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 Fidel Castro ha marcado a fuego la historia de Cuba porque, desde la llegada de la democracia a la isla en 1902, ha sido (y lo será quizá para siempre) el presidente más longevo de esta torturada isla. Por tanto, su paso atrás, su renuncia a seguir en el poder es una noticia histórica, adjetivo que por una vez es exacto.

Así que después de medio siglo de poder unipersonal e incontrolado, Cuba inicia una lenta y titubeante etapa, una época con un Gobierno diferente que, si bien conserva la ideología anterior, presenta un jefe, un estilo y una racionalidad novedosas.

Ese nuevo Gobierno ha reconocido algunas de las carencias materiales que sufren los cubanos y ha realizado cierta autocrítica que, si bien se ha limitado a cuestiones económicas, es una novedad absoluta para una dictadura que no ha evolucionado en sus planteamientos políticos y levemente en los económicos. Sin embargo, los problemas profundos de Cuba son humanos y solucionarlos exigirá mucho tiempo. La sociedad cubana está profundamente herida después de cinco décadas de marxismo y su gran reto está en recuperar el sentido del trabajo y la confianza en sí misma y en el futuro, pero de un futuro en Cuba, no en el exilio.

Cualquiera que haya profundizado un poco en la vida cotidiana de los cubanos descubre familias separadas por la emigración, disolución de los valores humanos y omnipresencia de una doble moral fomentada por el propio régimen, que exige adhesiones incondicionales aunque sepa que la desesperanza y la crítica total están instaladas en todos los niveles sociales.

La falta de libertad ha creado generaciones sin iniciativa, acostumbradas a malvivir del Estado y del robo sistemático, carentes por completo de ambición. Por tanto, más allá de la falta de bienes materiales o la ausencia de libertades públicas, el gran desafío de Cuba en el siglo XXI es el rearme ético y moral de su población, que carece de las mínimas virtudes democráticas para reconstruir una nación desguazada por medio siglo de estalinismo feroz.

El Gobierno de Raúl Castro sabe que la fantasía de un país socialista e invicto se viene abajo. La realidad, al menos desde el hundimiento de la URSS en 1992, es bien conocida por la clase dirigente y, por primera vez en cincuenta años, los graves problemas de Cuba -—transporte, vivienda, escasez de alimentos, bajos salarios, inflación, imposibilidad de viajar, prohibición de internet—- no se justifican ya con la retórica triunfalista de la «batalla de ideas», ni se justifican por el «criminal bloqueo imperialista» o a la «la mafia de Miami».

Por primera vez, las causas de los problemas de Cuba se reconocen en una legislación anticuada y una administración ineficiente, aunque habrá que esperar para saber si esa visión gerencial aplaca el malestar de la población y, sobre todo, consigue que, con un partido único y una economía centralizada, se logre una administración pública eficiente.

Por otra parte, la economía cubana es un desastre y las modificaciones son inevitables. De hecho, Raúl ya se ha referido a la implantación de nuevas e ineludibles medidas (revaluación del peso cubano, reducción y descentralización administrativa, etc.) y, sobre todo, la aplicación de la llamada «teoría del perfeccionamiento empresarial». Esta doctrina, de la que el nuevo presidente es defensor, consiste simplemente en establecer mecanismos de evaluación de la productividad y eficacia financiera en las empresas cubanas, así como proporcionar más autonomía en su gestión.

Ya se aplicó entre 1998 y 2003 con buenos resultados, pero ese año Fidel recuperó viejos bríos y, además de encarcelar a 75 opositores democráticos por supuestos delitos de conspiración, ordenó centralizar de nuevo toda la producción alegando que la teoría del perfeccionamiento había multiplicado la corrupción.[[wysiwyg_imageupload:886:height=104,width=200]]

Otras medidas, con poco impacto económico, pero gran calado social, serían la eliminación de la libreta de racionamiento, la revisión de la política migratoria (que significaría flexibilizar los requisitos para salir del país y dejar a los menores de edad que salgan con sus padres, ahora prohibido) o acabar con el apartheid turístico que impide a los cubanos entrar en los hoteles para extranjeros.

EL LARGO CAMINO A LA DEMOCRACIA

El nuevo Gobierno de Raúl Castro no es tan nuevo porque ya lleva año y medio en el poder. Desde agosto de 2006, momento en el que Castro cedió temporalmente el mando del país a su hermano los viejos dirigentes han estado preparando el escenario actual sin Fidel. A corto plazo, su misión principal es reactivar la economía y terminar con la acuciante escasez de alimentos que sufre la población. Hay que recordar que, desde 1962, en Cuba se compran los artículos de primera necesidad con una libreta de racionamiento completamente insuficiente y que, en 2007, el 85% de los alimentos consumidos en Cuba procedían del exterior. En concreto, de EE.UU., que es el primer proveedor de alimentos a Cuba, negocio que se hace a través de la empresa cubana Alimport gracias a un resquicio en la legislación norteamericana y que alcanzó los 600 millones de dólares el año pasado.

La preocupación por este asunto es tan profunda que el Gobierno acaba de anunciar un permiso especial para que los granjeros puedan comprar directamente en las tiendas los aperos, abonos y herbicidas necesarios para las faenas agrícolas, algo que estaba prohibido desde los años 60.

Es una grieta, minúscula, pero grieta al fin y al cabo, en el monopolio y la centralización, y su puesta en marcha beneficiará a 250.000 granjas familiares y a unas 1.100 cooperativas. Pese a estas medidas, el estraperlo —-la bolsa negra, que dicen en Cuba-— es el único modo de acceder a productos básicos siempre que se tenga acceso a moneda extranjera, ya que ese mercado negro no acepta el peso cubano como medio de pago.

Lo que parece claro es que Fidel ha pasado a la Historia y cualquiera que conozca su biografía sabe que él nunca dejaría el poder si estuviera en plenitud de facultades. Si está vivo -—cosa que no sabemos-—, su deterioro mental es tan agudo que le impide dirigir el país. No podemos olvidar que cumple 82 años el próximo agosto y que en apenas un año ha sufrido media docena de intervenciones con anestesia total. Esas operaciones han afectado -—al parecer irreversiblemente-— su capacidad mental y por eso se ha acelerado el relevo.

Ahora bien, en Cuba hablar de relevo no es hablar de transición, sino de sucesión, de una sucesión controlada. En España, durante la transición, emergió inesperadamente un monarca reformista. Juan Carlos I sabía que sólo si apoyaba un cambio democrático tendría legitimidad para ser el Jefe del Estado. Su primer objetivo era la restauración dinástica y, en segundo plano, la democracia. En Cuba ese papel sólo puede interpretarlo Raúl Castro, que al igual que el Rey en 1969 fue elegido sucesor por el dictador estando éste aún con vida. La diferencia es que el Rey apenas tenía pasado político y era un joven de 37 años. Raúl tiene 76 y lleva medio siglo en el poder.

De todos modos, quizá Raúl sea el Andropov cubano, el precursor del verdadero reformista, que tendrá que surgir del aparato del Estado, ya sea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), del Partido Comunista Cubano (PCC) o de alguna de las organizaciones de masas que existen en el país, ya sea la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC), la Federación de Mujeres Cubanas o la Central de Trabajadores de Cuba (CTC).

De todas ellas, las que controlan de verdad el Estado cubano son las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Ni siquiera el Partido Comunista Cubano se libra de ese yugo, ya que las FAR son las que participan en las empresas mixtas y las únicas que tienen armas. No hay que olvidar que, si bien sólo cuentan con 50.000 soldados y oficiales, hay casi 400.000 milicianos y reservistas, número que  asciende a un millón de cubanos si hablamos de todos los que tiene  formación militar. Es decir, el 10% de la población total. Es mucha gente y está muy interesada en que todo siga igual. Por tanto, el papel del Ejército es capital en este proceso porque sólo una escisión interna entre inmovilistas y reformistas podría introducir más incertidumbre.[[wysiwyg_imageupload:887:height=121,width=200]]

Por otra parte, los que plantean que Raúl Castro es una solución de compromiso, un presidente provisional olvidan que él mismo ha confirmado que a Fidel sólo puede sustituirle el Partido Comunista y que su fallecimiento no modificaría las cosas. Ahora bien, si hablamos de las opciones reales posteriores a Raúl tenemos que indagar en la segunda generación de políticos cubanos.

Los más conocidos son Carlos Lage (uno de los vicepresidentes del Consejo de Estado, 57 años) y Ricardo Alarcón (presidente de la Asamblea Nacional, 62). Su evolución hacia el reformismo les convertiría en el Suárez o el Torcuato Fernández Miranda cubanos, pero esa hipótesis peca de voluntarista, ya que no tenemos información fiable. Ninguno de ellos olvida que, en Cuba, si te postulas, te purgan. Eso fue lo que le ocurrió al anterior ministro de Exteriores, Roberto Robaina, que fue depurado por su excesivo protagonismo y amistades peligrosas como la de Abel Matutes, entonces ministro español. El final de «Robertico» —así le llaman— es imborrable para el resto de posibles «sucesores».

Por detrás de la generación histórica de los comandantes (Raúl, el vicepresidente Machado, Almeida) y de los antes citados, aparecen los «talibanes», que es la denominación de los que se encuentran en torno a los 40 años. Políticos nacidos en la revolución y cuya cabeza visible es el canciller de Relaciones Exteriores, Felipe Pérez Roque.

Sin embargo, no existe división política ni en la calle ni en el régimen, que ha sido monolítico, para aceptar y defender los pequeños cambios producidos desde que Fidel enfermó en 2006. Oficialmente, todo sigue igual y el pueblo, ajeno a estas cuestiones, se ocupa fundamentalmente de sobrevivir. No olvidemos, además, que todo cubano menor de 60 años sólo conoce la revolución como sistema político y el miedo al cambio existe, un miedo que el mismo Estado fomenta apelando al enemigo exterior y al caos que supondría un cambio político inesperado.

Es cierto, por otra parte, que hay un embrión de sociedad civil alrededor de una minúscula oposición democrática, que ha pedido cambios estructurales, pero que carece de verdadera influencia en Cuba. Personas como Oswaldo Payá, democristiano y líder del Proyecto Varela (una propuesta de reformas legales desde la misma ley comunista, avalado por 25.000 cubanos) o Martha Beatriz Roque, socialdemócrata, son parte del futuro político cubano, pero a medio plazo. Hasta entonces, los políticos que ahora mismo tienen las riendas del Estado son los que pueden encaminar al país hacia unos cambios graduales. En política todo es posible y en Cuba, que es una dictadura, más aún. Podemos encontrarnos con que optan por la vía china (cambios económicos profundos, pero control absoluto en lo político y represión cuando sea necesario, como en el Tíbet). Más improbable parece una implosión como la ocurrida en la Unión Soviética en 1991, con el sistema totalmente corroído y enfrentado. Lo deseable, sin duda, sería una transición como la de Chequia (la llamada «Revolución de terciopelo») o la de Polonia, países excomunistas y occidentales, más similares a Cuba que China o la extinta URSS.

Ahora bien, en cuanto comience la reforma política, las fracturas serán inevitables porque cada facción buscará diferenciarse y alcanzar el poder. La imagen de unidad ideológica saltará por los aires. Que Cuba sea una dictadura no quiere decir que no haya «juego político»: lo hay, pero reducido al círculo de dirigentes que forman parte del Consejo de Estado.

Inevitablemente, por tanto, Cuba camina hacia la democracia. Ignoramos a qué velocidad, no sabemos «cuándo», pero la sucesión incruenta realizada recientemente terminará por convertirse en una transición. Cuba no puede seguir siendo una excepción política eternamente y Raúl Castro lo sabe porque tiene un sentido más práctico de la política que su hermano Fidel y es consciente de que su futuro se juega en Cuba.

Por eso ha dicho públicamente que quiere negociar con EE.UU. Por eso rebaja el compromiso de las alianzas con Venezuela o Bolivia. Al nuevo presidente le interesa, sobre todo, reforzar la legitimidad histórica del socialismo cubano. En eso está centrado, ya que sabe que sólo logrará su objetivo si la población tiene sus necesidades básicas cubiertas, aunque esa sea una condición necesaria, pero insuficiente.

Ha pasado ya año y medio desde el abandono de Fidel y tanto el pueblo cubano como los dirigentes han asumido que la vida sigue y que Cuba puede funcionar, aunque sea a paso lento, sin su histórico comandante en jefe. Este abandono del poder «a cámara lenta» quiere evitar un final como el de Ceaucescu en Rumanía en 1989, que fue ejecutado por sus propios camaradas. Al parecer, Fidel tiene pavor a ese desenlace, ya que mancharía inevitablemente su recuerdo y estropearía su verdadero objetivo desde hace medio siglo: pasar a la Historia para que la Historia le absuelva.

EL PAPEL DE ESTADOS UNIDOS

Estados Unidos tiene un papel importante en el futuro de Cuba porque es su mercado natural y porque mantiene el embargo económico, que es injusto e ineficaz, además de suponer un argumento explotado por el régimen sin pudor. Por otra parte, nada impide a Cuba comerciar con el resto del mundo. Sobre todo con Canadá, España y México, que son los principales inversores. Mención aparte es Venezuela, que vende 100.000 barriles diarios a precio inferior al mercado a cambio de la presencia de médicos y maestros cubanos en su territorio.

Pese a todo, el embargo no se cancelará fácilmente, ya que es la gran moneda de cambio de los americanos, el «premio» por democratizar la Isla. Y, por otra, es un asunto de política interna por la influencia del lobby cubanoamericano en Washington y por el valor de sus votos en las elecciones presidenciales norteamericanas.

Es decir, a EE.UU. le interesa una transición pacífica por la amenaza de un éxodo masivo de cubanos hacia Florida, ya que si Cuba sintiera una excesiva presión estadounidense, le bastaría con abrir sus fronteras. Esa es una posibilidad que aterra a Washington, ya que provocaría una crisis humana que dejaría el caos de Nueva Orleans tras el Katrina como un juego de niños. En 1980 hicieron un ensayo con la «Crisis de los marielitos»», cuando en apenas 15 días llegaron a Florida 125.000 cubanos porque Fidel dejó irse a todo el que quiso.

La realidad última es que a EE.UU. nunca le ha interesado Cuba y tampoco la ha entendido. Los ejemplos existen, pero sería tedioso enumerarlos. A los políticos estadounidenses, mientras les voten los cubanos del exilio, el resto les importa poco. Un exilio que tendrá un papel menor porque su capacidad de influencia política en Cuba es irrelevante.

Los verdaderos cambios serán liderados por cubanos que estén en Cuba, que son los que conocen de verdad la realidad del país. Los que están fuera han perdido el pulso de la nación y por eso su presencia se limitará que no es poco a las cuestiones económicas, y a no exacerbar los ánimos, concentrando su apoyo en invertir en la Isla. Si lo logran, habrán hecho un gran servicio a su país. El mejor servicio, me atrevería a decir.

Por lo que se refiere a España, nuestro gobierno debería trabajar activamente por la democracia en Cuba. Es algo tan sencillo de entender como que un cubano tenga los mismos derechos que tiene un español: derecho a expresarse libremente, a reunirse, a votar. Derecho a la libertad religiosa, a entrar y salir de su país cuando quiera, a tener prensa libre.

Toda actuación que favorezca la llegada de la democracia es correcta. Ahora bien, los protagonistas de ese cambio tienen que ser los cubanos. Ellos son los que deben abrirse al mundo para que, como dijo Juan Pablo II en su viaje de 1998, el mundo se abra a Cuba.


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