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La Historia está hecha de detalles, pero hay que escribirla con perspectiva. Esto es, mostrar el árbol sin olvidar el bosque. Es lo que ha conseguido el profesor Salvador Forner Muñoz, catedrático de la Universidad de Alicante y titular de la cátedra Jean Monnet de Historia e Instituciones de la Europa Comunitaria, con su libro Canalejas, un liberal reformista, editado por Faes en su colección de biografías políticas, que dirige Manuel Álvarez Tardío, y que ya ha dedicado otros tres excelentes volúmenes a Cánovas, Maura y Silvela. Como las obras anteriores, este libro cumple perfectamente su objetivo divulgador, acercando a don José Canalejas a quienes se interesan por nuestra historia cercana y sienten curiosidad por la política, a pesar de los sinsabores que en algunas épocas —como en la actual— proporcionan ciertas peripecias. Forner, además, es un gran experto en este personaje que encarnaba el espíritu de la Restauración y que se asoma a la portada de su libro con el aspecto serio de un prócer conservador (aunque era más bien lo que ahora se conoce como un «progre»), con bigote abundante, frente ancha, calva disimulada, cuello almidonado y levita severa. O sea, un burgués.
Una aproximación a Cánovas resulta, además, muy oportuna en este momento: fue un político con personalidad, pragmático y culto, que fracasó en su intento de ser catedrático de Literatura (compitió con Menéndez Pelayo, nada menos, y el santanderino hubiera derrotado a cualquiera), pero llegó a presidente del Consejo (después de haber sido ministro varias veces) y dejó en su mandato de tres años algunas reformas importantes, en materia fiscal y militar, por ejemplo.
Pero la Historia ha querido que el detalle que caracteriza sobre todo a José Canalejas sea su muerte, el 12 de noviembre de 1912, a manos de un anarquista, Manuel Pardiñas Serrano, que le disparó por la espalda mientras miraba el escaparate de una librería de la Puerta del Sol, y después se suicidó, convirtiendo aquel episodio en una metáfora trágica de las dos Españas irreconciliables. Como subraya el profesor Forner, fueron «dos trágicas muertes y dos fracasos contrapuestos para la convivencia. Pardiñas ejemplifica la esterilidad de la violencia antisistema y el deterioro político que originaba la intransigencia hacia el régimen liberal por parte de nuevas fuerzas políticas y sociales», y Canalejas, por su parte, «ejemplifica el ensayo sin éxito desde la élite gobernante de esas aperturas democráticas por medio de opciones y actitudes conciliadoras, de signo reformista y en sintonía con la evolución política y social de los países más avanzados del momento».
¿Qué hubiera pasado de no ser asesinado Canalejas? ¿Hubiera podido culminar su aventura reformista en busca de la plena modernidad? El autor señala que el saldo favorable con que se contempla su obra, quizá favorecido por su trágica desaparición, no debe impedir una reflexión sobre las posibilidades reales del proyecto canalejista, que fue la culminación de una trayectoria que arranca en el republicanismo, pasa por el ala izquierda del liberalismo, busca un perfil propio en el partido liberal, y completa su tarea política con llevar el liberalismo a actuaciones prudentes, marcadas, como señala Forner, por «una indefinición programática».
A pesar de ese pragmatismo alejado de cualquier radicalismo, la izquierda creciente de entonces, que había entrado en el Congreso en las elecciones de 1910, con un solo diputado, Pablo Iglesias, pero tenía vocación revolucionaria y ruidosa presencia en la calle, no le dio tregua. Al tiempo, su intento de regular la cuestión religiosa le echó encima al clericalismo, a la Iglesia y a los sectores más conservadores del país. Pero el «político abominable», como le llamaba Iglesias, seguía intentando contemporizar con todos. Esta reflexión le define: «Quien no renuncia nunca ni a sus medios ni a sus procedimientos, y solo quiere mantener incólume la afirmación que una vez hizo, podría merecer cualquier dictado, pero nunca el de hombre de Estado, que si no renuncia a sus fines los persigue del modo y manera que le consienten las circunstancias». Unos años antes, cuando buscaba su papel propio en el Partido Liberal, había dicho: «Yo soy el espíritu más radical de la política española y de la política imperante; pero soy un hombre de Gobierno que desea poner las ideas al servicio del orden público, que no es el máuser, que no es la fuerza, sino la conciencia social, la que todo lo transforma; es la voluntad del país, elevada a la suprema categoría del poder público».
Al hilo de su trayectoria vital, Salvador Forner traza, en seis capítulos, la biografía política de un hombre y un país que vivió momentos tremendos, como la Semana Trágica de Barcelona o las huelgas revolucionarias de la minería, en el que aquel ferrolano de buena familia, con aficiones literarias (había estudiado Filosofía y Letras, además de Derecho), intentó, como otros lo ha hecho a lo largo de la Historia de España, cumplir con su tarea de empujar en la dirección que llevaba a nuestra equiparación con Europa. Sin prisa, con el estilo sosegado de un burgués que, camino de la reunión del Consejo de ministros, se detiene a mirar los libros de un escaparate. «Todo lo que sea forzar la evolución es destruirla», decía Canalejas, un hombre de la Restauración («la Restauración de la Restauración», lo definió Jesús Pavón), sobre cuyas resonancias actuales escribe Forner en su documentado libro: «La experiencia histórica de la Restauración significó, al menos en sus orígenes, la apertura de una política de integración frente a las fracturas políticas anteriores. En cierta medida —salvando, lógicamente, las distancias— dicha experiencia guarda una notable semejanza con la cultura del consenso de la transición democrática tras la Dictadura de Franco, cuyo fruto ha sido el actual régimen de Monarquía parlamentaria. El paralelismo de las dos “restauraciones” monárquicas, la de 1875 y la de 1975, podría también ampliarse al inevitable desgaste de ambas experiencias históricas y a la necesidad de una regeneración interna como la que en su momento pretendía abordar el proyecto de Canalejas y como la que, transcurridos casi idénticos años desde sus orígenes, se plantea el actual sistema democrático». Ya lo saben ustedes: Canalejas, nuestro contemporáneo.
Miguel Ángel Gozalo

Al margen de cualquiera de las consideraciones que políticos de uno y otro signo han esgrimido en favor de sus tesis durante los últimos años respecto al proceso soberanista desarrollado en Cataluña, nos encontramos ante una grave crisis que afecta seriamente al sentido y la unidad de la nación española.
Se trata de un fenómeno de gran complejidad, capaz de provocar una serie de repercusiones en cadena que algunos de sus promotores prefieren ocultar, disimular o ignorar. Las respuestas clarificadoras a esos planteamientos no se han hecho esperar. Desde diversos medios y con argumentos de muy distinto alcance, aunque coincidentes en lo esencial, han expresado sus opiniones periodistas, pensadores, intelectuales y políticos bien conocidos en la vida pública española, que, por otra parte, representan posiciones opuestas al defender puntos de vista diferentes sobre otras materias.
Es el caso de figuras como Alfonso Ussía en su último ensayo titulado No, no, y no (Ediciones B, 2013); de Ramón Tamames: ¿A dónde vas, Cataluña? (Ed. Península, 2014); de Fernando Savater: No te prives (Ed. Ariel, 2014); o de Joaquín Leguina Los 10 mitos del nacionalismo catalán (Ed. Temas de Hoy, 2014).
Cada uno de estos libros citados debería ser considerado de obligada lectura, no solo para formar e informar a la desorientada opinión de amplios sectores de la sociedad española —periodistas incluidos— sino también de políticos de distintos signo de Cataluña y del resto de España. Sin olvidar el interesante libro Nos duele Cataluña (Ed. Galland Book, 2014) en el que su coordinadora, Begoña Martín, ha incorporado la opinión de un elevado número de expertos, muchos de ellos miembros destacados de la vida catalana, que han accedido a responder a los cuestionarios o preguntas formuladas sobre el tema. Resulta significativo constatar los nombres citados de otros que se excusaron de participar en el proyecto.
De cualquier forma, resulta de notable interés conocer las tesis que sobre el particular expone el acreditado hispanista Henry Kamen (n. 1936), uno de los más prestigiosos historiadores de los últimos tiempos, como se confirma al leer el reciente estudio que ahora se comenta.
Afincado en Barcelona desde hace muchos años en calidad de profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, desde 1993 hasta su jubilación en el 2006, ha desarrollado en nuestro país una fructífera labor magisterial en centros docentes, universidades y revistas especializadas, labor ampliada en el terreno de la divulgación histórica en las páginas del diario El Mundo.
Desde su privilegiada tribuna de Cataluña y conocedor de los problemas en primer plano, ha tenido ocasión de seguir desde los orígenes el proceso iniciado por los sectores separatistas y los argumentos que esgrimen en defensa de las razones de todo tipo que emplean para justificar la ineludible necesidad de su independencia.
El autor deja claro que sus objetivos corresponden a los de cualquier historiador honesto, que se limita a recoger los hechos reales tal como fueron transmitidos por los cronistas solventes de acuerdo con las circunstancias y la mentalidad de la época en que sucedieron. En realidad, se trata de los mismos criterios seguidos por Henry Kamen a lo largo de su labor investigadora y que se ven reflejados en los numerosos tratados, estudios, ensayos y biografías publicados con notable éxito sobre Felipe II, el monasterio de El Escorial o el gran duque de Alba.
Como uno de los mayores expertos en la historia de nuestro país, el profesor Kamen conoce a fondo la historia de Cataluña, a la que considera una parte esencial de España, junto al reino de Aragón, cuya suerte comparte desde el matrimonio de los Reyes Católicos y prolonga con los sucesores, las dinastías de Austrias o Borbones, que se suceden a través de los cinco últimos siglos.
El principado de Cataluña, como los reinos de Mallorca y Valencia federados en el de Aragón, participa activamente en el auge, decadencia y caída final de los Austrias españoles, incluyendo el desgraciado gobierno del último rey Carlos II «El Hechizado» que muere sin herederos directos.
A partir de entonces, noviembre de 1700, se desencadena una guerra europea que dividirá en facciones enfrentadas no solo a los españoles, sino también a las grandes potencias que se disputaban el trono vacante.
Durante casi quince años, los defensores de la causa austriaca, más Inglaterra, Holanda y Portugal, combaten encarnizadamente por tierra y mar contra Francia y sus aliados, que aspiran a introducir en España al rey Felipe V, el representante de la casa de Borbón. Según se deduce del trabajo de Henry Kamen, con motivo y como resultado de esta guerra, ciertos sectores de la sociedad catalana inician una campaña que, pese a carecer de bases reales y partir de presupuestos falsos, aunque hábilmente manipulados, con el tiempo han arraigado profundamente en los sentimientos y emociones del pueblo catalán.
Sin embargo, conviene al respecto recuperar el sentido de la veracidad histórica y dejar de lado las interpretaciones interesadas. El autor recuerda que en esa guerra, durante la cual se produjeron numerosos avatares y cambios:
Cataluña prestó juramento de lealtad al pretendiente Felipe de Borbón en los primeros compases de la guerra. Cambió de bando en 1705, en presencia de la Armada aliada (anglo-holandesa) que tras invadir las costas levantinas conquistó el puerto de Barcelona e incorporó Cataluña a la causa llamada austracista
Así pues, después de jurar fidelidad al nuevo rey Felipe V de Borbón, los catalanes se alinearon en favor de la causa del archiduque Carlos de Austria. ¿Cuáles fueron los motivos de tal cambio? Naturalmente, pueden admitirse diversas y fundadas razones que lo expliquen. En todo caso, el autor prefiere atenerse a las declaraciones de los que defendieron el puerto de Barcelona en nombre del pretendiente austriaco. Veamos sus palabras:
El hecho es que ninguno de los hombres de aquella malhadada generación pueden ser punto de referencia, porque todos ellos esgrimieron que su causa era «per la patria i per tota Espanya», una frase que ningún político separatista pronunciaría jamás en la actualidad.
Resulta difícil de comprender cómo, a partir de esos datos, es posible mantener con fundamento que la derrota final de los catalanes que luchaban «en favor de toda España» se haya convertido en un suceso que nada tiene que ver con la realidad. Según ciertas versiones actuales, la derrota fue ocasionada por los ejércitos castellanos invasores que el 11 de septiembre de 1714 les privaron de sus derechos y libertades, y arrasaron sus recursos materiales y sumieron a Cataluña en un lamentable estado de opresión y miseria que perduró durante los siglos siguientes.
Kamen responde a tales opiniones de forma muy expresiva:
Uno no sabe si reír o llorar ante tanta insensatez. Naturalmente, Cataluña no quedó aplastada ni reducida a la nada tras aquel 11 de septiembre fecha de la rendición de Barcelona tras varios meses de asedio. Cataluña siguió siendo una región importante, próspera y floreciente, el territorio más rico de España.
Es una lástima que la historia de Cataluña haya sido inadecuadamente estudiada por los historiadores y sistemáticamente distorsionada por ideólogos, políticos y periodistas que, con mucha frecuencia, basan sus discursos en información poco fiable.
Por otra parte y si los hechos se analizan con objetividad, resulta que los catalanes austracistas fueron responsables de sucesivos errores que desembocaron en una situación negativa para sus intereses. Errores que pueden resultar comprensibles dadas las circunstancias, pero que sus responsables debieron asumir como propios y no atribuir a malquerencias o inquinas cuando se tuercen los mejor elaborados proyectos. Como ejemplo de actitudes que se demostraron poco afortunadas, se cita la posición adoptada por los dirigentes catalanes cuando se negaron a aceptar las condiciones del Tratado de Utrecht que ponía fin a la Guerra de Sucesión.
Hartos de un conflicto que había dejado de tener sentido, ya que el pretendiente, archiduque Carlos, había sido elegido emperador de Austria y renunciado al trono español. En consecuencia las potencias beligerantes firmaron el Tratado de Utrecht en 1713 por el que se reconocía a Felipe V de Borbón como legítimo rey de España. La guerra había terminado. Así lo reconocieron los representantes de las naciones implicadas, que cesaron de forma inmediata sus intervenciones militares. A pesar de todo, Cataluña decidió continuar en solitario un año más las hostilidades y contra el parecer, incluso, de sus antiguos aliados, combatir desde el puerto de Barcelona a la Armada francesa que conquistó la ciudad a sangre y fuego los días 11 y 12 de septiembre de 1714.
Por cierto, que entre los defensores se encontraban fuerzas combatientes de otras regiones españolas, incluyendo castellanos que se habían unido a los rebeldes.
El trabajo de Henry Kamen no se limita a desmontar los mitos de la propaganda independentista en relación con las dramáticas jornadas que tuvieron lugar en torno al 11 de septiembre de 1714. Resulta de gran interés el capítulo dedicado a otro de los momentos de crisis vividos bajo el reinado del rey Felipe IV y el gobierno de su valido, el conde duque de Olivares. Durante los años que van desde 1640 a 1653 se va a producir el primer y malogrado intento de secesión: Cataluña solicitó y obtuvo su incorporación a la corona de Francia, regida por los tan denostados borbones no muchos años más tarde, con resultados negativos. El autor resume aquel intento fallido con su habitual contundencia:
Los separatistas rápidamente descubrieron que el Estado francés era mucho menos respetuoso con sus privilegios que los castellanos en su momento…
Naturalmente, los contenidos de la obra de Henry Kamen serán negados o, con mayor seguridad, silenciados por los actuales dirigentes dispuestos, contra viento y marea, a lograr la secesión de Cataluña. Tal actitud basada una historia inventada y carente de fundamento puede llevarles a repetir los mismos errores ya cometidos en el pasado, como lo fueron la adscripción temporal al reino de Francia o la negativa a aceptar la paz de Utrecht y desafiar a un enemigo más potente (en este caso, el francés) y respaldado por un tratado internacional. Resulta mucho más cómodo y sencillo atribuir la responsabilidad de los propios errores al malvado enemigo, cuando no estaría de más que un examen de conciencia sincero basado en el estudio imparcial de la historia hiciera recuperar el sentido común que, por otra parte, ha sido una de las cualidades reconocidas como patrimonio del bueno, valeroso y noble pueblo de Cataluña.
Rafael Gómez López-Egea

Las relaciones, influencias e incluso los textos que dejó Picasso sobre Velázquez son algo que han estudiado casi todos los especialistas en el pintor malagueño y también, de manera menos abundante, los expertos en la obra del sevillano. Sin duda los dos maestros más importantes de la historia de la pintura española necesitaban un ensayo como el que ha acometido Rafael Llano. Y digo ensayo porque no es un estudio biográfico, tampoco estilístico, y mucho menos crítico sobre la influencia de Velázquez en Picasso, sino más bien la mezcla de todos ellos: la visión de cómo el segundo interpretó y llevó a cabo las lecciones del pintor barroco en sus lienzos. Es también interesante el libro porque no pretende establecer hipótesis de trabajo, sino más bien porque describe lo que ve, lo que toca, lo que un día el autor empezó a experimentar mientras contemplaba en el Museo Picasso de Barcelona las versiones de Las meninas y sintió el irrefrenable impulso de ponerse a escribir.
Durante los últimos años hemos asistido a debates muy interesantes sobre Las meninas de Velázquez. Este lienzo ha escondido para los estudiosos interpretaciones tan variadas, y en ocasiones tan disparatadas, que solo han hecho crecer el mito de una pintura que sigue apasionando a los historiadores, casi tanto como a los pintores y críticos. El último debate, propuesto por Manuela Mena, quiso ahondar —gracias a las nuevas técnicas radiográficas y radiológicas— en una visión del cuadro más alegórica, identificándolo con la educación de Margarita de Austria como heredera del trono. Fallecido su hermano Baltasar Carlos y casada su hermana María Teresa con el rey francés, solo quedaba en la corte una mujer capaz de dar continuidad a la monarquía. Y por eso Velázquez retrata a la infanta en el centro de un cuadro donde los personajes juegan papeles dobles, triples o simulados, pero todos en función de la esperanza que esa niña aportaba a una dinastía ya en caída libre. Luego vendrían John Elliot y Jonathan Brown a deshacer en parte aquella hipótesis de la conservadora del Museo del Prado, pero algunos de sus planteamientos parecerían adivinados décadas antes por un Picasso lleno de vitalidad creadora y, a la vez, deudor de una tradición e historia a la que nunca quiso renunciar.
Tampoco aquello era una novedad en Velázquez. Recordemos que unos años antes había hecho lo propio en otro lienzo: la Lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos. Entonces los reyes, validos y cortesanos presentes en la escena acompañaban al heredero de otra manera. Había esperanza y alegría en aquella imagen. Futuro. Nada que ver con Las meninas. Y parece que Picasso captó mejor que nadie el mundo en descomposición que se traslucía detrás de la obra maestra velazqueña. Seguramente algo parecido a lo que Picasso percibía entre agosto y septiembre de 1957 cuando plasmó la serie de 58 lienzos sobre Las meninas que conserva hoy su museo barcelonés.
Por eso cuando he leído algunas de las propuestas de Rafael Llano en su voluminoso ensayo, he creído no solo resucitar ese debate en torno a la creación velazqueña, sino la asunción, por parte de Picasso, de esa controversia, además de una visión compleja y variada, que solo una serie de muchos cuadros podía recrear. Picasso en cada una de sus meninas hace una interpretación diferente: del espacio, del color, de cada uno de los personajes, de cada gesto, de cada ausencia, de la luz, de cada espejo que enseña o no enseña a unos difuminados y fantasmales reyes. Por eso he apreciado en la morosidad descriptiva de Llano, en el detalle con el que explica cada una de las pinceladas, sombras y colores, la verdadera interpretación que de cada una de ellas quiso hacer el propio Picasso. Es su gran hallazgo. Estoy convencido de que es exactamente lo que Picasso pretendió, y por eso mismo este libro ya merece la pena.
Pero hay más. Rafael Llano ha titulado su libro Picasso frente a Velázquez, y aunque conocemos algunos trabajos sobre las relaciones entre los dos pintores, especialmente los textos que dedica a cada uno de los lienzos del malagueño Palau i Fabre (Polígrafa, 1982), los últimos años han sido particularmente ricos en aportaciones, gracias sobre todo a las exposiciones del Guggenheim de Nueva York y del Museo Picasso de Málaga, comisariadas ambas por Carmen Garrido. Y hay más, porque estos nuevos trabajos demuestran que lo que hizo Picasso con sus meninas no eran solo su deseo de agotar una etapa creativa, por ejemplo, como el cubismo —desarrollado apenas en unos años—, sino en hacer todo un planteamiento acabado sobre lo que él podía aportar, gracias a sus infinitos recursos, a su visión del arte.
Por lo demás, el libro incluye la reproducción en color de cada uno de los 58 lienzos que componen la serie, y que Picasso quiso mantener unidos al legarlos en 1968 a la ciudad de Barcelona; así como el único dibujo preparatorio y reconocido de la misma. También se reproducen otros óleos y dibujos del malagueño, así como algunas fotografías de David Douglas Duncan pertenecientes al archivo de Harry Ranson Center, de la Universidad de Austin (Texas), fotografías que fueron tomadas en el mismo momento y lugar —el estudio/vivienda en La Californie, en Cannes— en que Picasso pintó la serie.
Con este libro Rafael Llano, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y comisario de varias exposiciones, consigue una obra de referencia sobre Picasso que, sin agotar el tema, resultará obligado consultar y citar cada vez que se aluda al mismo.
Fernando Rayón

La persistencia y gravedad de la actual crisis y la respuesta que desde el ámbito institucional y privado se le ha dado a esta, ha generado dentro de nuestras fronteras un intenso debate en torno a la capacidad y liderazgo de nuestras élites políticas y económicas para superar una tremendamente compleja situación que ha terminado por alcanzar todos los órdenes, desbordando el económico y financiero que es en donde se halla su origen.
La gravedad de los escándalos a los que hemos asistido impávidos y que se han sucedido en los últimos años, junto a una más que controvertida gestión institucional de la crisis (desde sus estadios iniciales a las reformas estructurales emprendidas en los últimos años a los lomos de las políticas de austeridad y consolidación fiscal) optando por sacrificar logros sociales conquistados por generaciones precedentes en nuestro endeble Estado del bienestar en lugar de resetear en serio un desfasado modelo productivo así como un complejo e insostenible modelo territorial, rémoras indiscutibles para la ansiada recuperación, han terminado por dejar a la sociedad española sin referentes éticos públicos a los que poder demandar y exigir una gestión eficaz, honesta y ejemplar de los recursos públicos y privados.
De ahí la oportunidad del libro que Antonio Núñez Martín nos ofrece y en donde se detalla una sólida y argumentada propuesta para una profunda transformación del sector público español, a partir de las buenas prácticas de la gestión pública (a través, en muchos casos del «estudio del caso», una práctica muy anglosajona que se hace presente en todos y cada uno de sus capítulos) que se han revelado con éxito en otras latitudes y en nuestro país.
El autor une a su sólida formación académica y alta capacitación (licenciado en CUNEF, MBA por IESE, máster en Public Administration por la prestigiosa Harvard Kennedy School o doctor por la Universidad Rey Juan Carlos) una amplia experiencia atesorada en los sectores público y privado, primero como director de programas de la prestigiosa Escuela de Negocios IESE, situándose al frente de su Instituto para el Liderazgo Público y Gobierno; más tarde, en su calidad de máximo responsable de Políticas Sociales en el Gabinete de Presidencia del Gobierno; y, por último, en la actualidad, como socio de Parangon Partners, consultora especializada en el asesoramiento de alta dirección, consejos de administración o «recruitment» de directivos.
En este sentido, España S.L. ofrece algunas claves de cómo trasvasar el talento y técnicas del management empresarial a la gestión pública, pero también de qué forma el sector privado puede también aprovecharse de un liderazgo forjado a menudo en la adversidad, la gestión de la crisis, la resiliencia, la transparencia y el permanente escrutinio público. No en vano, identifica la figura del directivo público (al que dedica el primero de sus capítulos, «El equipo directivo de España S.L.») como el principal agente de la modernización nacional requerida, asignándole unos perfiles y rasgos identitarios propios y diferenciados de los ejecutivos de las principales compañías del índice bursátil español, el IBEX 35.
En el segundo de sus capítulos («La sede de España S.L.: la Administración pública») el autor pone en evidencia cómo, a pesar de la crisis y de los complejos tiempos que corren, el papel del Estado es determinante y se le exige un mayor protagonismo para las dificultades crecientes. El panorama que dibuja, a partir de un debate muy norteamericano (¿cuál debe ser el tamaño del Estado?), sitúa a España en el justo medio, tanto en términos del empleo público (18%), a pesar de la política de ajustes que ha reducido más de medio millón de empleos en lo que va de legislatura, como si tenemos en cuenta el nivel de gasto financiero sobre el producto interior bruto (PIB), y donde «España se sitúa entre los diez países de la uecon menor gasto público en porcentaje de PIB (43,4%), frente a un 49,9% de media de la eurozona y a bastante distancia de los niveles de las grandes economías, como Francia (56%), Alemania (45%), Reino Unido (48,5%) o Italia (50,7%)». El capítulo concluye con la apelación a una necesidad, la reforma siempre in fieri de nuestro segmento directivo profesional, a partir del análisis realizado por la OCDE sobre las reformas operadas en más de doce países sobre dicho ámbito, destacando las distintas velocidades impresas sobre las mismas.
Entre las medidas de mayor trascendencia para la reorganización del sector público español dentro de las políticas de reforma estructural, destaca el Plan de Reestructuración y Racionalización del Sector Público Empresarial y Fundacional Estatal, aprobado en marzo de 2012. Fruto del análisis que este supuso, meses más tarde, se creará la Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas (más conocida por su acrónimo CORA), llamada a pilotar los cambios más trascendentales de ese cometido, que consigna el grueso del tercero de sus capítulos («El plan estratégico de España S.L.»), y que ha venido precedido o simultaneado con otras importantes reformas, como la aprobación de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, que introduce una regla de gasto común a todas las Administraciones; la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, consecuencia de aquella a partir del lema «una administración, una competencia»; o la más reciente Ley de Transparencia, Acceso a la Información y Buen Gobierno, que introduce por primera vez en nuestro país la cultura del «gobierno abierto» a pesar de las dificultades que están revelándose en su aplicación práctica.
El núcleo de su contenido se centrará, no obstante, en los principales resultados de los que ha sido su tesis doctoral (dirigida por el director del INAP y catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, Manuel Arenilla, y cuyas conclusiones anticipa la presente monografía), tales como: la evaluación del desempeño, movilidad interna, plan de carrera (analizados en el capítulo 4: «La plantilla de España S.L.») o formación continuada (analizado detalladamente en el capítulo 9: «Los modelos de formación para el directivo público»). Sin descartar tampoco una investigación (destilada en el capítulo 5: «Las funciones del directivo público») que ha convergido con la primera, a partir de una encuesta sobre más de 400 directivos públicos (los mismos que han pasado por los programas de gestión pública que Antonio Núñez dirigía en la prestigiosa Escuela de Negocios IESE), y en la que se detallan las principales funciones que los directivos públicos están llamados hoy a desempeñar, como spin doctors, mediadores o negociadores, emprendedores, planificadores estratégicos, evaluadores de políticas públicas o como headhunters.
La síntesis de la investigación del profesor Núñez llega en la parte final de su obra, en la creciente y cambiante interacción entre lo público y lo privado, a pesar de sus diferencias (capítulo 6); e incluso, las técnicas invasivas que han llevado al management (a la que en Ciencias Políticas llamamos «Nueva Gestión Pública», como paradigma de estudio) a hacerse imprescindible en una nueva realidad que exige una agenda compartida y colaborativa para los sectores público y privado (capítulo 7).
Por último, y a pesar de las recientes reformas institucionales (véase el proyecto de ley reguladora del ejercicio del alto cargo de la AGE, que actualmente está en discusión) y las demagógicas proclamas dirigidas a impedir o dificultar las llamadas «puertas giratorias» entre la política y la empresa, al sector privado le puede ser muy útil la capacitación singular del directivo público, como bien detalla el autor en el último de sus capítulos («El decálogo de la gestión por pasión: ¿Qué puede aprender un directivo privado del directivo público?»). Es esta una tarea urgente que debe definirse con prontitud (incluso con luz y taquígrafos) pero nunca a costa de soluciones maximalistas que impidan que los mejores profesionales vayan a la política y viceversa, que las mentes más preclaras de lo público puedan finalizar su trayectoria profesional al frente de las grandes corporaciones del país, realizándose también (¿por qué no?) en lo privado.
Cada uno de los capítulos tiene una historia de vida, de éxito de trayectoria que el autor acomoda como un guante a alguno de sus capítulos. Este aspecto cualitativo enriquece la monografía con alguna de las mentes más lúcidas del ámbito empresarial (Marcelino Oreja Arburúa, consejero delegado de Enagás), institucional (Jaime Pérez Renovales, subsecretario de la Presidencia del Gobierno y presidente de la CORA, o Santiago Menéndez, director general de la Agencia Tributaria) o profesional (el exministro Jordi Sevilla, senior counsellor de la consultora Pwc, o José Ramón Pin Arboledas, titular de la Cátedra José Felipe Bertrán de Gobierno y Liderazgo en la Administración del IESE).
Esta es una lectura imprescindible para quienes bien por trayectoria bien por profesión estamos interesados por la gestión pública. Son muchos sus retos. Un sector público y privado que se entiendan y colaboren para abordar retos comunes. El aprovechamiento de los mejores talentos allí en donde se encuentren. Las reformas necesarias para devolver a nuestro país a la senda de la recuperación y la competitividad. Pero no debemos olvidar que nada hay que más influya en el presente y futuro de una nación que la salud de sus Administraciones y de qué modo la gestionan sus políticos y directivos. Algunas de las claves han sido apuntadas por Antonio Núñez en este libro, pero ahora hace falta que también entren dentro del ciclo de las políticas públicas de nuestros gobernantes para poder revertir una situación que, por momentos, se nos antoja insoportable.
Mariano Vivancos

El empeño de explicar los fundamentos de la mecánica cuántica a quienes previamente no tienen formación matemática es lo que guía a Brian Cox y a Jeff Forshaw, ambos físicos de los equipos del LHC del CERN, a confeccionar un libro arriesgado, no siempre triunfante, pero valiente. Desde luego, su lectura pide un cierto esfuerzo. Probablemente similar al que nos costó descifrar en su día (hasta el punto en que eso fue posible) La crítica de la razón pura o el Fedón platónico; tampoco más. Este Universo cuántico tiene en cuenta una de las principales barreras que hay que superar en este tipo de trabajos, que es la tradicional resistencia de los «no iniciados» (para entendernos, las gentes de eso que antes se llamaba «letras») a esta clase de prosa. Por no hablar del rechazo a esa página temible en la que aparece nada menos que un quebrado. Pero, ¿qué diríamos de una persona culta de hoy, pero de ciencias, que ignora la diferencia entre un romance y un soneto? Sencillamente, el ciudadano culto de la segunda década del siglo XXI que todavía no conozca ni con trazos gruesos qué son los quarks se quedará en algo parecido al ciudadano del siglo XX que ignoraba las leyes de Newton.
De eso trata El universo cuántico: de quarks, de probabilidades, de indeterminación… y del fin del determinismo. O quizá de un nuevo determinismo. Y todo ello se expone sin matemática, que casi es como si estuviéramos diciendo que nos enseñan a leer ruso sin alfabeto cirílico. Pero los autores son muy conscientes de ese «pánico al quebrado», y lo evitan a toda costa (salvo en el epílogo). También trata esta obra de por qué no atravesamos el suelo (si los átomos son casi espacios vacíos), por qué hay luz y por qué la vemos (¿acaso somos antenas que reciben ondas?) y por qué desde ese invento extravagante que recibió el nombre de transistor la vida de las personas ha cambiado hasta extremos inimaginables apenas hace cincuenta años (y por qué la electrónica es la electrónica). Sí, la mecánica cuántica no es una mera reflexión más o menos fundamentada o gratuita de unos teóricos despeinados, sino que nos informa acerca de nuestro mundo y de nuestra vida. Pero es, además, esa reflexión de conclusiones imposibles de alcanzar con las simples armas de nuestra intuición.
Naturalmente, el principal de los problemas será el argot peculiar que habrá que manejar en cierto grado, además del traslado a palabras de los conceptos muchas veces puramente cuantitativos y matemáticos que se encuentran en la base de algunos de los principales hallazgos. Ayuda, porque es impecable y excelente, la traducción de Marcos Pérez Sánchez, que se niega a bajar el nivel para facilitar las cosas, pero lo hace seguro de que su escritura y su dominio del léxico especializado sitúa las expresiones donde deben estar (sin violentos anglicismos, como se suele). Repasaremos en los primeros capítulos algo acerca de la historia del nacimiento imprevisto de esa cuántica por nadie anunciada, los indicios de la primera radiactividad que Becquerel se encontró junto a la imposibilidad de explicarla según los conocimientos del momento, y estaremos desde ese comienzo discutiendo ya muchos de los tópicos y errores que la divulgación suele extender, bien esos supuestos gatos de Schrödinger o las «partículas de Dios». Es probable que el lector no comprenda todo: los mismos cuánticos afirman que ni ellos mismos comprenden todo lo que manejan o lo que observan. Pero lo observan, y ello les obliga a aceptarlo. Un buen modelo para tantas otras conductas.
No obstante, su preocupación de divulgadores les tiene en tensión permanente, que no siempre se resuelve en favor del lector. Construyen analogías, metáforas e ilustraciones con la preocupación de comunicar mejor un cierto concepto que creen especialmente difícil de leer; pero en ocasiones el lector se verá más ocupado en descifrar la analogía que en comprender el concepto expresado tal como es (el caso de los relojes que emplean a lo largo de todo el libro como sustitutos de algo tan sencillo como los fasores es un buen ejemplo). Hay ilustraciones que el lector culto puede ignorar; incluso hay tramos de la escritura que puede sobrevolar (y volver a ellos cuando haya llegado al final, y seguro que los comprenderá mejor). Lo principal de esta obra no es un carácter de libro de texto que no tiene y no hay que buscarle, sino su cualidad de plano general de la mecánica cuántica, en el cual perdernos algunos detalles no nos va a importar si con ello accedemos a las ideas generales de la disciplina, y a su situación en el mapa de las ideas que del siglo XX han pasado al XXI incluso aumentando su importancia, y la previsión, en cierto grado, de su todavía mayor importancia futura. Como dicen los autores en el capítulo 3, es la resistencia a las nuevas ideas lo que lleva a la confusión, no la dificultad intrínseca a las propias ideas. Puede que esto no sea siempre cierto del todo, pero es muy probable. Y cuidado: es la mecánica cuántica precisamente la que nos ha dejado claro (y los autores expresan unas líneas más abajo) que «las probabilidades son lo máximo a lo que podemos aspirar».
Debe ser especialmente emocionante para los amigos e integrantes de Nueva Revista la publicación de esta antología de la revista cultural Ambos Mundos. Y no solo porque supone una decidida apuesta por la cultura, sino porque Ambos Mundos, nacida bajo el mecenazgo de la Universidad Internacional de La Rioja, es una publicación hermana y se ha encargado, desde 2012, de difundir también el contenido de Nueva Revista.

El editor de Ambos Mundos, Ignacio Peyró, ha estado siempre vinculado al mundo de la cultura, pero su vocación excede la de la mera gestión. Tiene el suficiente bagaje cultural y la perspicacia suficiente para adelantarse a los acontecimientos y leer, con finura, las tendencias más importantes en el ámbito de la cultura. Al mismo tiempo, y a nuestro juicio, es esta una de las labores más importantes de cualquier editor, ha sabido rodearse de una serie de colaboradores igual de inteligentes y brillantes, descubriendo a la opinión pública nuevos nombres y consolidando la trayectoria de otros ya conocidos. En cualquier caso, hay un hecho evidente que demuestra la importancia que ha adquirido la actividad desarrollada por Peyró: que una revista tan joven se haya convertido en un punto de referencia para el periodismo cultural y haya publicado una antología de sus mejores artículos tras solo dos años de existencia.
Explica Peyró que «el libro refleja muy bien lo que fue la revista, tanto en las firmas que contribuyeron a ella como en los temas que tocó: españoles, europeos y americanos, de la fotografía a la literatura y de la pintura al cine, siempre con una voz propia». Los artículos de esta antología son muy variados y actuales, con la mirada puesta en el lector de hoy. En tiempos de cultura de usar y tirar, Ambos Mundos optó desde el principio por «una cultura de vocación universal y sensibilidad clásica». Esta es tal vez una de las razones de su éxito, su apuesta por la divulgación de la alta cultura y su conexión con un público joven gracias a su naturaleza digital y al amplio abanico de temas que ha tratado.
Como indicábamos, en su larga nómina de autores se mezclan los noveles con los veteranos: Valentí Puig, Juan Manuel Bonet, Juan Bonilla, Jordi Amat, Eduardo Gil Bera, Enrique García-Máiquez, José Carlos Llop, Joseba Louzao, Jorge Bustos, Eduardo Gil Bera, Fernando Castillo, Adolfo Torrecilla, Daniel Capó, Eduardo Jordá, Luis Rivas, Andrés Trapiello, entre otros. De ellos, aparece algún artículo en esta selección. El lector tendrá razones para admirar no solo la inteligencia con que se tratan los temas culturales y políticos de mayor preocupación, sino el alto valor literario de los textos.
Mientras Valentí Puig escribe sobre Pla y la gastronomía, García-Máiquez, poeta de prestigio, trata sobre los pregones de Semana Santa y la poesía de Víctor Botas y Carlos Pujol; Fernando Castillo, sobre los cafés que han marcado historia o Solana. Eduardo Jordá escribe un excelente artículo sobre Ósip Mandelshtam. Daniel Capó, otra de las firmas habituales, habla de la pianista que conmocionaba a Stalin; Méndez Monasterio escribe sobre el escritor francés Michel Houellebecq; José Carlos Llop, sobre Carlos Fuentes, y Gabriel Insausti, sobre Adam Zagajewski. Espléndido y ambicioso es el artículo de Luis Rivas sobre la gran novela americana, y muy actual y divertido el de Jorge Bustos dedicado a Quentin Tarantino. Nuestros lectores habituales habrán advertido que muchos de estos colaboradores también han escrito en estas páginas; y otros, sin duda, lo harán en el futuro.
Sin duda, uno de los mayores atractivos que ha tenido Ambos Mundos es que ha conseguido aunar la difusión de la cultura y revalorizar su papel y su influencia política y social. La cuestión no es baladí, pues ahora que se habla tanto de regeneración democrática, la apuesta por elevar el nivel cultural de la esfera virtual es una labor prioritaria. Frente a quienes se quejan de los nuevos medios y critican el adocenamiento del público, Ambos Mundos aparece para demostrar que es posible armonizar Internet y Cultura. Por otro lado, no me resisto a subrayar otra de las cualidades que Ambos Mundos ha heredado de Nueva Revista: su independencia ideológica, su compromiso por la calidad y la libertad. Y tampoco hay que menospreciar esto en un momento en que las publicaciones culturales parecen haberse vendido al mejor postor, sea este político o económico.
Lo bueno es que la senda que inició Ambos Mundos todavía está abierta y su comprometida labor la sigue realizando ahora Nueva Revista Digital.
Josemaría Carabante

Robert Spaemann no se ha tomado la filosofía como una actividad profesional y, de hecho, al leer sus ensayos y artículos se puede comprobar que su papel no ha sido el de un «intelectual» al uso. Spaemann tiene la virtud de escribir con sencillez de los temas más abstrusos y se nota que sus argumentos y opiniones son fruto de una reflexión madura y sosegada. Desde este punto de vista, esta larga entrevista que ahora se publica en castellano viene a confirmar lo que quienes le hemos leído con asiduidad ya sabíamos: la filosofía de Spaemann nace de una íntima vocación que le conmina a entender la realidad y a buscar lo profundo tras la apariencia de lo que nos rodea. Uno de los aciertos de este libro es la cómoda combinación que ofrece entre la entrevista y los textos autobiográficos. En la exposición detallada de su larga trayectoria intelectual y profesional se adivina un compromiso inquebrantable por la verdad. En realidad, se puede concluir que Spaemann se ha convertido por derecho propio en un clásico y es que sus análisis son un verdadero revulsivo contra la profesionalización de los filósofos. A los filósofos académicos se les ve más preocupados por contrarrestar las opiniones de sus colegas que por descubrir, en términos clásicos, el sentido de lo real. Tal vez ello explique que Spaemann haya ido en tantas ocasiones a contracorriente, pero también el atractivo que sus escritos tienen para el gran público.
Su método, como se pone de manifiesto en estas páginas, recupera los instrumentos de la filosofía clásica: tomar distancia de los acontecimientos, temple y agudeza intelectual y la confianza de que el hombre puede acceder con su razón al ámbito de lo real. Lejos está Spaemann de lo que Ricoeur llamaba «filósofos de la sospecha», aquellos que, siguiendo la tendencia del pensamiento moderno, quebraron el asombro y la confianza que el pensamiento filosófico tuvo en sus orígenes y sembraron, casi de una forma enfermiza, la duda y el descreimiento.
Por otro lado, frente a los intelectuales públicos y a una cultura libresca, Spaemann no se ha cobijado nunca en la comodidad de su estudio ni ha manifestado una opinión secuestrada por el interés partidista o ideológico. De ahí que en el desarrollo de sus argumentaciones esté entremezclada la actitud tolerante con una profunda fidelidad a sus convicciones, pues estas no nacen del dogmatismo sino que son fruto del ejercicio de la razón. Metafísico o antimoderno, católico o conservador: los calificativos con que sus adversarios pensaban menospreciar sus aportaciones no le han apartado de la opinión pública ni le han robado su confianza en el hombre y en su capacidad racional.
En este libro Spaemann rinde muchos tributos: a la formación recibida en casa y explica la importancia que la dimensión religiosa ha tenido en su vida. Además se descubre el espíritu de libertad que ha guiado sus compromisos: su negativa a colaborar con un régimen que, como el nazi, consideraba injusto, por ejemplo. Y valentía para enfrentarse con una argumentación razonable a sus críticos, constatando que ha tenido más problemas con quienes, en apariencia, piensan como él que con quienes disiente. Porque la virtud de la tolerancia le ha obligado a plantear diálogos con personas extremadamente alejadas con su propio punto de vista, como por ejemplo J. Habermas, y a demostrar la verdad de sus opiniones «in partibus infidelibus», ya sea en el terreno de la epistemología, la filosofía de la naturaleza o el siempre polémico ámbito de la bioética. A este respecto es interesante su papel en el virulento contexto de los sesenta, su oposición decidida a aquellos que querían imponer por la fuerza la democratización de las universidades, especialmente en el mundo académico alemán, y las polémicas que ha mantenido con algunos teólogos. Especialmente interesante, en este sentido, es su último artículo sobre el matrimonio cristiano, escrito apenas unos meses antes de que comenzara el sínodo de los obispos sobre la familia.
Algunos le han acusado de falta de sistematicidad, pero ¿acaso la filosofía siempre ha de ser expresada en un sistema? La falta del mismo no desdice la vocación del filósofo, cuya misión principal es aprehender lo real, más que alargar un discurso sobre la validez de una determinada interpretación o circunscribirse en una narrativa teórica autorreferencial, al estilo posmoderno. Con independencia de ello, según explica el propio filósofo alemán en su libro, sus principales aportaciones están relacionadas con la reivindicación de un marco ontológico. Por ejemplo, sus reflexiones sobre el concepto de naturaleza resultan especialmente relevantes porque al afirmar su contenido normativo tratan de contrarrestar su reducción fisicalista. Por otro lado, su defensa de la verdad práctica socava los fundamentos implícitos en el relativismo moral. En realidad, como filósofo clásico, su campo de interés ha sido muy amplio y le ha llevado a tratar de las grandes cuestiones del pensamiento, desde la persona hasta Dios.
Es verdad que la mejor introducción al pensamiento de este filósofo son sus propias obras, que destacan por su argumentación clara y la comprensión profunda de los problemas. Pero Sobre Dios y el mundo recapitula sus aportaciones principales y permite comprenderlas mejor al contextualizarlas biográficamente. Y, por último, una palabra sobre un aspecto en el que insiste Spaemann a lo largo de esta obra: su apuesta por el antropomorfismo. La analogía con lo humano, lo más próximo que el hombre tiene, es, a su juicio, lo que le ha permitido comprender con clarividencia el mundo y la realidad.
Sigmund Freud y Clive Staples Lewis nunca llegaron a conocerse en la vida real. Pero habría sido posible, ya que del 4 al 6 de junio de 1938 Sigmund Freud consigue emigrar a Londres, pasando por París. Por aquel entonces, C. S. Lewis ejercía de profesor en Oxford y pertenecía al eminente círculo de los «inklings», entusiastas de la literatura y en su mayoría cristianos, al que también asistía J. R. R. Tolkien.
Lewis estaba al corriente de las teorías de Freud; el psicoanálisis era ampliamente debatido e influía en muchas disciplinas intelectuales. Lewis utilizó en su época de juventud, caracterizada por su negación de Dios, los argumentos de Freud para reforzar su postura atea. Finalmente, en su obra Cautivado por la alegría, describe su conversión al cristianismo.
Freud, padre del psicoanálisis, y Lewis, genio de la literatura anglosajona, reviven en nuestros días de la mano del gran dramaturgo y guionista norteamericano Mark St. Germain, recreados en la escena gracias a un diálogo lleno de ingenio. Para ello se apoya en el libro del psiquiatra estadounidense Armand Nicholi, La cuestión de Dios, que mira la vida humana desde dos puntos de vista opuestos: el de un creyente y el de un no creyente. Freud acostumbraba a dividir a la gente en estas dos categorías.
La obra de Mark St. Germain, La sesión final de Freud, si bien se nutre de latigazos verbales llenos de ingenio que emergen de dos mentes prodigiosas, se propone que los argumentos hablen por sí mismos. Mark St. Germain logra captar con finura, expresividad y sentido del humor las posturas intelectuales de Freud y Lewis, de tal manera que los noventa minutos de duración de la obra transcurren en un abrir y cerrar de ojos, dejando en los espectadores un «cerebro transformado», es decir, con un gran incremento de sinapsis neuronales.
Haciendo un símil gastronómico, esta obra teatral chispeante no es «comida rápida», sin sustancia y que nos deja indiferentes, sino un alimento sumamente nutritivo, un suculento solomillo que atrapa emocionalmente al espectador interesado, provocando el hecho escénico, la contemporaneidad, y —desde el punto de vista de la neurobiología— contribuyendo a un mejoramiento notorio de la estructura cerebral.
Sin duda, una de las virtudes de la obra es que provoca que el espectador valore críticamente los argumentos tanto de Freud como de Lewis, siguiendo así uno de los muchos consejos llenos de sabiduría del gran Sócrates: «La vida sin examen no vale la pena vivirla». Efectivamente, cada uno de nosotros tiene su cosmovisión, su Weltanschauung, que influye en cómo nos percibimos a nosotros mismos, cómo nos relacionamos con los demás y cómo sabemos acomodarnos a la realidad de las cosas. La felicidad se halla en el encuentro con la realidad —personas y cosas—, no en simulacros, mundos virtuales o situaciones de enajenación.
La sesión final de Freudnos sitúa en el año 1939, exactamente el día en que Inglaterra entra en guerra y comienza la Segunda Guerra Mundial. Freud escucha por radio el discurso que el primer ministro británico, Arthur Neville Chamberlain, dirigió a la nación. Son momentos de congoja en los que flota una presión lúgubre sobre los ciudadanos, una penumbra tenebrosa que parece gemir con frecuencia bajo el sonido de las sirenas antiaéreas y precipitarse de modo cruel sobre el cuerpo moribundo de Sigmund Freud. Lo vemos anciano y con un cáncer de paladar muy avanzado, pero con gran lucidez mental.
Hemos de tener en cuenta que tanto Freud como Lewis experimentaron el dolor exacerbado, que golpeó tremendamente sus vidas. Ambos se preguntaron: «Si Dios es todopoderoso, ¿cómo puede permitir que yo sufra así?». Las respuestas fueron radicalmente distintas: Lewis afirmó la existencia de Dios, Freud la negó. Durante la obra, los dos ahondan en sus distintas posturas y se entabla un diálogo entre el escritor y el padre del psicoanálisis. «En el tiempo que me quede estoy decidido a entender lo que pueda de la realidad. Por lo que sé, posee usted una inteligencia superior y un talento para el razonamiento analítico», le dice Freud a Lewis en un momento de la obra. Y añade en otro: «Quiero entender por qué un hombre de su intelecto, alguien que compartía mis convicciones, ha podido abandonar la verdad y abrazar una mentira tan insidiosa». A lo que Lewis contesta: «Pero ¿y si no es una mentira? ¿Ha considerado lo aterrador que sería darse cuenta de que está equivocado?».
Son precisamente las diferentes respuestas ante el dolor, ese misterio universal e inevitable que sobrecoge y desconcierta al ser humano, las que van a singularizar más específicamente a estas dos personalidades sabias. Freud experimentó el antisemitismo, que conllevó el dolor debido a la marginalización. Durante su juventud sufrió por no ser aceptado por sus compañeros, siendo esta una de las mayores necesidades de un adolescente. Pero fue rechazado por ser judío toda su vida, incluso durante su estancia en Inglaterra, donde básicamente —así decía Freud— todos eran antisemitas. Ese menosprecio provoca sobrecargas de tensión en el córtex del cíngulo anterior, región clave del cerebro perteneciente a la red del dolor.
También padeció el dolor físico, sobre todo durante los últimos dieciséis años de su vida, debido a un cáncer en la parte derecha del paladar. Fue operado por un conocido que no tenía experiencia con la anestesia local, por lo que surgieron complicaciones serias con grandes pérdidas de sangre. Poco después se realizó otra operación más radical y más profesional requerida por el cáncer invasor. Durante el resto de su vida le fueron efectuadas un total de treinta operaciones y tenía que vivir con una prótesis metálica que separaba la cavidad nasal de la boca. Esta terrible experiencia se refleja en la obra cuando pronuncia palabras como estas: «Tengo cáncer de boca. Tuvieron que extirparme la mandíbula superior y el paladar. Lo que a usted quizá le parezca una dentadura postiza mal ajustada es una prótesis. Separa la parte superior de mi boca de la cavidad nasal. Pero siempre tengo rozaduras. Y el olor…, por la carne en descomposición, es ciertamente repugnante».
Freud resolvió el problema del dolor mediante el suicidio, utilizando para ello la morfina, pero previamente se valió de drogas cómo anestésicos. En el año 1884 el oftalmólogo Carl Koller, buen amigo de Sigmund Freud, había descubierto los efectos anestésicos de la cocaína en intervenciones oftalmológicas. En el mismo año Freud había escrito un apasionado artículo, «Über Coca» (Sobre la coca), en el que informaba de las consecuencias de la cocaína en los seres humanos, destacando sus efectos terapéuticos sobre la histeria, la hipocondría y la depresión. Pero también valora sus efectos anestésicos en multitud de operaciones y, en algunos momentos, se muestra casi entusiasta en sus alabanzas de esta droga, que tomó con frecuencia, llegando a padecer una adicción notable.
Hemos de tener en cuenta que, cuando Freud era joven, la cocaína se podía adquirir en farmacias e incluso en droguerías, dado que en Europa central se le atribuían efectos milagrosos, estando más extendida, a finales del siglo XIX, que algunos sedativos en la actualidad.
El encuentro más inquietante con la cocaína se produjo en 1895, después de que Freud y su amigo el otorrinolaringólogo Wilhelm Fliess estuvieran a punto de matar, mediante una operación fallida y dosis excesivas, a una paciente de nombre Emma Eckstein, hoy en día conocida como Irma, el seudónimo que le dio Freud en su obra maestra, La interpretación de los sueños.
Con el paso de los años y con el aumento de los dolores físicos, sobre todo en la boca, Freud quiere tener dominio sobre la muerte y, de hecho, le da a su hija Anna cápsulas de cianuro cuando las tropas de las ssse la llevan para interrogarla, con el fin de que las tomase en caso de ser torturada.
A partir de 1929, Max Schur fue el médico de cabecera de Freud, reemplazando a Felix Deutsch, quien había perdido su confianza por haberle ocultado el diagnóstico de la lesión cancerosa que le afectaba en el paladar (la regla fundamental del psicoanálisis consistía en decirlo todo, sin filtrar ni seleccionar la información que se entregaba) y, por otra parte, porque con Schur —que se convirtió en un buen amigo de Freud y consiguió como él emigrar a Londres— el padre del psicoanálisis sabía que, llegado el momento, se le evitarían los «sufrimientos inútiles». Cuando el cáncer, que se había extendido hasta la laringe, era ya terminal, Schur, de acuerdo con su hija Anna, adelantó la muerte de Freud administrándole sucesivamente tres dosis de morfina, de tres centigramos cada una. Freud murió en la madrugada del 23 de septiembre de 1939. Este es probablemente el primer caso documentado de sedación terminal.
En La sesión final de Freud le oímos decir: «Mis padres me dieron la vida, y esa vida es mía, no de ellos». Lewis le replica haciéndole reflexionar con las palabras: «Es usted espantosamente egoísta, colocando su propio dolor por encima del dolor de sus seres queridos. Se miente a sí mismo al creer que puede mandar sobre la muerte igual que lo hace con su mundo y con su hija. Cree que puede dejar de pensar en su miedo escondiéndose tras su escritorio lleno de dioses muertos, pero la verdad es que está aterrorizado».
También C. S. Lewis tuvo que pasar por momentos de dolor y sufrimiento terribles. Sobre todo, la pérdida de seres queridos. «Cáncer y cáncer y cáncer. Mi madre, mi padre, mi mujer. Me pregunto quién será el siguiente en la lista», solía decir quejándose de esa situación. Cuando Lewis combatió en la Primera Guerra Mundial fue herido y pensó que iba a morir. En la obra, rememora aquellos momentos con estas palabras: «El olor de los explosivos. Los cuerpos a mi alrededor, hombres espantosamente despedazados tratando aún de moverse, como escarabajos a medio aplastar. Bombas como granizo. Un amigo explotó a diez metros, golpeando mi pecho, mi cara». Pero Lewis nos recuerda que Dios no creó el mal. «Son los hombres, no Dios ni Lucifer, quienes han creado las prisiones, la esclavitud, las bombas. El sufrimiento es culpa del hombre». Cuando, en 1940, C. S. Lewis escribió El problema del dolor, sus célebres reflexiones sobre el sufrimiento, observaba que una filosofía del dolor nunca podrá llegar a ser un analgésico para eliminarlo. Tampoco la fe cristiana podrá evitar la experiencia lacerante del dolor. Pero sí que permitirá abrir una ventana de esperanza y producir tesoros de fortaleza y de humildad, incluso en personas carentes de buenas cualidades, porque han sabido hacer buen uso de su libertad.
El hombre es libre frente al dolor porque es capaz de no sucumbir ante él, y, además, posee la paradójica capacidad de reconducir el dolor hacia su propia felicidad. En la obra de teatro que evocamos, tanto Lewis como Freud adoptan posturas opuestas ante el dogma cristiano del pecado original. En El problema del dolor, Lewis utiliza el argumento de la caída original de modo sugestivo para la comprensión del sufrimiento. Por el pecado original nuestro entendimiento y nuestra voluntad quedan torcidos, aunque no aniquilados, pero hemos de rectificar el rumbo equivocado de nuestra naturaleza para ser dignos de Dios. El amor de Dios busca nuestra felicidad, pero no se puede contentar con lo que ahora somos, nos quiere enderezar. Este proceso de corrección del hombre caído es costoso, porque implica en parte violentar tendencias espontáneas, lo cual es percibido en forma de dolor cuya función habitual es la de actuar como despertador, avisando de que algo va mal en la vida humana.
El dolor nos obliga a que nos ocupemos de él. Lewis observa que es uno de los vehículos más eficaces para que se despierte en el hombre la conciencia de la existencia de Dios, porque insiste en ser atendido: «El dolor reclama insistentemente nuestra atención. Dios susurra y habla a la conciencia a través del placer, pero le grita mediante el dolor, es su megáfono para despertar a un mundo sordo».
Lewis siempre afirmó en sus escritos que la realidad es la gran iconoclasta de los subjetivismos enfermizos, la piedra de toque que debe medir nuestras ideas y emociones. Por eso, también con la muerte de seres queridos y de nosotros mismos no podemos dejar de atender a la realidad.
El gran filósofo alemán Robert Spaemann ante la pregunta ¿qué es lo que más se echa en falta en la humanidad de hoy?, contesta: «Saber sufrir». Y continúa con sus observaciones: «Aceptarse a sí mismo no es posible sin ser capaz de aceptar el sufrimiento. La condición fundamental de la felicidad es asumir e integrar en mi propia realidad todo aquello que no depende de mí. Yo no hago el mundo tal como es, eso es algo que me viene dado. En relación con esto me viene siempre a la mente lo que el escritor alemán Matthias Claudius escribía a su hijo: “La verdad, hijo mío, no se dirige hacia nosotros, sino que somos nosotros los que tenemos que ir hacia ella”. Aquí hay una gran sabiduría: un hombre es feliz si realiza lo que quiere y lo que puede, pero desde luego no de forma ilimitada, sin fronteras, sino solamente cuando es capaz al mismo tiempo de aceptar los hechos reales, la realidad, tal como viene dada, e igualmente cuando es capaz de aceptarse a sí mismo y a los demás» (Ética, política y cristianismo, p. 92).