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El verdadero historiador, más allá de títulos académicos, es quien no se limita a hacer asépticamente un elenco de los hechos más relevantes: historiador es quien pretende comprender lo que pasó e interpreta los momentos históricos con el sentido que ofrece una mirada retrospectiva. Este es el caso, a mi juicio, de Daniel Rivadulla Barrientos, pues su Equipaje de los europeos, lejos de repetir el catálogo de los acontecimientos de los últimos dos siglos, lo que hace es convertir en inteligible ese tramo histórico. Eso es básicamente lo que explica en su magnífica introducción: el objetivo que ha tenido en mente a la hora de escribir estas páginas es «reflexionar a través de una mirada» que es tanto retrospectiva como prospectiva, profundizando sobre el pasado pero también contemplando el presente y poniendo la vista al futuro. Este relato de la última historia de Europa es, para ser francos, muy oportuno, pues los resultados de las últimas elecciones —la proliferación de sentimientos extrañamente eurófobos junto con la reivindicación de múltiples realidades nacionales— exige retomar un discurso cultural —el ethos de una civilización, por emplear las propias palabras de Rivadulla, que, entre otras cosas, muestre la coherencia histórica del proyecto europeo—. El autor comienza su narración en el siglo XIX y la decisión no es arbitraria, pues ese contexto temporal verá el nacimiento de una nueva cosmovisión, cuya esencia se disecciona en este libro.
Otra de las ventajas del libro es que no se limita al campo histórico: trasciende las fronteras disciplinares y realiza, si se permite el término, un ejercicio de historia cultural. De ahí que, como avanza en las primeras páginas del libro, el autor ponga el acento en la transformación que supone la Modernidad: la irrupción de nuevas ideas transforma la realidad política y explica la degeneración totalitaria de muchos proyectos; al mismo tiempo, se consolida la secularización, que tiene un sentido político tanto como antropológico, pues el embate del positivismo mella la difusión social del cristianismo y el individuo encuentra en las ideologías políticas un sustitutivo peligroso.
Los europeos y su equipaje se estructura en tres partes. La primera de ellas, que repasa todo el siglo XIX, explica la génesis de las nuevas ideas: la secularización de la modernidad rompió con la trascendencia, pero supuso la mutilación espiritual del ser humano y su paradójica divinización. Por eso, el universo terminó proponiéndose como material bruto de las utopías. Se explica también que la conformación de los estados-nación de un lado exigió una legitimación científica —se desarrolla la teoría de la raza, por ejemplo—, pero de otro conllevó el expansionismo imperialista y el militarismo. La época paradisiaca termina con la confianza del ser humano, que asiste al inicio trágico de la guerra mundial que ahora conmemoramos.
La segunda parte del libro comienza su recorrido por la Revolución de Octubre y explica el inicio y la irrupción de la urssde Lenin en el escenario internacional. Al mismo tiempo, en mirada retrospectiva, profundiza en el siglo xixcomo el siglo de auge de la ciudadanía burguesa y la superficialidad política y cultural de la misma, Rivadulla recuerda que, cumplidas las expectativas de la burguesía, los primeros momentos del siglo XX constituyen los tiempos en que imperialismo y nacionalismo van de la mano, cosechando un amplio apoyo popular.
La tercera y última parte del libro se titula «Amanecer sin mediodía» y se ocupa del periodo de entreguerras. Es un momento en que, como indica gráficamente el autor de estas páginas, Europa va a la deriva y pronto quedará amenazada, como es bien conocido, por el atractivo de los extremismos. Rivadulla acierta a situar los acontecimientos de ese momento en el auge del nacionalismo —que se había fraguado desde el comienzo del XIX—. Significativamente, el libro termina explicando el triunfo del nazismo tras el fracaso de Weimar. Hitler se encargó, por su parte, de consumar la destrucción del continente.
El libro es interesante porque ofrece perspectivas menos transitadas —sin obviar la referencia al trasfondo cultural o filosófico de los hechos históricos, pero tampoco olvidando el progreso tecnológico, las ideas políticas o económicas relevantes en la historia—. Como introducción a una etapa importante de la historia europea, el libro no tiene desperdicio. Además sirve para explicar muchos acontecimientos actuales, cuya causa nace hace mucho tiempo, pero que siguen desgraciadamente vigentes.
La obra del poeta polaco Zbigniew Herbert (1924-1998) está atravesando un momento de exitoso (re)descubrimiento en nuestro país. Aparte de los tres libros de ensayo publicados en los últimos años por la editorial Acantilado (Naturaleza muerta con brida, 2008, Un bárbaro en el jardín, 2010, y este El laberinto junto al mar, 2013), su Poesía completa (Lumen, 2012) se mantuvo durante todo el año pasado en las listas de los libros más vendidos en su género. No sorprende tanto este éxito si reparamos en los elogios vertidos sobre su figura por importantes poetas contemporáneos como Joseph Brodsky, Seamus Heaney o Adam Zagajewski, entre otros.
Entre el diario de viajes, la narración histórica y la reflexión estética, El laberinto junto al mar reúne siete ensayos en torno a Grecia en los que el poeta va entremezclando la descripción de lugares, el relato de vivencias personales, el comentario erudito de obras de arte y la evocación de acontecimientos históricos, así como análisis estéticos de hondo calado que no desdeñan la expresión desprejuiciada de sus opiniones ni la interpelación al presente. Todos estos ingredientes se conjugan para componer un libro ameno, ilustrativo y sugerente, que contagia la fascinación de su autor por la cultura antigua.
Resulta bastante elocuente el subtítulo que el mismo Herbert había puesto al frente de este manuscrito cuando se lo entregó a su editor polaco en 1973: «Apuntes de un viaje por Grecia». Si en Un bárbaro en el jardín Herbert realizaba un recorrido por toda la historia de Europa, desde la pintura rupestre de Lascaux hasta nuestros días, en El laberinto junto al mar bucea en los orígenes de la cultura griega como patria de los mitos y cuna de la civilización occidental.
Comienza el viaje en la isla de Creta, donde Herbert persigue el rastro de la civilización minoica, siempre envuelta en misterio, y trata de extraer entre las ruinas sus rasgos más característicos. En el museo de Heraclión se siente profundamente decepcionado por los famosos frescos minoicos, que en todos los manuales de arte son calificados de obras maestras y que a él, sin embargo, le parecen fruto de una reconstrucción artificial, «como si alguien hubiera inserido sus propias palabras entre los fragmentos de un poema antiguo que hubiera encontrado» (p. 14). La explicación de esto se encuentra, según la hipótesis que desarrolla Herbert, en la labor de reconstrucción y retoque que realizaron los arqueólogos tras el descubrimiento de Cnosos a principios del siglo xx. Fue el arqueólogo Arthur Evans, descubridor de la civilización minoica, quien le encargó al artista suizo Émile Gilliéron la restauración de los frescos, ya que en el momento de su hallazgo se encontraban en un pésimo estado y amenazaban con deshacerse. Herbert no entiende cómo esas reproducciones —que en su opinión materializan las visiones fantásticas del arqueólogo Evans— pueden figurar como obras originales en todos los libros de arte.
El relato de la vida del polémico arqueólogo Arthur Evans (casi tan fascinante como la de su predecesor Heinrich Schliemann, descubridor de Troya), el análisis de sus discutibles métodos y la controversia que sus teorías despertaron en estudiosos como Palmer o Wunderlich le sirven a Herbert para desplegar sus poderosas dotes narrativas, logrando algunas de las páginas más memorables del libro. Evans, que «barruntó, intuyó y vislumbró la existencia de una civilización aún no descubierta que uniría la cultura del Oriente antiguo y el “milagro griego” en una fórmula comprensible de influencias mutuas» (p. 36), fue quien dio el nombre de «minoico» al periodo que empieza con el fin del Neolítico y termina con la invasión de Creta por los aqueos. Asimismo, tuvo el sueño de descifrar la escritura cretense y consideraba que el palacio de Cnosos era una idea y obra suya.
Este primer ensayo, que es el más extenso de todos y da título al conjunto, se cierra con el recuento sucinto de su recorrido por la isla, «desde el golfo de Mirabello hasta el cabo Ákra Spánta», «desde el mar Egeo hasta el mar de Libia», terminando en Festos, que para él representa «la ruina más hermosa de Creta». Se despide Herbert de la isla diciendo que el único camino que nos acerca al mundo es el de la compasión y que «las ruinas de los cretenses son las ruinas de una cuna, de una habitación infantil».
En el segundo ensayo se propone «Un intento de describir el paisaje griego», al que en un principio creía una prolongación del paisaje italiano pero que se le impone como una experiencia única, inefable, sin parangón, de íntima fraternidad con la naturaleza. Psicro, Epidauro, Micenas, Delfos, Esparta y Olimpia son algunos de los lugares evocados en esta tentativa de descripción condenada al fracaso.
Tras el breve interludio «La almita», donde analiza una carta en la que Sigmund Freud recordaba sus sentimientos de sorpresa y escepticismo en su primera visita a la Acrópolis, Herbert realiza un estudio histórico pormenorizado de este conjunto arquitectónico ateniense que tiene como principal símbolo el Partenón («No existe otra construcción en el mundo que haya embargado mi imaginación durante tanto tiempo», confiesa). A continuación, se ocupa de la llamada revuelta o rebelión de Samos, ciudad que se levantó contra Pericles cuando este tomó partido por Mileto en la perpetua querella que mantenían ambas ciudades.
Finalmente, se separan del núcleo temático del libro —viaje por Grecia— los dos últimos ensayos, que se orientan hacia Italia: «Sobre los etruscos», en el que trata de resumir los principales conocimientos atesorados sobre esta civilización, y «Clase de latín», donde mezcla con gran inteligencia sus recuerdos personales de infancia con el estudio histórico de la lengua latina y el poder militar de Roma.
El laberinto junto al mares una brillante recopilación de ensayos en la que, más allá de su consabida condición de poeta, Zbigniew Herbert se revela como un humanista completo y equilibrado, un viajero culto y sensible que, con un estilo literario de gran belleza, consigue transmitir al lector su pasión por los vestigios culturales de Occidente.

Hace ya un año se celebró el Congreso Internacional «La Biblioteca de Occidente en contexto hispánico», organizado por UNIR y Cilengua en las sedes de Madrid y Logroño. El acto fue todo un éxito y Nueva Revista tuvo una participación especial en él. La intención era discutir y reflexionar, gracias a las aportaciones de un nutrido y selecto grupo de expertos, sobre la posibilidad de elaborar una lista que recogiera los títulos de las cien obras más importantes de la tradición occidental. El proyecto cuenta desde entonces con un largo calendario, pero la celebración del congreso fue, si se puede decir así, su primera gran presentación pública. El libro que reseñamos recoge las ponencias y las comunicaciones presentadas durante los seis días que duró el congreso. Es una buena noticia su publicación: no solo por el enorme interés que tiene, de por sí, leer despacio las aportaciones de quienes participaron en él, sino porque puede ser interpretado como un sincero homenaje que la propia Biblioteca de Occidente rinde al libro. En los textos publicados se combina, por eso mismo, la altura científica e intelectual con un estilo cuidado. Podría decirse que, en el contexto de amenaza frente a lo escrito, leer este obsequio humanístico debería convertirse en una obligación para toda persona interesada en el futuro de la cultura. En un ambiente que se ha llamado posliterario, recuperar la primacía del texto es una forma de reverencia.
Hay que decir que algunas de las aportaciones que aquí se recogen fueron publicadas ya en Nueva Revista. El libro se abre con la entrevista Miguel Ángel Garrido que, además de editor de estas páginas, fue el principal organizador del encuentro internacional. En ella, el profesor Garrido explica los objetivos de esa empresa cultural en la que se ha embarcado personalmente y no duda en reconocer el carácter discutible de la lista de los cien libros. Además, Garrido se muestra optimista acerca de la posibilidad de editar en el futuro próximo una colección con ese título. Su pretensión es que la biblioteca se convierta en realidad y ocupe un hueco en todos los hogares. Lo preocupante, como manifiesta Garrido en la entrevista, no es el futuro del libro como objeto material, amenazado por el avance imparable de lo tecnológico. El asunto a discutir es si, junto con el objeto, desaparecerá también la literatura como forma humana de comunicación.
El libro, en concreto, se divide en cinco partes. La primera recoge tres de las ponencias centrales del congreso (las de Michel Zink, Sánchez-Ron y Mainer), además de la mencionada entrevista. En la segunda parte, García-Barrientos, Namora, Miguel-Pueyo y Ruiz de la Cierva reflexionan sobre los fundamentos teóricos de una posible biblioteca que recogiera las aportaciones más sustanciales de la cultura occidental. En la tercera sección, se profundiza en la problemática noción de canon, aludiendo, por ejemplo, a los programas de Great Books que se cursan en la enseñanza americana; asimismo, se presta atención a la cuestión de las traducciones y las versiones de las obras incluidas en el elenco.
«Otros cánones» se titula la cuarta parte de este libro de actas. En ella se pretende advertir de la posibilidad de ampliar el canon a otras esferas, como los libros de música notada, o a la posible elaboración de un canon teatral. La última parte, la más extensa, recoge trece aportaciones, defendidas y discutidas en las diversas sesiones del congreso internacional. Son textos que de forma específica critican la selección ofrecida, la defienden o proponen la inclusión de otras obras y autores por determinados motivos.
Como puede comprobarse en estas páginas, el proyecto de la Biblioteca de Occidente es, esencialmente, una iniciativa humanística no solo por el tema sino también por la forma: lo importante, como puso de manifiesto el congreso, es aprender a pensar y pensar juntos, hablar y discutir, lograr acuerdos razonables. La lista de los cien libros más importantes de la historia occidental podría ser polémica, como advertía el organizador del congreso. Pero es que la polémica ha formado siempre parte de la alta cultura.

Con pie de imprenta de 13 de febrero de 2013 se ha publicado el por ahora último poemario de Miguel d’Ors, hijo del prestigioso catedrático de Derecho Romano y nieto del filósofo del mismo apellido. D’Ors ha sido muchos años —acaba de jubilarse— profesor de Literatura Española en las Universidades de Navarra y Granada. Nació en Santiago de Compostela en 1946. Es, pues, miembro de la que algunos estudiosos han dado en llamar «Generación de la Transición» (pues en ella publican sus primeros libros). En esa generación, que es la mía, no hay grandes poetas, y quizás sus mejores representantes sean Antonio Colinas, Emilio Barón, Eloy Sánchez Rosillo, Javier Salvago, Jon Juaristi, Juan Luis Panero, Francisco Bejatano… La generación anterior (denominada «Segunda de Posguerra») tiene nombres tan inequívocos como Gil de Biedma y Brines. La anterior («Primera de Posguerra») es la de Blas de Otero, José Hierro y Pablo García Baena. En la de D’Ors hay algunos auténticos poetas menores. Y ahora que nadie en su sano juicio se toma en serio la humorada de Castellet de «Nueve novísimos poetas españoles» (Gimferrer, Carnero et altera), podemos ver con cierta objetividad la obra de sus mejores autores, ya sesentones.
Uno de ellos es sin duda d’Ors. Buen lector de poesía española y europea, diestro artífice del verso español, de impecable prosodia y humor gallego que en nada tiene que envidiar al de Cunqueiro, consigue con sus versos, lo que es mucho, emocionarnos, sorprendernos, hacernos sonreír, pensar y hasta repensar ciertos lugares comunes de nuestro tiempo. No hay lugar para el aburrimiento en un libro de versos (y sobre todo en este último, quizá el mejor de su docena larga de poemarios). Creo haberlos leído todos y este me parece el mejor: maduro, estoico, bienhumorado, profundo y divertido. Quién da más. Los poetas de su generación —si los conoceré yo— suelen ser bastante pedantes y aburridos y algunos hasta con una dosis de ignorancia que no hace aconsejable el dedicarse a la noble profesión de poeta. D’Ors con frecuencia —no siempre, que esto es imposible— emociona, sorprende o nos hace ver el lado oculto de la realidad. En suma, las funciones principales de un poeta. Y casi siempre lo pasamos bien, a veces arrancando una sonrisa de nuestros labios, al leer algunos poemas suyos. Créanme, un mirlo blanco en la generación que le ha tocado volar. Yo saludo con mucho gusto y contento la aparición de su último libro, Átomos y galaxias, y me gustaría señalar en su libro por último una virtud que viene escaseando en la poesía española última: sentido de la realidad, sentido de la proporción de las personas y las cosas. «Un buen poema —decía mi maestro Jaime Gil de Biedma— tiene que tener, a su modo, tanto sentido común como una carta comercial». Uno está muy de acuerdo con la apreciación de Jaime Gil y se ve abrumado por los versificadores nefelibatas. Gracias, maestro, por esta última entrega.
La Historia de la literatura española de Editorial Crítica ha logrado con su última entrega (el volumen 2, La conquista del clasicismo, 1500-1598) rematar la serie de nueve que se inició en la primavera de 2010 con la aparición simultánea del volumen 3, El siglo del arte nuevo, 1598-1691 y del 6, Modernidad y nacionalismo, 1900-1939. Ha roto, pues, el maleficio que parecía cernerse sobre la continuidad de los proyectos de historia literaria en varios tomos y, sobre todo, en pleno apogeo de la edición electrónica, me gustaría creer que todo ha sido un rotundo voto a favor de las obras de consulta impresas en buen papel y cómodas de lectura, por la claridad de su tipografía, la espaciosa configuración de la página y la solidez de la encuadernación. Debo agradecer a la generosidad intelectual de Miguel Ángel Garrido Gallardo que me brinde las páginas de Nueva Revista no para suplantar el lugar de una reseña por una autoapología, lo que no seria decoroso, sino para ejercer una suerte de «autocrítica», que era género usual cuando había frecuentes y esperados estrenos teatrales. O si se prefiere, para usar del recurso a la puntualización y al subrayado que otorgan los prólogos o epílogos (*).
El empeño ideal de la Historia de la literatura española, que han compartido conmigo sus autores, ha sido aunar una presentación atractiva y un diseño intelectual donde se ha privilegiado la línea narrativa sobre la seca enumeración de datos. Y donde se han buscado las mayores libertades del ensayo personal sobre el tono escolar y la excesiva dependencia de la bibliografía ajena. A menudo, las palabras «ensayo» y «ensayismo» se han esgrimido como términos descalificatorios en los medios académicos tradicionales, como si el uso algo más que funcional de la expresividad de la prosa y la presentación de un argumento a cuerpo limpio (sin la escolta habitual de confert a pie de página) fueran una declaración de frivolidad. El lector de estos volúmenes advertirá enseguida la renuncia explícita a varios signos que la tradición vincula a las síntesis escolares. La división interna del texto no es exhaustiva y funcional, ni ha sido subrayada por la numeración de los párrafos o salpicada por las palabras en negrita y los cuadros sinópticos. Se han preferido los apartados de cierta amplitud y tono unitario, al pie de un intertítulo atractivo y explícito a la par. A la presencia sistemática de opiniones ajenas en el texto o en los pies de página, se ha contrapuesto una elaboración más personal y desenvuelta donde se hicieran presentes las hipótesis y las contrahipótesis, o se diferenciara —de la mano del autor del volumen— lo seguro, lo probable o lo discutido, sin necesidad de representarlo en listas presuntamente didácticas y, a menudo, demasiado dogmáticas.
Seguramente, tras estas decisiones ha habido también una percepción del lector potencial en un tiempo marcado por la información deglutida por internet y por una orientación de la enseñanza académica que desconfía —con no poca razón— de todo lo que suene a manual. Sin dejar de tener en cuenta al profesional de la filología o de la historia cultural, se ha pensado también en un lector generalista, con cierta preparación previa, que busca una razonable información puntual pero, sobre todo, una relectura crítica de los datos que previamente puede conocer: unos textos, en suma, que compartieran la condición de libro de consulta y de síntesis. Para ese objetivo, «ensayo» era una palabra idónea: estos volúmenes la reivindican como un modo de hacer, que es inseparable de la síntesis razonada, y también como la forma de comunicación más estimulante con nuestros lectores.
Que esto se pueda sostener —sin más jactancia de la imprescindible— obedece a varias decisiones previas, que fueron maduradas en bastantes reuniones de los redactores y sustanciadas en las largas instrucciones escritas de su director. Desde un comienzo se buscó que los tomos fueran obra de un solo autor o, donde era preciso, de dos o tres, e incluso de un pequeño equipo (como es el caso del volumen 8, Historia de las ideas literarias en España), pero siempre con experiencia anterior de trabajo en común. Asegurar la unidad interna y la fidelidad al proyecto previo eran cosas tan fundamentales como lograr que la Historia fuera una digna expresión del alto nivel que había alcanzado la historia de la literatura española como disciplina universitaria.
Se habla mucho de los conflictos inherentes a la vida de la universidad y se extiende sobre ella una sospecha general de ineficacia, a menudo muy injusta. Porque también se olvida que, al lado de un panorama institucional poco halagüeño, la producción científica de los tres o cuatro últimos decenios ha sido mucho más que notable en el campo de las humanidades (y no solo, por supuesto…). Y a las pruebas nos remitimos: entre ellas están, por supuesto, los numerosos libros que con este mismo marbete de Historia de la literatura española han aparecido después de 1970 y la activa presencia de trabajos de origen académico que han ocupado, y ocupan, un plano relevante en la dieta lectora del país y en las mejores colecciones de ensayismo universitario.
En este esfuerzo reciente nos insertamos. en nuestra genética están las expectativas que surgieron de la reforma de la enseñanza de 1970 (la Ley General de educación), lastrada por las inercias del franquismo pero también abierta a la modernización de las estructuras; está el azaroso y fecundo periodo de movilizaciones profesionales y políticas que escoltaron la aplicación (y sus contradicciones) de la ley del 70, hasta más allá de 1975; está el lamentable desfile legislativo que ha presidido la vida escolar entre 1986 y los inicios del siglo, e incluso la precariedad rampante de hogaño, tras el crac económico que abrió el decenio y la llegada del tiempo inclemente de los «recortes». Es patente también que en las páginas de esta obra —que se empezó a gestar en 2007 y ha visto su conclusión a finales de 2013— han coincidido los esfuerzos de varias promociones de filólogos, testigos de todas las fases intelectuales de ese periodo histórico. Los hay que comenzaron su trabajo en los primeros años setenta, cuando parecían marcar la pauta las metodologías estructuralistas pero también comenzaba una sólida tarea de edición y anotación de colecciones de textos clásicos. Una promoción intermedia, que se inició diez años después, fue partícipe de la renovación de conceptos de la historiografía literaria, cada vez más enriquecida por las concepciones de una historia cultural de mayor vuelo y por un saludable orden internacional de los conceptos dominantes (y demasiado particularistas, a menudo) en la visión de lo español. Los más jóvenes colaboradores se han formado en el culto a la ecdótica y el cuidado de los textos (a veces injustamente tildado de neopositivismo), sin perder de vista las nuevas concepciones de la cultura derivadas del llamado giro lingüístico de las ciencias humanas, o de la presencia de los Cultural Studies, cuyas consecuencias se percibieron entre nosotros ya a finales de los años ochenta.
Esta presencia equilibrada de varias sensibilidades confiere a la presente Historia de la literatura española una notable representatividad. Pero sus autores, su director y su coordinador saben que nada es garantía de perdurabilidad indefinida. las obras generales son síntesis necesarias y deseables… para que, en un futuro más o menos cercano, se puedan escribir otras nuevas; los responsables de estos volúmenes lo han tenido muy en cuenta y de ahí que hayan evitado dogmatismos y preferido, a menudo, adoptar la modestia eficaz de la hipótesis abierta sobre la afirmación cerrada. El propósito de esta obra es ser un estado de la cuestión que mira hacia las tramas interpretativas que nos han llegado del pasado cercano y que desearía contener ya las bases de las que se lanzan hacia el futuro.
Por todo esto, el lector de esta obra verá que, desde las primeras líneas de la introducción general (que reproducen todos los volúmenes), se sustenta un cierto escepticismo sobre los significados consuetudinarios de las mismas palabras «historia», «literatura» y «española». Son, como cualesquiera otros, conceptos a la vez sólidos y variables. Y que resultan operativos precisamente cuando se exploran sus límites, o cuando se consideran a partir de su fértil evolución semántica. Tras volver del revés las palabras «historia», «literatura» y «española», ha resultado que el sintagma que forman es el mejor lugar de encuentro de las exploraciones de la crítica literaria, las consideraciones de sociología de la cultura, la indagación de las biografías particulares y los vuelos que nos proponen la teoría de la literatura y la literatura comparada.
De ese modo, la estructura interna de nuestros siete volúmenes propiamente «históricos» ha atendido explícitamente a tres niveles de atención: en primer lugar, al papel y la función que la «literatura» ha tenido en la vida colectiva (lo que incluye los cánones vigentes en cada época, la aparente confusión de los géneros literarios, las delgadas fronteras entre lo popular y lo culto); en segundo término, a la variable configuración de la figura del profesional de las letras y, por último, al significado de las obras literarias concretas, como cristalizaciones felices de tendencias estéticas, pero también como reflejos de los conflictos de la vida social.
Se ha querido que los títulos de cada volumen hicieran visible una intención autoral de caracterización de los periodos asignados a cada uno. En el volumen de obertura, los términos de «oralidad» y «escritura» marcan mucho más que los límites de la expresión literaria: son un escenario (pero también la propuesta de un canon) que ilumina una lectura y organización de «lo medieval», alejada de fáciles estereotipos «nacionales» y cauta entre las concepciones tradicionalistas y las «cultas». Otros volúmenes han usado, como se advertirá, referencias cronológicas más precisas que la de «Edad Media». La fecha de 1598 marca la divisoria de La conquista del clasicismo y El siglo del arte nuevo, porque es el año de la muerte de Felipe ii, pero también porque en 1597 muere Fernando de Herrera y en 1599 se publica el Guzmán de Alfarache: nada podía reflejar mejor el relevo de una «conquista» estética del humanismo, reemplazado por la incertidumbre de un género naciente, también humanista pero de otro modo, convertido en una actitud moral de desengaño y una purga de su tiempo: la vida del pícaro.
El año de 1691, que remata el tiempo de El siglo del arte nuevo, fue la fecha de la carta-respuesta de sor Filotea de la Cruz (sor Juana Inés de la Cruz) a su obispo, donde la monja mexicana defendía los derechos modernos de la escritura personal en términos inequívocos. Pero la elección de una fecha anterior a 1700 ha sido también un modo de indicar que —tras un siglo de desastres políticos y económicos— empezaba una era diferente, donde se iba a sustanciar lo que el famoso libro de Paul Hazard llamó «la crisis de la conciencia europea». Por eso, el volumen 3 de nuestra Historia, Razón y sentimiento, usa como referencia temporal la consagrada expresión El Siglo de las Luces y comienza con la inquietud científica de los novatores y los esfuerzos de clarificación historiográfica de Nicolás Antonio. Después de 1720, estas nuevas actitudes fueron continuadas por críticos, libertinos e ilustrados a lo largo de una centuria que tampoco acaba abruptamente en 1800. Y, por esto, la materia del volumen se extiende hasta los alrededores de 1830, cuando muchas ideas de la ilustración se combinaban con las del naciente romanticismo.
Tampoco es casual que el nombre de «nación» esté presente en el título del volumen 4, Hacia una literatura nacional. Era un concepto que Larra no fue el único en invocar (lo hizo también Manuel José Quintana, por ejemplo), ni Galdós fue el único en llevarlo a un título imprescindible, Episodios nacionales. La construcción de «lo nacional» es una línea de continuidad que no cesa, aunque adquiere —ya en los amenes del siglo— una orientación nueva. El siguiente volumen, bajo el título Modernidad y nacionalismo, explora desde 1900 hasta 1939 la identidad predominantemente estética de un nuevo concepto del país, advirtiendo los cambios que algunos textos capitales del fin de siglo proponen (entre los que están En torno al casticismo y las llamadas «novelas de 1902», pero también los artículos en castellano de Joan Maragall). Esa dimensión intuitiva y plástica de lo colectivo se inscribe, sin duda, en las premisas de la epistemología moderna que también invoca el título. Y precisamente esta dimensión de modernidad es recogida en el título del siguiente y último volumen de la serie histórica: allí se habla de su «derrota y restitución», lo que es un modo de integrar en una explicación coherente los tres elementos del periodo 1939-2010: la situación de las letras bajo el franquismo, los cambios que se producen en torno a 1960-1970 (donde los tempranos signos de destitución moral del Régimen son tan elocuentes) y los de 1970-1980, bajo el emblema de la «restitución», que, entre otras cosas, significó el rescate de un bloque cultural tan fascinante como fue el creado por los exiliados republicanos de 1939.
Toda periodización —que es operación necesaria— entraña simplificaciones insatisfactorias. Y esta Historia, que ha sido bastante parca en el uso de términos taxonómicos consagrados por la rutina escolar, ha asumido de forma decidida insistir precisamente en los nexos de las transiciones históricas, en los rasgos caracterizadores de las novedades (que siempre se mezclan con las inercias del pasado) y, sobre todo, en el reflejo de las lecturas privilegiadas de los textos: autores que leen a otros autores, innovadores que hacen balance del pasado o autosatisfechos que se expresan con inquietud ante el futuro. De hecho, el último apartado de cada uno de los volúmenes de la secuencia «histórica» ha dedicado sus últimos párrafos a una justificación de las razones del corte histórico practicado y a una prospectiva de lo que espera al lector de esta serie en el volumen siguiente.
Para mayor utilidad del lector (y reflejo fiel de nuestros propósitos), cada volumen ha sido rematado por una amplia selección de «Textos de apoyo». No se trata de una antología de «fragmentos escogidos», por más que —en más de una ocasión— se reproduzcan plasmaciones creativas de ideas o sentimientos que son muy conocidas, sino que se ha preferido espigar entre los documentos de trabajo, las confesiones profesionales, los proyectos menos definidos, incluso los textos de naturaleza administrativa o formularia…, para sorprender mejor —y en líneas menos comunes— el testimonio de la vida interior de la literatura.
El interesado por las ideas literarias activas en el mundo de las letras del siglo XIII peninsular podrá repasar así la definición del «amor» que dio el tratado de Andrea Capellanus, referencia de la estética «cortés» que estuvo vigente hasta principios del siglo xvi. o entenderá mejor, y de una vez, el sentido del «anacronismo» medieval y las pautas de la educación palaciega de la época al leer la descripción de la enseñanza en las escuelas de la Atenas clásica, tal como viene en la General Estoria, producida por el taller literario alfonsí. En La conquista del clasicismo, el prólogo de la Propalladia, de Torres Naharro, o las reflexiones sobre la lírica que desarrollan las numerosas Poéticas dialogadas, contrastarán el entusiasmo de los catecúmenos del humanismo con la prosa rahez del edicto toledano sobre los alumbrados, dado en 1525, o con la sombría nota sobre la sentencia de 1532 que condenó por hereje a Francisco Órtiz: luz y sombra de un siglo. Sin necesidad de recurrir con mucha frecuencia al manido tópico de «lo barroco», las reflexiones sobre la oscuridad del Discurso poético, de Juan de Jáuregui, o las sutiles formas de cortar un pelo en cuatro a que se entregan con denuedo defensores y enemigos de las Soledades, nos darán una imagen muy precisa de la autonomía de la lírica en el siglo xvii y de su arraigo en un universo de academias refinadas, manuscritos circulantes y cancioneros rivales. al igual que la conocida y colorista descripción que El viaje entretenido, de Agustín de Rojas Villandrado, hizo de las compañías ambulantes nos traerá a colación la realidad práctica de aquel sueño teatral que fascinó a tantos mosqueteros e hidalgos.
El lector de Razón y sentimiento hallará, por ejemplo, un ramillete de poemas dieciochescos elegidos para suministrar una suerte de vocabulario fundamental de ideas de un siglo: el goce de la amistad, el deísmo, la contemplación de la naturaleza, la rebeldía ante la injusticia o los placeres de la reflexión cultivada. Pero, a la vez, una carta del joven Cadalso, dirigida quizá a León de Arroyal, le mostrará la madurez y la seguridad del criterio poético que hizo grande a la lírica desde 1770. Y otra carta de Jovellanos al obispo de Lugo, reprochándole sus injerencias pastorales y el desdén por la obra del instituto asturiano, nos ofrecerá muestras de la dignidad que revestían unas convicciones y de las dificultades de afirmar una moral y una política pudorosamente laicistas. Del mismo modo, en el volumen siguiente, los tardíos pero perspicaces Recuerdos de un anciano, de Alcalá Galiano, nos recordarán las peleas literarias de 1806 entre las facciones de Quintana y Moratín, inmediatamente antes de que una nota que acompañó a la Oda al 2 de mayo, de Juan Nicasio Gallego, nos haga presente —dos años después— la importancia de la politización del ambiente en los inicios de la era liberal. En la que todo fue complejo y, a menudo, tan estimulante como arduo: lo verá quien lea, en Hacia una literatura nacional, la carta de Leopoldo Alas a su editor Manuel Fernández Lasanta sobre las previsiones de publicación de sus ensayos y los estipendios que pretende, pero también el que repase las ideas del mismo clarín sobre las limitaciones de la vida poética de su tiempo, o las de Galdós sobre la potestad de la novela.
La modernidad igualó literatura y crítica, inseparables desde que el último término se convirtió en un menester necesario para autores y lectores. La selección de críticas teatrales de Pérez de ayala (en los «Textos de apoyo» de Modernidad y nacionalismo) subraya el altísimo valor del libro Las máscaras y lo certero de sus lecturas de un averiado prestigio «culto», Benavente, y dos emergentes valores «populares», la «tragedia grotesca» de Carlos Arniches y los bailes flamencos de Pastora Imperio. Y la fulgurante síntesis de Giménez caballero, «Literatura española, 1918-1930», como los fuegos de artificio del Manifest Antiartístic Català (de Dalí, Gasch y Montanyà, en 1928), indicarán lo que la provocación tuvo de estrategia de la vanguardia. Derrota y restitución de la modernidad justifica su título ofreciendo algunos impagables testimonios censoriales (como el de Pedro Rocamora acerca de sus reacciones fisiológicas ante La familia de Pascual Duarte), pero también recordando la preciosa reseña que Rafael Sánchez Ferlosio hizo, para Correo literario, de la novela de su amigo Jesús Fernández Santos, Los bravos, hermana por tantos conceptos de El Jarama. La complicidad es siempre el resultado de un hostigamiento, como la ambición o la prevención pueden ser el síntoma de la aceleración de los cambios: léanse la ambiciosa (casi bulímica…) poética de luis Antonio de Villena en una antología colectiva de 1982 o las previsoras reflexiones de Javier cercas en 1997 sobre «los inconvenientes de escribir en libertad».
Los dos volúmenes finales de esta Historia han querido dar constancia de dos elementos, en cierto modo, transversales a lo largo de todo el recorrido y, por ende, han estado presentes en cada uno. Convenía, sin embargo, enfatizar su presencia en forma de desarrollos independientes. El volumen 8 (Historia de las ideas literarias en España) recuerda inevitablemente aquella autoobjeción de Menéndez Pelayo que, ante el consejo de escribir una hipotética Historia de la literatura española, afirmaba que la habrían de preceder sendas Historias de las ideas filosóficas y de las ideas estéticas (y es sabido que este último lo hizo, y más que satisfactoriamente). El volumen de Pozuelo Yvancos y sus colaboradores se ha hecho cargo de la evolución de las pautas estéticas (y de las fuentes de estas), pero también del progresivo afianzamiento de la literatura como profesión y de la constitución de lo que hoy llamamos, con Pierre Bourdieu, el campo literario, que incluye el ejercicio de la crítica libre y de los estudios académicos. Son ejemplos de su atractivo los apartados que se dedican a la poesía como ciencia o la teoría de los estilos (en el mundo medieval); a «la formación de un sistema», a «la hora del endecasílabo» y las polémicas sobre las novedades de lope y Góngora (en los siglos XVI y XVII); al «buen gusto» y a lo «sublime», en el XVIII; a la recepción de August Schlegel en España y al Romanticismo como «literatura moderna» (por lo que hace al XIX), y el demorado seguimiento de las ideas críticas de los escritores, al lado de la construcción de la historia literaria de los profesionales, en la época más cercana.
El volumen 9 (El lugar de la literatura española) ha debatido la constitución del concepto de «literatura nacional» (que ya había ocupado algunas páginas en el volumen anterior). Pero ahora se hace en función de su dimensión internacional y de su autopercepción local, dando razón de lo que ha recibido de fuera y de lo que ha dado a los demás. Epígrafes de títulos tan expresivos como «Europa, o no» y «El oriente, en casa» abordan objetos de ardoroso debate en la caracterización de las letras nacionales por propios y extraños. Otros marbetes («América desde la literatura española» o «Regionalismos filológicos e identidad española» o «Discutiendo la capital») expresan los conflictos de primogenitura en los que participan lenguas diferentes o, bajo una misma lengua, conciencias territoriales distintas. Como en todos los volúmenes de la serie, una selección de «Textos de apoyo» nos invita a ocupar puntos de vista nuevos: lo mismo cuando repasamos el lugar del teatro español en la Dramaturgia de Hamburgo, de Gottfried Lessing, que cuando el crítico catalán Josep Yxart explica al hispanista Albert Savine el desarrollo de las letras catalanas de 1880, o cuando el gran pope Harold Bloom pontifica sobre la situación de Lorca en la literatura posnacional de finales del siglo pasado.
Por toda reflexión de Fernando cabo planea la necesidad de ir más allá de la visión —entre convencional y admirativa— de tres siglos de hispanismo romántico. Un artículo del británico Aubrey Fitz-Gerald Bell, cabal estudioso del Renacimiento hispánico, acertó a expresarlo muy bien en un artículo precioso, aparecido en 1946 en las páginas del Bulletin of Spanish Studies, y que figura entre los «Textos de apoyo» del volumen 9. El lector encontrará ese repaso donde se habla, a la vez, de Garcilaso y de los garbanzos de Fuentesaúco, de la novela picaresca y del paisaje de Castilla, todo bajo el signo de una «tawny Spain, lost in the debat of world». «Tawny» (que vale por color intenso, atezado) es el término que los bodegueros británicos de oporto aplicaron a sus caldos más envejecidos y densos. Pero quizá, como quiere sugerir nuestra Historia de la literatura española, ha llegado el momento de no discutir el sincero entusiasmo de nuestros amigos, salir de la bodega y de ocupar el lugar que nos corresponde en «el debate del mundo».
* He aquí las referencias bibliográficas de los volúmenes de la Historia de la literatura española, dirigida por José-Carlos Mainer y coordinada por Gonzalo Pontón Gijón para la Editorial Crítica:
1.María Jesús Lacarra y Juan Manuel Cacho, Entre la oralidad y la escritura: La Edad Media, Barcelona, 2012, p. 792.
2.Eugenia Fosalba, Jorge García López y Gonzalo Pontón Gijón, La conquista del clasicismo, 1500-1598, 2013, p. 804.
3.Pedro Ruiz Pérez, El siglo del arte nuevo, 1598-1691, 2010, p. 604.
4.María-Dolores Albiac Blanco, Razón y sentimiento. El Siglo de las Luces, 2011, p. 822.
5.Cecilio Alonso, Hacia una literatura nacional, 1800-1900, 2011, p. 839.
6.José-Carlos Mainer, Modernidad y nacionalismo, 1900-1939, 2010, p. 828.
7.Jordi Gracia y Domingo Ródenas De Moya, Derrota y restitución de la modernidad, 1939-2010, 2011, p. 1.180.
8.José María Pozuelo Yvancos, Dir. (con Fernando Gómez Redondo, Gonzalo Pontón, Rosa María Aradra y Celia Fernández Prieto), Las ideas literarias, 1214-2010, 2011, p. 915.
9.Fernando Cabo Aseguinolaza, El lugar de la literatura española, 2012, p. 809.
Si solo fuera compatible con la vida vivir sano de un modo indefinido, si se eligiera esa condición como indicador privilegiado de viabilidad y dignidad, ¿qué hacer con el extenso panorama de vidas humanas que sufren y que sufrirán discapacidad física, intelectual…, algunas de ellas irreversibles?
En determinados ámbitos sociopolíticos —también sanitarios— se cuestiona que sea «humano» vivir una vida enferma que no garantice unos niveles óptimos de autonomía, calidad de vida, bienestar, belleza y fuerza. Nuevos códigos estrella que osan imponerse como definitorios de la dignidad humana y determinantes exclusivos de la compatibilidad con la vida. Pero cabe preguntarse si no debería ser solo la muerte lo único físicamente incompatible con la vida. ¿No convendría proclamar científica, jurídica y socialmente que mientras alguien esté vivo (cfr. el artículo de Robert Spaemann «¿Todos los hombres son personas?», en Personas, acerca de la distinción entre algo y alguien, Eunsa, 2000) no es lícito —no es bioético— que el padecimiento de una enfermedad extremadamente grave e incurable… incompatible con la vida permita a algunos arrogarse el poder fáctico sobre la continuidad de esa vida? (cfr. lo 2/2010, de Salud Sexual y Reproductiva y de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, título II, artículo 15, apartado c.3).
Los vulnerables por padecer una enfermedad no dejan de ser individuos humanos que están vivos: son enfermos pero no muertos. Y mientras lo están —vivos—, ni su naturaleza y dignidad resultan anuladas o disminuidas. Porque la dignidad aparece y desaparece con la vida. Tampoco decrece por una disfunción. Depende nada más que de ser humano. Y es independiente de todo lo demás incluso hasta de lo que el propio sujeto y la sociedad piense sobre su dignidad.
Existen dos características integrantes de la condición humana compatibles con la dignidad: la enfermedad y la muerte. Nadie escapa de estos dos acontecimientos biográficos. Negar esas características causa problemas bioéticos. De hecho, el empeño posmoderno por desposeer al hombre de sus cualidades más propias está generando crisis de identidad (R. Musil, El hombre sin atributos, Seix Barral, 2004), y una cultura desfavorable y amenazante para los más indefensos y débiles: los no nacidos discapacitados (embriones con anomalías genéticas y fetos con malformaciones), discapacitados graves nacidos y los enfermos en fases terminales o incurables.
Ante replanteamientos que vuelven a deliberar si hay vidas indignas de ser vividas por sus capacidades (K. Binding,A. Hoche, Licencia para la aniquilación de la vida sin valor de vida, Ediar, 2009) se hace urgente seguir consolidando y difundiendo principios bioéticos elementales. El primero y más nuclear: la igual dignidad de todos los seres humanos sin excepción de los vulnerables y dependientes. Verdad refrendada en todas las declaraciones actuales de derechos humanos.
LA HUMANIDAD O LA FAMILIA DE LOS FRÁGILES
Cuando la cultura estética posmoderna se empeña exageradamente en exaltar la perfección sobre la imperfección, conviene volver a la contemplación de una verdad sencilla y originaria sobre el hombre: la naturaleza humana es frágil y dependiente (cfr. la obra de Enrique Bonete, Ética de la dependencia, Tecnos, 2009).
La historia de los seres humanos está atravesada por la fragilidad de sus miembros, a veces demasiada fragilidad. La gran familia humana alberga sanos y enfermos. Ambos conviven conjuntamente desde su origen y pertenecen al mismo género humano. En su obra Animales racionales y dependientes, sostiene MacIntyre que todas las personas del mundo ocupan un puesto concreto, un lugar en la escala de la discapacidad por la que ascienden o desciende a lo largo de su existencia. Lo normal humano no viene definido por estados autonómicos perfectos e independientes, sino al contrario, por estados transitorios de enfermedad y dependencia. Algunos enfermos logran curarse, otros viven temporalmente sanos, un buen número acabarán incurables, todos mueren. Desde siempre, en la sociedad humana ha acampado la dependencia, la flaqueza…, la inexorable muerte. Es la condición humana (cfr. A. Marcos, Dependientes y racionales: la familia humana, Cuadernos de Bioética, n. º 77), la historia de nuestra raza y la única posibilidad de pertenecer a ella. A partir de la aparición de los hombres, todos han sido siempre la misma y única humanidad, la misma y única naturaleza, el mismo hombre…, en definitiva tierra, criaturas… (cfr. J. Ratzinger, Creación y pecado, Eunsa, 1992).
La paleogenética y la biología molecular confirman de continuo esta fragilidad e inestabilidad que atraviesa la doble hélice del ADNcelular. Acaba alterándose, expresando unos genes e inhibiéndose otros. Resultado: enferman las células, los tejidos…, la persona entera. No se puede ininterrumpidamente huir del envejecimiento celular, de la degradación orgánica del cuerpo…, de la enfermedad. Aunque hasta donde se pueda, se deben poner los medios necesarios para prevenir, curar y mejorar la salud.
De momento, en el mundo real se constata un hecho: los seres de naturaleza humana mueren de enfermos. Nadie muere de sano, de sobredosis de salud. La enfermedad no ha dejado de ocupar el primer puesto en el ranking de causas de mortandad. Lamentablemente, como destaca Jesús Ballesteros, también hay causas evitables de muchas muertes: guerras, accidentes, hambre, suicidios, abortos, etc. (cfr. «Seguridad humana, derechos y políticas públicas», en Retos de la Justicia Global, Encuentro Mediterráneo de Jóvenes Juristas, 2009). Pero el dato incontrovertible es que las enfermedades no desaparecen, ni siquiera las más investigadas por su extensión e interés económico en curarlas: alzhéimer, diabetes, obesidad, depresión, cáncer, arterioesclerosis, enfermedades vasculares y cardiacas, leucemia, sida, etc.
Por tanto, si los humanos mueren, y la mayoría lo hacen de enfermos, la humanidad al completo es frágil, ni perfecta ni invulnerable. En el mundo real no se engendran cuerpos puros y cristalinos. Si se llegara a esa imaginaria situación, sucederían dos hechos insólitos: la disolución de lo humano y la clausura de hospitales, la extinción de la medicina y la enfermería [cfr. Gonzalo Herranz, «La objeción de conciencia ante el aborto. Ética, deontología y profesionalidad», en Entender la objeción de conciencia, Tomás y garrido (coord.), Murcia, fundación Universitaria San Antonio, 2011]. La fantasía literaria ya ha profetizado esa imaginaria humanidad. En su Mundo feliz, Huxley describió los deleites de una sociedad definitivamente sana: «Actualmente el mundo es estable. La gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez». Pero a diario este mundo trashumano se estampa contra la fragilidad vital que descodifica el sueño mitológico de la plena perfección física y mental.
TODOS LOS ENFERMOS SON COMPATIBLES CON LA VIDA PORQUE SON CUIDABLES
Las enfermedades nunca son deseables. Existe el deber ético y profesional de curarlas, mejorar las terapias, innovar medicamentos y dispensar cuidados eficaces. No son deseables para nadie, pero tampoco degradantes identitariamente hablando. No degradan al hombre porque le conviertan en alguien inadaptable a lo humano, o le fuercen a ser lo que no es. Precisamente, le confirman en su auténtica naturaleza frágil y por tanto en su dignidad como humano. La enfermedad le ratifica al que la padece, que no es alguien distinto a la naturaleza que poseía antes de estar enfermo. Simplemente, atraviesa por una de esas patologías que aparecen en seres de su naturaleza. Pero permanece el de siempre: un ser humano.
No existen hombres que ante los demás se presenten como desconocidos o irreconocibles por expresar rasgos típicos de su vulnerabilidad: lesiones, discapacidades, etc. En contra de Rosa Regás, no existen hombres catalogados de monstruos por padecer enfermedades (cfr.«SiniestraLeydelAborto»,en www.elmundo.es/blogs/elmundo/ellas/2012/07/30/siniestra-ley-del-aborto).
Cualquier hombre enfermo pertenece igualmente a la estirpe humana como los demás. No viven en régimen de aislamiento a causa de la excepcionalidad o la rareza de sus patologías. Porque las múltiples enfermedades humanas no representan a una humanidad incompleta ni a una desviación de la auténtica versión de lo humano. Expresan el reconocimiento de algo propio del hombre de siempre. Además, la historia ha corroborado que los enfermos tampoco ponen en peligro la vida de las familias y de la sociedad.
En cambio, sí resultarían desconocidos por falsos humanos, los invulnerables: seres hiperresistentes a las infecciones, sin anomalías, genéticamente ilesos. Representaría una especie nueva formada por individuos seleccionados in vitro y perfectos que causarían, según Habermas, futuros problemas de discriminación y asimetría social (cfr. El futuro de la naturaleza humana, ¿hacia una eugenesia liberal?, Editorial Paidós, 2002).
La ciencia médica ha constatado que mientras dura la enfermedad y hasta que no se certifique clínicamente lo contrario, los enfermos permanecen vivos. Por muy graves que se encuentren, se trata de personas vivas. Viven en equilibrio con la salud pero hay constancia de vitalidad, es decir, no son cadáveres mantenidos o esqueletos desfigurados en su humanidad y en su dignidad. Hay vitalidad, por supuesto incompatible con obstinarse en mantenerla a toda costa e inútilmente, acción ética inadecuada y prácticamente extinguida.
Y ante un enfermo grave e incurable, vivo y próximo a morir, solo caben cuatro actos éticos posibles. Constituyen principios de inspiración hipocrática que deberían aplicarse siempre sobre esas vidas humanas. Primero, respetarlas independientemente de su estado de salud. Protegerlas de daños mayores y ambientes nocivos. Curarlas con tratamientos eficientes. Y por último, cuando ya no haya posibilidad de curación, cuidarlas delicadamente hasta el final, paliando el dolor sin provocarles la muerte. Ante una persona enferma no creo que quepan otras opciones bioéticas más razonables teniendo en cuenta de quién se trata.
Los enfermos —extremadamente graves—, por muy incurables que sean, siempre podrán y deberán ser cuidables hasta que permanezcan con vida. Y siempre se puede cuidar hasta el final, evidentemente no sin dedicación de tiempo, sacrificio y dinero. Elementos insustituibles si se pretende atender a personas de extrema debilidad y dependencia. Actitud demandada por la intangible dignidad merecedora de ese cuidado.
Por el contrario, lo objetivamente incompatible con esas vidas es el descuido, el abandono y la eliminación, pero nunca la incurabilidad (cfr. A. Domingo Moratalla, El arte de cuidar. Atender, dialogar y responder, Ediciones Rialp, 2012). Precisamente porque se trata de seres humanos dignos es por lo que los cuidamos esmeradamente, por ser quienes son. Si no fueran ni humanos ni dignos, habría que replantearse su cuidado, porque o sencillamente no los cuidaríamos o no del mismo modo.
LA INJUSTA SENTENCIA A LA INFELICIDAD DE LOS GRAVES E INCURABLES
En primer lugar, resulta injusta tal sentencia dictada sobre estos enfermos, porque a algunos de ellos ni siquiera se les deja nacer, negándoles el primero de los derechos. A los ejecutores y cómplices les mueve el deseo humano de evitar que sean infelices en sus futuras vidas. Estiman más acorde con su visión de la dignidad, impedir que nazcan o que sigan viviendo humanos abocados a estados de salud incompatibles con elevados estándares de calidad de vida. ¿Para qué hacerles vivir una vida —indigna— inadaptable al nuevo icono de la felicidad humana, condenándolos a una continua y frustrante insatisfacción por la imposibilidad de alcanzarla?
Declaran universalmente la incompatibilidad entre sufrir y ser feliz. Por tanto, si se prevé la aparición de graves sufrimientos, lo humanamente compasivo consistiría en impedirles la vida. Prefieren resguardarse de la acusación de culpabilidad por su implicación en sus sufrimientos. Quieren evitan la complicidad en el fracaso existencial y en la infelicidad que, según ellos, arrastrarán sus vidas.
Además, cuando les corresponde, no solo informan debida y detalladamente de las consecuencias de una anomalía grave. Van más allá, extrayendo de su clínico diagnóstico el alegato de la incompatibilidad con la vida, la inevitable desgracia para esa criatura incurable (cfr. J. Esparza, Nadie tiene derecho a obligar al sufrimiento, http://sociedad.elpais.com/ sociedad/2012/07/24/actualidad/1343153808_906956. html). Y en no pocas ocasiones, dentro de un falso marco de comprensibilidad y condolencia, se acaba ofreciendo la opcionalidad del aborto o la eutanasia justificándola como la menos inadecuada de las opciones, dada la fatalidad e irreversibilidad de la situación.
Cuesta aceptar que exista alguien, con autoridad pública o privadamente por decisión paterna, que se atribuya la facultad de decidir quiénes han de ser los elegidos para ser compatibles con la vida y con la felicidad. Habría que arbitrar algún procedimiento eficaz para obstaculizar el paso a quien desee arrogarse de un poder tal, que predetermine el fracaso existencial de personas especialmente enfermas. De lo contrario, se acabará admitiendo la concesión del permiso de existir a los aptos o compatibles con la vida, y denegándolo a los no aptos, a los incompatibles con una sociedad que aspira ser definitivamente sana y plenamente dichosa.
Resulta llamativo que los que toman estas decisiones y proyectan estas ideologías apenas se han molestado en preguntar directamente a los discapacitados y a sus familias si ellos son o no felices. Desconocen qué es lo que piensa la gran mayoría de ellos acerca del sentido de su vida discapacitada.
En ocasiones, se juega con la manipulación de los sentimientos, seleccionando algún testimonio dramático, hábilmente mediatizado a través de los mass media. Manida estrategia de casos lacrimógenos usada como método persuasivo para generar un clímax social reivindicativo a favor de legitimar abortos de enfermos extremadamente graves y de eutanasias de pacientes en fase terminal.
En cambio, un gran número de discapacitados y de sus cuidadores piden que se les pregunte en concreto a ellos mismos. Porque ellos desearían transmitir a la sociedad la verdadera historia de sus vidas. Y la mayoría, lo que exigen es el legítimo derecho humano a tener la posibilidad de vivir así, con errores genéticos, con discapacidades físicas y/o intelectuales sin cura actual. Reclaman que se les dé la oportunidad de elegir libremente querer vivir esa vida y optar como los demás a la felicidad, aun sufriendo. Son múltiples los testimonios que sostienen que sus vidas han merecido la pena vivirlas, por supuesto con ayuda, pero vidas dignas desde el primer momento. Suscriben la felicidad vivida aunque otros se empeñen en negarla cuando ni han vivido esas vidas y ni siquiera la han compartido nunca. Reclaman la auténtica compasión de dejarles vivir, sanándoles y cuidándoles. No hay registro de suicidios de discapacitados graves por no sentirse felices o desprovistos de una elevada calidad de vida.
Por tanto, si uno nace o se pone enfermo, a lo que tiene derecho evidentemente no es a sufrir, sino a recibir ayuda de la sociedad y del Estado para paliar eficazmente su dolor. Tienen derecho a ser atendidos convenientemente, y no a que otros— por un altruismo sentimental— ejerzan el derecho a provocarles la muerte porque no soportan verles sufrir. Todos los que padecen enfermedades, las que sean, apelan a su derecho a vivir y a no ser abandonados, exigen compasión para no ser discriminados sino incluidos.
CONCLUSIÓN
Clasificar a humanos en orden a sus enfermedades para en adelante, decidir quiénes han de vivir y quiénes no, resulta altamente injurioso para la dignidad. Representa un enfoque erróneo por excluyente y selectivo al negar la consustancialidad de la diferencia asociada a la naturaleza humana. Porque lo común humano es precisamente la diferencia, a nivel genético, cromosómico, físico, psíquico, etc. Diferencias que permiten la coexistencia dependiente entre los hombres, y por las que no se pierde la identidad humana. No hay nada de extraño en constatar esa diversidad una y otra vez. Es un bien incalculable que siendo diferentes cada uno posea el privilegio de ser único e irrepetible.
Todos los seres humanos son compatibles, aptos, válidos… para vivir. Ninguno —por su enfermedad— queda excluido de la lista de elegidos para acceder a tal bien. Como todos están incluidos, conviene no hacer listas. Sobran los catálogos de personas. No sobra nadie por ser diferente. Siempre nos hemos adaptado como individuos y comunidad a las constantes variaciones en las circunstancias de la vida. No nos ha ido mal, hemos sobrevivido así siglos.
La dignidad humana se hace incompatible con una mentalidad utilitarista e indolora de ver la enfermedad. Urge contrarrestar esa visión negativa y excesivamente deformada de la discapacidad. Porque el efecto de tal negatividad acaba subliminalmente trasladándose a la propia persona que la padece y a su conducta. Genera una visión desfavorable internamente sobre la persona discapacitada, llegando a pensar que pierde dignidad.
Si una de las protagonistas que recorren la historia humana ha sido la fragilidad, ¿por qué tanta insoportabilidad ante algo genuinamente humano? La rebelión contra esta fragilidad puede abocarnos a lo peor para los más vulnerables y débiles, es decir para la sociedad entera. No suscita tranquilidad para ellos —para nadie— la difusión de imaginarias biotecnologías mejorativas, que persiguen en su versión más radical, suplantar al verdadero hombre, el homo patiens: doliente (cfr. V. Frankl, El hombre doliente, Herder, 1987), por un ser extraño, perfecto, autoincomprensible e invulnerable: la maquina sapiens. •
Recuperamos una entrada dedicada al autor, recientemente fallecido. Un retrato o informe desde dentro, como sugiere el título del propio libro. Y es que Paul Auster, en paralelo a sus novelas, publicó algunos textos para indagar en su propia vida y en los procesos íntimos de su escritura. Informe del interior, publicada en español por Anagrama, se centra en la infancia y la primera juventud, en la construcción de la personalidad y en el origen del ímpetu de escribir, de profundizar en el mundo a través de las palabras, una suerte de rompecabezas compuesto por cuatro piezas independientes, que sumadas esbozan un retrato.
En Report from the Interior (2013), del autor galardonado con el Premio Príncipe de Asturias en 2006, Auster describe la sociedad americana durante su infancia y juventud. El texto biográfico está dividido en cuatro bloques: a) «Report from the Interior» (1-103), donde el autor (y narrador) relata su infancia hasta los diez años; b) «Two Blows to the Head» (105-74), que comienza cuando el narrador contaba diez años y no se especifica su edad cuando termina el bloque. Esta parte incluye, además, la narración del argumento de dos películas: The Increible Shrinking Man (106-31), dirigida por Jack Arnold en 1957, y I Am a Fugitive from a Chain Gang (136-73), dirigida por Mervyn LeRoy en 1932; c) «Time Capsule» (177-271), donde el narrador (Auster) recoge algunas cartas escritas a Lynda Davis (más tarde, su primera mujer) fechadas entre los años 1966-1969, es decir, compuestas entre los diecinueve y los veintidós años. La mayoría de ellas redactadas mientras ambos completaban su formación; ella en Londres y él en París (181). Y, finalmente, d) «Album» compendia 107 fotos de lugares y momentos estelares de la historia americana aludida en el relato, pero este bloque final no añade aspectos significativos a la totalidad de la narrativa, que se basta por sí misma.

Al igual que en Winter Journal (2012), la segunda persona es elegida por el autor para hablarse a sí mismo y dar rienda suelta a sus experiencias. Pero si al principio de la novela el narrador lo logra, a medida que fluye la escasa trama, este tiene que recurrir a otras situaciones narrativas (cartas escritas a su novia Lynda, a modo de diario) en las que la primera persona sustituye a la segunda.
En la primera parte, «Report from the Interior», asistimos a la exposición de los distintos métodos pedagógicos que el mismo Auster se imponía, como, por ejemplo, la lectura de toda clase de autores, incluso aquellos considerados impropios para su edad. Con tan solo once años, durante 1958, lee Doctor Zhivago de Boris Pasternak (93). A los catorce años ya disfrutaba de A. J. Conin (The Citadel), W. H. Hudson (Green Mansions) y Stevenson (93). Se sugiere así una propuesta didáctica: las obras no adaptadas interesan más a los jóvenes porque se sienten incluidos en el mundo adulto y, además, pueden captar sus significados connotativos (27).
También muestra la bondad del método pedagógico de John Dewey, seguido por el sistema escolar americano durante los años cincuenta, gracias al cual Auster disfrutaba de tiempo libre para pensar. La narración en segunda persona, al ser exterior al relato y, por lo tanto, atemporal, le permite comparar el método didáctico experimentado por él (Auster) con el de sus hijos que, por el contrario, crecieron abrumados por cantidad de deberes escolares. El lector, gracias a la segunda persona («when you think about»), recibe el relato como si el narrador se lo dirigiera a él (lector implícito), con lo que, por ejemplo, la crítica al sistema pedagógico americano también la puede importar al sistema español actual. Es decir, la segunda persona permite que el lector se identifique con el narrador (y también destinatario interno del relato) porque ese «you» puede dirigirse tanto al lector o como a Auster: «And when you think about your own two children […] you remember how they were subjected to grinding, unbearably tedious homework obligations night after night […], you felt sorry for them» (24).
Admiramos a la sociedad americana en la que un niño de clase media alcanza una educación esmerada aunque sus padres no la posean, ya que el sistema suple esta deficiencia con bibliotecas y otros medios (24). Llama la atención la importancia, ya a mediados de la década de los cincuenta, concedida al niño por gran parte de la sociedad americana; las estrellas del mundo del fútbol americano — como Otto Graham (37) — no dudan en responder a las cartas de un Auster de ocho años e, incluso, invitarlo a un partido —como el capitán del equipo local (37-8) —.
En la segunda parte, «Two Blows to the Head», la narración del argumento de las dos películas citadas, recuerda al recurso posmoderno de «las muñecas rusas» o de una historia dentro de otra, como en el Quijote o Las mil y una noche. En Report from the Interior el cine es un intertexto en el que se aprecia la mirada de Auster en ciertos pasajes como, por ejemplo, en el que Allen —un preso fugado— se encuentra con «a fallen woman» (158). El narrador, después de describir como estos hablan mientras que ella lo acaricia, señala la ternura de la escena de dos seres unidos en su infortunio (158-9). Así, el filme se integra en Report from the Interior de tal modo que se convierte en un elemento de su estructura porque cumple una función: revelarnos la compasión de Auster ante dos personas fracasadas. Además, la materialidad del mundo del cine se capta en aspectos que solo un aficionado como Auster puede apreciar: las escenas se describen en presente y se utilizan términos propios de ese arte: «cut [movimiento rápido de una toma a otra] to a pair of shoes», «the camera tilts upward» (156) o «cut to Allen walking» (157).
En la tercera parte, «Time capsule», se intercalan párrafos de cartas escritas por Auster a su novia en los que este expresa su repulsa hacia un mundo hipócrita que, a pesar todo, necesita (238). Afirma que la vida es más importante que el arte pero, a pesar de ello, reconoce que huye de la realidad y se refugia en su escritura (238). Los consejos —bellos y musicales— que Auster ofrece a Lynda para que continúe escribiendo, desvelan las claves del proceso creador que él mismo practica; encontrar las conexiones entre «the hidden things» (lo oculto) y la realidad (motivo recurrente en la narrativa austeriana) (189).

Pero, por otro lado, en esta tercera parte asistimos a un total destape biográfico del autor que puede aburrir. En novelas anteriores, como The Invention of Solitude (1982), la personalidad del autor (implícito) era intuida por el lector gracias a sus reflexiones —sobre la ausencia de su padre, la casualidad, la falta de dinero o la metaficción— que aparecían ligadas a una trama estructurada (aunque fuera levemente) como, por ejemplo, la historia paterna o la vida del autor en París. El lector iba descubriendo datos de su personalidad, dosificados en una trama, donde el striptease era lento, estudiado y bello. Incluso en Journal of Winter (2012) este destape estaba cubierto por el velo tupido del trayecto hacia la vejez. Ahora, por el contrario, el destape (no sexual sino anecdótico) llega a tal exhaustividad que cansa al lector. Las idas y venidas de Auster y sus amigos se antojan monótonas porque no se derivan de ningún conflicto sino que simplemente son hechos banales de su vida. La trama avanza cronológicamente pero no se detiene en nada significativo. La reiteración del pronombre «we», propia de relatos infantiles, también contribuye a ese tedio (257). El lector puede tener la sensación de que el único objetivo de Auster es legar a la posteridad su biografía bien ordenada (179); así cualquier investigador de la universidad de Columbia encontraría el trabajo realizado (180).
En Report from the Interior Auster sustituye la trama por sí mismo. Pero él no es nada si no narra. El interés del lector hacia su persona es adyacente a la trama de sus historias. Pero, al no existir trama, lo adjunto (el autor) carece de sentido. El afán posmoderno de desvelar el proceso de escritura tan austeriano tiene sentido si detrás se vislumbra a un autor que roza lo humano (es como nosotros) y, a la vez, posee la capacidad de fabular (como un dios). Pero la materialidad del proceso escritor aburre cuando se queda solo en lo humano; y esto es así en Report from the Interior porque la trama no existe. Auster en sí mismo no es trama si no narra. Su esencia es contar historias; la del lector descifrar o intuir al autor detrás de estas, no verlo desnudo. Porque, al no existir juego, la lectura es aburrida. La metaficción pura o el apogeo autorreferencial sin ficción o argumento cansan. O, quizá, aburren porque no somos ya tan posmodernos.
Pero, Auster ha narrado tanto que su «homo faber» (narrativa anterior) pesa en nuestro intertexto lector de tal modo que, todavía mantenemos el «interés» por conocer más datos del autor, aunque ya este «interés» se sostenga solamente por sus historias (novelas) pasadas. Los austerianos reconocemos en el viejo agotado los músculos tensos del joven atractivo que ha vivido —y nos ha hecho vivir— conflictos, historias de coincidencias, penalidades ante el proceso creador, desarraigo y amor. Por eso, a pesar de todo, merece la pena leer Report from the Interior. •
Robert Lepage, uno de los directores de escena de referencia en el lenguaje de multimedia, cuando aborda el tema del audiovisual, compara su utilización con las milenarias técnicas de las sombras chinescas que, mediante una antorcha y un cuerpo, que se interpone entre este y una suerte de pantalla, creaba un lenguaje visual, que se incorporaba a la representación escénica. Siglos después, en el XVII, Sabatini investigó el uso de imágenes fantasmas en sus decoraciones; en el XIX, Roberston inventó el fantascopio, que permitía la proyección de sombras sobre el escenario, deformadas por ópticas. En el XX, Meyerhold utiliza un documental en La tierra escondida (1923); un año después Piscator hace lo propio en Banderas y, con mayor intención, un año después incorpora en su teatro político la proyección de un documental al cabaret (este concepto en Alemania apenas guarda relación con la acepción de revista de tono subido, utilizado en nuestro país) A pesar de todo, en el que presentaba de manera fragmentaria y revolucionaria los hechos acaecidos en 1914 y 1919, que desembocaron en los asesinatos de Liebknecht y Rosa Luxemburg. Gropius proyecta en 1927 un teatro habilitado para combinar cine y teatro, mientras que al otro lado del atlántico, Thomas Wilfred acude al cine en Los guerreros de Helgeland de Ibsen.
Sin embargo, hasta mediados del siglo XX no se estudia en profundidad sus posibilidades dramatúrgicas en la escenificación, cuando el checo Josef Svovoda, escenógrafo, comienza en 1951 una estrecha colaboración con el director Otomar Krejka, que se interesaba por desarrollar un concepto planteado por Stanislavski, dotar a la escena de profundidad y horizonte. Lo resuelven mediante un sistema de telas negras y telones transparentes, iluminados con distinta intensidad por calles. Svovoda prosigue con sus investigaciones y en 1958 presenta Un domingo en agosto de Hrubin. Esta escenificación sorprende con una novedad, en un ángulo del escenario, dos grandes pantallas reciben proyecciones distintas, consiguiendo un doble efecto, el de las imágenes proyectadas y el haz luminoso reflectado por la intersección de dos focos de proyección.
Se trata más de un efecto, extraño y atractivo, sin relevancia dramatúrgica en el espectáculo. Meses después, en la Exposición Universal de Bruselas, presenta la linterna mágica, ideada y construida en colaboración con el director de escena Alfred Radok.
Italia impulsa el teatro multimedia con tres hitos relevantes, que utilizan las imágenes con intención de influir en la recepción del espectáculo. En Venecia (1961), la ópera Intolerancia de Luigi nono, con dirección escénica de Václav Kaslik y escenografía de Svovoda, proyecta imágenes que causan la sensación de simultaneidad y de fraccionamiento.
En Pavía (1967), Virginio Puecher en La instrucción, una obra documental de Peter Weiss, emplea cinco pantallas de televisión emitiendo imágenes al tiempo, que yuxtaponen información, mediante la combinación de documentales e imágenes grabadas en directo de los actores en el escenario, tomados desde diferentes ángulos y en diferentes planos. En Milán (1974), el iconoclasta Carmelo Bene en S.A.D.E. sitúa en la habitación de una prostituta, donde se desarrolla la acción dramática, varios televisores que emiten señales de fútbol, de un desfile de las fuerzas armadas, de políticos en el parlamento, de jueces, etc.: la simultaneidad de estas imágenes con las de la mujer desvistiéndose transmiten la perversión de un sistema, de una sociedad. A estos jalones, se suma el trabajo de Giorgio Barberio Corsetti, que investiga en sus espectáculos la incorporación de audiovisuales sustituyendo a las proyecciones cinematográficas, porque la televisión además de conseguir idéntica información con imágenes aporta tres elementos de interés: la retroproyección, la posibilidad de grabar y emitir en directo y la refracción de una luz, la de la pantalla, que no inunda la escena como ocurre con las proyecciones exteriores.
El lanzamiento del teatro multimedia se produce en la década de los ochenta, cuando confluyen varios elementos, entre los que destaco tres: se deja de utilizar el documental en escena e irrumpe con fuerza el audiovisual pregrabado, sustituido progresivamente por el directo; en segundo lugar, la «revolución americana» y más destacadamente canadiense, de modo que en el primer lustro de esta década se estrenan unos 80 espectáculos multimedia. La explicación de este fenómeno, se encuentra en los numerosos y cualificados discípulos de Lecoq, que llegan en esos años a Canadá y enseñan un teatro gestual y visual, de manera que el Conservatorio de teatro de Quebec implanta una enseñanza donde prima la gestualidad, la máscara y el teatro físico; es decir, un teatro de imagen, donde se forman Lepage, Merleau y otros. Estos directores asocian el teatro gestual al teatro de imagen, a través de la utilización de los audiovisuales, y logran romper la barrera idiomática en un país donde las élites culturales, y más específicamente teatrales, se expresaban en inglés. Este campo germinado estalla en 1988, tercer hecho, en el festival de Rennes (Francia), dedicado a «las artes electrónicas», donde participan nueve países europeos, con Canadá y Estados Unidos invitados de honor. En Rennes se constata el desarrollo y avanzado ensamblaje de lenguajes en las propuestas procedentes de américa frente a Europa, y las posibilidades de los audiovisuales para contar historias e introducirse en la cultura de la imagen que dominará el fin de siglo.
Ha transcurrido un cuarto de siglo desde «la puesta de largo» de Rennes y los avances resultan impensables para los más audaces de finales de la década de los ochenta. Atrás quedan nombres, con aportaciones trascendentes que hoy pertenecen a la historia. me limitaré a recoger algunos nombres, porque analizar sus contribuciones excede los límites de este artículo: Robert Lepage y Denis Merleau (Canadá); Elizabeth Lecompte, Peter Sellars, Richard Foreman y Richard Schechner (Estados Unidos), Barberio Corsetti y Romeo Castelucci (Italia), Jean Jourdheuil, Jean-François Peyret, Stephane Braunschweig (Francia), Frank Castoff, Stephan Pucher, Christoph Schlingensief (Alemania), La Fura dels Baus (España), etc. no es un olvido la no inclusión de Robert Wilson, porque le considero más como representante del teatro de imagen que como integrante del teatro multimedia: ambos incorporan la técnica, pero con procedimientos y objetivos muy diferenciados. No se encuentran todos los que son, pero deliberadamente excluyo, y no cito, aquellos que en los últimos años utilizan el audiovisual como decorado o, si se quiere, como elemento integrante de la escenografía, sin un claro sentido dramatúrgico, ni los que emplean la pantalla para reproducir fuertes imágenes eróticas, irrepresentables sobre un escenario aunque puedan estar protagonizadas por los actores con el solo testigo de una cámara. La frontera del multimedia ornamental y superfluo, frente a su uso integrado en el espectáculo, lo delimitaba con clarividencia Barberio Corsetti cuando afirmaba que jamás debía utilizarse el audiovisual de manera descriptiva o narrativa, porque no se necesita contar con imágenes aquello que ya se encuentra en el texto; por el contrario, sí interesa utilizarlo para introducir un discurso poético, conceptual, para sumergir en otros mundos y cuando existe una dramaturgia que establece una relación conceptual entre las palabras y la situación escénica.
La teatróloga Béatrice Picon-Vallín, al pasar al nuevo milenio, planteaba el cambio de la narratividad escénica por exigencia de los nuevos «actores», los audiovisuales y las nuevas tecnologías, que transforman la estructura de los espectáculos, modifican el espacio, manipulan el tiempo, moldean el drama y la interpretación, al tiempo que interfieren en la atención del espectador, requiriéndole el concurso de su imaginario y una nueva percepción, una vez roto el pacto de la convención, característico del teatro de la ilusión. Propone, en suma, instaurar en la escena otro tipo de discurso y poética, que requiere de un minucioso estudio y trabajo dramatúrgico, para conseguir, al menos, los siguientes resultados: integración de las imágenes en el espectáculo; transformación de la palabra en imagen; significaciones precisas y desvelamiento de lo oculto en un primer acercamiento al texto; apertura a campos semánticos próximos; vías de entrada en el subconsciente; creación de asociaciones insólitas; traslación de lo racional en emocional; consecución de una nueva relación conceptual entre la palabra y las situaciones dramáticas; y una tensión dialéctica entre el actor y la imagen. La poética que se deriva de estas notas enumeradas influye de modo significativo sobre el espacio y el trabajo del actor.
Sobre el espacio escénico se crean múltiples efectos que agrupo en dos grandes apartados, el zapping y la ampliación metafórica. En el zapping, el escenario ofrece una percepción discontinua de fragmentos múltiples, presentados de una manera simultánea y caótica, de tal modo que en el espacio escénico se crea una inestabilidad perceptiva mediante un fundido de contornos, el tiempo de la fábula se torna evanescente, los signos se superponen y el texto se reconstruye. El espectador recibe abundante información superpuesta, que le impide un seguimiento racional y lineal, remplazándolo por otro sensorial, que provoca un proceso asociativo en el inconsciente. Desde la escena se emite un mensaje multiforme y plural, ya no unívoco, y cada espectador lo interpreta según su imaginario o referencias. Así, Nicolas Stemann en Los contratos del comercio de Jélinek, Saara Turunen en Historia de un corazón partido, el ya desaparecido Christoph Schilingensief en Arte y verdura, y otros muchos, entablan un diálogo personal entre creación artística y cada uno de los espectadores, como sucede cuando se visita una exposición de arte abstracto. En este tipo de muestras, la comprensión no se desarrolla con los parámetros de un razonamiento, compartido por una mayoría, sino que se atiene más al impacto sensorial que deriva hacia la emoción. Schlingensief definió su teatro como una cruzada «contra la forma y la función», pues el teatro ni se realiza al abrigo de cánones predeterminados, ni debe trasladar mensajes, tesis o ideas para recibirse intelectualmente por los espectadores.
Esta concepción del teatro no posee una coherencia narrativa, una causalidad, ni se apoya en secuencias lógicas o en personajes que representen o sean réplica de algo o de alguien. No la pretende. solo busca inquietar al espectador, despertando sensaciones, impresiones, sentimientos de aceptación o rechazo, mediante una combinación aleatoria de escenas, caleidoscópica se podría decir, y la mezcla, arbitraria en apariencia, de todos los lenguajes que tengan cabida sobre el escenario, incluidos los procedentes de las nuevas tecnologías o la danza contemporánea (Fack Richter, Rautsh o Trust).
Los efectos que consigue el zapping teatral son múltiples, entre ellos entresaco los siguientes: a) inestabilidad del mundo bien al superponer en la óptica visual del espectador imágenes, tomadas desde diferentes ángulos y proyectarlas a un tiempo, el pluriperspectivismo (Peter Sellars en El mercader de Venecia de Shakespeare; Guy Cassiers, Sangre & Rosas de Lanoye), o al simultanear la acción que se interpreta en directo, con esa misma escena grabada y proyectada sobre una pantalla (Katie Mitchell,Cristina desde la señorita Julia): ambos sistemas fuerzan al espectador a asociar, complementar, focalizar, relacionar o escoger una única perspectiva; b) imposibilidad de afianzar la identidad del yo, al proponer un diálogo entre el intérprete y su imagen filmada, que conlleva desdoblamiento e inseguridad (Robert Lepage, Elsinor) o la alteridad, con una doble imagen que acentúa la posibilidad de ser otro (Warlikovski, Kabaret Warsawaski); c) El pluriperspectivismo, al grabar diferentes planos de una misma escena que se proyecta sobre diferentes pantallas; d) La atmósfera evanescente con la pretensión de que una acción se desarrolle en un territorio inmaterial o en espacios oníricos, donde se confronta lo físico del actor que interpreta con presencia y en tiempo real, en un espacio deletéreo, deformado por la imagen (Peter Sellars, San Francisco de Asís; Jourdheuil y Peyret, Paisajes bajo vigilancia de Heiner Müller).
La segunda función con la incorporación de las nuevas tecnologías es la ampliación metafórica: interpretación e imagen proyectada (en directo o pregrabada) no se complementan: pertenecen a campos visuales diferentes como en la metáfora literaria los discursos conciernen a distintos campos semánticos, aunque el territorio de realidad y de figuración posean una zona de intersección común, mediante la cual el lector o espectador realiza un proceso asociativo.
Este más que facilitarle la comprensión racional del hecho descrito o del trabajo del actor sobre el escenario, espolea la imaginación, percute en su ánimo, amplía horizontes de percepción y propone nuevas significaciones que trascienden y amplían el conocimiento. A este lenguaje acuden Vassiliev (Medeamaterial de Müller), Lepage (Las agujas del opio), Van Hove (Los rusos de Lanoye), Simon McBurney (El maestro y Margarita de Bulgakov), etc.
La incorporación de las nuevas tecnologías o la presencia de la cámara y la convivencia de efectos o imágenes y actores plantea nuevos retos al director de escena, porque —como afirmaba Svovoda— «las imágenes, que poseen fuerza y marcan un ritmo, jamás pueden suplantar al actor, que es el sujeto dramático que impulsa la acción», aunque, agrego, exigen un trabajo más esforzado del intérprete. Al hilo de esta afirmación, saltan dos cuestiones: ¿Cómo se armonizan los lenguajes teatral y fílmico? ¿De qué modo se sustancia la relación dialéctica cámara-actor? La respuesta al primero de los interrogantes se encuentra en Viaje a través de la noche: Katie Mitchell, la directora de escena, le ofrece al espectador la posibilidad de observar cómo la cámara establece un puente entre significante y significado, un puente entre lo que la mujer ve y el flash back de su memoria (lenguaje fílmico); pero, a continuación, le muestra el recorrido inverso que ya es lenguaje teatral: objeto y recuerdo activan la memoria emotiva de la actriz que, desde la escena, transmite al espectador las sensaciones del personaje. Es decir, que se produce una mixtura de lenguajes, imprescindible para que el teatro no se deslice hacia el cine, visto en su realización en directo por un espectador voyeur, y el lenguaje teatral prevalece sobre el fílmico.
Si el audiovisual no puede anular el lenguaje teatral, el actor también deberá actuar de acuerdo con sistemas interpretativos teatrales, que difieren de los cinematográficos, y su presencia sobre el escenario resulta obligada, sin que deban existir en el transcurso de la representación escenas solo accionadas a través de la cámara con el escenario vacío de actores. Las combinaciones de situaciones donde un actor entra en diálogo con las imágenes de una pantalla son múltiples, pero acotaré la casuística a dos supuestos:
El primero, las imágenes proyectadas recogen la acción que se realiza sobre el escenario y en tiempo real. En este caso, la proximidad de la cámara permite apreciar el detalle de un gesto, su significación, captada por el espectador en la pantalla, el objeto que contempla y estimula la reacción del actor; es decir, seguirle como si estuviera en un teatro de cámara con la proximidad que permite. La actuación aboca a una interpretación minuciosa, muy teatral y necesitada de una acomodación de los actores a diferentes métodos de actuación, y consigue desterrar la mecanización en la expresividad corporal o en la gestualidad, y un reencuentro con la verdad: la cercanía de la cámara impide el cliché estandarizado y falso, que puede suceder cuando el actor interpreta en un espacio de amplias dimensiones tanto del escenario como en distancia con los espectadores (Viaje a través de la noche, Katie Mitchell; La cara oculta de la luna, Robert Lepage; La sala de espera, Lupa).
El segundo supuesto recoge el diálogo del actor sobre el escenario sobre imágenes pregrabadas y proyectadas, originando diferentes posibilidades: a) La simultaneidad entre la acción del actor y la proyección de imágenes pregrabadas, que se emplean con varias finalidades, pero siempre al dictado de la dramaturgia del personaje previamente establecida. En unos casos, se opondrá realidad a deseos o recuerdos: las situaciones, e incluso los espacios, en las que se desarrolla el plano real o el de la memoria son diferentes pero en ambos casos no falta el ensamblaje de ambas acciones (Ostermeier, Espectros, de Ibsen); b) Las imágenes son expresión de mundos interiores, muestran el subtexto y se emplean para abreviar la extensión de los parlamentos en textos de siglos pretéritos, donde los personajes razonaban, concluían y actuaban: las grabaciones sintetizan el pensamiento y los actores mueven la acción (Stemann, Don Carlos de Schiller); c) Las imágenes recogen grabaciones de realidades deformadas e inconexas, dibujos abstractos, aperturas a un mundo onírico o formulaciones del subconsciente; la disociación visual del espectador traduce la fractura de la personalidad del personaje (Castorf, El maestro y Margarita o La patrona de Dostoievski; Rüping, La vida es sueño).
Apunto, para finalizar, la respuesta arriba planteada, la relación cámara-actor, trascendental para que el teatro no se deslice hacia el cine: el actor interpreta ante la cámara no frente a la misma; por tanto, la narratividad depende del actor y no viene dictada por el plano o el movimiento de la cámara y la composición corporal o gestual del actor frente a esta; un segundo elemento afecta más al director que gobierna el tempo-ritmo con criterios de teatralidad: la imagen impone un encuadre y fluye con rapidez, pero el director de escena tiene que marcar el tempo de la acción y el ritmo del personaje en ese entorno audiovisual, y conseguir que el actor no se empequeñezca frente al mundo audiovisual.
Una pregunta final, ¿existe el teatro cuando se diluye el actor, o no existe como en el caso de Castellucci, Goëbels o Merleau? El primero ha recorrido un itinerario teatral jalonado por montajes asentados en leves argumentos, unas veces prestados de obras clásicas —la Orestiada, Hamlet, Julio César o la Divina Comedia—, otras elaborados por él mismo. Siempre apoyados en una exuberante riqueza de imágenes para impactar emocionalmente al espectador o herir su sensibilidad, consiguiendo adhesiones o rechazos, goce por lo bello o repulsa ante lo feo. Se trata de un teatro donde la palabra no adquiere un papel preponderante, ni es elemento de transmisión, reemplazándose por el cuerpo semiótico del actor, aunque parezca a primera vista diluirse en el cuadro pictórico. La organización de los espectáculos se apoya en una fórmula experimentada y aplicada siempre: espacios escénicos despejados, con fuerte impacto plástico por el color, y el concurso de las artes plásticas (creada ex profeso o prestadas de algún artista), donde el cuerpo del actor focaliza la atención del espectador, al ser portador de signos, en sí mismo o en relación con otros intérpretes, objetos o animales, estos últimos recurrentes en sus propuestas. El ritmo reposado y la variedad de significaciones en progreso producen efectos perturbadores sobre el público.
Goëbels diluye al actor en la compleja maquinaria y en el envolvente de sonidos, pero su presencia emerge, marcando la cadencia de las situaciones o de los compases acústicos (Cuando la montaña cambia su faz). Denis Merleau, en Los ciegos de Maeterlinck, reemplaza al actor por muñecos, pero estos con su inmovilidad transmiten una sensación de incomunicación y dialogan con el espectador. La luz, diseñada con detalle y variedad, la voz en off, el entorno, impiden que al espectador le parezca encontrarse frente a una instalación y se crea inmerso en una representación.