Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productos
Habrá pocos lectores a los que no suene el nombre de Fisac como uno de los arquitectos de referencia en todo el siglo XX español a partir de la década de 1930, serán muchos menos los que hayan oído hablar de la obra escultórica de Adsuara y la pictórica de Stolz. Solamente los que, por alguna razón, han tenido un conocimiento muy directo de la Iglesia del Espíritu Santo, sita en la calle de Serrano de Madrid, entre la sede de la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Ramiro de Maeztu, sabrán que en ella se encierra un programa integrado de arte religioso, obra de estos tres autores y que merece atención por muchos motivos.
Un reciente libro del historiador y sacerdote Fidel García Cuéllar, muy ligado por mucho tiempo a esta iglesia, suministra toda la información que se pueda requerir acerca de esta obra artística y sus circunstancias. Se titula La Obra artística de Fisac, Adsuara y Stolz en la Iglesia del Espíritu Santo y está publicada en 2007 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en un volumen de 313 páginas (apéndice documental y bibliografía incluidos) en papel couché con numerosas fotografías de excelente calidad.
[[wysiwyg_imageupload:731:height=300,width=148]]
La construcción de este templo tiene su historia. Acabada la guerra civil española (1936-1939), el nuevo régimen de general Franco se plantea cómo continuar la promoción de la ciencia y la cultura que estaba ligada en tan gran medida a las iniciativas de la Junta para Ampliación de Estudios (JEC) fundada en 1907 por Real Decreto de 11 de enero, firmado por el ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno. Cabe señalar que la inmensa mayoría de los intelectuales que estaban dando vida al proyecto había marchado al exilio y que la ideología que los sustentaba se alineaba claramente dentro de los márgenes de la España republicana perdedora. La decisión, como se sabe, fue continuar aquellas iniciativas con nuevo nombre y nuevos supuestos, naciendo así el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Desde entonces, hay dos posibles interpretaciones historiográficas: la que considera el Consejo una especie de lamentable continuación fraudulenta de la Junta y la que reconoce que, en aquella España de posguerra y «ardor guerrero», la iniciativa exitosa de José María Albareda ante el ministro de Educación Ibáñez Martín, en pro de la continuidad, evitó lo que hubiera sido un desastroso alejamiento de estas tareas por parte de España. En 1939 existían en los Altos del Hipódromo o, como los llamó Juan Ramón Jiménez, «Colina de los Chopos» una serie de edificios limitados por la calle del Pinar, la de Serrano y la de Vitruvio. Eran el Museo de Ciencias Naturales, construido entre 1881 y 1889 por F. de la Torriente, los cinco pabellones de la Residencia de Estudiantes, construidos por el Ministerio de Instrucción Pública a instancias de la JAE entre 1913 y 1922 sobre proyecto de Flores y Luque, el Instituto Rockefeller de Ciencias FísicoQuímicas, obra de Lacasa y Sánchez Arcas, el InstitutoEscuela de Enseñanza Media, realizado por Arniches y Domínguez cuyos edificios fundamentales siguen siendo los mismos del actual «Ramiro de Maeztu» y el Auditorium, que pertenecía a la Residencia de Estudiantes y albergaba salas de conferencias, bibliotecas, salas de lecturas y aulas especiales. Este último edificio, construido también por Carlos Arniches y Martín Domínguez entre 1931 y 1933, era el único cuya fachada daba a la calle de Serrano. Pues bien, en 1942, de acuerdo con los principios confesionales del nuevo Estado, el CSIC decide construir en este campus una iglesia dedicada al Espíritu Santo y se le encarga al joven arquitecto Miguel Fisac (1913-2006) esta obra, así como otras de arquitectura civil que habrían de completar los edificios centrales del Consejo. El ámbito más apropiado para construir el templo era, sin duda, el edificio del auditorium y Fisac aborda su transformación. Como se trataba de una adaptación, el arquitecto tuvo que imaginar una estructura de templo en absoluto al uso del momento; como se trataba de una obra representativa, contó con todos los medios materiales para construirla, a pesar de vivirse años de especial escasez; al poseer un talento indudable, logró imaginar una buena solución cuya planta se inspiraba «en varios templos mozárabes, tales como San Miguel de la Escalada (León), Santa María de Melque (Toledo), San Cebrián de Mazote (Valladolid) y algunos más». Y he aquí cómo, por estos vericuetos, se llega a la que quizás es una de las más importantes obras inaugurales de la arquitectura religiosa del siglo XX, con criterios que se adelantan a las que luego serían directrices del Concilio Vaticano II. Además, el muy meditado programa teológico abordado por Fisac integra la escultura de Juan Adsuara (1891-1973) y la pintura de Ramón Stolz Viciano (1903-1958). Adsuara, en los grandes relieves del presbiterio, plasma escenas de la acción del Espíritu que muestran la separación de la luz y las tinieblas en la Creación, la Anunciación del ángel a la Virgen María y el bautismo de Jesús; representa en el frontal del altar la escena evangélica de la aparición de Jesús a los apóstoles, labra la del centurión en la portezuela del sagrario, talla en el púlpito de madera de nogal cuatro impresionantes figuras de los evangelistas y, también en madera vista de nogal, los dos relieves colocados sobre los confesonarios, con el pasaje del hijo pródigo perdonado por el padre y el entierro de san Juan Nepomuceno, mártir del sigilo sacramental. Las tallas de bulto redondo para los altares de san Isidoro de Sevilla y san Alberto Magno y el relieve angélico de la fachada norte completan los encargos realizados por el escultor.
Stolz se encarga de un programa iconográfico sistemático de frescos, que empiezan con la Pentecostés del ábside y siguen en las bóvedas de la nave con la ilustración de las virtudes teologales: Fe (escenas de la mujer cananea y el bautismo del etíope), Esperanza (escenas de Moisés con la serpiente de bronce y la presentación de Jesús en el templo) y Caridad (escena del buen samaritano y la Magdalena, perdonada por Jesús). En el coro, que acoge el magnífico órgano de tubos construido por Dourte, los frescos representan las virtudes cardinales: Justicia (escena del mayordomo infiel), Prudencia (escenas de las vírgenes necias), Fortaleza (escena del martirio de S. Esteban), Templanza (predicación de Juan el Bautista). A esto se añade los ángeles del arco de triunfo que une la nave con el presbiterio, y las vidrieras. En éstas, además de los santos de la cúpula (san Agustín, san Gregorio de Nicea, san Gregorio Magno), se encuentra el programa de los dones del Espíritu Santo: en el óculo del coro, la sabiduría (representada por el sueño de Salomón), en las naves, a derecha e izquierda, los dones de temor de Dios, inteligencia, piedad, consejo, ciencia y fortaleza. Todo un logro: sin dificultad, podríamos allegar críticas artísticas de estos frescos tan positivas como las que recibieron las esculturas de Adsuara.
En el estado aconfesional de la actual democracia no tenía ningún sentido que el CSIC siguiera manteniendo los gastos de un templo y un equilibrado convenio ha transferido su administración y conservación, sin pérdida de la propiedad, al Arzobispado de Madrid. Ahí sigue, pues, como debe, esa obra imponente. Y es muy oportuno que el CSIC haya editado este libro de don Fidel, de gran valor documental y que, por sus acertados comentarios ilustrativos, puede servir de guía para que alcancen a saborear esas obras de arte los visitantes del templo, creyentes o no. Lo necesitarán de manera imprescindible los que no gozan de la cultura del antiguo bachillerato, que garantizaba el conocimiento de los principales relatos bíblicos y de historia de la Iglesia, así como la enseñanza de las virtudes y los dones.
MIGUEL ÁNGEL GARRIDO GALLARDO
Vaya por delante reconocerle a Alejandro Muñoz Alonso (AMA a partir de ahora) el mérito de señalarnos el gran hueco que en la cultura y el conocimiento históricos de los españoles «no ocupa» una de las grandes civilizaciones de la humanidad, la civilización rusa. De las 75 obras que entran en la bibliografía de este libro, sólo cuatro tienen nombre español, y de las cuatro sólo una tiene la consistencia de obra mayor (una biografía de la emperatriz Catalina la Grande); las otras tres son poco más que notas a pie de página.
Ha sido así hasta que AMA se lanzó a llenar ese hueco con La Rusia de los zares. En realidad, como él nos dice en su prólogo, las 467 páginas del libro editado por Espasa Forum son una cuarta parte de su obra original: cinco millones de caracteres, escritos a lo largo de diez años de estudios, alternados con frecuentes visitas a la Rusia postsoviética. Eran los años de la disolución del último imperio ruso, el soviético. Y el libro sale ahora, en la «era Putin», en la que se podrían estar dando ya los signos de algo que AMA prevé: «la historia rusa nos muestra cómo en otras ocasiones de su pasado ese gran país supo encontrar fuerzas y recursos para reconstituir el Estado y aun el imperio».
El lector se preguntará qué criterios siguió el autor para seleccionar las partes de su obra que podían ser publicadas ahora. Aunque AMA sólo nos dice lo que dejó fuera (teorías sobre el expansionismo ruso, la cultura y el pensamiento político, la intelligentsia, etc.), lo que dejó «dentro» para que el lector lo lea son las tramas política, religiosa y diplomática que fueron conformando Rusia, sus principados, los sucesivos estados imperiales y su inmenso imperio.
[[wysiwyg_imageupload:729:height=300,width=161]]
De todos esos contextos, el que quizás goce de un trato más minucioso sea el diplomático, el de las relaciones exteriores e internacionales de los diversos zares y gobiernos, si es que en un sistema que fue autocrático hasta exhalar el último suspiro, puede hablarse de gobiernos en un sentido constitucional. Bajo esa perspectiva políticodiplomática, AMA nos hace concebir la historia de Rusia, a pesar de toda su «extrañeidad», como parte de la historia europea. Pero no sólo porque Rusia sea Europa desde que Pedro el Grande la metiera en el sistema de estados europeos, sino porque la formación de la Rusia imperial no podría ser concebida sin la proyección constante de Europa central y occidental sobre Rusia, en términos de ideas, técnicas y, sobre todo, alianzas matrimoniales, que hicieron de la corte imperial un mercado para las transacciones diplomáticas de las potencias que en cada momento fueron grandes. La madre de Iván IV el Terrible era lituana católica, y a través de ella entró en Moscú la tradición de los matrimonios alemanes. Alemanes fueron Catalina la Grande y el esposo de Ana Petrovna, hija de Pedro el Grande, cuyo hijo a su vez casó con otra princesa alemana, hasta llegar al matrimonio del último zar, Nicolás II, con la alemana Alix de HesseDarmstadt.
Simétricamente puede decirse lo mismo de la proyección de Rusia sobre Europa, con las repetidas entradas de los ejércitos rusos en Berlín, sus «paseos» por París y Roma, por no hablar de Praga y Varsovia, su juego con las potencias occidentales para echar a Turquía de Europa, y el empleo de su poder militar para sentenciar el rango que algunos reinos con aspiraciones imperiales (Polonia, Suecia) acabarían por ocupar como potencias secundarias, en el sistema europeo. Y sobre todo, el antagonismo mantenido, como dos placas tectónicas en choque, con el Imperio de los Habsburgos austríacos. Paradójicamente, un tratado entre el emperador Maximiliano I y el príncipe Iván III es la ocasión para que el autócrata ruso pueda autodenominarse César, Zar, y legitimar así el uso del águila de dos cabezas; una mirando al poder temporal, la otra al espiritual. Aunque este último aspecto, el de los zares como cabezas de la iglesia ortodoxa, debe ser uno de los que AMA dejó fuera de esta edición, no se le escapa sin embargo el cultivo deliberado, por parte de los zares, de la idea de Moscú como la «tercera Roma» desde el momento en que Constantinopla cae en poder de los turcos.
Relacionada estrechamente con los sucesivos marcos diplomáticos se halla la descripción que AMA nos hace de algo que ambiguamente podríamos llamar la «estrategia nacional» de Rusia y su componente militar, el ejército y la marina rusas. Señala el autor «el papel incitador de las reformas que supuso la guerra», pero la descripción que hace del poder militar arroja la imagen de una organización relativamente atrasada, de poco desarrollo técnico, con pobres y escasas fortificaciones, artillería y naves de guerra, débil institucionalización de la profesión de armas, dependencia del extranjero en cuanto a armamento y mandos superiores; un ejército que sufre muchísimas derrotas…, pero que, cuando los recursos militares de las grandes potencias se han agotado en interminables victorias, permiten a Rusia prevalecer militarmente con su potencia demográfica en la vastedad de los espacios que se extienden al nordeste, sur y este de Moscú, contra lituanos, polacos, suecos, fineses, tártaros, cosacos, turcos, janatos de Asia Central y el Cáucaso, chinos y, eventualmente, sobre franceses. Hasta que, por primera vez, su superioridad demográfica no le valió sobre otra potencia demográficamente potente, como Japón, que disponía además de la superioridad técnica.
Presta el autor, también, especial atención a los aspectos institucionales de la gobernación de Rusia. Dada la simplicidad esencial del principio autocrático, la descripción que AMA hace de las alternativas políticas de Rusia debe ceñirse principalmente a los momentos sucesorios, los más inciertos, los más peligrosos tanto para la familia imperial como para boyardos, príncipes, ministros y regimientos de la guardia imperial. Cinco golpes de estado en quince años, después de Pedro el Grande, indica AMA. Cada sucesión supone derramamiento de sangre. Los propios zares son asesinados; también sus herederos (el zarevich Alexis es probablemente asesinado por su propio padre, Pedro I). Una probable asesina como Catalina II (su esposo Pedro III murió violentamente) se hace con el trono imperial. Y se gana, además, el sobrenombre de Grande. Su hijo, Pablo I, también muere asesinado. [[wysiwyg_imageupload:728:height=100,width=150]]
Y con todo, el país progresa con Pedro el Grande y sobre todo con Catalina II. Progresa administrativa y materialmente, no socialmente: la mayor parte de la población, los campesinos, siguen atados a la servidumbre, y la totalidad de la tierra en manos de los nobles.
Nuestro autor toma buen cuidado de desagregar los componentes y líneas directrices de la política de cada uno de los zares: a éstos corresponde mantener el rumbo institucional, centrado en el mantenimiento de la autocracia, y a sus ministros las «mejoras» en los márgenes que permitan al sistema funcionar con alguna base de apoyo. Los reinados de los zares del siglo XIX están signados, de un lado, por un mayor grado de estabilidad institucional, pero de otro, por intensos y contradictorios esfuerzos de progreso socioeconómico y reacción. Así, los de Alejandro I, liberalizador al principio y reaccionario a la postre, el absolutista y represivo de Nicolás I, y el reformista (abolición de la servidumbre) de Alejandro II, y la paradójica reacción contra él de los «revolucionarios» (le asesinan). Se produce también un florecimiento intelectual y literario, y una inquietud de los espíritus que dan a la cultura rusa de esta época su tono trágico y grandioso. Pero la Rusia institucional y la real no pueden sino chocar. Con Alejandro III y Nicolás II, decididamente inclinados a la autocracia, Rusia inicia el camino a los infiernos, sin que por ello dejara de progresar material y territorialmente gracias a la obra política y diplomática de grandes ministros como Nikolai Bunge, Witte, Stolipin y otros. Todo acaba cuando Nicolás II, bajo la presión de la revolución, abdica en favor de su hermano Miguel, quien, a su vez, abdica el 4 de marzo de 1917, cuando en San Petersburgo se instala el gobierno revolucionario burgués de Kerenski, que caería poco después ante otro gobierno revolucionario, el cual no tardaría en devolver a Rusia a la autocracia. Una autocracia más brutal y cruel que lo que nunca Rusia había conocido.
Valoremos justamente el trabajo de AMA. El autor se apoya en una larga lista de autores acreditados como especialistas en Rusia. Desde este punto de vista, el valor de su libro no descansa tanto en una investigación primaria de las fuentes como en su poderosa capacidad de sistematización y análisis, que le permite contarse entre los buenos especialistas europeos en Rusia, sus zares e imperios, y probablemente el primero de los españoles. Sería una pérdida de nuestra historiografía que el resto de los originales de Muñoz Alonso no salieran pronto a la luz.
ANTONIO SÁNCHEZGIJÓN
Con esta parte del segundo volumen culmina un ambicioso proyecto de investigación, iniciado en 1984, que se propuso preparar una historia completa de la teología en América Latina, desde sus orígenes, en 1493, hasta nuestros días (2001). El resultado final ha sido cuatro volúmenes, que suman 3.553 páginas, aparecidos por el siguiente orden: volumen I, en 1999 (siglo XVI a finales del XVII); volumen III, en 2002 (siglo XX); volumen II/1, en 2005 (segunda mitad del XVII hasta 1810); y volumen II/2, en 2008 (siglo XIX).
En los cuatro volúmenes han intervenido veintinueve especialistas, adscritos a diecinueve centros académicos (cinco europeos y catorce americanos). El proyecto ha sido pilotado desde la Universidad de Navarra por dos investigadores del Instituto de Historia de la Iglesia: JosepIgnasi Saranyana, que creó el equipo, señaló los objetivos del trabajo y dirigió la investigación; y CarmenJosé Alejos Grau, que ha coordinado la edición de los cuatro volúmenes. Ambos profesores han redactado, además, una parte significativa de la obra.
Es la primera vez que se lleva término un proyecto de esta envergadura. Otros intentos han quedado sin terminar, entre ellos el que ideó el historiador Enrique D. Dussel, por citar uno que, en su momento, a comienzos de los ochenta, despertó muchas expectativas. Sólo por esta razón, por haber completado el plan previsto, la obra que comento merecería el más alto reconocimiento de la comunidad científica internacional. Ha rescatado, en efecto, un rico patrimonio histórico, hasta ahora no sólo preterido, sino incluso desconocido por la historiografía. Sólo existían monografías sobre momentos concretos o figuras especial relieve en la historia de la Iglesia de América Latina, de la primera hora (Las Casas, Zumárraga, Loaysa, Acosta) y de la última etapa, es decir, de las décadas liberacionistas (los dos Boff, Gutiérrez, Segundo, Ellacuría, Sobrino). Pero, además de esta meritoria tarea de rescate -en algún sentido «arqueológica», Teología en América Latina es una contribución notable para la americanística, porque da a conocer unos aspectos, con frecuencia orillados, de la construcción nacional de las repúblicas latinoamericanas (Hispanoamérica, Lusoamérica y el Caribe).
El volumen II2, con el que ha terminado esta investigación, cubre, como ya se ha dicho, todo el primer siglo republicano. Lo han redactado, además, del director de la obra y su coordinadora: Alfonso Alcalá Alvarado (de la Pontificia Universidad de México), Alexandre Antosz Filho (de la Pontificia Universita della Santa Croce), Fernando Armas Así (de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Lima), Néstor Auza (de la Universidad Católica Argentina), Hugo Anibal Dávila (de la Universidad de Navaimprescindible para todos los interesados rra), Marta Eugenia García Ugarte (de la Universidad Nacional Autónoma de México), Celina A. Lértora Mendoza (del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), Elisa Luque Alcaide (de la Universidad de Navarra) e Iván Darío Toro Jaramillo (de la Fundación Universitaria Luis Amigó, de Medellín).
Se estructura el volumen II2 en dos partes: una primera parte, que constituye el marco general, con un capítulo introductorio sobre la vida eclesiástica en América Latina en el XIX y otro sobre los concordatos firmados (o intentados) por las nuevas repúblicas con la Santa Sede; y una segunda parte, en que se estudia el pensamiento teológico del XIX americano. Viene primero el pensamiento de los momentos iniciales de la emancipación ( por ejemplo, la justificación teológica de la independencia); sigue la teología de los polemistas ( sobre todo en los embates liberales de mediados del siglo, sin excluir el periodismo católico); se estudia la teología académica, en un largo capítulo de más de trescientas páginas; hay también un capítulo sobre los doce concilios provinciales latinoamericanos ( tres anteriores al Concilio Ecuménico Vaticano I y resto, posteriores); y un capítulo dedicado a Brasil( especialmente a los movimientos de carácter milenarista y utópico, que proliferaron en aquellas latitudes en el XIX, hasta bien entrado el XX). El volumen termina con dos amplios índices: uno onomástico de teólogos estudiados, y otros de concilios, sínodos y asambleas eclesiásticas.
En resumen: un volumen de consulta imprescindible para todos los interesados en la historia de las repúblicas americanas en el XIX, no solo especialista en historia de la iglesia y de la teología, sino también de la historia de la filosofía y ciencia política.
Este volumen II/2, además, se ha publicado muy a tiempo, cuando tanto en España como en Iberoamérica se preparan reuniones científicas y actuaciones políticas al más alto nivel, para conmemorar el bicentenario de la emancipación latinoamericana (1810-2010).
Mientras queden escritores como McCarthy la idea de literatura está a salvo. La trayectoria de McCarthy (Rhode Island, 1933) se alza como espejo de aquello a lo que deben aspirar los escritores de hoy y de mañana, como los de siempre: no a manufacturar productos vendibles sino a dominar un arte difícil y ampliar desde la imaginación creativa los márgenes de la verdad antropológica.
Quien con Salinger y Thomas Pynchon constituye el trío maldito entre los narradores norteamericanos ya clásicos –evitan con escrúpulo maníaco la escena publica desde hace décadas– es sin embargo un autor extremadamente honesto en su escritura, alejado de poses y entregado a la expresión de su idea del ser humano, entre fatalista y esperanzada. Si alguien era capaz de describir con verosimilitud cómo sería la vida en el mundo tras un holocausto nuclear –argumento de La carretera–, ese novelista es McCarthy. El hecho de que esta obra haya merecido el Pulitzer en 2007 y haya alcanzado cifras de venta muy estimables esboza un futuro alentador para la literatura de calidad. Porque La carretera es una obra maestra como hay pocas entre las novedades editoriales de los últimos cinco o diez años, y no por nada ha merecido los elogios de Harold Bloom.
La novela cuenta las desventuras de un padre y su hijo pequeño que cogen la carretera y emprenden un éxodo penoso hacia el sur en una tierra que –sin que el autor lo explicite– acaba de ser reducida a escombros por el temido cumplimiento del armagedón atómico. El cielo es una cúpula color ceniza y el clima un invierno permanente; los árboles son corteza seca y los pueblos y ciudades montones de ruinas saqueadas; los hombres son animales famélicos que se comen entre ellos para sobrevivir y el pasado de un mundo próspero sólo emerge como sueño en sus mentes atormentadas.
En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo puede oponerse a la desesperación
En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo –un amor sacrificado y homicida, si es preciso– puede oponerse a la desesperación. Con una prosa de una eficacia y precisión desconcertantes (que recuerda mucho a Hemingway) y un dominio abrumador del tiempo narrativo –contra lo que cree una vanguardia impostora, es muy difícil hacer un relato lineal y que jamás decaiga la tensión– el autor logra una parábola muy semejante a la que esculpió Daniel Defoe con su Robinson, sólo que desde filosofías históricas opuestas: si Crusoe era el Prometeo de la orgullosa civilización renacentista, capaz de llevar el progreso racional al salvaje, el padre sin nombre de La carretera es el exponente terminal del fracaso de la edad moderna, que se jacta de unos avances científicos que no han conseguido humanizar la sociedad y que a la postre, de hecho, la han destruido literalmente.
Como el pianista judío en la película de Polanski, la novela describe de cerca los días y las noches de esta familia que la madre dejó sola al quitarse la vida por pura desesperación. El hijo es la única razón del padre para seguir resistiendo, con una abnegación que en varios momentos emparenta con la fe religiosa: la inocencia de un niño nacido justo después del desastre nuclear funciona como símbolo de la presencia divina en un mundo infame. Por otra parte, el niño reconviene con sencillez a su padre cuando su cuidado paternal implica un daño directo a otros supervivientes, contribuyendo así a mantenerlo en el lado de los «buenos».
El libro es duro. Muy duro. Pero así como no hay lugar en La carretera para la complacencia, sí lo hay para la catarsis genuina de las grandes novelas, que se produce cuando el escritor toca el núcleo terrible y milagroso a la vez del corazón humano.
Pierri- Augustin de Beaumarchais nunca estuvo en Sevilla, como tampoco Wolfgang Amadeus Mozart ni Gioacchino Antonio Rossini. Jamás Giacomo Puccini llegó hasta el Japón y, en cambio, nos lego una Madama Butterfly repleta de aromas orientales. La imaginación es una vasto territorio al que se asoman las experiencias que tuvimos pero también aquellas que creímos tener alguna vez. Lugares que visitamos, rostros que nos turbaron, sonidos que nos conmovieron.
A tenor de sus obras posteriores, sobre todo las que darían fama, Beaumarchais quedaría hondamente marcado por cuanto vio y sintió en su viaje a España. Hijo de un renombrado relojero, decide viajar a Madrid para visitar a una de sus hermanas, que llevaba viviendo allí diez meses andaba algún tiempo metida en problemas por un pretendiente español que desapareció cuando hubo cobrado por anticipado algunos favores por su futuro matrimonio. La afrenta la deja maltrecha y su hermana, que vive con ella, decide escribir a su padre en febrero del año 1764. En ella, una frase que nos suscita una sonrisa: «Todo Madrid sabe que mi hermana nada tiene que reprocharse». Todo Madrid. Siglos después, no han cambiado tantas las cosas.
Por aquel entonces, reinaba Carlos III y España, qué cosas, tenía dos ministros italianos. Lo primero que vio de Madrid aquel 18 de mayo de 1764 fue la puerta antigua de Alcalá, ya que la nueva se construiría en 1778. En aquel momento, la Villa y Corte estaba en plenas fiestas de San Isidro. Pararía en la parada en la calle de Montera y de ahí, viajaría a Aranjuez, que entonces estaba a diez horas de caballo.
Tendría relaciones con la realeza y la aristocracia españolas, y llegaría a sorprenderse de las críticas que los madrileños hacían a su rey por la megalomanía de sus nuevas obras públicas. » Las ciudades son como niños. LLoran cuando las frotan y las limpian».
Lo que el hispanista Hugh Thomas cuenta en este libro es la divertida peripecia de este viaje, que trae a España al dramaturgo francés por otros cometidos y que le devuelve a Francia con otras vivencias que marcarían su vida posterior. A raíz de una nutrida bibliografía y los escritos del propio Beaumarchais, el historiador sigue sus pasos por el periplo que le llevaría, además, a Segovia y La Granja.Regresaría el 22 de marzo de 1765 con la alforja llena de vivencias “Mi inagotable honor no me abandonó ni un instante” diría después sobre aquel viaje. De ese ambiente surgirían en su imaginación con el tiempo y los ya eternos Rosina, Fígaro, Bartolo o el conde de Almaviva.
Pero no hablaría de Madrid, sino de una ignota Sevilla. Con sus obras, trasladaría a varias generaciones posteriores la imagen de la España de aquellos años, como se encarga el autor de recordarlo en el libro. Beaumarchais “ regreso a París con algo mucho más valioso: un mito de España que pervive hasta nuestros días, un tesoro de recuerdos interesantes, de hombres y mujeres ingeniosos de todas las clase, a todo lo cual dio excelente uso en sus obras El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro, La madre culpable“. Las dos primeras la publicaría en 1775 y 1784, respectivamente, y servirían de inspiración para dos operas esenciales en el repertorio de cualquier teatro y que compondrían Gioachino Rossini y Wolfgang Amadeus Mozart.
Un viejo condiscípulo de colegio me confesaba su devoción, desde niño, por los melocotones. Un buen día, ya adentrado en la madurez, accedió al relato de cómo llegaron los melocotones a Occidente. Cuenta la leyenda que una linda princesa china, de amor movida, consintió en transportar las preciadas semillas almendradas, desafiando severas leyes. Y el cofre donde las escondió fue el mágico espacio entre sus núbiles senos. Mi amigo, desde esta lectura, ya nunca pudo comerse un melocotón como antes. Poetizo la prosaica ceremonia de masticar la aterciopelada fruta mediante una nebulosa liturgia en la que cobraba vida la imaginada tersura de la piel de la princesa.
Así son las cosas. Convivimos durante años con un concepto elemental e inconcreto entre un autor y su obra hasta que un buen día nos llega un relato acaecido en ese espacio irreal, como transportado entre los senos de una princesa de cuento. Nuestra apreciación sobre el uno y la otra cambia para siempre. Unas veces, las más, para humanizar al personaje, elevando la obra a otro nivel.
¿A quién no le ha ocurrido? A lejanos conocimientos sedimentados se superpone de repente un dato nuevo que arroja distinta luz, compone un rompecabezas, convierte una rutina en una liturgia, acaba quizá con una inocencia, da un nuevo lustre. Este cronista confiesa su admiración antigua por La vista de Delft. Pero desde que leyó a Proust considerarlo el cuadro más bello del mundo, el criterio del ilustre engullidor de magdalenas despejó toda duda: no hay otro paisaje como el de Johannes Vermeer.
El autor de esta colección de minirrelatos es a su vez pintor, y no hay duda de que vive entre pinceles. No hay más que ver la dedicatoria a sus hermanos «todo artistas», y hojear estas páginas, que casi parece que manchan de carboncillo y huelen a óleo. Carlos D´Ors recién ha publicado un curioso libro cuyo subtítulo, Cien anécdotas de pintores célebres, no alcanza a definir el contenido. Cien anécdotas son, ciertamente, de cincuenta y cuatro pintores. Pero más allá del sucinto relato de los hechos, el autor ha creado para el espectador un espacio nuevo en la relación autor-obra. Permítanme un ejemplo más. Toda mi vida he admirado los renoirs llenos de figuras, pintados en las orillas del Sena, no sin sentir una especie de pudor pecaminoso veces ante sus numerosos desnudos que presentan orondas jovencitas, adolecentes metiditas en carnes. Carlos D´Ors nos refiere cómo Augusto Renoir tuvo una modelo durante su estancia en Holanda, muy joven y bonita «con su piel de virgen y sus firmes y sólidos senos y el hermoso pliegue que se formaba entre ellos, con una sombra dorada». El artista la apreciaba tanto que quería llevarla consigo a París. Así se lo hizo saber a la madre de la modelo a quien, para tranquilizarla, prometió que ningún hombre la tocaría. A lo cual la madre respondió, como sin entender: ¿qué hará entonces en París, si no trabaja?
Ahora contemplo los cuadros de Renoir con nuevos ojos, tras compartir la sorpresa que entonces sintiera el artista. La bañista peinándose de la Nacional Gallery de Washington ya no puede ser una impúber adolescente cuya contemplación implica pudorosos escrúpulos. Es lo que es: el cuerpo de una bella meretriz en trance de realzar sus encantos.
En ese mundo evanescente, escurridizo, habitualmente opaco para el mero observador, situado entre autor y obra, ha ido introduciendo D´Ors, con cada uno de sus relatos breves, anécdotas que no pretenden ser necesariamente graciosas o extravagantes. No se trata de adornar la figura del artista ni de reafirmar su fama de heterodoxo o bohemio. Tampoco aportan por sistema datos eruditos a la biografía del pintor. Ni siquiera en las notas, donde encontramos sobre todo noticias de personajes que habitaron la vida del artista, a veces anécdotas que completan el cuadro. Trazos de aristas que parecen caprichosos y que puestos juntos nos dan su percepción personal del modelo, o la impresión que persigue crear en el lector.
De la lectura de este libro no saldremos con un repertorio que nos permita lucirnos en tertulias. No es este el resultado ni el alcance de esta obra catalogable en el capítulo de curiosidades y anecdotarios, pero que tiene una extraña virtud, y es la de ir llenando, enriqueciendo ese vacío, esa tierra de nadie existente entre el creador y el producto de su arte. Al leer este libro se puede escuchar un silencioso diálogo, el que entabla el espectador con la obras que admira, y a las que no podrá mirar igual después de lo aprendido. Un espectador, que no es otro que Carlos D’Ors, convertido a su vez en creador, porque cada entrada va acompañada de un retrato del pintor en cuestión: 54 expresivos dibujos a lápiz que no constituyen el mérito menor de este libro (¿Cuál sería la anécdota que cambiaria nuestra visión de estos retratos?).
Como el melocotón de mi amigo, sublimado tras conocer la leyenda de la bella princesa china, la obra de arte ya no será la misma para el amante de la pintura , para bien o para mal, después de la lectura de las anécdotas recogidas por Carlos D’Ors.
Buen conocedor de la filosofía contemporánea y, en concreto, del tránsito de la tradición a la modernidad en el pensamiento y en la acción social, el autor presenta ahora un interesante sobre ocho grandes figuras intelectuales del siglo XX. De algún modo se puede considerar que esas personalidades recibieron un lugar relevante en la Historia de las ideas contemporáneas, que Fazio publicó en 2006. Ahora las presenta más de cerca, subrayando la aportación específica de cada uno en el conjunto del pensamiento moderno.
Parece muy coherente, en tiempos de grandes conmociones, acudir a esas figuras señeras, testigos cualificados de su época, aunque ninguno alcance una asunción global de los cambios, como en su día Agustín de Hipona o Tomás Moro. Además, ofrecen la oportunidad de reflexionar sobre cuestiones aún abiertas, como acaba de mostrar el no lejano debate sobre la identidad espiritual de Europa. Son demasiados los problemas, presentes en esos destacados intelectuales cristianos del período de entreguerras, que siguen sin estar encauzados más o menos definitivamente, a pesar del fabuloso impulso del Concilio Vaticano II.
El primer punto de optimismo es la misma realidad de las conversiones a la fe de grandes pensadores, cuando todo podía parecer perdido tras años de declive apenas detenido por un Movimiento de Oxford muy importante, pero que no llegó a cuajar en una transformación decisiva. Fazio repasa los nombres de los grandes conversos de comienzos del siglo XX, y muestra alguna de las motivaciones que pudieron contribuir a la gran decisión de abrazar la fe.
Muchos filósofos e historiadores abandonaron en diversas oleadas un racionalismo más o menos positivista, al comprobar que era una fuente intelectualmente agotada. Aparte de la referencia a Dios en los relatos de las conversiones, se da también, especialmente en la cultura gala, un cierto deseo de recuperar las pasadas grandezas de la nación francesa. Llegará al extremo radical del movimiento de Action Française, que se menciona suficientemente, aunque haya sido culturamente pasajero.
En realidad, sigue abierta la crisis de cultura occidental, y muy particularmente, la europea. Lo refleja bien la historia intelectual desde finales del siglo XVIII. Cada intento de solución, alejado de las raíces de Jerusalén, Atenas y Roma, ha contribuido en la práctica a ampliar y alargar los problemas. Tras la gran hecatombe de la I Guerra Mundial, se produjeron intentos serios de iluminar la crisis cultural, que seguiría creciendo, hasta estallar el segundo gran conflicto del mundo occidental.
Sin embargo, muchas de las propuestas de los ocho autores analizados en este libro, siguen arrojando luces para el momento actual de Europa. Ahí están las descripciones de la tensión entre la espiritualidad y la construcción del mundo; las relaciones no precisamente dependientes entre descristianización y política; el anhelo de una nueva cristiandad, caracterizada por el pluralismo y excluyente de enfoques clericales; la responsabilidad ética del cristiano confrontado a problemas sociales complejos; la recuperación de las raíces de Europa, frente a neopaganismos en parte precursores de la newage; en fin, la eclosión de los nacionalismos, letales para la universalidad de la Iglesia. El humanismo moderno construido de espaldas a Dios justifica en algunos autores cierta reticencia, cuando no crítica frontal, al mundo contemporáneo, con la correspondiente nostalgia del medioevo. Pero no hay siempre, ni mucho menos, afanes restauradores, especialmente en la organización política de la vida pública. Resultó muy significativa la enorme difusión de esa nueva Edad Media preconizada por Nicolás Berdiaeff en 1924. Sin planteamientos clericales superados, desde aquella transfiguración cristiana de la sociedad se proponían enfoques atrayentes para superar la crisis de la modernidad.
Más de un lector apreciará el contraste paradójico que aparece entre los personajes elegidos, en contra de lo que podría esperarse de estereotipos: los cuatro franceses resultan más bien volcados a la acción social y política, mientras que en los británicos prevalece la reflexión intelectual.
El repaso de las aportaciones de todos, aunque construidas en un contexto histórico distinto al actual, pueden facilitar cierto relevo generacional que contribuya a asentar con bases más firmes a una Unión Europea que, a falta de identidad religiosa, podría perder incluso su identidad cultural y geográfica con la incorporación de Turquía.
Tenemos un gen que nos hace perdonar a las izquierdas. En febrero, durante la presentación de su novela La casa de los encuentros, Martin Amis apelaba a la ironía para explicar uno de los grandes misterios de los últimos cincuenta años. Sinónimo de polémica gracias a su arraigada costumbre de ir directo al fondo de los asuntos más incómodos para la opinión pública, el escritor inglés se preguntaba por qué la gran escena intelectual se muestra tan renuente a condenar de forma tajante la figura de Stalin, epítome de la locura y crueldad de un régimen, la URSS, que mató de forma arbitraria a entre 20 y 40 millones de personas e hizo del terror la más cruel y efectiva herramienta política.
Con una carrera literaria más que consolidada, Amis dio hace unos años un arriesgado salto mortal con Koba el terrible (Anagrama), libro inclasificable que mezclaba historia, autobiografía, ensayo y un liberador (al menos, para él) ajuste de cuentas con los intelectuales británicos de izquierdas que no vieron, o no quisieron ver, las tropelías de Stalin. Amis apuntaba especialmente a uno de ellos: su padre, el también escritor Kingsley Amis.
Probablemente, Martin consiguió desembarazarse de sus fantasmas personales. Pero, a cambio, se encadenó a otro terriblemente poderoso. Abrumado por la acumulación de material sobre Josef Stalin y la Unión Soviética, se vio compelido a volver a su terreno natural, la novela, para intentar explicar y explicarse tanto horror.
La casa de los encuentros narra el paso de dos hermanos por un gulag de Siberia. Los campos de concentración soviéticos fueron la culminación natural de un Estado en el que la represión constituía el núcleo de su sentido y el motor de su persistencia. Con su habitual maestría, Amis describe las humillaciones de un sistema científicamente planificado —la frialdad de su diseño resulta escalofriante— para la alienación, una vuelta de tuerca a la esclavitud que buscaba el terror sistemático para mantener vivo (si alguno vez lo estuvo realmente) el engendro imposible del paraíso comunista.
Hacia el final del libro, el protagonista y narrador, liberado y superviviente pero con
el espíritu magullado por la experiencia en el gulag, visita una confortable residencia construida en Moscú para alojar a los camaradas que ayudaron a consolidar el sueño soviético. Pero estamos ya en los años ochenta. La decadencia anuncia el fin de la locura.
Lev entra en aquella «casa de mala reputación» (en su «sentido antiguo», matiza irónicamente: «acreedor del baldón de la infamia») para reencontrarse con Zoya, el gran (e imposible) amor de su vida. En su lugar, se topará con una visión demoledoramente epifánica: Ananías.
El nuevo marido de Zoya es un intelectual afecto al régimen que, cumplidos ya los 80 años, recrimina a Lev su intromisión: «¿Por qué piensa la gente que puede volver y ponerse a molestar a todo el mundo? Piensa que puede volver como si tal cosa. Y causar tanto dolor con esas viejas heridas». De nuevo la postrera humillación a la víctima: tus heridas son repugnantes, no queremos verlas. Demasiado recurrente.
Sin embargo, gente como Martin Amis insiste en recordar. Las víctimas merecen y necesitan justicia. Y las nuevas generaciones, la verdad. «La verdad va a resultarte dolorosa», le escribe Lev a su hijastra Venus, que vive en Estados Unidos. Asombrado por la costumbre, bastante extendida entre los adolescentes norteamericanos, de autoinfligirse cortes en los brazos, le advierte: «Si lo hacéis para combatir la insensibilización de la democracia avanzada…, no puedo solidarizarme con vosotros. Otros sistemas, ¿sabes?, te anegan las glándulas de líquidos y juegan con las puntas de tus nervios».
Pero ¿a quién le interesa que todas las Venus del mundo no accedan a las revelaciones de los Lev? Durante la presentación en España de La casa de los encuentros, Amis se hacía una reflexión muy incómoda para más de uno: «La Unión Soviética tuvo muchas simpatías entre los intelectuales occidentales, y aún hoy, a pesar de las evidencias, muchos buscan en las ruinas del templo caído algunas ideas a las que agarrarse. En nombre del marxismo se cometieron verdaderas atrocidades, como con el nazismo; pero hoy nadie se avergüenza de decir que es un intelectual marxista; ¿qué diría la gente si alguien se describiese como intelectual nazi».
De nuevo Lev, el narrador de su novela, se muestra aún más elocuente que su creador —a veces ocurre—: quizá sea la gran tragedia y el gran triunfo de un novelista. Cuando su hijastra le pregunta: «En la década de los treinta y los cuarenta, ¿quién inspiraba más repugnancia, Rusia o Alemania», Lev responde que «ellos». Pero a continuación reflexiona: «Ellos se recuperaron y nosotros no. Alemania no se está marchitando, Rusia sí». Y llega la revelación: «Una rigurosa expiación reduce el peso del delito […] Jamás tendremos el lujo de la confesión y el remordimiento. Pero ¿y si no fuera un lujo? ¿Si fuera una necesidad, una necesidad del mísero y del sucio? La conciencia —sospecho— es un órgano vital». Y, finalmente, el grito de justa ira: «Que alguien me diga que lo sienten. Vamos. Que alguien me llore el Volga, me llore el Yeniséi, me llore el Moscova».
Quizá haya llegado el momento. El año pasado se cumplieron setenta años del comienzo del Gran Terror, la sangrienta purga que se prolongó durante casi dos años y en el que las autoridades soviéticas detuvieron a miles de individuos a partir del artículo 58 del código penal, que regulaba el muy amplio campo de las actividades contrarrevolucionarias. Tal vez la cifra redonda haya servido para algo.
Rusia lo necesita urgentemente. Como explica Amis, Stalin cuenta aún con un 60% de popularidad en el pueblo ruso. Demasiadas vendas sobre los ojos. ¿Quién se atreverá a quitárselas? En el capítulo de agradecimientos de La casa de los encuentros, Martín Amis enumera algunos de los autores de trabajos recientes que parecen dibujar un claro en el silencio culpable que se cernía sobre el terror estalinista: Anne Applebaum, Simon Sebag Montefiore, Masha Gessen, Janusz Bardach…
Todos contemporáneos que han dado un paso adelante en la iluminación de lo innombrable. Pero Amis también reconoce que el gran filón de verdad por explotar no está sólo en el presente. En el último bloque de agradecimientos, se refiere a «los fantasmas» de otros escritores: «Fiodor Dostoievski, Joseph Conrad, Eugenia Ginzburg… , y el Tolstói de la Unión Soviética: Vasili Grossman».
Resulta muy revelador que las dos últimas palabras del libro de Amis sean el nombre y el apellido del autor de Vida y destino (Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg). Esta novela-río describe las entrañas del enfrentamiento entre la URSS y la Alemania nazi en Stalingrado con una ambición que, efectivamente, recuerda el pulso narrativo de los clásicos rusos.
En sus más de mil páginas, una multitud de tramas repletas de personajes magníficamente perfilados refleja la intensidad del choque de gigantes en el frente oriental de la Segunda Guerra Mundial. Pero lo mejor de la novela llega cuando Grossman escapa de la fascinación de la épica para retratar la intimidad de los personajes, sus sufrimientos, sus dudas, el alma de cada individuo, ya sea un soldado raso, un general, un profesor o un simple campesino. Esta postura, tan moral como literaria, chocaba con las directrices del realismo socialista, obsesionado con otorgar todo el protagonismo al colectivo: el Estado, la URSS, el pueblo en lucha.
La mirada de Grossman va así desde dentro hacia fuera, siempre parcial a favor del individuo. Postura que le permite observar los hechos con una lucidez peligrosa para el poder, hasta el punto de establecer comparaciones inaceptables para el «luchador contra el fascismo» que se pretendía Stalin. En una reseña sobre la novela, Félix de Azúa pone el acento en el diálogo entre el nazi Liss y el comunista Mostovski: «Somos vuestros enemigos mortales, sí, de acuerdo, pero nuestra victoria será también la vuestra. Si vosotros ganáis, nosotros sin duda seremos destruidos, pero continuaremos viviendo en vuestra victoria», dice el primero.
La rectitud de conciencia de Grossman no podía terminar bien en el país y la época en la que tuvo el infortunio de nacer, vivir y escribir. Pese a ser uno de los periodistas estrellas de la URSS durante la II Guerra Mundial —Anthony Beevor describe su peripecia en Un escritor en guerra (Crítica)—, no tardaría en caer en desgracia.
Condenado al ostracismo tras el conflicto, continuó porfiando por decir al mundo su verdad. Impactado por lo que había visto en el frente, se volcó en la escritura de una gran novela que abarcara todos los matices de la tragedia. En 1960 mandó un ejemplar de Vida y destino a un editor, al que le faltó tiempo para denunciarlo —la delación es uno de los pilares de cualquier régimen totalitario—, y la burocracia de Kruchev, pese a los supuestos aire de apertura que trajo la desestalinización, no tuvo piedad: su lectura quedaba terminantemente prohibida durante «al menos los próximos doscientos años» por ser «perjudicial para los intereses de la URSS». Grossman murió de cáncer cuatro años después.
Pero el destino quiso que la vida de Grossman se prolongara pese a los designios de los tiranos. La KGB había destruido todas las copias de Vida y destino, no dejaron ni las cintas de la máquina de escribir ni el papel de calco: no debía quedar huella alguna, y los esbirros de la represión soviética, realmente concienzudos y eficaces, se lo tomaron al pie de la letra.
No contaban, sin embargo, con el valor de un amigo de Grossman, el poeta Semion Lipkin, que se arriesgó a guardar una copia. En 1980, el científico disidente Andrei Sajarov la microfilmó y se la pasó al escritor Vladimir Voinovich, que logró liberarla en Suiza. Se publicó ese mismo año en Francia, con gran éxito y mayor escándalo: la Guerra Fría daba aún sus últimos pero vigorosos coletazos.
En España no se publicó hasta cuatro años después, traducida del francés. Pero, como explica José Luis Jiménez-Frontin en un afilado artículo en La Vanguardia, «nuestra intelectualidad (con la más señalada excepción de Valentí Puig), algo lastrada por las fidelidades en la reciente lucha antifranquista y poco interesada en afrontar una dosis excesiva de realidad, tendió sobre la obra un relativo telón de silencio». El libro, meritoriamente publicado por Seix Barral, terminó descatalogado.
Hasta que el año pasado, la editorial Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg lanzó una ambiciosa edición (50.000 ejemplares en la primera tirada) de la obra traducida directamente del ruso por Marta Rebón. En parte gracias a la correcta campaña de promoción —ayudada por la publicación del libro de Beevor—, en parte por la mejor acogida de los intelectuales —Luis Mateo Díez y Antonio Muñoz Molina estuvieron en la presentación y las críticas fueron excelentes— y el boca a boca que desbordó las previsiones, Vida y destino terminó convirtiéndose en el fenómeno editorial de la temporada.
Medio siglo después, Stalin ha perdido. Pero Grossman no es el único autor necesitado de un rescate histórico. De la voracidad del padrecito da cuenta otra iniciativa de Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg: la publicación de una trilogía del escritor y periodista ruso Vitali Shentalinsky que documenta la persecución sistemática de escritores en la
URSS.
Esclavos de la libertad (2005), Denuncia contra Sócrates (2006) y Crimen sin castigo (2007) son el resultado de las incursiones de Shentaliskin, desde 1989, en los archivos literarios de la Lubianka, la siniestra sede de la KGB en Moscú. La perestroika de Gorbachov había decretado un año antes la ruptura de los más secretos sellos del Estado soviético, pero los funcionarios se mostraban renuentes a la entrada de intrusos en sus dominios. «Usted es el primer escritor que viene aquí por propia voluntad», le dijeron a Shentalinsky cuando finalmente pudo vencer las resistencias.
Pronto supo hasta qué punto. Según sus investigaciones, unos dos mil escritores murieron fusilados u olvidados en los gulags y otros tres mil sufrieron diferentes represalias y desaparecieron de la escena pública, dejando inéditas obras que podrían haber marcado la literatura universal: ¿cuántas «Vida y destino» no habrán logrado burlar el cerco? La trilogía rescata sus historias y las expone al aire, como heridas que necesitan cicatrizar para no pudrir un cuerpo desmemoriado.
Círculo de Lectores/Galaxia Gutenberg ha completado además esta operación de salvamento con la colección La tragedia de la cultura. Dirigida por el propio Shentalinsky y Ricardo San Vicente, profesor de literatura rusa de la Universidad de Barcelona, incluye obras de seis de los autores rusos que vieron sus destinos torcerse camino de la Lubianka, joyas literarias desconocidas en España en su totalidad o en su versión auténtica, antes de pasar por la censura. Desde los inéditos poemas de Marina Tsvietaieva y cuentos de Platonov, a una versión liberada de la Caballería roja de Babel, pasando por el más cáustico Mijail Bulgakov de Corazón de perro y La isla púrpura o valiosos textos de Pasternak y Anna Ajmátova.
Ni toda la represión de la Unión Soviética pudo borrar el espíritu de un pueblo que en ningún sitio como en Rusia —patria de Tolstói, Dostoievski, Chejov, Pushkin…— supieron reflejar sus escritores. Su recuperación supone un paso enorme, aunque siempre quedarán millones de almas clamando justicia.
El historiador británico Orlando Figes ha entreabierto la hermética caja de Pandora de las víctimas anónimas de la URSS, y por la rendija se ha colado un ejército de susurros. Su libro The whisperer (algo así como «los que susurran»), que Edhasa publicará en España el año que viene, cuenta las historias recogidas por tres equipos de investigadores que bucearon en los diarios, cartas, fotos y todo tipo de documentos que los supervivientes de la represión escondieron a la KGB.
Sabían a lo que se exponían cuando guardaban el testimonio de su desgracia. Pero intuían que sus historias merecían una oportunidad. Aunque no fueran nadie: hijos que ven desaparecer a sus padres sin explicación alguna, esposas obligadas a denunciar a sus maridos, padres de adolescentes asesinados, trabajadores que bajaban la voz ante la cercanía de un vecino que podía ser un informador.
Ahora vemos que tenían razón: iniciativas como las de Figes los han transformado en una legión de escritores capaces de rebatir la máxima de Stalin: «Una muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística». Un millón de historias horadan cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo, la soberbia de quien se hacía llamar Hombre de Acero.