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Ver productosConsidero que hay dos aportaciones esenciales del teatro a la vida de Karol Wojtyła: el descubrimiento de la palabra (no hay que olvidar que el cristianismo no es más que la religión de la Palabra encarnada, lo cual se parece bastante, mutatis mutandis, a una definición del teatro mismo), y la capacidad de la palabra, de la cultura, como fuerza transformadora del mundo, como manera de resistir ante la violencia: «no dejarse vencer por el mal, sino vencer al mal con el bien» (Rom. XII, 21). Estas aportaciones no han sido meramente teóricas, sino que tuvo ocasión de poner-las en práctica por primera vez durante la terrible ocupación nazi y a lo largo de su vida, ya que, en cierta forma, la idea de la palabra como fuerza transformadora del mundo acompañará a Juan Pablo II en todo su pontificado.
Karol Wojtyła confiesa que en su juventud «estaba fascinado sobre todo por la literatura, en particular por la dramática, y por el teatro. A este último me había iniciado Mieczyslw Kotlarczyk, profesor de lengua polaca» (Don y misterio, pp. 18-20). Mieczyslw era un hombre de una sola idea: el teatro. Le seducía el poder que tienen las palabras, no solo de comunicar una idea, sino de provocar una emoción […]. El lenguaje, según tal interpretación, cobraba vida en la intimidad creada por el que hablaba y el que escuchaba. La tarea del actor era introducir al oyente en esa intimidad, minimizándose a sí mismo hasta el punto en que la verdad de la palabra hablada llegara a trabar contacto con el oyente. Kotlarczyk quería crear un «teatro de la palabra interior» en el que trama, vestuario y otros elementos habitualmente asociados al teatro quedaran reducidos al mínimo. Lo que contaba era lo que tenía lugar en la conciencia de la audiencia, que se tornaba posible gracias a la destacada y abnegada disciplina de los actores (sin duda, considero que sería interesante estudiar más esta concepción del teatro, y especialmente compararla con la propuesta de «teatro pobre» de su compatriota Grotowski).
Para Mieczyslw Kotlarczyk la función del actor no era muy distinta de la del sacerdote: la de abrir, mediante el material que nos provee este mundo, el reino de la verdad trascendente. Su «teatro de la palabra interior» actualizaría verdades y valores morales universales (Weigel, pp. 6566). Las incipientes teorías de Kotlarczyk y la inmersión de Wojtyła en la literatura del romanticismo polaco fueron, seguramente, la semilla de las futuras reflexiones sobre las relaciones entre emoción e intelecto, entre nuestras percepciones de la realidad y la verdad de las cosas, así como del poder de la palabra de transformar la historia a pesar de los enormes obstáculos materiales.
Pero volvamos a la juventud de Wojtyła sumergida en actividades teatrales. Al finalizar el curso académico de 1938-1939, el primero de universidad, interpretaría el papel de Sagitario en una fábula fantástica, El caballero de la luz de la luna, producida por la compañía dramática experimental que sería conocida como Estudio 39. La obra fue representada en el patio del Collegium Maius. El actor más importante de Polonia, Juliusz Osterwa, se hallaba entre el público. Impresionado, invitó a los estudiantes actores a su casa y les propuso seguir en contacto (Weigel, pp. 69-70).
Sin embargo, este incipiente y prometedor futuro artístico sufrió en sus carnes, como toda Polonia, la dentellada cruel de la invasión nazi: el 1 de septiembre empieza la invasión de Polonia y, con ello, la Segunda Guerra Mundial. Para entender la actividad teatral de Karol Wojtyła durante este periodo, es preciso comprender que esta invasión no fue solo una guerra militar, sino que se trataba de un intento radical de eliminar la cultura polaca con el cierre de las universidades y de centros de enseñanza secundaria, con la persecución y asesinato de intelectuales y con la represión de la misma lengua polaca. A los polacos solo se les enseñaría a contar hasta cien y a leer lo suficiente para obedecer instrucciones simples. La participación en actividades culturales polacas se consideraba ofensa capital. El gran teatro Slowacki de Cracovia cambió su nombre por el de Staatstheater, y quedó reservado par el uso de los alemanes. Se prohibió la interpretación de obras de Chopin. Los alemanes demolieron sistemáticamente bibliotecas y otros depósitos de la memoria polaca Todo ello facilitado por el «buen hacer» del gobernador alemán Hans Frank, definido con acierto como «un gángster que se las daba de intelectual», entre cuyas órdenes figuraba el siguiente plan: «Cualquier vestigio de la cultura polaca debe ser eliminado. Los polacos con cierta apariencia nórdica serán llevados a Alemania para trabajar en nuestras fábricas. Los niños con facciones nórdicas serán separados de sus padres y educados como obreros alemanes. En cuanto al resto, trabajarán. Comerán bien poco. Y acabarán por morir. Nunca volverá a existir una Polonia» (Weigel, p. 83).
Un ejemplo de este intento de aniquilación cultural fue lo ocurrido la mañana del 6 de noviembre de 1939. La universidad Jagelliana —la más antigua de la Europa del Este, que albergó entre sus paredes al propio Copérnico— había decidido abrir sus puertas en octubre, pese a la ocupación alemana. Ese día se anunció una conferencia para los profesores y el personal académico que sería impartida por el dirigente de las SS, Müller. Asistieron 184 académicos, cuyo destino conocieron al ver entrar a Müller escoltado por un pelotón de soldados. Todos los académicos fueron arrestados y enviados al campo de concentración de Sachsenhausen, donde muchos de ellos morirían. Las bibliotecas y laboratorios de la universidad fueron también destrozados.
Por desgracia, la nación polaca conocía ya otros intentos de exterminio de su identidad (desde 1795 hasta su independencia en 1918, la nación fue repartida y sometida a diversas potencias). Explicaba Juan Pablo II en su discurso ante la UNESCO (2 de junio de 1980) «que incluso cuando los polacos fueron despojados de su territorio y la nación fue desmembrada [se refiere a la repartición del siglo XIX], no decayó en ellos el sentido de su patrimonio espiritual y de la cultura heredada de sus antepasados. Más aún, estos se desarrollaron con extraordinario dinamismo. Es notorio que el siglo XIX representa en cierta medida la cima de la cultura polaca» (Memoria e identidad, p. 78). «No se puede dejar de constatar que este periodo extraordinario de madurez cultural durante el siglo XIX preparó a los polacos para el gran esfuerzo que les llevó a recuperar la independencia de su nación. Polonia, desaparecida de los mapas de Europa y del mundo, volvió a reaparecer a partir del año 1918 y, desde entonces, continúa en ellos. No logró borrarla ni siquiera la frenética borrasca de odio desencadenada de oeste a este entre 1939 y 1945» (p. 79).
Es precisamente en estos años de ocupación nazi cuando la actividad dramática de Karol Wojtyła alcanza su culminación. Empieza a escribir varios dramas, empezando con David, obra hoy perdida, escrita en 1939, un «poema dramático, o drama, en parte bíblico, en parte enraizado en la historia polaca». En 1940 escribe Job, sobre la justicia, representando también el sufrimiento de Polonia bajo el yugo nazi. Y unos meses más tarde, en el verano de ese mismo año, Jeremías, de temas similares pero que supuso un avance dramático notable del joven escritor (Weigel, p. 97).
Durante esos meses estará en contacto con Osterwa, el actor polaco que había conocido antes de la guerra. Y a partir de 1941, de modo muy especial con su antiguo maestro Mieczyslw Kotlarczyk, que con su mujer había sido acogido por los Wojtyła en su casa de Cracovia.
Mientras Kotlarczyk trabajaba de conductor de tranvías y Karol es obrero en la planta química Solvay, llevan a cabo su «teatro del mundo», una protesta contra la exterminación de la cultura de la nación polaca en su propio suelo, una forma de movimiento de resistencia clandestina contra la ocupación nazi (p. 100).
El Teatro Rapsódico empezaba así, con un grupo de estudiantes, hombres y mujeres de apenas veinte años su mayoría. Los ensayos tenían lugar los miércoles y sábados a última hora de la tarde, entre el final de la jornada laboral y el toque de queda. A veces a la luz de las velas, si había corte de suministro eléctrico.
La primera producción fue El rey Espírit, de Slowacki, que representarían cuatro veces a partir de ese 1 de noviembre de 1941. Karol Wojtyła asumió el papel del rey Boleslao el Bravo, que ordenó la muerte de san Estanislao. Wojtyła confirió al papel del rey villano un nuevo cariz, interpretándolo como si se tratara de un hombre preparándose para la confesión, años después de cometer el crimen.
Las producciones se sucedieron entre 1942 y 1943: Beniowski, de Slowacki; un ciclo de poesías de Jan Kasprowicz, Himnos, que fue interpretada como un oratorio de la Pasión. La hora de Wyspianski, una producción formada a partir de segmentos de tres obras de Wyspianski, y un montaje similar de poemas, La hora de Norwid. Y el Pan Tadeusz, de Mickiewicz. La última obra en la que participó Karol Wojtyła fue Samuel Zborowski, de Slowacki; en la que interpretó el papel de protagonista de un noble polaco del siglo XVI que se rebela contra la clase dirigente de su tiempo.
Según recuerda el propio Juan Pablo II, «las representaciones tenían lugar ante un grupo reducido de conocidos e invitados, que demostraban un interés específico por la literatura y eran, de algún modo, iniciados. Era indispensable mantener el secreto sobre estos encuentros teatrales, pues de lo contrario se corría el riesgo de graves sanciones por parte de las autoridades de la ocupación, sin excluir la deportación a los campos de concentración» (Don y misterio, p. 24). En alguna ocasión, esos momentos de teatro simbolizaban con especial fuerza los dos poderes que luchaban entre sí: sobre el escenario, la representación de Pan Tadeusz, mientras de la calle llegaba al público el sonido de los altavoces nazis que pregonaban las atrocidades de su ejército.
Es sorprendente la gran producción clandestina de este grupo, teniendo en cuenta la persecución de la Gestapo, con la necesidad de cambiar de lugar de ensayos, además del riesgo cierto de fusilamiento en caso de ser apresados. Pero no se trataba de un pasatiempo, sino de una forma de resistencia. Su propósito era claro: «salvar nuestra cultura de la ocupación y contribuir a restaurar el alma de la nación, lo cual se erigía en condición previa a su resurrección política» (p. 101).
Posteriormente, Karol Wojtyła abandonó su actividad en el Teatro Rapsódico, pues decidió hacerse sacerdote (con gran dolor de su maestro, que veía el gran actor en que podía convertirse), para lo que ingresó en el seminario clandestino de Cracovia (p. 27), otra nueva forma de jugarse la vida en aquellos años. Como él mismo recordaba, «he de admitir que toda aquella experiencia teatral ha quedado profundamente grabada en mi espíritu a pesar de que en un cierto momento de mi vida me di cuenta de que, en realidad, no era esa mi vocación».
El Teatro Rapsódico continuó después de la guerra hasta que fue cerrado en 1953 bajo la fuerza del estalinismo en Polonia. Reabierto en 1957, sobrevivió hasta 1967, cuando el régimen comunista volvió a cerrar sus puertas (Weigel, p. 1165, nt. 92).
No obstante, Wojtyła —a pesar de sus trabajos pastora-les y de su labor docente de filosofía— prosiguió hasta el final de su vida cultivando sus dotes literarias, a través de la poesía y el teatro. En concreto, escribió dos nuevas obras teatrales: El hermano de nuestro Dios y El taller del orfebre, ambas publicadas bajo pseudónimo. Esta variedad de modos de acceso a la realidad (filosófico, literario, artístico, existencial…) es frecuente en la corriente filosófica del personalismo, a la que se adscribe Juan Pablo II. Esta actitud se apoya en la convicción de que la experiencia humana es muy rica y no se puede reducir a un único análisis, por lo que la literatura (y, en concreto, el teatro) se considera una nueva forma de acceso al hombre, que ofrece ámbitos distintos de los que alcanza la indagación filosófica.
La experiencia del «teatro de la palabra viva» (Don y misterio, p. 24) causaría una profunda huella en el alma del joven Karol, cuyos instintos literarios le habían inclinado ya a la visión de que el «verbo», la palabra, era capaz de alterar lo que el mundo del poder consideraba hechos inalterables, siempre y cuando esa palabra se proclamase con claridad, honradez y fuerza suficientes.
Hay quien ha sugerido que, enfrentado al horror de la Polonia ocupada por los nazis, Karol Wojtyła se refugió en un religioso estatismo. Algunos jóvenes polacos eligieron la resistencia armada o el sabotaje clandestino. Ciertas pruebas nos demuestran que Karol Wojtyła eligió de forma deliberada el poder de la resistencia a través de la cultura, del poder de la palabra, en la convicción de que el mundo se vuelve hacia el verbo (en términos cristianos, el Verbo). Aquellos que cuestionan la elección que realizó también cuestionan su juicio sobre el poder del Verbo y las palabras (Weigel, p. 103). Quizá sea este el origen de otra de las convicciones fundamentales, reiteradamente enunciada a lo largo de su pontificado, la necesidad de que la fe se haga cultura, pues «una fe que no se hace cultura es una fe no plenamente acogida, no totalmente pensada, no fielmente vivida».
Esta visión del teatro, del poder transformador de la cultura, fue para Juan Pablo II un punto de encuentro y diálogo con artistas e intelectuales, incluso con algunos que no compartían la fe católica ni sus enseñanzas magisteriales, pero que podían compartir con él la afirmación de Dostoievski: «Se ha dicho, con profunda intuición, que la belleza salvará al mundo», que el Pontífice recoge en su Carta a los artistas, 4-IV-1999).
Esta obra reafirmando la esencia, origen y evolución de la Nación española aparece en un momento muy oportuno, cuando se ha presentado el concepto Nación como una entidad cuestionada y cuestionable. Aunque originariamente la redacción del libro tiene antecedentes previos a tal dislate, la conclusión de los últimos capítulos se ha realizado coincidiendo estas opiniones, cuyo criterio generosamente, hemos de considerar como fruto de la improvisación, el desconocimiento y un voluntarismo digno de mejor causa.
Pero entremos en la consideración del libro, dotado de un brillante prólogo del ilustre administrativista Santiago Muñoz Machado, que además de entrar en los contenidos, reitera su postura intelectual sobre la existencia de la Nación y el Estado. El contenido de este libro es un jalón más, de ahí la palabra contenida en el título, de los historia de la Nación, el territorio y el Estado referidos a España. No es Enrique Orduña un autor novel en estos campos, prácticamente desde hace veinticinco años se ha dedicado a estudiar la evolución de la organización territorial del Estado en España, en ocasiones con otros autores y la mayoría de las veces en solitario, como podemos comprobar, su bibliografía sobre estos temas alcanza casi el centenar de títulos, entre libros, artículos, ponencias, etc. Desde un temprano El regionalismo en Castilla y León (1985) hasta la obra que hoy comentamos.
En el interregno, su atención se fijó especialmente en el escalón más bajo de esta organización territorial española: el municipio y su historia, sobre el que ha realizado algunas obras con lideradas claves para el estudio doctrinal de las entidades locales, este es el caso de Democracia directa Municipal. Concejos y Cabildos Abiertos (1994), Intendentes e Intendencias (1998), Municipios y Provincias (2003) o Historia del Municipalismo Español (2005). Probablemente porque el tema local se agotó en la práctica con tales aportaciones, consideró la oportunidad de volver a estudiar los escalones superiores de la organización territorial, nunca abandonados, pero pospuestos una y otra vez ante objetivos más inmediatos. El caso es que, como afirma el autor en su introducción, el armazón de los primeros capítulos se formó en los últimos años del siglo XX.
El núcleo central responde al título de la Nación española y la existencia desde la edad media de Hispania, un concepto como dice Muñoz Machado en su prólogo, fe-lizmente recuperado por san Isidoro de Sevilla, cuando entre el 619 y 624 escribió su Historia Gothorum Vandolorum Suevorum con una emocionada Laus Spaniae que la antecede. Esta realidad fue enfatizada por cronistas y reyes que lamentaban la pérdida de la España en 711, tratada de reconstruir a lo largo de toda la Edad Media, materializada en la España cristiana, aglutinada en los cinco reinos y que a fines del siglo XV coincidieron en el marco de la Monarquía Hispana.
No estamos ante una Historia de España al uso ni tampoco de un manual didáctico; el autor, a partir del armazón histórico, lo interpreta desde la perspectiva de la Nación como figura espacial de toda la obra. Dedica los dos primeros capítulos a la diversidad del concepto de Hispania desde sus orígenes: romanos, visigodos, la ruina y destrucción del 711, el largo y lento camino de la reconstrucción, con el origen de los cinco reinos, la crisis del califato, los reinos de taifas, y desde las Navas de Tolosa en 1212 los sucesivos procesos de unidad territorial, en los que se perfilaban los antecedentes medievales de la Nación española.
Los capítulos tercero y cuarto reflexionan sobre la creación, la grandeza y la crisis de la Monarquía Hispana. Para entonces el concepto de Nación, referido a dicha figura política, era algo más que una simple entelequia. Fueron manifiestas las aportaciones culturales del Renacimiento a la idea de España, soportadas por una lengua, dotada de fuerza esplendorosa, cuya expansión y desarrollo no se ha detenido, hasta constituirse en el siglo XXI en el segundo idioma hablado en el mundo después del inglés.
Simultáneamente se consolidó un territorio, que saltando de los límites peninsulares e insulares adyacentes se extendía por Europa, América, África, Asia y Oceanía, incluso entre 1580 y 1640 Portugal y sus colonias se integraron en la Monarquía Hispana. Fueron también los años de Olivares y del fracaso de su modelo centralista. El concepto de Nación pasó de las crónicas a la literatura y fue asimilado por los pensadores, juristas y literatos de los siglos XVI y XVII, perfilando en los conceptos de Nación y Patria en la España del Renacimiento y Barroco una síntesis de las figuras de Vitoria, Mariana, Furio Ceriol, Quevedo, Calderón, Gracián, Saavedra Fajardo, Mártir Rizo, etc., y su forma de entender un concepto aún situado en el estadio filosófico.
El cambio de dinastía en los albores del siglo XVIII supuso el acceso de los Borbones a la corona de España, la configuración del Estado español emergente y sobre todo la consolidación de la Nación como un ente que superó los contenidos literarios para entrar en los políticos y sociales. Las consecuencias inmediatas de la guerra fueron la unidad jurisdiccional, las consiguientes derogaciones forales y el cambio constitucional. Pero además se produce la consolidación territorial de la Nación española, como desarrolla el autor en seis capítulos correspondientes a los cuatro Borbones que reinaron durante los cien años siguientes.
La Ilustración y el reformismo son los dos pilares sobre los que se asienta todo el proceso de reconstrucción política, por lo que en los capítulos noveno y décimo ya se habla de la consolidación de la Nación española, primero planteada por los juristas, seguido de una nueva interpretación de la historia y la aparición de una incipiente Cultura Nacional, Biblioteca Nacional, Reales Academias, etc., sin faltar una referencia a las Sociedades Económicas de Amigos del País, incluyendo una reflexión sobre las aportaciones histórico-políticas del momento actual al concepto de Nación en el siglo XVIII, reiterando la importancia de este acervo bibliográfico.
La Nación española era un término de uso habitual por los altos funcionarios ilustrados del momento desde Ensenada a Jovellanos y muy especialmente los fiscales del Consejo de Castilla, Campomanes y Floridablanca, que reiteran en todos los documentos políticos y económicos surgidos de su pluma o en los que inspiraban en su acción de gobierno. Patria y Nación son utilizadas alternativamente en una terminología no sólo aceptada, sino utilizada por toda la población española del siglo XVIII.
En el capítulo décimo, describe la generalización del concepto Nación en el pensamiento político e intelectual del momento, pues no solo en los ámbitos culturales, sino en los mencionados administrativos e incluso en los políticos, era utilizado habitualmente, tanto para analizar las causas de la decadencia como en la introducción de mecanismos correctores de las deficiencias. Para esta empresa menciona la actuación de Macanaz y Campillo, el padre Feijoo, Mayans, Nipho, Miguel Antonio de la Gándara, Cadalso, Forner, León del Arroyal y Jovellanos. Evidentemente, la Nación era un principio recurrente ampliamente difundido en la sociedad española, mucho antes de que se formulase por los revolucionarios franceses de 1789, por lo que cierra el capítulo con una referencia al concepto de Nación formulado por Sieyés en 1789.
En mayo de 1808, la resistencia del pueblo español frente a las ambiciones napoleónicas, hizo posible el hecho material de la Nación en armas, como se definió entonces y ahora. Fue también la hora de actualizar la sociedad y la política española, de introducir la renovación y los cambios que demandaba esa sociedad desde el siglo XVII. El momento era oportuno y de vital necesidad, pues la crisis de las instituciones del Antiguo Régimen en 1808 las había hecho inservibles, a lo que se unió la ausencia de un poder legítimo después de las renuncias de Bayona, de-tentado en aquel momento por José Bonaparte y soportado por las bayonetas francesas, episodios a los que se refiere el autor, en el capítulo duodécimo, así como a la Constitución de Bayona y la división de los intelectuales y políticos españoles en afrancesados y patriotas.
En aquellas circunstancias de desamparo y quiebra institucional la soberanía fue asumida por la Nación, a través de sus mecanismos de actuación, primero las Juntas provinciales, central y la Regencia, con la convocatoria de unas Cortes consagradas como depositaria de la soberanía del pueblo español y que a lo largo de dos años redactaron la Constitución promulgada el 19 de marzo de 1808. Ampliamente conocidas las vicisitudes de la convocatoria, para lo que cita la obra clásica de Suárez Verdaguer y sus discípulos hasta la reciente de Artola y Flaquer, así como la redacción del texto por la Comisión de Constitución y por las Cortes, que no olvidemos coincidían con el ejercicio de las funciones gubernamentales cotidianas de la Es-paña libre del ejército francés. Todo el conjunto es tratado en este libro desde la perspectiva de la Nación, considerada como el eje principal de la Nueva Ley Fundamental.
Es categórica la esencia constitucional del principio Nación, que en 1812 pasa de ser un estadio cultural, social y administrativo a adquirir la fuerza garantista de la Constitución, así veremos que en el capítulo primero dedicado a «La Nación Española», ya no hay ninguna duda sobre su existencia y realidad institucional, corroborada en los cuatro primeros artículos del texto: «La Nación española es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios» (1.º), «La Nación española es libre e independiente y no ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona» (2.º), «La soberanía reside esencialmente en la Nación y por lo mismo le pertenece exclusivamente el derecho de establecer sus leyes fundamentales» (3.º), «La Nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la componen» (4.º).
Sí este capítulo primero no fuese lo suficientemente categórico, dice el autor que, hasta en veinte ocasiones aparece en el texto Constitucional la Nación como sujeto primordial del artículo correspondiente, más de la mitad en los primeros Títulos. En la mayoría de los casos resultan significativos los debates que suscitaron su redacción definitiva, como en el último párrafo del artículo 3.º sobre la facultad de la Nación para establecer sus leyes fundamentales, discusión en la que participaron, en contra, el obispo de Calahorra, y a favor, los diputados Aner y Muñoz Torrero. Otros artículos no fueron objeto de debates tan intensos, pero en general la mayoría de las intervenciones definían a la Nación como «el conjunto de todos los españoles».
A propósito de los cambios institucionales introducidos los considera el autor como definitivos, pues suponían la ruptura con el Antiguo Régimen y la soberanía nacional era la piedra claves sobre la que se sostenía todo el sistema constitucional de 1812, junto a ella el principio de la división de poderes y el artículo 14.º que definió el gobierno de la Nación española como «una Monarquía templada hereditaria». La organización de los tres poderes, ejecutivo, legislativo y judicial marcaron la pauta del contenido constitucional, para entrar a definir los derechos y libertades del individuo, el sistema electoral, la Corona, Ayuntamientos y Diputaciones, el tratamiento de la Hacienda, la reorganización del ejército y la instrucción pública.
Existe un aspecto que el autor no podía obviar, y es el del artículo 12.º, objeto de importantes debates, referente a la Religión de la Nación española que «es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera». Pero no fue sólo el reconocimiento y una tajante exclusión de la observancia de cualquier otra religión, sino que a lo largo del articulado están presentes los principios de la religión católica y su culto. En este sentido, recuerda Enrique Orduña, las múltiples imputaciones de irreligiosidad atribuidas a la Constitución de 1812 y a la generalidad de sus redactores, a lo largo de los años por sectores políticos y sociales arcaicos, nada más lejos de la realidad, no solo por la numerosa presencia de eclesiásticos entre los diputados doceañistas, sino por una revisión de los contenidos y referencias religiosas que se prodigan a lo largo del texto, comen-zando con el preámbulo en el que se invoca el nombre de «Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor y supremo legislador de la sociedad», principios que se reiteran en la mayoría de los textos Fundamentales del siglo XIX.
El último capítulo está dedicado al análisis del concepto Nación después de la Constitución de 1812, después de superar el estadio histórico-teórico para entrar en el institucional del mayor rango, no superado por otro, ni por la forma de Estado o su organización y configura una situación que se mantuvo con diversa asiduidad en los textos fundamentales que estuvieron en vigor hasta 1978. Estos planteamientos los define como la Nación en la Historia Constitucional española y la consolidación del Estado liberal. Por tanto analiza la presencia de la Nación en el Estatuto Real, la Constitución de 1837, la moderada de 1845, la no promulgada de 1856, la de 1869, la inédita de 1873, la de 1876, la republicana de 1931 y finalmente la de 1978.
Es necesario hacer una previsión sobre la omisión de esta cuestión central en la Constitución de 1931, que rompió por partida doble dos tradiciones, la liberal española al no emplear el concepto soberanía nacional, consagrada en nuestro Derecho constitucional y al no incluir en el preámbulo la palabra Nación se quebraba la tradición constitucional española, incluidos los textos doctrinarios en los que se afirmó siempre que España es una Nación.
La doble omisión fue objeto de un importante debate protagonizado por los diputados Royo Villanova e Iglesias, que se opusieron con argumentos históricos, jurídicos y políticos a tal olvido, sobre el que pesaba la sospecha de influencias periféricas. Recoge Orduña las críticas aporta-ciones doctrinales de los dos juristas más cualificados del momento: don Adolfo Posada y don Nicolás Pérez Serrano, incluyendo la opinión de don Ramón Menéndez Pidal, que consideró aquella supresión lastimosa «el desmoronamiento de la Nación española que se tambalea para convertirse en simple Estado».
Estas ausencias se han corregido en la Constitución Española de 1978, que declara expresamente en el artículo primero, que la «soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado», y el artículo segundo reconoce que «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas».
Aunque el término Nación fue cuestionado por alguna fuerza política minoritaria, el verdadero debate se centró sobre el alcance de la palabra nacionalidades, referida a las regiones que reuniesen diversas particularidades históricas, lingüísticas o culturales. El autor describe esquemáticamente las discusiones y la tramitación parlamentaria de esta cuestión, de la que sin duda se han deducido conflictos no deseados ni previstos por los constituyentes, y entiende que nos encontramos con algo más que una cuestión semántica y advierte de los riesgos que conlleva a medio plazo la posibilidad de que cualquier territorio que se denomine nación, incluida en otra nación principal, trate a medio plazo de obtener la independencia de la superior, «con todas las consecuencias negativas que supondría un presunto e indeseado hecho de tal naturaleza».
Critica el uso abusivo y permanente de la denominación Estado español, para referirse a España o a la Nación española, que aparece accidentalmente en la Constitución de 1931, pero adquirió su carácter prioritario, repetido hasta la saciedad, durante el franquismo, a partir del decreto de octubre de 1936 que nombró a Franco Jefe del Gobierno del Estado Español, incluso afirma que fue en dicho periodo cuando se vacío y sustituyó el concepto Nación por el de Estado. Lo que constituye una paradoja, pues los sectores políticos que usan el término, para obviar la palabra España recurren a un concepto del pasado autoritario.
En una titulada Reflexión final, después de referirse a España como Nación y a la Nación y el imperio de la lengua, considera la perspectiva historiográfica de España como nación de naciones, concepto formulado hace tiempo por Cambó, y recuperado en los últimos años al aliento de unos planteamientos políticos confusos, que han definido a la Nación como algo discutido y discutible. Por sus amplios trabajos, nuestro autor, inmediatamente ha identificado a los ideólogos y su influencia en quien ha alentado, probablemente sin medir las consecuencias a causa de un desconocimiento global de la materia y un voluntarismo, digno de mejor causa, la procedencia inmediata de tales afirmaciones y postulados. Los mentores de tales planteamientos son los ingenieros segovianos, avecindados en León, Luís Carretero Nieva y su hijo Anselmo Carretero Jiménez, socialistas históricos, fallecidos el primero a mediados del siglo XX y el hijo recientemente; su obra extensa, reiterativa, carente de rigor histórico e intelectual es fustigada por Orduña, que desmonta sus argumentos, la mayoría poco serios y sus conclusiones, a veces preocupantes cuando faltas de realidad.
Concluye su reflexión con amplias consideraciones a los debates doctrinales sobre la cuestión, mantenidos por juristas e historiadores de prestigio como Herrero de Miñón, Ramón Parada, Cuenca Toribio. Es preciso recordar a estos efectos la opinión de don Antonio Fontán, recogida por Enrique Orduña, con su afirmación de que «una nación dentro de otra es un despropósito, porque las naciones no se inventan, sino que están formadas por la historia y la realidad y las que reciben el nombre de Nación, corresponden a los actuales Estados que desde el siglo XV y XVI estaban configurados como Reinos».
Hemos de indicar que la obra contiene un impresionante aparato crítico y bibliográfico, complementado con un índice de nombres propios. Encuadernado con tapa dura y una sugestiva cubierta, en definitiva, nos encontramos ante un libro riguroso que ha conseguido el propósito de situar a la Nación española en su marco histórico y la evolución a lo largo de los años, sus jalones históricos, como hace constar en el título.
Probablemente la polémica y las críticas a sus planteamientos estén servidas, pero tales reacciones no hacen sino ensalzar su contenido y despertar el interés por la figura de la Nación. La oportunidad de su publicación no puede ignorarse en un momento que se abre un evidente proceso de reconstrucción de España y rearme moral de la Nación española, por tanto recomendamos su lectura y consulta, que no tiene un ápice de desperdicio.

El niño David Brooks bautizó a sus dos tortugas como «Gladstone» y «Disraeli», por lo que extraña poco que el adulto David Brooks haya terminado por perpetuar la tradición tan noble del «think british, act yiddish» como opinador de una derecha de corte moderantista. Su condición de conservador de centro le ha acarreado a Brooks no pocas malquerencias partisanas por parte de los espíritus puros de la derecha y la izquierda, pero —en todo caso— la solvencia de su prosa, siempre con un punto de sorpresa intelectual, le ha llevado a hacerse imprescindible, de The Wall Street Journal y The Atlantic hasta su destino actual en The New York Times.
La crítica suele ponderar el articulismo de Brooks muy por encima de sus virtudes como ensayista de largo recorrido. Sin embargo, son sus ensayos los que le han otorgado mayor fama mundanal: hace poco más de diez años, se hizo un nombre en todo el orbe al retratar a los «Bobos» (bourgeois-bohemian, o burgueses-bohemios) como modelo humano de una época; ahora, El animal social le ha llevado a las conversaciones de moda, a los primeros puestos en las listas de ventas y a la mesilla de noche de los poderosos de este mundo: así, si Chávez apadrinó a Galeano, Obama a Franzen, Aznar a Sharansky y Zapatero a Pettit, David Cameron ha respaldado públicamente el nuevo ensayo de David Brooks, marcado por el gabinete del primer ministro británico como la encarnación escrita de la Gran Sociedad o la formulación más ajustada del ser y el deber ser del conservadurismo moderno.
En verdad, hay no pocas concomitancias entre el conservadurismo «al modo de Teddy Roosevelt» que postula Brooks y el reverdecer de una tradición comunitarista tory apoyada de modo expreso por Cameron. Es el llamado conservadurismo «one nation», contiguo al llamado conservadurismo compasivo y hoy representado con eminencia por Ferdinand Mount, tío de Cameron y antiguo gabinetero de Margaret Thatcher, con quien sin embargo los tachados de «wets» vivieron sus años de exilio. No eran tiempos para reivindicar la dimensión social de la derecha, pero si la Thatcher profirió que «there is no such thing as society», Cameron le ha dado la réplica décadas después: «sí existe una cosa llamada sociedad». Sin rozar siquiera los extremos de la derecha antiliberal, véase en el eje Brooks-Cameron un apartamiento explícito del individualismo economicista thatcheriano, muy en sintonía con la necesidad de vínculos y arraigos que, con pertinencia especial en estos tiempos de crisis, afirman entre nosotros, por ejemplo, Víctor Pérez-Díaz o Valentí Puig.
En El animal social, Brooks parte del descrédito del racionalismo puro al modo francés como clave para interpretar la complejidad del hombre y operar políticamente en sociedades de complejidad también creciente. Opta el autor por alinearse con aquella vieja Ilustración británica que —de Hume a Burke o el Adam Smith moralista— se aparta de la arrogancia de la razón geométrica y hace prevalecer la experiencia sobre la ideología, el carácter sobre el pensamiento abstracto o las relaciones sociales sobre la elección individual. Precisamente, según Brooks, cabe leer el fracaso de tantas iniciativas de política pública —del urbanismo al «nation building» o las leyes escolares— como la derivada natural de unas visiones «epidérmicas» sobre la naturaleza humana. Frente a los magnos proyectos de laboratorio, Brooks nos quiere llevar a tomar conciencia del haz de pasiones y afectos, en buena parte incognoscible, que es el hombre.
Y lo hace a través de un ensayo ficcionalizado, donde los protagonistas, Harold y Erica, sirven de asidero precario —se han deplorado no poco las habilidades narrativas de Brooks— para dar muestra del «cambio revolucionario» que la ciencia de las últimas décadas ha aportado sobre nuestra precepción de nosotros mismos, de la psicología evolutiva a la neurociencia, y de la biología a la sociología. El acumulado de estudios aportado por Brooks enfatiza, sin esoterismos psicoanalíticos, la centralidad de un rasgo ya mencionado, como es lo no cognitivo, en nuestra vida, es decir, «el flujo inconsciente de emociones, intuiciones, inclinaciones, anhelos» que en buena parte nos constituye. Es algo que ya supieron entrever los muy templados ilustrados ingleses y que Brooks parece elevar a un paroxismo determinista que, en cambio, ya tendría poco que ver, pongamos por ejemplo, con un Burke.
Se le ha reprochado a Brooks el agolpamiento de trabajos académicos utilizados «pro domo sua», pero sería injusto no ponderar, entre tanta trivia, las muchas intuiciones luminosas que nos deja: por ejemplo, que para llevar una vida exitosa, tan importante será la capacidad de cooperación como la de supervivencia competitiva darwiniana. O que los poderes públicos no pueden asumir que los seres humanos seamos «meras máquinas racionales que responden a incentivos económicos». O que las escuelas cumplirán con su misión si, además de alimentar la inteligencia, nutren el carácter con autocontrol, responsabilidad y conciencia de mérito.
«Muchos de nuestros problemas», incide Brooks, «son consecuencia de un capital social insuficiente». De ahí que el autor acepte la incidencia del Gobierno en ámbitos como la movilidad social, si bien parte de la base de que las sociedades se fortalecen sin injerencias estatales: «sin interferencias del Gobierno, las gentes colaboran más». Es, en definitiva, la reformulación del viejo saber conservador de que las instancias intermedias —de la parroquia al club, de la escuela a la familia— fortalecen a su vez a un individuo que construye su esfera moral volcado, indefectiblemente, en la relación con los demás. Y es también el corolario, de no menor prosapia conservadora, de que la libertad humana sobrepasa toda horma de previsión racionalista, por lo que el papel del Gobierno se ha de limitar a alentar esas redes sociales naturales que hacen posible a cada individuo alcanzar el papel moral de ciudadano responsable.

En la Teoría Política contemporánea, el nombre de David Held, catedrático en la London School, está unido al concepto de cosmopolitismo, pero su diseño no es solo teórico, sino que tiene alcance institucional. Es esto, tal vez, uno de los logros más importantes de este politólogo británico, del que ahora se publica Cosmopolitismo, como resumen de todas sus reflexiones anteriores. Otro rasgo que define la postura intelectual de Held es la valentía, ya que en esta época posmoderna es más «posmoderno» reivindicar sin más las diferencias y los particularismos en una mezcolanza relativista que termina concluyendo no que todos los valores culturales son iguales, sino que lo no existe es precisamente el valor.
Cosmopolitismo es, en cualquier caso, un ensayo académico y, por tanto, riguroso. En primer lugar es importante situar el nuevo cosmopolitismo de los antiguos. Held distingue tres modelos: el clásico, basado en la filosofía estoica, y que habla de un solo kosmion basándose en la igualdad ontológica del ser humano, como más tarde hará el padre del derecho internacional, Francisco de Vitoria; otro modelo sería el racionalista kantiano, basado en el uso público de la razón que ofrece configuración jurídica a un orden internacional inclusivo. El tercer tipo de cosmopolitismo, el contemporáneo, es una visión sintética de los anteriores. Lo importante de este último es que consagra el protagonismo de los ciudadanos, que pasan a ser ahora los actores en el escenario internacional, pretiriendo a los estados.
El cosmopolitismo por el que apuesta Held es este último, fundamentado en la igualdad jurídica, en el principio del reconocimiento recíproco y la imparcialidad. Se trata de un modelo constructivista que acoge los principios propios del liberalismo, pero que se antoja sumamente abstracto. Tal vez con el fin de solventar este inconveniente teórico Held reclama e insiste en la necesaria institucionalización de los principios; de otra forma, no podría ser operativo.
¿Qué entiende, en resumidas cuentas, Held por cosmopolitismo? A su juicio, se trata de un proyecto teórico que busca establecer «las bases éticas, culturales y jurídicas del orden político, en un punto en el que las comunidades políticas y los estados importan, pero no única ni exclusivamente». Desde el punto de vista del individuo, el cosmopolitismo de Held, de hecho, puede verse como una radicalización del pensamiento liberal, como una superación de su fase estadocéntrica. Sería, pues, el punto de fuga de una visión teórica que siempre se ha enfrentado al realismo, renuente por definición a aceptar el fin del predominio estatal. Y en descargo de Held digamos que el intento teórico emplaza a una pausada reflexión práctica, que ahonda en el significado de los niveles de gobierno.
También el cosmopolitismo tiene enemigos teóricos y prácticos; entre los primeros, se encuentran quienes en el contexto de la globalización reivindican la importancia de lo particular, y no solo en la línea mencionada de los pos-modernos. Así, el comunitarismo, contrario a la especulación liberal, urge a recuperar el contexto cercano como elemento configurador de las identidades. El universalismo puede estar bien en el plano teórico, pero no deja de ser un brindis al sol. ¿No es irónico que el siglo que más ha luchado por cierto universalismo jurídico sea el mismo en el que las tragedias han sido más repetitivas? Por otro lado, en la práctica la política internacional sigue demostrando que el Estado, como pieza fundamental del orden internacional, está lejos de haber llegado a su fin. Todo ello, sin embargo, no resta mérito al libro de Held, que profundiza en una apuesta teórica que cada vez gana más adeptos.
Europa está a la búsqueda; sabe que tiene en sus manos su propio futuro .Quiera Dios que no deje pasar la hora de su destino, la última oportunidad de su salvación.
Robert Schumann
Sesenta años después que el estadista francés pronunciara la sentencia en los albores de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, recobra hoy su carácter admonitorio y pertinente. Y es que nunca desde su germen embrionario se había topado la construcción europea en su ambular más o menos accidentado con un crucero tan perentorio como es la disyuntiva actual. Y en la elección de la senda a seguir juégase Europa su supervivencia misma no sólo como construcción política supranacional, sino también como espacio económico viable, como polis común de ideas y creencias compartidas y, no menos importante, como territorio capaz de defenderse a sí mismo.
Por eso en estas horas vertiginosas de la Historia resulta tan importante la luz que proyecta este volumen coordinado por Víctor Pérez-Díaz en que la realidad y el futuro de Europa se presentan en escorzo, que es la manera que tenemos de aprehender una realidad en sus diferentes perspectivas si queremos dar, cabalmente, «cuenta y razón» de ella. Y pocas realidades hay más complejas e huidizas —y más dramáticas en tanto que biografía colectiva— como esa que llamamos Europa. Porque a sus graves tensiones internas le sucede al continente europeo un acontecimiento exterior inédito en la Historia: en 2011 ocurrió que por vez primera el tráfico mercantil del Pacífico superó aquel otro del Atlántico, en tendencia ya irreversible. A resultas de ello, cambia la imago mundi en la que pierde Europa su carácter central y queda esquinada en un extremo del nuevo eje pacífico, como un far corner de la nueva razón geográfica y de poder. Ahí está como simple botón de muestra el impresionante rearme militar de China, India y Japón, a la vez que el presupuesto de defensa de todos los países del Sudeste asiático haya aumentado un 33%. Quiere ello decir, como afirmará Kaplan, que una parte muy sustancial del orbe no está para nada en un estado posnacional y posmilitar, como tendemos a pensar geocéntricamente. Además, del hecho de estar asistiendo a un nuevo imperio capitalista no democrático como es el gigante chino, quien, por cierto, no posee en su armazón ideológico la noción de persona que alumbró nuestro viejo continente europeo en su genialidad creadora.
Tiene pues Europa para hallar su puesto en el nuevo mundo que hacer un ejercicio intelectual de doble movimiento: de mirada interna que se ensimisma para conocer sus fortalezas y debilidades reales y al mismo tiempo otra de visión exterior hacia ese nuevo mundo de acentos orientales y americanos para tomar conciencia de las oportunidades y amenazas que representa. La crisis de Europa es, pues, en el fondo una crisis del pensar alerta. Por eso es tan acuciante.
Y para todo ello, para tratar de desafío tan formidable, se concitan en el libro catorce académicos e intelectuales de primera fila —que fueron interviniendo en diferentes seminarios organizados por FAES durante el pasado año— divididos en cuatro partes que resultan complementarias: Economía, Geoestrategia, Sociedad civil y gobernanza, y, finalmente, Cultura. Los nombres expresan tanto excelencia como pluralidad de orígenes y puntos de vista, como haciendo honor a la naturaleza misma de esa Europa cruce de caminos que se disecciona. Así, Juergen Doges (Colonia), Peter Hall (Harvard) y Karen Lanoo (Bruselas) copan la sección económica. Robert Kaplan (Washington), Azar Gat (Tel Aviv), Josef Joffe (Hamburgo) y Pierre Hassner (París) abarcan la consideración geoestratégica, en tanto que Lucas Meijs (Rotterdam), Lars Trägardh (Estocolmo), Philipp Blond (Londres) y Michele Salvati, aquella otra de la sociedad civil y política. Finalmente, Margaret Archer (Lausanne), Richard Madsen (California) y el propio Pérez-Díaz (Madrid) abordan la cuestión cultural, sin la que los análisis previos resultarían insuficientes.
Y una consideración final para sospesar la oportunísima valía de este volumen inter nos. Anda nuestro país desde hace ya algunos años introvertido en diversas querellas, localismos e ignorancias exteriores muy peligrosas, mientras los dioses de la Historia siguen a lo suyo moliendo el curso de la misma. Como si el mundo limitase para nosotros al norte con Hendaya y al sur con Gibraltar. Por eso, no menor mérito del esfuerzo de Víctor Pérez-Díaz supone esta invitación a elevar las miradas nuestras y atalayar desde sus páginas eminentes ese mundo viejo que se va y aquel otro novísimo que se hace paso. Y preguntarse entre sus páginas qué puede hacer Europa —y por tanto España— para evitar ser raptada de nuevo y quedarse orillada del decurso, aguas abajo, de la Historia. No es poca cosa.

Pocos pensadores en la actualidad resultan tan relevantes como J. Habermas, que a lo largo de su extensa trayectoria ha abordado los problemas y los desafíos a los que se enfrentan nuestras sociedades. Podrá estarse en desacuerdo con alguna de sus propuestas, pero lo cierto es que nadie puede negar la seriedad y coherencia de sus planteamientos. En concreto, Habermas ha sido pionero en la crítica a las instituciones europeas, si bien sus aldabonazos están más próximos a la crítica piadosa y constructiva que al euroescepticismo. En definitiva, desde sus primeros escritos sobre el tema, Habermas ha apostado por más Europa y no por menos, algo que es de agradecer.
Ahora se presenta en español esta selección de ensayos de temática política que no puede resultar más oportuna en un momento en que Europa constriñe su proyecto a un catálogo de medidas económicas. Es un tópico, pues, reivindicar, como hacen estos ensayos, «más política y menos economía», pero en la voz de Habermas el enunciado adquiere carácter de insistencia: nadie como él previó los déficits institucionales y democráticos de una Unión solo monetaria y económica, déficits que se hacen más evidentes en las circunstancias actuales. Su claridad previsora debería hacernos reflexionar ahora en sus nuevas advertencias, sobre todo en sus recelos frente a las soluciones de emergencia, de cariz exclusivamente económico, que no atajan, a su juicio, un problema que tiene naturaleza política.
De fondo, aparece el monstruo de Bruselas como una maquinaria desengrasada y que actúa de espaldas a la ciudadanía, ya que no ha sabido sumar a la sociedad civil a su proyecto meramente económico. Hay una distancia insondable entre quienes toman las decisiones y quienes son afectados por ellas, entre el poder y la ciudadanía. Fenómeno de ello es lo que se ha llamado la comitocracia y el predominio de intereses nacionales por encima de los europeos. Habermas, sin embargo, presiente Europa como una camino hacia un mundo cosmopolita y, por ello, busca revertir la tendencia hacia la esclerosis política y recuperar una sociedad civil madura y, sobre todo, influyente.
Si vamos o no hacia un modelo cosmopolita, el tiempo lo dirá. Sin embargo, para Habermas es ya sintomático que existan sus estructuras: la política mundial es hoy posible gracias, entre otras cosas, al poderoso flujo comunicativo que alimentan los adelantos tecnológicos, hasta el punto de que es visible una erosión del modelo moderno (Estado-Nación), cada vez más en retirada. Lo que hay que hacer, según el conocido pensador alemán, es desenmascarar las fuerzas regresivas del poder, tanto económico como administrativo.
En lo que concierne al mercado, Habermas busca domesticarlo políticamente, de forma que los intereses públicos tomen las riendas de la dinámica económica. No es de extrañar que la lógica económica se oponga a la influyente opinión de la sociedad civil. Por lo que respecta al poder administrativo, también obedece a una lógica interesada y alejada de los intereses e intuiciones que nacen en la esfera pública. La propuesta habermasiana se resume en lo que ha denominado democracia o política deliberativa, que consiste en una reconducción del poder a sus orígenes sociales y comunicativos. Gracias a esa capacidad de la sociedad por autodirigirse democráticamente se equilibrarían las desviaciones tecnocráticas y economicistas que nublan el interés común y consagran el individualismo.
También la política comunicativa tiene sus riesgos: la sociedad está cada vez más conectada y cada vez más informada, pero esto no coincide necesariamente con una mayor madurez; en la medida en que la balanza se inclina hacia el lado de la opinión pública, se corre el riesgo de sojuzgar el disenso con las decisiones mayoritarias; la sociedad está formada por hombres razonables, pero cada vez está más atrapada en el inconsciente emotivo y resulta más manipulable. En última instancia, ¿cómo diferenciar en el modelo de política deliberativa el nacimiento de intereses universales y positivos de otros más particulares y poco inclinados a la solidaridad? El diálogo no reprime siempre la fuerza.
En cualquier caso, las reflexiones de Habermas son importantes porque realizan un diagnóstico certero que debería servir a los políticos profesionales para enmendar algunas de sus decisiones y recuperar el proyecto político original de la UE. Hay particularmente algunos textos que también son una llamada de atención a la posición intransigente de Alemania que viniendo de un coterráneo adquieren mayor significación. Frente a quienes apuestan por una Europa germanizada, Habermas aboga por una Alemania europea, es decir, por más Europa.
La constitución de Europa reúne también otros textos sobre los derechos humanos y la sociedad cosmopolita, que en la mente del filósofo alemán se encuentran especialmente vinculados. En efecto, la política mundial, según Habermas, solo puede ser configurada a partir de la existencia de un núcleo social también de alcance mundial (al que hacíamos referencia anteriormente). Y solo la sociedad puede alcanzar dimensión mundial en la medida en que sea realmente inclusiva, es decir, en la medida en que la pertenencia del individuo quede garantizada con el reconocimiento de sus derechos inalienables. En todo este marco especulativo, Habermas recupera también la noción de dignidad humana, que adquiere una dimensión también jurídica y no solo moral. La dignidad, base de toda legislación, es el fulcro que utiliza la moral para penetrar y completar el derecho positivo.
Jürgen Habermas durante su conferencia en la Facultad de Derecho de la Universidad Eötvös Loránd (ELTE–ÁJK) de Budapest, junto a János Weiss. Foto: Comisión Europea / Szabolcs Dudás. Archivo en Wikimedia Commons. Se puede consultar aquí.
El término «Crisis» ha pasado, en los últimos años, de ser calificado como expresión casi prohibida y «antipatriótica», a repetirse de modo obsesivo en los más diversos medios de la prensa, la política, la sociedad y la cultura española. Predominan, sobre el particular, los criterios pesimistas, agoreros, y no pocas veces manipuladores, que acentúan los aspectos más negativos de una realidad que presenta, en verdad, un panorama ya de por sí bastante angustioso.
Estimula y anima el planteamiento sereno y, digamos, científico de la actual coyuntura tal como aparece reflejado en la obra del profesor Manuel Ramírez, catedrático de Derecho Político en las universidades de Santiago y Zaragoza, figura destacada de nuestra docencia universitaria, siempre atento a los avatares y alternativas de la agitada historia de España de los últimos tiempos.
El autor, a diferencia de otros estudiosos que se han ocupado del tema, analiza la situación reconociendo los hechos reales, tal como fueron, sin ocultar las sombras pero ofreciendo siempre una salida alternativa a los graves problemas que ahora exigen respuesta urgente.
Porque esta crisis no ha surgido de repente, de la noche a la mañana, como pudiera parecer. Y no estamos hablando, como expone con claridad el profesor Ramírez, tan solo de una crisis de naturaleza económico-financiera. No.
Hay algo más profundo que afecta al sentido de nuestra democracia y a sus contenidos, al desarrollo constitucional, a la estabilidad de las instituciones, a los valores morales que inspiran, o debieran inspirar, las leyes, costumbres y normas de convivencia y el respeto a las autoridades representativas. Considerando como tales aquellas personas que ejercen un cometido de trascendencia pública que abarca desde los miembros del poder judicial, educadores, médicos y militares a dirigentes sindicales y líderes de los partidos políticos.
La historia constitucional española: 1812-1978
Experto jurista e investigador de la teoría doctrinal y política, el autor lamenta que en los actuales programas sobre tan fundamental materia falten las debidas referencias a la amplia historia constitucional española, iniciada en las Cortes de Cádiz el año 1812, seguida por la Constitución de 1869 y, ya en el siglo XX, por las de la II República en 1931 y la actual, de 1978.
Como posible motivo de este olvido se apunta un rasgo distintivo de la mentalidad hispana, siempre dispuesta a considerar nefasto todo lo anterior, arrasar con ello y partir de cero con total ignorancia del pasado. Craso error que lleva inevitablemente a cometer otros nuevos, incluso más graves que los precedentes.
El fenómeno se ha mantenido de modo constante a través de los años, si observamos la actitud despectiva de los sucesivos padres constitucionales respecto a los trabajos realizados por sus predecesores.
Lástima grande, porque de cada una de las diversas fases constitucionales se ha derivado un fracaso de amplias y muy negativas repercusiones para la sociedad española. Se trataría, según el profesor Ramírez, de otras tantas ocasiones perdidas o desperdiciadas, de encontrar unas vías permanentes y flexibles capaces de encauzar de modo seguro la vida nacional. Con el fin de aclarar las posiciones, se enumeran y estudian por separado los rasgos definido-res de cada una de esas ocasiones perdidas.
Sucesivos fracasos
La primera ocasión perdida se refiere a la Constitución de Cádiz que, en 1812, define un nuevo concepto de la soberanía y reconoce las libertades y derechos de los ciudadanos de la (única) Nación española que deberá asumir y defender el monarca. Esos fines fracasan y se pierden más tarde ante la cerrada actitud absolutista encarnada por el rey Fernando VII.
El segundo fracaso corresponde a la muy avanzada Constitución liberal burguesa de 1869, que abomina de los Borbones, tras el exilio de Isabel II, y entrega la corona al italiano don Amadeo de Saboya. Esfuerzos y gestiones que, una vez más, no llegarán a buen término.
¿Causas de este nuevo fracaso? Muchas y variadas. Dejemos hablar, como hace el autor, al protagonista: don Amadeo, incapaz de resolver los problemas de la sociedad española y decidido a renunciar al trono, declara:
Dos años largos ha que ciño la Corona de España y España vive en constante lucha viendo cada día más lejana la era de paz y ventura que tan ardientemente anhelo. Si fueran extranjeros los enemigos de su dicha sería el primero en combatirlos, pero todos los que con la espada, la pluma, con la palabra agravan y perpetúan los males de la Nación española son españoles […] entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera y hallar el remedio para tamaños males.
Pone los pelos de punta la similitud de la situación descrita por el efímero rey con la que padecemos actualmente. Con una salvedad: don Amadeo no había conocido a los acervos, osados y muchos de ellos ignorantes, tertulia-nos que nos arreglan el mundo en los programas de nuestras radios y televisiones.
La tercera ocasión perdida nos traslada a la controvertida II República.
El texto constitucional aprobado en diciembre de 1931 lleva en sí mismo el germen del posterior y rotundo fracaso, culminado primero en la revolución de octubre de 1934 y más tarde en el alzamiento militar del 18 de julio de 1936. Un idea interesante que apunta el autor: el fracaso de la II República se habría producido tarde o temprano, de uno u otro modo, aunque hubiera fracasado la insurrección del Ejército.
¿Perderemos la cuarta ocasión?
Y llegamos, en este somero recorrido de la historia constitucional española, a nuestra vigente Carta Magna de diciembre de 1978, que sería la cuarta y hasta ahora última ocasión, todavía no perdida, aunque el panorama de fondo no sea muy tranquilizador al respecto. Sobre el particular, el profesor Ramírez formula esa pregunta con especial agudeza: «¿Es que estamos en el pórtico de desperdiciar la que sería nuestra cuarta ocasión? ¿Somos tan insensatos o es que se están haciendo las cosas de forma tan deficiente?».
Acto seguido ofrece un breve catálogo de posibles soluciones que, tanto la desorientada opinión pública como los intelectuales, los analistas, los líderes políticos y hasta los intrépidos tertulianos deberían meditar con serenidad, al margen de pasiones, sentimientos de revancha, memorias históricas sectarias, nacionalismos trasnochados o demagogias sindicalistas que tanto recuerdan las cuitas que malograron los buenos deseos de don Amadeo de Saboya.
Propuestas para una crisis
Se trata, naturalmente, de soluciones que, para ser eficaces, exigirían la colaboración de todos porque a todos los ciudadanos afectan, con independencia de sus respectivas ideologías, mentalidad, posición social y familiar, comunidad autónoma, estamento o profesión a la que pertenezcan.
1. El primer punto se refiere a la necesidad de precisar el ámbito en el que el principio democrático adquiere
o cobra su más pleno sentido y hacerlo llegar así a conocimiento de la opinión pública, en vez de utilizarlo sin ton ni son para explicar cualquier tipo de ocurrencia aberrante, como tantas veces se ha hecho, por desgracia.
En segundo lugar, se propone recuperar los valores y actitudes indispensables para asegurar la buena salud de la democracia. Sin llegar a un acuerdo básico sobre el sentido que le dan la mayoría de los ciudadanos a esos valores, la democracia corre el riesgo cierto de conducir al caos. Ejemplos no nos faltan.
Limitar las esferas de acción de los partidos y hacerles cumplir el mandato constitucional sobre su funcionamiento interno. A lo largo de su estudio, el autor insiste con especial énfasis en los riesgos que encierran para nuestra democracia los vicios derivados de la prácticas seguidas por los partidos hegemónicos que degeneran en la Partitocracia, es decir la dictadura de los partidos frente a los ciudadanos inermes para corregir tales excesos.
Como consecuencia del punto anterior, se trataría, pues, de reforzar las vías de participación ciudadana en las decisiones que les afectan y que los partidos solo estiman en función de sus propios intereses electorales o del mantenimiento del poder según los casos.
El profesor Ramírez analiza cada uno de los temas tratados con una extensa documentación avalada con citas de prestigiosos juristas, pensadores e intelectuales que refuerzan la solidez de los argumentos expuestos. Combina el dominio de la materia con un estilo fluido clarificador y preciso que evita las ambigüedades, dobles lenguajes y paños calientes en los que tan versados parecen muchos comentaristas instalados en lo políticamente correcto. Falta espacio en esta breve reseña para exponer con mayor amplitud el contenido de la obra del autor, el interés de sus propuestas y la validez de sus conclusiones. Solo añadir que, se acepten o no sus planteamientos, esta obra debería figurar como libro de cabecera al lado de políticos de buena voluntad que de veras aspiren a comprender el alcance y los riesgos de una crisis múltiple, moral y material, en la que se juega el futuro de nuestra democracia.
La editorial Rialp, que ya había publicado otras obras sobre Moro1, saca ahora a la luz la primera versión en castellano de una obra temprana de Tomás Moro, género en el que se inició este autor, tal como da a conocer Erasmo de Rotterdam en la carta que dirige a Ulrich von Hutten2 (cfr. p. 43), reproducida en esta obra a modo de apéndice. El libro se divide en las siguientes partes: I. El autor (pp. 1120); II. La obra, que a su vez se subdivide en seis apartados —fecha de composición (p. 22), fuentes y modelos (pp. 22-25), temática (pp. 25-27), forma y estilo (pp. 2728), tipo de texto y traducción (pp. 28-30) y en sexto lugar las referencias bibliográficas (pp. 31-33)—. Y el ya mencionado Apéndice (apartado III). Al final del libro se recogen el índice de los 281 epigramas traducidos (pp. 181184) y el índice temático de los mismos (pp. 185-186).
De las páginas que la autora refiere al autor, además de su relación con el rey Enrique VIII y su actividad profesional como lord canciller, quizá más conocidas por el público en general, me parecen destacables su sólida formación clásica y la estrecha amistad con humanistas de los Países Bajos, como Erasmo de Rotterdam y Jerónimo Busleyden, a los que dedica algunos epigramas.
El género del epigrama se acomodaba a las circunstancias del autor, que debía compaginar la atención a su familia y su actividad como abogado junto con su actividad literaria. Tres ejes temáticos principales se pueden extraer en la obra: la muerte y sus consecuencias, la libertad política de los ciudadanos y los cambios en los azares de la vida. La traductora habla de una tipología proveniente de la vida real y lo que la rodea: la muerte, las formas de gobierno y la soberanía política, la guerra, la fugacidad de lo perecedero, la mujer, la fortuna, la belleza el amor, etc. Su elección de temas explica en parte la popularidad de su poesía, que provocó ya al inicio, tres ediciones en solo dos años (p. 26).
Como señala la traductora, los epigramas de Moro, siguiendo la epigramática humanista en general, abundan en contenidos de erudición y cultura clásicas, y abordan lugares comunes de la teoría política clásica y medieval, pero su tratamiento en forma epigramática es enteramente nuevo. También es original la concepción de que la soberanía reside en el pueblo (epigramas 121 y 198), que en siglo posterior desarrollarían sus compatriotas Locke y Hobbes. Aunque haya epigramas más extensos —como el 19, que dedica a la coronación del rey Enrique VIII—, en su mayoría son composiciones poéticas breves que expresan generalmente un solo pensamiento principal con un estilo conciso y punzante (p. 28), bien alejado de cualquier untuosa adulación o autocontemplación. Un buen ejemplo de ello es el epigrama 258, en el que Moro escribe su propio epitafio.
Los primeros 18 epigramas, recogen los Progymnasmata, ejercicios pedagógicos preparatorios que pretendían ejercitar a los alumnos de traducción poética en el arte de la variatio y que eran propios de las escuelas de retórica. A lo largo de toda esta obra, se recogen composiciones sobre la avaricia, la muerte, o profesiones, como el médico (p. e., 222), el juez, vicios como el bebedor, referencias irónicas a determinados comportamientos (como el que hipotecó una granja para comprar ropa, epigrama 218).
La traductora de Moro es catedrática de Filología latina de la Universidad de Santiago de Compostela. Su buen conocimiento del mundo clásico así como su dominio de la lengua aflora en cada página de esta obra. Ante la disyuntiva de todo traductor, que oscila entre la fidelidad a la lengua de origen y a fidelidad a la lengua de destino, ella ha rechazado realizar una versión libre de la lengua original. Su traducción intenta aunar los dos polos, manteniendo el mayor grado posible la fidelidad al texto, cuando es factible, sin forzar la lengua de destino. Es una obra culta, pero no dirigida solo a filólogos ni a especialistas de estudios clásicos. Interesa a cualquier amante de la cultura clásica o de la europea.
La obra se inserta en la corriente que ha puesto de moda la traducción de esta obra de Moro a las lenguas modernas. Asimismo, es y se sabe deudora de los estudios anteriores realizados sobre la obra de este autor (de la bibliografía citada, parece Doyle el autor más frecuente; de los autores españoles, cabe citar a Fontán, Vázquez de Prada y De Silva). Moro es el mejor escritor de epigramas latinos del siglo XVI (p. 25). Por ello, la lectura de los epigramas suscita el deseo de conocer al autor (p. 25). Ahora bien, la lectura de esta traducción permite conocer a la traductora. Merece destacarse la ayuda tan certera de las 350 citas a lo largo de la obra. En ellas, Cabrillana va aclarando las abundantísimas referencias mitológicas, explicando algunas referencias recíprocas entre epigramas, traduciendo del griego los nombres propios, con frecuencia simbólicos, que Moro da a algunos personajes, o exponiendo los orígenes de la temática de un epigrama concreto (en Aristóteles, Plutarco, Marcial, etc.).
La lectura de esta obra deja en el lector el convencimiento de que si bien es cierto que el hombre ha progresado mucho en cuanto al dominio técnico, por lo que atañe a otras expresiones del espíritu humano no se puede afirmar lo mismo: los poetas de hoy no son mejores que Virgilio o que Moro; los versos de estos nos interpelan hoy, y despiertan nuestra sensibilidad, del mismo modo que pueden hacerlo contemporáneos como Lorca o Alexandre. Asimismo, esta obra corrobora que la planta de la cultura no crece aislada. Las épocas de mayor esplendor de la cultura europea han coincidido —a mi juicio de modo no casual— con épocas en que se daba una estrecha relación entre los principales intelectuales. En no pocas ocasiones el nexo de unión ha sido el interés por la cultura clásica. Una anécdota ilustrativa es la que recoge Cabrillana en la p. 24: «Cuenta Erasmo que en una reunión de literatos, entre los que se encontraba Baltasar de Castiglione, celebrada en Valladolid en 1527, un participante italiano manifestó que no se había escrito ninguna poesía de calidad más allá de los Alpes; Pietro Giovanni Olivaro lo refutó valiéndose de algunos epigramas de Moro».
A decir de Horacio, a los juristas se les perdona la mediocridad, pero a los poetas y artistas no. A quien no hubo que perdonarle la mediocridad como jurista, puesto que fue lord canciller de Inglaterra, justo es reconocerle ahora su ingenio poético de la mano de esta excelente conocedora de la cultura clásica y en especial de la Filología latina.
NOTAS
1 A. VÁZQUEZ DE PRADA, Sir Tomas Moro, lord canciller de Inglaterra, 3.ª ed., 1975. A. DE SILVA, Un hombre para todas las horas. La correspondencia de Tomas Moro (1499-1534), 1998.
2 Ulrich von Hutten nació en el castillo de Steckelberg, cerca de Fulda, en el año 1488. En el año 1505 abandonó el convento; realizó sus estudios en Colonia y Erfurt y entró en contacto con los círculos humanísticos. En el año 1517 el emperador Maximiliano le concedió el laurel de poeta. En las controversias de la época tomó partido a favor de la Reforma, escribiendo en latín y en alemán. En el año 1522 huyó a Basilea, habiendo sido rechazado por Erasmo, se acercó a Zwinglio, y murió en el año 1523 junto al lago de Zúrich (H. A. und E. FRENZEL, Daten deutscher DichtunChronologischer Abri der deutschen Literatur Geschichte. Band 1. Von der AnfängenbiszumJungen Deutschland, 29. Auflage, Múnich, 1995, p. 92). La obra principal de este autor (Gesprächsbüchlein) son diálogos sobre temas políticos y relativos a la Reforma y a cuestiones nacionales. El prólogo de estos cuatro diálogos está escrito en verso. Fue conocido, junto a Lutero, como uno de los escritores antirromanos de la época (ibídem, p. 100).