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Muchos lectores ha tenido en España Raymond Carver a tenor del número constante de ediciones de sus obras, y muchos sigue ganando puesto que el ritmo editor aún persiste en nuestros días. De hecho es difícil encontrar un escritor de relatos que haya tenido igual y tan continuado éxito en este país. El fenómeno no es exclusivamente nuestro; lo excepcional es que mientras que en los países de lengua inglesa –Estados Unidos fundamentalmente– ha venido acompañado de abundantes estudios aquí apenas se han dedicado esfuerzos críticos. Las siguientes páginas pretenden ofrecer al lector nuevo una posible clave de interpretación de los textos carverianos, y al lector de siempre, una propuesta para su debate.
***
Cuando ve la luz Will you please be quiet, please? (¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?), en 1976, Raymond Carver rozaba los cuarenta años. En aquellos momentos ya hacía más de veinte que escribía: “hace mucho tiempo —era el verano de 1958—, mi mujer, nuestros dos niños y yo abandonamos Yakima, Washington, para trasladarnos a un pueblecito en las afueras de Chico, California. Nos ganábamos la vida a duras penas […]. Pero desde mis primeros recuerdos, desde mucho antes de que nos trasladáramos a California en busca de una vida distinta y de nuestro pedazo de pastel americano, yo había querido ser escritor. Quería escribir, escribir lo que fuera —ficción, naturalmente, pero también poesía, obras de teatro, guiones cinematográficos y artículos […]— cualquier cosa que requiriera juntar palabras y crear algo coherente e interesante para alguien aparte de mí mismo”[1].
Sin embargo sus difíciles circunstancias personales, su afición por el alcohol, los problemas económicos y familiares convirtieron la inclinación de Carver por la escritura y su interés por publicar en una verdadera odisea. Gracias a la ayuda —determinante, pero aún por concretar[2]— del editor Gordon Lish, los escritos de Carver comienzan a gozar de cierta popularidad. En pocos años ve la luz el resto de sus libros de relatos: en 1977 Furious Seasons and Other Stories; What We Talk When We Talk About Love (De qué hablamos cuando hablamos de amor) en 1981 y en 1983 Fires: Essays, Poems, Stories yCathedral (Catedral). Alos libros mencionados debemos añadir dos, la antologíaWhere I´m Calling From: New and Selected Stories[3] y el libro póstumo Si me necesitas, llámame, publicado en el año 2000. En él, Tess Gallagher, poetisa y segunda mujer de Carver, recuperaba cinco relatos que estaban en proceso de corrección cuando murió el escritor. Con su muerte a los 50 años, Carver dejó una obra pequeña pero sumamente atractiva.
Desde sus primeros libros los estudiosos creyeron encontrar en esos relatos un nuevo estilo de escritura. Pronto, expresiones como “minimalismo” o “realismo sucio” sirvieron para referirse a sus cuentos. Quizá desde Hemingway y Faulkner ningún escritor americano había conocido tal cantidad de admiradores ni un grupo tan grande de escritores que imitasen su estilo, sustanciado en el empleo de fraseo corto, en la huida de cualquier elemento accesorio o palabra ociosa, en el retrato de una clase media desarraigada y, sobre todo, en lo que se podría denominar como un “trasfondo desconcertante”. No existe relato de Carver sin desconcierto; se trata de textos que transmiten con una fuerza extraordinaria la sensación de verosimilitud y en los que, sin embargo, sucede lo inesperado. La contradicción entre lo que debería suceder y lo que de hecho sucede es una de las características que más ha fascinado a los lectores y críticos. Se trata, en fin, de la ausencia de nexo causal entre las circunstancias de la historia y las acciones de los protagonistas. Ésta es una señal común y significativa de cierta narrativa moderna y contemporánea a la que se puede acceder desde la comprensión de los textos carverianos.
En uno de sus relatos, “Diles a las mujeres que salimos”, dos padres de familia corrientes —Bill y Jerry— salen a dar un paseo en coche. Tras un rato encuentran a dos muchachas que van en bicicleta. Las ven y se les ocurre que pueden divertirse un rato con ellas. Ellas, alarmadas, dejan la bicicleta y se ponen a caminar por una vereda. El cuento concluye de forma estremecedora: “No entendió [Bill] nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill”[4].
Conseguir transmitir credibilidad en un relato a pesar de que su argumento —unos americanos cuya vida es descrita como normal pero tienen un comportamiento homicida— es el quid de la atracción de Carver. Lo explica con maestría Baricco: “Diles a las mujeres que salimos es la obra maestra que es porque realiza a la perfección un modelo de historia que luego tendría en los herederos más o menos directos de Raymond Carver una atracción muy fuerte. Lo que se narra allí es una violencia que nace, sin explicaciones aparentes, en un terreno de absoluta normalidad. Cuanto más violento y sin motivo es el gesto y quien lo cumple es una persona absolutamente ordinaria, más aquel modelo de historia se vuelve […] esbozo de una revelación inquietante sobre la realidad”[5]. Los relatos de Carver siempre dejan en el lector una sensación permanente de inquietud, motivada por lo irracional. Y esta case de estructuras, que han sido repetidas en el cine y en la narrativa contemporánea frecuentemente, presenta en el caso de Carver una fuerza especial por el hecho de que tras ellos —y esa es la sustancia de la tesis de este trabajo— se transmite una penosa percepción de lo real, una incomprensión absoluta de lo que sucede y, a la vez, un deseo de comprender.
Un lectura de las obras de Ewing Campbell y Kathleen Westfall Shute, dos de los más influyentes estudiosos de la obra de Carver, permite advertir que la crítica ha centrado sus esfuerzos en la explicación de ese motor misterioso de sus relatos. Campbell[6] prefiere no hablar estrictamente de contradicción sino de “momento epifánico”; considera que se ha olvidado la influencia fundamental de los relatos de Joyce en las primeras obras de Carver, sobre todo en el relato “Pastoral”. Esta influencia se explicaría con la pervivencia de la “teoría de la epifanía”, propia de los relatos de Joyce. Según esta teoría cada relato encerraría un momento o una circunstancia epifánica a través de la cual el lector percibiría la realidad desde una luz nueva. Una tesis parecida es la que sostiene Kathleen Westfall Shute[7] cuando afirma que en los últimos relatos de Carver es posible encontrar una “estructura de salvación”, que estos sitúan al lector frente al misterio de lo esencial.
El problema fundamental consiste en determinar qué revelación existe detrás de ese momento epifánico o a qué se referiría Carver con lo esencial. Falta el contenido del misterio. En el relato a que antes hemos aludido “Diles a las mujeres que salimos” el momento epifánico podría ser aquel en el que Bill observa cómo su mejor amigo asesina a dos mujeres. Al lector se le aparece aquello —nuevamente con palabras de Baricco— como “un esbozo de una revelación inquietante sobre la realidad”, como una revelación hueca, una revelación ante la que el lector lo único que puede hacer es quedarse desconcertado. Parece más adecuada de Marilyne Robinson, otra de las estudiosas de Carver, quien ya a finales de los años 80, observaba e que: “el trasfondo narrativo de las obras de Carver queda típicamente apagado o plano. Los relatos tienen en común una especie de desconcierto, justificado en los mejores por el hecho de que su problemática es realmente misteriosa”[8].
Pero la tesis de estas páginas es que los relatos de Carver tienen el impacto que tienen porque transmiten una autenticidad de fondo: transmiten, en concreto, la propia incapacidad del autor por encontrar, en el orden de cada vida, un sentido, una razonabilidad. En el fondo de la mayor parte de su obra late el convencimiento de que el amor, la vida en pareja y la familia son el contexto necesario para el sentido de la vida por más que sea absolutamente incapaz de explicar por qué ni en qué medida se deben administrar. Es un misterio que le atormenta. Carver transmite la intuición –todos sus personajes, hasta los más desgraciados, buscan pareja, reconciliación familiar, etc. – de que no sabe cómo llevarlos a cabo ni cómo comprenderlos. Es por esto que, en el fondo, posiblemente sea el primer lector de Carver el que mejor comprenda cada uno de sus textos o, por decirlo de otro modo, la extrañeza que desasosiega al lector es, sin necesidad de hermenéuticas ni más explicaciones, el verdadero trasunto del relato.
Desde luego que en los escritos biográficos de Carver, en las entrevistas y en los testimonios de su mujer, la contradicción, el misterio, aparecen no tanto como una elección literaria o creativa, sino como el resultado de un tipo de existencia marcada por el absurdo. Él mismo escribía: “Para escribir una novela un escritor ha de vivir en un mundo sobre el cual pueda afinar la puntería, y a partir de él escribir con exactitud. Un mundo que, al menos en un determinado momento, vaya a permanecer en su sitio. Junto a ello, ha de darse una completa fe en la esencial corrección de ese mundo. Una creencia en que el mundo conocido tiene razones para existir, y vale la pena que se escriba sobre él, pues no se va a volver humo en el proceso. No era ese el caso con el mundo que conocía y donde vivía”[9]. Con estas palabras justificaba en uno de sus ensayos la ausencia de novelas en su producción artística, pero al mismo tiempo desvelaba una de sus fundamentales posiciones frente a la literatura: ésta es un reflejo de ciertas actitudes o circunstancias vitales y las suyas fueron verdaderamente difíciles.
Por eso, cuando años más tarde, sus circunstancias personales se tornaron más amables afirmaba en una entrevista: “Desde luego […] ahora mismo mi vida es muy distinta a como era antes, o al menos a mí me resulta mucho más comprensible. Antes me resultaba prácticamente imposible imaginarme siquiera tratando de escribir una novela en el estado de incomprensión, desesperación, lo digo en serio, en que me encontraba. […] Ahora, en esta segunda vida, en esta vida post-alcohólica, supongo que conservo cierto pesimismo, pero también tengo una creencia, y un amor por las cosas de este mundo. […] Puede que entonces [después de terminar el libro de poemas con el que estoy ahora] vuelva a la narrativa y me empeñe en un proyecto de mayor envergadura, en una novela o en una novela corta”[10].
Nunca Raymond Carver se molestó en ocultar que en cada uno de sus cuentos escribía, de alguna forma, sobre sí mismo: y ello influía desde en la elección del género[11] hasta en sus contenidos: “cualquier gran escritor –decía en una entrevista- o, simplemente, buen escritor, elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad”[12]. Esta característica estuvo presente desde el comienzo. Si, como se ha visto al principio de este trabajo, tardó más de veinte años en publicar un libro, a pesar de que el deseo de escribir estaba presente en él desde su infancia, se debe en gran medida a sus circunstancias personales: durante tiempo, dirá, apenas podía concentrarse en escribir más de una página con sentido. En gran medida, su muerte a los cincuenta años viene determinada por esos mismos desórdenes y excesos que le impidieron escribir.
La manera de plasmar esa propia especificidad en los relatos, la podemos entender en su justa medida a través del método de escritura de Carver. En un ensayo sobre el modo de escribir cuentos, una suerte de Poética de Carver, éste recoge un texto de Flannery O´Connor para mostrar cómo entiende él el proceso creativo: “Cuando comencé a escribir el cuento no sabía que Ph. D. acabaría con una pierna de madera. Una buena mañana me descubrí a mí misma haciendo la descripción de dos mujeres de las que sabía algo, y cuando acabé, vi que le había dado a una de ellas una hija con una pierna de madera. Recordé al vendedor de Biblias, pero no sabía qué hacer con él. No sabía que iba a robar la pierna de madera diez o doce líneas antes de que lo hiciera, pero en cuanto me topé con eso supe que era lo que tenía que pasar, que era inevitable”[13].
Eso mismo le sucedía a Carver con la redacción de uno de sus cuentos: “Durante días y más días, sin embargo, pensé mucho en esa frase: Él pasaba la aspiradora cuando sonó el teléfono. Sabía que la historia se encontraba allí, que de esas palabras brotaba su esencia. Sentí hasta los huesos que a partir de ese comienzo podría crecer, hacerse el cuento, si le dedicaba el tiempo necesario. Y encontré ese tiempo un buen día, a razón de doce o quince horas de trabajo. Después de la primera frase, de esa primera frase escrita una buena mañana, brotaron otras frases para completarla. Puedo decir que hice el relato como si escribiera un poema: una línea y otra debajo; y otra más. Maravillosamente pronto vi la historia y supe que era la mía, la única por la que había esperado ponerme a escribir”[14].
Carver entiende, pues, el proceso creativo como un acto en el que está presente un cierto automatismo y en el que escritor deja vislumbrar su propia especificidad. Especificidad que en este caso es la de un desorden vital y existencial durante muchos años. Desde esta perspectiva se advierte la radical profundidad de la aparente contradicción en los cuentos de Carver: hay en ellos un momento de misterio, el de una realidad que no se puede comprender, que le desconcierta, en la que suceden acontecimientos sin un por qué.
De los casi cincuenta cuentos que publicó, al menos treinta abordan de modo directo las relaciones de pareja de sus protagonistas y esas relaciones (la solución de un conflicto, una infidelidad, la llegada de un nuevo hijo) conforman el núcleo del cuento. De los restantes relatos, en más de la mitad, la relación amorosa entre dos personajes ocupa un lugar preeminente y en el resto, apenas cuatro o cinco, el objeto del cuento son otro tipo de relaciones, siempre en el seno de la familia: un hombre que queda en paro y no puede sostener a sus hijos, un marido que debe sostener económicamente a buena parte de la familia y se agobia, etc.
En la medida que la vida de pareja se hace presente de manera tan reiterativa en los cuentos, ésta será, como los propios cuentos, contradictoria y desconcertante. En efecto, la vida en común para Carver es un misterio. En sus relatos circulan un buen grupo de modelos de familias que se rompen y otras que se llegan a juntar. Las causas de esas fracturas (o de esas uniones) no son claras. Un matrimonio con una larga historia de infidelidades se rompe en un momento dado por una pequeña infidelidad; un marido que rompió su matrimonio a causa de una infidelidad, todavía, años después, se pregunta por qué fue infiel y no encuentra respuesta. En unas parejas la violencia está a la orden del día pero permanecen unidas y otras más pacíficas se rompen. El hastío produce que una mujer abandone a su marido y, sin embargo, otro matrimonio permanece unido gracias a que descansan en el hastío de la vida común. Basta que un relato parezca plantear una tesis sobre la vida de pareja para que el siguiente lo contradiga en términos tajantes. Los cuentos eluden modelos de interpretación claros: “Una vez más, sus narraciones ofrecen modelos, parábolas que parecen estar cargadas de sugerencias pero que eluden los poderes de interpretación de aquéllos que les reconocen significado”[15].
Sin embargo, y esto constituye la tesis de este trabajo, a través de los relatos sí que es posible encontrar un mínimo elemento de unión entre todas las parejas que aparecen: el matrimonio, la vida de pareja, es un vínculo necesario para los personajes. El cupo mayor o menor de felicidad a que aspiran los protagonistas de los cuentos se cumple dentro de una relación de pareja. Los personajes se separan y recuerdan que alguna vez fueron felices con su pareja y, de alguna manera, queda claro que volverán a buscar la felicidad en otra nueva relación. A pesar de que los personajes se muestren desorientados acerca de qué es un matrimonio, cuáles son sus vínculos, etc. Carver sí que parece transmitir esa creencia mínima en que, a pesar de todo, la vida en pareja ayuda a encontrar algo de felicidad. Si más arriba recogíamos una cita de Carver en la que sostenía que para escribir era necesario tener una mínima esperanza en este mundo, una parte de esa creencia mínima —que evita la desesperación— es la de que la vida en común, la vida en el matrimonio, es un vínculo misterioso, pero necesario.
[1]Gardner, John (2001), Para ser novelista, (prólogo de Raymond Carver). Madrid: Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, p. 13.
[2]Gordon Lish y Raymond Carver se conocieron en Palo Alto (California), años antes de que Lish se convirtiera en editor. La relación entre ambos aún no ha sido lo suficientemente estudiada. Sí que conocemos que el primer libro de Carver fue reducido, al menos en un 40%, por Lish y que éste cambió más del 80% de los finales de los cuentos. Un artículo que ilustra bien esta influencia es el publicado por D. T. Max: The Carver Chronicles. The New York Times, Magazine, 9 de Agosto de 1998.
[3]Where I´m Calling From (Atlantic Monthly Press, Nueva York, 1988) es una antología de Raymond Carver en la que, bajo el epígrafe New Stories, aparecieron 7 cuentos que aún no habían sido publicados. Estos cuentos se publicaron como libro unitario en Inglaterra con el título Elephant And Other Stories (Collins Harvill, Londres, 1988) y en España como Tres rosas amarillas (Anagrama, Barcelona, 1989).
[4]De qué hablamos cuando hablamos de amor. (Traducción de Jesús Zulaika). Barcelona: Editorial Anagrama, p. 43 Para las citas de los cuentos se ha usado la traducción de Anagrama (Barcelona). Tres rosas amarillas (noviembre de 2003, traducción de Jesús Zulaika), De qué hablamos cuando hablamos de amor (agosto de 1987, traducción de Jesús Zulaika), Catedral (marzo de 2001, traducción de Benito Gómez Ibáñez), Si me necesitas, llámame (mayo de 2001, traducción de Benito Gómez Ibáñez).
[5]Baricco, Alessandro (29 de agosto de 1999).El hombre que reescribía a Carver, La Repubblica: 45.
[6]Campbell, Ewing (1992). Raymond Carver a sytudy of the short fiction. New York: Twayne Publishers, p. 5.
[7]Westfall, Katleen (1987). Finding the Words: The struggle for salvation in the Fiction of Raymond Carver.Hollins critic5: 1-9.
[8]Robinson, Marilyne (diciembre de 1989). El matrimonio y otros vínculos sorprendentes. Quimera 95, p.36.
[9]Carver, Raymond (1997).La vida de mi padre. Colombia: Editorial Norma, p- 71.
[10]Mccafery, Larry et al (noviembre de 1987). En esta vida post-alcohólica. Quimera 70-71, p. 52.
[11]“Allá por la mitad de los sesenta empecé a notar los muchos problemas de concentración que me asaltaban ante los obras narrativas voluminosas. Durante un tiempo experimenté idéntica dificultad para leer tales obras como para escribirlas. Mi atención se despistaba; y decidí que no me hallaba en disposición de acometer la redacción de una novela”. (Carver, Raymond (1987a). Escribiendo. Quimera 70-71, p. 48).
[12]Mccafery, Larry et al (noviembre de 1987). En esta vida post-alcohólica. Quimera 70-71, p. 48-49.
[13]Mccafery, Larry et al (noviembre de 1987). En esta vida post-alcohólica. Quimera 70-71, p. 51.
[14]Mccafery, Larry et al (noviembre de 1987). En esta vida post-alcohólica. Quimera 70-71, p. 51.
[15]Robinson, Marilyne (diciembre de 1989). El matrimonio y otros vínculos sorprendentes. Quimera95, p. 38.
Hacia los mismos años en que el nacionalismo catalán se convierte en un movimiento político con aparato ideológico y con capacidad para movilizar una base social —y eso ocurre entre finales de los años ochenta del siglo XIX y principios del XX—, el Quijote, tras superar a Calderón, se alza definitivamente con el primer puesto entre los clásicos nacionales de la literatura castellana, a la vez que se convierte también en uno de los más importantes iconos, sino el más importante, de la nación española. En deuda especialmente con las interpretaciones románticas, la obra de Cervantes arrastra una pesada rémora de adherencias extraliterarias, una paradoja descomunal para la obra más metaliteraria de la literatura. El proceso de ideologización de raíz casticista que afectó también a otros clásicos del Siglo de Oro, se empieza a manifestar con fuerza en el periodo inicial de la hoy llamada ya casi unánimemente Edad de Plata de la cultura española. Es por entonces cuando el Quijote, antes sólo pasto de las disquisiciones de expertos o seudoexpertos de muy diverso pelaje (pienso en los Benjumea de turno), se convierte en un vademécum, en la piedra de toque para la interpretación de España. Las esencias del alma nacional que los románticos habían visto en las grandes obras literarias se avenían perfectamente con la lectura que de los clásicos hacían los defensores del casticismo. Para ellos, Calderón, Cervantes o los místicos servían además de freno a las corrientes disolventes del pensamiento foráneo, un aspecto que molestaba a los jóvenes escritores —la gente nueva—, que irrumpe en la vida literaria a finales de los noventa del siglo XIX y que, de acuerdo con la tradición liberal y la moda europea, prefieren a los primitivos medievales. Los autores del Siglo de Oro, aquellos terribles antipáticos, según los vitupera Martínez Ruiz en la Voluntad antes de convertirse en Azorín, les huelen a rancio y a humo de braseros inquisitoriales. Sin embargo tanto la gente vieja —Valera, Galdós, Clarín, los escritores y académicos ya consagrados— como la gente nueva —Azorín, Maeztu, Baroja— consideran que la literatura constituye un elemento esencial de la vida de una nación, que tiene en sus clásicos unos puntos de referencia decisivos.
Pese a las voces discordantes de los jóvenes escritores que habrán de ir acallándose a partir sobre todo del tercer centenario de la primera edición del Quijote, Cervantes será erigido primer clásico nacional con el consenso de la autoridad académica y del público, aunque quizá fueran minoría quienes lo habían leído. En el Quijote se buscarán las claves del pasado y hasta del futuro de la nación. Libro de los libros, Biblia profana, le llamó Clarín, no en balde, puesto que no sólo era el texto sagrado que los sacerdotes hermeneutas se encargaban de interpretar, como no se cansaba de repetir Unamuno secundado a ratos por Azorín y advertía asimismo Maeztu, sino que en su interior se acrisolaba el alma nacional. No eran pocos los que creían que la esencia y la existencia de los españoles se resumían en el caballero, mucho más que en el escudero, dicho sea de paso. También, el Quijote transformado en bola mágica, servía para encarar el porvenir.
A finales de siglo XIX conservadores y liberales, todos, coincidían que el texto cervantino constituía una aportación universal incontestable que las naciones extranjeras nos reconocían y envidiaban, mientras nuestra escuadra rumbo a las Antillas no encontrara puerto donde quisieran aprovisionarnos de carbón. Basta asomarse a la prensa en los años de la guerra de Cuba para observar hasta qué punto el libro de Cervantes funciona como una especie de fetiche. Cuantos colaboran en los periódicos, gacetilleros, políticos e intelectuales lo tienen en la punta de la pluma.
Don Juan Valera asegura el fatídico agosto de 1898 —parafraseando la afirmación de Carlyle que preferiría que Inglaterra se quedara sin su imperio colonial antes que sin Shakespeare— que la inmortalidad de Cervantes compensaba de los desastres de Santiago de Cuba y Cavite. Con idéntica referencia había empezado Unamuno su artículo «Muera don Quijote», publicado sólo unos días antes que el de Valera y que tanta polémica hubo de provocar. Entusiasmó a los catalanistas de Lo Somatent de Reus que lo reprodujeron traducido, soliviantó a Urales que desde El Progreso polemizó con Unamuno y molestó al paladín de don Quijote, Navarro Ledésma, que en la Revista Moderna defendió la figura heroica de un don Quijote nietzcheniano:
Ahora hablan mal por aquí de don Quijote, maldicen a don Quijote; don Quijote es lo único bueno que había en España. Porque el espíritu de don Quijote no perdura en el alma nacional, hemos perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Don Quijote es la justicia, es la práctica denodada de la justicia; lo que los modernos llaman superhombre sería don Quijote si tuviera representación moral.
Galdós, por su lado, tan sólo tres meses después de la derrota, relacionó el Quijote con la pérdida del imperio con estas palabras:
Este libro constituye nuestros más excelentes dominios; allí sí, podemos decirlo sin temor de que el tiempo nos desmienta sobre ese hidalgo avellanado y antojadizo, sobre ese escudero socarrón, natural filósofo y pancista supino, sobre don Quijote y Sancho Panza, sí, bien lo podemos decir: sobre estos dominios no se pone ni se pondrá nunca el sol.
A estas alturas, en estos tiempos de posmodernidad en los que vivimos, la sola comparación entre Shakespeare y el imperio británico o entre Cervantes y las tierras españolas donde nunca se ponía el sol se nos antoja pasto de polillas. Además ni Shakespeare ni Cervantes representan gran cosa en nuestra época, en la que —ya lo afirmó Auden— el poeta no tiene sitio en la ciudad. En cambio, en la época finisecular decimonónica, a consecuencia de la larga sombra romántica, Shakespeare y Cervantes fueron considerados emblemas nacionales. Eso explica que el Quijote fuera leído, en efecto, como una especie de Biblia española, quizá mejor, como el Libro de Job, en el que cabía buscar consuelo colectivo para la recuperación de unas señas de identidad que después de 1898, inmerso el país en una etapa de humillación y derrota, tenían que servir para afianzar el idealismo, el honor —al que no en vano se refería el almirante Cervera al dar cuenta del hundimiento de la escuadra— y la caballerosidad de los españoles, frente a los yanquis, «ces marchants de cochons», como Anatole France hubo de denominarles en L’anneau d’amethystes.
Si he traído a colación todas esas referencias quijotescas, ha sido para observar ahora que, tanto en su conjunto como por separado, entrarían en conflicto con el nacionalismo catalán que, como ya he señalado, va consolidándose por los mismos años en que el Quijote, como gran clásico nacional castellano, carga sobre sus espaldas con tan pesado equipaje.
En los años noventa del siglo XIX los catalanistas comienzan a referirse a Cataluña y no a España como su nación. La obra de Narcís Roca y Farreras ofrece las primeras formulaciones. La Assamblea de la Unió Catalanista que tuvo lugar en Balaguer en 1894 substituye el concepto de nación española por el de Estado español, aspecto aún hoy vigente entre los catalanistas. De ahí que Cervantes, el gran clásico castellano, dejaría de ser considerado un clásico nacional, puesto que Cataluña se constituía como otra nación. Además el Quijote no había sido escrito en lengua catalana y aunque don Quijote pasara unos días en Barcelona, donde sería muy bien acogido por don Antonio Moreno —tanto que desde entonces se había quedado aquí a mesa y mantel, argumentaban desde su contracubierta los catalanistas de la revista Cu-Cut—, el siglo XVII no fue para Cataluña una época gloriosa sino de decadencia. Quiero significar con eso que las bases en que se cimentaba el nacionalismo tenían que ver con una serie de ingredientes entre los que destacaban, además de un territorio común, la lengua, la historia, la raza y una comunidad de derechos y costumbres.
La lengua catalana era para los nacionalistas un factor aglutinante fundamental, debilitada y empobrecida frente al castellano, lengua del poder y del prestigio; había, pues, que fortalecerla con el uso cotidiano pero también había que luchar para conseguir su oficialidad en el territorio catalán. Por tanto, cuanto menos se utilizara el castellano, mejor. En consecuencia el libro canónico, el clásico por antonomasia, el modelo lingüístico que los académicos habían entronizado en España, como referente de la lengua castellana carecía en Cataluña de significación. Si no servía de modelo lingüístico tampoco era aprovechable desde el punto de vista histórico. No era la Cataluña de principios del XVII, la de las banderías mafiosas dels bandedjats, nyerros y cadells la que el nacionalismo trataba de recuperar, sino la medievalizante, la de la época mítica en que los peces del mediterráneo llevaban estampada en sus lomos la cutribarrada señera de Guifreu conquistaba Atenas y Neopatria con sus bravos almogávares… Además, si bien es cierto que en la partida de Roque Guinart se habla catalán, un tanto sui géneris, por cierto, («frade» no es palabra catalana, sí la otra transcrita, «lladre»), no lo es menos que en la imprenta visitada por don Quijote, no encontramos ningún libro en lengua catalana y no es suficiente que Cervantes abogue por las lenguas vernáculas ni que salve de la quema el Tirant lo blanch.
En relación a la raza, no deja de resultar curioso que Valentí Almirall, que pasa por ser el político más importante del resurgimiento nacionalista, dedique diversas páginas de su libro Lo catalanisme, do en 1886, a tratar del carácter castellano encarnado precisamente en el Quijote, donde puntualiza que:
Un dels grans mérits de la celebrada concepció de Cervantes és haver encarnat en son hèroe lo tipo genuinament castellá. Es desinteressat, generós, amic de les bones formes i mirall de cortesía1.
Unos piropos que en seguida contrastará de modo irónico:
Anima inmensa Almirall considera que la intransigencia quijotesca, su jactancia, su orgullo son características de los castellanos que sin duda el manchego representa como ninguna otra figura literaria. De ese texto fundacional del catalanismo parten, me parece, los tópicos antiquijotescos difundidos por los nacionalistas. Así, para algunos ser un «Quixot o ferel Quixot» no implicaba luchar por un ideal o actuar de una manera altruista. Por el contrario, significaba ser un loco, un ególatra enfermo de vanidad. La exaltada imaginación del hidalgo, su falta de sentido de la realidad y su capacidad de transformarla en aras de su quimera utópica, eran aspectos que los nacionalistas rechazaban, en especial, tras comprobar cómo la ausencia de realismo y las quiméricas utopías se ponían de manifiesto en muchos ámbitos de la vida española a raíz de la guerra de Cuba.
Pero no es sólo Almirall quien utiliza a don Quijote como prototipo de la raza castellana. El lugar común se extiende al Prat de la Riba de los textos juveniles y más concretamente al del panfleto publicado en francés La question catalane (1898), donde opone el pueblo castellano al catalán y señala que uno «está lligat al corrent industrial dels pobles modems i l’ altra nodrit dels prejudicis de l’ hidalgo carregat de deutes i inflat d’ orgull»3, y los considera antagónicos por raza, temperamento y carácter.
Pompeu Gener, igualmente nacionalista, aunque de mucha menor importancia en comparación con Almirall o Prat, conocido en las letras castellanas por su polémica con Clarín y seguidor de Taine, dedica múltiples textos al Quijote, en catalán y en castellano. Influido por el darwinismo, que defiende la existencia de razas superiores, y a la vez por Nietszche, se refiere a la raza castellana, que don Quijote simboliza, no siempre desde la misma perspectiva. Quiero notar, de pasada, que la palabra «raza», que tanto nos repugna ahora, aparece ecuentemente en los autores finiseculares.
Entre los textos sobre el Quijote de Gener, me interesa destacar el titulado «Don Quijote y Sancho Panza com a tipus simbòlics espanyols i com a tipus simbòlics humans», aparecido en la revista Joventut en 1901.
Anima inmensa y de potencia absorbent com la rassa simbolisada, ella concentra en si totes las palpitacions de la vida social d’ un poblé esdevingut conquistador á força d’ haver estat conquistat. Temerari fins la ruhina, absolutista fins á la irracionalitat, sec y dur, pero valent y magnanim, s’ ha extés per tots els ámbits del món com la Rassa Castellana qu’ ell simbolisa. Per aixó’ l llibre s’ intitulá ab raó Don Quijote de la Mancha. Aquell héroe manchego no té res que veure ab el Català, ab el Viscaí, ni ab el Gallego, originaris d’ altres rassas4.
Gener concluye que urfa característica dominante de don Quijote es «Matar, perseguir, aqueix es l’imperatiu de la seva ánima, composta de Wotan germánich y d’Almanzor serrahí»5.
Pero a pesar de eso, el alma de don Quijote es heroica, grande, generosa y batalladora, conserva el espíritu combativo medieval, pero ignora las formas de desarrollo aportadas por la Europa del Renacimiento.
También en Herejías (1887), incluido y ampliado luego en Cosas de España (1903), Gener identifica nación con raza e incluso llega a escribir:
Lo que aquí priva [refiriéndose a España] son las degeneraciones de esos elementos inferiores importados del Asia y del África. Ellos son los que predominan, ellos los indispensables para ocupar los puestos elevados, para formar parte de una aristocracia política y literaria que las más de las veces sólo lo es de la inferioridad.
Después, aludiendo a los catalanes, añade:
Nosotros, que somos arioindos de origen y de corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales elementos de razas inferiores, ni las de sus tendencias y por tanto tenemos un orgullo de disentir de ellos, en diferenciarnos de tales mayorías, en ser heresiarcas ante una tal ortodoxia, aun a riesgo de que se nos tache de malos patriotas, pues entendemos la patria en el sentido en que la entendieron Homero, Esquilo y Aristófanes, es decir en el sentido de raza y de cultura superior.
Basten estos ejemplos, que podrían multiplicarse, en relación con la raza. Por lo que respecta a la comunidad de derechos y costumbres, una lectura atenta del Quijote, en clave catalanista, hubiera podido ofrecer, quizá, algunos aspectos pertinentes, no por las referencias al bandolerismo, que los anticatalanes también esgrimieron: «En cuanto uno llega a Cataluña aparecen los salteadores y le dejan sin blanca», sino por lo que representaba la actitud de don Antonio Moreno, el burlador discreto, el cortés anfitrión de don Quijote, lector no sólo de la verdadera historia del hidalgo sino también —creo yo— de la apócrifa de Avellaneda. De las virtudes de Moreno sólo algunos nacionalistas inteligentes como Pijoan, el institucionalista, amigo de Giner de los Ríos, dan cuenta. A raíz de la lectura de ese otro libro inclasificable, a mi entender, que es la Vida de don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno, Pijoan opone la figura de don Antonio Moreno a don Quijote. Frente al individualismo quijotesco, al egocentrismo unamuniano, contrapone los intereses colectivos, el espíritu moderno, emprendedor de los catalanes. Confronta el ruralismo y la cerrazón, la industrialización y la apertura, que pretende también contagiar a España, catalanizándola.
Por si todo esto no bastara, está muy claro que Almirall y Prat de la Riba, los dos referentes fundacionales del movimiento catalanista, creían a pies juntillas, y en eso no se diferenciaban de muchos otros intérpretes castellanos del Quijote, que Herder tenía razón, que es el alma histórica de los pueblos la que inspira su manera de ser y que esta manera de ser se acrisola en sus clásicos nacionales. Diferían sólo en que los catalanes no podían encontrar en el libro cervantino su idiosincrasia. Al contrario, en su proyecto de descastellanizar Cataluña, el Quijote era un obstáculo.
En consecuencia, desde Cataluña, en clave nacionalista, se hacía una lectura distinta del Quijote e incluso algunos intelectuales de prestigio, como el socialista-nacionalista Gabriel Alomar, también el año de la pérdida de Cuba, traía a colación las referencias del radical Franquesa i Gomis para considerar que los verdaderamente quijotescos eran nada menos que los yanquis, auténticos libertadores de los cubanos (sic). También el primer número de la revista La Nació Catalana, aparecido en 1898, insertaba con letras de titular este anuncio: «Espanya agonitzant. Descredit vergonyós del quixotisme i de la patriotería. Triomf del catalanisme».
La retórica imperialista que las alusiones «a los dominios donde no se ponía el sol» ponía de manifiesto sería ampliamente ridiculizada por parte de la prensa satírica catalana, con referencias negativas a «la armoniosa», remedo a mi modo de ver de «la Tolosa», la moza del partido de la venta que le ciñe la espada a don Quijote, con el que se apunta al blanco de la lengua castellana, la armoniosa lengua de Cervantes, como la llamaban políticos y periodistas, que el decreto ministerial de Romanones de 1902 imponía en Cataluña como obligatoria para la enseñanza del catecismo.
La prensa nacionalista más radical hace constante befa de la ampulosidad de los discursos patrioteros, de esa retórica vacua que suena a calderilla —en coincidencia, por cierto, con la opinión de la gente nueva, en especial, con Martínez Ruiz— y siguiendo las directrices nacionalistas de la búsqueda de la esencialidad, del rechazo de los oropeles, de la quincallería que, a su entender, el castellano mostraba por arrobas.
Llama la atención la enorme cantidad de referencias quijotescas con las, que en la prensa catalana, que en 1905 se ocupa del tercer centenario de manera unánime, se sigue aludiendo a la pérdida de las colonias, que, para Cataluña significaba, además, la posibilidad de quedarse sin mercados. Tal como recuerda Raymond Carr, el desastre del 98 le dio al catalanismo una oportunidad de oro permitiendo que se convirtiera en una fuerza regeneradora, frente a un Estado español agónico y vencido:
El catalanismo contaba ya con una organización y con una doctrina. El desastre del 9 8 le dio su primera oportunidad de conquistar una audiencia masiva de las clases medias. La imagen de un estado castellano moribundo que, tras obligar a su juventud a hacer el servicio militar, había perdido para Cataluña su mejor mercado, permitió que el catalanismo se convirtiera en una de las fuerzas generales de la regeneración y en una fuerza electoral eficaz.
El historiador catalán Josep Benet, por su lado, alude a que la impronta del desastre fue también distinta en Cataluña:
Per bé que durant les guerres colonials molta gent catalana s’havia deixat dur per l’onada d’un patrioterisme espanyol retòric, després, davant del desastre, la reacció fou immediata i vigorosa, combativa i esperançada, i, alhora, constructiva6.
Una reacción que pone en entredicho la cultura castellana y, en especial, sus mitos entre los que destacaba, claro está, el Quijote aunque su creador, Cervantes, fuera extraordinariamente bien considerado incluso entre los más radicales. «Cervantes hagués fet bona amistat ab nosaltres si hagués tornat ara»7, escribe, por ejemplo, Pep de la Tralla, en el intransigente semanario catalanista del mismo nombre.
Frente a los intelectuales finiseculares castellanos que suelen preferir don Quijote a Cervantes —y el paladín de esa preferencia es Unamuno—, los catalanes abogan por el autor. Antoni Careta y Vidal, por ejemplo, en un artículo de título sintomático «El nostra amich Cervantes», publicado en La Veu de Catalunya, le considera regionalista, ya que sentía un gran respeto por los idiomas, y cita el párrafo del capítulo XVI, de la segunda parte del Quijote, en la que el hidalgo defiende el uso de las lenguas vernácula, y añade:
Que la llengua es la fe de vida més eloqüent d’una rassa, ho saben tots els pobles que s’estiman y tots els déspotas que voldríen anorrear tota parla que no sía la que a n’ ells els convé mantenir. El pobre manchol de Lepant rés de aixó ignorava8.
Para concluir:
És que Cervantes era el castellá menys castellá de sos contemporanis amb tot y ésser el més veritable espanyol. ¡Ay! Si la majoria de sos paisans haguessen tingut el talent y la noblesa que ell tenia, no s’haurien vist l’alfament y la separació de Portugal y Catalunya en 16409.
El afecto que muestra Cervantes por los catalanes, según recuerda Careta, no sólo en el Quijote sino también en El Persiles y En las doslias y hasta los colores simpáticos con que pinta la figura de Roque Guinart, importa menos a los nacionalistas que la defensa de lenguas vernáculas y el derecho de cada cual a expresarse en la lengua que mamó de su madre, una reivindicación presente en todos desde Almirall a Prat de la Riba, pasando por aquellos autores como Rubio i Ors que sólo hacen bandera del nacionalismo literario. El agradecimientoque los catalanes sienten por Cervantes va a ser esgrimido por cuantos consideran que Barcelona debe contribuir a festejar el tercer centenario, como harán el ya aludido Careta y Vidal, Miguel deis Sants Oliver o Ramón Miquel y Planas. Tres personalidades de la cultura catalana que reivindican la participación catalana en las conmemoraciones de 1905, justificándose, no obstante, ante quienes la ponen en entredicho. Una justificación sintomática del clima social que se vive entonces, pero también de que nadie se siente indiferente ante un libro como el Quijote, que tanto tiene que ver con Cataluña y más concretamente con Barcelona.
Situar fuera de ese contexto la controvertida recepción de la obra cervantina en el tercer centenario impediría entenderla de manera cabal. Me parece necesario aludir a que, en el fin de siglo, el debate Cataluña-España está en auge; igual que está en auge el análisis de los aspectos en los que se basa la nacionalidad catalana que, para manifestarse y consolidarse, tiene que hacerlo de espaldas a España. O así lo entiende, entre otros, Cacho Viu en su ensayo El nacionalismo catalán como factor de modernización:
El rechazo de la influencia del castellano, indispensable para que la lengua recuperase su propia fisonomía se extrapoló a otros campos, hasta convertirse en el principio axiomático: la modernización de Cataluña pasaba, tácticamente, por la ruptura con el centralismo cultural de Madrid, que nunca sería capaz de incorporarse a ese proceso.
Así las cosas, no puede sorprendernos que la polémica sobre la celebración catalana del centenario fuera muy controvertida. Para quienes contraponían la raza castellana dominadora pero inferior, simbolizada en don Quijote, frente a la catalana sometida pero superior, poco habría que celebrar. Además no hay que olvidar que la propuesta de conmemoración del tercer centenario había partido de Mariano de Cavia, un periodista mal visto por los nacionalistas desde que, en 1896, arremetiera contra el mosén del Bruch, Ángel Garriga, llamándole «orate, energúmeno, ingerto de mambí y mestizo de igorrote, troglodita», etc., porque se había atrevido a predicar en catalán delante de Castelar. Asimismo, Cavia difundía su proyecto desde Madrid, cuando la crítica a la capital del Estado era lugar común entre los catalanistas. Desde que Balmes escribiera que Madrid era sólo una «conquista en el desierto», las descalificaciones fueron en aumento. «Corrompida cloaca y hasta corrompida Sodoma», la denomina, en la década de los treinta del ochocientos, un anónimo articulista de El Nuevo Vapor. En la etapa finisecular las cosas no habían cambiado; la ciudad de Madrid no era una referencia grata para la vida cultural barcelonesa de entonces, que miraba, hacia el norte, hacia otras capitales europeas más modernas, como París, de donde venía la luz, o hacia Londres, con parecidos intereses industriales a los de Barcelona. Prat de la Riba, en el mismo texto que he citado antes, aseguraba que a cualquier viajero llegado del extranjero Barcelona no le parecerá sino una capital importante del Midi francés. Durante su primer viaje, en 1899 Rubén Darío, a quien no podemos considerar catalanista, observó igualmente una gran diferencia entre la vida cultural de Madrid, que consideró un poblacho destartalado, y una Barcelona dinámica. A todos esos inconvenientes habría que añadir, me parece, que los nacionalistas consideraban que era la España oficial, centralista y uniformizante que sólo aceptaba la hegemonía de la lengua castellana, la que tomaba bajo su tutela la organización de los fastos del centenario.
Con un artículo de lema sintomático «Post tenebram spero luces», Cavia, en 1903 desde El lmparcial, marcaba las pautas para una celebración ideal y pedía literalmente que se tirara la casa por la ventana para organizar:
La más luminosa y espléndida fiesta que jamás ha celebrado pueblo alguno en honor de la mejor gloria de su raza, de su habla y de su alma nacional que suponga el resurgimiento español y la reanimación espiritual de esta tierra […]. Una fiesta de familia para todos los pueblos latinos, una fiesta fraternal para todos los hombres que comulgan en el noble y laborioso culto de sentir hondo, pensar alto y hablar claro. La fiesta nunca celebrada de la ideal Quimera y la tragicómica Realidad, hecha carne entre carcajadas y dolores, entre ansias generosas y vulgares desengaños.
Cavia, a la vista está, con un lenguaje bastante campanudo, se nutría de tópicos al uso, de despojos románticos, derivados del Volkgeist herderiano que penetró en España a través de Schlegel con gran fortuna, pasados por las consabidas alusiones a Taine y ciertas dosis de regeneracionismo. Todo ello, en consonancia con la época, nada original, por supuesto, para acabar proponiendo que el centenario se tome como una cuestión de Estado y puesto que se trata de un asunto nacional, intervenga tanto la España oficial c o m o el pueblo. Las sugerencias de Cavia son variadas y folclóricas, incluyen torneos, bailes de disfraces quijotescos, banquetes donde sólo se sirviesen platos mencionados en el libro, comidas de beneficencia, cabalgatas, verbenas, así como la erección de monumentos a Cervantes en Barcelona, Toledo, Sevilla y París, y la creación de un instituto benéfico para intelectuales viejos.
La propuesta de Cavia, una mezcla de intento de obertura o, quizá mejor, de futura primera piedra para la construcción de un parque temático quijotesco —habría hecho las delicias de aquel obseso cervantino que fue otro Mariano, me refiero a Pardo de Figueroa, Droap o Dr. Thebussen, entre cuyos proyectos figuraba también la construcción de una Colonia Cervantes, con reproducción incluida de la Insula Barataría— era, en parte, deudora del homenaje a Calderón de 1881. La prensa la recogió con unanimidad y fue tomada muy en serio. Contó con el apoyo oficial y, en especial, con el de la gente vieja. Por el contrario, la gente nueva, los jóvenes se mostraron reticentes. Quizá mejor que una fiesta sería la celebración de unos funerales, con aventamiento de cenizas incluido, como había pedido, ya en 1899, el ingeniero vasco Pablo Alzóla. Una opción en sintonía con el joven Martínez Ruiz, seguidor, por cierto, en sus comienzos del republicano federalista catalán Pi y Margall y que por entonces, 1904, asegura en Somos iconoclastas:
Los jóvenes del día no han leído a Calderón, a Lope, a Moreto (o al menos si los han leído no volverán a leerlos, lo juramos) y no son pocos los que sienten un íntimo desvío hacia Cervantes.
Aunque a partir de 1905, convertido ya en Azorín, cambiará de opinión. No sólo acabará por dedicarse al ferviente apostolado de los clásicos castellanos, comenzando por Cervantes, sino que, como bien apunta Marichal en un sugerente ensayo, hará de la literatura española su patria.
Por su parte, Ramiro de Maeztu contesta directamente a Cavia en un artículo aparecido en Alma Española en el que coincidiendo con un texto anterior, «El libro de los viejos» (La Correspondencia de España, 12 de mayo de 1901), señala que el Quijote no sirve para el sursum corda nacional. Al contrario, opina que es el libro de los cansados, de los viejos, de los decadentes, y propone guardarlo para las fiestas íntimas.
Desde Barcelona, Miguel deis Sants Oliver se hace eco de las propuestas de Cavia de inmediato. Su artículo es el más inteligente y sugestivo de los que aparecen en la prensa catalana a raíz del futuro centenario. Haciendo suyo el libro de Cervantes y demostrando hasta qué punto le es grato, da, a mi juicio, por un lado, una lección de sentido común y, por otro, confirma que su lectura del Quijote es capaz de sobreponerse al lastre ideológico casticista. Con talante inteligente y liberal, acaba su artículo proponiendo que los catalanes se sumen a la celebración. Oliver no quiere olvidar —cosa que sí hacen Almirall o Prat de la Riba— que Cervantes cuenta por aquella época en Barcelona con una serie de adictos cervantistas que el centenario de 1905 contribuirá a multiplicar:
Rahóns elementals de civilisació y de política aconsellan a la nova Catalunya que prengui sa part en el centenari del Quijote. Si en determinadas ocasions cal retreure’ls agravis y ferlos valer, la justicia y la gratitut han d’essers més fortas y visiblas quan es tracta d’aquellas personalitats altíssimas que suposen una desviació del temperament dominant y un esperit d’amplitut y de llarguesa capás de produir, si prosperés qualque dia, la veritable y íntima comunió dels pobles ibérics10.
El periodista mallorquín coincide en la referencia a la comunión de los pueblos ibéricos en el deseo —a menudo expresado por Maragall— de «L’Espanya gran, l’Espanya plural del futur». No olvidemos que el federalismo peninsular es un referente de buena parte de los nacionalistas desde el final del siglo XIX. Gabriel Alomar, por ejemplo, concebirá Cataluña «como el soñado Piamonte español».
Oliver concluye con un deseo que va más allá de la celebración cervantina, un deseo que coincide otra vez con el de una nueva España acogedora de todos sus hijos, también de aquellos que interpretan a Cervantes desde la periferia y que hablan en lengua no castellana del Quijote:
Hi há que fer veure «nostre Cervantes» y ab ell la nova Espanya, l’Espanya que voldríam, la que há de náixer y surgir de bell nou, si és que no s’empenyen el tenorisme y la impenitencia en que s’extenui y’s mori, sempre més, sempre més11.
El pretexto del centenario le sirve para identificarse con la idea regeneracionista de una nueva España, distanciándose de lo que supone la España vieja —como haría después Ortega— identificada con el tenorismo o, lo que es lo mismo, con la España del subdesarrollo, del caciquismo, la de charanga y pandereta, por decirlo a la manera de Machado.
Las ideas de Oliver triunfan en 1905, frente a quienes consideran que Cataluña no debe celebrar el centenario, como los nacionalistas radicales Manuel Folch y Torres o Ramón Sempau, puesto que todas las publicaciones incluso aquellas que combaten la conmemoración, como El Cucut o La Tralla le dedican números extraordinarios, algunos de una gran belleza.
Miquel deis Sants Oliver fue una figura de inusual relieve, hoy olvidada. Sus planteamientos de «hay que hacer nuestro a Cervantes» no parecen próximos a los de los políticos de Convergencia i Unió ni del que fue su líder Jordi Pujol. El ex presidente la Generalitat de Cataluña aseguró en la presentación pública de la edición del Quijote patrocinada por el Instituto Cervantes, en abril de 1998, que siente a Cervantes tan cercano como Goethe. En cambio, el director de la edición Francisco Rico, en ese mismo acto, aseguró que «El Quijote es y ha sido desde el siglo XVII el libro preferido de Cataluña, […] poco menos que el libro nacional de Cataluña».
Está claro que Pujol utilizaba un argumento básicamente lingüístico: el Quijote no es un libro escrito en catalán, como tampoco lo es el Fausto, pongamos por caso, pero a ese argumento se superpone el que identifica, todavía boy, al libro cervantino con el espíritu nacional castellano. Rico, por el contrario, en la misma línea que Oliver, ofrecía diversos datos para documentar que, desde Cataluña, y desde el siglo XVII hasta ahora, han surgido una serie de ediciones del Quijote. Ya mucho antes, en 1905, Ramón Miquel i Planas se refería a las numerosas aportaciones catalanas, iniciadas en 1617 cuando el librero Rafael Vives imprime a la vez la primera y la segunda parte, señalaba la catalanidad del facsímil de la edición princens, y hacía hincapié en que Leopold Rius, autor de la primera bibliografía crítica de las obras de Cervantes, Bonsons, el mejor coleccionista cervantino del siglo XIX, o Givanel, entre una larga lista de eruditos o estudiosos cuyas obras documenta pormenorizadamente, eran catalanes.
En 1905 el agradecimiento a Cervantes por haber incluido a Barcelona en el itinerario quijotesco se impone y el mérito de la obra prima por encima de consideraciones extraliterarias, aunque en algún momento las salidas de tono de uno u otro lado arrecien. «Quédense los castellanos con su Quijote y buen provecho les haga», escribe Folch i Torres. «Más vale un Quijote que todas las manufacturas de algodón de esos catalanes», espeta un periodista de Madrid, de cuyo nombre no quiere acordarse ni siquiera quien le replica, Ramón Miquel i Planas.
Esa indiscutible contribución catalana, que continúa a lo largo del siglo XX y llega al XXI, con Martín de Riquer, el más importante cervantista español, a la cabeza, prueba que han sido muchos los catalanes que han considerado a Cervantes como suyo, quizá porque la mayoría trataron de dejar a un lado las interpretaciones banales o sesgadas, casticistas o nacionalistas y se atuvieron a un texto de una calidad incuestionable, seducidos, por si fuera poco, por el personaje más importante de la novela occidental, por quien Barcelona se convierte en ciudad literaria y alcanza, a partir del siglo XVII, una fama y un renombre más universal que los que las Olimpiadas o el Fórum de las Culturas hayan podido darle.
NOTAS
1· «Uno de los grandes méritos de la celebrada concepción de Cervantes es haber encarnado en su héroe el tipo genuinamente castellano. Es desinteresado, generoso, amigo de las buenas formas y espejo de cortesía».
2· «Es débil de cuerpo, pero aún más de inteligencia y, no obstante, se siente con ánimo de salir a combatir contra mundos visibles e invisibles. Cree que todo puede reducirse a una fórmula simple e indiscutible. Con una divagación bien vestida pretende resolver el más intrincado problema y trata, a continuación, de imponer su solución a los demás. ¿Puede darse un tipo más genuinamente castellano?»
3· «Uno está ligado a la corriente industrial de los pueblos modernos y el otro nutrido de los prejuicios del hidalgo, cargado de deudas e hinchado de orgullo».
4· «Alma inmensa y de potencia absorbente como la raza que simboliza, concentra en ella todas las palpitaciones de la vida social de un pueblo, que ha llegado a ser conquistador a fuerza de haber sido conquistado. Temerario hasta la ruina, absolutista hasta la irracionalidad, seco y duro, pero valiente y magnánimo, se ha dado a conocer como la raza castellana que simboliza. Por eso el libro se titula con razón Don Quijote de la Mancha. Aquel héroe manchego no tiene nada que ver con el catalán, con el vizcaíno ni con el gallego, originarios de otras razas.
5· «Matar, perseguir, ese es el imperativo de su alma, conformada por el Wotan germánico y el Almanzor sarraceno».
6· «Aunque durante las guerras coloniales muchos catalanes se habían dejado llevar por una oleada de retórico patrioterismo español, después, ante el desastre, la reacción fue inmediata y vigorosa, combativa y esperanzada, a la vez que constructiva».
7· «Cervantes hubiera hecho buenas migas con nosotros ahora, si hubiera vuelto».
8· «Que la lengua es la fe de vida más elocuente de una raza, lo saben todos los pueblos que se estiman y todos los déspotas que quisieran abolir todas las lenguas que no fueran las que a ellos les conviene mantener. El pobre manco de Lepanto nada de eso ignoraba».
9· «Es que Cervantes era el castellano menos castellano de sus contemporáneos, pese a ser el español más verdadero. ¡Ay! si la mayoría de sus paisanos hubiesen tenido el talento y la nobleza que él tenía, no se hubiera visto el alzamiento de Cataluña en 1640 y la separación de Portugal».
10· «Razones elementales de civilización y de política aconsejan a la nueva Cataluña que tome parte en el centenario del Quijote. Si en determinadas ocasiones cabe recordar los agravios y hacerlos valer, la justicia y la gratitud han de ser fuertes y visibles cuando se trata de aquellas altísimas personalidades que suponen un desvío del temperamento dominante y un espíritu de amplitud y generosidad, capaz de producir, si prosperara, algún día la verdadera e íntima comunión de los pueblos ibéricos».
11· «Es necesario reconocer como nuestro a Cervantes y, con él, a la nueva España, la España que deseamos, la que ha de nacer y surgir de nuevo, si es que no se empeñan el tenorismo y la impenitencia en que se extenúe y muera para siempre jamás, para siempre jamás».
Una década después de la publicación de los resultados de la primera ronda de PISA, la evaluación de los conocimientos y competencias de los estudiantes de 15 años de edad, la OCDE ha llevado a cabo su primera evaluación de competencias de adultos, que extiende la evaluación de las competencias a toda la población adulta. La evaluación, conocida como PIAAC (Programa de la OCDE para la Evaluación Internacional de Competencias de los Adultos, por sus siglas en inglés), se centra en competencias similares a las evaluadas en PISA —comprensión lectora, matemáticas y resolución de problemas—, competencias clave para la economía del siglo XXI, pero los dos estudios utilizan diferentes estrategias de evaluación, reflejando los diferentes contextos en los que los estudiantes de 15 años de edad y los adultos viven. Las evaluaciones tienen objetivos complementarios: PISA busca identificar la manera en que los estudiantes pueden aprender mejor, los maestros pueden enseñar mejor y las escuelas funcionar con mayor eficacia; PIAAC se centra en cómo los adultos desarrollan sus competencias, cómo usan esas competencias, y cuáles son los beneficios que obtienen de su uso. Con este fin, PIAAC recoge información sobre cómo se utilizan las competencias en el hogar, en el lugar de trabajo y en la comunidad; cómo estas se desarrollan, se mantienen y se pierden a lo largo de la vida; y cómo estas competencias están relacionadas con la participación en el mercado laboral, los ingresos, la salud y la participación social y política. Con esta información, PIAAC pretende ayudar a los políticos a:
• Examinar el impacto de las competencias fundamentales —lectura, matemáticas y la capacidad para resolver problemas— en una serie de resultados económicos y sociales.
Gráfico 1
Competencia matemática por nivel según los resultados de los países participantes Adultos 16-65 años

Fuente: Evaluación de competencias de adultos – PIAAC (2013).
• Evaluar el desempeño de los sistemas de educación y formación, las prácticas laborales y las políticas sociales en el desarrollo de las competencias requeridas por el mercado laboral y la sociedad en general.
• Identificar las políticas que puedan reducir las carencias en las competencias fundamentales de los ciudadanos.
Un total de 24 economías ya han participado en dicha evaluación, y en breve este número se extenderá a más de 40 países, entre ellos muchos países de América Latina. A pesar de que en la mayoría de los países participantes se ha mejorado el nivel de competencias entre los jóvenes, siguen contando con un amplio porcentaje de adultos con bajo nivel de competencias: un gran número de ellos están en los niveles más bajos, con grandes limitaciones en la lectura y en el uso de las matemáticas y las tecnologías. Esto equivale a decir que millones de adultos luchan al límite por competir en una sociedad que ha cambiado profundamente, que cada vez está más interconectada, basada en la economía del conocimiento y donde la tecnología es cada vez más relevante.
Impacto económico
Las competencias son claves para mejorar las perspectivas laborales de los individuos y la competitividad de los países. Conocer el nivel de competencias de la población, su distribución entre los diferentes grupos y regiones, así como saber la medida en que se utilizan con eficacia las competencias disponibles, es esencial para el desarrollo de buenas políticas sociales y económicas. Además, en una economía globalizada, no es suficiente analizar estos temas desde una perspectiva interna: las comparaciones entre países son imprescindibles.
Si hay un mensaje central que surge de esta nueva evaluación de competencias de adultos, es que lo que la gente sabe y lo que puede hacer con lo que sabe tiene un gran impacto en las oportunidades que pueden tener en sus vidas. Por ejemplo, el salario medio por hora de los trabajadores con alta cualificación en comprensión
Gráfico 2
Estatus laboral, por nivel de competencia lectora. Porcentaje de adultos españoles (16-65 años) en el mercado de trabajo

lectora —los que pueden hacer inferencias y evaluar argumentos complejos en textos escritos— es más de un 60% superior a la de los trabajadores con baja cualificación —los que pueden, como mucho, comprender el vocabulario básico o leer textos relativamente breves—. Las personas con menor nivel de competencia lectora tienen en promedio más de dos veces la probabilidad de estar desempleados que los bien formados. En países como España esta probabilidad aumenta hasta más de tres veces según el nivel de competencias, independientemente de su nivel de estudios.
A medida que la demanda de competencias sigue desplazándose hacia tareas más sofisticadas, como trabajos que implican cada vez más analizar y comunicar información, y que la tecnología invade todos los aspectos de la vida, las personas con falta de competencias lectora y matemática son más propensas a encontrarse en situación de riesgo. El pobre dominio de las competencias del procesamiento de la información limita el acceso de los adultos a muchos servicios básicos, a trabajos mejor remunerados y más gratificantes, y a la posibilidad de participar en la educación y la formación continua, que es crucial para el desarrollo y mantenimiento de competencias en la vida laboral y de la personal.
Esas relaciones no se refieren solo a los individuos, sino que también se aplican a los países: los ingresos per cápita son mayores en los países con una menor proporción de adultos en los niveles más bajos de competencias y con mayor proporción de adultos que alcanzan los más altos niveles en lectura y matemática.
La manera en la cual la comprensión lectora se distribuye a través de la población tiene también implicaciones importantes sobre cómo los resultados económicos y sociales se distribuyen dentro de la propia sociedad. PIAAC muestra que los mayores niveles de desigualdad en lectura y matemáticas se asocian a una mayor desigualdad en la distribución de los ingresos. Si una gran proporción de adultos tiene bajos niveles de capacidad lectora y matemática, introducir y difundir tecnologías para mejorar la productividad y la organización en el trabajo puede verse obstaculizada; lo que, a su vez, detendrá la mejora de los niveles de vida.
Sin las competencias adecuadas, las personas quedan excluidas de participar en la sociedad, el progreso tecnológico no se traduce en crecimiento económico, y las empresas y los países no pueden competir en un mundo cada vez más conectado y más complejo.
Impacto social
Pero el impacto de las competencias en la población va mucho más allá de los ingresos y el empleo. En todos los países, las personas con menor competencia lectora son más propensas que aquellas con alto nivel de competencias a tener problemas de salud y a creer que tienen poco impacto en los procesos políticos —es decir, a considerarse más un objeto de las decisiones políticas que un actor— y, además, tienden a no participar en las actividades asociativas, a ser desconfiados y a mantenerse al margen de la sociedad. Esto ocurre incluso teniendo en cuenta su educación y el contexto social. Si bien la naturaleza causal de estas relaciones es difícil de discernir, estos vínculos son importantes claramente, porque la confianza es lo que une a las sociedades modernas y es el fundamento de la conducta económica.
Gráfico 3
Probabilidad de resultados socioeconómicos positivos Inglaterra y promedio. (Puntuación nivel 4/5 lectura comparada con nivel 1 o menor – Adultos 16-65)

Fuente: Evaluación de competencias de adultos- PIAAC (2013)
Sin confianza en los gobiernos, el apoyo público a las políticas ambiciosas e innovadoras se hace difícil de movilizar, en particular cuando existen sacrificios a corto plazo y los beneficios a largo plazo no son tan evidentes. La baja confianza también puede conducir a un menor cumplimiento de las normas y reglas y por lo tanto dar lugar a regulaciones más estrictas y burocráticas.
En conjunto, estos resultados ponen de relieve la importancia crucial de las competencias fundamentales, como son la lectura, las matemáticas y la resolución de problemas, para la participación de los adultos en el mercado laboral, la educación y la formación, y en la vida social y cívica. Estas competencias también son altamente transferibles y, por tanto, relevantes para muchos contextos sociales y situaciones de trabajo. El acceso, análisis y comunicación de la información tiene ahora lugar en gran medida mediante el uso de dispositivos y aplicaciones digitales, tales como ordenadores personales, teléfonos inteligentes e Internet. La capacidad de usar estos dispositivos de forma inteligente para gestionar la información es hoy en día esencial. Es por eso que los resultados que nos proporciona PIAAC son tan importantes para hacer frente a los retos de las políticas públicas con respecto a la adquisición de estas competencias y a usarlas de forma eficaz.
Las competencias se forman sobre todo en la escuela. Como nos muestra el programa para la evaluación internacional de alumnos (PISA). PISA evidencia que con frecuencia las diferencias de los resultados en los países con bajos niveles no se encuentran tanto entre las escuelas, sino dentro de cada escuela, siendo los países latinoamericanos donde esta evidencia se encuentra más marcada. Esta desigualdad dentro de cada escuela se encuentra fuertemente marcada por el origen socioeconómico de cada escolar. Los mismos resultados encontramos en PIAAC, donde el origen socioeconómico tiene un gran impacto en el nivel de competencias: los adultos con padres con bajos niveles de educación tienen significativamente menores niveles de competencias que aquellos cuyos padres tienen niveles más altos de educación. En muchos casos se pone en evidencia que los alumnos con bajas competencias tienen padres sin estudios, provocando bajos niveles de movilidad social. Sin embargo, en países como Finlandia el origen social influye menos que en países como Francia, Inglaterra y Alemania donde tiene una gran importancia e impacto negativo.
Gráfico 4
Proporción de adultos con puntuación en PIAAC nivel 4 o 5
en comprensión lectora por nivel de educación. Adultos 25-64 años

El orden de los países es descendente según el porcentaje de adultos de edad 25-64 años con nivel de competencias lectora 4 o 5 y educación terciaria.
Fuente: OECD. Education at a glance. tabla A1.6a (L). (www.oecd.org/edu/eag.htm).
Existe una alta relación positiva entre el nivel educativo del adulto y los resultados de PIAAC —los resultados son mejores cuanto mayor es el nivel de estudios—. Sin embargo, el nivel de competencias difiere notablemente de lo que las cualificaciones formales sugieren. Por ejemplo, Italia, España y Estados unidos ocupan un lugar mucho más alto a nivel internacional entre 25 y 34 años con nivel de educación universitario, que lo correspondiente en competencia lectora y matemática en el mismo grupo de edad.
Gráfico 5
Participación en formación de adultos por nivel de competencia lectora

Aún más sorprendente es que, en promedio, japoneses y holandeses de 25-34 años de edad, que solo han completado la escuela secundaria, fácilmente superan a los graduados universitarios españoles e italianos de la misma edad en el nivel de competencias adquirido, lo que hace que un título universitario de un país determinado no resulte necesariamente competitivo en otro país (véase gráfico 4).
Otra razón por la que algunos países tienen un gran número de adultos con bajo nivel de competencias, es que existe también en muchos países una menor cultura de formación continua, a lo largo de la vida, que los ciudadanos de otros países. En promedio, un adulto con alto nivel de competencias, tiene tres veces más probabilidades de participar en la formación continua que alguien con un bajo nivel. En España esta probabilidad se extiende a cuatro veces más, véase gráfico 5, en el que se compara la participación de los adultos españoles en formación continua por nivel de competencias con los adultos noruegos, la diferencia es notable. A menudo los adultos no son conscientes de su bajo nivel de competencias y de cómo esto repercute en sus vidas, tanto económica como socialmente, lo que les impide participar en la formación.
Frecuentemente, como ocurre en España, los inmigrantes tienen un nivel de competencias particularmente bajo, representando en este caso el 20% de los adultos españoles con bajas competencias que, además, apenas participan en la formación incluso después de vivir muchos años en el país. Integrar y formar a los inmigrantes es un reto a resolver: la inmigración aporta una ventaja competitiva a corto plazo pero puede convertirse en un reto a largo plazo si no se actúa adecuadamente.
Dado que es costoso desarrollar las competencias de una población, los países deben dar prioridad a la inversión de recursos escasos y al diseño de políticas públicas sobre competencias concentrándose en inversiones que obtengan los mayores beneficios económicos y sociales. Al hacer esto, se necesita sopesar las consideraciones a corto y largo plazo. Las políticas públicas sobre competencias para que sean eficaces deben responder a retos estructurales y coyunturales, como el aumento del desempleo o la escasez de competencias de sectores en auge, pero también, y sobre todo, apoyar la planificación estratégica a largo plazo para las competencias que se necesitan para fomentar la competitividad y la necesidad de cambios estructurales.
Los resultados de PIAAC subrayan la necesidad de pasar de confiar únicamente en la educación inicial a fomentar la educación permanente y continua, y un aprendizaje más orientado hacia fomentar las competencias. El ver las competencias como una herramienta para ser perfeccionada durante toda la vida de un individuo también ayudará a los países a equilibrar mejor la asignación de recursos para maximizar los resultados económicos y sociales. A su vez, si las competencias se van a desarrollar durante toda la vida, una amplia gama de ámbitos políticos están implicados, incluida la educación, la ciencia y la tecnología, el empleo, el desarrollo económico, la migración y las finanzas públicas. La alineación de políticas entre estos diversos ámbitos será fundamental para que los responsables políticos puedan identificar los compromisos políticos que puedan ser necesarios y evitar la duplicación de esfuerzos asegurando la inversión en desarrollar competencias de forma eficaz.
Dicho todo esto, las competencias solo tienen valor cuando se utilizan, ya sea en el mercado de trabajo o en otros entornos, como el trabajo voluntario, en casa o incluso en actividades de ocio. PIAAC demuestra que, en muchos países, las capacidades que están disponibles entre sus ciudadanos no se utilizan tan eficazmente como se podría. Garantizar una mejor adecuación entre las competencias adquiridas en la educación y las requeridas en el mercado laboral es esencial si los países quieren aprovechar al máximo su talento. La falta de coincidencia entre los dos tiene repercusiones económicas importantes. A nivel individual, la infrautilización de competencias en trabajos específicos de corto a medio plazo puede conducir a la pérdida de competencias. Esta situación tiende a generar más rotación de personal, lo que puede afectar a la productividad de una empresa y, en general, de un país. La baja capacitación es también probable que afecte a la productividad y, al igual que con la escasez de competencias, disminuir la velocidad con la que se adoptan las tecnologías y enfoques para trabajar de forma más eficiente. Por consecuencia, tiende a aumentar el desempleo y a reducirse el crecimiento del PIB a nivel macroeconómico.
Políticas eficaces para el desarrollo y mejor utilización de las competencias es asunto de todos. Los empleadores pueden hacer mucho más para crear un clima que sustente el aprendizaje e invertir en él; los adultos pueden asumir una mayor parte de la carga financiera; y los gobiernos pueden hacer mucho para diseñar estándares más rigurosos, proporcionar incentivos financieros y asegurar que todas las personas tengan acceso a la educación y formación de alta calidad. El diseño de políticas para competencias efectivas requiere algo más que la coordinación de los diferentes sectores de la administración pública y la alineación de los diferentes niveles de gobierno. Una amplia gama de actores no gubernamentales, incluidos los empleadores, los profesionales y las asociaciones industriales y cámaras de comercio, sindicatos, instituciones de educación y formación y, por supuesto, los individuos también deben participar.
Mejorar la enseñanza de la lectura y las matemáticas en las escuelas y en programas para adultos con bajo nivel de competencias y poco familiarizados con las tecnologías de la información y la comunicación puede aportar considerables ganancias económicas y sociales para los individuos y la sociedad en su conjunto. Esto presenta un reto político formidable para una región como América Latina, que incrementa poco a poco su alfabetización y universaliza la educación básica, pero que cuenta con grandes proporciones de adultos con bajas competencias: ayudar a los adultos poco cualificados a romper este círculo vicioso es crucial para evitar que la región se quede aún más rezagada de los países que invierten en competencias y prosperan rápidamente. •
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Resulta extremadamente propio de Gilbert Keith Chesterton que el comienzo de los trámites de su beatificación en Northampton haya sido una noticia bomba, y que a la vez nos resulte lo más natural del mundo. Y no sólo por su persistente predisposición personal a la paradoja, sino por esa idea tan suya de que lo más milagroso es lo más normal y viceversa. Para paradigma de novedad continua, él mismo. Como su personaje Domingo de El hombre que era Jueves, Chesterton no para de crecer y de crecer y de crecer y de crecer. Cada vez que uno lo mira, ve que su envergadura como periodista, como apologeta, como narrador, como filósofo incluso, ha aumentado. ¿Ha caído ya alguien en que su caso se asemeja muchísimo al del invitado de la parábola de Jesucristo que se sentó en los últimos sitios del banquete, y le dijeron: “Amigo, sube más arriba” (Lc 14, 7-11). Él hizo todo lo que estuvo en su mano por quitarse importancia. Se autorretrató como un “jolly journalist” sin más. Y más: llegó a afirmar que sus libros eran su forma de estropear algunas buenas ideas. De hecho, según confesión propia, lo suyo valioso era apenas un puñado de buenas ideas maltratadas.
Chesterton es un juego de matrioskas en las que cada nueva muñeca es mucho más grande que la anterior.
Mucha gente le creyó, aunque desde luego no los más listos, y mucha gente le sigue creyendo, aunque cada vez menos. Siempre le admiraron gigantes como Hilaire Belloc, Evelyn Waugh, T. S. Eliot, W. H. Auden, Jorge Luis Borges, entre otros. En cualquier caso, colosos o corrientes, crédulos o perspicaces, todos llevamos más de 75 años diciéndole, tras cada nueva visita a sus libros: “Amigo, sube más arriba”. Chesterton es un juego de matrioskas en las que cada nueva muñeca es mucho más grande que la anterior. (Es una imagen muy buena, ¿verdad? Yo estaba muy orgulloso de ella hasta que he recordado que no es tan mía. ¿Acaso no llamó la atención el gran inglés sobre las casas familiares, que son siempre mayores por dentro que por fuera?)
Esa continua e irremediable minusvaloración de Chesterton, que siempre estamos corrigiendo, y que vuelve siempre a cogernos por la espalda, adquiere proporciones aparentemente liliputienses en su teatro, dimensiones que acaban siendo —como verán tras La Sorpresa— gigantescas a poco que uno se pare a medirlas. Indudablemente, el teatro es el gran tapado de su obra completa. La Sorpresa, traducida por primera vez en España, será fiel a su nombre, y no sólo porque, desdeñosos de su teatro, le hayamos puesto tan fácil el sorprendernos.
Entre los que le han quitado importancia a su teatro, el mismo Chesterton, el primero, por supuesto, como no podía ser menos. Magia (1913) fue un éxito de público y crítica, alcanzando las 165 representaciones, pero él se empeñó en criticarla: «Magia fue escrita originariamente en forma de narración breve. Es una comedia mala porque era una buena narración breve».
Para mí, que lo poco que se prodigó en este género se debió más a un movimiento reflejo de humildad, como evitando acercarse a los terrenos del gran Shakespeare, pero pudo dar la impresión de que lo hacía, unido a sus auto deprecatorios comentarios, por falta de confianza en sus habilidades teatrales. Tengo la sospecha de que eso ha convencido un poco a sus lectores. El prólogo a la primera edición de La sorpresa, escrito por Dorothy L. Sayers, nada menos, y que por su indudable interés ofrecemos como epílogo (lo ofrecemos como epílogo, sobre todo, porque contiene spoilers), a pesar de la inmensa admiración y el agradecimiento desplegados hacia G. K. Chesterton, “bomba benéfica para su generación”, a pesar de todo, ya verán, contiene quizá un ligero desdén hacia lo específicamente teatral de Chesterton. Era en esto muy chestertoniana Dorothy L. Sayers, y no está sola.
El especialista Bernard Shaw no pensaba igual en absoluto, e hizo todo lo posible para acercar a Chesterton a las tablas. Nos lo contó muy bien, como suele, Felipe Benítez Reyes:
«En 1908, George Bernard Shaw le escribió una carta a Gilbert Keith Chesterton en la que, en registro de broma, le amenazaba con afanarse en arruinar su prestigio como ensayista, como periodista, como crítico y como persona de talante liberal si no se decidía a hacer alguna contribución al teatro británico. La amenaza se extendía a robarle el amor de su esposa «mediante alardes intelectuales y atléticos» y a someter a tortura a Hilaire Belloc».
Al año siguiente, le insistió, ya incluso en términos empresariales, con una oferta concreta, aunque también en vano.
«Se ve que su empeño no era circunstancial: en 1912, Shaw le escribía a Frances, la mujer de Chesterton: «‘Deseo leerle a Gilbert una obra teatral. Empezó con el propósito de ser un simple sketch, de modo que no durará, como de costumbre, tres horas y media; puedo despacharla en hora y media. Deseo insultar, vituperar y estimular a Gilbert con ella. Es algo que él podría escribir y debería escribir: una arlequinada religiosa… Mi propuesta es la siguiente: yo le leo la obra el domingo (o en otra ocasión cualquiera) y usted cae en raptos de admiración, declara que jamás podrá amar a un hombre que no escriba algo como aquello y anuncia resueltamente que si en el plazo de tres semanas Gilbert no ha terminado una digna sucesora de mi obra, se irá usted, como la dama de La casa de muñecas, a vivir su propia vida'».
De aquellas maniobras, asombrosamente eficaces, salió Magia, como de una chistera. No quedó Shaw nada descontento del resultado, pues llegó a calificar al personaje del duque como uno de las grandes creaciones de la literatura inglesa, a la altura de Dickens, y escribió, para celebrar el aniversario de la obra, una pieza que le sirviese de telonera. Hay que alabarle el gusto, como hace, lamentándose de forma poco chestertónica, Dale Ahlquist en el prólogo de la edición de Renacimiento de El juicio del doctor Johnson.
Sin embargo, la prueba definitiva del talento teatral de Chesterton está, a mi juicio, en La Sorpresa, escrita en 1930, aunque no se representara ni publicara en vida del autor.Como no quiero caer yo también en los spoilers y que un editor futuro me condene a los epílogos o al pie de página, me andaré con tiento.
Diré, apenas, que la obra se podría llamar igualmente Las sorpresas, si no fuese por la final, que sobrepasa a todas las que sin parar suceden en estas páginas y reclama el nombre en singular y tal vez la mayúscula ortográfica inglesa del título original (The Surprise) por antonomasia y derecho propio y divino. Con un guiño literal, jugando con el falso amigo, que no es tan falso, la mantenemos desde la cubierta del libro. Con todo, cada acto es una vuelta más de tuerca al argumento, y uno no descansa, por fortuna. La tensión sorpresiva es continua y parece insuperable hasta el momento en que se supera.
Y es alterna, porque no terminamos de acomodarnos a una comedia medievalizante, cuando nos hallamos inmersos en una reflexión de crítica literaria, y luego en una obra pirandellesca donde es el actor el que busca y rebusca y suelta y hasta rescata a sus personajes. El teatro dentro del teatro, tan shakespeariano, como puede verse en la recientemente traducida Tomás Moro y, sobre todo, en la clásica Hamlet, alcanza aquí unas dimensiones que desbordan la obra, inundan la sala, que se convierte en otro teatro, desembocan en la vida de cada espectador, y trascienden hasta la génesis de la creación y el sentido de la historia universal, nada menos. En las pequeñas dimensiones de esta obra hay metateatro, metapoesía, metacrítica y metafísica, además de la verdadera meta, que es la Teología.
Que todo eso comparezca, y sin forzar la mano, con una naturalidad de cuento de hadas, en una obra de tan pocas páginas y tan pocas pretensiones aparentes, que el autor, tras escribir, arrinconó y que no se publicó hasta después de su muerte, sólo nos habla, si nos fijamos bien, del tamaño desmesurado y creciente del talento chestertoniano. Vista desde fuera, La Sorpresa es una pequeña curiosidad más que añadir a la obra completa de Chesterton; pero por dentro tiene el tamaño del universo y más allá. Tras leerla, o sea, tras reírnos, emocionarnos, indignarnos, reflexionar, suspirar, volveremos a decir: “Amigo, sube más arriba”.
Hace ya unos años entrevisté a Pepe Álvarez Lopera, conservador de Pintura Española hasta 1700 del Museo del Prado, con motivo de la publicación de su primer tomo —iban a ser cuatro— sobre el Greco. Me sorprendió entonces, y así se lo dije, que un pintor como el cretense necesitara tantos volúmenes para explicar su vida y obra. Entonces estaba confeccionando, con gran esfuerzo, el catálogo definitivo sobre el maestro. Le pregunté dónde estaba la dificultad. El Greco siempre me había parecido un pintor perfectamente reconocible. Él, con gran paciencia, fue explicándome lo complicado que resultaba confeccionar aquel corpus. Al parecer había cuadros, tradicionalmente atribuidos, a los que pensaba sacar del grupo de obras autógrafas; otros que se integrarían —para mi asombro— en el de «falsificaciones del siglo XIX»; y luego estaba la tarea más complicada, pero que inevitablemente levantaría ampollas: distinguir los cuadros pintados por el maestro de aquellos que salieron de su taller.
Álvarez Lópera, la eminencia que todos reconocen aun hoy tras su prematuro fallecimiento en 2008, me adelantó además que todas aquellas atribuciones nuevas iban a chocar con algunos de los catálogos elaborados por los expertos que hasta entonces se habían ocupado de él: Cossío, Wethey, Legendre, Hartman, Camón Aznar, Sohener, Mayer y tantos otros. Entonces percibí que aquel trabajo no era la manía de un experto, sin duda el que más grecos había tenido entre manos y cuya restauración seguía con empeño obsesivo. No. Aquello parecía una enmienda a la totalidad sobre la formación del pintor, su entonces poco conocida etapa veneciana-romana, los métodos del taller y su obra. Un avispero, según el mismo me dijo, en el que pocos se atrevían a aventurarse.
Así las cosas, y con solo dos de aquellos cuatro tomos publicados, parecía razonable que el cuarto centenario del fallecimiento del Greco fuera aprovechado para ajustar cuentas con una personalidad y una producción que aún permanece en el limbo, o al menos en un limbo parcial. Sin duda, la exposición sobre el pintor en Toledo ha sido un éxito de público y los especialistas han podido contemplar muchas de sus obras, venidas de América, junto a las que se conservan en Toledo y el Museo del Prado. Sin embargo en esta muestra, como algunos han señalado, hay algunas miniaturas y cuadros, adscritos al maestro, que resultan ser como mucho obras de taller, cuando no imitaciones de los siglos posteriores. Y eso por no hablar de la bella Dama del armiño, que el propio comisario de la exposición, Fernando Marías, debió aceptar con la condición de que apareciera adscrita al maestro cuando nada tiene que ver con él. El lío al que se refería Lopera.
Más discretas, en cuanto a novedades se refiere, han sido las exposiciones sobre La biblioteca del Greco y la de El Greco y la modernidad, inaugurada en el Prado tras la de Toledo. La primera ha aportado una nueva visión del cretense a partir de los libros que poseyó. Particularmente interesantes son las anotaciones que el propio pintor hizo en dos libros de su propiedad: las Vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos italianos de Giorgio Vasari, que conservan los descendientes de Xavier de Salas; y Los diez libros de arquitectura de Vitruvio y Daniele Barbaro, que se guarda en la Biblioteca Nacional de España. Y digo interesantes porque son dos testimonios importantísimos no solo de sus opiniones sobre cuestiones de arquitectura, pintura y arte, sino porque resultan reveladores de la importancia que se daba a sí mismo y a sus opiniones sobre los grandes maestros que figuraban en esos volúmenes.
Por otro lado, la muestra del Prado viene a poner de manifiesto no solo la atracción que el Greco suscitó en los pintores modernos —que con frecuencia hasta hicieron versiones de sus cuadros—, sino la fascinación que sus métodos y teorías artísticas ejercieron en ellos. Y todo esto sin conocer apenas más que algunas obras y muchas de ellas copias o versiones de dudosa calidad.

Y es que una y otra vez volvemos a la misma cuestión: su vida y su obra. Dos aspectos en los que se sigue trabajando. Un ejemplo. El reciente descubrimiento de una carta del Greco al cardenal Alessandro Farnese, publicada por Almudena Pérez de Tudela, permite soñar con que puedan aparecer otros documentos relevantes sobre su estancia italiana. Esta misiva, que hace referencia a su despido por el purpurado, está fechada el 6 de julio de 1572. Lo primero que sorprendió a su descubridora fue el tono con que se dirigía al todopoderoso cardenal romano, pero también explica muy bien, no solo su partida de la ciudad de los papas rumbo a España, sino el ambiente que debió conocer en aquella corte cardenalicia —la más brillante intelectual y artísticamente— y, por supuesto, el alto concepto que tenía de sí mismo.
A partir de esta nueva carta no es difícil comprender las reacciones que tuvo el Greco, ya en España, cuando sus obras serán rechazadas, primero por Felipe II y, con posterioridad, por el cabildo toledano, aunque este segundo fracaso hay que atribuirlo más al pleito que mantuvo para cobrar el famoso Expolio que al rechazo a la modernidad de su pintura.
Estos nuevos documentos permiten no solo contextualizar otros que ya poseíamos sino llenar auténticas lagunas de periodos poco conocidos. Y no me refiero solo a la etapa cretense o veneciana-romana. Su llegada a Madrid, antes de instalarse en Toledo, es todo un misterio. Nada cierto se sabe de aquel primer momento, ni de sus contactos o mecenas. Es sabido de Giulio Clovio que tuvo un papel importante en su venida a España, pero el papel de Luis de Castilla aún necesita una relectura. Y eso por no referirnos a la toledana Jerónima de las Cuevas, madre de su hijo Jorge Manuel. O a su anterior matrimonio en Creta. O a su relación con su alumno Francesco Prevoste, que se trajo de Italia. No son lagunas: son océanos.
Quizá la manifestación más clara de todo lo que digo haya estado en el simposio sobre el pintor que tuvo lugar entre el 21 y 24 de mayo pasados y que reunió a los principales especialistas en el maestro. En él, Elena de Laurentiis abordaba el siempre complejo mundo de las miniaturas, también en relación con la amistad que le unía a Giulio Clovio; Felipe Pereda hizo una relectura del Entierro del conde de Orgaz que cambia muchas de las explicaciones dadas a una de sus obras maestras; y Benito Navarrete, entre otros especialistas, aportó un enorme, y hasta ahora anónimo, boceto a su escasa y controvertida colección de dibujos. Efectivamente, las exposiciones están cumpliendo con su función de homenaje y celebración del aniversario, pero hay publicaciones que se hacen absolutamente imprescindibles. Y las que procedan de este simposio lo serán. El Prado, que adquirió a la viuda de Álvarez Lopera todo su archivo personal, tiene pendiente también completar aquella obra que su conservador dejó inacabada y que, desgraciadamente, no veremos concluida en el presente año aniversario.
Pero algo más ha ocurrido. Algo que no solo le ha afectado al Greco. La revolución técnica aplicada a los grandes maestros ha desvelado sus métodos de trabajo, y también unos procedimientos y una técnica que enseña tanto como sus mismas pinturas. Los trabajos de Carmen Garrido y Jaime García-Máiquez, pendientes de publicación —también por el Prado—, en un volumen sobre la técnica del cretense, van a provocar un seguro cataclismo en las atribuciones grequianas. No es una suposición. Su autora ya lo ha desvelado en algunos congresos, donde ha rebajado el catálogo de obras autógrafos a algo más de setenta. Imagino que finalmente la reducción no será tan drástica pero permite hacer una reflexión sobre lo que hemos creído del Greco y lo que realmente es, con el consiguiente cambio de criterios, opiniones e informaciones.
Un ejemplo. Con motivo del aniversario del Greco, la Academia de Bellas Artes de San Fernando decidió exponer su cuadro La familia del Greco. Había sido comprado al empresario de la construcción Cristóbal Martín con fondos del legado Guitarte y se pagó una considerable cantidad de dinero por él: en torno a los setenta millones de pesetas. Pues bien, aunque se adquirió como original del maestro y se suponía un retrato colectivo de su propia familia, los expertos empezaron a dudar y la obra pasó a ser atribuida a su hijo Jorge Manuel Teotokópoulos, en el mejor de los casos, y al taller más probablemente.
Hace apenas unas semanas, una especialista de la Academia encontró papeles que apuntaban a que la obra en cuestión podría ser una falsificación del siglo XIX. Hay que recordar que, en aquel momento, y gracias a la demanda de originales del maestro en Estados Unidos, proliferó una organizada fábrica de grecos que hizo su agosto. Eran falsificaciones buenas. Buenas para los métodos de entonces, pero no para las técnicas de hoy en día. Así las cosas, se decidió que aquella Familia del Greco pasara a ese grupo infamante de «falsificaciones»; pero en la Academia decidieron que, antes de dar este paso, deberían hacerse análisis de pigmentos y estratigrafías. Y los hicieron. Conclusión: era un cuadro del XVI. No había duda. ¿Del Greco? tampoco se podía saber. Pero al menos no habían comprado una falsificación.
Francisco Pacheco, el suegro y maestro de Velázquez, visitó el taller del Greco en Toledo. Así lo describió en su Arte de la pintura: «Dominico Greco me mostró, el año 1611, una alhacena de modelos de barro de su mano, para valerse de ellos en sus obras y, lo que excede toda admiración, los originales de todo cuanto había pintado en su vida, pintados al olio, en lienzos más pequeños en una cuadra que, por su mandato, me mostró su hijo».

Todos los que han escrito sobre la obra del cretense han recogido este párrafo para justificar que el maestro pintaba reducciones de sus «originales» que luego el taller repetía según los encargos que recibían. Como no había internet ni Google, no era fácil que dos comitentes coincidieran con cuadros similares. Tampoco importaba. Algunos los encargaban así ex profeso: querían una obra como la que habían visto en el convento o iglesia de turno.
Pero, a la vista de la peor calidad que estas reducciones ostentaban —bastante abundantes también en nuestros días—, se está haciendo ahora una nueva relectura, por parte de los expertos, de aquel pasaje de Pacheco. Según ella, estas versiones reducidas, que se conservaban en el taller no serían originales del maestro, sino obras pintadas por sus discípulos de los «originales» que ya había pintado el Greco. Y serían además las que servirían como modelos de nuevas versiones que se repetirían hasta la saciedad.
Efectivamente, hoy se conservan más de cuarenta versiones de época del San Francisco de Asís y el hermano León. Por supuesto que muchas de ellas están firmadas y algunas tienen una gran calidad. Quizá la mejor es la que se conserva en el Colegio del Cardenal de Monforte de Lemos, en Lugo, pero hay otras que también se tienen por originales. Parece evidente que todas no las pudo pintar el Greco, pero cuando hay que decidir cuáles sí, el problema se dispara, también en función de quién sea el propietario o de su procedencia. La razón es sencilla: no vale lo mismo un cuadro de taller que un original.
Y es que el mercado se mueve por otros motivos. No hay muchos grecos en las subastas. Algunos más en venta directa. Pero si un coleccionista ruso pagó en julio de 2013 más de nueve millones de libras —casi once millones de euros— por un Santo Domingo en oración que es peor que el que conserva Plácido Arango en su colección de Madrid, habrá que deducir que habrá adquirido una obra de taller, o al menos no completamente del maestro, aunque resulte complicado decirle esto último al ruso.
Es decir, que la cuestión del taller no es simplemente algo erudito. Algo que permita a los especialistas discutir antes de marcharse a comer. Es algo que implica dinero. Mucho dinero. No en vano el Greco es hoy el maestro antiguo más cotizado, por encima incluso de Velázquez. Y eso es decir mucho.
He empezado haciéndome esta pregunta en el titular. Y no quiero acabar sin responderla. Al Greco le pasa que es un pintor único, singular, irrepetible. Nadie —salvo los imitadores y quizá su taller— pintaron como él. Ni en aquella época ni después. Nadie aplicó esos colores puros que hoy siguen deslumbrando cuando se limpia o restaura alguna obra. Gusta a los que no gustan del arte. Quizá para muchos no sea su pintor favorito —para otros sí— pero todos encuentran en él algo que le hace diferente.
Además, su vida sigue siendo un misterio. Y encima los expertos se pelean por decir lo que es y lo que no es un greco. Da igual. Es el número uno español en cotización en el mercado ¿Qué más se puede decir? Pues sí: se puede decir que a pesar de todo ello, o quizá también por todo ello, sus obras siguen conmoviendo, deslumbrando, perturbando. Y no por la violencia de sus representaciones sino porque sus cuadros y esculturas —nos han llegado pocas y son controvertidas— poseen algo que nos habla directamente, cuatro siglos después, a los que los contemplamos.
El número 147 de Nueva Revista fue presentado en la Casa de América el pasado 29 de abril, en un acto que contó con la participación de José Mª Vázquez, rector de unir; Miguel Ángel Garrido, director de esta publicación; Carlos Aragonés, coordinador del número dedicado a la conjunción de las letras, las leyes y los gobernantes; Manuel Pizarro, de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y José Manuel Romay Beccaría, presidente del Consejo de Estado. Este último resumió en su intervención el sentido de un número rico en contenidos que ha despertado numerosos ecos. Estas fueron las palabras de Romay Beccaría, un intelectual que, a la manera orteguiana, ha combinado en su vida la mirada del observador y su pasión por las letras con una vigorosa y brillante acción política.
Es para mí un gran placer estar esta tarde con vosotros, en la presentación de este número de Nueva Revista que tituláis Letras, Leyes y Gobernantes. Y el placer aumenta porque me lo ha pedido Carlos Aragonés, persona a la que yo tengo gran estima y sobre la que quería decir que realmente me quedé muy tranquilo cuando le conocí y pude comprobar que Aznar tenía tan cerca un hombre de su capacidad intelectual, de su entereza de carácter y de su vastísima cultura, y con el que se podía hablar del último libro que estaba uno leyendo aunque ese fuera El fuste torcido de la humanidad de mi admirado Berlin, que tiene como lema una idea de Kant verdaderamente genial, según la cual los hombres buscan la concordia, pero la naturaleza es sabia y sabe que a la especie le conviene la discordia. Mi amistad con Carlos Aragonés la conservo, afortunadamente, y eso es un lujo.
También le quiero agradecer sus afectuosísimas palabras a Manuel Pizarro. En relación con Manuel Pizarro solo quiero decir que me parecería un fracaso de todos los que le tenemos cerca que no seamos capaces de aprovechar como se merece sus extraordinarias cualidades. Es todavía un hombre joven —y me parece que yo tengo autoridad para decirlo— del que se puede esperar grandes servicios a nuestras ideas y a España.
Decía antes que estaba muy contento por estar aquí y lo confirmo, porque además creo que mi amigo Carlos Aragonés conocía bien la trilogía de mi vida cuando me invitó a participar en este acto.
Las leyes han sido mi formación, mi escuela; la política, mi ocupación; y las letras, mi pasión, mi devoción.
Pienso que las letras y la política han de caminar siempre juntas porque, como decía Ortega: «Al político de raza le precede la preocupación intelectual y le sigue la acción propiamente política […] esa nota de intelectualidad que corona la figura del hombre de acción es síntoma que distingue al político egregio del político vulgar».
La política y la literatura son esenciales. Creo que, junto con el fútbol —y más en una tarde como esta—, son las únicas armas capaces de sublevar la sangre de los hombres, como decía Shakespeare. Son las únicas armas capaces de alcanzar el sueño más elevado del humanismo: que la lectura de los grandes libros nos permita construir un mundo mejor.
Y esto lo hemos visto en las recientes despedidas de Adolfo Suárez y de Gabriel García Márquez, adioses que demuestran la grandeza de estos dos oficios. Del presidente de la concordia hablaré después. De Gabo solo os puedo decir que dentro de mil años será recordado, dirán de él: se atrevió a escribir en la misma lengua y el mismo siglo que Jorge Luis Borges.
Quiero citaros los versos de Auden:
Nosotros, como otros fugitivos,
las flores incontables, que no saben contar,
y las bestias, que no necesitan memoria,
vivimos en el hoy.
Y como en Nueva Revista vivís en el hoy, habláis en este número de muchos de los temas de nuestro tiempo, que decía Ortega. Me es imposible referirme a todos, como desearía por la calidad de los trabajos, porque este número es muy variado, muy interesante y mantiene en todas sus páginas un alto nivel.
Empezáis hablando de los liderazgos de los presidentes del Gobierno, y yo creo, humildemente, que hay tantos tipos de liderazgos como de presidentes. Y para conocer la calidad de la aleación de que cada liderazgo está hecho, no hay como recordar los momentos de hielo abrasador, de fuego helado, que cantaba Quevedo.
Como la terrible primavera en 1940 en Londres cuando todo el mundo coincidía en que la pregunta no era si capitularía el Reino Unido, sino cuándo; todo el mundo menos un hombre, Winston Churchill.
Como el durísimo verano de 2012 de nuestra querida España, cuando todo el mundo coincidía en que la pregunta no era si España solicitaría el rescate, sino cuándo; todo el mundo menos un prudente y responsable paisano mío —humilde experto en el manejo de los tiempos—, que piensa que los gobernantes solo han de estar sometidos al imperativo del interés general, el interés de España y los españoles; sean cuales sean los otros intereses, sean cuales sean las presiones.
La calidad de la aleación de la que están hechos los liderazgos se aprecia, también, cuando a sucesivos ríos de lava de rauxa, más y más rauxa, se responde con su némesis, glaciares de seny, más y másseny.
Se aprecia, digo, cuando al estruendo de las palabras responde la sabiduría del silencio; cuando a la brusquedad de las formas se opone la firmeza educada de los principios. Fortiter in re, suaviter in modo.Ancestral suavidad galaica.
Mi admirado Isaiah Berlin, que teorizó sobre el éxito en política y, por ende, sobre los liderazgos, estoy seguro que el origen pontevedrés de mi responsable y prudente paisano lo hubiese considerado óptimo para pilotar con tino la nave de España en estas aguas, en esta hora; pero esa, como diría Kipling, es otra historia… o no.
Con la Iglesia y con Europa hemos dado, Sancho. Vosotros también en este número con Jerusalén y Atenas habéis topado. El origen de nuestros orígenes es ya un lugar común, pero nadie lo ha descrito con tanta belleza como la inmensa prosa de Jorge Luis Borges: «Más allá de las aventuras de la sangre, más allá del casi infinito y ciertamente incalculable azar de los tálamos, toda persona occidental es griega y judía».
Os referís en muchas colaboraciones a Europa, la mujer fenicia raptada por el dios Zeus que dio nombre a un continente, y en otras muchas a la Iglesia.
Nos habláis de papas en una semana como esta en la que hemos asistido a la elevación simultánea a los altares de dos colosos: un hijo de campesinos que nos regaló Pacem in terris y que cambió la Iglesia y un hijo de Polonia, víctima de todos los totalitarismos, que cambió el mundo. Fueron elevados a los altares en una ceremonia a la vez sencilla y grandiosa. Nadie domina la escenografía y la liturgia como la Iglesia católica, ni siquiera la tradición, la pompa y el boato británicos.
El domingo asistimos a un movimiento táctico del papa Francisco digno de César o Alejandro. Bendito eclecticismo, divina manifestación de centrismo de un pontífice que tiende puentes. Esta canonización ha satisfecho a la vez a los entusiastas del Concilio Vaticano II y a los del posconcilio, a los que veían las ventanas medio vacías y a los que las ven medio llenas.
El papa Francisco ha practicado un prodigioso funambulismo por las catacumbas del alma de la Iglesia, haciendo las delicias de Voltaire, aplicado y díscolo exalumno de la Compañía, que no hubiese esperado nunca menos del primer papa jesuita de la historia.
Decía antes que hablaría más tarde del presidente Adolfo Suárez, él fue el Sáenz de Oiza que acompañó a nuestro Frank Lloyd Wright particular —Su Majestad el Rey don Juan Carlos— en la construcción del gran edificio de la Transición española, una de las más deslumbrantes obras de la arquitectura política del siglo xx.
A partir de 1975 este viejo Reino de España, de la mano de su Rey, escribió una de las páginas más hermosas de su historia. Tras siglos de invierno de la desesperación llegó, al fin, la primavera de la esperanza. La Transición fueron Los mejores años de nuestra vida. España se encontró a sí misma y encontró su lugar en el mundo. La España de muros desmoronados de Quevedo, cuya historia, según Ortega, era la historia de una decadencia, dio una lección inesperada e inolvidable al mundo, una lección de sabiduría, tolerancia y grandeza.
España superó su cainismo irrefrenable y superó, también, los versos que hielan el corazón, haciendo feliz a Antonio Machado. Hicimos nuestro el sueño de Martin Luther King: nos sentamos juntos a la mesa de la hermandad. Alcanzamos las libertades: «la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos».
Miramos al futuro y eso permitió que desterrásemos la España oscura, aldeana y mezquina; angosta y terrible. La desterramos y confinamos para siempre, como dicen los bellísimos versos de Luis Cernuda:
Allá, allá lejos,
donde habite el olvido.
El Rey nos convocó, como quería Ortega, a un proyecto sugestivo de vida en común, rodeándose para ello de un puñado de hombres y mujeres excepcionales: Adolfo, Torcuato, Landelino, Leopoldo, a quien también recordáis en este número, y tantos otros.
Hay una noche de invierno que los españoles no olvidan. España encallaba en el Corazón de las tinieblas y fue el liderazgo indiscutido e indiscutible del Rey, reconocido urbi et orbe el que la guió con pulso firme hacia alta mar.
Don Juan Carlos interrumpió ese enloquecido Viaje al fin de la noche. Esa noche oscura el Rey convirtió Waterloo en Austerlitz.
Los españoles sabemos quién es el Rey, sabemos que le duele España. Por eso sabemos que el día todavía lejano, repito, día todavía lejano, en que tengamos que realizar el balance de su reinado, el haber quintuplicará al debe, los aciertos redimirán los errores y las muchas luces oscurecerán las sombras. Eso los españoles lo sabemos.
Hoy algunos y algunas quieren revisar el proyecto y los planos de esta gran obra —aunque son meridianamente claros— pero es un esfuerzo inútil, para hacerlo se requieren ingentes conocimientos de arquitectura y política y en España, muertos Pío Cabanillas y Antonio Fontán, no queda ningún especialista en ambos saberes.
Siento no poder referirme a otras muchas colaboraciones, a una que habla de Juan Linz, uno de mis autores de cabecera, o a la entrevista que mi querido Miguel Ángel Gozalo hace a Eduardo Torres Dulce consiguiendo que hable de otra cosa que no sea cine, o a colaboraciones de jóvenes compañeros míos de partido que me dan la tranquilidad de saber que el futuro del centro reformista en España está en muy buenas manos.
Pero hay una colaboración a la que no puedo dejar de referirme, ya que me siento directamente aludido: Los ancianitos son una lata. No contestaré yo, dejaré que lo haga el gran poeta irlandés William Butler Yeats:
La decrepitud física es sabiduría; jóvenes
nos amamos tú y yo y éramos ignorantes.
Al resto del artículo no tengo ninguna objeción que poner, aunque el del envejecimiento no es uno de los grandes desafíos del Estado de bienestar, es el desafío.
Termino ya, Edgar Allan Poe decía que un relato debía ser escrito atendiendo a la última frase y un poema atendiendo al último verso, y vosotros habéis seguido este sabio consejo y habéis dejado para el final los versos más hermosos.
Los ha escrito Irene Vázquez Romero, recientemente desaparecida, que es la esposa de mi admirado amigo José María Michavila —amigo, compañero de partido y compañero de profesión—. Sé que José María y sus hijos hallan fuerza y consuelo en la fe y en la poesía, esa otra religión. Hallan fuerza y consuelo en Hörderlin:
Quien marcha sobre su dolor marcha hacia las alturas.
Hallan fuerza y consuelo en la poesía de Borges, honda y hermosísima hermana melliza de su prodigiosa prosa:
Solo una cosa no hay. Es el olvido.
Sé que en la eternidad perdura y arde
lo mucho y lo precioso que he perdido.
Pero yo no quiero hablar de José María, quiero hablar de Irene, quiero hablar de las personas que —como ella defiende en su tesis sobre C. S. Lewis— hacen de la exigencia de ejemplaridad personal el camino por el que afrontar los dramas y las dificultades de esa odisea que es la vida.
Los griegos creían que los que morían jóvenes eran los favoritos de los dioses, también en esto el gusto de los habitantes del Olimpo era exquisito. Son los favoritos de los dioses griegos, y de todos los dioses, los que pasan por la vida haciendo el bien, entregándose a los demás y acompañando a Shelley en esa búsqueda de un mundo…
Algún mundo
donde la música, la luz de la luna y el sentimiento
sean uno.
A esas mujeres, como Irene, se refería Lord Byron —tan unido a Grecia— cuando escribió su verso inmortal:
Camina en belleza, como la noche.
Son personas, como Irene, que alcanzan a descubrir el sentido de la vida y no sufren la angustia de Albert Camus: «Los hombres mueren y no son felices»… Ella fue feliz.
Robert Louis Stevenson observó que hay una virtud sin la cual todas las demás son inútiles; esa virtud es el encanto. Todas y todos los que conocisteis a Irene convendréis conmigo que Stevenson no pudo estar más acertado.
Irene venció a la muerte, porque se abrazó a ella dando vida. Todas y todos los que quisisteis a Irene convendréis conmigo que es imposible dormirse con más encanto.

El verdadero historiador, más allá de títulos académicos, es quien no se limita a hacer asépticamente un elenco de los hechos más relevantes: historiador es quien pretende comprender lo que pasó e interpreta los momentos históricos con el sentido que ofrece una mirada retrospectiva. Este es el caso, a mi juicio, de Daniel Rivadulla Barrientos, pues su Equipaje de los europeos, lejos de repetir el catálogo de los acontecimientos de los últimos dos siglos, lo que hace es convertir en inteligible ese tramo histórico. Eso es básicamente lo que explica en su magnífica introducción: el objetivo que ha tenido en mente a la hora de escribir estas páginas es «reflexionar a través de una mirada» que es tanto retrospectiva como prospectiva, profundizando sobre el pasado pero también contemplando el presente y poniendo la vista al futuro. Este relato de la última historia de Europa es, para ser francos, muy oportuno, pues los resultados de las últimas elecciones —la proliferación de sentimientos extrañamente eurófobos junto con la reivindicación de múltiples realidades nacionales— exige retomar un discurso cultural —el ethos de una civilización, por emplear las propias palabras de Rivadulla, que, entre otras cosas, muestre la coherencia histórica del proyecto europeo—. El autor comienza su narración en el siglo XIX y la decisión no es arbitraria, pues ese contexto temporal verá el nacimiento de una nueva cosmovisión, cuya esencia se disecciona en este libro.
Otra de las ventajas del libro es que no se limita al campo histórico: trasciende las fronteras disciplinares y realiza, si se permite el término, un ejercicio de historia cultural. De ahí que, como avanza en las primeras páginas del libro, el autor ponga el acento en la transformación que supone la Modernidad: la irrupción de nuevas ideas transforma la realidad política y explica la degeneración totalitaria de muchos proyectos; al mismo tiempo, se consolida la secularización, que tiene un sentido político tanto como antropológico, pues el embate del positivismo mella la difusión social del cristianismo y el individuo encuentra en las ideologías políticas un sustitutivo peligroso.
Los europeos y su equipaje se estructura en tres partes. La primera de ellas, que repasa todo el siglo XIX, explica la génesis de las nuevas ideas: la secularización de la modernidad rompió con la trascendencia, pero supuso la mutilación espiritual del ser humano y su paradójica divinización. Por eso, el universo terminó proponiéndose como material bruto de las utopías. Se explica también que la conformación de los estados-nación de un lado exigió una legitimación científica —se desarrolla la teoría de la raza, por ejemplo—, pero de otro conllevó el expansionismo imperialista y el militarismo. La época paradisiaca termina con la confianza del ser humano, que asiste al inicio trágico de la guerra mundial que ahora conmemoramos.
La segunda parte del libro comienza su recorrido por la Revolución de Octubre y explica el inicio y la irrupción de la urssde Lenin en el escenario internacional. Al mismo tiempo, en mirada retrospectiva, profundiza en el siglo xixcomo el siglo de auge de la ciudadanía burguesa y la superficialidad política y cultural de la misma, Rivadulla recuerda que, cumplidas las expectativas de la burguesía, los primeros momentos del siglo XX constituyen los tiempos en que imperialismo y nacionalismo van de la mano, cosechando un amplio apoyo popular.
La tercera y última parte del libro se titula «Amanecer sin mediodía» y se ocupa del periodo de entreguerras. Es un momento en que, como indica gráficamente el autor de estas páginas, Europa va a la deriva y pronto quedará amenazada, como es bien conocido, por el atractivo de los extremismos. Rivadulla acierta a situar los acontecimientos de ese momento en el auge del nacionalismo —que se había fraguado desde el comienzo del XIX—. Significativamente, el libro termina explicando el triunfo del nazismo tras el fracaso de Weimar. Hitler se encargó, por su parte, de consumar la destrucción del continente.
El libro es interesante porque ofrece perspectivas menos transitadas —sin obviar la referencia al trasfondo cultural o filosófico de los hechos históricos, pero tampoco olvidando el progreso tecnológico, las ideas políticas o económicas relevantes en la historia—. Como introducción a una etapa importante de la historia europea, el libro no tiene desperdicio. Además sirve para explicar muchos acontecimientos actuales, cuya causa nace hace mucho tiempo, pero que siguen desgraciadamente vigentes.
La obra del poeta polaco Zbigniew Herbert (1924-1998) está atravesando un momento de exitoso (re)descubrimiento en nuestro país. Aparte de los tres libros de ensayo publicados en los últimos años por la editorial Acantilado (Naturaleza muerta con brida, 2008, Un bárbaro en el jardín, 2010, y este El laberinto junto al mar, 2013), su Poesía completa (Lumen, 2012) se mantuvo durante todo el año pasado en las listas de los libros más vendidos en su género. No sorprende tanto este éxito si reparamos en los elogios vertidos sobre su figura por importantes poetas contemporáneos como Joseph Brodsky, Seamus Heaney o Adam Zagajewski, entre otros.
Entre el diario de viajes, la narración histórica y la reflexión estética, El laberinto junto al mar reúne siete ensayos en torno a Grecia en los que el poeta va entremezclando la descripción de lugares, el relato de vivencias personales, el comentario erudito de obras de arte y la evocación de acontecimientos históricos, así como análisis estéticos de hondo calado que no desdeñan la expresión desprejuiciada de sus opiniones ni la interpelación al presente. Todos estos ingredientes se conjugan para componer un libro ameno, ilustrativo y sugerente, que contagia la fascinación de su autor por la cultura antigua.
Resulta bastante elocuente el subtítulo que el mismo Herbert había puesto al frente de este manuscrito cuando se lo entregó a su editor polaco en 1973: «Apuntes de un viaje por Grecia». Si en Un bárbaro en el jardín Herbert realizaba un recorrido por toda la historia de Europa, desde la pintura rupestre de Lascaux hasta nuestros días, en El laberinto junto al mar bucea en los orígenes de la cultura griega como patria de los mitos y cuna de la civilización occidental.
Comienza el viaje en la isla de Creta, donde Herbert persigue el rastro de la civilización minoica, siempre envuelta en misterio, y trata de extraer entre las ruinas sus rasgos más característicos. En el museo de Heraclión se siente profundamente decepcionado por los famosos frescos minoicos, que en todos los manuales de arte son calificados de obras maestras y que a él, sin embargo, le parecen fruto de una reconstrucción artificial, «como si alguien hubiera inserido sus propias palabras entre los fragmentos de un poema antiguo que hubiera encontrado» (p. 14). La explicación de esto se encuentra, según la hipótesis que desarrolla Herbert, en la labor de reconstrucción y retoque que realizaron los arqueólogos tras el descubrimiento de Cnosos a principios del siglo xx. Fue el arqueólogo Arthur Evans, descubridor de la civilización minoica, quien le encargó al artista suizo Émile Gilliéron la restauración de los frescos, ya que en el momento de su hallazgo se encontraban en un pésimo estado y amenazaban con deshacerse. Herbert no entiende cómo esas reproducciones —que en su opinión materializan las visiones fantásticas del arqueólogo Evans— pueden figurar como obras originales en todos los libros de arte.
El relato de la vida del polémico arqueólogo Arthur Evans (casi tan fascinante como la de su predecesor Heinrich Schliemann, descubridor de Troya), el análisis de sus discutibles métodos y la controversia que sus teorías despertaron en estudiosos como Palmer o Wunderlich le sirven a Herbert para desplegar sus poderosas dotes narrativas, logrando algunas de las páginas más memorables del libro. Evans, que «barruntó, intuyó y vislumbró la existencia de una civilización aún no descubierta que uniría la cultura del Oriente antiguo y el “milagro griego” en una fórmula comprensible de influencias mutuas» (p. 36), fue quien dio el nombre de «minoico» al periodo que empieza con el fin del Neolítico y termina con la invasión de Creta por los aqueos. Asimismo, tuvo el sueño de descifrar la escritura cretense y consideraba que el palacio de Cnosos era una idea y obra suya.
Este primer ensayo, que es el más extenso de todos y da título al conjunto, se cierra con el recuento sucinto de su recorrido por la isla, «desde el golfo de Mirabello hasta el cabo Ákra Spánta», «desde el mar Egeo hasta el mar de Libia», terminando en Festos, que para él representa «la ruina más hermosa de Creta». Se despide Herbert de la isla diciendo que el único camino que nos acerca al mundo es el de la compasión y que «las ruinas de los cretenses son las ruinas de una cuna, de una habitación infantil».
En el segundo ensayo se propone «Un intento de describir el paisaje griego», al que en un principio creía una prolongación del paisaje italiano pero que se le impone como una experiencia única, inefable, sin parangón, de íntima fraternidad con la naturaleza. Psicro, Epidauro, Micenas, Delfos, Esparta y Olimpia son algunos de los lugares evocados en esta tentativa de descripción condenada al fracaso.
Tras el breve interludio «La almita», donde analiza una carta en la que Sigmund Freud recordaba sus sentimientos de sorpresa y escepticismo en su primera visita a la Acrópolis, Herbert realiza un estudio histórico pormenorizado de este conjunto arquitectónico ateniense que tiene como principal símbolo el Partenón («No existe otra construcción en el mundo que haya embargado mi imaginación durante tanto tiempo», confiesa). A continuación, se ocupa de la llamada revuelta o rebelión de Samos, ciudad que se levantó contra Pericles cuando este tomó partido por Mileto en la perpetua querella que mantenían ambas ciudades.
Finalmente, se separan del núcleo temático del libro —viaje por Grecia— los dos últimos ensayos, que se orientan hacia Italia: «Sobre los etruscos», en el que trata de resumir los principales conocimientos atesorados sobre esta civilización, y «Clase de latín», donde mezcla con gran inteligencia sus recuerdos personales de infancia con el estudio histórico de la lengua latina y el poder militar de Roma.
El laberinto junto al mares una brillante recopilación de ensayos en la que, más allá de su consabida condición de poeta, Zbigniew Herbert se revela como un humanista completo y equilibrado, un viajero culto y sensible que, con un estilo literario de gran belleza, consigue transmitir al lector su pasión por los vestigios culturales de Occidente.