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Ver productosEn el mes de junio el Consejo Europeo emitió un dictamen en el que hacía una serie de recomendaciones relativas al Programa Nacional de Reformas de 2014 de España.
En la recomendación 14 se indicaba que, «la inadecuación de la educación y la formación a las necesidades del mercado de trabajo y el elevado porcentaje de desempleados sin cualificación formal (35,2%) contribuyen a la elevada tasa de desempleo juvenil y el desempleo de larga duración.
El porcentaje de los jóvenes sin estudios, trabajo ni formación sigue siendo mayor que la media de la UE y ha venido aumentando considerablemente. El porcentaje de estudiantes que abandonan prematuramente los estudios o la formación sigue siendo muy alto (23,5%), aunque está disminuyendo. La tasa de personas que han completado estudios superiores se mantiene, pero los distintos sistemas de aprendizaje y enseñanza y formación profesional siguen estando infrautilizados, y las competencias de los estudiantes de formación profesional de ciclo superior son inferiores a la media de la UE».
Esta preocupación del Consejo Europeo bien nos puede servir de punto de partida para realizar unas reflexiones en torno al amplio tema que se me ha asignado: la reforma de la educación en España como requisito para afrontar los retos de la economía, el empleo y de la sociedad en el siglo XXI. En muy pocas líneas, esa recomendación del Consejo sintetiza una grave situación a la que hay que hacer frente de manera eficaz si se quiere que las reformas lleven realmente a una situación de estabilidad tal y como se predica del plan presentado. Y la estabilidad se da cuando se fundamenta en la educación.
Los sistemas de educación y formación tienen un papel fundamental en el progreso económico y social. La mirada a la educación es cada vez más intensa para la construcción de sociedades desarrolladas y cohesionadas. Prueba de ello es que los objetivos estratégicos de las políticas de los organismos internacionales y nacionales se centran en medidas e indicadores que afectan a la educación. Es amplia la experiencia que se tiene de la relación causal entre el nivel de los sistemas de educación y formación de un país y su progreso económico y social. De hecho, entre los objetivos señalados por la Unión Europea (UE) para la Estrategia Europea 2020, dos hacen relación a temas educativos. Además se han desarrollado unos objetivos específicos para el programa Educación y Formación 2020 en refuerzo de la anterior estrategia.
Ya lo venía planteando la UE desde el Consejo de Lisboa en 2000 por medio de los objetivos educación y formación 2010 que pretendían hacer de la UE la economía del conocimiento más eficiente y competitiva. Pero la falta de consecución de sus metas y la crisis económica han puesto más de relieve la necesidad de ir a soluciones más de fondo para los problemas a los que nos enfrentamos.
Ya nadie duda del papel de la educación para un crecimiento estable y sostenido, para cohesionar más las sociedades y que sean capaces de adaptarse a una época de acelerados cambios en contextos complejos y globales. El acierto dependerá de que sepamos orientar las políticas concretas que se adopten en coherencia con los objetivos prioritarios que señalen los gobiernos. En principio los marcos estratégicos de referencia son claros, hay evidencia sobre ellos y los organismos internacionales como UE, OCDE nos vienen señalando nuestros principales problemas en numeroso y relevantes informes.
Identifiquemos algunos de especial trascendencia para la situación en nuestro país:
¿Por qué hay que cambiar?
1. El bajo número de los que finalizan estudios de educación secundaria superior. Este es un indicador clave que guarda una relación directa con el desempleo juvenil y la falta de adecuación al mercado de trabajo. El porcentaje de población entre 20 y 24 años que ha completado al menos el nivel de educación secundaria 2ª etapa era del 62,8% en España frente al 80,3% de la UE¹.
Según un reciente informe del CEDOP2, la demanda de personas con alta cualificación crecerá en 16 millones; la de nivel medio en 3,5, pero la de baja cualificación decrecerá en 12. Las previsiones a 2020 son que los trabajos que requieren alta cualificación aumentarán del 29% en 2010 al 35% en 2020; los de media cualificación permanecerán alrededor del 50% y en el mismo periodo los de baja cualificación descenderán de un 20% a menos de un 15%.
Este mismo año la Comisión advertía en el informe European Vacancy and Recruitment Report 20143 que las condiciones del mercado laboral han golpeado más duramente a la población con bajo nivel educativo, cayendo su nivel de empleo al 45% desde el 2008 al 2010, comparado con un 68% para el nivel medio y un 82% para el superior.
2. En relación con el anterior y continuamente señalado en todos los informes y recomendaciones como uno de nuestros principales problemas está el abandono escolar prematuro. Es un indicador de referencia para la mejora de los sistemas de educación y formación. Ya formaba parte, junto con el que acabamos de comentar, de la estrategia de Lisboa para el 2010, cuyos objetivos no se llegaron a alcanzar, y menos en nuestro país. La nueva estrategia Europa 2020 para un crecimiento inteligente, sostenible e integrador lo recoge expresamente como uno de sus cinco objetivos, señalando que para ese año no debería haber en la Unión Europea más de un 10% que abandone los estudios sin haber completado la educación secundaria superior.
Para España se rebaja la meta a un 15%, pero aún parece inaccesible desde nuestra situación actual, un 23,9 en los últimos informes. La cifra ha bajado cerca de 7 puntos en los últimos cuatro años, sin duda en parte por la crisis económica, al convertirse el sistema educativo en refugio ante el aumento del paro juvenil y de otras medidas, como la mejora de la FP y planes especiales del Ministerio (PROA) y CC.AA. Pero tampoco se ha profundizado a fondo para establecer las causas reales de esa disminución, del todo insuficiente como hemos dicho. No se sabe por tanto, en el caso de que se diesen las circunstancias del empleo fácil en esas edades, si se volverían a dar esas altas cifras de abandono, esa falta de motivación para continuar en el sistema educativo, debido al coste de oportunidad y otros factores socioculturales, como ha sucedido en algunas regiones del Mediterráneo.
Esta situación negativa es indicada en la LOMCE como un factor determinante, justificador de la reforma, y algunos de los pilares de la ley apuntan a solucionar este problema, que se califica como una de las mayores debilidades del sistema educativo. El abandono escolar temprano junto con el bajo número que alcanza el nivel cn3, equivalente a los estudios de educación secundaria superior, dificultan enormemente la incorporación al mercado laboral. La OCDE ha incorporado estos indicadores y en el informe, Education at a glance 2012, nos alertaba sobre el 29% de jóvenes entre 25 y 29 años que ni trabaja ni estudia (ninis) y su relación con los datos de abandono y bajas cualificaciones.
3. La alta tasa de repetidores. Un sistema que presenta una tasa de repetición del 35% de su alumnado, y desde edades tempranas, refleja una debilidad notable, que en parte es causa a su vez de otros problemas como el que acabamos de mencionar. Además lleva consigo una enorme ineficiencia, con un coste valorado en 2.500 millones de euros anuales.
4. El bajo índice de los alumnos con nivel excelente, puesto de manifiesto en las pruebas pisa, nos advierte de otro de los problemas de nuestro sistema. Si equidad es dar los medios para que todos los alumnos, con independencia de los factores socio-económico culturales, puedan desarrollar todas sus capacidades, algo falla en el sistema para que no lleve a un nivel excelente a un número razonable y presentemos, sin embargo, unos resultados que reflejan un estancamiento en niveles medios. Recientemente el informe de las pruebas de pisa realizadas en 2012 y dadas a conocer este mismo año reflejaba que en matemáticas solo un 8% llegaba a los niveles 5 y 6, calificados de excelentes, frente a un 13% de la media de la OCDE; en ciencias un 5% frente a un 8% de media de la OCDE; y en lectura un 6% frente al 9% de la OCDE.
5. La falta de atracción de los estudios de Formación Profesional se refleja en el reducido número de alumnos que optan por los aprendizajes profesionales aunque ha crecido algo en los últimos años. Sin duda de que detrás de este problema se encuentra una percepción no suficientemente positiva en su dignificación y reconocimiento social, o una necesidad de modernización y orientación al empleo mediante el fomento de la Formación Profesional dual y la flexibilidad del sistema para poder transitar por él sin crear vías muertas.
6. El número de personas que participan en programas de aprendizaje permanente (Life long learning), constituye otro de los objetivos señalados por la estrategia Educación y Formación 2020, bajo el nombre: hacer realidad el aprendizaje permanente y la movilidad. El objetivo señalado por la UE es el 15% y nos encontramos estancados alrededor del 10%. El problema es que estamos alejados de países como Holanda o Dinamarca, con altos índices de empleo, porque por medio de la participación en programas de formación permanente están continuamente actualizando las competencias de sus trabajadores a las necesidades del mercado laboral. Esta situación repercute enormemente en nuestro país por las cifras de desempleo y el alto porcentaje de baja cualificación de la mano de obra, que necesariamente tendrá que capacitarse de alguna manera si quiere tener alguna oportunidad de integrarse en un mercado laboral más cualificado.
¿Qué hay que cambiar?
Hemos enumerado los principales problemas que presenta nuestro sistema educativo, sobre los cuales hay una evidencia empírica aportada tanto por los datos y análisis realizados en nuestro país como por los informes internacionales que dan una visión precisa y comparada, sirviéndose de indicadores de referencia. También, como hemos visto, ese diagnóstico tiene una gran incidencia en la situación social y económica que atraviesa nuestro país y, dicho en positivo, salir de ella de una manera sostenible y real, no en falso, exige poner como fundamento una educación de calidad.
El problema viene, en mi opinión, a la hora de implementar esos objetivos mediante medidas y políticas concretas que sean eficaces para producir realmente una mejora.
Y uno de los principales obstáculos que frena nuestro progreso es la falta del necesario consenso ante las políticas que se proponen. Un problema de tal calado exige la implicación de toda la sociedad: que padres, profesores, alumnos, organizaciones sociales, instituciones y sociedad civil en general actúen de manera más armónica en la consecución de unos objetivos básicos.
Frente a esto con frecuencia se refleja en la opinión pública una actitud de enfrentamiento, excesivamente ideologizada por diversos intereses y posturas, que a veces van más allá de la legítima y constructiva crítica y oposición, llevando a un tipo de bloqueo paralizador.
Por ello, y antes de enumerar algunas de las posibles líneas de acción para mejorar la situación y producir el necesario desarrollo económico y social que necesita nuestro país, apuntaría como marco general la conciencia de que es una tarea de todos. El cambio que necesitamos exige consenso e implicación social y familiar. Una llamada a la responsabilidad que lleve a la escucha, a la capacidad de valorar la crítica para construir acercamientos y mejorar las propuestas; a la generosidad pensando en el interés general ante el bien que supone una educación plena para todos.
Y desde la necesidad de potenciar ese clima de responsabilidad, señalemos algunos de los objetivos prioritarios, muchos de ellos también destacados en informes internacionales y recomendaciones tanto de organismos como la UE, la OCDE o de la Fundación Europea Sociedad y Educación (EFSE) en estudios y evaluaciones realizadas.
1. Especial atención a la calidad de la función docente y a la función directiva. En el reciente Eurobarómetro de junio de este año se menciona, como una de las principales conclusiones, la importancia de la educación de cada profesor y de su capacidad para comprometer y motivar los estudiantes con relación a su propia educación. Es un área señalada como necesitada de una mayor mejora4.
Hay multitud de informes internacionales que evidencian la fuerte correlación entre la calidad del profesorado y la mejora de la educación y el rendimiento económico. Por señalar alguno me referiré a las investigaciones que Hanusheck (2012) transmitió en un encuentro organizado por EFSE y la Fundación Ramón Areces sobre «Políticas educativas para la calidad y el crecimiento económico». Ahí subrayó la influencia de la calidad del profesorado en el rendimiento académico y en el desarrollo económico en términos del crecimiento del PIB y aumento de salarios. Una mejora hasta el estándar medio de calidad, entre 2,5% y el 4% del profesorado, suponía un incremento de 25 puntos en la escala PISA.
Junto a la calidad del profesorado, el factor más influyente es el liderazgo educativo en los centros. El desempeño de la función directiva en un marco de autonomía en la toma de decisiones, sobre todo en lo referente a la dirección de personas, que las motive y aúne en torno a un proyecto educativo, tiene una relevancia decisiva en la mejora de la educación. La OCDE en su informe especial sobre el liderazgo educativo5 así lo señalaba y acompañaba de un estudio comparativo de buenas prácticas y experiencias exitosas en algunos países.
2. La eficacia del liderazgo educativo y el buen desempeño profesional de los docentes necesita y a la vez favorece un marco de organización escolar donde la autonomía, la rendición de cuentas y la fijación de unos estándares de referencia de calidad sean una realidad.
Así lo afirman multitud de estudios (Eurydice 2007, McKinsey 2010, OCDE 2012).
La autonomía escolar es afirmada en nuestra reciente legislación orgánica y en el desarrollo normativo de muchas CCAA, pero en la práctica carece en gran medida de implantación real, sobre todo en lo que se refiere al personal. En esa área presentamos uno de los índices más bajos de la OCDE. Además se da una ausencia de evaluación docente que, unido a las escasas competencias que tiene el director, hacen muy difícil la mejora en uno de los aspectos, como ya hemos indicado, más relevantes de la mejora del sistema.
La LOMCE ha querido dar más competencias al director y posibilitar por medio de las acciones de calidad una mayor autonomía pedagógica. Junto a esto uno de los pilares en los que se apoya es en las evaluaciones fin de etapa. Constituyen una de las principales novedades de la ley y se justifican por su relación directa con la mejora de los resultados académicos.
3. La flexibilidad del sistema educativo para que se pueda adaptar a las diversas capacidades y preferencias del alumnado, es un factor fundamental para mejorar tanto en términos de equidad como de empleabilidad. A veces la posibilidad de optar por diversas trayectorias se ha visto como una discriminación, pero si se implanta de manera flexible, es decir, si se establecen pasarelas en los diversos itinerarios, se pueden evitar abandonos y fracasos escolares.
Hay una figura clave en el centro educativo para que las decisiones de optar por diversos itinerarios estén tomadas con acierto, y es el orientador escolar. En un reciente estudio que realizó EFSE para la Fundación Bertelsmann se destaca la «necesidad de llevar a cabo una tarea de orientación que ayude a nuestros jóvenes a realizar el tránsito más favorable hacia otros estudios, o hacia el mundo laboral, desde un proyecto personal acorde con sus capacidades, intereses y expectativas». Sabiendo que la orientación es una acción integrada de toda la comunidad educativa, se ve necesario potenciar más la figura del orientador y de la acción coordinada con el tutor y la familia.
Solo así se ayudará a los alumnos a madurar vocacionalmente y a adquirir aquellas habilidades que le permitan tomar decisiones adecuadas a sus intereses.
4. Llegados a este punto queremos destacar precisamente el ámbito familiar como el entorno clave para potenciar el aprendizaje y la educación. Los padres son los primeros y principales educadores de los hijos. Les acompañan en todo su proceso educativo y una implicación positiva y motivadora de ellos tiene un notable impacto. Se potencia notablemente cuando va unida a los aprendizajes tempranos, no como sustitutivos de la acción familiar, sino como un importante complemento. En un reciente seminario en Madrid, el profesor Levin subrayaba la importancia de la educación infantil, los beneficios que reporta tanto en los elementos cognitivos como no cognitivos, que se desarrollan y estimulan de manera especial en edades tempranas. Además constituye un importante factor de equidad cuando recae en familias con bajo nivel socioeconómico, como elemento compensatorio que facilita el acceso a mayores niveles de educación. Más fácilmente terminan la educación secundaria superior y la universidad. En los estudios e investigaciones que presentó, la relación coste beneficio era de uno a siete dólares. Las inversiones en educación infantil tienen un notable retorno tanto en términos económicos como en desarrollo personal y social.
Para concluir estas breves notas, querríamos subrayar que los retos sociales y económicos de nuestros días exigen una respuesta desde la educación. Pero no entendida solamente como una responsabilidad del gobierno esperando que resuelva los problemas mediante leyes. La respuesta a la grave crisis social y económica vendrá de la mano de una acción educativa en la que se implique también a toda la sociedad civil, todos los actores, sumando esfuerzos en la dirección que nos marcan, como hemos visto, unas evidencias robustas, que evitan los atrincheramientos ideológicos no abiertos al consenso necesario en asuntos de esta trascendencia. Exige una mayor convergencia y cooperación. Una inversión social, política y económica en educación entendida como prioridad colectiva. •
NOTAS
1Las cifras de la educación en España. Curso 2011-2012 (Edición 2014) http://www.mecd.gob.es/servicios-al-ciudadano-mecd/estadisticas/educacion/ indicadores-publicaciones-sintesis/cifras-educacion-espana/2014.html
2http://www.cedefop.europa.eu/en/Files/3052_en.pdf
3European Vacancy and Recruitment report 2014 http://ec.europa.eu/social/main.jsp?catId=955
4http://ec.europa.eu/public_opinion/archives/ebs/ebs_417_en.pdf
5Pont, B; Nusche, D y Moorman, H. 2008 Improving School Leadership. Policy and Practice. OCDE
…dificultosamente se persuade el que lo mira a que es pintura,
tal es la fuerça de sus tintas, y disposición de su perspectiva,
que juzga poderse entrar en él, y caminar por su pavimento
enlosado de piedras de diferentes colores, que disminuyéndose
hazen parecer grande la distancia en la pieza, y que entre las figuras
ay aire ambiente…, son verdad, no pintura…, y quanta pintura
se pusiere junto a este lienzo se quedará en términos de Pintura,
y tanto más el será tenido por verdad…
Diego de Silva y Velázquez sobre el Lavatorio de Tintoretto.
Se suele dar por muerto todo aquello a lo que no se puede sacar más vida. En el mundo del arte sobreviven hoy numerosos artistas de la supervivencia y de la ciencia forense, cuyo talento principal consiste en proclamar que el arte ha muerto. Sea por la humildad que destilan al pregonarse (siempre de manera implícita) secos de ingenio o por la turbia vanidad del agorero, ignoran que enterrar cualquier disciplina supone asesinar el virtuosismo de hoy y abortar las vocaciones de mañana, con todas sus posibilidades. Podríamos ejemplificar esta impostura del epigrama cenizo con la defunción de la novela, de la poesía y el teatro, de la ópera… pero la esquela de hoy viene a hablar de la pintura. Pintura naturalista, se entiende, pues otras han florecido desde que el blanqueo de capitales se incorporase al catálogo de las artes. Un caso curioso éste de la pintura, pues, de tanto anunciarla, la sentencia de muerte dejó de investir de sabio al anunciante, y por este motivo los aforistas hubieron de aplicarse a quitarle vida por el principio, es decir, a retrasar su nacimiento. Así, los conceptualistas establecieron que el arte plástico comienza con Manet, y que antes de él sólo hubo caverna, equiparando Las Meninas a Altamira.
Perdonen el comienzo circular, pero es que comprender lo que hace Víctor López-Rúa (La Coruña, 1971) no es del todo fácil, pero difícil-difícil, tampoco. Imaginen divulgarlo. Hay que ponerle fe de alquimista, entusiasmo de explorador y explosiones de ciencia ficción para imaginar que este texto deje su pantalla y se les suba a las barbas. Literalmente. Lo habíamos dejado en los conceptualistas, y el pintor gallego, aunque defensor de la prevalencia de lo plástico, acredita una obra profundamente teórica y conceptual. Para él, el arte no progresa de forma lineal, “sino que puede emocionarnos de una forma o de otra dependiendo del contexto”. Normal, pensarán, si cuando López-Rúa decidió dar rienda suelta a su vocación pictórica se predicaba ya la muerte de la pintura. Si bien, ¿qué puede uno decir si aún hoy hay millares de jóvenes que se enrolan como carne de cañón en la licenciatura de periodismo? Pero López-Rúa cree en el deseo de reproducir un bisonte en la orografía húmeda de una cueva, en la quimera de engañar al ojo a través de la perspectiva del Renacimiento, en los trampantojos del Barroco. ¿Y no es todo eso, acaso, verdadero arte? El autor gallego opone a los forenses de la pintura algo más que vacuo optimismo: trae una nueva fe cimentada en la ciencia. Y es toda sensible.
Víctor López-Rúa es, según Juan Manuel Bonet, un referente del realismo español de este comienzo de siglo, aunque se haya desmarcado hasta la estela de Dalí. Compañías un tanto excéntricas para todo un alumno de Antonio López. Algo complejo, pero que tiene muy claro: “Busco unir la pintura al 3d como identificador de la nueva tecnología”. Tras haber firmado individuales en la Galería SEN y en la Casa de América, entre otras, se reencontró hace un tiempo (su proyecto de pintura estereoscópica tiene más de dos años de vida) con Quique Criado, un amigo de juventud. “Nos preguntamos mutuamente qué había sido de nuestras vidas. Él era estereógrafo, lo cual, cuando menos, me sorprendió”, recuerda. Al pintor gallego aquella revelación lo devolvió de golpe a su infancia, a los tiempos nobles en que jugaba con su estereoscopio en ese caserón familiar evocado tantas y tantas veces como escenario de sus febriles tramas pictóricas, a la sección de cemento y tierra y azulejos de sus superficies subterráneas.
La profesión de su amigo, empero, tenía poco de nostalgia y mucho más de futuro, habiendo subordinado la ficción a la ciencia: tridimensionalidad, tecnología digital, digitoelectrónica, la muy próxima y muy complementaria realidad virtual… Llevado por su amistad, el estereógrafo le animó a componer un cuadro con su habitual virtuosismo sobre superficie plana, pero dotándolo de la la vida propia del 3D. López-Rúa se lo pensó, pero su voluntad se le quedó enclaustrada entre otros propósitos, hasta que su amigo Quique, el estereógrafo consagrado, el supervisor de las retransmisiones olímpicas en 3D, volvió a él con la inercia pendular con que la historia manda sus señales. “Apareció de nuevo en una exposición que hice en la Galería Moret Art de La Coruña en 2011, y entonces me propuso que probara con un cuadro mío ya pintado, sobre el que podría sacar el par estereoscópico”, indica.
La lógica del proyecto se adhirió a los estudios de sir Charles Wheatstone, quien hace más de doscientos años estableció que el ser humano capta la realidad en tres dimensiones porque cada uno de sus ojos recibe una imagen ligeramente distinta a la del otro, y que, gracias a la mediación del cerebro, es capaz de fundir estas dos percepciones en una tercera imagen con profundidad y volumen. Tras su descubrimiento, el británico se afanó en realizar dos dibujos a mano alzada de cada objeto a valorar, apreciando las leves diferencias que pudiera suscitar la visión del modelo a través del ojo derecho o bien del izquierdo. Más tarde, configuró un equipo óptico para aislar la mirada de cada ojo y centrarla en el dibujo que se le presenta, de forma estimulante para el cerebro. Et voilà!: el objeto se izaba sobre el papel. López-Rúa también saltó de su silla al observar a través de su estereoscopio el par de versiones distorsionadas a derecha e izquierda que había obtenido de una de sus obras, sobre la que había trabajado de manera leonina durante seis meses cortando y pegando pulgadas, buscando el enfoque adecuado a derecha e izquierda. “Era un desafío y al principio empezamos a colaborar con mucha dificultad”, expone el autor.
“Estuve haciendo una labor fotográfica sobre la obra en la que reproducía las pinceladas tanto en un cuadro como en otro (en el momento en que pintas sobre un lado tienes que ir inmediatamente a hacer lo mismo sobre el opuesto), sobre una división de cuadrículas perfecta para saber dónde tienes que colocar cada pincelada”, señala. “Es preciso”, agrega, “desarrollar el cuadro siempre pensando que hay una relación entre la bidimensionalidad y lo que es el bulto redondo, tener permanentemente en la cabeza la idea de que estás trabajando como un alfarero en el torno, girando los objetos sobre un eje, hasta que asimilas la mecánica y la técnica; comienzas a pensar en profundidad de campo longitudinal, a ser consciente de que estás trabajando como en una caja con fondo y secciones de planos”. De esta forma, López-Rúa articula su trabajo sobre una mirada que reproduce artificialmente la visión natural del hombre: “dos pirámides invertidas que convergen en un punto, correspondientes al campo de visión de cada ojo, que nos ofrece dos visiones distintas y cuya disparidad de imágenes es vital para la fusión cerebral y el nacimiento de la imagen tridimensional”.
Apoyado en tan homérico proceso, el pintor gallego fue registrando una serie de instantáneas (a razón de unas diez diarias) hasta que el total de todo el proceso se quedó en mil. Al final del camino digitalizó las fotografías del par estereoscópico y las convirtió en un vídeo en tres dimensiones donde muestra cómo se desarrolla la volumetría desde el blanco inicial hasta el milagro final. El vídeo resultante –este cronista puede dar fe de ello– deja al espectador con la boca abierta. “Es la primera vez que algo así se ha hecho en el mundo. El desarrollo de estas obras fue un tremendo salto al vacío porque no había nada, absolutamente nada escrito sobre ello. A lo largo de la historia, sólo Dalí había desarrollado una serie de obras tridimensionales, mediante la técnica del par estereoscópico y también a través del anaglifo (el casi prehistórico procedimiento de las gafas con un filtro azul y otro rojo, que en lugar de disponer las dos imágenes una al lado de la otra las superponía, siendo cada una de un color. Las celebérrimas gafas admitían la imagen de una tonalidad y rechazaban la otra, recomponiendo de esta forma la mirada tridimensional)”.
Sin embargo, cuando el genio de Figueras comenzó a interesarse por esta ciencia, era poco menos que un viejo outsider a quien ya nadie seguía. El necesario asalto de las vanguardias al academicismo rompió con la tradición artística que venía de Rafael, y corrientes como el naturalismo o el ilusionismo quedaron para autores apartados como Balthus. “La pintura, evidentemente, no ha muerto. Esto es la unión de la pintura como técnica primitiva desde el bisonte de hace 15.000 años con las últimas tendencias vanguardistas de nuestro entorno visual”, expone. “Nuestro ánimo era volver a situar a la pintura en un espacio donde no había estado hasta ahora, saltando por encima de la situación actual para situarla justo al lado de lo último en tecnología, obteniendo así una concepción del arte que no entiende de fronteras”, agrega. Y volviendo a Dalí: “Mi obra estereoscópica es, desde el punto de vista pictórico, más pura que la suya, porque él pasaba por la fotografía para obtener dos instantáneas estereoscópicas que luego llevaba al lienzo en sus recreaciones surrealistas, pero yo no paso más que por la pintura, que es origen y final de toda la evolución del cuadro. Sabemos que el nacimiento de la tercera imagen es producto de una disparidad geométrica, y ya se produce con el dibujo en blanco y negro, pero la sombra y el color acentúan la sensación. Es el relieve de la materia pictórica y el gesto lo que la diferencia de otros métodos como la fotografía; ese gradiente de textura hace que tengamos una percepción muy extraña, inexplicable, una sensación de encontrarnos ante una imagen hipercontrastada, similar a la diferencia que hay entre una televisión normal y otra de alta definición”.
La fotografía, en cambio, no dudó en incorporar de inmediato la tecnología estereoscópica, y hay registros victorianos de fotógrafos que viajaban por todo el mundo vendiendo instantáneas tridimensionales. El aparato utilizado para mediar el milagro fue el estereoscopio de Holmes, que data de 1860, evolucionando el de Wheatstone y del cual se vendieron miles de ejemplares a lo largo y ancho del globo. El de Holmes –quien olvidó patentarlo, privándose genialmente de una fortuna– es el modelo clásico, el que López-Rúa halló en alguna superficie subterránea de su casa, el que le abrió las puertas para manejar su aparato actual, un prototipo australiano basado en el estereoscopio de espejos de Wheatstone.
En el Museo de Arte Moderno de Santo Domingo y en la universidad Francisco de Vitoria, en el Centro León de la República Dominicana y en el Museo de Arte Contemporáneo de Gas Natural, en la galería Adora Calvo y en el concurso de ideas de ARCO 2013 –a través de la galería Álvaro Alcázar– ya se ha podido ver a través de un estereoscopio de Wheatstone la composición en cinco minutos de una auténtica obra pictórica y tridimensional, siempre con el mismo resultado: “la gente se queda con la boca abierta”. Una reacción que entronca maravillosamente con el propósito de la obra: “La finalidad expositiva del vídeo es llevar al espectador a una reflexión sobre pintura, nuevas tecnologías, historia del arte… El proyecto se construye, en definitiva, como una arqueología de la mirada, pasando por todas las etapas del arte en su afán por conseguir la tridimensionalidad que se consigue ¡y lo que va a llegar, que estamos en la edad de piedra de lo que vendrá! Estamos al inicio de la carrera, y hay que ver cómo la pintura puede ir desarrollándose al compás de las nuevas tecnologías sin perder su naturaleza, aprovechando esas herramientas que otras artes como el cine, la fotografía o el vídeo han sabido adaptar”.
Ante semejante éxito, López-Rúa sintió la necesidad de seguir avanzando en su proyecto, pero sin saber hacia dónde, riesgos de abrir camino. Tras prologar una de sus conferencias, con un tema que giraba alrededor de la Neuroestética de la Pintura Estereoscópica, el psiquiatra Luis Ferrer se unió al proyecto en calidad de asesor. “Con su colaboración, aprendí que el cerebro reacciona ante propuestas estéticas de la visión y que el cerebro tiene una memoria genética para responder inmediatamente a la gran cantidad de estímulos que le plantea una obra tridimensional”, detalla López-Rúa.
¿Complicado? El artista se esfuerza sobremanera en explicar su obra con palabras, una obra concebida para ser vista y experimentada. En la galería se sitúa el par estereoscópico de su cuadro uno junto al otro sobre una pared blanca, casi idénticos, más pequeños que el original. La obra tradicional, creada a base de tiempo, modelos naturales, de captar la luz que no volverá del momento, se sitúa cerca del par estereoscópico para que el espectador tenga presente el recorrido de creación. A la terna formada por el par estereoscópico y la tercera imagen formada en el cerebro la denominó Dalí la Santísima Trinidad.
Para verlo, a la distancia adecuada se yergue una pieza casi escultórica diseñada por los arquitectos de Estudio Nómada de Santiago, casi un trípode sobre el que descansa el estereoscopio como una reliquia, y desde donde se mira el cuadro como si el visitante se encontrara a los mandos del periscopio en un submarino. Y sí, bucea en la obra, traspasa empíricamente el muro del espejo, cruza el umbral del arte para pasar a otra experiencia, la pintura se convierte en escultura, los personajes forman parte de un teatrillo que integra al observador. “Va desde la ciencia hasta el entretenimiento, pasando por la tecnología, la neuropsiquiatría, el mundo de la percepción…”, señala el autor. Junto a la instalación, se proyecta el vídeo en el que se recompone el proceso creativo, para ver con gafas 3d que reparte el museo, y que enriquece sobremanera la experiencia. “El problema del 3d es que hay que verlo centrado y en auditorios de 60-70 personas a la vez no se logra siempre”, lamenta.
Se añora, acaso, un par estereoscópico a tamaño natural, que permita al espectador codearse con los personajes de esos cuadros narrativos que jalonan la trayectoria de López-Rúa. Y él lo sabe. “Puedo hacerlo en tamaño 4 x 2 metros y seguiría siendo coherente con lo que quiero expresar con mi pintura. Permitiría al espectador adentrarse en un mundo que es mío y participar de él”. Pero falta financiación: “Es muy costoso. Tuvimos, por ejemplo, que traer un estereoscopio de Australia, pero que es exclusivo de ordenador. Elaborar un vídeo 3d como el nuestro cuesta muchísimo dinero. Además, es un trabajo enorme digitalizar mil instantáneas: hay que cortarlas, superponerlas… Al principio no controlaba el tema de la luz y caía en luces distintas que luego había que filtrar…”
Al descubrir esta nueva galaxia, las posibilidades asaltaron la cabeza del pintor: ¿qué ocurriría si colocamos dos objetos idénticos ante el estereoscopio? Y más allá, allá en la metafísica: ¿y si colocamos a dos gemelos monocigóticos, es decir, genéticamente idénticos, ante el aparato óptico? Dicho y hecho: “Contacté con dos de ellos y estuvieron encantados de colaborar conmigo desinteresadamente. Los llevé a mi estudio, se pusieron la misma ropa, los senté en dos sillones iguales, los coloqué en el ángulo correspondiente y surgió ante el estereoscopio un tercer gemelo mezclado con rasgos de los otros dos. Era distinto, pero igual, el psiquiatra decía que era como si se hubieran reproducido entre ellos, era real, estaba allí, era la creación de un tercer personaje. Yo les decía: ‘mueve tú el dedo’, para ver qué rasgos eran de cada cual, la boca era compartida… Voy a desarrollar un vídeo con ellos, se va a ver la creación desde la nada del gemelo mental, un trillizo. Cuando les pedía que dijesen la misma frase a la vez, el que hablaba era el tercer personaje”, comenta, alucinado.
Este proyecto ha generado una gran expectación y “está muy maduro para seguir con él”, en palabras del pintor. Si bien, y para tranquilidad de las corrientes más apegadas a la realidad, López-Rúa manifiesta su intención de seguir con su obra plástica en formato bidimensional. Al despedirse, formula una máxima que, por lo que respecta a este artículo, esperamos no se cumpla del todo: “Si no lo ves, no lo entiendes”.
¿Tiene sentido abordar una reflexión sobre los fines de la educación? Hace ya setenta años Jacques Maritain publicaba un ensayo con el título «La educación en la encrucijada», que incluía cuatro conferencias pronunciadas en la Universidad de Yale en 1943 sobre el porvenir de la educación. Eran los tiempos duros de la Segunda Guerra Mundial y, cuando se atisbaba ya el triunfo de las democracias, muchos pensadores se interrogaban qué había que hacer después para que nuestra civilización no cayera de nuevo en los trágicos errores que habían provocado dos conflagraciones mundiales. La educación tenía que convertirse necesariamente en objeto central de aquellas reflexiones.
Maritain señalaba que «la educación es un arte particularmente difícil» y que «por su misma naturaleza pertenece al ámbito de la moral y de la sabiduría práctica». Pero advertía sobre «los dos grandes errores de los que la educación debe precaverse: el desconocimiento de los fines y las ideas falsas acerca de su finalidad». Lo que estaba sucediendo, a juicio del filósofo francés, era que se estaban subordinando los fines a los medios. «Esta supremacía de los medios sobre el fin y la consiguiente destrucción de todo propósito seguro y de toda eficacia real, parecen ser el principal reproche que se puede hacer a la educación contemporánea».
Europa se había ido dotando a lo largo del siglo XIX y primera mitad del XX de unos sistemas educativos formales, que tenían un triple objetivo: lograr una instrucción elemental a la totalidad de la población (alfabetización, primeras letras, cálculo, nociones básicas sobre la realidad y comprensión de la herencia como sustrato de la identidad de pertenencia); configurar una educación superior, que pilotaba sobre el modelo de Humboldt, que retomaba de alguna manera la idea de los Estudios Generales de la Universidad medieval, y establecer unos estudios profesionales, con carácter frecuentemente menos formal, para proporcionar los conocimientos y habilidades requeridos por el crecientemente complejo mundo productivo. En el intermedio se establecían unas «enseñanzas medias» (bachillerato), de contenido fuertemente propedéutico, que preparaban al acceso a los estudios superiores.
Este modelo funcionó en Europa a lo largo de más de un siglo. Pero a partir de la mitad del pasado siglo las sociedades occidentales se plantearon la necesidad de promover una ulterior «democratización de la enseñanza». No bastaba ya la «instrucción elemental» del pasado sino que había que ampliar con carácter general el periodo de formación y los contenidos de la misma. Este propósito condujo a una fuerte expansión de la educación con una creciente intervención de los poderes públicos para satisfacer lo que en las constituciones y en las declaraciones de derechos se proclamaba ya como el «derecho a la educación», al que se dotaba de máximas garantías, incluida la tendencia a su gratuidad, es decir, a que fuera sufragada con recursos públicos. El Estado se convertía, en la mayoría de los países, no solo en garante sino en el gestor de la educación. Estos nuevos planteamientos hicieron a los sistemas educativos realidades mucho más complejas, lo que obligó a emprender en distintos países sucesivas reformas, que afectaron tanto a su arquitectura como a sus sujetos principales (profesores e instituciones educativas).
Pero hace ya diez años Víctor Pérez Díaz constataba que «al cabo de medio siglo o un siglo de continua expansión, según los países, existe una duda creciente en el seno de las sociedades occidentales acerca de la calidad de la educación que están dando a las nuevas generaciones». «Los resultados de esa educación —añadía— son, con frecuencia, decepcionantes y no mejoran sustancialmente con un incremento del gasto educativo». Esta insatisfacción, o lo que algunos autores han llamado «malestar educativo», ha provocado vivos debates en el seno de los distintos países occidentales, con la participación de pedagogos, economistas, sociólogos, que aportan sus puntos de vista desde perspectivas a veces tan alejadas, que dificultan enormemente, si es que no imposibilitan, un verdadero diálogo que sirva para buscar las causas de esa realidad insatisfactoria, así como para alcanzar acuerdos significativos sobre las orientaciones en torno a las medidas a adoptar por profesores, instituciones educativas y poderes públicos, esto es, por los principales responsables de los sistemas educativos formales. Pero, además, estos empeños, volcados a intervenir en las estructuras del sistema escolar, tienen inevitablemente un alcance limitado, porque a veces olvidamos que son las familias los primeros y más importantes agentes educativos. Lo cual constituye un condicionante fundamental, ya que los objetivos que se pretenden lograr dependen en buena medida de los comportamientos de un «agente externo». Las políticas educativas tienen que tener en cuenta este hecho: si la familia, por las razones que fueran, se debilita como «agente educativo», esa debilidad se trasladará al conjunto del sistema educativo. Pero, a su vez, las ciencias sociales nos han mostrado que los comportamientos y la jerarquía de valores conforme a la que actúan las familias descansan, en buena medida, en los valores imperantes en una determinada sociedad.
Por ello reconocer la dimensión eminentemente social de la educación resulta esencial para aproximarnos a redescubrir la verdadera finalidad de la educación. Y hay que partir de lo que realmente consiste la experiencia educativa. La experiencia educativa —señala Víctor Pérez Díaz— «implica la referencia a una tradición; el término “tradición” denota a la vez la transmisión misma, el acto de transmisión y aquello que se transmite». La educación solo es posible a partir de una tradición cultural, de un «testamento» —nos dice el filósofo italiano Massimo Borguesi— que las generaciones pasadas entregan, como un testigo, a la presente. El binomio familia-escuela es la clave para la eficacia de esta transmisión. El centro educativo no solo proporciona (debe proporcionar) la adquisición de los saberes instrumentales (lengua, matemáticas, lingua franca de cada época) y el bagaje de conocimientos que ayudan a comprender los fenómenos de la naturaleza, la realidad de las cosas, las leyes del universo. También es el lugar (debe ser) en el que se cultivan los relatos o las narraciones con las que una comunidad, que siempre es una realidad histórica, se ha ido interrogando sobre los grandes problemas del hombre y de la vida en diálogo con las generaciones que les han precedido. Esos relatos y las reflexiones de autores preclaros han formado un corpus que, en el pasado, ha ayudado decisivamente a encontrar el sentido de la vida y dar una respuesta personal a las preguntas esenciales de la existencia humana. Este es un elemento clave en la llamada «educación liberal», un fecundo modelo de formación, que constituye una de las aportaciones más interesantes que se dio a sí misma la sociedad europea.
El sentido de esta traditio no es domesticar al niño que inicia su itinerario vital sino despertar en él la conciencia de que es un ser humano, dotado de dignidad y libertad, y abrirle los horizontes para que esté a la altura del tiempo que le ha tocado vivir. Ha de hacerle descubrir el don más preciado que posee, que es la libertad, y lo que esta significa: que cada acto libre tiene consecuencias. Es lo que llamamos responsabilidad. La educación no puede renunciar a la herencia recibida por cada generación tanto en sus aspectos cognitivos como morales. El maestro es el depositario de una tradición. Y en ello estriba su autoridad. Cuando un profesor repudia la herencia, quiere desvincularse de ella, pierde inexorablemente su autoridad. Y en eso consiste precisamente la crisis de autoridad de los docentes, que no se resuelve, desde luego, con otorgar por ley la condición de «autoridad pública», aunque sea un loable intento de remediar algo la penosa situación en que muchos profesores realizan sus funciones docentes.
El malestar educativo tiene mucho que ver con la «ruptura» que ha padecido la escuela en los últimos decenios, alentada por determinadas corrientes pedagógicas, que han bebido, a veces en una mezcla confusa, del pragmatismo y del constructivismo, y que han pretendido centrar la tarea formativa en una «socialización», concebida en preparar al educando a insertarse de manera útil en el entorno social en que vive, con fuertes dosis igualitarias. Estas corrientes desprecian la tradición, arrinconan el pasado y sobrevaloran lo cercano y el presente. Todo ello supone la eliminación del canon, que las sucesivas generaciones iban recibiendo a través de los maestros y que expresaba los «valores básicos» en los que se sustenta una civilización. Esta «ruptura educativa» no solo significa la pérdida o devaluación del maestro y de su autoridad. También genera incertidumbre y desconcierto, que hace más difíciles las relaciones de las familias con la escuela. La debilidad de la familia como «agente educativo» se retroalimenta ante una realidad escolar, que se agita en medio de las incertidumbres. Todo ello afecta a los contenidos, al currículo, que, según han demostrado algunas investigaciones, se ha ido empobreciendo en aspectos formativos fundamentales.
LA TENTACIÓN DE LA RESPUESTA TECNOCRÁTICA
Las evaluaciones internacionales han introducido un nuevo enfoque a este debate. La medición de los resultados en determinadas materias y ámbitos, considerados relevantes para juzgar el nivel formativo alcanzado por un agregado de destinatarios, ha permitido su comparación. Como hasta ahora los Estados han sido enormemente celosos en conservar la identidad de sus sistemas educativos, de modo que, paradójicamente en un mundo cada vez más globalizado, es en el terreno educativo en el que menos «cesiones de soberanía» se han producido, la comparación se ha centrado en los países. Y ello ha promovido, aunque no fuera la principal finalidad de estos estudios, una cierta competencia entre los sistemas educativos presuntamente de carácter nacional. La aparición de estos estudios comparativos ha tenido, desde luego, efectos positivos. Pero tampoco conviene valorar en exceso la información que proporcionan estas evaluaciones internacionales (por ejemplo, las del famoso programa pisa). Hay que saber leerlas con cautela, con conciencia de sus limitaciones y de lo que nos pueden aportar. Primero, porque los aspectos objeto de análisis constituyen solamente una parte de la muy compleja tarea de formación, aunque nos puedan suministrar pistas interesantes. En segundo lugar, porque, a pesar de la persistencia del carácter nacional de los sistemas educativos, en nuestro mundo cada vez más abierto e interdependiente, hay, afortunadamente, tendencias y orientaciones «trasnacionales», que están debilitando la dimensión nacional de los sistemas educativos. Tampoco en la educación pueden ahora ponerse fronteras.
En los responsables de las políticas educativas de cada Estado las evaluaciones internacionales pueden (y deben) ser un acicate para remover algunos obstáculos, que resultan patentes en los datos aportados por los estudios, para el logro de mejores resultados y evitar el deslizamiento hacia la mediocridad. Pero también pueden producir algunos desenfoques, si no se tiene en cuenta su carácter limitado e incompleto, que no puede abarcar la complejidad de la tarea formativa, y nos pueden hacer caer en lo que Maritain llamaba «ideas falsas acerca de los fines de la educación», porque —apostillaba— «la misión de la educación es más grande, más misteriosa y, al mismo tiempo, más humilde de lo que muchos imaginan».
Uno de los mayores riesgos que percibo en algunos planteamientos actuales es que, con la pretensión de mejorar los resultados, se imponga una visión tecnocrática con ribetes economicistas, que nos haga apartar de los verdaderos fines de la educación. En el pasado europeo los sistemas educativos que se fueron configurando a lo largo del siglo XIX cayeron, en mayor o menor medida, en otra tentación diferente a la que ahora me estoy refiriendo: la de convertirlos en instrumentos fundamentales para la «construcción nacional». El inspirador de esta misión de la escuela fue Fichte en sus Discursos a la nación alemana. En el discurso undécimo escribía: «si el Estado acepta la tarea que se le propone, generalizará esta educación —y sus características serán formar el alma alemana— en toda la superficie del territorio para todos sus ciudadanos futuros sin excepción». Surgió así el concepto de Estado educador, cuyos excesos, cuando se impregnaron de alta dosis de nacionalismo, resultaron muy perturbadores —como bien sabemos— en la historia de los pueblos europeos. Es esta una tentación que desdichadamente todavía perdura y de la que cualquier concepción nacionalista es incapaz de desprenderse.
Pero enfocar las políticas educativas con planteamientos prevalentemente economicistas es la tentación más poderosa en nuestros días. Me llamó mucho la atención el texto que constituía el frontispicio de la justificación del proyecto de una reciente reforma educativa precisamente orientada a mejorar sus resultados. Decía así:
La educación es el motor que promueve la competitividad de la economía y las cotas de prosperidad de un país; su nivel educativo determina su capacidad de competir con éxito en la arena internacional y de afrontar los desafíos que se planteen en el futuro. Mejorar el nivel de los ciudadanos en el ámbito educativo supone abrirles las puertas a puestos de trabajo de alta cualificación, lo que representa una apuesta por el crecimiento económico y por conseguir ventajas competitivas en el mercado global.
Nada de lo que se dice en este texto es de por sí falso. El concepto de «capital humano» ya se puso en boga a partir de la segunda guerra mundial, con motivo del extraordinario y rápido éxito del Plan Marshall orientado a la reconstrucción de las devastadas democracias europeas. Varios científicos sociales coincidieron en atribuir sus magníficos resultados al nivel de instrucción y capacitación de la población de las naciones impulsoras del plan. Ciertamente la educación es muy «útil» tanto en su dimensión individual (las personas) como en la colectiva (los pueblos o naciones). Pero, ¿no debemos preguntarnos si es acertado abrazar una visión excesivamente utilitarista de la educación? ¿No es bueno preguntarse si este tipo de justificación es sobre la que ha de asentarse una reforma educativa? ¿No es pertinente interrogarse en qué valores descansaría y a dónde nos conduciría?
Ya hace mucho tiempo Alexis de Tocqueville advirtió que una sociedad no puede afanarse exclusivamente en los bienes materiales, sino que tiene que elevarse a los bienes del espíritu, donde nace precisamente el concepto de virtud. «si los hombres llegasen alguna vez a contentarse solo con los bienes materiales, es de creer —nos dice— que perderían poco a poco el arte de producirlos, acabando por gozar de ellos sin discernimiento y sin progreso, como los brutos».
El enfoque tecnocrático de una reforma educativa corre el riesgo de caer en el error enunciado al inicio de esta reflexión: sobreponer los medios a los fines. Y no me estoy refiriendo, claro está, a la cuestión de los recursos económicos, sino a la creencia de que solo hay que centrarse en los elementos instrumentales para mejorar la educación. «Lo malo —decía con ironía Maritain— es que los medios o métodos sean tan buenos que perdamos de vista el fin». Perder de vista el fin de la educación es, en efecto, el mal que nos acecha y que habría que combatir con inteligencia y con pasión.
Una visión de nuestra sociedad, que yo calificaría de pesimista, es la que supusiera que lo que reclama a su sistema educativo, y este ha de satisfacer, es preparar a sus ciudadanos para «lograr ventajas competitivas en un mercado global». El aspecto utilitario de la educación, desde luego, no debe desdeñarse pero no puede suplantar su finalidad esencial. ¿Estamos seguros de que nuestras sociedades se conforman con una mera concepción utilitaria de la educación?
Este es el debate que no deberíamos eludir. Entre otras razones, porque las sociedades democráticas requieren, más que ningún otro tipo de sociedad, una formación que prepare a los hombres al ejercicio responsable de la libertad en un mundo cada vez más complejo y en el que las posibilidades de la acción humana se han multiplicado. Nuestras sociedades caerían en los riesgos que detectara Tocqueville, si no vivieran con un fuerte aliento humanista. El culto de la especialización deshumaniza a la vida humana. Y en la adquisición de ese espíritu humanista el conjunto de la formación recibida desempeña un papel sumamente relevante. Los saberes instrumentales son necesarios, pero no deberíamos sacrificar todos aquellos aspectos que contribuyen a ayudar al discente, a través de un proceso ascendente de saberes y virtudes morales, a su plena realización humana. Habría que poner todas las energías para que la escuela pudiera desempeñar adecuadamente esta fundamental misión. Para acercarnos a este objetivo transmitir «el depósito que conserva en sí la historia de las ideas más altas que la humanidad ha atesorado», en palabras de García Morente, debe ser una irrenunciable tarea formativa.
EL CAMINO DE LA LIBERTAD Y EUROPA
El camino más fecundo para recuperar el sentido de los fines de la educación es ensanchar las libertades educativas. Solo con libertad podremos fortalecer las instituciones educativas y dotarles de capacidad de desarrollar la educación como traditio. Necesitamos instituciones educativas fuertes, porque deberán llevar a cabo esta tarea en un entorno muy complejo y erizado de obstáculos. Instituciones educativas débiles serán incapaces de asumir esta labor.
El camino de la libertad pasa por superar el carácter de reducto de cada Estado, que todavía impregna a nuestros sistemas educativos. Europa tiene una gran oportunidad, si plantea la cuestión bajo el signo de la libertad y como una tarea que tiene que protagonizar el conjunto de la sociedad. Este debate solo tiene sentido si se hace ya en el ámbito europeo. Las democracias europeas tienen un substrato común de civilización, que hay que cultivar y que deben asumir las nuevas generaciones. Sin esa referencia —decía Hannah Arendt— «parece que no existe una comunidad voluntaria en el tiempo y, por tanto, hablando en términos humanos, ni pasado ni futuro». Afortunadamente hay muchas instituciones que se han dado cuenta de la magnitud del desafío y que están volcando sus esfuerzos para dar respuesta a esta inaplazable necesidad, aunque por ahora naden contra corriente. Propiciar el marco más favorable para el desarrollo de todas estas iniciativas me parece que es lo más saludable que pueden hacer las políticas educativas en la Europa de hoy.
El artículo 27 de nuestra Constitución reconoce el derecho a la educación para añadir, a renglón seguido, que esta tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana en el respeto a los principios democráticos de convivencia y a los derechos y libertades fundamentales.
Nadie podía imaginar hace veinticinco años los logros educativos conseguidos como, por ejemplo, la plena escolarización desde los tres hasta los dieciséis años. Del mismo modo, no podíamos adivinar los retos que hemos afrontado, entre los cuales hay que destacar la aparición de las nuevas tecnologías, la globalización y la llegada de inmigrantes de todo tipo de países, razas y culturas en apenas una década. Tampoco nadie podía prever —no estaba explícitamente en la Constitución— la descentralización no solo en la gestión sino también en el propio modelo educativo por parte de las comunidades autónomas.
Posiblemente no haya otra materia sobre la cual se hayan producido desde entonces más debates en España, sin que a la vez hayamos conseguido un consenso y unos resultados satisfactorios a pesar del gran esfuerzo económico.
En primer lugar hay que señalar la magnitud del propio sistema educativo y el enorme esfuerzo inversor realizado en las últimas décadas. En las enseñanzas no universitarias están escolarizados actualmente 8,1 millones de alumnos. El sistema da empleo a 664.000 profesores en 28.000 centros, de los cuales 190.000 pertenecen a la enseñanza concertada o privada en 8.900. El gasto público educativo alcanzó su máximo en 2009 con 52.572 millones, lo que suponía un 5,07% del PIB. La cifras del 2013, según los datos del propio Ministerio, fueron de 47.220 millones (un 4,58% del PIB).
No menores han sido los desarrollos legislativos, entre los cuales cabe destacar las numerosas leyes aprobadas en democracia: LOECE, LODE, LOGSE, LOPEG, LOCE, LOE, Y LOMCE, sin citar las de otros niveles tales como FP o universidad. A lo que hay que añadir la ingente literatura legislativa educativa por parte de las propias comunidades autónomas.
Un segundo aspecto a considerar, es que a pesar del esfuerzo existe la percepción social de una cierta insatisfacción sobre los resultados de la enseñanza en España. Percepción que viene corroborada por las altas tasas de fracaso escolar —el doble de la media de la UE— y nuestros pobres resultados en las pruebas internacionales, de las cuales la más conocida es pisa. Pese a todo, existe una confianza en que la educación es la base principal para solucionar cualquier problema. No es de extrañar por tanto que el currículo se haya ido llenando de asignaturas y contenidos muy variados, entre los cuales la última moda es el espíritu de emprendimiento desde la primaria, como puede verse en los recientes decretos de currículo.
En tercer lugar sorprende que, tras varias décadas, siga abierto el debate educativo, si bien con posturas y planteamientos más ideológicos que técnicos. Existe el convencimiento de que la educación en España es un problema, en gran medida, político y que debe de solucionarse mediante un pacto a realizar entre, al menos, los grandes partidos. Durante la pasada legislatura, gracias al ministro Ángel Gabilondo, con más ilusión y esfuerzo que fortuna, se intentó alcanzar dicho pacto. No en vano, un amplio sector de la sociedad achaca los pobres resultados de la educación en España a la falta de estabilidad legislativa, lo cual no es del todo cierto puesto que, en el fondo, la LOGSE —1990—, a pesar de estar derogada, sigue siendo la ley nodriza presente aún en la organización escolar y en el modelo pedagógico.
En cuarto lugar y como una ramificación de lo anteriormente expuesto está el problema, no abordado con suficiente profundidad, de la enorme diferencia en los resultados académicos de los alumnos según la comunidad de procedencia. Actualmente existe una mayor diferencia entre las comunidades autónomas que la que puede haber entre distintos países de la UE. Estar escolarizado en Castilla y León o La Rioja puede suponer, a la misma edad de quince años, un curso de diferencia respecto a Murcia, Andalucía o Extremadura. La pregunta que se plantea es inevitable: ¿Ayuda el sistema educativo descentralizado a conseguir la igualdad efectiva de todos los españoles? ¿Puede el Estado en su actual configuración y desarrollo anular esas diferencias? En última instancia, nadie duda de que existe una brecha educativa que, en cierta medida, es preludio de una brecha económica y social. La cuestión es: ¿quién asegura «el establecimiento de mecanismos que garanticen una prestación homogénea y eficaz del servicio público de la educación y que permitan corregir las desigualdades o desequilibrios que se produzcan en la prestación del servicio», según establece el artículo 20 de la L.O. 9/1992? ¿Tiene el Ministerio, con las competencias actuales, capacidad efectiva para mantener y desarrollar una política educativa de carácter nacional?
Probablemente nadie podía imaginar, ni siquiera los padres constitucionales, la situación de descentralización efectiva a la que hemos llegado. Sin embargo, la propia Constitución lo permite, puesto que la educación es responsabilidad de los poderes públicos, no solo del Estado, al que le corresponde en exclusiva:
La regulación de las condiciones de obtención, expedición y homologación de títulos académicos y profesionales y normas básicas para el desarrollo del artículo 27 de la Constitución, a fin de garantizar el cumplimiento de las obligaciones de los poderes públicos en esta materia (Art. 149.1, 30ª).
Las materias no atribuidas expresamente al Estado por esta Constitución podrán corresponder a las comunidades autónomas en virtud de sus respectivos Estatutos. La competencia sobre las materias que no se hayan asumido por los Estatutos de Autonomía corresponderá al Estado, cuyas normas prevalecerán, en caso de conflicto, sobre las de las comunidades autónomas en todo lo que no esté atribuido a la exclusiva competencia de estas. El derecho estatal será, en todo caso, supletorio del derecho de las comunidades autónomas (Art. 149.3).
Por lo tanto, el proceso descentralizador del Estado en materia educativa se inició con la misma transición política, sin que fuera objeto de especial controversia política y social. Lo que se inició como un modelo asimétrico —solo algunos Estatutos contemplaban las competencias plenas en educación— pasó a ser una descentralización total del sistema educativo tal como hoy la conocemos. Veamos cómo fue el proceso.
El Estatuto de Autonomía del País Vasco fue el primero en aprobarse (L.O. 3/1979, de 18 de diciembre). En su artículo 16 dice:
Es de la competencia de la comunidad autónoma del País Vasco la enseñanza en toda su extensión, niveles y grados, modalidades y especialidades, sin perjuicio del artículo 27 de la Constitución y leyes orgánicas que lo desarrollen, de las facultades que atribuye al Estado el artículo 149.1.30 de la misma y de alta inspección necesaria para su cumplimiento y garantía…
En términos similares se expresaban los Estatutos de Cataluña, Galicia y Andalucía. El resto de los Estatutos de Autonomía que se fueron aprobando en los años siguientes, hasta concluir con los Estatutos de Madrid y Castilla y León en 1983, los denominados Estatutos de primera generación, no incorporaron entre sus competencias la educación, que permaneció en el ámbito de la Administración General del Estado.
Apenas un año después se produjeron los primeros traspasos efectivos de competencias a Cataluña y País Vasco con fecha 1 de enero de 1981, tal como estaba previsto en el R.D. 2809/1980 (Cataluña) y en el R.D. 2808/1980 (País Vasco). El resto de los decretos de transferencia aprobados desde entonces solo han sido una réplica de los primeros.
Este panorama asimétrico de competencias educativas cambió a partir de los Acuerdos Autonómicos suscritos el 28 de febrero de 1992 entre el PSOE y el PP para homogeneizar las competencias en dos ámbitos troncales del Estado social: la sanidad y la educación. Dichos acuerdos fueron plasmados en la L.O. 9/1992. Esto supuso un cambio radical y unas consecuencias que la clase política y la sociedad no supieron valorar con la debida profundidad. Hoy no son pocas las voces que consideran que fue un error la cesión de tales competencias y aumenta el número de los que reclaman una devolución de estas competencias. En cualquier caso, lo más llamativo del caso es que una decisión de consecuencias tan profundas no previera algunos mecanismos e instituciones para garantizar una efectiva vertebración del sistema educativo como podría haber sido el mantenimiento de Centros Nacionales de Referencia dependientes del Ministerio, convocatorias estatales de oposiciones a los cuerpos nacionales de profesores, o un desarrollo más pormenorizado y ejecutivo de la Alta Inspección, etc.
En efecto, la L.O. 9/1992, en su artículo 20, solo expone cuatro condiciones:
El ejercicio de la competencia sobre enseñanza se realizará de acuerdo con las siguientes condiciones:
A. Las comunidades autónomas facilitarán a la Administración del Estado la información que esta solicite sobre el funcionamiento del sistema educativo en sus diferentes aspectos, tanto cualitativos como cuantitativos…
La Administración del Estado ofrecerá a las comunidades autónomas la información general que elabore sobre el funcionamiento del sistema educativo en sus diferentes aspectos.
B. La creación de nuevos centros y la implantación de nuevos estudios se realizará de acuerdo con criterios de planificación general, acordados en la Conferencia Sectorial de Educación.
C. El seguimiento y evaluación del sistema educativo nacional se llevará a cabo por la Administración del Estado, con la colaboración de las comunidades autónomas, y servirá de base para el establecimiento de mecanismos que garanticen una prestación homogénea y eficaz del servicio público de la educación y que permitan corregir las desigualdades o desequilibrios que se produzcan en la prestación del servicio.
D. La adopción de mecanismos o principios comunes de actuación se llevará a cabo con la participación de las comunidades autónomas, en la Conferencia Sectorial de Educación…
Una vez realizadas de iure las competencias en la citada ley, se realizaron de factodurante la primera legislatura del gobierno de José María Aznar, a través de los correspondientes decretos. El traspaso efectivo de todas ellas culminó el 1 de enero de 2000 en lo que ha sido, probablemente, la mayor descentralización efectiva de la historia de España.
A partir de ese momento, el Ministerio de Educación, que acababa de cumplir un siglo, desprovisto de todas sus funciones ejecutivas, se convierte en otra cosa muy distinta: Un organismo regulador dedicado a la definición de la estructura y contenidos esenciales de las enseñanza, una gran Agencia de Evaluación del sistema: recepción de información, confección de estadísticas y descripción de la calidad general del sistema, y solo con competencias de gestión plena en Ceuta, Melilla y centros del extranjero, aparte claro está de las competencias exclusivas antes mencionadas. Frente a los grandes retos educativos tales como la inmigración, las nuevas tecnologías, etc., no tiene una capacidad efectiva y real más allá de diseñar algunos programas que a duras penas logra «vender» a las comunidades autónomas a cambio de financiación adicional. Al no tener centros de referencia, no puede ni ensayar ni valorar de modo efectivo y real dichas políticas. Y al no tener una inspección educativa efectiva, las encomiendas que tiene quedan muy mermadas y sujetas siempre a una supuesta lealtad institucional que no siempre es tal.
Bien es cierto que existe la Alta Inspección de Educación con presencia en todas y cada una de las comunidades autónomas. El origen de la misma está en la Constitución, que recoge en el citado artículo 149.1 las competencias que son exclusivas del Estado y está así recogido en todos los Estatutos de Autonomía. En su tarea cotidiana tiene dos partes diferenciadas: por un lado, el seguimiento y análisis del sistema educativo de la comunidad autónoma que suele reflejarse en informes y memorias, y, por otro, en la gestión burocrática para el ejercicio de las competencias sobre homologación de títulos y estudios extranjeros que compete al Estado.
La regulación más ambiciosa de la Alta Inspección se realizó a través del Titulo VII de la LOCE (2002) aprobada durante la segunda legislatura de José María Aznar y que fue inmediatamente derogada a través del R.D. 1318/2004 que modificaba el calendario establecido para la entrada en vigor de la LOCE, dejándola a efectos prácticos sin efecto.
La Ley Orgánica de Educación 2/2006, aprobada en la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero, aun manteniendo el Título VII relativo a la Alta Inspección, elimina por completo del texto (Art. 150.1 LOE) toda mención a las funciones realmente incisivas, concretas y potencialmente eficaces atribuidas a la Alta Inspección del Estado en la LOCE.
Así, por ejemplo sobre el currículo, se elimina la competencia para «comprobar que los currículos, así como los libros de texto y demás material didáctico, se adecuan a las enseñanzas comunes» o la de «comprobar que las enseñanzas comunes se imparten con observancia de lo dispuesto en el ordenamiento estatal».
Las competencias al respecto queda reducido al siguiente texto: «Art. 150.1.b.) Comprobar la inclusión de los aspectos básico del currículo dentro de los currículos respectivos y que estos se cursan de acuerdo con el ordenamiento estatal correspondiente».
La actual Ley Orgánica 8/2013, de 9 de diciembre, para la mejora de la calidad educativa, que supone una modificación parcial de la loe, respeta en su integridad el Título VII de la LOE, y por tanto no añade ninguna competencia nueva, con lo que se ha perdido una oportunidad, al menos en este aspecto, de asegurar una política educativa de carácter estatal. A pesar de lo cual, añade la responsabilidad a la Alta Inspección, en las comunidades autónomas que posean, junto al castellano, otra lengua oficial, de «velar por el cumplimiento de las normas sobre utilización de lengua vehicular en las enseñanzas básicas». Disposición adicional trigésimo octava, págs. 4 y 5. Falta por desarrollar cómo puede cumplirse dicha responsabilidad.
El último paso en esta descentralización se produce a partir de los Estatutos de Autonomía de tercera generación con cuyo nombre eufemístico se denomina a todas las reformas emprendidas a partir del año 2004 a partir de la Reforma del Estatuto de Autonomía de Cataluña cuyo debate fue muy intenso, la sentencia del Tribunal Constitucional demasiado tardía y las consecuencias políticas y educativas aún perduran.
En el fondo, lo que está en juego es el modelo de Estado. No puede haber un pacto educativo si no existe un pacto previo de Estado. No tiene sentido seguir aspirando a tener un modelo educativo español si no se garantizan de modo efectivo la homogeneidad, los contenidos fundamentales para todos los alumnos españoles, independientemente de la comunidad de residencia.
En cierta medida, la actual LOMCE, que se presenta como una reforma parcial de la LOE, tiene como uno de sus ejes fundamentales asegurar dichos contenidos en todas las comunidades a través de un currículo común en las asignaturas troncales.
De manera especial, será relevante promover una cooperación sincera entre las administraciones educativas que permita compartir las mejores prácticas del sistema y mejorar la cohesión territorial (LOMCE, Preámbulo, P. XV).
El elemento más eficaz de la nueva ley para intentar vertebrar el sistema educativo es el currículo y la distribución de competencias que se contempla en el capítulo III. Arts. 6 y 6.bis.
Tras afirmar que corresponde al gobierno con carácter general:
El diseño del currículo básico, en relación con los objetivos, competencias, contenidos, criterios de evaluación, estándares y resultados de aprendizaje evaluables, con el fin de asegurar una formación común y el carácter oficial y la validez en todo el territorio nacional de las titulaciones a que se refiere esta Ley Orgánica (Art. 6.bis.e).
Introduce la mayor novedad de esta ley, el reparto de competencias en educación primaria, ESO y Bachillerato y las consiguientes pruebas externas. Distingue entre asignaturas troncales, específicas y de libre configuración autonómica.
Art. 6 bis 2.
a) Corresponderá al Gobierno:
1. º Determinar los contenidos comunes, los estándares de aprendizaje evaluables y el horario lectivo mínimo del bloque de asignaturas troncales.
2. º Determinar los estándares de aprendizaje evaluables relativos a los contenidos del bloque de asignaturas específicas.
3. º Determinar los criterios de evaluación […] así como las características generales de las pruebas, en relación con la evaluación final de Educación Primaria.
b) Corresponderá al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, en relación con las evaluaciones finales de Educación Secundaria Obligatoria y de Bachillerato:
1. º Determinar los criterios de evaluación del logro de los objetivos […] en relación con los contenidos de los bloques de asignaturas troncales y específicas.
2. º Determinar las características de las pruebas.
3. º Diseñar las pruebas y establecer su contenido para cada convocatoria.
La diferencia reside en que hasta ahora había una cierta corresponsabilidad respecto de cada una de las asignaturas que configuraban el currículo: el Estado podía desarrollar al menos el 65% (o el 55% en el caso de las comunidades autónomas con lengua propia) de los contenidos y del reparto horario total. En la práctica, los contenidos y reparto horario eran muy similares excepto en comunidades y asignaturas que quisieran subrayar sus rasgos diferenciales.
A partir de ahora el Estado es el responsable del 100% de los contenidos comunes, estándares de aprendizaje y horario lectivo mínimo pero solo de las asignaturas troncales.
Respecto de todas las demás —entre las cuales puede haber algunas de alto contenido ideológico como Filosofía, Valores Sociales, etc. — los contenidos corresponden a las comunidades autónomas, si bien el gobierno se reserva el derecho a determinar los estándares de aprendizaje, entendidos estos como «especificaciones de los criterios de evaluación que permiten definir los resultados de aprendizaje y que concretan lo que el alumno debe saber». Dicho de otro modo, el Ministerio pone las preguntas y deja que las comunidades aporten las respuestas. Se entiende que la ley haya sido recurrida ante el Constitucional por parte de ciertas comunidades, si bien en esto tampoco hay nada nuevo: también lo fueron otras leyes educativas previas, desde LOECE, LODE, etc.
El otro instrumento para la vertebración es el control o supervisión por parte del Ministerio de «Las evaluaciones externas de fin de etapa [que] constituyen una de las principales novedades de la lomce con respeto al marco anterior y una de las medidas llamadas a mejorar de manera más directa la calidad del sistema educativo» (Preámbulo,P. VIII). Además de la competencia señala anteriormente con carácter general, artículo 6.bis.2, explícitamente aparecen las competencias para cada una de las etapas: Primaria (Art. 21), ESO (Art. 29) y Bachillerato (Art. 36.bis).
Falta por saber cómo se realizarán estas pruebas cuya elaboración es compleja y costosa. Dado que su aplicación se realizará dentro de varios cursos, no existe hasta el momento ningún desarrollo de los procedimientos ni instrumentos que se necesitarán para su realización. En cualquier caso, es indudable que requerirá de la implicación y leal colaboración de las comunidades autónomas, sin las cuales estas pruebas serían difícilmente viables, por no decir imposible.
En conclusión, el enorme esfuerzo que supone la educación en España no está acompañado de la satisfacción por los resultados. Al margen de otros factores, como son la calidad del profesorado, el gasto educativo o la arquitectura del sistema, parece que el sistema educativo español adolece de la falta de un pacto educativo que trascienda los intereses particulares, sean estos de carácter partidista, nacionalista o regionalista.
Pero ese pacto no podrá realizarse si previamente no se realiza un pacto de Estado que cierre definitivamente el modelo que queremos. Las tensiones centrífugas se casan muy mal con la tranquilidad y serenidad que requiere el sistema educativo. Lo que no se puede pretender es que España, como Estado, siga apareciendo como una entidad educativa y que la realidad política y legislativa impida de facto esa unidad. Las diferencias entre los resultados autonómicas son más que evidentes, como se ha señalado anteriormente. Tal vez la devolución de competencias no sea posible en estos momentos, pero sí un pacto entre los partidos que tienen sentido de Estado para la recuperación parcial de algunas de ellas, como pueden ser los Centros Nacionales de Referencia, las oposiciones a los cuerpos nacionales de profesores o la inspección educativa, como por cierto ocurre en Hacienda o Trabajo, sin que por ello se resienta el Estado autonómico.
Pero más allá de la cuestión académica no podemos olvidar que la educación es un instrumento de desarrollo personal y social. Para ambos cometidos es necesario contar con un relato que explique quiénes somos, de dónde procedemos y en qué medida tenemos un proyecto de vida en común que requiere sacrificios, pero también produce recompensas. Si mediante el sistema educativo no se logra transmitir esos vínculos comunes, tanto del pasado como del futuro, el presente se vuelve sencillamente tenso y crispado.
Los contenidos de las materias troncales, es decir, aquellas que de verdad importan para transmitir el legado cultural que ayuda a entender quiénes somos y hacia dónde vamos, han sido con frecuencia muy distintos según la comunidad autónoma. No es posible que con determinados currículos, alumnos de algunas comunidades autónomas puedan sentirse herederos de un patrimonio cultural común con el resto de los españoles. No podemos olvidar que la escuela es la caja de resonancia de los problemas sociales que, con frecuencia, nacen y mueren fuera del propio sistema educativo. La escuela en el Estado de las Autonomías es más que un instrumento de cohesión, un elemento diferenciador de las mismas autonomías, muy sensibles a poner el acento en los hechos —a veces en los resultados— diferenciales y poco proclives a colaborar a un éxito colectivo de carácter nacional.
Por otro lado, educar es siempre ampliar horizontes culturales, pero mucho más en una sociedad de la información donde la globalización nos permite ser cada vez más ciudadanos del mundo. No tiene sentido que en un mundo sin fronteras para la formación y la información, se mantengan barreras artificiales, fruto de un localismo miope. Cuando tendemos a una Europa cada vez más unida, es absurdo que tengamos, en el ámbito educativo, unas comunidades cada vez más diferenciadas entre sí. No basta con la armonización fiscal y administrativa, urge también la educativa. Como dice un experto educativo, «resulta paradójico que a un estudiante universitario español de cualquier universidad le resulte más fácil irse a Estrasburgo que a Burgos».
Estamos en un momento histórico y político en el que desde distintas instancias se pide revisión de la Constitución y de su desarrollo. Tal vez sea el momento de replantear si el modelo actual de desvertebración educativa es el que mejor responde a las demandas formativas de nuestros alumnos. Más allá de los planteamientos políticos, lo que nos une a todos es el deseo de formar a nuestros hijos para que puedan tener una sociedad mejor que la que hemos heredado de nuestros padres. •
¿LIBERTAD O IGUALDAD?
El debate sobre la libertad de enseñanza ha ido evolucionando bastante, a mi modo de ver, durante los últimos años. Hoy casi nadie se plantea demasiados problemas respecto a lo que hagan con su dinero los centros educativos privados no concertados. Mientras se respeten las condiciones básicas generales y los planes de estudio establecidos, nadie muestra demasiado interés en ello.
Hoy, el núcleo del debate en la libertad de enseñanza está en la financiación. El interés no está centrado tanto en qué asignaturas estudian, o qué titulaciones han de tener los profesores, o qué instalaciones requiere un colegio. Las normativas establecidas en torno a esos puntos generan algo de debate, pero de muy baja intensidad.
El núcleo del debate está en la igualdad de oportunidades y en la pluralidad. Y, como veremos, eso nos lleva enseguida a la cuestión de la financiación, pues la igualdad de oportunidades en la financiación es la única forma de lograr una efectiva igualdad de oportunidades para todos, no solo para los que tienen más recursos.
Muchas veces, al hablar de libertad de enseñanza, parece que se abre un debate entre dos polos opuestos. Unos, «más conservadores», con una posición supuestamente más desahogada, que insisten en la libertad. Y otros, «más progresistas», en una posición supuestamente más desfavorecida, que insisten en la igualdad. La percepción de muchos es que aquellos que hablan desde una posición de ventaja, insisten más en la libertad, quizá como un modo de asegurarse su posición, que lograrán mantener si se impone una dinámica más liberal, puesto que ellos están en una posición de dominio. Mientras, los que están en una posición más vulnerable, por poseer menos medios económicos o menor fuerza para acceder a la educación de calidad, insisten más en la igualdad, puesto que si el marco que establecen los poderes públicos pone más el acento en la igualdad, ellos tendrán más oportunidades. El debate no es sencillo ni obvio. Bajo muchos aspectos, en mi opinión, esa percepción tiene bastante fundamento.
No soy nada partidario de sacralizar las leyes del mercado, ni de considerar que la simple libre concurrencia lo mejora todo. Precisamente, la obligación de los poderes públicos es establecer marcos normativos que faciliten, dentro de ellos, que las leyes del mercado fomenten realmente la igualdad de oportunidades, preserven la pluralidad y no reduzcan el libre mercado a un contemplar impasiblemente cómo el fuerte se impone «libremente» sobre el débil. En una sociedad verdaderamente humana, el imperio de la ley y de los valores sociales debe sustituir al imperio de la fuerza, propio del reino animal.
En ese sentido, me posiciono como un convencido de la necesidad de promover la igualdad de oportunidades en la educación, en vez de insistir demasiado en la libertad, para evitar que el debate actual quede viciado por los motivos antes expuestos.
Igualdad de oportunidades de acceso, pero… ¿acceso a qué? ¿todos a lo mismo? En una democracia moderna, ¿podemos contentarnos con que todos reciban la misma educación, decidida, planificada e impartida siempre y solo por quienes manejan los resortes de los poderes públicos? ¿No corre entonces el peligro de convertirse en una palanca de uniformización, en una fácil tentación de establecer dinámicas de adoctrinamiento, al haber concentrado en ellos una responsabilidad tan enorme?
Es obvio que todos los ciudadanos deben tener una igualdad de oportunidades en el acceso a la enseñanza, a la cultura, al saber, a sus posibilidades de llegar a un empleo digno en el que se realicen como personas. Pero parece obvio también que la igualdad de oportunidades debe ir ligada a la pluralidad de caminos que tomar. Una igualdad de oportunidades que se limite a que todos hagan lo mismo sería una caricatura de la igualdad, un señuelo propio de regímenes autoritarios, ya felizmente desenmascarados en sus promesas de igualación.
Siempre he pensado que para que una democracia continúe siendo siempre una democracia, ha de poner especial cuidado en que haya un gran respeto a la pluralidad en dos grandes ámbitos: en la educación y en los medios de comunicación. Si no hay un sistema plural de medios de comunicación y un sistema educativo plural, será muy difícil preservar una efectiva pluralidad de pensamiento, que es obviamente fundamental para que una democracia realmente lo sea.
Hemos superado felizmente los tiempos del partido único, del modelo único, de la censura previa, de la falta de libertad de expresión o de asociación. Es fundamental que nadie se arrogue, retorciendo la realidad de las cosas, el derecho a imponer un modelo único. Y, por ejemplo, decir que solo puede haber enseñanza pública sería al menos tan ridículo como decir que solo puede haber medios de comunicación públicos.
En este punto del debate surge con frecuencia ese fácil descarte. No hay objeción ninguna a la enseñanza privada, pero… «el que la quiera, que se la pague; con dinero público, no; con mi dinero, no».
Podemos acudir entonces a una sencilla comparación. Los sindicatos y los partidos políticos son organizaciones privadas y se financian con dinero público. Los poderes públicos facilitan financiación a todos ellos, de acuerdo con su nivel de demanda e implantación (número de votos, escaños, concejales, representantes sindicales, etc.), pero desde luego no según la simpatía o cercanía ideológica o política que tengan con el gobierno de turno. Son, o al menos deberían ser, criterios objetivos de financiación, marcados por las leyes.
Se entiende que esos partidos y sindicatos prestan servicios esenciales, y que por eso conviene financiarlos en régimen de igualdad de oportunidades, para enriquecer la pluralidad de opciones y hacer más libre y democrática la sociedad.
Pues bien, la enseñanza es también un servicio esencial, y es lógico que reciba financiación pública según sea demandada por las familias, y desde luego no según la cercanía a las ideas políticas o ideológicas de quien gobierna en cada momento.
Quienes dicen lo de que «el dinero público, para la escuela pública», ¿deberían también entonces decir que un partido o un sindicato ha de ser de titularidad pública para poder recibir dinero público? desde luego, eso sería volver a los tiempos de la dictadura, con sindicatos verticales y partido único, y no creo que sea lo que quieran. Hay en ellos, sin duda, una seria contradicción.
Los partidos y sindicatos son organizaciones privadas, y el hecho de que sean organizaciones privadas es algo básico para garantizar la pluralidad y la igualdad de oportunidades en democracia. De la misma manera, sin una oferta educativa plural, adaptada a los deseos reales y demostrados de las familias, el futuro de la democracia quedaría en entredicho. Una educación que no fuera plural, que se impusiera a todos según un modelo único, poco a poco dejaría de ser propiamente educación para deslizarse progresivamente en diversas formas de adoctrinamiento, de la misma manera que una información que no fuera plural poco a poco derivaría en propaganda. Por eso, una educación e información plurales son claves para la pluralidad de pensamiento y para la preservación de la democracia.
Facilitar financiación pública a las escuelas privadas no debe ser una liberalidad ni una discrecionalidad de los gobiernos, sino un derecho de iniciativas civiles que crean espacios de pluralidad democrática. Lo natural es que se financien los proyectos educativos que funcionen bien y tengan demanda por parte de las familias, pues es el modo más sencillo de incentivar la mejora de la educación en un país.
Las familias que eligen un tipo u otro de enseñanza pagan impuestos igualmente todas ellas, y por tanto tienen completo derecho a acceder a la financiación pública en igualdad de oportunidades con todos los demás.
Y el hecho de que se reciba financiación pública no justifica imponer criterios pedagógicos, ni políticos, ni ideológicos. Solo unos parámetros mínimos de calidad en la prestación de esos servicios, como se exigen en cualquier otro servicio similar. el hecho de recibir un concierto educativo no debe suponer más que una rendición de cuentas sobre el empleo de los fondos públicos recibidos.
La financiación pública no debe cercenar la pluralidad de modelos educativos, que es tan fundamental para evitar imposiciones ideológicas contrarias a la democracia. Y a quien dice que no está dispuesto a que con el dinero de sus impuestos se financien centros de enseñanza que no le gustan, quizá hay que hacerle ver que con los impuestos de todos (los de él y los de quien lleva a sus hijos a un colegio que a él no le gusta) se financian muchas cosas que a ninguno de los dos les interesará o gustará (sean determinados partidos, sindicatos, obras públicas, manifestaciones culturales, etc.), pero que son perfectamente legales y tienen todo el derecho de poder ser financiados, nos caigan mejor o peor.
El siguiente gran punto de debate es en qué medida el hecho de recibir dinero público limita la autonomía de un centro educativo.
La constitución española, en su artículo 27, reconoce la libertad de enseñanza y el derecho de todos a la educación, e insiste en que los poderes públicos deben garantizar el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación que esté de acuerdo con sus propias convicciones.
Por fortuna, se trata de un principio poco cuestionado en la actualidad. Pocos hablan hoy de hurtar a los padres el derecho a decidir sobre la educación de sus hijos, salvo aquellos pocos casos en que hayan de ser privados de la patria potestad mediante resolución judicial.
Pero, volviendo a ese derecho de los padres a decidir sobre qué educación reciben sus hijos, es obvio que, para que eso sea posible, debe haber una pluralidad de oferta educativa, pues de lo contrario ese derecho fundamental quedaría en papel mojado. Deben existir centros docentes que desarrollen proyectos plurales y diversos, como garantía de una verdadera democracia, igual que debe haber partidos políticos o sindicatos o periódicos o televisiones plurales.
Y es claro que, para que existan esos proyectos educativos plurales, debe haber libertad para crear centros docentes, como reconoce en el apartado 6º de dicho artículo, y debe haber también derecho a dirigirlos, como pronto reconoció a ese respecto el tribunal constitucional (STC 77/1985, ll.20), así como el derecho a definir el carácter propio de estos centros (STC 5/1981, ll.8-10, y STC 77/1985, ll.7-10), y el derecho de los padres a escoger libremente entre centros públicos o privados (STC 5/1981, ll.8, y STC 77/1985, ll.5).
Las leyes orgánicas de educación de las últimas décadas han establecido una serie de limitaciones a la autonomía a los centros privados que reciben financiación pública, y esas limitaciones se han centrado en tres cuestiones principales.
Una es que deben incorporarse al sistema público de escolarización y emplear por tanto los mismos criterios de admisión que los centros públicos. Esto se ha implantado sin apenas debate, y hay que decir que los centros concertados se encuentran bastante cómodos en ese sentido. Las familias eligen con libertad el centro que prefieren, marcando un orden de prioridades, y los centros poco tienen que objetar, pues cuando una familia quiere un centro porque lo considera el mejor para su hijo, lo habitual es que el centro también quede satisfecho con la incorporación de esa familia.
Otra segunda limitación de autonomía para los centros concertados es el consejo escolar. Se trata de un órgano colegiado de participación en el funcionamiento y gobierno de los centros públicos y concertados, mediante el que las administraciones educativas garantizan la intervención de la comunidad educativa en el control y gestión de dichos centros. La experiencia de estos últimos treinta años es que los centros concertados se encuentran también bastante cómodos en ese modelo, pues, aunque suponga una efectiva pérdida de autonomía, también es cierto que les obliga a implicar más a todos (profesores, padres, personal no docente y alumnos) en la marcha del centro, y eso a largo plazo suele ser un beneficio también para el titular y para todo el centro.
La tercera de esas limitaciones se refiere a la prohibición de establecer cuotas obligatorias a las familias. Como la financiación pública suele ser muy ajustada o insuficiente, eso hace que la necesaria obtención de fondos para la buena marcha del centro acabe sometida a la voluntariedad de las familias. El titular tiene que ofrecer actividades y servicios añadidos que permitan la supervivencia económica del centro, y solo si son atractivos para las familias llevarán a estas a pagarlos. todo ello lleva a los centros a elevar su calidad, como sucede por ejemplo, salvando las distancias, cuando las universidades han de prestar servicios externos para financiar sus proyectos de investigación: solo si son buenos reciben el dinero que necesitan, y eso les aleja de planteamientos ineficientes, o de públicos cautivos, nada positivos para la mejora de la educación.
No es que estas tres limitaciones sean las únicas de los centros concertados, pero sí las principales, y a mi modo de ver bastante sensatas si las administraciones públicas las gestionan sin sectarismos. Es lógico que quien recibe dinero público esté abierto a todos y se someta a un sistema de rendición de cuentas, y dentro de las muchas formas de plantearlo, la actual es una de las posibles. La diversidad en cuanto a su aplicación real en las distintas comunidades autónomas se refiere sobre todo al último punto, a la mayor o menor flexibilidad en cuanto a las cuotas de las familias, y también en otro más, que es precisamente la apertura al establecimiento de nuevos conciertos, es decir, a la planificación educativa según la demanda real por parte de las familias.
Cuando una administración educativa se sobrepasa en su celo para limitar los cobros a las familias por actividades o servicios complementarios en los centros concertados, el resultado es que logra una igualación a la baja en el servicio educativo prestado. Si la financiación es finalista y es escasa —que lo es—, y además se dificulta que se haga cualquier mejora añadida, es obvio que eso obstaculiza su funcionamiento. Por el otro extremo, si hay un exceso de manga ancha en cuanto a esos cobros, hasta el punto de ser casi obligatorios, se resentiría la igualdad de oportunidades a la hora de elegir centro, pues algunos centros podrían en la práctica seleccionar a sus alumnos y quedarse solo con los que tienen más recursos.
A su vez, las familias que eligen centros privados sin ninguna financiación pública, ahorran al erario público cantidades importantes, y lo hacen muchas veces con un importante sacrificio por su parte. Parece lógico que los poderes públicos establezcan un modo de financiación parcial también para esos centros, que, además de ahorrar dinero público, suponen un incremento de la pluralidad de oferta.
Pienso que debe buscarse una solución satisfactoria para la red totalmente privada y para la red concertada, sin establecer oposición entre una y otra, ni entre ellas y la red pública. Debe buscarse una solución que no sea defensa de un interés de grupo, sino una solución de consenso, de respeto a la pluralidad de modelos consagrada en la constitución.
Una opción es elevar la financiación de la enseñanza concertada, de modo que no necesite de cuotas a las familias. El problema es que nuestro nivel económico no permite hoy por hoy grandes incrementos, y, por otra parte, sería bueno que ese incremento económico se produjera en la medida que mejora la oferta de actividades y servicios. Por tanto, una solución práctica y barata es flexibilizar el cobro de cuotas a las familias, como se hace, con respeto a las leyes actuales vigentes, en muchos lugares. Esto hace que haya una financiación compartida entre la administración pública y la familia, que incentiva la calidad y que no lesiona la igualdad, pues esas actividades son añadidas y voluntarias, y además están sometidas a aprobación por parte del consejo escolar.
Falta añadir, como ya se hace en algunas comunidades autónomas, una ayuda para quienes eligen centros totalmente privados, que bien puede ir por medio de una desgravación fiscal por esos gastos en educación por parte de la familia. Es una solución coherente con lo anterior. La enseñanza concertada es más barata para la familia, pero está más sometida a control en su financiación y en su gobierno, y está obligada a estar en el sistema público de escolarización. Quienes eligen una enseñanza no concertada pagan más, pero también tienen derecho a una ayuda, por ejemplo mediante una desgravación fiscal, como las hay para tantas otras cosas.
Hay o ha habido desgravaciones fiscales por planes de pensiones, por inversión en vivienda, por ascendientes a cargo, por discapacidad, por nacimiento o cuidado de hijos, etc. Pienso que si un puesto escolar privado ahorra un puesto escolar público, y está demostrado que además lo hace muchas veces con un coste menor, tiene toda la lógica que ese gasto tenga un buen tratamiento fiscal, pues en conjunto supone un ahorro económico y a la vez aumenta la pluralidad en la educación y la satisfacción de las familias.
Pienso que el día que se logre llegar a un debate sereno sobre este tema, un debate que permanezca ajeno a luchas políticas o ideológicas, ese día se verá con bastante claridad que no tiene demasiado sentido ese enfrentamiento entre la red pública, la red privada concertada y la red privada no concertada. Hay que encontrar un equilibrio en cuanto a los mecanismos de cálculo de las ayudas a cada red, pero partiendo de que todas satisfacen un servicio esencial que se ofrece a los ciudadanos, y que el dinero invertido en una u otra no tiene por qué ir en detrimento de las demás. Todas han de ofrecerse a los ciudadanos en un régimen de libre concurrencia, y han de competir noblemente por atraer alumnos con un marco económico claro y transparente, aceptado por todos.
Creo que no es tan difícil. Ese marco abierto del que hablo mejorará a unos y a otros, pues quizá hoy la enseñanza es todavía un sector demasiado regulado y dependiente de públicos cautivos zonificados. Todo ciudadano responsable debería alegrarse de que la red pública de enseñanza sea cada vez mejor, y uno de los modos de lograrlo es que haya un régimen de mayor igualdad de oportunidades: para las familias, para los profesores y para quienes promueven y dirigen esos centros, sean públicos o privados.
Con ese enfoque, lo ideal es que cualquiera que desee promover un nuevo centro y acredite un número suficiente de familias que lo demandan, tuviera acceso a un concierto educativo. En buena parte, se trata de un planteamiento ya ensayado en algunas comunidades autónomas españolas y por supuesto en el mundo anglosajón.
Me preocupa también que haya demasiados que se inquietan en exceso ante cualquier posibilidad de competencia. No pienso que la competencia sea el único ni el mejor motor de la mejora de la enseñanza, pero sí pienso que algunos de los que tienen tanto temor a la competencia quizá esconden en esos miedos un mal disimulado deseo de que se prohíba cualquier movimiento de pudiera desenmascarar su propia mediocridad.
¿De dónde proviene tanto enconamiento? Quizá porque el debate está contaminado por intereses políticos o ideológicos. La educación es uno de los puntos donde unos y otros buscan su diferenciación frente a sus oponentes, y es precisamente la educación quien sale más perjudicada en esas luchas.
O quizá proviene de esa vieja idea de que la iniciativa privada siempre defiende intereses oscuros y egoístas, mientras que lo público persigue objetivos altruistas y nobles. Un axioma tan falso como pensar que las leyes de mercado lo arreglan todo. La enseñanza no es buena por ser pública ni por ser privada. La igualdad en la enseñanza no es mayor o menor por el mero hecho de acceder a un centro público o privado. La neutralidad no se garantiza por ser público o privado: es más, la neutralidad es casi imposible, y por eso la forma de evitar el adoctrinamiento es que haya un carácter propio del centro bien definido (también en los centros públicos) y que las familias puedan elegir sabiendo a dónde mandan a sus hijos. Los centros públicos también deben ser plurales, como lo debe ser la oferta deportiva o cultural promovida por la autoridad pública.
EL RECONOCIMIENTO DEL DERECHO A LA EDUCACIÓN
A lo largo de los siglos XIX y XX se desarrolla el proceso que conduce de la proclamación de los derechos de libertad a la adopción de los derechos sociales prestacionales. Los primeros aparecen con la constitución del Estado liberal decimonónico, por influencia directa de la revolución francesa, y su manifestación más sobresaliente es la declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. Estos derechos de libertad vienen a delimitar la esfera de autonomía del individuo, que el Estado debe respetar sin inmiscuirse en ella.
Se produce así el reconocimiento de las libertades constitutivas de nuestras sociedades democráticas (libertad de expresión, libertad de asociación, libertades políticas), en un proceso histórico que lleva primero al sufragio censitario o restringido, luego al sufragio universal masculino y finalmente al sufragio femenino. Se trata de derechos de libertad que en el ámbito educativo se concretan en dos grandes principios: la libertad de creación de centros y la libertad de cátedra, que centran los debates sobre la libertad de enseñanza. La consideración conjunta de ambas libertades plantea una tensión dialéctica que se extiende a lo largo del siglo XIX por muchos países, generando frecuentes conflictos.
Es entre las dos guerras mundiales del siglo XX cuando aparece un nuevo tipo de derechos, denominados prestacionales, asociados a la expansión del Estado social de derecho. Su reconocimiento supone la aceptación de la obligación que tiene el Estado de ofrecer determinadas prestaciones que permitan el pleno desarrollo personal de los ciudadanos y el uso efectivo de su libertad. Entre otros, se reconoce el derecho a la educación, que a partir del final de la segunda guerra mundial adquiere en muchos países rango constitucional.
EL PRINCIPIO DE IGUALDAD ANTE LA EDUCACIÓN: ALGUNOS PROBLEMAS
El principio de igualdad ante la educación, desarrollado en este proceso que va de la proclamación de los derechos de libertad a la adopción de los derechos sociales, pasa a convertirse en uno de los elementos centrales en la construcción del Estado de bienestar. El principio de igualdad está íntimamente ligado al reconocimiento del derecho de todos a la educación y su principal manifestación institucional consiste en la aparición de la escuela comprensiva, modelo que surge en los años cincuenta en los países escandinavos, y especialmente en Suecia, se desarrolla luego en Francia con el modelo del collège unique y, ya avanzados los años sesenta, se implanta con fuerza en inglaterra en la comprehensive school.
La escuela comprensiva es el resultado de una evolución del modelo de escuela única que se difunde en Europa en el periodo de entreguerras, basado en la idea de proporcionar a todos los jóvenes un tronco formativo común de más larga duración que la escuela primaria. aunque dicho modelo no es el único históricamente existente, sin duda ha actuado como uno de los referentes más claros en ese proceso de búsqueda de la igualdad en la educación, lo cual no significa que no plantee una serie de problemas, entre los que vale la pena destacar los siguientes: a) la persistente desigualdad en el acceso a los diversos niveles educativos por categorías sociales; b) el desigual rendimiento escolar según el origen social, que no se puede atribuir a una supuesta diferencia de capacidades; c) la existencia de unos mecanismos de reproducción social a través de la educación, puestos de manifiesto en los años setenta por sociólogos como Bordieu y Baudelot, a partir de estudios entre los que destaca el célebre informe Coleman.
NUEVOS PLANTEAMIENTOS: EL CONCEPTO DE EQUIDAD
La reflexión en torno a este tipo de problemas conduce a una serie de planteamientos nuevos, entre los que cabe subrayar la aparición y formalización del concepto de equidad. Se trata de un concepto recientemente formulado, que debe diferenciarse adecuadamente del de igualdad.
El concepto de equidad pretende dar respuesta a la pregunta formulada por Amartya Sen en varias de sus obras: igualdad, ¿de qué?, o dicho de otro modo, ¿en cuáles de los aspectos de la libertad hemos de poner el énfasis? hasta los que mantienen posiciones más antiigualitarias, dice Amartya Sen, no hacen al fin y al cabo sino defender la igualdad en el disfrute de la libertad. De hecho, es imposible lograr la igualdad en todo, de modo que lo que hay que plantearse es: ¿en qué queremos que exista igualdad?
La ventaja que tiene plantearse esta pregunta es que su respuesta exige realizar un análisis multidimensional. En efecto, el debate sobre la igualdad en materia educativa se sustenta con frecuencia sobre bases falsas, puesto que solemos referirnos a una dimensión determinada de la igualdad, contraponiéndola a otras diferentes. Amartya Sen, sin embargo, defiende la existencia de varias dimensiones dentro de la igualdad: la igualdad de recursos, la igualdad de resultados y la igualdad de oportunidades. Lo que hay que analizar es cómo combinar todas ellas y en cuál poner el énfasis en cada caso concreto.
El concepto de equidad construido de este modo es más neutral y tiene una menor carga ideológica que el de igualdad; de ahí que tenga un carácter controvertido. Así, para un igualitarista la equidad implica la justificación (inaceptable) de las desigualdades, pues en última instancia la equidad asume la existencia de dichas desigualdades y pone el énfasis en el grado de justicia que lleva asociado. Dicho de otro modo: el concepto de equidad admite la imposibilidad de la igualdad absoluta y el problema ya no es la existencia de desigualdades, sino las consecuencias justas o injustas que puedan derivarse de ellas. En su libro La justicia como equidad, John Rawls analiza de cerca todas estas cuestiones, aportando claridad a un concepto controvertido.
Entre los motivos que han promovido ese interés que actualmente se manifiesta por la equidad en la educación merece la pena citar los siguientes:
a) El problema que plantea la marginación de algunos grupos de ciudadanos en nuestras sociedades plurales actuales, en un contexto que ha conducido a sociedades con un alto grado de complejidad y a la aparición de nuevas diferencias sociales, plasmadas en fenómenos tales como el aumento de las diferencias económicas y sociales entre distintos sectores de la población, la expansión de fenómenos tales como la inmigración y la creciente movilidad de la población o la expansión de la denominada «brecha digital», todo lo cual induce a plantearse la necesidad de desarrollar nuevas estrategias de refuerzo de la cohesión social en sociedades cada vez más plurales y en creciente riesgo de fractura.
b) la exigencia de la competencia económica internacional y las consecuencias indeseables de lo que ha dado en llamarse el «gasto de talento», pues como ya decían en 1992 los ministros de Educación de la OCDE, extender los beneficios de la educación a todos tiene sentido desde el punto de vista económico, al tiempo que resulta acorde con las exigencias de la equidad social y educativa; los países no pueden permitirse dejar sin explotar amplias reservas de talento.
c) la necesidad de la educación permanente en la nueva sociedad del conocimiento, que cobra todo su sentido en las nuevas estrategias orientadas al aprendizaje a lo largo de la vida.
NUEVOS PLANTEAMIENTOS SOBRE LA JUSTICIA EN EDUCACIÓN
En este contexto, no es de extrañar que hayan surgido nuevos planteamientos acerca de la justicia en educación, que han tenido como consecuencia la formulación de nuevas preguntas acerca de la justicia en educación.
En primer lugar, el desarrollo de las teorías «postwelfaristas» de la justicia, elaboradas en la estela de la obra de John Rawls, ha planteado una pregunta central: ¿qué desigualdades pueden considerarse injustas? tras ella surgen otros interrogantes adicionales: ¿cuándo podemos considerar que una desigualdad puede ser aceptable y cuándo no?, ¿qué lugar ocupa el mérito entre los criterios de justicia?, ¿es este el único criterio de justicia o simplemente uno más?, en este caso, ¿cuáles serían los otros criterios? Y aún más allá, admitiendo que las desigualdades en educación existen, ¿qué diferencia de rendimiento puede ser aceptable entre los mejores y los peores alumnos?, ¿deberíamos fijar unos límites en esa diferencia de rendimiento?, ¿qué capacidades son las que desarrollan realmente los estudiantes menos capacitados?, ¿qué influencia ejerce el sistema educativo sobre la justicia social?
En segundo lugar, los cambios registrados en la organización escolar plantean una pregunta clave: ¿existe contradicción entre el objetivo de equidad y la libertad de los actores educativos? de ahí derivan otros interrogantes: ¿dónde se sitúan los límites de dicha contradicción?, ¿cuáles son las mejores prácticas para ofrecer a los estudiantes la oportunidad real de progresar?, ¿hasta qué punto el tratamiento diferenciado de los estudiantes favorece la igualdad?
En tercer lugar, adoptando el punto de vista de los estudiantes y no del sistema educativo, se plantea otra batería de preguntas: ¿qué desigualdades existen en materia de calidad educativa, de estímulo al estudio y de bienestar escolar?, ¿cómo experimentan los estudiantes la injusticia escolar? o ¿cuáles son sus criterios de justicia?
DIMENSIONES PRINCIPALES DE LA EQUIDAD
Para intentar dar respuesta a estos interrogantes, hay que analizar cuáles son las dimensiones fundamentales de la equidad. De acuerdo con lo que señalábamos más arriba, hay tres dimensiones que debemos distinguir adecuadamente, aun cuando se presenten generalmente interrelacionadas:
La igualdad de recursos, cuyo principio básico consiste en la compensación de la desigualdad de capacidades mediante la redistribución de los recursos externos, que pueden ser de dos tipos: cuantitativos (como la dotación escolar o presupuestaria y la duración de los estudios) y cualitativos (como la calidad del entorno educativo). La realidad es que, en lo que respecta a estas condiciones, el incumplimiento es bastante generalizado, y suelen ser los mejores estudiantes y no los peores quienes disfrutan de un contexto educativo de mayor calidad. Las escuelas más conflictivas, por ejemplo, presentan una rotación mayor de su profesorado, mientras que en las menos conflictivas los equipos docentes son más estables y cuentan con mayor experiencia: suele ser en estas donde estudian los mejores alumnos. Atender a la equidad a través de la igualdad de recursos conduce a la puesta en marcha de políticas compensatorias.
La igualdad de oportunidades, cuyo principio básico es el de la compensación de la desigualdad de circunstancias (tales como el origen social, el lugar de residencia u otras) mediante la redistribución de los recursos. al hablar de igualdad de oportunidades, debemos distinguir las circunstancias propiamente dichas de las elecciones basadas en la autonomía personal (por ejemplo, la elección de una carrera o rama académica determinada en vez de otra), debiendo aceptar solamente las desigualdades derivadas de estas últimas, pero no de las primeras. La igualdad de oportunidades, que se contrapone al simple criterio del mérito y es más compleja que este, constituye el fundamento de las políticas de discriminación positiva y de ayudas al estudio: los sistemas de becas, por ejemplo, van dirigidos a compensar no la desigualdad de capacidades, sino la de circunstancias.
La igualdad de resultados, cuyo principio básico es que no basta con eliminar los obstáculos que impiden la igualdad, sino que se debe lograr que esa igualdad se haga real y efectiva. En este sentido, conviene distinguir entre los resultados de los que la sociedad es total o parcialmente responsable y los que derivan de la esfera privada. Las instituciones sociales deben igualar el primer tipo de resultados, pero no están obligadas a hacerlo en el segundo caso. Este principio constituye el fundamento, por ejemplo, de las políticas de determinación de unas competencias básicas que deben adquirir todos los estudiantes. No se trata tanto de conseguir unos resultados idénticos como de establecer un conjunto de resultados de los que la sociedad es responsable y que hay que asegurar que todos alcanzan.
La distinción entre las diferentes dimensiones de la equidad plantea, a su vez, diferentes exigencias para los diversos niveles educativos. a mi juicio, el criterio aplicable a los niveles básicos y obligatorios consistiría fundamentalmente en asegurar la igualdad de recursos y la igualdad de resultados, mientras que, para los niveles postobligatorios, se trataría de asegurar una igualdad de oportunidades que favorezca la elección personal, eliminando cualquier obstáculo que la impida.
LA EQUIDAD EN LA EDUCACIÓN: ORIENTACIONES PARA LAS POLÍTICAS EDUCATIVAS
Siguiendo esta línea de análisis, quisiera extraer de las reflexiones expuestas hasta el momento algunas orientaciones para la construcción de políticas educativas a favor de la equidad. Las organizaré en siete grandes enunciados que abordaré sucesivamente.
Ofrecer una educación de calidad para unos pocos y mediocre para los demás equivale a rebajar la calidad general del sistema educativo: el análisis de la experiencia de algunos países en los que se ha perseguido la excelencia de algunos grupos de estudiantes, aun a costa del rendimiento de otros, arroja esta evidencia. Así pues, hoy en día no se pueden pensar políticas de democratización que no impliquen una mejora de la calidad para todos.
La atención efectiva a los niveles educativos iniciales resulta especialmente importante para los alumnos procedentes de medios más desaventajados, debido a las desfavorables condiciones de aprendizaje de su entorno. Al logro de ese objetivo se orientan políticas como la generalización o la gratuidad de la educación infantil. La atención educativa de calidad en las edades más tempranas incide decisivamente sobre los resultados posteriores y constituye un elemento de equidad educativa y social.
El fenómeno de la desventaja educativa no es sencillo ni tiene una causa única. Constituye, más bien, el resultado de complejas interacciones entre las condiciones del hogar y diversos factores relativos al contexto socioeconómico y educativo, por lo que exige políticas integradas, no fragmentadas: políticas de conciliación del trabajo y la vida familiar, políticas sanitarias, políticas urbanísticas… los países que más han avanzado en esta dirección consiguen mejores resultados, mientras que los que segmentan las políticas suelen encontrar mayores dificultades. La consideración meramente escolar de la desventaja impide avanzar en la dirección correcta.
Las desigualdades de base entre los estudiantes han de ser compensadas por medio de recursos, que a pesar de las ideas más extendidas al respecto no son primordialmente materiales, sino sobre todo humanos (un buen profesorado) y de experiencia escolar (un ambiente escolar estimulante). Este aspecto ha sido puesto claramente de relieve por la investigación educativa, que se refiere a él como el «factor escuela», según el cual el rendimiento del alumno, además de estar relacionado con su origen socioeconómico y cultural, lo está también con el de sus compañeros, es decir, con el entorno en que se desenvuelve: el alumno puede rendir más —y de hecho rinde más— en un entorno favorable. Se plantean así cuestiones tales como de qué manera compensar las dificultades, cómo dificultar la aparición de circuitos escolares jerarquizados o qué tipo de condiciones y de recursos son los que favorecen el tratamiento de la desigualdad. Respecto a la calidad del profesorado, son necesarias políticas que incentiven la creación de equipos docentes sólidos en los centros más desfavorecidos.
El trabajo del profesorado es uno de los factores más determinantes de una educación de calidad. Por ese motivo, las políticas de mejora deberían confiar más en este instrumento de actuación que en los cambios estructurales, organizativos o presupuestarios, e incentivar la actuación de los docentes que trabajan en entornos desfavorecidos.
Los mecanismos de adaptación pedagógica a los estudiantes desaventajados son instrumentos de doble filo: si bien ofrecen la posibilidad de orientarse hacia la resolución de sus problemas específicos, también pueden acabar reforzando las diferencias existentes. Este aspecto se debe tener muy presente a la hora de poner en marcha o de ampliar programas de diversificación curricular, de cualificación profesional o posibles contratos-programa realizados con algunos centros para la consecución de determinados objetivos. En todos estos casos se debe procurar no marcar negativamente ni a los centros ni a los estudiantes.
En las sociedades actuales es inaceptable el mantenimiento del analfabetismo, no solo en su sentido tradicional, sino incluyendo lo que algunos llaman las «nuevas alfabetizaciones», como la alfabetización matemática, científica o digital, también esenciales hoy en día. Aceptar este principio implica determinar unas competencias básicas que deben alcanzar todos los ciudadanos, sean cuales sean su situación y sus recursos personales y sociales. La recomendación de la Unión Europea orientada a reorganizar los currículos escolares con esa meta en el horizonte es una magnífica demostración de ese planteamiento.
En suma, plantearse que la educación contribuya al logro de la equidad social supone prestar atención al modo (asimismo equitativo) en que debe concebirse y organizarse. Responder a ese desafío no resulta en modo alguno sencillo, pero obviarlo o minusvalorarlo implica aceptar riesgos de gran entidad, especialmente en circunstancias socialmente tan amenazadoras como las actuales. •
El marco en el que se producen actualmente las principales exigencias sobre los sistemas de educación y formación se expresan en iniciativas internacionales de gran calado que urgen a los países a mejorar el rendimiento de dichos sistemas, y eliminar tres grandes lacras que les afectan: desempleo juvenil (54%), fracaso escolar (28%) y abandono educativo temprano (23,5%). Dichas iniciativas son el Nuevo Programa de Aprendizaje Permanente, la Estrategia Europa 2020, y en la Agenda Europea para la Educación y la Formación, las estrategias de Internacionalización: Rethinking Education (2012) y Opening up Education (2013). Coexistiendo con estas iniciativas, el conjunto de evaluaciones internacionales en el ámbito de la OCDE (PISA, TALIS, PIAAC) contribuyen a reconducir en la actualidad los sistemas de educación y de formación para que la población, especialmente los jóvenes, pueda afrontar con solvencia los nuevos desafíos sociales y económicos.
El Nuevo Programa de Aprendizaje Permanente supone renovación en el sentido de una mayor implicación social de las enseñanzas de personas adultas en el panorama global de la educación, haciendo de ellas una verdadera segunda oportunidad y garantizando la empleabilidad de millones de personas que están fuera del sistema educativo pero pueden verse beneficiadas de una formación accesible y adaptada a sus necesidades, horarios o situación socioeconómica. El reto es conseguir que, como mínimo, un 15% de los adultos en edades comprendidas entre 25 y 64 años, deberían participar en el aprendizaje permanente y, especialmente, las personas de baja cualificación.
La Estrategia Europea 2020 se ha marcado el objetivo de asegurar la realización profesional, social y personal de todos los ciudadanos, la empleabilidad y prosperidad económica sostenible, a la vez que la promoción de los valores democráticos, la calidad y eficiencia de la educación y formación, favoreciendo equidad y cohesión social, creatividad e innovación, incluyendo el espíritu emprendedor en todos los niveles de la educación y formación. Entre otros retos, España debe bajar su tasa de abandono educativo temprano desde el actual 23,5% hasta el 15% en dicho año de referencia.
Rethinking Education reformula la educación desde «un nuevo concepto de la educación: invertir en las competencias para lograr mejores resultados socioeconómicos» en un marco que aproxime los sistemas europeos de formación a la realidad del entorno laboral, poniendo el énfasis en la oferta de competencias idóneas para el empleo, aumentando la eficacia, integrando los sistemas de educación y formación promoviendo asociaciones entre instituciones públicas y privadas para garantizar una oferta apropiada de estudios y aptitudes.
Opening up Education contempla una agenda europea para desarrollar los medios tecnológicos en la educación en Europa, mejorando la calidad de la enseñanza y aprendizaje a través de las nuevas tecnologías, impulsando la competitividad, la innovación, la productividad, el empleo y el crecimiento; en definitiva, aprovechar en beneficio de la educación todas las oportunidades de lo que se viene denominando la revolución digital.
Si añadimos otros desafíos concretos muy presentes sobre la realidad educativa diaria, como la formación moral y ética de los alumnos, la mejora de las competencias básicas en Lectura, Matemáticas y Ciencias, la formación en lenguas extranjeras, la mejora del éxito escolar en Educación Secundaria, el cumplimiento de programas de movilidad europea e internacional, de prácticas y estancias en empresas, seremos conscientes de la imposibilidad de abordar de manera solvente todos estos requerimientos desde una visión antigua y obsoleta, por inflexible, de los centros educativos.
Transformar la realidad de los centros educativos es hoy una necesidad para situar a la educación en el mar-co de exigencia, buenos resultados e innovación descrito. Las iniciativas mencionadas con anterioridad son «guías» sobre las que deben discurrir los avances en el campo de la mejora de los resultados, lo que se traduce en que se asuman mayores cotas de presión por la eficacia y eficiencia de los procesos educativos. Ni siquiera estas iniciativas son una lista exhaustiva, pero sí una representación de demandas actualizadas sobre los sistemas educativos que deben estar al servicio del marco institucional nacional.
¿Qué es lo que hace a los centros educativos obtener buenos resultados? Hay elementos que se repiten en los mejores sistemas educativos del mundo. ¿Qué es un buen sistema educativo? Posiblemente hay muchos criterios para debatir sobre ello y calificar como buenos los sistemas educativos. En relación con la cultura, raíces históricas y ámbito geográfico en el que se ubica España, los referentes más atractivos para imitar proceden de sistemas educativos que consiguen los mejores resultados de una manera homogénea en el conjunto de sus centros educativos, o al me-nos en una mayoría amplia y representativa del conjunto del país; se podrían calificar como sistemas educativos que combinan acertadamente el binomio calidad y equidad.
Las evaluaciones internacionales vienen respondiendo a estas preguntas con objeto de establecer pautas de avance y de proyección de futuro desde la comparabilidad en el conjunto de países en Europa y en el resto del mundo. Una de las consecuencias más importantes es que el debate es más objetivo, y adquiere mayor fiabilidad y rigor al existir datos muy abundantes sobre los que asentar los juicios, lo que contribuye también a eliminar estereotipos ideologizados que tantos ríos de tinta y esfuerzos en vano producen en la educación.
La búsqueda de cotas elevadas de calidad educativa supone incorporar los principios de eficacia, es decir la consecución de los objetivos propuestos, y eficiencia, consiguiendo dichos objetivos de forma sostenible, es decir en el marco de los recursos disponibles. Estos principios, ¿cómo se perciben desde fuera del ámbito educativo, por ejemplo desde las familias cuando han de ejercer la libre elección de centro para sus hijos? Cuando en una familia llega el momento de escolarizar a los niños, existe un gran desasosiego y hasta ansiedad por acertar con la elección, puesto que se sabe que es una de las decisiones más importantes a tomar en el seno de las familias.
A nivel intuitivo, o incluso partiendo de una información muy básica y generalista pero cada vez más extendida, las familias eligen y deciden que están ante un buen colegio, en primer lugar si satisface su preferencia inicial más importante: educación religiosa o laica; a continuación si tiene buenos resultados académicos, hoy día referenciados a evaluaciones de centros, o a las pruebas de acceso a estudios de grado, y en tercer lugar aparecen ya un conjunto de elementos menos jerarquizados pero que se consideran también muy importantes: horarios, distancia, atención a los alumnos, servicios de comedor, transporte, enseñanza de idiomas… hasta un listado más o menos largo en relación con el nivel de exigencia de cada familia.
Visto desde el prisma familiar, ¿cómo consigue un centro educativo alto rendimiento en sus escolares, buen funcionamiento en los servicios, buena convivencia y satisfacción en las familias? ¿Qué es lo que diferencia a un centro educativo de otro que está próximo, incluso en el mismo barrio, para que puedan llegar a ser profundamente distintos en su nivel de logros, de buenos resultados? La apreciación familiar adquiere mucha importancia en un país como el nuestro en el que de forma reiterada todas las evaluaciones educativas importantes (evaluaciones de diagnóstico autonómicas, evaluaciones generales de diagnóstico, evaluaciones OCDE) reflejan que la variable que más influye en los resultados académicos de los hijos es el contexto familiar en el que se desenvuelven.
En el interior de un centro educativo, cualquiera que sea su tamaño, existen características que sin duda se transmiten también a la sociedad. Un buen centro educativo es un microcosmos con intensa vida propia en el que se toman muchas decisiones y nada, o casi nada, se deja al azar. Se podría destacar en ellos: los programas educativos y contenidos que se estudian tienen unas connotaciones y una «impronta» con metodologías propias de aprendizaje, las evaluaciones y distintas pruebas que se hacen a los alumnos están muy trabajadas y responden a una finalidad evidente de mejora, como también los libros de texto utilizados y los programas o cursos adicionales de aprendizaje, sean para salvar deficiencias o para ampliar los estudios; los recursos educativos, ya sean formativos, como la lectura, o tecnológicos, están incardinados en el aprendizaje. Esta lista no es exhaustiva: existe un alto grado de implicación del profesorado en las decisiones que afectan a la vida escolar, comenzando por los directores y equipos directivos, y se fomenta la participación de las familias en un marco amplio de convivencia entre todos los componentes de la comunidad educativa. Coinciden también en su apertura a iniciativas voluntarias de innovación, movilidad internacional de estudiantes, voluntariado, inclusión e integración educativa de los alumnos con dificultades, a iniciativas que mejoran el aprendizaje mediante la integración de la biblioteca y la lectura en la vida escolar, o la mejora constante en el uso de tecnologías digitales y de instalaciones y servicios del centro en tanto lo permita su disponibilidad presupuestaria.
Todo ello contribuye a la obtención de buenos resultados académicos de los centros desde una perspectiva «propia» del centro; es decir, que se consiguen unas señas de identidad características y diferenciadas de otros centros educativos, aun en el marco común de la regulación oficial establecida para todos. Y es precisamente todo esto lo que en el ámbito de las evaluaciones internacionales se mide en los sistemas educativos mediante la autonomía para la toma de decisiones, evaluación y rendición de cuentas progresivamente más aceptados por los países comprometidos con su educación.
Una mayor libertad de los centros educativos en la toma de decisiones sobre los métodos e instrumentos didácticos, gestión presupuestaria y del personal docente incide positivamente en los resultados académicos del alumnado. Esto se atribuye a que el grado de conocimiento de los centros educativos sobre su propio contexto generalmente es mayor que el de los órganos centralizados.
Según el estudio pisa, combinando de manera inteligente autonomía y rendición de cuentas, los resultados académicos de los estudiantes suelen ser mejores; esta afirmación está cimentada en los siguientes datos:
En el debate sobre la autonomía de los centros educativos es importante conocer qué institución o nivel de gobierno toma mayoritariamente las decisiones educativas que finalmente tanta repercusión tendrán sobre las familias, los estudiantes y en definitiva todo el sistema escolar. El Instituto Nacional de Evaluación Educativa (INEE) aporta datos (2011) muy clarificadores. Comparando España, la UE21 y la OCDE, el 59% de las decisiones en nuestro país son tomadas por las autoridades centrales o autonómicas, el 16% por autoridades provinciales y el 25% por los centros educativos, frente a las mismas autoridades y porcentajes en la UE21: 36%-18%-46%, y en la OCDE: 36%-23%-41%. Ante la desproporción de las cifras entre España y el resto, es indudable que los centros educativos tienen todavía mucho margen de mejora en su contribución y responsabilidad sobre la toma de decisiones.
Según las investigaciones (2011) del profesor Eric A. Hanusek, de la Universidad de Stanford, y el profesor Ludger Woessmann, de la Universidad de Múnich, las áreas de mayor relevancia en las que los centros educativos pueden utilizar su autonomía para tomar decisiones, son las relacionadas con el presupuesto, contratación y gratificación del profesorado, y la selección de libros de texto y de instrumentos didácticos, obteniendo como consecuencia una incidencia positiva de esta cultura de funcionamiento sobre los resultados académicos; complementar esta autonomía con rendición de cuentas, supone hasta 20,7 puntos de diferencia en el rendimiento de los alumnos en pruebas estandarizadas TIMSS. Analizando el impacto de la rendición de cuentas referida a la realización habitual de exámenes estandarizados mediante pruebas externas, los mismos autores encuentran que los alumnos acostumbrados en sus centros educativos a la realización de pruebas externas obtienen un rendimiento superior en las pruebas internacionales, sien-do las de mayor impacto las que tienen carácter de examen final, con un impacto positivo equivalente a un año de escolarización. Existe abundante bibliografía que analiza el efecto positivo de la rendición de cuentas no exclusivamente en el rendimiento de los alumnos sino también en el comportamiento de familias, estudiantes, profesorado y administradores.
En España, de nuevo el Instituto Nacional de Evaluación Educativa, INEE (2013), concluye que en los países en los que se aplican las pruebas externas estandarizadas, el rendimiento del alumnado es mayor, mejorando los resultados de pisa en 16 puntos. En cuanto al nivel de autonomía con significado efectivo en la descentralización de la toma de decisiones, el INEE analiza que en los países de la OCDE los centros educativos juegan un papel activo en la gestión de personal (toman de media el 31% de las decisiones al respecto), siendo en España muy limitada su capacidad de decisión. En cuanto a la planificación y estructuras, los centros españoles no tienen poder de decisión y, por el contrario en la OCDE sí pueden decidir los centros sobre el 24% de los asuntos relacionados con este ámbito; para finalizar, en el ámbito de la gestión de recursos, la autonomía de los centros en la OCDE duplica la de los centros españoles.
No obstante, discurre en paralelo un debate en los países, en el que España también participa, sobre la conveniencia o no de forzar la cultura de los centros educativos hacia la realización de pruebas externas estandarizadas que, en realidad, servirían de preparación con carácter prioritario al alumno para la realización de las evaluaciones internacionales. Es cierto que este debate, no exento de polémica, estaría en este momento escorado hacia las posiciones de los que no creen en absoluto que sea necesaria la rendición de cuentas de los centros educativos, ni en el plano nacional ni en el internacional. En cualquier caso, no solo los detractores de las pruebas externas estandarizadas, sino muchos profesores, temen que un exceso de prevalencia de estas pruebas sobre el proceso general de instrucción y formación de los sistemas educativos, puede hacer perder parte de las señas de identidad de los propios sistemas educativos nacionales, a favor de la «estandarización» que impondría un sistema educativo orientado exclusivamente («Teaching to the test») a los buenos resultados de los alum-nos en dichas pruebas. También, el profesorado crítico con esta orientación teme una deriva no deseada que, de facto, suponga la superioridad sobre la toma de decisiones en materia curricular de los organismos internacionales sobre los gobiernos nacionales y los propios centros educativos.
Llama la atención la escasa cultura de los centros educativos españoles en materia de autonomía, evaluación y rendición de cuentas, comparativamente con sus homólogos de países cercanos en nuestro entorno europeo. Podría explicarse porque históricamente se ha puesto el énfasis en adecuar el sistema educativo a la estructura territorial del Estado profundamente descentralizada surgida de la Constitución; esto supone establecer modelos educativos en los que deberían coexistir sin tensiones la descentralización a favor de las comunidades autónomas con competencias en materia educativa y que por mandato constitucional gozan de autonomía en la gestión de sus intereses, con las competencias exclusivas del Estado. Este complicado encaje competencial que afecta al primer nivel de descentralización en la toma de decisiones educativas tal vez haya podido restar fuerza a la idea de completar la descentralización a favor de los centros educativos como instituciones más próximas a las familias.
Otra explicación adicional podría relacionarse con la escasa tradición histórica del sistema educativo español en las evaluaciones externas y rendición de cuentas. Podría deberse en parte a que de las tres evaluaciones externas fin de etapa y con efectos académicos que existían en la educación española antes de la democracia, solo una de ellas ha quedado en pie al finalizar el Bachillerato y no vinculada a la obtención del título de bachiller. Por ello, se ha ido convirtiendo en una prueba más orientada a ordenar los accesos a los estudios universitarios que en una verdadera evaluación externa como instrumento de rendición de cuentas del sistema, tal como se entienden este tipo de pruebas en los sistemas educativos occidentales.
Más atendido en la legislación educativa española ha sido el concepto de autonomía. Así, podemos ver que en la primera ley orgánica democrática, la Ley Orgánica por la que se regula el Estatuto de Centros Escolares (1980), en su art. 14 menciona: «Los centros tendrán autonomía para establecer materias optativas, adaptar los programas a las características del medio en el que están insertos, adoptar métodos de enseñanza y organizar actividades culturales y extraescolares»; recurrida esta ley orgánica ante el Tribunal Constitucional, las legislaciones posteriores socialistas
—Ley Orgánica Reguladora del Derecho a la Educación, LODE (1985), Ley Orgánica General del Sistema Educativo, LOGSE (1990), Ley Orgánica de Participación, Evaluación y Gobierno de los Centros Docentes, LOPEG (1995)— tratan la autonomía y evaluación como factores que «favorecen la calidad y mejora de la enseñanza», concretando estos factores en la autonomía pedagógica organizativa y de gestión de los recursos de los centros educativos a través de proyectos educativos curriculares y, en su caso, normas de funcionamiento; la evaluación se considera externa a los centros pero dependiente de la Administración y se asigna esta competencia al Instituto Nacional de Calidad y Evaluación; se establecen también planes para la valoración de la función pública docente y un plan de evaluación de la función directiva, todo ello a desarrollar en el marco de las competencias de las Administraciones educativas.
La Ley Orgánica de Calidad de la Educación, LOCE (2002), ya en la exposición de motivos menciona el impacto de «evaluaciones y análisis de nuestro sistema educativo, efectuados por organismos e instituciones tanto nacionales como internacionales», y contempla como quinto eje de la ley «el desarrollo de la autonomía de los centros educativos con el estímulo de la responsabilidad de estos en el logro de buenos resultados por sus alumnos»; en el marco de la autonomía pedagógica establece un nuevo tipo de centros: «centros de especialización curricular», y en su artículo 67 establece que la autonomía debe acompañarse de «mecanismos de responsabilidad, y en particular de procedimientos de evaluación, tanto interna como externa […] que sirvan de estímulo y permitan orientar adecuadamente los procesos de mejora», y en su Título VI plenamente dedicado a la evaluación contiene el «Ámbito de evaluación, el Instituto Nacional de Evaluación y Calidad del Sistema Educativo, las Evaluaciones Generales de Diagnóstico, el Sistema Estatal de Indicadores de la Educación, el Plan de Evaluación General del Sistema, la Publicación de los resultados de las evaluaciones y Otros planes de evaluación interna y externa». La Ley Orgánica de Educación, LOE 2006), contempla en su exposición de motivos la necesidad de combinar «objetivos y normas comunes con la […] autonomía […] y mecanismos de evaluación y rendición de cuentas»; el Capítulo II está dedicado a la Autonomía de los centros y el Título vi a la «Evaluación del sistema educativo», incluida la evaluación de los centros y de la función directiva.
La Ley Orgánica de Mejora de la Calidad Educativa, LOMCE (2013), vincula a lo largo de todo el texto el aumento de la autonomía con la responsabilidad, contempla un «protocolo para rendir cuentas de las decisiones tomadas, de las acciones de calidad y de los resultados obtenidos al implementarlas»; establece dos evaluaciones en Educación Primaria con carácter diagnóstico y las evaluaciones externas fin de etapa en Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, con efectos académicos.
Como podemos observar, no se puede considerar insuficiente el marco normativo; pero la clave es el establecimiento de un vínculo sólido entre los conceptos de autonomía, evaluación y rendición de cuentas, con el concepto de responsabilidad de los centros educativos sobre sus procesos y decisiones; por separado pierden fuerza y no sirven para las demandas de la educación actual; de manera conjunta se potencian, y es la única forma en que una Administración responsable hoy día puede «ceder» su propio nivel competencial a los centros educativos, sin olvidar que estos tres elementos tienen carácter instrumental al servicio de políticas institucionales.
Existen iniciativas que han proporcionado muy buenos resultados en otros países a la hora de elevar la calidad educativa, como los Proyectos de Centro, por los que la Administración concede mayor nivel de autonomía vinculada a proyectos con evaluación de resultados, Contratos-Programa, por los que se suscribe un compromiso o contrato entre el centro educativo y la Administración comprometiendo presupuesto adicional vinculado a la evaluación de los resultados obtenidos, y Especialización Curricular por la que se concede un alto grado de autonomía curricular para la especialización elegida, vinculada a la obtención de mejores resultados académicos. No obstante, estas y otras iniciativas en otros países se potencian con mayor autonomía y flexibilidad de los centros educativos en la colaboración con otras instituciones públicas o privadas para la consecución final de mayores niveles de calidad educativa.
La crisis económica nos puso frente al espejo. Miramos la «Marca España» y no nos gustó. Pero menos aún la parte correspondiente a educación. Dos datos: el informe PISA y los rankings universitarios. En ambos sacamos un suspenso. Ninguna de nuestras universidades estaba al nivel internacional que querríamos. Lo mismo que la asimilación de materias como las matemáticas o la lengua por nuestros alumnos de enseñanza básica y media.
Sin embargo, el espejo distorsiona la realidad al dar una visión de conjunto un poco borrosa. Si nos acercamos a algunas partes del conjunto, la visión es distinta. Hay determinadas instituciones educativas que tienen prestigio y no solo resisten la comparación internacional, sino que salen con bastante éxito de la misma.
El objetivo de este trabajo es resaltar los factores que ayudan a que estas instituciones resulten victoriosas y sacar consecuencias de ello para dar orientaciones estratégicas al sector educativo español.
Es cierto, en España hay facultades e instituciones universitarias con un buen prestigio. Además hay personalidades científicas que pueden dar renombre a nuestro quehacer universitario. Entre otras, podemos citar las siguientes:
La formación impartida en las Facultades de Medicina y de todo el sector biomédico en España es de gran calidad. El MIR hace de los médicos españoles profesionales acogidos en todo el mundo por su alta preparación. La investigación tiene niveles altos y hay personalidades relevantes dentro de ellas. Olvidarse de ello sería desperdiciar un potencial de marca importante.
Además de los grandes clásicos de la medicina española, como Santiago Ramón y Cajal o Severo Ochoa, algunos médicos contemporáneos, con sus licenciaturas realizadas en España, emigraron a Estados Unidos obteniendo un gran relieve internacional; es el caso de Luis Rojas-Marcos, en el campo de la psiquiatría, o del cardiólogo Valentín Fuster (Premio Príncipe de Asturias de investigación científica y técnica 1996), ambos con marcados recorridos de excelencia internacional con base española.
Lo mismo que con las Facultades de Medicina pasa con las Escuelas de ingeniería. Los graduados de las mismas suelen tener un alto grado de formación y son bien valorados. Las Politécnicas de Madrid, Cataluña o Valencia tienen destacada presencia en los índices en diversas de sus muchas especialidades; así como algunas otras, como ICAI o TECNUN, dependientes de la Universidad Pontificia de Comillas y la Universidad de Navarra, respectivamente. En el campo de la ingeniería en España hay determinados centros científicos como el Instituto de Ciencias de la Construcción Eduardo Torroja, creado en 1934 y reconocido internacionalmente en su materia. No es raro que las empresas de construcción de obras públicas españolas estén entre las primeras del mundo. Los ingenieros de caminos españoles tienen una preparación excelente.
Uno de los fenómenos curiosos de la universidad española son las Business School. En un país donde no había tradición en estas instituciones académicas, tres de ellas, creadas en la segunda mitad del siglo XX (IESE, ESADE e IE) figuran entre las primeras en los rankings internacionales. Las tres tienen una clara proyección global y sus alumnos proceden de todo el mundo. Sus claustros son internacionales y se relacionan con instituciones extranjeras similares. El IESE, por ejemplo, tiene campus en Madrid, Barcelona, Nueva York, São Paulo y Múnich, e imparte sesiones en toda la geografía mundial, incluyendo China; ha promocionado escuelas similares en todos los continentes, en especial en América Latina y África. Las Escuelas de Negocio españolas promueven la investigación y sus profesores publican en los mejores Journals y revistas especializadas.
Después de este breve repaso puede decirse que son unas gotas de agua en un océano de mediocridad. No es del todo verdad, además de que las mencionadas no son las únicas, tampoco son tan pequeñas. Si la «Marca España» se apoya selectivamente en sus puntos fuertes, esta parte del sector educativo sería uno de ellos.
Las condiciones para la eficiencia de la educación de estas instituciones son varias. Entre ellas, en mi opinión, las siguientes: a) la selección del alumnado; b) la relación de estas instituciones con la sociedad civil y empresarial que la circunda; c) la selección del profesorado; d) la exposición a una competencia internacional; e) la posesión de un sentido de misión institucional y la forma de gobierno.
1. Selección del alumnado. Hasta la fecha por lo menos, las notas de corte que permitían ingresar en las facultades de medicina, las escuelas superiores de ingeniería o los MBA de las escuelas de negocio son altas. Concretamente en el MBA del IESE se exige un GMAT (el test internacional) superior a 700 puntos.
La selección del alumnado es una de las claves de la excelencia. Un profesor se entusiasma si tiene alumnos aplicados e inteligentes y se deprime si son vagos y torpes.
La selección con rigor del alumnado por corte de nota implica también un mensaje de disciplina. El mero esfuerzo para estar entre los mejores requiere la virtud del esfuerzo. Olvidarse de ello es un error.
Eso no va contra la igualdad de oportunidades. Al contrario, la selección por nivel intelectual permite que personas de estratos económicos inferiores puedan acceder por sus propios méritos si hay una política de becas y ayudas financieras adecuadas.
Este efecto que se observa en el mundo universitario se da en todos los niveles educativos. Las experiencias en los barrios periféricos de Nueva York indican que bastó que los Institutos de Enseñanza Media pudieran seleccionar los alumnos para que aumentara su calidad educativa sustancialmente.
2. Relación con la sociedad civil y el empresariado circundante. La realidad de las instituciones mencionadas es que su relación con la práctica de la profesión es directa. En el caso de medicina e ingeniería, las prácticas son claras. La formación no acaba en las aulas, sino en el ejercicio de la profesión. El mir es un ejemplo clarísimo. Los médicos españoles tienen que realizar este periodo de aprendizaje después de cursar la carrera y previo un examen de ingreso en este programa.
Las Escuelas de Negocio españolas estuvieron abiertas desde su inicio a la empresa. En el IESE, por ejemplo, los cursos dirigidos a empresarios y directivos constituyen la mayor parte de sus ingresos. La investigación en base al estudio de la realidad y la elaboración de casos prácticos mantiene la conexión con su hábitat natural.
No es posible una excelencia en la educación sino no se tiene claro el «cliente al que se vende el producto». Lo tienen muy claro, por ejemplo, en las Escuelas de Negocio, las Facultades de Medicina y las Escuelas de ingeniería. Las primeras porque siendo las importantes de iniciativa privada están sujetas a las normas de mercado, en este caso global. Las segundas porque el ejercicio de la medicina lo exige. No es posible ejercer esa profesión sin estar en contacto con el enfermo. En el caso de las ingenierías españolas fueron las empresas las que pidieron a las escuelas el tipo de profesional que creían necesario. Como veremos en el punto siguiente, este factor tiene mucho que ver con la selección del profesorado.
En formación profesional, la educación dual, iniciada en España y con amplio desarrollo en Alemania, se basa precisamente en esa relación entre el proceso de enseñanza y el entorno profesional al que va dirigido. Los alumnos simultanean el trabajo en la empresa con los estudios en los centros de formación profesional. Hace unos meses, en el IESE, tuvimos la ocasión de comprobar de mano de algunas empresas cómo se están realizando en España programas de formación dual con éxito. Una de las condiciones que han demandado al Ministerio para ello es autonomía en la selección del alumnado.
3. Selección del profesorado. Otra de las claves de la excelencia es el tipo de profesores del claustro. También los incentivos que tienen. Una condición es que estén relacionados con el entorno profesional y académico. Incluso hay ocasiones en que es bueno que parte de sus ingresos procedan de uno u otro o, incluso, de ambos. No es malo que trabajen en el mercado; eso les da conocimiento de lo que debe saber un buen profesional de los que tienen que formar.
La preparación académica es otra de las características de esa selección, las estancias en otras instituciones o centros extranjeros es muy conveniente. También su extracción a través del mercado de profesores evitando el proceso endogámico característico de muchas instituciones universitarias españolas. Para ello una de las condiciones es que los doctores no puedan ejercer sus primeros años de docencia en la misma universidad en que se graduaron.
El proceso de evaluación del rendimiento pedagógico e investigador es otra de las formas de aumentar la eficiencia. Las encuestas periódicas al alumnado son un instrumento, pero lo es, aún más, la respuesta del mercado. Un buen indicador de la eficiencia de un centro o institución educativa es que alumnos y empresas contraten sus servicios académicos. Las instituciones y centros públicos pueden tener ingresos extrapresupuestarios por estas actividades adicionales. Tenerlas es un síntoma de eficiencia.
La evaluación de la calidad investigadora se persigue mediante la aceptación de los trabajos por la colectividad científica. Los Journals o publicaciones de excelencia son una meta a conseguir; también los premios y sobre todo las financiaciones recibidas, las patentes conseguidas y las actividades empresariales derivadas de la producción científica. Todo ello, hoy en día, referido a un entorno internacional.
4. Exposición al mercado internacional. Las instituciones educativas eficientes lo son porque han tenido éxito enfrentándose a un mercado educativo internacional. De ahí que esa sea una de las condiciones para la selección del profesorado. Hay que reclutarlos del entorno internacional. Lo mismo puede decirse del alumnado. Generar una demanda internacional para sus enseñanzas y ofertas investigadoras es una de las formas de aumentar la eficiencia.
El ejemplo de las Escuelas de Negocios es evidente. Desde su inicio se enfocaron al exterior, contrataron profesores de varias nacionalidades y, en cuanto pudieron, ofrecieron sus enseñanzas al exterior. Algunas de ellas tienen cursos con el 80% de alumnos no españoles y el IESE, por ejemplo, tiene campus en varios países y ha ayudado a desarrollar instituciones similares en todo el mundo.
La exposición al mercado internacional obliga a la excelencia. En caso contrario no se sobrevive en un entorno tan exigente. La experiencia indica que cuando se crea un ramillete de algunas instituciones internacionalizadas en un sector de la enseñanza se produce un cluster que derrama la excelencia en el resto de las unidades educativas.
5. Posesión de un sentido de misión y la forma de gobierno. Las instituciones educativas excelentes necesitan armarse alrededor de un sentido de misión. Es lo que da alma a su actividad. Así lo demuestra el estudio de las Escuelas de Negocio líderes en España. Muchas veces responde a la idea por la que se hizo su fundación; otras al liderazgo de alguno de los que la gobernaron o gobiernan. En ese sentido habría que reflexionar sobre los sistemas de gobierno que tienen.
Una institución académica debe orientar su forma de gobierno a conseguir eficiencia. Eso quiere decir que la evaluación de la gestión debe hacerse de acuerdo a ello. El órgano valuador debe tener independencia y capacidad de cambiar las personas que gobiernan esa institución. Este es quizás uno de los más importantes factores para la excelencia: tener un proceso de dirección y gobierno, de selección, nombramiento y cese de sus dirigentes y gestores que puedan ejercitar sus funciones con profesionalidad, de acuerdo con la misión de la institución.
1. La estrategia es la de cada institución, atacar el problema centro a centro, institución a institución. A la vista de las reflexiones anteriores parece claro el tipo de estrategia educativa que se requiere para mejorar la eficiencia de todo el sistema. Lo primero es que no hay que atacar todo el horizonte de golpe; es cada una de las instituciones o centros educativos los que deben realizar el esfuerzo de mejora. Probablemente el Gobierno debería seleccionar aquellas en las que es más fácil mantener su reputación actual y las que tienen potencial de mejora y encauzar a ellas los medios económicos y de todo apoyo de que dispone.
Se sabe que en los procesos de cambio es importante tener éxitos para que se consoliden. Por eso debería empezarse por aquellas organizaciones en las que se pueden tener resultados prontos y visibles.
2. Los procesos de gobierno, más autonomía. Para ello, cada institución debe gozar de la autonomía que le permita definir su misión y visión de futuro. Sin ambas no hay estrategia. Esto lleva consigo dotarse de fórmulas de gobierno adecuadas a esa misión y visión. Si algo hace falta en España es repensar los procesos de dirección de los centros educativos en los diferentes niveles de enseñanza: educación básica, media y universitaria. Algunas de sus actuales fórmulas semiasamblearias dificulta la toma de decisiones racionales y es una de las causas de su deterioro.
La autonomía requiere sistemas de gobierno más racionales, con una selección de dirigentes adecuada que deberían dirigirse a la adopción por parte de cada centro o institución de su propia misión dentro del entorno en el que trabaja. Dentro de esta política estaría la recuperación de cuerpos públicos de «directores» de centros educativos y la formación especializada en gestión educativa eficiente para ellos y los gestores del sector privado. La formación y los incentivos de todo tipo son los mecanismos para que estos gestores aborden su función con los criterios de eficiencia y excelencia.
La autonomía, que incluye la financiera, debe permitir, de acuerdo con la naturaleza del centro, la selección de profesorado y alumnado en función de la misión de cada unidad educativa. También la contratación de manera temporal de profesorado adecuado, nacional y extranjero, para importar conocimiento. El proceso para llegar a estos niveles no es fácil, no está exento de resistencias, pero crearía un clima de competencia entre las unidades educativas que, con seguridad, aumentaría su eficiencia.
3. Fomentar el entorno internacional de las instituciones. Por supuesto empezando con la utilización de los idiomas extranjeros, en particular el inglés, como lengua vehicular en sus enseñanzas y trabajos de investigación. La política del bilingüismo o trilingüismo (en autonomías con lengua oficial propia) en todos los niveles educativos es un camino para ello. Los esfuerzos de la Comunidad de Madrid para crear centros públicos bilingües son medios que van en esta dirección. Pero esto no basta. Es necesario facilitar la contratación de profesores formados fuera de España, reducir la burocracia para ello. Lo mismo facilitando los visados para estudios donde sea necesario y los intercambios con instituciones del mismo rango en el extranjero.
Un camino para esta internacionalización es modificar el concepto de «ayuda al Desarrollo» que el sector público y privado español realiza. Una buena parte de esa ayuda debería dedicarse a becas para estudios en España de personas de países del tercer mundo. Con esa política se podría mejorar la rentabilidad de esas inversiones tanto para España como para los países de origen. Las relaciones que se crean en estos estudios establecen lazos económicos y culturales que benefician para el futuro a España y los países de origen de los estudiantes. Los incentivos fiscales para este tipo de responsabilidad social para particulares y empresas que dotaran de becas a estos «alumnos inmigrantes» serían una buena inversión a medio y largo plazo.
4. Carreras para los profesionales de la educación más enfocadas y variadas. Fomento de la investigación y la preparación profesional del profesorado en centros e instituciones educativas. Introducir en las carreras de los profesionales de la educación conceptos relacionados con el ejercicio de la profesión para la que preparan los centros o instituciones donde ejercen su labor. Carreras con tramos alternativos o complementarios, en España y en el extranjero, en el sector educativo, y fuera de él, como méritos para las certificaciones de idoneidad en paralelo con los sistemas académicos. Sistemas duales de formación del profesorado, en concurrencia con los sistemas clásicos de carrera académica. Esto es especialmente útil en los estudios enfocados al ejercicio profesional.
Incentivos a la investigación por parte del profesorado. Fomento de las formaciones de equipos investigadores internacionales e interdisciplinares. Desgravación en materias de impuestos para las inversiones en estos equipos por parte de empresas y particulares. La I+D+i es una de las inversiones más rentables a largo plazo.
El resumen es claro: incluir la competencia y la internacionalización en el sistema educativo. competencia e internacionalización en todos los componentes: en sus sistemas de gobierno, aumentando la autonomía a la vez que se reduce el pseudoasamblearismo en la toma de decisiones; en los profesores y los alumnos facilitando su internacionalización; en la selección de ambos fomentando la competencia.
La eficiencia es cuestión de incentivos. Mientras estos no se dirijan hacia ella no se conseguirá. Y, como se ha visto, esos incentivos se basan en animar la competencia. Competencia que, hoy en día, debe contemplar al mundo entero como campo de juego. •