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Pierri- Augustin de Beaumarchais nunca estuvo en Sevilla, como tampoco Wolfgang Amadeus Mozart ni Gioacchino Antonio Rossini. Jamás Giacomo Puccini llego hasta el Japón y, en cambio, nos lego una Madama Butterfly repleta de aromas orientales. La imaginación es una vasto territorio al que se asoman las experiencias que tuvimos pero también aquellas que creímos tener alguna vez. Lugares que visitamos, rostros que nos turbaron, sonidos que nos conmovieron.

A tenor de sus obras posteriores, sobre todo las que darían fama, Beaumarchais quedaría hondamente marcado por cuanto vio y sintió en su viaje a España. Hijo de un renombrado relojero, decide viajar a Madrid para visitar a una de sus hermanas, que llevaba viviendo allí diez meses andaba algún tiempo metida en problemas por un pretendiente español que desapareció cuando hubo cobrado por anticipado algunos favores por su futuro matrimonio. La afrenta la deja maltrecha y su hermana, que vive con ella, decide escribir a su padre en febrero del año 1764. En ella, una frase que nos suscita una sonrisa: «Todo Madrid sabe que mi hermana nada tiene que reprocharse». Todo Madrid. Siglos después, no han cambiado tantas las cosas.

Por aquel entonces, reinaba Carlos III y España, qué cosas, tenía dos ministros italianos. Lo primero que vio de Madrid aquel 18 de mayo de 1764 fue la puerta antigua de Alcalá, ya que la nueva se construiría en 1778. En aquel momento, la Villa y Corte estaba en plenas fiestas de San Isidro. Pararía en la parada en la calle de Montera y de ahí, viajaría a Aranjuez, que entonces estaba a diez horas de caballo.

Tendría relaciones con la realeza y la aristocracia españolas, y llegaría a sorprenerse de las críticas que los madrileños hacian a su rey por la megalomanía de sus nuevas obras públicas. » Las ciudades son como niños. LLoran cuando las frotan y las limpian».

Lo que el hispanista Hugh Thomas cuenta en este libro es la divertida peripecia de este viaje, que trae a España al dramaturgo francés por otros cometidos y que le devuelve a Francia con otras vivencias que marcarían su vida posterior. A raíz de una nutrida bibliografía y los escritos del propio Beaumarchais, el historiador sigue sus pasos por el periplo que le llevaría, además, a Segovia y La Granja.Regresaría el 22 de marzo de 1765 con la alforja llena de vivencias “Mi inagotable honor no me abandono ni un instante” diría después sobre aquel viaje. De ese ambiente surgirían en su imaginación con el tiempo y los ya eternos Rosina, Fígaro, Bartolo o el conde de Almaviva.

Pero no hablaría de Madrid, sino de una ignota Sevilla. Con sus obras, trasladaría a varias generaciones posteriores la imagen de la España de aquellos años, como se encarga el autor de recordarlo en el libro. Beaumarchais “ regreso a París con algo mucho más valioso: un mito de España que pervive hasta nuestros días, un tesoro de recuerdos interesantes, de hombres y mujeres ingeniosos de todas las clase, a todo lo cual dio excelente uso en sus obras El barbero de Sevilla, Las bodas de Fígaro, La madre culpable“. Las dos primeras la publicaría en 1775 y 1784, respectivamente, y servirían de inspiración para dos operas esenciales en el repertorio de cualquier teatro y que compondrían Gioachino Rossini y Wolfgang Amadeus Mozart.


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