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Ver productosLa temporada editorial tiene sus grandes días en las fechas comprendidas entre Navidad y la Feria del Libro. Son cuatro meses en los que cada editorial administra con detenimiento sus novedades hasta el punto de que es capaz de retrasar la salida de un libro varios meses para que coincida con esas fechas.
Este año no ha sido diferente, aunque un observador atento habrá podido apreciar tres lanzamientos dotados de una fuerza mediática mucho más intensa de lo habitual en España. La llegada de la segunda parte de La sombra del viento en una asombrosa primera edición de un millón de ejemplares ha roto todas las reglas a las que estábamos habituados (para hacernos una idea, de la novela ganadora del premio Planeta no se publican más que cien mil). Sin embargo, pocos meses antes veíamos la llegada del último Harry Potter con 750.000 ejemplares y a principios de diciembre la «esperada» segunda parte de Los pilares de la tierra con medio millón de libros a vender. Aunque las tres obras se merecen un interesante análisis, nos ha llamado la atención la primera de las aparecidas en este maratón de marketing al que estamos asistiendo.
Tal vez al lector no le diga mucho el título de Un mundo sin fin, pero seguro que sale de dudas al decirle que es la segunda parte de Los pilares de la tierra, de Ken Follett. Esta aclaración puede resultar superflua, pero un análisis más sutil desvela la importancia que tiene, pues el único mérito del libro es precisamente ese, ser la segunda parte de la bestsellera novela medieval.
Uno de los quebraderos de cabeza que se encuentran los encargados de marketing de las editoriales es el carácter «único» de cada uno de sus productos. Las campañas publicitarias están dirigidas a un título y esa misma promoción desaparece con su venta sin reforzar la imagen corporativa de la marca. Aunque se ha intentado remediar esta carencia, el único modo que ha funcionado es el uso del nombre del autor y, por supuesto, las secuelas de novelas exitosas. En este sentido, Los pilares de la tierra es un tesoro que no se podía desaprovechar: publicada en 1989, hasta la fecha ha vendido en España más de cinco millones de ejemplares. Pero lo más llamativo del hecho es su carácter de longseller. Ha conseguido romper la temible barrera de los tres años (la edad media de una novela actual) y mantenerse desde su primera publicación y hasta la actualidad en la lista de libros más vendidos. Según la Federación de Gremios de Editores de España, en los últimos cinco años no ha bajado del quinto puesto. Eso sí, en su formato de bolsillo, menos llamativo en las librerías y, por supuesto, en las cuentas editoriales.
La pregunta que nos cuestionamos es el origen de tamaño triunfo. Qué ingredientes han ocasionado el éxito de una novela que desde el punto de vista literario no deja de ser un estricto best-seller (en el peor sentido del dichoso anglicismo) y desde la perspectiva histórica una verdadera agresión al Medioevo. Nicasio Salvador, catedrático de literatura medieval de la Universidad Complutense de Madrid, admitió en un curso sobre novela histórica que no pudo acabarse Los pilares de la tierra porque le aburrió «el exceso de anacronismos, la parquedad de informaciones y la falta de verosimilitud de los hechos».
Pero aquí no pretendo hacer una valoración estética del libro ejercicio del todo innecesario, visto lo visto, sino un análisis receptivo y por supuesto comercial. El éxito de la novela primigenia y de su tardío vástago (cruzan casi veinte años entre el nacimiento de ambos) se debe a una inteligente combinación de ingredientes que, emulando a los antiguos alquimistas, Ken Follett ha unido en la redoma de su pluma. Dichos componentes pertenecen a dos saberes muy distantes, y de ahí viene el secreto de su piedra filosofal.
La primera fuente, la más lógica en su apreciación por su tosquedad, está basada en un meritorio conocimiento del thriller novelesco de finales de los ochenta. Ken Follett, como hermano pequeño de Forsyth, Crichton y Clancy, dominaba la agilidad argumental, los picos y valles que una lectura trepidante debía tener para dejar al lector sin aliento. La novela consigue así administrar la tensión en esa difícil cuerda que separa lo aburrido de lo sobreactuado.
Pero eso no es todo, aún queda otra fuente que logró distanciarlo de sus colegas, una sabia decisión que ahora no sorprende pero que en su momento rozaba la insensatez: aplicar esas técnicas narrativas propias de un libro superventas a una novela histórica. Aquí llegamos al punto que nos inquietaba tras conocer el lanzamiento de Un mundo sin fin. La certeza del interés que la novela histórica mantiene desde hace más de dos décadas. Los pilares de la tierra no es más que un ejemplo sin virtud pero arrollador en su imagen de una moda editorial que comenzó allá en 1982 con Memorias de Adriano, de la francesa Marguerite Youcenar. La novela fue publicada en Francia en los primeros cincuenta, pero a España el éxito no le llega hasta los ochenta, y de la mano del entonces presidente del Gobierno, que reconoció tener el libro sobre la mesilla de noche. La declaración produjo cuatro ediciones y más de cien mil ejemplares vendidos en ese año. Pero las ventas no fueron sólo debidas al entusiasmo político. Otra novela histórica de éxito llegó ese mismo año: El nombre de la rosa y su más de un millón de ejemplares vendidos en España.
Tenemos en este país un extraordinario medidor del gusto editorial que a modo de test químico refleja los síntomas comerciales de cada época. La búsqueda casi desesperada de ventas por parte del premio Planeta ayuda así a reconocer los derroteros por los que el público lector se decanta en cada momento. Si aplicamos el «Test Planeta» a esos años ochenta nos encontramos con un resultado indiscutible, pues más de la mitad de las novelas premiadas en esa década lo fueron históricas: Volaverunt, de Larreta, en 1980; La guerra del general Escobar, de Olaizola, en el 82; Yo, el intruso, de VallejoNágera, en el 85, y al año siguiente No digas que fue un sueño, de Terenci Moix; En busca del Unicornio, de Juan Eslava Galán, en el 87 y, por fin, El manuscrito carmesí, de Gala, en 1990. Novelas que comienzan en el lejano Egipto de Cleopatra y terminan en la guerra civil, con varias cotas en la Edad Media y el siglo XIX.
Desde entonces es raro el año que una novela histórica no salta a la lista de libros más vendidos. Tenemos ejemplos con más o menos rigor histórico y literario, pero sin ninguna duda conocidos: De parte de la princesa muerta, de K. Mourad; El médico, de Noah Gordon; El clan del oso cavernario, de Jean M. Auel; El perfume, de Patrick Süskind; La joven de la perla, de Chevalier, y gran parte de la obra de Pérez Reverte. Un largo camino que tiene su última parada en el más de medio millón ejemplares de Un mundo sin fin vendidos en sus pocos meses de vida.

EL NACIMIENTO DE LA NOVELA
Un lector poco avezado en las constantes temporales puede pensar que no se trata de una moda, sino de una realidad intrínseca al mundo editorial. Sin embargo, con un poco de perspectiva histórica se advierte que hasta los años ochenta la novela histórica apenas era considerada, por lo que esa sobreabundancia ha de tener algún componente cultural y social que ha cundido a partir de esos años.
Para entender el sentido y el interés del éxito de la novela histórica hemos de retrotraernos en el tiempo hasta el momento del nacimiento de esta temática, y analizar el origen que produjo para que se pudiera convertir en un género.
Gran parte de lo que consideramos «novela de género» tiene su origen en el siglo XIX. La explosión novelesca de aquella época en toda Europa propició la especialización de los novelistas para poder alcanzar el mayor número de lectores. Se llegó así a un consumo literario hasta entonces inaudito, basado en el auge de una burguesía adinerada y culta, dotada de ciertas pretensiones intelectuales y con una nueva concepción del tiempo libre que derivará en la aparición del ocio constructivo (no es de extrañar que fueran también aquellos años los que vieron nacer el deporte, el descubrimiento del campo o las vacaciones). Desde el punto de vista del escritor, llegamos al inicio de la profesionalización del oficio. La literatura permite a los novelistas (la poesía y el teatro siguen un rumbo diferente) vivir de lo que escriben de una forma más o menos holgada. El periodismo también tendrá en el XIX, y por causas similares, su momento de consolidación, y será esta vía por la que muchas de las grandes obras literarias saldrán a la luz. La combinación de ambas industrias (la editorial y la prensa periódica) permitirá, como digo, la creación de la figura del escritor, el novelista profesional y, más adelante, la presencia de la clase intelectual casi como un estamento más de la nueva configuración social.
EL GÉNERO HISTÓRICO
Por «novela de género» se entiende cualquier creación narrativa extensa que comparta características similares con un buen grupo de ellas, de tal forma que esas coincidencias se estructuren de una forma similar para crear sensación de reconocimiento en el lector. Cualquier novela puede convertirse en parte de un género, pero para ello tendrá que ser revisitada por otros autores y apreciada así por el público. El origen de los géneros narrativos está, por tanto, muy relacionado con el renacimiento de la novela al que nos referimos. Cuando una fórmula funciona es repetida por el autor e imitada por otros, de forma que crea un corpus donde los elementos similares se van depurando hasta llegar a lo que puede considerarse un género clásico. Es, por tanto, la masa lectora la que crea el género de acuerdo con sus gustos que, lógicamente, varían con el tiempo. Esto produce que haya géneros que disfruten de larga vida y otros sean mucho más efímeros.
El género tiene gran valor sociológico. La aparición de determinados tipos de novela en alguna época y su posterior desaparición para luego resurgir años después denota unos cambios sociales fácilmente analizables. Si volvemos al siglo XIX, vemos la aparición de grandes géneros que han persistido hasta la actualidad. Los más importantes son la novela de aventuras y la histórica, con figuras tan universales como Robert Louis Stevenson, Walter Scott y Alexandre Dumas padre; junto a la novela de detectives y la ciencia ficción practicada por plumas tan universales como Arthur Conan Doyle y Julio Verne. Si hemos diferenciado dos grupos es por la distancia cronológica y estética que los separa, y que ayudan enormemente a la comprensión de la teoría del género como «hijo de su tiempo».

El surgimiento de la novela histórica y de aventuras tiene lugar en la primera mitad del siglo XIX. Se trata de la época del romanticismo, y no es de extrañar que el interés que mostrara la masa lectora hacia las aventuras exóticas o los momentos del pasado tuviera relación con varios presupuestos básicos que el movimiento romántico defendía. Nos referimos a la desazón romántica, una inquietud que se dio en los creadores y que también repercutió en el resto de la sociedad. Dicha desazón provocaba una necesidad de huida hacia otros mundos, en busca de realidades desconocidas y por tanto fácilmente idealizables. Esa evasión tuvo como consecuencia tanto el viaje al pasado (novela histórica) o como hacia los territorios salvajes de la tierra (novela de aventuras).
El crecimiento de la novela histórica en esos años tiene otro motivo social producido también por el romanticismo. Muchos de los estados europeos están por esos años reconfigurando una nueva construcción política. Los casos más sobresalientes son las unificaciones de Italia y de Alemania, pero el resto también sufrió importantes cambios. Con la Revolución Francesa, las monarquías autoritarias perdieron su centenario poder, y los antiguos reinos se vieron en la necesidad de crear marcos políticos que aunaran las naciones sin el elemento, hasta ese momento esencial, del monarca. Paradójicamente, esta caída del poder centralizador produjo un aumento de la conciencia nacional. El vacío se tuvo que ocupar con la tradición y los acontecimientos fundacionales de las diferentes naciones. A esta reconstrucción del pasado histórico contribuyó, lógicamente, la novela histórica que rememoraba las gestas o revitalizaba a los héroes fundadores.
LA NUEVA NOVELA HISTÓRICA
Pero esos años pasaron y con la desaparición del romanticismo murió también la novela histórica. Ha tenido que pasar más de un siglo para que el público volviera a reclamar el viaje al pasado como parte esencial de su ocio lector.
El boom de la novela histórica en esos años es sin duda uno de los acontecimientos editoriales y culturales más llamativos del final del siglo XX. Son varios los elementos que han provocado el renacimiento del género, que ha llegado a sobrepasar, si no en calidad por lo menos en cantidad y favor del público, sus momentos dorados de la primera mitad del XIX. Sin embargo, sería erróneo buscar un paralelismo entre la novela histórica de base romántica y la contemporánea. No sólo formalmente se han dado cambios sustanciales, sino que además el sentido de ambos tipos de novela y la sociedad a la que van dirigidas ha cambiado enormemente. Hemos visto que el nacimiento de la novela histórica fue propiciado por el auge de una clase burguesa y la llegada del movimiento romántico. Cumplía así las exigencias de evasión que provoca tanto la ficción novelesca como la recreación e idealización de mundos desaparecidos.
Las últimas décadas del siglo XX no se han caracterizado, desde un punto de vista social ni cultural, como una época de nostalgia o revisionista. No hay desazón histórica en ese final de siglo sino más bien un relativo optimismo en el desarrollo. La caída de los regímenes que conformaban el Pacto de Varsovia se apreció en Occidente como el triunfo del sistema capitalista, la única utopía política que había logrado sobrevivir a lo largo del complicado siglo XX. Ese optimismo revalorizó la mentalidad neoliberal, estrictamente pragmática y desarrollista que fue además abonada con la nueva revolución tecnológica provocada por el mundo digital. Ante esa perspectiva, impregnada en la sociedad española y del resto de Occidente, no cabe la mirada melancólica hacia el pasado. El conocido verso «cualquiera tiempo pasado fue mejor» está fuera de la mentalidad colectiva y todas las miradas se dirigen con ilusión hacia el futuro.

Se aprecia que la novela histórica surgió en una época radicalmente opuesta. Hasta el punto que ni siquiera el sentido de la reconstrucción nacional que tuvo en los románticos puede aparecer como excusa, pues las grandes naciones han sufrido un movimiento opuesto: la pérdida de la concepción nacional en un doble sentido: interno, hacia pequeñas realidades nacionales, y externo, hacia uniones supranacionales, con vínculos cercanos por encima del país. Esta idea, que McLuhan definió con gran éxito mediático como «aldea global», vuelve a disociar los contextos históricos en los que estamos comparando la eclosión de la novela histórica.
Al comprobar cualquier lista de libros más vendidos, que tanto han abundado en la prensa generalista desde finales de los ochenta, se advierte una clasificación clara entre ficción y no ficción. Por el primero se entiende la creación narrativa; no tiene especiales vínculos con la realidad del momento ni transmite información o reflexión, sino que aboga por el estricto entretenimiento; tiene así una historia o narración con la que el lector se introduce en mundos inventados (ficcionales, en definitiva). El segundo grupo no es narrativo y pretende transmitir saberes concretos; incluye el ensayo, la biografía, las memorias y un largo etcétera.
La novela histórica, por su carácter narrativo, está incluida en el grupo de la ficción, aunque también tiene numerosos componentes que lo alejan de ese grupo. Describe acontecimientos o vidas de personajes reales que pueden tener similar precisión que cualquier ensayo histórico y en la mayor parte de las ocasiones tiene una intención instructiva. Encontramos ahí la primera diferencia en el género. Si los relatos históricos clásicos pretendían la evasión y la consiguiente idealización del pasado, en la actualidad se busca todo lo contrario: una mayor verosimilitud de los hechos descritos. No cabe una novela no historicista, falta de rigor o simplificadora de la realidad (nos referimos, por supuesto, a la intención, no a los resultados, que pueden ser de lo más variopinto). Esta situación mestiza entre lo ficcional y lo real nos parece esencial para entender el éxito de este género en la actualidad.
HACIA LA ENTRETENIDA INSTRUCCIÓN
Entonces, ¿cuál es el sentido del boom sucedido en los años ochenta y que aún avanzado el siglo XXI se mantiene? La respuesta, desde nuestro punto de vista, está en ese carácter híbrido que acabamos de mencionar. En este contexto pragmático, la lectura de ficción se ve con un sentido estrictamente lúdico. Entraría dentro del entretenimiento cultural junto con la música o el cine. Se practica como diversión o evasión. Sin embargo, los libros de no ficción no son apreciados como entretenimiento, sino como herramientas de aprendizaje. De algún modo sigue vigente la expresión de que «todo está en los libros» y la lectura de ensayos tiene la garantía de transmitir esos saberes. A estas lecturas se les aplica, por tanto, un sentido de desarrollo personal, no es entretenimiento sino aprendizaje. Existe, así, la sensación de «tiempo aprovechado» en su lectura. El único inconveniente que tiene la no ficción es precisamente debido a su carácter teórico el esfuerzo que exige su lectura.
En este contexto es donde entra perfectamente la novela histórica. Por un lado, la ficción novelesca ameniza la lectura, pero no es estrictamente entretenimiento, sino que además se aprenden, o se pretende aprender, conocimientos de historia. Transmite la sensación del docere et delectare, del aprender con gusto y sin demasiado esfuerzo. Ante una sociedad positivista y pragmática el recurso del aprendizaje sencillo, con las suficientes dosis de entretenimiento como para lograr una lectura amena, se convierte en una herramienta comercial extraordinaria, como bien muestran las ventas.
La pretensión de aprender Historia mediante la lectura de este tipo de novelas puede producir más de un comentario socarrón. Pero no puede negarse que es una idea generalizada entre un buen número de lectores. El pensamiento débil favorece el saber extensivo y superficial frente a un rigor especialista sin demasiado interés práctico para una gran mayoría de los lectores actuales. Éxitos como La cultura: todo lo que hay que saber, Los mundos de Sofía, Más Platón y menos prozac y un largo etcétera corroboran esta idea.
La novela histórica ha conseguido que un gran número de personas ubiquen en el tiempo a Julio César y a Cleopatra, o que reconozcan la importancia del Madrid de los Austrias. Sin embargo, es ineludible cuestionarse el verdadero carácter social y cultural de este tipo de divulgación: ¿conviene bajar el listón cultural para que más personas tengan acceso a él, o por el contrario esa simplificación lo corrompe? Ahí queda la pregunta.
Si dejamos a un lado las discusiones teóricas, parece evidente que es a partir de la segunda mitad del siglo XIX y hasta el momento actual, un considerable número de narradores se han inspirado en sus novelas de algunos acontecimientos que forman parte de la memoria colectiva y nos transportan de la mano hacia en un emocionante «viaje en el tiempo» que nos permite contemplar los hechos desde la distancia y descubrir siempre, como dijo el poeta, que «cualquiera tiempo pasado fue mejor». Nos acercamos así a un pasado que nos habla de épocas teñidas por la nostalgia del recuerdo, que mueven al escritor a buscar temas de inspiración en los viejos actos heroicos, iluminados por brillo de una gloria que el recuerdo exalta frente a la prosaica monotonía de la vida cotidiana.
LOS CREADORES DEL GÉNERO HISTÓRICO
Sentimientos que sir Walter Scott (1771-1832), uno de los creadores del género, incorpora a sus relatos. Destaca el carácter épico de la caballería medieval en su famosa novela Ivanhoe y el valor de la libertad de los episodios de la luchas seculares entre Inglaterra y Escocia representadas por la figura de RobRoy. En Ivanhoe, Scott recrea, con estilo vigoroso, el fascinante mundo de los torneos y justas en buena lid, al tiempo que fustiga las malas intenciones de torpes usurpadores (Juan sin Tierra) dispuesto a eliminar a los legítimos herederos del trono, en este caso el valeroso Ricardo Corazón de León, defensor de la fe en lejanas tierras de cruzada.
Rob Roy descubre los dramáticos episodios que enfrentaron a los católicos escoceses partidarios del rey Jacobo Estuardo con los defensores de Guillermo de Orange en una sangrienta guerra que acaba con el sometimiento final de Escocia. Luces y sombras de una tragedia, fechada a finales del siglo XVII, que ha llevado a los británicos, a partir de entonces, a evitar los conflictos armados entre los pobladores de su propia isla. Consideraciones que, tal vez movieron a Walter Scott a pronunciar su conocida sentencia: «El que se olvida de su propia historia está condenado a repetirla».
Algunos de los rasgos que imprime a la novela histórica sir Walter Scott se reproducen, adaptados a las circunstancias de ambiente y lugar, en otros países europeos. Influencias perceptibles en autores de la época, tales como Victor Hugo y Alfred de Vigny en Francia y Alejandro Manzoni en Italia.
En la recién forjada nación americana, Fenimore Cooper (17891851) adelanta en El último mohicano algunos de los elementos literarios de la épica posterior, centrada en la lucha entre indios y blancos, que ya establece las diferencias entre el «buen salvaje», representado por los nobles mohicanos, frente a la belicosidad permanente, desencadenada por tribus hostiles dispuestas a expulsar a los colonizadores de sus tierras.
LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y EL IMPERIO
Los agitados vientos que azotan la Europa heredera de la Revolución francesa ofrece a los novelistas nuevos temas de inspiración. Como no podía ser de otro modo, Napoleón es el gran protagonista de los acontecimientos que se desencadenan en el viejo continente hasta su derrota final de Waterloo. La baronesa de origen húngaro afincada en Londres, Emma de Orczy (1865-1940) cuenta en sus novelas dedicadas a Pimpinela escarlata, las actividades del caballero Percy Blackeny, arriesgado salvador de un gran número de nobles franceses amenazados de muerte durante la época del Terror republicano (1793-94). La amenidad en el estilo y las pintorescas aventuras del valeroso protagonista, hicieron muy popular su figura, creando el término Pimpinela, aplicado para designar actuaciones salvadoras de nuevos héroes que actuaron en conflictos posteriores. Las conquistas militares de Napoleón encuentran en la Península Ibérica primero y en la campaña de Rusia después los comienzos de un declive que finalizaría en la batalla de Waterloo. Dos novelistas, el español Benito Pérez Galdós (1843-1920) en sus Episodios Nacionales y el ruso León Tolstói (1828-1910) en la monumental Guerra y Paz han reflejado en sus obras un emocionado recuerdo literario de los hechos acontecidos en sus respectivos países.
Parece oportuno señalar que los ejércitos de Napoleón, tanto en España como en Rusia, lograron obtener muchas más victorias que derrotas. Demostraron enorme superioridad militar sobre unos enemigos que, por diversas circunstancias, acabaron por ganar la partida. En Rusia, la inmensidad de los territorios, el frío y la nieve resultaron letales para la Grand Armée. Las defensas numantinas de las ciudades españolas, tal como relata Pérez Galdós (Zaragoza, Gerona) las guerrillas y la alianza hispano británica, obligaron a Napoleón a capitular en la Península. Muy diferentes en cuanto a formas, estilos y sentimientos, las obras de Pérez Galdós y Tolstói se han convertido en ejemplo y modelo de un género ya maduro, capaz de equilibrar el más escrupuloso respeto a la historia verdadera con la creación de numerosos personajes y situaciones que, aunque imaginarias, muy bien pudieran haber sido realidad.
Si la Europa del siglo XIX se vio agitada por revoluciones y guerras, el siglo XX culminaría una de las épocas más dramáticas de su historia.
LAS GUERRAS DEL SIGLO XX
La I Guerra Mundial aparece reflejada, con toda su profunda miseria y dramatismo, en Sin novedad en el frente, relato considerado como la obra cumbre del escritor alemán Erich María Remarque (1898-1970). Las glorias y el heroísmo romántico, presentes en las novelas de sir Walter Scott, o el patriotismo que caracteriza a muchos de los personajes de Galdós y Tolstói, quedan en la obra de Remarque a muchas leguas de distancia. Aquí impera el temor, el dolor y la muerte que predican la sinrazón de una guerra cruel en la que todos, vencedores y vencidos, pierden el honor y, con frecuencia, la vida.
En parecida estela realista y autobiográfica de Remarque, se mueve el relato de su compatriota alemán Heinz G. Konsalik (1924-1999) en El médico de Stalingrado, dedicada a narrar los sufrimientos de los prisioneros alemanes que permanecieron recluidos en un campo de concentración soviético durante la II Guerra Mundial. El mensaje final descubre un cierto horizonte de esperanza en la humanidad que acaba por triunfar sobre el odio y las pasiones desencadenados por la guerra.
En otra vertiente del conflicto, el ataque japonés a la base naval norteamericana de Pearl Harbour supone la participación activa de Estados Unidos contra las potencias del Eje RomaBerlínTokio. James Jones (1921-1977), entonces joven soldado de servicio en la base, presencia el horror de los bombardeos y la muerte de cientos de sus compañeros, masacrados en una agradable mañana de descanso. El recuerdo de las imágenes contempladas no se apartará de su mente y quedarán retratadas con extraordinario vigor y el realismo de las vivencias personales en la novela De aquí a la eternidad llevada posteriormente a la pantalla con gran éxito por Frank Sinatra.
El final de la Alemania nazi, con los últimos momentos de agonía en el búnker de Hitler, ha encontrado en la magistral pluma del periodista e historiador Joachim Fest (1926-2006) la expresión de la tragedia vivida por los berlineses a la entrada de las tropas rusas en Berlín. El relato describe en forma novelada el caos que rodeó el suicidio del dictador y de algunos de sus más fieles colaboradores. Fest nos ha dejado en su obra El hundimiento un documento estremecedor sobre la barbarie del nazismo que supera en elocuencia y capacidad de convicción al mejor documentado análisis teórico del III Reich.
ESPAÑA EN GUERRA: 1936-1939
La guerra civil española (1936-1939) como preludio de la mundial ha suscitado controversias y diferencias de puntos de vista no sólo entre los historiadores que se han ocupado del conflicto, sino también en los narradores que la convirtieron en argumento novelesco. Agustín de Foxá ofrece una visión realista del terror desencadenado en la capital de España tras el estallido del conflicto en su obra, convertida en clásico, Madrid, de corte a checa, escrita con depurado estilo que logra captar el ambiente de violencia y odio generalizado, sin el cual no se llegan a entender algunas de las claves sociológicas y políticas de aquella guerra fraticida. Desde otro ángulo, muy próximo al ejército popular de la República, en las que se involucró, Ernest Hemingway (1899-1961) transmite en Por quién doblan las campanas emociones y sentimientos que movieron a miles de jóvenes de todo el mundo a participar en una lucha que libraron con valor en defensa de las libertades y la dignidad de los pueblos. Un relato, quizá el más completo, equilibrado y profundo sobre los componentes humanos y factores sociales previos a nuestra guerra civil, destaca sobre los demás: Los cipreses creen en Dios. Su autor, José María Gironella (1917-2003), personaliza en la familia de los Alvear y en la ciudad de Gerona las complejidades de uno de los episodios más dramáticos de toda la historia de España. La obra muestra cómo las pasiones enfrentadas acaban por imponer su ley inexorable, hasta unos extremos de difícil comprensión en momentos de calma.
EL FASCINANTE VIAJE EN EL TIEMPO
El mundo antiguo ofrece también un extenso campo a la inspiración de narradores y novelistas, fascinados por el atractivo de unas civilizaciones que permiten un amplio recorrido a la imaginación, partiendo de los escasos y no siempre fiables datos de los que se dispone. El escritor finlandés Mika Waltari (1908-1979) acierta en su reconstrucción del espíritu y la mentalidad del imperio de los faraones en su extenso relato dedicado al médico Sinuhé, el egipcio, siguiendo una crónica de un personaje, se supone que real, fechada 2000 años antes de nuestra era. Waltari logra identificarse con la mentalidad y los misterios de Egipto, cerrados durante siglos hasta que los expertos europeos lograron descifrar el significado de la escritura jeroglífica grabada en monumentos, papiros, tumbas y templos descubiertos por historiadores y arqueólogos europeos (Jean François Champollion, 1790-1832).
El filólogo, poeta e historiador británico Robert Graves(1895-1995) recrea la vida de Roma en sus novelas Yo, Claudio y Claudio, el dios y su esposa Mesalina, publicadas en Inglaterra en 1934 y conocidas en España cincuenta años más tarde y eso gracias a la serie de televisión producida con el mismo título. Se percibe la admiración de Graves hacia la cultura latina del Mediterráneo, que supo captar desde su refugio en la localidad balear de Dejá, donde terminó sus días. Aunque el personaje tragicómico de Claudio es más producto de la imaginación del escritor que de las crónicas y fuentes históricas (Suetonio, Vida de los doce Césares) hay que reconocer el gracejo expresivo de Graves y su habilidad para retratar el clima degenerado y tumultuoso de los últimos emperadores.
El narrador polaco Henryk Sienkiewicz (1827-1908) ofrece en ¿Quo Vadis? la otra cara de la moneda, al exaltar los valores morales del cristianismo frente a la persecución romana que ya da muestras de ceder ante el ejemplar heroísmo de los mártires sacrificados en la arena del circo.
Menos conocida, aunque de mayor rigor y amplitud, es la serie que Sienkiewicz dedica a la historia de Polonia en el siglo VII que, con el título de Un héroe polaco, reproduce los episodios decisivos de una lucha secular en defensa de la independencia de la patria frente a las pretensiones dominadoras de los pueblos vecinos.
Con el paso del tiempo, el interés de la novela histórica no solamente no disminuye, sino que se incrementa. Bien es verdad que el género corre el riesgo de quedar adulterado por autores sin demasiados escrúpulos (Dan Brown y su Código da Vinci) que sacrifican la veracidad y el respeto a las instituciones al logro de beneficios económicos millonarios.
La tónica parece haber prendido y se multiplican los relatos sensacionalistas que explotan la violencia, el morbo, el sexo y el esoterismo para atraer a las masas de lectores. Se trata de una especie de fábrica de best-seller que se limita a asegurar con técnicas de marketing y escaso respeto hacia la literatura y la historia ventas millonarias en los más alejados rincones del mundo.
Habrá pocos lectores a los que no suene el nombre de Fisac como uno de los arquitectos de referencia en todo el siglo XX español a partir de la década de 1930, serán muchos menos los que hayan oído hablar de la obra escultórica de Adsuara y la pictórica de Stolz. Solamente los que, por alguna razón, han tenido un conocimiento muy directo de la Iglesia del Espíritu Santo, sita en la calle de Serrano de Madrid, entre la sede de la Presidencia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Ramiro de Maeztu, sabrán que en ella se encierra un programa integrado de arte religioso, obra de estos tres autores y que merece atención por muchos motivos.
Un reciente libro del historiador y sacerdote Fidel García Cuéllar, muy ligado por mucho tiempo a esta iglesia, suministra toda la información que se pueda requerir acerca de esta obra artística y sus circunstancias. Se titula La Obra artística de Fisac, Adsuara y Stolz en la Iglesia del Espíritu Santo y está publicada en 2007 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en un volumen de 313 páginas (apéndice documental y bibliografía incluidos) en papel couché con numerosas fotografías de excelente calidad.
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La construcción de este templo tiene su historia. Acabada la guerra civil española (1936-1939), el nuevo régimen de general Franco se plantea cómo continuar la promoción de la ciencia y la cultura que estaba ligada en tan gran medida a las iniciativas de la Junta para Ampliación de Estudios (JEC) fundada en 1907 por Real Decreto de 11 de enero, firmado por el ministro de Instrucción Pública, Amalio Gimeno. Cabe señalar que la inmensa mayoría de los intelectuales que estaban dando vida al proyecto había marchado al exilio y que la ideología que los sustentaba se alineaba claramente dentro de los márgenes de la España republicana perdedora. La decisión, como se sabe, fue continuar aquellas iniciativas con nuevo nombre y nuevos supuestos, naciendo así el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Desde entonces, hay dos posibles interpretaciones historiográficas: la que considera el Consejo una especie de lamentable continuación fraudulenta de la Junta y la que reconoce que, en aquella España de posguerra y «ardor guerrero», la iniciativa exitosa de José María Albareda ante el ministro de Educación Ibáñez Martín, en pro de la continuidad, evitó lo que hubiera sido un desastroso alejamiento de estas tareas por parte de España. En 1939 existían en los Altos del Hipódromo o, como los llamó Juan Ramón Jiménez, «Colina de los Chopos» una serie de edificios limitados por la calle del Pinar, la de Serrano y la de Vitruvio. Eran el Museo de Ciencias Naturales, construido entre 1881 y 1889 por F. de la Torriente, los cinco pabellones de la Residencia de Estudiantes, construidos por el Ministerio de Instrucción Pública a instancias de la JAE entre 1913 y 1922 sobre proyecto de Flores y Luque, el Instituto Rockefeller de Ciencias FísicoQuímicas, obra de Lacasa y Sánchez Arcas, el InstitutoEscuela de Enseñanza Media, realizado por Arniches y Domínguez cuyos edificios fundamentales siguen siendo los mismos del actual «Ramiro de Maeztu» y el Auditorium, que pertenecía a la Residencia de Estudiantes y albergaba salas de conferencias, bibliotecas, salas de lecturas y aulas especiales. Este último edificio, construido también por Carlos Arniches y Martín Domínguez entre 1931 y 1933, era el único cuya fachada daba a la calle de Serrano. Pues bien, en 1942, de acuerdo con los principios confesionales del nuevo Estado, el CSIC decide construir en este campus una iglesia dedicada al Espíritu Santo y se le encarga al joven arquitecto Miguel Fisac (1913-2006) esta obra, así como otras de arquitectura civil que habrían de completar los edificios centrales del Consejo. El ámbito más apropiado para construir el templo era, sin duda, el edificio del auditorium y Fisac aborda su transformación. Como se trataba de una adaptación, el arquitecto tuvo que imaginar una estructura de templo en absoluto al uso del momento; como se trataba de una obra representativa, contó con todos los medios materiales para construirla, a pesar de vivirse años de especial escasez; al poseer un talento indudable, logró imaginar una buena solución cuya planta se inspiraba «en varios templos mozárabes, tales como San Miguel de la Escalada (León), Santa María de Melque (Toledo), San Cebrián de Mazote (Valladolid) y algunos más». Y he aquí cómo, por estos vericuetos, se llega a la que quizás es una de las más importantes obras inaugurales de la arquitectura religiosa del siglo XX, con criterios que se adelantan a las que luego serían directrices del Concilio Vaticano II. Además, el muy meditado programa teológico abordado por Fisac integra la escultura de Juan Adsuara (1891-1973) y la pintura de Ramón Stolz Viciano (1903-1958). Adsuara, en los grandes relieves del presbiterio, plasma escenas de la acción del Espíritu que muestran la separación de la luz y las tinieblas en la Creación, la Anunciación del ángel a la Virgen María y el bautismo de Jesús; representa en el frontal del altar la escena evangélica de la aparición de Jesús a los apóstoles, labra la del centurión en la portezuela del sagrario, talla en el púlpito de madera de nogal cuatro impresionantes figuras de los evangelistas y, también en madera vista de nogal, los dos relieves colocados sobre los confesonarios, con el pasaje del hijo pródigo perdonado por el padre y el entierro de san Juan Nepomuceno, mártir del sigilo sacramental. Las tallas de bulto redondo para los altares de san Isidoro de Sevilla y san Alberto Magno y el relieve angélico de la fachada norte completan los encargos realizados por el escultor.
Stolz se encarga de un programa iconográfico sistemático de frescos, que empiezan con la Pentecostés del ábside y siguen en las bóvedas de la nave con la ilustración de las virtudes teologales: Fe (escenas de la mujer cananea y el bautismo del etíope), Esperanza (escenas de Moisés con la serpiente de bronce y la presentación de Jesús en el templo) y Caridad (escena del buen samaritano y la Magdalena, perdonada por Jesús). En el coro, que acoge el magnífico órgano de tubos construido por Dourte, los frescos representan las virtudes cardinales: Justicia (escena del mayordomo infiel), Prudencia (escenas de las vírgenes necias), Fortaleza (escena del martirio de S. Esteban), Templanza (predicación de Juan el Bautista). A esto se añade los ángeles del arco de triunfo que une la nave con el presbiterio, y las vidrieras. En éstas, además de los santos de la cúpula (san Agustín, san Gregorio de Nicea, san Gregorio Magno), se encuentra el programa de los dones del Espíritu Santo: en el óculo del coro, la sabiduría (representada por el sueño de Salomón), en las naves, a derecha e izquierda, los dones de temor de Dios, inteligencia, piedad, consejo, ciencia y fortaleza. Todo un logro: sin dificultad, podríamos allegar críticas artísticas de estos frescos tan positivas como las que recibieron las esculturas de Adsuara.
En el estado aconfesional de la actual democracia no tenía ningún sentido que el CSIC siguiera manteniendo los gastos de un templo y un equilibrado convenio ha transferido su administración y conservación, sin pérdida de la propiedad, al Arzobispado de Madrid. Ahí sigue, pues, como debe, esa obra imponente. Y es muy oportuno que el CSIC haya editado este libro de don Fidel, de gran valor documental y que, por sus acertados comentarios ilustrativos, puede servir de guía para que alcancen a saborear esas obras de arte los visitantes del templo, creyentes o no. Lo necesitarán de manera imprescindible los que no gozan de la cultura del antiguo bachillerato, que garantizaba el conocimiento de los principales relatos bíblicos y de historia de la Iglesia, así como la enseñanza de las virtudes y los dones.
MIGUEL ÁNGEL GARRIDO GALLARDO
Vaya por delante reconocerle a Alejandro Muñoz Alonso (AMA a partir de ahora) el mérito de señalarnos el gran hueco que en la cultura y el conocimiento históricos de los españoles «no ocupa» una de las grandes civilizaciones de la humanidad, la civilización rusa. De las 75 obras que entran en la bibliografía de este libro, sólo cuatro tienen nombre español, y de las cuatro sólo una tiene la consistencia de obra mayor (una biografía de la emperatriz Catalina la Grande); las otras tres son poco más que notas a pie de página.
Ha sido así hasta que AMA se lanzó a llenar ese hueco con La Rusia de los zares. En realidad, como él nos dice en su prólogo, las 467 páginas del libro editado por Espasa Forum son una cuarta parte de su obra original: cinco millones de caracteres, escritos a lo largo de diez años de estudios, alternados con frecuentes visitas a la Rusia postsoviética. Eran los años de la disolución del último imperio ruso, el soviético. Y el libro sale ahora, en la «era Putin», en la que se podrían estar dando ya los signos de algo que AMA prevé: «la historia rusa nos muestra cómo en otras ocasiones de su pasado ese gran país supo encontrar fuerzas y recursos para reconstituir el Estado y aun el imperio».
El lector se preguntará qué criterios siguió el autor para seleccionar las partes de su obra que podían ser publicadas ahora. Aunque AMA sólo nos dice lo que dejó fuera (teorías sobre el expansionismo ruso, la cultura y el pensamiento político, la intelligentsia, etc.), lo que dejó «dentro» para que el lector lo lea son las tramas política, religiosa y diplomática que fueron conformando Rusia, sus principados, los sucesivos estados imperiales y su inmenso imperio.
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De todos esos contextos, el que quizás goce de un trato más minucioso sea el diplomático, el de las relaciones exteriores e internacionales de los diversos zares y gobiernos, si es que en un sistema que fue autocrático hasta exhalar el último suspiro, puede hablarse de gobiernos en un sentido constitucional. Bajo esa perspectiva políticodiplomática, AMA nos hace concebir la historia de Rusia, a pesar de toda su «extrañeidad», como parte de la historia europea. Pero no sólo porque Rusia sea Europa desde que Pedro el Grande la metiera en el sistema de estados europeos, sino porque la formación de la Rusia imperial no podría ser concebida sin la proyección constante de Europa central y occidental sobre Rusia, en términos de ideas, técnicas y, sobre todo, alianzas matrimoniales, que hicieron de la corte imperial un mercado para las transacciones diplomáticas de las potencias que en cada momento fueron grandes. La madre de Iván IV el Terrible era lituana católica, y a través de ella entró en Moscú la tradición de los matrimonios alemanes. Alemanes fueron Catalina la Grande y el esposo de Ana Petrovna, hija de Pedro el Grande, cuyo hijo a su vez casó con otra princesa alemana, hasta llegar al matrimonio del último zar, Nicolás II, con la alemana Alix de HesseDarmstadt.
Simétricamente puede decirse lo mismo de la proyección de Rusia sobre Europa, con las repetidas entradas de los ejércitos rusos en Berlín, sus «paseos» por París y Roma, por no hablar de Praga y Varsovia, su juego con las potencias occidentales para echar a Turquía de Europa, y el empleo de su poder militar para sentenciar el rango que algunos reinos con aspiraciones imperiales (Polonia, Suecia) acabarían por ocupar como potencias secundarias, en el sistema europeo. Y sobre todo, el antagonismo mantenido, como dos placas tectónicas en choque, con el Imperio de los Habsburgos austríacos. Paradójicamente, un tratado entre el emperador Maximiliano I y el príncipe Iván III es la ocasión para que el autócrata ruso pueda autodenominarse César, Zar, y legitimar así el uso del águila de dos cabezas; una mirando al poder temporal, la otra al espiritual. Aunque este último aspecto, el de los zares como cabezas de la iglesia ortodoxa, debe ser uno de los que AMA dejó fuera de esta edición, no se le escapa sin embargo el cultivo deliberado, por parte de los zares, de la idea de Moscú como la «tercera Roma» desde el momento en que Constantinopla cae en poder de los turcos.
Relacionada estrechamente con los sucesivos marcos diplomáticos se halla la descripción que AMA nos hace de algo que ambiguamente podríamos llamar la «estrategia nacional» de Rusia y su componente militar, el ejército y la marina rusas. Señala el autor «el papel incitador de las reformas que supuso la guerra», pero la descripción que hace del poder militar arroja la imagen de una organización relativamente atrasada, de poco desarrollo técnico, con pobres y escasas fortificaciones, artillería y naves de guerra, débil institucionalización de la profesión de armas, dependencia del extranjero en cuanto a armamento y mandos superiores; un ejército que sufre muchísimas derrotas…, pero que, cuando los recursos militares de las grandes potencias se han agotado en interminables victorias, permiten a Rusia prevalecer militarmente con su potencia demográfica en la vastedad de los espacios que se extienden al nordeste, sur y este de Moscú, contra lituanos, polacos, suecos, fineses, tártaros, cosacos, turcos, janatos de Asia Central y el Cáucaso, chinos y, eventualmente, sobre franceses. Hasta que, por primera vez, su superioridad demográfica no le valió sobre otra potencia demográficamente potente, como Japón, que disponía además de la superioridad técnica.
Presta el autor, también, especial atención a los aspectos institucionales de la gobernación de Rusia. Dada la simplicidad esencial del principio autocrático, la descripción que AMA hace de las alternativas políticas de Rusia debe ceñirse principalmente a los momentos sucesorios, los más inciertos, los más peligrosos tanto para la familia imperial como para boyardos, príncipes, ministros y regimientos de la guardia imperial. Cinco golpes de estado en quince años, después de Pedro el Grande, indica AMA. Cada sucesión supone derramamiento de sangre. Los propios zares son asesinados; también sus herederos (el zarevich Alexis es probablemente asesinado por su propio padre, Pedro I). Una probable asesina como Catalina II (su esposo Pedro III murió violentamente) se hace con el trono imperial. Y se gana, además, el sobrenombre de Grande. Su hijo, Pablo I, también muere asesinado. [[wysiwyg_imageupload:728:height=100,width=150]]
Y con todo, el país progresa con Pedro el Grande y sobre todo con Catalina II. Progresa administrativa y materialmente, no socialmente: la mayor parte de la población, los campesinos, siguen atados a la servidumbre, y la totalidad de la tierra en manos de los nobles.
Nuestro autor toma buen cuidado de desagregar los componentes y líneas directrices de la política de cada uno de los zares: a éstos corresponde mantener el rumbo institucional, centrado en el mantenimiento de la autocracia, y a sus ministros las «mejoras» en los márgenes que permitan al sistema funcionar con alguna base de apoyo. Los reinados de los zares del siglo XIX están signados, de un lado, por un mayor grado de estabilidad institucional, pero de otro, por intensos y contradictorios esfuerzos de progreso socioeconómico y reacción. Así, los de Alejandro I, liberalizador al principio y reaccionario a la postre, el absolutista y represivo de Nicolás I, y el reformista (abolición de la servidumbre) de Alejandro II, y la paradójica reacción contra él de los «revolucionarios» (le asesinan). Se produce también un florecimiento intelectual y literario, y una inquietud de los espíritus que dan a la cultura rusa de esta época su tono trágico y grandioso. Pero la Rusia institucional y la real no pueden sino chocar. Con Alejandro III y Nicolás II, decididamente inclinados a la autocracia, Rusia inicia el camino a los infiernos, sin que por ello dejara de progresar material y territorialmente gracias a la obra política y diplomática de grandes ministros como Nikolai Bunge, Witte, Stolipin y otros. Todo acaba cuando Nicolás II, bajo la presión de la revolución, abdica en favor de su hermano Miguel, quien, a su vez, abdica el 4 de marzo de 1917, cuando en San Petersburgo se instala el gobierno revolucionario burgués de Kerenski, que caería poco después ante otro gobierno revolucionario, el cual no tardaría en devolver a Rusia a la autocracia. Una autocracia más brutal y cruel que lo que nunca Rusia había conocido.
Valoremos justamente el trabajo de AMA. El autor se apoya en una larga lista de autores acreditados como especialistas en Rusia. Desde este punto de vista, el valor de su libro no descansa tanto en una investigación primaria de las fuentes como en su poderosa capacidad de sistematización y análisis, que le permite contarse entre los buenos especialistas europeos en Rusia, sus zares e imperios, y probablemente el primero de los españoles. Sería una pérdida de nuestra historiografía que el resto de los originales de Muñoz Alonso no salieran pronto a la luz.
ANTONIO SÁNCHEZGIJÓN
Con esta parte del segundo volumen culmina un ambicioso proyecto de investigación, iniciado en 1984, que se propuso preparar una historia completa de la teología en América Latina, desde sus orígenes, en 1493, hasta nuestros días (2001). El resultado final ha sido cuatro volúmenes, que suman 3.553 páginas, aparecidos por el siguiente orden: volumen I, en 1999 (siglo XVI a finales del XVII); volumen III, en 2002 (siglo XX); volumen II/1, en 2005 (segunda mitad del XVII hasta 1810); y volumen II/2, en 2008 (siglo XIX).
En los cuatro volúmenes han intervenido veintinueve especialistas, adscritos a diecinueve centros académicos (cinco europeos y catorce americanos). El proyecto ha sido pilotado desde la Universidad de Navarra por dos investigadores del Instituto de Historia de la Iglesia: JosepIgnasi Saranyana, que creó el equipo, señaló los objetivos del trabajo y dirigió la investigación; y CarmenJosé Alejos Grau, que ha coordinado la edición de los cuatro volúmenes. Ambos profesores han redactado, además, una parte significativa de la obra.
Es la primera vez que se lleva término un proyecto de esta envergadura. Otros intentos han quedado sin terminar, entre ellos el que ideó el historiador Enrique D. Dussel, por citar uno que, en su momento, a comienzos de los ochenta, despertó muchas expectativas. Sólo por esta razón, por haber completado el plan previsto, la obra que comento merecería el más alto reconocimiento de la comunidad científica internacional. Ha rescatado, en efecto, un rico patrimonio histórico, hasta ahora no sólo preterido, sino incluso desconocido por la historiografía. Sólo existían monografías sobre momentos concretos o figuras especial relieve en la historia de la Iglesia de América Latina, de la primera hora (Las Casas, Zumárraga, Loaysa, Acosta) y de la última etapa, es decir, de las décadas liberacionistas (los dos Boff, Gutiérrez, Segundo, Ellacuría, Sobrino). Pero, además de esta meritoria tarea de rescate -en algún sentido «arqueológica», Teología en América Latina es una contribución notable para la americanística, porque da a conocer unos aspectos, con frecuencia orillados, de la construcción nacional de las repúblicas latinoamericanas (Hispanoamérica, Lusoamérica y el Caribe).
El volumen II2, con el que ha terminado esta investigación, cubre, como ya se ha dicho, todo el primer siglo republicano. Lo han redactado, además, del director de la obra y su coordinadora: Alfonso Alcalá Alvarado (de la Pontificia Universidad de México), Alexandre Antosz Filho (de la Pontificia Universita della Santa Croce), Fernando Armas Así (de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, de Lima), Néstor Auza (de la Universidad Católica Argentina), Hugo Anibal Dávila (de la Universidad de Navaimprescindible para todos los interesados rra), Marta Eugenia García Ugarte (de la Universidad Nacional Autónoma de México), Celina A. Lértora Mendoza (del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina), Elisa Luque Alcaide (de la Universidad de Navarra) e Iván Darío Toro Jaramillo (de la Fundación Universitaria Luis Amigó, de Medellín).
Se estructura el volumen II2 en dos partes: una primera parte, que constituye el marco general, con un capítulo introductorio sobre la vida eclesiástica en América Latina en el XIX y otro sobre los concordatos firmados (o intentados) por las nuevas repúblicas con la Santa Sede; y una segunda parte, en que se estudia el pensamiento teológico del XIX americano. Viene primero el pensamiento de los momentos iniciales de la emancipación ( por ejemplo, la justificación teológica de la independencia); sigue la teología de los polemistas ( sobre todo en los embates liberales de mediados del siglo, sin excluir el periodismo católico); se estudia la teología académica, en un largo capítulo de más de trescientas páginas; hay también un capítulo sobre los doce concilios provinciales latinoamericanos ( tres anteriores al Concilio Ecuménico Vaticano I y resto, posteriores); y un capítulo dedicado a Brasil( especialmente a los movimientos de carácter milenarista y utópico, que proliferaron en aquellas latitudes en el XIX, hasta bien entrado el XX). El volumen termina con dos amplios índices: uno onomástico de teólogos estudiados, y otros de concilios, sínodos y asambleas eclesiásticas.
En resumen: un volumen de consulta imprescindible para todos los interesados en la historia de las repúblicas americanas en el XIX, no solo especialista en historia de la iglesia y de la teología, sino también de la historia de la filosofía y ciencia política.
Este volumen II/2, además, se ha publicado muy a tiempo, cuando tanto en España como en Iberoamérica se preparan reuniones científicas y actuaciones políticas al más alto nivel, para conmemorar el bicentenario de la emancipación latinoamericana (1810-2010).
Mientras queden escritores como McCarthy la idea de literatura está a salvo. La trayectoria de McCarthy (Rhode Island, 1933) se alza como espejo de aquello a lo que deben aspirar los escritores de hoy y de mañana, como los de siempre: no a manufacturar productos vendibles sino a dominar un arte difícil y ampliar desde la imaginación creativa los márgenes de la verdad antropológica.
Quien con Salinger y Thomas Pynchon constituye el trío maldito entre los narradores norteamericanos ya clásicos –evitan con escrúpulo maníaco la escena publica desde hace décadas– es sin embargo un autor extremadamente honesto en su escritura, alejado de poses y entregado a la expresión de su idea del ser humano, entre fatalista y esperanzada. Si alguien era capaz de describir con verosimilitud cómo sería la vida en el mundo tras un holocausto nuclear –argumento de La carretera–, ese novelista es McCarthy. El hecho de que esta obra haya merecido el Pulitzer en 2007 y haya alcanzado cifras de venta muy estimables esboza un futuro alentador para la literatura de calidad. Porque La carretera es una obra maestra como hay pocas entre las novedades editoriales de los últimos cinco o diez años, y no por nada ha merecido los elogios de Harold Bloom.
La novela cuenta las desventuras de un padre y su hijo pequeño que cogen la carretera y emprenden un éxodo penoso hacia el sur en una tierra que –sin que el autor lo explicite– acaba de ser reducida a escombros por el temido cumplimiento del armagedón atómico. El cielo es una cúpula color ceniza y el clima un invierno permanente; los árboles son corteza seca y los pueblos y ciudades montones de ruinas saqueadas; los hombres son animales famélicos que se comen entre ellos para sobrevivir y el pasado de un mundo próspero sólo emerge como sueño en sus mentes atormentadas.
En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo puede oponerse a la desesperación
En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo –un amor sacrificado y homicida, si es preciso– puede oponerse a la desesperación. Con una prosa de una eficacia y precisión desconcertantes (que recuerda mucho a Hemingway) y un dominio abrumador del tiempo narrativo –contra lo que cree una vanguardia impostora, es muy difícil hacer un relato lineal y que jamás decaiga la tensión– el autor logra una parábola muy semejante a la que esculpió Daniel Defoe con su Robinson, sólo que desde filosofías históricas opuestas: si Crusoe era el Prometeo de la orgullosa civilización renacentista, capaz de llevar el progreso racional al salvaje, el padre sin nombre de La carretera es el exponente terminal del fracaso de la edad moderna, que se jacta de unos avances científicos que no han conseguido humanizar la sociedad y que a la postre, de hecho, la han destruido literalmente.
Como el pianista judío en la película de Polanski, la novela describe de cerca los días y las noches de esta familia que la madre dejó sola al quitarse la vida por pura desesperación. El hijo es la única razón del padre para seguir resistiendo, con una abnegación que en varios momentos emparenta con la fe religiosa: la inocencia de un niño nacido justo después del desastre nuclear funciona como símbolo de la presencia divina en un mundo infame. Por otra parte, el niño reconviene con sencillez a su padre cuando su cuidado paternal implica un daño directo a otros supervivientes, contribuyendo así a mantenerlo en el lado de los «buenos».
El libro es duro. Muy duro. Pero así como no hay lugar en La carretera para la complacencia, sí lo hay para la catarsis genuina de las grandes novelas, que se produce cuando el escritor toca el núcleo terrible y milagroso a la vez del corazón humano.
Pierri- Augustin de Beaumarchais nunca estuvo en Sevilla, como tampoco Wolfgang Amadeus Mozart ni Gioacchino Antonio Rossini. Jamás Giacomo Puccini llegó hasta el Japón y, en cambio, nos lego una Madama Butterfly repleta de aromas orientales. La imaginación es una vasto territorio al que se asoman las experiencias que tuvimos pero también aquellas que creímos tener alguna vez. Lugares que visitamos, rostros que nos turbaron, sonidos que nos conmovieron.
A tenor de sus obras posteriores, sobre todo las que darían fama, Beaumarchais quedaría hondamente marcado por cuanto vio y sintió en su viaje a España. Hijo de un renombrado relojero, decide viajar a Madrid para visitar a una de sus hermanas, que llevaba viviendo allí diez meses andaba algún tiempo metida en problemas por un pretendiente español que desapareció cuando hubo cobrado por anticipado algunos favores por su futuro matrimonio. La afrenta la deja maltrecha y su hermana, que vive con ella, decide escribir a su padre en febrero del año 1764. En ella, una frase que nos suscita una sonrisa: «Todo Madrid sabe que mi hermana nada tiene que reprocharse». Todo Madrid. Siglos después, no han cambiado tantas las cosas.
Por aquel entonces, reinaba Carlos III y España, qué cosas, tenía dos ministros italianos. Lo primero que vio de Madrid aquel 18 de mayo de 1764 fue la puerta antigua de Alcalá, ya que la nueva se construiría en 1778. En aquel momento, la Villa y Corte estaba en plenas fiestas de San Isidro. Pararía en la parada en la calle de Montera y de ahí, viajaría a Aranjuez, que entonces estaba a diez horas de caballo.
Tendría relaciones con la realeza y la aristocracia españolas, y llegaría a sorprenderse de las críticas que los madrileños hacían a su rey por la megalomanía de sus nuevas obras públicas. » Las ciudades son como niños. LLoran cuando las frotan y las limpian».
Lo que el hispanista Hugh Thomas cuenta en este libro es la divertida peripecia de este viaje, que trae a España al dramaturgo francés por otros cometidos y que le devuelve a Francia con otras vivencias que marcarían su vida posterior. A raíz de una nutrida bibliografía y los escritos del propio Beaumarchais, el historiador sigue sus pasos por el periplo que le llevaría, además, a Segovia y La Granja.Regresaría el 22 de marzo de 1765 con la alforja llena de vivencias “Mi inagotable honor no me abandonó ni un instante” diría después sobre aquel viaje. De ese ambiente surgirían en su imaginación con el tiempo y los ya eternos Rosina, Fígaro, Bartolo o el conde de Almaviva.
Pero no hablaría de Madrid, sino de una ignota Sevilla. Con sus obras, trasladaría a varias generaciones posteriores la imagen de la España de aquellos años, como se encarga el autor de recordarlo en el libro. Beaumarchais “ regreso a París con algo mucho más valioso: un mito de España que pervive hasta nuestros días, un tesoro de recuerdos interesantes, de hombres y mujeres ingeniosos de todas las clase, a todo lo cual dio excelente uso en sus obras El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro, La madre culpable“. Las dos primeras la publicaría en 1775 y 1784, respectivamente, y servirían de inspiración para dos operas esenciales en el repertorio de cualquier teatro y que compondrían Gioachino Rossini y Wolfgang Amadeus Mozart.
Un viejo condiscípulo de colegio me confesaba su devoción, desde niño, por los melocotones. Un buen día, ya adentrado en la madurez, accedió al relato de cómo llegaron los melocotones a Occidente. Cuenta la leyenda que una linda princesa china, de amor movida, consintió en transportar las preciadas semillas almendradas, desafiando severas leyes. Y el cofre donde las escondió fue el mágico espacio entre sus núbiles senos. Mi amigo, desde esta lectura, ya nunca pudo comerse un melocotón como antes. Poetizo la prosaica ceremonia de masticar la aterciopelada fruta mediante una nebulosa liturgia en la que cobraba vida la imaginada tersura de la piel de la princesa.
Así son las cosas. Convivimos durante años con un concepto elemental e inconcreto entre un autor y su obra hasta que un buen día nos llega un relato acaecido en ese espacio irreal, como transportado entre los senos de una princesa de cuento. Nuestra apreciación sobre el uno y la otra cambia para siempre. Unas veces, las más, para humanizar al personaje, elevando la obra a otro nivel.
¿A quién no le ha ocurrido? A lejanos conocimientos sedimentados se superpone de repente un dato nuevo que arroja distinta luz, compone un rompecabezas, convierte una rutina en una liturgia, acaba quizá con una inocencia, da un nuevo lustre. Este cronista confiesa su admiración antigua por La vista de Delft. Pero desde que leyó a Proust considerarlo el cuadro más bello del mundo, el criterio del ilustre engullidor de magdalenas despejó toda duda: no hay otro paisaje como el de Johannes Vermeer.
El autor de esta colección de minirrelatos es a su vez pintor, y no hay duda de que vive entre pinceles. No hay más que ver la dedicatoria a sus hermanos «todo artistas», y hojear estas páginas, que casi parece que manchan de carboncillo y huelen a óleo. Carlos D´Ors recién ha publicado un curioso libro cuyo subtítulo, Cien anécdotas de pintores célebres, no alcanza a definir el contenido. Cien anécdotas son, ciertamente, de cincuenta y cuatro pintores. Pero más allá del sucinto relato de los hechos, el autor ha creado para el espectador un espacio nuevo en la relación autor-obra. Permítanme un ejemplo más. Toda mi vida he admirado los renoirs llenos de figuras, pintados en las orillas del Sena, no sin sentir una especie de pudor pecaminoso veces ante sus numerosos desnudos que presentan orondas jovencitas, adolecentes metiditas en carnes. Carlos D´Ors nos refiere cómo Augusto Renoir tuvo una modelo durante su estancia en Holanda, muy joven y bonita «con su piel de virgen y sus firmes y sólidos senos y el hermoso pliegue que se formaba entre ellos, con una sombra dorada». El artista la apreciaba tanto que quería llevarla consigo a París. Así se lo hizo saber a la madre de la modelo a quien, para tranquilizarla, prometió que ningún hombre la tocaría. A lo cual la madre respondió, como sin entender: ¿qué hará entonces en París, si no trabaja?
Ahora contemplo los cuadros de Renoir con nuevos ojos, tras compartir la sorpresa que entonces sintiera el artista. La bañista peinándose de la Nacional Gallery de Washington ya no puede ser una impúber adolescente cuya contemplación implica pudorosos escrúpulos. Es lo que es: el cuerpo de una bella meretriz en trance de realzar sus encantos.
En ese mundo evanescente, escurridizo, habitualmente opaco para el mero observador, situado entre autor y obra, ha ido introduciendo D´Ors, con cada uno de sus relatos breves, anécdotas que no pretenden ser necesariamente graciosas o extravagantes. No se trata de adornar la figura del artista ni de reafirmar su fama de heterodoxo o bohemio. Tampoco aportan por sistema datos eruditos a la biografía del pintor. Ni siquiera en las notas, donde encontramos sobre todo noticias de personajes que habitaron la vida del artista, a veces anécdotas que completan el cuadro. Trazos de aristas que parecen caprichosos y que puestos juntos nos dan su percepción personal del modelo, o la impresión que persigue crear en el lector.
De la lectura de este libro no saldremos con un repertorio que nos permita lucirnos en tertulias. No es este el resultado ni el alcance de esta obra catalogable en el capítulo de curiosidades y anecdotarios, pero que tiene una extraña virtud, y es la de ir llenando, enriqueciendo ese vacío, esa tierra de nadie existente entre el creador y el producto de su arte. Al leer este libro se puede escuchar un silencioso diálogo, el que entabla el espectador con la obras que admira, y a las que no podrá mirar igual después de lo aprendido. Un espectador, que no es otro que Carlos D’Ors, convertido a su vez en creador, porque cada entrada va acompañada de un retrato del pintor en cuestión: 54 expresivos dibujos a lápiz que no constituyen el mérito menor de este libro (¿Cuál sería la anécdota que cambiaria nuestra visión de estos retratos?).
Como el melocotón de mi amigo, sublimado tras conocer la leyenda de la bella princesa china, la obra de arte ya no será la misma para el amante de la pintura , para bien o para mal, después de la lectura de las anécdotas recogidas por Carlos D’Ors.