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Formación y empleo para colectivos vulnerables

 

LOGROS Y CONTRADICCIONES EN LAS SOCIEDADES HODIERNAS

El siglo XX ha sido una etapa de profundas transformaciones para las sociedades de la vieja Europa. Los cambios políticos, económicos, sociales y culturales que se han producido durante esta centuria —entre otros, la consolidación de unos modelos democráticos de convivencia, las concentraciones urbanas, el acelerado descenso de la población activa agraria e incremento en el sector industrial y de servicios, el aumento de trabajo extradoméstico de la mujer, la elevación de las tasas de escolarización de los dos sexos, la secularización, la difusión del bienestar económico y de las sociedades de consumo, el cambio de las estructuras ocupacionales y la reducción del paro, etc.— han permitido el tránsito de unas sociedades industriales y modernas a unas dinámicas sociedades posindustriales, posmodernas, del conocimiento, de la información. Ciertamente, son muchas las denominaciones y, en buena medida, el uso de una u otra depende del ángulo desde el que las observemos. Los padres de la sociología, nuestros Comte, Durkheim, Weber o Marx, no saldrían de su asombro si tuvieran la oportunidad de contemplarlas.

La sociedad española no ha sido ajena a estos cambios. La España de los inicios del tercer milenio no tiene nada que ver con aquella España que daba sus primeros pasos en el siglo xxafrontando la mítica crisis del 98. Una crisis que estuvo muy bien presente en ese género literario que se desarrollaría sobre «el problema de España», cuyas manifestaciones más tempranas las encontramos en el regeneracionismo, manifestaciones que tendrían continuidad en la obra de Ortega y Gasset.

Tampoco se asemeja con aquella España de comienzos de los años sesenta, un país eminentemente rural, envuelto culturalmente por un anquilosado tradicionalismo y con un régimen político que constituía un verdadero obstáculo para la plena modernización e incorporación en el escenario europeo y mundial.

No resulta arriesgado decir que, más que nunca, en el último tercio del siglo XX y en la primera década del XXI nos hemos aproximado a las naciones de Occidente, mejor aún, más que nunca somos Occidente. En un periodo muy corto de tiempo, ni siquiera cuatro décadas, hemos asistido al desarrollo de una serie de procesos de cambio y modernización en los escenarios social, político, económico y cultural que en otros países occidentales se prolongaron durante más de un siglo. Procesos que en materia económica no se han visto afectados por inestabilidades peligrosas, en lo social no han generado grandes tensiones, en lo político nos han conducido a una plena normalización democrática, y en lo cultural nos han introducido plenamente en la posmodernidad, caracterizada por el deterioro de las identificaciones/referencias macroscópicas y fuertes, creciendo las microscópicas y laxas.

Ahora bien, no es oro todo lo que reluce. En las sociedades hodiernas avanzadas, de las que la española es un claro ejemplo, también hacen acto de presencia, y en los más diversos escenarios, todas y cada una de las contradicciones generadas por la industrialización y posindustrialización.

Soy consciente de que es una opción que está claramente marcada por la subjetividad, pero estimo que una de las contradicciones más llamativas, por el tipo de consecuencias que genera, es la creación de una gran cantidad de riqueza, pero repartida de forma muy desigual. Más allá de indicadores abstractos que confirman que los que más tienen cada vez acumulan mayores riquezas, mientras que los más desfavorecidos parecen condenados a jamás migrar fuera de esta condición, las consecuencias de esta dinámica terminan por permear la realidad cotidiana de millones de personas.

Otra de esas grandes contradicciones, y también es una opción subjetiva, la contemplamos en la distribución del trabajo. Estamos inmersos en una sociedad en la que no resulta arriesgado decir que mientras un sector de la población vive estresado por un exceso de trabajo, otro sector vive o «sobrevive» en el paro, con escasas o nulas posibilidades de acceder al mismo. Se trata de colectivos, cada vez más numerosos, que experimentan antes y con mayor virulencia los efectos de la crisis económica, y para quienes, en el mejor de los casos, su experiencia laboral se reduce a una serie de empleos marcados por la temporalidad y la precariedad.

Por otra parte, y esta es otra realidad a tener muy presente, a los miembros de esta sociedad profundamente desigual les llegan cotidianamente las mismas ofertas de bienes de consumo, ofertas que no todos pueden satisfacer. El resultado no es otro que la emergencia de situaciones dramáticas para algunos sectores de la población que no pueden acceder a condiciones básicas de bienestar y de calidad de vida.

LAS DOS CARAS DE LA MONEDA: INCLUSIÓN SOCIAL VERSUS EXCLUSIÓN SOCIAL EN COLECTIVOS DE RIESGO

Cuando aludimos a los conceptos de inserción y de inclusión, irremediablemente es preciso aceptar, sin ningún género de dudas, la existencia en nuestras sociedades tecnológicamente avanzadas de excluidos sociales. Dicho en otros términos, de personas y grupos sociales expulsados, arrojados fuera del sistema, siendo una de sus preocupaciones fundamentales afirmarse y saber en qué medida tienen o no un lugar en la sociedad.

El concepto de inserción laboral es un concepto de amplio calado. No en vano contempla todos los procesos, herramientas, análisis del mercado laboral, metodologías de acceso al empleo dirigidos a las personas que desean acceder al mismo. Ahora bien, en este ensayo lo delimitaremos a los colectivos con especiales dificultades de acceso al empleo. De esta forma, la incorporación al mercado de trabajo permite a la persona la posibilidad de acceder a la esfera económica de la sociedad, lo que facilita la incorporación a otro tipo de esferas (social, política, cultural…). En este sentido, la inserción laboral se presenta como una situación que podría consentir a la persona obtener una más positiva inclusión global en su comunidad. Tanto la inclusión como su contraparte, la exclusión social, son conceptos más amplios que la inserción, puesto que afecta a múltiples esferas y ámbitos de la vida, de los cuales la inserción laboral o social es una parte relevante, pero no la totalidad.

La exclusión social es un fenómeno con muchas aristas, mejor aún, es un fenómeno complejo de claro y marcado carácter estructural. En su conceptualización se ha producido una mutación desde la noción de pobreza a la de exclusión social. En este cambio, el énfasis ya no se encuentra o se ubica únicamente en la ausencia de ingresos, sino que han de abordarse los problemas derivados de la discriminación, la falta de redes sociales de apoyo, de políticas adecuadas de empleo, de oportunidades para la participación social o una creciente precariedad laboral.

La exclusión social se ha definido como un proceso que bien en parte o totalmente descarta a una persona o grupo de las redes sociales, económicas o culturales existentes. En este sentido, no faltan quienes la definen como aquel transcurso que conlleva que las personas o grupos miembros de una sociedad no pueden participar en las actividades normales de los ciudadanos de dicha sociedad.

Tres serían las grandes áreas de exclusión: la económica (incluyendo fundamentalmente lo laboral), la social y la política.

También están aquellos que, desde otra perspectiva, presentan a la exclusión social como un proceso por el cual a ciertos individuos y grupos se les impide de forma sistemática acceder a unas posiciones sociales que les permitirían una subsistencia autónoma en el marco de los niveles determinados por las instituciones y valores en un contexto dado. Sin embargo, ante estos planteamientos es preciso hacer una matización de trazos fuertes: la exclusión social es un proceso dinámico, y no estático, que puede deberse tanto a factores individuales, como es la propia voluntad de las personas de no participar en los quehaceres de la sociedad, como a factores grupales, tales que el posible rechazo por parte de una sociedad mayoritaria hacia miembros de otros grupos sociales o colectivos.

Más allá de aquella circunstancia en la que se originó en un primer momento, los dinámicos procesos de exclusión pueden ocasionar privaciones sin retorno en múltiples facetas de la vida personal y social de las personas. El motivo es bien sencillo: todos estos ámbitos se encuentran interrelacionados entre sí, al significar en esencia la exclusión, la no posibilidad de encontrar un lugar en la sociedad. Por otro lado, la dificultad al delimitar el colectivo de personas en riesgo de exclusión social, objeto de las medidas de empleo, formación e inserción, es patente. A causa de los cambios económicos y sociales, nuevas categorías de personas acceden a ocupar una situación de riesgo, como pueden ser: los trabajadores con contratos temporales o en empresas de trabajo temporal —que pasarán por periodos sin actividad laboral ni ingresos—; los trabajadores poco cualificados o de más edad; las personas desempleadas de larga duración —ya que se va degradando de forma progresiva su capacidad de inserción profesional—.

Con frecuencia, a todo ello se añaden problemas de salud, riesgo de aislamiento social, pérdida de autoestima, etc. —las mujeres—; las familias monoparentales; las familias con una sola renta, y las personas con discapacidad. Teniendo en cuenta este telón de fondo, es muy lógico pensar que los colectivos llamados de alto riesgo o con especiales dificultades para la inserción laboral exhiban perfiles diversos configurando un grupo marcado por la heterogeneidad.

No obstante, y partiendo de este carácter heterogéneo, podemos considerar una serie de características o déficits comunes presentes en los mismos. Entre ellos habría que destacar la ausencia de motivación, unida a la carencia de hábitos y actitudes laborales adecuadas; la falta de profesionalización y la ausencia de experiencias reales de trabajo —cuando es fácil comprobar que uno de los principales inconvenientes, por no decir el fundamental, para encontrar un trabajo es no haber tenido ninguno—, la discriminación social y estructural hacia personas de diferentes colectivos, etc.

Por lo tanto, y aunque se podrían apuntar otros muchos, los principales inconvenientes o carencias para acceder a un empleo son las siguientes:

• Falta de experiencia o de una trayectoria laboral regular.

·           Ausencia de cualificación, de aprendizajes académicos individuales básicos y fundamentales, de formación laboral, de información, así como dificultades para acceder a los recursos ya existentes.

·           Desaparición, por diversos motivos, de una red de relaciones adecuadas, de una compresión real de su propia problemática, y la carencia de orientación para dirigir con efectividad los esfuerzos encaminados a conseguir un trabajo.

·           Además, en muchas ocasiones, se presenta una visión distorsionada del mundo laboral y del entorno social, y un claro abandono de actitudes y costumbres adecuadas para continuar de forma prolongada y con éxito una vida laboral normalizada.

• A todas estas carencias hemos de sumar un entorno difícil, conflictivo y carente de estímulos positivos orientados al mundo laboral normalizado.

Podemos concluir en este sentido, y sin ningún género de dudas, que el problema de estos colectivos no es solo laboral, es decir, que poseen dificultades para la inserción en el mercado de trabajo, sino también para la inserción en instituciones sociales más amplias, con todo lo que supone de carencia para la integración global y para el equilibrio de la persona dentro del conjunto de la sociedad.

TENDENCIAS, RETOS DE FUTURO Y PROPUESTAS: UNA APUESTA POR LA FORMACIÓN PERMANENTE

Generalmente, y se trata de una afirmación de trazos fuertes, son las empresas de tamaño mediano-grande quienes más contratos realizan. Ahora bien, dicha afirmación debe ser matizada: a la vez, son también las empresas de tamaño mediano-grande quienes menos mantienen temporalmente al trabajador contratado. Unido a ello, y no menos importante, hay que apuntar que también forma parte de este paisaje la menor presencia de mujeres en el tejido laboral o de personas mayores de 45 años. En la mayor parte de las situaciones los contratos presentan el siguiente denominador común que nunca hay que olvidar: son de carácter temporal, con el añadido de que dificultan la tan importante estabilidad, no solo laboral, sino social, de las personas.

¿Qué canal se prefiere utilizar a la hora de contratar? La respuesta es bien sencilla: se prefiere usar los contactos personales y conocidos o utilizar los historiales de trabajo que han ido dejando los candidatos a lo largo del tiempo. Esta afirmación adquiere mayor contundencia en el caso de las empresas de tamaño mediano-grande. Es muy frecuente la realización de entrevistas y el análisis pormenorizado de los currículos por las unidades de recursos humanos, aunque, como una constante que se perpetúa en el tiempo, el aspecto que más se valora por los empleadores es la buena disposición hacia el trabajo y mostrar explícitamente ganas y deseos de aprender.

Por lo que a nosotros nos interesa, decir que la mayor contratación de personas en riesgo de exclusión social se lleva a cabo por parte de las empresas medianas-grandes. A ello hay que añadir que los aspectos más decisivos en cuanto a incidencia en esta contratación son la buena disposición hacia el trabajo y haber llevado a cabo con anterioridad este tipo de contratos. Por lo tanto, y este es un hecho que debe tenerse muy presente, es imprescindible y necesario fomentar e impulsar la contratación, no solo ofertar la posibilidad de realizarlo, puesto que de esta manera se incentivan y potencian los futuros contratos.

Es cierto que en momentos de crisis y recesión como el actual, momentos que ya forman parte de nuestra vida cotidiana, es cada vez más difícil hacer distinciones entre los colectivos que se van incorporando a situaciones de paro e incertidumbre laboral. Ahora bien, siendo esto cierto, no nos debe hacer perder de vista el horizonte y las perspectivas de todos aquellos colectivos que aún a día de hoy son todavía minorías dentro de esta complicada y compleja coyuntura laboral.

No está en mi ánimo transmitir un mensaje pesimista, pero hay que tener muy presente que nos enfrentamos a unas dinámicas y unos procesos económicos que están marcados por la lógica de la exclusión de aquellos colectivos y personas con diferencias. Aún más, esas diferencias de origen familiar, de contexto social, urbanístico-geográfico, de etnia, capacidad o género se convierten, lo queramos o no, en desigualdades. Si nuestro objetivo es la obtención de resultados en el diseño de políticas contra la exclusión, es preciso, y cada vez más necesario, adoptar enfoques y perspectivas territoriales, con programas de intervención a escala local o comunitaria. Sería pues necesario, y esta es una gran conclusión a tener presente, incentivar y potenciar las políticas de desarrollo (planes integrales de formación).

En las sociedades del conocimiento, valga la redundancia, es preciso incidir en la importancia de la formación y el conocimiento como valor imprescindible y añadido.

La formación que reciban las personas desempleadas no les va a servir únicamente como instrumento para acceder al mundo laboral, sino que también debe ayudarles como herramienta para enfrentarse a las nuevas realidades, muchas de ellas aún desconocidas, que son resultado de los cambios sociales y productivos. Si la formación puede y debe ser una pieza clave de inserción social y profesional especialmente de jóvenes y mujeres, y puede y debe también ser un factor fundamental en las a veces olvidadas estrategias de desarrollo local, ha de ser gestionada con criterios que en más de una ocasión han estado ausentes. Estos no son otros que los de eficacia y calidad.

Cada vez se hace más necesario fomentar en los futuros contratados la idea de la importancia que tienen los factores subjetivos en las entrevistas de trabajo y en las expectativas de los empleadores. No resulta arriesgado decir que un factor relevante ha sido, es, y seguirá siendo en el futuro, la importancia concedida a la buena disposición manifestada hacia las tareas a realizar. No solo se valora como elemento decisivo y fundamental la denominada formación instrumental, sino la creencia, o también podríamos denominar intuición por parte del empleador, de que la persona que se contrata realmente quiere rendir y aprender en el puesto de trabajo.

Hecho este recorrido, no supone ninguna aventura decir que una de las grandes necesidades de las sociedades avanzadas es diseñar, respaldar e implementar políticas activas de formación y orientación hacia los desempleados, con itinerarios que cada vez sean más personalizados en unas sociedades donde lo que prima, por desgracia, es la despersonalización. Hay que tener muy presente que la realidad de los desempleados no es homogénea en buena parte de sus dimensiones. En consecuencia, y ahí está la clave, todas las respuestas formativas y todas las acciones orientadas a la inserción laboral no pueden ser iguales para todos. Dicho en otros términos, la heterogeneidad cada día necesita de respuestas más específicas y precisas. Destacamos también la creciente necesidad del fomento y creación de empresas de inserción social, así como de los centros especiales de empleo para personas en riesgo de exclusión social. Y ello debe de llevarse a cabo tanto desde la iniciativa pública como desde la privada, que han de ser complementarias. Atrás quedan los mensajes de la vieja política educativa que las presentaban como enfrentadas. En las sociedades del conocimiento la distinción público/privado tiende a diluirse.

Es preciso impulsar y potenciar el conocimiento de las vías de contrato de las personas en riesgo de exclusión social. Ahora bien, igualmente se hace necesario fomentar de forma clara y contundente la denominada contratación real. Son muy numerosos los informes e investigaciones que han puesto de relieve que, al igual que ocurre en otras instancias educativas, el conocimiento ciertamente es necesario, pero no suficiente para producir cambios activos. La conducta pasada, con todos sus matices, explica mejor y con mayor precisión la posible intervención futura que la mera y fría información descontextualizada.

Teniendo como telón de fondo la difícil situación económica actual, aunque determinados indicadores nos hacen albergar fundadas esperanzas de cambio de ciclo, cada vez se hace más necesario superar de forma clara y precisa la lógica de la suspicacia curativa, es decir, el tratamiento social del desempleo. Una lógica, en buena medida preventiva y asumida desde la inserción, que olvida que también es imprescindible incorporar progresivamente la tan denostada lógica económica y empresarial. Dicho en otros términos, y desde otra perspectiva, hay que tener en cuenta las reglas del mercado que tienen como exigencias calidad, producto y servicio, objetivos que, todo hay que decirlo, no pueden comprenderse en todas y cada una de sus dimensiones sin una adecuada formación permanente, uno de los grandes talones de Aquiles de nuestros sistemas de formación. •

Educar para emplear

Empezaré con una reflexión personal para poder contextualizar los retos a los que se enfrenta el empleo juvenil en España y sobre todo entender el necesario cambio cultural, y especialmente desde el ámbito de la educación, que debemos todos asumir, y que va más allá de las propias políticas activas de inserción.

La edad media de incorporación al mercado laboral en España es de 23 años. Estamos hablando de cuatro años más que la media europea y de España como uno de los países en la UE en los que los jóvenes postergan más su acceso al mundo del trabajo.

Este hecho nos lleva a dos consideraciones:

La primera es la inexistencia de cultura del trabajo en los jóvenes menores de 25 años y la dependencia económica de este colectivo hacia sus familias como algo aceptado y arraigado en nuestra sociedad.

La segunda es que este hecho tiene una incidencia clara en las estadísticas pues la distancia entre la edad activa y la edad real de incorporación al mercado laboral de los menores de 25 años es de ni más ni menos que de siete años.

Esta diferencia es en gran parte explicativa de nuestra elevada tasa de desempleo juvenil que lejos de reflejar exclusivamente una falta de oportunidades para este colectivo, nos muestra la desafección del mismo a considerarse en edad de trabajar.

El fenómeno «Peter Pan» está intrínsecamente relacionado con la estructura familiar y el sistema educativo en nuestro país. Generalmente en ambas esferas se entiende que el joven debe dedicarse en exclusiva a estudiar y alargar al máximo su incorporación al mundo del trabajo mientras su familia pueda sostenerle. Es el «mientras yo pueda mi hijo estudiará», y cierta vergüenza a que se entienda que si los hijos en esas edades trabajan es porque la familia está en dificultades.

El miedo al desprestigio social, al fracaso y esa sobreprotección, de los cuales los menores de 25 años son más víctimas que verdugos, derivan en subestimar sus capacidades y considerar que carecen de la suficiente madurez para enfrentarse a las responsabilidades y obligaciones de un empleo y aún menos de asumir el riesgo de emprender.

La posible consecuencia de todo ello, es que pese a la mejoría de la economía, el desempleo juvenil siga siendo la bestia negra del mercado laboral español y continúe lastrando nuestra imagen en el exterior.

Si no actuamos sobre la concienciación de estos hechos y el necesario cambio de «chip» en todas las esferas de la sociedad, todas las políticas de empleo se revelarán ineficaces para solventar uno de los grandes problemas de nuestra economía, el desempleo juvenil.

El rechazo cultural al empleo joven y al riesgo que supone emprender seguirá generando «ninis», y obstaculizando oportunidades, que aún hoy se conciben en España como castigos pero que son naturales en el resto de los países. La movilidad geográfica dentro y fuera de nuestras fronteras, la adquisición de experiencia laboral en las edades más tempranas o el emprendiemiento, no pueden seguir siewndo un drama familiar.

No nos puede dar pena que un joven de 17 años estudie y trabaje en un bar los fines de semana, pues eso le dará el conocimiento de entender cómo funciona un negocio, de asumir responsabilidades, de trabajar en equipo, de tratar con los clientes, de detectar oportunidades de negocio o que se decida a montar un pequeño negocio con sus amigos. Es experiencia laboral, algo que hoy en día se valora incluso más que la formación y que en un mundo globalizado es una ventaja competitiva que no podemos negar a nuestros jóvenes.

Hay que aprender a trabajar y a emprender, cuanto antes mejor. El sistema educativo es una pieza clave para ello. Debemos abandonar una educación que no esté enfocada hacia esos nuevos retos. No digo con ello que el sistema educativo ejerza funciones de inserción laboral o fomente su abandono, pero sí puede ser que de forma no traumática transmita a los alumnos valores y conocimientos que les serán esenciales en su desarrollo laboral y personal.

Me refiero a la inclusión de materias relacionadas con la economía, como la contabilidad, finanzas, derecho laboral, fiscalidad, etc. Que nuestros jóvenes sepan lo que es un contrato, lo que es el activo y el pasivo, lo que es un impuesto o cómo funciona la Seguridad Social. Que vivan la experiencia del mundo laboral desde el colegio. Por ejemplo, con trabajos de equipo para crear una empresa ficticia y luego desmontarla, tutorizados por los profesores en los contactos con la Administración, o tengan que trabajar tres días en una empresa o junto a un autónomo para entender lo que es el día a día de un negocio.

Es decir, no se trata exclusivamente en formar en el empleo y el emprendimiento, se trata de educar para el empleo y sobre todo para emplear.

Todos debemos asumir ese cambio y compromiso por el bien de las generaciones futuras y de España como país. Esta crisis está cambiando muchas cosas, es un cambio de paradigma y estructural del funcionamiento de nuestras sociedades, en las que España compite con países en los que llevan muchos años ya interiorizando este cambio. La capacidad de adaptación de la educación es clave en un mundo en el que ya no se acepta lo estático.

Las nuevas empresas como clave para la creación de empleo

David Birch, un profesor del MIT, demostró empíricamente en 1979 que los nuevos empleos no los creaban las grandes corporaciones, sino las pequeñas empresas. Fue sin duda uno de los grandes hallazgos de la ciencia económica del último tercio del siglo, pero pasó en gran medida desapercibido porque la segunda crisis del petróleo acabó acaparando en aquel momento la atención de políticos y estudiosos.

Afortunadamente las tesis que Birch plasmó en The job generation process no cayeron completamente en el olvido, y otros académicos unos años más tarde han acabado siguiendo su estela con estudios que también han confirmado el mayor dinamismo de la pequeña iniciativa empresarial en la creación de puestos de trabajo.

Se trata de una línea de investigación que ha servido de guía a la administración de Estados Unidos en las últimas décadas. Algo que se aprecia en el importante cambio de orientación que ha protagonizado la Small Business Administration (SBA). En efecto, esta agencia gubernamental ya existía desde los años cincuenta con una función muy clara: atender las demandas del colectivo de los pequeños empresarios como una extensión de las políticas sociales del gobierno federal. Sin embargo, las nuevas evidencias científicas aportaron a la SBA un poderoso aliado para reivindicar el apoyo a los emprendedores como un instrumento de política económica.

Esta concienciación de las instituciones norteamericanas acerca del papel de las nuevas empresas ha auspiciado que este país lidere la transición hacia lo que desde algunos círculos se viene denominando «economía emprendedora».

Bien es cierto que al principio académicos y policy-makers utilizaron un enfoque que trataba al emprendedor y al pequeño empresario de manera indiferenciada, pero con el tiempo ambas esferas se han ido segregando en Estados Unidos primero y en otros países avanzados después.

Como me referiré más adelante, la actuación a favor de los emprendedores exige de un enfoque mucho más amplio que el que tradicionalmente se ha empleado para respaldar a la pyme, pues implica no solo intervenir en el plano empresarial de una forma distinta, sino también hacerlo en nuevos ámbitos que afectan al individuo y la sociedad, como son las motivaciones, las capacidades y la cultura.

Contribución al empleo neto de las nuevas empresas vs las existentes en Estados Unidos

Fuente: Fundación Kauffman (2011).

Nuevamente la investigación académica ha aportado datos que justifican esta atención especial y diferenciada sobre los emprendedores en las estrategias de fomento del empleo. La Fundación Kauffman, una entidad de prestigio mundial en el estudio del emprendimiento, publicó hace cuatro años un trabajo que tuvo una gran repercusión. En él se analizaba exhaustivamente los registros empresariales de Estados Unidos entre 1977 y 2005, llegando a la conclusión de que todo el empleo neto generado en ese periodo es atribuible a empresas de menos de un año de antigüedad; en particular, se señala que las firmas existentes han sido responsables de la destrucción de un millón de puestos de trabajo en cada ejercicio mientras que los nuevos negocios habrían generado, en promedio, tres millones de empleos.

Aquí en Europa apareció un año más tarde, promovido por la Comisión, un estudio en la misma línea que el de la Fundación Kauffman. Este trabajo también puso en valor el papel de la pequeña iniciativa empresarial, al analizar la relación entre la evolución del empleo con el tipo de organización que lo genera: el 85% de los nuevos puestos de trabajo en la Unión Europea han sido creados por pymes, siendo las empresas más jóvenes las que más contribuyeron a la generación de empleo en los años previos a la crisis. No deja de ser sorprendente que este estudio haya tenido escasa repercusión, dados los altos niveles de paro que sufre el continente.

No obstante, es un error pensar que basta con ampliar la base de pequeños negocios para estimular la creación de puestos de trabajo; tan importante es auspiciar la iniciativa empresarial como favorecer su crecimiento. El reducido tamaño medio de la pyme española es una de las debilidades más acusadas de nuestra economía. A título ilustrativo, si se compara el peso en el empleo de la mediana empresa española con el del mittelstand alemán tenemos que su aportación es un treinta por ciento inferior.

De todo lo anterior, se desprende que el paso de la managed economy a la entrepreneurship economy es ya una realidad en el mercado laboral, y es preciso, por tanto que todos tengamos presentes hacia dónde caminamos. En este sentido, urge que quienes se incorporan al mundo del trabajo por primera vez vean más allá de la vieja dicotomía entre mandar currículos a las grandes empresas o preparar oposiciones. Se trata no solo de evitar que una generación especialmente preparada acabe frustrada por falta de salidas acordes a su formación, sino también de procurar que se encamine hacia aquellas actividades que le permitan desarrollar mejor su potencial con vistas a afianzar las nuevas palancas de la competitividad.

No se puede olvidar que durante muchos años las encuestas que se hacían a los estudiantes de las universidades españolas sobre sus preferencias laborales sistemáticamente mostraban que casi la mitad de ellos aspiraba a trabajar en una multinacional, mientras que en un porcentaje parecido manifestaban su deseo de ingresar en la administración. Lo cual muestra que la importante transformación que lleva ya décadas experimentando el mercado de trabajo en las economías avanzadas no ha sido plenamente asumida en nuestro país, ni por la sociedad ni por las instituciones.

La teoría generacional nos dice que el contexto histórico en que los individuos viven su infancia y adolescencia tiende a imprimir a estos de una serie valores, actitudes e inquietudes comunes que marcan un punto de inflexión en el carácter del conjunto de la sociedad cuando llegan a la edad adulta. Sobre esta premisa, Strauss y Howe acuñaron el término millennials para referirse a los nacidos en esa etapa de prosperidad relativa que cubre las dos últimas décadas del siglo pasado. Es una generación a priori muy prometedora, pues es la mejor preparada de la historia y se caracteriza en términos generales por aceptar el cambio tecnológico y la globalización como algo natural y positivo.

Y sin embargo, en lo que puede ser una anomalía en la historia el ciclo de los babyboomers va a durar más de lo que cabría esperar porque el talento de los jóvenes no está encontrando suficientes oportunidades para brillar por sí mismo; la incorporación de los primeros grupos de edad a la función productiva está siendo muy problemática, especialmente en un país con altas tasas de desempleo como España, ya que la recesión económica les ha cogido en los inicios de su carrera profesional.

Por si fuera poco, la generación del milenio ha sido maltratada moralmente desde los medios de comunicación, los académicos e incluso los propios padres simplemente por haber disfrutado de mayores niveles de bienestar que quienes les han precedido. Este desdén es injustificado porque criarse en un hogar seguro y confortable no es incompatible con el desarrollo de una cultura del esfuerzo que, por otra parte, difícilmente podrá ponerse en práctica mientras el sistema productivo les siga negando oportunidades.

Harto de escuchar críticas hacia quienes constituyen el pilar de las startups más exitosas de Silicon Valley, un exdirectivo de Google publicó esta primavera en la revista Forbes un artículo en el que consideraba a los millennials como la mejor generación de trabajadores de todos los tiempos. Entre las razones que dio se encontraban las siguientes: 1) están acostumbrados a desenvolverse en entornos virtuales, algo que es especialmente útil para empresas punteras y globales; 2) son unos apasionados de las nuevas tecnologías, pueden desarrollar habilidades técnicas y adaptarse a los cambios muy rápido; 3) son más tolerantes y abiertos, funcionan mejor en ambientes multiculturales; 4) muestran una mayor preocupación por el impacto que tendrá la actividad de la empresa en la sociedad; 5) finalmente, tienen una mentalidad más emprendedora, no buscan empleos fijos y muestran menos miedo al fracaso.

La opinión de quien ha contratado a cientos de millennials para Google viene a coincidir en gran medida con los resultados que ha arrojado una encuesta que realizó Deloitte el año pasado en 26 países entre jóvenes trabajadores con título universitario. Este estudio llama la atención sobre el gran reto que tienen las empresas de adaptar sus estructuras y su cultura a las expectativas de una generación que supondrá el 75% del capital humano en 2025. De lo contrario —tal y como recoge el trabajo— les resultará muy difícil captar y retener el talento que necesitan para ser competitivos. Tal y como la encuesta apunta, probablemente el riesgo de fuga de este factor productivo no venga de los competidores o de otras organizaciones establecidas. Y es que el 70% de los millennials que respondieron el cuestionario se ve en algún momento de su vida montando su propia startup como alternativa al trabajo por cuenta ajena.

Si uno coge los rankings de profesiones más demandadas que periódicamente publican algunas consultoras y portales de empleo, es fácil comprobar que son muchas las que no existían hace tan solo una década. Y lo cierto es que algunas de estas ocupaciones parecen haber surgido por y para los trabajadores del cambio de milenio; community manager, desarrollador de apps, especialista SEO, técnico de marketing digital, etc., son buenos ejemplos de ello.

Se trata de empleos que se ajustan a los que el profesor Richard Florida atribuye a las «clases creativas»: profesionales de altas capacidades que buscan entornos urbanos abiertos y dinámicos para desarrollar todo su potencial. No obstante, hay que precisar que dentro de estas categorías no solo se encuentran quienes trabajan con alta tecnología, pues Florida incluye también a todos aquellos que desempeñan actividades con un fuerte componente creativo, tales como diseñadores, publicistas, guionistas, artistas, arquitectos, etc.

Distribución de la mano de obra

Fuente: La clase creativa (Florida, 2002).

El elevado número de personas que ejercen todas estas actividades como trabajadores freelance, cuando no como emprendedores con una organización propia, es sintomático de la penetración de la cultura empresarial entre estos trabajadores del siglo XXI.

De hecho, son startups o empresas consagradas con espíritu de startup las que han creado en los tiempos recientes algunos de los yacimientos de empleo más importantes. En este sentido, estas organizaciones de alto componente innovador no solo contratan nuevos perfiles para ellas mismas, sino que también abren el camino para que otras lo hagan a fin de no quedarse atrás.

No es de extrañar que los empleos del futuro surjan de negocios tecnológicos con pocos años de andadura porque son estos mismos los que han creado ex novo sectores enteros, como pueden ser las redes sociales, la publicidad online, el consumo colaborativo, el e-commerce, las aplicaciones para móviles, el crowdfunding o los agregadores de contenidos. A pesar de que los primeros millennials en incorporarse a la vida activa apenas si llegan a los treinta años, algunas de las startups que han fundado ya poseen una enorme notoriedad; es el caso archiconocido de Zuckerberg en Facebook, pero también de los fundadores de Instagram y Tumblr. No obstante, hay muchos más: todos los años en los alrededores de Palo Alto surgen cientos de startups de la mano de emprendedores muy jóvenes de las que solo oímos hablar en el momento en que son compradas por alguna gran empresa.

Lo anterior es plenamente coherente con las teorías sobre la innovación disruptiva de Christiansen, pues, como este autor recuerda, las organizaciones consagradas tienen menos incentivos para introducir propuestas de valor para las que todavía no hay un mercado definido debido a su carácter novedoso, y es a través de la adquisición de nuevos negocios como pueden integrar tecnologías incipientes en su portfolio.

Por otra parte, merece la pena destacar que son sobre todo miembros de la también denominada «generación Y» los que integran los movimientos que están recuperando las ciudades como centros de producción. Con la tecnología como aliada, los makers y DIYers están llamados a protagonizar un cambio importante en la vida urbana; nuevos locales tipo fab labs y hackerspaces van a irrumpir con tanta fuerza como ya lo han hecho las oficinas compartidas (coworkings); se sustituirá el patrón de la estandarización por el de la personalización en no pocos artículos y su canal de comercialización será el mismo que el del comercio de proximidad.

Finalmente, también conviene recordar que la innovación que poco a poco están introduciendo los emprendedores sociales en sectores tradicionales como la educación, la salud, el deporte o el trabajo social… también está llamada a abrir para las promociones de profesionales que están por llegar nuevas vías para acceder tanto al autoempleo como al trabajo asalariado.

Pese a que Estados Unidos va muy por delante en la penetración de la entrepreneurship economy, es justo decir que en esas latitudes también existe preocupación por las dificultades que está teniendo la generación del milenio para encontrar su sitio en el mundo. Las tasas de desempleo juvenil son elevadas para sus estándares —aunque el 16% que sufren parezca irrisorio en comparación con el porcentaje próximo al 50% propio del sur de Europa— y la sobrecualificación es un fenómeno cada vez más frecuente. Sin embargo, al menos en ese país emprender existe como una opción más en la cabeza de todo aquel que termina su etapa formativa, e incluso antes. Cosa que en España todavía no ocurre, lo que resta posibilidades a los recién graduados de trabajar en aquello para lo que se han formado y, al mismo tiempo, presiona a la baja la natalidad empresarial, perdiéndose así, como se ha indicado más arriba, capacidad para generar empleo asalariado.

El problema que tenemos en nuestro país es que todavía quedan reformas pendientes para tener un auténtico ecosistema emprendedor que, por un lado, incentive a los individuos a apostar por tener su propio negocio y, por otro, facilite el despegue de las nuevas empresas.

Ciertamente ha habido en la última década muchas iniciativas públicas, y privadas también, en materia de emprendedores. Pero el nivel de actuación se ha centrado en quienes ya han tomado la decisión de iniciar su andadura empresarial en detrimento de los ámbitos que condicionan tanto la predisposición de la sociedad hacia la asunción de riesgos como las posibilidades de crecimiento de los proyectos nacientes.

El resultado es que España se ha consolidado en plena crisis como uno los países con más plataformas de apoyo a las nuevas empresas —hasta 2.800 entre el sector público y el privado contabilizó la dgpymeen 2011— sin que el número de nuevos empresarios se haya incrementado significativamente; más bien al contrario, pues durante los dos primeros años de recesión el Estado de la ocdedonde más cayó la natalidad empresarial fue el nuestro.

La creación de empresas se está recuperando desde entonces, pero aun así la tasa de actividad emprendedora se mantiene en el puesto número 20 entre las economías homologables a la nuestra, tal y como señala el último informe del Global Entrepreneurship Monitor (GEM). El mismo estudio también nos sitúa en un puesto discreto en cuanto a componente innovador de las startups.

A pesar de este posicionamiento en los datos que maneja gem, somos la tercera nación del mundo en espacios de coworking y la segunda de Europa en programas de aceleración e incubación. Si se reflexiona acerca de este llamativo hecho, se puede llegar a dos conclusiones: una es obvia a la luz de las casi tres mil plataformas de promoción censadas; hay que mejorar la coordinación de las iniciativas dirigidas a respaldar a las empresas de reciente creación para hacer su funcionamiento más eficiente; la otra conclusión es que conviene ampliar el enfoque de acción de las políticas públicas, ya que los resultados que se pueden alcanzar operando en un solo plano son limitados.

La visión ecosistémica con la que se viene estudiando el fenómeno empresarial en lugares como Silicon Valley, Holanda o Israel, aporta algunas pistas al respecto. En este sentido, el objeto de atención de la actividad de fomento no debe ser exclusivamente el empresario que empieza, sino también las condiciones en las que prende y se desarrolla la iniciativa emprendedora. Bajo este esquema, la responsabilidad de diseñar y ejecutar la política de nuevas empresas, de hecho, rebasa la propia esfera de la administración, llegando a ser necesario crear un marco colaborativo entre instituciones, medios de comunicación, grandes empresas, universidades y entidades de la sociedad civil.

Son varios los modelos teóricos que el ámbito académico ha dado recientemente sobre esta política «holística» de emprendedores, aunque todos vienen a coincidir en señalar como ámbitos de intervención el acceso a los mercados, la formación del capital humano, la educación, los valores culturales, la fiscalidad empresarial, el acceso a la financiación, la seguridad jurídica y los procedimientos administrativos.

La ley de apoyo a los emprendedores aprobada el año pasado supone un hito en la adopción de esta estrategia, puesto que prevé medidas en casi todos estos capítulos. Desgraciadamente, la norma por sí sola se queda corta, habida cuenta del retraso con el que llega y de lo mucho que hay todavía por hacer. Entre otras cosas, se echa de menos reformas tan profundas en el ámbito de la educación, la cultura empresarial o la inversión en startup como lo ha sido en materia tributaria la adopción del criterio de caja en el IVA para los pequeños empresarios o en el terreno de la seguridad social la extensión de la «tarifa plana» a los nuevos autónomos con independencia de su edad.

Por otra parte, tenemos la tarea pendiente de facilitar que el impulso emprendedor no quede restringido a empresas de pequeña entidad y reciente constitución. Es preciso prestar más atención a los factores que hacen posible el scale-up, esto es, que los negocios bien asentados y en sectores maduros puedan tener ambición y capacidad para experimentar crecimientos propios de una empresa tecnológica naciente.

Las cifras del registro mercantil nos indican que el ritmo al que se recupera la natalidad empresarial aumenta bastante más rápido que la economía, lo que debe interpretarse como un reflejo de que vamos en la buena dirección. Sin embargo, urge mantener el pie en el acelerador de las reformas porque, además de mantener la creación de negocios, tenemos tres difíciles tareas por delante: una es mejorar sus tasas de supervivencia, otra es impulsar su crecimiento y la última hacer partícipes a más jóvenes de la dinámica empresarial. Respecto a esto último, cabe recordar que actualmente el emprendedor medio en España tiene 39 años. Lo que significa que, después de los esfuerzos volcados por administraciones y centros educativos, todavía son muy pocos los que al concluir su periodo formativo barajan esa tercera opción que he mencionado antes de ser su propio jefe.

De igual manera que el agua empieza a hervir por abajo, la entrepreneurship economy se abre paso de la mano de los millennials en la economía más avanzada del mundo. Por tanto, es lógico inferir que de las facilidades que les demos a los jóvenes de nuestro país para orientarse hacia las nuevas oportunidades que la tecnología y la nueva cultura productiva abren, dependerá en buena medida nuestras posibilidades de afrontar la recuperación con vigor y asegurar nuestra posición competitiva en el futuro. •

La reforma de las políticas activas de empleo

POLÍTICA DE EMPLEO Y POLÍTICAS ACTIVAS

La política de empleo es el conjunto de decisiones adoptadas por el Estado y las comunidades autónomas que tienen por finalidad el desarrollo de programas y medidas tendentes a la consecución del pleno empleo, así como la calidad en el empleo, a la adecuación cuantitativa y cualitativa de la oferta y demanda de empleo, a la reducción de las situaciones de desempleo y a la debida protección en las situaciones de desempleo.

Dentro de las políticas de empleo, las políticas activas deben convertirse en verdaderas herramientas de activación frente al desempleo, que se complementan y relacionan con la prestación económica por desempleo y se articulan en torno a itinerarios de atención personalizada a los demandantes de empleo, en función de sus características y requerimientos personales y profesionales.

Las políticas activas de empleo deben jugar un papel trascendental para conseguir un sistema eficaz de protección ante las situaciones de desempleo, asegurando la coordinación entre ellas y las prestaciones por desempleo, y la colaboración entre los distintos entes implicados en la ejecución de la política de empleo y su gestión, y la interrelación entre las distintas acciones de intermediación laboral. Además, las políticas activas deben mantener un enfoque preventivo frente al desempleo, especialmente de larga duración, facilitando una atención individualizada a los desempleados, mediante acciones integradas que mejoren su ocupabilidad.

La modernización del mercado de trabajo exige un refuerzo de las políticas activas para ayudar a la búsqueda de empleo de aquellos que pierden el trabajo o deciden seguir una trayectoria flexible en su carrera profesional, y ofrecer formación en los periodos transitorios entre el empleo y el desempleo.

La reforma de las políticas activas de empleo ha sido una de las líneas claras de política de derecho que se han sucedido con ocasión de los efectos indeseados que la crisis económica provocó en el mercado de trabajo.

La reforma actual se sitúa dentro de las reformas estructurales iniciadas por la reforma laboral de 2012, y ambas reformas persiguen la flexiseguridad en el empleo a cambio del incremento de la competitividad de la economía que estimule el crecimiento económico y la creación y el mantenimiento del empleo.

Las políticas activas de empleo deben convertirse en uno de los pilares básicos de la nueva cultura del empleo introducida por la reforma laboral de 2012 basada en la flexiseguridad. En efecto, junto a disposiciones contractuales flexibles y seguras, tanto para trabajadores como para empresarios, junto a estrategias globales de aprendizaje permanente y sistemas modernos de seguridad social, se hace necesario contar con unas políticas activas eficaces y eficientes.

Las políticas activas deben coadyuvar al ajuste entre la oferta y la demanda de empleo, y deben ofrecer un aprendizaje permanente para la adquisición de competencias profesionales a lo largo de toda la vida laboral, por lo que será trascendental la reforma de los servicios públicos de empleo para ofrecer mecanismos de inserción laboral y búsqueda de empleo.

El nuevo modelo de políticas activas de empleo se centra en aumentar la empleabilidad de los trabajadores y en la gestión de las transiciones profesionales, tratando de alcanzar los objetivos propuestos con la mejor utilización de los recursos posible.

EL NUEVO MODELO DE POLÍTICAS ACTIVAS

La estrategia de coordinación de políticas de empleo iniciada en la unión europea ha sido una de las claves para la transformación del modelo de políticas activas, y ha servido de acicate para que el estado español establezca objetivos cuantificables. Así, en la medida en que la ue vincula la distribución de fondos europeos al logro de dichos objetivos, está obligando a los estados miembros a implantar mecanismos que hagan posible su cumplimiento1.

La ley 56/2003, de 16 de diciembre, de empleo, inicia un cambio de rumbo y apuesta por un concepto más moderno de las políticas activas de empleo, al considerarlas como verdaderas herramientas de activación frente al desempleo, que se complementan y relacionan con la prestación económica por desempleo y se articulan en torno a itinerarios de atención personalizada a los demandantes de empleo, en función de sus características y requerimientos personales y profesionales.

La necesidad de llevar a cabo una reforma en profundidad de las políticas activas fue anunciada por el Real decreto ley 3/2011, de 18 de febrero, de medidas urgentes para la mejora de la empleabilidad y la reforma de las políticas activas de empleo. Y a lo largo de 2012 y 2013, el estado y las comunidades autónomas acordaron importantes avances en las líneas de actuación que se han tenido en cuenta para la elaboración de los sucesivos Planes Anuales de Política de Empleo2.

La distribución competencial en materia de políticas activas ha exigido acometer una reforma gradual y de largo plazo, basada en la intensa colaboración entre el estado y las ccaa a través de las decisiones adoptadas en la Conferencia Sectorial de Empleo y Asuntos Sociales y en el Consejo General del Sistema Nacional de Empleo.

La filosofía de la nueva reforma de políticas activas de empleo se construye sobre la base de la colaboración y coordinación con todas las administraciones implicadas, y a través de un sistema más transparente basado en la evaluación de las políticas y la orientación a resultados. al respecto, el preámbulo del Real decreto ley 8/2014, de 4 de julio, de aprobación de medidas urgentes para el crecimiento, la competitividad y la eficiencia, señala que «el cambio de modelo de políticas activas de empleo supone el tránsito desde un modelo de financiación y gestión articulado en torno a instrumentos jurídicos pensados para programas establecidos centralizadamente, a un nuevo modelo, acorde con las competencias de las comunidades autónomas, en el marco de la necesaria garantía de la unidad de mercado, y cuya financiación, ejecución, control y evaluación están orientados hacia la consecución de determinados objetivos, siguiendo directrices y ejes prioritarios de actuación previamente establecidos».

La reforma de las políticas activas de empleo se completa a lo largo de 2014 con la aprobación de la estrategia española de activación para el empleo y del Plan Anual de Política de Empleo 20143, y culminará con la aprobación de tres instrumentos normativos comunes para reforzar la capacidad de los Servicios Públicos de Empleo.

A) Concepto de políticas activas

El nuevo concepto legal de políticas activas de empleo comprende el conjunto de servicios y programas de orientación, empleo y formación dirigidas a mejorar las posibilidades de acceso al empleo, por cuenta ajena o propia, de las personas desempleadas, al mantenimiento del empleo y a la promoción profesional de las personas ocupadas y al fomento del espíritu empresarial y de la economía social.

La finalidad principal de las políticas activas de empleo es la de funcionar como instrumentos incentivadores para la incorporación efectiva de los desempleados al mercado de trabajo, estimulando la búsqueda activa de empleo y la movilidad geográfica y funcional. En palabras de Montoya Melgar, «las políticas de empleo no deben contentarse con subvencionar a los desempleados (en esto consistirían las políticas pasivas), sino que han de procurar el empleo de los que carecen de él (políticas activas)».

el diseño y la ejecución de las políticas activas de empleo deben ajustarse a los principios de: tratamiento individualizado y especializado a las personas en situación de desempleo para mejorar su empleabilidad, así como a las personas ocupadas para contribuir a la calidad y mantenimiento de su empleo; respuesta a las necesidades de las empresas en materia de capital humano, empleo y formación; fomento del autoempleo y la iniciativa emprendedora; igualdad de oportunidades y no discriminación en el acceso al empleo; adecuación a las características del territorio, teniendo en cuenta la realidad del mercado de trabajo y las peculiaridades locales y sectoriales.

B) Coordinación de las políticas activas

El Sistema Nacional de Empleo es el encargado de garantizar el cumplimiento de las políticas activas de empleo, de forma coordinada con el Servicio Público de Empleo Estatal y los Servicios Públicos de Empleo Autonómicos.

Al efecto, y en lo que se refiere a políticas activas en sentido estricto, el SNE debe asegurarse de que los servicios públicos de empleo aplican las políticas activas de empleo; garantizan la aplicación de las políticas de activación para el empleo y de la acción protectora por desempleo; impulsan la cooperación del servicio público de empleo y de las empresas en aquellas acciones de políticas activas y cualificación profesional que estas desarrollen y que puedan resultar efectivas para la integración laboral, la formación o recualificación de los desempleados. En definitiva, se trata de fortalecer los Servicios Públicos de Empleo para favorecer el desarrollo de las políticas activas de empleo.

En el ámbito competencial, al Gobierno le corresponde la coordinación de la política de empleo en el marco de los acuerdos adoptados por la Conferencia Sectorial de Asuntos Laborales. Y a las comunidades autónomas le corresponde el desarrollo de la política de empleo, el fomento del empleo y la ejecución de la legislación laboral y de los programas y medidas que les hayan sido transferidas.

La labor de coordinación se llevará a cabo principalmente a través de la Estrategia Española de Activación para el empleo 2014-2016, de los Planes Anuales de Política de Empleo, y del sistema de información de los Servicios Públicos de Empleo. Además, se dictarán tres reglamentos en virtud de la competencia exclusiva del Estado en materia de legislación laboral, tal y como se verá a continuación.

a) Estrategia Española de Activación para el Empleo 2014-2016

La Estrategia Española de Activación para el empleo se configura como el instrumento del sne para la coordinación de las políticas activas de empleo en el conjunto del Estado.

La Estrategia lleva a cabo la reorganización y sistematización de las políticas activas, y se propone como objetivo ordenar las actuaciones de los distintos servicios Públicos de empleo bajo objetivos y principios de actuación comunes, posibilitándose la flexibilidad en los instrumentos para su consecución.

La Estrategia recoge los objetivos a alcanzar en materia de políticas de activación para el empleo4 para el conjunto del Estado español, además del marco presupuestario, fuentes de financiación y criterios de gestión de los fondos. Además, incluye tanto los servicios y programas que realizan los Servicios Públicos de Empleo con fondos estatales como los que las comunidades autónomas realizan con recursos económicos propios. La Estrategia se configura de forma flexible, ya que podrá ser objeto de revisión, mejora y actualización. Y a su finalización se prevé una evaluación de la misma.

Los Servicios Públicos de empleo en materia de políticas activas deben actuar conforme a los principios de eficacia, servicio a la ciudadanía y orientación a resultados, especialmente los relativos a la inserción efectiva y sostenida, la reducción de los periodos de desempleo. Además, resulta fundamental el sometimiento de las políticas activas a programación, seguimiento detallado de la gestión y evaluación del resultado de las acciones y del cumplimiento de objetivos, de forma que se puedan identificar costes y buenas prácticas, corregir errores, y, en suma, mejorar gradualmente el conjunto del sistema.

En el nuevo modelo es imprescindible el tratamiento personalizado de los demandantes de empleo a través de la determinación temprana y gestión de su perfil, asociado a las características que definen su empleabilidad y, en particular, sus competencias, tanto las acreditadas formalmente como las determinables por otros medios.

La vinculación entre políticas activas y pasivas resulta también trascendental, de ahí que la protección al desempleo deba cifrarse no solo en el derecho a la prestación económica, sino a la promoción de la activación y reinserción de los demandantes, como aspectos complementarios de la misma política de protección frente al desempleo.

La Estrategia ha establecido dos clases de objetivos para llevar a cabo la labor de coordinación de las políticas activas de empleo: los estratégicos y los estructurales.

Los primeros son los que tienen una especial relevancia en un momento determinado, y en los cuales se va a centrar la atención durante un periodo de tiempo. de conformidad con la nueva estrategia, los objetivos estratégicos para el periodo 2014-2016 se orientarán sobre la base de los siguientes: mejorar la empleabilidad de los jóvenes y cumplir lo previsto por la Garantía Juvenil; favorecer la empleabilidad de otros colectivos especialmente afectados por el desempleo (desempleados de larga duración, mayores de 55 años y beneficiarios del prepara); mejorar la calidad de la Formación Profesional para el empleo; reforzar la vinculación de las políticas activas y pasivas de empleo; e impulsar el emprendimiento.

Los segundos, esto es los objetivos estructurales, son los que tienen una naturaleza estable, y que se desarrollarán a lo largo del tiempo, y deben ser exhaustivos, de manera que puedan encajar en los mismos cualquier actuación de las políticas activas de empleo. Los objetivos estratégicos y estructurales se refuerzan y retroalimentan entre sí, ya que el cumplimiento de los objetivos estratégicos se basa en un desarrollo más intenso de los objetivos estructurales que le afecten.

A efectos metodológicos la nueva estrategia agrupa todos los objetivos en materia de políticas activas y el conjunto de servicios y programas desarrollados por los Servicios Públicos de Empleo en torno a seis ejes de las políticas de activación para el empleo: orientación, Formación, oportunidades de empleo, igualdad de oportunidades en el acceso al empleo, emprendimiento y mejora del marco institucional.

Este último eje es de carácter transversal y recoge todas las acciones, medidas y actuaciones que van dirigidas a la mejora de la gestión, colaboración, coordinación y comunicación dentro del sistema nacional de empleo y el impulso a su modernización.

b) Planes Anuales de Política de Empleo

El Plan Anual de Política de Empleo es la concreción anual de la estrategia, se confecciona de forma conjunta entre el Servicio Público de Empleo estatal y los servicios de empleo autonómicos, en el seno de la Conferencia Sectorial de empleo y asuntos laborales, y en base a la previsión de servicios y programas de políticas para la activación de empleo que se proponen llevar a cabo las comunidades autónomas y el servicio Público de empleo estatal, cada uno en el ejercicio de sus propias competencias.

El PAPE recoge los programas y servicios, tanto los comunes o de aplicación para todo el estado como los propios de cada comunidad autónoma. Estos servicios y programas podrán ser revisados durante la vigencia del Plan cuando existan circunstancias extraordinarias que lo hagan necesario. Además, el Plan también incluye los indicadores que se aplicarán para la evaluación del cumplimiento de objetivos.

Los servicios, que se recogerán en el futuro Reglamento de servicios, son las actuaciones que se tienen que prestar de forma continuada y sostenida en el tiempo, que buscan atender derechos o responder a las necesidades de personas desempleadas, ocupadas y empresas, con objeto de facilitar el empleo o mejorar la empleabilidad de sus destinatarios.

Los programas, que se regularán en el oportuno reglamento, son actuaciones específicas dirigidas a un colectivo, sector o ámbito territorial, a realizar durante un periodo de tiempo predeterminado, planificado y gestionado a través de un instrumento jurídico o técnico concreto, con coste identificado o identificable, dirigido a la consecución de los objetivos de empleo preestablecidos.

El PAPE 2014 recoge un total de 422 programas y servicios a realizar, de los cuales 35 son comunes y 387 son propios, y 26 indicadores acordados por todos los servicios Públicos de empleo, para medir el grado de cumplimiento de los objetivos establecidos, y para definir la distribución de fondos para 2015.

El objetivo de la nueva estrategia es que el último trimestre de cada año se conozcan los objetivos que deben tenerse en cuenta para el pape del año siguiente. Y que durante el primer trimestre de cada año se evalúe el plan del año anterior, se confeccione el plan correspondiente y se aprueben los criterios objetivos de distribución de fondos.

c) Sistema de información de los Servicios Públicos de Empleo

El sistema de información de los Servicios Públicos de Empleo se configura como el sistema de información común que se organizará con una estructura informática integrada y compatible, y será el instrumento técnico que integrará la información relativa a la gestión de las políticas activas de empleo, y de la protección por desempleo, que realicen los Servicios Públicos de Empleo en todo el territorio del estado.

Este sistema garantizará que se lleven a cabo de forma adecuada sin barreras territoriales; el registro de las personas demandantes de empleo; la trazabilidad de las actuaciones seguidas por estas en su relación con los Servicios Públicos de Empleo; las estadísticas comunes; la comunicación del contenido de los contratos; el conocimiento de la información resultante y el seguimiento, entre otros ámbitos, de la gestión de la formación profesional para el empleo, la orientación profesional, las iniciativas de empleo y las bonificaciones a la contratación, así como las actuaciones de las agencias de colocación.

Además, y lo que es más importante, permitirá la evaluación, el seguimiento y control de la utilización de fondos procedentes de los Presupuestos Generales del estado o de la Unión Europea para su justificación.

d) Los instrumentos comunes

Tal y como se ha descrito anteriormente, el nuevo modelo de políticas activas de empleo se cerrará con tres importantes instrumentos normativos: el reglamento de servicios, el de programas de empleo y el de formación profesional para el empleo. Estas normas se basarán en los principios recogidos en la estrategia, y determinarán los contenidos o requisitos comunes mínimos que serán de aplicación en todo el territorio nacional para los programas y servicios de políticas activas de empleo.

El Reglamento de servicios recogerá la cartera común de servicios de empleo que deben prestarse de forma permanente en las oficinas de empleo, de forma que se garantice la igualdad de acceso a los servicios de empleo en todo el ámbito nacional.

La cartera común estará integrada por cuatro servicios de empleo: el servicio de orientación profesional, el de colocación y asesoramiento a empresas, el de formación y cualificación para el empleo y el de asesoramiento para el autoempleo y el emprendimiento.

El Reglamento de empleo establecerá la regulación que dará soporte a los distintos programas que puedan ejecutar las comunidades autónomas en materia de fomento del empleo. Además, incluirá un marco normativo de programas estatales de Políticas activas de empleo dirigidas de manera integrada a favorecer la inclusión laboral de las personas con discapacidad, que establecerá los contenidos mínimos que serán de aplicación en el conjunto del estado.

El Reglamento de Formación Profesional para el empleo pivotará sobre los tres objetivos estratégicos recogidos en el acuerdo de propuestas para la negociación tripartita para fortalecer el crecimiento económico y el empleo del pasado 29 de julio, entre el Gobierno y los interlocutores sociales. A saber, garantía del ejercicio del derecho a la formación de los trabajadores, empleados y desempleados, en particular de los más vulnerables; contribución efectiva de la formación a la competitividad de las empresas; y eficiencia y transparencia en la gestión de los recursos públicos.

C) Evaluación y orientación a resultados

Que las políticas activas cumplan el objetivo de mantener la empleabilidad de los trabajadores en un mercado flexible y seguro depende tanto de su eficacia como de su eficiencia. Por ello, la estrategia atribuye gran importancia a los aspectos de programación, seguimiento y evaluación, ya que son el medio fundamental para ir mejorando gradualmente el sistema.

La orientación a resultados es uno de los elementos clave de la estrategia, hasta el punto que los resultados alcanzados en la evaluación condiciona la distribución de fondos para los ejercicios siguientes. Al efecto, el pape recoge los indicadores que servirán para determinar cada año los índices de cumplimiento de los objetivos estructurales y estratégicos establecidos por parte de cada comunidad autónoma.

A partir de 2013 se inicia una transición gradual en el reparto de los fondos, y una parte importante de los fondos asignados a políticas activas se asignará en función de los resultados obtenidos el año anterior. En 2013 se vincularon el 15% de los fondos a los resultados obtenidos en 2012. Y ese porcentaje se ha ido incrementando de forma paulatina para 2014 y 2015. Así, en 2014 un 40% de los fondos se han vinculado a los resultados de 2013, y en 2015 los fondos se vincularán en un porcentaje del 60% a los resultados de 2014.

La razón última de la importancia otorgada a la evaluación y orientación a resultados estriba en que solo conociendo el alcance y la efectividad de las políticas activas se podrá mejorar la empleabilidad de los trabajadores que tan necesaria resulta en estos momentos. •

NOTAS

Las Recomendaciones del Consejo relativas a los programas nacionales de reforma de España de los años 2011, 2012, 2013 y 2014 insisten de forma reiterada en la necesidad de reformar las políticas activas de empleo.

En 2012 la Recomendación del Consejo de 2012 insistía en «una revisión más a fondo de las políticas activas del mercado de trabajo a fin de mejorar la empleabilidad y el acoplamiento entre la oferta y la demanda de empleo».

Aprobados por Real Decreto 751/2014, de 5 de septiembre, por el que se aprueba la estrategia española de activación para el empleo 20142016 (boe 23 septiembre), y por Resolución de 16 de septiembre de 2014, de la Secretaría de Estado de Empleo, por la que se publica el acuerdo del consejo de ministros de 5 de septiembre de 2014, por el que se aprueba el Plan Anual de Política de Empleo para 2014, según lo establecido en el artículo 4 ter de la ley 56/2003, de 16 de diciembre, de empleo (BOE 24 septiembre).

Adviértase que en el concepto de políticas de activación para el empleo quedan incluidas tanto las políticas activas de empleo como las de intermediación laboral. Estas últimas también han sido objeto de reforma en los últimos tiempos en aras a incrementar la empleabilidad y la puesta en contacto de oferta y demanda de mano de obra. Así, se han configurado las agencias de colocación como entidades colaboradoras de los Servicios Públicos de Empleo (2010); se han reconocido a las empresas de trabajo temporal funciones de agencias de colocación (2012); y se ha firmado el acuerdo marco con agencias de colocación para la colaboración con Servicios Públicos de Empleo en la inserción en el mercado laboral de personas desempleadas (2013). 

Abandono escolar

 

EL SENTIDO DE LA UTILIDAD

Hace unos años, con ocasión de un congreso de directivos celebrado en Bilbao, coincidí con un filólogo finlandés de aspecto valleinclanesco que hablaba perfectamente el idioma español. Eran tiempos, como ahora, en que hablar de educación era hablar de Finlandia y le pregunté por el secreto de su país. La respuesta fue muy simple: «En los albores del siglo veinte los pastores protestantes finlandeses decidieron que para casarse había que saber leer y escribir». Contestación que me impresionó por sencilla y rotunda. Y me hizo reflexionar sobre las bases y formas sobre los que se articula la sociedad civil. O sea, mientras en España se predicaba desde el púlpito la receta de la conformidad con la situación que a cada uno le hubiera tocado, obviando o pasando de puntillas, en el mejor de los casos, sobre la «parábola de los talentos», es decir, el sempiterno fatalismo sazonado con la recompensa de la «otra vida», en Finlandia se estructuraba la convivencia conyugal sobre las bases de una disposición de las personas hacia el conocimiento.

Cualquier persona de ese país del norte, ya sabía a principios del siglo xx, de las ventajas de una educación básica, de su utilidad a la hora de concebir el futuro personal y el de su familia, bajo principios y reglas basados en el pensamiento religioso. No digo que este sea el único factor determinante en la articulación de una sociedad; si pongo de relieve que, en el caso que nos ocupa, la visión del hecho religioso desde su autoridad jerárquica puede haber coadyuvado a conformar un país donde la educación está socialmente muy considerada, ya sea desde el punto de vista profesional de los que a ella se dedican, como del esfuerzo y aprovechamiento de los que de ella se aprovechan para su progreso como personas.

Cobra relevancia, en el caso de Finlandia, la consideración de lo útil como aquello que produce provecho, comodidad, fruto o interés… y, a buen seguro, que su propia existencia como nación, su cultura, su capacidad de innovación y otras características que le adornan a modo de virtudes tienen su origen en la importancia que se le da al proceso educativo. De manera que a pocos finlandeses se les escapa lo útil que es una buena educación.

En España, por las razones que sean, y se me ocurren algunas, no hemos sido capaces de trasladar a nuestros jóvenes la utilidad de una formación adecuada a la hora de plantearse la incorporación al mundo del trabajo. Una de las causas fundamentales reside en que les hemos apartado de la necesidad de trabajar para vivir. Es la materialización de una protección mal entendida que, en un sentido pendular, nos ha llevado desde una incorporación temprana a la tarea productiva, hasta hace muy pocas generaciones, a postergarla, independientemente de que se aproveche o no el tiempo en tareas formativas.

Los «ninis» son una muestra clara de la desidia y la falta de horizontes en que hemos situado a nuestros jóvenes y el hecho de que se haya hecho popular la expresión nos indica hasta qué punto es preocupante el asunto. Socialmente está aceptado y no conlleva reproche especialmente resaltable porque, además, la situación económica favorece esta tendencia que, dicho sea de paso, nació en los mejores años de desarrollo económico, pero las consecuencias devastadoras de la crisis económica y financiera, en los últimos tiempos, viste con tintes dramáticos, en muchos casos, la convivencia en aquellos hogares especialmente azotados por el panorama económico.

Otra frase que se ha hecho célebre es la de «condenado a ser mileurista». Nació en aquellos años de «bonanza económica» basada fundamentalmente en la especulación y no en la creación de riqueza, cuando todo se nos hacía poco y perdimos la conciencia del valor de las cosas. Ha sido pronunciada más veces por los padres que por los hijos, como consecuencia del desplazamiento de un protagonismo que nunca tuvo que haberse dado. Es un alarde de estulticia que no pondera el dinero ni adivina el esfuerzo que cuesta ganarlo.

Se da el contrasentido de que, por el mencionado movimiento pendular, se les ha otorgado a los jóvenes una serie de prerrogativas bajo la aureola de un progresismo mal entendido. Así, está aceptado socialmente el consumo de alcohol a edades tempranas y las relaciones sexuales al margen de la afectividad y el amor, lastrando el devenir de un equilibrio emocional y conculcando la autonomía personal a la hora de establecer la necesaria relación entre derechos y obligaciones en el ejercicio de un desarrollo armónico. Como consecuencia de este pespunte social le es permitido emborracharse habitualmente, acostarse con cualquiera de manera frecuente; pero lo de trabajar queda para cuando sean mayores.

Resulta muy complicado hablar de utilidad cuando no se ha establecido la necesidad. Gran parte del progreso humano a lo largo de la historia se sustenta sobre la base de haber ido cubriendo necesidades. Es así como se han ido gestando los avances más importantes de la humanidad. La necesidad de trabajar debe ser interiorizada de manera positiva como un gesto de dignidad personal que nos hará mejores individual y colectivamente.

Hay rémoras que tienen su origen en nuestra propia cultura. Al tiempo que Voltaire sentenciaba que al sur de los Pirineos se extendía «el país de la pereza», en España, para no desairar al ilustrado francés, manteníamos la «deshonra legal del trabajo», como extensión de la maldición bíblica al ámbito social, político y económico y coadyuvando negativamente al necesario progreso social al que tienen derecho los pueblos. La circunstancia de que el hecho de trabajar fuera considerado bajo el halo del reproche social es un ejemplo de hasta qué punto el pensamiento religioso aplicado de manera inadecuada puede condicionar el futuro de las naciones.

Al proteger en exceso a nuestros jóvenes les estamos privando de la autonomía a la que tienen derecho como personas, al tiempo que les dejamos indemnes ante cualquier coyuntura desfavorable que pueda darse. La protección, en este caso, tiene un efecto perverso en la construcción armónica de su personalidad que no les permite atisbar que una concepción utilitarista de la educación, perfectamente recomendable, es la de que sirve para trabajar.

EDUCACIÓN Y MERCADO DE TRABAJO

No se dan, pues, las condiciones necesarias que predisponga en nuestro país el ambiente de colaboración necesario para que vayan de la mano la educación que se imparte y lo que precisa la actividad económica. Existe una excesiva rigidez en la forma de concebir la Formación Profesional reglada en España que no le permite enseñar lo que está demandando el mercado de trabajo. Se están dando pasos en un sentido convergente a través, por ejemplo, de la Formación Dual, que ha rescatado la vieja relación entre teoría y práctica, auspiciados por recetas que han resultado exitosas en países como Alemania. Por ahí debe ir el futuro. Hay que establecer nexos que aproximen el aprendizaje y el empleo y del conocimiento de la realidad productiva vendrá la innovación y el emprendimiento.

Es necesario seguir luchando contra nosotros mismos, tener otra predisposición en los agentes sociales que responda a un sentido ético de la economía y la empresa. Una de las características que define a nuestra sociedad es la valoración peyorativa de algunos oficios, como si fueran indignos. Es como si nuestra sociedad estuviera articulada en un sistema de castas, donde dependiendo de la adscripción de las personas por razón de nacimiento o cualquier otra circunstancia llevara aparejada el desarrollo posterior de una profesión, sin que medie la formación y la voluntad de la persona.

Si reflexionamos en torno al oficio de camarero, por ejemplo, observaremos que genera un cierto rechazo social. Cuántas veces hemos oído: «¡Mi hijo, de camarero, nunca!». Pues bien, hagamos una prueba: De cada diez bares que visitemos, ¿cuántos camareros responden a la idea del profesional que tenemos interiorizada como adecuada? ¿Un diez, un veinte o, acaso, un treinta por ciento? ¿Somos conscientes del valor añadido que puede generar, para su empresa, una persona detrás de la barra de un bar? ¿No le exigimos, acaso, que sea psicólogo, analista político, políglota, comentarista deportivo o taurino, etc.? ¿Estamos convencidos de que cualquiera vale para camarero? Entonces, ¿por qué el desprecio hacia esa profesión?

Es evidente que estamos en una sociedad manifiestamente mejorable, que arrojando un 55% de paro juvenil, lidera la cuota de abandono escolar en Europa (23,5%), tras completar la Educación Secundaria, a pesar de haberse reducido en un punto y medio en 2013, frente a 2012. Que sigue gozando de unos índices de población universitaria muy por encima de la media europea (el 40,7% frente al 36,8%), de donde salen graduados o doctores camino de otros países en número cada vez más considerable, bajo el eufemismo de movilidad exterior. Además, todo parece indicar que la tenue disminución experimentada en el dato de abandono escolar es consecuencia de la crisis económica y que, cuando el empleo aumente, las aulas perderán alumnos, como más de uno vaticina.

¿Por qué estos desajustes? ¿Por qué formamos a personas que nuestro sistema productivo no es capaz de incorporar? ¿A qué se debe tanto derroche de capital humano? Son preguntas que debieran movernos a la reflexión y que, como indicaba al comienzo, tienen repuestas muy simples que están en recetas sencillas para la convivencia y el progreso. ¿Si no eres universitario has de sentirte necesariamente fracasado? ¿De verdad necesitamos tanta oferta universitaria cuando no hay un campus digno de mención en el terreno de la investigación? ¿Tenemos claro cuáles son nuestras capacidades individuales y colectivas? ¿Damos un sentido de utilidad a los estudios que hacemos o perseguimos simplemente un estatus?

Afortunadamente, algo está cambiando en el panorama educativo español, probablemente dado por una reacción lógica de las instituciones que se dedican al asunto y por la necesaria articulación de la sociedad civil. Así están creciendo los estudiantes de Formación Profesional, cerca de 35.000 más que en el curso anterior, hasta alcanzar la cifra de 700.000 alumnos. Cerca de la mitad son mujeres, en consonancia con su lógico anhelo de incorporación al mercado de trabajo. Hay un 11% de personas mayores de 24 años que se siguen formando. Hay cerca de 500.000 personas adultas que estudian enseñanzas regladas no universitarias.

MIRANDO AL FUTURO

Si algo ha caracterizado al sistema educativo español, es haber estado tradicionalmente de espaldas al mundo laboral. Por su parte, el mundo de la empresa no se ha visto implicado en el proceso educativo, más bien se ha limitado a solicitar estudios y cursos a los aspirantes a un puesto, sin verlos más allá de un listado enunciativo. Asumimos sin muchos problemas que las personas que acaban su formación no están preparadas para incorporarse al mercado de trabajo sin pasar por prácticas y becas, pero este modelo viene a romper más la brecha existente entre los centros educativos y los de trabajo.

La fp dual rompe con ese modelo, ya que la formación se realiza casi a partes iguales, en el centro de estudio y en un puesto de trabajo, pero no es fácil, requiere el esfuerzo por parte de quienes nos dedicamos a la docencia de implicar a unas empresas que no están acostumbradas a invertir, ni tiempo ni dinero, en educación, y requiere que estas compañías, grandes o pequeñas, dediquen sus escasos recursos a un compromiso que nos afecta a todos, y lleguen a comprender que este comportamiento puede redundar de forma positiva en sus beneficios a medio plazo.

No podemos desistir, por muy ardua que sea la tarea, necesitamos la implicación del mundo laboral para ayudar a formar a sus propios profesionales. Debemos hacer ver a los empresarios que están fuera del proceso educativo, que no pueden estarlo si quieren tener profesionales adecuados a sus procesos, y que la pelota, ahora, también está en su tejado.

Estamos en el camino, un camino difícil, que aunque requiere apoyo de las instancias políticas, tiene que estar en manos necesariamente de la sociedad civil, solo las empresas tienen la capacidad de adquirir ese compromiso de formar a sus propios trabajadores. Las ventajas para ellas son enormes si saben verlas.

En los centros educativos tenemos también el reto de saber orientar a los alumnos. Existen ciclos formativos con un cien por cien de inserción laboral, y que sorprendentemente, en un país con un alarmante paro juvenil, no tienen alta demanda por parte de los alumnos, mientras que otros, con menos salidas profesionales, tienen una demanda excesiva.

Me pregunto, volviendo un paso más atrás, si muchos de esos alumnos que abandonan sus estudios, han tenido la orientación que les dé la posibilidad de cursar unos estudios más prácticos, más cercanos a sus intereses profesionales, y más orientados a un fin concreto. Es posible que estos alumnos continuarán sus estudios, pero tenemos que hacer el esfuerzo de dirigirles a este fin.

Empezamos a escuchar con demasiada asiduidad que estudiar no vale para nada, y esta es una idea preocupante, además de falsa. Lo que sí sería más adecuado, es que nuestros jóvenes estudiaran pensando, además de en su vocación, en un concepto de utilidad. Sería bueno que les hiciéramos ver que van a pasar unos cuantos años estudiando y el resto de su vida trabajando, y que merece realmente la pena poder tener un empleo de calidad.

Pero toda la sociedad debe enfocarse a esta tarea, para que estudiar no sea un trámite para obtener un título, ni la educación sea un divertimento intelectual, sino el método para convertirse en ciudadanos libres y productivos, que aporten a la sociedad, y para esto tenemos que tener una concepción útil de la educación.

Hemos vivido años de bonanza, si se me permite, basada en burbujas y en irrealidades, que nos han llevado a pensar que la formación no tenía valor. Cuando un chico sin conocimientos profesionales tiene un sueldo trabajando en la construcción superior al de un médico, algo va mal, pero no hemos sabido verlo como sociedad. La crisis, en lo que tiene de oportunidad, debe servirnos para recapacitar.

Cuando se diseñen los itinerarios formativos, las familias profesionales, no podemos tener en cuenta únicamente la demanda, sino más bien la oferta, porque muchas de esas personas que no tienen trabajo tendrán que cambiar de profesión, y estoy seguro de que estarían muy agradecidas a quien supiera orientarles en carreras con alta demanda de trabajadores.

Este concepto de utilidad de la educación requiere de un cambio de paradigma, del que es buena muestra la fp dual, pero que debería aplicarse también en la universidad. Debemos acostumbrarnos a que los jóvenes trabajen; no alentarles a ello, incluso no permitirlo, se debe a un falso sentimiento de protección, que deberíamos preguntarnos si no esconde la desconfianza de que no serán capaces de hacerlo.

Estudiar y trabajar no es malo, el trabajo permite a las personas realizarse. Es más, para los jóvenes, la responsabilidad que requiere un empleo, supone un paso crítico hacia la madurez, mucho más importante que salir solos hasta altas horas de la madrugada. Trabajar significa ser adulto, y a veces no queremos que nuestros hijos se conviertan en adultos.

En otros países es frecuente que los niños, incluso los más pequeños, se inicien en el mundo del empleo, o de los negocios, vendiendo limonada, cortando el césped de los vecinos o lavando sus coches. Y en la universidad, la mayoría de los estudiantes tienen un empleo para pagar sus estudios. En España esto no nos parece bien, pensamos que los chicos y las chicas que trabajan dejarán de estudiar, cuando es precisamente lo contrario. Tener un empleo hace ver a las personas la necesidad de formarse para progresar, les inculca la responsabilidad de tener que aprovechar el dinero que con tanto esfuerzo ganan para pagar sus estudios.

Estoy seguro, aunque no tengo datos para contrastarlo, que las personas que estudian y trabajan aprovechan mejor sus enseñanzas, es más, cuando terminan su formación se encuentran una casilla por delante de sus compañeros, porque ya tienen experiencia profesional en lugar de un currículo vacío. Esta experiencia es buena, sea en lo que sea, porque trabajar te forma como persona, los conocimientos técnicos vienen después. La experiencia de ser camarero en la universidad, como decía antes, sirve para ser médico más adelante.

Que el futuro de la educación pase por el empleo no es un contrasentido, existen experiencias de emprendimiento, incluso en etapas de educación primaria, que prueban a los alumnos en el emprendimiento y la responsabilidad, como las cooperativas escolares que se ponen en marcha en los centros con este modelo de gestión, y que sirven para que los alumnos valoren el esfuerzo que cuesta ganar cada euro.

El «apóstol del cooperativismo», José María Arizmendiarrieta, ya comenzó con este modelo creando una escuela de Formación Profesional para los jóvenes de Mondragón, y creando cooperativas para que estos jóvenes trabajaran. Para él, las unas no tenían sentido sin las otras, ya que, como decía, «si trabajas tienes la obligación de estudiar, y si estudias tienes la obligación de trabajar». Esto es lo que queremos también nosotros para todos los alumnos.

Es un esfuerzo titánico, porque requiere cambiar la mentalidad de toda una sociedad, arraigada a lo largo de los siglos, debemos quitarnos de la cabeza que tener que ganarse la vida es una maldición, debemos ser prácticos y utópicos al mismo tiempo. Debemos buscar que cada persona tenga la formación más adecuada para ella, pero al mismo tiempo la mejor que pueda tener. La educación tiene que sacar lo mejor de cada uno, convertirnos en las mejores versiones de nosotros mismos que podamos ser, y esto pasa por el mundo laboral.

Nada de esto es fácil, es un largo camino, como decía Miguel de Cervantes: «Un solo deseo nos gobierna y una misma esperanza nos sustenta; el camino en que nos hemos puesto es largo; pero no hay ninguno que no se acabe, como no se le oponga la pereza y la ociosidad».

Educación y empleo: una reflexión preliminar

A lo largo de la primera parte de este número especial de Nueva Revista hemos tenido la oportunidad de repasar algunos de los retos y circunstancias actuales de la educación y de su papel fundamental en el desarrollo intelectual, humano y cívico del ciudadano.

Era ese uno de los objetivos planteados en la elaboración del presente número. El otro, que se desarrollará en la segunda parte que empieza aquí, era abordar la vertiente más práctica de la educación. Aquella que la vincula con el desarrollo económico individual y social. El terreno en el que la educación se convierte en un medio para progresar social y económicamente. La educación como generadora de oportunidades que cubran las aspiraciones profesionales y que aporten la necesaria rentabilidad a la inversión de tiempo y dinero que hacen tanto los individuos como la sociedad en su conjunto.

No se pretende limitar la educación a su vertiente facilitadora de la empleabilidad individual ni de reducir los fines de la misma a un ámbito meramente utilitarista. Sí es, en cambio, un esfuerzo por analizar la relación existente entre la educación y el empleo. De cuánto y de qué forma mejoras en la primera impactan en el segundo. Incluso de si nuestro país se puede permitir rehuir esta visión, con un déficit crónico que nos obliga a recurrir al exterior para financiarnos y una tasa de desempleo cercana al 25%.

Se trata de la diferenciación clásica entre el aprendizaje inquisitivo y el adquisitivo. Mientras el primero está motivado por un puro interés en el conocimiento, el segundo concibe el proceso educativo como un acto de consumo. Se aprende únicamente aquello que es necesario para alcanzar las cualificaciones o adquirir las capacidades necesarias con las que alcanzar un determinado estatus profesional. Es un modelo basado en un simple cálculo racional de carácter individual, en el que para Lawn (Borderless Education: imagining a European education space in a time of brands and networks,2001) «las bases de la educación se han perdido».

Quizá sea cierto lo que apunta Lawn, pero sin embargo, como decíamos antes, es un análisis, el de la educación como medio, que, por un lado, nuestro país no debería permitirse el lujo de evitar y, por otro, es una obligación que los ciudadanos debemos imponer a los poderes públicos.

Porque no podemos olvidar que cuando el Estado se arroga el deber de proveer la educación, impone su obligatoriedad y asume su gestión, está adquiriendo una enorme responsabilidad no solo con la sociedad, sino directa y muy especialmente con los individuos. Debe ser, por lo tanto, muy riguroso a la hora de garantizar que tanto el valor real de la educación como el percibido compensen el esfuerzo que hacen tanto los ciudadanos como la sociedad en su conjunto para adquirirla. En este sentido, el valor percibido será mayor, entre otras cosas, cuanto más y mejores oportunidades profesionales sea capaz de facilitar.

Llegados a este punto, concluiremos que, de forma muy simplificada, para que la educación cumpla con este objetivo de facilitar oportunidades profesionales no solo ha de ser buena sino que debe ser útil.

Elaboremos un poco estos conceptos que entendemos debe conjugar la educación para ser considerada de calidad en el sentido previamente descrito y que está vinculado con el valor percibido de la misma.

Lo primero que debemos decir es que la calidad debe medirse en términos comparados. Podemos considerar una educación de calidad aquella que es capaz de transmitir y consolidar en los que la reciben el conjunto de saberes fundamentales necesarios para un óptimo desarrollo humano e intelectual. Sin embargo, esto no es más que una definición en términos absolutos. Hoy más que nunca, para que la educación pueda ser considerada como verdaderamente buena debe ir un paso más allá. Debe serlo también en términos relativos o comparados.

Ya lo explicó Hirsch (Social Limits to Growth, 1977) cuando dijo que: «Hay una dimensión absoluta, en la cual la calidad educativa se construye sobre la base de alumnos receptivos, buenos profesores, buenas instalaciones, etc.; pero además existe una dimensión relativa en la que la calidad consiste en el diferencial con el nivel educacional recibido por otros».

En un contexto de globalización como el actual en el que la permeabilidad de las fronteras es tan acusada, el trasvase de talento tan evidente y la competencia por él tan a la vuelta de la esquina, para determinar la calidad de la educación con la que un Estado provee a sus ciudadanos, debemos medirla inevitablemente con la que reciben los ciudadanos de otros Estados. Debemos por tanto centrar el foco de atención en su aspecto relativo. De lo contrario caeríamos en la misma ilusión de progreso de la que alertaba Hirsch ya que «por mucho que pensáramos estar mejorando nuestra educación, al no hacerlo a un ritmo más rápido que el resto, en realidad solo estaríamos empeorándola».

Un aspecto clave para garantizar esa calidad comparada es la necesidad de no privar a la educación de su necesaria función de evaluación, selección y orientación de los estudiantes. Una educación de calidad debe evaluar y seleccionar a los alumnos y debe hacerlo de forma rigurosa, seria y responsable. Cualquier debilidad a la hora de hacerlo, movida por factores de falsa justicia social o de una ilusoria igualdad de oportunidades, solo conseguirá dos cosas tremendamente perniciosas para el porvenir del individuo y de la sociedad.

La primera es retrasar innecesariamente el momento de la evaluación y de la selección, dejándolo para cuando el individuo se enfrente al mercado laboral, momento en el que se encontrará con criterios de selección verdaderamente rigurosos y cuando quizá ya sea demasiado tarde para reenfocar su porvenir profesional. Porque no nos engañemos, la selección acabará produciéndose tarde o temprano, solo que ya no será el sistema educativo el que la realice sino el mercado laboral. Y lo hará en un punto de la carrera profesional de la persona en el que posiblemente ya no tendrá tiempo de reacción para modificarla.

Actuando de esa forma, los sistemas educativos hacen dejación, de forma irresponsable, de lo que es inequívocamente suyo, identificar las potencialidades individuales de cada persona y enfocarla hacia aquellos campos profesionales y de conocimiento en los que más exitosamente pueda desarrollarse en el futuro.

La segunda consecuencia perniciosa de la excesiva relajación de los mecanismos de selección/orientación en el sistema educativo o incluso de su ausencia absoluta, es la inflación de cualificaciones y la consiguiente depreciación de los títulos, cualquiera que sea su nivel, pero preferentemente los universitarios derivado del proceso expansivo de la educación superior.

Porque está claro que la relajación de los mecanismos de selección provoca una expansión excesiva de las titulaciones. Y está comprobado que esta expansión no produce cambios en la demanda de trabajadores altamente cualificados sino que lo que provoca es inflación académica (Collins, 1979; Offe, 1976). La idea de inflación académica es similar a la de la inflación monetaria. Si el ritmo de crecimiento de la cantidad de dinero en circulación es superior a la de producción de bienes y servicios, el efecto que se produce es un incremento del precio de dichos bienes y servicios. O dicho de otro modo, con cada euro podemos comprar menos cosas.

Del mismo modo, si un mayor número de personas obtiene las cualificaciones previamente requeridas para unos puestos concretos y la cantidad de dichos puestos no se incrementa al mismo ritmo, lo que se produce es inflación de cualificaciones. Y «allí donde se produce esa inflación, el valor de esas cualificaciones se debilita» (Berg, 1970). Como consecuencia, «los estudiantes que quieren prosperar se ven forzados a prolongar su fase de formación para obtener cualificaciones de un nivel superior. De esta forma, es fácil predecir que el proceso continuará repitiéndose en niveles educativos superiores. Si llega un momento en el que todo el mundo tiene un título universitario, un doctorado, un máster o similar es fácil de prever que estas cualificaciones no servirán más que para obtener un trabajo en un restaurante de comida rápida y la competencia se trasladará a niveles educativos incluso superiores» (Collins, 1994, p. 146).

Los gobiernos se han dedicado a «imprimir papel» de titulaciones a un ritmo alarmante. Mientras en el terreno financiero una expansión monetaria equivalente es habitualmente evitada por los Estados, en el terreno educativo se alaba al considerarse positiva por ampliar el acceso a mejores oportunidades profesionales. Se resisten a reconocer que este proceso inflacionista contribuye a una competición tremendamente costosa y estéril y a un mercado de «calificaciones en saldo».

Además, al contrario de lo que se perseguía con la relajación de los procesos selectivos, la inflación de cualificaciones incrementa las desigualdad de oportunidades porque favorece a aquellas personas con recursos personales y familiares capaces de soportar los costes asociados a esta competición de titulaciones permanente (Hirsch, 1977).

Corremos el riesgo de pensar que por el mero hecho de haber «universalizado» los niveles educativos y por tanto facilitado acceso a los mismos a un elevado porcentaje de la población, pudiéramos considerar que se ha hecho todo lo posible para poner a disposición de los ciudadanos la mejor educación y se les ha dotado con las mejores herramientas para enfrentar su futuro profesional. Nada más lejos de la realidad, según hemos tratado de exponer.

Por otro lado, mientras los Estados se centran en el lado de la oferta de titulaciones, el lado de la demanda escapa cada vez más a su control. El mercado laboral es cada vez más global y complejo. Nuevas profesiones aparecen todos los días a una velocidad inusitada, cada una de ellas con unos requerimientos específicos y concretos sobre los conocimientos y habilidades necesarios.

Sin embargo, desde las autoridades educativas es escaso el conocimiento que se tiene, poca la atención que se le presta o reducida la capacidad de reacción para diseñar unos ciclos educativos capaces de dotar a los estudiantes con los conocimientos y habilidades adaptadas a las nuevas necesidades del mercado laboral.

Es esta parte la que enlaza con el concepto de utilidad que planteábamos al inicio del artículo. Es necesario que los ciudadanos y el mercado laboral perciban en la educación ese factor de utilidad de forma que le reconozcan un valor percibido suficiente como para que les compense el esfuerzo de asumir los costes personales y sociales que la educación impone. De lo contrario estaremos abocados a continuar contemplando elevados porcentajes de abandono escolar, depreciación constante de las titulaciones y a hacer inútiles los esfuerzos por cerrar la brecha que separa, a día de hoy, al sistema educativo del mercado laboral.

Es por tanto mucho lo que todavía queda por avanzar y mejorar en el sistema educativo con el objetivo de dotarle con la calidad necesaria para incrementar su «valor percibido» por el ciudadano y el mercado laboral.

Precisamente estos y otros aspectos fundamentales de la educación en su relación con el empleo es lo que se tratará de desarrollar en la segunda parte de esta edición especial de Nueva Revista a lo largo de varios artículos. Confiamos en que su lectura y análisis sean de interés y contribuyan de algún modo a ahondar en esa importante función que tie-ne la educación como generadora de oportunidades profesionales y ayude a arrojar algo de luz sobre cómo mejorar esa asignatura pendiente que sigue teniendo nuestro país como es el desempleo. •

REFERENCIAS BERg, I. (1970): Education and Jobs. Center for Urban Education. COLLINS, R. (1994): Four Sociological Traditions. Oxford University Press. COLLINS, R. (1979): The Credential society: an historical sociology of education

and stratification. Academic Press. HIRSCH, F. (1977): Social Limits to Growth. Routledge & Kegan Paul. LAWN, M. (2001): Borderless Education: imagining a European education

space in a time of brands and networks. Discourse: studies in the cultural politics of education Vol. 22, Nº. 2. OFFE, C. (1976): Industry and Inequality: The Achievement Principle in Work and Social Status. Edward Arnold.

Rafael Puyol: No sólo España, toda Europa va a ser un geriátrico

 

 

Doctor en Geografía y referencia académica en su ámbito, el asturiano Rafael Puyol preside ahora el Consejo de Dirección de la Universidad del Instituto de Empresa en Segovia y es vicepresidente de la Fundación Instituto de Empresa. Reconocido por sus trabajos universitarios con doctorados honoris causa por siete instituciones hispanoamericanas de educación superior, su itinerario académico –con gran repercusión pública por su trabajo como rector de la Complutense entre 1995 y 2003 –lo ha convertido en un nombre imprescindible a la hora de analizar los retos de nuestra geografía humana, ante todo la preocupante crisis demográfica. Sobre este tema, y sobre el número monográfico de Nueva Revista que está coordinando a propósito de la situación de la Universidad española, hemos conversado con él.

– Se dice que la situación demográfica de España es muy preocupante. ¿Hasta qué punto está de acuerdo? ¿Vamos de verdad a ser el geriátrico de Europa?

Efectivamente, no es buena. La fecundidad es muy baja, el envejecimiento fuerte y creciente y el balance migratorio negativo. Ya no crecemos. La población ha empezado a disminuir y nada hace prever que este panorama vaya a cambiar a corto plazo. En cuanto a si vamos a ser el geriátrico de Europa, considero que toda Europa va a ser un geriátrico, aunque nosotros vamos a tener las mejores habitaciones. A nuestro propio envejecimiento se añadirá el producido por la llegada de personas mayores de otros países europeos en busca de buenas condiciones económicas, sol y sanidad.

-¿Hay una conciencia –entre la sociedad y también entre la clase política- de que tenemos un problema con la natalidad?

Una tasa de fecundidad de 1,3 hijos por mujer es muy baja. Desde hace tiempo no renovamos generaciones y los tamaños medios familiares son cada vez más pequeños. Tenemos menos mujeres en edad de procrear que además tienen a sus  hijos  a edades muy tardías lo cual limita su número. En efecto, este panorama dista mucho del que nos convendría.

– ¿Ha afectado muy negativamente la salida de jóvenes al extranjero y el regreso de inmigrantes a sus países?

Que salgan jóvenes al extranjero no es malo. Lo negativo son las causas que producen ese éxodo: la crisis económica y la falta de oportunidades laborales para ejercer el derecho a quedarse. Ahora bien, yo creo que esa emigración ni es cuantitativamente muy numerosa, ni va a suponer una pérdida definitiva de la gente que se va. Cuando la economía mejore, volverán y lo harán con más conocimientos, más experiencia, otras capacidades y algunos ahorros. Eso supondría recuperar un talento con mayor valor añadido, lo cual acabará resultando positivo para el país.

El regreso de nuestros inmigrantes a su país o a otros destinos más propicios es un hecho inevitable en tiempos de crisis. Quizás para el congestionado mercado de trabajo es un alivio, en cambio, para la maltrecha demografía es una complicación añadida. Pero yo estoy seguro de que volverán, con otras profesiones y de otras procedencias, pero volverán.

– Por decirlo muy llanamente, la natalidad es baja, sí, pero eso, ¿cómo nos afecta?

Una natalidad baja es la causa inicial del envejecimiento y si como ahora se combina con un aumento de la longevidad, provoca un envejecimiento prácticamente irreversible. Además, al cabo de unos años, ocasionará dificultades en el mercado laboral.

En pocos años ya, probablemente en no más de 4 o 5, la baja natalidad y una mortalidad creciente, precisamente por el envejecimiento, producirán un balance negativo del crecimiento natural. Si no hay inmigración la población acaba disminuyendo como ya ocurre con el caso actual de nuestro país.

– ¿Qué podríamos hacer para decir que por fin estamos haciendo bien las cosas? ¿Políticas de ayuda a la familia? ¿A quién podríamos copiar?

Yo creo que es imprescindible una buena política de ayuda familiar, con medidas que faciliten el acceso de los jóvenes a la vivienda, el uso de guarderías, la conciliación entre vida laboral y familiar para las madres que deseen o tengan que trabajar. Ahora parece que el gobierno la va a establecer por fin. Yo espero que sea pronto y que además sea lo suficientemente generosa para que cumpla los objetivos deseables. Aunque cada país tiene sus propias peculiaridades, las políticas emprendidas en algunos estados del Norte de Europa ofrecen algunas referencias interesantes.

– Además de la economía, ¿hay detrás de la escasa natalidad un declive de los valores tradicionales?

Yo no creo que la economía sea la causa principal de nuestra situación demográfica. De hecho el declive de la natalidad empezó mucho antes que la crisis económica. Hay muchos factores que lo explican, pero sin duda la pérdida de los valores tradicionales por una parte de nuestra sociedad es uno de los más significativos. Además de la recuperación económica, el país necesita una recuperación ética tan fundamental como la primera.

– Por último, don Rafael, y por su fecunda trayectoria en el ámbito universitario, quería preguntarle por el especial de Nueva Revista que está coordinando, y que versará sobre la Universidad española. ¿Qué nos puede adelantar?

Creo que va a ser un excelente número. Hemos tratado de seleccionar temas de gran calado académico y buscado los mejores autores posibles para escribirlos. El número no pretende ser un diagnóstico más sobre los problemas de la Universidad española. Prioritariamente, intenta ofrecer soluciones a los granes asuntos tratados: el sistema universitario, la selección del profesorado, los sistemas de Gobierno, los títulos, la investigación, los estudiantes, la financiación, las nuevas tecnologías, la acreditación del sistema y la internacionalización.

El sistema educativo en la sociedad del aprendizaje

 

LA DIFICULTAD DEL CAMBIO

Recientemente publicaba el New Yorker un artículo sobre la ciudad de Newark en donde no se hablaba de las canciones de Whitney Houston, ni de las canastas de Shaquille O’Neal, ni de las películas de Brian de Palma, ni siquiera de las novelas de Paul Auster o de los zombis recorriendo sus calles en Word War Z.

Esta ciudad del este de EE.UU. atraía la atención por algo radicalmente distinto; un proyecto de transformación de su sistema educativo. Algo extraordinario había pasado hace cuatro años. El gobernador del estado, Chris Christie, miembro del Partido Republicano y posible candidato a las próximas presidenciales, y el alcalde de la ciudad, Cory Booker, del Partido Demócrata y actual senador, se habían puesto de acuerdo y habían conseguido implicar al fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, para aportar cien millones de dólares al proyecto. El objetivo no podía ser más loable: mejorar el sistema educativo de la ciudad. El escenario difícilmente podría mejorarse, recursos suficientes y ambición política. Cuatro años después, y gastado el dinero del proyecto, los resultados no han llegado, la iniciativa está fracasando.

Es mucho lo que se puede aprender de la experiencia Newark. Lo primero, que ni siquiera en aquellos supuestos en los que parecen darse las condiciones óptimas para impulsar el cambio educativo este es fácil de conseguir. Pero sobre todo, que las propuestas que ignoran a la comunidad educativa y las condiciones del entorno están condenadas desde el inicio a fracasar. Pueden llegar a tener éxito de cara al marketing político o para satisfacer la soberbia de sus promotores, pero su incidencia real sobre el sistema educativo será nula.

EL DERECHO A APRENDER

Pese a la dificultad del cambio, o posiblemente por ella, los gobiernos democráticos tendrán que asumir que su principal reto en la próxima década será cómo rediseñar sus sistemas educativos para construir una sociedad del aprendizaje. Las oportunidades que se abren son muchas, en especial para aquellos sistemas que no han conseguido implantar modelos eficaces de acuerdo con los objetivos de la educación industrial. Pero todavía son más graves las amenazas de inequidad y de pérdida de competitividad que se ciernen sobre aquellas sociedades que, con independencia de la posición previa de que partan, no acierten a incorporar los cambios oportunos.

Nombrar como sociedad del aprendizaje a la época a la que nos enfrentamos es una declaración de intenciones que persigue poner a las personas, y las comunidades en las que se organiza, en el centro de la reflexión sobre el mundo que estamos construyendo. Por otra parte, hablar de sociedad del aprendizaje coloca a los poderes públicos ante la responsabilidad de crear las condiciones para que en el mundo global incierto e interconectado en el que vivimos se consolide un derecho de ciudadanía universal, permanente y relevante, a aprender. Como señala Irina Bokova, directora general de la UNESCO, «debemos lograr que todos los niños y jóvenes aprendan las nociones básicas y tengan la oportunidad de adquirir las competencias transferibles necesarias para convertirse en ciudadanos del mundo».

UNA SOCIEDAD QUE APRENDE

La noción de sociedad del aprendizaje se encuentra unida desde su origen a la sociedad occidental. Robert Hutchins en 1968, en su libro The Learning Society, nos recordaba cómo los atenienses «hicieron de la sociedad un medio para estimular a todos sus miembros para el desarrollo hasta el límite de sus capacidades […]. La educación no era una actividad aislada a realizar a determinadas horas, en determinados lugares o a una determinada edad […]. Era el objetivo de la sociedad. Al ateniense se le educaba a través de la cultura misma, por paideia». Willis W. Harman desde el sri recuperaba en los años ochenta la noción de «sociedad discente» como aquella en la que gracias a la tecnología se superarían las exigencias de una sociedad gobernada por la producción y el consumo. Así, el aprendizaje, la autorrealización y la dignidad humana serían los objetivos de todas las instituciones. Un cambio silencioso liderado por las personas. Esta propuesta fue incluida en 1985 por fundesco como una de las «diez nuevas tendencias de los años noventa». En este año 2014 Joseph E. Stiglitz ha publicado el libro Creating a Learning Society: A New Approach to Growth, Development, and Social Progress, donde destacaba la importancia de lo incremental y difuso, del impulso de abajo arriba, en definitiva, de las personas como motor del progreso. Detrás de la riqueza de las naciones está su capacidad de aprender, «cómo las sociedades aprenden, y qué es lo que se puede hacer para promover el aprendizaje».

Sin las nuevas tecnologías es imposible pensar la sociedad del aprendizaje. Son muchas las empresas tecnológicas que realizan estudios sobre el futuro del aprendizaje como IBM (Education for a Smarter planet: The Future of Learning), Pearson (Global Index of Cognitive Skills and Attainment) o Cisco. Esta última publicó en el año 2010 el informe La sociedad del aprendizaje en donde se podía leer que: «el aprendizaje es fundamental para el progreso de la humanidad, para la prosperidad económica, el bienestar social y la realización personal, y para velar por un planeta sostenible. Debemos rediseñar por completo la forma en que abordamos el aprendizaje: cómo lo pensamos, lo organizamos, lo financiamos y lo alimentamos.

El aprendizaje debe organizarse sobre la base de un conjunto de principios diferentes, que exige un nuevo sistema educativo, caracterizado por nuevas maneras de organizar el aprendizaje, nuevas formas de evaluación y acreditación, diferentes modelos de inversión y financiación, y una infraestructura apta para sus fines. Esto es lo que denominamos la sociedad del aprendizaje».

UN PROYECTO MUNDIAL

La OCDE y la UNESCO, promoviendo el debate sobre la sociedad del aprendizaje, han pretendido evidenciar la integración existente entre el aprendizaje formal, no formal e informal, así como enfatizar la necesidad de aprender a lo largo de toda la vida, como respuestas a los nuevos patrones de vida personal y laboral. El cambio es constante, luego la única opción posible es un aprendizaje continuo. En el 2005, la UNESCO publicó el informe Hacia las sociedades del conocimiento, en donde se señalaba que «la expresión sociedad del aprendizaje se refiere a un nuevo tipo de sociedad en la que la adquisición de los conocimientos no está confinada en las instituciones educativas (en el espacio) ni se limita a una formación inicial (en el tiempo)». Este informe da continuidad a lo que ya adelantaba en 1972 el informe Faure, Aprender a ser. La educación del futuro: «La educación ha dejado de ser el privilegio de una élite y de estar vinculada a una determinada edad; tiende a ser coextensiva a la vez con la totalidad de la comunidad y con la duración de la existencia del individuo».

En términos semejantes se ha expresado la OCDE en documentos como «Knowledge management in the Learning Society», o en el informe de CERI-OCDE «21st century Learning: Research, innovation and Policy», en donde volvemos a encontrar recogida la urgencia del cambio y su dificultad: «many studies have argued for more flexible, open forms of learning and of school organization but while it is not difficult to identify numerous promising examples, it is not so easy to find evidence of more sustained and widespread change».

La sociedad del aprendizaje para que sea tal tendrá que ser mundial, así se recoge en los Objetivos del Milenio 2015 promovidos por la ONU y en la Agenda para el desarrollo después del 2015. El objetivo de la escolarización, y todavía hoy quedan 53 millones de niños sin escolarizar, no es suficiente. Como señala el informe de Seguimiento de educación para todos, Enseñanza y aprendizaje, lograr la calidad para todos: «Los niños no solo tienen derecho a estar escolarizados, sino también a aprender mientras asisten a la escuela y a contar con las competencias que necesitan para encontrar un trabajo bien pagado y seguro cuando terminan sus estudios». El derecho a aprender, individual y colectivamente entendido, vertebra una sociedad que tiene que aprender a dar respuesta a desafíos globales de desigualdad, inestabilidad y sostenibilidad como nunca antes había sucedido. «Uno de los mayores riesgos para nuestro éxito colectivo es la posibilidad de que en algunas partes del mundo o de la sociedad no se invierta en aprendizaje, no se asuma la responsabilidad por ello y no se desarrolle una cultura ubicua del aprendizaje, lo cual nos perjudicaría a todos» (La sociedad del aprendizaje, Cisco).

EL SISTEMA EDUCATIVO

La acción de los gobiernos en la configuración de una sociedad del aprendizaje es determinante, como señala Stiglitz, «prácticamente cada una de las políticas gubernamentales, de forma deliberada o no, para bien o para mal, tiene efectos directos e indirectos sobre el aprendizaje». Ahora bien, conviene tener claro que no será con leyes ni con ejercicios de autoridad como se consiga el cambio. Cuando hablamos de construir una sociedad del aprendizaje nos estamos refiriendo a un cambio cultural y ético. Se trata de entender el aprendizaje como una responsabilidad frente a la sociedad y como un proceso cooperativo, no como un fenómeno competitivo e individual. Estamos ante una transformación que solo puede provocarse de abajo arriba, desde la práctica diaria del aula y el convencimiento personal. Un proceso en el que el principal compromiso de las administraciones debería ser no obstaculizarlo.

DIEZ PROPUESTAS PARA LA ACCIÓN DE LAS ADMINISTRACIONES PÚBLICAS

1. Orientar el sistema educativo a las necesidades reales. El reto es educar para el futuro, no para el presente. Sin embargo, es frecuente la sensación de que el establecimiento de los objetivos del sistema responde más a un ejercicio teórico basado en la repetición de propuestas anteriores, que a una reflexión sobre los objetivos reales que demanda la sociedad. Desde hace décadas los organismos internacionales y los ámbitos académicos y empresariales, motivan y recomiendan incorporar plenamente al sistema un enfoque competencial, una propuesta curricular abierta y un cambio metodológico. Basten como ejemplo las palabras del secretario general de la ocde, Ángel Gurría, en el informe de 2012, Better Skills, Better Jobs, Better Lives: A Strategic Approach to Skills Policies, «Skills have become the global currency of the 21st century. Without proper investment in skills, people languish on the margins of society, technological progress does not translate into economic growth, and countries can no longer compete in an increasingly knowledge-based global society».

El sistema educativo debe facilitar el aprendizaje a los alumnos, y todos somos alumnos en la sociedad del aprendizaje. Su primera misión no puede ser otra que contagiar la pasión por el aprendizaje. En un mundo como en el que vivimos, sabiendo que las inteligencias de las personas son diversas, en el que las condiciones del entorno son dinámicas y se modifican a una velocidad creciente, en el que el acceso a la información es ubicuo, prácticamente ilimitado y de bajo coste, y en donde las posibilidades de cooperación son globales, plantear un aprendizaje sobrerregulado e instruccionista es un derroche inasumible.

2. Empoderar a los profesionales de la educación. No es casualidad que el motivo que presidió el congreso de este año de la UNESCO sobre m-Learning fuera «el uso de las tecnologías para el empoderamiento del profesorado». El cambio del sistema educativo pasa inexcusablemente por la implicación del profesorado, por la confianza de las administraciones en su tarea y por el reconocimiento social de su función.

Los estudios de tTALIS y pisa insisten en demostrarnos que un aprendizaje personalizado, integrador de los ámbitos formales e informales, colaborativo, y mediado crecientemente por las tecnologías de la información, demanda un exigente compromiso de los docentes. Este nuevo liderazgo exige potenciar la cooperación entre profesores y una revisión de las prácticas tradicionales. Por paradójico que parezca, la mejor definición del docente del siglo XXI no procede de incorporar anglicismos, sino que es la reivindicación de la figura del maestro. Entendiendo a este tal y como Miguel Unamuno definió a Francisco Giner de los Ríos, «Supremo partero de mentes ajenas».

3. Favorecer la creación de comunidades de aprendizaje. Una escuela no es un repetidor de señales, ni siquiera, en sentido estricto, es un lugar en donde aprender. Una escuela es una comunidad unida por un propósito. El precio de no entender esta realidad en una sociedad crecientemente desintermediada por el uso de las tecnologías de la información, es la desescolarización. Por lo tanto, el proyecto del centro debe ser el reflejo de las necesidades y cultura de esa comunidad. Sin duda, la autonomía debe ir unida a la rendición de cuentas, garantizando en último término los poderes públicos los derechos educativos de los ciudadanos. Como señala Ken Robinson, el reto de la educación hoy día es conciliar una formación cosmopolita para una sociedad global, con el respeto a la tradición y a las diferencias culturales locales.

El barrio y el pueblo también son escuela, escenarios preferentes de un aprendizaje contextualizado, y sus recursos, más en momentos escasez, deben gestionarse con una lógica común. No se puede transformar el aprendizaje sin incidir en el entorno sociocultural. Como señala Ramón Flecha: «el aprendizaje escolar no recae exclusivamente en manos del profesorado, sino que el logro de una educación de gran calidad depende de la participación conjunta de las familias, las asociaciones del barrio, el voluntariado…».

4.    Garantizar el aprendizaje de los más desprotegidos. corresponde al estado garantizar que todos los ciudadanos puedan desarrollar sus capacidades superando las condiciones socioeconómicas adversas o discapacidades personales.

La comisión europea ha previsto que en los próximos seis años el empleo en la zona de la ue para las cualificaciones bajas disminuirá un 20,1% y en España un 32,2%. Según un artículo de Stuart W. Elliott (Anticipating a Luddite Revival), hasta el 80% de los puestos de trabajo actuales podrían ser desarrollados por máquinas en los próximos veinte años. Estamos ante una revolución solo comparable a la sucedida en la transición de la economía agrícola a la industrial, pero en un periodo de tiempo cinco veces inferior. La exclusión de una parte significativa de la población de la sociedad del aprendizaje no es una opción.

5.    Promover la incorporación de las evidencias científicas. Construir el derecho a aprender pasa por incorporar en las prácticas docentes el rigor y la creatividad que desde múltiples campos del saber, y de manera especial desde la neurociencia, se han generado en los últimos años. No es suficiente con la escolarización. Como sucede y se reconoce en el ámbito de la salud, cada persona tiene que recibir la atención que mejor se corresponda con sus necesidades. es cierto, como señala Giner, que la enseñanza es un arte, pero también lo es que su expresión se soporta en unas técnicas cuyo dominio es esencial. el aprendizaje emocional, el aprendizaje cooperativo o las inteligencias múltiples han generado evidencias que reclaman su atención desde la profesionalidad.

6.    Evitar la brecha digital. La realidad es tan analógica como digital. Corresponde a los poderes públicos garantizar que todos puedan utilizar en su formación las nuevas tecnologías. No se trata solo de tener acceso, como bien señala Henry Jenkins, sino de que todos puedan crear usando las tecnologías. La verdadera brecha es la brecha participativa que diferencia entre quienes controlan la tecnología y los que son controlados por ella.

Formar ciudadanos digitales es la única manera de evitar abusos digitales. Las alfabetizaciones múltiples, como señala José Manuel Pérez Tornero, son una pieza esencial del aprendizaje en un mundo que transcurre crecientemente entre imágenes y ordenadores. Como lo es, sin duda, incorporar al currículo obligatorio el pensamiento computacional. Cada vez más, aprender es una actividad transmedia.

7.    Implicar a nuevos actores. Crear una sociedad del aprendizaje trasciende las posibilidades de los poderes públicos; la participación de la sociedad civil y las empresas es una condición imprescindible.

Las expectativas de negocio en torno a la educación son inmensas. Según Mc Kinsey (Transforming Learning Through m-Education), se espera que el gasto educativo se duplique en el mundo entre el 2012 y el 2020, alcanzando los ocho billones de dólares. De acuerdo con las estimaciones de ibis capital (Global e-learnig Report), el e-learning pasará de un volumen de negocio en 2012 de 91.000 millones de dólares, a 255.000 millones en el 2017. Solo en EE.UU. la inversión en educación de los fondos de capital riesgo en 2012 fue de 1.100 millones de dólares, según NewsSchools Venture Fund, más del doble que en el año anterior. En la Unión Europea hay más de tres mil empresas de e-learning. Corresponde a los poderes públicos evitar que esta situación degenere en mayores desigualdades y en la banalización del aprendizaje.

8.    Gestionar integralmente los recursos públicos. Si el aprendizaje es una actividad universal que realizamos a lo largo de toda la vida, si los títulos oficiales dejan paso de manera creciente a nuevas maneras de acreditación, si las acreditaciones están limitadas en el tiempo, si apenas conocemos el 20% de los empleos de dentro de cincuenta años, qué sentido tiene separar las instituciones y las políticas de formación inicial, de las correspondientes a la educación permanente y las unidas al empleo.

9.    Crear un ecosistema digital del aprendizaje. No basta con transformar las infraestructuras tradicionales, sin conectividad de calidad no habrá sociedad del aprendizaje. La creación de una red de comunicación para el ámbito educativo es la mejor garantía de cohesión social y de seguridad para los alumnos. Además, corresponde al Gobierno garantizar la interoperabilidad dentro del sistema y, de manera muy especial, garantizar la intimidad de los alumnos. El negocio del Big Data se presenta como el nuevo petróleo del mundo digital. Hoy el expediente de un alumno trasciende de sus calificaciones y abarca toda su experiencia de aprendizaje digital. Mantener fuera del comercio los datos del proceso de aprendizaje es una condición previa a la digitalización masiva de la educación.

10.   Establecer una estrategia a largo plazo. En el mundo de la educación no hay soluciones mágicas. Los casos en los que se constata que el incremento del gasto no supone una mejora de los resultados son múltiples. Nadie nos puede evitar, ni negar, el tener que andar nuestro propio camino en la transformación del sistema educativo. Implantar soluciones estándar procedentes de otros ámbitos culturales es el mejor atajo para el fracaso. La educación es antes que nada diálogo, y actuar en educación supone, por encima de otras consideraciones, dialogar.

Ciertamente, desde la escuela no conseguiremos solucionar todas las injusticias, pero sin ella no hay esperanza. El cambio es la gran oportunidad de superar viejas e inútiles disputas que bloquean los sistemas educativos. Ahora es el momento de actuar en la educación, es el momento de dialogar y creer en la educación. •