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Ver productosLas elecciones a mitad de mandato constituyen una de las características propias del sistema político norteamericano. Al renovar al Congreso entero y un tercio del Senado cada dos años, estas elecciones permiten al electorado expresar su opinión acerca de la política de un presidente elegido dos años antes y con un poder considerable, derivado del sufragio electoral directo. Las elecciones a mitad de mandato responden por tanto a una concepción muy precisa de la democracia. En Estados Unidos la democracia es un régimen político diseñado para la participación; pero también un sistema de equilibrios y reajustes para impedir la acumulación excesiva de poder durante demasiado tiempo. Dos años es mucho en política, y los Padres Fundadores de Estados Unidos lo sabían ya a finales del siglo XVIII.
Aunque, como es natural, no existe una pauta que determine el comportamiento de los electores en estos comicios, son numerosas las elecciones de medio mandato en las que el partido del presidente pierde terreno. Así ha ocurrido siempre, al menos desde 1930: excepto en las elecciones de medio mandato de 1934, en las que los demócratas, el partido del presidente Franklin D. Roosevelt, ganaron nueve escaños en el Congreso y otros nueve en el Senado. En las siguientes, las de 1938, perdieron 72 escaños en la Cámara de Representantes. Estas pérdidas cuantiosas se han vuelto a repetir en las recientes elecciones de 2010. El Partido Demócrata ha perdido 64 escaños en la Cámara de Representantes y seis senadores. Se ha acabado la mayoría que los demócratas ganaron en 2006, las últimas elecciones de medio mandato, y que revalidaron en las presidenciales de 2008. La ola de popularidad que respaldó a Obama corroboró la mayoría demócrata en ambas cámaras.
Se vuelve a cumplir, por tanto, una tradición. Merece la pena detenerse a mirar con un cierto detenimiento las realidades políticas, siempre nuevas, que han hecho posible este resultado.
UN PARTIDO REPUBLICANO EN CRISIS
La primera es la situación del Partido Republicano, que llegó a las elecciones de 2006 y luego a las de 2008 en un estado precario y frágil. Entre las causas de esta situación estaban la hegemonía liberal-conservadora en los círculos de gobierno norteamericanos, hegemonía que se remonta por lo menos al principio de los años ochenta, cuando Ronald Reagan llegó a la presidencia. El agotamiento y las divisiones se agravaron por la presidencia de Bush, que quiso renovar el republicanismo con su «conservadurismo compasivo», una suerte de neoconservadurismo que aumentó el déficit y las competencias del gobierno. En 2005 se pudo hablar del fin del republicanismo y aunque el diagnóstico resultaba exagerado, es un hecho que la renovación del Partido Republicano no ha venido desde dentro, sino de un movimiento exterior, el conocido como Tea Party.
LA RADICALIZACIÓN DE LOS DEMÓCRATRAS
La segunda peculiaridad de estas elecciones es la presidencia Obama —tanto el personaje como su programa—, y la situación que ha creado dentro del Partido Demócrata. En las primarias previas a las elecciones presidenciales de 2008, Obama se impuso a una candidata, Hillary Clinton, que representaba el aparato del partido y una política de centro izquierda moderada, lejos de cualquier experimento progresista («liberal», en Estados Unidos). Para lograr aquella victoria, Obama movilizó a un electorado considerablemente más radical que el propio del Partido Demócrata, en particular a los jóvenes. También activó a un electorado independiente (sin afiliación a ninguno de los dos partidos), insatisfecho con la presidencia de George W. Bush por su gestión de la «guerra contra el terrorismo» y por la crisis económica que se desencadenó en septiembre de 2008, unas semanas antes de las elecciones.
La propia personalidad de Obama contribuyó a hacer sentir que se estaba produciendo un cambio histórico. El hecho de que fuera el presidente que encarnaba la nueva realidad, postracial, de la sociedad norteamericana añadía aún más expectación a una presidencia recibida, dentro y fuera de Estados Unidos, con un aura casi mesiánica. Se recordará el Premio Nobel de la Paz, otorgado inmediatamente después de que Obama llegara a la presidencia.
La presidencia de Obama suscitó por tanto unas expectativas muy altas, que su administración se ha esforzado por no defraudar… en lo ideológico. El rescate del sistema financiero fue compensado con sucesivos paquetes de «estímulo fiscal», es decir de políticas neokeynesianas de gasto público destinadas a reactivar la economía. La misma línea ideológica quedó patente en el intento de sacar ade- lante el proyecto estrella de los demócratas: una reforma del sistema sanitario que implantara en Estados Unidos una cobertura universal, a la europea.
Ninguna de las dos políticas ha tenido éxito en los dos años de gobierno de Obama. Aunque consiguió sortear la quiebra total del sistema, su política ha generado una deuda del 95 por 100 del PIB, y un déficit del 10 por 100 del PIB (en octubre de 2010). Además, no ha conseguido dejar atrás la crisis económica, con tasas de paro del 9,6 por 100. La reforma del sistema sanitario resultó demasiado ambiciosa y se ha limitado a medidas paliativas, como la obligación del seguro médico, sacada adelante —además— con los únicos votos de los demócratas. El escaso éxito de estas políticas, sin embargo, no ha llevado a una reducción proporcional de las ambiciones ideológicas. La administración Obama ha venido dando a lo largo de estos dos años una sensación de arrogancia intelectual y política que contrastaba con los resultados concretos que obtenía. En consecuencia, al desencanto de los progresistas movilizados durante la campaña presidencial se ha unido el de una parte del electorado norteamericano alérgico a la política ideológica.
Con su abstención, los primeros han reforzado a los segundos. Así se cumple otra ley no escrita de la política norteamericana, vigente desde principios de los años setenta: la constitución —o naturaleza— política de Estados Unidos reduce la acción a la gestión de los asuntos públicos según los intereses mayoritarios, articulados en coaliciones sociales y políticas no ideológicas. Pues bien, desde la revolución de los años sesenta, el Partido Demócrata se empeña una y otra vez en gobernar en progresista, con un proyecto ideologizado de transformación cultural de la sociedad norteamericana que tiene por objetivo convertir Estados Unidos en un país normal según los criterios de la socialdemocracia europea. Cada vez que los demócratas ponen en marcha una política de esta índole, acaban perdiendo las elecciones. Así ocurrió en 1972, cuando la McGovern perdió las elecciones ante Nixon con un programa «hiperprogresista». Volvió a ocurrir en 1980, cuando Carter no consiguió revalidar un segundo mandato, y otro tanto pasó en 1994, cuando un proyecto demasiado ideologizado por parte de la administración Clinton (junto con un grado de corrupción notable en la mayoría demócrata del Congreso) trajo una mayoría republicana a la Cámara de Representantes. En cambio, cuando el Partido Demócrata gobierna sin arrogancia ideológica ni pretensiones de revolución cultural, como hizo Bill Clinton a partir de su derrota intermedia en 1994, recupera la iniciativa.
LA REBELIÓN DEL TÉ
Una tercera novedad en estas elecciones es el protagonismo de un movimiento ciudadano nacido a principios de 2009 y bautizado Tea Party en honor de uno de los símbolos de la revolución norteamericana, el que llevó a la independencia del país, la rebelión fiscal de diciembre de 1773. Es bien conocida la vitalidad asociativa de Estados Unidos, por lo que un movimiento como el Tea Party responde a una tradición nacional. Sin embargo, a diferencia de otros anteriores con el mismo sesgo político conservador, el Tea Party ha descartado las cuestiones religiosas (como la Moral Majority de finales de los años setenta) y las morales, que los norteamericanos llaman sociales (como el aborto). Se ha centrado en cambio en la oposición al intervencionismo del Estado y a las subidas de impuestos; dos cuestiones que, por otra parte, tienen una evidente resonancia en la identidad nacional. Estados Unidos es el único país en el mundo en el que las manifestaciones suscitadas por la crisis económica se han producido no a favor del mantenimiento de los programas del Estado de bienestar, sino a favor de la reducción de las competencias del gobierno. En el debate abierto acerca del Estado de bienestar, el excepcionalismo norteamericano, encarnado en un movimiento popular y espontáneo, ha conducido a posiciones inequívocas.
El Tea Party también pertenece a la tradición populista norteamericana. Desde los tiempos del presidente Jackson, en torno a 1830, esta tradición ha llevado a numerosos movimientos a oponerse al establishment washingtoniano o federal, entendido este como una élite que ha traicionado los intereses generales. El propio Obama encabezó un movimiento similar, encaminado a instaurar nuevas formas de hacer política, aunque el populismo de Obama respondía más a lo que se suele entender como «populista» fuera de Estados Unidos, que es la generosidad con los fondos públicos: la propia campaña electoral de Obama, con su utilización intensiva de Internet y las redes sociales, abría un nuevo horizonte al populismo político. A diferencia de otros movimientos populistas, como el Populist Party de finales del siglo XIX, el Progressive Party de Theodore Roosevelt a principios del siglo XX o el Reform Party de Ross Perot, en los años noventa, el Tea Party no ha creado un tercer partido político. Ha preferido integrarse en el Partido Republicano y revitalizar así una organización política en crisis.
Queda por ver si la renovación impulsada desde el Tea Party trae nuevas energías y nuevas ideas al republicanismo, si algunos de los candidatos surgidos en estas elecciones se consolida como líder en el Partido Republicano, y si el nuevo grupo de la Cámara de Representantes consigue revertir el programa de la administración Obama. Por el momento, este programa, en sus aspectos más ideológicos, está acabado. Las elecciones de noviembre de 2010 habrán conseguido devolver, como ha dicho Charles Krauthammer, una cierta normalidad política a Estados Unidos.
COALICIONES SOCIALES
Karl Rove, el «arquitecto» de las victorias electorales de George W. Bush, quiso forjar una nueva coalición social que incorporaría a conservadores y liberales de clase media y trabajadora, evangélicos, hispanos y, en parte, mujeres. Con esa coalición, Rove y Bush aspiraron a conseguir un «realineamiento» que asegurara a los republicanos una hegemonía política por unos quince o veinte años. Esa gran aspiración se vino abajo cuando Obama irrumpió en la vida política norteamericana.
Con Obama a la cabeza, los demócratas empezaron a formar una nueva coalición social formada por el electorado joven, los afroamericanos, las mujeres, los progresistas, las clases medias y altas, así como los hispanos, de vuelta del republicanismo después de las absurdas posiciones antiinmigración de los republicanos.
Esta coalición, aunque se mantiene en sus líneas fundamentales, se ha visto reducida: ha bajado el respaldo de las mujeres y de los hispanos, los jóvenes se abstienen masivamente, y las clases medias, agobiadas por los impuestos y el miedo al desempleo y al desahucio, vuelven al voto republicano. No se dibuja por tanto una nueva coalición, aunque la que diseñaron los estrategas de Obama ha sufrido un serio revés. Habrá que ver si el Partido Demócrata consigue reconstruir una nueva, terminada la fiebre ideológica de estos últimos cuatro años, o si el Partido Republicano consigue poner en pie otra, que le otorgue un mandato suficiente para afrontar una crisis tan profunda como la que estamos viviendo. En cualquier caso, parece que tardará en volver la época de las grandes coaliciones sociales que apoyaron durante cuatro décadas a los demócratas (entre 1930 y 1970) y durante casi otras tantas (entre 1970 y 2004) a los republicanos.
Cuando se pregunta por el cómo, se presupone normalmente el qué, pero, pese a ello, con gran frecuencia éste se nos olvida. Los «cómo» invitan a la acción, los «qué» son más indescifrables, y así viene a suceder que las frondosas ramas de los «cómo» tapan el oscuro bosque de los «qué». Nuestra atención tiende a fijarse en los medios y en las novedades, en el negocio. No está mal que así sea, pero siguiendo el consejo horaciano: «misce stultitiam consiliis brevem; dulcís est desipere in loco», conviene de vez en cuando mezclar con lo sensato un grano de locura, como si no sólo nos interesara el cómo, sino también el qué y sus porqués.
Hay, además de este telón de fondo, una razón adicional para subrayar las últimas novedades con detrimento de las cuestiones más esenciales en temas de este tipo. Si, sobre todo, nos preguntamos por el «cómo» es porque la tasa de cambio es más fuerte de lo que podemos asimilar, porque nos preocupa el futuro, y porque, en el fondo, aunque oscuramente, nos inquieta la idea de que podamos estar trayendo algo que tal vez no deberíamos haber traído. Es lo que le ocurre necesariamente a quien se siente participante en una carrera que no tiene final preciso, que no sabemos muy bien adónde nos lleva.
Voy a referirme, con la brevedad que el caso requiere, a los tres mencionados órdenes de cuestiones —los «qué» y los porqués— relativas a las nuevas tecnologías de la comunicación.
LA TÉCNICA CLÁSICA Y LAS TECNOLOGÍAS DIGITALES
Las diferencias esenciales entre la técnica-arte sobre las que meditó Aristóteles y la tecnología desarrollada en el mundo occidental a raíz de la ciencia moderna se pueden explicar con facilidad atendiendo a tres contraposiciones:
A1. La técnica supone la preexistencia de una finalidad que la justifica, es decir, resuelve problemas previos.
A2. La tecnología crea, sobre todo, posibilidades nuevas y, al hacerlo, rompe la distinción inmediata entre lo superfluo y lo necesario, creando así nuevas necesidades y exigencias.
B1. La técnica es un medio, es elegible y optativa.
B2. La tecnología es un bien, no está subordinada, sino que subordina y obliga.
C1. La técnica clásica cobra su sentido en un entorno que le es previo.
C2. La tecnología crea su propio entorno, se hace absoluta.
Por ello suele decirse que las tecnologías digitales sirven a unas posibilidades que están muy por encima de las necesidades previamente sentidas por los usuarios. Si se pregunta para qué van a servir los nuevos servicios de telefonía UMTS, la única respuesta que se encontrará es que podrán usar servicios que se creen precisamente porque se ha decidido desarrollar esa tecnología UMTS. Ahora bien, si esto es verdad, no es toda la verdad, y las verdades deben procurarse enteras.
No es verdad, en primer lugar, porque cualquier tecnología surge siempre de procesos finalistas, aunque luego los desborde; pero ese desbordamiento, como es obvio, tampoco está exento de intención: se trata de batir a la competencia, cosa, al parecer, útil donde las haya. De manera que si nos obligamos a hacer algo sólo por el hecho de que puede hacerse (la gente que sube al Everest suele decir que lo hace porque estaba ahí) es porque, además, hay premio. Por lo tanto, lo más que podemos decir con seguridad es que las tecnologías nos aportan la sorpresa, pero una sorpresa que nos es demandada por un mercado que está ávido de novedad, que la demanda y la paga como tal.
EL IMPACTO DE LAS TECNOLOGÍAS DIGITALES
Las tecnologías que configuran específicamente la llamada Sociedad de la Información modifican no sólo la relación del hombre con su entorno natural (la muerte de la distancia de la que ha hablado Cairncross, la preeminencia de un espacio lógico sobre el espacio físico, la ruptura del nexo entre representación y cosa que es propia de lo inmediato, etc.), sino, sobre todo, el mundo tecnológico previo, la primera envoltura de la naturaleza que habían efectuado las técnicas de la sociedad industrial. Esta segunda envoltura digital dota al sistema tecnológico de un carácter fuertemente antiintuitivo, profundiza la pérdida del sentido y valor de la realidad que es típica del homo faber (que, en realidad, se fabrica sobre todo a sí mismo) y tienden a poner en manos del usuario el acceso a sistemas complejos mediante interfaces muy simples (tocar botones) que ocultan absolutamente sus principios de funcionamiento (manual de usuario frente a comprensión de la tecnología que se usa).
En concordancia con ello suponen, igualmente, una eliminación del esfuerzo (físico, por supuesto, pero también intelectual: los usuarios de un sistema operativo que se base en instrucciones comprendían el cómo y el porqué de aquéllas, los usuarios de un entorno gráfico no precisan de explicaciones), tanto el que sería preciso para procurar la comprensión del funcionamiento de algo (para manejarlo sabiendo lo que hacemos) como, sobre todo, el esfuerzo necesario para obtener el acceso. Todo ello es, por supuesto, muy razonable, pero lo que hay que subrayar es que tiende a configurar a todas esas tecnologías, por tanto, más como mercancías de consumo que como herramientas cuyo uso se comprende.
INVERSIÓN Y CONSUMO DESVINCULADOS DEL CÁLCULO COSTE-BENEFICIO
El éxito en la puesta en marcha de todas estas tecnologías exige siempre una apuesta más o menos razonable por un estado de cosas que aún no está en condiciones de ser usada inmediatamente. El que implica que, en muy buena medida, las inversiones particulares y de la mayoría de las empresas se han de apoyar no en razones, sino en impulsos. De ahí la importancia de las herramientas de marketing, porque las verdaderas novedades escasean. El peso de la obsolescencia planificada en esta clase de bienes no puede descansar en factores físicos de desgaste (que son casi despreciables), sino que ha de apoyarse en la fantasía del consumidor, en el vigor compulsivo de una moda de mercado. Todo ello requiere la presentación de este universo como un ámbito de progreso ilimitado y continuo en el que perder el tren es una amenaza permanente, de ahí la exacerbación de la competencia y del crecimiento de los mercados como valor económico básico, en detrimento de la calidad y especificidad de los productos, por ejemplo. Así hemos podido asistir a la paradoja de que una empresa que no mejora la calidad de sus servicios básicos puede, sin embargo, atraer más inversiones y subir su valor en la Bolsa por el hecho de que se adentra en terrenos de presente incierto, pero fuertemente cargados de magnas presunciones en un futuro impreciso.
SOCIEDAD DE LA IMAGEN FRENTE A SOCIEDAD DEL CONOCIMIENTO
La información disponible a efectos del conocimiento teórico venía creciendo de manera espectacular desde el siglo XVIII. A partir de ese momento se hicieron toda clase de esfuerzos por sistematizar la información disponible (enciclopedias, revistas especializadas, planes de estudio). Con la llegada de las tecnologías de la información se ha facilitado enormemente la dispersión y la multiplicación de los soportes disponibles. La información se ha convertido en una mercancía de circulación barata, pero se ha multiplicado de tal modo que los sistemas clásicos de selección, clasificación y almacenamiento están superados. Se trata, si somos optimistas, de un mal que pudiera ser pasajero, puesto que podrían ponerse en práctica nuevos métodos capaces de introducir de nuevo un orden racional en ese gigantesco magma informacional. Pero, mientras tanto, el fenómeno ha facilitado el agravamiento de enfermedades ya de suyo muy presentes en nuestro mundo: la confusión de la información con el saber, la pérdida del sentido de la verdad, la equiparación del simulacro con lo verdadero, la indiferencia frente a lo inmediato y su confusión con formas de lo virtual. Por todo ello, además de por varias otras razones que sería pretencioso acometer con brevedad, nuestra sociedad puede definirse mejor como una sociedad de la imagen (donde imagen debe ser entendida en contraposición a realidad), que como una sociedad del conocimiento.
TECNOLOGÍAS DE LA MENTE
El conjunto de avances que trae consigo el crecimiento y complicación del mundo de las telecomunicaciones hace que nuestra identidad se desespacialice (puesto que podemos actuar virtualmente en cualquier lugar del mundo, siendo irrelevante el lugar real en el que estemos, mientras estemos adecuadamente conectados y soportados), que pierda importancia el complejo de espacio-tiempo y materia que ha sido la base de nuestra identificación y de la identidad de cualquier clase de seres y objetos. Las tecnologías clásicas (energéticas, mecánicas, etc.) proporcionan formas de potenciar el alcance y las posibilidades de nuestro cuerpo. Las tecnologías digitales nos deslocalizan, nos abstraen de nuestro cuerpo y amplifican el espacio de acción de nuestra voluntad, de nuestra mente.
CONSECUENCIAS CULTURALES
Es un hecho que las tecnologías (en un sentido amplio) han cambiado, la vida del hombre sobre la tierra tanto al menos como cualquier otro factor y seguramente más que cualquier otro. Las tecnologías son el fruto de la inteligencia en su desvelamiento de las posibilidades que nos ofrece la estructura no obvia de la naturaleza: al leer más profundamente en ella, al alterarla, hemos sido nosotros los alterados. Este hecho nada dice contra la humanidad, es compatible con el mandato bíblico de «creced y multiplicaos y dominad la tierra», es decir, es perfectamente asumible por una de las más profundas y eficaces imágenes del hombre, la que nos proporciona la religión. Pero es evidente que, al hacerlo así, el hombre se está escogiendo, se está haciendo en una forma que es difícilmente reducible a la naturaleza. El hombre es también historia, es una criatura de sí mismo.
La tecnología ha permitido la masificación, el crecimiento de las poblaciones y ha traído consigo la pérdida de tradiciones y la psicología del hombre-masa, caprichoso, ignorante y hedonista. Con ello se ha roto el equilibrio entre minorías y pueblos, y se ha desvencijado todo el delicado sistema de equilibrios culturales inspirado en las instituciones tradicionales.
La tecnología ha sido un instrumento al servicio de la cristalización de los deseos por oposición a las prácticas de adaptación y ajuste a las pautas sugeridas por una idea coherente del entorno natural. El hombre se ha hecho capaz de imaginar cualquier cosa como posible: desde el cambio de sexo a la inmortalidad. Ni los límites y señales de la realidad ni la atención a la palabra de Dios parecen frenarle.
La tecnología cataliza los deseos, hace intolerables las limitaciones, fomenta quejas de señoritos insatisfechos. La tecnología ha contribuido máximamente al desencantamiento del mundo al reducirlo a un sistema de partículas y a un mero código informacional que siempre se tiene por algo optativo, artificial en el fondo. Nada es nada a título propio; todo es cambiable en cualquier otra cosa. La tecnología ha servido para minar el respeto a la relevancia de la realidad, a la vieja idea de que las cosas son lo que son independientemente de lo que se piense de ellas.
La fuerza de la tecnología es, en todo caso, tan grande que invita a la utopía, a la esperanza de acabar con los males del hombre (aboliendo la muerte) y, por el contrario, inspira fervientes rechazos en quienes quieren seguirse aferrando a visiones de la realidad más ingenuas y cálidas (es el caso de los ecologistas y los «neoludditas»).
UNA CONSIDERACIÓN MORAL
La gran pregunta que ha de hacerse cualquiera que participe en el desarrollo de la sociedad tecnológica es la siguiente: ¿sirve todo esto para algo más que para ganar dinero? Por importante que esto último sea, sería necio olvidar que si no avanzamos hacia una sociedad más exigente en lo moral y en lo intelectual, el progreso se verá acompañado, cada vez más, de un peligro que no sabremos cómo combatir.
Al evaluar el desarrollo y la implantación de una tecnología hay que tener presentes, al menos, tres planos: el de su posibilidad natural (lo que incluye condiciones en el orden del ser y necesidades en el orden del conocer), el de la intención y el designio (a veces, el mero proseguir investigando, ese resto de curiosidad primigenia que hay en todo cuanto hacemos y por tanto en toda tecnología), y el de la energía (los costes y las derivadas de distinto orden) necesaria para poner en marcha cualquier máquina, lo que debiera incluir la toma en consideración de una serie de necesidades que van desde las exigencias de conocimientos y tecnologías previos, hasta las consideraciones éticas y económicas.
Necesitamos de una ética de los negocios y de una respuesta ética a los planes y desarrollos tecnológicos, si no queremos perder completamente de vista el sentido de nuestra vida, la posibilidad de elegir nuestra forma de instalación en el mundo y entre las cosas. La inercia del crecimiento tecnológico tiende a hacemos creer que el único criterio concebible para determinar sí algo se ha de hacer o si no merece la pena el empeño acaba siendo, suponiendo que sea posible, el análisis de costes, porque partimos de la base, muy discutible, de que se ha de hacer todo lo que pueda ser hecho, de modo que, si algo puede hacerse se hará, sin que importe ni poco ni mucho el sentido que la acción tenga.
Existe el riesgo de olvidar nuestra capacidad de hacer preguntas, de confundir el progreso como valor con cualquier cambio suficientemente rápido. En especial, deberíamos tratar de que, aunque sea difícil llegar a saberlo con seguridad, el lugar al que nos dirigimos tenga, al menos, algo que ver con aquél que deberíamos haber escogido previamente. Podemos olvidarnos de esa precaución y de esa constatación porque hemos llegado a creer que gobernamos un vehículo tan perfecto que puede eximirnos de la decisión sobre el destino del viaje.
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BIBLIOGRAFÍA BÁSICA Evandro Agazzi, El bien, el mal y la ciencia. Las dimensiones éticas de la empresa científico-tecnológica, Tecnos, Madrid 1996. |
La Caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento desordenado de la Unión Soviética provocado por el incauto Gorbachov hizo resurgir un mapa de Europa donde Alemania volvía a ocupar el lugar geográficamente central y política y económicamente hegemónico al que se proyectaba desde la última década del siglo XIX.
La cuesta de Moyano me ha deparado siempre encuentros sorprendentes. Las Memorias de guerra del general Ludendorff son uno de ellos, sobre todo por la inesperada actualidad que tienen. Ludendorff hizo casi toda su carrera militar en el famoso cuerpo de Estado Mayor prusiano-alemán.
Tenía, como revela el libro, una mente tan brillante como profundamente reaccionaria, y así lo demostró su ulterior actividad política. Desde 1916 hasta el 26 de septiembre de 1918 fue el amo de Alemania y desde 1917 fue el hombre más poderoso de una parte del mundo que iba desde Amiens hasta Basora y desde cerca de Venecia hasta el Cáucaso, exactamente hasta Chechenia. Fraguó una gran victoria estratégica, aunque pírrica, al conseguir la disolución y derrota del Imperio Ruso. Reordenó, con la paz de Brest-Litovsk, todo el este de Europa y terminó con la pesadilla de la guerra en dos frentes.
Para ello no vaciló en autorizar personalmente el viaje de Lenin, desde Zurich a la estación de Finlandia en el entonces Petrogrado. La idea no fue suya, pero sí la decisión. Sin querer reabrir polémicas, fue sin duda un viaje histórico. Impulsó luego la guerra submarina a ultranza, para ahogar a Inglaterra, y casi lo consigue, pero provocó la intervención americana en la contienda que se hizo mundial. La guerra submarina no fue eficaz contra los transportes de tropas. Los americanos llegaron al frente antes de lo previsto por el general, decidieron la suerte del conflicto y con ello la del mundo, cuyo liderazgo tuvieron que asumir entonces, aunque, para el mal de todos, demasiado a regañadientes durante dos décadas. Esta derrota final es por cierto descrita por el general bajo el revelador título de: «Fin de mi carrera militar».
Fue aquella guerra una gran catástrofe, no sólo por el número de víctimas, sino por el trastorno geopolítico que se derivó de la disolución de tres imperios
Fue aquella guerra una gran catástrofe, no sólo por el número de víctimas, superior al de la segunda en Europa, sino por el trastorno geopolítico que se derivó de la disolución de tres imperios. Además la confusión económica social e ideológica que siguió a la movilización de las masas, que se hizo entonces de verdad por primera vez, fue la causa de la aparición de este tremendo invento europeo de los totalitarismos. Esta atmósfera propició multitud de desórdenes y guerras, entre otras la nuestra, y finalmente provocó la Segunda Guerra Mundial, con el horror del Holocausto. Una barbaridad como nuestra especie, pródiga en ellas más que ninguna otra, nunca había realizado.
Tanta importancia dieron los aliados a Ludendorff y su equipo, que el tratado de Versalles, entre otras muchas cosas, prohibió que en Alemania existiera en lo sucesivo un cuerpo de Estado Mayor. Curiosa manera, probablemente wilsoniana, de agarrar el rábano por las hojas.
La reordenación del mapa europeo y el mercado común
Ludendorff confiesa que pasaba la mitad de su tiempo hablando con dirigentes económicos, sindicales y políticos de Berlín, y sobre todo con los del SPD. No se limita a contar sus batallas. Al tratar de la reordenación territorial impuesta en Brest-Litovsk, el general comenta más o menos así el mapa que él mismo trazó desde su despacho y que llevó a la práctica durante algún tiempo: Tres estados bálticos y Finlandia, aliados naturales de Alemania. Una Polonia que, desplazada entonces hacia el Este, llegaba exactamente a la frontera oriental actual de Bielorrusia, que entrará inevitablemente en un mercado común europeo dominado por Alemania (sic). Una Ucrania, protegida natural de Alemania, dueña de Crimea, y con ello del mar Negro, igualmente integrable, a más largo plazo, en un espacio económico europeo (sic). Rusia retrotraída a la línea que los caballeros teutónicos quisieron imponer a Nevsky. Por último, el Cáucaso, libre de rusos y económicamente a repartir entre turcos y alemanes.
Más cerca, Ludendorff se interrogaba sobre el porvenir de la doble monarquía, pero tenía algunas ideas claras. Los destinos de Bohemia y Eslovaquia habrían de ser distintos. Al sur, Eslovenia quedaría integrada económicamente en Austria y el mercado común, Croacia y Bosnia serían usadas para evitar el engrandecimiento de Serbia. En definitiva, se trataba de impedir la creación de la doble cuña antigermana de Yugoeslavia y Checoslovaquia, que por entonces se dibujaba en París.
Hacia la parte de poniente Ludendorff sólo hace conjeturas, ya que todo dependía aún de la suerte final de las armas. No faltan, sin embargo, algunas líneas definidas; flamencos y valones debían tener vidas separadas, siempre dentro del mercado común. Con Francia se podía ser generoso; no excluía Ludendorff el devolver Alsacia y Lorena, conocedor como era de la realidad local por sus años pasados en el gobierno militar de Estrasburgo. El motivo fundamental era, sobre todo, que la incorporación definitiva de estas tierras al Imperio podía descabalar un tanto el relativo equilibrio interno bismarckiano, dado que Baviera y Baden pedirían la anexión de Alsacia y que Prusia y Würtemberg competían por la de Lorena. En definitiva, lo importante para Ludendorff era la reordenación del mapa al Este y al Sur y la creación, como hemos visto, de un mercado común.
Walther Rathenau propulsaba también en 1917 la idea de un mercado común con una moneda única en torno a Alemania
Walther Rathenau, en los antípodas vitales e ideológicos del general, como demostró su trágico sino, propulsaba también en 1917 la idea de un mercado común con una moneda única en torno a Alemania. En definitiva, Ludendorff, Rathenau y muchos otros veían el futuro del continente en la creación de una Mitteleuropa que comprendería el mapa antes descrito a grandes trazos. En esa área Alemania reproduciría a gran escala la hegemonía económica, política y cultural de Prusia en la antigua Zollverein, una experiencia política y técnica que los alemanes conocían ya bien. Francia podría incorporarse a ese espacio económico (sic Ludendorff) pero ya no en condición de par igual o rival de Alemania. Los nórdicos acabarían entrando; Inglaterra seguiría su camino aparte sin ser nunca más el fiel del equilibrio del poder en Europa. El resto, Grecia, Italia, España, por ejemplo, no parece interesar a Ludendorff, que quizás ocultaba, tras su elusión, una idea implícita de respetar otras esferas de influencia.
Lo curioso de esta geografía, en parte conseguida y en parte sólo esbozada a principios de 1918 y que aparece en el libro en fragmentos y siempre a modo de sucesivos obiter dicta, no es su parecido con el aspecto territorial del nuevo orden que pretendió imponer la insania nazi, con ser esto de suyo remarcable. Lo verdaderamente notable es que esta visión geopolítica se parezca, hasta casi identificarse, a la que espontáneamente ha surgido al este y al sur de Alemania después de que el incauto Gorbachov provocara, sin quererlo, el desmantelamiento desordenado de la Unión Soviética y su glacis. De esta manera, en lo territorial, el orden impuesto en Versalles y reimpuesto en 1945, es decir, con el costo de dos guerras mundiales, ha desaparecido. Ante nuestros ojos surge un mapa de Europa casi idéntico a los de la escuela geopolítica muniquesa en la que se inspiraron gentes como Ludendorff y Rathenau, toda la entonces llamada clase dirigente de Alemania y otros que la llegaron a dirigir y de cuyos nombres no quiero acordarme.
La paz, los buenos modales y la espontaneidad del destino han ganado para Alemania lo que afortunadamente no pudo conseguir en dos ocasiones mediante las armas
Sin embargo, los valores ideológicos que dieron sentido trascendente a la Segunda Guerra Mundial (a pesar de Stalin) y en menor grado a la Primera (el zar autócrata no defendía el modelo demoliberal), han acabado prevaleciendo. No hay que apresurarse a encender las prematuras luminarias de Fukuyama; sin embargo es cierto que el modelo demoliberal capitalista, con todas sus imperfecciones, no está en discusión. Ni siquiera es ya objeto de la contienda política, que gira tan sólo en torno a cómo dicho modelo se puede gestionar mejor y por quiénes. Las amenazas de fondo, dramáticamente en presencia, no pueden sin embargo asirse a una bandera ideológica alternativa global, de validez universal. Por ello la situación no se parece nada a la existente durante los años treinta y ni siquiera a la que residualmente existió hasta la muerte de Chernienko. Conviven el plano de Ludendorff con las ideas de Wilson.
Por eso Europa y el mundo no sólo han aceptado tranquilos que una Alemania democrática realice la utopía, que parecía inalcanzable, de reunificarse, prácticamente por tercera vez desde 1870, pacíficamente. Se ha aceptado, tácitamente, que este país ocupe entre Smolensko y Lisboa el lugar geográficamente central y política y económicamente hegemónico al que se proyectaba desde la última década del XIX. La paz, los buenos modales y la espontaneidad del destino han ganado para Alemania lo que afortunadamente no pudo conseguir en dos ocasiones mediante las armas.
Para colmo de coincidencias, Alemania se encuentra con «su» Zollverein ya montado, aunque originariamente se hiciera para otra cosa. A punto que han estado de darle oficialmente la moneda única, que estos días parece darle, de facto, la «mano invisible». Debemos esperar, por lo que nos va en ello, y porque sobran ahora los motivos de confianza, que esta vez los germanos estén a la altura de sus mejores genios familiares, para asumir lo que parece era su destino manifiesto en este siglo.
Tras unificarse, Alemania decidió devolver la capitalidad a Berlín. ¡Cuánto simbolismo en ese gesto! Berlín está tan sólo a poco más de cien kilómetros de Polonia, del Este.
España en la periferia
Nosotros pasamos ahora de ser la periferia del centro a ser la periferia de otra periferia. Ello no es necesariamente malo. La casa de Austria nos metió en una aventura bruselense y renana donde nada nos iba ni nos venía y que en gran medida contribuyó a nuestra ruina material y moral. Lo hacían, sin duda, convencidos de la importancia de sus motivos, siguiendo la política de la primera internacional política conocida y eficaz: la familia Habsburgo. También ellos invocaban la sublimación ideológica (religiosa entonces) de sus motivaciones. Sin embargo, tras el enorme costo de las picas en Flandes, nos dicen hoy los que han buceado en los papeles de la época, estaba tan sólo el prestigio. El prestigio que necesitaban los Felipes en su proyección internacional, entre los suyos de allende el Pirineo, para consolidar su poder aquí. La perpetuación en el poder mediante el uso de la imagen virtual de los espejos exteriores.
El estar lejos no es necesariamente estar mal. La velocidad buena es la que a uno le resulte cómoda y no la que puedan seguir otros
El estar lejos no es necesariamente estar mal. Puede ser lo contrario. La velocidad buena es la que a uno le resulte cómoda y no la que puedan seguir otros. La cuestión no es pertenecer o no a un núcleo supuestamente duro; la cuestión es organizarse lo mejor posible desde donde naturalmente se está y no tratar de contradecir la geografía, olvidar la historia y negar el sentido común. La atrocidad de Maastricht nació de los estremecimientos parisinos y alguna fiebre inglesa ante la caída del muro. La pesadilla de tener que arruinarnos para converger ya es afortunadamente cosa del pasado. El engendro murió. Ahora sólo nos seguiremos arruinando si por nosotros mismos hacemos lo necesario para conseguirlo. En anteriores ocasiones nos hemos mostrado bien capaces de ello.
Si queda algo de eso que se llamó «necesidades de cohesión» tras la próxima ampliación, será sólo para hacer posible la paz y el progreso de los territorios más allá del Oder. Esa es la necesidad imperiosa de Alemania, que es la única que puede pagar. La ampliación hacia el Este, salvo indeseable conflagración, es ya imparable. Es un dato de la realidad al que nos tenemos que acomodar. La dilución del proyecto federal en una unión más laxa es la inseparable secuela de la ampliación. En ese escenario hemos perdido importancia estratégica. A él hemos de reajustar nuestra política europea, que ya no es buena ni mala, sino del pasado. Esto, si no hubiera otros motivos más evidentes, sería por sí solo razón suficiente para arrojar lastres. Pero, además, es que, para elaborar una estrategia adecuada a la realidad, tenemos que poner la casa en orden.
El que a la actual situación se la describa como de orden, estabilidad y gobernabilidad no es sino una prueba más de las posibilidades de perversión orwelliana del lenguaje. El 98 es una cita evocadora de graves errores de sobrevaloración de nuestras capacidades por parte de nuestros políticos de la izquierda dinástica. Se acerca el Centenario. Conviene recordar que de aquel desastre datan, en serio, nuestras tensiones centrífugas.
Es hoy sabido que en 1899 el reparto de nuestro territorio estuvo en las mesas de algunas cancillerías. Los denostados políticos de la Restauración, y Silvela el primero, identificaron el problema y evitaron lo peor. Hoy no se haría reparto, pero no produciría demasiada conmoción el desguace. Hay que buscar a quienes puedan ser por lo menos psíquicamente capaces de reconocer el paisaje real.
Es humanamente comprensible que Pujol (lector fiel de Coudenhove-Kalergi y de Bainville) desee añadir a las presidencias que ya acumula la de la Unión Europea. Pero es sabido que eso es más cuestión de espejos exteriores que otra cosa, y estos espejos son ya los del antiguo callejón del gato. La anécdota del turno rotatorio ya la atenderán los funcionarios, que para eso están, con quien corresponda. Lo urgente es poner la casa en orden, no parece necesario repetirlo. Más que nada mientras haya casa. Como le dijeron a Bismarck en cierta ocasión decisiva: periculum in mora.
Este artículo de José Pedro Pérez-Llorca fue publicado en el número 39 de Nueva Revista (1995).
Existen dos certezas primordiales: la unicidad del yo que experimentamos todos nosotros, que llamaré el universo interior, y el mundo objetivamente experimentado, el universo exterior.
La conducta de animales superiores como los mamíferos indica que tienen experiencias conscientes. La autoconsciencia aparece en la evolución de los homínidos y está probablemente ligada a la evolución del lenguaje humano.
La filosofía popperiana de los tres mundos abraza todo lo que hay en la existencia y en la experiencia. El Mundo 1 es el mundo de la materia y la energía, el Mundo 2 es el de las experiencias conscientes y el Mundo 3 es el entero mundo de la creatividad humana, el mundo de la cultura. A lo largo de la vida, nos desarrollamos continuamente en tanto asimilamos cultura.
La autoconciencia está especialmente relacionada con las áreas lingüísticas del cerebro, como podemos ver cuan- do se ha seccionado el cuerpo calloso, el gran tracto de fibras nerviosas que une ambos hemisferios. El hemisferio que nos proporciona la palabra, normalmente el izquierdo, es el hemisferio implicado en la autoconciencia. El otro hemisferio posee una amplia gama de propiedades que lo convierten en global y sintético. Las experiencias específicas o unitarias del yo o del alma están asociadas especialmente con el hemisferio lingüístico.
El artículo da cuenta de la estructura del córtex cerebral, el neocórtex, y de las características esenciales de las neuronas y las sinapsis. Las células piramidales son las neuronas más abundantes. Su característica esencial son sus dendritas acicales, que ascienden a la superficie cortical en paquetes de hasta cien. Estas dendritas y sus derivaciones están especializadas en la recepción, existiendo unas cien mil sinapsis de espina en la dendrita apical de cada paquete. Como dichos paquetes son la entidad receptora más importante del neocórtex y están compuestos de dendritas apicales, reciben un nombre especial, dendrón. Hay, aproximadamente, unos doscientos dendrones por cada milímetro cuadrado del córtex.
Damos una descripción de las extraordinarias influencias de diversos tipos de pensamiento que activan amplias zonas del neocórtex. Se propone que los eventos mentales del pensamiento excitan áreas específicas del neocórtex dispuestas como una especie de mosaico. Las áreas excitadas pueden estar compuestas de decenas de miles de dendrones. Se postula que los eventos mentales del pensamiento están compuestos de unidades en tanto actúan sobre los inmensos campos de dendrones, de modo que una unidad mental, llamada psicón, actúe exclusivamente sobre una unidad neural, el dendrón.
Esta hipótesis reduciría la interacción mental-neural a un fenómeno unitario, de modo que psicón y dendrón actuasen cada uno sobre el otro. Esta interacción puede explicarse en términos de la física cuántica. El componente elemental del dendrón es la exocitosis de una vesícula sináptica con la eyección de las moléculas transmisoras que contiene hacia la hendidura sináptica. Ello se lleva a efecto por el desplazamiento de una partícula diminuta, cuya masa es del orden de 10-18 gramos, bien ubicada, por tanto, en el ámbito regido por el principio de indeterminación de Heisenberg. Así, el problema mente-cerebro se resuelve a un nivel unitario y es extraordinariamente amplificado gracias a las 100.000 sinapsis de cada dendrón.
Aunque se reconoce a los psicones como unidades por su operación sobre los dendrones, puede suponerse que a los más altos niveles del mundo mental deben existir psicones organizados en forma de alguna gran entidad psíquica que es el yo o el alma, en el núcleo de nuestro ser. Podemos suponer que esta entidad psíquica puede sobrevivir a la muer- te del cerebro y conserva sus memorias psíquicas, tal como cree comúnmente la cristiandad respecto del alma humana después de la muerte del cuerpo y el cerebro.
INTRODUCCIÓN
He escogido escribir sobre un asunto que es de suma importancia en la relación entre ciencia y religión. Estoy completamente de acuerdo con sir Nevill Mott en que, ontológicamente(1), la conciencia humana queda fuera del campo de la ciencia. Sin embargo, tal como intento mostrar aquí, la ciencia del cerebro humano conduce a cierto entendimiento de la interacción de la conciencia con el cerebro.
El cerebro humano tiene una asociación única con el yo consciente, con lo que cada uno de nosotros reconoce como núcleo de nuestro ser, o, en lenguaje religioso, con el alma. Este problema es básico para contrastar las creencias religiosas y científicas, y es completamente ignorado por los materialistas dogmáticos en sus ataques a la religión.
Hay dos certezas primarias que todos nosotros tenemos que reconocer al analizar racionalmente nuestro yo consciente. En primer lugar, la permanente unicidad de nuestro yo, que persiste desde nuestros primeros recuerdos infantiles. Si miramos atrás, hay, al principio, unos episodios o imágenes de alguna experiencia emocionalmente intensa. A medida que madura la infancia, las memorias comienzan a ser menos fragmentarias. Casi siempre reconocemos, por introspección, que esos recuerdos son genuinamente nuestros. Son un permanente testimonio de la unicidad de nuestro yo, del mantenimiento de su mismidad a lo largo de la conciencia de nuestro mundo interior, de nuestro universo interior. En segundo lugar, está la experiencia de nuestro mundo externo que hemos llegado a conocer a través de las operaciones de nuestro sistema perceptivo en su incesante búsqueda de una objetividad fiable. Esta incesante actividad de ensayar y aprender se emplea ya por los niños de pocas semanas, cuando mueven las manos y miran las cosas. Continúa luego con una complejidad fabulosamente creciente a través de la infancia y la edad adulta. Es el universo exterior.
EL DESARROLLO DE LA AUTOCONCIENCIA
El progresivo desarrollo desde la conciencia del bebé hasta la autoconciencia del niño proporciona un buen modelo para la aparición de la autoconciencia en su evolución. Existe incluso alguna evidencia de un conocimiento primitivo del yo en el chimpancé (pero no en los primates inferiores); a un chimpancé se le puede enseñar a reconocerse a sí mismo en un espejo, como lo muestra que haga uso del espejo para quitarse una señal de color de su cara.
Parece que, en la evolución del hombre, hubo una primera muestra de reconocimiento del yo mucho antes de que llegase a experimentarse dolorosamente en la certeza de la muerte manifestada en los ritos funerarios del hombre de Neanderthal. Puedo imaginar que las huellas de los pies de homínidos en Laetoli Gorge, Tanzania, de hace tres millones y medio de años son una evidencia de autorreconocimiento. Los adultos caminaban uno detrás de otro, pisando con cuidado el segundo las huellas del primero, con un niño de la mano.
Es útil intentar una representación mediante diagramas de cómo emerge la autoconciencia. En el diagrama del flujo formal de información en la interacción cerebro-mente (Fig. 1) existen tres componentes principales del Mundo 2, que es el mundo de las experiencias conscientes. El córtex cerebral aparece en la parte de abajo con sus componentes modulares reconocibles anatómicamente (esto está en el mundo de la materia-energía, el Mundo 1 de la figura 3). Arriba se dibuja el mundo de las experiencias conscientes (Mundo 2). Esta localización es un dispositivo diagramático convencional. Es imposible mostrar que el Mundo 2 está localizado donde actúa en el córtex cerebral como muestran las flechas que cruzan en ambas direcciones el «interface» en la figura 1.

Los compartimientos del Mundo 2 con sus varios componentes, «sentido externo» y «sentido interno», se integran en el compartimento central que puede denominarse psique, yo o alma, según el tipo de discurso de que se trate, psicológico, filosófico o religioso. Los animales superiores son conscientes, aunque no autoconscientes. Así, para este caso, el diagrama del flujo de información puede simplificarse mediante la eliminación del cuerpo central, como se ve en la figura 2, con la sola representación de los componentes «sentido externo» y «sentido interno». El entrenamiento lingüístico de los monos ha demostrado que los sentimientos dominan en su concentración sobre el uso pragmático del lenguaje para obtener lo que desean. En la evolución emergente de la autoconciencia, David Lack y Konrad Lorenz hablan de una sima infranqueable entre el alma y el cuerpo. Sin embargo, debemos considerar la creación y el desarrollo del núcleo central del yo para representar finalmente la emergencia final de la psique, o alma, tal como se ilustra en la figura 1.

Se puede suponer que en el proceso de la evolución se han dado todas las transiciones entre las situaciones ilustradas en las figuras 1 y 2, del mismo modo que sucede en las etapas de transición desde el bebé humano al adulto. De todos modos, este proceso sigue siendo un milagro, inexplicable para cualquier ideología materialista.
LA PERSONA HUMANA Y EL MUNDO 3
La filosofía de los tres mundos de Popper nos proporciona las bases para una ulterior exploración de la manera en que un bebé humano llega a ser persona. Como se muestra en la figura 3, todo el mundo material, incluyendo también los cerebros humanos, está en el Mundo 1. El Mundo 2 es el mundo de las experiencias conscientes (cfr. fig 1.) Por contraste, el Mundo 3 es el mundo del conocimiento y, como tal, tiene un campo muy amplio de contenidos. En la figura 3 hay una breve lista. Por ejemplo, comprende la expresión de las ideas científicas, artísticas y literarias que han sido preservadas de forma codificada en librerías, museos y toda clase de registros de la cultura humana.
En tanto compuestos materiales de tinta y papel, los libros están en el Mundo 1, pero el conocimiento codificado de lo impreso está en el Mundo 3, y lo mismo sucede con las pinturas, esculturas y toda otra clase de artefactos, como los registros musicales o las cintas de ordenador. Los componentes más importantes del Mundo 3 son los lenguajes para la comunicación de pensamientos y el sistema de valores para regular la conducta, así como todos los argumentos que se generan en la discusión de tales problemas. En resumen, se puede decir que el Mundo 3 contiene los registros de los esfuerzos intelectuales de la humanidad a través de los tiempos hasta el presente, lo que podemos llamar la herencia cultural.

El bebé humano nace ya con un cerebro humano, pero su Mundo 2 consta de experiencias muy rudimentarias y el Mundo 3 le es desconocido. Él, e incluso un embrión humano, deben ser vistos como seres humanos, pero no como personas humanas. La emergencia y desarrollo de la autoconciencia (Mundo 2) por medio de la continua interacción con el Mundo 3, el mundo de la cultura, es un proceso ciertamente misterioso. Puede compararse con una doble estructura (fig. 4) que asciende y crece entrecruzándose.

La flecha vertical representa el paso del tiempo desde las primeras experiencias del niño hasta la plena madurez. Desde todas las posiciones del Mundo 2 una flecha conduce, a través del Mundo 3, hasta un nivel cada vez más alto, más amplio, hacia un nivel que ilustra simbólicamente un crecimiento de la cultura del individuo. Recíprocamente, los recursos del Mundo 3 de ese yo reaccionan para alcanzar un nivel más elevado en la conciencia de ese yo (Mundo 2). La figura 4 puede verse, simbólicamente, como la escalera de la personalidad. Y así cada uno de nosotros se ha desarrollado progresivamente en la autocreación, y esto puede continuar a lo largo de toda nuestra vida. Cuanto más se desarrollan los recursos del Mundo 3 de la persona humana, mayor es la ganancia en autoconciencia por enriquecimiento recíproco. Lo que somos depende del Mundo 3 en el que estamos inmersos, y de cómo hemos utilizado las oportunidades para obtener el máximo de las potencialidades de nuestro cerebro.
Cuando llegamos a considerar el cerebro como la sede de la personalidad consciente, podemos reconocer que amplias partes de ese cerebro no son esenciales. Por ejemplo, la ablación del cerebelo (2) incapacita gravemente la movilidad, pero la persona no se ve afectada en otros aspectos. Es completamente diferente con la parte principal del cerebro, los hemisferios cerebrales (fig. 5). Ambos están muy íntimamente relacionados con la conciencia de la persona, pero no del mismo modo. En el 95 por 100 de las personas existe una dominancia del hemisferio izquierdo, en el que se sitúan las dos áreas de lenguaje que muestra la figura 5. Excepto en los niños, su ablación da lugar a la más severa destrucción de la persona humana, aunque no su total aniquilamiento. Por otro lado, la ablación del hemisferio menor (normalmente el derecho) va seguida por la pérdida de mo- vimiento en la mitad izquierda (hemiplejía) y ceguera en el lado izquierdo (hemianopía), pero la persona no se ve gravemente alterada en otros aspectos. El daño en otras partes del cerebro puede perturbar también la personalidad humana, posiblemente por impedir la recepción normal de las señales nerviosas que mantienen la actividad básica de los hemisferios cerebrales. El ejemplo más trágico es el «coma vigil» en el que se produce una profunda inconsciencia de carácter permanente causada por el daño del sistema activador reticular en el cerebro medio.

LA UNIDAD DEL YO
Es una experiencia humana universal que existe una unidad mental subjetiva, cuya continuidad reconocemos, desde los más tempranos recuerdos. Es la base del concepto del yo.
La evidencia experimental más importante en relación con la unidad de la conciencia procede del estudio de Roger Sperry y su equipo con pacientes «comisurotomizados» (fig. 6). En la operación para aliviar la epilepsia incurable, se seccionó el cuerpo calloso, el gran tracto con cerca de doscientos millones de fibras nerviosas que liga ambos hemisferios. Como se ve en la figura 6, una sección parcial de los nervios ópticos permite que la información visual del campo derecho (R) sea dirigida a las áreas visuales de la derecha en el polo occipital izquierdo, y al revés para el campo visual izquierdo. De este modo se pueden examinar por separado el funcionamiento de los hemisferios izquierdo y derecho del cerebro «comisurotomizado». El hemisferio izquierdo desarrolla respuestas, como el habla, que no se advierte que estén afectadas por la comisurotomía.
Con las más sofisticadas investigaciones, de Roger Sperry, del California Institute of Technology, y sus asociados, que permitían hasta dos horas de pruebas continuas, se puso en claro que el hemisferio derecho, el así llamado hemisferio menor, estaba correlacionado con respuestas conscientes a un nivel superior a los exhibidos por cualquier primate no humano. La conciencia de este hemisferio es indudable y es particularmente buena respecto de la geometría y las relaciones espaciales. La pregunta que produce perplejidad es si el hemisferio derecho media en la autoconciencia, entendiendo por ello, si permite el conocimiento del yo como tal. En estas investigaciones muy avanzadas se pudo probar la capacidad del paciente para identificar fotografías proyectadas tan sólo hacia el hemisferio derecho. Se puso de manifiesto una capacidad considerable para ello, pero disminuida por la carencia de expresión verbal. Los tests para detectar la existencia de autoconciencia estaban a un nivel emocional y pictórico relativamente sencillo. Podemos dudar si el hemisferio derecho con conciencia asociada tiene o no una existencia completamente autoconsciente. Por ejemplo, ¿puede planear o rechazar el futuro? ¿Están sus decisiones basadas en algún sistema de valores? Estas son cualificaciones esenciales para la personalidad tal como es ordinariamente entendida y para la existencia de una psique o alma. Puede concluirse que hay una autoconciencia limitada que se asocia con el hemisferio derecho, pero la persona permanece relativamente inalterada por la comisurotomía, con su unidad mental intacta en asociación, ahora exclusiva, con el hemisferio izquierdo (fig. 6).
Después de la comisurotomía, parece como si el hemisferio derecho diera lugar a una autoconciencia semejante a la de un niño muy pequeño. El diagrama del flujo de información para el hemisferio derecho se asemejará al de la figura 2, excepto en que habría un pequeño núcleo central en un primitivo nivel de yo o ego, pero sin representación de alma, psique o personalidad.
Se acepta generalmente que la comisurotomía no escine la persona humana, sino que ésta continúa en relación con el hemisferio izquierdo o del habla. Sin embargo, puede haber un bajo nivel mental asociado con el hemisferio menor, de modo que pueden existir dos mentes asociadas con el cerebro escindido. No existe evidencia de que el alma se divida, ¡cosa que podría haber planteado graves problemas teológicos!

INTERACCIÓN MENTE-CEREBRO
En las figuras 1 y 2 las flechas están dibujadas atravesando el interface entre módulos del neocórtex, abajo, y el amplio campo de hechos mentales del Mundo 2, arriba. Esto ilustra el extraordinario problema que fue reconocido primeramente por Descartes: ¿cómo pueden interactuar la mente consciente y el cerebro? Esta cuestión es, todavía, el gran enigma. Sin embargo, siguiendo una sugerencia del físico cuántico Henri Margeneau, yo he desarrollado recientemente una hipótesis, la hipótesis del microlugar, según la cual la mente inmaterial puede influir en la accion sináptica sin violar las leyes de conservación de la Física. La hipótesis hace uso de la microestructura de la sinapsis (3) y del descubrimiento de que, cuando son activadas por un impulso nervioso, hay exocitosis (extrusión) de una vesícula individual con las moléculas sinápticas transmisoras que contiene, y ello se hace no regularmente, sino al azar. La simple descripción de la microestructura del córtex cerebral ayuda a entender esta hipótesis. En la figura 7b las vesículas sinápticas aparecen agrupadas a lo largo de la membrana presináptica, formando de ese modo la rejilla vesicular presináptica (PVG, «Presynaptic vesicular grid», que no se señala en el diagrama). Para que una vesícula descargue sus moléculas transmisoras en la hendidura sináptica de modo que actúe a través de la sinapsis, lo que se ha de desplazar es una partícula extremadamente pequeña (cuya masa es del orden de 10-18 gramos), que cae fácilmente en el orden de las partículas afectadas por el principio de indeterminación de Heisenberg.

LA MICROESTRUCTURA DEL CÓRTEX CEREBRAL
El hemisferio cerebral representado en la figura 5 tiene como estructura esencial el neocórtex, que se compone básicamente de unidades neurales o neuronas y que cubre el cerebro incluso por debajo de sus circunvoluciones más profundas. Hay unas 40.000 neuronas por milímetro cuadrado y un total de 10.000 millones en el conjunto del neocórtex. Los principales tipos de neuronas son las células piramidales que componen, al menos, el 70 por 100 de las neuronas corticales y que se ven en la figura 7a en un dibujo en perspectiva que muestra las seis secciones del neocórtex. En la parte de la izquierda de la figura 7a se ven dos grandes células piramidales en la sección V y dos más pequeñas en la III. La dendrita apical (4) es la más importante característica de las células piramidales, que se proyecta hacia arriba a través de las secciones de esa figura 7, para terminar como un ramillete en la sección I. Como podemos ver en la sección III, a la derecha de la célula piramidal, las espinas a lo largo de las dendritas apicales son los lugares de los contactos sinápticos con una fibra nerviosa ascendente. Estas son las importantísimas sinapsis de espina, una de las cuales se muestra agrandada en la figura 7b con las vesículas sinápticas unidas en la yema, conteniendo cada una de ellas 5.000 o 10.000 moléculas de la sustancia transmisora sináptica. Estas sinapsis de espina constituyen el principal modo de conexión excitatoria entre neuronas. Hay, una media de 2.000 sinapsis de espina por cada dendrita apical, con sus ramas y su terminación en forma de ramillete.

Existe acuerdo general de los neuroanatomistas con Fleischauer, Peters y sus asociados, en el sentido de que en cualquier parte del neocórtex las dendritas apicales de las células piramidales tienden a agruparse en paquetes o ramos a medida en que ascienden de la sección V a la I con adiciones en las III y II. Esto se muestra en la figura 8, en la que se ven tres paquetes en sección transversal desde arriba. Hay hasta cien dendritas apicales en cada paquete con un total de 100.000 sinapsis de espina por paquete, que constituye, así, la mayor unidad receptiva del neocórtex. Como se compone de dendritas empaquetadas, puede ser llamado dendrón. Hay unos doscientos dendrones por milímetro cuadrado.
LA ACCIÓN DE LOS EVENTOS MENTALES SOBRE LOS DENDRONES
Hay actualmente extensas investigaciones que, mediante el empleo de isótopos radiactivos (5), revelan cómo en diversas variedades de pensamiento silencioso en una persona relajada existen abundantes muestras de actividad en el neocórtex, que han sido descritas por Per Roland y sus asociados de Copenhague. Las zonas activas se encuentran, sobre todo, en los lóbulos prefrontales (cf. fig. 5), y están dispuestas en forma de pedazos de mosaico de varios centímetros de largo y compuestas por decenas de miles de dendrones. Por ejemplo, pensar concentrándose en la yema del dedo en la que se espera un contacto perceptible, da lugar a una amplia activación del área táctil del dedo en el córtex cerebral (cf. fig. 5). Miles de dendrones son excitados. Los eventos mentales pueden, efectivamente, excitar dendrones. Debe notarse, de paso, que no existe explicación materialista para esta actuación de la mente, es decir, del pensamiento, sobre el cerebro.
LA CONEXIÓN DE LAS UNIDADES MENTALES CON LOS DENDRONES DEL NEOCÓRTEX. LA HIPÓTESIS UNITARIA. EL PSICÓN
La nueva hipótesis consiste en que todos los eventos y experiencias mentales, de hecho, todo lo que constituye la sensibilidad externa y la interna del Mundo 2 (fig. 1) es un compuesto de eventos mentales unitarios o elementales. Cada una de estas unidades mentales está ligada de un modo peculiar y único con su dendrón, y a la recíproca. El nexo ha sido indicado, de modo aproximado, en la figura 1 por las flechas que cruzan en ambos sentidos a lo largo del interface. Ahora puede representarse de modo algo más preciso en la figura 9 a la manera de la figura 8. Las dendritas apicales piramidales de tres dendrones están ahí dibujadas de acuerdo con la evidencia experimental. Por encima de estos tres dendrones hay tres unidades mentales o psicones, cada uno con su carácter único, de acuerdo con el experimento que en la figura 9 está representado por cuadrados rellenos, cuadrados vacíos y círculos rellenos, cada uno de los cuales abraza su dendrón completo. La correspondencia está sin duda idealizada en el diagrama, y, por supuesto, existen multitudes de psicones estrechamente relacionados que pueden ser similarmente representados por cuadrados, cuadrados vacíos y puntos, y que están en relación unitaria con dendrones semejantes. Los tres psicones diferentes ofrecen un atisbo de la complejidad de los modelos de relación entre dendrones y psicones. Pueden existir miles de tipos de psicones, cada uno con su propio dendrón, tal como lo sugiere la rica variedad de nuestras experiencias mentales. El total que se ha calculado de unos cuarenta millones de dendrones debe estar igualado por un número similar de psicones.

Esta hipótesis unitaria transforma el modo de operar de la intención. Si, por ejemplo, el psicón para la intención mental de llevar a cabo un determinado movimiento es el diagramado por el modelo de círculos rellenos del dendrón de la derecha de la figura 9, podría verse que la intención está actuando sobre todo el dendrón con sus dendritas piramidales agrupadas y sus sinapsis, que pueden llegar a ser decenas de miles. Así, la intención mental puede ejercer una operación amplia y global sobre este dendrón (cf. fig. 7b), seleccionando la vesícula para la exocitosis mediante un proceso sujeto a la incertidumbre y a la probabilidad cuántica. Sin embargo, en conjunto, pueden existir decenas de miles de estos microlugares en cada dendrón, de modo que se garantiza una gran amplificación por medio de la acción unitaria de muchos enlaces de psicones y dendrones.
EL MUNDO MENTAL DE LOS PSICONES (MUNDO 2)
En la hipótesis aquí presentada, los nexos de dendrones y psicones son esenciales para la argumentación. Así el psicón para la intención mental, círculos sólidos de la figura 9, tiene disponibles automáticamente decenas de miles de PVG activados, cada uno con sus vesículas esperando la selección.
En cuanto a la acción inversa, de cerebro a mente, es necesario extender la hipótesis, de modo que cada vez que un psicón selecciona con éxito una vesícula para la exocitosis (de acuerdo con las consideraciones de probabilidad cuántica), lo que llamaré un «microsuceso», es registrado en el psicón para su transmisión a través del mundo mental (Mundo 2 de la figura 1). Habría, por supuesto, una gran amplificación cuando el psicón seleccionara con éxito una gran cantidad de vesículas al mismo tiempo, a partir de las decenas de miles de PVG de su dendrón. La señal de «éxito» del psicón trasladaría, por supuesto, al Mundo 2 el carácter especial de este psicón.
Los módulos han sido las unidades del neocórtex generalmente aceptadas, pues resultan reconocibles por su proyección unitaria sobre otras unidades del neocórtex, del mismo hemisferio o del otro. Estas unidades modulares podrían ser hasta veinte veces mayores que los dendrones, que pueden ser considerados como unidades primarias, especialmente en su relación con los psicones (fig. 9). Por contraste, las unidades modulares, de mucho mayor tamaño, son las unidades de transmisión dentro del neocórtex.
Un ensayo de explicación puede ofrecerse partiendo de la observación de que un input en el sistema nervioso puede dar lugar a una experiencia sensible: por ejemplo, cómo un input visual da lugar a una experiencia visual. Una activación de un dendrón apropiado del área visual cortical V4 puede ejemplificarse en el dendrón de la izquierda de la figura 9. Esto puede dar lugar a una respuesta de «éxito» del psicón indicado por la zona de cuadrados sólidos y con ello a la experiencia del color rojo. Sin embargo, para que una experiencia de este tipo sea verosímil, debe haber respuestas de «éxito» en varios psicones similares.
La transmisión de psicón a psicón en el núcleo central del Mundo 2 (fig. 1) que se ha propuesto aquí, conduce a la unidad de nuestras experiencias perceptuales y a la de nuestro mundo interior, de las que somos conscientes momento a momento; esto vale para todas las experiencias del Mundo 2 (fig. 2), por encima del interface. Hasta ahora, ninguna teoría cerebro-mente ha dado explicación de que los multiformes eventos neurales en nuestro córtex cerebral puedan generar experiencias mentales holísticas que impliquen a todo el yo, teniendo un carácter unitario; por ejemplo, la imagen coherente que vemos con sólo abrir los ojos. Sentimos su carácter central para nuestro mundo de experiencia (Mundo 2). Este fenómeno está representado en el núcleo central del Mundo 2 en la figura 1 con sus denominaciones, Psique, Yo, Alma. Las flechas se proyectan sobre este foco desde las regiones de la sensibilidad externa y de la interna. Eso plantea la cuestión principal: ¿están com- puestas también de psicones unitarios las experiencias del yo, del mismo modo que las experiencias perceptuales, las de la izquierda de la figura 1? Si eso es así, ¿están estos psicones ligados con sus dendrones?, y ¿dónde se hallan estos dendrones en el neocórtex? Podemos ir más allá y preguntarnos si en el núcleo central de la figura 1 existe una categoría de psicones organizados, no ligados a dendrones, sino sólo a otros psicones, y que forman entidades psíquicas independientes de los dendrones del córtex cerebral. Podemos especular con que esas entidades psíquicas pudieran sobrevivir a la muerte del cerebro y conservar sus memorias psíquicas, como se cree comúnmente para el alma humana después de la muerte del cuerpo y del cerebro. De este modo, nuestra historia de dendrones y psicones habría trascendido la neurociencia y la filosofía para acercarse a los últimos conceptos religiosos sobre el alma y la inmortalidad.
CONCLUSIONES
El argumento a favor del dualismo se ve ilustrado por las numerosas proposiciones relativas al diagrama de la figura 1, que representa la interacción mente-cerebro por medio de flechas en ambas direcciones a lo largo del interface que separa, por un lado el sentido externo y el interno de la mente, y por otro las unidades neurales receptivas, los den drones del córtex cerebral. La hipótesis unitaria significa que los psicones son unidades mentales, cada psicón interactuando con su dendrón (fig. 9) y siendo en sí mismo una única experiencia psíquica. Es el más fuerte dualismo posible y tiene un inmenso poder de explicación.
Las investigaciones experimentales llevadas a cabo por Per Roland y su equipo, con los más avanzadas técnicas de radiotrazadores, han descubierto que existe una muy amplia excitación del neocórtex humano cuando el sujeto está ocupado en intentar llevar a cabo una acción, pero no haciéndola, o cuando se piensa en silencio sobre cierto problema particular como, por ejemplo, ir restando sucesivamente 3 de 50. Hay que reconocer que un evento no material como el pensamiento causa activación de neuronas en extensas áreas del neocórtex. Así pues, la acción de la mente sobre el cerebro ha quedado demostrada en una gran variedad de condiciones. No hay explicación materialista para estas observaciones científicas. Sin embargo, son las previstas por una teoría dualista e interactiva como la representada en la figura 1. No obstante, la explicación dualista ha sido rechazada, por suponerse contraria a las leyes de conservación de la Física que eventos no materiales puedan ejercer influencia en el mundo físico de la materia y la energía, por ejemplo, en las respuestas de las neuronas. Pero esta objeción no tiene que ser aceptada ya por más tiempo a la luz de la hipótesis de la operación en microlugares de las sinapsis, mediante procesos análogos a los de los conceptos de probabilidad en física cuántica.
Así, en este campo crucial de la mente y del cerebro, puede reconocerse que el mundo de la mente, el pensamiento, la conciencia, actúa efectivamente sobre el cerebro. La libertad de la voluntad ha quedado científicamente demostrada y con ella la responsabilidad moral. Más aún, la noción religiosa del alma logra su reconocimiento en el nuevo concepto de las unidades mentales o psicones, que pueden engarzarse en un gran complejo de psicones que da cuenta de la unidad experiencial del yo. No hay conflicto entre la ciencia del cerebro humano y las creencias religiosas básicas en un yo o en el alma que opera con libertad. Los creyentes no deben temer los descubrimientos y teorías de la ciencia, aunque pueden sentirse desconcertados, como lo estoy yo, por las técnicas inquisitoriales de los materialistas dogmáticos. Los científicos reciben una valoración inestimable del reconocimiento de la realidad de sus experiencias conscientes y del misterio, de su «yoidad», experimentada en su singularidad y su sistema de valores. Einstein resumió esta necesidad recíproca con su estilo inimitable. Escribió: «La ciencia sin la religión está coja, la religión sin la ciencia está ciega».
Notas
(1) La Ontología es la rama de la Metafísica que se ocupa de la naturaleza del ser.
(2) El componente de mayor tamaño del cerebro, relacionado con el control de los ejercicios en movimiento.
(3) La sinapsis es ilustrada en la figura 7b, en donde las vesículas sinápticas (sv) se ven dispuestas a lo largo de la membrana presináptica (c). Cuando una vesícula estalla arrojando su contenido hacia la hendidura sináptica (d) el proceso se conoce como exocitosis.
(4) Las dendritas apicales se muestran ascendiendo hacia la superficie desde los cuerpos de las células piramidales, dos células piramidales en la sección V y tres en la sección III.
(5) Formas de los átomos radiactivos que no difieren de los átomos normales excepto en la masa.
Corren los años 40, y es verano. En los vericuetos de una carretera de la montaña navarra, entre un verde rociado y sombrío, una modesta, torpe y colorista camioneta asciende con dificultad por una cuesta. Al volante, Forteza, Ramiro Forteza, un hombre con cara de bueno, un cuarentón avejentado, animoso y cansado a la vez. En el exterior de su vehículo, unos murales, con rótulos y viñetas, delatan su antiguo oficio: fue portero de fútbol en Primera División, antes de la guerra, y alcanzó cierta gloria como rey de los penaltis. Al parecer, los paraba todos. Bueno, casi todos. Era, o así se hace llamar, el terror de los delanteros. Los dibujos, su publicidad, explican también su actual oficio: apostar, de pueblo en pueblo, con los penaltis. Si los para, el dinero de la apuesta es para él. Si le hacen gol, el tirador se lleva el dinero. ¡Qué orgullo meter un gol a Ramiro Forteza, el rey del penalti, el Gigante de Zaragoza!
La camioneta alcanza y rebasa a un perro, a un perrucho que parece perdido y que va vagando por las montañas. Ramiro lo espanta con su bronca bocina.
A la salida de una curva, una patrulla de la Guardia Civil se interpone. Rutina. El cabo que está al mando solicita a Forteza la documentación y le recomienda prudencia: hay maquis en la zona. Al percatarse de su identidad, parece conocer y admirar su gloria pasada. Es un forofo del fútbol, tanto que le pide información sobre figuras y eventos que sin duda Forteza ha conocido y protagonizado.
La camioneta llega a un pueblo, un pueblo pequeño de apenas unos centenares de habitantes, blanco en sus fachadas y rojo en sus curvos tejados. Ramiro Forteza instala, entre la curiosidad general, su vehículo en la plaza y proclama, con ayuda de un puntero, sus gestas, las dibujadas en los laterales de la camioneta. Después, vestido como está de portero, con sus rodilleras y sus guantes, y todo, pasa su gorra de guardameta ante el corro de curiosos de todas las edades que le han rodeado, y reta a los más osados a un encuentro en un prado: meterle un gol y llevarse la bolsa de la apuesta, unas perras por barba. Ése es el desafío.
Una muchacha, Isabel, de unos dicienueve años, guapa, espabilada y pobre, acompañada de Javier, su hermano subnormal, del que cuida tras la muerte de sus padres, se le acerca. Ha seguido la escena y se ha fijado en que tiene el jersey roto en un codo. Por unos céntimos se lo cosería, porque ella sabe coser. Incluso se lo cosería gratis si él le escribiera una carta a su novio, que está en la mili en Melilla desde hace meses. Ella es analfabeta.
Quedan para el día siguiente en la casa que ella le indica, la que está aislada en las afueras y tiene un huerto con tomates y judías verdes.
El portero llega hasta un prado, en las traseras del pueblo, e instala una articulada y rudimentaria portería de madera, pero nadie acude a desafiar su apuesta. Ramiro Forteza se siente muy mal, muy roto, muy solo.
Pasa un viejo cura en bici, viene de un caserío, y juntos hacen el trecho que les separa del pueblo. El cura le dice que debería actuar en el frontón, que es más céntrico, y le pide que le ayude en un entierro que tiene que celebrar a continuación. ¿No hay un sepulturero en el pueblo?, pregunta Forteza. El muerto es el sepulturero. Si le ayuda, el cura se encargará de que venga gente a apostar penaltis con él. De acuerdo. Eso sí, antes se tiene que confesar. ¡Pero hombre! Ah, sí, sí, sí. Para enviar a alguien al cielo hay que estar en gracia de Dios.
Ramiro se confiesa en la iglesia, una reciente construcción, muy montañesa, en piedra y madera, y se diría incluso que, ya puestos, toma con gusto la confesión, tal vez como repaso de su vida, pues no se había confesado desde niño. Cuando le habla al cura de mujeres, de pecados de la carne, el cura le pregunta por detalles de las ciudades y de los pueblos donde cometió los pecados, y no se interesa tanto por los pecados mismos. Ramiro se extraña y se lo dice. El cura le replica: todos los pecados son iguales y ya me los sé, lo que yo quiero saber es cómo es el mundo, pues llevo aquí desde que salí del seminario. A ver, Madrid, ¿pecaste en Madrid?, ¿cómo es Madrid?
En el camposanto, al atardecer, bajo una fina lluvia, el cura y Ramiro entierran al sepulturero entre un grupo de aldeanos. El cura, tras el responso, pide que se participe en el juego de los penaltis.
Ramiro, esa noche, se acuesta en un jergón, en la camioneta, junto a una lámpara de petróleo, después de comerse una lata de sardinas y un trozo de queso del país.
A la mañana siguiente, tras colocar en una pizarra el anuncio de su siguiente actuación, va a casa de la chica, que trabaja en el pequeño huerto con su hermano subnormal. La chica le cose el jersey, y Ramiro escribe la carta para su novio. La chica le dicta: Querido Ignacio, te quiero mucho, muchos recuerdos de Isabel. Pero, mujer, pónle algo más. Es que no se me ocurre nada. Y Ramiro, haciéndole preguntas sobre su vida, va poniendo, con la aprobación de Isabel, cosas en la carta: el tiempo que hace, muertos que ha habido, las cosechas. Y, por fin, la despedida: te quiero mucho.
La chica se interesa por África, puesto que allá está su novio. Ramiro le empieza a explicar, le dice que es grande, con arena, con selva, con fieras, con negros, con moros. Tiene de todo. El subnormal también hace preguntas. Están a gusto, pero Ramiro se tiene que ir al frontón, a ver si hay gente para las apuestas. Propone a Isabel y a Javier hacer al día siguiente una excursión en la camioneta, y seguir hablando. Una buena idea. Isabel no le quiere cobrar nada por el arreglo del jersey.
En el frontón hay media docena de chicos mayores, veinteañeros labriegos. Se ve que las palabras del cura han surtido algún efecto. Son un tanto bravucones, y Ramiro les para todos los penaltis, con lo que se irritan bastante.
Un viejo gitano, una gitanilla, una cabra y un mono están siguiendo los acontecimientos, muy serios y muy quietos. Al acabar todo, y alejarse los muchachos, el gitano y la gitanilla se acercan a Ramiro. Ellos son titiriteros y han llegado al pueblo para actuar, pero, claro, si el poco dinero que hay lo ponen los del pueblo en las apuestas, a ellos no les van a dar nada. El gitano sugiere amenizar las apuestas, actuar junto a él como reclamo y compartir ganancias. Ramiro dice que irá a verles actuar y se lo pensará.
Ramiro, Isabel y Javier, al despuntar el nuevo día, se van de excursión en la camioneta, y, dejando atrás el pueblo, están a punto de atropellar al perro vagabundo, que se pierde entre los arbustos de la cuneta. Ramiro dice: maldito perro.
Se instalan en un prado junto a un río, y charlan, y cogen moras y caracoles, y comen ensalada y lomo en aceite. Tan felices, hasta que la tarde derrama en el cielo amarillos y rojos.
En ésas están cuando aparece una partida de maquis. El jefe le suelta a Ramiro que si no será espía de la Guardia Civil, que la gente que va por ahí, de pueblo en pueblo, suele estar conchabada con los civiles y les avisan si ven algo. Ramiro dice que no, que en absoluto. El jefe le dice que le va a confiscar el dinero y cuanto encuentre de útil en la camioneta.
Ramiro, entonces, le propone una apuesta de penaltis. Si le mete, por ejemplo, dos de cinco, pues le confisca. Pero si él detiene al menos cuatro, le dejan con todo. El jefe rechaza la apuesta, pero los compañeros le azuzan, le dicen que es que teme quedar mal. El jefe, espoleado por los suyos, acepta.
Cuando el jefe de los maquis va a tirar el primer penalti, aparecen, de improviso, los civiles y les dan el alto a todos. Se los van a llevar cuando al jefe de los maquis se le ocurre, para salvar la piel, lo mismo que antes se le había ocurrido a Ramiro. Bueno, algo parecido. Disputar un partidillo allí mismo. Si ganan los civiles, les toman presos. Si ganan ellos, se podrán marchar.
El cabo de los guardias dice que ni hablar, claro, pero los maquis les provocan: sois unos mantas, no valéis para nada, sois unos inútiles. ¿Inútiles, nosotros? Aceptan. Isabel recoge las armas de todos, que entregará sólo a los vencedores.
Los guardias exigen que Ramiro sea su portero. Los otros protestan, pero no tienen más remedio que tragar. ¿Y quién hace de árbitro? Todos miran a Javier.
El subnormal obliga a los capitanes a darse la mano antes de empezar y arbitra el partido, no sin que previamente haya sido advertido por unos y por otros. Lo mismo que Ramiro: déjate meter un gol, como no lo pares todo, verás.
Dos zamarras y dos tricornios hacen de palos. Hay lances difíciles, protestas al árbitro, entradas duras de unos a otros por las ganas que se tienen. El balón cae al río, y un guardia y un maqui se agarran de la mano para alcanzar y rescatar el balón del agua sin mojarse.
Van empatados, y Javier pita penalti contra los civiles en el último segundo. Se repiten las advertencias a Ramiro, que no logra parar el penalti. Los civiles han perdido.
Unos y otros miran las armas de reojo, custodiadas por Isabel, como pensando en correr hacia ellas. Pero la muchacha se adelanta, comenzando a repartir las suyas entre los maquis, que cumplen su promesa y dejan marchar a los civiles. Inmediatamente, también ellos se evaporan en lo hondo del bosque.
En casa de Isabel, de regreso, Ramiro y la chica escuchan en una radio música dedicada y bailan. Javier también. Ramiro le dice a la chica que se irá mañana, después de otra ronda de apuestas. Quiere llegar a comer a otro pueblo, porque son fiestas y habrá trabajo.
La noche es lluviosa, y la chica le invita a quedarse en casa a dormir. Ramiro acepta. Ya en su habitación y acostado, Isabel entra en camisón y se le mete en la cama. No quiere hacer el amor, no. Quiere aprender a dormir entre los brazos de un hombre. Y se duermen juntos. Al amanecer, Ramiro e Isabel descubren que Javier está metido en la cama con ellos: hombre, no iba yo a dormir solo.
Ramiro se despide de Isabel a la puerta de su casa, con el cura de testigo, ya que pasa por allí en su bici y alcanza a Ramiro.
El cura le pregunta si se ha acostado con la chica, y Ramiro le dice que no. Ramiro le pregunta a su vez: ¿de verdad cree usted que es malo a los ojos de Dios que un hombre y una mujer se den compañía y amor? El viejo cura, no sin dificultad, confiesa: yo creo que el corazón de Dios se alegra cuando se alegra el corazón del hombre, pero, por favor, no digas a nadie que te lo he dicho yo.
Ramiro Forteza llega al frontón, donde hay bastante gente, y, conforme llega, el gitano y la gitanilla se ponen a tocar y a bailar. Ramiro les dice que aún no había decidido nada, pero observa que la gente se fija y se acerca, por lo que admite su colaboración.
Instala la portería, y en seguida se le aproximan los jovencitos humillados y feltones del otro día. Ramiro les para los penaltis otra vez, y, de pronto, un par de estos chicos acerca, un poco a la fuerza, al subnormal. Uno de los bravucones grita a la gente, con una mano sobre el hombro de Javier: a Javier le hace ilusión tirar un penalti siempre que nuestro gran portero se apueste todo lo que lleva ganado. La gente ríe y aplaude. Ramiro comprende que lo tiene difícil. Acepta. Se le acerca uno de los muchachos: ¿no irás a pararle el penalti al pobre tonto? A la gente no le gustaría.
Ramiro se prepara, y Javier se le aproxima y le dice unas palabras que nadie oye, pero a todos preocupan. Javier tira el penalti y marca. Y se lleva todo lo que hay en la gorra. Al pasar junto a los gitanos, les echa unas monedas. La gente se dispersa. Ramiro va recogiendo su portería y sus cosas para irse del pueblo.
La camioneta llega ante la casa de Isabel, y Ramiro toca la bocina sin bajarse. Sale Javier, precediendo a Isabel, y le da unas monedas, y, con su lengua de trapo, dice: la mitá pa ti y la mitá pa mí, como habíamos quedado. Ramiro le sonríe y le revuelve el pelo con cariño.
Ramiro se despide de Isabel, tal vez hasta el próximo verano. La chica le regala un chorizo, que Ramiro coloca en el asiento. Isabel se sube al pescante de la camioneta, y le da a Ramiro un beso, y le dice sonriendo: nunca olvidaré nuestra noche de amor. Ramiro sonríe. Javier sonríe.
La camioneta ha dejado atrás el pueblo cuando la Guardia Civil la intercepta en una recta. El cabo le pide a Forteza, otra vez, la documentación. Ramiro se sofoca, pero la entrega. El cabo la repasa y le dice: tú no eres Forteza. Hombre, el documento lo dice. Ya. El cabo hace hablar a un número: Forteza murió ahogado en la playa de La Concha hace siete años. Ramiro se hunde. Pero yo soy muy parecido, ¿no?, y en los pueblos, pues no lo saben… Necesitas un buen escarmiento, le dice el cabo tras comprobar su auténtica afiliación.
Los guardias han colocado a Ramiro a cien metros de la camioneta. Que eche a correr hasta ella, le dicen. A partir de la mitad del trecho, le dispararán a dar. Si no le aciertan, se irá. Ramiro protesta, pero el cabo le dice que lo mata allí mismo.
Entonces Ramiro empieza a correr como alma que lleva el diablo. El cabo dice a los suyos: ¡al aire! Ramiro corre. Uno a uno, los guardias van levantando sus fúsiles y disparando a las nubes, mientras Ramiro corre y agacha la cabeza. Llegando a la camioneta, comprende que no han tirado a dar. Los guardias se ríen. Ramiro les hace un corte de mangas, y los guardias hacen ademán de apuntar contra él. Ramiro se sube a toda prisa a la camioneta y arranca.
La camioneta se aleja más y más del pueblo, cuando el perro vagabundo aparece y corre en paralelo por el prado. Ramiro le mira fastidiado y acelera. El perro se para, cabe decir que decepcionado. Ramiro frena y, lamentando con un gesto ser tan débil, abre la puerta del pasajero. El perro corre hacia la camioneta y se mete en la cabina de un salto.
El perro olisquea el chorizo. Y Ramiro le dice: a medias, eh, a medias. El perro ladra contento.
La camioneta sigue su camino.
No es que antes del aburguesamiento europeo las naciones careciesen de defectos distintivos, lo que pasa es que tenían otros y además plurales. Basta con ver las estampas de Hogarth para comprobar que la sociedad inglesa del XVIII era muchas cosas —sobre todo era disoluta— pero ciertamente no hipócrita. La Francia del Antiguo Régimen tenía la aristocracia más manirrota de Europa, a veces codiciosa mas nunca avara, ni de su propia sangre guerrera ni de su dinero. Los españoles sabían ser crueles y despóticos, pero la envidia tenía poco sentido en una sociedad casi de castas, aunque hay que reconocer que la Santa Inquisición, necesaria para mantener la hegemonía de los cristianos viejos, pudo sembrar la simiente de la envidia, tan útil para el fomento de la delación. Luego, con la llamada Guerra de la Independencia, fructificó la semilla y lo primero que destruyó la envidia fue a los hidalgos, como en un delirio edípico que constituye una de las más sarcásticas manifestaciones de la némesis histórica.
HIPOCRESÍA Y CENSURA
Sea como fuere, cambio hubo en la idiosincrasia viciosa de cada país, y ese cambio afectó y sigue afectando a sus respectivos idiomas. Veamos primero cómo la hipocresía condiciona la evolución de la lengua inglesa. Un hipócrita tiende a pasar la palabra por el filtro de la censura, para no ofender. Yo siempre he sido ardiente defensor de la hipocresía y de la censura, y no me voy a desdecir ahora. La hipocresía es esencial en toda sociedad moderna, que sin fingimiento sería invivible. Si todos expresásemos lo que pensamos, esa franqueza destruiría en horas cualquier tejido social. En cuanto a la censura, recuérdese que Shakespeare, Quevedo o Dostoievski escribieron bajo su mirada severa, y que yo sepa no escribieron peor que Terenci Moix. La censura —siempre que tan sólo obligue a callar, y no a decir como la soviética, mientras sea negativa y no positiva— aguza el ingenio y la pluma y es un benéfico estímulo para el autor. Ya lo dice el apotegma: «Sin censura ni cesura / no existe literatura»
O, dicho con otros términos, sin comedimiento ni sintaxis ni métrica produciremos meras algarabías o extravíos dadaístas. Pero —y el pero es importante— la censura deja de ser provechosa o inocua cuando se extralimita y pretende fiscalizar el uso y significado de las palabras. Entonces se vuelve peligrosa.
Quevedo sabía muy bien qué era lo que no podía decir sobre la Trinidad o sobre el poder de la Corona, pero también sabía que lo demás podía expresarlo con palabras a su entero gusto. De lo contrario se habría desesperado y no hubiese sido Quevedo sino un vulgar gacetillero plagado de las muletillas del momento. Tres cuartos de lo mismo le ocurría al Cela de los años cincuenta. La literatura soporta casi todo menos que le capen el diccionario.
Pues bien, a esa castración lingüística tiende por hipocresía la lengua inglesa esporádicamente desde hace siglo y medio. Ya los victorianos fueron más lejos en su afán depurador de las «fourletter words» que sus coetáneos españoles persiguiendo las palabras malsonantes. No hubo aquí nada comparable a la labor del Dr. Bowdler expurgando las obras de Shakespeare para hacer ediciones populares «limpias», con tanto ahínco que dio origen al verbo «bowdlerizar». Hoy, por supuesto, se emplea ese vocablo en sentido peyorativo, puesto que el mundo anglosajón ya no es pudibundo. Pero la cultura anglosajona —sobre todo la norteamericana— ha trasladado su refinada hipocresía a nuevos ámbitos, que también afectan al mismo Shakespeare. Se censura el lenguaje antisemita de El mercader de Venecia, se evita representar Coriolano (obra irrecuperable de puro militarista y antidemocrática) y se teme un poco a Otelo (por ser negro el personaje epónimo). Y no digamos lo que se hace con Mark Twain, cuya habla llana en boca de Tom Sawyer
o Huckleberry Finn resulta inadmisible por racista. El eterno puritanismo latente y latiente en la sociedad americana cambia de tabúes —carnalidad, alcohol, raza, tabaco, lo que se tercie— pero siempre incluye el eufemismo entre las armas de su perpetua cruzada moral.
«POLITICAL CORRECTNESS»
La última reencarnación de esta hipocresía lingüística angloamericana es la «political correctness», la «corrección política» en el sentido de buen tono, de lo que es aceptable y correcto. Hija legítima del puritanismo y del vago marxismo residual de los intelectuales de provincias, la «political correctness» aparece definida en el Random House Webster’s College Dictionary como «una ortodoxia típicamente progresista en cuestiones que afectan sobre todo a la raza, el género (nuevo eufemismo de sexo, masculino o femenino), las afinidades sexuales o la ecología».
Cierto comentarista inglés más expeditivo dice que «no es más que el izquierdismo de clase media tal como se practica en las universidades americanas». El asunto ha levantado tal polvareda en los Estados Unidos que las siglas PC empiezan a ser empleadas más como iniciales de «political correctness» que como acrónimo de «personal computer».
Lo curioso es que la polémica está convirtiéndose en una disputa filológica, con listas oficiales de palabras poscritas en distintas universidades. Remontando la historia mucho más allá del nominalismo medieval, hasta volver a la creencia en la virtud taumatúrgica de los vocablos, profesores y alumnos rivalizan en sutilezas lingüísticas. Para evitar acusaciones de racismo, sexismo o desprecio por cualquier minoría imaginable hay que hacer arduas contorsiones eufemísticas. Algunos consideran machista «género humano» («humanity», y no digamos «mankind»), sabe Dios por qué, y el propio Dios no puede ser Él sino que tiene que turnarse con Ella. Se asegura que el sustantivo «judío» es vitando, hay que usarlo tan sólo como adjetivo y decir «una persona judía». Incluso hay militantes de los derechos de los animales que exigen sustituir «pet» por «animal de compañía», expresión más digna. Por supuesto, no se puede hablar de un «vejete», sino de un «senior citizen».
Es cierto que estas ansias eufemísticas no son exclusivas del angloamericano, y que en el español también hemos introducido expresiones políticamente correctas como «tercera edad» o «invidente». Pero aquí casi nadie se las toma en serio, todo lo más algunos políticos y periodistas. Además algunos de nuestros neologismos, como «tercermundista» por «merienda de negros», son igual de insultantes en sus alusiones que las viejas expresiones, y a nadie parece importarle mucho. En los Estados Unidos, por el contrario, lo que importa es la censura idiomática.
Los aspectos sustantivos, no lingüísticos, de la «corrección política» universitaria parecen apasionar menos al público, por ejemplo los programas de lectura obligatoria en el «syllabus» de algunas enseñanzas superiores. Como Homero o Shakespeare eran varones, blancos y poco progresistas, y se suponía que su estudio podía ofender a las mujeres, a los negros y a toda persona «politically correct», hubo que aminorar o suprimir su lectura y acudir a textos de escritores más presentables; el autor ideal es una negra lesbiana procedente de alguna cultura sojuzgada, pero no siempre es posible encontrar el ideal. La otra posibilidad es explicar la historia de la cultura de esta manera: la civilización moderna ha heredado las artes y las ciencias de los griegos clásicos, pero éstos habían robado la antigua sabiduría a sus inventores, los egipcios, los cuales eran africanos, luego negros. Una variante de este discurso melanófilo es demostrar que las matemáticas, la filosofía y en general todo refinamiento intelectual y aun vital volvieron a Occidente gracias a los árabes, que tenían «air-conditioning» en la Alhambra (sic), mientras los reinos cristianos eran un hatajo de patanes. Naturalmente, también se da y florece en los Estados Unidos la versión amerindia de la Historia Universal —versión que aquí vamos conociendo a medida que se acerca el Quinto Centenario— y menudean otras exégesis culturales para todos los gustos siempre que no sean eurocéntricos o falócratas. Diríase que el amable manicomio de la Unesco de los años setenta se ha trasladado al campus académico norteamericano. Pero el centro de la batalla está en la palabra, y la táctica consiste en suprimir las palabras peligrosas, más que en desvirtuarlas. Se censura el diccionario porque —reacción de raíces bíblicas protestantes— tan sólo en el Libro puede hallarse la culpa de los males del pueblo y su remedio.
EL CASO ESPAÑOL
Muy distinto es el caso del español. También se sacrifica el lenguaje claro en aras de exigencias sociales cambiantes, pero ello se hace adulterando ciertas palabras, no proscribiéndolas.

Consciente o inconscientemente se advierte que la forma más fácil de conjurar ciertos peligros sociales es desdibujar el perfil semántico de algunos vocablos para terminar cambiando por completo su contenido. El ejemplo más revelador es el de la palabra democracia. Está claro que la nueva situación política en España a partir de 1975 puede ser descrita de muchas maneras, pero se ha consagrado una definición tan sucinta que consta de una sola palabra: democracia. El motivo de tal laconismo no es, como parece, maquiavélico; la pereza, la vanidad y sobre todo la simple envidia hacia los países vecinos han sido decisivas en la simplificación verbal. El problema está en que una vez adoptado un simple animal como tótem se tiende a complicarlo añadiéndole símbolos heterogéneos y atribuyéndole virtudes contradictorias: el toro potente termina teniendo alas y rapidez de águila, melena heroica de león, ojo de lince y aun astuto cuerpo de sierpe para que la tribu esté contenta identificándose con él y pierda sus complejos de inferioridad y su envidia congénita. Y eso es lo que ha ocurrido en nuestro idioma con el término democracia, que empezó significando gobierno del pueblo y ahora se pretende que signifique por lo menos doce cosas más.
No existe, en verdad, ningún paradigma comparable de polisemia en toda la historia de las lenguas humanas, ningún fenómeno de multivocidad extrema alcanzada en tan poco tiempo. Tres o cuatro lustros —un mero instante en la cronología lingüística— han bastado para que democracia quiera decir no una sola cosa sino muchas y, lo que es más interesante y quizá único, no sólo cada una de esas cosas, alternativamente y a gusto del hablante, sino en general todas ellas a la vez, por discordantes que sean. Hay vocablos con varios significados. Escatología, por ejemplo, quiere en unas ocasiones decir «conjunto de creencias referentes a la vida de ultratumba» y en otras «tratado de los excrementos», pero nunca se usa para designar ambas cosas a la vez. Se consideraría de mal gusto. En cambio, entra dentro de la PC e incluso puede que constituya el fundamento mismo de nuestra «corrección política» emplear la voz democracia como quintaesencia simultánea de todos estos elementos variopintos: gobierno popular, estado de derecho, división de poderes, constitucionalismo, liberalismo, parlamentarismo, «sociedad civil», buena administración pública, progresismo izquierdista, librecambio capitalista, pluralismo, respeto por los derechos humanos y amor a las libertades fundamentales.
Hasta hace pocos años cualquier persona culta, de izquierdas o de derechas, hubiera protestado ante semejante amalgama, considerándola incoherente. Hubiese alegado que democracia equivale, jurídica y etimológicamente, al primer concepto de la lista antes citada, el gobierno del pueblo, y que ontológica e históricamente tal cosa puede existir y de hecho ha existido con independencia de los demás conceptos reseñados. Hubiese recordado que la democracia ateniense condenó a muerte a Sócrates y que la democracia de Weimar eligió a Hitler.

Hubiese añadido que casi todas o todas las demás nociones políticas relacionadas pueden ser puestas en práctica sin democracia, y que alguna de ellas, como el liberalismo, se compadecen mal con el gobierno popular de pura mayoría, el cual tiende al igualitarismo absoluto y por tanto cercena las libertades y el pluralismo, como bien explicó Ortega y Gasset. También hubiese citado a Alfonso Guerra, que explicó no menos justamente cómo Montesquieu y su división de poderes tienen poco que ver con la realidad democrática de una mayoría de votos. Y si nuestro culto observador hubiese sido aficionado a la comparación internacional de los sistemas políticos, habría apuntado que los Estados occidentales de hoy que funcionan bien lo hacen en la medida en que no son democracias puras sino vigorosas oligarquías mitigadas por factores semidemocráticos.
Así Bush, elegido por el 26 por 100 del electorado (o el 19 por 100 de la población, según se mire), tiene considerable poder, pero no tanto como para olvidarse de otros poderes como el Tribunal Supremo, Wall Street, el Pentágono, los lobbies ideológicos, raciales o económicos, las iglesias y cien más, ninguno de ellos dependiente del voto popular general. En el Reino Unido hay un monarca hereditario, una cámara alta también hereditaria, un clero constituido por cooptación, unas universidades con bienes propios y claustros también cooptados (que se permiten denegar un doctorado honorario al jefe del gobierno), una prensa pujante y otras mil instituciones no democráticas de gran peso. El estado de derecho, la sociedad civil o la buena administración pública son cosas muy distintas de la mitad más uno de los votos.
De hecho, y volviendo a España, a nadie se le oculta que nuestra democracia desconoce el constitucionalismo (puesto que la Constitución de 1978 no se puede cumplir y por tanto no se cumple), desprecia el parlamentarismo (los presidentes del gobierno apenas acuden al Congreso), carece de las características elementales de un estado de derecho (empezando por la seguridad jurídica, que exige cuando menos una administración de justicia fiable), y así sucesivamente.
MITOLOGÍA
Sin embargo, quien todo esto objetase a la actual polisemia del vocablo democracia en español podría ser un buen filólogo, un buen jurista y un buen historiador, pero sería un mal antropólogo.
Cuando nuestros compatriotas caen a diario en el solecismo de decir «el rodillo parlamentario no es democrático» o «el soborno de los políticos es antidemocrático» o «la situación de las cárceles va en contra de la democracia», cuando dicen «llevaré el asunto hasta el Supremo, que para eso estamos en una democracia», no están aludiendo a ninguna forma política de gobierno, sino invocando a su tótem. Los oscuros sentimientos, las frustraciones y anhelos ancestrales que nos llevaron a escoger esa palabra totémica y no otra pueden traducirse resumidos en este silogismo: la democracia es todas esas cosas buenas y acaso alguna más, como recoger la basura y no saltarse los semáforos, la democracia es vivir como nuestros vecinos ricos. Es así que nosotros somos una democracia, luego los españoles somos justos y benéficos. Teleológicamente la corrupción semántica nos lleva por el túnel del tiempo a la Constitución de 1812. Mediante una extraña inversión temporal cumplimos ahora el mandato de entonces, pero por precaución concentramos en un solo santo y seña, Democracia, las antiguas y dispersas palabras mágicas de Constitución, Libertad o Progreso. En 1931 ocurrió lo mismo con otra palabra de vocación simbólica y abarcadora, República, y en 1939 otro tanto con el ensalmo Patria. En ninguno de los citados momentos históricos, incluido el actual, nos hemos planteado en serio si basta con pronunciar una palabra para vivir con el sosiego y el desahogo de suizos o daneses, o si hará falta algo más que conjuros anhelantes para disipar la miseria de los marginados o el humo acre de los incendios.

La gran mentira nacional —el mito— es atribuir a la democracia el significado precisamente de todo lo que no tenemos, de lo que ansiamos, de lo que envidiamos en otros, y no darle el sentido real, gobierno del pueblo, que sí existe en España. Buscábamos una mitología y nos hemos encontrado con una mitomanía.
Pero algo es algo, y la mentira, cuando es colosal, supone un buen paso adelante. Creo que ya Renan apuntó que las naciones sólo cuajan del todo cuando tienen un gran crimen colectivo e histórico que ocultar. Cabe esperar que nuestra mentira nacional tenga la misma virtud integradora y menos coste social que la Revolución Francesa o la Santa Inquisición. Tenemos a nuestro favor el hecho de que no ha habido ruptura en el vicio cardinal;
hemos visto que la actual mentira es consecuencia en buena parte de la envidia, y la envidia fue lo que nos permitió sobrevivir a siglo y medio de desastres. La pena es que el precio de la supervivencia incluya, según parece, la obligación de nunca más llamar a las cosas por su nombre.
ILUSTRACIONES DE DIEGO MORA-FIGUEROA, MARQUÉS DE SAAVEDRA
PUBLICADO EN NUEVA REVISTA N.º 19 (1991)
El auge y decadencia de naciones e imperios es un misterio que desde siempre ha fascinado a filósofos e historiadores, incitándolos a albergar grandiosas visiones de un espectral demiurgo que dirige los acontecimientos, como en el caso de Hegel, o de algún drama wagneriano de desafío y respuesta, de purificación y heroísmo, como ocurre con Arnold Toynbee.
¿Cómo explicar la repentina reunión de fuerzas que impulsa a un pueblo a imponer su poderío a través de océanos y continentes y después yacer exhausto —quizá para nunca volverse a levantar— como el imperio de los asirios, en el Cercano Oriente, o como los mongoles, que para el siglo XI habían conquistado China y extendido su dominio a lo largo de Eurasia hasta el Danubio, sólo para derrumbarse? Las historias de Occidente suelen comenzar con el auge y decadencia de Roma y, tras un largo intervalo, el cambio de fuerzas del Mediterráneo al litoral del Atlántico, con el repentino nacimiento y muerte de los imperios holandés, español y portugués y, más cerca de nuestra época, la enorme expansión y después contracción del poderío británico mundial.
Aunque no existe una sola teoría que sea del todo persuasiva, no podemos perder de vista el hecho sorprendente de que cada nación, cuando empieza a reunir sus fuerzas (militares, políticas y económicas) para hacer una aparición decisiva en el escenario de la historia, se define a sí misma en términos de su singularidad. Y luego, cuando empiezan a aparecer indicios de mortalidad, surge la cuestión (y la esperanza) de unaexención de la decadencia, de un «excepcionalísimo». En los Estados Unidos siempre ha habido una fuerte creencia en el caso excepcional norteamericano. Desde el principio, los estadounidenses han creído que el destino ha señalado a su país distinguiéndolo de todos los demás; que los Estados Unidos son, en la maravillosa frase de Lincoln, «una nación casi escogida». La grandeza norteamericana se asemejaba a un campo magnético que moldearía los contornos de la nación de un mar al otro, y la expansión a través de un vasto continente pareció confirmar ese destino manifiesto. El poderío norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos surgieron como la suprema potencia mundial, pareció definir el «siglo norteamericano».
Pero ahora, al acercarse a su fin ese siglo, surgen dudas sobre si los Estados Unidos pueden conservar su grandeza, si puede estar cerrándose el telón tras el acto principal del episodio norteamericano. Así surge la siguiente pregunta: ¿cuán excepcional es, en realidad, el caso excepcional de los Estados Unidos?
En estas especulaciones y debates se entremezclan tres diferentes cuestiones históricas que deseo destacar.
La primera y más espectacular es la que abordé al principio: el enigma del auge y decadencia de los imperios, y su posible aplicación a los Estados Unidos hoy. En el último año o dos, varios libros han hecho hincapié en el tema de la decadencia norteamericana: Mortal Splendor, de Walter Russell Mead; Beyond American Hegemony, de David P. Calleo, y The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000, de Paul Kennedy.
La evaluación de la importancia de la decadencia nacional se complica por la posibilidad de que las naciones sean cada día menos las unidades pertinentes de análisis a medida que surgen diferentes estructuras en la sociedad mundial; por ejemplo, un conjunto internacional e integrado de mercados para el capital y la inversión. También en la cultura observamos un creciente sincretismo en que la comunicación y los mercados en masa moldean la cultura popular—especialmente la de los jóvenes— y la cultura convencional en todas partes. De tal suerte, si las fuerzas económicas y sociales están debilitando las fronteras nacionales, ¿qué queremos decir por «auge y decadencia» de las naciones o imperios nacionales?
DEFINICIÓN DE ESTILOS NACIONALES
La segunda y muy distinta cuestión es la de la singularidad de cada nación o cultura. Aquel sabio psicólogo de Harvard, Henry A. Murray, hizo notar en cierta ocasión que cada uno de nosotros es en algunos sentidos como todos los demás y en otros sentidos como nadie. Lo que es válido para los individuos también es válido para las naciones. Todas las sociedades se enfrentan a los problemas de ejercer la autoridad, de organizar y distribuir los recursos. Muchas sociedades se parecen en cuando son,digamos,democráticas o partidarias del libre mercado. Y cada sociedad tiene una historia idiosincrásica, determinada por su topografía y ubicación geográfica, sus tradiciones y cultura, y aquel menos definible elemento de esprit o moeurs que vuelve característicos su cultura y su pueblo. Ese contorno idiosincrásico —llamémoslo estilo nacional— es con frecuencia la principal característica que debe identificarse a fin de entender la historia, la política o el carácter de un país.
Pero unicidad no es sinónimo de excepción. Todas las naciones son en cierta medida únicas en un sentido o en otro. La idea de la excepción, tal como se ha usado para describir la historia y las instituciones estadounidenses, supone no sólo que los Estados Unidos han sido distintos de otras naciones, sino que son excepcionales en el sentido de ser ejemplares («una ciudad sobre una colina»): una luz para las naciones, inmune a los males sociales y la decadencia que han aquejado a todas las demás repúblicas en el pasado, una nación exenta de las leyes sociales del desarrollo que todas las naciones a la postre obedecen. Es esta idea del« excepcionalísimo » como tema histórico bien determinado, y no la «unicidad» o el «auge y decadencia», la que deseo desarrollar.
Un aspecto persistente y manifiesto de la doctrina del «excepcionalismo norteamericano» se desprende de la convicción, heredada de los Padres Fundadores, de que los Estados Unidos son la nación providencial, aquella cuya consagración a la libertad y a la dignidad del individuo sienta las bases para un mundo nuevo y mejor. Los Fundadores creían que los estadounidenses evitarían la decadencia y degeneración de repúblicas anteriores, ya que la nueva nación sería moralmente superior a cualquiera que hubiera existido antes, y que la moralidad serviría de fundamento a su orden político. Así interpretó Madison a Montesquieu, especialmente en lo que toca al destino de Roma; y así interpretó John Adams al historiador italiano Davila en lo referente a los resultados de la revolución.
Esta creencia en la excepción no era del todo descabellada. Deístas como Jefferson veían en los Estados Unidos el designio de Dios realizado en una tierra virgen y paradisíaca. Otros, como el más mundano y escéptico Franklin, contemplaban la posibilidad de que los Estados Unidos fueran ejemplares y, por tanto, una esperanza para el futuro. Pero, ¿acaso todo esto se ha ido a pique? En la esfera internacional, el idealismo wilsoniano ha resultado ser ineficaz ante el realismo del viejo mundo, y las tiranías del tercermundo. En el terreno político, la moralidad parece haber dado paso al simple moralismo y al oportunismo político.
Sin embargo, aunque el futuro de los Estados Unidos tal vez sea más incierto que en cualquier momento de los últimos doscientos años, aún existen algunos perdurables valores de carácter e incluso una poderosa veta de idealismo. Intuimos, al reflexionar sobre la historia estadounidense, que hubo algo excepcional en la historia de la nación y el carácter nacional que creó; excepcional no necesariamente en el sentido de estar exenta de cualesquiera «leyes» de evolución social que puedan existir, sino en el sentido de ofrecer una «gracia salvadora» (el término teológico es apropiado) que tal vez siga haciendo de ella un ejemplo para otras naciones.
DOS REVOLUCIONES
Al meditar sobre los doscientos años de historia estadounidense, inevitablemente surge la comparación con Francia, que acaba de celebrar el bicentenario de su revolución. El concepto tradicional, como el de Hannah Arendt en su libro On Revolution, es que los franceses, o al menos los jacobinos, intentaron una revolución social que inauguraría un maravilloso orden nuevo y encarnaría «la religión de la humanidad»; y que, dada la naturaleza del hombre, ese intento estaba destinado al fracaso. Los Estados Unidos, por contraste, intentaron una revolución política que, por ser más limitada en sus objetivos, podía tener éxito (quizá al no intervenir en el orden social, ofreciendo así a la gente la posibilidad de dar salida a sus pasiones mientras el orden político hacía las veces de mediador en la consecución de sus intereses).
Hay mucho de verdad en esta comparación. Pero la fácil división entre lo político y lo social oculta el hecho de que se intentó un nuevo tipo de orden social en este continente. En realidad, este orden puede ser la causa del «éxito» de la sociedad norteamericana, y por esto entiendo el establecimiento de una base institucional que ha protegido las libertades individuales y ha proporcionado cierto grado de continuidad y consenso, y por lo mismo una estabilidad social, sin paralelo en la historia.
En los años veinte y treinta un gran número de regímenes parlamentarios europeos —Italia, Portugal, Austria, Alemania, España— se derrumbó y se volvió fascista o autoritario. En el último siglo, casi toda América Latina ha tenido dictaduras militares o autoritarias intermitentes. Las sociedades de un solo partido abundan en la mayor parte de las «sociedades estables» del mundo. Empero el Reino Unido, desde el final de su guerra civil en el siglo XVII, y los Estados Unidos (con excepción de su guerra civil en la década de 1860), más un puñado de naciones más pequeñas (Suiza y los países escandinavos), han alcanzado la estabilidad política.¿Cómo se logró esto?
Me gustaría concentrarme en el Reino Unido y los Estados Unidos. Existen algunos factores comunes obvios, de manera particular el aislamiento geográfico. Inglaterra no ha sido invadida desde 1066. Los Estados Unidos no han sido invadidos desde 1814, y sus guerras tuvieron lugar fuera de sus fronteras. Además, al desarrollarse ambos países, hubo diversas válvulas de escape para personas potencialmente descontentas, así como una creciente riqueza. En la Gran Bretaña hubo puestos administrativos o militares en el imperio para «segundones» y en Australia para los convictos; en los Estados Unidos hubo las granjas gratuitas de las leyes Homestead, educación pública gratuita, nuevas y florecientes industrias y la promesa inalterada de oportunidades para las generaciones venideras.
Otro factor común a la Gran Bretaña y los Estados Unidos ha sido menos obvio: el sistema legal. En contraste con el sistema legal continental, con sus poderosos magistrados inquisitivos, el procedimiento legal angloamericano es antagonista y hace hincapié en los derechos. El sistema legal continental busca descubrir la verdad; el sistema angloamericano trata de establecer la culpabilidad. El poder del estado está restringido por las facultades que creó el derecho consuetudinario y la Constitución.
¿Pero, qué decir de los Estados Unidos mismos? ¿Existe un elemento distintivo en su historia y configuración sociológica que haya contribuido a su estabilidad? Me parece que sí lo hay, y la respuesta comienza, curiosamente, con ese extraordinario metafísico alemán, G. W. Friedich Hegel.
LA TIERRA DEL DESEO
Para Hegel, los Estados Unidos fueron siempre la encarnación de la modernidad, «la tierra del futuro… la tierra del deseo para todos aquellos que están cansados del histórico cuarto de trastos de la vieja Europa». Empero, Hegel también dijo, en la introducción a sus conferencias sobre la filosofía de la historia, que los Estados Unidos eran aún sólo un sueño, y al seguir la huella de las vicisitudes de la evolución histórica, en que lo racional continuamente trataba de convertirse en lo real, se retiró «al viejo mundo, el escenario de la historia mundial». En la actualidad, si tenemos presente lo que es —aun cuando no sea racional— tenemos que ocuparnos de los Estados Unidos, que son el actor principal de la historia del mundo. El siglo XX sigue siendo el siglo norteamericano. Los Estados Unidos son la primera potencia militar y tecnológica, y el dólar representa los incómodos cimientos de la economía mundial. Los Estados Unidos son el centro de los medios de información, así como Estados Unidos mercado cultural (si no el centro cultural) del mundo. Lo más importante es que siguen siendo, con el Reino Unido, una de las pocas naciones del mundo que conservan su estabilidad institucional, de suerte que los inversionistas, nacionales y extranjeros, siguen considerándolo un refugio seguro.
¿Cuál es, pues, el rasgo distintivo de los Estados Unidos, el que ha constituido su fuerza a todo lo largo de su historia? Es, sencillamente, que los Estados Unidos han sido la sociedad civil completa (para emplear un término hegeliano), quizá la única en la historia política. Hegel pensaba que Inglaterra, como nación burguesa, ejemplificaba su concepto de la sociedad civil por su énfasis en el interés individual y en el modo utilitario de pensamiento. Pera Hegel (y Marx, que vivió en Inglaterra durante casi toda su vida adulta) jamás entendió el carácter denso de Inglaterra: el simbolismo de la Corona, la fuerza de las clases hacendadas, la posición central de una iglesia establecida, el deseo de la burguesía (o de sus hijos) de pasar a formar parte de la pequeña aristocracia, el peso de la clase dirigente y el atractivo de títulos y honores; la realidad básica de que Inglaterra era una sociedad en que el orden social hereditario dominaba los órdenes político y económico.
Los Estados Unidos jamás tuvieron semejante orden social. Más bien, fueron construidos por una abigarrada diversidad de novi homines, vagabundos, aventureros, convictos, caballeros desposeídos y protestantes disidentes desde cuáqueros hasta puritanos, reforzados en el siguiente siglo por una inundación de inmigrantes de todos los países de Europa. Eran una sociedad abierta. Cada hombre era libre de «hacerse a sí mismo» y de forjar su fortuna. Marx advertía constantemente a los radicales alemanes que no fueran a los Estados Unidos, pues sentía que la atmósfera democrática e igualitaria estadounidense suplantaría las viejas creencias socialistas engendradas en Europa. Para estos inmigrantes, la atracción del futuro no era alguna idea cósmica y universal, sino el anhelo de ser tratados como personas y el deseo de oportunidades y progreso: característica que Marx mismo reconoció, pero sólo en las notas al pie de página de Das Kapital (El capital), donde escribió con asombro sobre el número de personas que podían moverse libremente y cambiar de ocupación «como quien cambia de camisa, por Dios».
En el sentido de Hegel, no había «Estado» en los Estados Unidos: ninguna voluntad unificada, racional, que se expresara en un orden político, sino sólo el interés individual y una pasión por la libertad. En todas las naciones europeas (con la excepción parcial de la Gran Bretaña), el Estado regía la sociedad, ejerciendo un poder unitario o cuasiunitario respaldado por un ejército y una burocracia. Paradójicamente, incluso sin tomar en cuenta la guerra civil, los Estados Unidos tal vez experimentaron más violencia interna y más lucha de clases que la mayor parte de los países de Europa: las luchas agrarias contra los intereses de las clases adineradas y, más particularmente, los conflictos de los trabajadores con los capitalistas. Pero éstos no fueron intentos por tomar el «poder del Estado». Fueron primordialmente conflictos económicos contra determinadas sociedades anónimas y —en las grandes acciones sindicales de los años treinta en los renglones de la hulla, el acero, la fabricación de autos y el caucho— contra industrias enteras. De hecho, las tremendas acciones de organización contra el poder económico empresarial de los treinta fueron emprendidas con el apoyo de la Administración Roosevelt.
Si no había un Estado, ¿qué había entonces? Para hacer una distinción semántica pero también real, había un gobierno. Este gobierno era un mercado político, un campo en que los intereses competían entre sí (no siempre con igualdad) y en que podían hacerse tratos. Casi por azar, el Tribunal Supremo se convirtió en el arbitro final de las disputas y el intérprete de las reglas que permitían el funcionamiento del mercado político, con la única salvedad de que hubiera una enmienda a la Constitución, que de nuevo era interpretada por el Tribunal. La Constitución y el Tribunal se convirtieron en la base de la sociedad civil.
El tema filosófico subyacente de la Declaración de Independencia es el de los derechos inalienables con que el Creador dotó a todos los hombres. Estos derechos fueron conferidos a individuos, no a grupos, y se crearon instituciones para representarlos y protegerlos. La Constitución fue un contrato social aceptado por el pueblo soberano. Ha sido el contrato social más atinado de la historia, en gran medida por la debilidad o incluso la ausencia del Estado.
VIAJE HACIA EL POPULISMO
Detrás de la Constitución se erguía una cultura política distintiva.En los primeros años de la formación del país, los estadounidenses se sabían ciudadanos de «la primera nación nueva»; no la nueva utopía cuasirreligiosa proclamada en la revolución francesa, sino una república nueva y libre fundada mediante el recurso a los principios básicos de gobierno. Paralelamente al fuerte acento republicano había una preocupación cívica (ajena al estatismo) por una especie de virtud republicana, derivada de reflexiones sobre la historia de la república romana y el deseo de evitar las enfermedades degenerativas —lucha civil engendrada por las facciones, el uso de un ejército de mercenarios y no de ciudadanos y la concentración arbitraria del poder— que habían dejado inválidas a repúblicas anteriores. Vemos esta doble preocupación —evitar tanto los peligros centrífugos de la facción como los riesgos centrípetos del poder centralizado— en The Federalist (El federalista), con sus ecos de Montesquieu, y en los escritos de John Adams.
Se creó intencionalmente una base intelectual para este «nuevo orden». Pero a medida que la nación creció y surgieron partidos políticos-eventualidad no deseada ni prevista por los Fundadores— la competencia política estimuló el igualitarismo y el populismo que han sido las características distintivas de la política norteamericana desde 1830.
Hubo un cambio del intelectualismo y el pensamiento (el énfasis lockeano, en cierto sentido) al sentimiento y la emoción (un extraño rasgo rusoniano), pues mientras el intelectualismo implica una pretensión al mando basada en la sabiduría o el conocimiento, el pensamiento afirma el igualitarismo al apelar a un sentimiento común entre todos los hombres. Este cambio se reflejó también en un alejamiento del pasado y de Europa y un acercamiento a las tierras inexploradas del Oeste, cuyos límites se desplazaban continuamente. Todo esto estuvo simbolizado en la elección, en 1828, del general Andrew Jackson, de Tennessee, el primer presidente «del Oeste» (y la apertura de la Casa Blanca al pueblo).
El otro elemento transformador de la política norteamericana fue el imperio del dinero. Con el surgimiento de la plutocracia, el dinero pudo emplearse con facilidad para obtener influencia e inducir a una franca corrupción (situación que llegó a su apogeo durante la Administración de otro héroe de guerra, el general Ulysses S. Grant, en 1870).
El resultado de estos cambios es la extraña estructura de la política norteamericana interna de hoy, que pocos extranjeros, y no muchos estadounidenses, comprenden. El orden político norteamericano tiene dos niveles: el presidente es escogido en un referéndum plebiscitario, en que la persona, no el partido, es el centro de la identificación y el juicio, el foco de las pasiones de las masas; al Congreso, sin embargo, se le elige para responder a los intereses de grupo, aunque hoy no necesariamente los intereses del dinero.
No es casualidad que tantos presidentes hayan sido héroes de guerra, muchos de ellos generales (desde Washington hasta Eisenhower), casi siempre elegidos inmediatamente después de una guerra, en un país que hasta hace poco nunca había tenido un gran ejército permanente. Se consideraba a los héroes como individuos «por encima» del partido, mientras que durante los periodos de normalidad los presidentes han sido hombres sosos e incoloros como McKinley, Harding o Coolidge. (El único intelectual reconocido, Woodrow Wilson, profesor de ciencia política y antiguo presidente de la Universidad de Princeton, fue elegido en 1912 en virtud de la única división triple de la fórmula que haya tenido importancia en la historia de los Estados Unidos, y su reelección, durante la guerra en Europa se dio porque se pensaba que podría mantener a los Estados Unidos alejados del conflicto.) Presidentes del período posterior a la Segunda Guerra Mundial como Truman, Nixon, Cárter y Reagan han sido abiertamente populistas, contendiendo contra lo que ha dado en llamarse la «clase dirigente».
La mentalidad populista también caracterizó la cultura de las ciudades pequeñas (no la cultura moderna de los medios de información), que era en gran medida religiosa: protestante, moralizadora y fundamentalista. También era, dado su énfasis en la verdad literal de la palabra bíblica, antiintelectual y antiinstitucional. Desde luego, no había tradición aristocrática o herencia artística fuerte; las artes eran trabajos manuales: simples, sencillos y utilitarios. Y la tradición católica —que en Europa dio una base intelectual firme a la teología y la dogmática, belleza a la letanía y la liturgia, y estilos distintivos a la arquitectura y la escultura, todo lo cual se fusionó con una alta cultura histórica— estuvo representado en los Estados Unidos por la iglesia irlandesa, compuesta en su mayor parte de inmigrantes y hombres que habían triunfado por su propio esfuerzo.
Así, encontramos una sociedad muy individualista y populista cuya fluida modernidad era moldeada por la vasta extensión del territorio y el imperio del dinero, y cuyas riquezas llegaban a manos de individuos vigorosos y decididos a perseguir sus propios fines. El Gobierno no ponía trabas ni al ambiente ni a la economía. En efecto, de 1870 a 1930 el Tribunal Supremo frustró muchos esfuerzos de legislación social y reglamentación, con la única excepción de las leyes antimonopolio. La libertad se definía principalmente en términos económicos individualistas. Ese era el consenso. Ese era el marco de la sociedad civil norteamericana.
En el último medio siglo han surgido en los Estados Unidos los lineamientos de un Estado —instituciones para moldear y hacer cumplir una voluntad unitaria por encima de los intereses particulares— comenzando con el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Por lo general, el New Deal ha sido interpretado ideológicamente (por la izquierda) como la salvación del capitalismo o (por la derecha) como la institución de un «socialismo progresivo». Aunque hay algo de verdad en ambos argumentos, ninguno es muy satisfactorio. El surgimiento del Estado en la nación estadounidense no fue planeado ni ha sido en modo alguno sistemáticamente ideológico. Fue una respuesta, concebida en tiempo de crisis, a tres cosas: aumentos en la escala de la sociedad, alineamientos políticos cambiantes y la lógica de la movilización para una guerra total.
EL CRECIMIENTO DEL GOBIERNO
El problema de la escala fue fundamental. Para los treinta los Estados Unidos se habían convertido en una sociedad nacional: de 1900 a 1930 las sociedades anónimas habían empezado a operar en mercados nacionales. Pero el poder político contrarrestante estaba ineficazmente distribuido entre los Estados. Cuando la economía se vino abajo durante la Gran Depresión, la Administración Roosevelt respondió en primer lugar con la Administración Nacional de Recuperación industrial, estableciendo códigos a nivel nacionaly fijando precios a las industrias más importantes. Adoptó, de hecho, los principios del Estado corporativista, como lo habían pedido con insistencia muchos capitalistas. Cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional esta medida, el New Deal empezó a alejarse de la planificación corporativista y a depender más de los mecanismos de reglamentación para controlar los mercados. El New Deal se convirtió así en una «igualación de escalas», creando instituciones políticas nacionales y reglas políticas nacionales para igualar el poder económico nacional.
La lógica de la estabilización y el control condujo a una creciente dependencia respecto al código fiscal para orientar la inversión privada, y el naciente Estado asumió la responsabilidad de promover el crecimiento económico e influir sobre la distribución de los recursos. Además, el realineamiento político interno, en que los trabajadores, los agricultores y las minorías pasaron a formar parte de la columna democrática, condujo a subsidios agrícolas nacionales y a la protección de los grupos menos privilegiados. Más ampliamente, condujo a la idea de prestaciones sociales y a un Estado benefactor concebido para proteger a la gente de riesgos económicos y sociales.
El tercer gran impulso que recibió el estatismo fue la guerra y la política exterior. La guerra ha sido siempre y en todo lugar un motivo decisivo para crear un Estado. Enfoca las emociones contra un enemigo peligroso y requiere energía y unidad; obliga al Estado a movilizar los recursos humanos y materiales de la sociedad.
Significativamente, las presiones externas de política exterior y los factores nacionales internos no estaban entrelazados.La política de gran potencia que caracterizaba las relaciones exteriores norteamericanas no era una respuesta refleja a las presiones nacionales (pese a los rumores de un «complejo militar industrial»), aunque algunas regiones y empresas inevitablemente se beneficiaron. La expansión de los subsidios y las prestaciones sociales durante la Administración Johnson no dependió de la movilización para la defensa. De hecho, al intensificarse las presiones presupuestarias, ambos tipos de gasto empezaron a competir cada vez más entre sí, lo que permitió a la Administración Reagan reducir la reglamentación, los subsidios y las prestaciones sociales en la esfera nacional, y al mismo tiempo aumentar considerablemente el presupuesto de defensa. Así, jamás hubo en realidad un Estado nacional unitario.
Todas estas actividades se reflejan en el crecimiento del Gobierno, del empleo en el sector público, de los impuestos, de la proporción del producto nacional bruto iniciada en el sector público (incluida la defensa) y —especialmente en la última década— del déficit del presupuesto federal y la deuda nacional. El nuevo estatismo se refleja también en descontentos cada día mayores. En muchas sociedades, los impuestos se consideran una adquisición de servicios públicos que los individuos no pueden comprar por sí mismos; en los Estados Unidos, sin embargo, muchas personas toman a mal los impuestos, sintiéndolos como «nuestro» dinero que «ellos» toman. La creciente reglamentación de todas las áreas de la vida económica y social ha creado resentimiento contra o la intrusión del Gobierno.
UNA SOCIEDAD CIVIL MODERNA
Es evidente que el problema del «Estado» se ha vuelto vital para la teoría y la práctica políticas, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. La cuestión de las relaciones Estado-sociedad, del interés público y el apetito privado, será claramente el problema descollante del Gobierno en las décadas venideras. Y con la expansión de la escala de las actividades económicas y políticas, el Estado nacional se ha vuelto demasiado pequeño para los «grandes» problemas de la vida (por ejemplo, las marejadas de los mercados de capital y divisas) y demasiado grande para los «pequeños » problemas (por ejemplo, los de vecindad y comunidad).
La política exterior, que una vez forjó la unidad, ahora incita a desacuerdos pues la idea de un interés nacional sistemático ha perdido fuerza, en tanto que las pasiones ideológicas siguen emergiendo y decayendo. La idea de una economía administrada ha perdido credibilidad ante las dificultades de la «sintonía fina», y ha habido un regreso a los mecanismos del mercado. En la mayoría de la sociedades, las burocracias se han vuelto demasiado centralizadas y onerosas. En forma creciente, los individuos desean ocuparse del bienestar social, el ambiente y la calidad de vida en un nivel en que puedan controlar las decisiones. De hecho, resulta notable que en un país tras otro la idea de que la sociedad civil, y no el Estado, debe constituir el ámbito principal de las actividades políticas ha pasado a ser un tema importante de estudio y debate, ahora que las viejas ideologías han desaparecido.
En los últimos años vemos, pues, el retorno de la idea de la sociedad civil. Pero, ¿de qué tipo? Para Hegel, la sociedad civil se caracterizaba por un interés propio anárquico: un individualismo económico que había destruido las instituciones tradicionales de la familia y el pueblo, pero no podía remplazarlas con Moralität, las abstractas creencias racionales en una voluntad unificada y universal. Hegel se equivocó en su romántico y exagerado contraste entre el tradicionalismo sin mediación y el utilitarismo egocéntrico y apetitivo; contraste que sólo un Estado podía dominar. Sin embargo, este romanticismo ha corrido como un hilo escarlata por el pensamiento alemán. En las ciencias sociales nos ha dado la sencillez de la dicotomía Gemeinschaft/Gesellschaft (comunidad/sociedad). En filosofía y política nos ha dado la visión, encarnada en la lealtad de Heidegger hacia los nazis, de un heroico Volkstum y Staatstum en orden de batalla contra el odiado comercialismo de la sociedad burguesa. (En alemán, se emplea un solo término para designar a la sociedad civil y a la «sociedad burguesa»: bürgerliche Gesellschaft.)
La demanda de un retorno a la sociedad civil es la demanda de un retorno a una escala manejable de vida social, particularmente en aquellos aspectos en que la economía nacional ha quedado inmersa en un marco internacional y la política nacional ha perdido cierto grado de independencia. Hace hincapié en las asociaciones voluntarias, las iglesias y las comunidades, argumentando que las decisiones deben tomarse a nivel local y no deben estar controladas por el Estado y sus burocracias. ¿Utópico? Tal vez, pero más probable ahora gracias a las nuevas tecnologías, con su promesa de una industria descentralizada y empresas más pequeñas.
Este concepto de una sociedad civil no significa una vuelta a la idea europea tradicional de humanismo cívico o virtud republicana. La virtud republicana clásica (que no es el republicanismo de Adams o Jefferson) se basaba en la idea de que la comunidad tenía siempre preferencia sobre el individuo. El bien común era un bien unitario. Pero una sociedad civil moderna —heterogénea y con frecuencia multirracial— tiene que establecer reglas diferentes: el principio de tolerancia y la necesidad de que las comunidades plurales convengan en reglas que rijan los procedimientos dentro del marco del constitucionalismo.
Todos estos temas ocupan hoy a los filósofos políticos.
Sin embargo, la existencia real de la sociedad civil ha sido un fenómeno distintivamente norteamericano, moldeado en sus inicios por los variados impulsos del individualismo vigoroso y el populismo radical. Empero, en la medida en que se requiere una renovada apreciación de las virtudes de la sociedad civil a fin de definir un nuevo tipo de orden social que limite al Estado y realce los propósitos individuales y de grupo (alcanzando por ello los objetivos del liberalismo), se trata también de un episodio más en la larga historia de la excepción norteamericana.
El auge y decadencia de naciones e imperios es un misterio que desde siempre ha fascinado a filósofos e historiadores, incitándolos a albergar grandiosas visiones de un espectral demiurgo que dirige los acontecimientos, como en el caso de Hegel, o de algún drama wagneriano de desafío y respuesta, de purificación y heroísmo, como ocurre con Arnold Toynbee.
¿Cómo explicar la repentina reunión de fuerzas que impulsa a un pueblo a imponer su poderío a través de océanos y continentes y después yacer exhausto —quizá para nunca volverse a levantar— como el imperio de los asirios, en el Cercano Oriente, o como los mongoles, que para el siglo XIV
habían conquistado China y extendido su dominio a lo largo de Eurasia hasta el Danubio, sólo para derrumbarse? Las historias de Occidente suelen comenzar con el auge y decadencia de Roma y, tras un largo intervalo, el cambio de fuerzas del Mediterráneo al litoral del Atlántico, con el repentino nacimiento y muerte de los imperios holandés, español y portugués y, más cerca de nuestra época, la enorme expansión y después contracción del poderío británico mundial.
Aunque no existe una sola teoría que sea del todo persuasiva, no podemos perder de vista el hecho sorprendente de que cada nación, cuando empieza a reunir sus fuerzas (militares, políticas y económicas) para hacer una aparición decisiva en el escenario de la historia, se define a sí misma en términos de su singularidad. Y luego, cuando empiezan a aparecer indicios de mortalidad, surge la cuestión (y la esperanza) de unaexención de la decadencia, de un «excepcionalísimo». En los Estados Unidos siempre ha habido una fuerte creencia en el caso excepcional norteamericano. Desde el principio, los estadounidenses han creído que el destino ha señalado a su país distinguiéndolo de todos los demás; que los Estados Unidos son, en la maravillosa frase de Lincoln, «una nación casi escogida». La grandeza norteamericana se asemejaba a un campo magnético que moldearía los contornos de la nación de un mar al otro, y la expansión a través de un vasto continente pareció confirmar ese destino manifiesto. El poderío norteamericano después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los Estados Unidos surgieron como la suprema potencia mundial, pareció definir el «siglo norteamericano».
Pero ahora, al acercarse a su fin ese siglo, surgen dudas sobre si los Estados Unidos pueden conservar su grandeza, si puede estar cerrándose el telón tras el acto principal del episodio norteamericano. Así surge la
siguiente pregunta: ¿cuán excepcional es, en realidad, el caso excepcional de los Estados Unidos?
En estas especulaciones y debates se entremezclan tres diferentes cuestiones históricas que deseo destacar.
La primera y más espectacular es la que abordé al principio: el enigma del auge y decadencia de los imperios, y su posible aplicación a los Estados Unidos hoy. En el último año o dos, varios libros han hecho hincapié en el tema de la decadencia norteamericana: Mortal Splendor, de Walter Russell Mead; Beyond American Hegemony, de David P. Calleo, y The Rise and Fall of the Great Powers: Economic Change and Military Conflict from 1500 to 2000, de Paul Kennedy.
La evaluación de la importancia de la decadencia nacional se complica por la posibilidad de que las naciones sean cada día menos las unidades pertinentes de análisis a medida que surgen diferentes estructuras en la sociedad mundial; por ejemplo, un conjunto internacional e integrado de
mercados para el capital y la inversión. También en la cultura observamos un creciente sincretismo en que la comunicación y los mercados en masa moldean la cultura popular—especialmente la de los jóvenes— y la cultura convencionalen todas partes. De tal suerte, si las fuerzas económicas
y sociales están debilitando las fronteras nacionales, ¿qué queremos decir por «auge y decadencia» de las naciones o imperios nacionales?
D E F I N I C I Ó N D E E S T I L O S N A C I O N A L E S
La segunda y muy distinta cuestión es la de la singularidad de cada nación
o cultura. Aquel sabio psicólogo de Harvard, Henry A. Murray, hizonotar en cierta ocasión que cada unode nosotros es en algunos sentidos como todos los demásy en otros sentidos como nadie. Lo que es válido para los
individuos también es válido para las naciones. Todas las sociedades
se enfrentan a los problemas de ejercer la autoridad, de organizar y distribuir los recursos. Muchas sociedades se parecen en cuando son,digamos,democráticas o partidarias del libre mercado. Y cada sociedad tiene una historia idiosincrásica, determinada por su topografía y ubicación geográfica, sus tradiciones y cultura, y aquel menos definible
elemento de esprit o moeurs que vuelve característicos su cultura y su pueblo. Ese contorno idiosincrásico —llamémoslo estilo nacional— es con frecuencia la principal característica que debe identificarse a fin de entender la historia, la política o el carácter de un país.
Pero unicidad no es sinónimo de excepción. Todas las naciones son en cierta medida únicas en un sentido o en otro. La idea de la excepción, tal como se ha usado para describir la historia y las instituciones estadounidenses, supone no sólo que los Estados Unidos han sido distintos de otras naciones, sino que son excepcionales en el sentido de ser ejemplares («una ciudad sobre una colina»): una luz para las naciones, inmune a los males sociales y la decadencia que han aquejado a todas las demás repúblicas en el pasado, una nación exenta de las leyes sociales del desarrollo que todas las naciones a la postre obedecen. Es esta idea del
« excepcionalísimo » como tema histórico bien determinado, y no la «unicidad» o el «auge y decadencia», la que deseo desarrollar.
Un aspecto persistente y manifiesto de la doctrina del «excepcionalismo norteamericano» se desprende de la convicción, heredada de los Padres Fundadores, de que los Estados Unidos son la nación providencial, aquella cuya consagración a la libertad y a la dignidad del individuo sienta las bases para un mundo nuevo y mejor. Los Fundadores creían que los estadounidenses evitarían la decadencia y degeneración de repúblicas anteriores, ya que la nueva nación sería moralmente superior a cualquiera que hubiera existido antes, y que la moralidad serviría de fundamento a
su orden político. Así interpretó Madison a Montesquieu, especialmente en lo que toca al destino de Roma; y así interpretó John Adams al historiador italiano Davila en lo referente a los resultados de la revolución.
Esta creencia en la excepción no era del todo descabellada. Deístas como Jefferson veían en los Estados Unidos el designio de Dios realizado en una tierra virgen y paradisíaca. Otros, como el más mundano y escéptico Franklin, contemplaban la posibilidad de que los Estados Unidos fueran
ejemplares y, por tanto, una esperanza para el futuro. Pero, ¿acaso todo esto se ha ido a pique? En la esfera internacional, el idealismo wilsoniano ha resultado ser ineficaz ante el realismo del viejo mundo, y las tiranías del tercermundo. En el terreno político, la moralidad parece haber dado paso al simple moralismo y al oportunismo político.
Sin embargo, aunque el futuro de los Estados Unidos tal vez sea más incierto que en cualquier momento de los últimos doscientos años, aún existen algunos perdurables valores de carácter e incluso una poderosa veta de idealismo. Intuimos, al reflexionar sobre la historia estadounidense, que hubo algo excepcional en la historia de la nación y el carácter nacional que creó; excepcional no necesariamente en el sentido de estar exenta de cualesquiera «leyes» de evolución social que puedan existir, sino en el sentido de ofrecer una «gracia salvadora» (el término teológico es apropiado) que tal vez siga haciendo de ella un ejemplo para otras naciones.
D O S R E V O L U C I O N E S
Al meditar sobre los doscientos años de historia estadounidense, inevitablemente surge la comparación con Francia, que acaba de celebrar el bicentenario de su revolución. El concepto tradicional, como el de Hannah Arendt en su libro On Revolution, es que los franceses, o al menos los jacobinos, intentaron una revolución social que inauguraría un maravilloso orden nuevo y encarnaría «la religión de la humanidad»; y que, dada la naturaleza del hombre, ese intento estaba destinado al fracaso. Los Estados Unidos, por contraste, intentaron una revolución política que, por ser más limitada en sus objetivos, podía tener éxito (quizá al no intervenir en el orden social, ofreciendo así a la gente la posibilidad de dar salida a sus pasiones mientras el orden político hacía
las veces de mediador en la consecución de sus intereses).
Hay mucho de verdad en esta comparación. Pero la fácil división entre lo político y lo social oculta el hecho de que se intentó un nuevo tipo de orden social en este continente. En realidad, este orden puede ser la causa del «éxito» de la sociedad norteamericana, y por esto entiendo el establecimiento de una base institucional que ha protegido las libertades
individuales y ha proporcionado cierto grado de continuidad y consenso, y por lo mismo una estabilidad social, sin paralelo en la historia.
En los años veinte y treinta un gran número de regímenes parlamentarios europeos —Italia, Portugal, Austria, Alemania, España— se derrumbó y se volvió fascista o autoritario. En el último siglo, casi toda América Latina ha tenido dictaduras militares o autoritarias intermitentes. Las sociedades
de un solo partido abundan en la mayor parte de las «sociedades estables» del mundo. Empero el Reino Unido, desde el final de su guerra civil en el siglo XVII, y los Estados Unidos (con excepción de su guerra civil en la década de 1860), más un puñado de naciones más pequeñas (Suiza y
los países escandinavos), han alcanzado la estabilidad política.¿Cómo se logró esto?
Me gustaría concentrarme en el Reino Unido y los Estados Unidos. Existen algunos factores comunes obvios, de manera particular el aislamiento geográfico. Inglaterra no ha sido invadida desde 1066. Los Estados Unidos no han sido invadidos desde 1814, y sus guerras tuvieron lugar fuera de sus fronteras. Además, al desarrollarse ambos países, hubo diversas válvulas de escape para personas potencialmente descontentas, así como una creciente riqueza. En la Gran Bretaña hubo puestos administrativos o militares en el imperio para «segundones» y en Australia para los convictos; en los Estados Unidos hubo las granjas gratuitas de las leyes Homestead, educación pública gratuita, nuevas y florecientes industrias y la promesa inalterada de oportunidades para las generaciones venideras.
Otro factor común a la Gran Bretaña y los Estados Unidos ha sido menos obvio: el sistema legal. En contraste con el sistema legal continental, con sus poderosos magistrados inquisitivos, el procedimiento legal angloamericano es antagonista y hace hincapié en los derechos. El sistema legal continental busca descubrir la verdad; el sistema angloamericano trata de establecer la culpabilidad. El poder del estadoestá restringido por las facultades que creó el derecho consuetudinario y la Constitución.
¿Pero, qué decir de los Estados Unidos mismos? ¿Existe un elemento distintivo en su historia y configuración sociológica que haya contribuido a su estabilidad? Me parece que sí lo hay, y la respuesta comienza, curiosamente, con ese extraordinario metafísico alemán, G. W. Friedich Hegel.
L A T I E R R A D E L D E S E O
Para Hegel, los Estados Unidos fueron siempre la encarnación de la modernidad, «la tierra del futuro… la tierra deldeseo para todos aquellos que están cansados del histórico cuarto de trastos de la vieja Europa». Empero, Hegel también dijo, en la introducción a sus conferencias sobre la filosofía de la historia, que los Estados Unidos eran aún sólo un sueño, y al seguir la huella de las vicisitudes de la evolución histórica, en que lo racional continuamente trataba de convertirse en lo real, se retiró «al viejo mundo, el escenario de la historia mundial». En la actualidad, si tenemos presente lo que es —aun cuando no sea racional— tenemos que ocuparnos de los Estados Unidos, que son el actor principal de la historia del mundo. El siglo XX sigue siendo el siglo norteamericano. Los Estados Unidos son la primera potencia militar y tecnológica, y el dólar representa los incómodos cimientos de la economía mundial. Los Estados Unidos son el centro de los medios de información, así como Estados Unidos mercado cultural (si no el centro cultural) del mundo. Lo más importante es que siguen siendo, con el Reino Unido, una de las pocas naciones del mundo que conservan su estabilidad institucional, de suerte que los inversionistas, nacionales y extranjeros, siguen considerándolo un refugio seguro.
¿Cuál es, pues, el rasgo distintivo de los Estados Unidos, el que ha constituido su fuerza a todo lo largo de su historia? Es, sencillamente, que los Estados Unidos han sido la sociedad civil completa (para emplear un término hegeliano), quizá la única en la historia política. Hegel pensaba que Inglaterra, como nación burguesa, ejemplificaba su concepto de la sociedad civil por su énfasis en el interés individual y en el modo utilitario de pensamiento. Pera Hegel (y Marx, que vivió en Inglaterra durante casi toda su vida adulta) jamás entendió el carácter denso de Inglaterra: el simbolismo de la Corona, la fuerza de las clases hacendadas, la posición central de una iglesia establecida, el deseo de la burguesía (o de sus hijos) de pasar a formar parte de la pequeña aristocracia, el peso de la clase dirigente y el atractivo de títulos y honores; la realidad básica de que Inglaterra era una sociedad en que el orden social hereditario dominaba los órdenes político y económico.
Los Estados Unidos jamás tuvieron semejante orden social. Más bien, fueron construidos por una abigarrada diversidad de novi homines, vagabundos, aventureros, convictos, caballeros desposeídos y protestantes disidentes desde cuáqueros hasta puritanos, reforzados en el siguiente siglo por una inundación de inmigrantes de todos los países de
Europa. Eran una sociedad abierta. Cada hombre era libre de «hacerse a sí mismo» y de forjar su fortuna. Marx advertía constantemente a los radicales alemanes que no fueran a los Estados Unidos, pues sentía que la atmósfera democrática e igualitaria estadounidense suplantaría las viejas
creencias socialistas engendradas en Europa. Para estos inmigrantes, la atracción del futuro no era alguna idea cósmica y universal, sino el anhelo de ser tratados como personas y el deseo de oportunidades y progreso: característica que Marx mismo reconoció, pero sólo en las notas al pie de
página de Das Kapital (El capital), donde escribió con asombro sobre el número de personas que podían moverse libremente y cambiar de ocupación «como quien cambia de camisa, por Dios».
En el sentido de Hegel, no había «Estado» en los Estados Unidos: ninguna voluntad unificada, racional, que se expresara en un orden político, sino sólo el interés individual y una pasión por la libertad. En todas las naciones europeas (con la excepción parcial de la Gran Bretaña), el Estado regía la sociedad, ejerciendo un poder unitario o cuasiunitario
respaldado por un ejército y una burocracia. Paradójicamente, incluso sin tomar en cuenta la guerra civil, los Estados Unidos tal vez experimentaron más violencia interna y más lucha de clases que la mayor parte de los países de Europa: las luchas agrarias contra los intereses de las clases adineradas y, más particularmente, los conflictos de los trabajadores
con los capitalistas. Pero éstos no fueron intentos por tomar el «poder del Estado». Fueron primordialmente conflictos económicos contra determinadas sociedades anónimas y —en las grandes acciones sindicales de los años treinta en los renglones de la hulla, el acero, la fabricación de
autos y el caucho— contra industrias enteras. De hecho, las tremendas acciones de organización contra el poder económico empresarial de los treinta fueron emprendidas con el apoyo de la Administración Roosevelt.
Si no había un Estado, ¿qué había entonces? Para hacer una distinción semántica pero también real, había un gobierno. Este gobierno era un mercado político, un campo en que los intereses competían entre sí (no siempre con igualdad) y en que podían hacerse tratos. Casi por azar, el Tribunal Supremo se convirtió en el arbitro final de las disputas y el intérprete de las reglas que permitían el funcionamiento del mercado político, con la única salvedad de que hubiera una enmienda a la Constitución, que de nuevo era interpretada por el Tribunal. La Constitución y el Tribunal se convirtieron en la base de la sociedad civil.
El tema filosófico subyacente de la Declaración de Independencia es el de los derechos inalienables con que el Creador dotó a todos los hombres. Estos derechos fueron conferidos a individuos, no a grupos, y se crearon instituciones para representarlos y protegerlos. La Constitución fue
un contrato social aceptado por el pueblo soberano. Ha sido el contrato social más atinado de la historia, en gran medida por la debilidad o incluso la ausencia del Estado.
V I R A J E H A C I A E L P O P U L I S M O
Detrás de la Constitución se erguía una cultura política distintiva.En los primeros años de la formación del país, los estadounidenses se sabían ciudadanos de «la primera nación nueva»; no la nueva utopía cuasirreligiosa proclamada en la revolución francesa, sino una república nueva y libre fundada mediante el recurso a los principios básicos de gobierno. Paralelamente al fuerte acento republicano había una preocupación cívica (ajena al estatismo) por una especie de virtud republicana, derivada de reflexiones sobre la historia de la república romana y el deseo de evitar las enfermedades degenerativas —lucha civil engendrada por las facciones, el uso de un ejército de mercenarios y no de ciudadanos y la concentración arbitraria del poder— que habían dejado inválidas a repúblicas anteriores. Vemos esta doble preocupación —evitar tanto los peligros centrífugos de la facción como los riesgos centrípetos del poder centralizado— en The Federalist (El federalista), con sus ecos de
Montesquieu, y en los escritos de John Adams.
Se creó intencionalmente una base intelectual para este «nuevo orden». Pero a medida que la nación creció y surgieron partidos políticos-eventualidad no deseada ni prevista por los Fundadores— la competencia política estimuló el igualitarismo y el populismo que han sido las características distintivas de la política norteamericana desde 1830. Hubo
un cambio del intelectualismo y el pensamiento (el énfasis lockeano, en cierto sentido) al sentimiento y la emoción (un extraño rasgo rusoniano), pues mientras el intelectualismo implica una pretensión al mando basada en la sabiduría o el conocimiento, el pensamiento afirma el igualitarismo al apelar a un sentimiento común entre todos los hombres. Este cambio se reflejó también en un alejamiento del pasado y de Europa y un acercamiento a las tierras inexploradas del Oeste, cuyos límites se desplazaban continuamente. Todo esto estuvo simbolizado en la elección, en 1828, del general Andrew Jackson, de Tennessee, el primer presidente «del Oeste» (y la apertura de la Casa Blanca al pueblo).
El otro elemento transformador de la política norteamericana fue el imperio del dinero. Con el surgimiento de la plutocracia, el dinero pudo emplearse con facilidad para obtener influencia e inducir a una franca corrupción (situación que llegó a su apogeo durante la Administración de otro héroe de guerra, el general Ulysses S. Grant, en 1870).
El resultado de estos cambios es la extraña estructura de la política norteamericana interna de hoy, que pocos extranjeros, y no muchos estadounidenses, comprenden. El orden político norteamericano tiene dos niveles: el presidente es escogido en un referéndum plebiscitario, en que la persona, no el partido, es el centro de la identificación y el juicio,
el foco de las pasiones de las masas; al Congreso, sin embargo, se le elige para responder a los intereses de grupo, aunque hoy no necesariamente los intereses del dinero.
No es casualidad que tantos presidentes hayan sido héroes de guerra, muchos de ellos generales (desde Washington hasta Eisenhower), casi siempre elegidos inmediatamente después de una guerra, en un país que hasta hace poco nunca había tenido un gran ejército permanente. Se
consideraba a los héroes como individuos «por encima» del partido, mientras que durante los periodos de normalidad los presidentes han sido hombres sosos e incoloros como McKinley, Harding o Coolidge. (El único intelectual reconocido, Woodrow Wilson, profesor de ciencia política y antiguo presidente de la Universidad de Princeton, fue elegido en 1912 en virtud de la única división triple de la fórmulaque haya tenido importancia en la historia de los Estados Unidos, y su reelección, durante la guerra en Europa se dio porque se pensaba que podría mantener a los Estados Unidos alejados del conflicto.) Presidentes del período posterior a la Segunda Guerra Mundial como Truman, Nixon, Cárter y Reagan han sido abiertamente populistas, contendiendo contra lo que ha dado en llamarse la «clase dirigente».
La mentalidad populista también caracterizó la cultura de las ciudades pequeñas (no la cultura moderna de los medios de información), que era en gran medida religiosa: protestante, moralizadora y fundamentalista. También era, dado su énfasis en la verdad literal de la palabra bíblica, antiintelectual y antiinstitucional. Desde luego, no había tradición aristocrática o herencia artística fuerte; las artes eran trabajos manuales: simples, sencillos y utilitarios. Y la tradición católica —que en Europa dio una base intelectual firme a la teología y la dogmática, belleza a la letanía y la liturgia, y estilos distintivos a la arquitectura y la escultura, todo lo cual se fusionó con una alta cultura histórica— estuvo representado en los Estados Unidos por la iglesia irlandesa, compuesta en su mayor parte de inmigrantes y hombres que habían triunfado por su propio esfuerzo.
Así, encontramos una sociedad muy individualista y populista cuya fluida modernidad era moldeada por la vasta extensión del territorio y el imperio del dinero, y cuyas riquezas llegaban a manos de individuos vigorosos y decididos a perseguir sus propios fines. El Gobierno no ponía trabas ni al ambiente ni a la economía. En efecto, de 1870 a 1930
el Tribunal Supremo frustró muchos esfuerzos de legislación social y reglamentación, con la única excepción de las leyes antimonopolio. La libertad se definía principalmente en términos económicos individualistas. Ese era el consenso. Ese era el marco de la sociedad civil norteamericana.
En el último medio siglo han surgido en los Estados Unidos los lineamientos de un Estado —instituciones para moldear y hacer cumplir una voluntad unitaria por encima de los intereses particulares— comenzando con el New Deal de Franklin D. Roosevelt. Por lo general, el New Deal ha sido interpretado ideológicamente (por la izquierda) como la salvación del capitalismo o (por la derecha) como la institución de un «socialismo progresivo». Aunque hay algo de verdad en ambos argumentos, ninguno es muy satisfactorio. El surgimiento del Estado en la nación estadounidense no fue planeado ni ha sido en modo alguno sistemáticamente ideológico. Fue una respuesta, concebida en tiempo
de crisis, a tres cosas: aumentos en la escala de la sociedad, alineamientos políticos cambiantes y la lógica de la movilización para una guerra total.
E L C R E C I M I E N T O D E L G O B I E R N O
El problema de la escala fue fundamental. Para los treinta los Estados Unidos se habían convertido en una sociedad nacional: de 1900 a 1930 las sociedades anónimas habían empezado a operar en mercados nacionales. Pero el poder político contrarrestante estaba ineficazmente distribuido entre los Estados. Cuando la economía se vino abajo durante la Gran Depresión, la Administración Roosevelt respondió en primer lugar con la Administración Nacional de Recuperación industrial, estableciendo códigos a nivel nacionaly fijando precios a las industrias más importantes. Adoptó, de hecho, los principios del Estado corporativista, como lo habían pedido con insistencia muchos capitalistas. Cuando el Tribunal Supremo declaró inconstitucional esta medida, el New Deal empezó a alejarse de la planificación corporativista y a depender más de los mecanismos de reglamentación para controlar los mercados. El New Deal se convirtió así en una «igualación de escalas», creando instituciones políticas nacionales y reglas políticas nacionales para igualar el poder económico nacional.
La lógica de la estabilización y el control condujo a una creciente dependencia respecto al código fiscal para orientar la inversión privada, y el naciente Estado asumió la responsabilidad de promover el crecimiento económico e influir sobre la distribución de los recursos. Además, el realineamiento político interno, en que los trabajadores, los agricultores y las minorías pasaron a formar parte de la columna democrática, condujo a
subsidios agrícolas nacionales y a la protección de los grupos menos privilegiados. Más ampliamente, condujo a la idea de prestaciones sociales y a un Estado benefactor concebido para proteger a la gente de riesgos económicos y sociales.
El tercer gran impulso que recibió el estatismo fue la guerra y la política exterior. La guerra ha sido siempre y en todo lugar un motivo decisivo para crear un Estado. Enfoca las emociones contra un enemigo peligroso y requiere energía y unidad; obliga al Estado a movilizar los recursos
humanos y materiales de la sociedad.
Significativamente, las presiones externas de política exteriory los factores nacionales internos no estaban entrelazados.La política de gran potencia que caracterizaba las relaciones exteriores norteamericanas no era una respuesta refleja a las presiones nacionales (pese a los rumores de un
«complejo militar-industrial»), aunque algunas regiones y empresas inevitablemente se beneficiaron. La expansión de los subsidios y las prestaciones sociales durante la Administración Johnson no dependió de la movilización para la defensa. De hecho, al intensificarse las presiones presupuestarias, ambos tipos de gasto empezaron a competir cada vez más entre sí, lo que permitió a la Administración Reagan reducir la reglamentación, los subsidios y las prestaciones sociales en la esfera nacional, y al mismo tiempo aumentar considerablemente el presupuesto de defensa. Así, jamás hubo en realidad un Estado nacional unitario.
Todas estas actividades se reflejan en el crecimiento del Gobierno, del empleo en el sector público, de los impuestos, de la proporción del producto nacional bruto iniciada en el sector público (incluida la defensa) y —especialmente en la última década— del déficit del presupuesto federal y la deuda nacional. El nuevo estatismo se refleja también en descontentos cada día mayores. En muchas sociedades, los impuestos se consideran una adquisición de servicios públicos que los individuos no pueden comprar por sí mismos; en los Estados Unidos, sin embargo, muchas personas toman a mal los impuestos, sintiéndolos como «nuestro» dinero que «ellos» toman. La creciente reglamentación de todas las áreas de la vida económica y social ha creado resentimiento contra 0la intrusión del Gobierno.
U N A S O C I E D A D C I V I L M O D E R N A
Es evidente que el problema del «Estado» se ha vuelto vital para la teoría y la práctica políticas, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. La cuestión de las relaciones Estado-sociedad, del interés público y el apetito privado, será claramente el problema descollante del Gobierno en
las décadas venideras. Y con la expansión de la escala de las actividades económicas y políticas, el Estado nacional se ha vuelto demasiado pequeño para los «grandes» problemas de la vida (por ejemplo, las marejadas de los mercados de capital y divisas) y demasiado grande para los «pequeños » problemas (por ejemplo, los de vecindad y comunidad).
La política exterior, que una vez forjó la unidad, ahora incita a desacuerdos pues la idea de un interés nacional sistemático ha perdido fuerza, en tanto que las pasiones ideológicas siguen emergiendo y decayendo. La idea de una economía administrada ha perdido credibilidad ante las dificultades de la «sintonía fina», y ha habido un regreso a los
mecanismos del mercado. En la mayoría de la sociedades, las burocracias se han vuelto demasiado centralizadas y onerosas. En forma creciente, los individuos desean ocuparse del bienestar social, el ambiente y la calidad de vida en un nivel en que puedan controlar las decisiones. De hecho,
resulta notable que en un país tras otro la idea de que la sociedad civil, y no el Estado, debe constituir el ámbito principal de las actividades políticas ha pasado a ser un tema importante de estudio y debate, ahora que las viejas ideologías han desaparecido.
En los últimos años vemos, pues, el retorno de la idea de la sociedad civil. Pero, ¿de qué tipo? Para Hegel, la sociedad civil se caracterizaba por un interés propio anárquico: un individualismo económico que había destruido las instituciones tradicionales de la familia y el pueblo, pero no podía remplazarlas con Moralität, las abstractas creencias racionales en una voluntad unificada y universal. Hegel se equivocó en su romántico y exagerado contraste entre el tradicionalismo sin mediación y el utilitarismo egocéntrico y apetitivo; contraste que sólo un Estado podía dominar. Sin embargo, este romanticismo ha corrido como un hilo escarlata por el pensamiento alemán. En las ciencias sociales nos ha dado la sencillez de la dicotomía Gemeinschaft/Gesellschaft (comunidad/sociedad). En filosofía y política nos ha dado la visión, encarnada en la lealtad de Heidegger hacia los nazis, de un heroico Volkstum y Staatstum en orden de batalla contra el odiado comercialismo de la sociedad burguesa. (En alemán, se emplea un solo término para designar a la sociedad civil y a la «sociedad burguesa»: bürgerliche
Gesellschaft.)
La demanda de un retorno a la sociedad civil es la demanda de un retorno a una escala manejable de vida social, particularmente en aquellos aspectos en que la economía nacional ha quedado inmersa en un marco internacional y la política nacional ha perdido cierto grado de independencia. Hace hincapié en las asociaciones voluntarias, las iglesias
y las comunidades, argumentando que las decisiones deben tomarse a nivel local y no deben estar controladas por el Estado y sus burocracias. ¿Utópico? Tal vez, pero más probable ahora gracias a las nuevas tecnologías, con su promesa de una industria descentralizada y empresas más pequeñas.
Este concepto de una sociedad civil no significa una vuelta a la idea europea tradicional de humanismo cívico o virtud republicana. La virtud republicana clásica (que no es el republicanismo de Adams o Jefferson) se basaba en la idea de que la comunidad tenía siempre preferencia sobre
el individuo. El bien común era un bien unitario. Pero una sociedad civil moderna —heterogénea y con frecuencia multirracial— tiene que establecer reglas diferentes: el principio de tolerancia y la necesidad de que las comunidades plurales convengan en reglas que rijan los procedimientos dentro del marco del constitucionalismo.
Todos estos temas ocupan hoy a los filósofos políticos.
Sin embargo, la existencia real de la sociedad civil ha sido un fenómeno distintivamente norteamericano, moldeado en sus inicios por los variados impulsos del individualismo vigoroso y el populismo radical. Empero, en la medida en que se requiere una renovada apreciación de las virtudes de la sociedad civil a fin de definir un nuevo tipo de orden social que limite al Estado y realce los propósitos individuales y de grupo (alcanzando por ello los objetivos del liberalismo), se trata también de un episodio más en la larga historia de la excepción norteamericana.
Quién o qué es Shakespeare? Puede parecer fácil hablar sobre Shakespeare cuando hay tanto escrito sobre su obra, cuando es un autor tan estudiado, tan representado y leído, quizá el más estudiado y traducido en todo el mundo (y digo quizá porque tales superlativos ciertamente se aplican a la Biblia), pero con toda seguridad el más escenificado y leído en todas las latitudes e idiomas. Sin embargo, no deja de ser un desafío intentar definir una figura de tal magnitud y justificar tal canonización a las alturas del arte. ¿A qué viene tanta loanza? Es fácil sospechar que la mitificación shakespeariana es fruto de un concienzudo y eficaz plan de marketing.
Shakespeare es, ciertamente, objeto de consumo (pongamos como ejemplo las gomas de borrar y lápices con la efigie del «cisne del Avon» que se venden en los puestos turísticos) y materia prima de la industria editorial (todo un filón inagotable para llenar papel impreso y bits electrónicos con su obra y con lo dicho sobre su obra). Podemos decir que si hoy Shakespeare vende, si miles de turistas invaden su villa natal (ticket para función vespertina incluído), se debe a su aureola de mito y a ese mecanismo que lleva al género humano a hacer largas colas para ver lo que han conseguido presentarle como un mítico transatlántico y su mítico hundimiento. Pero si Shakespeare vende, es porque el mito se sustenta en algo a todas luces admirable e imposible de hundirse mientras el hombre sea hombre y, por tanto, nunca defrauda ni al lector ocasional, ni al aficionado espectador (aunque ahora pienso en aquel amigo que se decepcionó con Hamlet después de ver la versión de Zeffirelli -el Hamlet de Mel Gibson, como me decía él-). Ese algo admirable lo podemos llamar genio, grandeza, milagro (divinidad ya se la adjudicaron a la Commedia de Dante), y aunque puedan sonar a palabras trilladas, a retórica de marketing, el de Shakespeare es de los pocos, poquísimos, casos en los que no son exageración, en los que el «mito» se corresponde con la realidad. ¿Y por qué es tan grande? Los estudiosos saben explicarlo como confluencia de varios dones y cualidades artísticas, y les podrán decir que sus obras demuestran agudeza de ingenio, fuerza poética, maestría con las palabras y las imágenes, intuición; que esta rareza técnica está al servicio de temas y situaciones plena y profundamente humanos (impulsos, conflictos, deseos, emociones…); y que, además, todas estas mezclas se presentan admirablemente en una forma artística tan mágica, tan viva y tan humana como es el teatro; poner sobre un escenario ante seres humanos a unos seres humanos que fingen ser personas para hacer de seres humanos y hablar bellamente, estremecedoramente, sobre ello. Sí, los estudiosos tienen razón. No sé dónde escribí que quizá el secreto de la magia de Shakespeare residía en que no hay nada en Shakespeare que no sepamos nosotros mismos: sus personajes y sus obras nos confirman que desde la mirada que confiere el teatro, los sentimientos inconfesables que nos turban son viejos como la farsa misma, que todo es un juego, una provocación, una «comedia de errores», donde todo es posible. Ahora explicaría además su grandeza diciendo simplemente que es el mayor fabulador, el mayor genio en juntar palabras que llenan un escenario, en sintaxis dramática. No es un escritor, aunque lo sea; no es poeta, aunque lo sea (innecesario es recordar sus sonetos o «El Fénix y la tórtola’). Es un poeta dramático, que no es lo mismo. Es poesía, arte de la palabra, y teatro, arte del espejo de lo humano. Con sus sonetos, Shakespeare era famoso y venerado en su época, al igual que Lope. Pero su obra dramática es tan grande que es inconmensurable. Todos los grandes dramaturgos saben hacer teatro (Lope, Marlowe, Calderón, Moliere), pero ninguno ha conseguido la forma de alta artesanía escénica. Con sólo lo escrito hasta la mitad de su carrera dramática -pongamos un término medio en Hamlet, escrita entre 1600 y 1601-, Shakespeare habría dado suficientes muestras de genialidad: cómo reescribir, como hiciera su maestro Marlowe, la crónica de un rey medieval en tragedia personal con versos sonoros en Ricardo III (maravillosa lección retórica en la que un asesino consigue seducir a la mujer de su víctima); el espectáculo de ingenio en Trabajos de amor perdidos; cómo convertir una historia popular de amantes que pertenecen a familias enemigas en una de las mejores tragedias en Romeo y Julieta:, el lirismo y la fantasía de Sueño de una noche de verano; el equilibrio entre lo trágico y lo cómico y la indefinición entre el malvado o la víctima en Shylock y El Mercader de Venecia; la bondad profunda de Falstaff; Julio César; los deliciosos juegos de ambigüedad en Como gustéis, y Noche de Reyes; o la manera inimaginable de transformar una historia de venganza al estilo senequista (en la que muere hasta el apuntador en la última escena), en el drama dialéctico del hombre cuando quiere saber el porqué de lo que hace o debe hacer, en Hamlet. Con todas ellas tendríamos a un gran autor, y a una gran obra tratando cuestiones imperecederamente humanas: la relación entre realidad y apariencia, entre lo privado y lo público, el amor en sus diversas expresiones, el odio, la perfidia, el tiempo, la venganza y el resentimiento, la falta de conocimiento y dominio de sí mismo. Pero aún quedan Lear, Othelo, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Coriolano, tremendas obras en las que ahondaría como nadie en las paradojas de la imperfección humana, y en la necesidad de aceptarla, o El cuento de invierno, La tempestad, enternecedoras historias que rebosan esperanza en el hombre cuando actúan la reconciliación y el paso del tiempo para permitir que la renovación generacional supere los errores de los padres. Y no sólo esto, no, no sólo es filosofía; es expresar todo esto en sintaxis y decorados de palabras de la manera prodigiosa en la que está expresado (por eso recordamos hoya los jóvenes amantes que Shakespeare moldeó en Romeo y Julieta y no a los Mateo Bandello, Luigi da Porro o Lope de Vega). No me extraña que el polémico Harold Bloom afirme que Shakespeare está en el centro del canon literario occidental, e incluso que Shakespeare es el canon. No sé si yo llegaría a esos extremos, pero a mí no me resulta exagerado afirmar que Shakespeare es el teatro.