Mi cesta

Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.

Ver productos

Secularidad cristiana y cultura de los derechos humanos

En las páginas que a continuación siguen me propongo bosquejar cómo se relaciona la identidad cristiana —pensando principalmente en los católicos— con el secularismo político moderno y qué significa esa relación para la justificación pública de los derechos humanos.

LIBERTAD RELIGIOSA Y ESTADO SECULAR: DOS TRADICIONES, LA EUROPEA Y LA ESTADOUNIDENSE

Es bien sabido que la Iglesia católica sólo ha llegado a reconocer plenamente la secularidad del Estado y los principios políticos de la democracia constitucional como un logro cultural tras un largo periodo de mutua hostilidad y conflicto. pero al obrar así, la Iglesia se ha reconciliado con una parte esencial de su propio legado cultural, que está marcado por el dualismo, genuinamente cristiano, de poder espiritual y poder temporal y por la afirmación de la intrínseca secularidad del último. Esta evolución ha sido posible gracias a que ya en los primeros siglos de su existencia el cristianismo había asimilado el espíritu filosófico de la racionalidad y la cultura griegas y el espíritu racional del pensamiento jurídico romano.

Es bien sabido, asimismo, que mientras que el catolicismo y el protestantismo europeos estuvieron marcados por largas tradiciones modernas de alianzas entre «el trono y el altar» y de Estados confesionales, en los Estados Unidos de América el reconocimiento de la secularidad del poder estatal y del gobierno fue una característica del proyecto fundacional de la Constitución estadounidense desde sus primerísimos comienzos. Una religión no oficial fue parte de la solución que permitió encontrar un modo pacífico de unir en un proyecto constitucional común a ciudadanos y grupos sociales de ideas religiosas y filosóficas divergentes. En consecuencia, la religión llegó a convertirse en una fuerza constructiva en la vida pública estadounidense, y la secularidad del Estado y la religión no se percibieron como valores necesariamente incompatibles.

En Europa, en cambio, la religión fue considerada desde la Reforma protestante y las posteriores guerras de religión como un problema de primera magnitud. De aquí que la Ilustración europea y el constitucionalismo liberal llegasen a entender la libertad religiosa como un instrumento para asegurar la independencia y la secularidad del poder estatal en orden a neutralizar, si no a destruir, la posible influencia de la religión sobre la política. En el habitual modo europeo de entender las cosas, «secularidad» y «laicismo» significan frecuentemente una especie de credo político areligioso, que implica incluso la negativa a reconocer la tradición cristiana al menos como el legado cultural común que contiene los recursos que hicieron posible el Estado secular moderno. Este carácter parcialmente anticristiano, e incluso anticatólico y antieclesiástico, de la Modernidad europea ha sobrevivido en algunas formas extremas de «laicismo» (adquiriendo su expresión más típica en Francia). Este proceso ha llevado a alternativas engañosas: se opone la «secularidad» a la «fe religiosa», el «derecho a la libertad religiosa» (incorrectamente identificado con el «indiferentismo religioso») a la «existencia de la verdad religiosa», etc. Ese mismo proceso ha llevado también a hacer una desafortunada equiparación ideológica e institucional de estas alternativas. La secularización del poder estatal, su independencia y autonomía, especialmente en las condiciones que caracterizan a la soberanía popular democrática, así como la secularización de la sociedad en el sentido de su desclericalización, fueron percibidas, desde un punto de vista religioso o incluso clerical, como dirigidas esencialmente contra la misión misma de la Iglesia. Con el Concilio Vaticano II, sin embargo, la Iglesia católica ha llegado a reconocer plenamente el Estado secular y neutral en lo religioso como un valor positivo y como un logro cultural, y también junto con ello la idea moderna de los derechos humanos. Me parece significativo que en su mensaje navideño dirigido a la curia romana el 22 de diciembre de 2005 Benedicto XVI no sólo se haya referido positivamente al «modelo de Estado moderno» originado en la Revolución americana, sino que también haya distinguido la segunda fase de la Revolución francesa —su fase jacobina o «radical»— «que ya no quería dejar prácticamente espacio alguno a la Iglesia» de su primera fase liberal-constitucionalista. Ahora bien, esa primera fase, caracterizada por la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, fue condenada en su momento por el papa Pío VI como apostasía nacional de la fe católica. Este cambio de actitud hacia la realidad terrena del Estado y de la política —que no ha sido un cambio en la doctrina de la fe— no es sólo una prudente adaptación, comprensible porque hoy en día la Iglesia católica existe en un entorno secular y pluralista. Según muestra la declaración del Concilio sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, se trata más bien de un cambio de actitud que refleja un giro hacia lo que ahora se juzga como más congruente con el espíritu del Evangelio.

«SECULARIDAD CRISTIANA»: LA APARENTE PARADOJA DE LA «DOBLE IDENTIDAD» COMO CRISTIANO Y COMO CIUDADANO

Sin embargo, a mi parecer, no todos los problemas quedan re sueltos con este reconocimiento de la cultura política secular y de la idea moderna de los derechos humanos. Una pregunta crucial para los cristianos, planteada por la Modernidad, sigue sin respuesta. Se podría formular esa pregunta como sigue: «¿Qué significa para los cristianos participar como cristianos en una cultura política y en una vida pública definidas por la idea moderna de secularidad?». O bien, con otras palabras: «¿Es posible para un cristiano que cree en una verdad religiosa determinada y se adhiere a valores morales objetivos enraizados en ella participar en una cultura política definida por los valores seculares, el pluralismo y la neutralidad en lo tocante a esa verdad religiosa y a las exigencias morales que dependen de ella?».

El problema al que hacen referencia estas preguntas no es el problema del multiculturalismo. Es un problema muy distinto. El problema que suscitan estas preguntas concierne al simple hecho de que el pluralismo de la Modernidad occidental es la consecuencia de la libertad y de las instituciones liberales características de una sociedad que reconoce los derechos humanos. Ahora bien, el pluralismo así originado es también el resultado de un desacuerdo sobre cuestiones morales fundamentales legítimo y en ocasiones epistemológicamente comprensible.

El pluralismo, por otra parte, es también el resultado de la ignorancia, del abuso de la libertad y de hábitos viciosos. No obstante, es esencial para la libertad política y la libertad civil que esté permitido usarlas mal: de otro modo, no existiría libertad alguna. Forma parte de una cultura política que acepta plenamente la libertad permitir también esta clase de pluralismo, dentro de ciertos límites definidos por la ley. La libertad política y la libertad civil que lo hacen posible no dejan por ello de ser valores políticos. El pluralismo está definido como una especie de variedad interna —religiosa, ideológica, también étnica— de una cultura política determinada y está enraizado en su suelo común (parte del cual podría ser la cultura de los derechos humanos). Por lo tanto, el pluralismo no es un riesgo para la cooperación social, la unidad ni la paz. El multiculturalismo, por otra parte, no es sencillamente pluralismo, sino precisamente la variedad consistente en la coexistencia en una misma sociedad de suelos culturales comunes, y por ello también de culturas políticas y jurídicas. Es un grave problema y, como tal, no es posible aceptarlo sin poner en peligro el orden constitucional de una sociedad democrática. En suma: una sociedad multicultural en sentido estricto no es posible. Por esa misma razón, la vida pública internacional y la cultura de los derechos humanos presuponen un suelo cultural común. La cuestión es qué clase de suelo debe ser ése.

Precisamente los desafíos del multiculturalismo —planteados sobre todo por el fundamentalismo islamista en la medida en que es hostil al pluralismo secular— nos proporcionan la evidencia de que en la raíz del pluralismo occidental hay un fundamento común de valores, aunque ese fundamento está definido en la mayor parte de las ocasiones en términos políticos de un tipo estrictamente secular. La ciudadanía misma, que es un valor político y público básico, debe ser definida sobre un suelo común de valores culturales compartidos; no se la puede definir de un modo multicultural. La cultura moderna de los derechos humanos en la forma occidental de entenderlos deja su impronta en el modo de entender la ciudadanía de una manera concreta y específica que no está abierta a cualificación multicultural alguna. La ciudadanía entendida en estos términos es una especie de «absoluto político». Esta es la razón de que una «sociedad multicultural» en sentido estricto no resulte posible: ya que no podría definir «estándares» comunes de ciudadanía, ni los derechos, libertades y valores políticos correspondientes1.

scycdldh1.gif

En el modo europeo de entenderlo, la naturaleza de ese suelo común es la idea de ciudadanía liberal-democrática —«liberal» en un sentido amplio— que está estrechamente relacionada con libertades y derechos básicos que definen el estatus de los ciudadanos independientemente de sus identidades religiosas, culturales o étnicas. La variedad «multicultural» o el pluralismo en este nivel son imposibles. No existe un término medio o coexistencia, por ejemplo, entre la sharia por un lado y el modo secular occidental de entender el imperio de la ley. Creo que se puede aplicar esto mismo, mutatis mutandis, a la vida pública internacional.

También a mí me parece evidente que los cristianos, particularmente los católicos que creen sin reservas pueden y deben compartir el modo secular de entender la ciudadanía democrática moderna. Igualmente, deben participar en la implementación de los derechos humanos en el plano internacional. Sin embargo, lo harán —o, en mi opinión, deberían hacerlo— de una forma distinta de la que emplee, por ejemplo, un ciudadano ateo, agnóstico o sencillamente no creyente. El ideal de ciudadanía secular democrática de un cristiano podría ser lo que me gustaría denominar «secularidad cristiana». «Secularidad cristiana», según yo la entiendo, significa desarrollar la propia identidad cristiana y realizar la propia vocación cristiana en el contexto de una sociedad —y de una comunidad internacional— cuyas instituciones públicas están definidas de forma secular, aceptando plenamente —con la información y a la luz que proporciona la experiencia histórica— esa secularidad como un valor político y considerando esa aceptación parte integrante de la propia autocomprensión como cristiano. Para utilizar un término rawlsiano, «secularidad cristiana» significa para los cristianos entrar en un overlapping consensus o «consenso entrecruzado», que podría ser apoyado y alimentado epistemológicamente por las firmes convicciones morales y religiosas que albergan los cristianos, pero que no es idéntico a ellas ni se deriva de ellas. La secularidad cristiana, así definida, significa ser capaz de vivir una especie de «identidad diferenciada» o «doble» como cristiano y como ciudadano.

Es de notar que esa «identidad doble» o «diferenciada» no significa partirse uno en dos realidades existenciales, ni vivir una doble vida, ni tampoco, como ciudadano y primariamente en la esfera pública, dejar de comportarse y de tomar decisiones propias de un cristiano. «Doble identidad» significa, más bien, la capacidad (exigida a todos los ciudadanos) de cooperar políticamente en condiciones de desacuerdo, incluso profundo, sobre valores morales esenciales, y, con ello, de afrontar constructiva y pacientemente configuraciones concretas de pluralismo que el cristiano, en tanto que tal, podría considerar ajenas al verdadero bien común de la sociedad humana y necesitadas de cambio (por ejemplo, lo que Juan Pablo II denominó «cultura de la muerte»). También significa, asimismo, la capacidad de distinguir entre, por un lado, lo fundamental en el nivel de los valores políticos para una sociedad civil y para el bien común estrictamente político, y, por otra parte, lo más alto y, desde las propias convicciones religiosas y morales, más santo en el nivel de los valores. Por consiguiente, «doble identidad» significa la disposición a reconocer la legitimidad procedimental de las decisiones democráticas incluso cuando contradigan las propias convicciones fundamentales acerca del bien, y por tanto a apoyar como legítimas a instituciones políticas incluso cuando, en determinados casos, generen decisiones que uno mismo considere profundamente injustas y corruptoras del bien común. Esto, finalmente, implica la disposición a anular esas decisiones o enmendar esas instituciones solamente con medios legales, democráticos, tratando de convencer a otros ciudadanos de la razonabilidad de las propias demandas, lo cual, en realidad, refuerza la legitimidad de las instituciones democráticas (es decir, no actuar así solamente porque se considere improbable que los medios ilegales o incluso violentos tengan éxito).

En el pasado, esto de la «secularidad cristiana» se consideraba una paradoja. Así, era típico de los católicos reclamar el derecho a la libertad religiosa sólo para los católicos, y conceder a las otras creencias una prudente tolerancia. No encontraba aceptación el principio de reciprocidad implícito en la aceptación de una democracia constitucional, puesto que la tradición católica previa al Concilio Vaticano II no aceptaba como valor político la fundamental reciprocidad de las demandas de derechos políticos con independencia de que fuesen o no ejercitados de conformidad con la verdad. La reciprocidad es esencial también para una cultura de los derechos humanos en el plano internacional. Y es que presupone para los miembros de otras culturas y religiones algo análogo a lo que he denominado «secularidad cristiana».

La antes mencionada «doble identidad» como cristiano y como ciudadano no significa que sea necesario renunciar al carácter transformador del mundo que es propio del cristianismo, ni que los cristianos no tengan que hacer una contribución específica como cristianos a la conformación social y política de este mundo y, así, al contenido de la ciudadanía. Muy al contrario: la fe cristiana, basada en la fe en la encarnación del Verbo Divino, está llamada a seguir siendo una fuerza transformadora del mundo, pero en un mundo secularizado y de un modo secular. Un mundo secularizado es un mundo sin instituciones religiosas que, por razones espirituales, estén en condiciones de establecer efectivamente limitaciones de la soberanía de las instituciones políticas o de ejercer alguna forma de tutela políticamente institucionalizada. De igual modo, un mundo secularizado es un mundo en el cual los cristianos, siguiendo su conciencia bien formada, están llamados a cooperar codo con codo con todos los hombres, compartiendo con ellos su identidad común como ciudadanos y sin reclamar otros derechos que los que comparten con todos los ciudadanos.

LA JUSTIFICACIÓN POLÍTICA DE LOS DERECHOS HUMANOS Y SUS RAÍCES METAFÍSICAS Y RELIGIOSAS

La secularidad tiene consecuencias no sólo para la cooperación política de los ciudadanos en general —y, en el plano internacional, para la cooperación de las naciones, que pueden ser consideradas ciudadanas de una comunidad internacional— sino en primer lugar para la razón pública y los discursos justificativos públicos. Concierne al modo en que los «ciudadanos de fe»2 se relacionan con la cultura política pública. La mejor manera de ilustrarlo es tomar como ejemplo la justificación de los derechos humanos. Existen diferentes discursos acerca de los derechos humanos: discursos exclusivamente políticos, pero también discursos religiosos y metafísicos. De hecho, la Iglesia católica usa ambos. A veces se dice que los derechos humanos sólo se pueden fundamentar firmemente en la verdad metafísica sobre el hombre, o que su fundamentación estable presupone incluso la aceptación de la antropología cristiana, de conformidad con la cual el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Sin embargo, dado el hecho del pluralismo moderno y del carácter multicultural de la plaza pública y de la vida política internacionales, proporcionaría una base política muy débil a los derechos humanos. Si su efectivo reconocimiento político y su validez jurídica necesitasen depender de supuestos metafísicos compartidos acerca de la naturaleza del hombre, o de un reconocimiento compartido de la verdad teológica de que ha sido creado a imagen de Dios, la posición política de los derechos humanos sería bien incierta y frágil. En realidad, los fundamentos metafísicos y teológicos estarían lejos de proporcionar un suelo común, y serían más bien objeto de disputas y desacuerdos, como lo son generalmente los asuntos metafísicos y teológicos.

El politólogo canadiense Michael Ignatieff arguye, por tanto, que la fuerza de una cultura basada en los derechos humanos está precisamente en suministrarles justificaciones exclusivamente políticas que sean lo más independientes que resulte posible de supuestos y pretensiones de verdad metafísicos o religiosos, y que apelen más bien a convicciones compartidas intuitiva y comúnmente acerca del carácter ventajoso de esos derechos: aunque no podamos ponernos de acuerdo acerca de por qué tenemos derechos, todos vemos de qué nos sirven en realidad y por qué los necesitamos, y esas «razones prudenciales para creer en los derechos humanos son mucho más seguras»3.

Esto puede sonar a provocación o incluso una muestra de cinismo —principalmente porque Ignatieff opone a la «política de los derechos humanos» la «idolatría de los derechos humanos»— pero en realidad es el modo en que tienden a funcionar las cosas en la moderna sociedad pluralista. La Modernidad secular, que es esencialmente pluralista, está necesitada de un mínimo fundamento para conseguir un máximo consenso. Según hemos mencionado más arriba, esto es incluso más verdadero cuando se aplica a la vida pública internacional en un mundo globalizado, que a la vez que es genuinamente multicultural está necesitado de «estándares» compartidos de justicia y de cooperación equitativa. En este sentido, el carácter secular de las organizaciones internacionales es una ventaja. En suma: la idea moderna de los derechos humanos es, en realidad, una concepción política basada en un fundamento justificativo relativamente tenue. Cuanto más ligada esté su justificación pública a premisas metafísicas y religiosas, menos capaz será de hacerse valer políticamente y de llegar a ser implementada universalmente.

Ahora bien, eso es sólo una verdad a medias. Es, por así decir, la mitad estrictamente política de la cuestión. La otra mitad, sin embargo, no es necesariamente idolatría o, como sugiere Michael Ignatieff, «imperialismo moral». La política vive, en realidad, de recursos morales que no pueden crearse a sí mismos. Además, muchos de esos recursos morales surgen, no sólo históricamente, sino también en la conciencia de los ciudadanos, de sus convicciones religiosas, o al menos están ligados a ellas. Este es el caso, o debería serlo, principalmente de los cristianos, cuyo credo, junto a su carácter sobrenaturalmente revelado, incluye también —al menos en su forma católica— una tradición de ley natural que posee en sí misma una dimensión política y secular, es decir, puramente racional. Por otra parte, la política misma es un tipo específico de comportamiento moral y debe ser evaluada en último término con criterios de moralidad. Así pues, incluso una cultura de los derechos humanos justificada en la esfera pública mediante valores exclusivamente políticos debe ser entendida por sus partidarios como un valor moral. Dado el carácter secularizado y pluralista —y, en el plano internacional, incluso multicultural— de la realidad política moderna, la justificación política reductiva es una necesidad política. No obstante, el pluralismo necesita fundamentos categóricos que no sean a su vez pluralistas o meramente políticos, o que al menos sean aptos para darle base sobre convicciones morales firmes y sobre la clase de discurso racional apoyado en la justicia que denominamos «ley natural»4.

Por consiguiente: ni una concepción política de la justicia justificada en el contexto de un «consenso entrecruzado» entre ciudadanos de distinta orientación filosófica y religiosa ni las instituciones correspondientes pueden vivir sin ser alimentadas con la sustancia moral de las creencias, credos y convicciones de quienes forman ese consenso. En este nivel de argumentación, estamos convencidos como cristianos de que sólo una fundamentación enraizada en la verdad metafísica acerca del hombre puede proporcionar a una cultura de los derechos humanos la base cognitiva última y estable y de que, por lo tanto, la secularidad cristiana tiene una misión crucialmente importante. Considerando las comprensibles dificultades que no sólo el catolicismo sino también amplias corrientes del protestantismo han tenido con la creciente cultura política de la Modernidad secular y la idea misma de los derechos humanos y la igualdad política civil, como cristianos tenemos que afirmar esto con una cierta humildad. Al mismo tiempo, sin embargo, como cristianos deberíamos tener lo que ha sido denominado «complejo de superioridad»5: deberíamos saber que, una vez aceptada la lógica del mundo secular y del pluralismo como resultado de la libertad, la revelación cristiana y la fe cristiana proporcionan el más fuerte apoyo cognitivo —y de ese modo, indirectamente, también político— a una cultura política basada en dar fuerza de ley a los derechos humanos. El magisterio de Juan Pablo II sobre los derechos humanos ha hecho su más decisiva contribución precisamente en ese plano y en ese sentido. Particularmente en su encíclica Centesimus annus encontramos la reconciliación de la Modernidad política secular (constitucionalismo, democracia, la prioridad de la libertad, los derechos humanos) con una fundamentación trascendental, metafísica y en último término religiosa de la base moral de la secularidad moderna6. Esta lógica de la política es necesaria y plenamente idónea para proporcionar una plataforma común a la cooperación de los ciudadanos en condiciones de pluralismo. Pero la lógica de esta política no es capaz de mantener en pie su legitimidad y rectitud morales sin tener raíces en algo que es esencialmente no sólo «político».

scycdldh2.gif

EL PLURALISMO SECULAR Y SU DEFENSA CONTRA FORMAS DESTRUCTIVAS DE MULTICULTURALISMO

En lo que he denominado «secularidad cristiana» hay, así, una pa radoja: es la paradoja de la necesidad existente en las sociedades seculares modernas y pluralistas y en la vida pública internacional de, a la vez, una justificación política minimalista de los derechos humanos, la justicia política, etc., y una concepción metafísica y ética de esas nociones que no sólo vaya mucho más allá de tales justificaciones meramente políticas, sino que también les preste apoyo.

A mi parecer, esta paradoja, en primer lugar, prueba la inesquivable validez del principio moderno —unilateral en su original forma hobbesiana — authoritas, non veritas facit legem, es decir, el principio de la primacía institucional, legal y práctica de lo político sobre lo metafísico. Ni que decir tiene que estoy lejos de abogar por la solución hobbesiana de este problema, que somete las pretensiones de verdad y las normas de justicia enteramente a la factualidad de la ley positiva7. Pero suscribo esa máxima en el sentido de reconocer la legitimidad democrática y, así, la validez legal de la ley aun en los casos en que se considere, dentro de ciertos límites, que es injusta, falsa y necesita ser anulada por medios igualmente legales y democráticos. Este es el precio que tenemos que pagar por la cooperación pacífica social e internacional, la prosperidad, la justicia —siempre imperfecta— y, sobre todo, la libertad política y civil. Sin embargo, este precio es más bien bajo y, ciertamente, es razonable pagarlo. Según sabemos por la historia, las alternativas son la continua amenaza de guerra civil o bien, en otros casos, la represión autoritaria o incluso totalitaria en nombre de alguna ideología que pretende estar en posesión de la verdad, y, en el plano internacional, la dominación injusta y la guerra.

En segundo lugar, y precisamente por la razón de la inevitable primacía práctica de lo político sobre lo metafísico, se debe reforzar entre los ciudadanos la verdad acerca del hombre. Justamente porque la libertad política en el plano nacional y los derechos de participación en las organizaciones internacionales se definen y legitiman por su relación no con la verdad moral y religiosa, sino con valores políticos como la paz, la libertad la igualdad, la eficiencia económica, el desarrollo, etc., la conciencia de la relación de la libertad con la verdad se debe reforzar en el nivel no político o prepolítico. Se la debe cultivar primariamente en la familia y, en general, en la educación. El sistema educativo de la sociedad no puede seguir la lógica pluralista y meramente política de la justificación pública, aunque también tiene que respetar valores fundamentales de libertad civil e igualdad. La educación tiene que promover virtudes morales. Mientras que la política y la ley hablan predominantemente el idioma de los «derechos» (que, por supuesto, siempre generan deberes de terceros), la educación y las virtudes morales deben, principal aunque no exclusivamente, hablar el idioma de los deberes y del compromiso con lo verdaderamente bueno. Finalmente, la relación entre libertad y verdad debería ser respetada también por los medios de comunicación, sin por ello coartar su libertad —ni siquiera su libertad para la estupidez—, pero sí fomentando su sentido de responsabilidad y castigando democráticamente su abuso: la manipulación y la estupidez se deberían castigar mediante las leyes del mercado, es decir, rehusando consumir productos que ofendan a la dignidad humana o sencillamente sean indecorosos.

De este modo, «secularidad cristiana» significa reconocer la secularidad de las instituciones políticas y simultáneamente apoyarlas, e incluso impregnarlas con la sustancia moral de la fe cristiana y de la rectitud; ello debe tener lugar principalmente en el nivel regulado por la ley natural, que, como tal, no es «cristiana», sino sencillamente humana, si bien hoy en día son sobre todo los cristianos quienes la promueven y defienden. Por ejemplo: garantizar legalmente un derecho al aborto y apoyar con el sistema público de salud las correspondientes decisiones es, ciertamente, un gran mal, y se opone al bien común de la sociedad humana, pero de ello no tienen la culpa la cultura política democrática o la secularidad del Estado, sino que, antes bien, es un problema de la sociedad civil y de su sistema predominante de valores, que hace posibles tales leyes o tal jurisprudencia. Es exacta y predominantemente en este nivel donde el fermento cristiano está llamado a hacerse notar, y en el plano internacional a veces encuentra aliados en otras culturas.

De este modo, la famosa y tan denostada frase de Ernst-Wolfgang Böckenförde de que el Estado secular moderno vive de presuposiciones que él mismo no puede crear ni garantizar pudiera ser invocada una vez más, e incluso extendida a la vida pública internacional y a sus instituciones de autoorganización política: esas presuposiciones son la sustancia moral de sus ciudadanos y de la sociedad como un todo, y también de naciones enteras8. Es en este nivel, donde yo veo el papel de la Iglesia como institución jerárquica con autoridad: actuar a través de sus enseñanzas y de su atención pastoral sobre las conciencias de los ciudadanos, pero no participar directamente en la política misma. Implicarse en política es tarea de los laicos cristianos, y lo harán como ciudadanos, pero como ciudadanos de fe, ejercitando por ello sus derechos políticos libre y responsablemente9.

En mi opinión, aún tenemos que descubrir el moderno ciudadano cristiano para el que el carácter secular de la vida pública y del pluralismo no es sencillamente una molestia o incluso un atropello, sino que se siente en él como en casa y reconoce el pluralismo, en cuanto resultado de la libertad política, como un valor político fundamental que ha de ser defendido. La secularidad, sin embargo, no es un proyecto consistente en secularizar la plaza pública en el sentido de una ideología de laicismo que aspire a la ausencia en la misma de cualquier referencia a la religión o a los valores religiosos.

La secularidad no es libertad respecto de la religión, sino libertad religiosa, que sólo es posible si el Estado ni entra en una alianza con un credo religioso, ni sucumbe a tentaciones de definir o incluso imponer una verdad religiosa. Admito que libertad religiosa también significa proteger de la religión las instituciones públicas que encarnan el poder coercitivo del Estado. No obstante, para obtenerla, no se necesita una cultura pública de «no religión», «antirreligión», «agnosticismo» o cosas parecidas. Lo que se necesita, en vez de eso, es una conciencia pública no sólo de la incompetencia del poder coercitivo del Estado para definir y sancionar la verdad religiosa, sino también, y simultáneamente, de la importancia que tiene para la sociedad estar formada por ciudadanos que mantengan firmes convicciones morales —estén o no enraizadas en una religión— que den soporte y alimento a la cultura política secular. El ideal del Estado secular y de la cultura política secular no corre peligro por semejante presencia de la religión en la vida pública nacional e internacional.

Así, incluso en el marco de la secularidad y del pluralismo modernos hay muchas posibilidades de integrar las creencias religiosas y las pretensiones de verdad metafísica con un modo democrático, constitucional y liberal (en el sentido amplio del término) de entender la vida política. La conformación concreta de esa integración, en el plano de cada país, dependerá de las tradiciones y particularidades de las diferentes naciones. En presencia de los desafíos del multiculturalismo, esencialmente la presencia en países europeos de un creciente número de ciudadanos musulmanes que no comparten el legado común occidental y cristiano, Europa tendrá que cobrar conciencia de sus raíces cristianas, no para «recristianizar» la vida pública en el sentido de invertir el proceso de secularización moderna y discriminar a los no cristianos, sino exactamente al contrario: para mantener y, si es necesario, defender la fuerza pacificadora e integradora de una cultura política secular basada en los derechos humanos y en las libertades políticas fundamentales.

Quizá vaya resultando cada vez más obvio que necesitamos recordar las raíces cristianas de la secularidad y de la cultura política modernas precisamente para defenderlas con éxito y seguir desarrollándolas en su secularidad misma. Sobre esa base podremos también como ciudadanos ofrecer una integración real a quienes posean un origen cultural distinto del nuestro: sin urgirles a que entren en una cultura cristiana, pero también sin negar que este mundo moderno secular es un fruto maduro de la índole civilizadora histórica del cristianismo capaz de llegar a ser patrimonio global en un mundo multicultural.

Qué suceda finalmente en el plano de la vida pública internacional no puede ser sino una reacción a la exitosa acomodación entre religión, cultura y valores seculares en la vida de las distintas naciones.

NOTAS

1 Ver mi trabajo «Cittadinanza multiculturale nella democrazia liberale: le proposte di Ch. Taylor, J. Habermas e W. Kymlicka», en Acta Philosophica 15:1 (2006), 29-52.

2 Tomo esta expresión de John Rawls, «The Idea of Public Reason Revisited», en Rawls, The Law of Peoples, with «The Idea of Public Reason Revisited» (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1999).

3 Michael Ignatieff, Human Rights as Politics and Idolatry (Princeton: Princeton University Press,2001), 55.

4 Ver mi conferencia de 2005 (Notre Dame Law School) sobre la ley natural (de próxima publicación) The Political Ethos of Constitutional Democracy and the Place of Natural Law in Public Reason: Rawls’s «Political Liberalism» Revisited, «The American Journal of Jurisprudence» 50 (2005).

5 Esta expresión era usada frecuentemente por San Josemaría Escrivá.

6 Cf. Russell Hittinger, «The Pope and the Liberal State», First Things 28 (Dec. 1992), 33-41.

7 Ver mis estudios «Autoritas non veritas facit legem: Thomas Hobbes, Carl Schmitt und die Idee des Verfassungsstaates», Archiv für Rechts- und Sozialphilosophie, 86 (2000), y La filosofia politica di Thomas Hobbes. Coerenza e contraddizioni di un paradigma (Roma: Armando, 1997).

8 E.-W. Böckenförde, Die Entstehung des Staates als Vorgang der Säkularisation, en E.-W. Böckenförde, Staat, Gesellschaft, Freiheit. Studien zur Staatstheorie und zum Verfassungsrecht (Frankfurt/M.:Suhrkamp, 1976), 60.

9 Cf. mi trabajo «Laici e cattolici: oltre le divisioni. Riflessioni sull’essenza della democrazia e della società aperta», Fondazione Liberal, n. 17 (2003), 108-116.

Tipologia presidencial

A finales de noviembre de 1963, pocos días después de que el tejano Lyndon Johnson sucediera al asesinado Kennedy en la presidencia de los Estados Unidos, el famoso periodista radiofónico y escritor Alistair Cooke recibió en su despacho de Nueva York el siguiente telegrama del director de un periódico británico: «Apreciaría mucho un artículo sobre Tejas como contexto de Johnson. Stop. Cowboys, petróleo, millonarios, grandes ranchos, tosquedad general, mala educación, etc.».

Alistair Cooke, nacido y educado en Inglaterra, pero nacionalizado norteamericano, era ya por entonces un excelente conocedor de los Estados Unidos y un experto en los matices y los desencuentros de las complejas relaciones culturales entre Europa y Norteamérica. Su delicadeza le llevó a rechazar el encargo. «Mi artículo —nos cuenta— tendría que haber demostrado que el director estaba equivocado de principio a final». ¿Mala educación, los tejanos? Al contrario, tenían finos modales llenos de una vieja cortesía, que sin duda era de raigambre hispánica. Y en la región tejana del río Pedernales, de donde era originario Johnson, los ranchos eran pequeños y no había ni petróleo ni millonarios.

Alistair Cooke tenía, entre otras habilidades, la de utilizar anécdotas para introducir categorías. Siguiendo esa misma técnica, cabe decir que si aquel director de periódico inglés se equivocaba al caracterizar a los tejanos, acertaba en cambio en el planteamiento general de su encargo. En efecto: el background, el contexto geográfico, cultural y religioso de los políticos norteamericanos, ha tenido siempre una extraordinaria importancia a la hora de conocerlos y valorarlos. A lo largo de una campaña electoral, los creadores de opinión utilizan ese contexto como un eje de coordenadas que permite juzgar a los candidatos y predecir las reacciones que tendrán ante los distintos problemas de la cosa pública. Más tarde, el mismo background servirá para explicar conductas y decisiones adoptadas por el candidato elegido. Así, en el caso de Johnson, su negativa a retirarse de Vietnam venía impuesta, según algunos observadores, por el sentido tejano del honor (Texan honor): no quería ser el primer presidente de los Estados Unidos que perdía una guerra.

La necesidad de establecer las coordenadas vitales de los políticos norteamericanos se concibe fácilmente teniendo en cuenta la gran diversidad que recorre los Estados Unidos de parte a parte desde su fundación y que no ha dejado de aumentar con el paso del tiempo. Esa diversidad es, en primer lugar, territorial. El federalismo norteamericano responde a la profunda descentralización originaria del país. Washington DC nunca ha sido como París o Londres, ciudades dotadas de un espíritu capitalino tan potente y prestigioso que en él se disuelven las particularidades locales de los representantes políticos que acuden al parlamento nacional. La diversidad religiosa tiene también mucha importancia. Norteamérica fue siempre la tierra prometida del protestantismo en sus diversas ramas, pero el catolicismo y el judaísmo no tardaron en incorporarse.

tp1.gif

Si a lo anterior se añade el talento y el gusto de la civilización angloamericana por la biografía y la semblanza, a nadie podrá sorprender que el retrato regional, cultural y religioso de los políticos sea en Estados Unidos un subgénero literario imprescindible, sobre todo en periodo electoral. Merece la pena hacer un recorrido, aunque sea breve y parcial, por las vicisitudes y la evolución de esa galería de retratos que nos ha legado el periodismo norteamericano. En el principio había dos grandes viveros de personajes, uno al sur y otro al norte: la aristocracia de plantadores virginianos y la teocracia de origen puritano de Nueva Inglaterra. Notables virginianos fueron cuatro de los primeros seis presidentes de los Estados Unidos. Entre ellos destaca la figura fundacional de Washington y la distinción intelectual de Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia, y de Madison, principal autor de la Constitución norteamericana. Sin embargo, la vieja clase dominante del estado de Virginia resultó prácticamente aniquilada durante la Guerra de Secesión.

Más longevas fueron las clases dirigentes de Nueva Inglaterra, cuyo centro estaba en Boston, Massachusetts. A ellas pertenecieron John Adams y John Quincy Adams, padre e hijo, segundo y sexto presidentes de los Estados Unidos. Un subconjunto particularmente exitoso de esta élite fue el de los llamados «brahmanes» de Boston, un trenzado de familias tradicionales encabezado por los Cabot. Entre las mejores piezas de nuestra galería está la crónica que H. L. Mencken, quizá el periodista americano más influyente del primer tercio del siglo XX, hizo de la convención republicana de 1920, presidida con eficacia, superioridad y desdén por Henry Cabot Lodge, gran patricio bostoniano que por entonces se acercaba al final de su carrera de treinta años como senador por Massachusetts. Su nieto, Henry Cabot Lodge Jr., fue candidato a la vicepresidencia con Nixon en 1960. Pero, como es sabido, aunque el político que ganó aquellas elecciones también procedía de Massachusetts, no pertenecía a la vieja casta brahmánica, sino a una nueva dinastía católica e irlandesa; se llamaba John F. Kennedy.

En realidad, el declive de la clase política originaria de los trece estados fundadores de la Unión comenzó en 1828, con la elección de Andrew Jackson, el primer presidente de más allá de la cordillera de los Apalaches, que entonces marcaba la frontera oeste de los Estados Unidos. Jackson fue también el primer populista que ocupó la Casa Blanca; la etiqueta populista, nueva entonces, se aplicaría después a una larga serie de políticos norteamericanos. Uno de los más famosos (y también insuperablemente descrito por Mencken) fue William Jennings Bryan, tres veces candidato a la presidencia por el partido demócrata entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y secretario de estado con el presidente Woodrow Wilson. Gran orador y movilizador de masas, W. J. Bryan se identificó como nadie con los ambientes rurales del sur y del medio oeste de los Estados Unidos, recelosos de la América urbana y con una vida cotidiana muy marcada por una interpretación severa y literal de los textos bíblicos.

La lista de personajes, cada uno de ellos con su latitud y longitud territorial y cultural, podría seguir. Pero es tiempo de que proyectemos este sistema de clasificaciones sobre los candidatos que concurren a las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos en noviembre de 2008. John McCain, el candidato republicano, es ciertamente un caso especial, pero no se escapa del sistema. El hoy senador por Arizona es hijo y nieto de almirantes y ha servido durante veintidós años en la Armada estadounidense, de los cuales vivió cinco y medio como prisionero de guerra en Vietnam. McCain nació en la zona norteamericana del canal de Panamá y ha escrito que su familia «no estaba arraigada en un lugar, sino en la cultura de la marina». En suma, es un político salido de las fuerzas armadas. No se han dado muchos casos en la historia norteamericana, pero sí muy ilustres: la lista empieza nada menos que con Washington, y continúa en el siglo XIX con Ulysses S. Grant y en el siglo XX con Eisenhower. El tipo no es muy frecuente, pero está bien definido.

Quien sí se escapa de todo sistema taxonómico es el senador por Illinois y candidato demócrata, Barack Obama. Oigamos primero lo que él dice de sí mismo. «Tengo un nombre raro y un background exótico, pero mis valores son esencialmente americanos. Mis raíces están en la comunidad afroamericana, pero no me limitan». «Creo que si podemos decirle al mundo: “Tenemos un presidente en la Casa Blanca que tiene todavía una abuela que vive en una cabaña a orillas del Lago Victoria y tiene una hermana que es medio indonesia y está casada con un canadiense de origen chino”, la gente pensará que ese presidente va a comprender mejor lo que pasa en sus vidas y en sus países. Y tendrán razón». Hay en estas palabras una declaración que contradice la tesis que aquí se sostiene sobre lo inclasificable del personaje: «Mis raíces están en la comunidad afroamericana». Sin embargo, a la vista de la biografía del senador Obama, cabe dudar de que esas raíces sean muy profundas.

En efecto, Barack Hussein Obama nació en 1961 en Honolulu (Hawai) de un padre keniata de familia musulmana y una madre norteamericana blanca originaria del estado de Kansas. Su padre abandonó la familia cuando el niño tenía dos años y su madre se volvió a casar con un indonesio, con lo que Obama vivió en Yakarta hasta los diez años. Después volvió a Honolulu con sus abuelos maternos y allí terminó su enseñanza secundaria en 1979. Su educación superior tuvo lugar sobre todo en la Universidad de Columbia (Nueva York) y en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard. Entre Columbia y Harvard, Obama pasó tres años (1985-1988) dirigiendo un proyecto de «desarrollo comunitario» en el South Side, un distrito pobre de Chicago. Sin duda, durante aquel periodo entró en contacto con la comunidad afroamericana, pero lo cierto es que sus años formativos discurrieron muy lejos de esa órbita étnica y cultural.

Una conexión tardía con Chicago y con la comunidad negra americana no desdibuja lo esencial de su biografía que, como él mismo dice, se caracteriza por el exotismo. Cabe decir que esa biografía es fruto de la gran ascensión de los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Cuando un país deviene en gran potencia mundial, ocurre un doble movimiento: se proyecta sobre el mundo y recibe en su seno al mundo, lo que acaba transformando las trayectorias vitales tradicionales de sus ciudadanos, cuyas biografías se van salpicando de elementos foráneos. Así le ha ocurrido a Barack Obama, y esos elementos resuenan favorablemente, sin duda, en muchos rincones del planeta. Pero, sobre todo, su exotismo le permite escapar de las intrincadas clasificaciones que han regido la vida política norteamericana hasta nuestros días y dirigirse de manera mucho más libre y directa a todos sus conciudadanos. Ello le convierte —la combinación es formidable— en un símbolo de la globalización y en un candidato postamericano, es decir, distinto de la América que hasta ahora hemos conocido.

Un mar de anhelos

por Luis Alberto de Cuenca

ANGÉLICA DE LA ISLA DEL LLANTO

Y parecía simple la distancia entre el pecho del ámbar y las costas itálicas, cuando tu rostro soportaba el velo del espanto, tras hialinos contornos de princesa escindida.

Sorprender, significar acaso, en el pomo risueño de la espada, el activo veneno que trascendía bocas, labios sin fin ardiendo, no cárceles doradas.

Pequeña mía, ¿qué dragón o jaspe, qué maleficio ignoto hay en tu cuerpo? Un estéril aluvión de sedas heladas reposa en el continente de tus senos. Marfil y seda turbia, vendaval ilusorio del estío, antílopes de bruma dibujándote.

Triste espacio vivir, mueca perfecta, infamante lacerio. Multiplico mi sed en los espejos. El día es un diamante furiosamente herido por el mundo.

Vivías en los lagos. Apenas surgida de la espuma, náyade silenciosa, traspasabas el muro delineando la calma de las aguas. Existir, bruja lluvia en los párpados, sorda aspereza en las mejillas.

Un ilimitado corazón poblado de rigor, una voz encendida como una antorcha en pasillos metálicos, una sentencia breve y sustanciosa adornando el cabello del invierno.

Persígueme, corza sombría. Oblicua reina, espérame. Resuenan en mis ojos los olifantes del deseo. Mis sentidos son una violenta y única realidad.

Besó la frente del tiempo y sus hombros se tiñeron de un rubor inesperado. Afluía la sangre por las ingles, rota la arteria del olvido, canalizada en cráteres contiguos, húmedo hermafrodita inmensamente triste.

Relámpagos súbitos te cernían. Rodeada de dioses implacables y oscuros, acosada por formas impalpables, torturada por el fuego gélido de los vientos boreales, tendida en un espasmo doloroso de látigos y templos naturales.

Hay un futuro de algas y nereidas aguardándote, amada. Un destino alado te ofrezco. Mi cuerpo se estremece al verte tan hermosa.

Adivinar qué oculta, tras la máscara, el eterno hipogrifo del amor. Conocer el secreto de tu anillo. Saber si los bermejos destellos de la Aurora conducen hacia ti o hacia el ocaso.

Angélica difusa, niebla pura, túnica enamorada en el espacio. Por siempre, para siempre, en la Isla del Llanto, siempreviva de bronce en las marmóreas logias de la muerte.

(de Elsinore, Madrid, Azur, 1972)

MARÍTIMA

Hay algo más hermoso que una carta de navegación,
más preciso que un sextante, más esbelto que un clipper,
hay algo más sutil que el fuego griego,
más misterioso que la flor azul,
mas nada tan sombrío, tan agónico,
tan ceniciento, tan enmohecido
como tu rostro en alta mar.

(de Elsinore, Madrid, Azur, 1972)

DEDICATORIA

La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, toda el agua.

(de La caja de plata, Sevilla, Renacimiento, 1985)

BRILLANTE

Me dejó brocha, crema y una máquina
de afeitar en los bordes del lavabo.
Hice correr el agua fría, y dije:
«Anoche estuve a punto de violarla».
«¿De verdad pensó en mí?», respondió ella.
No contesté. Seguí frente al espejo,
viviendo mi afeitado. Eran las once.
Podía verla al fondo de la alcoba,
resplandeciendo al sol de la mañana.

(de La caja de plata, Sevilla, Renacimiento, 1985)

 

por Julio Martínez Mesanza

EL RÍO

Hacia el norte del golfo puede verse
una enorme extensión en la que pierde
su azul el mar y lo suplanta el ocre.
Montañas de basura son las islas
que forma el río cuando desemboca;
bandadas de gaviotas caen sobre
los desperdicios y su griterío
acompaña a los lentos petroleros
que remontan el río entre la niebla.
En estas islas hubo pescadores,
hace tiempo, y un faro, cuya torre
fue demolida a medias, y ha quedado
ciega y gris a merced de las mareas.
Yo me acercaba hasta ella muchas veces
cruzando los hambrientos cenagales
desde el puerto fluvial en el que vivo.
Fue después de las torpes madrugadas
junto al amigo y la mujer que mienten;
en ellas todo parecía hecho
para menguar la gracia redentora.
A mi espalda quedaba el ancho río
con sus destartalados almacenes,
su oscura fundición, su factoría,
y la ciudad sin torres ni campanas,
sin un arco de triunfo ni una estatua,
el lugar más hermoso y miserable.
A la tarde de nuevo atravesaba
los pantanos camino de mi casa.
Entraba en la ciudad por una calle
contigua a la gran fábrica de hilados
y me encontraba siempre con los niños
de la tanda de noche que, en hilera,
como los prisioneros, cabizbajos,
ateridos y sucios, se adentraban
en el fragor del nuevo laberinto.
Yo meditaba acerca del pecado
y de cómo los hombres alimentan
con su vida el pecado de los otros.
Venía a mí la imagen de una leva
permanente y veía cómo eran
sacados de sus casas esos niños
y veía los tratos de las madres
con los sargentos y también a madres
que eran zarandeadas y obligadas
a entregar a sus hijos, y veía
sobre los desconchados de los muros
de esas casas el rostro de los nuevos
dioses: el campeón de los sofismas
y las perplejidades y ese otro,
el transformista y bailarín obsceno.
De vuelta a casa, desvariaba y todo
lo visto e imaginado sucedía
en mi alma: en ella se estancaba el agua
de este río solemne y miserable
que nace de la luz lejana y muere
entre los muros de un país sombrío.

(de Las trincheras, 1996)

STELLA MARIS

Guía, estrella del mar y de la Gracia,
al puerto de tu amor la triste nave
desnortada de nuestro orgullo y ponla
lejos del remolino de las leyes.

(de Las trincheras, 1996)

LIRIO EN EL AGUA

Lirio en el agua, inaccesible lirio,
y agua que escapa, luz inaccesible.
Me llevaré a la oscuridad tus ojos,
la hermosura terrible de este mundo,
la culpable hermosura de esta tarde,
la luz inaccesible de tus ojos.
Porque la tarde es última y oscura,
una hermosura sin después, un pozo
en el que va a ahogarse un niño, un pozo
con un lirio en su fondo inaccesible.
Todo se apaga alrededor y queda
sólo un pozo en el centro de la tarde
y un lirio inaccesible y, en mis ojos,
la luz que mataré cuando me vaya.

(de Entre el muro y el foso, 2007)

ESTOY SOLO EN UN MAR

Estoy solo en un mar que Dios no mira,
un mar que ya no es mar, un mar inmóvil,
en un barco sin velas, que se pudre,
y no hay viento y no hay olas y no hay tiempo.

(de Entre el muro y el foso, 2007)

DEFENDIDO

Lavado por el agua del costado
y dentro de la herida defendido
de tanto no que sólo trae nada,
de tanto tibio sí, de tanta tregua.

(Inédito)

EL MAR DE LAS GALERAS

Dime, alma, por qué vuelan las galeras
en el hermoso azul que no ha pecado.
Dime por qué su estela te equivoca,
por qué te encanta el ritmo de sus remos.
Son la culpa que avanza disfrazada;
son las mejores galas de la culpa.

 

por Gabriel Insausti

PRIMERA PALABRA
Para Paula (un año)

Que esa palabra pura que ahora dicen
tus labios torpemente, y la manera
en que nace de ti, sean un día
caudal de una verdad.

Aprende en ellas
cómo el rostro vastísimo del mundo
—lo está mirando Dios— adquiere un alma
con su común trasiego entre los hombres
No dejes que la herrumbre del cálculo o la envidia
se pose en su cristal.

Y ojalá sepas
pronunciarlas con tino y con justeza,
ir de ellas a las cosas y nombrarlas
—pueblos, caminos, albas, nubes, astros—
con esa misma fe con que hoy repites:

«Agua».

Un recorrido atípico por la galería Velázquez

Es difícil pensar en don Diego de Silva Rodríguez Velázquez, pintor del rey, sin referir mentalmente y de modo inmediato sus obras más conocidas: Las meninas, Las lanzas, los bufones, los bodegones, la Venus frente al espejo, los retratos reales y cortesanos. Las obras tenidas por más importantes de Velázquez han sido, recurrentísimamente, objeto de atención, admiración y crítica. Los análisis y consideraciones vertidas sobre estos lienzos son innumerables y muchos de ellos constituyen dignos y proporcionados reconocimientos a la maestría del artista. Se propone aquí, en cambio, una consideración de aquellas piezas que a pesar de ser masivamente identificadas como velazqueñas, no han sido tan premiadas por el estudios de los especialistas o la veneración del público.

LA FORJA DE VULCANO (EL TRABAJO)

La representada es esencialmente una escena de trabajo manual. Se trata de una herrería, un taller de forja especializado en armas e instrumentos de combate. Los hombres que se encuentran en torno a la mesa acaban de sacar una pieza del horno y se disponen a darle forma. Fuera de ese círculo, hay un obrero que se empeña en cortar una hoja de metal que bien pudiera ser la materia prima de una coraza u otra pieza de armadura. En tercer plano, tras el horno, hay otro personaje, con rotundidad confinado al entorno físico por tamaño y distancia, seguramente encargado de mantener el horno encendido y atemperado.

Casi toda vestimenta resulta aquí molesta: el calor del horno y el esfuerzo físico impiden el atuendo. Patrón y empleados se hallan uniformados en vestimenta —es decir, casi desnudos— y en afán. Puestos los hombres a transformar el medio físico, todas las diferencias que denotan jerarquía social se eliminan. Los versos de Miguel Hernández admiten así una lectura más vital, menos ideológica:

Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.

Por exigencias de composición, los hombres se encuentran trabajando en un espacio muy reducido, algo que se haría particularmente dificultoso, por los movimientos que requiere la tarea realizada. El lugar que ocupa el obrero que corta la pieza es incluso peligroso. El virtuosismo de Velázquez —su modo naturalista de representar la ocupación del espacio por parte de las figuras humanas, señalado pertinentemente por Ortega— evita la sensación de amontonamiento que una mano menos diestra podría causar al observador. Sin embargo, el recurso tiene la virtud de resaltar la dimensión social del trabajo, el esfuerzo común en la consecución del objetivo. Vulcano, más experto, sostiene la pieza trabajada y se encarga de dar la forma de la pieza deseada a golpes de martillo. Pueden oírse todavía los ecos de los golpes y el diálogo entrecortado, interrumpido definitivamente por la divina presencia de Apolo.

Porque el cuadro no representa un taller de herrería sin más, como ha escrito Ortega. La aparición de Apolo opera por sí sola como reclamo de atención. Se suspende la charla y el trabajo: los integrantes de la escena quedan pendientes del parlamento: se revela aquí el carácter de instantánea de la pintura velazqueña, que tanto ha deslumbrado al ilustre filósofo. Apenas puede distinguirse a Vulcano de sus ayudantes por la mirada extrañada y atenta al recién llegado. La presencia de Apolo parece claramente concebida en su condición de ruptura o discontinuidad entre los elementos de la obra. Se trata de una presencia extraordinaria, divina. El tratamiento de la figura solar es intencionadamente más luminosa y solemne que los esforzados herreros, incluido su contrahecho pero divino patrón.

uraplgv1.jpg

Se manifiesta aquí el tratamiento cualitativamente diferente que, según Lopez-Rey, el artista concede a lo divino y a lo humano. El Vulcano de Velázquez es digno de una descripción hesiódica. Es un Vulcano trabajador, un poco escéptico y descreído, ajeno por completo a las promiscuidades habituales del panteón olímpico, que mira entre desconfiado y sorprendido al divino indiscreto.

Los elementos dramáticos de la escena son, como es común en Velázquez, escasísimos: tan sólo la mirada extrañada —una ceja levemente levantada— del marido traicionado ante la presencia y el parlamento de Apolo. Puede especularse con el instante mismo de la comunicación de la infidelidad de su esposa; todavía no ha habido tiempo para la reacción intempestiva, una imprecación colérica, un desmayo o un gesto destemplado. Apolo, atento a la gravedad de su parlamento, parece un alumno de la Academia o el Liceo (¿una influencia de Rafael?) dirigiendo una reposada y enjundiosa pregunta a su maestro. Es asimismo llamativa la similitud que posee su imagen con las representaciones del arcángel Gabriel en las escenas de la Anunciación.

El mensajero parece cauteloso ante la ruda condición de su auditorio. Los compañeros de labor de Vulcano apenas sí han interrumpido su afán para escuchar al recién llegado. No hay miradas cruzadas de sorpresa ni gestos de estupor. Tan sólo el obrero joven —el cíclope aprendiz— ubicado frente a la boca del horno, compone un gesto de solicitud cansina o desganada, como el de quien se molesta al ser interrumpido en su labor, que no sería diferente al que le merecería la presencia de un cliente habitual de la fundición. Y sin embargo, el desgarro y la tensión de la escena es manifiesta. La concentración y entusiasmo de la tarea se interrumpe con un pregón que se antoja absurdo y radicalmente ajeno.

Puede identificarse en La forja de Vulcano una primera explicación del recurso a la mitología del artista: se trata de la inclusión de elementos de ruptura en escenas de la vida cotidiana, que imprimen a la obra una intensidad dramática no expresable a través de medios directos de expresividad corporal.

LOS BORRACHOS (LA FIESTA)

El cuadro es vulgarmente conocido como Los borrachos, o con el título irónico, más sofisticado (y un tanto snob) de El triunfo de Baco. Mientras que con respecto a esta denominación debe decirse que una escena triunfal sólo podría ser representada como apoteósica o gloriosa, del nombre más difundido debe decirse que no constituye una escena de borrachos. Steven Orso, en la conclusión a su tesis interpretativa, ha propuesto una nueva denominación: Baco en Iberia (Bacchus in Iberia).

uraplgv2.jpg

Ortega trata desconsideradamente este lienzo. Contraponiéndolo a Poussin, que afirma que la belleza es atributo divino y no humano, el pensador califica al pintor de Los borrachos de «impío» y «ateo»: Baco es suplantado por un «mozancón rollizo y linfático», rodeado de unos «pícaros ganapanes». Se trata de un cuadro que expresa un «realismo materialista», ya que los dioses, en opinión del autor citado, son personificaciones o alegorías de la abstracción de todo lo bueno que hay en el hombre. En lugar de bacanal hay borrachera, «alcoholismo». En vez de Baco —añade el pensador— «hay un sinvergüenza representando a Baco».

Ortega repite así la antigua opinión de Mengs, Ponz y el mismísimo Goya, quienes en el siglo XVIII habían descrito el cuadro como la representación de un Baco fingido. Es de suponer que el ilustre filósofo se arrepentiría de tales afirmaciones, al moderar tales comentarios en sus escritos posteriores sobre el artista.

Por otra parte, más allá del concepto de Ortega sobre lo trascendente, debe señalarse que tal afirmación sería atendible si las interpretaciones que él juzga como impías o materialistas pudieran manifestarse en cuadros de temática específicamente religiosa o, más bien, cristiana. Ya se ha mencionado el certero comentario de López-Rey sobre las atenciones privilegiadas que prodiga el artista a las representaciones de Jesucristo o los santos.

No debe olvidarse que las mitológicas ocupan el lugar, en el universo conceptual del artista, de divinidades paganas, y por tanto, invariablemente falsas. Se trata, como señalara el mismo Ortega unos años después, de una muy en boga apelación de los artistas a una «religión poética», que servía de justificación para representar escenas no directamente relacionadas con la religión cristiana, cuya temática era la única legitimada para la representación. Es natural, en consecuencia, que tales personajes no recibieran un trato reverencial de parte del artista y sirvieran como excusa para representar escenas o personajes conformes al interés del pintor.

El lienzo posee la rara virtualidad de combinar tres «subgéneros» clásicos de Velázquez. Aunque está situada al aire libre, es una escena propia de un bodegón. La mayoría de los personajes son pícaros (los que en una corte ocuparían el lugar de bufones). Y el motivo que justifica la representación es mitológico. Incluso, dada la precisa caracterización fisonómica y gestual de algunos de los personajes, podría especularse con una apelación a un retratismo anónimo.

Se decía al principio que no se trata de una escena de borrachos. Efectivamente, no hay tales: se mantiene la condición social del symposion. No hay gentes por el piso o empinando el codo. No hay representación directa de ingesta de alcohol. Steven Orso, en su exhaustivo estudio, ha señalado las distancias que se observan entre las representaciones de escenas báquicas o bacanales más conocidas de los siglos XVI y XVII —recuérdese la Bacanal de los Andrianos, de Tiziano, los grotescos lienzos con motivos de taberna de los pintores flamencos y holandeses— o las que sobreviven de la Antigüedad clásica, y el Baco velazqueño. Aquí no hay cuerpos desnudos en el suelo, ni danzas frenéticas, y mucho menos ninfas o efebos en posiciones voluptuosas o gentes dormidas.

La sobriedad de la escena está remarcada en la verticalidad de los cuerpos. Orso ha reparado en la serena superficie del líquido contenido en el recipiente que sostiene el personaje tocado con sombrero que mira al observador y el anciano canoso que contempla solícito a Baco. Existe en sus actitudes una intencionalidad diferenciada y expresa, la disposición de diálogo con que han sido dotadas las figuras de la derecha, la capacidad de interacción con el observador que poseen las que se ubican en el centro del lienzo.

Parece más bien una reunión de viejos pícaros: el ambiente es bueno, festivo, quizá un poco eufórico. Pero no están ebrios. La escena es acontecimento social, brindis, reunión festiva de camaradas. La impresión, a primera vista, de tumultuosidad promiscua del grupo humano representado remite definitivamente cuando se repara en las actitudes individuales de cada personaje. Igualmente que en el taller vulcánico, es necesario representar figuras humanas dispuestas en una proximidad poco común, para mantener el cuadro dentro de un formato razonable. Velázquez resuelve este problema con una elegancia inigualable.

La especulación que asimila la escena de la adoración a Baco a una representación de la ceremonia eucarística, sugerida por López-Rey, tiene tanto sentido como la que podría tentarse entre La forja de Vulcano y la Anunciación. Más bien parece tratarse de ciertos universales de la representación artística. Igualmente descaminadas parecen las interpretaciones moralizantes del cuadro. Ya sea en el sentido negativo, es decir, de condena a la ebriedad —como ha sugerido el autor antes citado—, o positivo, de representación de la prudencia y liberalidad regia —el caso de López—, no hay suficientes elementos para indicar tal intencionalidad en el artista.

La interesante y muy documentada tesis de Orso que intenta explicar la concepción del cuadro en razón de la censura que merecía la pintura de Velázquez por parte de los otros pintores al servicio del rey, que le reprochaban dedicarse a géneros considerados menores —bodegones y retratos— y no pintar géneros mayores, tales como la pintura religiosa e histórica, tiene el inconveniente —explicado insuficientemente por el autor a partir de una obra de compromiso que se sitúa entre el naturalismo de las primeras obras y la exigencia social o profesional de contrarrestar las críticas envidiosas de sus colegas— de ser extremadamente problemática a los efectos de interpretación.

Si Velázquez se proponía exclusivamente —como Orso sostiene— mostrar sus dotes en un género que gozaba de mayor aceptación entre críticos y entendidos, debería haber desplegado la simbología y los atributos clásicos que exigía la pintura histórica o mitológica, haciendo uso de las representaciones clásicas y más difundidas de las figuras. En su lugar, el espectro posible de interpretaciones se ha movido desde el falso Baco al episodio mítico de la conquista de Iberia por parte del dios y sus compañeros faunos.

En Los borrachos aparece una segunda variante interpretativa que cabe atribuir a los cuadros mitológicos de Velázquez: la representación de escenas realistas bajo la excusa del tema mitológico. El pintor se sirve nuevamente de la deidad pagana para describir el mundo de la vida. Las divinidades que poseen su carácter explícito aparecen como ajenas, aisladas o ausentes de la escena en medio de la cual son representadas. A Velázquez no le «interesa» Baco, así como tampoco le interesan Marte, Apolo o Vulcano (poniéndose así en particular evidencia el sutil rasgo de desinterés general que percibe Ortega en sus obras), sino el contraste dramático que la presencia de estas divinas figuras puede componer, situadas en escenarios propios de la vida cotidiana. Velázquez muestra así las virtualidades de una concepción personal del arte pictórico, adoptando formalmente un género aceptado por los criterios de la época —el mitológico— pero resignificándolo en beneficio de sus propios intereses temáticos: la vida cotidiana.

EL DIOS MARTE (LA GUERRA)

Pasado por alto generalmente entre los tratadistas y estudiosos del artista, el Marte aparece como una obra sencilla en su composición pero de gran riqueza conceptual. Ortega despacha sumariamente el análisis de la misma afirmando que se trata, como otros cuadros de similar temática, de la ridiculización o tratamiento satírico de un motivo mitológico. Sin embargo, el único y débil argumento que apoya tal afirmación es que la representación del dios ofrecida por el artista escapa a las interpretaciones canónicas de su figura. Conviene revisar estas aparentes inconsecuencias en el tratamiento de la figura del dios con respecto a las imágenes clásicas del mismo, en busca de un sentido más profundo.

Tenemos ante nosotros a un hombre maduro, de mediana edad, tocado con un tipo de yelmo conocido como borgoñota y en postura laxa, adoptando una actitud que a primera vista cabría calificar de contemplativa. Apenas cubierto por un lienzo de tono azul claro, se sienta sobre lo que bien podría ser una cama revuelta, justo encima de una sábana de color rosa: no hay aquí clámide impecable, ni brillantes mantos rojo sangre, ni terciopelos luctuosos, ni mucho menos brocados de oro.

Tampoco hay soleados campos de batalla, ni masas de soldados desplazándose como mar de fondo; la penumbra completa un ambiente interior, propio de recámara. Un pie reposa en el suelo oculto por el paño rosa; el otro, apoyado sobre el borde de la cama, eleva la rodilla a la altura del pecho; sobre esta última descansa el codo del brazo izquierdo, cuya mano sirve de soporte leve al mentón.

La mano derecha sostiene sin fuerza un bastón de madera que no puede contemplarse en su totalidad, aunque a juzgar por su longitud y grosor no parece corresponder a un arma clásica, sino más bien a una herramienta agrícola: como si el dios romano de la guerra hubiera recordado súbitamente sus oscuros orígenes de deidad telúrica. A sus pies yace un montón de armas, entre las que pueden distinguirse un escudo, una coraza —ambos, elementos de defensa— y el conjunto de empuñadura y guardamano de una espada; la hoja, significativamente, está fuera de cuadro. Orso ha especulado con la condición de pendant —cuadro que hace pareja o correspondencia con otro— del Marte con respecto a La forja de Vulcano. Según la leyenda, después de que Vulcano fuera informado de la traición de su esposa Venus con Marte, el dios encolerizado los descubrió y puso en evidencia ante todo el panteón, ridiculizándolos. El cuadro dedicado al dios de la guerra sería una escena inspirada en la desolación de Marte ante la humillación. El dios estaría sumido en estado de estupor, al borde del lecho adúltero. El Marte, en palabras del autor citado, sería un «devastador estudio de ego masculino en colapso».

Nuevamente, la economía radical de la composición permite poner en cuestión la interpretación ofrecida. Como en el estudio sobre Los borrachos, la excesiva dependencia de dichas interpretaciones respecto a elementos extrapictóricos conspiran contra las mismas. No hay figuras de la amante en fuga o avergonzada, ni espectadores divinos: las escenas intermedias ausentes del relato parecen negar la relación temática directa entre ambas obras. Las licencias que se toma el artista con respecto a la representación de las figuras mitológicas conspiran asimismo contra la interpretación ofrecida: si Marte acaba de ser sorprendido en el lecho con Venus, ¿a qué conservar el yelmo en su cabeza? El resto de sus armas y vestiduras están esparcidas por el suelo. Finalmente cabe preguntarse si un hombre puesto en ridículo o avergonzado es capaz de sostener la vista, como lo hace el dios de la guerra.

La imagen que se nos ofrece de Marte parece a primera vista la antítesis del talante del guerrero. El artista ha evitado toda representación canónica. Lo que aparece no es un efebo erguido en actitud desafiante, vistiendo panoplia completa, con el brazo tenso y el arma lista. En cambio, ha elegido a un hombre maduro, algo entrado en carnes, de constitución no muy atlética, apoyado relajadamente al borde de un lecho. El único elemento que le da cierto carácter marcial es su yelmo: el resto de sus armas yacen amontonadas en el suelo. Su rostro, como decíamos, no es juvenil ni parece particularmente saludable, se trata, en todo caso, de un guerrero profesional. Por los enormes bigotes, Velázquez parecería inspirado en algún temible lansquenete, aunque no sería en modo alguno difícil trasladar sus rasgos y expresión a un húsar de la Grande Armée, un sargento alemán de infantería de la Primera Guerra Mundial, un oficial de los US Marines o un miliciano de la guerra de desmembración de Yugoslavia.

uraplgv3.jpg

Se ha especulado con la supuesta inspiración de Velázquez en la figura escultórica de Miguel Ángel conocida como Il pensieroso. Es un personaje sedente, ataviado con una armadura clásica y vestidos de guerra, que se halla sumido en profundas cavilaciones. Dicha representación muestra cierto carácter paradójico. La figura, a pesar de ser atlética, bella y de aspecto noble, no posee una actitud guerrera: no hay cosa más alejada de la guerra que la reflexión en la que se ve inmerso el personaje representado. El Marte sería una continuación en el estudio iniciado por Buonarroti.

Pero aguzando un poco la vista, lo que aparece en primera instancia como actitud contemplativa se revela como algo diferente. El personaje no se halla reconcentrado en sus reflexiones: no tiene la vista perdida ni los ojos cerrados. Sus ojos —reducidos a dos puntos esquemáticos, difusos, sin blanco— no poseen el brillo propio de la inteligencia. Las cavilaciones que parece estar abrigando no estimulan la imaginación del espectador. En realidad, Marte mira a éste con aire de requerimiento desganado, desde el fondo de la sombra que proyecta el yelmo, aparece una expresión que no es otra que la del aburrimiento.

No parece adecuado especular con el descanso que sigue a la batalla: el agotamiento posterior a tan ingente esfuerzo sólo puede ser representado con el sueño rendido, y no con la abulia. Tampoco puede verse un cuerpo transpirado, herido o cubierto por el polvo. El Marte de Velázquez es un guerrero de imaginaria, de marchas forzadas y holganza, de días interminables de asedio, de reglamentos, disposiciones, de monotonía vital: una tropa de ocupación. Porque la mayor parte del tiempo de guerra es precisamente eso. Su dios de la guerra viene a constituir el anverso más opaco o ignorado de la brillante realidad humana mostrada en Las lanzas.

En Filosofía de la vida cotidiana, Rafael Alvira ha escrito que la excitación de la guerra, al ser una pseudo-fiesta, no sirve para superar el aburrimiento. No hace mucho tiempo un fotógrafo norteamericano que había trabajado en Vietnam advertía, en un reportaje televisivo, a quienes pensaban en la guerra como algo excitante, que no había cosa más aburrida que ver un pelotón de infantes cargando colina arriba. Velázquez, cuatro siglos antes y dentro de una sociedad militar en plena vigencia, parece plantear un desafío al clásico esquema bifronte con que la guerra ha sido mostrada habitualmente —vida y muerte, exaltación y miseria, épica y dolor, éxtasis y sufrimiento—, y le agrega una tercera cara: la del tedio.

Aparece en el Marte una tercera forma de interpretar los cuadros mitológicos de Velázquez: la distorsión de la alegoría de la guerra, el mito volcado al revés del que hablaba Ortega, pero no en sentido satírico o burlón, sino con una intencionalidad crítica muy personal, inédita para la época.

EL CRISTO CRUCIFICADO (LA CONTEMPLACIÓN)

Es preciso, antes de tentar cualquier consideración sobre el Cristo de Velázquez, preguntarse si es posible decir algo que supere lo ya escrito por Unamuno en su célebre poema. Sirva como respuesta la aguda observación de Víctor García de la Concha: el lienzo velazqueño va perdiéndose en la obra monumental del pensador y poeta, quedando así como inicial referencia declamativa pero no redimida posteriormente, a lo largo del poema.

Es ésta otra obra extraña. Los críticos no parecen haberla considerado mucho. Ortega afirma que no hay en este lienzo exhibición de dolor ni emoción mística; en su opinión, Velázquez habría querido impresionar al espectador con la «seriedad extática». El cuadro constituiría una obra dotada de gran patetismo, pero sin recurrir al repertorio expresivo de tal condición. Se trataría un «patetismo de la seriedad». Sin restar méritos a tan refinada interpretación, es posible señalar algunos elementos que pueden dar pie a otras lecturas divergentes. Conviene detenerse en la composición y algunos elementos de la obra.

Aparentemente, el artista no ha querido pintar directamente la escena de la crucifixión, sino que se trata de la representación de una representación: es la pintura de lo que podría ser una escultura situada en un templo, por lo que cabe interpretar a partir de la tenue sombra del crucifijo sobre un muro y el tratamiento de la luz sobre la figura. Este recurso le permite a Velázquez hacer supresión natural de todo otro elemento que no constituya cruz o Crucificado: Gólgota, compañeros de cruz, verdugos, juanes, santas mujeres, cielos tenebrosos o tormentosos. Estas ausencias en el fondo oscuro del cuadro constituyen el primer indicio de la elevada carga intencional de la obra.

El segundo elemento de similar carácter es el cuerpo de Cristo. Ortega incluye la composición correspondiente al cuerpo de Cristo en un estilo al que denomina pintura velazqueña reducida, es decir, ejecutada a un nivel convencional dentro del estilo del pintor. Esto parece ser cierto, pero es necesario completar la observación con lo dicho en el párrafo anterior: es la reproducción pictórica de una obra escultórica destinada al culto, en todo conforme a las reproducciones de la época. Lleva razón Ortega cuando escribe que Cristo parece cómodo en su cruz, lo cual se le antoja una fuerte paradoja.

Sin embargo, la observación no parece tan acertada cuando el gran filósofo español se refiere al rostro; según éste, la expresión de dolor que podría manifestarse en el mismo ha sido cubierta con parte de la melena. Ortega olvida señalar las diferencias entre el «velazquismo reducido» del cuerpo y el estilo diferenciado del rostro. La discontinuidad es harto significativa. Es evidente que el rostro del Crucificado es el elemento compositivo más importante de la obra, y su realización escapa a la condición de éxtasis que Ortega advierte en el cuadro.

La representación del rostro se distingue violentamente de las formas escultóricas convencionales del cuerpo: la cabeza abatida y la melena sobre la cara poseen formas de clara ruptura, son esencialmente pictóricas. No es un rostro sereno, cómodo. Sin embargo, más que querer ocultar dolor, parece mostrar otra cosa. El recurso posiblemente haya evitado a Velázquez realizar una fisonomía demasiado precisa de Cristo en la cruz; se trata de la irrepresentabilidad del rostro del Mesías en el momento más importante de su paso por la tierra.

Pero la resolución del problema posee una poderosísima capacidad de sugestión, dando lugar incluso a la leyenda popular que cuenta la aparición mágica de la cabeza del Cristo, al arrojar el artista rendido los pinceles contra el lienzo. Cristo mira a la tierra o tiene los ojos cerrados. No hay miradas luminosas ni desgarradas al cielo. Parece vencido y resignado: podría decirse que es el momento inmediatamente previo al reclamo de abandono elevado a las alturas.

uraplgv4.jpg

Es un rostro oscuro, oculto; la representación misma de la tiniebla. Las referencias unamunianas al rostro como un ocultamiento celeste, cuestión sobre la que luego se volverá, componen una luna velada por la nube negra de la cabellera del Nazareno. El efecto se incrementa por el contraste con la aureola que asoma detrás de la coronilla: la faz del Cristo de Velázquez es el oscurecimiento mismo del cielo, constituye el eclipse humano-lunar de la luz solar-divina.

Se trata de un Cristo derrotado, ensombrecido por la derrota. Si el artista hubiera querido acompañar al rostro del Dios vencido con un cuerpo en consonancia, debería haber optado por una anatomía realista, descoyuntada, colgada a peso muerto de las muñecas traspasadas, con el pecho hundido y las rodillas salientes, al modo en que muchos artistas recientes han representado la escena de la cruz. Sin embargo, un cuerpo así ejecutado, es decir, armonizado con la tensión emotiva del rostro, hubiera desviado la atención hacia los miembros dolientes. Tampoco hubiera tenido similar efecto la representación exclusiva de la cabeza del Nazareno; en cambio, el cuerpo elegido por el artista es un apunte que sirve de marco para lograr, como un cono de perspectiva o una serie de círculos concéntricos, la mirada atenta del espectador sobre el rostro representado.

Pero si en un primer momento el cuerpo obra como haz de líneas concéntricas que conducen la atención al rostro, también es contraste sobre el que se repara luego de reposar la vista en la cabeza del Nazareno. A una cabeza sufriente o inerte corresponde un cuerpo inmaculado, glorioso, triunfante, resurrecto, que no varía sustancialmente de las representaciones artísticas del Cristo del Domingo de Gloria o de la Ascensión. El cuerpo de Cristo se le aparece a Unamuno como un pendón de victoria. Es un cuerpo vivo.

No encorvadas, erguidas tus rodillas
a modo de quien marcha, pues tu muerte
jornada es, no de descanso.

Es el cuerpo de un Cristo glorioso; no hay retorcimiento ni manierismos, no hay sufrimiento aparente. Es un cuerpo de pie, firmemente parado sobre el apoyapiés. No hay verdugones ni profusión de sangre, no hay magulladuras ni llagas producto del accidentado y penoso transporte de la cruz. Los signos de la pasión sólo están anotados y sirven de sobrio recordatorio del calvario.

Puede advertirse que Velázquez no habría conseguido el mismo efecto si la parte que refiriera la victoria y la resurrección fuese el rostro y la que hablara del sufrimiento y la muerte fuera el cuerpo. Aparte de que probablemente compondría un conjunto grotesco, se alteraría la sucesión cronológica de los acontecimientos en los que se opera la Redención de la Humanidad.

Por otra parte, se trata de un Cristo blanco. Aparece nuevamente la metáfora cósmica: Unamuno ha señalado el carácter lunar del cuerpo del Nazareno, su blancura inmaculada, que hace encabezar a buena parte de sus estrofas con vocablos de clara sugestividad: luna, alba, rosa, nube, hostia, lino, leche… La luminosidad divina es sol cegador para el hombre: hace falta la interposición y mediación de la humanidad de luz lunar de Cristo.

Cabe señalar que la sola mención de estas inconfundibles características de la obra de Velázquez señalan la contradicción en la que cae Unamuno si se recuerda la intención expresa respecto a su proyecto original, de cantar la carnalidad diferencial del sentimiento religioso español. La distancia entre el Cristo velazqueño y el unamuniano se hace abismal.

La obra del pintor sevillano posee una inusitada complejidad significativa, en la que está desarrollada a modo de compendio la doctrina y la praxis de la salvación cristiana: muerte-sacrificio y resurrección-victoria, articuladas en una dimensión espacio-temporal única, en la cual la atención del espectador hacia el primer término de las parejas conceptuales señaladas precede y es motivo de atención del segundo. El lienzo es una admirable aproximación visual a lo que constituye la mismísima contemplación, inmediata y sintética, por encima de la razón, discursiva y analítica. La paradoja que observa Ortega en el Cristo de Velázquez no es sino el escándalo propio y constitutivo del cristianismo.

Yo prometo

Barack Obama quiere cambiar los Estados Unidos y de paso el mundo, pero ¿hacia dónde lo quiere guiar? ¿Qué significa cambio para él? ¿Qué decisiones tomaría para mejorar la sanidad americana, la crisis económica o los conflictos de Oriente Medio? ¿Qué haría para frenar la subida del precio del petróleo? Y los votantes americanos, ¿qué medidas pueden esperar de él? Aunque Obama parezca encaminado a liderar la Casa Blanca, son todavía muchos los que le consideran un político impredecible que vende humo con su elegante retórica. En este mismo número José María Areilza escribe que el senador por Illinois ha conseguido representar muchas cosas para gente muy diversa; recientemente David Brooks, del New York Times, le caracterizaba como un político con múltiples personalidades, capaz de combinarlas y cambiarlas sin problema. Los conservadores le siguen criticando y calificando de peligroso liberal de izquierdas; los americanos más ignorantes le creen un musulmán ferviente, y para los demócratas Barack es el unificador de un partido dividido en elecciones pasadas y el encargado de reconducir el país por el camino marcado por sus padres fundadores. Su juventud, falta de experiencia (sólo cuatro años como senador en Washington DC) y elocuencia, en lugar de afinar su mensaje contribuyen a acrecentar su leyenda (positiva o negativa, según sea el caso) y aquellos que quieren saber específicamente qué medidas fiscales, económicas o sociales tomaría si fuera elegido presidente tendrán que votar por él para averiguarlo. Es el precio que hay que pagar para cambiar el mundo, al menos por ahora.

Aún no está claro qué decisiones tomaría Obama para remediar la subida del precio del petróleo —si es que esto es posible—, paliar la crisis económica o para redistribuir la riqueza americana más equitativamente. Tampoco ha indicado de dónde obtendría los fondos necesarios para financiar la ampliación de la sanidad pública a todos los americanos o cómo retiraría las tropas de Irak sin que el país se sumerja en el caos y la guerra civil, aunque éstas sean las iniciativas estrella de su campaña. Y no resulta fácil anticipar algunas de estas cuestiones, no sólo porque el candidato no haya dedicado mucho tiempo a explicarlas, sino porque ha variado su discurso y dado marcha atrás en algunas promesas de inicio de campaña que han resultado imposibles de mantener. No obstante, nuestra incapacidad para prever los detalles de su posible presidencia no es necesariamente un aspecto negativo de su candidatura: no parece haber razón para la impaciencia si Obama hace política en la forma prometida, es decir, pausada, razonada, lejos de extremos ideológicos, buscando construir puentes hacia el partido republicano y reunir el apoyo del máximo número de legisladores, y no adoptando decisiones rápidas con repercusión mediática pero nulo efecto político, social o económico.

Al fin y al cabo el cambio propuesto por Obama no debe buscarse en el detalle de sus propuestas: pretende ser un cambio total en la forma de hacer y entender la política. Una de las novedades es que a diferencia de las decisiones de Bush, las suyas no vendrían definidas previamente por la ideología reinante, si no que se elaborarían en atención a las circunstancias, datos y necesidades de cada momento sin condicionamientos de partido. Medidas que apelen a políticos en busca del interés de la nación antes que el de sus respectivos partidos, medidas que, en definitiva, no nacerían cegadas por los principios más liberales (en la interpretación americana del término) del partido demócrata. Claro que en política lo más discutible es la definición del interés nacional, y cada decisión dependerá de cómo se interpreten dichas circunstancias, datos o necesidades. En esta materia, no obstante, Obama responde con inteligencia y firmeza.

Según un estudio realizado por el National Journal, en 2007 Obama ha sido el senador americano más situado en la izquierda política. Pero Obama no es un candidato fácil de catalogar desde el punto de vista ideológico; gran parte de su discurso y de su apoyo se nutre de independientes e ideas moderadas, y sus asesores no representan el ala radical demócrata al estilo que lo hacían los halcones de Bush en el bando conservador. En todo caso, Obama contrarresta su récord de votaciones liberales con su discurso pospartidista, y se refugia en debates abiertos pero complejos sobre la raza, la religión o los principios fundacionales del país para de esta forma evitar valorar o discutir en profundidad la subida de impuestos propuesta para los más ricos y la financiación de la sanidad pública de inmigrantes, por poner un ejemplo, con subsidios federales. No es fácil elaborar propuestas concretas cuando se quiere cambiar la política en general y el mundo en particular.

Obama quiere acabar con el histórico problema de la sanidad pública extendiéndola a todos los americanos, pero no ha aclarado cómo recaudará todos los fondos necesarios; con la subida de impuestos que ha previsto para el 20% de la población con mayores ingresos obtendría unos 700 miles de millones de dólares que posiblemente serían insuficientes para su financiación. A este tipo de insuficiencias de programa se enfrenta Obama en campos clave como la seguridad social, la política energética, la política exterior y la política fiscal. Y las dificultades aumentan: su equipo puede pensar que para ganar las elecciones no necesita —ni debe— elaborar propuestas definidas en términos energéticos o económicos, pero la realidad es que en dos cuestiones en las que sí se definió claramente —NAFTA y financiación pública de la campaña— el candidato ha cambiado su discurso y arriesgado el valor de su palabra.

En el terreno económico Barack, que ha pasado de querer romper con NAFTA a alabar el tratado de libre comercio norteamericano, aún está empezando. Poco después de asegurar su candidatura contrató a un nuevo asesor, Jason Furman, procedente de la Brookings Institution, con el encargo de elaborar propuestas económicas de consenso y moderadas. Dicho asesor debe fomentar un nuevo debate económico con el objetivo de definir las medidas que serán necesarias para reparar el desastre fiscal de los años de Bush, y, aún más difícil, diseñar una agenda económica que además de romper con el pasado venda el sueño de un mejor futuro económico. Pero su indeterminación económica es compartida por McCain; el candidato republicano, tras oponerse hace años a las exenciones fiscales para las personas con mayores ingresos diseñadas por la Administración Bush ha decidido ahora hacerlas permanentes, sin molestarse en aclarar de dónde vendrán los fondos que se pierden por esta vía.

En política exterior, en cambio, la falta de concreción de Obama sí contrasta con la simplicidad de las propuestas de McCain. Las ideas generales de Obama concuerdan con la política americana tradicional previa a Bush —multilateralismo, moderación y diplomacia— pero en el tema de Irán, por ejemplo, no sabemos qué haría si este país reiniciara sus proyectos nucleares de forma encubierta o se interpusiera más abiertamente en la reconciliación iraquí. Las relaciones de McCain con Teherán sí son predecibles: oposición, ausencia de diálogo, sanciones y dureza… y sus resultados son conocidos puesto que su política sería similar a la actual —Irán es hoy más fuerte que en 2002 y Oriente Medio un polvorín de difícil solución—. Por su parte, sabemos que Obama se reuniría con los líderes iraníes «sin precondiciones», pero ¿qué debatiría? Como ejemplo de diálogo con un líder de ideología opuesta el senador por Illinois ha citado la reunión de JFK con Kruschev en Viena en 1961, pero no parece que se pueda comparar al líder soviético con Ahmadineyad, ni que Obama recuerde que el mismo Kennedy confesó haber recibido una paliza del soviético. Entonces, la impresión que Kruschev se llevó del joven presidente obligó a éste a enfrentarse a un problema terrible: «If he thinks I’m inexperienced and have no guts, until we remove those ideas we won’t get anywhere with him. So we have to act». A diferencia de la de McCain, la política exterior de Obama puede ser novedosa, y puede, por ello, traer efectos diferentes. La novedad conlleva un riesgo, y considerando la actual situación de Oriente Medio los electores americanos quizás opten por elegir un nuevo camino, aunque no estén seguros de adónde les lleva. De todas formas para algunos su poca experiencia en este campo no importa, pues, como dice el senador Joe Biden —defensor de Obama y experto en relaciones internacionales— el candidato aprende mucho y rápido.

Tampoco está claro cómo Barack retiraría las tropas de Irak sin ceder ante los terroristas, la presión iraní y la política siria. La mejora de la situación y la crítica ante un repliegue excesivamente rápido (Obama había pedido la salida para marzo de 2008) le ha hecho ajustar su discurso hacia una retirada militar «responsable y gradual». Este ajuste de palabras ha permitido a los republicanos tacharle de inconsistente y oportunista, pero en realidad el candidato sólo ha moderado su discurso persiguiendo el mismo fin. La cuestión es salir de Irak lo antes posible, pero dejando el país con un sistema democrático que funcione. Al final Barack ha comprendido que a los Estados Unidos les recordarán tanto por la forma en que entraron en Irak como por la forma en que salieron.

En la cuestión de Hamás, McCain, a diferencia de Obama, es nuevamente muy previsible: para él, Hamás es un grupo terrorista que sólo puede ser derrotado por la fuerza. Para Obama, en cambio, es algo más que un grupo terrorista, es también un partido político que ejerce una función social. Pero mientras que la actitud de McCain no requiere complicaciones estratégicas, la de Obama exige una respuesta compleja, difícil y peligrosa, que aún está por llegar. Por ahora ha respondido con fuerza al simple argumento republicano de separación entre «buenos» (americanos y aliados) y «malos» (Hitler, Hamás y el presidente iraní, todos en el mismo cesto), pero aún debe indicar qué cree él que se puede hacer para establecer un estado palestino que integre un Hamás desarmado que reconozca la existencia de Israel.

Un último apunte: la política energética de Obama estaría más enfocada hacia las energías limpias y el bioetanol que las de Bush y McCain, y aunque en este apartado también pueden faltar propuestas concretas, sí sabemos que, al menos, no perforaría el fondo oceánico de las costas de Florida y California para extraer petróleo a diez o quince años vista con un enorme coste económico que no ofrecería ningún remedio a los precios del petróleo de hoy ni a las dificultades energéticas del mañana. McCain, que ha realizado esta propuesta a pesar de haberse opuesto a ella durante muchos años, ha confesado que no busca un impacto económico sino psicológico, que, en última instancia, produzca un efecto económico.

Para sacar partido de la falta de precisión de Obama, McCain le ha retado a salir de la televisión —medio en que el demócrata es superior— y debatir en pequeños foros abiertos e informales en los que el público interviene y exige de los candidatos improvisación, intuición y concreción en lugar de grandes y elocuentes discursos sobre la igualdad, la raza o el futuro de la nación. McCain lleva más de veinticinco años haciendo esta clase de reuniones públicas y es un experto en las mismas; Obama tendrá que aprender a llevar este mano a mano y responder a los ciudadanos con propuestas quizás menos elocuentes pero más específicas. Vencer en estos debates y descender a la tierra no será fácil, pero es uno de los inconvenientes de intentar crear una nueva forma de hacer política.

«La carretera»: apocalipsis y esperanza de Cormac McCarthy

Mientras queden escritores como McCarthy la idea de literatura está a salvo. La trayectoria de McCarthy (Rhode Island, 1933) se alza como espejo de aquello a lo que deben aspirar los escritores de hoy y de mañana, como los de siempre: no a manufacturar productos vendibles sino a dominar un arte difícil y ampliar desde la imaginación creativa los márgenes de la verdad antropológica.

Quien con Salinger y Thomas Pynchon constituye el trío maldito entre los narradores norteamericanos ya clásicos –evitan con escrúpulo maníaco la escena publica desde hace décadas– es sin embargo un autor extremadamente honesto en su escritura, alejado de poses y entregado a la expresión de su idea del ser humano, entre fatalista y esperanzada. Si alguien era capaz de describir con verosimilitud cómo sería la vida en el mundo tras un holocausto nuclear –argumento de La carretera–, ese novelista es McCarthy. El hecho de que esta obra haya merecido el Pulitzer en 2007 y haya alcanzado cifras de venta muy estimables esboza un futuro alentador para la literatura de calidad. Porque La carretera es una obra maestra como hay pocas entre las novedades editoriales de los últimos cinco o diez años, y no por nada ha merecido los elogios de Harold Bloom.

La novela cuenta las desventuras de un padre y su hijo pequeño que cogen la carretera y emprenden un éxodo penoso hacia el sur en una tierra que –sin que el autor lo explicite– acaba de ser reducida a escombros por el temido cumplimiento del armagedón atómico. El cielo es una cúpula color ceniza y el clima un invierno permanente; los árboles son corteza seca y los pueblos y ciudades montones de ruinas saqueadas; los hombres son animales famélicos que se comen entre ellos para sobrevivir y el pasado de un mundo próspero sólo emerge como sueño en sus mentes atormentadas.

En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo puede oponerse a la desesperación

En este ambiente, sólo el amor de un padre por su hijo –un amor sacrificado y homicida, si es preciso– puede oponerse a la desesperación. Con una prosa de una eficacia y precisión desconcertantes (que recuerda mucho a Hemingway) y un dominio abrumador del tiempo narrativo –contra lo que cree una vanguardia impostora, es muy difícil hacer un relato lineal y que jamás decaiga la tensión– el autor logra una parábola muy semejante a la que esculpió Daniel Defoe con su Robinson, sólo que desde filosofías históricas opuestas: si Crusoe era el Prometeo de la orgullosa civilización renacentista, capaz de llevar el progreso racional al salvaje, el padre sin nombre de La carretera es el exponente terminal del fracaso de la edad moderna, que se jacta de unos avances científicos que no han conseguido humanizar la sociedad y que a la postre, de hecho, la han destruido literalmente.

Como el pianista judío en la película de Polanski, la novela describe de cerca los días y las noches de esta familia que la madre dejó sola al quitarse la vida por pura desesperación. El hijo es la única razón del padre para seguir resistiendo, con una abnegación que en varios momentos emparenta con la fe religiosa: la inocencia de un niño nacido justo después del desastre nuclear funciona como símbolo de la presencia divina en un mundo infame. Por otra parte, el niño reconviene con sencillez a su padre cuando su cuidado paternal implica un daño directo a otros supervivientes, contribuyendo así a mantenerlo en el lado de los «buenos».

El libro es duro. Muy duro. Pero así como no hay lugar en La carretera para la complacencia, sí lo hay para la catarsis genuina de las grandes novelas, que se produce cuando el escritor toca el núcleo terrible y milagroso a la vez del corazón humano.

Beaumarchais en Sevilla

 

Pierri- Augustin de Beaumarchais nunca estuvo en Sevilla, como tampoco Wolfgang Amadeus Mozart ni Gioacchino Antonio Rossini. Jamás Giacomo Puccini llegó hasta el Japón y, en cambio, nos lego una Madama Butterfly repleta de aromas orientales. La imaginación es una vasto territorio al que se asoman las experiencias que tuvimos pero también aquellas que creímos tener alguna vez. Lugares que visitamos, rostros que nos turbaron, sonidos que nos conmovieron.

A tenor de sus obras posteriores, sobre todo las que darían fama, Beaumarchais quedaría hondamente marcado por cuanto vio y sintió en su viaje a España. Hijo de un renombrado relojero, decide viajar a Madrid para visitar a una de sus hermanas, que llevaba viviendo allí diez meses andaba algún tiempo metida en problemas por un pretendiente español que desapareció cuando hubo cobrado por anticipado algunos favores por su futuro matrimonio. La afrenta la deja maltrecha y su hermana, que vive con ella, decide escribir a su padre en febrero del año 1764. En ella, una frase que nos suscita una sonrisa: «Todo Madrid sabe que mi hermana nada tiene que reprocharse». Todo Madrid. Siglos después, no han cambiado tantas las cosas.

Por aquel entonces, reinaba Carlos III y España, qué cosas, tenía dos ministros italianos. Lo primero que vio de Madrid aquel 18 de mayo de 1764 fue la puerta antigua de Alcalá, ya que la nueva se construiría en 1778. En aquel momento, la Villa y Corte estaba en plenas fiestas de San Isidro. Pararía en la parada en la calle de Montera y de ahí, viajaría a Aranjuez, que entonces estaba a diez horas de caballo.

Tendría relaciones con la realeza y la aristocracia españolas, y llegaría a sorprenderse de las críticas que los madrileños hacían a su rey por la megalomanía de sus nuevas obras públicas. » Las ciudades son como niños. LLoran cuando las frotan y las limpian».

Lo que el hispanista Hugh Thomas cuenta en este libro es la divertida peripecia de este viaje, que trae a España al dramaturgo francés por otros cometidos y que le devuelve a Francia con otras vivencias que marcarían su vida posterior. A raíz de una nutrida bibliografía y los escritos del propio Beaumarchais, el historiador sigue sus pasos por el periplo que le llevaría, además, a Segovia y La Granja.Regresaría el 22 de marzo de 1765 con la alforja llena de vivencias “Mi inagotable honor no me abandonó ni un instante” diría después sobre aquel viaje. De ese ambiente surgirían en su imaginación con el tiempo y los ya eternos Rosina, Fígaro, Bartolo o el conde de Almaviva.

Pero no hablaría de Madrid, sino de una ignota Sevilla. Con sus obras, trasladaría a varias generaciones posteriores la imagen de la España de aquellos años, como se encarga el autor de recordarlo en el libro. Beaumarchais “ regreso a París con algo mucho más valioso: un mito de España que pervive hasta nuestros días, un tesoro de recuerdos interesantes, de hombres y mujeres ingeniosos de todas las clase, a todo lo cual dio excelente uso en sus obras El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro, La madre culpable“. Las dos primeras la publicaría en 1775 y 1784, respectivamente, y servirían de inspiración para dos operas esenciales en el repertorio de cualquier teatro y que compondrían Gioachino Rossini y Wolfgang Amadeus Mozart.

Vivir entre pinceles

Un viejo condiscípulo de colegio me confesaba su devoción, desde niño, por los melocotones. Un buen día, ya adentrado en la madurez, accedió al relato de cómo llegaron los melocotones a Occidente. Cuenta la leyenda que una linda princesa china, de amor movida, consintió en transportar las preciadas semillas almendradas, desafiando severas leyes. Y el cofre donde las escondió fue el mágico espacio entre sus núbiles senos. Mi amigo, desde esta lectura, ya  nunca pudo comerse un melocotón como antes. Poetizo la prosaica ceremonia de masticar la aterciopelada fruta mediante una nebulosa liturgia en la que cobraba vida la imaginada tersura de la piel de la princesa.

Así son las cosas. Convivimos durante años con un concepto elemental e inconcreto entre un autor y su obra hasta que un buen día nos llega un relato acaecido en ese espacio irreal, como transportado entre los senos de una princesa de cuento. Nuestra apreciación sobre el uno y la otra cambia para siempre. Unas veces, las más, para humanizar al personaje, elevando la obra a otro nivel.

¿A quién no le ha ocurrido? A lejanos conocimientos sedimentados se superpone de repente un dato nuevo que arroja distinta luz, compone un rompecabezas, convierte una rutina en una liturgia, acaba quizá con una inocencia, da un nuevo lustre. Este cronista confiesa su admiración antigua por La vista de Delft. Pero desde que leyó a Proust considerarlo el cuadro más bello del mundo, el criterio del ilustre engullidor de magdalenas despejó toda duda: no hay otro paisaje como el de Johannes Vermeer.

El autor de esta colección de minirrelatos es a su vez pintor, y no hay duda de que vive entre pinceles. No hay más que ver la dedicatoria a sus hermanos «todo artistas», y hojear estas páginas, que casi parece que manchan de carboncillo y huelen a óleo. Carlos D´Ors recién ha publicado un curioso libro cuyo subtítulo, Cien anécdotas de pintores célebres, no alcanza a definir el contenido. Cien anécdotas son, ciertamente, de cincuenta y cuatro pintores. Pero más allá del sucinto relato de los hechos, el autor ha creado para el espectador un espacio nuevo en la relación autor-obra. Permítanme un ejemplo más. Toda mi vida he admirado los renoirs llenos de figuras, pintados en las orillas del Sena, no sin sentir una especie de pudor pecaminoso veces ante sus numerosos desnudos que presentan orondas jovencitas, adolecentes metiditas en carnes. Carlos D´Ors nos refiere cómo Augusto Renoir tuvo una modelo durante su estancia en Holanda, muy joven y bonita «con su piel de virgen y sus firmes y sólidos senos y el hermoso pliegue que se formaba entre ellos, con una sombra dorada». El artista la apreciaba tanto que quería llevarla consigo a París. Así se lo hizo saber a la madre de la modelo a quien, para tranquilizarla, prometió que ningún hombre la tocaría. A lo cual la madre respondió, como sin entender: ¿qué hará entonces en París, si no trabaja?

Ahora contemplo los cuadros de Renoir con nuevos ojos, tras compartir la sorpresa que entonces sintiera el artista. La bañista peinándose de la Nacional Gallery de Washington ya no puede ser una impúber adolescente cuya contemplación implica pudorosos escrúpulos. Es lo que es: el cuerpo de una bella meretriz en trance de realzar sus encantos.

En ese mundo evanescente, escurridizo, habitualmente opaco para el mero observador, situado entre autor y obra, ha ido introduciendo D´Ors, con cada uno de sus relatos breves, anécdotas que no pretenden ser necesariamente graciosas o extravagantes. No se trata de adornar la figura del artista ni de reafirmar su fama de heterodoxo o bohemio. Tampoco aportan por sistema datos eruditos a la biografía del pintor. Ni siquiera en las notas, donde encontramos sobre todo noticias de personajes que habitaron la vida del artista, a  veces anécdotas que completan el cuadro. Trazos de aristas que parecen caprichosos y que puestos juntos nos dan su percepción personal del modelo, o la impresión que persigue crear en el lector.

De la lectura de este libro no saldremos con un repertorio que nos permita  lucirnos en tertulias. No es este el resultado ni el alcance de esta obra catalogable en el capítulo de curiosidades y anecdotarios, pero que tiene una extraña virtud, y es la de ir llenando, enriqueciendo ese vacío, esa tierra de nadie existente entre el creador y el producto de su arte. Al leer este libro se puede escuchar un silencioso diálogo, el que entabla el espectador con la obras que admira, y a las que no podrá mirar igual después de lo aprendido. Un espectador, que no es otro que Carlos D’Ors, convertido a su vez en creador, porque cada entrada va acompañada de un retrato del pintor en cuestión: 54 expresivos dibujos a lápiz que no constituyen el mérito menor de este libro (¿Cuál sería la anécdota que cambiaria nuestra visión de estos retratos?).

Como el melocotón de mi amigo, sublimado tras conocer  la leyenda de la bella princesa china, la obra de arte ya no será la misma para el amante de la pintura , para bien o para mal, después de la lectura de las anécdotas recogidas por Carlos D’Ors.