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La «Eneida espiritual» de Ronald Knox

Ronald Arbuthnott Knox nació en 1888. Era el sexto y último de los hijos del Reverendo Edmund Knox, obispo anglicano de Manchester.

Su temprana vocación literaria queda atestiguada por Publius et Amilla, un insoportable dramón escrito en latín y que hizo aparecer por entregas, primero en la revista familiar Bolliday Bango, dirigida por su hermano mayor Eddie –que llegaría a ser editor de la célebre Punch-, y posteriormente en la revista, también doméstica, que fundó él mismo, The Gluttonous Grampoid.

A los diez años firmaba poemitas como “el autor de Publius et Amilla”. No sin exageración, reconocería años después su esfuerzo para sustraerse de la sospecha de haber sido un niño odioso.

En 1900 ingresó en Eton, donde dejaría huella como uno de los alumnos más brillantes de su historia. Allí hizo grandes amistades, que no se romperían sino por la muerte de muchos de sus amigos en la Primera Guerra Mundial. Curioso ejemplo de amistad fue la que mantuvo con Patrick Shaw-Stewart, un joven ambicioso y antipático, con quien compitió muy duramente por la capitanía del colegio y por las más importantes becas. Tras perder el pelo temporalmente por el esfuerzo, Patrick venció a Ronald en los exámenes de Escrituras e Historia de la Iglesia; al conocer el resultado, Ronald se fue a un rincón y leyó en silencio el Libro de Job. Más tarde, Ronald lograría la beca Balliol por delante de Patrick. Cuando, al caer enfermo, Knox no pudo presentarse a la beca Newcastle, Patrick la obtuvo. Shaw-Stewart renunció a la beca en favor del accésit del año anterior que casualmente era… Knox. Este pequeño detalle –que desentona con la fachada cínica y desagradable del “rival” de Knox- no fue conocido más que a la muerte de Shaw-Stewart, caído cuando lideraba su batallón, en Francia, el 30 de diciembre de 1917.

Además de este noble gesto, Shaw-Stewart nos ha dejado un célebre poema, escrito antes de ser enviado a Galípoli, durante un “descanso” en los Dardanelos, incluido en todas las antologías de poesía de guerra, Achilles in The Trench:

… O hell of ships and cities,
Hell of men like me,
Fatal second Helen,
Why must I follow thee?…

Volviendo a los años de Eton, fue allí donde Knox comenzó su carrera literaria con la publicación de Signa Severa, un pequeño volumen de poemas en inglés, latín y griego. De esta misma época, pero por su poca calidad no incluido en ese libro, se conserva un soneto de Knox que habla oscuramente de un camino pedregoso y de la distracción de faros terrenales.  Lo cierto es que este mal soneto anticipa admirablemente el camino que se abría ante él.

Tras completar sus estudios brillantemente en Oxford –a la que permanecería ligado casi toda su vida- se preparó brevemente para el sacerdocio anglicano y tras ser ordenado, trabajó como capellán y fellow de Trinity, dando clases de Lógica, Homero y Virgilio. Para preocupación de su familia y amigos, pronto se hizo notar en la Iglesia de Inglaterra como el portavoz del sector anglocatólico más extremado.

Como podemos imaginar, no debió ser fácil para el obispo anglicano de Manchester ver a su hijo “coquetear con Roma”. El Reverendo Knox no se ahorró argumentos para intentar que su hijo pequeño no pidiera ser recibido en la Iglesia Católica. “Queriéndote como te quiero, vivo angustiado por el sentimiento de no haber sido merecedor de tanta lealtad por tu parte”, escribió a su hijo.

Aparte de esta interpelación más o menos sentimental, el padre de Ronald esgrimió en sus extensas cartas un argumento que a su hijo ya le era familiar: su pertenencia “a la juventud inglesa más preeminente” y el temor de que “honestamente, el sacerdocio romano será la tumba de este talento tan genuinamente tuyo”.

Esta insinuación paterna anticipaba un estado de opinión que habría de acompañar el juicio sobre Knox el resto de su vida y tras su muerte: que la Iglesia católica no favoreció su  gran talento. Hemos dicho que este argumento no suponía para él una novedad. En efecto, además de una perfecta sintonía con el juicio del mundo, el Obispo parafraseaba con esto alguna de las objeciones para “pasarse a Roma” que su propio hijo había consignado en una lista a la que tituló Diabolus Loquitur:

No te volverán a considerar original… no podrás trabajar más con la clase de gente que te gusta… tus colegas serán mucho más vulgares… serás una persona más importante, pero se notará mucho menos

Al final de la lista Ronald escribe: Vade retro Satanas.

El desamparo de sus amigos en el frente, y la pobre ayuda que la Iglesia de Inglaterra ofrecía a esa brillante generación en la batalla, le causaron un gran sufrimiento. Le exasperaba comprobar que la recomendación oficial a los capellanes anglicanos era ofrecer un cigarro al moribundo y recoger sus últimas palabras para su familia, en lugar de escuchar a los moribundos en confesión y darles la absolución. La turbación interior de Ronald fue admirablemente discernida por el jesuita Martindale, que se negó a recibirle en la Iglesia en semejante estado de ánimo, aduciendo lacónicamente que no querer ser anglicano no convertía a nadie inmediatamente en católico.

Martindale instó a Knox a buscar motivos positivos. Tras un doloroso debate interior y la insistencia desde el frente de amigos que ya habían dado el paso a Roma, el 22 de octubre de 1917, fue recibido en la Iglesia Católica por el Abad del monasterio de Farnborough. Según él mismo contaría a un amigo, uno de sus primeros pensamientos fue: “Ahora pertenezco a la misma Iglesia que Judas Iscariote”.

Al terminar la guerra, Knox había perdido a casi todos sus amigos. En Una Eneida Espiritual, su libro de memorias, recordaría una reunión con ellos previa a la guerra con el verso 248 del Libro II de la Eneida: “Pobres de nosotros, era aquel nuestro último día…”.

 “Serás una persona más importante, pero se notará menos”, hemos visto que escribió en la lista de motivos con que sopesaba su conversión al catolicismo. Así fue. Al brillante capellán de Trinity y profesor de Oxford, le fue encomendada primeramente una oscura labor mientras se preparaba para ser ordenado sacerdote católico: enseñar latín a los chicos de St. Edmund, una escuela de segunda fila sobre la que la jerarquía depositaba muchas esperanzas y que nunca llegaría a florecer como centro de la educación católica en Inglaterra.

Ronald emprendió la pequeña tarea encomendada con un profundo amor por ella y por sus compañeros. Hay algo conmovedor en la torpeza con que uno de los profesores de St. Edmund, cohibido por la talla intelectual y resonancia de su nuevo colega, mientras daban un helador paseo al atardecer bajo una hilera de castaños sin hojas, le dio un codazo y le dijo:  “Mira qué buena hilera invernal para uno de tus poemas en el Punch”. Él no respondió y la impresión de su acompañante fue la de haber dicho una tontería.  Cuando Ronald percibió esta reacción, improvisó jovialmente: “… Show this unfortunate new-comer / how beautiful this place can be in summer”.

Durante estos años de relativa oscuridad, no dejó de escribir, ni dejó de ser reclamado para predicar y dar conferencias en toda Inglaterra. Consideraba que la literatura estaba redimida, en última instancia,  no por su poder de reflejar las cosas que vemos, ni poner de manifiesto la enorme irrelevancia de las enciclopedias, sino por dar testimonio de cierta condición a la que el espíritu humano es capaz de llegar.

Entre otras obras literarias, corresponden a su estancia en St. Edmund la autoría de unas Odas apócrifas de Horacio que lograron engañar a muchos críticos (1920), una traducción y edición de la Eneida en 1924 (adoraba a Virgilio; en un sermón sobre la misteriosa acción del Espíritu fuera de la Iglesia visible, afirmó que Virgilio podía considerarse un cristiano honorario), y el primero de sus seis relatos policiacos: Asesinato en el Viaducto (1925).

El resto de relatos detectivescos, que alcanzarían gran notoriedad, fueron escritos ya como Capellán Católico de Oxford, puesto que ocuparía de 1926 a 1939.  Ejerció su cargo con notable meticulosidad, dejando redactado un memorándum de sesenta páginas para su sucesor, no exento de humor, con observaciones del tipo “la celebración de los primeros viernes de mes atrae a muchos canadienses francófonos”.

Cuidó de su rebaño –los estudiantes católicos-, con una implicación personal inédita en sus antecesores,  y no hizo proselitismo entre estudiantes no católicos. Le gustaba decir que era el cayado del Pastor y no el anzuelo del Pescador. En una bella homilía conmemorando a los mártires católicos de Oxford, después de mostrar a sus oyentes cómo los jóvenes mártires tenían en Oxford el mundo a sus pies, cómo la conciencia los golpeó y eligieron la vida de los proscritos y una muerte segura a los treinta años, dice a los estudiantes: “esos hombres fueron lo que sois vosotros: estudiantes de Oxford. Dios os conceda llegar a  ser lo que ellos son ahora: ciudadanos del Reino de los Cielos”.

Volviendo a sus relatos, con cierta mordacidad, el gran novelista Evelyn Waugh –su albacea literario y biógrafo al que utilizamos como principal fuente en este artículo- alaba dos cualidades en sus historias policiacas: que nadie podía superarlas en lógica e ingenio, y que muy pocas mujeres las encontraron divertidas.

Fuera de su obra netamente religiosa, practicó la sátira, la crítica literaria (que de forma reveladora tituló Distractions al reunir varios ensayos en un libro) y el género polémico. Fue acusado de no aportar el ingenio y la solidez que se esperaba de él en una polémica con el intelectual anticatólico Arnold Lunn en que se discutía sobre la fe. El intercambio entre ambos, publicado por la prensa, fue recogido en un libro bajo el título de Difficulties. Ronald no respondió a las críticas de quienes habían esperado de él una actitud más incisiva en el debate. Dio la impresión de que Lunn se había impuesto a su brillante oponente. Un año después de la última carta cruzada con Lunn, Knox lo acogía en el seno de la Iglesia católica.

Gozó de la amistad de muchos escritores, entre ellos Belloc, Baring y Sassoon. El primero de ellos, Belloc, no tuvo reparo en afearle a Knox su literatura intrascendente. Colaboró con mucho tacto en la conversión de Chesterton e hizo un memorable panegírico de este en su funeral. Admiraba al detective creado por este gran apóstol del sentido común, el Padre Brown, ante todo, dijo, por la maravillosa capacidad de investigar crímenes desentendiéndose de su parroquia.

El culmen de su prosa son sus sermones, minuciosamente preparados y corregidos. Tenía el don de leerlos sin que pareciera que los estaba leyendo, y la vanidad de ponerse unas gafas que no necesitaba para leer los avisos, reforzando la impresión de haber improvisado el sermón. Tras Oxford, fue capellán de un colegio de niñas y más tarde se centró en la traducción: le fue encomendado traducir la Vulgata al inglés y tuvo que vérselas con numerosos opositores a su trabajo. Señaló que su intención era traducir el Antiguo Testamento a un inglés más bien arcaico –esto, que puede horrorizar al lector que haya padecido intentos análogos de escritores y académicos españoles, en inglés ha sido hecho con maestría por varios autores, entre los que destaca Gerard Manley Hopkins: otro sacerdote y poeta del que, si Dios quiere, tendremos tiempo de hablar-; y traducir el Nuevo Testamento a un inglés intemporal: el suyo.

Murió en 1957, poco después de haber terminado de traducir Historia de un alma –le gustaba pensar que Santa Teresita había pedido en el cielo que él fuera su traductor, y que si le hubieran preguntado a la Santa el porqué, ella respondería “¡Porque Ronnie detesta mi forma de escribir!”-, y con la traducción de la Imitación de Cristo inacabada. Su obra no religiosa más alabada fue Let Dons Delight, en la que desarrolla un erudito e intrincado diálogo entre profesores a través de cuatro siglos, de 1588 a 1938, año en que la Teología es eliminada del plan de estudios normal de Oxford.

Borges se recreaba en el hecho de que San Beda hubiese muerto empleado en la más abnegada y humilde de las tareas literarias: la traducción. Más de mil años después, esta fue también la ocupación final de Ronald Knox. San Beda, de quien el Papa Francisco ha tomado el lema de su pontificado, apreciaba a Virgilio tanto como Knox y, a lo largo de sus propias obras, este Doctor de la Iglesia intercaló versos de la Eneida citados de memoria. A San Beda le cupo el honor de prefigurar lo que algún día sería el hermoso idioma inglés, a Knox el de alcanzar las cotas más altas de este idioma.

Como ya sabemos, Knox llamó a sus memorias de juventud, hasta la conversión al catolicismo, Una Eneida espiritual, porque Cartago –explicó en el prólogo- es siempre ese lugar que aparenta ser la meta del camino, y Roma siempre es Roma.  Escribió que la Iglesia quiere que salvemos el alma sin perder la cabeza. Por si alguien ve en ello una sombra de intelectualismo, en otro punto de su obra advierte que conocer por el mero hecho de conocer supone abusar de esa facultad que Dios nos ha dado. Escribió que el cuerpo humano debe ser tratado como una primicia de la eternidad. Escribió que la Iglesia Católica es una madre afligida que busca a sus hijos perdidos y que la vida del cura de Ars es la vida más heroica que se ha vivido tras la de Nuestro Señor. Escribió que algún día Inglaterra volverá a ser la dote de María.

La vida sin armadura de Alan Sillitoe

Publicada en 1995, esta autobiografía retrata con una cruda sinceridad la vida de Alan Sillitoe (1928-2010), uno de los máximos exponentes, junto con Kingsley Amis, John Braine y John Osborne, de la denominada Angry Young Men, un grupo de escritores que manifestaron su rechazo contra el devenir de la vida política y literaria inglesa con un tipo de libros que mostraba, con crudeza y al natural, la vida de la clase trabajadora inglesa tras la Segunda Guerra Mundial.

Estas memorias describen su infancia y juventud en la ciudad de Nottingham, al norte de Inglaterra; su experiencia como radiotelegrafista en Malasia; su regreso a Inglaterra y su larga enfermedad; sus inicios como escritor y sus viajes al extranjero, especialmente a España; su regreso a Inglaterra y su consagración como escritor tras la publicación en 1957 Sábado por la noche y domingo por la mañana, novela que rápidamente fue llevada al cine y que propició la publicación de sus posteriores obras, de manera singular La soledad del corredor de fondo (1958), libro de relatos que se convirtió también en otro fulgurante éxito y que también se convirtió pronto en una famosa película. Sillitoe es autor de mas de cincuenta obras entre relatos, poemarios, novelas, libros infantiles y esta autobiografía.

Tras unos comienzos dubitativos, con dificultades para encontrar su voz narrativa y sus temas, Sillitoe acertó en los dos libros antes mencionados, los más importantes de su dilatada trayectoria, a exponer desde dentro la escala de valores y el mundo social y familiar de la clase trabajadora. Obreros como Arthur Seaton, el cínico y primario protagonista de Sábado por la noche y domingo por la mañana, y jóvenes desorientados y al borde de la delincuencia como el de La soledad del corredor de fondo, tienen unos horizontes vitales estrechos y limitados cuyos afanes se resumen en sobrevivir como sea y en disfrutar de la vida de una manera elemental, a ras de suelo, sin grandes expectativas y desconfiando de las grandes ideas, de las autoridades y de todo lo que tienen a su alrededor.

La vida sin armadura reconstruye, en su primera parte, la más interesante, su vida en Nottingham una ciudad de trabajadores con pocas expectativas culturales, vitales y laborales. Los padres de Alan están permanentemente enfrentados, en una disputa que lógicamente determinó las relaciones familiares. Alan describe con verosimilitud la relación con sus padres y hermanos, su vida escolar, las típicas diversiones y trastadas infantiles. Aunque su formación es muy elemental, poco a poco siente interés por algunos temas históricos y científicos. Siendo adolescente, entra en contacto con el ejército para formar parte de las milicias juveniles. Alan aprende disciplina, orden y muchos conocimientos científicos que le entusiasman y que le permiten, además, llevar una vida alejada de sus padres. Muy joven, comienza a trabajar en las fábricas de Nottingham hasta que ingresa en el ejército, en la RAF, como radiotelegrafista.

Su experiencia militar le permite cambiar drásticamente de aires, de amistades y de expectativas. Se convierte en un excelente profesional, con largas estancias en el extranjero (en Malasia). En esos años intensifica sus lecturas y comienza a plantearse abandonar el ejército para dedicarse a otras cosas. A su regreso a Inglaterra, en una revisión le descubren una tuberculosis que arrastrará durante años. Durante los largos periodos de convalecencia se plantea ser escritor. Luego pasa años en la isla de Mallorca dedicado a la lectura y la escritura, y aunque escribe muchos poemas y relatos, no consigue que le publiquen nada.

En uno de sus viajes a Inglaterra consigue que un editor se interese por su literatura y a partir de ese momento, como ya hemos mencionado, su éxito fue fulgurante. Esta autobiografía finaliza en la década de los sesenta, cuando Sillitoe es ya un escritor de reconocido prestigio.

Gran lector, las Sagradas Escrituras ocupan un destacado lugar entre sus preferencias, aunque las preocupaciones existenciales o morales apenas tienen cabida en sus escritos. Esta biografía tiene excelentes momentos, sobre todo cuando revive su vida familiar, llena de anécdotas crudas y auténticas. Hay pasajes un tanto tediosos, como cuando recuerda su etapa como radiotelegrafista; y aunque habla de la importancia de la lectura en su formación y de las dificultades que atravesó como escritor para encontrar su auténtica voz, se echan en falta más reflexiones en esta dirección. Teniendo en cuenta que Sillitoe es un atípico escritor, estos comentarios hubiesen tenido mucho interés.

En líneas generales, sobresalen estas memorias por su compromiso con la verdad: Sillitoe no adultera su pasado, ni embellece su largo y problemático camino como escritor. Lo suyo, como su literatura, es un aséptico realismo casi fotográfico.

La Hispanidad olvidada. Recuperando la figura de José Rizal

La edición en Cátedra de la Poesía completa y los Ensayos escogidos de José Rizal nos dan pie a mantener una charla en profundidad con el editor de la obra, el profesor José Francisco Ruiz Casanova, en torno a la gran figura de la cultura hispano-filipina.

Con esta edición, y tras la exposición celebrada en la Biblioteca Nacional y la disponibilidad en España de Noli me tangere, ¿por fin podemos decir que hemos recuperado a Rizal?
Podría decirse que el proceso de “recuperación” de Rizal, como figura política, intelectual y literaria, en el caso de España, tiene dos vertientes bien diferenciadas, una histórica y otra contemporánea. Intentaré detallar ambas. La vertiente histórica comenzó incluso un poco antes de la ejecución de Rizal, acaecida en 1896. Rizal era una figura intelectual, en lo literario, en lo político y en lo científico, tanto en su país como en Europa, donde se formó y vivió. En el caso de España, y como primer testimonio de reconocimiento, disponemos del texto de Unamuno que cierra la ingente biografía de Wenceslao E. Retana, publicada en Madrid en 1907; tras esto, y algunas aportaciones puntuales más, Rizal y el “caso Rizal” cayeron en el olvido para la cultura española hasta, por lo menos, 1946, momento en que el Archipiélago logró su segunda independencia, en este caso de los Estados Unidos. En cierta medida, la actitud de la intelectualidad española guarda relación con el sentido de pérdida, de frustración y de una cierta vergüenza, militar  política, que antecedió y sucedió a la independencia de las Filipinas. No obstante, en 1947, el segundo conde de Altea, Jaime Jorro y Beneyto, con el seudónimo de Juan Bernía, imprime un delicioso y acertado retrato de las Filipinas tras el final de la Segunda Guerra Mundial y la consiguiente independencia, o emancipación, de los Estados Unidos. Y antes de dicha fecha, Vicente Blasco Ibáñez, en 1924, ya había dedicado un capítulo de La vuelta al mundo de un novelista a las Filipinas, y de importancia y gran curiosidad es también el Diario de a bordo de Gerardo Diego, crónica de su viaje cultural a Filipinas a comienzos de la década de los años treinta. Junto a estos trabajos, en los que se alude de pasada, y sólo en algunos, a Rizal, y siempre desde la perspectiva de la “recuperación” que de Rizal se hace desde España, hay que destacar los estudios de Ángel Rodríguez Bachiller, en los años cincuenta y sesenta, un cuadernillo editado por Ernesto Giménez Caballero en 1971 y el ensayo del diplomático español Luis Mariñas titulado Literatura filipina en castellano, de 1974. Hasta aquí, podría decirse, la vertiente histórica, la que va desde la muerte de Rizal hasta el final de la dictadura en España.

La vertiente contemporánea –siempre dejando aparte la continuada reivindicación y labor de edición y estudio de los intelectuales filipinos, también de algunos norteamericanos– contempla algunos trabajos, mayormente de carácter periodístico, comentarios o recensiones (principalmente de las novelas de Rizal) en los años ochenta y noventa. La “actualidad” de Rizal, o la puesta en valor de su obra y de su pensamiento, debiera haber llegado a través de vías académicas; pero, lamentablemente, ningún programa de literatura en lengua española o de literatura comparada ha contemplado la presencia de la lengua española y, por consiguiente, de la producción literaria del Archipiélago, cosa totalmente contraria a lo ocurrido para el caso de la literatura hispanoamericana, bien estudiada e integrada en dichos marcos académicos. Por tanto, más allá de algunos trabajos dispersos, artículos y recensiones, habría que decir que no fue hasta la década de los noventa, con una iniciativa del ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) como fue la publicación de una “Biblioteca Literarias Iberoamericana y Filipina”, cuando realmente se produjo un reconocimiento, institucional, y una cierta difusión de una de las dos novelas de Rizal, Noli me tangere. También el Instituto Cervantes de Manila, a partir de 2001, lanzó una colección de libros, “Biblioteca Clásicos Hispanofilipinos”. Y, ya llegados al siglo actual, y siempre en el campo literario, pocas más fueron las reivindicaciones hasta 2009, fecha en la cual incluí una coda o capítulo final  titulado “Notas para una investigación en marcha: Literatura hispanofilipina. Rizal y la poesía española” en mi ensayo Dos Cuestiones de Literatura Comparada (Ed. Cátedra). Ese trabajo era el preliminar de un proyecto más ambicioso: editar la poesía de Rizal y una selección de sus principales ensayos. Se trataba (ahora ya es una realidad) de un proyecto obviamente “de recuperación”, pero, sobre todo, de estudio filológico e intelectual, sin olvidar que la plataforma de edición (la colección “Letras Hispánicas” de la editorial Cátedra) abría su catálogo, por primera vez en cuarenta años de vida, a un autor que escribía en español pero que no procedía de la Península ni de Hispanoamérica. Obviamente, el soporte de dicha colección, y el interés personal de su directora, Josune García, por el libro, nos han permitido por primera vez en España disponer de una edición anotada, acompañada de un extenso estudio a modo de prólogo y con un aparato bibliográfico extenso, lo cual no significa un “final de camino” sino una herramienta para posteriores investigaciones sobre Rizal en particular y sobre la literatura hispanofilipina en general. Entre uno y otro trabajos míos, el de 2009 y la edición actual (2014), la Biblioteca Nacional realizó en 2011 una gran Exposición sobre Rizal, conmemorativa del 150 aniversario de su nacimiento, que se acompañó de un excelente catálogo. Asimismo, las palabras y deseos del ministro García Margallo en su reciente viaje a Filipinas, son muestra del interés en recuperar, para Filipinas, la cultura y la lengua españolas y, en justa correspondencia, recordar y recuperar, en España, la cultura hispanofilipina.

El desinterés por la literatura “fil-hispana”, ¿síntoma de la consideración de Filipinas como “hermana pobre” del Imperio?
Como ya dije, no creo que el término sea desinterés, ni siquiera desconocimiento. Fácil es hacer el ejercicio histórico-bibliográfico de revisión de la ingente producción de libros sobre Filipinas (de todo tema y orientación, y mayormente políticos) que se escriben y se imprimen en España a lo largo de todo el siglo XIX (Sinibaldo de Mas, Vicente Barrantes, Víctor Balaguer, tantos otros…). Más que “desinterés” por la literatura hispanofilipina, u olvido, habría que tratar este episodio desde la psicología política y la historia de los pueblos: España salió de Filipinas después de una larga serie de despropósitos políticos y cuando, además, una parte de la intelectualidad filipina quería seguir vinculada a España, como provincia autónoma y con representación en las Cortes. Tal era, por ejemplo, la posición política de Rizal. Tan desenfocada estaba la posición española, que terminó haciendo mártir, y de algún modo uno de los padres de la patria filipina, a Rizal, quien nunca defendió ni la insurrección ni el levantamiento en armas. Esto, obviamente, pesa sobre la historia de un pueblo y sobre el orgullo político de un país como el nuestro. Que nos olvidáramos de la producción intelectual y literaria de las Filipinas fue, de hecho, una consecuencia, de la profunda vergüenza histórica que el episodio de su independencia (de su paradójica independencia, no obstante, pues el Archipiélago pasaría a ser protectorado de los Estados Unidos durante medio siglo más) causó en España y en los españoles. Y a esto habría que sumar el hecho de que el mundo académico y universitario y sus planes de estudio hayan sentido como alteridad literaturas escritas en español en lugares como Filipinas, o Guinea, y no en cambio la literatura escrita en Hispanoamérica.

Seré directo: a Rizal, ¿hay que leerlo por política o por literatura? ¿Hasta qué punto es, en sus ensayos, un intelectual moderno?Es obvio que la producción literaria de Rizal abarcó los tres géneros mayores (lírica, narrativa y ensayo) y que la orientación en cada uno de ellos fue distinta. Por ejemplo, las novelas de Rizal (Noli me tangere y El filibusterismo) son novelas de tesis y, como tales, con una clara función pedagógica; cosa distinta son sus poemas y sus ensayos. En el caso de la poesía de Rizal, lo que se presenta ante el lector es la propia evolución literaria de Rizal: desde los poemas que, como ejercicio escolar, realizara en Manila durante su adolescencia hasta los poemas de madurez. Los ensayos de Rizal nacen, principalmente, a partir de sus viajes por Europa (cuyo primer destino fue España), de sus colaboraciones periodísticas, de su interés por la historia de su país vista por los españoles (de ahí que se pasara meses transcribiendo en el British Museum los Sucesos de las Islas Filipinas de Antonio Morga, una obra de 1609, que editó con aparato de notas de interpretación). Rizal perfila, configura y enuncia su pensamiento político, social e intelectual sobre su país en y desde España, en primera instancia; sus colaboraciones en el quincenario La Solidaridad son prueba de ello, y en sus páginas se acogen dos de los textos más largos e importantes: “Filipinas dentro de cien años” y “Sobre la indolencia de los filipinos”, de 1889 y 1890. Estos dos textos son, sin duda, la columna vertebral del pensamiento político y de la acción intelectual de Rizal.

Por tanto, cabría decir que si el “proceso de recuperación” de la figura literaria y, sobre todo, del intelectual que fuese Rizal debe comenzar en España, debería comenzar por la lectura y estudio de sus ensayos, pues es ahí donde la modernidad de Rizal es más palpable, lejos ya históricamente de los hechos, las acusaciones y el resultado de todo un despropósito que culminó con un Consejo de Guerra en forma de juicio sumarísimo y atolondrado con el resultado de una débil prueba de cargo y una ejecución. Debemos pensar que Rizal, aun su corta vida, desarrolló entre 1877, pongamos, y 1896, la fecha de su muerte, es decir, en sólo dos décadas, una intensísima labor de escritura: unos cuarenta poemas, dos novelas, varias narraciones, traducciones, una cantidad considerable de textos periodísticos y ensayos breves, la edición del libro de Morga, dos largos textos de Memorias (que se recogen en mi edición), así como textos dispares sobre etnografía, botánica, zoología, lingüística, pintura, viajes, medicina, psicología, educación e instrucción públicas, ¡hasta un texto sobre el champagne y otro sobre parapetos militares! Cuando la “Comisión Nacional del Centenario de José Rizal” imprimió sus obras, en Manila y en 1961, éstas ocuparon un total de 13 gruesos volúmenes, de los cuales ocho son obra de Rizal; y a esto cabría añadir que su epistolario, reunido entre 1930 y 1938, son seis volúmenes más.

Su poesía, sin embargo, sigue un rumbo distante de las corrientes de la lírica modernista de la época…
La poesía de Rizal es, como he dicho, un ejercicio humanístico y escolar, en sus comienzos. Una forma de imitación de los líricos que leía y sobre los que estudiaba en el Ateneo de Manila, en primera instancia; y un espacio más para la reflexión personal –o para la expresión de sus sentimientos– en la etapa de sus viajes y sus regresos a Filipinas, esto es, desde 1880 en adelante. Y aunque en algunas de sus composiciones, como “A la juventud filipina”, se sienta tentado a hacer de su poesía, también, parte de su proceso intelectual y político, lo cierto es que sus versos siempre fueron deudores de las lecturas de poesía castellana clásica que había hecho en Manila, desde Fray Luis o Cervantes hasta algunos poetas ilustrados o prerrománticos españoles, como Espronceda, o Larra. Su poesía, pues, no “sintoniza” con las corrientes de renovación de la lírica en lengua castellana que comienzan a apuntar en España y en Hispanoamérica hacia 1880, con el Modernismo, de ahí que, dejando a un lado otras consideraciones o similitudes, no crea, ni siquiera, muy acertado emparentar la poesía de Rizal con la del cubano José Martí.

De hecho, durante su estancia en España, nunca trataría con poetas españoles e incluso encontraría cosas mejor que hacer en Madrid que asistir a un recital de Campoamor, cuando Campoamor era entonces, en 1884, un poeta de consideración. Rizal no prestó atención a los rumbos de la poesía moderna en español, de ahí que ahora nos resulte, al leerlo, un poeta arcaico para su tiempo. De algún modo, él había aprendido la retórica y la poética clásicas y había adoptado, a través del estudio y de sus ejercicios escolares para concursos, la poética moral del horacianismo clásico español y, sin duda, rasgos de una poética neoclásica e ilustrada que tomaba el poema por discurso sobre la moral, el amor, la amistad, la educación, la bondad humana, etc. como asuntos principales sobre los que cantar. Aun así, como contrapunto en su obra, y como una de las partes de la misma menos difundidas en España (sobre todo se conocían sus novelas), he creído de interés que mi edición reuniera toda la poesía de Rizal como preámbulo a una selección de sus ensayos, sin duda la parte de mayor fuste de su obra literaria.

Rodríguez-Moñino: «el príncipe de los bibliófilos»

Los bibliófilos podrían pertenecer a una extensa y diversa sociedad secreta, si no fuera por el espacio que ocupa el saber. Poco secreto puede haber entre miles de ejemplares de ediciones de lo más diverso en tamaño, color o forma. Con todo, hay una tipología en esta tribu enferma (y enfermiza) de amantes de los libros. Y es que también podemos encontrarnos con sus propias tensiones. Existen dos bloques irreconciliables entre los coleccionistas que no les interesa la letra impresa y aquellos que no pueden entender su pasión sin la lectura. Uno de los mayores bibliófilos españoles de esta última familia fue, sin dudarlo, Antonio Rodríguez- Moñino. Como aseguró él mismo, “tal vez, para desgracia de ese papel de bibliógrafo, tengo la debilidad de no considerar el libro sólo como unidad catalográfica, sino como expresión material de pensamiento y sensibilidad: quiero decir que los leo”.

Nacido en Calzadilla de los Barros (Badajoz), Rodríguez- Moñino fue considerado por el gran hispanista francés Marcel Bataillon como el “Príncipe de los bibliófilos”. Desde la década de los treinta del siglo pasado, cuando obtuvo una cátedra de Lengua y Literatura de Instituto en una severa oposición, este sabio extremeño participó intensamente en la vida intelectual española. Antes de licenciarse en Filosofía y Letras y Derecho ya había comenzado su carrera docente junto a Gerardo Diego. Rodríguez- Moñino destacó por su erudita producción filológica e histórica desde muy joven y su labor educativa no le impidió que su prolífica actividad académica decayera.  aunque su actividad académica no decayó. No es extraño, por tanto, que se convirtiese en técnico de la Junta de Protección de Tesoro Artístico del gobierno republicano durante la guerra, lo que le permitió encargarse de la salvaguarda de una parte importante del patrimonio bibliográfico español.

Esta ocupación le transformó en un indeseable colaboracionista a ojos del régimen franquista, que le desalojó de su cátedra. Como no podía ser de otra forma, el estigma que le persiguió durante el resto de su vida. Con todo, su patriotismo le impidió exiliarse a Estados Unidos para salvar su situación en aquellos años de posguerra, donde fue reconocido como miembro de número de la Hispanic Society of America. Su amistad con algunos libreros le facilitó la provisión de importantes tesoros bibliográficos que fueron conformando una cuantiosa biblioteca personal en un contexto sombrío. La posguerra fue para Rodríguez- Moñino una época de exilio interior dominado por el miedo y la incertidumbre. Su incesante producción editorial, como lo demuestran los doce tomos de Las fuentes del Romancero General o la edición del Cancionero General de Hernando del Castillo, se transformó en su particular válvula de escape ante su situación personal. A todo ello debemos sumar sus esfuerzos en la editorial Castalia, que se perfilaba como el acabado ejemplo de rigor intelectual.

Su participación en tertulias, como la popular del café Lyon, y el apoyo de personalidades de la talla de Gregorio Marañón, Dámaso Alonso, Camilo J. Cela o José M. de Cossío aliviaron sus circunstancias. Pero no pudieron evitar que en 1960 el gobierno impidiera su entrada como miembro de número en la Real Academia Española. Poco después, en 1966, y cuando ya era un profesor en la universidad norteamericana de Berkeley, se resolvió su expediente de depuración, iniciado al final de la contienda, que le inhabilitaba para cualquier cargo directivo, condenándole a un traslado forzoso fuera de la provincia de Madrid. Sin embargo, sus valedores en la Real Academia consiguieron su ingreso en 1968. Por fin podía ser reconocido en su propio país, como lo habían hecho en Estados Unidos con un libro-homenaje editado como respuesta de la depuración franquista.

Para entonces una extensa obra le certificaba como uno de los grandes maestros de la bibliografía hispana, una disciplina que se había ido transformando durante décadas con sus aportaciones y su exhaustividad. Por desgracia, no pudo disfrutar de su nueva condición durante demasiado tiempo. Falleció en Madrid dos años después de su nombramiento, mientras terminaba de elaborar el Diccionario de pliegos sueltos poéticos (siglo XVI), que se convertía en el colofón póstumo de una vida consagrada a los libros.

Su pasión amorosa por los libros, su honradez intelectual y su perseverancia biográfica continúan siendo valores necesarios para nuestra época. El rescate y reconocimiento de la personalidad incansable de un liberal conservador como Rodríguez- Moñino es necesaria. Su biblioteca es un espacio único que, por disposición testamentaria de su viuda María Brey Mariño, en quien siempre encontró una estrecha colaboradora, se incorporaron al fondo de la Real Academia Española en octubre de 1995. Son cerca de 17.000 volúmenes de su biblioteca personal junto a la valiosa correspondencia que mantuvo con escritores e hispanistas. Dentro de este rico legado se encuentran alrededor de 200 manuscritos, entre los que destacan ejemplares del Siglo de Oro, 450 impresos de los siglos XVI y XVII, que en algunos casos son únicos, una serie de pliegos sueltos, láminas de cobre, dibujos y estampas de autores entre los que se encuentran ejemplares de Goya o Durero. Este legado es el principal testimonio de una constante tenacidad para sobreponerse a las adversidades y de la invencible pasión bibliófila de este extremeño. Una precoz pasión que había nacido en la biblioteca de la universidad agustina de San Lorenzo del Escorial donde realizó sus estudios.

Educación y empleo

Es un gran honor para mí que la Universidad Internacional de La Rioja y Nueva Revista me hayan encomendado —junto con Francisco Sainz de Murieta— coordinar este número monográfico sobre Educación y Empleo. Dos áreas muy importantes de la gestión pública en las que, durante seis años, tuve responsabilidad como consejero de la Comunidad de Madrid.

Entre los autores de los artículos de este número especial figuran personas que han ocupado y ocupan posiciones de relevancia en el ámbito público y privado de la Educación y del Empleo. Personas que conocen bien, desde la gestión y desde el ámbito académico, los problemas educativos y laborales. De varios de ellos aprendí mucho durante esos años pasados y sigo aprendiendo en la actualidad, por lo que siempre les estaré profundamente agradecido.

La educación en España, y en cualquier país, ha suscitado siempre debates políticos y sociales, tanto en lo referente a la intervención del Estado en la misma como en relación con las libertades educativas, la equidad y la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación.

Sin embargo, durante muchos decenios y con regímenes políticos muy distintos, ningún gobierno intentó rebajar el rigor en la transmisión de conocimientos ni la exigencia hacia profesores y alumnos. Pero, a partir de la década de los años setenta del siglo pasado, ciertas corrientes pedagógicas e ideológicas han promovido y aplicado unas políticas educativas que suponen, en la práctica, una reducción en la exigencia, una menor valoración del esfuerzo y una disminución de los contenidos educativos. Consecuencias muy preocupantes desde el punto de vista social, pues la exigencia en la educación obligatoria es la mejor garantía de la igualdad de oportunidades y del papel de la educación como instrumento de movilidad social, como supo apreciar en su día la escuela republicana de Francia, país hoy también afectado por las consecuencias de la educación comprensiva.

Por otra parte, el enorme esfuerzo de inversión realizado por todos los gobiernos de España en las cuatro últimas décadas ha conseguido universalizar el acceso a la educación pero no ha logrado una mejora apreciable en los resultados educativos de nuestros alumnos, como han revelado las evaluaciones internacionales.

En esta segunda década del siglo XXI, la educación necesita, más que nunca, salir de la trinchera ideológica y ser abordada con visión de Estado. Por encima de las legítimas y convenientes discrepancias sobre políticas educativas concretas, es necesario, en primer lugar, aceptar la necesidad de renovar el sistema educativo, incorporando buenas prácticas acreditadas en otros países, y de actualizar concepciones pedagógicas que, a pesar de las mejores intenciones iniciales de sus impulsores, han quedado inadecuadas para el momento actual. En segundo lugar, es preciso analizar, entre todos, las formas más eficientes de promover la equidad y la igualdad de oportunidades en la educación, base de la igualdad de oportunidades en la vida.

Esta equidad debe atender, de forma especial, a tantas personas que, durante su juventud, no tuvieron las oportunidades de formarse que hoy se ofrecen a los jóvenes. De ahí la importancia de la educación de personas adultas y, en general, de la formación a lo largo de toda la vida.

El sistema educativo debe facilitar a los alumnos durante la educación obligatoria la adquisición de los conocimientos y destrezas y la transmisión de valores que constituyan una sólida base sobre la que, a lo largo de toda la vida, puedan seguir adquiriendo nuevos conocimientos y habilidades, de acuerdo con sus intereses y aficiones. ¡Cuántas veces he repetido a mis hijos que el problema no es desconocer sino no querer saber!

Una adecuada relación entre Educación y Empleo, sobre la que se ha estructurado este número monográfico de Nueva Revista, es algo determinante para el futuro de un país y para el pleno desarrollo personal, profesional y vocacional de sus ciudadanos. Si bien los fines de la educación no pueden limitarse a preparar a los jóvenes para su actividad profesional en un mundo competitivo —y en este sentido es clarificador el artículo de Eugenio Nasarre con el que se inicia esta publicación—, ninguna persona razonable puede ignorar el enorme riesgo que para un país supondría la desvinculación y lejanía entre su sistema educativo y la evolución de su economía y de su sociedad, como resalta muy acertadamente en su artículo Francisco Sainz de Murieta.

En este asunto, como en tantos otros de la educación, en España no ha primado especialmente la transparencia.

Es muy reciente la difusión de datos que demuestran la innegable correlación que existe entre el nivel educativo alcanzado y las oportunidades de empleo y retribución de los jóvenes, aunque la gravedad de la crisis económica haya enmascarado en alguna medida este hecho en los últimos años.

Esa transparencia se requiere hoy más que nunca en nuestro sistema educativo. Transparencia y sentido de la responsabilidad, porque en la educación las decisiones importantes y las leyes revelan sus efectos al cabo de bastantes años, cuando, en el caso de ser negativos, aquellos que las promovieron están probablemente fuera de sus puestos de responsabilidad y poco o nada pueden hacer por remediarlos. Y esto no vale solo para los responsables políticos de la educación sino también para todos los miembros de la amplia comunidad educativa —y especialmente para los representantes de profesores, padres, alumnos, sindicatos, titulares de centros docentes y entidades académicas y pedagógicas— que, con notable frecuencia y no escasa repercusión en los medios de comunicación, promueven o rechazan determinadas políticas educativas.

Por estos motivos, quienes hemos participado en este número especial de Nueva Revista hemos intentado abordar los distintos apartados sobre Educación y Empleo con la mayor sinceridad intelectual, sin concesiones a lo políticamente correcto y sin limitaciones coyunturales, buscando en nuestros análisis y propuestas el mejor interés del futuro de España y de sus ciudadanos. Corresponde al lector, con nuestro agradecimiento anticipado, juzgar si hemos acertado en ese empeño.

Buenas prácticas de formación y empleo en otros países europeos

Sobre la base de estos vectores, los distintos estudios internacionales parecen coincidir en atribuir unos mejores resultados a aquellas políticas de empleo que descansan sobre la variable formación. De ella se ha dicho que es la clave para garantizar una mejor adaptación de la mano de obra y de la empresa a las cambiantes circunstancias del mercado y, de ahí, que se alce como el instrumento idóneo para mejorar la empleabilidad de los trabajadores1.

En este sentido resulta muy útil estudiar cuáles han sido las estrategias seguidas a este respecto por nuestros principales socios europeos y los resultados que han obtenido de cara a poder incorporar, previas las modificaciones y adaptaciones necesarias para nuestro concreto sistema de relaciones laborales, aquellas que estén resultando más eficaces.

El presente artículo sintetiza, a modo de «buenas prácticas», esas otras experiencias comparadas. En concreto, se han escogido aquellos programas que están destacando en el contexto europeo por sus buenos resultados. Asimismo, se ha procurado que exista una cierta variedad en cuanto a las medidas en sí, pero también en relación al concreto modelo institucional en el que se aplica.

Así, en concreto, se han seleccionado: a) el programa de formación para trabajadores maduros de Dinamarca, medida muy bien valorada por la Comisión Europea y que además se integra dentro de uno de los ejemplos paradigmáticos de flexiseguridad: b) el programa de «incentivos-formación» desarrollado en Alemania y los «empleos del futuro» («les emploi d’avenir») de Francia, pues en ambos casos se combina una política muy conocida en España, los incentivos, junto con la que es objeto de atención en este trabajo, la formación; c) la formación dual de Alemania y Holanda; y d) el sistema de cupones para la formación puesto en práctica en Grecia, entre otros países.

El programa de formación para trabajadores maduros de Dinamarca

Dinamarca se caracteriza por ser uno de los ejemplos paradigmáticos de puesta en práctica del concepto de «flexiseguridad», que pretende aunar a un mismo tiempo la flexibilidad laboral que requiere la cada vez mayor competitividad en un mundo globalizado, con la seguridad en el plano social que caracteriza al conocido como «modelo social europeo».

La versión danesa del modelo de flexiseguridad se ha venido representado con el llamado «triángulo de oro»2, en virtud del cual el modelo danés se asentaría sobre tres pilares básicos: a) un mercado laboral flexible, que en el caso danés sería una característica típica de su regulación laboral asentada sobre la negociación colectiva; b) unas políticas sociales generosas, propias de los Estados del bienestar del norte de Europa; c) un papel destacado de las políticas de empleo y, en particular, aquellas que se refieren a la formación3, lo que constituiría el elemento más novedoso del modelo.

Como manifestación este último rasgo destaca el programa de formación para trabajadores maduros (Voksenlærlingeordning)4. No se trata de una medida nueva, pues nace en el año 1997, pero ha estado sometida a diversas revisiones y evaluaciones, la última de ellas en 20135. El programa se basa, de una parte, en la celebración de un contrato formativo para adultos, que asegura el reciclaje formativo tanto en centros educativos especializados (centros de formación profesional), como con el propio empresario en el centro de trabajo; de otra, en la existencia de incentivos a la contratación (aproximadamente del 20% del coste salarial) que fomenta su uso y compensa parte de los costes formativos para la empresa.

Entre los requisitos para la aplicación de este programa destacan la necesidad de que se desarrolle en sectores clasificados por el Gobierno como de «tendencia positiva» en cuanto al empleo, es decir, actividades o nichos de mercado en los que se prevén necesidades de mano de obra cualificada en el futuro. El programa se dirige tanto a trabajadores desempleados (al menos nueve meses para el caso de los trabajadores maduros, rebajándose a seis en el de los jóvenes), aunque también se aplica a trabajadores en activo con carencias en su nivel de cualificación o que no hayan puesto en práctica la que posean en los últimos cinco años.

Algunos datos significativos de la reciente evaluación a que ha sido sometido el programa desvelan que: a) el 76% de los encuestados manifiestan estar completa o parcialmente de acuerdo con el hecho de que el programa habría incrementado sus oportunidades para el empleo a corto y largo plazo; b) el 88% está completa o parcialmente de acuerdo con que ahora están mejor formados para encontrar un trabajo; c) el 70% manifiesta estar completa o parcialmente de acuerdo con que el programa les habría permitido encontrar un trabajo más interesante, y un 64% en relación a trabajos de más responsabilidad; d) el 77% de los participantes manifiestan que el programa les habría dado la oportunidad de desarrollar trabajos que previamente no podían realizar; e) el 73% de los empresarios participantes entrevistados consideran que el programa habría aportado valor añadido al negocio6.

Los programas de incentivos-formación: los casos francés y alemán

Los incentivos a la contratación han desplegado un papel muy importante como política de empleo en nuestro país, pero también en otros Estados europeos. Existe un cierto consenso científico en que los incentivos a la contratación no sirven para crear empleo7. Adolecen, entre otros efectos, de lo que se conoce como «efecto peso muerto», noción con la que se pretende expresar el hecho de que se estarían bonificando puestos de trabajo que se iban a crear de todas formas, aun en ausencia de incentivo.

Esto no quiere decir que los incentivos no cumplan con ninguna función como política de empleo. Para lo que sirven es para focalizar el empleo que se va a crear de todas formas (de ocurrir esto) hacia determinados colectivos que presentan especiales dificultades de acceso a un puesto de trabajo. En este sentido, existe una cierta preocupación entre los distintos Estados miembros por configurar los incentivos como una política de empleo lo más eficiente posible atendiendo a la función específica que pueden cumplir como tales8.

Entre las distintas experiencias que se han subrayado como positivas destaca, en primer lugar, los denominados «empleos del futuro» (emplois d’avenir). Precisamente el panorama en Francia ha sido el de un uso bastante amplio de los incentivos conectados con diversas modalidades contractuales que, frecuentemente, incorporaban otro tipo de ventajas, tal y como muestra el gráfico de la página siguiente.

Los escasos resultados alcanzados llevaron a la formulación de este nuevo programa cuyo objetivo fundamental es el de promover la inserción social y la formación de jóvenes con escasa o nula cualificación, haciendo frente a las específicas dificultades sociales y profesionales en el acceso a un nuevo empleo. Asimismo, los emplois d’avenir pretenden fomentar el empleo en sectores de especial importancia medioambiental o social o que presentan dificultades para la cobertura de puestos de trabajo con determinados tipos de cualificaciones.

Fuente: Délégation General à l’emploi et à formation proffessionnelle. ministère du travail, de l’emploi, de la formation proffessionnelle et du dialogue sociale.

El programa presenta tres innovaciones fundamentales: 1) está dirigido jóvenes con escasa o nula cualificación provenientes de zonas degradadas, 2) en cuanto a los empleadores, pueden ser tanto entidades mercantiles como sin ánimo de lucro siempre que garanticen trabajos con un cierto grado de cualificación, formación y tutorización, 3) se asegura la orientación profesional durante toda la duración del contrato. Asimismo, se acompañan de incentivos a la contratación que rondan entre 75% y el 35% del salario mínimo según se trate de entidades sin y con ánimo de lucro respectivamente (lo que supone entre 500 y 1.000 euros al mes para un contrato a jornada completa). En cuanto a sus resultados, el objetivo era celebrar 150.000 contratos durante 2014, si bien ya se habían alcanzado los 125.000 a finales de mayo. De ellos, el 53% lo eran por tiempo indefinido o por una duración superior a tres años y el 91% a tiempo completo. El 83% de los beneficiarios tenían un nivel de cualificación inferior al baccalauréat (preuniversitaria), mientras que el 41% carecían de ningún tipo de cualificación9. El éxito en cuanto a su utilización descansaría en buena medida en la superación de las deficiencias detectadas en programas anteriores. En el lado negativo, se estaría produciendo un cierto efecto desplazamiento en relación con otros tipos de contratos (formativos), lo que podría ser sinónimo, a su vez, de la existencia de un efecto «peso muerto».

Algo similar ha ocurrido en Alemania, en la que las sucesivas evaluaciones y reformulaciones de programas de empleo ha dado lugar a nuevos planteamientos cada vez más focalizados en determinados colectivos dentro del grupo de trabajadores desempleados. A este respecto, merece destacarse el programa conocido como Bürgerarbeit o ESF pilot scheme for community employment10, en su traducción inglesa («trabajo en comunidad»). Este programa vino a sustituir al Kommunal Kombi, centrado en la lucha contra el paro de larga duración en zonas con tasas de desempleo inusualmente altas y se trata de uno de los instrumentos centrales en la lucha contra el paro de larga duración según el Gobierno alemán11.

Este programa nace de la constatación de que entre las causas del paro de larga duración destacan la edad, las circunstancias personales (como la existencia de responsabilidades familiares), las condiciones físicas y de salud y la ausencia o déficit de cualificación. Precisamente con el objetivo de atajar este problema a través de esta última variable, esta medida se basa en la combinación de subsidios a la contratación (además de otras ayudas técnicas que se ofrecen al empleador desde las oficinas de empleo) y formación, fundamentalmente de habilidades profesionales básicas.

El programa está dirigido a trabajadores parados de larga duración (al menos dos años en desempleo interrumpidamente) o trabajadores parados de larga duración perceptores de la renta mínima, que carezcan de capacitación profesional o que, aun teniéndola, no la hayan podido poner en uso.

La formación dual en Alemania y Holanda

Mucho se ha hablado en España y en el resto de Europa de la «formación dual» como una política de empleo y formación de éxito, hasta tal punto que su aplicación en otros Estados miembros ha sido fomentada por la unión Europea y en muchos casos llevada a efecto con mayores o menores diferencias12. Su principal fortaleza es que ha permitido involucrar a una proporción muy amplia de jóvenes que abandonan de forma temprana la escolarización obligatoria, teniendo una especial incidencia en su éxito la conexión entre el sistema educativo y el mundo empresarial o profesional.

En Holanda, cerca del 60% de los estudiantes de 15 años están incursos en programas encaminados hacia la formación profesional (vocational orientation). Esto, lógicamente, incide en otros niveles del sistema educativo, de tal suerte que, por ejemplo, la tasa de educación universitaria es del 34% entre los jóvenes de 25 a 34 años, frente al 37% de la media de la OECD13.

La formación profesional se estructura en dos niveles distintos. De un lado, la preuniversitaria, que si bien está abierta a cualquier tipo de estudiante, en el 95% de los casos se trata de menores de 22 años. Existen diversas pasarelas formativas, cuya duración varía entre uno y cuatro años, que permiten modular la formación práctica en la empresa, que puede llegar a alcanzar hasta el 60% de las horas lectivas. De otra parte, también nos encontramos con formación profesional superior, que cuenta con una duración de cinco años y en la que se ha promovido una especial colaboración con las pequeñas y medianas empresas. Al margen de ambas, lo cierto es que la compenetración entre sistema educativo-formativo y empresa está presente también en otros niveles del sistema educativo, incluso, fomentando incluso el autoempleo14.

Este diseño curricular también está previsto en Alemania, donde aproximadamente el 53% de los jóvenes había completado en 2006 algún curso de formación profesional en el sistema dual15. Además, este sistema es una vía de reclutamiento básica para las empresas: en el año 2001 más del 60% de los trabajadores contratados bajo esta modalidad contractual en Alemania permanecieron en la misma empresa tras la finalización de este primer contrato16.

Para poder tener acceso al sistema dual el único requisito es estar en posesión del título acreditativo de la superación de los niveles relativos a educación obligatoria, si bien la mayoría de los estudiantes que forman parte del sistema están en posesión de un título de educación secundaria superior o pueden acceder a la educación superior. la formación dual, que se imparte tanto en escuelas de formación profesional como en las empresas, tiene una duración de tres años, desarrollándose en sesiones de tres a cuatro días a la semana de formación en la empresa y de hasta dos días en la escuela de formación profesional.

A pesar de su enorme éxito, solo algunos países del norte y centro de Europa han conseguido desarrollar con éxito modelos similares (el ya mencionado caso de Holanda, además de Dinamarca, Noruega, Austria, Luxemburgo y Reino Unido), lo que pone el acento en la necesidad de lograr adaptaciones adecuadas a las necesidades de cada sistema económico y educativo y en la continua evaluación y perfeccionamiento del modelo una vez que se ha optado por su aplicación en un determinado Estado. De lo que se trata es de tener claro cuáles son los elementos nucleares clave del sistema alemán para, a partir de ellos, determinar cuál es la configuración idónea que permita adaptarlos a otros marcos jurídicos. Desde esta perspectiva, no solamente cobra importancia el modelo alemán en sí, sino también los de esos otros países que ha logrado transponer con éxito el sistema germano a sus ordenamientos jurídicos17.

Los cupones de formación y su aplicación en Polonia y Grecia

Los programas de cupones (boucher scheemes) se basan en la financiación por parte del Estado de todo o parte del coste formativo del portador o tenedor del cupón. En cierta medida nos encontramos ante una variante de incentivo que puede ser empleado, como tal, para las más diversas finalidades (contratación en general, como la más destacada), pero que en el presente ejemplo se vincula a la adquisición de una determinada formación. Su rasgo más destacado es que simplifica los procedimientos administrativos de concesión de este tipo de ayudas financieras.

Varios países europeos, como Finlandia, Polonia o la propia Grecia18, han desarrollado programas de este tipo, en todos los casos centrados en los jóvenes desempleados19. En el caso de Polonia, dejando a un lado otras variantes ajenas al objeto del presente informe, pueden destacarse dos tipos diferentes de cupones-formación: los cupones de prácticas y los cupones de formación profesional, que se diferencian en que este último exige un itinerario individual de empleo con progresión profesional.

Por lo que respecta a Grecia, los cupones están dirigidos a la adquisición de experiencia profesional y al desarrollo de las habilidades necesarias para el acceso al mercado de trabajo por parte de los trabajadores jóvenes menores de 29 años. Por consiguiente, este programa parte de la existencia de una formación teórica suficiente y se dirige a suplir el déficit en cuanto a la formación práctica. De los 35.000 cupones emitidos en su implantación, 25.000 se dedicaron a educación superior y 10.000 a educación secundaria y básica. Adicionalmente el programa fue ampliado en 10.000 más que se centraron en actividades del sector turístico.

El programa está formado por dos tipos de medidas. De una parte, subsidios a las empresas por la realización de estas contrataciones. De otra, también se ofrecen actividades de formación profesional (60 horas, de las cuales el 80% han de dedicarse a actividades relacionadas con competencias especializadas, mientras que las restantes a competencias básicas), formación práctica (en la propia empresa y con una duración mínima de 500 horas —cinco meses—) y actividades de orientación, acompañamiento y tutorización profesional.

La medida parece estar teniendo efectos positivos en lo que hace a la empleabilidad de los participantes. No obstante, en julio de 2014 está prevista la evaluación del programa de cupones-formación griego a través de una entidad externa (Centro nacional de investigaciones Sociales).

Como se puede observar, existen numerosas iniciativas o «buenas prácticas» en los países de nuestro entorno en materia de formación y empleo, pero en todo caso la cuestión fundamental será no la copia en sí misma, sino la evaluación de la eficiencia de dichas medidas para su «importación» a nuestro modelo. •

NOTAS

 Boeri, t.; van Ours, j., The Economics of Imperfect Labor Markets, Princetown

University Press., Princetown, 2008, pp. 170-172.

  2  Para un estudio general, ver Madsen, p. K., «Denmark», en The Labour market triangle: employment protection, unemployment compensation, de Beer, P., y Schils, T., Edward Elgar, Cheltenham, Reino Unido, 2009.

De ahí que frecuentemente se hable también del modelo learnfare, Jørgensen, H., From a beautiful swan to an ugly duckling: Changes in Danish activation policies since 2003, Centre for labour market research at Aalborg University (carma), Aalborg (Dinamarca), 2009, pp. 2-3.

También existe un programa específico para trabajadores jóvenes.

Para una breve descripción Rolls, S.; Cort, P., A bridge to the future: European policy for vocational education and training 2002-10. National policy report-Denmark, CEDEFOP refernet, 2011, pp. 12-13.

Deloitte (2013): Evaluering af voksenlærlingeordningen – Effekter, anvendelse og incitamenter [Evaluation of the adult apprenticeship scheme – Effects, use and incentives], København (www.ams.dk)

Para el caso específico de España, ver TOHARIA CORTÉS, l. (dir) y otros, El efecto de las bonificaciones de las cotizaciones a la Seguridad Social para el empleo en la Seguridad Social: un intento de evaluación macroeconómica, microeconómica e institucional, Ministerio de Trabajo e Inmigración. Secretaría de Estado de Seguridad Social, 2008.

Muy interesante resulta a este respecto los resultados de un estudio elaborado por el observatorio Europeo de Políticas de Empleo y que se recogen en COMISIÓN EUROPEA, Stimulating job demand: the design of effective hiring subsidies in Europe -EEPO Review, Dirección General de Empleo, Bruselas, 2014.

Una descripción completa de la medida y de sus resultados puede encontrarse en FARVAQUE que, N., Host Country Discussion Paper.«The implementation of the Emplois d’Avenir in France: the role of local actors». Peer Review on ‘Emplois d’avenir’ – ‘jobs with a future’ scheme, Comisión Europea, París, 2013.

10Las siglas ESF se refieren al European Social Found (Fondo Social Europeo), que cofinancia esta medida basada en el empleo comunitario.

11 Así lo expresó en el programa nacional de reformas para 2013. Federal Ministry of Economics and Technology, National Reform Programme 2013, Federal Ministry of Economics and Technology, Berlin, sec. 111, consulta en:http://www.bmwi.de/En/Service/publications,did=576418.html. La finalización del programa está prevista para diciembre de 2014.

12 Tal es el caso de España a través del real Decreto 1529/2012, de 8 de noviembre, por el que se desarrolla el contrato para la formación y el aprendizaje y se establecen las bases de la formación profesional dual (BOE 09/11/2012, n. 270). Debe recordarse que aunque en el texto las referencias son constantes a la evaluación de las distintas medidas formativas desarrolladas, no existe ninguna referencia a la valoración del conjunto del sistema en cuanto a su articulación, medios destinados a su aplicación u organización.

13 MERCADER UGUINA, J. R.; ARAGÓN GÓMEZ, C.; NIETO ROJAS, P.; PÉREZ DEL PRADO, D., Propuestas de medidas urgentes en materia de empleo juvenil, IRLE. Fundación Sagardoy, Madrid, 2010, p. 7.

14Maes, M., Vocational education and training in the Netherlands, CEDEFOP -Office for Official Publications of European Communities, Luxemburgo, 2004.

15 Hippach-Schneider, U.; Krause, M.; Woll, C., Vocational education and training in the Germany, cedefop-Office for official publications of European Communities, Luxemburgo, 2007, pp. 24-25. Véase también este trabajo para un estudio general del sistema educativo y, en particular, del dual.

16 MERCADER UGUINA, J. R., y otros, Propuestas de medidas urgentes en materia de empleo juvenil, cit., p. 7.

17 Sobre estos problemas de adaptación en otros modelos comparados y las propuestas para llevarlo a cabo EULER, D., El sistema dual en Alemania – ¿Es posible transferir el modelo al extranjero?, Fundación Bertelsmann, Gütersloh, 2013.

18 Una descripción sucinta, con especial mención del caso griego se contiene en comisión europea, Stimulating job demand: the design of effective hiring subsidies in Europe – EEPO Review, cit., pp. 25-26.

19 Especialmente curioso es el caso de Bélgica, en el que el programa de cupones se ha utilizado para sacar a la luz empleo irregular en el sector servicios, mediante un cupón doble dirigido a empleadores, que ven reducidos sus costes salariales y a la Seguridad Social; y al trabajador, que recibe una rebaja fiscal a cambio de declarar su situación laboral. Más información sobre esta variante puede encontrarse en: http://www.eurofound.europa.eu/areas/labourmarket/tackling/ cases/be004.htm 

Expatriados por el empleo: ¿activo o pérdida para España?

Las migraciones de personas cualificadas o migraciones del talento han sido interpretadas de dos maneras diferentes. Entre los años 1950-1990 fueron consideradas ante todo como «fuga de cerebros (brain drain)», un éxodo que suponía la pérdida de las personas mejor preparadas de los países de origen y el beneficio de su cualificación por parte de los territorios de destino que, además, no tenían que financiar la educación de esas personas. El fenómeno se consideró como una consecuencia del fuerte desequilibrio económico entre el norte y el sur y en parte como resultado del binomio baja natalidad-envejecimiento que caracterizaba la demografía de los países desarrollados. También hubo un éxodo de cerebros entre los países del norte, pero no tuvo ni la importancia numérica, ni sobre todo las consecuencias (económicas, sociales, políticas…) de la migración del talento desde los países del sur.

En los años noventa cambia el paradigma. La caída del muro de Berlín, la descongelación de las relaciones internacionales, la generalización de la movilidad y la aparición de una economía y una sociedad basada en el conocimiento fueron algunas de sus causas. El brain gain sustituye al brain drain y se impone el concepto de «circulación de cerebros», protagonizada por los trabajadores altamente cualificados que se integran bien en los países de acogida sin romper los lazos con los de origen, a los que acaba volviendo cuando existen oportunidades atractivas. La acepción se utiliza también para definir los movimientos de los profesionales en el ámbito de las empresas multinacionales en esta nueva etapa de globalización económica.

Este nuevo paradigma ofrece una visión más balsámica de las migraciones de profesionales. Por supuesto, que no olvida sus aspectos negativos, muy particularmente la descapitalización de los recursos más válidos de las áreas de salida. Pero destaca mucho más los elementos positivos que el éxodo supone para los protagonistas y para todos los territorios, los de partida y los de llegada.

Los desplazamientos de los pac(personas de alta cualificación) suponen claras ventajas para los países de llegada, contribuyendo de forma clara al desarrollo de ciertos sectores entre los que destacan las áreas de la salud, las nuevas tecnologías, algunas ingenierías y la enseñanza superior. Pero también pueden beneficiar a los países de salida mediante las remesas, la inversión o el desarrollo de vínculos comerciales. Suelen crear reputaciones positivas de las zonas de partida, lo cual favorece las iniciativas empresariales de estos estados y su integración en las redes mundiales de producción y comercio. Y a su vuelta aportan conocimientos y patrimonios que favorecen su reinserción laboral y la creación de riqueza.

Sin duda, esta perspectiva más positiva y amable del éxodo es la que debe orientar el análisis de este flujo tan especial y mucho más cuando, como en el caso de España, se produce entre países pertenecientes a un mismo mundo. Pero comencemos por contextualizar las corrientes.

De nuevo priman las salidas

España ha sido históricamente un país de emigrantes. En el periodo contemporáneo de los movimientos primero fue Iberoamérica, después el norte de África y más recientemente Europa. Pero como ocurrió en otros países del sur del continente, el «boom» económico de los años noventa hizo cambiar el signo de las migraciones y de la noche a la mañana nos convertimos en territorio de acogida de corrientes importantes que nos llevaron a tener una población de extranjeros superior a los 5,7 millones. Sin embargo, la crisis reciente nos ha devuelto a la condición nada envidiable de la España peregrina. Hasta el año 2009 España ha tenido un balance migratorio positivo, pero desde el 2010 el saldo negativo no ha dejado de intensificarse. Entre 2010 y 2011 fue de 80.373 personas, en 2012 rebasó las 140.000 y en 2013 llegó a 257.000.

La entrada reciente en un nuevo periodo emigratorio induce a pensar si la etapa de fuerte inmigración fue tan solo un paréntesis en la condición de país de emigrantes que nos ha definido tradicionalmente. Y plantea dos reflexiones más. La primera es si el éxodo actual es una continuación del que tuvo España en los años sesenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, o se trata de una corriente diferente por sus causas y las características de sus protagonistas. La segunda es si esta nueva emigración se va a mantener o cabe esperar, por el contrario, que le suceda otra fase inmigratoria.

La primera cuestión enlaza con la última. La adquisición del carácter de país de inmigrantes rompe con la larga tradición emigratoria del territorio y seguramente España habría mantenido este carácter de no mediar la fuerte crisis económica que aún soportamos. Eso quiere decir que volveremos a ser un país de inmigrantes en cuanto la crisis escampe, porque nuestra demografía así lo va a exigir.

La consideración de si estamos en una corriente diferente a la de los años sesenta sí requiere un tratamiento algo más detenido. Comenzaré diciendo que entre las dos fases emigratorias hay algún parecido, pero hay también diferencias significativas, que son las predominantes.

Se parecen porque los motivos económicos están en la base de ambas migraciones: los motivos económicos en general y muy particularmente los ligados al mercado de trabajo. El fuerte desempleo de la población adulta joven está en el origen prioritario de la salida del país. Hay otros motivos, como siempre, pero no dejan de ser secundarios. Otra concomitancia es que tanto ayer como hoy, las salidas son alentadas por los poderes públicos que ven en ellas un instrumento fundamental del despegue de la economía española de los años sesenta y que ven ahora un factor de impulso futuro cuando una parte de los que salen (cualificados) retornen al país. Pero, como decía, las diferencias son más importantes. La primera deriva del contexto en el que se han producido las corrientes. Las de los sesenta tuvieron lugar en pleno desarrollismo al que las propias corrientes contribuyeron decisivamente. Las actuales se producen, por el contrario, en un periodo de fuerte recesión sin que el éxodo produzca, por el momento, más consecuencias que el alivio del mercado de trabajo.

La segunda diferencia se refiere al volumen de personas en juego. Entre 1962 y 1974, según el viejo instituto Español de Emigración, se produjo una media de 93.000 salidas anuales, que seguramente fueron más ya que esas cifras del instituto solo recogían la emigración «asistida».

Ahora la emigración al exterior es mayor. Si contabilizamos solo las salidas, entre 2008 y 2013 se fueron 2,5 millones de residentes en el territorio español, con una media anual de casi medio millón de personas. Bien es cierto que la inmigración procedente del exterior alcanzó durante este mismo periodo un volumen de 2.319.171 personas, por lo que el saldo negativo durante todos estos años fue de 156.000 personas, un balance que, como queda dicho, se intensificó y fue mayor que esta cifra en 2012 y 2013.

Además, el devenir de esta emigración se produce en un contexto internacional diferente, con todas las consecuencias que este hecho tiene para los protagonistas del éxodo y para el propio país. En los años sesenta las salidas tenían un ámbito geográfico más constreñido y, aun en plena etapa franquista, poseían todos los inconvenientes que provocaban la inaceptación o las críticas al régimen. Los trabajadores eran aceptados, pero a los motivos de su discriminación por razones educativas o laborales, se unían los derivados del régimen político imperante en el país. Muchos emigrantes eran identificados como partidarios de ese régimen aunque, ideológicamente, se posicionasen en las antípodas. Hoy las salidas se producen en el contexto de la globalización, de la internacionalización de nuestras empresas y como ciudadanos o residentes de un país democrático. A pesar de ello no hemos estado exentos de críticas que tienen dos componentes. A veces somos tachados por otros países europeos de la unión de excesivamente permisivos, debido a las regularizaciones practicadas y a lo que algunos consideran una política demasiado contemporizadora con la inmigración irregular. Además somos acusados por parte de algunos países que reciben emigrantes extranjeros que salen de aquí de favorecer este éxodo que ellos no desean y tratan de evitar. Recuerdo un taxista en ROMA que al percibir que era español se puso a despotricar contra España que enviaba «los rumanos y gitanos» que nosotros no queríamos. Ninguno de mis argumentos le convenció de lo contrario y hasta creo que me cobró el doble por la carrera.

Con todo las dos diferencias más significativas entre ambos periodos de emigración se refieren al origen de las personas que se van y a su nivel socioprofesional. Creo que la diferencia (de los que se van) entre los que han nacido en España y los que tienen otros orígenes, aunque salgan con la nacionalidad española adquirida, es capital. Veamos la evolución  de estas dos clases de personas entre 2008-2013.

El número de emigrantes nacidos en España rebasó ligeramente los 300.000, pero solo supusieron el 12% de las personas que se fueron. Estos casi 308.000 españoles nacidos en el país no suponen otras tantas pérdidas para la población española. Durante esos mismos años llegan casi 124.000 españoles, nacidos en España, que residían fuera, lo cual reduce el balance a unas 185.000 personas. Y lo mismo ocurre con los no nacidos en España. Se van 2,2 millones, pero vienen durante este tiempo casi otro tanto. Los déficits verdaderos se producen a partir del 2011. El balance 2012-2013 de los migrantes no nacidos en España supone una pérdida de 266.000 personas y el de los españoles nacidos en España de casi 92.000 personas. Así pues, el balance negativo de las migraciones iniciado en el 2010 e intensificado en el 2012-2013 tiene como protagonistas esenciales a los antiguos inmigrantes no nacidos en España que o bien vuelven a sus países de origen o tratan de buscar acomodo en otros estados principalmente del ámbito europeo (mi taxista tenía en parte razón).

Las cifras de españoles no son despreciables, pero se alejan bastante de las que a veces son aireadas por los medios de comunicación interpretando erróneamente algunas fuentes de información. Una de las más manejadas es el PERE (Padrón de españoles registrados en el extranjero). De acuerdo a este registro a 1 de enero de 2009 residían en el exterior 1.471.691 españoles. Y el 1 de enero de 2014 un total de 2.058.048. Una resta elemental podría hacer suponer que se han ido del país en estos años más de 586.000 personas y así lo han interpretado algunos medios. No obstante, si la comparación la hacemos entre los residentes fuera pero nacidos en España las cifras para 2009 y 2014 son, respectivamente, 633.750 y 702.734, lo cual da un saldo de tan solo 68.984 personas¹. En realidad, han salido más españoles nacidos en el país, lo que pasa es que no todos los que se van se inscriben en el registro. Pero lo que me interesa destacar aquí no es esta insuficiencia registral sino la inadecuada interpretación que, a veces, se hace de las cifras.

¿Quiénes se van?

He cuantificado el éxodo de españoles nacidos en España en los seis años que transcurren entre 2008 y 2013, en unos 308.000. Ahora, se trataría de precisar cuántos son trabajadores y de ellos cuántos son personas de elevado nivel de cualificación. A la primera cuestión, y de acuerdo a los datos disponibles, puede decirse que el grupo de los activos se sitúa en torno al 50% del total. Y si por activos entendemos las personas con edades comprendidas entre 18 y 64 años, en esta emigración laboral predominan las que tiene más de treinta años sobre los más jóvenes. A la segunda cuestión no puede responderse porque las estadísticas no muestran los niveles de formación de las personas que se van. Es decir, si en el periodo 2008-2013 se han ido unos 300.000 españoles nacidos en España y de ellos la mitad aproximadamente son población activa no sabemos cuántos de esos 150.000 tienen un elevado nivel de cualificación. A pesar de ello tenemos algunas informaciones que nos permiten acercarnos al fenómeno del éxodo del talento desde nuestro país. Se trata de las cifras ofrecidas por el Servicio Europeo de Empleo (EURES) correspondientes al periodo junio de 2011-mayo de 2013. Son datos parciales y seguramente incompletos. Es necesario manejarlos con prudencia puesto que solo constituyen una aproximación al conocimiento de qué tipo de profesionales cualificados son demandados por el mercado europeo y a qué países acuden.

Los datos de Eures nos permiten comprobar en primer término que el número de demandantes de empleo atendidos por el servicio ha ido en aumento. Si en el año 2008 fueron 50.000, en 2013 alcanzaron los 250.000. También suben las solicitudes de empleo gestionadas. Entre junio de 2011 y mayo de 2012 y junio de 2012 y mayo de 2013 pasaron de 17.265 a 25.619.

En cuanto a las profesiones con un mayor número de colocaciones figuran en primer lugar los profesionales de la enfermería y en segundo término los ingenieros e informáticos. Después vienen tres profesiones de bajo nivel de cualificación: los operarios de almacén, los camareros y los peones en general. Y ya con menos importancia figuran algunas otras actividades de cierto nivel de cualificación como son algunos de los antiguos diplomados en ciencias de la salud y en diferentes ingenierías.

Así pues, no todos los que se van son personas de alta cualificación. Los hay también de cualificación media o baja, aunque cuantitativamente no representan volúmenes tan importantes como los primeros. Otra cosa muy diferente es que algunas personas altamente cualificadas no puedan desempeñar oficios acordes con su titulación y preparación y tengan que conformarse con empleos de menor exigencia formativa. En definitiva, se trata de un fenómeno bien conocido del que también encontramos ejemplos en el caso de España.

Así pues, la nueva emigración de españoles se diferencia de la anterior corriente a Europa de los años sesenta por la presencia mayoritaria de trabajadores de media y elevada cualificación, pero se asemeja a ella por la participación nada despreciable de personas sin cualificación.

Por último, en cuanto a los destinos fundamentales de nuestros emigrantes europeos, Alemania, el Reino Unido y Francia acogen a la mayoría. Y como destinos secundarios figuran Noruega, Suecia, Holanda y Suiza.

Por Europa nos vuelven a ver las caras, pero ahora son un poco diferentes de las de hace cincuenta años. La mayoría de las españolas y españoles que se van tienen otro aspecto, otra formación y otras ambiciones. Desgraciadamente a todos los que se han marchado, los de antaño y los de hoy, les une un común denominador: la falta de oportunidades laborales para poder ejercitar el derecho a quedarse. Creo que en cualquier proceso emigratorio, independientemente del nivel de cualificación de sus protagonistas, es necesario distinguir el hecho de que se vayan de las causas que lo provocan. En una palabra, diferenciar el carácter voluntario o cuasi forzoso de los desplazamientos. Y es preciso considerar que independientemente de las ventajas que para sus protagonistas y para el país puedan tener las actuales migraciones, la conclusión de su involuntariedad no es un hecho ni deseable ni positivo.

Pero antes de adentrarme en la reflexión sobre las ventajas e inconvenientes de esta migración, permítaseme recordar que Europa no agota los destinos de nuestra emigración. En las corrientes cualificadas actúan como polo de actuación de cierta importancia los EE.UU. A ellos se dirigen high skilled de muy variada procedencia disciplinar, pero brillan con luz propia los investigadores que se van a las universidades o a los centros de excelencia americanos. Las mejores infraestructuras para la actividad investigadora y una cierta seguridad contractual, al menos durante algún tiempo, juegan en esta atracción un papel estelar. Algunos de nuestros investigadores jóvenes hacen ahora las américas por primera vez; para otros constituyen un segundo intento, tras una vuelta a España (Programa Ramón y Cajal), en la que no encontraron el acomodo y las condiciones necesarias para su labor. También América del Sur está recogiendo trabajadores cualificados españoles y, por supuesto, otros sin cualificar. En este caso, los principales países receptores son aquellos con una presencia de empresas españolas más notable. México, Brasil, Colombia o Chile son algunos de los más elegidos.

Las migraciones del talento: ¿quién gana? ¿quién pierde? 

Al principio de este trabajo aludía a que las migraciones del talento son interpretadas hoy en términos muy diferentes a los del viejo brain drain. El éxodo de cerebros se considera como algo muy beneficioso para los países de acogida, bueno para los propios emigrantes y muy perjudicial para los estados de partida que pierden por esta vía sus recursos humanos más valiosos. Hoy día esta interpretación solo se mantiene para aquellos casos en los que se sobrepasa un determinado porcentaje de «cerebros» que se van sobre la totalidad de «cerebros» que produce el país. El impacto es moderado cuando el porcentaje se sitúa en torno al 5%, es preocupante cuando rebasa el 20% y es muy negativo cuando, como en algunos países africanos o del Caribe, se superan valores del 50% e incluso del 75%. En España, aun cuando no sepamos con exactitud las personas cualificadas que se han ido, sí podemos afirmar con seguridad que su volumen no rebasa el 5% del total de tales profesionales. Sin duda, este argumento cuantitativo ni convence, ni satisface a quienes se tienen que ir contra su voluntad, pero, al menos, no supone una gran preocupación añadida para el mercado laboral español. Todo lo contrario, constituye una solución y un cierto alivio en momentos de tal elevado desempleo, aunque sea menor precisamente entre los titulados universitarios.

Para ellos, el éxodo es una solución siquiera temporal. Pueden trabajar y además una buena parte en lo que desean y para lo que están preparados, si bien también entre estas personas existe subempleo. Subempleo, y en muchos casos remuneraciones por su trabajo inferiores a las que percibe un nativo por la misma ocupación. Por ello, los que más ventajas obtienen por esta migración son los territorios receptores que se benefician del trabajo de buenos profesionales, sin haber socorrido sus gastos de formación a los que, además, pagan menos que a sus cualificados. Ayer, como hoy, el movimiento del talento favorece sobre todo a quien lo recibe.

¿Y qué consecuencias tiene o puede tener para la economía? de el punto de vista del desabastecimiento de la mano de obra, no hay nada, por el momento, preocupante. Otra cosa es que el éxodo se mantuviese durante un periodo largo y sobre todo, en algunas profesiones, que actuase negativamente sobre los recursos humanos disponibles. Pero tal y como se vislumbran las cosas no parece que vaya a ser así.

Todo hace suponer que cuando la situación económica y del empleo entre en fase de recuperación definitiva, estos profesionales volverán al país porque serán fundamentales para aliviar el gap entre ocupados y dependientes. La base de nuestro mercado laboral se va a resentir en el futuro debido a la llegada a la edad laboral de las generaciones nacidas o que nazcan en periodos de caída de la natalidad (1978-1998) y (2008-…). Necesitamos de nuevo a los inmigrantes, sin cualificar (menos) y cualificados (más). En este sentido, ¿cómo suponer que no va a regresar una buena parte de los que ahora se van? Ello va a exigir unas condiciones de estabilidad en el trabajo y remuneración adecuada. Y, por supuesto, resultará oportuna una política oficial que favorezca o incentive el retorno.

Y esta vuelta, como decía al inicio de este trabajo, puede resultar provechosa para el país, porque los que vuelven lo harán con mayores conocimientos, más experiencia, buenos contactos, ciertos ahorros y una edad laboral adecuada. Hay países que han sabido aprovechar bien las capacidades adquiridas por el éxodo temporal de sus cerebros, ¿por qué nosotros no íbamos a hacerlo? •


NOTAS

¹Índice: La diferencia es sustantiva y obedece a que en el Padrón figuran otros españoles no nacidos en España, bien porque hayan nacido en el país donde se registran, o porque sean antiguos inmigrantes hacia España que han adquirido nuestra nacionalidad.

Formación y empleo para colectivos vulnerables

 

LOGROS Y CONTRADICCIONES EN LAS SOCIEDADES HODIERNAS

El siglo XX ha sido una etapa de profundas transformaciones para las sociedades de la vieja Europa. Los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que se han producido durante esta centuria —entre otros, la consolidación de unos modelos democráticos de convivencia, las concentraciones urbanas, el acelerado descenso de la población activa agraria e incremento en el sector industrial y de servicios, el aumento de trabajo extradoméstico de la mujer, la elevación de las tasas de escolarización de los dos sexos, la secularización, la difusión del bienestar económico y de las sociedades de consumo, el cambio de las estructuras ocupacionales y la reducción del paro, etc.— han permitido el tránsito de unas sociedades industriales y modernas a unas dinámicas sociedades posindustriales, posmodernas, del conocimiento, de la información. Ciertamente, son muchas las denominaciones y, en buena medida, el uso de una u otra depende del ángulo desde el que las observemos. Los padres de la sociología, nuestros Comte, Durkheim, Weber o Marx, no saldrían de su asombro si tuvieran la oportunidad de contemplarlas.

La sociedad española no ha sido ajena a estos cambios. La España de los inicios del tercer milenio no tiene nada que ver con aquella España que daba sus primeros pasos en el siglo xxafrontando la mítica crisis del 98. Una crisis que estuvo muy bien presente en ese género literario que se desarrollaría sobre «el problema de España», cuyas manifestaciones más tempranas las encontramos en el regeneracionismo, manifestaciones que tendrían continuidad en la obra de Ortega y Gasset.

Tampoco se asemeja con aquella España de comienzos de los años sesenta, un país eminentemente rural, envuelto culturalmente por un anquilosado tradicionalismo y con un régimen político que constituía un verdadero obstáculo para la plena modernización e incorporación en el escenario europeo y mundial.

No resulta arriesgado decir que, más que nunca, en el último tercio del siglo XX y en la primera década del XXI nos hemos aproximado a las naciones de Occidente, mejor aún, más que nunca somos Occidente. En un periodo muy corto de tiempo, ni siquiera cuatro décadas, hemos asistido al desarrollo de una serie de procesos de cambio y modernización en los escenarios social, político, económico y cultural que en otros países occidentales se prolongaron durante más de un siglo. Procesos que en materia económica no se han visto afectados por inestabilidades peligrosas, en lo social no han generado grandes tensiones, en lo político nos han conducido a una plena normalización democrática, y en lo cultural nos han introducido plenamente en la posmodernidad, caracterizada por el deterioro de las identificaciones/referencias macroscópicas y fuertes, creciendo las microscópicas y laxas.

Ahora bien, no es oro todo lo que reluce. En las sociedades hodiernas avanzadas, de las que la española es un claro ejemplo, también hacen acto de presencia, y en los más diversos escenarios, todas y cada una de las contradicciones generadas por la industrialización y posindustrialización.

Soy consciente de que es una opción que está claramente marcada por la subjetividad, pero estimo que una de las contradicciones más llamativas, por el tipo de consecuencias que genera, es la creación de una gran cantidad de riqueza, pero repartida de forma muy desigual. Más allá de indicadores abstractos que confirman que los que más tienen cada vez acumulan mayores riquezas, mientras que los más desfavorecidos parecen condenados a jamás migrar fuera de esta condición, las consecuencias de esta dinámica terminan por permear la realidad cotidiana de millones de personas.

Otra de esas grandes contradicciones, y también es una opción subjetiva, la contemplamos en la distribución del trabajo. Estamos inmersos en una sociedad en la que no resulta arriesgado decir que mientras un sector de la población vive estresado por un exceso de trabajo, otro sector vive o «sobrevive» en el paro, con escasas o nulas posibilidades de acceder al mismo. Se trata de colectivos, cada vez más numerosos, que experimentan antes y con mayor virulencia los efectos de la crisis económica, y para quienes, en el mejor de los casos, su experiencia laboral se reduce a una serie de empleos marcados por la temporalidad y la precariedad.

Por otra parte, y esta es otra realidad a tener muy presente, a los miembros de esta sociedad profundamente desigual les llegan cotidianamente las mismas ofertas de bienes de consumo, ofertas que no todos pueden satisfacer. El resultado no es otro que la emergencia de situaciones dramáticas para algunos sectores de la población que no pueden acceder a condiciones básicas de bienestar y de calidad de vida.

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA: INCLUSIÓN SOCIAL VERSUS EXCLUSIÓN SOCIAL EN COLECTIVOS DE RIESGO

Cuando aludimos a los conceptos de inserción y de inclusión, irremediablemente es preciso aceptar, sin ningún género de dudas, la existencia en nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas de excluidos sociales. Dicho en otros términos, de personas y grupos sociales expulsados, arrojados fuera del sistema, siendo una de sus preocupaciones fundamentales afirmarse y saber en qué medida tienen o no un lugar en la sociedad.

El concepto de inserción laboral es un concepto de amplio calado. No en vano contempla todos los procesos, herramientas, análisis del mercado laboral, metodologías de acceso al empleo dirigidos a las personas que desean acceder al mismo. Ahora bien, en este ensayo lo delimitaremos a los colectivos con especiales dificultades de acceso al empleo. De esta forma, la incorporación al mercado de trabajo permite a la persona la posibilidad de acceder a la esfera económica de la sociedad, lo que facilita la incorporación a otro tipo de esferas (social, política, cultural…). En este sentido, la inserción laboral se presenta como una situación que podría consentir a la persona obtener una más positiva inclusión global en su comunidad. Tanto la inclusión como su contraparte, la exclusión social, son conceptos más amplios que la inserción, puesto que afecta a múltiples esferas y ámbitos de la vida, de los cuales la inserción laboral o social es una parte relevante, pero no la totalidad.

La exclusión social es un fenómeno con muchas aristas, mejor aún, es un fenómeno complejo de claro y marcado carácter estructural. En su conceptualización se ha producido una mutación desde la noción de pobreza a la de exclusión social. En este cambio, el énfasis ya no se encuentra o se ubica únicamente en la ausencia de ingresos, sino que han de abordarse los problemas derivados de la discriminación, la falta de redes sociales de apoyo, de políticas adecuadas de empleo, de oportunidades para la participación social o una creciente precariedad laboral.

La exclusión social se ha definido como un proceso que bien en parte o totalmente descarta a una persona o grupo de las redes sociales, económicas o culturales existentes. En este sentido, no faltan quienes la definen como aquel transcurso que conlleva que las personas o grupos miembros de una sociedad no pueden participar en las actividades normales de los ciudadanos de dicha sociedad.

Tres serían las grandes áreas de exclusión: la económica (incluyendo fundamentalmente lo laboral), la social y la política.

También están aquellos que, desde otra perspectiva, presentan a la exclusión social como un proceso por el cual a ciertos individuos y grupos se les impide de forma sistemática acceder a unas posiciones sociales que les permitirían una subsistencia autónoma en el marco de los niveles determinados por las instituciones y valores en un contexto dado. Sin embargo, ante estos planteamientos es preciso hacer una matización de trazos fuertes: la exclusión social es un proceso dinámico, y no estático, que puede deberse tanto a factores individuales, como es la propia voluntad de las personas de no participar en los quehaceres de la sociedad, como a factores grupales, tales que el posible rechazo por parte de una sociedad mayoritaria hacia miembros de otros grupos sociales o colectivos.

Más allá de aquella circunstancia en la que se originó en un primer momento, los dinámicos procesos de exclusión pueden ocasionar privaciones sin retorno en múltiples facetas de la vida personal y social de las personas. El motivo es bien sencillo: todos estos ámbitos se encuentran interrelacionados entre sí, al significar en esencia la exclusión, la no posibilidad de encontrar un lugar en la sociedad. Por otro lado, la dificultad al delimitar el colectivo de personas en riesgo de exclusión social, objeto de las medidas de empleo, formación e inserción, es patente. A causa de los cambios económicos y sociales, nuevas categorías de personas acceden a ocupar una situación de riesgo, como pueden ser: los trabajadores con contratos temporales o en empresas de trabajo temporal —que pasarán por periodos sin actividad laboral ni ingresos—; los trabajadores poco cualificados o de más edad; las personas desempleadas de larga duración —ya que se va degradando de forma progresiva su capacidad de inserción profesional—.

Con frecuencia, a todo ello se añaden problemas de salud, riesgo de aislamiento social, pérdida de autoestima, etc. —las mujeres—; las familias monoparentales; las familias con una sola renta, y las personas con discapacidad. Teniendo en cuenta este telón de fondo, es muy lógico pensar que los colectivos llamados de alto riesgo o con especiales dificultades para la inserción laboral exhiban perfiles diversos configurando un grupo marcado por la heterogeneidad.

No obstante, y partiendo de este carácter heterogéneo, podemos considerar una serie de características o déficits comunes presentes en los mismos. Entre ellos habría que destacar la ausencia de motivación, unida a la carencia de hábitos y actitudes laborales adecuadas; la falta de profesionalización y la ausencia de experiencias reales de trabajo —cuando es fácil comprobar que uno de los principales inconvenientes, por no decir el fundamental, para encontrar un trabajo es no haber tenido ninguno—, la discriminación social y estructural hacia personas de diferentes colectivos, etc.

Por lo tanto, y aunque se podrían apuntar otros muchos, los principales inconvenientes o carencias para acceder a un empleo son las siguientes:

• Falta de experiencia o de una trayectoria laboral regular.

·           Ausencia de cualificación, de aprendizajes académicos individuales básicos y fundamentales, de formación laboral, de información, así como dificultades para acceder a los recursos ya existentes.

·           Desaparición, por diversos motivos, de una red de relaciones adecuadas, de una compresión real de su propia problemática, y la carencia de orientación para dirigir con efectividad los esfuerzos encaminados a conseguir un trabajo.

·           Además, en muchas ocasiones, se presenta una visión distorsionada del mundo laboral y del entorno social, y un claro abandono de actitudes y costumbres adecuadas para continuar de forma prolongada y con éxito una vida laboral normalizada.

• A todas estas carencias hemos de sumar un entorno difícil, conflictivo y carente de estímulos positivos orientados al mundo laboral normalizado.

Podemos concluir en este sentido, y sin ningún género de dudas, que el problema de estos colectivos no es solo laboral, es decir, que poseen dificultades para la inserción en el mercado de trabajo, sino también para la inserción en instituciones sociales más amplias, con todo lo que supone de carencia para la integración global y para el equilibrio de la persona dentro del conjunto de la sociedad.

TENDENCIAS, RETOS DE FUTURO Y PROPUESTAS: UNA APUESTA POR LA FORMACIÓN PERMANENTE

Generalmente, y se trata de una afirmación de trazos fuertes, son las empresas de tamaño mediano-grande quienes más contratos realizan. Ahora bien, dicha afirmación debe ser matizada: a la vez, son también las empresas de tamaño mediano-grande quienes menos mantienen temporalmente al trabajador contratado. Unido a ello, y no menos importante, hay que apuntar que también forma parte de este paisaje la menor presencia de mujeres en el tejido laboral o de personas mayores de 45 años. En la mayor parte de las situaciones los contratos presentan el siguiente denominador común que nunca hay que olvidar: son de carácter temporal, con el añadido de que dificultan la tan importante estabilidad, no solo laboral, sino social, de las personas.

¿Qué canal se prefiere utilizar a la hora de contratar? La respuesta es bien sencilla: se prefiere usar los contactos personales y conocidos o utilizar los historiales de trabajo que han ido dejando los candidatos a lo largo del tiempo. Esta afirmación adquiere mayor contundencia en el caso de las empresas de tamaño mediano-grande. Es muy frecuente la realización de entrevistas y el análisis pormenorizado de los currículos por las unidades de recursos humanos, aunque, como una constante que se perpetúa en el tiempo, el aspecto que más se valora por los empleadores es la buena disposición hacia el trabajo y mostrar explícitamente ganas y deseos de aprender.

Por lo que a nosotros nos interesa, decir que la mayor contratación de personas en riesgo de exclusión social se lleva a cabo por parte de las empresas medianas-grandes. A ello hay que añadir que los aspectos más decisivos en cuanto a incidencia en esta contratación son la buena disposición hacia el trabajo y haber llevado a cabo con anterioridad este tipo de contratos. Por lo tanto, y este es un hecho que debe tenerse muy presente, es imprescindible y necesario fomentar e impulsar la contratación, no solo ofertar la posibilidad de realizarlo, puesto que de esta manera se incentivan y potencian los futuros contratos.

Es cierto que en momentos de crisis y recesión como el actual, momentos que ya forman parte de nuestra vida cotidiana, es cada vez más difícil hacer distinciones entre los colectivos que se van incorporando a situaciones de paro e incertidumbre laboral. Ahora bien, siendo esto cierto, no nos debe hacer perder de vista el horizonte y las perspectivas de todos aquellos colectivos que aún a día de hoy son todavía minorías dentro de esta complicada y compleja coyuntura laboral.

No está en mi ánimo transmitir un mensaje pesimista, pero hay que tener muy presente que nos enfrentamos a unas dinámicas y unos procesos económicos que están marcados por la lógica de la exclusión de aquellos colectivos y personas con diferencias. Aún más, esas diferencias de origen familiar, de contexto social, urbanístico-geográfico, de etnia, capacidad o género se convierten, lo queramos o no, en desigualdades. Si nuestro objetivo es la obtención de resultados en el diseño de políticas contra la exclusión, es preciso, y cada vez más necesario, adoptar enfoques y perspectivas territoriales, con programas de intervención a escala local o comunitaria. Sería pues necesario, y esta es una gran conclusión a tener presente, incentivar y potenciar las políticas de desarrollo (planes integrales de formación).

En las sociedades del conocimiento, valga la redundancia, es preciso incidir en la importancia de la formación y el conocimiento como valor imprescindible y añadido.

La formación que reciban las personas desempleadas no les va a servir únicamente como instrumento para acceder al mundo laboral, sino que también debe ayudarles como herramienta para enfrentarse a las nuevas realidades, muchas de ellas aún desconocidas, que son resultado de los cambios sociales y productivos. Si la formación puede y debe ser una pieza clave de inserción social y profesional especialmente de jóvenes y mujeres, y puede y debe también ser un factor fundamental en las a veces olvidadas estrategias de desarrollo local, ha de ser gestionada con criterios que en más de una ocasión han estado ausentes. Estos no son otros que los de eficacia y calidad.

Cada vez se hace más necesario fomentar en los futuros contratados la idea de la importancia que tienen los factores subjetivos en las entrevistas de trabajo y en las expectativas de los empleadores. No resulta arriesgado decir que un factor relevante ha sido, es, y seguirá siendo en el futuro, la importancia concedida a la buena disposición manifestada hacia las tareas a realizar. No solo se valora como elemento decisivo y fundamental la denominada formación instrumental, sino la creencia, o también podríamos denominar intuición por parte del empleador, de que la persona que se contrata realmente quiere rendir y aprender en el puesto de trabajo.

Hecho este recorrido, no supone ninguna aventura decir que una de las grandes necesidades de las sociedades avanzadas es diseñar, respaldar e implementar políticas activas de formación y orientación hacia los desempleados, con itinerarios que cada vez sean más personalizados en unas sociedades donde lo que prima, por desgracia, es la despersonalización. Hay que tener muy presente que la realidad de los desempleados no es homogénea en buena parte de sus dimensiones. En consecuencia, y ahí está la clave, todas las respuestas formativas y todas las acciones orientadas a la inserción laboral no pueden ser iguales para todos. Dicho en otros términos, la heterogeneidad cada día necesita de respuestas más específicas y precisas. Destacamos también la creciente necesidad del fomento y creación de empresas de inserción social, así como de los centros especiales de empleo para personas en riesgo de exclusión social. Y ello debe de llevarse a cabo tanto desde la iniciativa pública como desde la privada, que han de ser complementarias. Atrás quedan los mensajes de la vieja política educativa que las presentaban como enfrentadas. En las sociedades del conocimiento la distinción público/privado tiende a diluirse.

Es preciso impulsar y potenciar el conocimiento de las vías de contrato de las personas en riesgo de exclusión social. Ahora bien, igualmente se hace necesario fomentar de forma clara y contundente la denominada contratación real. Son muy numerosos los informes e investigaciones que han puesto de relieve que, al igual que ocurre en otras instancias educativas, el conocimiento ciertamente es necesario, pero no suficiente para producir cambios activos. La conducta pasada, con todos sus matices, explica mejor y con mayor precisión la posible intervención futura que la mera y fría información descontextualizada.

Teniendo como telón de fondo la difícil situación económica actual, aunque determinados indicadores nos hacen albergar fundadas esperanzas de cambio de ciclo, cada vez se hace más necesario superar de forma clara y precisa la lógica de la suspicacia curativa, es decir, el tratamiento social del desempleo. Una lógica, en buena medida preventiva y asumida desde la inserción, que olvida que también es imprescindible incorporar progresivamente la tan denostada lógica económica y empresarial. Dicho en otros términos, y desde otra perspectiva, hay que tener en cuenta las reglas del mercado que tienen como exigencias calidad, producto y servicio, objetivos que, todo hay que decirlo, no pueden comprenderse en todas y cada una de sus dimensiones sin una adecuada formación permanente, uno de los grandes talones de Aquiles de nuestros sistemas de formación. •