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Teatro multimedia: antecedentes y estado de la cuestión

UNA MIRADA ATRAS

Robert Lepage, uno de los directores de escena de referencia en el lenguaje de multimedia, cuando aborda el tema del audiovisual, compara su utilización con las milenarias técnicas de las sombras chinescas que, mediante una antorcha y un cuerpo, que se interpone entre este y una suerte de pantalla, creaba un lenguaje visual, que se incorporaba a la representación escénica. Siglos después, en el XVII, Sabatini investigó el uso de imágenes fantasmas en sus decoraciones; en el XIX, Roberston inventó el fantascopio, que permitía la proyección de sombras sobre el escenario, deformadas por ópticas. En el XX, Meyerhold utiliza un documental en La tierra escondida (1923); un año después Piscator hace lo propio en Banderas y, con mayor intención, un año después incorpora en su teatro político la proyección de un documental al cabaret (este concepto en Alemania apenas guarda relación con la acepción de revista de tono subido, utilizado en nuestro país) A pesar de todo, en el que presentaba de manera fragmentaria y revolucionaria los hechos acaecidos en 1914 y 1919, que desembocaron en los asesinatos de Liebknecht y Rosa Luxemburg. Gropius proyecta en 1927 un teatro habilitado para combinar cine y teatro, mientras que al otro lado del atlántico, Thomas Wilfred acude al cine en Los guerreros de Helgeland de Ibsen.

Sin embargo, hasta mediados del siglo XX no se estudia en profundidad sus posibilidades dramatúrgicas en la escenificación, cuando el checo Josef Svovoda, escenógrafo, comienza en 1951 una estrecha colaboración con el director Otomar Krejka, que se interesaba por desarrollar un concepto planteado por Stanislavski, dotar a la escena de profundidad y horizonte. Lo resuelven mediante un sistema de telas negras y telones transparentes, iluminados con distinta intensidad por calles. Svovoda prosigue con sus investigaciones y en 1958 presenta Un domingo en agosto de Hrubin. Esta escenificación sorprende con una novedad, en un ángulo del escenario, dos grandes pantallas reciben proyecciones distintas, consiguiendo un doble efecto, el de las imágenes proyectadas y el haz luminoso reflectado por la intersección de dos focos de proyección.

Se trata más de un efecto, extraño y atractivo, sin relevancia dramatúrgica en el espectáculo. Meses después, en la Exposición Universal de Bruselas, presenta la linterna mágica, ideada y construida en colaboración con el director de escena Alfred Radok.

Italia impulsa el teatro multimedia con tres hitos relevantes, que utilizan las imágenes con intención de influir en la recepción del espectáculo. En Venecia (1961), la ópera Intolerancia de Luigi nono, con dirección escénica de Václav Kaslik y escenografía de Svovoda, proyecta imágenes que causan la sensación de simultaneidad y de fraccionamiento.

En Pavía (1967), Virginio Puecher en La instrucción, una obra documental de Peter Weiss, emplea cinco pantallas de televisión emitiendo imágenes al tiempo, que yuxtaponen información, mediante la combinación de documentales e imágenes grabadas en directo de los actores en el escenario, tomados desde diferentes ángulos y en diferentes planos. En Milán (1974), el iconoclasta Carmelo Bene en S.A.D.E. sitúa en la habitación de una prostituta, donde se desarrolla la acción dramática, varios televisores que emiten señales de fútbol, de un desfile de las fuerzas armadas, de políticos en el parlamento, de jueces, etc.: la simultaneidad de estas imágenes con las de la mujer desvistiéndose transmiten la perversión de un sistema, de una sociedad. A estos jalones, se suma el trabajo de Giorgio Barberio Corsetti, que investiga en sus espectáculos la incorporación de audiovisuales sustituyendo a las proyecciones cinematográficas, porque la televisión además de conseguir idéntica información con imágenes aporta tres elementos de interés: la retroproyección, la posibilidad de grabar y emitir en directo y la refracción de una luz, la de la pantalla, que no inunda la escena como ocurre con las proyecciones exteriores.

El lanzamiento del teatro multimedia se produce en la década de los ochenta, cuando confluyen varios elementos, entre los que destaco tres: se deja de utilizar el documental en escena e irrumpe con fuerza el audiovisual pregrabado, sustituido progresivamente por el directo; en segundo lugar, la «revolución americana» y más destacadamente canadiense, de modo que en el primer lustro de esta década se estrenan unos 80 espectáculos multimedia. La explicación de este fenómeno, se encuentra en los numerosos y cualificados discípulos de Lecoq, que llegan en esos años a Canadá y enseñan un teatro gestual y visual, de manera que el Conservatorio de teatro de Quebec implanta una enseñanza donde prima la gestualidad, la máscara y el teatro físico; es decir, un teatro de imagen, donde se forman Lepage, Merleau y otros. Estos directores asocian el teatro gestual al teatro de imagen, a través de la utilización de los audiovisuales, y logran romper la barrera idiomática en un país donde las élites culturales, y más específicamente teatrales, se expresaban en inglés. Este campo germinado estalla en 1988, tercer hecho, en el festival de Rennes (Francia), dedicado a «las artes electrónicas», donde participan nueve países europeos, con Canadá y Estados Unidos invitados de honor. En Rennes se constata el desarrollo y avanzado ensamblaje de lenguajes en las propuestas procedentes de américa frente a Europa, y las posibilidades de los audiovisuales para contar historias e introducirse en la cultura de la imagen que dominará el fin de siglo.

Ha transcurrido un cuarto de siglo desde «la puesta de largo» de Rennes y los avances resultan impensables para los más audaces de finales de la década de los ochenta. Atrás quedan nombres, con aportaciones trascendentes que hoy pertenecen a la historia. me limitaré a recoger algunos nombres, porque analizar sus contribuciones excede los límites de este artículo: Robert Lepage y Denis Merleau (Canadá); Elizabeth Lecompte, Peter Sellars, Richard Foreman y Richard Schechner (Estados Unidos), Barberio Corsetti y Romeo Castelucci (Italia), Jean Jourdheuil, Jean-François Peyret, Stephane Braunschweig (Francia), Frank Castoff, Stephan Pucher, Christoph Schlingensief (Alemania), La Fura dels Baus (España), etc. no es un olvido la no inclusión de Robert Wilson, porque le considero más como representante del teatro de imagen que como integrante del teatro multimedia: ambos incorporan la técnica, pero con procedimientos y objetivos muy diferenciados. No se encuentran todos los que son, pero deliberadamente excluyo, y no cito, aquellos que en los últimos años utilizan el audiovisual como decorado o, si se quiere, como elemento integrante de la escenografía, sin un claro sentido dramatúrgico, ni los que emplean la pantalla para reproducir fuertes imágenes eróticas, irrepresentables sobre un escenario aunque puedan estar protagonizadas por los actores con el solo testigo de una cámara. La frontera del multimedia ornamental y superfluo, frente a su uso integrado en el espectáculo, lo delimitaba con clarividencia Barberio Corsetti cuando afirmaba que jamás debía utilizarse el audiovisual de manera descriptiva o narrativa, porque no se necesita contar con imágenes aquello que ya se encuentra en el texto; por el contrario, sí interesa utilizarlo para introducir un discurso poético, conceptual, para sumergir en otros mundos y cuando existe una dramaturgia que establece una relación conceptual entre las palabras y la situación escénica.

ESTADO DE LA CUESTIÓN

La teatróloga Béatrice Picon-Vallín, al pasar al nuevo milenio, planteaba el cambio de la narratividad escénica por exigencia de los nuevos «actores», los audiovisuales y las nuevas tecnologías, que transforman la estructura de los espectáculos, modifican el espacio, manipulan el tiempo, moldean el drama y la interpretación, al tiempo que interfieren en la atención del espectador, requiriéndole el concurso de su imaginario y una nueva percepción, una vez roto el pacto de la convención, característico del teatro de la ilusión. Propone, en suma, instaurar en la escena otro tipo de discurso y poética, que requiere de un minucioso estudio y trabajo dramatúrgico, para conseguir, al menos, los siguientes resultados: integración de las imágenes en el espectáculo; transformación de la palabra en imagen; significaciones precisas y desvelamiento de lo oculto en un primer acercamiento al texto; apertura a campos semánticos próximos; vías de entrada en el subconsciente; creación de asociaciones insólitas; traslación de lo racional en emocional; consecución de una nueva relación conceptual entre la palabra y las situaciones dramáticas; y una tensión dialéctica entre el actor y la imagen. La poética que se deriva de estas notas enumeradas influye de modo significativo sobre el espacio y el trabajo del actor.

Sobre el espacio escénico se crean múltiples efectos que agrupo en dos grandes apartados, el zapping y la ampliación metafórica. En el zapping, el escenario ofrece una percepción discontinua de fragmentos múltiples, presentados de una manera simultánea y caótica, de tal modo que en el espacio escénico se crea una inestabilidad perceptiva mediante un fundido de contornos, el tiempo de la fábula se torna evanescente, los signos se superponen y el texto se reconstruye. El espectador recibe abundante información superpuesta, que le impide un seguimiento racional y lineal, remplazándolo por otro sensorial, que provoca un proceso asociativo en el inconsciente. Desde la escena se emite un mensaje multiforme y plural, ya no unívoco, y cada espectador lo interpreta según su imaginario o referencias. Así, Nicolas Stemann en Los contratos del comercio de Jélinek, Saara Turunen en Historia de un corazón partido, el ya desaparecido Christoph Schilingensief en Arte y verdura, y otros muchos, entablan un diálogo personal entre creación artística y cada uno de los espectadores, como sucede cuando se visita una exposición de arte abstracto. En este tipo de muestras, la comprensión no se desarrolla con los parámetros de un razonamiento, compartido por una mayoría, sino que se atiene más al impacto sensorial que deriva hacia la emoción. Schlingensief definió su teatro como una cruzada «contra la forma y la función», pues el teatro ni se realiza al abrigo de cánones predeterminados, ni debe trasladar mensajes, tesis o ideas para recibirse intelectualmente por los espectadores.

Esta concepción del teatro no posee una coherencia narrativa, una causalidad, ni se apoya en secuencias lógicas o en personajes que representen o sean réplica de algo o de alguien. No la pretende. solo busca inquietar al espectador, despertando sensaciones, impresiones, sentimientos de aceptación o rechazo, mediante una combinación aleatoria de escenas, caleidoscópica se podría decir, y la mezcla, arbitraria en apariencia, de todos los lenguajes que tengan cabida sobre el escenario, incluidos los procedentes de las nuevas tecnologías o la danza contemporánea (Fack Richter, Rautsh o Trust).

Los efectos que consigue el zapping teatral son múltiples, entre ellos entresaco los siguientes: a) inestabilidad del mundo bien al superponer en la óptica visual del espectador imágenes, tomadas desde diferentes ángulos y proyectarlas a un tiempo, el pluriperspectivismo (Peter Sellars en El mercader de Venecia de Shakespeare; Guy Cassiers, Sangre & Rosas de Lanoye), o al simultanear la acción que se interpreta en directo, con esa misma escena grabada y proyectada sobre una pantalla (Katie Mitchell,Cristina desde la señorita Julia): ambos sistemas fuerzan al espectador a asociar, complementar, focalizar, relacionar o escoger una única perspectiva; b) imposibilidad de afianzar la identidad del yo, al proponer un diálogo entre el intérprete y su imagen filmada, que conlleva desdoblamiento e inseguridad (Robert Lepage, Elsinor) o la alteridad, con una doble imagen que acentúa la posibilidad de ser otro (Warlikovski, Kabaret Warsawaski); c) El pluriperspectivismo, al grabar diferentes planos de una misma escena que se proyecta sobre diferentes pantallas; d) La atmósfera evanescente con la pretensión de que una acción se desarrolle en un territorio inmaterial o en espacios oníricos, donde se confronta lo físico del actor que interpreta con presencia y en tiempo real, en un espacio deletéreo, deformado por la imagen (Peter Sellars, San Francisco de Asís; Jourdheuil y Peyret, Paisajes bajo vigilancia de Heiner Müller).

La segunda función con la incorporación de las nuevas tecnologías es la ampliación metafórica: interpretación e imagen proyectada (en directo o pregrabada) no se complementan: pertenecen a campos visuales diferentes como en la metáfora literaria los discursos conciernen a distintos campos semánticos, aunque el territorio de realidad y de figuración posean una zona de intersección común, mediante la cual el lector o espectador realiza un proceso asociativo.

Este más que facilitarle la comprensión racional del hecho descrito o del trabajo del actor sobre el escenario, espolea la imaginación, percute en su ánimo, amplía horizontes de percepción y propone nuevas significaciones que trascienden y amplían el conocimiento. A este lenguaje acuden Vassiliev (Medeamaterial de Müller), Lepage (Las agujas del opio), Van Hove (Los rusos de Lanoye), Simon McBurney (El maestro y Margarita de Bulgakov), etc.

ACTUAR ANTE LA CÁMARA

La incorporación de las nuevas tecnologías o la presencia de la cámara y la convivencia de efectos o imágenes y actores plantea nuevos retos al director de escena, porque —como afirmaba Svovoda— «las imágenes, que poseen fuerza y marcan un ritmo, jamás pueden suplantar al actor, que es el sujeto dramático que impulsa la acción», aunque, agrego, exigen un trabajo más esforzado del intérprete. Al hilo de esta afirmación, saltan dos cuestiones: ¿Cómo se armonizan los lenguajes teatral y fílmico? ¿De qué modo se sustancia la relación dialéctica cámara-actor? La respuesta al primero de los interrogantes se encuentra en Viaje a través de la noche: Katie Mitchell, la directora de escena, le ofrece al espectador la posibilidad de observar cómo la cámara establece un puente entre significante y significado, un puente entre lo que la mujer ve y el flash back de su memoria (lenguaje fílmico); pero, a continuación, le muestra el recorrido inverso que ya es lenguaje teatral: objeto y recuerdo activan la memoria emotiva de la actriz que, desde la escena, transmite al espectador las sensaciones del personaje. Es decir, que se produce una mixtura de lenguajes, imprescindible para que el teatro no se deslice hacia el cine, visto en su realización en directo por un espectador voyeur, y el lenguaje teatral prevalece sobre el fílmico.

Si el audiovisual no puede anular el lenguaje teatral, el actor también deberá actuar de acuerdo con sistemas interpretativos teatrales, que difieren de los cinematográficos, y su presencia sobre el escenario resulta obligada, sin que deban existir en el transcurso de la representación escenas solo accionadas a través de la cámara con el escenario vacío de actores. Las combinaciones de situaciones donde un actor entra en diálogo con las imágenes de una pantalla son múltiples, pero acotaré la casuística a dos supuestos:

El primero, las imágenes proyectadas recogen la acción que se realiza sobre el escenario y en tiempo real. En este caso, la proximidad de la cámara permite apreciar el detalle de un gesto, su significación, captada por el espectador en la pantalla, el objeto que contempla y estimula la reacción del actor; es decir, seguirle como si estuviera en un teatro de cámara con la proximidad que permite. La actuación aboca a una interpretación minuciosa, muy teatral y necesitada de una acomodación de los actores a diferentes métodos de actuación, y consigue desterrar la mecanización en la expresividad corporal o en la gestualidad, y un reencuentro con la verdad: la cercanía de la cámara impide el cliché estandarizado y falso, que puede suceder cuando el actor interpreta en un espacio de amplias dimensiones tanto del escenario como en distancia con los espectadores (Viaje a través de la noche, Katie Mitchell; La cara oculta de la luna, Robert Lepage; La sala de espera, Lupa).

El segundo supuesto recoge el diálogo del actor sobre el escenario sobre imágenes pregrabadas y proyectadas, originando diferentes posibilidades: a) La simultaneidad entre la acción del actor y la proyección de imágenes pregrabadas, que se emplean con varias finalidades, pero siempre al dictado de la dramaturgia del personaje previamente establecida. En unos casos, se opondrá realidad a deseos o recuerdos: las situaciones, e incluso los espacios, en las que se desarrolla el plano real o el de la memoria son diferentes pero en ambos casos no falta el ensamblaje de ambas acciones (Ostermeier, Espectros, de Ibsen); b) Las imágenes son expresión de mundos interiores, muestran el subtexto y se emplean para abreviar la extensión de los parlamentos en textos de siglos pretéritos, donde los personajes razonaban, concluían y actuaban: las grabaciones sintetizan el pensamiento y los actores mueven la acción (Stemann, Don Carlos de Schiller); c) Las imágenes recogen grabaciones de realidades deformadas e inconexas, dibujos abstractos, aperturas a un mundo onírico o formulaciones del subconsciente; la disociación visual del espectador traduce la fractura de la personalidad del personaje (Castorf, El maestro y Margarita o La patrona de Dostoievski; Rüping, La vida es sueño).

Apunto, para finalizar, la respuesta arriba planteada, la relación cámara-actor, trascendental para que el teatro no se deslice hacia el cine: el actor interpreta ante la cámara no frente a la misma; por tanto, la narratividad depende del actor y no viene dictada por el plano o el movimiento de la cámara y la composición corporal o gestual del actor frente a esta; un segundo elemento afecta más al director que gobierna el tempo-ritmo con criterios de teatralidad: la imagen impone un encuadre y fluye con rapidez, pero el director de escena tiene que marcar el tempo de la acción y el ritmo del personaje en ese entorno audiovisual, y conseguir que el actor no se empequeñezca frente al mundo audiovisual.

Una pregunta final, ¿existe el teatro cuando se diluye el actor, o no existe como en el caso de Castellucci, Goëbels o Merleau? El primero ha recorrido un itinerario teatral jalonado por montajes asentados en leves argumentos, unas veces prestados de obras clásicas —la Orestiada, Hamlet, Julio César o la Divina Comedia—, otras elaborados por él mismo. Siempre apoyados en una exuberante riqueza de imágenes para impactar emocionalmente al espectador o herir su sensibilidad, consiguiendo adhesiones o rechazos, goce por lo bello o repulsa ante lo feo. Se trata de un teatro donde la palabra no adquiere un papel preponderante, ni es elemento de transmisión, reemplazándose por el cuerpo semiótico del actor, aunque parezca a primera vista diluirse en el cuadro pictórico. La organización de los espectáculos se apoya en una fórmula experimentada y aplicada siempre: espacios escénicos despejados, con fuerte impacto plástico por el color, y el concurso de las artes plásticas (creada ex profeso o prestadas de algún artista), donde el cuerpo del actor focaliza la atención del espectador, al ser portador de signos, en sí mismo o en relación con otros intérpretes, objetos o animales, estos últimos recurrentes en sus propuestas. El ritmo reposado y la variedad de significaciones en progreso producen efectos perturbadores sobre el público.

Goëbels diluye al actor en la compleja maquinaria y en el envolvente de sonidos, pero su presencia emerge, marcando la cadencia de las situaciones o de los compases acústicos (Cuando la montaña cambia su faz). Denis Merleau, en Los ciegos de Maeterlinck, reemplaza al actor por muñecos, pero estos con su inmovilidad transmiten una sensación de incomunicación y dialogan con el espectador. La luz, diseñada con detalle y variedad, la voz en off, el entorno, impiden que al espectador le parezca encontrarse frente a una instalación y se crea inmerso en una representación.

Gloria al cine de la Primera Guerra Mundial

Nada sería lo mismo en las confrontaciones bélicas tras la Gran Guerra. No solo por su dimensión global, sino por el poder destructivo de las armas modernas, que causaron millones de víctimas, y las convulsiones sociales. Tenía entonces el cinematógrafo la tierna edad de veinte años y todavía no había aprendido a hablar, aunque sus balbuceos ya producían obras notables como El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, David Wark Griffith, 1915).

No obstante, en el periodo 1914-1918 se filmó un valioso material documental. Mucho se ha perdido, pero parte está a disposición de los investigadores en The European Film Gateway 1914, proyecto de la Comisión Europea con motivo del centenario de la Gran guerra, con más de 650 horas de metraje digitalizado de 29 filmotecas y archivos europeos. Ahí hay imágenes del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, el día de su asesinato, detonante de la guerra, y, por supuesto, de las trincheras. Este material fílmico permitió elaborar trabajos de divulgación, como The Great War, serie documental de la BBC de 1964-65 donde intervinieron los historiadores militares John Terraine y Correlli Barnett.

En el terreno de la ficción, y próximas temporalmente al conflicto, no hay películas que lo aborden con hondura. Excepción parcial sería ¡Armas al hombro! (Shoulder Arms, 1918). Mucho antes de su demoledora mirada a Adolf Hitler en El gran dictador (The Great Dictator, 1940), y cuando la Primera Guerra Mundial se acercaba a su final, Charles Chaplin orquestó este divertido slapstick, donde sus heroicas ensoñaciones como soldado propiciaban la captura del káiser. Un humor muy diferente al de la sátira musical ¡Oh, qué guerra tan bonita! (Oh! What a Lovely War, Richard Attenborough, 1969), o al de la serie televisiva Blackadder Goes Forth (Richard Boden, 1989), con Rowan Atkinson, el popular Mr. Bean.

Por su parte, Cecil B. DeMille citaba el hundimiento del Lusitania en La pequeña americana (The Little American, 1917), donde el barco de Mary Pickford, joven heredera estadounidense con dos pretendientes europeos, es torpedeado por un submarino alemán.

Las películas de entreguerras

El transcurso de una década, la llegada del sonoro y el desarrollo de una literatura sobre la Primera Guerra Mundial propició una serie de películas importantes en el periodo de entreguerras. Si tenemos en cuenta la extendida opinión de que la Segunda Guerra Mundial no fue más que la continuación de la primera, cerrada en falso, no resulta disparatado considerar tales novelas y filmes como parte del sincero esfuerzo de los artistas por restañar las heridas bélicas en la memoria colectiva, una expresión del deseo de dar la guerra por concluida, y no de continuarla. Prima así en las películas un tono realista, nada glorificador de las acciones bélicas, narradas con tal minuciosidad técnica que de algún modo marcaron las pautas para cualquier filme posterior que quisiera narrar con credibilidad lo acontecido en la Primera Guerra Mundial. Y los soldados aparecen como personas normales, que nunca tienen la sensación de hacer algo extraordinario, más allá de cumplir con su deber, primero con entusiasmo, luego con resignación.

Título importante fue Sin novedad en el frente (All Quiet on the Western Front, Lewis Milestone, 1930), Oscar a la mejor película. Hollywood adaptaba la novela del alemán Erich Maria Remarque publicada un año antes, y abría con unas significativas palabras del autor: «Esta historia no es una acusación ni una confesión, y menos aún una aventura, pues la muerte no es una aventura para aquellos que se enfrentan de pie a ella. Trata simplemente de una generación de hombres que, aunque escaparan de las bombas, quedaron destrozados por la guerra». El horror bélico que sigue a la ilusión de los jóvenes alemanes podía ser entendido por ambos bandos. Pero grupos nazis protestaron con violencia por el estreno en Berlín y la película fue prohibida en Alemania.

Remarque volvió a ser adaptado en Tres camaradas (Three Comrades, Frank Borzage, 1938), con guión de Francis Scott Fitzgerald, donde se reincide con marcado romanticismo en la necesidad de superar las heridas de la Gran Guerra, a través de tres amigos excombatientes, prendidos de la misma mujer. El filme, aunque esperanzado, no negaba las dificultades reales: la crispación del ambiente político, las dificultades laborales, e incluso una enfermedad fatal.

El mismo año de Sin novedad en el frente, G.W. Pabst entregaba Cuatro de infantería (West Front, 1930), película alemana que transcurre hacia el final de la guerra. Basada en la novela de Ernst Johanssen, mostraba los efectos del bloqueo aliado en los civiles: el hambre empuja a la esposa de un soldado a favores de alcoba, y a su madre a no dejar la cola de las raciones para saludarle, recién llegado de permiso. A los nazis no les agradó, su pesimismo apuntalaba su teoría de la puñalada en la espalda, según la cual la Primera Guerra Mundial se perdió por culpa de dirigentes poco patriotas. Aun así, también por parte aliada se mostraba en El puente de Waterloo (Waterloo Bridge, James Whale, 1931) —basada en la obra de Robert E. Sherwood, versionada luego por Mervin LeRoy en 1940— esta degradación moral de los civiles.

También influyó en ambos bandos End’s Journey, de R. C. Sherriff, éxito en la escena con Laurence Olivier. Escrita en 1928, se sitúa en las trincheras británicas en Aisne, en plena Operación Michael. La humanidad de los personajes y sus temores los entendía cualquiera, así que fue objeto de sendas adaptaciones fílmicas británica —El final del viaje (End’s Journey, James Whale, 1930)— y alemana —El otro lado (Die andere Seite, Heinz Paul, 1931)—, además de versiones posteriores como Ases del cielo (Aces High, Jack Gold, 1976), que traslada la acción a las fuerzas aéreas, y la televisiva Final de partida (End’s Journey, Michael Simpson, 1988).

John Ford abordó una historia de alemanes y americanos, Cuatro hijos (Four Sons, 1928), que sigue a los cuatro vástagos de una viuda bávara, uno de los cuales marcha a Estados Unidos. Al estallar la guerra, su nuevo país es neutral y sus hermanos luchan por Alemania. Pero llegará el momento en que se encontrarán en bandos opuestos.

Ya en la Alemania nazi se filmó Stoßtrupp 1917 (Hans Zöberlein, 1934). Producción de la UFA destinada a elevar la autoestima nacional, evitaba la propaganda de trazo grueso. El director y coguionista, distinguido militarmente en la Primera Guerra Mundial, adaptaba su propia novela, un best-seller presentado por Adolf Hitler. Contra pronóstico, no es una historia especialmente beligerante, y recrea con realismo la guerra de trincheras en 1917, en Champagne, Flandes y Cambrai. Llama la atención la calidad de los planos generales, con auténticas explosiones de artillería, lo que permite apreciar las técnicas de creación de cortinas de fuego para permitir avanzar a la infantería. Aparecen también los tanques, el gas letal y las máscaras, y el lanzamiento de panfletos para minar la moral del enemigo. Resultaba muy emotiva la escena en que un soldado improvisa un árbol de Navidad y un camarada toca con la armónica «Noche de paz».

La cinta francesa Verdun, visions d’histoire (Léon Poirier, 1928) usa metraje auténtico de esa batalla y adopta un enfoque pacifista en la escena celestial con dos ángeles que se llevan a dos combatientes muertos, uno francés, el otro alemán. Mientras que Las cruces de madera (Les croix de bois, Raymond Bernard, 1932), según la novela de Roland Dorgèles, se fija en las personas desde las primeras imágenes de los soldados, sobreimpresionadas con las cruces mortuorias de los campos, como canta la tropa «si no obtienes la cruz al mérito militar, conseguirás al menos la cruz de madera».

El frente occidental, que iba del mar del Norte a la frontera de Francia con Suiza, se mantuvo casi inalterado durante toda la contienda, y la guerra de trincheras allí desarrollada ha sido repetidas veces representada en el cine, en títulos como los ya citados. Camino a la gloria (The Road to Glory, Howard Hawks, 1936), en cuyo guión intervino William Faulkner, transcurre en Champagne, con detalles argumentales como la coincidencia de un soldado con su padre en la misma unidad.

La entrada de Estados Unidos en la guerra en 1917 propició que el cine hollywoodiense retratara la participación de sus soldados en la contienda. Bastante tempranamente King Vidor filmó El gran desfile (The Big Parade, 1925), donde un joven madura a raíz de su participación en la guerra. También destacan las dos versiones de El precio de la gloria (What Price Glory, 1926 y 1952), de Raoul Walsh y John Ford, que a partir de la obra teatral de Maxwell Anderson y Laurence Stallings, de 1924, dibujan la rivalidad sentimental de dos soldados recién llegados a Francia. Y las de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, de Rex Inham y Vincente Minnelli, Los cuatro jinetes del apocalipsis (The Four Horsemen of the Apocalypse, 1921 y 1961).

La guerra está en el aire, y los otros frentes

La guerra en el aire, aunque no tuvo la misma importancia que en la Segunda Guerra mundial, atrajo enseguida a los cineastas, por las espectaculares imágenes que se podían filmar. Así, la primera película de la historia en ganar un Oscar fue Alas (Wings, William A. Wellman, 1927), basada en la experiencia bélica del director. Un gran amante de los aviones, el millonario Howard Hughes entregó Los ángeles del infierno (Hell’s Angels, 1930). La escuadrilla del amanecer (Dawn Patrol, 1930 y 1938) conoció dos versiones de Howard Hawks y Edmund Goulding. Y alcanzó cierta aureola mítica el piloto alemán Manfred von Richthofen, conocido como el Barón Rojo, personaje central en películas de Roger Corman (1971) y Nikolai Müllerschön (2008).

En consonancia con el mejor conocimiento y divulgación de la lucha en el frente occidental, el resto de escenarios bélicos ha sido menos tratado en el cine. Sin embargo hay películas notables en esos otros teatros de operaciones.

Discurre en el frente oriental Arsenal (Aleksandr Dovzhenko, 1929), críptico pero elocuente cine mudo que juega con el simbolismo en la yuxtaposición del montaje, por ejemplo con las escenas de los efectos del gas de la risa en el combate, y donde a la Primera Guerra Mundial siguen los combates de la guerra civil revolucionaria. Y Suburbios (Okraina, 1933) muestra la Rusia zarista al estallar la Primera Guerra Mundial, con la ironía de que un trabajador en la fábrica de zapatos marcha al frente dejando atrás un posible amor, y le reemplaza un prisionero de guerra alemán, del que una muchacha se enamora. Boris Barnet destaca el papel clave de los trabajadores, intercambiables pese a su distinta nacionalidad, ellos no entienden de guerras por motivos bastardos, frente a las autoridades a punto de ser barridas de la historia por los vientos revolucionarios. En torno a la revolución ocurrida en plena Primera Guerra Mundial, destacan los filmes de Sergei M. Eisenstein como Octubre (Oktyabr, 1927), que conmemoraba el décimo aniversario.

De tono muy diferente, Mata Hari (George Fitzmaurice, 1931) retrata con Greta Garbo a la espía que obtenía información para los alemanes en campo ruso gracias a sus dotes seductoras. Producción de la Metro, tuvo respuesta de Paramount con Fatalidad (Dishonored, Josef von Stern-berg, 1931), con Marlene Dietrich espiando al servicio del imperio austrohúngaro.

En el frente italiano, en los Alpes dolomitas, se sitúa Las montañas en llamas (Berge in flammen, Karl Harti y Luis Trenker, 1931). El tirolés Trenker adaptó su propia novela, inspirada por la vivencia personal del conflicto y su amor a la montaña, él asume el papel protagonista y realiza sin dobles las escenas de escalada y esquí. Con tono documental se muestra la dureza física y psíquica de la guerra, más porque los combatientes austríacos pueden divisar desde las alturas su pueblo tomado por los italianos. Como otros filmes, es muy ilustrativo de las entonces novedosas técnicas de guerra, como el uso de la artillería y las ametralladoras, las trincheras y la tierra de nadie rodeada de alambre de espino, los ataques al enemigo socavando su posición y colocando debajo explosivos.

Transcurre también en Italia Adiós a las armas (A Farewell to Armas, Frank Borzage, 1932), según la novela de Ernest Hemingway, en que el director intensificaba la mirada romántica del amor entre un voluntario conductor de ambulancias convaleciente y su enfermera, las personas resultaban ser más importantes que determinadas causas, lo que disculpaba deserciones y permitía poner en solfa ciertos juicios sumarios. El filme —versionado por Charles Vidor en 1957— se basaba en la experiencia personal de Hemingway, tratada por Richard Attenborough en En el amor y en la guerra (In Love and War, 1996).

El italiano Ermanno Olmi está ultimando Torneranno i prati (2014), situada en la víspera de la batalla de Caporetto de 1917. Para Olmi, la Primera Guerra Mundial es «la última guerra con trazas de humanidad» y señala, al reivindicar la importancia de obrar en conciencia, que la guerra más importante se libra «dentro de nosotros, contra las omisiones cotidianas».

Y quizá en esa mirada al interior de las personas, sobresale La gran guerra (La grande guerra, Mario Monicelli, 1959), donde convive la picaresca de los dos protagonistas, que buscan como sea evitar el frente —inmensos Vittorio Gassman y Alberto Sordi—, con la realidad que obliga a tomar decisiones que comprometen y ponen a cada uno en su sitio.

Un escenario bélico poco visto en las pantallas es el turco, donde estratégicamente destacó la lucha por el estrecho de los Dardanelos, que comunica el mar Egeo con el mar de Mármara, y este por el Bósforo con el mar Negro. Gallipoli (Peter Weir, 1981) describe la contribución de los australianos contra el imperio otomano, a través de dos jóvenes atletas alistados como voluntarios. Impactan las imágenes de una auténtica carnicería ante las ametralladoras turcas, con unos oficiales empecinados en mandar a sus hombres a la muerte. A Weir le respaldó Rupert Murdoch, y usó con maestría el adagio de Albinoni para recrear el mood que embarga a los soldados antes del combate.

Palestina, Siria y la futura Jordania tienen protagonismo en la épica Lawrence de Arabia (Lawrence of Arabia, David Lean, 1962), biopic de T. E. Lawrence, joven oficial del Imperio Británico que apuntaló el liderato del príncipe Faysal en la lucha de los árabes contra los turcos, lo que llevó a la conquista de Aqaba y Damasco.

Un escenario más exótico de confrontación es la áfrica negra. En las colonias de Alemania, la actual Tanzania, se sitúa La Reina de África (The African Queen, John Huston, 1951), comedia de aventuras según la novela de C.S. Forester. Sigue a dos hermanos misioneros, víctimas de los atropellos alemanes, que propician el incendio de su aldea. Él enloquece y muere, y ella emprende el regreso a casa a bordo del paquebote de un canadiense de costumbres muy diferentes; pese al choque de caracteres, acabarán congeniando y haciendo su particular contribución a la guerra.

Se busca la paz y la fraternidad

Bastantes películas inciden en las secuelas físicas y psíquicas del conflicto, la llamada «fatiga de guerra», aspectos de la salud entonces poco estudiados y que una mirada superficial confundía con cobardía y falta de patriotismo. La más dura es Johnny cogió su fusil (Johnny Got His Gun, 1971), donde Donald Trumbo adaptaba su propia novela, y a cuyo guión contribuyó Luis Buñuel. La peripecia de Joe, postrado en un hospital tras un ataque, sin vista ni habla, con brazos y piernas amputados, encerrado en la oscuridad de sus pensamientos e incapaz de comunicarse, resultaba angustiosa. Casos menos extremos presentaban El pabellón de los oficiales (La chambre des officiers, François Dupeyron, 2001), donde el rostro del protagonista estaba terriblemente desfigurado, y Regeneration (Gillies Mackinnon, 1997), ambientado en un hospital que trata el estrés postraumático, donde coinciden los poetas Siegfried Sassoon y Wilfred Owen.

El creciente poder destructor de la guerra, puesto de manifiesto en la Primera Guerra Mundial, junto a las diferencias de clase de la época, dieron pie en los contestatarios años sesenta y alrededores a títulos de corte pacifista, donde se presentan muy marcadas las distancias jerárquicas. Con frecuencia los oficiales se muestran inhumanos, parece no importarles el coste en vidas de determinadas acciones bélicas, sus hombres son carne de cañón, y la desobediencia y el miedo merecen castigos severos. Senderos de gloria (Paths of Glory, Stanley Kubrick, 1957), inspirada en hechos reales novelizados por Humphrey Cobb, resulta emblemática. No seguir las órdenes de un general de bombardear a sus propios hombres, para obligarles a atacar una posición alemana, se traduce en consejo de guerra con arbitraria solución de compromiso, tres hombres pagarán por la desobediencia del resto. En el caso real, los ejecutados serían rehabilitados veinte años después. Ante episodio tan poco honorable, se puede entender que Francia prohibiera el estreno del filme.

El esquema de desobediencia a órdenes poco racionales de superiores que viven en su particular burbuja también se observaba en Rey y patria (King & Country, Joseph Losey, 1962) y Hombres contra la guerra (Uomini contro, Francesco Rosi, 1970).

En el horror bélico destacaron al inicio de la contienda las inesperadas treguas de Navidad en 1914, con momentos de confraternización con el enemigo. Abordó el tema Feliz Navidad (Joyeux Noël, Christian Carion, 2005), con la hermosa escena en que unos y otros comparten la misa del gallo. A raíz del filme, Carion creó con su colega Bertrand Tavernier la asociación Noël 14, para promover un monumento conmemorativo. Tavernier demostró sensibilidad por la Gran Guerra en Capitán Conan (Capitain Conan, 1996) —situada en el frente de los Balcanes— y La vida y nada más (La vie et rien d’autre, 1989) —donde acabada la guerra, una mujer busca noticias de su esposo, desaparecido en combate—.

Entre las incursiones fílmicas más recientes sobresale Caballo de batalla (War Horse, 2011), donde Steven Spielberg sigue a partir de la novela de Michael Morpurgo el modelo de Winchester 73 (Anthony Mann, 1950), lo que permite una mirada poliédrica del conflicto a través de un caballo que conoce varios dueños, británicos y alemanes, oficiales, soldados y civiles.

Los títulos citados inciden en el clasismo trasnochado que separa a oficiales de soldados, aunque la Primera Guerra Mundial fue sintomática de que ciertas barreras empezaban a caer. Series televisivas como Arriba y abajo (Upstairs, Downstairs, 1971) y Downton Abbey (2011), señalaban que pese a las diferencias entre nobles y servidumbre, al servir al propio país unos y otros podían acabar en la misma trinchera. Aunque es Jean Renoir quien mejor apuntó lo artificial de las diferencias sociales en La gran ilusión (La grande illusion, 1937), donde el trato caballeresco que el comandante alemán Von Rauffenstein dispensa a su aristocrático prisionero, el capitán De Boeldieu, no impide que este se encuentre más cerca de su compañero, el alférez Maréchal, de humilde condición, y es que los lazos de nobleza son algo más complejo.

Robert Kagan: The World America made

The world America Made. Knopf Doubleday Publishing Group.
2013. 160 págs.

«En el clásico de Frank Capra Qué bello es vivir, George Bailey, —personaje interpretado por James Stewart— tiene la oportunidad de ver cómo hubiera sido el mundo si nunca hubiera nacido. Estaría muy bien si pudiéramos hacer lo mismo con los Estados Unidos, mirar cómo hubiera sido el mundo si estos no hubieran sido la más preeminente superpotencia que lo ha modelado durante las últimas seis décadas, e imaginar cómo sería si América declinara, como hoy muchos predicen» (p. 1). Así comienza The World America Made, la última obra publicada por Robert Kagan, analista político de reconocido prestigio y autor de obras de gran impacto como Poder y debilidad (Taurus, 2003) o El retorno de la historia y el fin de los sueños (Taurus, 2008). Asesor de política exterior de Mitt Romney durante la pasada campaña del candidato republicano en las elecciones presidenciales norteamericanas, Kagan se ha consolidado en los últimos años como uno de los autores de mayor relevancia e influencia en Washington. El propio Barack Obama citó y respaldó la tesis central de un artículo suyo —basado en el libro objeto de la presente reseña— en su discurso sobre el Estado de la Unión de 2012, convirtiéndolo en una de las obras más citadas y comentadas sobre política exterior de los últimos años.

Siempre polémico, Kagan vuelve a la carga con esta nueva obra cuyo objetivo, como indica su párrafo inicial, es responder a la pregunta de cómo sería el mundo si Estados Unidos no fuera la gran superpotencia hegemónica, y analizar cuáles serían las consecuencias o riesgos inherentes al declive o fin de dicha hegemonía, en caso de que esta se produjera. Para ello, al igual que en sus anteriores obras, Kagan adopta un enfoque pragmático de las relaciones internacionales, basado siempre en la experiencia histórica y en el análisis de los hechos y las actuaciones de las principales potencias en el pasado, como fórmula para interpretar el presente y especular sobre el futuro. Según Kagan, la historia nos demuestra que los órdenes mundiales son pasajeros, se alzan y decaen, y en cada periodo histórico las naciones más poderosas han imprimido su particular sello en las relaciones internacionales. Cada orden mundial hegemónico, a través del poder político, económico y militar de la potencia dominante, ha hecho que una serie de valores, instituciones, maneras de concebir el mundo y sistemas económicos que le son inherentes se impongan a los demás. Así ha sido desde el Imperio Romano hasta nuestro tiempo. Tras las guerras napoleónicas, la hegemonía británica y el balance de poder entre las distintas potencias europeas establecieron una era de relativa paz y estabilidad, y de progresiva expansión del libre comercio y las libertades en el mundo. Al comienzo del siglo XX muchos pensaron que la humanidad había alcanzado «un punto culminante en su evolución y que las grandes guerras y la tiranía habían quedado obsoletas» (p. 6). Años más tarde, dicho orden fue destruido con el ascenso del nacionalismo y el totalitarismo, y las dos grandes guerras mundiales trajeron una devastación y un horror sin precedentes en la historia.

El autor argumenta cómo el origen del actual predominio de la democracia liberal y del libre comercio a nivel global no es otro que el de la creación de la nueva hegemonía americana tras la Segunda Guerra Mundial, y plantea pues, la pregunta: ¿puede suceder en nuestros días lo mismo que sucedió en el siglo XX si desaparece dicha hegemonía? Según Kagan, muchos autores e intelectuales creen que no, que el nivel de desarrollo actual, el aumento de democracias liberales en el mundo y la interdependencia económica entre las potencias en la globalizada economía de nuestros días evitaría que eso sucediera de nuevo. Para él, dicho planteamiento es ciertamente ingenuo. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial y, a pesar de la guerra fría, la hegemonía de los Estados Unidos ha favorecido un avance sin precedentes de las democracias liberales y de la libertad de comercio mundial que unida a los avances tecnológicos, culturales y sociales, ha favorecido el nivel de desarrollo y progreso humano que conocemos hoy. Reforzado por las instituciones internacionales —sostenidas gracias al poderío militar y la influencia de los Estados Unidos—, el presente orden internacional ha facilitado el progresivo aumento de las democracias en el mundo, pero eso no significa necesariamente que dicha tendencia no pudiera cambiar, y que si los regímenes autocráticos ganaran poder, podría incluso invertirse.

Repitiendo los argumentos ya expuestos en su obra El retorno de la historia y el fin de los sueños, Kagan ofrece como ejemplo para reafirmar su tesis el papel que Rusia y China han jugado en cada conflicto o crisis que se ha producido en los últimos años. No parece muy lógico deducir que, si las autocracias se han dedicado a proteger y promocionar la creación de otras autocracias en el mundo, si decayera el poder norteamericano comenzaran de repente a promover las instituciones democracias liberales. El apoyo de Rusia a regímenes como los de Irán, Siria o Venezuela, o el de China a Corea del Norte o a diferentes dictadores africanos, inclinan al autor americano a pensar que más bien sucedería todo lo contrario.

El progreso que hoy disfrutamos no es para Kagan una inevitable evolución de la especie humana, sino el producto de una única y quizá transitoria configuración de poder en el orden internacional. Si la balanza de poder cambiara, es posible que las características del mundo cambiaran también. «Quizá la democracia se ha expandido a más de un centenar de naciones porque la más poderosa nación en el mundo ha sido una democracia. Quizá el increíble crecimiento económico mundial de las pasadas seis décadas refleja un orden económico modelado por la economía de libre mercado que es líder mundial. Quizá la era de paz que conocemos tiene algo que ver con el enorme poder acumulado por una nación» (p. 5). Para Kagan, «la lección del siglo XX, quizá olvidada en el XXI, es que si uno quiere un orden más liberal, no habrá otra alternativa para las naciones democráticas que la de construirlo y defenderlo. El orden internacional no es una evolución; es una imposición. Es la dominación de una visión sobre otras —en este caso, la dominación de los principios liberales económicos, políticos y de las relaciones internaciones sobre otros principios no liberales—» (p. 97).

Kagan reivindica el papel crucial de los Estados Unidos en el mundo que hoy conocemos, y relaciona la inusual combinación de su vasto poder y de la remarcable aceptación global del mismo, como los factores principales que han evitado no solo el crecimiento de los regímenes autocráticos, sino también que haya habido ausencia de conflictos armados entre las grandes potencias. El orden mundial que conocemos se sustenta, así, en la hegemonía de los Estados Unidos y, como todos los órdenes mundiales precedentes, ha sido modelado por sus intereses y preferencias. El paulatino proceso de democratización, la libertad del comercio mundial, la globalización y la interdependencia económica entre los distintos países son su resultado, y constituiría un grave error creer que dichos avances podrían sostenerse sin un poder equivalente que los sostuviera en el futuro. «La muy aclamada teoría de la paz democrática sería más persuasiva si las grandes potencias fueran todas democracias. Podría explicar por qué Francia y Alemania no han ido a la guerra, pero no explica por qué Rusia y China no se hayan envuelto aún en conflictos con otras potencias» (p. 65). La interdependencia económica no evitó las dos grandes guerras del siglo XX. Hoy sería ingenuo confiar en que criterios meramente económicos constituyan la base de todas las consideraciones de las potencias sobre la paz y la guerra.

Kagan entiende que, antes al contrario: «Nacionalismo, honor, temor, la ambición de poder y otras emociones humanas modelan el comportamiento de las naciones tanto como modelan el comportamiento de las personas que habitan en dichas naciones» (p. 65). Por ello, para Kagan, el argumento de que no es necesario imponer el orden mundial liberal, de que «simplemente sucederá» (p. 97), no se sostiene, como tampoco la percepción generalizada de que la prevalencia del sistema de economía de libre mercado y del libre tránsito de mercancías a nivel global es fruto de una evolución natural de la economía, y de que existe un consenso general en que es la mejor herramienta para crear riqueza y prosperidad. Asumir que ninguna potencia estaría dispuesta a acabar con «la gallina de los huevos de oro» es igualmente erróneo, y existe un alto riesgo de que el proteccionismo y los controles sobre el tránsito de mercancías desarrollado tradicionalmente por las autocracias prevalecería a la libertad comercial que hoy garantiza el control de los mares por parte de EE.UU.

Por último, Kagan cuestiona el planteamiento mismo de que Estados Unidos esté en decadencia. Para él, los autores que afirman la existencia misma de esta exageran, y parten de una mitificación errónea de la influencia de los Estados Unidos en el pasado. Si bien es cierto que EE.UU. actualmente no impone siempre su voluntad en las relaciones internacionales —como demuestra la gestión del conflicto Sirio o las tensiones con el régimen norcoreano o venezolano—, también es cierto que nunca lo hizo. Vietnam, Cuba, Venezuela y el aumento del populismo en Latinoamérica son buen ejemplo de ello. EE.UU. sufrió varias derrotas en la guerra fría pero mantuvo su hegemonía. Por ello, Kagan concluye la obra afirmando que no podemos dar por sentado que dicha decadencia sea inevitable, sino que deberíamos ser conscientes de que vivimos en un mundo que, con sus virtudes y defectos, «constituye una remarcable excepción en la historia de la humanidad», y las democracias libres debemos poner todo nuestro empeño en preservarlo. Es un argumento del autor que recuerda aquella inscripción en el Washington Mall, junto al monumento a los caídos en la Guerra de Corea, que afirma que Freedom is not free (La libertad no es gratis). De lo contrario y, volviendo a Kagan, «quizá algún día no tengamos elección y tengamos que verlo desaparecer. Hoy sí que la tenemos» (p. 140). 

Juan Pablo II y la unidad de Europa

La derrota del ejército polaco, en los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, y el sometimiento de toda la nación, fue el preludio de una suerte que muy pronto alcanzaría a numerosos pueblos del viejo continente. Poco más de veinte años antes, el 11 de noviembre de 1918, Polonia había recuperado su independencia. Lo hizo notar Juan Pablo II durante un encuentro con miembros del sindicato Solidaridad, a los que recibió en el Vaticano en el año 2003. «Al recordar la fecha del 11 de noviembre —dijo en aquella ocasión— no puedo por menos de referirme a la libertad nacional restituida aquel día a la República de Polonia, después de años de luchas que costaron a nuestra nación tantas renuncias y tantos sacrificios». Fue una libertad efímera, pero permanece en el horizonte como un punto de referencia. Un periodo relativamente breve en el que no faltaron dificultades para el desarrollo del nuevo Estado.

El OBJETIVO DE LA INTEGRACIÓN EUROPEA

Terminada la Segunda Guerra Mundial, ese recuerdo histórico permaneció vivo en la memoria durante los largos años de sometimiento a un régimen totalitario, hasta la revolución pacífica de 1989. «Sé cuán importante era ese día para todos los que, en el tiempo del comunismo, trataban de oponerse a la supresión programada de la libertad del hombre, a la humillación de su dignidad y a la negación de sus derechos fundamentales». Los hombres que Juan Pablo II tenía delante eran artífices y continuadores de aquel movimiento. En Solidaridad permanecía, de alguna manera, cuanto se había logrado aquel lejano 11 de noviembre de 1918: la «expresión exterior, política» de la libertad que había nacido «de la libertad interior de cada uno de los ciudadanos de la República polaca dividida, y de la libertad espiritual de toda la nación».

Los decenios posteriores a 1945 no fueron acompañados del crecimiento y el progreso, tan necesarios tras las destrucciones que el conflicto había producido. Por el contrario, como el Papa recordó en el mensaje a la conferencia Episcopal polaca en el 50º aniversario de la Segunda Guerra Mundial (26-VIII-1989), «fueron causa de una gran crisis socioeconómica y nuevos daños, ya no en los frentes de la lucha armada, sino en el frente pacífico de la lucha por un futuro mejor de la patria». Esos años de prolongada posguerra impidieron a Polonia ocupar «el puesto que le corresponde entre las naciones y los Estados de Europa y del mundo».

La paz, el entendimiento y la colaboración deben ser, en efecto, el anhelo de todas las naciones. Fue también el objetivo de la declaración Schuman, con la que el 9 de mayo de 1950 se inició el proceso de integración en Europa. El proyecto no se basaba en la voluntad de poder, sino en la idea de que el diálogo y la estima recíproca son esenciales para la construcción de un continente próspero y en paz. Los padres fundadores de la actual Unión Europea propusieron a sus pueblos un nuevo modo de vivir juntos en una comunión de destino, aceptando el pasado y sacando experiencia. Lo recordó Juan Pablo II a un grupo de diputados del Partido Popular Europeo con motivo del 40º aniversario de los tratados de Roma (1957): nunca más las guerras e ideologías podrían destruir en el futuro tantas vidas humanas.

«Nadie puede borrar las huellas de las responsabilidades, que han pesado de modo tan terrible en la historia de nuestra nación y de las otras naciones de Europa» dijo Juan Pablo II

Desde los años cincuenta la integración europea ha tratado de avanzar hacia un futuro en el que cada una de las naciones pueda lograr un progreso multiforme. El gran objetivo —hoy más necesario que nunca, por causa de la crisis— fue reconstruir en millones de sus ciudadanos, particularmente en los jóvenes, la confianza en el futuro. Son aspectos que se imponen con fuerza a la conciencia de Europa, y alcanzarlos depende en gran parte de sus ciudadanos. Por eso hace falta su implicación en el proceso. En el mensaje antes citado Juan Pablo II se refirió principalmente a Polonia, pero el argumento puede extenderse a todo el continente: «nadie puede borrar las huellas de las responsabilidades, que han pesado de modo tan terrible en la historia de nuestra nación y de las otras naciones de Europa». Son hechos que conviene tener presentes, pero cabe la tentación de olvidarlos: «Se están borrando de la memoria. Las generaciones más jóvenes ya no los conocen por experiencia propia», insistió ante los representantes de Solidaridad (2003). A Juan Pablo II le surgía la duda de si los jóvenes «aprecian como se debe la libertad que poseen; si se dan cuenta del precio pagado por ella». Por ello, concluía el Papa polaco, «hay que aprender del pasado».

La memoria es importante. Para afrontar el futuro con confianza es preciso tener presente el largo camino que han recorrido las naciones de Europa central y oriental hasta reconquistar la libertad, y las del occidente para progresar en la unidad. La memoria constituye «el patrimonio al que conviene remitirse constantemente, para que la libertad no degenere en anarquía, sino para que asuma la forma de responsabilidad común».

LA CONQUISTA DE LA LIBERTAD

Juan Pablo II nunca tuvo reparo en reconocer su pertenencia histórica y afectiva al corazón de Europa. Durante el primer viaje pastoral a su patria (1979) esta conciencia se hizo patente desde el primer momento. En Varsovia, desde la plaza de la Victoria, nada más llegar recordó que él era «un eslavo, hijo de la nación polaca». Sentía «profundamente arraigadas en la historia» las raíces de las que tomaba origen. Había ido a Polonia para hablar ante Europa y ante el mundo de aquellas naciones y poblaciones «frecuentemente olvidadas». Lo iba a manifestar también en otro momento de aquellos nueve días históricos: «¿no quiere acaso cristo —dijo en Gniezno el 3 de junio—, no dispone acaso el Espíritu Santo, que este Papa polaco, Papa eslavo, justamente ahora manifieste la unidad espiritual de la Europa cristiana». Era el mes de junio de 1979, con su pontificado recién estrenado.

En un hermoso gesto, dirigido a las gentes que le escuchaban al otro lado del Telón de Acero, reconoció que llevaba en su espíritu, «profundamente grabada, la historia de la propia nación, desde sus mismos comienzos, y también la historia de los pueblos germánicos y limítrofes». Años más tarde, en 1997, llegaría a calificar aquellas palabras de 1979 como el programa de su pontificado. Lo hizo en la homilía que pronunció en el mismo lugar —la histórica ciudad de Gniezno— en presencia de los jefes de Estado de Polonia, Alemania, Hungría, República checa, Lituania y Ucrania. «Señores presidentes, vuestra presencia aquí, en Gniezno, tiene hoy un significado especial para todo el continente europeo. Como hace mil años, hoy también ella testimonia la voluntad de una pacífica convivencia y de la construcción de una Europa, unida por vínculos de la solidaridad».

El interés de Juan Pablo II por la unidad del continente se puso de manifiesto desde su elección, en 1978. Entonces quedaba lejos la caída del muro de Berlín (tardaría once años en hacerse realidad); la Unión Europea de 28 estados que hoy tenemos; o los trabajos de la convención, un cuarto de siglo después, para dotar a la Unión Europea de una constitución que, como es sabido, tras largos años de crisis y negociaciones devino en el tratado de Lisboa, hoy en vigor. Hablar en 1979 del colapso del comunismo parecía solo fruto de buenos deseos, más que de un análisis de la realidad. Sin embargo, Wojtyla basaba esta predicción en la dinámica de la moral y de la historia, y en su experiencia personal. Apoyó sin límites al naciente sindicato Solidaridad, tanto en las negociaciones previas a su creación como en el periodo que siguió a su disolución, tras el golpe de Estado que tuvo lugar en Polonia en diciembre de 1981. «En esta ciudad, hace diecinueve años —diría en Gdansk, el 5 de junio de 1999—, nació el sindicato Solidaridad. Fue un acontecimiento que marcó un viraje en la historia de nuestra nación, e incluso en la de Europa. Solidaridad abrió las puertas de la libertad a los países esclavos del sistema totalitario, derribó el muro de Berlín y contribuyó a la unidad de Europa, dividida en dos bloques desde la Segunda Guerra Mundial. Nunca hemos de olvidar esto».

LOS DOS PULMONES DEL VIEJO CONTINENTE

La insatisfacción por la división artificial de Europa podía haberse expresado en términos políticos, pero el Papa eslavo formuló el problema en términos de cultura, historia y moral. Estaba convencido de que «encerrar a los pueblos en sistemas de pensamiento no es primariamente una cuestión política, sino ética, y por tanto humana: no se puede ir contra el hombre». Así lo proclamó en Varsovia, desde la Plaza de la Victoria. La persona debía ser el centro de la construcción europea, y con el tiempo la Carta de Derechos Fundamentales de la UE (2000) lo recogería en su preámbulo: «consciente de su patrimonio espiritual y moral, la Unión está fundada sobre los valores indivisibles y universales de la dignidad humana, la libertad, la igualdad y la solidaridad, y se basa en los principios de la democracia y el Estado de derecho. Al instituir la ciudadanía de la Unión y crear un espacio de libertad, seguridad y justicia, sitúa a la persona en el centro de su actuación» (párrafo 2º).

De un modo inesperado y sorprendente, el 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín. Era el símbolo de la división de Europa en dos mitades, como consecuencia de los acuerdos firmados en Yalta al final de la Segunda Guerra Mundial. Pocas semanas más tarde, el 13 de enero de 1990, Juan Pablo II pronunció un importante discurso ante el cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. Ofreció su interpretación de lo acontecido: estaba convencido de que la causa principal, por la que el marxismo había sido vencido, era la «debilidad de su antropología». El sistema derrumbado había ignorado sistemáticamente la complejidad del ser humano, reduciéndolo a su función económica, considerando el resto de las dimensiones humanas como una mera ilusión. En el capítulo III de la Encíclica Centesimus annus (1991) bajo el significativo título «El año 1989» ofrece un análisis de aquellos acontecimientos.

«La sed de libertad que anida en el interior de toda persona» era la fuerza que había derribado los muros

La libertad de espíritu había estado reprimida durante casi medio siglo, pero siguió latente y se manifestó con fuerza hasta llegar a convertirse «en el fundamento de las transformaciones pacíficas». Fue la interpretación que hizo Juan Pablo II ante el cuerpo diplomático, cuando solo habían pasado unas semanas desde la caída del muro. Son hechos de la historia europea reciente que resultaron sorprendentes, tanto por su origen como por el desarrollo que tuvieron y también por sus resultados. «La sed de libertad que anida en el interior de toda persona» era la fuerza que había derribado los muros, dando a todo lo sucedido el ritmo de un auténtico vuelco. La nueva situación era el momento oportuno para «recoger las piedras de los muros derribados y de construir juntos la casa común».

«Pueblos enteros han tomaron la palabra —dijo a los embajadores que le escuchaban— y la persona humana ha mostrado los inagotables recursos de dignidad que posee». En países donde durante años un partido había dictado la verdad que se debía creer, y el sentido de la historia, la persona había demostrado que no se pueden ahogar las libertades fundamentales que dan sentido a su vida: «la libertad de pensamiento, de conciencia, de religión, de expresión, de pluralismo político y cultural». Varsovia, Moscú, Budapest, Berlín, Praga, Sofía y Bucarest se habían convertido en las etapas de una larga peregrinación hacia la libertad. Una vez iniciado el camino, no era posible detenerse. Las aspiraciones expresadas por los pueblos debían ser satisfechas «por el Estado de derecho en cada nación europea».

Un nuevo escenario amanecía en Europa, y había que darle forma. Juan Pablo II dibujó ante el cuerpo diplomático los rasgos de la «casa común» que empezaba a vislumbrarse. Destacó que cualquier proyecto de derecho debe tener, como rasgos distintivos, «la neutralidad ideológica, la dignidad de la persona humana, fuente de derechos, la anterioridad de la persona en relación con la sociedad, el respeto de las normas jurídicas democráticamente consensuadas, el pluralismo en la organización de la sociedad». El Papa los calificó de «valores insustituibles, sin los cuales no se puede construir con carácter estable una casa común al Este y al oeste, accesible a todos y abierta al mundo». Valores que tienen una misma raíz: «Parece renacer ante nuestros ojos una Europa del espíritu —dijo el Papa eslavo aquel día de enero— basada en los valores y símbolos que la han modelado, en la tradición cristiana que une a todos los pueblos». Estaba convencido de que el espíritu común que alienta la vida y la historia de Europa es el único camino y la mejor garantía para lograr su unidad.

CONTRADICCIONES DE EUROPA

Los nuevos aires de libertad habían llevado a los pueblos de Europa a redescubrir su identidad y su igual dignidad. Sin embargo, no era una conquista definitivamente adquirida: había que estar vigilantes, advirtió Juan Pablo II; podrían surgir rivalidades seculares y conflictos entre minorías étnicas, y también exacerbarse los nacionalismos. Después de llamar la atención sobre estos extremos —dolorosamente reales durante los años noventa en Croacia, Eslovenia, Bosnia-Herzegovina y Kosovo—, señaló el camino para avanzar: concebida como una comunidad de naciones, Europa debía consolidarse sobre la base de los principios adoptados en la conferencia de Helsinki (1975). Se había terminado por imponer la convicción fundamental de que la paz del continente no depende solo de la seguridad militar, sino también de la confianza que cada ciudadano debe poder depositar en su propio país, y de la confianza entre los pueblos. Es preciso no olvidar la historia. Sin embargo desde Albania (1993) volvió a recordar la tendencia a «pasar rápidamente la página, olvidando lo que sucedió, para mirar hacia delante».

Las contradicciones experimentadas una vez superada la división del continente, habían dejado desprovistos a los responsables políticos, «sin posibilidad de controlar de manera global, y mediante la negociación, esas tendencias paradójicas». Juan Pablo II lo destacó en el discurso al cuerpo diplomático, a comienzos de 1994: recordó la complicada situación por la que tuvieron que pasar los pueblos balcánicos, en los primeros años noventa, ante la pasividad de las democracias del continente. Un episodio de la historia que, en opinión del papa Wojtyla, había «reducido considerablemente el capital de confianza de que gozaba Europa».

Ocho años después de la revolución de 1989 Juan Pablo II seguía insistiendo, desde Gniezno, en la necesidad de construir Europa con una actitud abierta y solidaria hacia las demás naciones. «Tras tantos años, vuelvo a repetir lo mismo: es necesaria una nueva disponibilidad […]. De hecho, se ha visto —a veces de manera dolorosa— que la recuperación del derecho de autodeterminación, y la ampliación de las libertades políticas y económicas, no son suficientes para la reconstrucción de la unidad europea». No quiso dejar pasar aquella oportunidad que se le brindaba para interpelar a Europa, no sin ciertos tintes de angustia. «¿cómo no mencionar aquí —dijo entonces— la tragedia de las naciones de la antigua Yugoslavia, el drama de la nación albanesa y los enormes pesos soportados por todas las sociedades que han recuperado la libertad y que con un gran esfuerzo se liberan del yugo del sistema totalitario comunista?». «El conflicto que tiene lugar a nuestras puertas, en Kosovo, hiere a toda Europa», insistía en 1999 a la Asamblea parlamentaria del consejo de Europa.

«No habrá unidad en Europa mientras esta no se funde en la unidad del espíritu»

Karol Wojtyla fue un profundo observador de la condición humana y los dinamismos de la persona. Fruto de su reflexión señaló que la causa del clamoroso desinterés que percibía en algunas sociedades era el egoísmo que anida en lo profundo de la persona: « ¿no será que tras la caída de un muro, el muro visible, se haya descubierto otro, el invisible, que sigue dividiendo nuestro continente; el muro que atraviesa los corazones de los hombres?», se preguntaba en Gniezno (1997). «Se trata de un muro hecho de miedo y de agresividad, de falta de comprensión de los hombres de distinto origen, de distinto color de piel, de distintas convicciones religiosas; es el muro del egoísmo político y económico, de la debilitación de la sensibilidad sobre el valor de la vida humana y la dignidad de todo hombre».

Y continuó: «Hasta los indudables éxitos en el campo económico, político y social no disimulan la existencia de dicho muro. Su sombra se extiende por toda Europa». Como conclusión lanzó una cruda advertencia: «La meta de una auténtica unidad del continente europeo está aún lejana. No habrá unidad en Europa mientras esta no se funde en la unidad del espíritu». Ese es el fundamento profundo que «fue llevado y consolidado a lo largo de los siglos por el cristianismo, con su comprensión del hombre y su contribución al desarrollo de la historia de los pueblos y de las naciones».

Juan Pablo II entendió Europa como un gran río en el que desembocan numerosos afluentes. Su gran riqueza son la variedad de las tradiciones y culturas que la forman, de las que deriva una misma identidad europea. Por eso, una vez obtenida la liberación política en la mitad oriental del continente, destacó la necesidad de dar un contenido a esa libertad recuperada. El mismo contenido debía guiar la libertad en la mitad occidental. Tanto en aquella como en esta el fundamento común son los valores, construidos sobre el cristianismo, que dan sentido a la libertad, y son también camino para alcanzar la unidad. En su largo y fecundo pontificado el primer Papa eslavo de la historia no perdió ocasión de recordarlo. Hoy sigue siendo necesario reconocer las raíces de las que el viejo continente ha sacado su fuerza y lo han hecho grande. Son el fundamento de Europa y la garantía de su futuro. •

¿Puede reformarse la Organización de los Estados Americanos (OEA)?

 

LA OEA, CENTRO POLÍTICO PARA LA DEFENSA COLECTIVA DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA

Contrariamente a la «pasión democrática» que Tocqueville atribuía a los autores de la constitución de los Estados Unidos, el imaginario colectivo latinoamericano se ha nutrido históricamente de la fascinación por el concepto de «revolución» más que por el de «democracia». De ahí las fiebres revolucionarias y contrarrevolucionarias que han agitado la historia de gran parte de américa Latina y han evitado el desarrollo de democracias estables. A partir de 1948, con la fundación de la Organización de los Estados americanos (OEA), se pretendió regionalizar el concepto de democracia representativa como la forma de gobierno para todos los países. Luego, a pesar del oscurantismo que supuso para la región la guerra fría, en 1959 los países miembros de la OEA definieron con claridad los elementos esenciales de la democracia representativa:

« (1) El principio del imperio de la ley debe ser asegurado mediante la independencia de los poderes y la fiscalización de la legalidad de los actos del gobierno por órganos jurisdiccionales del Estado; (2) Los gobiernos de las repúblicas americanas deben surgir de elecciones libres; (3) La perpetuación en el poder, o el ejercicio de este sin plazo determinado y con manifiesto propósito de perpetuación, son incompatibles con el ejercicio de la democracia; (4) Los gobiernos de los Estados americanos deben mantener un régimen de libertad individual y de justicia social fundado en el respeto de los derechos fundamentales de la persona humana; (5) Los derechos humanos incorporados en la legislación de los Estados americanos deben ser protegidos por medios judiciales eficaces; (6) El uso sistemático de la proscripción política es contrario al orden democrático americano; (7) La libertad de prensa, de la radio y la televisión, y en general la libertad de información y expresión son condiciones esenciales para la existencia de un régimen democrático…»

El año 1969 varios de esos principios fueron incluidos en la convención americana sobre derechos Humanos, suscrita en San José, Costa Rica. Posteriormente, el año 1991, los Estados aprobaron la resolución 1080 mediante la cual crearon un procedimiento para preservar la estabilidad de gobiernos democráticos a través de la acción colectiva regional en casos de golpes de Estado.

En una región donde muchos países tienen una historia cíclica de periodos democráticos a los que suceden caudillos de toda especie —iletrados o educados, populistas de izquierda o de derecha—, no fue extraño que, a principios del siglo XXI, el consenso de los años noventa en la región se fragmente y surjan nuevos síntomas de deterioro del Estado de derecho: fraudes electorales a través del uso de recursos públicos para favorecer al candidato oficial; reelecciones ilegales; ruptura del equilibrio de poderes; utilización del poder judicial con fines políticos; amenazas a la libertad de expresión, etc.

Frente al surgimiento estas nuevas amenazas contra la democracia, los jefes de Estado comprometidos con la democracia representativa, que todavía eran mayoría durante la Cumbre de las Américas en Quebec, Canadá, el año 2001, instruyeron a los ministros de relaciones exteriores preparar una carta democrática interamericana que «refuerce los instrumentos de la OEA para la defensa activa de la democracia representativa…». El 11 de septiembre del año 2001 se aprobó la carta democrática interamericana (CDI), en Lima, Perú. La importancia de la CDI radica en que crea un «vínculo entre el ejercicio efectivo de la democracia representativa y el Estado de derecho, el cual se expresa en que solo la concurrencia de todos los elementos esenciales de la democracia en el ejercicio del poder le da a un gobierno la calidad de democrático. Por tanto, el régimen democrático no se agota en elecciones sino que se manifiesta en el ejercicio legítimo del poder a través del pleno respeto a los elementos que caracterizan a un sistema democrático».

LA OEA DESPUÉS DE LA GUERRA FRÍA

La iniciativa del presidente Clinton de invitar, a excepción de Cuba, a los jefes de Estado y de Gobierno de las Américas, el año 1994, tenía como una prioridad reorganizar el sistema interamericano, adaptando a la OEA —que salía muy dañada de la guerra fría— a las nuevas condiciones políticas de la región. La existencia de nuevos actores regionales, Canadá y los países del Caribe, así como un consenso en principios políticos y económicos basados en la democracia representativa y la economía de mercado, hicieron posible una estrecha cooperación hemisférica. En este periodo, la defensa colectiva del sistema democrático fue activa y en algunos casos eficiente para evitar el regreso de gobiernos autoritarios.

La resolución 1080 se aplicó en los casos de intentos de golpe de Estado, pero, en casos como el de Fujimori en Perú, dado que la ruptura del «orden democrático» tenía su origen en el propio gobierno electo, los países de la OEA intervinieron en la crisis peruana invocando la carta de la OEA. A partir de la aprobación de la CDI, el año 2001, esta fue invocada incluso en casos en los que las amenazas al Estado de derecho provenían del propio gobierno. Sin embargo, cuando la correlación de fuerzas y la división ideológica en la región se agudizó, las derivas del sistema democrático en Venezuela, Bolivia, Ecuador o Nicaragua en los últimos años, develaron uno de los problemas mayores de la CDI: esta solo es aplicable cuando existe la aceptación del gobierno del país donde la crisis se origina. Además, se requiere el apoyo de una mayoría de países miembros para la intervención de la OEA. En las actuales circunstancias, esa mayoría no existe y por tanto la CDI no se puede aplicar a gobiernos que manifiestamente violan las reglas de juego de la democracia.

A manera de ilustración, tanto la resolución 1080 como la CDI se aplicaron en casos como los siguientes:

–  Haití, 1991, un golpe de Estado militar derrocó al presidente democráticamente electo, Jean-Bertrand Aristide. El consejo permanente de la OEA, en aplicación de la resolución 1080, convocó a una reunión ad hoc de ministros de relaciones exteriores. La OEA desconoció al gobierno de facto. En una acción conjunta de la OEA y Naciones Unidas, se impuso el bloqueo comercial a la isla y finalmente el consejo de seguridad autorizó el uso de tropas internacionales. Antes del desembarco de las mismas, los jefes militares abandonaron el país y el presidente Aristide fue restituido en su cargo.

–  Perú, 1992, el presidente Alberto Fujimori, aunque democráticamente electo, disolvió unilateral e inconstitucionalmente el congreso del Perú y la corte suprema de Justicia. No era un golpe de Estado militar clásico, como preveía la resolución 1080. Una reunión ad hoc de ministros de relaciones exteriores de la OEA exigió al gobierno peruano restablecer el orden institucional democrático. Finalmente, en la asamblea general de Nassau, Bahamas, el presidente Fujimori se comprometió a convocar a elecciones, bajo supervisión de la OEA.

–   Guatemala, 1993, el presidente disolvió inconstitucionalmente el congreso de Guatemala y la corte suprema. La OEA exigió la anulación de dichas medidas y finalmente el presidente tuvo que renunciar. El congreso eligió un nuevo presidente interino para que llamase a nuevas elecciones.

–  Paraguay, 1996, el general Lino Oviedo exige la renuncia del presidente Juan Carlos Wasmosy. El secretario general de la OEA, Cesar Gaviria, al igual que los cancilleres de MERCOSUR y el coordinador del Grupo de Río de Bolivia, país que ese año presidia el grupo, viajan a Asunción para apoyar presencialmente al presidente constitucional, con el objeto de evitar un inminente golpe de Estado. La sorpresa de los militares insubordinados frente al decisivo apoyo de la OEA, de MERCOSUR y del Grupo de Río, lleva a los golpistas a deponer las armas. El putsch fue abortado y el general Oviedo destituido.

–    Bolivia, entre los años 2003 y 2005, manifestaciones violentas dirigidas por movimientos subversivos, con apoyo externo, intentaron derrocar al gobierno democrático del presidente Sánchez de Lozada, a través de movilizaciones sociales, bloqueos de carreteras y, en muchos casos, acciones violentas. El 12 y 13 de febrero, un enfrentamiento entre policías y militares produce varios muertos. El consejo permanente de la OEA, invoca la CDI y expresa su apoyo al presidente de Bolivia. Posteriormente, la crisis se agrava y los movimientos sociales dirigidos por Evo Morales y Felipe Quispe generaron un clima de violencia que concluyó con la renuncia de Sánchez de Lozada y su sustitución por el vicepresidente.

–    Nicaragua, 2004-2005, el presidente Enrique Bolaños perdió el apoyo de gran parte de su propio partido en el congreso, debido a la condena a prisión por parte de la justicia nicaragüense al expresidente Arnoldo Alemán, por cargos de corrupción. Debido a la oposición de los parlamentarios de Alemán, aliados con los de Daniel Ortega, la gobernabilidad democrática se debilitó peligrosamente. El presidente Bolaños invocó en dos ocasiones la aplicación de la CDI. En ambas oportunidades, la OEA facilitó acuerdos que permitieron que Bolaños concluyera su mandato.

–      Ecuador, a fines del año 2004, el presidente Gutiérrez destituyó a los jueces de la Corte Suprema y el Congreso destituyó al presidente Gutiérrez. Sobre la base del art. 18 de la CDI, la OEA apoya al nuevo gobierno.

–  Honduras, 2009, el presidente Zelaya convocó a un referéndum para reformar la constitución con el objeto de levantar la prohibición de la reelección presidencial. Aunque la Corte Suprema declaró la inconstitucionalidad de la consulta, Zelaya mantuvo la convocatoria a la misma, por lo cual fue destituido y exiliado por miembros de las fuerzas armadas y reemplazado por el vicepresidente. La OEA condenó el golpe de Estado, desconoció al nuevo gobierno y posteriormente, en aplicación de la CDI, suspendió a Honduras de la OEA. El 29 de noviembre de 2009 se realizaron nuevas elecciones y el año siguiente la asamblea general decidió levantar las sanciones.

En los últimos años, graves violaciones a los elementos esenciales de la democracia en Nicaragua (elección anticonstitucional de Daniel Ortega Ortega en Nicaragua en 2011); abuso desproporcionado de bienes y recursos públicos del presidente Leonel Fernández en las elecciones de 2013 en República Dominicana; ilegal postulación a la tercera reelección de Evo Morales en Bolivia, y las recientes violaciones de derechos políticos, asesinatos de opositores políticos y tortura en Venezuela, no fueron objeto de consideración en la OEA.

HACIA UNA OEA MÁS EFECTIVA EN EL CUMPLIMIENTO DE SUS MANDATOS

La degradación de la situación política en países como Venezuela nos recuerda la fragilidad de la institucionalidad democrática de una región donde se han roto los consensos y se ha profundizado la fractura ideológica y el deterioro del Estado de derecho. De ahí la urgencia de una OEA que cumpla su papel de garante de los compromisos internacionales que en materia de democracia y derechos humanos han asumido voluntariamente los Estados. Para esto, la OEA debe dejar de ser un club exclusivo de poderes ejecutivos y, en circunstancias extraordinarias, sus mecanismos de defensa de la democracia deben ser activados por otros actores legítimos de cada Estado cuando se den violaciones graves a cualquiera de las reglas esenciales del juego democrático. Con ese fin, planteo diez propuestas destinadas al fortalecimiento político e institucional del sistema interamericano:

OEA, Foro político para la defensa de la democracia representativa

1.    La OEA tiene el mandato legal de proteger el sistema democrático en la región, conforme a los tratados y acuerdos que hemos mencionado anteriormente. de lo que carece actualmente es de mecanismos que hagan efectiva las sanciones a los Estados que violan las normas internacionales. Las elecciones libres son solo el principio de una democracia. por tanto, deberían establecerse nuevos mecanismos de aplicabilidad de la carta que operen cuando los gobiernos alteren el Estado de derecho. para esto, la secretaría de la OEA debería poner en marcha un sistema de monitoreo de la democracia donde se evalúe permanentemente situaciones de riesgos al «proceso político institucional democrático», a la luz de la vigencia de todos los elementos esenciales de la democracia representativa.

  1. 2.  La OEA debe asegurar la integridad de los procesos democráticos sin depender exclusivamente del gobierno. con fines preventivos se debería abrir la posibilidad de invocación de la carta frente a alteraciones del orden legal democrático, también a los otros poderes del Estado cuando estos son avasallados por el ejecutivo. asimismo, se debería expandir la capacidad de la secretaría general para prever y prevenir las crisis que amenacen con alterar gravemente o interrumpir el proceso democrático en los Estados miembros, incluyendo la posibilidad de que el secretario general pueda dialogar con distintos actores institucionales y políticos en los países en crisis, así como verificar el respeto a todos los elementos esenciales del Estado de derecho.

3. La observación electoral de la OEA debe ser imparcial y no estar sometida a presiones ideológicas como ha sucedido en los últimos años en las recientes elecciones en Nicaragua, en República Dominicana o en Venezuela, y debe ser un garante efectivo de que los gobiernos cumplan con sus propias regulaciones y con todos los estándares internacionales de transparencia, incluyendo: imparcialidad de los tribunales electorales, padrones electorales transparentes, normas para el financiamiento de campañas y uso de bienes y recursos oficiales, leyes de partidos políticos, sistemas de recuento de votos, impugnaciones, derechos políticos, etc.

Fortalecimiento institucional del sistema interamericano

4. Una secretaría general profesional e independiente requiere, para un efectivo cumplimiento de sus funciones, de mayor autonomía y capacidad de decisión en el marco de sus mandatos. El secretario general debería responder directamente a los ministros de relaciones exteriores en forma regular (como sucede con el consejo y la comisión de la Unión Europea). De esa manera se eliminaría la estructura actual del consejo permanente y se evitaría el micromanejo y la excesiva politización de la organización, ampliando la autonomía profesional de la secretaría de la OEA. Esto, además, significaría un enorme ahorro financiero para los propios Estados miembros, quienes podrían reorientar esos recursos a mejorar la capacidad institucional de la OEA  y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

5.  La vocación de la OEA debe concentrarse en la protección y consolidación de la democracia, cooperación jurídica, observación electoral, transparencia y derechos humanos. Los temas de cooperación al desarrollo, ciencia y tecnología, educación, infraestructura, deben ser competencia de otros organismos del sistema, fundamentalmente el BID, quien tiene los recursos y la experiencia para tratar dichos temas. Por tanto, se deben definir con precisión los espacios de acción de cada organización dentro del sistema para evitar duplicaciones y fortalecer la cooperación entre ellas.

6.    La OEA requiere personal profesional especializado, producto de un sistema competitivo y no clientelar de reclutamiento. Los Estados latinoamericanos deben incrementar sus cuotas a la OEA, de manera que no sean Estados Unidos y Canadá los que desproporcionadamente contribuyan al financiamiento de la organización. Una distribución más equilibrada de cuotas daría más equilibrio a la organización y permitiría una igualdad más efectiva en la estructura y actividades de la OEA.

La Comisión y la Corte Interamericanas de Derechos Humanos

7. Desde el punto de vista institucional, la Comisión y la Corte cumplen también la función de monitorear el cumplimiento de algunos de los elementos esenciales de la democracia, con la ventaja de que estas aceptan reclamos individuales. Las decisiones de la corte son vinculantes y definitivas. Los Estados democráticos debieran considerar el fortalecimiento de la Comisión Interamericana y de la Corte de Derechos Humanos, a través de un mayor apoyo financiero e institucional, para que pueda efectivamente atender las peticiones que se presentan a la CIDH  y que actualmente tardan muchos años en resolverse por falta de presupuesto y personal.

 8.       Uno de los mayores logros de la oea sería instalar una Comisión y una Corte permanentes, de    manera  que los comisionados y los jueces puedan efectiva y en tiempos razonables decidir    respecto a las  numerosas demandas que les son sometidas. Con ahorros producto de  actividades que la OEA transfiera a  otras organizaciones del sistema, como se plantea más  arriba, se puede ampliar la planta profesional de la     comisión y la corte, cuya protección pierde    eficacia si no se realiza en plazos cortos.

9.    La OEA debe garantizar la autonomía de la comisión y la corte. Pero estas también deben evitar la influencia de organizaciones no gubernamentales con agendas políticas. La corte y la comisión deben asegurar que el tratamiento de los casos no sea discriminatorio y que sus decisiones se den únicamente en base al mérito jurídico del caso y bajo los principios de la indivisibilidad y universalidad de los derechos humanos.

10.    La OEA debe aceptar que el reclutamiento de los miembros de la comisión y los jueces de la corte se realice por un panel independiente que evalué los antecedentes profesionales, la experiencia, independencia y credibilidad de los candidatos para evitar la politización de esos órganos. a manera de conclusión, creo que la OEA puede reformarse si los gobiernos democráticos de Latinoamérica comprenden que el mayor desafío para la organización debiera ser impedir el totalitarismo en la región, más aún cuando hoy existen tensiones similares a las que sacudieron a Europa en la primera mitad del siglo xx, donde «los movimientos totalitarios que dependían de la pura fuerza del número, supusieron el final de los gobiernos democráticos, del sistema de partidos y de las naciones-Estados europeas, y tuvieron un gran éxito entre las masas», como nos recuerda Hannah Arendt. Pero, no hay duda de que la oea solo podrá reformarse si los países de las américas genuinamente comprometidos en preservar la integridad de la democracia representativa, más allá de intereses políticos o comerciales de corto plazo, son capaces de devolverle a la OEA el mandato de promover la defensa colectiva del Estado de derecho en la región. •

Elecciones europeas: Crisol de realidad

Durante toda la campaña electoral se ha elevado el debate político e incluso los candidatos a presidir la Comisión Europea se han presentado por primera vez frente a frente delante de las cámaras de televisión; además, los candidatos han tenido que hacer campaña electoral en los veintiocho Estados miembros. En este sentido, hay que decir que, al menos hasta ahora, las campañas electorales en las elecciones europeas siempre habían padecido un hándicap importante, ya que se utilizaban normalmente como continuación, y reflejo, de las contiendas políticas internas nacionales. En esta ocasión, la contienda se ha dirigido en parte hacia aquellos puntos que durante los últimos cinco años —en plena crisis— han copado los titulares de los periódicos europeos, y sobre los que ya se ha hecho campaña en las elecciones legislativas y presidenciales de la mayoría de los Estados miembros.

En este sentido —como afirma Habermas—, repolitizar el debate europeo es legitimarlo, sustentarlo en la opinión de la ciudadanía, confrontarlo y contrastarlo con las inquietudes que se sienten en los respectivos electorados de los Estados miembros, de tal manera que si se esquiva, se omite o se prescinde de este debate, el resultado seguramente supondría el fracaso de todos los demás esfuerzos por mantener una Unión Europea sólida, unida y capaz de afrontar con éxito los retos a los que se ve confrontada cada día. Es evidente, que este debate se ha producido en la mayoría de los países miembros de la UE, por supuesto matizados según las distintas necesidades y urgencias nacionales, ya que lo importante y lo perentorio a veces no tienen una compatibilidad evidente.

A pesar de todo, en la campaña se ha hablado —como no podía ser de otro modo— de la crisis económica y de los problemas de la deuda soberana, de las políticas restrictivas del Banco Central Europeo, y de la intervención en varios países de la zona euro, y también del poder que —hoy en día, y en esta legislatura lo vamos a sentir más que nunca— la Unión Europea y cada una de sus instituciones tiene sobre la cotidianeidad de la ciudadanía europea. Por esta razón, la campaña electoral ha acercado de nuevo al ciudadano a Europa, al fenómeno de la integración comunitaria, a conseguir que se sienta partícipe —quizá protagonista es apelativo que ya nadie se atreve a decir más que con la boca pequeña—, al menos en cierto grado.

LA PARTICIPACIÓN EN LOS DIFERENTES PAÍSES DE LA UNIÓN EUROPEA

Merece la pena resaltar un dato que nos parece relevante: la participación en los países de la gran ampliación al Este y centro de Europa ha sido decepcionante y, en algunos casos, indiscutiblemente preocupante: en Polonia del 22,7%, en Chequia del 19,5%, en Eslovaquia del 13%, en Eslovenia del 20,9%, en la recién ingresada Croacia solo del 25,06%, Hungría del 28,9%; y es la tónica en todos ellos. Las consecuencias que hay que sacar son demoledoras: la población en estos países no siente la UE como algo propio.

Por su parte, España —también en contra de los pronósticos— sigue la tendencia de una mínima subida en la participación, alcanzando el 45,90%. rompiendo una preocupante cadencia histórica a la baja; recordemos que en las primeras elecciones celebradas en nuestro país en 1987 votó un 68,52% —alta participación derivada de la euforia inicial de estar recién ingresados en las entonces Comunidades Europeas—; en 1989 baja ya la participación a un 54,71%, subió algo en las dos siguientes convocatorias (59,14% y 63,05%, respectivamente en 1994 y 1999), para caer casi veinte puntos en 2004, hasta un 45,14%, y un 44,9% en las anteriores elecciones celebradas en 2009. Es decir, en España se han perdido casi veinticinco puntos de participación, algo que está por encima de la media comunitaria. Nuestro país no es una excepción: como hemos podido constatar, la tónica en la mayoría de los países europeos es similar, y realmente se puede afirmar que el desapego de los ciudadanos hacia la Unión Europea sigue en unos niveles mínimos.

En nuestra opinión, esta tesitura que se plasma periódicamente en las urnas —y de las que estas elecciones no han sido excepción— no es más que el reflejo de una actitud de fondo de la ciudadanía, que se pone de manifiesto reiteradamente en los resultados del Eurobarómetro. Recientemente uno de ellos mostraba —en mayo de 2013— cómo la media de desconfianza hacia la UE alcanzaba al 60% de los encuestados, y en veinte países superaba el 50%; en España es aún peor, siendo un 75% los que respondían que no tenían ninguna confianza en la Unión Europea.

Son tasas muy preocupantes, porque demuestran hasta qué nivel la situación de desapego, alejamiento y desafección ha calado y permeado en todas las sociedades europeas. A nuestro juicio, la única manera de volver a implicar al ciudadano es haciéndole sentir que su participación importa, convenciéndole de que su voto es relevante, y no solo porque de él dependa la composición del Parlamento Europeo, sino también la legitimación del conjunto del esquema institucional comunitario, ya que con este voto hemos decidido indirectamente al que tendrá que desempeñar el cargo de presidente de la Comisión Europea, cuyo colegio de comisarios debe recibir el refrendo en la investidura ante el Parlamento Europeo, tras ser sometidos a los correspondientes «hearings», en los que se ponen de manifiesto la adecuación, aptitud y valía de los candidatos propuestos.

UNAS ELECCIONES NOVEDOSAS

Estas elecciones han tenido otra singularidad: son las primeras que se han llevado a cabo bajo la égida del tratado de Lisboa, algo que ha determinado el número de parlamentarios que debían ser elegidos, un total de 751, y que ha dispuesto que el sistema de representación de cada Estado miembro sea conforme a un modelo decreciente proporcional, es decir, que a cada país se le atribuye un número de eurodiputados que está en relación a su población. No constituye una regla matemática exacta, porque —por ejemplo— Estonia, Luxemburgo, Chipre y Malta han elegido a seis parlamentarios, siendo su población muy pequeña en comparación con la de Alemania —el país más poblado de la Unión Europea—, donde se han elegido a noventa y seis europarlamentarios; si fuese una proporcionalidad exacta —resultado de dividir la población en conjunto de la UE entre 751—, a Alemania le corresponderían alrededor de 120 eurodiputados, y a países como Luxemburgo, Malta, Chipre no les correspondería ninguno, y a Estonia solo uno —por poner algunos ejemplos—. A España le corresponden 54 eurodiputados. En general se puede decir que los países con menor población están hiperrepresentados, mientras que los más poblados —Alemania, Italia, Francia, el reino Unido y España— tienen una representación menor a la que en puridad les correspondería.

El Parlamento Europeo adoptó en 2012 una resolución en la cual quedaron plasmadas las particularidades que concurrían en estas elecciones, y que podemos resumir en las siguientes: en primer término, el Parlamento Europeo recomendó que los partidos políticos designasen a candidatos a la Presidencia de la Comisión Europea, de manera que estos adquiriesen una relevancia en la campaña electoral, en especial a través de la presentación del programa electoral que preconizaban en todos los Estados miembros de la Unión Europea. En segundo lugar, el Parlamento Europeo solicitaba que se eligiese el mayor número posible de comisarios entre eurodiputados electos.

Nos gustaría incidir en la cuestión de la elección del presidente de la Comisión Europea, por las consecuencias que puede tener a efectos del diseño institucional planteado en los tratados europeos. La Comisión Europea es la institución más independiente en el esquema diseñado por los tratados, ostenta la salvaguarda de los tratados y del interés general comunitario; por otra parte, esa independencia debe ser efectiva tanto respecto de los Estados miembros como del resto de las instituciones, con las que debe interactuar —por ejemplo, a través de la iniciativa legislativa, respecto de la que ostenta un monopolio cuasi exclusivo—, pero de las que no debe depender ni orgánica ni funcionalmente. En este sentido, se ha puesto de manifiesto cómo la elección del candidato a presidente puede influir sobre esa independencia, ya que ahora el candidato será propuesto por un grupo político del Parlamento Europeo, y objetivamente tendrá que ser apoyado por ese grupo en la labor de gobierno de la Comisión.

LAS NUEVAS TENDENCIAS EMERGENTES

La preocupación que se ha suscitado respecto de estas elecciones de 2014 se centra en el crecimiento y el progreso cada vez mayor de los partidos de extrema derecha y populistas, que han hecho bandera de su antieuropeísmo, y que llevan a gala intentar acceder a los escaños del Parlamento Europeo para —eventualmente y con las barreras descritas— formar un grupo político propio y socavar el sistema comunitario desde dentro, o —al menos— intentar representar posiciones menos proclives a la integración europea como se ha entendido hasta ahora. Las consignas que se enarbolan en la mayoría de los casos por estas formaciones políticas derivan de los tópicos que se han ido extendiendo en mayor o menor grado entre amplios segmentos de población: más Europa, menos libertad; regulación europea como fuente de intrusismo y de detallismo dirigista, élites burocráticas alejadas del sentir común, inmigración como desfonde de la identidad nacional, extranjeros como elementos parasitarios que solo quieren beneficiarse del Estado del bienestar, falta de democracia y transparencia, multiculturalismo como pérdida de los valores tradicionales y de esa supuesta identidad nacional; la Europa de los mercaderes, el euro como causa y origen de los problemas de las economías nacionales, la salida de la zona euro como solución a los problemas económico-financieros nacionales, la vuelta al proteccionismo económico, el retorno a los controles fronterizos y a los cupos de entrada —tanto de personas como de productos—, y tantos otros que sería imposible enumerar aquí.

Es evidente que, como siempre ocurre, en todas estas proclamas, tópicos y soflamas subyace algo de verdad, que apela a la conciencia y al sentir del ciudadano asediado por sus problemas personales, y a quién se le quiere convencer que la causa de todos los males que le aquejan procede fundamentalmente de la sinrazón europeísta. Por ello, todos los partidos populistas y de extrema derecha han enarbolado la bandera antieuropeísta, convirtiéndose en euroescépticos y partidos eurófobos, saliendo de su nicho tradicional basado más en la afirmación de las raíces culturales identitarias.

Nos gustaría resaltar varios puntos importantes para entender mejor la situación. En primer término, estos partidos políticos han prosperado en países europeos que han sentido fuertemente la crisis económica —Grecia, Italia, Hungría, Bulgaria, Polonia— y en países que han salido relativamente indemnes de la misma —Finlandia, Austria, Francia, Dinamarca, Alemania, Noruega, Holanda—. Por tanto, no puede decirse que la crisis haya sido el elemento determinante de su apogeo; más bien, responden a la crisis institucional que afecta a todo el continente.

En segundo lugar, varios de estos partidos han adquirido una relevancia que hace que se les deba considerar como auténtica alternativa política en algunos lugares. Ya contaban con una notable representación en el Parlamento saliente —veinte formaciones que se podían catalogar de euroescépticas, sumando entre todas 43 eurodiputados—, pero las elecciones recién celebradas solo han reafirmado y acrisolado esta realidad: el UKIP (Partido por la independencia del reino Unido) —que ya en las elecciones europeas del 2009 alcanzó un porcentaje del 17% de los votos, superando incluso al Partido Laborista, y convirtiéndole en segunda fuerza política— ha obtenido 24 diputados, y con el 27,5% de los sufragios ha superado tanto a los laboristas como a los conservadores en estas elecciones. En Francia, el frente nacional de Marine Le Pen ha obtenido 24 diputados con un porcentaje del voto del 26%. En Dinamarca también ha triunfado la ultraderecha, con el 26,5% de los votos; en Italia, el Movimiento Cinco Estrellas se ha hecho con el 21,2% y la Liga norte con 6,1%; en Polonia los euroescépticos del Pis han logrado el 32% de los votos, y en Alemania la sorpresa ha venido de mano de Alternative für Deutschland, con siete escaños y un 7% de los votos escrutados; en Austria el 19,7% de los votos han ido al FPÖ, situándose como tercera fuerza política del país.

Otra cuestión que se suscita en este contexto tiene que ver con las líneas de contacto que se están estableciendo entre todos estos partidos, pudiéndose afirmar la existencia de una auténtica cooperación transnacional entre ellos, como se pone de manifiesto en el trabajo de Petra Vejvodová, publicado por el Centre for European Studies y por la fundación Konrad Adenauer, que señala cómo la importancia que muchos de estos partidos tienen todavía en sus correspondientes circunscripciones nacionales se ve aumentada a efectos de la opinión pública, de los medios de comunicación y de las redes sociales a través de la red de lazos que están estrechando para ofrecer una imagen en cierto grado común. En noviembre de 2013, Marine Le Pen (FN) y Geert Wilders (PW) firmaron una alianza para devolver la soberanía a sus respectivos países y luchar desde dentro contra el «monstruo que supone Europa»; con anterioridad, en mayo de 2009, se celebró un congreso en Colonia (RFA), al que asistieron el FPÖ austriaco, el VB belga, la lN italiana y el FN francés, que tuvo como lema la antiislamización, de aquí que se le llamase el «Congreso antiminarete», y que en 2010 se volvió a celebrar en Amberes bajo los auspicios del VB, y que ha cuajado en un movimiento denominado «Pro Cologne». A efectos del Parlamento Europeo, esta eventual gran coalición podría plasmarse en la existencia de un grupo parlamentario propio, superando así la situación actual, con una pertenencia diseminada en el grupo de los no inscritos y del grupo Europa de la Libertad y de la Democracia, que acoge ahora la representación de varios de ellos. De hecho, con los recientes resultados, 143 eurodiputados se pueden catalogar en este espectro antieuropeísta, alrededor de tres grupos políticos, el grupo Europa de la Libertad y de la Democracia, el grupo de los no inscritos, y los 64 diputados que todavía no se han integrado en ningún grupo a día de hoy.

Por otra parte, no se puede obviar el hecho de que uno de los peligros subyacentes a esta situación se plasma en la influencia que estos grupos ya ejercen sobre las opciones políticas tradicionales. La representación parlamentaria les permitirá fijar parte de la agenda política y del orden del día del Parlamento Europeo, pero además supondrán una influencia relevante sobre las opciones políticas más importantes —como ya se está percibiendo en los programas de algunos partidos políticos gobernantes—: los partidos eurófobos provocan un miedo en los partidos tradicionales que temen que parte de su electorado se pueda inclinar por estas opciones, de manera que para contrarrestar su posible efecto sobre el mismo, estos partidos —poco a poco— estén aceptando moderadamente algunas de las líneas que se fijan por los mismos: políticas antiinmigración y condicionamientos cada vez mayores a la permanencia y a la residencia indefinida, sometimiento a gravosas condiciones el acceso a las prestaciones sociales básicas y a los seguros de desempleo, dificultades para la reunificación familiar. Un ejemplo es la Ley de inmigración de David Cameron en el reino Unido, y las recientes propuestas del primer ministro francés, Manuel Valls. Ambos de colores políticos distintos, pero que temen la amenaza en ciernes que suponen tanto el UKIP como el FN.

En este sentido, solo se ofrecen cuatro opciones posibles: a) la creación de un cordón sanitario que distancie a los partidos conservadores y socialdemócratas de los partidos euroescépticos; b) la aceptación de algunos de sus postulados para reducir su impacto sobre sus electorados tradicionales y así amortiguar la pérdida de votos; c) colaborar tácitamente con estos partidos políticos en las líneas políticas determinantes; y d) aliarse formalmente con los movimientos populistas para salvaguardar su electorado.

Es evidente que las generalizaciones no son buenas, y que en cada país la situación es distinta y habrá que atender a las singularidades particulares y sociales pertinentes, de manera que no es fácil determinar un escenario común para todo el centroderecha y la socialdemocracia europeos, pero sí nos atrevemos a afirmar que el escenario primero —el cordon sanitaire— es muy difícil de realizar en la práctica.

LOS RETOS DEL FUTURO EUROPEO

Como conclusión podemos decir que el nuevo Parlamento Europeo que surge de estas elecciones se va a ver confrontado con una serie de retos que van a determinar no solo el futuro de la Unión Europea y del proceso de integración supranacional, sino también que tienen que ver con el concepto de Europa que queremos y del modelo político y de convivencia entre nosotros. En este sentido, se pueden identificar algunos de estos desafíos:

1.       El desafío de la prosperidad: la Unión Europea debe ser un factor de estabilidad, colaborando con las economías nacionales de los Estados miembros para que se mantengan o aumenten los niveles de bienestar; las consecuencias de la crisis económica y la imputación de algunas de sus consecuencias al dirigismo de Bruselas, del Eurogrupo y del Banco Central Europeo no colaboran en absoluto a que este sentir popular se mitigue. recordemos que, en concreto, en España es donde más ha aumentado la desigualdad social de toda la Unión Europea. Este argumento es básico frente a los postulados populistas de los partidos extremistas, que apelan al factor de desestabilización económica y de desmoronamiento de los sistemas públicos de seguridad social para conseguir cosechar votos entre las clases más débiles y desfavorecidas.

2.      El desafío de la democracia: la Unión Europea —y por ende, el nuevo Parlamento Europeo— debe esforzarse en hacer creíbles, comprensibles y transparentes los procesos comunitarios. La Unión Europea debe sublimarse, tiene que dejar de ser un proyecto convencional plurinacional, para convertirse en un proyecto democrático europeo, con métodos asequibles para la ciudadanía y para los agentes económicos involucrados; de este modo, se podrá desarmar algunos de los argumentos de los euroescépticos que atacan el oscurantismo y el elitismo del proceso europeo.

3.       El desafío demográfico: solo el 7% de la población mundial vive en la Unión Europea, las tendencias migratorias y las políticas de acogida deben colaborar a aumentar la credibilidad del proyecto europeo también a nivel internacional. La solución no es cerrar las fronteras como proponen los partidos eurófobos, pero sí se debe articular una política que englobe las circunstancias particulares de los colectivos afectados, dando una respuesta a los movimientos de población que ven en la UE un objetivo, con un tratamiento en origen.

4.     El desafío de la seguridad: otro de los grandes argumentos de los partidos euroescépticos se basa en que la libre circulación de personas ha aumentado los niveles de criminalidad, y la inseguridad en las ciudades europeas; es necesario que el Parlamento Europeo se enfrente a este reto, también fomentando la importancia de la coordinación de las acciones exteriores frente a las mafias organizadas, y no solo respecto del crimen tradicional, sino respecto a las nuevas formas de criminalidad —comercio ilícito, contrabando, falsificación— que influyen de manera muy negativa sobre amplios sectores empresariales europeos. •

Crimea: el principio de una nueva era geopolítica global

HACIA UN NUEVO ORDEN GEOPÓLITICO

Crimea ha pasado a manos rusas casi por arte de birlibirloque, sin apenas pegar un tiro, con la poco convincente oposición diplomática de occidente, en un paso que todos consideran prácticamente irreversible. La creciente visibilidad de la oposición política rusa (a pesar de las fuertes presiones, encarcelamientos y amenazas contra sus líderes) preocupaban al todopoderoso Putin meses atrás. Pero su brillante actuación en Crimea (no puede sino calificarse así, a pesar de la ilegalidad del acto) le ha aupado hasta el 80% de popularidad en una sociedad rusa deseosa de recuperar el brillo perdido y el orgullo nacional en la escena mundial. Las intenciones de Putin de recuperar el estatuto de Rusia como potencia mundial fueron meridianamente manifestadas en su discurso en la conferencia de Seguridad de Múnich en 2007. «Победа» («victoria», en español) es una palabra grabada a fuego en el alma rusa, enraizada en el sentimiento de la patria común como realidad histórica, cultural y religiosa. El desafortunado comentario de Obama sobre Rusia al reducirla a mera «potencia regional», es, una vez más, muestra de una miopía histórica norteamericana, cuando no, una forma gratuita de horadar más, si cabe, el orgullo ruso, obstinado en la consecución de la victoria.

El debilitamiento del sentido de patria y de religión en buena parte de las sociedades occidentales, pegajosamente adheridas a un manifiesto utilitarismo pragmático tintado de agnosticismo, les inhabilita para comprender estos factores culturales presentes en la política rusa, interna e internacional. Muy esclarecedora, al respecto, es la explicación de las motivaciones profundas de la estrategia global de Putin, incluyendo su actitud respecto a ucrania, dada por Lilia Shevtsova en su libro Inter regnum: Russia between past and future (2014). En síntesis, los fundamentos de la motivación rusa son, según Shevtsova, la asunción de que: a) Rusia es una civilización «única» y debe contener a un occidente sin moral; b) Rusia solo puede existir como un centro de la galaxia, alrededor de la cual orbitan estados satélites; y c) Rusia es el pilar de la civilización, cuya misión es defender los «valores tradicionales» a nivel mundial. Estas ideas responden bien al concepto cultural y espiritual de «mundo ruso» (Русский мир), que sustenta una visión política transnacional. Las consecuencias geopolíticas de estas premisas doctrinales son evidentes, y Crimea (y, en general, Ucrania) es una concreta expresión de esta nueva era en la que el status quo creado tras el fin de la guerra fría ha llegado a su fin. Para Putin, tanto las reglas internacionales como las actuales fronteras son completamente artificiales, contrarias a la naturaleza de las cosas, que pasa por la predominancia de la realidad cultural y religiosa en la configuración del espacio político.

No es fácil prever cómo cuajará este periodo de transición geopolítica en el que nos encontramos, pero Rusia ha decidido no solo abrir esta nueva etapa, sino ser actor principal en su configuración. Putin ha sabido extraer, al menos a corto plazo, réditos del desinterés norteamericano por Europa, de la maraña de intereses cruzados de las empresas europeas y de la irresponsable falta de recursos militares de la mayoría de los gobiernos europeos. Las sociedades europeas han aceptado de muy buena gana un ilusorio y peligroso dogma posmoderno, a saber, que estamos en la era de la paz perpetua en Europa, que hace innecesaria la protección de la paz lograda. Putin no está loco ni ha perdido el contacto con la realidad, como algunos afirman. Juega y jugará estratégicamente, con discernimiento casi predatorio de la debilidad ajena, y con una determinación mayor que la poseída por sus rivales, de forma «estratégicamente audaz, pero tácticamente flexible», en palabras del Ministro polaco de asuntos exteriores, Radoslaw Sikorski. La desnortada otan no parece ser tampoco convincente oponente para Putin en esta pugna por ucrania. Su respuesta (dirigida por ee.uu.) ha sido débil en la práctica, a pesar de las insistentes llamadas, sobre todo, de Polonia y de las tres repúblicas bálticas.

Está por ver la eficiencia de las sanciones adoptadas como respuesta al golpe maestro tanto por el gobierno de Obama como por la unión europea. Líderes rusos ya han enviado a occidente el mensaje de que suplirán tales restricciones comerciales con el aumento del comercio con los países restantes del brics(Brasil, China, India, Sudáfrica). En particular, el gas y el petróleo rusos tienen actualmente fácil salida en el mercado internacional en el que las necesidades energéticas van en aumento y los nuevos actores económicos globales parecen no terminar de saciar su apetito de combustibles fósiles. Putin acaba de firmar un acuerdo de suministro de gas durante treinta años a china, de enormes proporciones (en torno a 40.000 millones de metros cúbicos anuales a partir de 2018). Este es un paso importante que trata, además, de apuntalar el papel asiático de Rusia, en un momento especialmente relevante en el que un nuevo acuerdo de asociación transpacífico está siendo promovido por Obama. A ello hay que sumar el pre-visible aumento del uso de monedas asiáticas alternativas al dólar en los nuevos contratos.

Nuevas sanciones más agresivas contra Rusia tendrían un efecto bumerán altamente negativo para la ue. Rusia exporta por valor de 206.478 mil millones de euros a la ue (de ellos, 160.589 mil millones en concepto de combustibles), que, a su vez, envía bienes por valor de 119.775 mil millones de euros al gigante euroasiático (eurostat, 2013). es prácticamente imposible que los efectos de las sanciones dirigidas contra Rusia, en particular las energéticas, no tengan efectos incluso globales, respecto de países productores y consumidores como afirma Deborah Gordon, del Carnegie Endowment for International Peace. Rusia es el tercer país en el ranking de mayores de productores mundiales de combustibles líquidos y el segundo de gas natural seco. El nivel de dependencia de miembros de la uecomo Bulgaria, Letonia, Lituania, Finlandia, Estonia y Eslovaquia de los suministros de gas ruso es del 100%. En general, Rusia proporciona el 34% del gas utilizado para calentar los hogares, cocinar y producir energía en toda la ue, la mitad del cual se recibe a través de ucrania. Y, por si fuera poco, suministra una cuarta parte del uranio que utiliza la ue. Países como Francia se encuentran francamente desincentivados para ir más allá de la situación presente: Rusia es el principal mercado mundial del grupo francés Danone (11% ventas en 2013); el 8% ventas mundiales de Renault-Nissan (2013); dos buques de guerra de la clase Mistral están siendo construidos por Francia para la Marina rusa. Tampoco España ha mostrado interés en ver reducido el número de turistas rusos (millón y medio en 2013). Por el contrario, la crisis energética que se avecina es una oportunidad de negocio para compensar con gas natural licuado y con el gas norteafricano que atraviesa el territorio nacional hasta el 10% de las provisiones de gas ruso.

En el caso de Alemania, 6.000 empresas y 300.000 puestos de trabajo están directamente vinculados a sus relaciones con Rusia. No es de extrañar que el ex canciller Helmut Schmidt se haya unido al coro de opositores, que consideran la adopción de sanciones contra Rusia —más allá de las simbólicamente decididas— como una irracional actitud de apedrear el tejado propio. En la misma línea (aunque con menor imparcialidad, dado sus vinculaciones con gazprom), otro ex canciller, Schroeder, ha recordado la inutilidad de la lógica sancionatoria. Por otro lado, casi 40.000 millones de euros procedentes de ciertos «limbos» fiscales europeos (Países Bajos, Irlanda, Chipre y Luxemburgo) fueron invertidos en Rusia en 2012. La dependencia bancaria chipriota del dinero de origen ruso es bien conocida. La actitud de Polonia es, comprensiblemente, distinta al del resto de socios de la ue: se ha convertido en el líder más firme, no solamente en el área económica, sino incluso militar, solicitando incluso la presencia significativa de tropas militares de la otan.

Es cierto que el rublo ha comenzado a sufrir tensiones y ha caído un 4,4% respecto del euro solo en el mes de febrero (algo que, por otro lado, algunos interpretan positivamente como factor de competitividad rusa en el exterior). El desafío para Rusia será realmente hacer frente a la pérdida de credibilidad en el entorno mundial, lo que afectará al mercado de bonos, la bolsa y a las inversiones extranjeras en el país. Pero no se puede negar que Rusia ha crecido exponencialmente en los últimos años: su pib per cápita ha pasado de 6.177 euros en 2009 a 10.925,4 euros en 2012. La clase media constituía en Rusia el 30% de su población en 2001: en 2010 ha pasado a ser, según datos del Banco Mundial, el 60% de la misma, reduciéndose en el mismo periodo la pobreza del 35% al 10%. Sin embargo, el futuro es económicamente (y, sobre todo, demográficamente) menos optimista, por la deceleración en el crecimiento, que podría llegar a ser cero ya en este año. Algo ciertamente peligroso cuando hablamos de la quinta potencia económica mundial, con una inversión militar que ha aumentado significativamente (por primera vez en quince años es mayor en términos de pibque la realizada por ee.uu., según el instituto de investigación de la paz internacional de Estocolmo).

La reciente firma de la parte política del acuerdo de libre comercio entre Ucrania y la uees un mensaje forzado que no permitirá la vuelta atrás del territorio ribereño del mar negro, ni solucionará el conflicto abierto en el sur y este del país. Además de la respuesta económica (mediatizada por los propios intereses empresariales de buena parte de la miembros de la ue), los líderes del G-7 reunidos en la Haya y Bruselas no han invitado a Putin a sus reuniones, en un paso más hacia el pretendido aislamiento político de Rusia en la escena internacional, algo que se observa con cierta dificultad; de hecho, sigue siendo parte del más importante G-20. Por otro lado, china se abstuvo en la votación del consejo de Seguridad de naciones unidas para condenar la invasión de Ucrania, aunque ha mostrado su respeto a la «independencia, soberanía e integridad territorial» de ucrania, llamando repetidamente al diálogo entre las partes implicadas. India no ha apoyado las medidas económicas contra Rusia, y Brasil ha sido acusada de un silencio cómplice, que finalmente ha tenido que romper con unas declaraciones algo ambiguas. Una potencia regional, Turquía, sigue de cerca el trato que se le proporciona a la minoría tártara, y Erdogan, para no ser menos que otros, ya ha adelantado que cerrará el estrecho del Bósforo a los buques rusos si no se respeta a la minoría tártara. En este contexto, un orgulloso Putin se paseaba en barco por el puerto de Sebastopol en la emotiva celebración de la victoria en la «gran guerra patria» (como se le conoce en Rusia a la Segunda guerra Mundial) el 9 de mayo, rindiendo honores a cada uno de los buques militares alineados en impresionante imagen.

EL MANTENIMIENTO DE LA UNIDAD DE UCRANIA

El clima de guerra civil en Ucrania es palpable, y la declaración de independencia de Donetsk y Lugansk el 11 de mayo, seguida de su petición de incorporación a Rusia, marcan el paso del eventual desmembramiento de Ucrania en dos partes. El reconocimiento oficial de las dos nuevas repúblicas por Moscú todavía no se ha producido, y será una nueva baza favorable en las negociaciones, para reafirmar la necesidad, como ha propuesto Rusia, de un estado federal. Los últimos fatales sucesos en Odesa, donde murieron cruelmente docenas de prorrusos, auguran un nuevo escenario de difícil gestión para las autoridades ucranianas. Odesa es un puerto crucial para las exportaciones ucranianas, pero su situación entre Crimea y Transnistria, bajo control ruso, hacen compleja su defensa territorial. El hecho de que, además, un 30% de la población es de etnia rusa, añade un factor desestabilizador para su mantenimiento como territorio ucraniano.

Los lazos industriales y militares de Rusia con el este y sur de ucrania hacen inaceptable para aquella su total pérdida. Una nada desdeñable parte de las necesidades militares rusas se cubren con la producción de más de cincuenta fábricas ucranianas: por ejemplo, el 60% de los engranajes para su industria naval de guerra se producen en Mykolayiv; misiles balísticos intercontinentales se fabrican en Dnepropetrovsk; y motores de helicópteros, aviones de combate y transporte en Zaporizhzhya. Todas estas ciudades ucranianas se encuentran en el sur y el este de Kiev, lo que refuerza la idea de que Rusia no permitirá que escapen a su control directo o indirecto. Su ministro de asuntos exteriores ha sugerido que no está en la agenda la anexión de estos territorios al estilo de Crimea: bastaría la creación de un estado federal ucraniano, donde la independencia de tales repúblicas pendería como amenaza permanente sobre las autoridades ucranianas, para evitar una excesiva «europeización» perjudicial para los intereses prorrusos.

Ucrania es una pieza más del puzle de las relaciones exteriores de Rusia. La presión ejercida por Putin sobre ciertos países para incorporarse al espacio económico euroasiático como alternativa a la uedio resultado en el caso de Armenia. Con Georgia no tuvo éxito, ya que está prevista la firma del acuerdo de asociación con la ueel 27 de junio de este año. Más preocupante resulta la presencia de más de un millón de rusos en los países bálticos, sobre todo en estonia (24,8% de la población total) y letonia (26,2%). pero es, sobre todo, el este de Moldavia, y en particular la franja territorial que se declaró independiente en 1990 denominada Transnistria —con algo más de medio millón de habitantes (un tercio de ellos rusos)—, la que puede ser utilizada políticamente por Rusia, por estar bajo «la autoridad efectiva, o al menos bajo influencia decisiva de la Federación rusa», tal y como reconoció el tribunal de Estrasburgo (caso Ilaşcu y otros contra Moldavia y Rusia, 2004). el parlamento de Transnistria aprobó unánimemente el pasado 16 de abril solicitar a Rusia el reconocimiento de su independencia, como paso previo para su incorporación a la Federación rusa. existe el problema añadido de la región autónoma moldava de Gagauzia, que el pasado 2 de febrero votó a favor de unirse a la unión aduanera rusa en lugar de la ue, en un referéndum declarado ilegal por las autoridades moldavas. Rusia jugará, sin duda, con el peón moldavo en el tablero ajedrecístico en sus relaciones exteriores, habida cuenta de que ya están destacados en Transnistria alrededor de 1.500 soldados rusos. La firma del acuerdo de asociación de Moldavia con la ue está prevista para el 27 de junio de este año, para evitar, en palabras de Jean-Claude Juncker, que esta sea la próxima Crimea.

ENERGÍA Y GEOPOLÍTICA

Algunos socios comerciales europeos de Rusia han tomado nota de la actitud del Kremlin, y han comenzado a repensar sus políticas energéticas. Polonia, por ejemplo, ha decidido lanzarse al fracking (técnica extractiva del gas y petróleo mediante fractura hidráulica) y aprobó el pasado enero la construcción de su primera central nuclear, que entrará en funcionamiento en 2024. Van Rompuy ha postulado recientemente la necesidad de relanzar la nueva política energética europea, aumentando la cuota de las energías renovables, intercambiando información sobre las condiciones de los contratos de gas, intensificando las interconexiones entre estados miembros —sobre todo en la península ibérica y el Mediterráneo—, e incrementando las rutas de suministro hacia Europa, en particular, el desarrollo del corredor sur que permitirá el transporte de gas desde Azerbaiyán y buscar fórmulas para importar gas natural de ee.uu.Si se lleva a la práctica esta política energética que busca reducir sustancialmente la dependencia europea de Rusia, la uese encontrará en una posición más confortable para adoptar medidas de mayor calado a largo plazo. Pero aún se tardarán demasiados años. Tampoco la perspectiva de que Europa reciba grandes cantidades de gas norteamericano parece conciliable con los intereses de las empresas, que encuentran el mercado asiático más atractivo por sus precios más altos, sin contar con que el precio del gas licuado sería un 35-40% superior al de origen ruso.

CONCLUSIÓN

Ucrania tiene vocación geográfica y cultural de ser puente entre Europa y Rusia, y no es necesario, quizás, ponerle en el brete de tener que decidirse por una u otra. Esta tesis, defendida por el ministro francés de asuntos exteriores, Laurent Fabius, se muestra cada vez más razonable, a la vista de la desgraciada explotación de las diferencias culturales, étnica y lingüística por parte de unos y otros, en claro perjuicio de la integridad del país. Es probable que, llegado a este punto, la única opción realista sea la constitución de una federación ucraniana, lo que, de nuevo, sería una victoria estratégica del Kremlin, que solo admitiría tal posibilidad o un (poco probable) gobierno prorruso en Kiev. La hoja de ruta distribuida por la osceel 7 de mayo entre los firmantes de la Declaración de Ginebra (17 abril) ha sido superada por los acontecimientos posteriores, y aunque es difícil predecir la evolución de los acontecimientos tras la elección presidencial, es claro que Rusia quiere construir no solo una zona de influencia económica y política, sino una verdadera constelación lingüística y cultural. Para ello no es de esperar que Putin dé un paso atrás, sino más bien que mueva las piezas del puzle (minorías rusas en terceros países; energía como factor de presión, etc.) con vistas a la recomposición del «universo rusófilo» no basado en los principios soviéticos, sino más bien en la visión espiritual y religiosa del poder político como una especie de «pater familias», más cercana al modelo imperial ortodoxo. •

El rastro de Basho en Octavio Paz

 

Como el peregrinaje de Basho, uno de sus poetas más admirados, también Octavio Paz emprendió un camino poético que le conduciría a las profundidades de la palabra, hasta los confines más íntimos del universo, tras sortear tradiciones literarias, modas estéticas y ciertas experimentaciones en las que ensayaba la versatilidad simbólica del lenguaje y su precisión, que fueron en cierta forma sus obsesiones. Toda su obra está jalonada por incursiones novedosas y formas extrañas que se suceden recurrentemente —poemas colectivos, topoemas, imágenes—, pero que en su caso no se erigen en imposturas esteticistas ni en reclamos exóticos. Como se encargó de confesar, se disponen como «estaciones de un itinerario único», cuyo destino fue el rescate de una experiencia originaria inefable.

La senda de Oku, el rastro poético que Basho fue desperdigando por la geografía montañosa de su Japón natal, es, pues, el atajo que se dirige al futuro, pero sin lugar a dudas también el derrotero de vuelta, el itinerario que abre lo retrospectivo, haciendo posible el retorno a los orígenes y la rememoración lírica del comienzo. Estos son algunos de los rasgos que Paz conquistó en la cultura oriental. Su asimilación de diversas constelaciones culturales —evidentes en la multiplicidad formal y en la extrañeza temática de sus poemas— desafió la literatura discursiva y, por qué no decirlo, anquilosada de la modernidad, y le convirtió en profeta de cierta sensibilidad posmoderna.

La poesía debería ser reacia a las clasificaciones y, con mayor motivo, la de Octavio Paz. No creemos, sin embargo, que el reflexivo mexicano impugnase «encrucijada» como imagen para explicar su cosmovisión poética. Porque exactamente sus versos se convirtieron en encuentro y se conforma como cruce de caminos y tradiciones. Intersección, primero, temporal, con su reivindicación del instante, con su atención al momento que desvanece las fronteras temporales y presiente el destello de lo eterno poetizado. Confluencia de culturas, en segundo lugar, en donde la alta cultura europea se sintetiza e incluso confunde con el ritmo nutricio de lo popular y agreste, concitando el espíritu metafísico, lo inconsciente y el entretenimiento paganizante: México, India y lo precolombino, con la seriedad de la influencia francesa. Concurrencia, en fin, de un yo hastiado con el vacío cósmico.

HAIKUS Y TRADUCCIONES

Paz concibió el haiku como una estructura poética sublime y pura. Podría extrañar, no obstante, que solo aparezcan ocasionalmente en su producción literaria. Pero una lectura completa de sus poemas descubre que el haiku, de algún modo u otro, ha estado siempre presente a lo largo de su trayectoria. Y no sería exagerado afirmar que ha sido uno de los lugares más revisitados de ese camino que comienza con La luna silvestre, su primer poemario, en 1933, y termina inexorablemente con la desaparición física del escritor mexicano. La permanencia del haiku —de sus temas, de su estructura—, ¿no haría posible afirmar que este es, tanto en aquellos modelos métricos que se adaptan rígidamente a su forma clásica como aquellos que son, por decirlo de algún modo, inconscientes, lo que ofrece una continuidad formal y sustantiva a todo su decir poético?

Técnicamente hablando, Paz sabía que el haiku constaba de 17 sílabas, cuya estructuración tradicional las disponía en 5-7-5. En ocasiones usa esta métrica, pero existen otras configuraciones que, sin ser haikus en sentido estricto, están inspiradas, algunas de forma no premeditada, en el espíritu rítmico de Basho. Son versos que proceden, aun sin intención, de la escuela de Basho, pues en ellos existe la intensidad y concentración semántica propia de la poesía japonesa.

Así ocurre en Libertad bajo palabra, donde Paz reúne sus primeras tentativas. Véase, por ejemplo, el siguiente fragmento: « […] incisiones / en la carne del tiempo —mi escritura, / raya en el agua». O este otro: «amanece. El reloj canta / el mundo calla vacío». O bien «alzo los ojos: no hay nada / silencio sobre la rama / sobre la rama quebrada».

Paz también utilizó el renga, o serie encadenada de versos, para crear poemas colectivos. En el prólogo a Renga (1971), donde aparecen las cadenas poéticas compuestas entre Paz, Jacques roubaud, Edoardo Sanguineti y Charles Tomlinson, el poema es el instrumento que emplaza a la belleza, nacida como fruto del azar controlado. Renga significa «poema ligado» y en la tradición japonesa se llama así a la serie indefinida de tankas, hermanos del haiku. Con independencia de los parecidos, lo relevante es que en el renga se produce también el milagro poético, el hallazgo que desvela lo inefable y oculto. Desde un punto de vista cultural —o multicultural, si se admite el término—, la experimentación de la creación colectiva reúne en Paz dos tradiciones diversas y muestra su pluralismo irreductible: de un lado, el universo japonés, al que ya hemos aludido; de otro, el surrealismo, pues en la suerte combinatoria o en el azar electivo, esa expresión de Breton tan querida por Paz, la casualidad y el deseo se funden en una hermosa y admirable innovación poética.

El uso que hace Paz del haiku no es una farsa ni tampoco un pasatiempo lúcido; es el empeño por encontrar, como indicábamos, una forma expresiva que comunique el anhelo, y el hallazgo también, de la unidad originaria perdida. El ser deseante, vagabundo, que anhela algo que desconoce pero presiente en sus primeras composiciones poéticas, descubre en el universo oriental una temática idónea para saldar sus desvelos. En este sentido, Paz procuró insertar la versificación japonesa en su propia —y vasta— tradición cultural. Según los expertos, uno de los ejemplos más logrados de esa fusión de tradiciones aparece en «Piedras sueltas», que forma parte del poemario Semillas para un himno (1954).

Virginia rodríguez Cerdá, que ha estudiado la influencia del haiku en el escritor mexicano, explica que la composición de «Piedras sueltas» se produjo en 1952, después de regresar de una larga estancia en Tokio. La heterogeneidad y la contraposición se alzan como clave de esos poemas cortos, en los que la brevedad de la forma oriental y el tema mexicano ayudan a extremar el asombro estético. Así ocurre en el poema «Xochipili», que en la mitología mexicana representa a la divinidad del amor y la belleza: «En el árbol del día / cuelgan frutos de jade, / fuego y sangre en la noche». Los haikus de «Piedras sueltas» pueden resultar inexactos: cuentan con título, por ejemplo; en ellos prima la experiencia cultural frente a la percepción inmediata de lo natural; el yo del poeta es remiso a desaparecer y, por tanto, se disipa en ocasiones el trasfondo contemplativo de los versos. Véanse, para ello, estas dos muestras: «Viven a nuestro lado / los ignoramos, nos ignoran. / Alguna vez conversan con nosotros». «Me vi al cerrar los ojos: / espacio, espacio / donde estoy y no estoy».

Pero pueden hallarse también formas japonesas puras. Paz explicaba que el haiku, tradicionalmente, constaba de dos partes. En la primera de ellas aparece la condición general del poema y se muestra un hecho del mundo natural. Es, en definitiva, la parte descriptiva. El segundo elemento del poema es lo que hace estallar la escritura; su función es meramente enunciativa y suele incorporar una referencia activa. La confrontación de esos dos momentos hace nacer la chispa de la belleza poética. Obsérvese cómo consigue ese efecto Paz en «Pleno sol»: «Se despeña la luz, / despiertan las columnas / y, sin moverse, bailan». Y con la misma pureza, lo consigue en «Mediodía»: «La luz no parpadea, / el tiempo se vacía de minutos, / se ha detenido un pájaro en el aire».

Paz, en cualquier caso, no se limitó a cultivar el haiku solo por placer creativo. Si se tiene en cuenta lo que para él implicaba el ejercicio de la traducción, no pueden obviarse las versiones que realizó de los clásicos poemas orientales que, para ser justos, tendrían que ocupar un lugar destacado en su obra. La editorial atalanta ha editado recientemente su versión de Sendas de Oku, de Basho. En la larga introducción al diario de peregrinación del poeta japonés, confiesa su ignorancia idiomática, pero el lector ha de tener en cuenta que a su juicio, y atinadamente, la traducción excede la mera literalidad y se convierte en un verdadero ejercicio artístico de recreación y reinvención. Es, pues, una reescritura o repoetización. La traducción que Paz hizo, junto con E. Hayashiya, de los poemas desposeen a Basho de su autoría y sirven también para expresar el fondo más íntimo del escritor mexicano.

EL ESPIRITU DE HAIKU

Lo oriental está presente también en el núcleo temático de la poesía de Octavio Paz, que era consciente de la deuda que había adquirido con esa cultura lejana que descubrió como alternativa a su inquietud metafísica y donde se le reveló el sentido de la existencia. Oriente no fue, pues, un hito pasajero de su camino, sino el camino mismo, su trayecto biográfico, el ritmo de ese Poema que, a su juicio, son todos los poemas, fragmentos perentorios de una unidad perdida.

Hay ciertas recurrencias temáticas que emergen en la brevedad concentrada de los haikus. Desde la perspectiva zen, lo importante es lograr la aniquilación del yo consciente y la comunión con lo natural, cosechando una unidad en la que desaparece toda frontera y percepción de límite. Es sintomático que la figura más empleada, a veces junto con las onomatopeyas, sea la sinestesia, como si el poeta tratara de desvanecer los contornos de la sensibilidad, introduciendo al lector en un mundo sensorial indiferenciado. Tampoco resulta casual que el haiku sea breve: es una densidad instantánea; ni que se recupere la idolatrización de la palabra inaugural o que se dispongan las palabras desnudas, solas, tratando de restablecer su sacralidad talismánica y salvarla del piélago tumultuoso de las referencias simbólicas: la palabra emerge y convoca directamente a la realidad poetizada, sin mediaciones ni artificios.

Basho es quien, en la tradición poética de Japón, ha conjugado con maestría todos estos extremos. Lo que hace singulares a sus haikus es que en ellos el escritor japonés alcanza de una forma sucinta la altura de una práctica espiritual o ejercicio contemplativo. Basho intentó superar la conciencia ordinaria y sublimar lo mundano de la existencia, denunciando la superficialidad del lucro material y la impureza hedonista. La aparición en sus haikus de lo natural, con su hermosa sutileza y concreción —un árbol, un pájaro, un lago o un río, una montaña, el sucederse ininterrumpido de las estaciones—, tensiona el yo alienado del lector y lo reconduce, al menos en el instante ensimismado de su lectura, a esa simpatía pretérita con el todo.

Hay animismo, sacralización de lo natural, como indicábamos. En Paz, lo religioso se transfiere a la palabra, que adquiere la función de conjuro. Basho espiritualizó la experiencia poética japonesa, y Paz, por su parte, orientalizó la literatura contemporánea, multiplicó sus referencias. Uno y otro lucharon por erradicar la categorización y la servidumbre del pensar discursivo. Llevaron al hombre y al lenguaje hacia sus propios confines: mientras que uno lo hizo recomponiendo el haiku y distanciándolo de su forma afectada, otro elevó metafísicamente el elenco de las formas poéticas.

Para explicar su poesía, una vez Basho dijo: «No sigo el camino de los antiguos, busco solamente lo que ellos buscaron». Se refería, pues, al pasado. También Paz dijo que el poeta, como el hombre, no es un sujeto de progreso, sino de regreso, un ser que brega por remontar sus cauces profundos, cuya existencia recapitula todas las existencias. Estos elementos laten en sus poemas y, de hecho, uno de los más significativos, «Pasado en claro», repite insistentemente: «Estoy donde siempre estuve».

Pero la experiencia originaria de la plenitud resulta inefable. Paz la evocó refiriéndose a la unidad, a una comunión extática que quiebra divisiones, identidades y antagonismos. Como en otros poetas, fascinados como el mexicano por la propuestas espirituales del zen, se aprecia el agotamiento de la subjetividad, el hastío por la saturación simbólica de la conciencia. La obsesión reconcentrada del haiku delata la quimera de la discursividad y la clausura de toda referencia. El haiku se propone como antídoto y sugiere en su simplicidad una apertura inconmensurable, la misma que ofrece el universo que leemos como espectadores.

El haiku representa una antítesis: no colma el juego de las representaciones, hay ausencias y huecos; se acrisola en la pureza de la denotación. Si en la versificación más tradicional el poema estalla en interpretaciones subjetivas o culturales, en el haiku alcanza concentración semántica por medio de la sencillez. Paz señaló en algún momento que la explicación, la reiteración y el discurso suponen las enfermedades de la poesía. El haiku podría ser el revulsivo para ellas. Pero también la dispersión existencial del hombre exige una cura y la encuentra en el poema. El yo alienado, que percibe en el sucederse del tiempo la cancelación de su plenitud, se ubica gracias al poema en un instante eterno y mágico, en un «tiempo sin medida» o un momento «paralizado, suspendido / entre un abismo y otro».

Sin embargo, la comunión existencial que anhelaban Basho y Paz no salva al hombre; más bien lo difumina en la plenitud del vacío. Paz fue desnudando su poesía, como si presintiera la desaparición del poeta que fue en el sueño telúrico del poema. El camino se consuma con la llegada a ese ámbito del «ser sin ser», «el espacio puro», al lugar donde se recomponen los fragmentos despedazados en la historia del mundo: «Todos eran todo. / Solo había una palabra inmensa y sin revés. / Palabra como un sol. / Un día se rompió en fragmentos diminutos, / son las palabras del lenguaje que hablamos, / fragmentos que nunca se unirán, / espejos rotos donde el mundo se mira destrozado».

Lo paradójico es que el hombre en plenitud deja de ser hombre. O, por decirlo de otro modo, que la expresión poética más pura no sería más que el eco de un silencio mantenido. El zen, como la oquedad del haiku, puede ser un lenitivo atractivo para un sujeto hiperconsciente e individualista, como el hombre de hoy, pero no se compromete en tareas redentoras. Basho divinizó lo natural; Paz, por su parte, sacralizó la experiencia poética o amorosa refiriéndose al dios inmanente del amor y la poesía, como ha indicado con precisión E. krauze, pero eso terminó obstaculizando su comunión con la trascendencia.