Mi cesta
Tu cesta está vacía, pero puedes añadir alguna de nuestras revistas o suscripciones.
Ver productosAntes de las vacaciones estivales, el Gobierno de la nación, apoyado en una de las resoluciones del XXXVII congreso del PSOE, anunció su pretensión de agilizar la posibilidad de facilitar el voto a los inmigrantes de cara a las elecciones locales de 2011. Para ello, de acuerdo con el reformado artículo 13 de nuestra Constitución, es menester que se suscriban tratados de reciprocidad con sus países de origen. Mientras, los inmigrantes, por mor de la última, y única, reforma constitucional, ya pueden votar en las elecciones locales.
Estamos en presencia, pues, de una cuestión eminentemente política que afecta a cuestiones tan básicas como las relativas al alcance de la inmigración misma, al sentido de la integración de los extranjeros en España, a la igualdad de derechos, al concepto mismo de ciudadanía, a las condiciones para el acceso a la nacionalidad o a los criterios para suscribir tratados de reciprocidad con diferentes países. Además, podemos preguntarnos las razones por las que el Gobierno ha elegido este momento para poner en marcha, con carácter general, el voto de los inmigrantes en las elecciones municipales.
Es verdad que España es un país de inmigrantes igual que en el pasado fue un país de emigrantes. Hoy, dada la escasa natalidad, la inmigración es necesaria desde el punto de vista laboral. Por tanto, histórica y culturalmente, estamos en unas razonables condiciones para comprender el alcance de la inmigración y exigir a los extranjeros que vienen a España, fundamentalmente a trabajar, la asunción de los valores culturales de nuestra tierra, sin perjuicio del mantenimiento de sus tradiciones en la medida en que no lesionen los principios del ordenamiento jurídico, especialmente en materia de libertades. Los inmigrantes trabajan entre nosotros, usan los servicios públicos y de interés general, cotizan a la Seguridad Social, tienen derecho a prestaciones sanitarias y pagan impuestos. No son españoles en sentido estricto, salvo que adquieran nuestra nacionalidad, pero viven aquí y aquí se desarrollan como personas. Es verdad que unos se integran mejor que otros y que llevan algún tiempo pidiendo, a través de diferentes ONG e instituciones sociales que trabajan en este sector, también el derecho al voto, y no sólo para elecciones locales, sino para todas las elecciones en las que se requiera el concurso de la opinión política de los ciudadanos españoles.
Entre los argumentos que se esgrimen para conceder este derecho a los inmigrantes no es menor el que señala que al ser personas que trabajan en España, que viven entre nosotros y que contribuyen al desarrollo de nuestro país, deben también expresar sus preferencias políticas pues el derecho al voto es, según la declaración de derechos de las Naciones Unidas, un derecho humano. Como los derechos humanos son, eso, humanos, corresponden a todas las personas con independencia del lugar de trabajo o de residencia. Por el contrario, la tesis reduccionista entiende que el derecho al voto sólo compete a los nacionales porque en las elecciones generales o locales se debaten proyectos políticos que deben ser decididos por los españoles. Es más, quienes se oponen a este derecho dicen que los extranjeros que vienen a España a trabajar un determinado periodo de tiempo y sólo buscan un certificado temporal de trabajo no están en condiciones idóneas para la participación electoral. En cambio, suelen matizar el tema, incluso quienes son contrarios a extender este derecho a los inmigrantes, en relación con aquellos extranjeros que vienen a España con el firme propósito de quedarse definitivamente entre nosotros.

Existe otro argumento difícil de rebatir. Una vez que los extranjeros comunitarios disfrutan, constitucionalmente, del derecho de sufragio, activo y pasivo, en las elecciones locales, no se alcanza a comprender la razón de abrir un espacio de discriminación entre los inmigrantes comunitarios y los extracomunitarios. Si a unos se les concede ese derecho, ¿por qué no a los demás si realizan fundamentalmente las mismas tareas y tienen la misma posición jurídica general entre nosotros?
¿Por qué el Gobierno plantea esta cuestión en este momento? Sin duda que hay razones políticas y electorales que así lo aconsejan a las autoridades del partido socialista. De lo contrario, tengo serios reparos sobre si lanzaría una operación de este calado. Pongamos, pues, que esta medida beneficia electoralmente al PSOE. Por eso en este momento, en el que la crisis está perjudicando la expectativa electoral del partido que sostiene al Gobierno, es cuando definitivamente se lanza a la opinión pública el problema. Bien es verdad que muchos inmigrantes, dada la coyuntura económica, volverán a sus países de origen ante la pérdida inminente de sus puestos de trabajos. Por eso, la estimación que se ha publicado de que 1.300.000 podrían votar en los comicios locales de 2011, a día de hoy habría que descontarle un importante porcentaje.
El sistema establecido en la Constitución para hacer posible el derecho al voto de los extranjeros extracomunitarios se construye a partir, como presupuesto, de la suscripción por parte de España de acuerdos o tratados de reciprocidad. Es decir, podrán vota en España, en elecciones locales, los naturales de un país que, a la vez, permita votar a los españoles allí residentes en sus comicios. En este punto, delicado donde los haya, hemos de preguntarnos acerca de las razones para suscribir tratados con unos países y quizás no con otros. Evidentemente, donde no hay elecciones por no existir un sistema democrático, será imposible metafísicamente la reciprocidad. Sin embargo, donde si existan esquemas democráticos, entonces habrá que pedir al Gobierno que nos explique con todo lujo de detalles las razones por las cuales se seleccionan en un determinado orden las diferentes posibilidades. A nadie se le escapa, probablemente, dada la peculiar manera que tiene el partido en el gobierno de entender los asuntos públicos, de formalizar los tratados sólo con los extranjeros previamente beneficiados por algún tipo de prebenda o privilegio esperando lo que cabe esperar de tales actuaciones.
La plataforma Todos Iguales, Todos Ciudadanos, una de las más activas en pro del reconocimiento del derecho de voto a los inmigrantes al menos en las elecciones municipales, reclama este derecho a partir de una concepción de la ciudadanía que trae su causa, no de la nacionalidad, sino de la residencia. Según los promotores de esta filosofía, se trata de construir el proceso de la ciudadanía cívica, proceso que se inicia en el reconocimiento de que el residente, en la medida en que paga impuestos y contribuye con su trabajo y su condición de vecino, a la construcción de la comunidad política. Por ello, porque como los nacionales participan en esta tarea de contenido cívico, debe disponer de derecho a participar, al menos en el primer nivel de las elecciones municipales en la ciudad o pueblo de residencia. Según la propaganda de esta plataforma, es una incongruencia hablar de integración de los inmigrantes si al mismo tiempo se les niega el derecho de participación política. Este colectivo es contrario al modelo de acuerdos de reciprocidad a los que se refiere el artículo 13 de la Constitución porque limitarse a los convenios, dicen, supone dejar fuera de esta opción a un continente entero, África, con el que, dicen, es muy difícil suscribir convenios. Además, el sistema de convenios abriría espacios de discriminación entre inmigrantes de unos países y otros.
El sistema diseñado en la Constitución de 1978 para reconocer el derecho al voto en las elecciones locales a los inmigrantes extracomunitarios, montado sobre el esquema de la suscripción de acuerdos de reciprocidad deja un margen de discrecionalidad demasiado abierto al Gobierno para manejar el tema en los aledaños de la arbitrariedad. Ésta, como decía John Locke, es la ausencia de racionalidad. El Estado de derecho, en el que formalmente vivimos, reclama que las decisiones políticas estén presididas por la racionalidad. Evidentemente, si no explican convenientemente, y convincentemente, las razones acerca de los cuales se procede a suscribir un acuerdo de reciprocidad con un determinado país, volveremos a los peores hábitos de ejercicio sesgado, parcial y unilateral del poder que desde luego perviven entre nosotros, al menos en los últimos tiempos.
En otros países de Europa han atendido las reiteradas peticiones del Parlamento europeo para reconocer el derecho de sufragio activo y pasivo a todos los inmigrantes, sin excepción, bajo otras fórmulas. Irlanda, por ejemplo, reconoce este derecho para las elecciones municipales desde 1963 a todo extranjero mayor de edad que esté registrado como residente. En Bélgica, desde 2004 todos los inmigrantes pueden votar en elecciones locales, con independencia de la nacionalidad. Dinamarca también permite este derecho siempre que se acrediten tres años de residencia a los inmigrantes. Finlandia solicita dos años de residencia, Luxemburgo exige cinco, como Países Bajos. Incluso en la Francia de Sarkozy, el nuevo inquilino del Elíseo se ha comprometido a que los inmigrantes puedan votar en las elecciones municipales siempre que estén regularizados.
A la vista del panorama comparado, lo más razonable parece permitir que los inmigrantes puedan votar una vez que pase un tiempo determinado, que va desde los dos a los cinco años. De esta manera el derecho de los inmigrantes no depende de la voluntad política de un Gobierno que está por demostrar que maneja los asuntos del espacio público con criterios de racionalidad y equilibrio. Por eso, mientras tenemos el sistema que tenemos en el artículo 13 de la Constitución, manifiestamente mejorable, habrá que confiar en el buen hacer del embajador en misión especial que el Gobierno va a nombrar para la negociación de los correspondientes tratados de reciprocidad.
Barack Obama fue el número uno cuando estudió en la que posiblemente era la mejor Facultad de Derecho del mundo a principios de los noventa. Su paso fulgurante por Harvard Law School hizo pensar que lograría cualquier empeño profesional que se propusiera. Pero nadie imaginaba que iba tener un impacto tan grande sobre la vida pública norteamericana. Con independencia de quién gane las elecciones presidenciales de noviembre, la manera de hacer política ya ha cambiado algo gracias a él, dentro y fuera de las fronteras norteamericanas. Obama es enormemente popular en todo el mundo y representa a una nueva generación de ciudadanos de países muy desarrollados, los baby boomers. A grandes rasgos, en esta generación la imagen tiene preferencia sobre la palabra y se trabaja toda la vida sometidos a una dura competencia, a pesar del bienestar material de la sociedad occidental en conjunto.
El caso de Barack Obama desafía las categorías habituales con las que hasta ahora se explicaban los candidatos a la presidencia de EE.UU. Lo más notable de la campaña de Obama es que está logrando que mucha gente desencantada con el sistema participe y se interese por los asuntos públicos. Esta capacidad para sumar incorporaciones al proceso democrático es algo realmente valioso. El senador de Illinois se ha financiado exitosamente sobre todo a través de pequeñas donaciones en Internet. Posee una rara habilidad, ser muchas cosas muy diferentes para sus muy diversos partidarios. Ante la formidable y agresiva campaña de Hillary Clinton ha demostrado resistencia hasta la extenuación y habilidad para reconocer errores y enmendarlos. Es desde luego el primer candidato afroamericano con posibilidades serias de ocupar la Casa Blanca. Pero se eleva por encima de esta circunstancia. La mayoría de norteamericanos no lo perciben como el candidato de una minoría, sino como un politico capaz de corregir la deriva de la etapa Bush, tanto en el plano exterior como en el doméstico. Su reto sería volver a unir a un país tremendamente polarizado y desafíar a los llamados intereses especiales y a los lobbies de las grandes empresas. Los estudiantes universitarios y el segmento más educado de la población, los jóvenes y no tan jóvenes con estudios superiores lo respaldan de modo mayoritario.
Como John F. Kennedy o Ronald Reagan, Barack Obama tiene mucho de vendedor de sueños, pero en version postmoderna («Barack», por cierto, podría traducirse al español como «Fortunato», afortunado). Es muy llamativo que el aspirante demócrata prefiera comunicarse a través de historias, imágenes y emociones y deje en un plano secundario las propuestas racionales, detalladas y articuladas. La historia de su vida y de cómo él mismo encarna el sueño americano, contada en dos libros muy bien escritos, le ha hecho multimillonario. Ambos relatos autobiográficos fueron publicados de forma muy estratégica antes de lanzarse al ruedo presidencial y son la base de su campaña. Lo que resulta más interesante, novedoso y también preocupante es que estas narrativas han sustituido en buena medida a sus argumentos sobre políticas públicas concretas.
A estas alturas todavía se sabe poco sobre sus posiciones acerca de numerosos asuntos de interés público. En su corto recorrido en el Senado de EE.UU. estos tres últimos años, el representante de Illionis se ha protegido a sí mismo de muchas votaciones en las que había que fijar un posicionamiento en cuestiones difíciles o controvertidas, hasta el punto de que tiene el récord de votos en la Cámara Alta que no han favorecido ni el sí ni el no, una actitud de cautela pero también de cálculo electoral.

En política exterior y en cuestiones de seguridad, nos encontramos sin duda ante el candidato menos experto y viajado de los tres que han estado en liza durante estos meses. Es cierto que Barack Obama tiene la capacidad de generar simpatía hacia EE.UU. en casi todo el mundo, algo muy necesario en la campaña global de relaciones públicas que debe comenzar el próximo ocupante de la Casa Blanca para recuperar la imagen norteamericana, seriamente dañada por las torpezas de planificación y comunicación de la Administración Bush. Pero pudiendo haber adquirido conocimientos y experiencia en asuntos internacionales, el senador de Illinois hasta ahora ha preferido no hacerlo. De ser elegido presidente, deberá elegir muy bien a sus asesores y aprender rápido. Todavía no ha planteado reformas claras ni iniciativas muy concretas para encarar la seria crisis financiera y la delicada situación económica que atraviesa EE.UU.
Algunos analistas temen que detrás de esta indefinición no sólo exista un nuevo modo de conectar con los electores a través de imágenes y ejemplos y por supuesto un cálculo inteligente para ganar las primarias y en noviembre las elecciones. Barack Obama es acusado de ser un candidato disfrazado del sector más proclive a las recetas anticuadas del Partido Demócrata, más impuestos y mayor gasto, y no un moderado, rápido aprendiz de estadista y brillante gestor de sus evidentes puntos fuertes mediáticos, como querrían verlo muchos.
Por otro lado, es cierto que Obama no está encasillado en dogmatismos ideológicos y parece capaz de gobernar desde el centro y unir a republicanos y demócratas en cuestiones esenciales para la buena marcha del país (como John McCain, por cierto). De hecho, muchos de los votantes de Obama en otoño serán republicanos desencantados que buscan el cambio y quieren dejar atrás los años de Bush y ofrecer a su maltrecho partido la posibilidad de regenerarse en la oposición. Estos nuevos demócratas piensan que John McCain está demasiado contaminado por lo peor del Partido Republicano de estos últimos años. En cualquier caso, los análisis que se hacen en España equiparando las ideas republicanas con las de nuestro centro derecha y las del Partido Demócrata con el socialismo de José Luis Rodríguez Zapatero no tienen fundamento ni deben ser tenidos en cuenta.
Nadie duda a estas alturas de que Barack Obama es un político de enorme inteligencia, pragmatismo y talento como orador. Igualmente, parece muy deseable que un miembro de una minoría racial de EE.UU. pueda llegar a ser en algún momento el ocupante de la Casa Blanca. Se daría así un gran paso para dejar atrás las lacras del racismo y la exclusión social. Por ahora Obama ha cambiado la manera de hacer política, poniendo el acento en el estilo, la trayectoria vital y los mensajes de esperanza, pero los interrogantes sobre su programa de gobierno permanecen sin resolver. En los próximos meses el cuerpo a cuerpo con John McCain desvelará el alcance y el contenido de este fenómeno político
Oleksandr Pronkevich es hispanista, catedrático de Literatura Española y presidente de la Asociación Española de Hispanistas de Ucrania. En este artículo, escrito mucho antes de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, aborda la importancia del «mito del Quijote ucraniano» en la conciencia europeísta del país a través de sus intelectuales.
La hipotética posibilidad de la entrada de Ucrania en la Unión Europea obliga a los intelectuales ucranianos a plantearse nuevas perspectivas de la mitología cultural de Europa para su país. En estos momentos el mismo concepto Europa se ha convertido en uno de los temas más discutidos.
Los representantes del partido occidentalista creen que Europa es una categoría tanto psicológica como axiológica, el símbolo de una cultura excelsa, y también una específica figura espacio-temporal, una herramienta que sirve para recortar las fronteras de las nuevas repúblicas surgidas en la antigua URSS.
Como consecuencia de estos debates, renacen entre los intelectuales ucranianos motivos culturales e históricos que estaban dormidos en la antigua y reciente historia del país. Ambos grupos están reescribiendo su historia cultural tratando de encontrar las huellas históricas olvidadas para utilizarlas como pruebas en la lucha por uno u otro proyecto de la futura identidad nacional ucraniana.
Una de estas huellas «descubiertas», que se ha hecho con el argumento a favor del carácter europeo de la nación ucrania, es la influencia cultural española en Ucrania. Últimamente salieron dos libros escritos por autoras famosas como Nila Zborovska y Oksana Zabuzhko que reinterpretan la experiencia nacionalista española para proponer el tratamiento de los males de la patria ucraniana.
Ambos países son los últimos espacios geográficos situados en los extremos opuestos de Europa. La identidad ucraniana, como la española, se forja en la encrucijada de las civilizaciones: de la cristiana y la musulmana. Los ucranianos son siempre, en un cierto grado, como los españoles, europeos de la periferia. «La identidad de la frontera de ambas naciones», indica O. Romanishin, un investigador canadiense, «ha creado un modo parecido de mirar las cosas. […]
Aunque los encuentros entre las culturas española y ucraniana han sido pocos, con cada uno de ellos se abre una página nueva en la europeización de Ucrania. La llegada de las órdenes católicas al país, que empezó en el siglo XIII y se intensificó en los siglos XVI-XVII, aceleró la penetración de las ideas filosóficas y educativas al este europeo. El papel más importante en este proceso lo jugó la Compañía de Jesús, donde destacan varios españoles como Ignacio de Loyola, Francisco Suárez, Rodrigo de Arriaga y Pedro de Molina, entre otros. Los jesuitas habían elaborado las más modernas instituciones de enseñanza para aquellos tiempos. De hecho, el modelo de la escuela jesuítica fue utilizado por Pedro Moguila para la defensa de la Iglesia ortodoxa contra el proselitismo católico. Los jesuitas argumentaban el principio del derecho natural, desarrollaban la teología, la filosofía y la lógica. Estos conceptos eran muy conocidos y se utilizaron para enseñar lógica en la Academia Kyiv Moguila a finales del siglo XVII y durante la primera mitad del XVIII. Desde allí estas ideas se extendieron por todo el mundo ortodoxo, realizando de manera lenta pero segura la europeización de Ucrania, Rusia y Bielorrusia.
Ya en el siglo XX, la cultura española volvió a jugar un papel importante en la «westernización» de Ucrania, en la creación de la moderna nación ucraniana. En Lviv, entre las dos guerras mundiales, los intelectuales nacionalistas ucranianos, agrupados alrededor de uno de los padres del nacionalismo ucraniano, Dmytro Dontsov, y alrededor de la revista Vistnik publicada por él, descubrieron las obras de Vicente Blasco Ibáñez, Azorín, Miguel de Unamuno, Ramón Menéndez Pidal y de otros intelectuales españoles. Los ucranianos se aprovecharon de las prácticas ideológicas del nacionalismo español para elaborar el proyecto de la invención de Ucrania como una moderna nación europea. Fue precisamente Dmytro Dontsov quien introdujo la moda de J. Ortega y Gasset en la cultura ucraniana.
que valoran las actitudes negativas del filósofo español hacia la democracia absoluta, el rechazo del concepto de «la masa» y también su comprensión de la nación como un producto de minorías.
Otro paso más para acercar la cultura ucraniana al oeste uniéndola con la literatura española fue dado en la diáspora por los representantes del así llamado «Grupo de Nueva York» (Y. Tarnavski, E. Andievska, B. Boichuk, P. Kylyna, Zh. Vasylkivska), los poetas que vivían fuera de la Ucrania soviética pero escribían en la lengua ucraniana. La mayoría de estos autores comenzaron a publicar sus libros a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Algunos de ellos (Y. Tarnavski, V. Vovk) saben el castellano porque han estado o están en la zona de contacto cercano con el mundo hispanohablante. Desde finales de los años cincuenta, los poetas del grupo experimentaron el hechizo de la poesía española e hispanoamericana, y han traducido las obras de poetas como Federico García Lorca, Pablo Neruda, César Vallejo, Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Miguel Hernández, etc. Un episodio clave en la historia de la traducción ucraniana fue la polémica provocada por Yuri Tarnavski acerca de las versiones de las obras de García Lorca en lengua ucraniana de Mykola Lukash, el famoso traductor de Don Quijote a lengua ucraniana. En definitiva, la aparición de la «escuela española» dentro de la literatura ucraniana ha influido en su modernización estética y poética, ha hecho una aportación seria a la superación del provincianismo y el aislamiento de la cultura ucraniana.
En relación con la «europeización» de Ucrania se desarrollan las narraciones del «mito del Quijote ucraniano», que en la literatura se estructuran a base de la oposición binaria «héroe/antihéroe de la nación ucraniana». La nostalgia de algunos intelectuales ucranianos por las élites nacionales, capaces de grandes obras por la nación, convierte al don Quijote ucraniano en el nuevo Zaratustra. Él es la encarnación pura del voluntarismo, entusiasmo, activismo, negación del sentido común. Es el ideal del ganador que no existe. Esta es, por ejemplo, la imagen de don Quijote que nos presentan la novela Baihorod de Yuri Yanovski y el ensayo de Dmytro Dontsov Sancho Panza en la literatura y en la vida.
Al mismo tiempo en la literatura ucraniana se puede encontrar el tema de la debilidad de don Quijote que ilustra la falta de capacidad de vivir, el vacío interior, la pérdida de las élites ucranianas. Por eso, el héroe ucraniano representado por don Quijote es una persona con el alma pura, pero sin la suficiente fuerza para defender sus ideales. Otra causa de su fracaso es la incapacidad de distinguir entre el sueño y la vida. Vemos a don Quijote, vencido por el mundo, en la obras de tales escritores modernistas ucranianos más destacados del siglo XX, como Mykola Jvyliovyi y Mykola Kulish.
Los escritores ucranianos han creado no sólo el mito de don Quijote sino también el mito de Sancho Panza, que a su vez también tiene dos hypostasis. Por una parte, el escudero de don Quijote, en el que los ucranianos reconocen su pasado rural, se convierte en el verdadero héroe opuesto a la falsa misión de don Quijote. Para Sviatoslav Hordynski y otros poetas, Sancho encarna características humanas positivas: el sentido común, el derecho natural, el democratismo, un profundo conocimiento de la vida… Por otra parte, para poetas como Borys Homzun o Lesia Tyhliy, Sancho simboliza todas las flaquezas del ucranianismo: el espíritu de conformismo, la debilidad de la voluntad, la psicología de la supervivencia. Dmytro Dontsov y Bohdan Kravtsiv acusan a Sancho de estos mismos vicios en sus ensayos.
«Don Quijote es la autoironía trágica del hombre que le da fuerza para sobrevivir como un ser humano», afirma Ivan Dzyuba, uno de los quijotes ucranianos de las últimas décadas. No sólo la literatura ucraniana sino también la historia nacional de Ucrania se interpreta fácilmente en los términos de «la situación quijotesca» (término de Leonid Pinski, un cervantecista ruso), porque el Estado-nación ucraniano efectivo, que trata a sus ciudadanos de una manera humana, hasta ahora se queda en la visión utópica, la ambición vencida. Las características del comportamiento quijotesco se reconocen en las trayectorias vitales de muchos personajes de la vida política, intelectual y cultural ucraniana. O. Romanyshyn indica nombres como Ivan Mazepa, Taras Shevchenko, Lesia Ukrainka, Mykola Lukash, lor mártires de la lucha por la nación ucraniana Mykola Jvyliovyi (se suicidó en 1933), Vasyl Stus (murió en el campo de concentración en Mordovia en 1985), líderes de la intelectualidad ucraniana actual como Evhen Sverstiuk, Ivan Dzyuba y otros. En esta lista se pueden incluir otros personajes políticos y culturales que han llegado a ser famosos ya después de la declaración de la independencia ucraniana.
En definitiva, los intelectuales ucranianos que participan en la invención de Ucrania, a pesar de las diferencias en las opiniones acerca del comportamiento del personaje cervantino, coinciden en que su narración del mito quijotesco, como toda la recepción ucraniana de la cultura española en general, es un reflejo de su nostalgia por un verdadero Estado-nación construido por las élites, los aristócratas espirituales de José Ortega y Gasset. Y este enfoque orientado a la invención de la nación, que sostiene el mito ucraniano de don Quijote, es un valor puramente europeo.
Las pocas pruebas de los intelectuales ucranianos de «adaptar» el patrimonio cultural español a las necesidades espirituales de Ucrania nos demuestran que la cultura española desempeña el papel de un espejo en el que los ucranianos ven sus propios problemas nacionales; sus vicios, sus defectos, por un lado, y por otro, el inaccesible ideal nacional.
y se afirman como una parte del mundo cultural europeo. Este enfoque hacia la lectura de los textos de la cultura española es especialmente evidente en Ivan Francó, Dmytro Dontsov y sus discípulos, los escritores de la época actual como Nila Zborovska, Oksana Zabuzhko, Yuri Andrujóvych.
De esta manera, podemos sugerir que todo «el mito español» es un elemento fundamental de lo que se suele llamar la herencia europea cultural de Ucrania. Su aparición en los sueños culturales de las élites nacionales de Ucrania, así como en los orientadores de la acción político-social para la reconstrucción de la nación ucraniana no es algo circunstancial sino digno de ser tenido en cuenta en cualquier estudio sobre la formación de la nación ucraniana renovada.
Tony Anatrella (psicoanalista y especialista en psiquiatría social): La diferencia prohibida.
Mayo de 1968. Miles de jóvenes, en su mayoría universitarios, inundan las calles de París. El objetivo: romper con el pasado de forma radical, acabar con el orden establecido, invertir la jerarquía generacional, familiar e interpersonal y, sobre todo, eliminar toda forma de autoridad. La imposición del igualitarismo en todos los ámbitos de la vida será su máxima. «No es una revolución; es una mutación», gritan a coro enaltecidos mientras huyen tratando de evitar los golpes de los policías tras las barricadas callejeras. Una mutación de la escala de valores; una mutación de las relaciones paterno-filiales; una mutación de la maternidad hacia la autocomplacencia y de la paternidad hacia la invisibilidad; una mutación de la feminidad y masculinidad hacia la neutralidad y la pérdida de identidad.
Estas apasionadas manifestaciones juveniles poco a poco se fueron disolviendo, pero nada volvió a ser como antes. Durante los siguientes cuarenta años la sociedad ha ido perdiendo sus dimensiones universales y sus fundamentos antropológicos. Se hizo tabla rasa de la educación, favoreciendo la mediocridad. Se despreció la familia, perdiendo el sentido de futuro. Se eliminaron los ideales que favorecían el vínculo social. El individualismo absoluto se impuso, provocando una crisis de interioridad y, en consecuencia, la desocialización y el imperio del relativismo en el que actualmente nos encontramos sumergidos.
Aquellos adolecentes que se lanzaron a las barricadas deseosos de salvar el mundo de la tiranía, se transformaron en padres que, bajo el disfraz de la «tolerancia», inyectaron a sus hijos el relativismo ideológico, la indolencia y la incapacidad para mover un solo músculo en defensa de algún ideal que no fuese la propia satisfacción personal a la que les han acostumbrado desde su más tierna infancia bajo el lema «prohibido prohibir». La errónea identificación de la libertad con la total ausencia de reglas y límites ha conducido a muchos jóvenes hacia la peor de las esclavitudes: la ausencia de control sobre uno mismo y sobre el mundo circundante.
Las consecuencias de aquella «revolución» en apariencia inocente y pacífica las estamos viviendo hoy y son absolutamente devastadoras. Tony Anatrella, desde sus magníficos y profundos conocimientos y experiencias como psicoanalista y especialista en psiquiatría social, en su libro La diferencia prohibida, tras una labor detallada y minuciosa de análisis e investigación de los acontecimientos de mayo del 68, desvela las claves esenciales de la crisis social, educativa, familiar y existencial, en la que nos hallamos actualmente sumergidos y demuestra cómo aquella reivindicación juvenil constituye el origen de algunos de los fenómenos actuales que nos resultan más desconcertantes, como la asimilación de la homosexualidad a la heterosexualidad, la ruptura de los lazos familiares o la renuncia a la maternidad y la expansión de las prácticas abortivas.
LA PATERNIDADES CAMOTEADA
Como señala Anatrella, la revolución del 68, en realidad fue una «revuelta contra el padre y contra todo lo que él representaba». La sociedad actual ha desprovisto de valor la función del padre, no les tiene en cuenta, su autoridad ha sido ridiculizada por multitud de absurdas series televisivas que colaboran a que los hijos les pierdan absolutamente el respeto. Se encuentran llenos de confusión respecto al papel que desempeñan. Cualquier elevación del tono de voz puede ser calificada de autoritarismo y el intento de imponer alguna norma como cabeza de familia le puede llevar a ser tachado de tirano, dictador o fascista. En estas circunstancias, cuando el padre no es significativo para la madre, el niño lo percibe y él mismo se coloca en su lugar convirtiendo la función paterna en inexistente.
La devaluación de la paternidad comienza a mostrar actualmente sus perversos efectos sobre el correcto desarrollo de los niños. Y es que la relación madre-hijo, por mucho que algunos quieran, nada tiene que ver con la relación paterno-filial. Aquélla funciona, como señala Anatrella, «como un universo cerrado, en el que, a falta de padre, la madre configura con el hijo una pareja». La función paterna es indispensable para que el niño asuma su propia individualidad, identidad y autonomía psíquica necesaria para realizarse como sujeto. El padre, habiéndose ausentado, física o psíquicamente, no juega ya su papel de «separador» que es el que, precisamente, permite al niño diferenciarse de la madre. El niño que no ha experimentado el conflicto edípico —chocar con el padre y sus corolarios sociales— tiene muchas posibilidades de lanzarse en su juventud a comportamientos asociales, violentos, agresivos e incluso a tendencias homosexuales. Las madres animales parecen conocer de esta necesidad y —en ausencia del macho— para hacer combativos a sus vástagos y para permitirles vivir en una naturaleza profundamente hostil en la que cualquiera se arriesga a ser devorado, no dudan en maltratarlos para alejarlos de ellas mismas. Las madres humanas, por el contrario, luchan por evitar a sus crías todo tipo de sufrimiento y tienden a darles cuanto necesiten; haciéndolas adictas al placer —reproduciendo y prolongando así la placentera vida uterina— y provocándoles a largo plazo la más inmensa de las infelicidades, pues los convierten en seres carentes de la dimensión adulta, niños eternos, en palabras de Savater, «envejecidos niños díscolos» (El valor de educar, 2004). Situación que es del todo antinatural, porque hace perdurar indebidamente la vida pueril impidiendo la realización del deseo inherente a todo niño de incorporarse al universo del adulto.
Este papel fundamental del padre en la educación primaria del hijo, así como en su equilibrio emocional, ha sido reconocido por filósofos y pedagogos de muy diferentes tendencias. Así, García Morente mantenía que es por medio de la intervención paterna cómo el niño choca contra el mundo del adulto y sufre los dolores de tropiezo con una realidad —siquiera sea fragmentaria— que ya no es su propia realidad, la realidad por él creada, sino «la realidad». Lo que sin duda favorece la conducción de la infancia a la hombría, evitando así que el niño vaya creciendo sin incorporarse al mundo del adulto y perdurando indebidamente en la vida pueril (García Morente, Rev. de Pedagogía, 1928).
El pediatra Aldo Naouri considera esencial la figura paterna que rompe la dependencia del niño con la madre, fuente de satisfacción de todos sus deseos desde el útero. Gracias a esa ruptura se permite al niño percibirse plenamente como ser vivo. De este modo, la madre defiende su derecho a rechazar el tiempo. El padre, por su parte, quiere imponer su persona y su consecuencia del transcurso del tiempo ubicando al niño fuera del universo uterino atemporal. Son sobre todo los varones, mucho más que las niñas, los que luchan por permanecer pegados a su madre. Al padre corresponde pues esta esencial función en el desarrollo vital del niño. Lo que en muchas ocasiones provoca en el niño resentimiento. «Es la percepción del transcurso del tiempo, lo que hace de contrapunto al no-tiempo uterino que promueve la satisfacción inmediata del menor de los deseos del niño». La intervención del padre coloca al niño en el tiempo real porque «se trata de una educación que toma abiertamente en cuenta la diferencia generacional y no favorece la ilusión del niño de una igualdad de poderes o prerrogativas. Esto le permite al niño por fin nacer al mundo que le rodea, inscribiéndose en él como un ser deseoso y capaz. Este respeto forzado del tiempo que se deslizará entre madre e hijo pondrá al niño en el tiempo del que tiene una necesidad vital y del que sus congéneres se han visto privados seriamente en estos último decenios. Este niño aceptará mejor el límite, la disciplina, no será más el tirano que vemos todos los días y será, por fin, un adolescente más sereno» (Padres permisivos; hijos tiranos, 2005).
Para Anatrella, la negación de la función paterna pone en peligro a toda la sociedad. En ausencia de padre, surge una relación de pareja entre la madre y el hijo que perjudica el equilibrio psíquico de ambos. El niño se convierte en el paño de lágrimas de su madre, en su confidente, en el sostén de sus presiones, situaciones para las que no está en absoluto preparado. Se rompe la jerarquía y se coloca al niño en un plano de igualdad con el adulto, con su madre, y las exigencias de la vida cotidiana pasan a ser negociadas. Una vez adolescentes, muchos de aquellos niños no tienen otro medio de probar su virilidad más que el de oponerse a la mujer-madre, incluso por medio de la violencia: «Cuando el padre está ausente, cuando los símbolos maternales dominan y el niño está solo con mujeres, se engendra violencia». Estos niños, luego en la edad adulta tendrán dificultad para ejercer debidamente la paternidad por falta de ejemplos masculinos.
El psicoanalista Stoller ha demostrado que el niño, sea del sexo femenino o masculino, vive una identificación primera con su madre y, por lo tanto, con la sexualidad femenina. El chico comprometido en esta identificación primitiva conoce un itinerario más difícil que la chica para liberarse de su madre y afirmar su virilidad. Aquí el papel del padre, es fundamental en cuanto referente de masculinidad. Anatrella es contundente al respecto: «Sólo frente al padre el chico será confirmado en su masculinidad y la chica podrá feminizarse».
Si se deprecia al varón, hombre, padre, se deprecia, como dijera G. Devereux, toda la condición humana. Es urgente recuperar la función paterna, que permite al niño resolver el complejo de Edipo, diferenciarse de la madre, recibir la masculinidad y, en definitiva, aceptar la realidad y crecer como un hombre libre.
También en relación con las niñas, la figura paterna es esencial para su desarrollo equilibrado hacia la madurez personal. En este sentido, Meg Meeker, en su libro Padres fuertes; hijas felices (2008) afirma: ningún trabajo de investigación, ni texto sobre diagnósticos o manual de instrucciones puede cambiar la vida de una joven de forma tan profunda como la relación con su padre, con un «padre» auténtico. Nuestras hijas necesitan un apoyo que sólo los padres pueden proporcionarles. La American Journal of Preventive Medicine (30/01/06) explica cómo las hijas que perciben que sus padres se preocupan por ellas tienen menos problemas psicológicos, como la depresión, la baja autoestima, el uso de sustancias nocivas o patologías como la anorexia.
EL NIÑO TIRANO
Los adolescentes del 68, una vez convertidos en padres, partieron del desprecio absoluto hacia todas las adquisiciones generacionales precedentes. Estancados en el rechazo a la sociedad de los adultos, no han sabido luego ser constructivos, educando a sus hijos desde la vaciedad absoluta. La moderna pedagogía, basada en la filosofía del 68, parte de una tolerancia ilimitada y de la ausencia de consecuencias negativas ante los propios actos. Como resultado, estos hijos educados en ausencia total de reglas de conducta, se rigen por sus propias normas subjetivas, lo que conduce a un individualismo narcisista y egocéntrico que dificulta en exceso las relaciones sociales.
Esta no-educación ha dado lugar al, denominado por Anatrella, «niño-rey»; un curioso híbrido entre niño-admirado, en cuanto representa la juventud y niño-abandonado, en la medida en que se le deja crecer sin normas, límites, ni reglas claras. De esta extraña combinación surge finalmente un reyezuelo: el tirano que ocupa la cúspide jerárquica de la estructura familiar, asumiendo todo el poder que ejerce con absoluto despotismo.
Como señala Norbert Elias, el cambio más significativo experimentado por nuestra sociedad en los últimos años ha sido la transferencia de la autoridad de los padres a los hijos (Essays regarding the germans, 1989).
La ausencia total de límites por parte de los progenitores ha producido toda una generación de niños «tiranos» que creen tener todos los derechos y rechazan cualquier tipo de deber u obligación; reaccionando con violencia si no obtienen una satisfacción inmediata de sus deseos. Especialmente a partir de la adolescencia, estos jóvenes consideran el no estar sujeto a reglas prácticamente un derecho democrático. La desaparición de toda forma de autoridad en la familia no predispone a la libertad responsable sino, como acertadamente señala Savater, a una forma de caprichosa inseguridad que con los años se refugia en formas colectivas de autoritarismo (El valor de educar, 2004).
Anatrella, desde su experiencia como psicoanalista, muestra cómo la violencia, lo mismo que las conductas delincuentes, se preparan desde la infancia. Si al niño no se le ponen límites desarrolla su violencia destructora. El papel del adulto es contenerlo hasta que pueda hacerlo por sí mismo. Para ello debe ser retomado e incluso sancionado en las situaciones de desobediencia y transgresión. Sin embargo, el adulto no se atreve a poner límites por un doble temor: miedo a ser tachado de autoritario y miedo a perder el afecto del niño.
Las consecuencias de esta «niñolatría» son verdaderamente penosas cuando el preadolescente empieza a tener que enfrentarse a situaciones de la vida real que le desagradan o le implican cierto esfuerzo personal. Entonces la frustración, la debilidad, la incapacidad les invade. Además, no toleran la autoridad de nadie, pues no tuvieron que aguantar y someterse a la de sus padres. Esto los convierte en seres asociales o, lo que es peor, en sociópatas con conductas inadaptadas que, como señala Bui Trong, son pasos hacia la descomposición social. Según Anatrella, «son personalidades desechas, están dispersadas, son inseguras y volubles, y se quejan de ser incapaces de concentrarse intelectual, relacional o afectivamente…, a veces prefieren simplemente vagar, con ideas suicidas». En las últimas décadas hemos logrado erradicar la mayor parte de las enfermedades que amenazaban a la infancia en el mundo desarrollado. Sin embargo, en la actualidad están proliferando entre los niños nuevos trastornos relativos, sobre todo, a su desarrollo afectivo y desórdenes de conducta.
Para el niño-rey el goce de cualquier tipo es un derecho y ninguna transgresión va acompañada del correspondiente sentimiento de culpa. Como afirma Vicente Garrido, en su libro Los hijos tiranos. El síndrome del emperador: «Los padres de toda una generación han crecido con la idea de que la culpa es mala […] pero esto es un error. La culpa es un sentimiento antropológico […] un auténtico recurso para que el ser humano sea completo». Un niño que crece sin límites, sin sanciones, que cree que todo es posible, carece del sentido de la culpabilidad que es sin embargo inherente al desarrollo correcto de la psicología juvenil. De este modo, la negación de la culpabilidad provoca personalidades desequilibradas que desconocen el sentido de los límites. El efecto de la total permisividad es perverso, pues como dice Platón, el niño sin disciplinar «resulta ser una bestia áspera, astuta y la más insolente de todas».
La solución que propone Anatrella es única y está clara: «Hay que ayudar al niño a encontrar su lugar y, para esto, señalar claramente la diferencia que existe entre sus padres y él. Hay que saber fijar los códigos y las normas que favorecen la vida. Señalarles los límites. Hay que saber decir no. El adolescente necesita saber que existen puntos de referencia para construirse. El bien y el mal deben ser nombrados. Cuando un niño o adolescente sabe decir no comienza a existir separado de los adultos, comienza a madurar. Los padres deben asumir su función educativa. Y por fin, el adolescente, a pesar de sus excentricidades, debe saber que sus padres le aceptan como es. Esta confianza indefectible les ayudará a desarrollarse».
CRISIS DE INTERIORIDAD E INDIVIDUALISMO
La sociedad actual fruto del 68, al desestimar la identificación con figuras parentales y con las diversas funciones simbólicas, invita a tomarse a sí mismo como objeto, fin y medida de todo. Se desarrolla así un narcisismo invasor que no permite el desarrollo del espacio interior. Este individualismo perturba la vinculación social, trayendo consigo nuevos problemas de inestabilidad sentimental, dependencia de drogas, etc. Para constituir adecuadamente la interioridad hace falta tiempo, años, lo que no resulta favorecido por la actual cultura que valora el placer instantáneo. El individuo se transforma en lo que Anatrella denomina el «sujeto-rey», es decir, una persona que se toma asimismo como modelo de identificación y referencia moral. Cada individuo elabora sus propios valores que en realidad no son más que experiencias subjetivas, sentimientos pasajeros e incluso tendencias psíquicas sin ninguna dimensión universal y por ello rápidamente perecederas.
La vaciedad interior provoca que la persona sólo valga por su aspecto exterior. De ahí la obsesión por la juventud, el miedo a envejecer y el gusto por la exhibición del propio cuerpo como objeto de adulación.
El vacío interior conduce también a los jóvenes a la «medicalización de la vida», al intento de resolución de problemas cotidianos por medio de medicamentos. Pero, pregunta el autor, ¿son personas enfermas o tienen dificultad para soportar las dificultades de la vida? Una vida concebida bajo tranquilizantes para no sentir ni experimentar nada restringe la interioridad. Pero no sólo se medican los padres, sino que éstos a su vez medican a sus hijos a los que difícilmente aguantan, tachándoles muchas veces de hiperactivos y rogando a los facultativos que les proporcionen alguna pastilla que les deje más tranquilos. Esto revela la incompetencia, el fracaso y la incomprensión hacia la psicología infantil.
LA INDIFERENCIA O EL CAMINO HACIA LA DESINTEGRACION SOCIAL
Mayo del 68 no ha liberado a nadie. Antes al contrario, ha provocado la esclavitud que implica la vaciedad interior, la ausencia de raíces, la ignorancia de las tradiciones generacionales, la pérdida del sentido antropológico de los acontecimientos, de la universalidad del ser humano. Pero no es tiempo de nostalgia. Es urgente reaccionar. Y cuanto antes, pues el coste es demasiado elevado: la deconstrucción de la persona humana; de la sociedad; de la civilización. El gran mérito de Tony Anatrella consiste en haber logrado encontrar el nexo causal entre el movimiento revolucionario de mayo del 68 y los fenómenos actuales y, en consecuencia, permitir vislumbrar una posible solución.
A pesar de ser jesuita y de pertenecer como consultor, nombrado por Benedicto XVI, al consejo pontificio para la familia, Tony Anatrella, en esta magnífica obra, no utiliza ni un solo argumento religioso o ligado a la moral cristiana. Con ello demuestra cómo la situación actual se asienta sobre una crisis de valores universales; de valores humanos esenciales; de valores antropológicos cuyas raíces se hunden en lo más íntimo de la persona humana; valores indispensables para el correcto desarrollo de la sociedad, al margen de la religión, creencia o ideología que tenga cada uno de los individuos que la configuran. Se trata de revalorizar la ley moral objetiva y universal.
La lectura de esta obra logra ubicar al lector cara a cara frente a los problemas actuales, reconocerlos, asumir su origen y, en consecuencia, nos sitúa en un punto de partida correcto desde el cual iniciar la búsqueda de las soluciones adecuadas. No se puede curar una enfermedad sin un previo diagnóstico acertado. Esto es precisamente lo que hace Tony Anatrella, despertar de la sedación y de la indolencia al lector, permitiéndole detectar la podredumbre que nos rodea y que el relativismo reinante ha logrado que identifiquemos con la normalidad. Esta obra es un jarro de agua fría para aquellos que, desubicados, continúan celebrando el mayo del 68.
Es urgente «rehumanizar» la sociedad, resucitar los valores universales y vínculos sociales. Es urgente redescubrir el valor educativo de la autoridad, pues no es posible ningún proceso educativo, ni en la familia, ni en la escuela, sin autoridad, entendida ésta como la obligatoriedad de transmitir unas pautas y valores fundamentales, unos criterios y fijar unos límites que ayuden a construir personalidades equilibradas, capaces de obrar con libertad responsable.
Asimismo resulta indispensable reconocer los límites y marcar la diferencia entre el bien y el mal; dignificar la paternidad y la maternidad que no son en absoluto equivalentes; reinstaurar la jerarquía generacional; reconocer la esencialidad de la diferencia de sexos; celebrar la importancia de la institución familiar como primera «escuela natural de convivencia pacífica» (Juan Pablo II); reconocer que en la alianza entre un hombre y una mujer está el fundamento del vínculo social y que sólo esa relación tiene una dimensión universal a partir de la cual la sociedad puede organizarse y desarrollarse. Necesitamos recobrar los puntos esenciales de referencia. Mayo del 68 no es ya más un fenómeno mítico sino el inicio del camino hacia la depresión social. Ha llegado la hora de despertar y actuar.
Un libro realista, sorprendente y apasionante, escrito desde los amplios conocimientos científicos y la riquísima experiencia práctica del autor, cuya lectura, sin duda, no dejará indiferentes a sus lectores.
Iguales pero diferentesM.ª CONCEPCIÓN PÉREZ VILLALOBOS
Niñas y niños, hombres y mujeres: Iguales pero diferentes. Es un ensayo publicado por María Calvo en 2007 que, en menos de un año, se ha convertido ya en un referente importantísimo en temas de educación. Es el libro de una profesora universitaria de Derecho Administrativo, de extensa y completa formación intelectual, que aplica las técnicas investigadoras académicas para demostrar que, si queremos conseguir la igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres de hoy, hay que educar primero a los niños y niñas que fueron antes. Trata de demostrar que la igualdad se consigue desde la infancia, pero partiendo de las diferencias y del desarrollo específico de las potencialidades de cada uno. La autora hace un desarrollo de algunas teorías que ya aparecían en ensayos anteriores (Los niños con los niños, las niñas con las niñas) poniéndolas al día con nuevos datos científicos que corroboran sus posiciones originales, en un momento histórico en el que es necesario que la ciencia demuestre lo que el sentido común presenta como elemental. Estas páginas explican «la irrefutable y empírica realidad de nuestras diferencias». Explican cómo el feminismo y las corrientes actuales que traen su origen en él, la ideología de género o la abolición del hombre y la mujer y, en general, las teorías igualitaristas, mantienen como característica distintiva su devoción por una postura al margen de las evidencias, la devoción por unas creencias carentes de soporte empírico. En este sentido lleva a cabo una descripción de las diferencias cerebrales y de los descubrimientos neurológicos que recientemente han establecido un comportamiento propio masculino y femenino con base no cultural sino biológica. Estos capítulos están redactados describiendo las técnicas científicas utilizadas de una forma comprensible y amena, a pesar del elevado número de estudios que maneja, realizados por universidades y científicos de todo el mundo y que demuestran la existencia de fundamentos biológicos que justifican esta diferencia. La profesora Calvo, porque el sexo sí importa, carga las tintas en la idea de complementariedad, y aquí bebe de la fuente inagotable y saciadora de Chesterton. La complementariedad nos enriquece. En un sistema educativo en el que se insiste en eliminar las diferencias de manera forzada, cuando no se ve en el otro esa complementariedad y esa igualdad también estructural, no es raro que encontremos opciones que anulen la propia sexualidad confundiendo la complementariedad con la igualdad mal entendida. La desigual maduración en los valores, en la afectividad, en la sexualidad imponen un trato diferenciado en la forma de educar. Las diferencias se explican partiendo de reglas generales desprendidas de estudios científicos, estadísticas e informes objetivos, realizadas sobre niños y niñas de diversas razas, culturas, religiones, nivel cultural y económico, concluyendo que es necesario trasladar esos contrastes a los modelos pedagógicos. Es decir, las diferentes formas de maduración y el diferente desarrollo cognitivo en ambos, significa que chicas y chicos no aprenden igual: precocidad verbal femenina frente a competitividad masculina, confrontación masculina frente a afectividad femenina, deducción masculina frente a inducción femenina, u objetividad masculina frente a subjetividad femenina. «Sólo un modelo docente que sea capaz de adaptarse a su peculiar forma de aprender determinada por su sexo y de comprender las peculiaridades de la naturaleza femenina y masculina podrá proporcionar una igualdad de oportunidades lo más real posible y, sobre todo, fiel a nuestra propia esencia». Analiza también las técnicas pedagógicas que han resultado un fracaso para los escolares de las últimas décadas: constructivismo, basado en la creación personal del alumno, sin intervención o con escasa intervención de un modelo social o moral aportado por el profesor; la ausencia de autoridad o límites a la conducta del niño por temor a frustrarlo; el estímulo de las ansias de saber en el niño como técnica pedagógica, han resultado ser una enorme estafa en la mayoría de los casos. La autora llega a importantes conclusiones. Así, si durante la adolescencia salen perdiendo los chicos, porque son más incomprendidos, en la madurez saben imponer sus roles y ganan la partida a la mujer, si como hasta ahora, no sabemos dar seguridad a ésta, dejando que desarrolle sus potencialidades femeninas y las imponga con la misma fuerza y convicción que las masculinas. El diagnóstico de María es que la imposición de un ideal femenino en las aulas está llevando claramente al fracaso escolar en los varones y a la violencia de género en los adultos. En este sentido, los planes de igualdad que se han introducido en algunos colegios no están bien definidos, precisamente porque el igualitarismo está llevando al fracaso escolar masculino y éste, a su vez, les lleva a una inferioridad sexista y a la pérdida del respeto hacia el otro que desemboca en la violencia con el otro sexo. La igualdad de oportunidades sólo puede venir por el reconocimiento de las di- ferencias. No tiene sentido, creemos nosotros, como está ocurriendo en la actualidad, determinar la educación mixta en exclusiva, bajo el argumento de que la propia sociedad es mixta, y, al mismo tiempo, propugnar la creación de parejas de un solo sexo; o defender la educación mixta, en base a la igualdad, y pretender la creación de ministerios diferenciados para hombres y mujeres, o fomentar un lenguaje femenino o masculino, o crear bibliotecas de mujeres y de hombres. Se educa de forma igual pero se pretende después la diferencia, cuando los términos de esta ecuación están absolutamente alterados: hay que educar de forma diferente para conseguir después la igualdad, porque solamente la comprensión de las diferencias conducen a respetarlas; o dicho de otra manera: la forma de conseguir la igualdad es partiendo de la diferencia, de modo que se puede decir que hombres y mujeres son «igualmente diferentes». La educación diferenciada aparece y debe ser tratada como una opción razonablemente buena y no excluyente y, sobre todo, como una opción de libertad. No sólo es una opción científicamente avalada y pedagógicamente demostrada, sino también constitucionalmente protegida en el artículo 27 del texto constitucional. Esta regulación, al reconocer el derecho a la educación y a la libertad de enseñanza, desarrolla el valor de la libertad y la igualdad como «superiores del ordenamiento jurídico» del artículo 1. Es una de las regulaciones más avanzadas que incorpora muchas indicaciones contenidas en textos internacionales de los que España forma parte; así, por ejemplo, en los Estatutos de la UNESCO (1945), en su Preámbulo y su artículo I, ya se puede encontrar la «igualdad de posibilidades de educación para todos», o los «métodos pedagógicos que resulten más apropiados para preparar a los jóvenes de todo el mundo en la responsabilidad que la libertad impone». Esta ha sido también la interpretación que ha hecho el Tribunal Constitucional desde la sentencia 5/81, de 13 de febrero. El libro, además, está salpicado de anécdotas, chistes, experiencias personales (familiares, matrimonial, humana…), que se agradecen y que imprimen un ritmo agradable, comunicador, cercano y sincero. Particularmente, a mí me encanta la cita de Peter Pan (cap. III). |
En las páginas que a continuación siguen me propongo bosquejar cómo se relaciona la identidad cristiana —pensando principalmente en los católicos— con el secularismo político moderno y qué significa esa relación para la justificación pública de los derechos humanos.
LIBERTAD RELIGIOSA Y ESTADO SECULAR: DOS TRADICIONES, LA EUROPEA Y LA ESTADOUNIDENSE
Es bien sabido que la Iglesia católica sólo ha llegado a reconocer plenamente la secularidad del Estado y los principios políticos de la democracia constitucional como un logro cultural tras un largo periodo de mutua hostilidad y conflicto. pero al obrar así, la Iglesia se ha reconciliado con una parte esencial de su propio legado cultural, que está marcado por el dualismo, genuinamente cristiano, de poder espiritual y poder temporal y por la afirmación de la intrínseca secularidad del último. Esta evolución ha sido posible gracias a que ya en los primeros siglos de su existencia el cristianismo había asimilado el espíritu filosófico de la racionalidad y la cultura griegas y el espíritu racional del pensamiento jurídico romano.
Es bien sabido, asimismo, que mientras que el catolicismo y el protestantismo europeos estuvieron marcados por largas tradiciones modernas de alianzas entre «el trono y el altar» y de Estados confesionales, en los Estados Unidos de América el reconocimiento de la secularidad del poder estatal y del gobierno fue una característica del proyecto fundacional de la Constitución estadounidense desde sus primerísimos comienzos. Una religión no oficial fue parte de la solución que permitió encontrar un modo pacífico de unir en un proyecto constitucional común a ciudadanos y grupos sociales de ideas religiosas y filosóficas divergentes. En consecuencia, la religión llegó a convertirse en una fuerza constructiva en la vida pública estadounidense, y la secularidad del Estado y la religión no se percibieron como valores necesariamente incompatibles.
En Europa, en cambio, la religión fue considerada desde la Reforma protestante y las posteriores guerras de religión como un problema de primera magnitud. De aquí que la Ilustración europea y el constitucionalismo liberal llegasen a entender la libertad religiosa como un instrumento para asegurar la independencia y la secularidad del poder estatal en orden a neutralizar, si no a destruir, la posible influencia de la religión sobre la política. En el habitual modo europeo de entender las cosas, «secularidad» y «laicismo» significan frecuentemente una especie de credo político areligioso, que implica incluso la negativa a reconocer la tradición cristiana al menos como el legado cultural común que contiene los recursos que hicieron posible el Estado secular moderno. Este carácter parcialmente anticristiano, e incluso anticatólico y antieclesiástico, de la Modernidad europea ha sobrevivido en algunas formas extremas de «laicismo» (adquiriendo su expresión más típica en Francia). Este proceso ha llevado a alternativas engañosas: se opone la «secularidad» a la «fe religiosa», el «derecho a la libertad religiosa» (incorrectamente identificado con el «indiferentismo religioso») a la «existencia de la verdad religiosa», etc. Ese mismo proceso ha llevado también a hacer una desafortunada equiparación ideológica e institucional de estas alternativas. La secularización del poder estatal, su independencia y autonomía, especialmente en las condiciones que caracterizan a la soberanía popular democrática, así como la secularización de la sociedad en el sentido de su desclericalización, fueron percibidas, desde un punto de vista religioso o incluso clerical, como dirigidas esencialmente contra la misión misma de la Iglesia. Con el Concilio Vaticano II, sin embargo, la Iglesia católica ha llegado a reconocer plenamente el Estado secular y neutral en lo religioso como un valor positivo y como un logro cultural, y también junto con ello la idea moderna de los derechos humanos. Me parece significativo que en su mensaje navideño dirigido a la curia romana el 22 de diciembre de 2005 Benedicto XVI no sólo se haya referido positivamente al «modelo de Estado moderno» originado en la Revolución americana, sino que también haya distinguido la segunda fase de la Revolución francesa —su fase jacobina o «radical»— «que ya no quería dejar prácticamente espacio alguno a la Iglesia» de su primera fase liberal-constitucionalista. Ahora bien, esa primera fase, caracterizada por la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, fue condenada en su momento por el papa Pío VI como apostasía nacional de la fe católica. Este cambio de actitud hacia la realidad terrena del Estado y de la política —que no ha sido un cambio en la doctrina de la fe— no es sólo una prudente adaptación, comprensible porque hoy en día la Iglesia católica existe en un entorno secular y pluralista. Según muestra la declaración del Concilio sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, se trata más bien de un cambio de actitud que refleja un giro hacia lo que ahora se juzga como más congruente con el espíritu del Evangelio.
«SECULARIDAD CRISTIANA»: LA APARENTE PARADOJA DE LA «DOBLE IDENTIDAD» COMO CRISTIANO Y COMO CIUDADANO
Sin embargo, a mi parecer, no todos los problemas quedan re sueltos con este reconocimiento de la cultura política secular y de la idea moderna de los derechos humanos. Una pregunta crucial para los cristianos, planteada por la Modernidad, sigue sin respuesta. Se podría formular esa pregunta como sigue: «¿Qué significa para los cristianos participar como cristianos en una cultura política y en una vida pública definidas por la idea moderna de secularidad?». O bien, con otras palabras: «¿Es posible para un cristiano que cree en una verdad religiosa determinada y se adhiere a valores morales objetivos enraizados en ella participar en una cultura política definida por los valores seculares, el pluralismo y la neutralidad en lo tocante a esa verdad religiosa y a las exigencias morales que dependen de ella?».
El problema al que hacen referencia estas preguntas no es el problema del multiculturalismo. Es un problema muy distinto. El problema que suscitan estas preguntas concierne al simple hecho de que el pluralismo de la Modernidad occidental es la consecuencia de la libertad y de las instituciones liberales características de una sociedad que reconoce los derechos humanos. Ahora bien, el pluralismo así originado es también el resultado de un desacuerdo sobre cuestiones morales fundamentales legítimo y en ocasiones epistemológicamente comprensible.
El pluralismo, por otra parte, es también el resultado de la ignorancia, del abuso de la libertad y de hábitos viciosos. No obstante, es esencial para la libertad política y la libertad civil que esté permitido usarlas mal: de otro modo, no existiría libertad alguna. Forma parte de una cultura política que acepta plenamente la libertad permitir también esta clase de pluralismo, dentro de ciertos límites definidos por la ley. La libertad política y la libertad civil que lo hacen posible no dejan por ello de ser valores políticos. El pluralismo está definido como una especie de variedad interna —religiosa, ideológica, también étnica— de una cultura política determinada y está enraizado en su suelo común (parte del cual podría ser la cultura de los derechos humanos). Por lo tanto, el pluralismo no es un riesgo para la cooperación social, la unidad ni la paz. El multiculturalismo, por otra parte, no es sencillamente pluralismo, sino precisamente la variedad consistente en la coexistencia en una misma sociedad de suelos culturales comunes, y por ello también de culturas políticas y jurídicas. Es un grave problema y, como tal, no es posible aceptarlo sin poner en peligro el orden constitucional de una sociedad democrática. En suma: una sociedad multicultural en sentido estricto no es posible. Por esa misma razón, la vida pública internacional y la cultura de los derechos humanos presuponen un suelo cultural común. La cuestión es qué clase de suelo debe ser ése.
Precisamente los desafíos del multiculturalismo —planteados sobre todo por el fundamentalismo islamista en la medida en que es hostil al pluralismo secular— nos proporcionan la evidencia de que en la raíz del pluralismo occidental hay un fundamento común de valores, aunque ese fundamento está definido en la mayor parte de las ocasiones en términos políticos de un tipo estrictamente secular. La ciudadanía misma, que es un valor político y público básico, debe ser definida sobre un suelo común de valores culturales compartidos; no se la puede definir de un modo multicultural. La cultura moderna de los derechos humanos en la forma occidental de entenderlos deja su impronta en el modo de entender la ciudadanía de una manera concreta y específica que no está abierta a cualificación multicultural alguna. La ciudadanía entendida en estos términos es una especie de «absoluto político». Esta es la razón de que una «sociedad multicultural» en sentido estricto no resulte posible: ya que no podría definir «estándares» comunes de ciudadanía, ni los derechos, libertades y valores políticos correspondientes1.

En el modo europeo de entenderlo, la naturaleza de ese suelo común es la idea de ciudadanía liberal-democrática —«liberal» en un sentido amplio— que está estrechamente relacionada con libertades y derechos básicos que definen el estatus de los ciudadanos independientemente de sus identidades religiosas, culturales o étnicas. La variedad «multicultural» o el pluralismo en este nivel son imposibles. No existe un término medio o coexistencia, por ejemplo, entre la sharia por un lado y el modo secular occidental de entender el imperio de la ley. Creo que se puede aplicar esto mismo, mutatis mutandis, a la vida pública internacional.
También a mí me parece evidente que los cristianos, particularmente los católicos que creen sin reservas pueden y deben compartir el modo secular de entender la ciudadanía democrática moderna. Igualmente, deben participar en la implementación de los derechos humanos en el plano internacional. Sin embargo, lo harán —o, en mi opinión, deberían hacerlo— de una forma distinta de la que emplee, por ejemplo, un ciudadano ateo, agnóstico o sencillamente no creyente. El ideal de ciudadanía secular democrática de un cristiano podría ser lo que me gustaría denominar «secularidad cristiana». «Secularidad cristiana», según yo la entiendo, significa desarrollar la propia identidad cristiana y realizar la propia vocación cristiana en el contexto de una sociedad —y de una comunidad internacional— cuyas instituciones públicas están definidas de forma secular, aceptando plenamente —con la información y a la luz que proporciona la experiencia histórica— esa secularidad como un valor político y considerando esa aceptación parte integrante de la propia autocomprensión como cristiano. Para utilizar un término rawlsiano, «secularidad cristiana» significa para los cristianos entrar en un overlapping consensus o «consenso entrecruzado», que podría ser apoyado y alimentado epistemológicamente por las firmes convicciones morales y religiosas que albergan los cristianos, pero que no es idéntico a ellas ni se deriva de ellas. La secularidad cristiana, así definida, significa ser capaz de vivir una especie de «identidad diferenciada» o «doble» como cristiano y como ciudadano.
Es de notar que esa «identidad doble» o «diferenciada» no significa partirse uno en dos realidades existenciales, ni vivir una doble vida, ni tampoco, como ciudadano y primariamente en la esfera pública, dejar de comportarse y de tomar decisiones propias de un cristiano. «Doble identidad» significa, más bien, la capacidad (exigida a todos los ciudadanos) de cooperar políticamente en condiciones de desacuerdo, incluso profundo, sobre valores morales esenciales, y, con ello, de afrontar constructiva y pacientemente configuraciones concretas de pluralismo que el cristiano, en tanto que tal, podría considerar ajenas al verdadero bien común de la sociedad humana y necesitadas de cambio (por ejemplo, lo que Juan Pablo II denominó «cultura de la muerte»). También significa, asimismo, la capacidad de distinguir entre, por un lado, lo fundamental en el nivel de los valores políticos para una sociedad civil y para el bien común estrictamente político, y, por otra parte, lo más alto y, desde las propias convicciones religiosas y morales, más santo en el nivel de los valores. Por consiguiente, «doble identidad» significa la disposición a reconocer la legitimidad procedimental de las decisiones democráticas incluso cuando contradigan las propias convicciones fundamentales acerca del bien, y por tanto a apoyar como legítimas a instituciones políticas incluso cuando, en determinados casos, generen decisiones que uno mismo considere profundamente injustas y corruptoras del bien común. Esto, finalmente, implica la disposición a anular esas decisiones o enmendar esas instituciones solamente con medios legales, democráticos, tratando de convencer a otros ciudadanos de la razonabilidad de las propias demandas, lo cual, en realidad, refuerza la legitimidad de las instituciones democráticas (es decir, no actuar así solamente porque se considere improbable que los medios ilegales o incluso violentos tengan éxito).
En el pasado, esto de la «secularidad cristiana» se consideraba una paradoja. Así, era típico de los católicos reclamar el derecho a la libertad religiosa sólo para los católicos, y conceder a las otras creencias una prudente tolerancia. No encontraba aceptación el principio de reciprocidad implícito en la aceptación de una democracia constitucional, puesto que la tradición católica previa al Concilio Vaticano II no aceptaba como valor político la fundamental reciprocidad de las demandas de derechos políticos con independencia de que fuesen o no ejercitados de conformidad con la verdad. La reciprocidad es esencial también para una cultura de los derechos humanos en el plano internacional. Y es que presupone para los miembros de otras culturas y religiones algo análogo a lo que he denominado «secularidad cristiana».
La antes mencionada «doble identidad» como cristiano y como ciudadano no significa que sea necesario renunciar al carácter transformador del mundo que es propio del cristianismo, ni que los cristianos no tengan que hacer una contribución específica como cristianos a la conformación social y política de este mundo y, así, al contenido de la ciudadanía. Muy al contrario: la fe cristiana, basada en la fe en la encarnación del Verbo Divino, está llamada a seguir siendo una fuerza transformadora del mundo, pero en un mundo secularizado y de un modo secular. Un mundo secularizado es un mundo sin instituciones religiosas que, por razones espirituales, estén en condiciones de establecer efectivamente limitaciones de la soberanía de las instituciones políticas o de ejercer alguna forma de tutela políticamente institucionalizada. De igual modo, un mundo secularizado es un mundo en el cual los cristianos, siguiendo su conciencia bien formada, están llamados a cooperar codo con codo con todos los hombres, compartiendo con ellos su identidad común como ciudadanos y sin reclamar otros derechos que los que comparten con todos los ciudadanos.
LA JUSTIFICACIÓN POLÍTICA DE LOS DERECHOS HUMANOS Y SUS RAÍCES METAFÍSICAS Y RELIGIOSAS
La secularidad tiene consecuencias no sólo para la cooperación política de los ciudadanos en general —y, en el plano internacional, para la cooperación de las naciones, que pueden ser consideradas ciudadanas de una comunidad internacional— sino en primer lugar para la razón pública y los discursos justificativos públicos. Concierne al modo en que los «ciudadanos de fe»2 se relacionan con la cultura política pública. La mejor manera de ilustrarlo es tomar como ejemplo la justificación de los derechos humanos. Existen diferentes discursos acerca de los derechos humanos: discursos exclusivamente políticos, pero también discursos religiosos y metafísicos. De hecho, la Iglesia católica usa ambos. A veces se dice que los derechos humanos sólo se pueden fundamentar firmemente en la verdad metafísica sobre el hombre, o que su fundamentación estable presupone incluso la aceptación de la antropología cristiana, de conformidad con la cual el hombre ha sido creado a imagen de Dios. Sin embargo, dado el hecho del pluralismo moderno y del carácter multicultural de la plaza pública y de la vida política internacionales, proporcionaría una base política muy débil a los derechos humanos. Si su efectivo reconocimiento político y su validez jurídica necesitasen depender de supuestos metafísicos compartidos acerca de la naturaleza del hombre, o de un reconocimiento compartido de la verdad teológica de que ha sido creado a imagen de Dios, la posición política de los derechos humanos sería bien incierta y frágil. En realidad, los fundamentos metafísicos y teológicos estarían lejos de proporcionar un suelo común, y serían más bien objeto de disputas y desacuerdos, como lo son generalmente los asuntos metafísicos y teológicos.
El politólogo canadiense Michael Ignatieff arguye, por tanto, que la fuerza de una cultura basada en los derechos humanos está precisamente en suministrarles justificaciones exclusivamente políticas que sean lo más independientes que resulte posible de supuestos y pretensiones de verdad metafísicos o religiosos, y que apelen más bien a convicciones compartidas intuitiva y comúnmente acerca del carácter ventajoso de esos derechos: aunque no podamos ponernos de acuerdo acerca de por qué tenemos derechos, todos vemos de qué nos sirven en realidad y por qué los necesitamos, y esas «razones prudenciales para creer en los derechos humanos son mucho más seguras»3.
Esto puede sonar a provocación o incluso una muestra de cinismo —principalmente porque Ignatieff opone a la «política de los derechos humanos» la «idolatría de los derechos humanos»— pero en realidad es el modo en que tienden a funcionar las cosas en la moderna sociedad pluralista. La Modernidad secular, que es esencialmente pluralista, está necesitada de un mínimo fundamento para conseguir un máximo consenso. Según hemos mencionado más arriba, esto es incluso más verdadero cuando se aplica a la vida pública internacional en un mundo globalizado, que a la vez que es genuinamente multicultural está necesitado de «estándares» compartidos de justicia y de cooperación equitativa. En este sentido, el carácter secular de las organizaciones internacionales es una ventaja. En suma: la idea moderna de los derechos humanos es, en realidad, una concepción política basada en un fundamento justificativo relativamente tenue. Cuanto más ligada esté su justificación pública a premisas metafísicas y religiosas, menos capaz será de hacerse valer políticamente y de llegar a ser implementada universalmente.
Ahora bien, eso es sólo una verdad a medias. Es, por así decir, la mitad estrictamente política de la cuestión. La otra mitad, sin embargo, no es necesariamente idolatría o, como sugiere Michael Ignatieff, «imperialismo moral». La política vive, en realidad, de recursos morales que no pueden crearse a sí mismos. Además, muchos de esos recursos morales surgen, no sólo históricamente, sino también en la conciencia de los ciudadanos, de sus convicciones religiosas, o al menos están ligados a ellas. Este es el caso, o debería serlo, principalmente de los cristianos, cuyo credo, junto a su carácter sobrenaturalmente revelado, incluye también —al menos en su forma católica— una tradición de ley natural que posee en sí misma una dimensión política y secular, es decir, puramente racional. Por otra parte, la política misma es un tipo específico de comportamiento moral y debe ser evaluada en último término con criterios de moralidad. Así pues, incluso una cultura de los derechos humanos justificada en la esfera pública mediante valores exclusivamente políticos debe ser entendida por sus partidarios como un valor moral. Dado el carácter secularizado y pluralista —y, en el plano internacional, incluso multicultural— de la realidad política moderna, la justificación política reductiva es una necesidad política. No obstante, el pluralismo necesita fundamentos categóricos que no sean a su vez pluralistas o meramente políticos, o que al menos sean aptos para darle base sobre convicciones morales firmes y sobre la clase de discurso racional apoyado en la justicia que denominamos «ley natural»4.
Por consiguiente: ni una concepción política de la justicia justificada en el contexto de un «consenso entrecruzado» entre ciudadanos de distinta orientación filosófica y religiosa ni las instituciones correspondientes pueden vivir sin ser alimentadas con la sustancia moral de las creencias, credos y convicciones de quienes forman ese consenso. En este nivel de argumentación, estamos convencidos como cristianos de que sólo una fundamentación enraizada en la verdad metafísica acerca del hombre puede proporcionar a una cultura de los derechos humanos la base cognitiva última y estable y de que, por lo tanto, la secularidad cristiana tiene una misión crucialmente importante. Considerando las comprensibles dificultades que no sólo el catolicismo sino también amplias corrientes del protestantismo han tenido con la creciente cultura política de la Modernidad secular y la idea misma de los derechos humanos y la igualdad política civil, como cristianos tenemos que afirmar esto con una cierta humildad. Al mismo tiempo, sin embargo, como cristianos deberíamos tener lo que ha sido denominado «complejo de superioridad»5: deberíamos saber que, una vez aceptada la lógica del mundo secular y del pluralismo como resultado de la libertad, la revelación cristiana y la fe cristiana proporcionan el más fuerte apoyo cognitivo —y de ese modo, indirectamente, también político— a una cultura política basada en dar fuerza de ley a los derechos humanos. El magisterio de Juan Pablo II sobre los derechos humanos ha hecho su más decisiva contribución precisamente en ese plano y en ese sentido. Particularmente en su encíclica Centesimus annus encontramos la reconciliación de la Modernidad política secular (constitucionalismo, democracia, la prioridad de la libertad, los derechos humanos) con una fundamentación trascendental, metafísica y en último término religiosa de la base moral de la secularidad moderna6. Esta lógica de la política es necesaria y plenamente idónea para proporcionar una plataforma común a la cooperación de los ciudadanos en condiciones de pluralismo. Pero la lógica de esta política no es capaz de mantener en pie su legitimidad y rectitud morales sin tener raíces en algo que es esencialmente no sólo «político».

EL PLURALISMO SECULAR Y SU DEFENSA CONTRA FORMAS DESTRUCTIVAS DE MULTICULTURALISMO
En lo que he denominado «secularidad cristiana» hay, así, una pa radoja: es la paradoja de la necesidad existente en las sociedades seculares modernas y pluralistas y en la vida pública internacional de, a la vez, una justificación política minimalista de los derechos humanos, la justicia política, etc., y una concepción metafísica y ética de esas nociones que no sólo vaya mucho más allá de tales justificaciones meramente políticas, sino que también les preste apoyo.
A mi parecer, esta paradoja, en primer lugar, prueba la inesquivable validez del principio moderno —unilateral en su original forma hobbesiana — authoritas, non veritas facit legem, es decir, el principio de la primacía institucional, legal y práctica de lo político sobre lo metafísico. Ni que decir tiene que estoy lejos de abogar por la solución hobbesiana de este problema, que somete las pretensiones de verdad y las normas de justicia enteramente a la factualidad de la ley positiva7. Pero suscribo esa máxima en el sentido de reconocer la legitimidad democrática y, así, la validez legal de la ley aun en los casos en que se considere, dentro de ciertos límites, que es injusta, falsa y necesita ser anulada por medios igualmente legales y democráticos. Este es el precio que tenemos que pagar por la cooperación pacífica social e internacional, la prosperidad, la justicia —siempre imperfecta— y, sobre todo, la libertad política y civil. Sin embargo, este precio es más bien bajo y, ciertamente, es razonable pagarlo. Según sabemos por la historia, las alternativas son la continua amenaza de guerra civil o bien, en otros casos, la represión autoritaria o incluso totalitaria en nombre de alguna ideología que pretende estar en posesión de la verdad, y, en el plano internacional, la dominación injusta y la guerra.
En segundo lugar, y precisamente por la razón de la inevitable primacía práctica de lo político sobre lo metafísico, se debe reforzar entre los ciudadanos la verdad acerca del hombre. Justamente porque la libertad política en el plano nacional y los derechos de participación en las organizaciones internacionales se definen y legitiman por su relación no con la verdad moral y religiosa, sino con valores políticos como la paz, la libertad la igualdad, la eficiencia económica, el desarrollo, etc., la conciencia de la relación de la libertad con la verdad se debe reforzar en el nivel no político o prepolítico. Se la debe cultivar primariamente en la familia y, en general, en la educación. El sistema educativo de la sociedad no puede seguir la lógica pluralista y meramente política de la justificación pública, aunque también tiene que respetar valores fundamentales de libertad civil e igualdad. La educación tiene que promover virtudes morales. Mientras que la política y la ley hablan predominantemente el idioma de los «derechos» (que, por supuesto, siempre generan deberes de terceros), la educación y las virtudes morales deben, principal aunque no exclusivamente, hablar el idioma de los deberes y del compromiso con lo verdaderamente bueno. Finalmente, la relación entre libertad y verdad debería ser respetada también por los medios de comunicación, sin por ello coartar su libertad —ni siquiera su libertad para la estupidez—, pero sí fomentando su sentido de responsabilidad y castigando democráticamente su abuso: la manipulación y la estupidez se deberían castigar mediante las leyes del mercado, es decir, rehusando consumir productos que ofendan a la dignidad humana o sencillamente sean indecorosos.
De este modo, «secularidad cristiana» significa reconocer la secularidad de las instituciones políticas y simultáneamente apoyarlas, e incluso impregnarlas con la sustancia moral de la fe cristiana y de la rectitud; ello debe tener lugar principalmente en el nivel regulado por la ley natural, que, como tal, no es «cristiana», sino sencillamente humana, si bien hoy en día son sobre todo los cristianos quienes la promueven y defienden. Por ejemplo: garantizar legalmente un derecho al aborto y apoyar con el sistema público de salud las correspondientes decisiones es, ciertamente, un gran mal, y se opone al bien común de la sociedad humana, pero de ello no tienen la culpa la cultura política democrática o la secularidad del Estado, sino que, antes bien, es un problema de la sociedad civil y de su sistema predominante de valores, que hace posibles tales leyes o tal jurisprudencia. Es exacta y predominantemente en este nivel donde el fermento cristiano está llamado a hacerse notar, y en el plano internacional a veces encuentra aliados en otras culturas.
De este modo, la famosa y tan denostada frase de Ernst-Wolfgang Böckenförde de que el Estado secular moderno vive de presuposiciones que él mismo no puede crear ni garantizar pudiera ser invocada una vez más, e incluso extendida a la vida pública internacional y a sus instituciones de autoorganización política: esas presuposiciones son la sustancia moral de sus ciudadanos y de la sociedad como un todo, y también de naciones enteras8. Es en este nivel, donde yo veo el papel de la Iglesia como institución jerárquica con autoridad: actuar a través de sus enseñanzas y de su atención pastoral sobre las conciencias de los ciudadanos, pero no participar directamente en la política misma. Implicarse en política es tarea de los laicos cristianos, y lo harán como ciudadanos, pero como ciudadanos de fe, ejercitando por ello sus derechos políticos libre y responsablemente9.
En mi opinión, aún tenemos que descubrir el moderno ciudadano cristiano para el que el carácter secular de la vida pública y del pluralismo no es sencillamente una molestia o incluso un atropello, sino que se siente en él como en casa y reconoce el pluralismo, en cuanto resultado de la libertad política, como un valor político fundamental que ha de ser defendido. La secularidad, sin embargo, no es un proyecto consistente en secularizar la plaza pública en el sentido de una ideología de laicismo que aspire a la ausencia en la misma de cualquier referencia a la religión o a los valores religiosos.
La secularidad no es libertad respecto de la religión, sino libertad religiosa, que sólo es posible si el Estado ni entra en una alianza con un credo religioso, ni sucumbe a tentaciones de definir o incluso imponer una verdad religiosa. Admito que libertad religiosa también significa proteger de la religión las instituciones públicas que encarnan el poder coercitivo del Estado. No obstante, para obtenerla, no se necesita una cultura pública de «no religión», «antirreligión», «agnosticismo» o cosas parecidas. Lo que se necesita, en vez de eso, es una conciencia pública no sólo de la incompetencia del poder coercitivo del Estado para definir y sancionar la verdad religiosa, sino también, y simultáneamente, de la importancia que tiene para la sociedad estar formada por ciudadanos que mantengan firmes convicciones morales —estén o no enraizadas en una religión— que den soporte y alimento a la cultura política secular. El ideal del Estado secular y de la cultura política secular no corre peligro por semejante presencia de la religión en la vida pública nacional e internacional.
Así, incluso en el marco de la secularidad y del pluralismo modernos hay muchas posibilidades de integrar las creencias religiosas y las pretensiones de verdad metafísica con un modo democrático, constitucional y liberal (en el sentido amplio del término) de entender la vida política. La conformación concreta de esa integración, en el plano de cada país, dependerá de las tradiciones y particularidades de las diferentes naciones. En presencia de los desafíos del multiculturalismo, esencialmente la presencia en países europeos de un creciente número de ciudadanos musulmanes que no comparten el legado común occidental y cristiano, Europa tendrá que cobrar conciencia de sus raíces cristianas, no para «recristianizar» la vida pública en el sentido de invertir el proceso de secularización moderna y discriminar a los no cristianos, sino exactamente al contrario: para mantener y, si es necesario, defender la fuerza pacificadora e integradora de una cultura política secular basada en los derechos humanos y en las libertades políticas fundamentales.
Quizá vaya resultando cada vez más obvio que necesitamos recordar las raíces cristianas de la secularidad y de la cultura política modernas precisamente para defenderlas con éxito y seguir desarrollándolas en su secularidad misma. Sobre esa base podremos también como ciudadanos ofrecer una integración real a quienes posean un origen cultural distinto del nuestro: sin urgirles a que entren en una cultura cristiana, pero también sin negar que este mundo moderno secular es un fruto maduro de la índole civilizadora histórica del cristianismo capaz de llegar a ser patrimonio global en un mundo multicultural.
Qué suceda finalmente en el plano de la vida pública internacional no puede ser sino una reacción a la exitosa acomodación entre religión, cultura y valores seculares en la vida de las distintas naciones.
NOTAS
1 Ver mi trabajo «Cittadinanza multiculturale nella democrazia liberale: le proposte di Ch. Taylor, J. Habermas e W. Kymlicka», en Acta Philosophica 15:1 (2006), 29-52.
2 Tomo esta expresión de John Rawls, «The Idea of Public Reason Revisited», en Rawls, The Law of Peoples, with «The Idea of Public Reason Revisited» (Cambridge, Mass.: Harvard University Press, 1999).
3 Michael Ignatieff, Human Rights as Politics and Idolatry (Princeton: Princeton University Press,2001), 55.
4 Ver mi conferencia de 2005 (Notre Dame Law School) sobre la ley natural (de próxima publicación) The Political Ethos of Constitutional Democracy and the Place of Natural Law in Public Reason: Rawls’s «Political Liberalism» Revisited, «The American Journal of Jurisprudence» 50 (2005).
5 Esta expresión era usada frecuentemente por San Josemaría Escrivá.
6 Cf. Russell Hittinger, «The Pope and the Liberal State», First Things 28 (Dec. 1992), 33-41.
7 Ver mis estudios «Autoritas non veritas facit legem: Thomas Hobbes, Carl Schmitt und die Idee des Verfassungsstaates», Archiv für Rechts- und Sozialphilosophie, 86 (2000), y La filosofia politica di Thomas Hobbes. Coerenza e contraddizioni di un paradigma (Roma: Armando, 1997).
8 E.-W. Böckenförde, Die Entstehung des Staates als Vorgang der Säkularisation, en E.-W. Böckenförde, Staat, Gesellschaft, Freiheit. Studien zur Staatstheorie und zum Verfassungsrecht (Frankfurt/M.:Suhrkamp, 1976), 60.
9 Cf. mi trabajo «Laici e cattolici: oltre le divisioni. Riflessioni sull’essenza della democrazia e della società aperta», Fondazione Liberal, n. 17 (2003), 108-116.
A finales de noviembre de 1963, pocos días después de que el tejano Lyndon Johnson sucediera al asesinado Kennedy en la presidencia de los Estados Unidos, el famoso periodista radiofónico y escritor Alistair Cooke recibió en su despacho de Nueva York el siguiente telegrama del director de un periódico británico: «Apreciaría mucho un artículo sobre Tejas como contexto de Johnson. Stop. Cowboys, petróleo, millonarios, grandes ranchos, tosquedad general, mala educación, etc.».
Alistair Cooke, nacido y educado en Inglaterra, pero nacionalizado norteamericano, era ya por entonces un excelente conocedor de los Estados Unidos y un experto en los matices y los desencuentros de las complejas relaciones culturales entre Europa y Norteamérica. Su delicadeza le llevó a rechazar el encargo. «Mi artículo —nos cuenta— tendría que haber demostrado que el director estaba equivocado de principio a final». ¿Mala educación, los tejanos? Al contrario, tenían finos modales llenos de una vieja cortesía, que sin duda era de raigambre hispánica. Y en la región tejana del río Pedernales, de donde era originario Johnson, los ranchos eran pequeños y no había ni petróleo ni millonarios.
Alistair Cooke tenía, entre otras habilidades, la de utilizar anécdotas para introducir categorías. Siguiendo esa misma técnica, cabe decir que si aquel director de periódico inglés se equivocaba al caracterizar a los tejanos, acertaba en cambio en el planteamiento general de su encargo. En efecto: el background, el contexto geográfico, cultural y religioso de los políticos norteamericanos, ha tenido siempre una extraordinaria importancia a la hora de conocerlos y valorarlos. A lo largo de una campaña electoral, los creadores de opinión utilizan ese contexto como un eje de coordenadas que permite juzgar a los candidatos y predecir las reacciones que tendrán ante los distintos problemas de la cosa pública. Más tarde, el mismo background servirá para explicar conductas y decisiones adoptadas por el candidato elegido. Así, en el caso de Johnson, su negativa a retirarse de Vietnam venía impuesta, según algunos observadores, por el sentido tejano del honor (Texan honor): no quería ser el primer presidente de los Estados Unidos que perdía una guerra.
La necesidad de establecer las coordenadas vitales de los políticos norteamericanos se concibe fácilmente teniendo en cuenta la gran diversidad que recorre los Estados Unidos de parte a parte desde su fundación y que no ha dejado de aumentar con el paso del tiempo. Esa diversidad es, en primer lugar, territorial. El federalismo norteamericano responde a la profunda descentralización originaria del país. Washington DC nunca ha sido como París o Londres, ciudades dotadas de un espíritu capitalino tan potente y prestigioso que en él se disuelven las particularidades locales de los representantes políticos que acuden al parlamento nacional. La diversidad religiosa tiene también mucha importancia. Norteamérica fue siempre la tierra prometida del protestantismo en sus diversas ramas, pero el catolicismo y el judaísmo no tardaron en incorporarse.

Si a lo anterior se añade el talento y el gusto de la civilización angloamericana por la biografía y la semblanza, a nadie podrá sorprender que el retrato regional, cultural y religioso de los políticos sea en Estados Unidos un subgénero literario imprescindible, sobre todo en periodo electoral. Merece la pena hacer un recorrido, aunque sea breve y parcial, por las vicisitudes y la evolución de esa galería de retratos que nos ha legado el periodismo norteamericano. En el principio había dos grandes viveros de personajes, uno al sur y otro al norte: la aristocracia de plantadores virginianos y la teocracia de origen puritano de Nueva Inglaterra. Notables virginianos fueron cuatro de los primeros seis presidentes de los Estados Unidos. Entre ellos destaca la figura fundacional de Washington y la distinción intelectual de Jefferson, redactor de la Declaración de Independencia, y de Madison, principal autor de la Constitución norteamericana. Sin embargo, la vieja clase dominante del estado de Virginia resultó prácticamente aniquilada durante la Guerra de Secesión.
Más longevas fueron las clases dirigentes de Nueva Inglaterra, cuyo centro estaba en Boston, Massachusetts. A ellas pertenecieron John Adams y John Quincy Adams, padre e hijo, segundo y sexto presidentes de los Estados Unidos. Un subconjunto particularmente exitoso de esta élite fue el de los llamados «brahmanes» de Boston, un trenzado de familias tradicionales encabezado por los Cabot. Entre las mejores piezas de nuestra galería está la crónica que H. L. Mencken, quizá el periodista americano más influyente del primer tercio del siglo XX, hizo de la convención republicana de 1920, presidida con eficacia, superioridad y desdén por Henry Cabot Lodge, gran patricio bostoniano que por entonces se acercaba al final de su carrera de treinta años como senador por Massachusetts. Su nieto, Henry Cabot Lodge Jr., fue candidato a la vicepresidencia con Nixon en 1960. Pero, como es sabido, aunque el político que ganó aquellas elecciones también procedía de Massachusetts, no pertenecía a la vieja casta brahmánica, sino a una nueva dinastía católica e irlandesa; se llamaba John F. Kennedy.
En realidad, el declive de la clase política originaria de los trece estados fundadores de la Unión comenzó en 1828, con la elección de Andrew Jackson, el primer presidente de más allá de la cordillera de los Apalaches, que entonces marcaba la frontera oeste de los Estados Unidos. Jackson fue también el primer populista que ocupó la Casa Blanca; la etiqueta populista, nueva entonces, se aplicaría después a una larga serie de políticos norteamericanos. Uno de los más famosos (y también insuperablemente descrito por Mencken) fue William Jennings Bryan, tres veces candidato a la presidencia por el partido demócrata entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y secretario de estado con el presidente Woodrow Wilson. Gran orador y movilizador de masas, W. J. Bryan se identificó como nadie con los ambientes rurales del sur y del medio oeste de los Estados Unidos, recelosos de la América urbana y con una vida cotidiana muy marcada por una interpretación severa y literal de los textos bíblicos.
La lista de personajes, cada uno de ellos con su latitud y longitud territorial y cultural, podría seguir. Pero es tiempo de que proyectemos este sistema de clasificaciones sobre los candidatos que concurren a las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos en noviembre de 2008. John McCain, el candidato republicano, es ciertamente un caso especial, pero no se escapa del sistema. El hoy senador por Arizona es hijo y nieto de almirantes y ha servido durante veintidós años en la Armada estadounidense, de los cuales vivió cinco y medio como prisionero de guerra en Vietnam. McCain nació en la zona norteamericana del canal de Panamá y ha escrito que su familia «no estaba arraigada en un lugar, sino en la cultura de la marina». En suma, es un político salido de las fuerzas armadas. No se han dado muchos casos en la historia norteamericana, pero sí muy ilustres: la lista empieza nada menos que con Washington, y continúa en el siglo XIX con Ulysses S. Grant y en el siglo XX con Eisenhower. El tipo no es muy frecuente, pero está bien definido.
Quien sí se escapa de todo sistema taxonómico es el senador por Illinois y candidato demócrata, Barack Obama. Oigamos primero lo que él dice de sí mismo. «Tengo un nombre raro y un background exótico, pero mis valores son esencialmente americanos. Mis raíces están en la comunidad afroamericana, pero no me limitan». «Creo que si podemos decirle al mundo: “Tenemos un presidente en la Casa Blanca que tiene todavía una abuela que vive en una cabaña a orillas del Lago Victoria y tiene una hermana que es medio indonesia y está casada con un canadiense de origen chino”, la gente pensará que ese presidente va a comprender mejor lo que pasa en sus vidas y en sus países. Y tendrán razón». Hay en estas palabras una declaración que contradice la tesis que aquí se sostiene sobre lo inclasificable del personaje: «Mis raíces están en la comunidad afroamericana». Sin embargo, a la vista de la biografía del senador Obama, cabe dudar de que esas raíces sean muy profundas.
En efecto, Barack Hussein Obama nació en 1961 en Honolulu (Hawai) de un padre keniata de familia musulmana y una madre norteamericana blanca originaria del estado de Kansas. Su padre abandonó la familia cuando el niño tenía dos años y su madre se volvió a casar con un indonesio, con lo que Obama vivió en Yakarta hasta los diez años. Después volvió a Honolulu con sus abuelos maternos y allí terminó su enseñanza secundaria en 1979. Su educación superior tuvo lugar sobre todo en la Universidad de Columbia (Nueva York) y en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard. Entre Columbia y Harvard, Obama pasó tres años (1985-1988) dirigiendo un proyecto de «desarrollo comunitario» en el South Side, un distrito pobre de Chicago. Sin duda, durante aquel periodo entró en contacto con la comunidad afroamericana, pero lo cierto es que sus años formativos discurrieron muy lejos de esa órbita étnica y cultural.
Una conexión tardía con Chicago y con la comunidad negra americana no desdibuja lo esencial de su biografía que, como él mismo dice, se caracteriza por el exotismo. Cabe decir que esa biografía es fruto de la gran ascensión de los Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Cuando un país deviene en gran potencia mundial, ocurre un doble movimiento: se proyecta sobre el mundo y recibe en su seno al mundo, lo que acaba transformando las trayectorias vitales tradicionales de sus ciudadanos, cuyas biografías se van salpicando de elementos foráneos. Así le ha ocurrido a Barack Obama, y esos elementos resuenan favorablemente, sin duda, en muchos rincones del planeta. Pero, sobre todo, su exotismo le permite escapar de las intrincadas clasificaciones que han regido la vida política norteamericana hasta nuestros días y dirigirse de manera mucho más libre y directa a todos sus conciudadanos. Ello le convierte —la combinación es formidable— en un símbolo de la globalización y en un candidato postamericano, es decir, distinto de la América que hasta ahora hemos conocido.
por Luis Alberto de Cuenca
ANGÉLICA DE LA ISLA DEL LLANTO
Y parecía simple la distancia entre el pecho del ámbar y las costas itálicas, cuando tu rostro soportaba el velo del espanto, tras hialinos contornos de princesa escindida.
Sorprender, significar acaso, en el pomo risueño de la espada, el activo veneno que trascendía bocas, labios sin fin ardiendo, no cárceles doradas.
Pequeña mía, ¿qué dragón o jaspe, qué maleficio ignoto hay en tu cuerpo? Un estéril aluvión de sedas heladas reposa en el continente de tus senos. Marfil y seda turbia, vendaval ilusorio del estío, antílopes de bruma dibujándote.
Triste espacio vivir, mueca perfecta, infamante lacerio. Multiplico mi sed en los espejos. El día es un diamante furiosamente herido por el mundo.
Vivías en los lagos. Apenas surgida de la espuma, náyade silenciosa, traspasabas el muro delineando la calma de las aguas. Existir, bruja lluvia en los párpados, sorda aspereza en las mejillas.
Un ilimitado corazón poblado de rigor, una voz encendida como una antorcha en pasillos metálicos, una sentencia breve y sustanciosa adornando el cabello del invierno.
Persígueme, corza sombría. Oblicua reina, espérame. Resuenan en mis ojos los olifantes del deseo. Mis sentidos son una violenta y única realidad.
Besó la frente del tiempo y sus hombros se tiñeron de un rubor inesperado. Afluía la sangre por las ingles, rota la arteria del olvido, canalizada en cráteres contiguos, húmedo hermafrodita inmensamente triste.
Relámpagos súbitos te cernían. Rodeada de dioses implacables y oscuros, acosada por formas impalpables, torturada por el fuego gélido de los vientos boreales, tendida en un espasmo doloroso de látigos y templos naturales.
Hay un futuro de algas y nereidas aguardándote, amada. Un destino alado te ofrezco. Mi cuerpo se estremece al verte tan hermosa.
Adivinar qué oculta, tras la máscara, el eterno hipogrifo del amor. Conocer el secreto de tu anillo. Saber si los bermejos destellos de la Aurora conducen hacia ti o hacia el ocaso.
Angélica difusa, niebla pura, túnica enamorada en el espacio. Por siempre, para siempre, en la Isla del Llanto, siempreviva de bronce en las marmóreas logias de la muerte.
(de Elsinore, Madrid, Azur, 1972)
MARÍTIMA
Hay algo más hermoso que una carta de navegación,
más preciso que un sextante, más esbelto que un clipper,
hay algo más sutil que el fuego griego,
más misterioso que la flor azul,
mas nada tan sombrío, tan agónico,
tan ceniciento, tan enmohecido
como tu rostro en alta mar.
(de Elsinore, Madrid, Azur, 1972)
DEDICATORIA
La tierra estaba seca.
No había ríos ni fuentes.
Y brotó de tus ojos
el agua, toda el agua.
(de La caja de plata, Sevilla, Renacimiento, 1985)
BRILLANTE
Me dejó brocha, crema y una máquina
de afeitar en los bordes del lavabo.
Hice correr el agua fría, y dije:
«Anoche estuve a punto de violarla».
«¿De verdad pensó en mí?», respondió ella.
No contesté. Seguí frente al espejo,
viviendo mi afeitado. Eran las once.
Podía verla al fondo de la alcoba,
resplandeciendo al sol de la mañana.
(de La caja de plata, Sevilla, Renacimiento, 1985)
por Julio Martínez Mesanza
EL RÍO
Hacia el norte del golfo puede verse
una enorme extensión en la que pierde
su azul el mar y lo suplanta el ocre.
Montañas de basura son las islas
que forma el río cuando desemboca;
bandadas de gaviotas caen sobre
los desperdicios y su griterío
acompaña a los lentos petroleros
que remontan el río entre la niebla.
En estas islas hubo pescadores,
hace tiempo, y un faro, cuya torre
fue demolida a medias, y ha quedado
ciega y gris a merced de las mareas.
Yo me acercaba hasta ella muchas veces
cruzando los hambrientos cenagales
desde el puerto fluvial en el que vivo.
Fue después de las torpes madrugadas
junto al amigo y la mujer que mienten;
en ellas todo parecía hecho
para menguar la gracia redentora.
A mi espalda quedaba el ancho río
con sus destartalados almacenes,
su oscura fundición, su factoría,
y la ciudad sin torres ni campanas,
sin un arco de triunfo ni una estatua,
el lugar más hermoso y miserable.
A la tarde de nuevo atravesaba
los pantanos camino de mi casa.
Entraba en la ciudad por una calle
contigua a la gran fábrica de hilados
y me encontraba siempre con los niños
de la tanda de noche que, en hilera,
como los prisioneros, cabizbajos,
ateridos y sucios, se adentraban
en el fragor del nuevo laberinto.
Yo meditaba acerca del pecado
y de cómo los hombres alimentan
con su vida el pecado de los otros.
Venía a mí la imagen de una leva
permanente y veía cómo eran
sacados de sus casas esos niños
y veía los tratos de las madres
con los sargentos y también a madres
que eran zarandeadas y obligadas
a entregar a sus hijos, y veía
sobre los desconchados de los muros
de esas casas el rostro de los nuevos
dioses: el campeón de los sofismas
y las perplejidades y ese otro,
el transformista y bailarín obsceno.
De vuelta a casa, desvariaba y todo
lo visto e imaginado sucedía
en mi alma: en ella se estancaba el agua
de este río solemne y miserable
que nace de la luz lejana y muere
entre los muros de un país sombrío.
(de Las trincheras, 1996)
STELLA MARIS
Guía, estrella del mar y de la Gracia,
al puerto de tu amor la triste nave
desnortada de nuestro orgullo y ponla
lejos del remolino de las leyes.
(de Las trincheras, 1996)
LIRIO EN EL AGUA
Lirio en el agua, inaccesible lirio,
y agua que escapa, luz inaccesible.
Me llevaré a la oscuridad tus ojos,
la hermosura terrible de este mundo,
la culpable hermosura de esta tarde,
la luz inaccesible de tus ojos.
Porque la tarde es última y oscura,
una hermosura sin después, un pozo
en el que va a ahogarse un niño, un pozo
con un lirio en su fondo inaccesible.
Todo se apaga alrededor y queda
sólo un pozo en el centro de la tarde
y un lirio inaccesible y, en mis ojos,
la luz que mataré cuando me vaya.
(de Entre el muro y el foso, 2007)
ESTOY SOLO EN UN MAR
Estoy solo en un mar que Dios no mira,
un mar que ya no es mar, un mar inmóvil,
en un barco sin velas, que se pudre,
y no hay viento y no hay olas y no hay tiempo.
(de Entre el muro y el foso, 2007)
DEFENDIDO
Lavado por el agua del costado
y dentro de la herida defendido
de tanto no que sólo trae nada,
de tanto tibio sí, de tanta tregua.
(Inédito)
EL MAR DE LAS GALERAS
Dime, alma, por qué vuelan las galeras
en el hermoso azul que no ha pecado.
Dime por qué su estela te equivoca,
por qué te encanta el ritmo de sus remos.
Son la culpa que avanza disfrazada;
son las mejores galas de la culpa.
por Gabriel Insausti
PRIMERA PALABRA
Para Paula (un año)
Que esa palabra pura que ahora dicen
tus labios torpemente, y la manera
en que nace de ti, sean un día
caudal de una verdad.
Aprende en ellas
cómo el rostro vastísimo del mundo
—lo está mirando Dios— adquiere un alma
con su común trasiego entre los hombres
No dejes que la herrumbre del cálculo o la envidia
se pose en su cristal.
Y ojalá sepas
pronunciarlas con tino y con justeza,
ir de ellas a las cosas y nombrarlas
—pueblos, caminos, albas, nubes, astros—
con esa misma fe con que hoy repites:
«Agua».
Es difícil pensar en don Diego de Silva Rodríguez Velázquez, pintor del rey, sin referir mentalmente y de modo inmediato sus obras más conocidas: Las meninas, Las lanzas, los bufones, los bodegones, la Venus frente al espejo, los retratos reales y cortesanos. Las obras tenidas por más importantes de Velázquez han sido, recurrentísimamente, objeto de atención, admiración y crítica. Los análisis y consideraciones vertidas sobre estos lienzos son innumerables y muchos de ellos constituyen dignos y proporcionados reconocimientos a la maestría del artista. Se propone aquí, en cambio, una consideración de aquellas piezas que a pesar de ser masivamente identificadas como velazqueñas, no han sido tan premiadas por el estudios de los especialistas o la veneración del público.
LA FORJA DE VULCANO (EL TRABAJO)
La representada es esencialmente una escena de trabajo manual. Se trata de una herrería, un taller de forja especializado en armas e instrumentos de combate. Los hombres que se encuentran en torno a la mesa acaban de sacar una pieza del horno y se disponen a darle forma. Fuera de ese círculo, hay un obrero que se empeña en cortar una hoja de metal que bien pudiera ser la materia prima de una coraza u otra pieza de armadura. En tercer plano, tras el horno, hay otro personaje, con rotundidad confinado al entorno físico por tamaño y distancia, seguramente encargado de mantener el horno encendido y atemperado.
Casi toda vestimenta resulta aquí molesta: el calor del horno y el esfuerzo físico impiden el atuendo. Patrón y empleados se hallan uniformados en vestimenta —es decir, casi desnudos— y en afán. Puestos los hombres a transformar el medio físico, todas las diferencias que denotan jerarquía social se eliminan. Los versos de Miguel Hernández admiten así una lectura más vital, menos ideológica:
Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.
Por exigencias de composición, los hombres se encuentran trabajando en un espacio muy reducido, algo que se haría particularmente dificultoso, por los movimientos que requiere la tarea realizada. El lugar que ocupa el obrero que corta la pieza es incluso peligroso. El virtuosismo de Velázquez —su modo naturalista de representar la ocupación del espacio por parte de las figuras humanas, señalado pertinentemente por Ortega— evita la sensación de amontonamiento que una mano menos diestra podría causar al observador. Sin embargo, el recurso tiene la virtud de resaltar la dimensión social del trabajo, el esfuerzo común en la consecución del objetivo. Vulcano, más experto, sostiene la pieza trabajada y se encarga de dar la forma de la pieza deseada a golpes de martillo. Pueden oírse todavía los ecos de los golpes y el diálogo entrecortado, interrumpido definitivamente por la divina presencia de Apolo.
Porque el cuadro no representa un taller de herrería sin más, como ha escrito Ortega. La aparición de Apolo opera por sí sola como reclamo de atención. Se suspende la charla y el trabajo: los integrantes de la escena quedan pendientes del parlamento: se revela aquí el carácter de instantánea de la pintura velazqueña, que tanto ha deslumbrado al ilustre filósofo. Apenas puede distinguirse a Vulcano de sus ayudantes por la mirada extrañada y atenta al recién llegado. La presencia de Apolo parece claramente concebida en su condición de ruptura o discontinuidad entre los elementos de la obra. Se trata de una presencia extraordinaria, divina. El tratamiento de la figura solar es intencionadamente más luminosa y solemne que los esforzados herreros, incluido su contrahecho pero divino patrón.

Se manifiesta aquí el tratamiento cualitativamente diferente que, según Lopez-Rey, el artista concede a lo divino y a lo humano. El Vulcano de Velázquez es digno de una descripción hesiódica. Es un Vulcano trabajador, un poco escéptico y descreído, ajeno por completo a las promiscuidades habituales del panteón olímpico, que mira entre desconfiado y sorprendido al divino indiscreto.
Los elementos dramáticos de la escena son, como es común en Velázquez, escasísimos: tan sólo la mirada extrañada —una ceja levemente levantada— del marido traicionado ante la presencia y el parlamento de Apolo. Puede especularse con el instante mismo de la comunicación de la infidelidad de su esposa; todavía no ha habido tiempo para la reacción intempestiva, una imprecación colérica, un desmayo o un gesto destemplado. Apolo, atento a la gravedad de su parlamento, parece un alumno de la Academia o el Liceo (¿una influencia de Rafael?) dirigiendo una reposada y enjundiosa pregunta a su maestro. Es asimismo llamativa la similitud que posee su imagen con las representaciones del arcángel Gabriel en las escenas de la Anunciación.
El mensajero parece cauteloso ante la ruda condición de su auditorio. Los compañeros de labor de Vulcano apenas sí han interrumpido su afán para escuchar al recién llegado. No hay miradas cruzadas de sorpresa ni gestos de estupor. Tan sólo el obrero joven —el cíclope aprendiz— ubicado frente a la boca del horno, compone un gesto de solicitud cansina o desganada, como el de quien se molesta al ser interrumpido en su labor, que no sería diferente al que le merecería la presencia de un cliente habitual de la fundición. Y sin embargo, el desgarro y la tensión de la escena es manifiesta. La concentración y entusiasmo de la tarea se interrumpe con un pregón que se antoja absurdo y radicalmente ajeno.
Puede identificarse en La forja de Vulcano una primera explicación del recurso a la mitología del artista: se trata de la inclusión de elementos de ruptura en escenas de la vida cotidiana, que imprimen a la obra una intensidad dramática no expresable a través de medios directos de expresividad corporal.
LOS BORRACHOS (LA FIESTA)
El cuadro es vulgarmente conocido como Los borrachos, o con el título irónico, más sofisticado (y un tanto snob) de El triunfo de Baco. Mientras que con respecto a esta denominación debe decirse que una escena triunfal sólo podría ser representada como apoteósica o gloriosa, del nombre más difundido debe decirse que no constituye una escena de borrachos. Steven Orso, en la conclusión a su tesis interpretativa, ha propuesto una nueva denominación: Baco en Iberia (Bacchus in Iberia).

Ortega trata desconsideradamente este lienzo. Contraponiéndolo a Poussin, que afirma que la belleza es atributo divino y no humano, el pensador califica al pintor de Los borrachos de «impío» y «ateo»: Baco es suplantado por un «mozancón rollizo y linfático», rodeado de unos «pícaros ganapanes». Se trata de un cuadro que expresa un «realismo materialista», ya que los dioses, en opinión del autor citado, son personificaciones o alegorías de la abstracción de todo lo bueno que hay en el hombre. En lugar de bacanal hay borrachera, «alcoholismo». En vez de Baco —añade el pensador— «hay un sinvergüenza representando a Baco».
Ortega repite así la antigua opinión de Mengs, Ponz y el mismísimo Goya, quienes en el siglo XVIII habían descrito el cuadro como la representación de un Baco fingido. Es de suponer que el ilustre filósofo se arrepentiría de tales afirmaciones, al moderar tales comentarios en sus escritos posteriores sobre el artista.
Por otra parte, más allá del concepto de Ortega sobre lo trascendente, debe señalarse que tal afirmación sería atendible si las interpretaciones que él juzga como impías o materialistas pudieran manifestarse en cuadros de temática específicamente religiosa o, más bien, cristiana. Ya se ha mencionado el certero comentario de López-Rey sobre las atenciones privilegiadas que prodiga el artista a las representaciones de Jesucristo o los santos.
No debe olvidarse que las mitológicas ocupan el lugar, en el universo conceptual del artista, de divinidades paganas, y por tanto, invariablemente falsas. Se trata, como señalara el mismo Ortega unos años después, de una muy en boga apelación de los artistas a una «religión poética», que servía de justificación para representar escenas no directamente relacionadas con la religión cristiana, cuya temática era la única legitimada para la representación. Es natural, en consecuencia, que tales personajes no recibieran un trato reverencial de parte del artista y sirvieran como excusa para representar escenas o personajes conformes al interés del pintor.
El lienzo posee la rara virtualidad de combinar tres «subgéneros» clásicos de Velázquez. Aunque está situada al aire libre, es una escena propia de un bodegón. La mayoría de los personajes son pícaros (los que en una corte ocuparían el lugar de bufones). Y el motivo que justifica la representación es mitológico. Incluso, dada la precisa caracterización fisonómica y gestual de algunos de los personajes, podría especularse con una apelación a un retratismo anónimo.
Se decía al principio que no se trata de una escena de borrachos. Efectivamente, no hay tales: se mantiene la condición social del symposion. No hay gentes por el piso o empinando el codo. No hay representación directa de ingesta de alcohol. Steven Orso, en su exhaustivo estudio, ha señalado las distancias que se observan entre las representaciones de escenas báquicas o bacanales más conocidas de los siglos XVI y XVII —recuérdese la Bacanal de los Andrianos, de Tiziano, los grotescos lienzos con motivos de taberna de los pintores flamencos y holandeses— o las que sobreviven de la Antigüedad clásica, y el Baco velazqueño. Aquí no hay cuerpos desnudos en el suelo, ni danzas frenéticas, y mucho menos ninfas o efebos en posiciones voluptuosas o gentes dormidas.
La sobriedad de la escena está remarcada en la verticalidad de los cuerpos. Orso ha reparado en la serena superficie del líquido contenido en el recipiente que sostiene el personaje tocado con sombrero que mira al observador y el anciano canoso que contempla solícito a Baco. Existe en sus actitudes una intencionalidad diferenciada y expresa, la disposición de diálogo con que han sido dotadas las figuras de la derecha, la capacidad de interacción con el observador que poseen las que se ubican en el centro del lienzo.
Parece más bien una reunión de viejos pícaros: el ambiente es bueno, festivo, quizá un poco eufórico. Pero no están ebrios. La escena es acontecimento social, brindis, reunión festiva de camaradas. La impresión, a primera vista, de tumultuosidad promiscua del grupo humano representado remite definitivamente cuando se repara en las actitudes individuales de cada personaje. Igualmente que en el taller vulcánico, es necesario representar figuras humanas dispuestas en una proximidad poco común, para mantener el cuadro dentro de un formato razonable. Velázquez resuelve este problema con una elegancia inigualable.
La especulación que asimila la escena de la adoración a Baco a una representación de la ceremonia eucarística, sugerida por López-Rey, tiene tanto sentido como la que podría tentarse entre La forja de Vulcano y la Anunciación. Más bien parece tratarse de ciertos universales de la representación artística. Igualmente descaminadas parecen las interpretaciones moralizantes del cuadro. Ya sea en el sentido negativo, es decir, de condena a la ebriedad —como ha sugerido el autor antes citado—, o positivo, de representación de la prudencia y liberalidad regia —el caso de López—, no hay suficientes elementos para indicar tal intencionalidad en el artista.
La interesante y muy documentada tesis de Orso que intenta explicar la concepción del cuadro en razón de la censura que merecía la pintura de Velázquez por parte de los otros pintores al servicio del rey, que le reprochaban dedicarse a géneros considerados menores —bodegones y retratos— y no pintar géneros mayores, tales como la pintura religiosa e histórica, tiene el inconveniente —explicado insuficientemente por el autor a partir de una obra de compromiso que se sitúa entre el naturalismo de las primeras obras y la exigencia social o profesional de contrarrestar las críticas envidiosas de sus colegas— de ser extremadamente problemática a los efectos de interpretación.
Si Velázquez se proponía exclusivamente —como Orso sostiene— mostrar sus dotes en un género que gozaba de mayor aceptación entre críticos y entendidos, debería haber desplegado la simbología y los atributos clásicos que exigía la pintura histórica o mitológica, haciendo uso de las representaciones clásicas y más difundidas de las figuras. En su lugar, el espectro posible de interpretaciones se ha movido desde el falso Baco al episodio mítico de la conquista de Iberia por parte del dios y sus compañeros faunos.
En Los borrachos aparece una segunda variante interpretativa que cabe atribuir a los cuadros mitológicos de Velázquez: la representación de escenas realistas bajo la excusa del tema mitológico. El pintor se sirve nuevamente de la deidad pagana para describir el mundo de la vida. Las divinidades que poseen su carácter explícito aparecen como ajenas, aisladas o ausentes de la escena en medio de la cual son representadas. A Velázquez no le «interesa» Baco, así como tampoco le interesan Marte, Apolo o Vulcano (poniéndose así en particular evidencia el sutil rasgo de desinterés general que percibe Ortega en sus obras), sino el contraste dramático que la presencia de estas divinas figuras puede componer, situadas en escenarios propios de la vida cotidiana. Velázquez muestra así las virtualidades de una concepción personal del arte pictórico, adoptando formalmente un género aceptado por los criterios de la época —el mitológico— pero resignificándolo en beneficio de sus propios intereses temáticos: la vida cotidiana.
EL DIOS MARTE (LA GUERRA)
Pasado por alto generalmente entre los tratadistas y estudiosos del artista, el Marte aparece como una obra sencilla en su composición pero de gran riqueza conceptual. Ortega despacha sumariamente el análisis de la misma afirmando que se trata, como otros cuadros de similar temática, de la ridiculización o tratamiento satírico de un motivo mitológico. Sin embargo, el único y débil argumento que apoya tal afirmación es que la representación del dios ofrecida por el artista escapa a las interpretaciones canónicas de su figura. Conviene revisar estas aparentes inconsecuencias en el tratamiento de la figura del dios con respecto a las imágenes clásicas del mismo, en busca de un sentido más profundo.
Tenemos ante nosotros a un hombre maduro, de mediana edad, tocado con un tipo de yelmo conocido como borgoñota y en postura laxa, adoptando una actitud que a primera vista cabría calificar de contemplativa. Apenas cubierto por un lienzo de tono azul claro, se sienta sobre lo que bien podría ser una cama revuelta, justo encima de una sábana de color rosa: no hay aquí clámide impecable, ni brillantes mantos rojo sangre, ni terciopelos luctuosos, ni mucho menos brocados de oro.
Tampoco hay soleados campos de batalla, ni masas de soldados desplazándose como mar de fondo; la penumbra completa un ambiente interior, propio de recámara. Un pie reposa en el suelo oculto por el paño rosa; el otro, apoyado sobre el borde de la cama, eleva la rodilla a la altura del pecho; sobre esta última descansa el codo del brazo izquierdo, cuya mano sirve de soporte leve al mentón.
La mano derecha sostiene sin fuerza un bastón de madera que no puede contemplarse en su totalidad, aunque a juzgar por su longitud y grosor no parece corresponder a un arma clásica, sino más bien a una herramienta agrícola: como si el dios romano de la guerra hubiera recordado súbitamente sus oscuros orígenes de deidad telúrica. A sus pies yace un montón de armas, entre las que pueden distinguirse un escudo, una coraza —ambos, elementos de defensa— y el conjunto de empuñadura y guardamano de una espada; la hoja, significativamente, está fuera de cuadro. Orso ha especulado con la condición de pendant —cuadro que hace pareja o correspondencia con otro— del Marte con respecto a La forja de Vulcano. Según la leyenda, después de que Vulcano fuera informado de la traición de su esposa Venus con Marte, el dios encolerizado los descubrió y puso en evidencia ante todo el panteón, ridiculizándolos. El cuadro dedicado al dios de la guerra sería una escena inspirada en la desolación de Marte ante la humillación. El dios estaría sumido en estado de estupor, al borde del lecho adúltero. El Marte, en palabras del autor citado, sería un «devastador estudio de ego masculino en colapso».
Nuevamente, la economía radical de la composición permite poner en cuestión la interpretación ofrecida. Como en el estudio sobre Los borrachos, la excesiva dependencia de dichas interpretaciones respecto a elementos extrapictóricos conspiran contra las mismas. No hay figuras de la amante en fuga o avergonzada, ni espectadores divinos: las escenas intermedias ausentes del relato parecen negar la relación temática directa entre ambas obras. Las licencias que se toma el artista con respecto a la representación de las figuras mitológicas conspiran asimismo contra la interpretación ofrecida: si Marte acaba de ser sorprendido en el lecho con Venus, ¿a qué conservar el yelmo en su cabeza? El resto de sus armas y vestiduras están esparcidas por el suelo. Finalmente cabe preguntarse si un hombre puesto en ridículo o avergonzado es capaz de sostener la vista, como lo hace el dios de la guerra.
La imagen que se nos ofrece de Marte parece a primera vista la antítesis del talante del guerrero. El artista ha evitado toda representación canónica. Lo que aparece no es un efebo erguido en actitud desafiante, vistiendo panoplia completa, con el brazo tenso y el arma lista. En cambio, ha elegido a un hombre maduro, algo entrado en carnes, de constitución no muy atlética, apoyado relajadamente al borde de un lecho. El único elemento que le da cierto carácter marcial es su yelmo: el resto de sus armas yacen amontonadas en el suelo. Su rostro, como decíamos, no es juvenil ni parece particularmente saludable, se trata, en todo caso, de un guerrero profesional. Por los enormes bigotes, Velázquez parecería inspirado en algún temible lansquenete, aunque no sería en modo alguno difícil trasladar sus rasgos y expresión a un húsar de la Grande Armée, un sargento alemán de infantería de la Primera Guerra Mundial, un oficial de los US Marines o un miliciano de la guerra de desmembración de Yugoslavia.

Se ha especulado con la supuesta inspiración de Velázquez en la figura escultórica de Miguel Ángel conocida como Il pensieroso. Es un personaje sedente, ataviado con una armadura clásica y vestidos de guerra, que se halla sumido en profundas cavilaciones. Dicha representación muestra cierto carácter paradójico. La figura, a pesar de ser atlética, bella y de aspecto noble, no posee una actitud guerrera: no hay cosa más alejada de la guerra que la reflexión en la que se ve inmerso el personaje representado. El Marte sería una continuación en el estudio iniciado por Buonarroti.
Pero aguzando un poco la vista, lo que aparece en primera instancia como actitud contemplativa se revela como algo diferente. El personaje no se halla reconcentrado en sus reflexiones: no tiene la vista perdida ni los ojos cerrados. Sus ojos —reducidos a dos puntos esquemáticos, difusos, sin blanco— no poseen el brillo propio de la inteligencia. Las cavilaciones que parece estar abrigando no estimulan la imaginación del espectador. En realidad, Marte mira a éste con aire de requerimiento desganado, desde el fondo de la sombra que proyecta el yelmo, aparece una expresión que no es otra que la del aburrimiento.
No parece adecuado especular con el descanso que sigue a la batalla: el agotamiento posterior a tan ingente esfuerzo sólo puede ser representado con el sueño rendido, y no con la abulia. Tampoco puede verse un cuerpo transpirado, herido o cubierto por el polvo. El Marte de Velázquez es un guerrero de imaginaria, de marchas forzadas y holganza, de días interminables de asedio, de reglamentos, disposiciones, de monotonía vital: una tropa de ocupación. Porque la mayor parte del tiempo de guerra es precisamente eso. Su dios de la guerra viene a constituir el anverso más opaco o ignorado de la brillante realidad humana mostrada en Las lanzas.
En Filosofía de la vida cotidiana, Rafael Alvira ha escrito que la excitación de la guerra, al ser una pseudo-fiesta, no sirve para superar el aburrimiento. No hace mucho tiempo un fotógrafo norteamericano que había trabajado en Vietnam advertía, en un reportaje televisivo, a quienes pensaban en la guerra como algo excitante, que no había cosa más aburrida que ver un pelotón de infantes cargando colina arriba. Velázquez, cuatro siglos antes y dentro de una sociedad militar en plena vigencia, parece plantear un desafío al clásico esquema bifronte con que la guerra ha sido mostrada habitualmente —vida y muerte, exaltación y miseria, épica y dolor, éxtasis y sufrimiento—, y le agrega una tercera cara: la del tedio.
Aparece en el Marte una tercera forma de interpretar los cuadros mitológicos de Velázquez: la distorsión de la alegoría de la guerra, el mito volcado al revés del que hablaba Ortega, pero no en sentido satírico o burlón, sino con una intencionalidad crítica muy personal, inédita para la época.
EL CRISTO CRUCIFICADO (LA CONTEMPLACIÓN)
Es preciso, antes de tentar cualquier consideración sobre el Cristo de Velázquez, preguntarse si es posible decir algo que supere lo ya escrito por Unamuno en su célebre poema. Sirva como respuesta la aguda observación de Víctor García de la Concha: el lienzo velazqueño va perdiéndose en la obra monumental del pensador y poeta, quedando así como inicial referencia declamativa pero no redimida posteriormente, a lo largo del poema.
Es ésta otra obra extraña. Los críticos no parecen haberla considerado mucho. Ortega afirma que no hay en este lienzo exhibición de dolor ni emoción mística; en su opinión, Velázquez habría querido impresionar al espectador con la «seriedad extática». El cuadro constituiría una obra dotada de gran patetismo, pero sin recurrir al repertorio expresivo de tal condición. Se trataría un «patetismo de la seriedad». Sin restar méritos a tan refinada interpretación, es posible señalar algunos elementos que pueden dar pie a otras lecturas divergentes. Conviene detenerse en la composición y algunos elementos de la obra.
Aparentemente, el artista no ha querido pintar directamente la escena de la crucifixión, sino que se trata de la representación de una representación: es la pintura de lo que podría ser una escultura situada en un templo, por lo que cabe interpretar a partir de la tenue sombra del crucifijo sobre un muro y el tratamiento de la luz sobre la figura. Este recurso le permite a Velázquez hacer supresión natural de todo otro elemento que no constituya cruz o Crucificado: Gólgota, compañeros de cruz, verdugos, juanes, santas mujeres, cielos tenebrosos o tormentosos. Estas ausencias en el fondo oscuro del cuadro constituyen el primer indicio de la elevada carga intencional de la obra.
El segundo elemento de similar carácter es el cuerpo de Cristo. Ortega incluye la composición correspondiente al cuerpo de Cristo en un estilo al que denomina pintura velazqueña reducida, es decir, ejecutada a un nivel convencional dentro del estilo del pintor. Esto parece ser cierto, pero es necesario completar la observación con lo dicho en el párrafo anterior: es la reproducción pictórica de una obra escultórica destinada al culto, en todo conforme a las reproducciones de la época. Lleva razón Ortega cuando escribe que Cristo parece cómodo en su cruz, lo cual se le antoja una fuerte paradoja.
Sin embargo, la observación no parece tan acertada cuando el gran filósofo español se refiere al rostro; según éste, la expresión de dolor que podría manifestarse en el mismo ha sido cubierta con parte de la melena. Ortega olvida señalar las diferencias entre el «velazquismo reducido» del cuerpo y el estilo diferenciado del rostro. La discontinuidad es harto significativa. Es evidente que el rostro del Crucificado es el elemento compositivo más importante de la obra, y su realización escapa a la condición de éxtasis que Ortega advierte en el cuadro.
La representación del rostro se distingue violentamente de las formas escultóricas convencionales del cuerpo: la cabeza abatida y la melena sobre la cara poseen formas de clara ruptura, son esencialmente pictóricas. No es un rostro sereno, cómodo. Sin embargo, más que querer ocultar dolor, parece mostrar otra cosa. El recurso posiblemente haya evitado a Velázquez realizar una fisonomía demasiado precisa de Cristo en la cruz; se trata de la irrepresentabilidad del rostro del Mesías en el momento más importante de su paso por la tierra.
Pero la resolución del problema posee una poderosísima capacidad de sugestión, dando lugar incluso a la leyenda popular que cuenta la aparición mágica de la cabeza del Cristo, al arrojar el artista rendido los pinceles contra el lienzo. Cristo mira a la tierra o tiene los ojos cerrados. No hay miradas luminosas ni desgarradas al cielo. Parece vencido y resignado: podría decirse que es el momento inmediatamente previo al reclamo de abandono elevado a las alturas.

Es un rostro oscuro, oculto; la representación misma de la tiniebla. Las referencias unamunianas al rostro como un ocultamiento celeste, cuestión sobre la que luego se volverá, componen una luna velada por la nube negra de la cabellera del Nazareno. El efecto se incrementa por el contraste con la aureola que asoma detrás de la coronilla: la faz del Cristo de Velázquez es el oscurecimiento mismo del cielo, constituye el eclipse humano-lunar de la luz solar-divina.
Se trata de un Cristo derrotado, ensombrecido por la derrota. Si el artista hubiera querido acompañar al rostro del Dios vencido con un cuerpo en consonancia, debería haber optado por una anatomía realista, descoyuntada, colgada a peso muerto de las muñecas traspasadas, con el pecho hundido y las rodillas salientes, al modo en que muchos artistas recientes han representado la escena de la cruz. Sin embargo, un cuerpo así ejecutado, es decir, armonizado con la tensión emotiva del rostro, hubiera desviado la atención hacia los miembros dolientes. Tampoco hubiera tenido similar efecto la representación exclusiva de la cabeza del Nazareno; en cambio, el cuerpo elegido por el artista es un apunte que sirve de marco para lograr, como un cono de perspectiva o una serie de círculos concéntricos, la mirada atenta del espectador sobre el rostro representado.
Pero si en un primer momento el cuerpo obra como haz de líneas concéntricas que conducen la atención al rostro, también es contraste sobre el que se repara luego de reposar la vista en la cabeza del Nazareno. A una cabeza sufriente o inerte corresponde un cuerpo inmaculado, glorioso, triunfante, resurrecto, que no varía sustancialmente de las representaciones artísticas del Cristo del Domingo de Gloria o de la Ascensión. El cuerpo de Cristo se le aparece a Unamuno como un pendón de victoria. Es un cuerpo vivo.
No encorvadas, erguidas tus rodillas
a modo de quien marcha, pues tu muerte
jornada es, no de descanso.
Es el cuerpo de un Cristo glorioso; no hay retorcimiento ni manierismos, no hay sufrimiento aparente. Es un cuerpo de pie, firmemente parado sobre el apoyapiés. No hay verdugones ni profusión de sangre, no hay magulladuras ni llagas producto del accidentado y penoso transporte de la cruz. Los signos de la pasión sólo están anotados y sirven de sobrio recordatorio del calvario.
Puede advertirse que Velázquez no habría conseguido el mismo efecto si la parte que refiriera la victoria y la resurrección fuese el rostro y la que hablara del sufrimiento y la muerte fuera el cuerpo. Aparte de que probablemente compondría un conjunto grotesco, se alteraría la sucesión cronológica de los acontecimientos en los que se opera la Redención de la Humanidad.
Por otra parte, se trata de un Cristo blanco. Aparece nuevamente la metáfora cósmica: Unamuno ha señalado el carácter lunar del cuerpo del Nazareno, su blancura inmaculada, que hace encabezar a buena parte de sus estrofas con vocablos de clara sugestividad: luna, alba, rosa, nube, hostia, lino, leche… La luminosidad divina es sol cegador para el hombre: hace falta la interposición y mediación de la humanidad de luz lunar de Cristo.
Cabe señalar que la sola mención de estas inconfundibles características de la obra de Velázquez señalan la contradicción en la que cae Unamuno si se recuerda la intención expresa respecto a su proyecto original, de cantar la carnalidad diferencial del sentimiento religioso español. La distancia entre el Cristo velazqueño y el unamuniano se hace abismal.
La obra del pintor sevillano posee una inusitada complejidad significativa, en la que está desarrollada a modo de compendio la doctrina y la praxis de la salvación cristiana: muerte-sacrificio y resurrección-victoria, articuladas en una dimensión espacio-temporal única, en la cual la atención del espectador hacia el primer término de las parejas conceptuales señaladas precede y es motivo de atención del segundo. El lienzo es una admirable aproximación visual a lo que constituye la mismísima contemplación, inmediata y sintética, por encima de la razón, discursiva y analítica. La paradoja que observa Ortega en el Cristo de Velázquez no es sino el escándalo propio y constitutivo del cristianismo.