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Avanza la alternativa a la destrucción embrionaria

La obtención de células madre (1) embrionarias humanas, llevada a cabo por el grupo del norteamericano Thompson en 1998, tuvo lugar meses después de la clonación de la oveja Dolly. Se generó, con ambos descubrimientos, una dinámica que parecía conducir de forma inexorable al empleo de embriones humanos, si es que se habían de desarrollar procedimientos adecuados para lo que se llama medicina regenerativa. Muchos se instalaron en la contundente afirmación de que sólo la aceptación del empleo de embriones humanos, como fuente de células madre, podía llevar al desarrollo de terapias regenerativas. Quedaba, para ellos, abierta únicamente la cuestión de si se llegaría a desarrollar células madre, de algunos embriones, con aplicación a cualquier paciente (terapia alogénica) o, por el contrario, todo estaba abocado a la obtención de células embrionarias clónicas, específicas de cada paciente (terapia autóloga), para poder plantear tratamientos regenerativos.

Con ello se acuñó el término, bastante equívoco, de «clonación terapéutica», a pesar de que la propia Academia de Ciencias de los Estados Unidos señalaba que no existían tales terapias que pudieran derivarse de la clonación, por lo que sólo cabía hablar de ésta con propósitos de investigación biomédica. La suerte estaba echada y con ello era preciso abrirse a una producción y manejo general de embriones humanos, en sus etapas iniciales, para todo tipo de propósitos investigadores, terapéuticos e industriales.

Aparte de las objeciones éticas, existían importantes limitaciones médicas en el previsible empleo de células de origen embrionario

Aparte de las objeciones éticas que suscitaba el empleo de células de origen embrionario, quedaba claro también que existían importantes limitaciones médicas en el previsible empleo de células de origen embrionario, precisamente por sus propias características que la investigación ponía de manifiesto. Las células obtenidas de embriones gaméticos (los normales, que se generan por fecundación entre los gametos) mostraban un crecimiento vigoroso y desordenado, al ser trasplantadas a embriones u organismos adultos, tal como se hacía patente con la experimentación animal. El potencial de diferenciación de estas células daba lugar a la formación de teratomas (tumores integrados por una variedad de tipos celulares) tras su implantación en tejidos.

Pero las limitaciones eran aún mayores si se pensaba en células derivadas de embriones clónicos, como el utilizado para generar a la oveja Dolly. Por un lado, la transferencia del núcleo de células adultas, a ovocitos privados de su núcleo, que es la forma de practicar la clonación de mamíferos, daba lugar a estructuras aberrantes, con notable frecuencia. De hecho, la oveja Dolly surge tras cientos de intentos, en los que el embrión que había de ser gestado era portador de deficiencias que daban lugar a organismos inviables o monstruosos. Era razonable pensar que al abordar la clonación humana, no para la reproducción sino para generar embriones como fuente de células madre, muchos de éstos serían portadores de los mismos defectos. Además, era de esperar que las células resultantes de estos embriones clónicos se comportaran como las de los embriones gaméticos, en cuanto a su posibilidad de generar tumores. Pese a ello, la reafirmación en la vía embrionaria tuvo tal éxito que fue asumida, en buena medida, por muchos ámbitos de la sociedad, y de las administraciones públicas, especialmente en España (2) . Tampoco servía de mucho la evidencia de que en el organismo adulto hay reservas (médula ósea, grasa corporal) de células madre, cuya obtención no implica manejo ni destrucción de embriones.

LAS CÉLULAS ADULTAS SE PUEDEN REPROGRAMAR  

Durante el pasado año 2007, especialmente en sus postrimerías, se han hecho públicos hallazgos que pueden tener notable trascendencia en el campo de las células madre y la medicina regenerativa. Son avances producto de la lógica científica, que aportan nuevo conocimiento construido sobre los desarrollos previos. El manejo de cultivos de células madre en la investigación experimental, ya sean de animales o humanas, embrionarias o adultas, ha permitido definir mejor las características que estas células tienen. Se trata de profundizar en su comportamiento, analizar los controles que operan en sus ciclos de desarrollo, tanto para activar su multiplicación, como para dar lugar a su diferenciación a células típicas de los distintos órganos o tejidos. El potencial de las células madre de origen embrionario, tanto para proliferar como para diferenciarse en dicha proliferación, es muy notable. Por ello se les designa como «células pluripotentes». Pues bien, la pregunta que algunos investigadores se han hecho es cómo se podría activar algunas células adultas, las que ya no proliferan ni se diferencian, a ese estado de pluripotencia.

No se trata de una pregunta arbitraria, ya que la experimentación tiene a mano responder a esta pregunta, en función del conocimiento que se tiene sobre la situación de las células pluripotentes. Se ha profundizado en cuáles son los genes que actúan en esos procesos y cuál es la naturaleza de los estímulos (físicos, bioquímicos, etc.) que determinan la proliferación y diferenciación de las células madre embrionarias, y también de las células madre adultas. Los grupos de investigación que han llevado a cabo estos trabajos, utilizan la tecnología que permite efectuar cambios genéticos dirigidos en las células, que afectan a su comportamiento y capacidad de multiplicación. Los llamados factores de transcripción, proteínas que regulan la activación de genes concretos y específicos de las células, tienen un papel especial en todos estos procesos. En el complejo microcosmos que constituye cualquier célula, estas proteínas determinan procesos que activan precisamente su multiplicación, y algunos de ellos su capacidad de dar lugar a tipos celulares distintos. El nivel de conocimiento alcanzado a través de la secuenciación de genomas, y la caracterización funcional de miles de genes, es el que hace posible una reprogramación de las células, a través de modificaciones concretas de algunos de sus genes, que permiten a las células producir y activar factores de transcripción en la circunstancia requerida.

Los resultados científicos a los que nos estamos refiriendo pueden estar haciendo historia, porque han permitido obtener las células llamadas iPS (induced pluripotencial stem cells). Sus detalles técnicos, de cierta complejidad, suponen ciertamente la aplicación de un principio que resulta sencillo. Activar, en células diferenciadas, los controles que son propios del comportamiento de células madre pluripotentes. Reprogramar células, en definitiva. El grupo del japonés Yamanaka fue el primero en demostrar que manejando varios factores de transcripción, en concreto los denominados Oct, 34, Sox2, Klf4, y cMyc, se puede lograr esta reprogramación. Los trabajos de esta naturaleza se han realizado con células adultas verdaderas, ya sean derivados de epitelios o de tejido hepático. La experimentación de este tipo, cuando tiene éxito, suele conducir con rapidez a mejoras técnicas y un notable perfeccionamiento de los logros alcanzados. Eso es lo que ha ocurrido en corto espacio de tiempo.

El factor cMyc, por ejemplo, tiene también potencial oncogénico. El grupo del mencionado Thompson ha descrito esta misma estrategia pero evitando este factor. En concreto sus hallazgos han sido realizados reprogramando la situación de células somáticas humanas a estado de pluripotencia mediante activación con factores Oct4, Sox2, Nanog y Lin28. Igualmente, el grupo de la universidad de Harvard, encabezado por Daley, ha dado cuenta de observaciones aun más completas, que confirman estos planteamientos de la investigación biomédica. La reprogramación lograda, activando factores de transcripción, se extiende a todo tipo de células humanas en cultivo. Se ha efectuado con células de origen fetal, neonatal o adulto. Una simple célula derivada de la piel es susceptible de esta reprogramación.

CAMINOS PARA EL FUTURO

Los avances aquí comentados suponen resultados que el mundo científico ha recibido con notable expectación. Hay dos razones que lo justifican. La primera es que por primera vez se logra un manejo celular altamente controlado, desde el punto de vista de su desarrollo. La segunda es porque vienen a zanjar una polémica que estaba demasiado viciada por cuestiones ideológicas, en especial la pretendida inexorabilidad que algunos alegaban de que el manejo embrionario resultaba obligado.

La afirmación de Wilmut, el padre científico de la oveja Dolly, de que la —-mal llamada-— clonación terapéutica carece de sentido, después de estos avances parece zanjar claramente esta cuestión. Pero, conviene no olvidar, que las nuevas aproximaciones, de un gran interés científico, no tienen asegurada la producción de materiales útiles para la clínica humana, en breve tiempo. Mientras tanto, las células madre adultas, presentes en reservas del organismo adulto como la médula ósea o la grasa corporal, se utilizan ya en tratamientos regenerativos sin necesidad de cambios genéticos o reprogramaciones. Miles de ensayos clínicos llevados a cabo en todo el mundo ponen de manifiesto que, si se quiere avanzar con rapidez hacia la clínica humana propia de la medicina regenerativa, estas células madre adultas deben considerarse prioritarias. Las nuevas formas ips son simplemente una nueva vía de gran interés científico.

NOTAS

1) La expresión «células madre» se ha impuesto frente a la más correcta, desde el punto de vista gramatical, de «células troncales». Como el uso a veces consagra expresiones de este tipo, que son entendidas por todos, utilizamos células madre, para referirnos a las células de las que la investigación biomédica se ocupa de forma creciente, por su importante potencial para terapias de enfermedades humanas.

2)  El discurso de investidura del presidente del Gobierno español, en 2004, contenía como único punto de su programa sanitario el potenciar la investigación sobre células madre embrionarias, por ser la esperanza para hacer frente a enfermedades incurables como el Parkinson.

Una perspectiva ética tras el descubrimiento

Los recientes descubrimientos del japonés Shinya Yamanaka (1,2) y el estadounidense James Thomson (3) han causado sensación en el mundo de la ciencia y menos en la sociedad. Quizás porque las revelaciones de la «reprogramación genética» de las células adultas o maduras de un individuo adulto, representan un golpe bajo al designio dominante en la biotecnología de células madre, basado en la experimentación con embriones humanos y en la clonación terapéutica. De «seismic shift» calificaba el editorialista de la revista Science la convulsión que, entre los investigadores, ha provocado la irrupción de la descomplicada técnica de la reprogramación celular y sus expectativas.

En realidad, los descubrimientos han confirmado las previsiones del Consejo Asesor de Bioética del presidente norteamericano sobre la existencia de alternativas reales para la consecución de células pluripotentes ——iguales o semejantes a las embrionarias—— sin destruir embriones humanos (4,5). Es decir, obviando la hipoteca moral que gravita sobre el consumo y destrucción de embriones humanos para la investigación y sobre la mal llamada «clonación terapéutica» humana, en el intento de convertir a los posibles clones en fuente de células embrionarias, algo que el lobby de las embrionarias nunca ha querido aceptar.

Abierto un nuevo sendero para la deseada pluripotencia, es previsible una clarificación entre los diferentes equipos de científicos en torno al debate ético que subyace en la elección de las fuentes de células madre para la terapia celular: a por las embrionarias naturales por encima de todo, por el camino más corto o por el más rentable, al margen de toda reserva moral por un lado; o respetando la vida de los embriones a través de la reprogramación genética de una célula madura, como fuente de células similares a las embrionarias, a las que llamaremos reprogramadas, por otro. Y como el propio Yamanaka ha sugerido, incorporando una regulación internacional vinculante que evite los excesos de la ambición, los intereses mercantiles y el relativismo moral dominante en ciertos ámbitos de la tecnociencia, aquel que León R. Kass ha denominado «cientifismo sin alma» (6).

En esta breve reflexión sobre el significado moral de la reprogramación de células adultas del organismo, sólo abordaremos una visión general de la cuestión, entrando de puntillas en la compleja perspectiva ética que subyace en este tipo de investigaciones. El científico sabrá perdonar el obligado reduccionismo de los conceptos técnicos, que asume el autor, en aras de una comprensión más fluida de los mismos por todos los lectores,

EL SIGNIFICADO BIOLÓGICO DE LA REPRODUCCIÓN GENÉTICA

Los científicos Yamanaka y Thomson han venido a decir que, respetando la racionalidad científica, la inclusión de tres o cuatro genes específicos y mantenedores de las características del estado embrionario, en cualquier célula madura del organismo humano adulto, da lugar a su transformación en célula embrionaria o muy similar a la embrionaria natural. La célula adulta se retrotrae a los orígenes más indiferenciados de su extirpe. Dicho de otro modo, los genes que mantienen en la célula embrionaria natural su «plasticidad» (esto es, la capacidad de transformarse en cualquier tipo de célula del organismo, del hígado, cerebro, piel, etc.) y su «inmortalidad» (o sea, una ininterrumpida capacidad de multiplicarse en el tiempo) son capaces ——introducidos en una célula adulta—— de retrotraerla o devolverla al estado embrionario. La célula adulta, introducidos los genes, cambia de forma, pierde la función que poseía como madura y experimenta, por así decir, un proceso de infantilización, de vuelta atrás, recuperando la «plasticidad» y el carácter de «inmortal» que poseen las embrionarias. Así lo ha conseguido Yamanaka a partir de células de piel de una mujer de 36 años y de tejido conjuntivo de un hombre de 69.

Es obvio que el significado biológico de tales experimentos precede necesariamente al análisis ético de tales técnicas, como la descripción del objeto del acto en filosofía moral precede a su significado moral, de forma independiente de la intención de los agentes. Por tanto, la comprensión de los hechos científicos ha de incluir el significado moral de la técnica en sí y también de sus consecuencias, de los resultados prácticos que de ellos se puedan derivar, esto es, los beneficios a que pueden conducir, que son la primera expectativa que surge en la mente del hombre de la calle y los que habilitan los grandes titulares de la prensa

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— —que sí permitirá curar el Parkinson, el Alzheimer o la diabetes, etc.—; pero también de las consecuencias a la larga del nuevo avance científico y con mayor profundidad o alcance histórico en cuanto nueva vía al dominio del principio de la vida, un campo insuficientemente explorado y lleno de incógnitas. Siempre dando por sentado la buena intención, en todo caso, de los investigadores.

Desde la perspectiva utilitaria, el hallazgo de una fuente infinita de «células madre pluripotentes inducidas» (iPS cells)—como se las denomina— localizada en el propio cuerpo del enfermo —en su piel o cualquier tejido—, puede suponer, previa manipulación y transformación en la célula adulta deseada, un importantísimo recurso terapéutico para reponer las células de los tejidos dañados, si un día la ciencia garantiza definitivamente la inocuidad de estas células. Piénsese en la implantación de células en la retina, para aliviar una ceguera; piénsese en las células pigmentadas de la substancia nigra del cerebro, para mejorar un Parkinson; piénsese en las células beta para tratar una diabetes pues los ejemplos podrían ser muchos. La nueva promesa superaría, además, en eficacia a las células madre embrionarias llamémoslas naturales, pues con ella se habría obviado el llamado «rechazo», al ser de origen propio las células implantadas. Los comentarios que la nueva técnica ha producido y las esperanzas que ha despertado no responden sólo a la solución del problema moral de la destrucción de embriones sino, como más adelante veremos, a la demostración de la capacidad de manipulación genética que ha provocado la fascinación de los científicos.

Ciertamente, las células pseudoembrionarias obtenidas por la nueva vía están lejos de ser bien conocidas y dominadas, pues por haber recuperado la estirpe embrionaria participan de los mismos riesgos que las naturales, el más importante su fácil transformación en tumorales, que las inhabilita para su aplicación terapéutica. Pero la ciencia percibe las dificultades técnicas a superar, como es el caso de la tendencia tumorígena, como un buen matemático se enfrenta a un inconcluso dilema algorísmico. La mentalidad científica asume que, a la larga, cualquier dificultad técnica podrá ser superada, aunque se precisen años y miles de experimentos.

Desde esta perspectiva, la importancia de los hallazgos que comentamos es que el problema de la materia prima, si así se puede decir, podría estar resuelto de forma generosa y asequible. La sencillez de la tecnología de la reprogramación, por otra parte, contrasta con las enormes dificultades de la clonación «terapéutica» humana, un hecho que sólo la soberbia de algunos impide reconocer. El giro copernicano del padre de la clonación, el escocés Ian Wilmut, da idea del impacto producido, al decidir volcarse en la nueva técnica de la reprogramación y abandonar la transferencia nuclear en la que es uno de los mayores expertos.

En suma, desde el punto de vista biológico, la nueva vía —la vía de la reprogramación— ha penetrado en el mundo de la ciencia como un huracán y a la vez como un nuevo y fascinante camino, que parece garantizar un rendimiento menos oneroso que aquel, tan trillado, del consumo infinito de embriones procedentes de la fiv y este otro, tan dudoso, de la clonación.1.png

Por otra parte y también desde la perspectiva biológica —en clave de puro conocimiento básico— la reprogramación puede convertirse en un formidable instrumento para desvelar los complejos mecanismos de la biología del desarrollo, esto es, el modo oculto cómo el designio impreso en el código genético de cada zigoto se desenrolla y va, poco a poco, construyendo el edificio de la corporeidad. De cómo los cientos de genes y las miles de partículas que, en desconocido diálogo químico interactúan con ellos, van determinando la diferenciación de las distintas células y tejidos hasta rematar el cuerpo de un hombre. Desde El giro copernicano del padre de la clonación, el escocés Ian Wilmut, da idea del impacto producido, al decidir volcarse en la nueva técnica de la reprogramación y abandonar la transferencia nuclear en la que es uno de los mayores expertos. esta fuente y mediante el modelo de la reprogramación será posible ir definiendo mejor el papel de cada uno de los genes que participan en el proceso de desarrollo de un embrión y de un feto después, y el modo cómo interactúan con los factores epigenéticos. Al final del proceso, que es difícil datar en el tiempo, la humanidad dispondrá de un conocimiento suficiente sobre cómo la naturaleza construye los cuerpos. Un diseño que se inicia en la fecundación y que persistirá hasta la muerte natural del ser humano.

En suma, si importante puede ser la perspectiva de la tecnociencia —la vertiente terapéutica volcada al mercado— extraordinariamente importante y aún fascinante puede ser el descubrimiento de los sutiles mecanismos biológicos del principio de la vida y de la individuación de la persona, una cuestión trascendental en la configuración de los juicios éticos sobre el principio de la vida humana, la manipulación embrionaria y la prevención de determinadas enfermedades de base genética yo hereditaria, un campo de la Medicina escasamente dotado de datos empíricos para su comprensión integral.

EL SIGNIFICADO ÉTICO Y MORAL DE LA REPROGRAMACIÓN CELULAR

Sobre estas bases, el análisis ético de la reprogramación ofrece al estudioso de la moral científica, básicamente al investigador que se interroga sobre los límites de la ciencia, pero también al político que instruye leyes y, en suma, a los virtuosos que intentan escapar de las limitaciones y vicios de la racionalidad científica (7) —un campo fértil para la reflexión—. Eminentes hombres de la ciencia y del pensamiento (Jonas, Collins, Habermas, Sandel, Fukuyama, Kass, entre otros) se vienen revelando frente a ese cientifismo sin alma al que antes aludimos, cuya retórica parece determinar lo justo y lo injusto, lo moral y lo inmoral en la sociedad; también contra la superficialidad de los medios en la proyección de las tecnologías biomédicas —sistemáticamente juzgadas como «avances»— y al silencio, en fin, de muchos frente a las modas o los paradigmas dominantes en algunas parcelas de la ciencia. En el caso de la investigación con embriones, es sintomático el recurso jurídico y cientifista al fosilizado y erróneo concepto de preembrión, ya meramente ideológico; a la supuesta autonomía moral radical de la ciencia y, en fin, al relativismo de buen número de bioeticistas de pensamiento débil y complejo de inferioridad ante el dictamen de la ciencia, siempre reactivo frente a cualquier intromisión o juicio que someta a dudas sus postulados. No es erróneo, por eso, afirmar que el debate de las células madre embrionarias ha consumido ríos de tinta y de forma oral horas y horas en innumerables debates éticos en todo el mundo. Siempre sobre si el embrión humano puede ser destruido e instrumentado como fuente de células embrionarias, bien para la investigación bien como material para derivar de sus estructuras productos de significado terapéutico.

Por otra parte, en los últimos años, la biología del desarrollo ha experimentado una gran atención por parte de embriólogos, genetistas, y biólogos moleculares, en un esfuerzo loable de análisis de los mecanismos íntimos que regulan la construcción del zigoto y determinan la activación funcional de su núcleo, como principio regulador de la nueva vida. Es así cómo, pese al obstáculo de las ideologías, la ciencia va aflorando la realidad biológica y cómo la naturaleza a través de los códigos genéticos va organizando y estructurando la materia, hasta dar de sí —como diría Zubiri— al hombre: creación y misterio no opuesto a la ciencia para el creyente; evolución ciega para los ateos. En este marco de ambiciones, valores e intereses (ideológicos, mercantiles y La verdadera ciencia no es presuntuosa; es callada, modesta, ejecutora de sus experimentos desde el diseño adecuado, sin saltos, primero en animales de experimentación y luego en tejidos humanos; y siempre con sensibilidad en torno al producto que se manipula, consciente de que los diseños de la investigación tienen límites éticos que no deben ser superados. culturales) se inserta hoy con extraordinario protagonismo la identidad del embrión humano precoz, y lo que su dominio y manipulación puede proporcionar a los distintos intereses involucrados.

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La línea de investigación laboriosamente emprendida por Shinya Yamanaka, un modesto investigador de la Universidad de Kioto, que ha ejercido previamente como cirujano, viene a desestabilizar a la ideología cientifista dominante, al lobby de las embrionarias, para el cual —como dijera Watson— aquello que en la ciencia se pueda hacer se deberá hacer. Es decir, vale todo, y por supuesto vale la investigación con embriones humanos, ya sean congelados procedentes de la fiv, ya creados ad hoc o mediante clonación, con el exclusivo fin de investigar con y sobre ellos. El primer dato para el análisis moral fue destacado por el propio Yamanaka en una conferencia que ofreció en el club de corresponsales extranjeros de Tokio, donde apuntó que su técnica estaba libre de problemas morales relacionados con la destrucción de embriones y que podría utilizarse, en el futuro, en el tratamiento de dolencias como el cáncer o la enfermedad de Parkinson, entre otros. Respondía así a los intereses utilitarios tan prevalentes en el imaginario colectivo de la sociedad respecto de estos avances. Pero a continuación subrayó el segundo ámbito de su preocupación moral, algo que ya hoy se intuye: la reprogramación celular es una herramienta que potencialmente podría crear vida humana en el laboratorio; porque dada la sencillez de la tecnología, ésta podría ser empleada para «hacer algo malo» —dijo— y, por tanto, veía necesario el esfuerzo de una regulación legal que evitara derivas peligrosas para la sociedad. El buen sentido de este cirujano convertido en investigador —tal vez ya candidato al Nóbel— se percibió en el auditorio cuando remachó que él trabajaba para «curar seres humanos, no ratones», y que harían falta años de trabajo y de experiencias antes de pensar en la regeneración de tejidos humanos. Entrevistado por el New York Times (11/12/2007), Yamanaka no ocultó el designio ético de sus investigaciones: «Cuando vi al embrión [al microscopio], rápidamente me di cuenta que había poca diferencia entre él y mis hijas» y prosiguió «entonces pensé que yo no podía permitirme destruir embriones para investigar. Tenía que haber otra posibilidad». Y obviamente la encontró.

LAS CÉLULAS EMBRIONARIAS DE YAMANAKA SON MORALMENTE LÍCITAS PARA PARA INVESTIGAR PERO NO PARA CURAR

 Como ha sintetizado López Moratalla (8) , la reprogramación puede proporcionar una célula pluripotencial semejante a las embrionarias, que va a facilitar la investigación de sus hasta ahora insalvables dificultades. Podrá permitir experiencias y ensayos sin la hipoteca moral de su hasta ahora equívoco origen; pero pesa sobre ella el mismo obstáculo que gravita sobre las embrionarias naturales, es decir, la incapacidad de la ciencia de controlar su potencial tumorígeno. En efecto, las células somáticas adultas procedentes de las células madre embrionarias —que estamos llamando naturales— producen tumores y la muerte del 70% de los animales de experimentación y, lo que es peor, tanto si se mantienen en sus cultivos como si se incorporan al tejido del paciente pueden convertirse en células madre cancerígenas y determinar su muerte. La ciencia no domina aún la intimidad de esta transformación, es más, no hay datos convincentes de que la plasticidad de las embrionarias sea capaz de transformarlas en células somáticas adultas verdaderamente estables y fisiológicas. Es evidente que se integran en la mayoría de los tejidos de un embrión, pero esto no quiere decir que, una vez allí, sean capaces de suplir a las células dañadas de un tejido en el sujeto adulto.

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Cientos de artículos No podemos demonizar ciertamente el avance de la genética —sería absurdo— porque puede proporcionar a la humanidad nuevos resortes para aliviar el dolor y el sufrimiento humanos; pero no podemos extender a la tecnociencia un cheque en blanco. afirman haber conseguido una línea celular determinada desde embrionarias, con algunas características de las adultas, pero otra cosa es que sean capaces de integrarse en el organismo de un sujeto adulto y contribuyan al funcionamiento real del órgano, reemplazando la función de las células dañadas. Sobre el papel, las embrionarias o seudoembrionarias de Yamanaka parecen haber superado el problema del rechazo, la tolerancia inmunológica, puesto que la célula de piel en su caso, o de cualquier otro tejido en el futuro, es o será del enfermo al que se va a tratar. Esta ventaja inicial las identifica como un producto mejor, de mayor garantía tal vez, pero abierto a la cancerificación como las anteriores.

En síntesis, la ventaja moral de la célula reprogramada es que ha venido a demostrar que, frente al utilitarismo deshumanizante, con constancia y firmeza moral, Yamanaka ha abierto un camino alternativo sin la indignidad de destruir embriones humanos. Porque la verdadera ciencia no es presuntuosa; es así, callada, modesta, ejecutora de sus experimentos desde el diseño adecuado, sin saltos, primero en animales de experimentación y luego en tejidos humanos y siempre con sensibilidad en torno al producto que se manipula, consciente de que los diseños de la investigación tienen límites éticos que no deben ser superados. Esta ha sido la trayectoria de Shinya Yamanaka y no precisamente la de Thomson, que fue el primero en emplear células embrionarias a partir de embriones humanos, y es por esto que nuestra admiración se oriente más al nipón y menos al norteamericano.

LA REPROGRAMACIÓN CELULAR ABRE UN CAMINO NUEVO, REVOLUCIONARIO Y DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL 

  Los experimentos de Yamanaka y Thomson abren un melón sin catar, intuido pero nunca ejecutado: la posibilidad de manipular los genes en el inicio de la vida. Una tecnología inicialmente buena, que evita la destrucción de embriones y por lo demás neutra, que puede derivar, sin embargo, a aventuras reprobables. No es que la denominada cirugía genética (resecar genes patológicos de un embrión e insertarle un gen sano) no se lleve intentando desde hace años. Vescovi, uno de sus adalides, asistió en Madrid en 2005 al Simposio de Medicina Regenerativa organizado por la Asociación Española de Bioética, y dio buena cuenta de sus experiencias sobre las cuales nada hubo que objetar. Pero con semejante buena intención, ya no se percibe con rechazo por algunos la eugenesia positiva, esto es, no ya la supresión de un gen dañino para el individuo humano, sino la inclusión, mediante tecnología genética, de genes que doten al embrión y luego adulto humano de cualidades biológicas deseables e insospechadas, en línea con las tesis de la libertad procreativa de los padres y en directa relación con las previsiones de Huxley en su obra Un mundo feliz, mejoras genotípicas que algunos científicos no rechazarían.

Desde otra perspectiva, la reprogramación viene a confirmar que el principio de la vida del hombre —la etapa embrionaria preimplantatoria— también puede ser asequible a su dominio por la ciencia. El maravilloso laboratorio del zigoto humano —portador del ADN que contiene en su configuración las órdenes para el diseño del futuro cuerpo— va dejando de ser un secreto o una intimidad inescrutable. Reconocidos los genes activos en esa etapa primeriza de la individualidad humana o en las inmediatas posteriores, haciendo cambios o translocaciones aquí y allá, la biología del desarrollo va reconociendo poco a poco el complejo diseño que construye el cuerpo. En ese diálogo entre los genes activos asentados en la cadena del ADN («lo genético») y los factores y moléculas del citoplasma celular («lo epigenético») se activan —se encienden o se apagan— los genes y las órdenes que luego cristalizaran en el diseño de unos ojos negros y hermosos, de una piel blanca o negra, una talla alta o una talla baja y, en fin, un hombre o una mujer.

Yamanaka y Thomson han confirmado que, como hace cincuenta años con el primer trasplante de corazón, nada del organismo es imposible de reconocer, de comprender y racionalizar, desde una interpretación biologista. El impacto de su trabajo está llevando a muchos a cambiar el modelo de su investigación. Pues reconocidas las dificultades casi insuperables de la llamada «clonación terapéutica» y el fracaso de las células embrionarias naturales, una parte de la comunidad científica está virando a la reprogramación, que se percibe como un ámbito de trabajo más eficiente y rentable.

De la manipulación genética queda mucho -—casi todo- — por conocer. Y puede, como otras tecnologías, conducirse de una forma ética, respetuosa con la dignidad de la persona, o de un modo autónomo, utilitario e irresponsable —«liberal» como ahora titulan algunos—, de un modo «malo» como se ha expresado el investigador japonés. Quizás se ha puesto la primera piedra para que el lobby de las embrionarias pierda interés por la tecnología «consumidora de embriones» —como la denomina el filósofo Habermas (9) —, pero tal vez se está cociendo en lontananza aquel poder apocalíptico de la ciencia del que hablaba Hans Jonas (10 ) y al que ha retornado Fukuyama (11) , la tesis de que Huxley tenía razón, que la amenaza más significativa planteada por la biotecnología… estriba en la posibilidad de que altere la naturaleza humana, y, por consiguiente, nos conduzca a un estadio «poshumano» de la historia.

La alusión a «algo malo» de Yamanaka será posiblemente obviada por los cultivadores de lo inmediato, de la investigación sin barreras morales, abierta directamente al mercado, a la mentalidad de los que venimos aludiendo como el lobby de las embrionarias. Por eso no es una reserva moral insensata la que surge de la reflexión de estos filósofos si se recuerda que, hace sólo un chispazo de historia, se produjo un Auschwitz y ya antes un gulag espantoso, cuyos residuos no han sido exterminados plenamente, y porque empiezan a abundar gentes que ven en el cambio genético de la humanidad —en la «nueva eugenesia» como la llaman— un teórico humanismo que quedaría por restar a la naturaleza imperfecta y tosca, que nos determina, de la que hablaron los modernos; y entiéndase aquí los Sloterdijk, Sabulescu y Robertson, entre otros, con la tesis de la «libertad procreativa» —todos los hijos mediante la técnica in vitro, a la carta y con garantía genética como un buen automóvil—, o el propio Ronald Dworkin, sin ir más allá, que ha defendido el derecho de los padres a manipular genéticamente a sus hijos basándose en la protección de la autonomía (Sovereign Virtue: The theory and practice of Equality, 2000). Estos trasuntos de la mente humana no son pues fantasías literarias y especulativas, sino inquietudes anticipadas si, en unas cuantas décadas, la ciencia de la genética se abandona a la utopía, a un slippery slope irresponsable y se despega del temor a un error irreversible, ausente aquel «principio de responsabilidad» que defendía Jonas para con las generaciones futuras.

La ciencia de la genética nos parece cada vez más cercana, más capaz de lo imposible y los experimentos de Yamanaka demuestran que, una vez más, es posible hasta lo imposible con esta tecnología. No podemos demonizar ciertamente el avance de la genética —sería absurdo—, porque puede proporcionar a la humanidad nuevos resortes para aliviar el dolor y el sufrimiento humanos; pero no podemos extender a la tecnociencia un cheque en blanco, según vemos la situación en perspectiva.

Nada que no sea «humano» puede ser bueno en este campo de la investigación biomédica. Por eso es necesario denunciar el desacierto y la falta de visión de la reciente Ley de Investigación Biomédica, aprobada en España en 2007, y la necesidad de modificarla cuanto antes, lo que ya parece difícil. Contra el curso de los acontecimientos, la ley abre las puertas a la clonación terapéutica, incluso permitiendo la producción de fetos clónicos —moralmente condenada por la Asamblea General de Naciones Unidas—, legaliza la donación de óvulos para la experimentación y permite el uso de embriones y fetos para la investigación, despenaliza el uso de fetos procedentes de abortos y del aborto selectivo asociado a la práctica de la reproducción asistida; y donde se afirma, contra el hallazgo de la reprogramación, el carácter «imprescindible» de la investigación con embriones y células embrionarias en el ámbito de la terapia celular y la medicina regenerativa (12) .

En definitiva, asistimos a una dialéctica científica que refleja dos modos básicos, muy diferentes, de entender la dignidad del hombre y por lo tanto del embrión, en un contexto visiblemente poliédrico más que dilemático, que confronta el esquema liberal mediofin al esquema moral hechovalor, sin agotarlos. También a la razón moral frente a la utopía, como la propia dialéctica de la política en muchas partes del mundo. Y que exige al hombre de ciencia una reflexión honrada y propia, auténtica: si incluso participando de aquel «desencantamiento» del mundo —al que aludía Weber—, es aún sensato y racional entregarse frívolamente al discurso de la utopía de la ciencia y de su progreso benefactor infinito, cuando uno ya no cree en nada o casi nada; o si es más inteligente y virtuoso, más seguro, soslayar los avances científicos cargados de reserva moral y rectificar siempre en la línea de lo que la sabiduría estime como más ético y cercano al diseño de la naturaleza. Para los creyentes, la cuestión no parece ofrecer dudas. Y Yamanaka, aunque nunca sería responsable de las hipotéticas derivas perversas a que sus descubrimientos pudieran abocar, ha elegido sin duda la mejor parte.

 

 

 NOTAS

1 Shinya Yamanaka y colaboradores, Cell, vol. 131, 861, 2007

2 Shinya Yamanaka y colaboradores, Nature Biotechnology, vol. 26, enero 2008.

3 James Thompson y colaboradores, Science, 20 diciembre 2007.

4 The Presidents Council on Bioethics, Alternative Sources 0f Human Pluripotent Stem Cells, 2005.

5 Manuel de Santiago, Aspectos éticos de las células madre, Cuadernos de Bioética, 20063.

6 Keeping Life Human: Science, Religión and the Soul por Leon R. Kass (citado por Aceprensa, 20208, bajo el título Los desafíos del cientifismo sin alma.

7 Sobre el carácter instrumental de la racionalidad científica el autor quiere destacar la excepcional intuición de Max Horkheimer (Teoría tradicional y teoría crítica, Paidós, 2000) y las excelentes reflexiones actuales de López Moratalla (Racionalidad de la investigación con células troncales embrionarias, Cuadernos de Bioética, página 327, 2006).

8 Natalia López Moratalla, ¿Qué hay de nuevo sobre las células troncales? La utopía de la clonación terapéutica, Cuadernos de Bioética, n° 64, 367385, 2007.

9 Jurgen Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Paidós, 2002.

10 Hans Jonas, Técnica, medicina y ética, Paidós, 1997, y El principio de responsabilidad, Círculo de Lectores, 1994.

11 Francis Fukuyama, El fin del hombre, Ediciones B, 2002.

12 Natalia López Moratalla (op. cit.) y también el meritorio trabajo de JuanRamón Lacadena, La ley 1412007 de Investigación Biomédica: algunos comentarios sobre aspectos éticos y científicos.

Cuba en el alambre

Fidel Castro ha marcado a fuego la historia de Cuba porque, desde la llegada de la democracia a la isla en 1902, ha sido (y lo será quizá para siempre) el presidente más longevo de esta torturada isla. Por tanto, su paso atrás, su renuncia a seguir en el poder es una noticia histórica, adjetivo que por una vez es exacto.

Así que después de medio siglo de poder unipersonal e incontrolado, Cuba inicia una lenta y titubeante etapa, una época con un Gobierno diferente que, si bien conserva la ideología anterior, presenta un jefe, un estilo y una racionalidad novedosas.

Ese nuevo Gobierno ha reconocido algunas de las carencias materiales que sufren los cubanos y ha realizado cierta autocrítica que, si bien se ha limitado a cuestiones económicas, es una novedad absoluta para una dictadura que no ha evolucionado en sus planteamientos políticos y levemente en los económicos. Sin embargo, los problemas profundos de Cuba son humanos y solucionarlos exigirá mucho tiempo. La sociedad cubana está profundamente herida después de cinco décadas de marxismo y su gran reto está en recuperar el sentido del trabajo y la confianza en sí misma y en el futuro, pero de un futuro en Cuba, no en el exilio.

Cualquiera que haya profundizado un poco en la vida cotidiana de los cubanos descubre familias separadas por la emigración, disolución de los valores humanos y omnipresencia de una doble moral fomentada por el propio régimen, que exige adhesiones incondicionales aunque sepa que la desesperanza y la crítica total están instaladas en todos los niveles sociales.

La falta de libertad ha creado generaciones sin iniciativa, acostumbradas a malvivir del Estado y del robo sistemático, carentes por completo de ambición. Por tanto, más allá de la falta de bienes materiales o la ausencia de libertades públicas, el gran desafío de Cuba en el siglo XXI es el rearme ético y moral de su población, que carece de las mínimas virtudes democráticas para reconstruir una nación desguazada por medio siglo de estalinismo feroz.

El Gobierno de Raúl Castro sabe que la fantasía de un país socialista e invicto se viene abajo. La realidad, al menos desde el hundimiento de la URSS en 1992, es bien conocida por la clase dirigente y, por primera vez en cincuenta años, los graves problemas de Cuba -—transporte, vivienda, escasez de alimentos, bajos salarios, inflación, imposibilidad de viajar, prohibición de internet—- no se justifican ya con la retórica triunfalista de la «batalla de ideas», ni se justifican por el «criminal bloqueo imperialista» o a la «la mafia de Miami».

Por primera vez, las causas de los problemas de Cuba se reconocen en una legislación anticuada y una administración ineficiente, aunque habrá que esperar para saber si esa visión gerencial aplaca el malestar de la población y, sobre todo, consigue que, con un partido único y una economía centralizada, se logre una administración pública eficiente.

Por otra parte, la economía cubana es un desastre y las modificaciones son inevitables. De hecho, Raúl ya se ha referido a la implantación de nuevas e ineludibles medidas (revaluación del peso cubano, reducción y descentralización administrativa, etc.) y, sobre todo, la aplicación de la llamada «teoría del perfeccionamiento empresarial». Esta doctrina, de la que el nuevo presidente es defensor, consiste simplemente en establecer mecanismos de evaluación de la productividad y eficacia financiera en las empresas cubanas, así como proporcionar más autonomía en su gestión.

Ya se aplicó entre 1998 y 2003 con buenos resultados, pero ese año Fidel recuperó viejos bríos y, además de encarcelar a 75 opositores democráticos por supuestos delitos de conspiración, ordenó centralizar de nuevo toda la producción alegando que la teoría del perfeccionamiento había multiplicado la corrupción.[[wysiwyg_imageupload:886:height=104,width=200]]

Otras medidas, con poco impacto económico, pero gran calado social, serían la eliminación de la libreta de racionamiento, la revisión de la política migratoria (que significaría flexibilizar los requisitos para salir del país y dejar a los menores de edad que salgan con sus padres, ahora prohibido) o acabar con el apartheid turístico que impide a los cubanos entrar en los hoteles para extranjeros.

EL LARGO CAMINO A LA DEMOCRACIA

El nuevo Gobierno de Raúl Castro no es tan nuevo porque ya lleva año y medio en el poder. Desde agosto de 2006, momento en el que Castro cedió temporalmente el mando del país a su hermano los viejos dirigentes han estado preparando el escenario actual sin Fidel. A corto plazo, su misión principal es reactivar la economía y terminar con la acuciante escasez de alimentos que sufre la población. Hay que recordar que, desde 1962, en Cuba se compran los artículos de primera necesidad con una libreta de racionamiento completamente insuficiente y que, en 2007, el 85% de los alimentos consumidos en Cuba procedían del exterior. En concreto, de EE.UU., que es el primer proveedor de alimentos a Cuba, negocio que se hace a través de la empresa cubana Alimport gracias a un resquicio en la legislación norteamericana y que alcanzó los 600 millones de dólares el año pasado.

La preocupación por este asunto es tan profunda que el Gobierno acaba de anunciar un permiso especial para que los granjeros puedan comprar directamente en las tiendas los aperos, abonos y herbicidas necesarios para las faenas agrícolas, algo que estaba prohibido desde los años 60.

Es una grieta, minúscula, pero grieta al fin y al cabo, en el monopolio y la centralización, y su puesta en marcha beneficiará a 250.000 granjas familiares y a unas 1.100 cooperativas. Pese a estas medidas, el estraperlo —-la bolsa negra, que dicen en Cuba-— es el único modo de acceder a productos básicos siempre que se tenga acceso a moneda extranjera, ya que ese mercado negro no acepta el peso cubano como medio de pago.

Lo que parece claro es que Fidel ha pasado a la Historia y cualquiera que conozca su biografía sabe que él nunca dejaría el poder si estuviera en plenitud de facultades. Si está vivo -—cosa que no sabemos-—, su deterioro mental es tan agudo que le impide dirigir el país. No podemos olvidar que cumple 82 años el próximo agosto y que en apenas un año ha sufrido media docena de intervenciones con anestesia total. Esas operaciones han afectado -—al parecer irreversiblemente-— su capacidad mental y por eso se ha acelerado el relevo.

Ahora bien, en Cuba hablar de relevo no es hablar de transición, sino de sucesión, de una sucesión controlada. En España, durante la transición, emergió inesperadamente un monarca reformista. Juan Carlos I sabía que sólo si apoyaba un cambio democrático tendría legitimidad para ser el Jefe del Estado. Su primer objetivo era la restauración dinástica y, en segundo plano, la democracia. En Cuba ese papel sólo puede interpretarlo Raúl Castro, que al igual que el Rey en 1969 fue elegido sucesor por el dictador estando éste aún con vida. La diferencia es que el Rey apenas tenía pasado político y era un joven de 37 años. Raúl tiene 76 y lleva medio siglo en el poder.

De todos modos, quizá Raúl sea el Andropov cubano, el precursor del verdadero reformista, que tendrá que surgir del aparato del Estado, ya sea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), del Partido Comunista Cubano (PCC) o de alguna de las organizaciones de masas que existen en el país, ya sea la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), la Federación de Mujeres Cubanas o la Central de Trabajadores de Cuba (CTC).

De todas ellas, las que controlan de verdad el Estado cubano son las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ni siquiera el Partido Comunista Cubano se libra de ese yugo, ya que las FAR son las que participan en las empresas mixtas y las únicas que tienen armas. No hay que olvidar que, si bien sólo cuentan con 50.000 soldados y oficiales, hay casi 400.000 milicianos y reservistas, número que  asciende a un millón de cubanos si hablamos de todos los que tiene  formación militar. Es decir, el 10% de la población total. Es mucha gente y está muy interesada en que todo siga igual. Por tanto, el papel del Ejército es capital en este proceso porque sólo una escisión interna entre inmovilistas y reformistas podría introducir más incertidumbre.[[wysiwyg_imageupload:887:height=121,width=200]]

Por otra parte, los que plantean que Raúl Castro es una solución de compromiso, un presidente provisional olvidan que él mismo ha confirmado que a Fidel sólo puede sustituirle el Partido Comunista y que su fallecimiento no modificaría las cosas. Ahora bien, si hablamos de las opciones reales posteriores a Raúl tenemos que indagar en la segunda generación de políticos cubanos.

Los más conocidos son Carlos Lage (uno de los vicepresidentes del Consejo de Estado, 57 años) y Ricardo Alarcón (presidente de la Asamblea Nacional, 62). Su evolución hacia el reformismo les convertiría en el Suárez o el Torcuato Fernández Miranda cubanos, pero esa hipótesis peca de voluntarista, ya que no tenemos información fiable. Ninguno de ellos olvida que, en Cuba, si te postulas, te purgan. Eso fue lo que le ocurrió al anterior ministro de Exteriores, Roberto Robaina, que fue depurado por su excesivo protagonismo y amistades peligrosas como la de Abel Matutes, entonces ministro español. El final de «Robertico» —así le llaman— es imborrable para el resto de posibles «sucesores».

Por detrás de la generación histórica de los comandantes (Raúl, el vicepresidente Machado, Almeida) y de los antes citados, aparecen los «talibanes», que es la denominación de los que se encuentran en torno a los 40 años. Políticos nacidos en la revolución y cuya cabeza visible es el canciller de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque.

Sin embargo, no existe división política ni en la calle ni en el régimen, que ha sido monolítico, para aceptar y defender los pequeños cambios producidos desde que Fidel enfermó en 2006. Oficialmente, todo sigue igual y el pueblo, ajeno a estas cuestiones, se ocupa fundamentalmente de sobrevivir. No olvidemos, además, que todo cubano menor de 60 años sólo conoce la revolución como sistema político y el miedo al cambio existe, un miedo que el mismo Estado fomenta apelando al enemigo exterior y al caos que supondría un cambio político inesperado.

Es cierto, por otra parte, que hay un embrión de sociedad civil alrededor de una minúscula oposición democrática, que ha pedido cambios estructurales, pero que carece de verdadera influencia en Cuba. Personas como Oswaldo Payá, democristiano y líder del Proyecto Varela (una propuesta de reformas legales desde la misma ley comunista, avalado por 25.000 cubanos) o Martha Beatriz Roque, socialdemócrata, son parte del futuro político cubano, pero a medio plazo. Hasta entonces, los políticos que ahora mismo tienen las riendas del Estado son los que pueden encaminar al país hacia unos cambios graduales. En política todo es posible y en Cuba, que es una dictadura, más aún. Podemos encontrarnos con que optan por la vía china (cambios económicos profundos, pero control absoluto en lo político y represión cuando sea necesario, como en el Tíbet). Más improbable parece una implosión como la ocurrida en la Unión Soviética en 1991, con el sistema totalmente corroído y enfrentado. Lo deseable, sin duda, sería una transición como la de Chequia (la llamada «Revolución de terciopelo») o la de Polonia, países excomunistas y occidentales, más similares a Cuba que China o la extinta URSS.

Ahora bien, en cuanto comience la reforma política, las fracturas serán inevitables porque cada facción buscará diferenciarse y alcanzar el poder. La imagen de unidad ideológica saltará por los aires. Que Cuba sea una dictadura no quiere decir que no haya «juego político»: lo hay, pero reducido al círculo de dirigentes que forman parte del Consejo de Estado.

Inevitablemente, por tanto, Cuba camina hacia la democracia. Ignoramos a qué velocidad, no sabemos «cuándo», pero la sucesión incruenta realizada recientemente terminará por convertirse en una transición. Cuba no puede seguir siendo una excepción política eternamente y Raúl Castro lo sabe porque tiene un sentido más práctico de la política que su hermano Fidel y es consciente de que su futuro se juega en Cuba.

Por eso ha dicho públicamente que quiere negociar con EE.UU. Por eso rebaja el compromiso de las alianzas con Venezuela o Bolivia. Al nuevo presidente le interesa, sobre todo, reforzar la legitimidad histórica del socialismo cubano. En eso está centrado, ya que sabe que sólo logrará su objetivo si la población tiene sus necesidades básicas cubiertas, aunque esa sea una condición necesaria, pero insuficiente.

Ha pasado ya año y medio desde el abandono de Fidel y tanto el pueblo cubano como los dirigentes han asumido que la vida sigue y que Cuba puede funcionar, aunque sea a paso lento, sin su histórico comandante en jefe. Este abandono del poder «a cámara lenta» quiere evitar un final como el de Ceaucescu en Rumanía en 1989, que fue ejecutado por sus propios camaradas. Al parecer, Fidel tiene pavor a ese desenlace, ya que mancharía inevitablemente su recuerdo y estropearía su verdadero objetivo desde hace medio siglo: pasar a la Historia para que la Historia le absuelva.

EL PAPEL DE ESTADOS UNIDOS

Estados Unidos tiene un papel importante en el futuro de Cuba porque es su mercado natural y porque mantiene el embargo económico, que es injusto e ineficaz, además de suponer un argumento explotado por el régimen sin pudor. Por otra parte, nada impide a Cuba comerciar con el resto del mundo. Sobre todo con Canadá, España y México, que son los principales inversores. Mención aparte es Venezuela, que vende 100.000 barriles diarios a precio inferior al mercado a cambio de la presencia de médicos y maestros cubanos en su territorio.

Pese a todo, el embargo no se cancelará fácilmente, ya que es la gran moneda de cambio de los americanos, el «premio» por democratizar la Isla. Y, por otra, es un asunto de política interna por la influencia del lobby cubanoamericano en Washington y por el valor de sus votos en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Es decir, a EE.UU. le interesa una transición pacífica por la amenaza de un éxodo masivo de cubanos hacia Florida, ya que si Cuba sintiera una excesiva presión estadounidense, le bastaría con abrir sus fronteras. Esa es una posibilidad que aterra a Washington, ya que provocaría una crisis humana que dejaría el caos de Nueva Orleans tras el Katrina como un juego de niños. En 1980 hicieron un ensayo con la «Crisis de los marielitos»», cuando en apenas 15 días llegaron a Florida 125.000 cubanos porque Fidel dejó irse a todo el que quiso.

La realidad última es que a EE.UU. nunca le ha interesado Cuba y tampoco la ha entendido. Los ejemplos existen, pero sería tedioso enumerarlos. A los políticos estadounidenses, mientras les voten los cubanos del exilio, el resto les importa poco. Un exilio que tendrá un papel menor porque su capacidad de influencia política en Cuba es irrelevante.

Los verdaderos cambios serán liderados por cubanos que estén en Cuba, que son los que conocen de verdad la realidad del país. Los que están fuera han perdido el pulso de la nación y por eso su presencia se limitará que no es poco a las cuestiones económicas, y a no exacerbar los ánimos, concentrando su apoyo en invertir en la Isla. Si lo logran, habrán hecho un gran servicio a su país. El mejor servicio, me atrevería a decir.

Por lo que se refiere a España, nuestro gobierno debería trabajar activamente por la democracia en Cuba. Es algo tan sencillo de entender como que un cubano tenga los mismos derechos que tiene un español: derecho a expresarse libremente, a reunirse, a votar. Derecho a la libertad religiosa, a entrar y salir de su país cuando quiera, a tener prensa libre.

Toda actuación que favorezca la llegada de la democracia es correcta. Ahora bien, los protagonistas de ese cambio tienen que ser los cubanos. Ellos son los que deben abrirse al mundo para que, como dijo Juan Pablo II en su viaje de 1998, el mundo se abra a Cuba.

El placer de la literatura universal

El maestro Martín de Riquer recupera el manual de literatura universal que fabricó en colaboración con el llorado José María Valverde hace exactamente medio siglo (Barcelona, Noguer, 1957-1959, tres volúmenes) y que ha conocido varias reediciones, de las que recuerdo una de Planeta, en tres tomos también, de 1968, y la edición en diez volúmenes que apareció en 1984, asimismo en Planeta, y que iba enriquecida por una muchedumbre de textos literarios que constituía una auténtica antología de las letras mundiales. La Historia de la literatura universal de Riquer y Valverde que ahora comentamos ha aparecido bajo el mítico sello de Gredos, toda una garantía editorial que ha cambiado de dueño últimamente y milita en las filas del grupo internacional de libros y revistas RBA. Desde un principio, Riquer se hizo cargo de la literatura antigua, medieval y, parcialmente, de la renacentista y barroca, y Valverde de la literatura más cercana en el tiempo a nosotros, fundamentalmente de la literatura universal de los siglos XVIII al XX. Creo recordar que en la edición en tres tomos de Planeta, que es la primera que cayó en mis manos, llegaban a firmar Riquer el primer tomo y Valverde el tercero, apareciendo en el segundo como coautores ambos estudiosos.

Debo decir que la Historia de la literatura universal no ha envejecido en absoluto en el último cuarto de siglo, y no sólo a través de las sucesivas revisiones a la que sus autores han ido sometiéndola (Valverde hasta su muerte, en 1996, y don Martín hasta la fecha), sino a causa del estupendo castellano en que fue escrita, que se lee, y valga el tópico, como la más apasionante de las novelas. En un mundo escolar como el nuestro, en el que la literatura universal no ha rebasado el nivel de asignatura optativa, ofrecer una síntesis de la materia en dos volúmenes tan cuidados, gratos y manejables como los que ofrece Gredos-RBA supone algo más que una apuesta editorial, convirtiéndose en un servicio público: ni más ni menos. Al hilo de la importancia objetiva que tiene el que vuelva a los escaparates de las librerías españolas la felicísima síntesis de Riquer y Valverde, han surgido en mi mente las reflexiones que siguen en torno a la ausencia de contenidos históricos en nuestros planes de estudios, tan devaluados desde el tardofranquismo.

La pedagogía moderna ha marginado, no sólo en España pero sobre todo en España, del curriculum escolar las materias históricas, empezando por la Historia con mayúscula, reinterpretada al gusto de la administración autonómica de turno, y terminando en las disciplinas históricas secundarias («secundarias» no en un sentido subsidiario, sino puramente conceptual), como la historia de la literatura, la historia de la filosofía, la historia del arte,etc. Me resisto a concebir unos estudios primarios y secundarios en los que no se hable, siquiera someramente, a los alumnos de personalidades históricas como Ramsés II, Julio César o Alejandro Magno, así como no es de recibo que la juventud española acceda a la universidad sin que nombres propios como Shakespeare, Homero, Dante y Dostoievski le sean familiares. Esos nombres no sólo son importantes por sí mismos, por su valor de ejemplo literario y la maravillosa riqueza de sus palabras, sino como complemento imprescindible del estudio de la literatura española, toda vez que cualquier literatura nacional sólo existe como abstracción y no puede estudiarse aislada de las demás, sobre todo si éstas pertenecen a su misma órbita cultural. Por poner un ejemplo: sin un mínimo conocimiento de las letras clásicas grecolatinas y de autores como Petrarca no puede entenderse en absoluto la obra poética de Garcilaso (por citar sólo un nombre) y, en general, la poesía del Renacimiento español.

En el área de la música todo el mundo tiene muy claro quiénes son los gigantes del género. Si todo el mundo que asiste periódicamente a conciertos o escucha música clásica por la radio, tuviese la misma inclinación por la literatura, el problema sería menor. Pero es que si Mozart, Beethoven o Mahler son nombres conocidos incluso a nivel popular (probablemente porque la música no exige tanto nivel de participación como la literatura, que es mucho más «activa» que aquélla), no ocurre ni mucho menos lo mismo con autores como Goethe, Montaigne o Keats. Y la principal culpa de esa ignorancia la tienen los planes de estudio vigentes. Y no es que la música o la pintura— que circula por cauces similares— sean precisamente unas privilegiadas en el ordenamiento pedagógico, pero parece evidente que tienen a su servicio más cauces de comunicación al margen de la escuela. Si la literatura universal no es alentada desde la escuela, no es fácil que la gente se acerque a ella o, mejor dicho, que se acerque con las suficientes garantías como para enterarse de lo que tiene entre manos y disfrutar, por tanto, plenamente de ello. Porque los clásicos de la literatura universal no son sólo un conjunto cerrado de obras más o menos geniales, sino un camino abierto de relación con el mundo, del que proceden y al que modifican, creándose una compleja red de interferencias mutuas entre ellos y la Historia (con mayúscula).

Si la literatura universal no es alentada desde la escuela, no es fácil que la gente se acerque a ella o, mejor dicho, que se acerque con las suficientes garantías como para enterarse de lo que tiene entre manos y disfrutar, por tanto, plenamente de ello

En otro orden de cosas, llevamos demasiados años soportando un concepto pedagógico que merece la repulsa más terminante por nuestra parte: las lecturas obligatorias. Obligatoriedad y lectura son términos absolutamente incompatibles: si es lectura, no puede ser obligatoria. Las hordas psicopedagógicas, además de alienar últimamente la mente de nuestros muchachos y muchachas con absurdas sesiones de una supuesta —y sectaria— educación para la ciudadanía, lograron instalar en su día en los planes de estudio el monstruoso concepto de «lecturas obligatorias», que ha amenazado y sigue poniendo en peligro la afición a la lectura de nuestros estudiantes. Casi es mejor no enseñar nada de literatura— eso es, prácticamente, lo que, por otra parte, ocurre— que obligar a leer a la gente.

Sí me parece aconsejable, y enormemente positivo, enseñar a los niños y adolescentes historia de la literatura, tanto universal como española, o sea, unas lecciones que les informen de que allá, en el principio de las letras universales, estuvo la canción primeval estudiada por el gran C. M. Bowra en su libro Primitive Song, que después vino la épica a alegrarnos la vida con la epopeya mesopotámica de Gilgamés, los poemas homéricos, el Ramayana y el Mahabharata, y que luego nació la lírica, y el teatro, y la historiografía, y la filosofía, y la oratoria, y la prosa científica, y la novela, y que todas esas cosas, y los cantares de gesta medievales, y Cervantes, y Rabelais, y el conde Potocki, y Borges, y Pessoa, y Manuel Machado, fueron apareciendo para hacer al hombre más libre y más sabio y, sobre todo, para darle gusto, porque la literatura es, por encima de todo, placer; de modo que tan sólo deben leer aquellos a quienes les gusta leer y no todo el mundo, porque nadie, y menos un Ministerio de Educación, puede obligar a nadie a divertirse con algo que no le divierte.

Si enseñara literatura —cosa que no haría nunca, porque me merece demasiado respeto para hacerlo; las personas y cosas que uno ama no debe uno ir presumiendo de ellas por ahí y enseñándoselas a la gente—, lo haría resumiendo el precioso manual de Riquer y Valverde que acaba de reeditar Gredos-RBA, pero añadiéndole un buen puñado de ilustraciones y de cuadros didácticos de distintos colores, y me agenciaría con ello unos apuntes en los que cupiera un abrégé de literatura universal lo más atractivo y completo posible, ordenado cronológica y genéricamente, al estilo de los viejos y nobles manuales que estudiaron nuestros mayores, antes de la débacle pedagógica en España, que dio comienzo en los años sesenta del siglo pasado y todavía no ha tocado fondo. Junto a ese manual, debería figurar una nutrida antología: recuerdo, por ejemplo, con nitidez la benemérita Antología que, en volumen exento, servía de pendant al magnífico manual de literatura española de Hurtado y González Palencia, o la Antología de Ediciones S. M. que acompañaba al correspondiente manual de lengua y literatura de sexto curso de bachillerato que estudiábamos en el Pilar, con Javier Escrivá disfrazado de Segismundo en la cubierta. Un florilegio en el que los estudiantes, de forma voluntaria y gozosa, acicateados en todo momento por el sincero entusiasmo del profesor, velasen sus primeras armas en la sagrada caballería lectora.

La literatura universal debe regresar a los planes de estudio con esa misma rotulación, dando con ello muestras del cosmopolitismo que ha de informar nuestra política cultural, lejos de las posturas tristemente aldeanas que han caracterizado la escena patria en los últimos cuatro años

Un sano escepticismo liberal-conservador debe respetar la añeja tradición didáctica y, si acaso, limpiarle el polvo. (Un ejemplo: los libros alemanes e ingleses más leídos por los niños no han variado sustancialmente, ni siquiera en su aspecto exterior, en los últimos ciento veinte o ciento treinta años.) Pero hay conceptos que a los psicopedagogos— que al cabo son quienes imponen su omnímoda voluntad en la elaboración de los planes de estudio en España— les ha dado por desterrar de su parcela de poder, y son el buen gusto, la excelencia, la sana competitividad, el aprendizaje de las lenguas clásicas, el cultivo en profundidad de las viejas y sabias humanidades. Al dogmatismo pseudoprogresista le cabe el dudoso honor de haber impuesto unas ideas pedagógicas que nos han embrutecido hasta límites insospechados, entre ellas la absurda e insalubre implantación de las lecturas obligatorias.

El mapa de la literatura es el mapa de nuestra vida. La literatura universal debe regresar a los planes de estudio con esa misma rotulación, dando con ello muestras del cosmopolitismo que ha de informar nuestra política cultural, lejos de las posturas tristemente aldeanas que han caracterizado la escena patria en los últimos cuatro años. Y debe hacerlo por la senda de la curiosidad y del goce. El estudio de la lengua es igualmente imprescindible, pero ni se puede ni se debe convertir a la literatura en una sucursal de la lingüística, porque la literatura no es sólo el análisis de la última columna aparecida en un periódico— los análisis de texto en los exámenes de selectividad versan, la mayoría de las veces, sobre artículos de diarios afines al gobierno socialista—, sino el estudio histórico de los clásicos, espejo donde los hombres se han mirado desde antiguo y no veo ninguna razón para que no se sigan mirando.

Tristán en los tiempos de cólera

¡Dios mío, esto es más largo que un dolor!

A Florentino Ariza este suspiro le sobresaltó en mitad de la proyección de Cabiria, la película de Giovanni Padrone, que su acompañante, la mulata Leona Cassiani, se empeñó en ver esa noche. La propaganda mencionaba que los diálogos de aquella cinta de cine mudo estaban escritos por Gabriele DAnnunzio. Pero todavía entonces, en aquel cine, no existía la costumbre de acompañar las exhibiciones con música tocada al piano. La trama transcurría en un silencio sepulcral, tan sólo roto por el zumbido del proyector. La ironía del destino que aguardaba a Florentino era que aquella frase, tan vulgar y tan descarnada, vino a pronunciarla la reconocible voz de Fermina Daza, su amor imposible, aquella a quien llevaba esperando más de treinta años desde que, un día, por voluntad de su padre, se viese obligado a alejarse de ella para siempre. Años después estaba allí, justo detrás de él, sentada al lado de su marido, viendo aquella cinta muda.

En 1985, Gabriel García Márquez publicaba esta historia folletinesca, una auténtica novela rosa, en El amor en los tiempos del cólera (Mondadori), pero enriquecida por el tamiz de su imaginación, su particular lenguaje y el estilo inconfundible de su pluma hasta convertirse en gran literatura. El amor, ese sentimiento cada vez más cosificado, más vacío de sentido, volvía a tener en esta novela un aura simbólica, casi filosófica. Un afecto que aparecía en aquellas páginas librando un pulso contra la erosión que produce el paso del tiempo. El autor nos presentaba a aquel moderno Tristán que sólo deseaba que la muerte no le ganara «sin remedio su encarnizada guerra de amor». Historias como la de Florentino y Fermina han proliferado por doquier en el vasto mundo de las artes. Desde Calixto y Melibea, pasando por Romeo y Julieta, hasta los muy recientes Robbie y Cecilia del autor inglés Ian McEwan (Expiación, Anagrama, 2002), historia recién llevada al cine, que guarda sorprendentes paralelismos con la historia tristanesca: la presencia del mar, la herida del héroe que no se cierra, la espera infinita. Es el gran argumento del amor imperfectible a causa de un mundo convencional, artificial y atroz.

El mito medieval de Tristán e Iseo resulta más conocido por su adaptación a la ópera, que abordó, hace casi ciento cincuenta años, el compositor alemán Richard Wagner, justo en el momento en que el público conocía obras como Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Con cada representación de esta ópera asistimos a una actualización de este mito, por mor de una interpretación musical y una concepción escénicas que han ido evolucionando a lo largo del tiempo. Son las ventajas de la ópera y de la música en general, que comparten una concepción de la obra de arte completamente dinámica, cuyo resultado se da en el propio proceso de creación. Podemos verla no sólo en el Festival de Bayreuth, donde se suele representar casi todos los años, sino a lo largo y ancho del mundo. Hace unos meses fue en Milán, en la Scala, y este año se ha podido ver en Madrid, en un Teatro Real que ha decidido plantear un concepto «mediterráneo», dirigido escénicamente por el catalán Lluís Pasqual y en lo musical por el zamorano Jesús López Cobos, al frente de la formación titular del teatro.

I

Programar hoy una ópera como Tristán e Isolda conlleva una gran dificultad. Primero, artística. Cantantes excepcionales y una orquesta capaz de abordar los cromatismos wagnerianos. Luego, la del público. Es gran repertorio, no hay duda, pero una duración superior a las cuatro horas se convierte en un enorme escollo si el público asiste recién salido de sus ocupaciones profesionales y con el estómago vacío. Sólo los muy melómanos permanecen conmovidos e impertérritos en sus butacas. La historia no ayuda mucho: unos amantes, que lo son a causa de un filtro de amor que beben, no encuentran otro consuelo para que su amor se haga realidad que desear la propia muerte. Sólo entonces serán felices. A esto se le añade una música distinta a la habitual, de grandes tensiones y con largas partes cantadas.

Sin embargo, como puede ocurrir en el caso de Wozzeck, de Alban Berg, el drama de Tristán e Isolda nos evoca reflexiones que, quizá, sólo tiene para sí la música. El filósofo Eugenio Trías, en su reciente e interesantísimo libro El canto de las sirenas (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, 2007), nos indica que la música se revela como una vía de conocimiento del hombre: de sí mismo y de lo que le rodea.

 «La música es a la vez arte y ciencia, artesanía y forma de conocimiento físico y metafísico, matemático y filosófico». Constituye una gnosis, o lo que es lo mismo, «un conocimiento que salva». La música no es sólo una cuestión emocional, que pueda servir de cauce a la expresión de determinados afectos. Esta evolución como forma de conocimiento se ha venido produciendo, al menos, desde la música del Renacimiento. El nacimiento de la ópera, a través de Monteverdi, dota al mundo de las artes de un género que resulta de la suma de varias de ellas, como la música, la literatura, el teatro, la danza y, con el tiempo, la pintura o la arquitectura. Progresivamente, la música deja de ser un mero entretenimiento para convertirse en una forma artística cada vez más popular y que trata temas cada vez más complejos, actuales, conflictivos. Desde Mozart, este cambio ha sido imparable: Schubert, Beethoven, Brahms, Wagner… Cada compositor asumió lo nuevo de su predecesor y lo cedió al siguiente corregido y aumentado. «En la música transpira, sin mediación de conceptos (y sin objetivarse en ideas) la esencia misma del mundo».

El libro de Eugenio Trías, que sobrepasa las mil páginas, está dividido en capítulos, cada uno de ellos dedicado a un compositor clave de la historia de la música, desde el Renacimiento hasta nuestros días, desde Monteverdi a Xenakis. Sin embargo, no es un libro de historia, sino una «trama de reflexiones» donde el filósofo concede voz propia a cada uno de ellos a partir de una sólida y compleja contextualización en el mundo de las ideas. El propio autor reconoce que no están todos los que son pero son todos los que están. En la cuneta ha tenido que dejar, quizá porque el libro ya alcanzaba un volumen no apto para su comercialización, a otros compositores igualmente destacables, como Verdi, Liszt o Shostakóvich. Cada capítulo es tan sólo una pieza del engranaje total del libro, que siempre alude a referencias y conceptos transversales. Por eso, quizá el autor se ha visto empujado a concluir el libro con una «coda filosófica» que contribuye a anclar todo el panorama anterior en la historia de la filosofía; desde sus reminiscencias platónicas —de enorme trascendencia para la fundamentación de toda la obra filosófica del autor— hasta unos «apuntes» sobre las posibles categorías que pueden encontrarse en la tradición de la música occidental.

II

«Sólo la especie humana tiene una vida infinita y en consecuencia es capaz de deseos, de satisfacciones y dolores infinitos. Pero todos están aprisionados en el estrecho corazón de un mortal; no es pues extraño que este corazón parezca pronto a explotar y no pueda hallar una expresión adecuada para el cumplido castigo de la dicha infinita o el dolor infinito». Richard Wagner encontró en El mundo como voluntad y representación, de Arthur Schopenhauer, la idea sobre la que iba a basar su teoría del drama musical, de la obra de arte total: la gesamkunstwerk. La importancia que le concede el filósofo alemán a las artes, y en concreto a la música, como cauce de expresión de esa voluntad de vivir humano, tiene como campo de pruebas la ópera Tristán e Isolda. Así, en esta ópera nos encontramos con un amor que trasciende al mundo real, a los mismos sentidos. Gracias a la música singularísima que compone el músico alemán para esta obra, se crea entre los amantes otra dimensión de la experiencia que los protege de las agresiones y los contratiempos exteriores. En definitiva, un nuevo estado en el que ya no rigen las leyes de la costumbre. «Es la búsqueda de nuevos recursos expresivos dramáticos lo que conduce a la dislocación y conmoción del edificio armónico», dice Eugenio Trías. Ahí cabe situar el famoso acorde de Tristán: Fa, Si, Re sostenido, Sol sostenido, que rompe la lógica tónica-dominante y desestabiliza el edificio armónico. «Es la música de la espera», nos dice el escritor Andrés Ibáñez en las notas al programa del Teatro Real. «Cualquier nota puede convertirse en sensible y cualquier salto armónico es posible». Las melodías infinitas y los acordes sin resolver envuelven a los enamorados en un clima de deseo, de dicha no completada. Al fin y al cabo, todo el Tristán es una lucha contra lo efímero, lo pasajero. También para Wagner, que escribió sobre esta obra: «Viviré eternamente en esta música».

Ese deseo de inmanencia lo rescata el director Lluís Pasqual a la hora de poner en escena esta producción que ha venido del Teatro San Carlos de Nápoles. Con escenografía de Ezio Frigerio y figurines de Franca Squarciapino, el regista catalán propone un viaje en el tiempo a lo largo de la ópera. Sitúa la acción teatral en tres momentos históricos diferentes, con los que parece querer subrayar la indudable universalidad y atemporalidad de la trama tristanesca. Tres ambientaciones diferentes, que coinciden, de forma cronológica, con el momento en que el libreto de Wagner sitúa la escena, es decir, la Edad Media (Acto I); con la época en que se compuso la ópera, es decir, finales del siglo XIX (Acto II) y con el tiempo presente de director, intérpretes y público, en lo que parece un hospital militar de campaña en cualquier zona de guerra latente del globo de nuestros días (Acto III). Como único elemento que actúa de nexo entre los tres actos, el mar. Un mar en calma, omnipresente, que asiste como testigo mudo al drama de los dos amantes. Su visión contribuye a subrayar ese deseo que persiguen los enamorados de un tiempo que se detiene, que dura infinitamente, tanto como la superficie marina que se pierde en el horizonte.

III

Cuando se levanta el telón, nuestro ángulo de visión se halla en el centro de un barco medieval, mirando a proa. La luz cenital nos sitúa en las horas del crepúsculo, cuando el sol acaba de esconderse y la luna ocupa su lugar. El resto de la singladura se hará de noche, hasta que, al final del acto, cuando Tristán e Isolda, ya enamorados a consecuencia del filtro, llegan a los dominios el rey Marke. El barco en el que navegan se divide por la mitad, separando a los amantes en los momentos clave de la trama, como en los instantes posteriores a que el filtro haga su efecto. «¿Dónde estamos?», pregunta Tristán. «Cerca del fin», le responde Isolda, inquietante. La barca dividida les distancia, como presagiando el infausto destino de un amor que nunca acabará por completarse. En este acto sobresalió la soprano alemana Waltraud Meier (Isolda), que concluyó un acto lleno de expresividad y dramatismo.

Los cuernos de caza con los que da comienzo el segundo acto constituyen uno de los ejercicios de ambientación musical más notables del compositor alemán. Con esas melodías majestuosas, épicas, tocadas por trompas desde el interior del escenario, levemente apoyadas en la cuerda, nos evocan un lugar onírico, intemporal. Como en el acto anterior, acaba de caer la noche y así transcurrirá hasta que finalice el acto, cuando la luz del día volverá y, con ella, el fin de la felicidad para los enamorados. Tristán viste uniforme militar e Isolda lleva un vestido largo blanco. La escena tiene un inconfundible aire viscontiano, que recuerda a la Baviera de Ludwig en el centro del escenario, un fantasmagórico árbol de ramas retorcidas, junto a un ciprés. Este acto es el más teatral de toda la ópera, con movimientos de escenario y velos blancos que rompen la monotonía de la escena. Destaca de la propuesta escénica el contraluz con el que Pasqual resuelve el momento en que ambos amantes están al fin juntos, con sus figuras recortándose contra la inmensidad de ese omnipresente mar en calma. El bajo alemán René Pape cantó con la solvencia que en él es habitual su papel del rey Marke, con un altísimo nivel artístico. En el mismo papel, destacó también el debutante en el coliseo madrileño Georg Zeppenfeld. Por su parte, Meier y Smith completaron un dúo muy notable. La cantante alemana posee un excelente sentido teatral. Evidentemente, la voz no es la de antes; ha perdido algo del brillo y la fuerza de antaño, pero mantiene todo su poder expresivo y catártico.

El último acto se abre con una de las músicas más arrebatadoras de todo el catálogo wagneriano. Este comienzo vino a la mente de Wagner durante su «destierro» de Venecia, tras tener que abandonar precipitadamente la residencia de los Wesendonck, sus benefactores. El compositor se había enamorado de la esposa de su benefactor, la ya famosa Mathilde Wesendonck, para quien compuso una colección de lieder que servirían como base de Tristán. «Un mundo absolutamente lejano— escribe esos días en Venecia—, vitalmente agotado: concuerda excelentemente con el deseo de soledad. Nada toca directamente como vida real; todo es de un efecto objetivo, como una obra de arte». La cuerda grave contrasta con el desvalimiento que produce la visión de la escena propuesta por Lluís Pasqual para este acto. En una estancia excavada en la roca, sobre un acantilado, yace Tristán, convaleciente de la estocada que recibió de Melot al final del acto anterior. Kurwenal, su fiel escudero, entra en traje militar de campaña. Nos encontramos en un hospital desvencijado, en el corazón de cualquier punto actual del planeta donde se libra una guerra. No hay paredes, tan sólo unos velos que se mueven al compás del viento. Lo que vemos nos transmite que hace calor. Tristán está postrado en una cama desvencijada y espera, desesperado, que su amada vuelva. El tiempo parece transcurrir muy lento. El caballero, convaleciente, se incorpora sobre su lecho y canta, agarrado fuertemente a los barrotes, «¿Cuándo se hará de noche en tu casa?», como si se tratara de un niño pequeño que espera, desconsolado, la aparición de alguno de sus padres. Cuando por fin llega Isolda ya no hay tiempo para más. «¡Sólo una hora! ¡Sólo una hora permanece despierto! Tantos temerosos días veló ella anhelante para velar contigo aún una hora».

Meier cantó un deslumbrante liebestod, lleno de fuerza y temperamento, apoyada en una orquesta titular del Teatro Real que tocó a pleno rendimiento. No son las óperas de Jesús López Cobos obras tocadas con esa rotundidad algo redundante con que suelen abordarse las partituras wagnerianas. Con el maestro zamorano todo suena en su sitio, en la proporción y equilibrio justos para que todo se perciba sin estridencias ni barreras sonoras. Es verdad que a veces puede echarse de menos algo más de contundencia, pero el final de este Tristán e Isolda, apoyado en la calidad y la excelencia de esta cantante alemana, concluyó con un gran éxito y aceptación. Acababa así esta versión mediterránea, latina en su concepción, con dos repartos de campanillas, con apellidos habituales del Festival de Bayreuth.

En El canto de las sirenas, Eugenio Trías afirma que «la música es inmaterial, inaprensible, pero tiene un valor espiritual. Me comunica con una cierta trascendencia». Ese ir más allá es lo que aporta hoy la asistencia a una ópera como el Tristán visto en el Real. En un mundo donde todo transcurre a una velocidad de vértigo, los compases de esta ópera, si nos dejamos subyugar por ellos, comparten momentáneamente con nosotros un deseo de permanencia, de durabilidad eterna. Hay una paradoja en esta ópera que también se da en nuestras vidas. Nos pasamos el tiempo esperando largamente a poder tener uno de esos momentos que nos gustaría duraran eternamente. Cuando llegan, si lo hacen, pasan ante nosotros de forma fulgurante, en gran medida por culpa nuestra, por nuestra incapacidad de diferenciar lo importante de lo accesorio. El deseo de eternidad frente a la fugacidad de lo real. En esto consiste Tristán, en prolongar un estado sensorial e intelectual, esa «embriaguez del instante en que la belleza deslumbra», como escribió Thomas Mann, por encima de la contingencia de lo material.

Los mundos íntimos de Javier Vela

Javier Vela es una de las voces más interesantes de entre las surgidas en España en la primera década de este siglo y una de las revelaciones más oportunas del premio Adonais desde que su jurado cambió de aires. Poeta y traductor, Vela nació en Madrid en 1981, aunque pasó la mayor parte de su infancia y juventud en Cádiz. Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid, ha publicado los libros de poemas La hora del crepúsculo (Rialp, 2004), por el que obtuvo el Premio Adonais de Poesía, y Tiempo adentro (Acantilado, 2006). Los endecasílabos blancos de su primer poemario, repleto de imágenes deslumbrantes en una recreación personal del imaginario literario sobre la noche, han cedido más tarde el paso a la indagación en la memoria y a un mayor experimento: mundos íntimos, memoria y lenguaje se dan la mano en su aún joven trayectoria. Ha traducido a autores franceses como Jean Moréas y Théophile Gautier y su obra se encuentra recogida en diversas antologías y parcialmente traducida al francés y al árabe. En la actualidad reside en Madrid, donde trabaja como editor y colabora como crítico y articulista en diversos medios de comunicación.

Imágenes, imágenes

A mi juicio, el discurso poético cumple una única función social: la de ilustrar e interpretar míticamente la realidad en que vivimos; he aquí uno de sus vínculos –—quizá el único–— con la fe religiosa, y una de las premisas esenciales de la «poesía pura». El pensamiento poético, transmutado en lenguaje, agudiza la percepción sensible y rebasa, ampliándola, nuestra capacidad de entendimiento; por eso, el fenómeno creativo, en sentido amplio, constituye siempre un acto de rebeldía contra la lógica estricta de los automatismos cotidianos y contra la alienación estética del individuo.

Los poemas son imágenes del tiempo y el espacio, vívidas instantáneas de lo que acontece, fenomenologías, y qué otra cosa, sino un pintor de imágenes, de tiempos y de espacios, podría ser el poeta. Pero resulta claro que lo imaginario no sólo existe en la imaginación. La vida así llamada real se encuentra por entera jalonada de símbolos, de imágenes altamente connotadas que operan en nosotros por representación, como íntimas visiones puras, abriéndonos las márgenes de lo real posible.

Vivimos entre imágenes de un modelo sociohistórico que nos preexiste y que nos sobrevive (un modelo increado), en el que la representación idealizada de lo real vale por lo real mismo. Es lo que Debord ha llamado platónicamente «espectáculo», y a lo que Baudrillard alude como «simulacro». Pero la noción de verdad, de realidad, no nos viene dada por la asimilación de la más acertada teoría especulativa, sino por la práctica sensible del mundo; y los sentidos, con demasiada frecuencia, tienden a contradecirse entre sí. Por tanto, ¿qué sea lo real sino una selectiva proyección de imágenes en continuo movimiento, en continuo proceso de cambio?

Lo imaginario habrá de ser entendido entonces como una actividad creativa de naturaleza simbólica, cuya fuerza generadora –—en el sentido que le otorgaba el primer Romanticismo–— esté férreamente enraizada en las profundidades del yo; no como un mero conjunto de recuerdos o asociaciones memorísticas, sino como la reminiscencia durativa de una experiencia real trascordada. Y esta experiencia habrá de ser necesariamente propia, y no colectiva o sociohistórica, de manera que nuestro imaginario será un imaginario particular, considerado como dimensión constitutiva del ser. Un puñado de imágenes y elementos simbólicos que me conforman como individuo, distinguiéndome de unos hombres y aproximándome a otros. Para ello, una nueva edad del lenguaje —una edad primitiva— habrá de sobrevenirnos. Un neoimaginismo de expresión directa, simbólico o, mejor dicho, autorreferencial, que ilustre e interprete la realidad temida, soñada, deseada, fingida e imaginada: la realidad real.

JAVIER VELA

     Jordán

imagen del mar muerto,

sin turistas

la sal nos purifica:

si sufrimos,

si con resignación disimulamos

la escocedura, el fuego genital,

es por temor a dios; el agua adensa

la fe de los hambrientos y los desposeídos,

la fe de quien se cansa

de esperar

como una nieve sucia, la sal nos purifica

por el dolor, llegamos a la vida:

por él, una vez más, la abandonamos

Ley de Kippel

ética androide

con lo demás,

perder en la mudanza

un trozo, mensurable, de sentido

llevamos tanto tiempo

sin hablarnos,

sujetos a una misma geometría

de ángulos y paredes

imperceptiblemente desiguales

si ahí hubo algo antes, apenas queda nada

más que esa nada intacta

que aún perdura

cercada por el polvo, en negativo,

y es sin embargo extrañamente mía

en la extensión vacía de la casa,

la desocupación es un todo un acto

de valentía doméstica: el espacio

se mueve con nosotros,

se desordena y cambia con nosotros

en su permanecer,

todo bascula

secretamente hacia un lugar futuro

Siglo XX

imágenes del siglo

en que nací

cuadro de la fingida

catástrofe del mundo

la broma posmoderna

del hidrógeno

transfigurado en hongo nuclear

¿hace el soldado gárgaras

de sangre?

hay

fuego en el agua

negra: la marea

arrastra peces muertos

y neumáticos

(pongámonos románticos

por una —última— vez):

se apaga un sol de fósforo

contra el televisor

y llega la esperada parusía

una explosión de luz

en el vacío

nocturno de los días sin mañana

Igor Mitoraj. El mito perdido hallado y recobrado

La obra El mito perdido de Igor Mitoraj (Oederan, Alemania, 1944), un conjunto de esculturas expuestas a lo largo del Paseo del Prado de Madrid (desde la Puerta de Murillo hasta la Cuesta de Moyano), reflexiona sobre la belleza del arte clásico, sobre el equilibrio, sobre las formas que querían ser idealmente perfectas… o casi perfectas… de aquel antiguo arte, que ahora ya nos parece tan remoto. Porque lo que más nos atrae de estas colosales y espectaculares obras es que, aún reconociendo que recogen el encanto griego-romano, lo hacen desde una perspectiva mucho más simbolista y, sobre todo, más psicológica: unas figuras que ya no son siempre ideales y tersas, sino que envejecen, sufren y se agrietan… , aceptando la realidad del paso del tiempo.

Aparecen vendadas como momias enmudecidas de la incomunicación, o como dormidas en una eternidad ajena a lo contingente y lo cotidiano (cual faraones del eterno Egipto). Otras veces se nos representan con los ojos vacíos; ojos que miran más hacia dentro de sí mismos y hacia el más allá de su nostalgia perdida que a nosotros, los espectadores que sí podemos introducirnos en ellos y verlos por dentro.

Asombrados y atónitos, contemplamos estas colosales cabezas, cuerpos y torsos alados que nos producen admiración y estremecimiento. El sentido trascendente y de permanencia que emana de sus obras puede parecer el mismo que palpamos cuando contemplamos una escultura del mundo clásico. Pero nada sería más injusto que una interpretación neoclasicista del trabajo de un artista que se inserta plenamente en el discurso de la modernidad.

Mitoraj no es propiamente un clasicista, sino un conceptista de concepción clásica; no es propiamente un realista, sino un simbolista. La idea del fragmento escultórico, como parte integrante de la obra, la expresa el artista en la superficie de sus obras, en la que reproduce los estragos del tiempo por medio de la singular variedad de pátinas. En la obra de Mitoraj está la sutil ironía: en las pátinas fingidas, en el fragmento, entendido como ruina, y en las vendas que niegan la comunicación. Los grandes artistas –—y éste lo– es— se erigen como portavoces del tiempo que da sentido a nuestra existencia y, al mismo tiempo, nos consume y destruye en una angustia infinita.

Este artista no entiende la realidad como algo perfecto que cabe imitar o idealizar, sino al contrario, tiene un punto de vista conflictivo sobre la realidad: su obra no pretende reproducir, sino cuestionar un mundo que le plantea más dudas que respuestas. Y Mitoraj, a diferencia de los renacentistas o los neoclásicos, no intenta recrear la atmósfera grecorromana, sino la que emana de la percepción que de aquella Antigüedad Clásica obtenemos a través de los siglos por medio de ruinas, restos arqueológicos y piezas de museo. La pátina que incorpora a sus bronces, las grietas de sus figuras, las heridas y texturas que simulan la descomposición del mármol bajo una intemperie milenaria, la disposición de las figuras echadas, inclinadas o cortadas, fingiendo aleatorias decadencias, nos sitúa ante una obra que pone en primer plano la acción del tiempo sobre nuestro juicio y mirada sobre el mundo.

El artista polaco, de origen alemán, es, además, un autor simbolista: sus figuras vendadas indican una preocupación por la incomunicación, sea personal sea en ese mismo ámbito del decurso temporal que acrecienta nuestro desconocimiento hasta el infinito. En ese sentido, las cabezas de Medusa o Gorgonas, que salpican sus conjuntos, nos dejan, como a los compañeros de Perseo que les cortó su cabeza, petrificados al mirarlas, proporcionando un nuevo sentido al mito. Los torsos alados presentan una disposición que parece extender el desorden y la desintegración[[wysiwyg_imageupload:743:height=177,width=200]]

Fragmento de la obra de Mitoraj expuesta en el madrileño paseo de Prado

a la misma estructura orgánica del cuerpo representado: el sinsentido en estado puro. Los praxitelianos o helenísticos miembros abren sus costados a pequeños cubículos, receptáculos de hechuras geométricas que albergan rostros, a veces vendados, o que, vacíos, esperan que, para bien o para mal, habiten esos cuerpos. Los relieves, a veces meros dibujos inscritos, a modo de primitivas incisiones o relieves de la Antigüedad, complementan paisajes corporales contaminados de conceptos, de una belleza sobrecogedora que, sin embargo, no sirven precisamente para sosegarnos sino más bien para angustiarnos. El poder evocador de la ruina se combina eficazmente con la noción de la pérdida del mito: cuando Mitoraj agrieta sus Eros y sus Ícaros tal vez está manifestando –—lamentando–— la presente ineficacia de la mitología. El polaco-alemán maltrata el mito, lo hace pedazos y lo vuelve a construir en su degradación.

Además de simbolizar la pasión nostálgica por la edad dorada de la escultura clásica, el carácter arcaizante del trabajo de Mitoraj implica un desafío a la modernidad. Lo que es evidente es que la obra de este escultor no se ajusta a los cánones de las corrientes principales del arte contemporáneo, ni a modas más o menos pasajeras representadas de nuestro arte de hoy. Su obra goza de una existencia al margen de este mundo y aporta la continuidad histórica de la que nuestra cultura contemporánea tan ávidamente intenta deshacerse. A Mitoraj le importan el rostro y el cuerpo humano no sólo y no tanto como elemento estético y plástico-tectónico, sino como expresión de las modificaciones a las que el paso del tiempo ha sometido a uno y al otro, así como a la de nuestro juicio y nuestra conciencia de la belleza y significación de su papel en nuestras vidas y nuestras conciencias. Mitoraj ha recuperado El mito perdido de nuestro pasado cultural y nos lo ha presentado y representado de una forma extraordinariamente personal y sublime.

La religión no se repliega

 

El profesor Borghesi, titular de Filosofía moral en la Universidad de Perugia y ex director de la Cátedra bonaventuriana de la Pontificia Universidad San Buenaventura, en la que continúa impartiendo clases, comienza su obra recordando dos hechos recientes que han sido otros tantos aldabonazos en la conciencia del Occidente secularizado y laicista que reflexiona sobre los fundamentos de la convivencia en un mundo globalizado y, por lo tanto, multicultural, que no alcanza, sin embargo, universalidad de valores y de vivencias de lo sagrado desde la común— —por natural—— dimensión religiosa de nuestro espíritu. Se trata de «dos caídas»: la del muro de Berlín en 1989, y la de las dos Torres Gemelas en 2001. La primera pareció dar por definitivamente abatido el prejuicio antirreligioso en las promesas de «escatología revolucionaria» y terrenalización del Reino de Dios (en gran medida, la secularización del cristianismo preparó el terreno para la sacralización de la historia). La segunda puso traumáticamente de manifiesto hasta qué punto la religión no ha sufrido en todas las culturas el repliegue a la interioridad subjetiva anunciado en el proceso secularizador, sino que, precisamente cuando el sujeto está inmerso en una fe viva y sin fisuras, esta fe inspira y nutre como desde su raíz toda la acción del creyente, que no puede, en coherencia personal y social, situar al margen de la misma los fundamentos de la organización política.

Señala Borghesi que la secularización desarrollada desde los años sesenta no ha acertado en sus pronósticos sobre el final de la religión— —aunque sí nos encontremos al final de la modernidad–—, hablándose ya incluso por parte de algunos autores del inicio de una «desecularización», a la que estaría contribuyendo la presión de la postmodernidad sobre el sentimiento religioso, que renueva aspectos de la antigua Gnosis. El nihilismo contemporáneo ——cuyas raíces están también en el proceso de secularización, gestado en las exigencias de autonomía de la razón promovidas por los filósofos ilustrados—— se mezcla con el retorno a lo sagrado en una continua mutación de formas. Se da, en primer lugar, un nihilismo «antiestético», negador del mundo, que oscila entre orientalismo y gnosis, cuya sistemática demolición de la identidad del yo ha dado paso a un proceso de despersonalización que se abre a la «mística budista de la Nada» o a «la idea gnóstica de la producción de un hombre divino». El yo, escribe Borghesi, «no se soporta, no quiere ser él mismo, sino otro: o nada o Dios».[[wysiwyg_imageupload:873:height=398,width=200]]

Una segunda forma de nihilismo desconfía de la verdad en cuanto expresión de la voluntad de poder: «el pluralismo exige el abandono de la idea de verdad, de su monopolio integrista y totalitario», que se juzga generador de intolerancia y violencia. Esta segunda forma del nihilismo pretende una sublimación «estética» de los conflictos, en que desaparecen las diferencias éticoontológicas, y su relación con lo sagrado «expresa el retorno a una especie de neopaganismo». Concluye el autor que «lo sagrado posmoderno (oriental, gnóstico, neopagano) contribuye así a superar la dimensión personal, libre y responsable, que, como Hegel comprendió muy bien, constituye la gran afirmación de la posición cristiana». Cuando tal dimensión se pierde, «lo sagrado no salva el yo, sino del yo, del peso de la existencia finita y mortal, que se declara ilusoria». Advierte Borghesi, calando hondo, que la persistencia de la pregunta por el significado de la vida y de la muerte, que no acepta la negación del yo que la plantea, se nutre, sin embargo, de una secreta exigencia de redención que presupone el carácter positivo de la existencia, de modo que en ese punto es la muerte, la desaparición del yo, lo que aparece como absurdo, no la vida.

Pasa revista el autor a la relación de razón y fe, de naturaleza y cultura, de lo natural y lo sobrenatural a partir de la encíclica Aeterni Patris. Desfilan por sus páginas sobre todo, aunque no solamente: el neotomismo y su conversión, con Pío X, «en un sistema teológico-filosófico-político monolítico»; Guardini y su elección de una philosophia-theologia cordis, que no significó rechazo del tomismo; Del Noce, Teillhard de Chardin, Blondel, Bobbio…, sin olvidar interesantes referencias a la relación del cristianismo con la Antigüedad greco-latina, así como al agustinismo y a filósofos del XVII, representativos de la modernidad cuyo proceso histórico  se declara hoy concluido. La propia teología cristiana está ajustando, en efecto, sus paradigmas influida, entre otros motivos, por el rechazo postmoderno de la Teodicea, forma del pensamiento fundamentador que centra su metodología en la aplicación de la causalidad, conduciéndonos a inadecuadas representaciones objetivistas, acusadas— —lo cual no deja de invitar a un diálogo crítico—— de evacuar el silencio que se genera en la experiencia profunda del misterio divino y del misterio que constituye el fondo último de lo real.