con las nuevas tendencias. Llegado el final de la vida, los antiguos funerales cederán el terreno al llamado Acto de despedida, concebido como un abrazo amoroso y fraternal dedicado al difunto. El entierro será un momento de emociones positivas y alegres, con lectura de poemas y divertidas anécdotas sobre el fallecido, que ayuden a romper la tensión creada por las sombrías exequias religiosas del pasado. En relación con la muerte, el manual aprovecha para defender el derecho a una «muerte digna» que, gracias a la ayuda de familiares y amigos, podrá ser adelantada, en caso de necesidad.
Los últimos manifiestos sobre el tema, como el emitido con el título de Constitución, laicidad y educación para la ciudadanía en diciembre de 2006, vienen a repetir los mismos o parecidos esquemas de pensamiento a los que se ha hecho referencia. Tal vez podrían considerarse esas posiciones como expresión de unos criterios o programas de partido, sin mayores consecuencias. Pero cuando vienen avalados con el ejercicio del poder político, las consecuencias son de mayor calado.
El asunto no es nuevo, aunque sí reviste, en el momento actual, riesgos indudables para el libre ejercicio de las libertades, entre ellas, la libertad religiosa.
Para finalizar estas reflexiones, surgidas de la simple observación del panorama en el que nos movemos, vienen al caso ciertas afirmaciones de otra instrucción pastoral de los obispos españoles que ya en noviembre de 1990 alertaba sobre los mismos problemas que ahora comentamos: «Para instalarse en la conciencia de los hombres y de los pueblos, el laicismo, en efecto, tiene que recurrir a la censura; tiene que censurar la vida moral y religiosa de las personas y los pueblos , tiene que sofocarlas. Necesita para ello ridiculizar constantemente lo moral y lo religioso, necesita a veces de la mentira y la desinformación. Solo así sobrevive. En consecuencia, la cultura laicista necesita del poder y teme la libertad… y sólo puede instaurarse de un modo impositivo, mediante una reducción más o menos sutil de los espacios de libertad».
Uno de los mayores misterios de la historia reciente es el extraño silencio que la reflexión política y la propia investigación de las ciencias sociales vienen manteniendo -al menos en Europa- sobre la genuina naturaleza del régimen totalitario que se derrumbó con el Muro el 9 de noviembre de 1989, silencio que aumenta si cabe ese «océano de indiferencia» que lamentaba Havel. Dicho misterio es únicamente equiparable al enigma sobre las causas últimas de su inopinada caída que dejan a un acontecimiento tal huérfano de su necesaria comprensión, sabedores de que como advertía lúcidamente Hannah Arendt acerca del siglo XX, «comprender la naturaleza del totalitarismo […] es casi como comprender el corazón de nuestro siglo». Ante ello, la tan laureada ópera prima del joven director colonés Florian Henckel von Donnersmarck La vida de los otros (Das Leben der Anderen, 2006), estrenada en nuestro país con un año de retraso, nos ofrece una precisa cartografía de excepcional valor sobre los diversos estratos de la intrahistoria del ser humano en aquella Alemania del Este de 1984 presidida por Erich Honecker, en una memorable película que alcanza la excelencia artistica como culminación del auge del cine alemán de los últimos años.
Dotado de una honda formación filosófica y antropológica que ha adquirido a sus treinta y cuatro años de edad tras haber cursado Filosofía, Política y Economía en Oxford y que recorre la película toda desde el primer fotograma, Florian Henckel acomete la tarea de afrontar cabalmente la realidad cotidiana del dominio totalitario y sus consecuencias desde un escrupuloso respecto a la verdad histórica, precisamente aquella índole de verdad que era sistemáticamente falsificada por el régimen del bloque oriental. Para ello, el propio director, que poseía familia en la Alemania Oriental a la que visitaba de niño allende el Muro, hubo de realizar una prolija labor investigadora que le llevó más de cuatro años, aprovechando entre otras fuentes la progresiva apertura de los Archivos de la Stasi (abreviatura de Ministerium für Staatssicherheit, Ministerio para la Seguridad del Estado), que ocupan a fecha de hoy una cantidad estimada de 33 millones de páginas.
«Para documentarme, acudí a muchos sitios en los que todavía puedes sentir el espíritu del pasado, como el Hohenschönhausen Memorial o el antiguo Ministerio para la Seguridad del Estado, hoy Archivo Nacional de Investigación en la Normannenstrasse, así como el Birthler Bureau y sus archivos. Los sitios pueden almacenar muy bien las emociones, y esas visitas a menudo me ofrecieron más cosas que algunos de los libros, que, obviamente, también tuve que leer durante estos años y que los documentales que he visto. Sin embargo, fueron decisivas las conversaciones con testigos, desde el capitán coronel de la Stasi Wolfgang Schmidt, responsable del Grupo de Evaluación y Control de los HA XX, hasta prostitutas de la Stasi pasando por gente que estuvo hasta dos años en un centro de detención de la Stasi. Traté de obtener tantas perspectivas como fuera posible y escuché muchas historias contradictorias, pero al final me di cuenta de que había llegado a tener una sensación muy definida de esa época y de sus problemas».
Todo este esfuerzo de comprensión otorga a la obra un tamiz de verosimilitud histórica, restaurando esa verdad largamente ignorada, que el espectador percibe desde el momento en que el capitán de la Stasi Gerd Wiesler (Ulrico Müche) recibe el encargo, a instancias del ministro de Cultura (Thomas Thieme), de investigar y grabar al escritor y poeta Georg Dreyman (Sebastián Koch), verdadero homme de lettres mimado por el régimen y protegido por la admiración que le profesa la propia esposa del presidente, Margod Honecker. Todo ello transcurriendo bajo una omnímoda realidad que decora toda la obra: la presencia de la Stasi que, como la réplica más eficaz de las originales GPU y KGB soviéticas, se extendía capilarmente por todos los pliegues y repliegues de la sociedad alemanooriental, a la manera de esa «gran organización invisible» que Kafka situaba premonitoriamente en El proceso.
De hecho, los cálculos actuales más solventes estiman que la policía secreta de la RDA llegó a tener en la década de los ochenta, 91.000 empleados a tiempo completo, complementados por una red de informantes civiles (los denominados IMs –Inoffizielle Mitarbeiter-) que rondaban los 300.000 colaboradores, lo que suponía una ratio de penetración de uno por cada cincuenta alemanes. Así, cuando en la película reclutan a la novia de Dreyman, Christa-Maria (Martina Gedeck) como agente colaboradora merced a la explotación de su dependencia de los estupefacientes, y captan a la anciana vecina de Dreyman, Florian Henckel no hace otra cosa que poner en escena aquellas viejas técnicas psicológicas de la Lubianka soviética cuya taxonomía había elaborado ya el propio Solzhenitsyn en páginas memorables.
WIESLER O EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS. LA SOMBRA DE IVÁN DENISOVICH
En la figura del capitán de la Stasi Gerd Wiesler (Ulrico Müche) es donde la cámara del director fija el centro de intersección y confluencia de todos los demás personajes de la película. Desde la buhardilla que ha habilitado en la vivienda del dramaturgo -que recuerda tanto a la habitación del convaleciente James Stewart de Hitchcok en La ventana indiscreta (1954) como al estudio central de operaciones del Ed Harris de Peter Weir en El show de Truman (1998)- Wiesler concienzudamente escucha, registra y transcribe con rigurosa fidelidad los latidos de la vida pública y privada y del amor de Dreyman y su novia Christa-Maria. Antes hemos visto al mismo Wiesler dirigir a la perfección un interrogatorio en una celda de la Hohenschönhausen, la gélida central de interrogatorios de la Stasi, interrogatorio que servirá como caso práctico para la formación de los candidatos de la policía secreta en su Escuela de Formación en Postdam, donde nuestro oficial les adiestra en el arte de interrogar a los enemigos sospechosos del régimen.
Pero la mirada de Henckel nos muestra algo más que la mera ejecución policial: en última instancia la persona toda de Wiesler vive, se mueve y actúa siempre ad extra, en una suerte de alteridad forzada impuesta por la maquinaria burocrática, con esa peculiar equiparación entre función y persona tan cara a los gobiernos totalitarios. Una extraversión tal sólo puede presuponer una relación basada en la voluntad de poder, simbolizada en la película por los auriculares de Wiesler que sirven a dicho fin: la escucha aprehensiva de la vida del otro para confirmar la culpabilidad inconfesada de ese ser precisamente en tanto que otro. Y esta inercia venatoria llevará al capitán -en la lógica infernal de la maquinaria burocrática de la policía secreta preanunciada por Kafka- a cobrarse cualquier pieza de individualidad singular que pueda atisbarse en sus dominios, en este caso, todo lo que acontezca en la casa de Dreyman, con sus idas y venidas. Pero a su vez el totalitarismo resulta un díos muy celoso y siempre quiere más: así, en cruel ironía fáustica, el escrutador de las vidas ajenas se convierte por medio de la cámara de Henckel en un ser carente de atributos: no hay, ni cabe tampoco, intimidad ni ensimismamiento alguno en el funcionario y policía secreta cuya razón de ser está al servicio de los dictados del Partido y de los intereses del Estado, de quienes observaba ya lúcidamente Hannah Arendt en 1953 a propósito del nazismo y estalinismo:
Los funcionarios del Partido y de la Policía Secreta […] adoctrinados en la lógica de la ideología totalitaria se adaptan tanto a ser victimas del régimen como a ser sus ejecutores: hacen superfluos a los seres humanos en su infinita novedad y en su individualidad única.
A través de este vivir del oficial de la Stasi que consiste en el mero asistir especularmente a la vida progresivamente más verdadera y plena de Dreyman, con su arte, su afectividad y su círculo de disidentes, Florian Henckel nos va a mostrar la consecuencia última del universo totalitario: el hombre rebajado a soledad pura y nuda, desarraigado y superfluo, con su pérdida aneja del propio yo y por tanto de un mí, según el decir de Steiner; Wiesler perderá su nombre para convertirse en el Agente HGW XX/7. Y es que a la destrucción de la polis en el Berlín Oriental, le seguiría acto seguido por medio del terror la aniquilación de las condiciones de posibilidad de la amicitia para finalmente acabar con el yo, en una genuina abolición del hombre como había anticipado Solzhenitsyn al describirnos un día cualquiera en la vida de Iván Denisovich. Si el aislamiento de los disidentes extirpa la vida pública en la RDA, como nos muestra en la película el suicidio del humanista y líder de la disidencia Jerska (Volkmar Kleinert), la soledad de sus súbditos ahogará cualquier conato de vida privada como testimonia la propia figura del capitán Wiesler. Así, en una secuencia capital se nos muestra a nuestro oficial de la Stasi llegando a su apartamento de un bloque impersonal de viviendas de funcionarios del ministerio para preparar solo su cena y a continuación usar de los servicios de una prostituta del Ministerio de Seguridad. El comercio sexual ha de llevarse a cabo rápidamente por exigencias de la planificación burocrática, en una clara evocación del fugaz encuentro carnal que Eliot había ya anticipado en su descriptivo fragmento de La tierra baldía.
Y toda la despersonalización y el empobrecimiento emotivo de Wiesler que inunda esta primera parte de la película, se refleja -en un prodigio de representación soportado por unos magníficos primeros planos- en el frío hieratismo que domina el rostro impávido del actor Ulrico Müchen: sin persona, nos da en decir Florian Henckel, no hay en rigor rostro y sólo nos queda la faz inexpresiva propia del animal, o, por utilizar la más exacta metáfora política arendtiana, la mera presencia de un cadáver vivo.
MENTIRA Y VERDAD: EL PROCESO Y EL CASTILLO REDIVIVOS
«No se necesita aceptar todo como verdadero, uno debe aceptarlo sólo como necesario». «Triste conclusión -dice K- que hace de la mentira principio universal».
La inferencia que hace Joseph K. en su proceso, es la misma que rige los vastos dominios de la Stasi y se convierte en uno de los ejes centrales de la película. En el universo totalitario que se nos muestra, ya no hay distinción entre realidad y ficción y por tanto el pensamiento dejar de guiarse por los conceptos de verdadero y falso, dando paso a esa «mentira vital sancionada por el poder» de la que ha hablado Enzesberger a propósito de la RDA. No cabe adaequatio intelectual alguna, ya que en rigor el Partido ha fabricado la verdad y como el nazismo es capaz de mentir la verdad misma. Así comprobamos como en un universo de mistificaciones tales, se cumplirá fielmente el viejo principio de la lógica clásica: ex falso sequitur quodlibet, de lo falso se sigue cualquier cosa, que explica la importancia que el puro albur tiene siempre en el devenir totalitario. Por eso, la razón indiciaría que les explica Wiesler a sus alumnos («quienes dicen la verdad pueden reformular las frases») para saber si un detenido es o no inocente, resulta tan arbitraria que hace que cualquier subdito de la RDA pueda ser per se culpable o, mejor aun, que termine siendo culpable.
Por ejemplo, Dreyman ha de ser culpable, según el diktat del ministro, porque su existencia le impide gozar enteramente de Christa-Maria. El joven interrogado con que se abre la película aparece al término del interrogatorio definitivamente culpable gracias a la pericia inquisitorial de Wiesler que ha logrado que, exhausto, se confiese culpable para poder descansar. El escandaloso número de suicidios anuales en la RDA -sólo superado por Hungría- es un hecho que oficialmente no existe desde principios de los setenta y por tanto no puede ser mentado. Una información de esa índole -esto es fácticamente verdadera- no puede bajo ningún concepto traspasar el Muro, llegar a Berlín Occidental y ser portada de Der Spiegel. Y sin embargo será precisamente fabricando una mentira sobre la mentira, esto es, tergiversando las transcripciones de la reuniones de Dreyman y la disidencia cómo Wiesler puede introducir finalmente en ese mundo alógico e irracional la seriedad de las leyes de la realidad.
LA REDENCIÓN DE WIESLER: DE HGW XX/7 AL CONCIUDADANO DE UNA REPÚBLICA LIBRE
La redención de Wiesler no será posible si primeramente Dreyman no hubiese tomado paulatino partido por la disidencia a raíz de la muerte voluntaria de su maestro Jerska y optase por redactar subrepticiamente su J’accuse sobre el suicidio en la RDA para Der Spiegel. En la evolución de Dreyman se cumple fielmente aquella observación vivida por Havel:
Una persona no es «disidente» sólo porque un día decide ejercer esta inusual carrera. Uno se ve involucrado por su sentido de responsabilidad combinado con una serie complicada de circunstancias externas. Uno se ve arrojado fuera de las estructuras existentes y situado en un lugar en conflicto con ellas. Esto comienza como un intento por hacer un trabajo bien hecho para acabar considerado como enemigo de la sociedad.
En una secuencia memorable, Dreyman ejecuta la inédita Sonata de los hombres buenos en memoria de su maestro fallecido, y el capitán de la Stasi la escucha con sus auriculares desde la buhardilla, como escucha el comentario que en alta voz hace el dramaturgo sobre las palabras de Lenin acerca de la Appassionata de Beethoven y la Revolución. En ese instante, Wiesler accede a un mundo superior, a la comunidad de los hombres libres que comparten en un simposio de amistad la verdad, el bien y la belleza. Frente a la fealdad y mistificación del castillo kafkiano, el capitán de la Stasi decide en un golpe de libertad aceptar ese llamada recibida, según palabras de Kafka «desde arriba». A partir de ahí, la buena voluntad será el motor de sus acciones, voluntad que le llevará a cooperar obstinadamente con la posibilidad de que Der Spiegel pueda recibir y publicar el «Informe Dreyman» sobre los suicidios en la RDA. Y así Wiesler comienza a falsificar sus transcripciones de la reuniones de Dreyman con su círculo, creando de este modo imaginativo su propia obra de ficción, escrita un día tras otro para sus superiores: los investigados se reúnen porque están escribiendo una obra de teatro para conmemorar el cuarenta aniversario de la proclamación de la RDA en lugar del artículo mencionado para la prensa occidental.
De este modo callado y persistente, aquel hombre abolido y sin atributos será capaz de redimirse e introducir libremente en todo ese mundo determinado de la RDA, una cadena de acontecimientos libres propios de una causalidad originada en y desde la libertad y apoyada en la facultad de imaginar. Por medio de una volunta ya buena, tales actos van a restaurar en su humilde grandeza los primigenios sentidos del verum, bonum y pulchrum, horadando a la postre la pesada liviandad del Muro. Y aceptando cabalmente su destino final como humilde cartero de una república ya libre este anónimo bon citoyen dará en encontrarse con el libro de Dreyman a él dedicado bajo su antigua identidad: «a HGW XX/7. Con agradecimiento». Cuando el dependiente le pregunta si lo quiere adquirir para regalo, responde con indisimulado orgullo y contento en su rostro recuperado: «No, es para mí». En la comunidad de los hombres libres es posible el tú, el yo y el mí, las personas tienen rostro, la obra de arte cobra existencia y cabe el agradecer.
EPÍLOGO
El 20 de enero de 1989, ya investido preclaro doctor honoris causa por la Universidad Complutense, Erich Honecker declaraba a los periódicos locales que «el Muro durará cien años». Apenas once meses después caía éste como debieron caer las murallas de Jericó, ante el asombro de sus centinelas y el embate de algunos hombres buenos. Y ahora, a modo de una nueva versión del cuadro de Rembrandt, Florian Henckel nos ha mostrado como un grave cirujano Tulp desde su cátedra, otra magistral lección de anatomía sobre el cadáver de esto que fue filial del infierno en la tierra, ante cuyas entrañas cobra realidad la sentencia vivida en otro Averno por Rousset: «Los hombres normales no saben que todo es posible».
En las distintas estéticas de la ciudad futura, los creadores del cine, de la literatura o de la pura adivinación sociológica amontonan selváticamente los anuncios publicitarios. Describen paisajes abigarrados, de videoclip urbano, en que los colores chillones en movimiento se confunden como los reclamos en un mercado de cualquier época, pero más atosigantes e invasivos.
En Retórica clásica y publicidad, Eduardo Fernández parte de las claves perennes del hablar persuadiendo, que los clásicos descubrieron como constantes humanas. Y desde ellos priva en cierto modo a esos paisajes venideros de su mitificado poder de acoso a una libertad desarmada ante la sofisticación y el estímulo de los resortes menos conscientes, de las sinestesias a la neurociencia. El mouere de los publicistas, viene a demostrarnos este doctor en Clásicas y licenciado en Teoría de la Literatura, tiene las mismas bases que las suasoriae romanas: la publicidad es retórica.
La retórica fue el conocimiento de la literatura y la comunicación transmitido y practicado durante veinticuatro siglos. Que Aristóteles diera las líneas maestras de su sistematización definitiva la asimila a tantas otras ciencias de raigambre, pero significa también que sus fundamentos no se mudan con la radicalidad de los saberes instrumentales a los que sirve. Tiene por eso mucho sentido — y no sólo académico — tomar como prisma los esquemas que guiaron desde la Antigüedad a quienes pretendían inducir conductas determinadas, para observar una de las manifestaciones de la comunicación que marca y sigue siempre por su propia naturaleza las tendencias más actuales.
El perfil acabado que la preceptiva retórica ofrece desde Quintiliano supone una clara ventaja como término de comparación escogido por el autor, ante la fragmentación de las explicaciones más recientes de los mecanismos de persuasión. Nunca como hoy había sido tan necesario persuadir (para diferenciar los productos, pero también en la diplomacia pública, en las declaraciones de las instituciones conómicas, en las relaciones laborales y las políticas sociales…). En la sociedad de redes, el poder difuso apuntala o acaba sepultando a los demás; de ahí tantos estudios parciales que desde ciencias relativamente recientes se centran, muchas veces sin saberlo, sobre las mismas cuestiones multiseculares de esa Gramática de la expresión, como la denomina Antonio Fontán en el prólogo del libro.
El esfuerzo de traducir el lenguaje publicístico a las categorías retóricas es un intento audaz de reducir a sistema las posibilidades comunicativas. En este sentido, es especialmente acertado, por realista, el esquema que en el libro se reproduce al desarrollar cada oficio del orador y cada parte del discurso: en primer lugar la adaptación del esquema retórico al discurso publicitario, la clasificación de apartado concreto y sólo a continuación el estudio de la pervivencia del modelo retórico en los ejemplos estudiados (163 anuncios televisivos de coches, de los años 1994-98).
Aunque la estructura sistemática es, como se ve, clásica, en el trabajo se incorporan los conocimientos de las diversas tendencias de la refundación neorretórica que Lausberg y Perelman abrieron a mediados del siglo pasado, representada en primer nivel en España por Albaladejo, García Berrio o López Eire: la retórica como panoplia hermenéutica es imprescindible para la aproximación a la publicidad, vista como un texto formulado en diversos lenguajes.
La presencia de la retórica clásica en la publicidad no se limita a la elocutio, la elaboración lingüística más o menos artificiosa mediante figuras y selección léxica. En el estudio comparado de teoría clásica y creación contemporánea, surgen vías de reflexión productivas. El genus demostratiuum o epidíctico, el propio de las alabanzas, es el más ajustado al tipo de discurso publicitario, aunque hay también elementos del deliberatiuum.
Un rendimiento práctico para el publicitario, pero también para cualquier orador en busca de argumentos es, por ejemplo, la demostración de que los recursos de la inuentio clásica siguen siendo guías útiles para el ingenium, como se verifica en la coincidencia con los anuncios analizados. Era previsible que en el exordio a la función apelativa acompañase el delectare: pero esto sucede en algunos casos de manera especialmente interesante, como por la presencia de la dissimulatio, tipo de insinuación que retrasa la aparición del producto (la opinión del orador en el Deinuentione ciceroniano) y la sitúa en el momento más propicio.
Que la narratio publicitaria a penas contiene elementos objetivos y se convierte en mera estrategia de refuerzo de la argumentación (el mouere prima sobre el docere) es experiencia común de cualquier televidente avisado, que jamás creería estar bien informado por un anuncio; más llamativo resulta, en cambio, el paralelismo trazado entre los elencos plásticos de virtutes de las etopeyas romanas y las enumeraciones de los recursos técnicos del automóvil acompañados por las imágenes. Y por citar otros hallazgos chocantes, encontramos en Cicerón la descripción de un concepto tan genuino de la venta de automóviles como el de la «ocasión» (De inventione, 1, 26, 37).
También la dispositio depara algunas sorpresas, pues el orden de los elementos ofrece en los anuncios una regularidad sistemática, que algunos creían imposible de recuperar en la oratoria contemporánea. En este apartado cabría sugerir que el slogan se podría identificar y estudiar a través de la teoría de la peroratio romana. Una especial referencia, y una recomendación de consultarla en la primera lectura, merece la esmerada clasificación de los anuncios conforme a las figuras retóricas empleadas con la misma finalidad pretendida por los oradores clásicos, por los abundantes resultados que se ajustan a las figuras tradicionales.
La enumeración de estos ejemplos, unidos a abundantes loci clásicos recogidos en la obra que siguen sirviendo hoy para vender, parece contradecir la idea, también clásica, de que lo que despierta el deseo (ephímeros) sea necesariamente flor de un día (ephémeros). Y es que sin duda el fundamento último de la persuasión (concepto más amplio que el de convicción racional, como precisa Fernández) escapa a las técnicas comerciales más pragmáticas y se sitúa, junto a la retórica entre los saberes más profundamente humanos.
Los derechos históricos de las nacionalidades de España
Miquel Ruiz Lacruz plantea en este artículo, publicado en Nueva Revista, que España es una «unión de nacionalidades históricas». Sostiene que la Constitución, en su disposición adicional primera, ampara y respeta los derecho s históricos que no debieran circunscribirse al País Vasco y a Navarra, sino reconocerse a las demás nacionalidades. Entiende que España vive un proceso de transformación política con motivo de las reformas estatutarias recientemente emprendida s. Desde esta perspectiva historicista aboga porque la comunidad catalana adopte la denominación de Principado de Cataluña y propone la constitución de un grupo de trabajo constituido por expertos en historia y derecho de España para la conformación del futuro territorial de España.
El texto es sugestivo pero considero oportuno formular algunas precisiones:
1. La Constitución española no definió el concepto de nacionalidad ni calificó a Cataluña, el País Vasco y Galicia como nacionalidades históricas. Sólo permitió a estas comunidades acceder a la autonomía constitucional del máximo techo competencial sin cumplir los trámites iniciales contenidos en el artículo 151 por el mero hecho de que durante la Segunda República habían plebiscitado estatutos de autonomía . Esta es la razón por la que durante el debate constituyente algunos comentaristas comenzaron a darles el calificativo de nacionalidades históricas.
2. La disposición adicional se refiere única y exclusivamente a los territorios de Álava, Guipúzcoa , Vizcaya y Navarra. La expresión «derechos históricos» se utiliza como sinónimo de régimen foral y sólo los territorios forales son titulares de aquéllos. En consecuencia, no cabe hablar de derechos históricos de las nacionalidades españolas. La génesis de esta disposición en el Congreso y en el Senado no deja lugar a dudas sobre la imposibilidad de abrir el ámbito territorial de la misma y así lo ha declarado el Tribunal Constitucional.
3. Los representantes de Cataluña en las Cortes constituyentes no reivindicaron su condición de nacionalidad por razones históricas sino esencialmente culturales. Los nacionalistas catalanes reivindicaban el Estatuto de 1932 como fuente de legitimidad autonómica. Por eso se dieron por satisfechos con la disposición transitoria segunda que en cierto modo veía a reconocerla. Pero no invocaron en absoluto pretendidos derechos históricos que les hubieran retrotraído a situaciones anteriores a los Decretos de Nueva Planta.
4. España se ha forjado a lo largo de un dilatado proceso histórico. Pero, tras la Constitución de Cádiz, la monarquía española dejó paso a una nación de ciudadanos y a la configuración de un Estado común — unitario o compuesto— que es expresión de la soberanía del pueblo español. España no es una unión de nacionalidades. La palabra unión puede interpretarse como que la soberanía reside en las nacionalidades y esto sería muy peligroso en un país donde hay nacionalismos disgregadores.
5. Comparto la tesis de que la guerra de Sucesión de 1700 – 1714 tuvo en Cataluña, como en el resto de España, el carácter de una lucha civil de origen dinástico. Cuando el presidente de la Generalidad, Casanova, hace un último y desesperado llamamiento a los barceloneses para defender la ciudad de Barcelona frente a las tropas borbónicas le alienta a defender los derechos del archiduque y la libertad de España .
Jaime Ignacio del Burgo Diputado de Unión del Pueblo Navarro (UPN)
Constitución e Historia
Un lingüista catalán, Miquel Ruiz Lacruz, echa con todo derecho su cuarto a espadas sobre esa posmoderna «ejecutoria de hidalguía» que pretenden ser los derechos históricos en nuestro actual régimen político. Ya en el título de su análisis se descubre la pretendida vinculación de esos derechos con la categoría jurídico-constitucional de nacionalidad (invocada, aunque no definida en el artículo 2 de la Constitución española). En mi opinión, no cabe mayor arbitrariedad que el reconocimiento de derechos colectivos a unos territorios, partes integrantes de un Estado, excluyendo a otros de igual relevancia, con la excusa de identidades diversas o inercias asimétricas.
Como se desprende de su pregunta {«Qué España queremos construir entre todos, con confianza?»}, han tenido que transcurrir casi tres décadas para darnos cuenta, en medio de la actual puja de reformas estatutarias, de que todavía no tenemos un proyecto político realmente compartido (no sólo consensuado), con voluntad firme y confianza mutua, para España. Porque todo proyecto implica un horizonte identificable, no pendiente.
Quizás los juristas no hemos sido tampoco muy eficaces en la consolidación de esa obra, ya que, seamos o no lectores de Savigny o meros intérpretes del artículo 3.1 del Código Civil, no acabamos de darnos cuenta del espurio maridaje causal de la Historia y el Derecho (qué solo puede pretender de aquélla una explicación o razón de sus normas, pero nunca su fundamento). Menos mal que España es una realidad constatable (económica, social, cultural e internacional) y, por ende, irreducible a un precipitado histórico, improvisado por uno u otros documentos ad usum Delphinis y sostenido por un argumentario interpretativo a la medida de eventuales oligarquías.
Porque, en mi opinión, la realidad singular de la foralidad vasca y navarra acogida en la Disposición Adicional Primera de nuestra Constitución, no consagra unos derechos irrestrictos, expresión de una soberanía potencialmente inconciliable, sino algo mucho más modesto: una excepcionalidad normativa ineludiblemente actualizable en el marco de la Constitución española, es decir de España como realidad insoslayable. No confundamos, por tanto, a historiadores con historicistas y, menos aún, con embaucadores al servicio de minuetos de convivencia.
Por eso hay que librar a los conceptos o instrumentos jurídico-constitucionales de la naftalina y la taxidermia. Invocar, hoy, como hace nuestro autor, el concepto de «constitución histórica» para recuperar la marca de «Principado de Cataluña» no deja de producir perplejidad, nunca exenta de respeto e interés. Porque es algo que va más allá de la consagración del nombre oficial de la comunidades autónomas, acorde con su identidad histórica tal como establece el artículo 147.2 CE: Porque la concordancia con la Historia no implica una mera remisión.
Comparto plenamente, sin embargo, la aspiración final, y más sustantiva, del autor: «Una buena organización territorial de España debería ser una buena base para empezar a organizar bien la administración pública […] en beneficio de todos los ciudadanos». A éstos corresponde el único protagonismo legítimo de un régimen democrático. Pero ésta ya es otra historia.
Claro J. Fernández-Carnicero
Letrado de las Cortes Generales
Que otros se jacten de los libros que han escrito, a mí me enorgullecen los que he editado; podría declarar parafraseando a Jorge Luis Borges, sobre todo después de haber hecho la selección y el prólogo a Oficio, la antología de José Miguel Ibáñez Langlois que acaba de publicar la colección de poesía Númenor. Es muy posible que a usted el nombre de Ibáñez Langlois le diga poco. No se extrañe: con contadas excepciones, entre la literatura hispanoamericana y el público español hay un insondable océano de desconocimiento, como si alguien hubiese dibujado en los mapas monstruos marinos, figuras mitológicas y un lacónico aviso: non plus ultra. La intención de estas páginas es, por el contrario, ir más allá: presentarles a un poeta extraordinario y ofrecerles una pequeña antología de los Poemas dogmáticos, una de sus creaciones más representativas.
José Miguel Ibáñez Langlois nace en Santiago de Chile en 1936. Además de Teología, ha estudiado Filosofía y Periodismo. Crítico literario desde 1966 en el diario El Mercurio con el seudónimo de Ignacio Valente. Escritor abundante e infatigable, es autor de más de treinta libros, de los cuales, junto a varios ensayos filosóficos o teológicos y ocho de crítica literaria, once son de poesía.
Además (y sobre todo) es sacerdote. No es ése un dato privado para relegar entre las curiosidades biográficas: se trata de un aspecto central del personaje poemático, del hablante lírico, perfectamente integrado en su discurso, como ha observado el profesor Eddie Morales Piña en Lecturas sobre textos líricos (Facultad de Humanidades, UPLA. Valparaíso, 2004). José Miguel Ibáñez Langlois lo reafirma, adelantándose a las reticencias de un hipotético público laicista, con una provocadora naturalidad:
OFICIO
Soy cura
y qué
otros buscan perlas en el fondo del mar
o instalan ojos y oídos humanos en la estratosfera
yo trabajo en este y en el otro mundo
yo tengo el poder de expulsar demonios de las computadoras
yo transformo leprosos en arcángeles
y mujeres de Lot en estatuas de sal
yo me visto como ni los reyes para celebrar la Misa
yo hablo todas las lenguas de Pentecostés y algunas otras nuevas
yo soy la mano de Dios que borra los pecados más increíbles
yo soy el espejo de Dios que camina por la historia sagrada
otros tocan la flauta a las serpientes artificiales
yo resucito muertos
soy cura
y qué
El ministerio sacerdotal también resulta clave para encuadrar al poeta en su tiempo y entorno. Juan Manuel Martínez Fernández, en la laudable tesis doctoral Tres caminos y nueve voces en la poesía religiosa hispanoamericana contemporánea (Universidad Complutense de Madrid, 1999), estudia la abundancia de poetas sacerdotes, entre los que sobresalen, además, Joaquín Antonio Peñalosa, Ernesto Cardenal y Pedro Casaldáliga (que como poeta sobresale, todo hay que decirlo, bastante menos).
Tampoco es Ibáñez Langlois un caso insólito en lo referente a la forma. La influencia del humor y el coloquialismo de Nicanor Parra o de Ernesto Cardenal son fundamentales a pesar de las hondas divergencias teológicas e ideológicas. Escandalizarse por el tono o la audacia formal de nuestro poeta es no haberse hecho cargo del ambiente poético desde el que escribe, siempre en constante diálogo (y discusión) con sus contemporáneos. Si existiese, como entra dentro de lo posible, menos tolerancia hacia Ibáñez Langlois que hacia los aclamados y cáusticos Cardenal o Parra, habría que concluir, con G. K. Chesterton, que la ortodoxia es la última heterodoxia que de verdad le escuece a Occidente.
Por otra parte, la faceta más combativa de Ibáñez Langlois sigue dócilmente una venerable tradición occidental: la poesía epigramática. Como él mismo ha reconocido, los poemas de Ezra Pound son su antecedente más inmediato. Pero no sólo bebe del modernismo anglosajón, acude directamente a las fuentes. Conviene no olvidar que Ibáñez Langlois ha sido traductor de Catulo, sobre todo para entender cómo es capaz de escribir algo así:
Claudia, cuya virginidad cuidaron los ángeles
y el rocío de Dios corroboró por veinte primaveras
es hoy atravesada por el falo de su amigo López
con el complaciente OK de la divina providencia
que le brinda el oráculo de su confesor y padre
siempre que lo haga por elevado amor
y no por pura concupiscencia erótica.
Claudia, cuyas lágrimas los ángeles recogen.
El desparpajo de estos versos alarmará sólo a los que desconozcan la poesía de Roma o de nuestro Siglo de Oro, cuando los poetas zurraban a sus colegas de lo lindo con versos como varas. Ni más ni menos, eso es lo que hace en «Le défroqué»:
Después de diez años de mediocre continencia
y mediocre piedad
el Reverendo se enamoró de su secretaria
y descubrió de golpe que las herejías cristológicas del siglo IV
cuestionaban seriamente el dogma
y que la doctrina de la Iglesia
era inadecuada a los tiempos que corren.
Con todo, lo epigramático no agota el contenido de los versos ni, mucho menos, su propósito. Ibáñez está, en última instancia, ofreciendo un ejemplo de que la ortodoxia católica y el rigor teológico pueden ser inspiración y materia de una poesía actual, libérrima, vibrante, vivificadora.
A esa serie de poemas breves y punzantes, recogidos en libro en 1971, los tituló Poemas dogmáticos. Debió de quedar muy satisfecho del título, porque lo repite en una segunda colección, publicada veintitrés años después. El nombre tiene a su favor la polisemia: poemas que por un lado se basan en los dogmas de fe y que por el otro hacen de la contundencia un eficaz recurso retórico. El título se presenta, pues, con la elegancia y hasta con la gracia de ir con la verdad por delante en todos los sentidos.
En Poemas dogmáticos, Ibáñez encuentra su estilo. Antes había sido un poeta muy precoz: con dieciocho años se estrenó con Qué palabras, qué lágrimas, al que seguirán varios poemarios de tanteo y asimilación de influencias. No pierden por eso interés: en ellos no sólo se adivina un poeta, sino que se adivina el poeta que José Miguel Ibáñez Langlois será. Inaugura temas como la fe, su vocación poética, la crítica social o la reflexión metaliteraria. Y a la vez se va decantando por un versículo vigoroso y visionario. En su evolución, destaca el libro Eterno es el día (1968), donde hace su aparición el empeño de escribir poemarios que desarrollen un único tema central.
El primero de esos grandes libros unitarios es Futurologías (1980), compuesto por 131 cantos de extensísimas tiradas de versos más o menos endecasílabos sin signos de puntuación. Con resonancias bíblicas y dantescas, sus referentes contemporáneos son el Ezra Pound de los Cantares, el Pablo Neruda del Canto General y el Huidobro de Altazor. Ibáñez Langlois, desde sus convicciones y desde esta época, profetiza la sociedad de los tiempos venideros. Profecía que es, en realidad, una utopía y que como las mejores utopías tiene su parte más fecunda en lo que implica de crítica a la actualidad.
En Futurologías realiza un alarde de dominio formal. El culturalismo y el coloquialismo se dan la mano sin que ninguno avergüence al otro, la voz propia y la voces ajenas se unen en un coro sin ahogarse, la subjetividad y la objetividad, la libertad literaria y la coherencia interna, el dogma y la emoción, el humor y la trascendencia, las rimas internas y los versos blancos, la escritura semiautomática y el proyecto unitario, la sátira y la caridad, todo está aquí dispuesto para que quienes estén exentos de prejuicios ideológicos y estéticos disfruten.
Tres años después, con Historia de la filosofía, asistimos al hecho sorprendente de que se haga poesía con el devenir del pensamiento abstracto. Si Futurologías sorprende por su potencia, por su valentía y por la libertad de pensamiento, lo que ahora asombra es la capacidad del autor para escribir poemas con un tema tan prosaico como la crítica filosófica. Lograr emoción y belleza sin dejar de hacer filosofía, filosofía aristotélicotomista para colmo, se puede contar como otra conquista más de la poesía contemporánea, empeñada en enriquecer con temas y tonos el repertorio de lo poético. Véase un ejemplo:
Unaufgeklartheitsmoglichkeit
qué nombre más raro para una cosa que no existe
en la historia de la filosofía los nombres más complicados
se los llevan las cosas que no existen
las cosas que no existen
tienen una rara predilección por el alemán para no existir
prefieren no existir en alemán
lo cual es una forma de inexistencia mucho más perfecta
que dedicarse a no existir en sánscrito
o en inglés por ejemplo qué vulgaridad
o en latín por ejemplo donde todo existe.
En 1987 publica El libro de la Pasión, el más acabado de su obra. Se realiza en él un recorrido a través de los últimos días de Jesucristo, su pasión y cruz, intercalando reflexiones y diálogos. Ibáñez sigue los relatos evangélicos y otros libros piadosos, especialmente el Vía Crucis de San Josemaría Escrivá y La dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo de la beata Anna Katharina Emmerich. Sólo la temática religiosa de El libro de la Pasión y el hecho de que se publicara en Patmos, colección de espiritualidad de la editorial Rialp, pueden explicar que, por los compartimentos estancos que padece nuestra cultura, no tuviese una recepción más calurosa o, como mínimo, más atenta por parte de los lectores de poesía. Juan Manuel Martínez, tras un pormenorizado análisis de los múltiples aspectos literarios de este poemario, afirma que «si tuviésemos que quedarnos con uno, como orientador o aglutinador del estilo, elegiríamos el de fuerza poética». Y concluye: «Este magnífico libro no es sólo una narración, ni sólo una contemplación, ni sólo una catequesis, ni sólo una profundización, sino todas estas cosas a la vez».
Tras una segunda entrega de Poemas dogmáticos en 1994, Ibáñez Langlois publicó Rey David en 1998, su último libro hasta la fecha. En él, con la técnica de El libro de la Pasión, se centra en el personaje del Antiguo Testamento que más le ha fascina. La fascinación resulta contagiosa.
Cuando esa fascinación se siente además por una obra completa, antologarla resulta difícil: duele descartarse de poemas excelentes. Ya me costó mucho en las 336 páginas de Oficio, así que imagínense ahora. Ante las lógicas limitaciones de espacio, he preferido centrarme en las piezas breves de los Poemas dogmáticos antes que presentar unos pocos fragmentos entresacados de sus grandes libros unitarios. Consuela saber que la desinhibida fuerza de Futurologías, el trasfondo intelectual de Historia de la Filosofía o la fe encarnada de El libro de la Pasión se encuentran también en estos concentrados epigramas. Por suerte, con los poetas mayores (y José Miguel Ibáñez Langlois lo es sin duda) bastan apenas unos versos para que la potencia y la emoción se abran camino, y alcancen a los lectores.
PALABRAS
Qué son estas palabras
cuando un hombre se salva o se condena.
Qué son todos los libros de este mundo
a las puertas del cielo y del infierno.
Que Dios me deje ciego
si alguna vez me olvido de su Iglesia
por escribir palabras.
AD MISSAM
Con un Lienzo me cubro la cabeza, con polvo
y ceniza, con la profunda noche. La luna
se eleva en las montañas del valle de Josafat.
Una blanca Mortaja me ciñe ahora el cuerpo
mientras San Juan enciende los cirios. El infierno
vela en la faz de Dios el sudor de su sangre.
Las antorchas judías se acercan en la noche.
El Cíngulo en mis lomos: por los eternos siglos
empujan de esta soga los hijos de Israel.
En mi cuello la Estola. Estoy triste hasta la muerte.
Padre, si puede ser que este cáliz se aparte
sin que rueden los mundos en tus manos. Por fin
viene el Manto sagrado. Yo caigo de rodillas.
Jesús el miserable está en manos del cielo
con su oscuro terror. La misa ha comenzado.
PISCATORES HOMINUM
Para Dios lo mejor. Arrebato a la especie
los varones más fuertes, las hembras más hermosas.
Que el Espíritu Santo los convierta en sus templos
y el rebaño de imbéciles los llore por las plazas.
| IDEAS |
| No hace más que comer y fornicar. |
| Con todo, no es un cerdo: |
| tiene un don superior que lo redime: |
| sus ideas. |
| Aunque su alma se pudra |
| sus ideas avanzan |
| por la historia. |
| La historia absolverá sus defectillos |
| porque es hombre |
| de ideas |
| a-van-za-das. |
PROGRESO
Los antiguos pensaban
que el fiero mar se amansa a la orilla del mar
por voluntad de Dios
y que el día y la noche se suceden por obra
del Espíritu Santo.
Nosotros los modernos
sabemos que ello ocurre por causas naturales
de fácil comprensión
amén.
PROSCRITOS
Terroristas del mundo, alucinados,
drogadictos, pilotos de la muerte,
pervertidos de la profunda noche:
habéis equivocado los caminos.
En Dios está el terror y la violencia
y la gloria y el sexo y la ignominia.
En Dios está la ciencia y la locura
y el fruto prohibido y el horror.
Venid, adoradores, al peligro
y a los vértigos de su santo rostro.
CONFESIÓN
Diez años estudié con los filósofos
grandes y pequeños, griegos y alemanes.
A
Y cuanto más cavilo, más
catecismo
de los hermanos
de las escuelas
cristianas.
[De Poemas dogmáticos I]
RETORNO
Cada vez que entro al mundo de Tolkien
y tiemblo bajo el vuelo de los siete Nazgul
y oigo hablar y cantar a los pueblos en élfico
y miro hasta el fondo de los ojos de la Dama Galadriel
y estoy bajo la acción a distancia del Señor Oscuro y sus palantir
y soy un atrevido hobbit que etcétera etcétera
confieso que me da un dolor de cabeza horrible
volver al siglo xx y leer El Mercurio
la política nacional e internacional
oír el heavy rock de los muchachos del frente
que se creen satánicos y son cretinos.
RELEVO
El comunismo nos hacía mártires en las catacumbas
el neoliberalismo nos entierra en nosotros mismos
entierra viva a la Iglesia dentro de sus iglesias
dentro de sus hermosos cánticos funerarios
y cuando la Santa Madre quiere salir a la vía pública
debe hacerlo en la forma de esas viejas limosneras
que mendigan a la salida de las iglesias
que pordiosean a la salida de sí mismas
cuando veáis esas viejas ciegas de amor a Dios
sabed que son la Santa Madre Iglesia
en la forma que ella toma a la salida de misa
a la salida de sí misma en la ciudad neoliberal.
POSTMODERNO
El postmoderno es un perfecto imbécil
que vino al mundo en una época de sonido y furia
y lo celebra con una tremenda gracia personal.
FE
Si me dejaras
si un poco de Tu mano me dejaras
yo no creería ni en mi propia sombra
yo me convertiría en mi propia sombra
llena de teorías luminosas sobre sí misma
y el sol y bla la lá si me dejaras
yo me creería el sistema solar en persona
creado por mí mismo de la nada
en un acto de rara inteligencia
y contaría mi historia por bares y jardines públicos
y hasta los niños me sabrían idiota
si un poco de Tu mano me dejaras.
[De Poemas dogmáticos II]
BIBLIOGRAFÍA POÉTICA
José Miguel Ibáñez Langlois es autor de más de treinta libros, muchos dedicados a la filosofía y a la teología. Entre ellos, de poesía los siguientes:
Qué palabras, qué lágrimas, Josén Laurel, Santiago de Chile, 1954
Desde el cauce terreno, col. Adonais, Rialp, Madrid, 1956
La tierra traslúcida, col. Adonais, Rialp, Madrid, 1961
La casa del hombre, Talleres Gráficos Orbe, Madrid, 1961
Eterno es el día, Zigzag, Santiago de Chile, 1968
Poemas dogmáticos, Universidad Santiago de Chile, Santiago, 1971
Futurologías, Editorial Universitaria, Santiago, 1980
Historia de la Filosofía; Texto auxiliar para cursos de Historia de la Filosofía, Historia de la Cultura e Historia General, Andrés Bello, Santiago, 1983
Libro de la Pasión, col. Patmos, Rialp, Madrid 1987
Busco tu rostro; antología poética, Editorial Universitaria, Santiago, 1989
Poemas dogmáticos II, Editorial Universitaria, Santiago, 1994
Rey David, Editorial Universitaria, Santiago, 1998
Oficio (antología poética), Selección y prólogo de Enrique GarcíaMáiquez, Colección Númenor, Sevilla, 2006
Entre sus libros de ensayo pertenecen al dominio de la teoría y la crítica literaria:
La creación poética, Rialp, Madrid, 1964
El mundo pecador de Graham Greene, ed. Zigzag, Santiago 1967
«La poesía de Nicanor Parra». Prólogo a su antología Antipoemas. Barcelona: Ed. Seix Barral, 1972: 7-66.
Poesía chilena e hispanoamericana actual, Nascimiento, Santiago, 1975
Rilke, Pound, Neruda; tres claves de la poesía contemporánea, Rialp, Madrid, 1978
Introducción a la literatura, Nuestro tiempo, Eunsa, Pamplona, 1982
Sobre el estructuralismo, Nuestro tiempo, Eunsa, Pamplona, 1983
Veinticinco años de crítica, ed. Zigzag, Santiago, 1992
Diez ejercicios de comprensión poética, ed. Andrés Bello, Santiago, 2001
Josemaría Escrivá como escritor, Rialp, Madrid, 2002
Una obra mayor y «prólogo» de una obra aún mayor. Este libro del catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad de Murcia José Luis Villacañas es el primero de cinco tomos dedicadosa hacer «un relato unitario y coherentede las prácticas y las ideas de legitimación del poder político en España».
El primer volumen está dedicado a una Hispania que un día fue romana y que se vio transformada por la ocupación visigoda y la invasión árabe, y que desde entonces retornaba, consciente o inconsciente mente, al seno de la civilización europea por el impulso de las necesidades materiales y morales de los españoles, por la conmoción apocalíptica d e la pérdida d e España (Beato de Liébana, mito de Santiago), por el inflexible liderazgo espiritual de Roma y por la influencia d e las instituciones del Imperio y de los otros reinos de Europa.
El producto final de esas conexiones lo mide Villacañas según la capacidad de las distintas poblaciones y territorios para alcanzar un cierto nivel de «etnoformación». «Estos lentos hechos se conocen con el nombre de procesos de etnoformación, y quieren narrar la configuración de grupos humanos con caracteres comunes y con arquetipos culturales, sociales y políticos operativos, capaces de identificar un nosotros y un ellos diferenciado y excluyente, con sus esquemas de mando y obediencia y sus valores de identidad». Este concepto se hace evidente cuando se observa que el espacio peninsular estuvo ocupado repetida y largamente por pueblos de frontera, en el sentido de limes entre civilizaciones dispares (hispano-romana y visigoda, visigoda y bizantina, hispana y mora, etc.), y en el más restringido de rayas móviles entre reinos: «Una tierra de frontera continua». Ello produjo una inestabilidad intrínseca en el proceso de formación de los reinos, con diferencias esenciales entre sus estructuras institucionales y sociales. Así, Villacañas nos hace observar la endémica debilidad del reino visigodo; la desvertebración política inherente al tipo de civilización árabe; la desviación mozáraberes pecto del catolicismo romano; la expansión del poder astur, leonés y castellano bajo la espada, y la emergencia de una sociedad autocentrada según usos y costumbres civiles en Cataluña y en Aragón. En fin, cesarismo militar en los reinos occidentales y feudalismo contractual en los reinos nororientales de la Península.
Bajo las incitaciones de Roma a la cruzada («la Reconquista no es una empresa protonacional, sino una empresa cristiana», dice Villacañas) y la recepción modelos institucionales europeos f ue posible ir superando las tendencias al fraccionamiento: el reino de Castilla trató de subsumir institucionalmente la idea imperial, el de Aragón se orientó hacia modelos monárquicos de raigambre franca. Dentro de España los reinos actúan unos sobre otros siguiendo el patrón del equilibrio de poderes, como si fueran difícilmente fusionables, todo lo cual determina la «etnoformación frágil» que caracterizaría la historia futura de España.
Es preciso poner de relieve otros elementos de análisis utilizados por el autor. Uno de ellos es la geopolítica. Villacañas cuida mucho la conexión necesaria entre los factores políticos y militares con los hechos geográficos, tanto del gran espacio como del microterritorio, desde la apreciación de la seguridad de España como condicionada por el devenir del norte de África y las presiones ultrapirenaicas, hasta la acción territorialmente configuradora de los castillos y de las campañas militares.
También seguimos con Villacañas el estudio de las relaciones señoriales ofeudales, a la luz de la «costumbre de España». El autor adscribe esta modalidad de lealtad o fidelidad a la cultura política castellana, mientras que a la catalana-aragonesa atribuye la modalidad contractualo de postura. Costumbre de España es nofeudalismo; la corona de Aragón es acusada mente feudalista, luego ésta desconoce la costumbre de España. Esto, en realidad, no es enteramente así; la cost umbre de España entra en la corona de Aragón en el siglo XIII y se enraiza en el XIV (ver Ramón d’Abadal), como instrumento útil del rey para hacer frente a las guerras civiles que la asolan. La costumbre de España es para los reyes castella nos un armafrente a las tendencias señorializantes de los grandes nobles; no otro es el sentido del capítulo XVIII de la Partida II, aparte, por supuesto, de constituir un instrumento jurídico para la guerra contra los moros.
Villacañas conduce sus diferentes líneas de análisis a resaltar una alternativa reducida, prácticamente, a dos prototipos de sociedad: la castellana y la catalano-aragonesa. Esto, naturalmente, no es un descubrimiento del autor; pero su mérito técnico consiste en que lo hace mediante una abrumadora aportación de elementos de juicio, basados en el universo mental de la época tal como se refleja en los documentos jurídicos y literarios, representativos del modo en que cada uno de esos dos «casi hemisferios» hispánicos evolucionó social, política y culturalmente. De este modo, la historia «événementielle» sirve de soporte a un estadio ulterior de la historiografía: ése en que, a la manera kantiana, como recomienda el autor, los pueblos conocen la historia de su espíritu al escribirla.
El autor cierra este tomo de su gran obra encarnando en dos personajes históricos la virtualidad de la «etnoformación». Se trata de Jaime I y de Alfonso X. Subraya el a u t o r la eficacia del primero en lograr una sociedad etnohistóricamente formada, y la incompetencia del segundo en el logro del mismo fin. Dentro de la corona catalana-aragonesa, Cataluña no quiso ser reino, pero los reyes castellanos eran o querían ser emperadores. En la primera late la predisposición al compromiso entre reyes, nobles y ciudades, y en los segundos alienta el espíritu de dominación, propio de la tradición política malikista de los árabes.
Subyacente a la impronta general de este primer tomo de la obra se percibe su clara inclinación intelectual a favor del modelo de evolución histórica catalano-aragonesa, o más precisamente catalana. Sin discutir la razonabilidad de esta orientación, sólo queda expresar ansiedad por conocerla continuación de esta apasionante historia de la etnoformación de los reinos españoles (y la del puebloespañol como distinta de las de aquéllos), cuyos progresos fueron haciéndose patentes con el transcurrir de los siglos, pero cuyas duraderas líneas de fragilidad están implícitas en esta historia magna de José Luis Villa-cañas.