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La publicación de España invertebrada sobreviene cuando, doblado ya el cabo del annus horribilis de 1917, el sistema político de la Restauración, organizado por la Constitución de 1876, da sus últimas boqueadas. Ese año detonan sobre una España exangüe la huelga general convocada por los partidos y sindicatos de clase, la abierta rebeldía frente al gobierno de las Juntas de Defensa del Arma de Infantería y la convocatoria de una asamblea de parlamentarios de las circunscripciones catalanas para reclamar autonomía regional y cortes constituyentes. Escribe Ortega en «Bajo el arco en ruina», famoso artículo y présago de funestos acontecimientos: «la clave española se ha estremecido y el arco periclita». Lejos de mejorar, la salud del enfermo empeora por momentos. Así, en 1922 pesa sobre España «una desapacible atmósfera de hospital». Con la esperanza de disiparla hace Ortega anatomía. Dos son, según su diagnóstico, los morbos nacionales: el particularismo de las regiones y las clases sociales, incluso del ejército, y la inexistencia de minorías egregias capaces, con su ejemplo o auctoritas, de atraer al pueblo y dar con él cima a una gran empresa. A estas dos severas afirmaciones dedica respectivamente la primera y la segunda parte de España invertebrada.
LA EXACERBACIÓN DEL PARTICULARISMO
Toda nación, dice Ortega, es la expresión de un gran proceso de incorporación. Según Mommsen, en eso consiste la historia de Roma y, a juicio de Ortega, también la de Castilla. Sin embargo, la historia de una nación no es tan solo la de su periodo ascendente o de totalización, el tiempo de las incorporaciones; debe comprender también la historia de su decadencia o de su dispersión, el tiempo de la desintegración. El quid divinum contenido en el poder nacionalizador de algunos pueblos se manifiesta en la proposición a los demás de un proyecto atractivo de vida en común. El porqué del separatismo étnico y territorial, característico de la vida española desde finales del siglo XIX, lo encuentra Ortega en la exacerbación del particularismo de las regiones de España, para las que algunos han imaginado una fantástica tradición quebrada por Castilla. En realidad, «si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser, habrían dado un terrible tirón de Castilla cuando esta comenzó a hacerse particularista». A fortiori, viene a decir Ortega, el nacionalismo catalán y vasco son fenómenos entrañadamente españoles en la medida en que constituyen un agravamiento del genuino particularismo peninsular.
Lo cierto es que de todos los reinos y condados hispánicos solo Castilla ha sabido mandar. Inventa, por así decirlo, España, cuya «unión se hace para lanzar la energía española a los cuatro vientos». Suya es la primera Weltpolitik de la historia. En el año 1580 se encuentra la gran divisoria de aguas del destino hispano. Se inicia entonces un proceso inexorable de dispersión. Cada región empieza a vivir por sí misma y para sí, desentendiéndose del resto. Ninguna voz las convoca; ninguna orden las pone en forma. Y la primera región que enferma de la voluntad y se abandona, tornándose «suspicaz, angosta, sórdida, agria», es precisamente Castilla: «cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista es precisamente el poder central»; entonces lanza Ortega uno de sus dardos: «Castilla ha hecho a España, y Castilla la ha deshecho».
LA FALTA DE UNA MINORÍA
A la invertebración histórica, consecuencia de la trayectoria autista de las clases y las regiones españolas, suma Ortega en la segunda parte de su libro la desarticulación de la jerarquía social constitutiva: una minoría que deja de actuar como guía de la masa y una masa que no se deja mandar ni conducir. La falta de ejemplaridad de aquella se combina con la indocilidad de esta. Figura de un paisaje desolador. Padece España el «fenómeno mortal de insubordinación espiritual de las masas contra toda minoría eminente», la aristofobia. Ortega ha anticipado precisamente en las páginas de España invertebrada los folletones que comienza a escribir en octubre de 1929, dedicados a la rebelión de las masas. Localizado el morbo en el plano político, lo social epidérmico, bastaría con un cambio de gobierno, con una reforma administrativa o con una novación constitucional. Pues «cuando lo que está mal en un país es la política, nada está muy mal». La enfermedad, sin embargo, está más honda, pues es prepolítica, lo que a juicio de Ortega da la verdadera medida de su gravedad. El mal radical y más recóndito es que no hay sociedad porque no hay egregios. España, en última instancia, no tiene una enfermedad, sino que es una enfermedad.
A diferencia de otras naciones, así Francia o Inglaterra, en el hecho español está omnipresente la «anómala ausencia de una minoría suficiente», clave que «explica toda nuestra historia, inclusive aquellos momentos de fugaz plenitud». Ortega, sabedor de lo heterodoxo de sus pensamientos, teme incoar una historia de España vuelta del revés. Pero no ceja en su empeño y consigue levantar una tolvanera de adhesiones y críticas. Es lo menos que se puede decir del efecto de algunos de sus corolarios sumamente problemáticos, en lo sustancial injustos y formulados como a la buena de Dios. Primer corolario: España es la historia de una decadencia. Segundo corolario: España carece del vital injerto germánico. Tercer corolario: España es hechura de Castilla.
HISTORIA ESPIRITUAL DE ESPAÑA
Lógica y patetismo se abrazan y combaten en la historia espiritual de España. Sin embargo, ciegos para el matiz, muchos intelectuales califican lo hispánico con los acentos de la leyenda negra: la Inquisición, la hidalguía orgullosa, el honor exacerbado, el ascetismo con pujos místicos que desprecia trabajos y sufrimientos, el escaso sentido utilitario de la vida, valle de lágrimas, etcétera. Incluso después de la guerra civil, interpretaciones divergentes de su pensamiento atizan nuevamente el debate sobre el ser de España. Y el rescoldo no se apaga. Hay siempre entre los españoles una cauta inseguridad sobre su pasado, lo cual, indiscutiblemente, exasperaba a Ortega: «el verdadero patriotismo me exige acabar con ese ridículo espectáculo de un pueblo que dedica su existencia a demostrar científicamente que existe». Opinión ruda a más de incoherente con otras del filósofo, a quien, todo sumado, lo que de veras le indispone el ánimo es la tradición española. Esta consiste, a su juicio, «en el aniquilamiento de la posibilidad de España». La España tradicional es para él como una Antiespaña y su remedio una Sobreespaña que fomente la vitalidad y nacionalice el poder público.
El elemento corruptor de la realidad tradicional española hay que buscarlo, según Ortega, en los siglos medios, no en la época moderna. En 1914 ya se pregunta Ortega por qué razón el español ha olvidado su herencia germánica. Es un vagido que le sale del alma. La moda intelectual de lo blondo se reactualiza durante los años cuarenta y vuelve siempre a España, por cierto, en épocas de tribulación como la actual. Ese «nuevo Lourdes del aldeanismo hispánico», como lo llama Giménez Caballero, tiene vapores sociológicos muy sugestivos desde principios del siglo pasado: permean unos la alta cultura (impregnación de un cierto estilo intelectual, imitación de instituciones, estudio de la lengua alemana) y otros los asuntos menudos de la cultura popular (tipografía, consumo de cerveza, paganismo navideño). Fenómeno poco estudiado, se diría que esta actitud, casi inconsciente, responde al deseo de un desquite espiritual por la prolongada influencia francesa sobre España, en casi todos los órdenes, a lo largo del siglo XIX.
En el sexto capítulo de España invertebrada aplica Ortega su sociología in nuce de la articulación entre masa y egregios a la historia de España. Repara en primer lugar en «la anómala ausencia de una minoría suficiente». En ese vacío nunca colmado, encuentra motivo y razón su afirmación: «en España no ha habido apenas feudalismo [lo cual], lejos de ser una virtud, fue nuestra primera gran desgracia y la causa de todas las demás». Es cierto que la investigación posterior lo desmiente; en España ha habido feudalismo, pero entonces la opinión que lo niega está bastante extendida. Ortega apunta en seguida hacia otra diana. ¿Por qué razón España es en este punto diferente a Francia, Inglaterra o Italia? De los tres elementos fundamentales que operan en los grandes pueblos europeos: una raza autóctona, el poso de las instituciones y el derecho romano y la invasión germánica, los dos primeros vienen a tener en todos ellos un peso aproximadamente igual. La nota diferencial se encuentra en el sustrato bárbaro y este resulta ser «el ingrediente decisivo» para apurar diferencias. Así pues, la disparidad entre Francia o España no es la que va del galo al ibero, sino la que va «del franco al visigodo». En contraposición al franco, pueblo indómito y vital, dice Ortega, este último arribó a la península ebrio de civilización romana, enfermo de romanidad. Por eso, en el 711 «un soplo de aire africano […] barre de la península» al valetudinario visigodo.
Aventura Ortega la tesis de una continuidad corruptora entre visigodos, castellanos y españoles y sale a la palestra Menéndez Pidal argumentando a contrario una continuidad perfectiva. Américo Castro, por su parte, niega cualquier eficacia visigótica en la generación de España… Sin embargo, a principios del siglo xix, conviene recordarlo, alienta todavía la polémica sobre el origen visigodo (goticismo) de la monarquía española y no se diga en el siglo xvi, cuando el diplomático y escritor político Diego Saavedra Fajardo escribe Corona gótica, castellana y austriaca. ¿Acaso no remontan los españoles hasta los godos las fuentes de su nobleza? No le presta este pueblo a España el nombre Gotia —lo que sí hacen los francos con Francia—, mas «lograron crear en el ánimo de los españoles la superbia gothica». Menéndez Pidal considera falsa la «extrema debilidad» y la «ingénita inferioridad» de los visigodos. La terrible derrota que a estos les infligen los moros en la batalla de Guadalete, en el 711, aumenta tal vez la grandeza de la victoria de Carlos Martel en suelo francés. Sin embargo, conviene recordar que cuando los muslimes remontan los Pirineos y llegan a Francia lo hacen en un estado de agotamiento general. Por otro lado, los francos han superado a tiempo el trance de la anarquía, mal que en el momento supremo de la invasión enerva, en cambio, el reino visigótico.
Cuando Ortega exclama que Castilla ha hecho y deshecho a España, quizá sin pretenderlo, excita la retórica de lo castellano. España es hasta tal punto hechura de Castilla que según Ortega solo en mentes castellanas existen «órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral». Reniega el historiador Menéndez Pidal de la simplificadora afirmación orteguiana. La hazaña unificadora de Castilla es palmaria, pero nadie tiene derecho a ignorar que «antes había hecho a España León, y antes Toledo». Notorio es, del mismo modo, que la hegemonía peninsular bascula hacia Extremadura y Andalucía a partir del siglo xv, irradiando también esas regiones, «Castillas novísimas», las empresas europeas y americanas. Para más inri, el separatismo catalán, sin otro contenido afirmativo que una negación voluntarista de lo español, ni siquiera es original en su rebeldía, mera supervivencia de viejas discordias hispánicas. «Recuerdo pálido» comparado con la rivalidad mortal entre el condado de Castilla y el reino de León durante la alta Edad Media. Sánchez Albornoz, por su parte, acepta a regañadientes la fórmula orteguiana, pero con una corrección sustancial: Castilla, que no fuerza la asimilación de los demás pueblos ibéricos, hace a España. Un buen ejemplo de la espontánea incorporación peninsular a la empresa castellana es, a su juicio, la difusión del idioma de Gonzalo de Berceo, Jorge Manrique y Cervantes, expresión del enorme desnivel espiritual entre Castilla y el resto. Hasta aquí su conformidad. Pero después de la unificación territorial es Castilla la que resulta deshecha por España. ¿Cuándo hubo una Castilla monopolista del poder y refractaria a la hispanidad aragonesa y catalana, a la hispanidad gallega, a la hispanidad meridional, excluyente, en suma, de las múltiples Españas? ¿Quién pudo pensar que un reino de corte trashumante y sin sede fija, fuera alguna vez, ni siquiera en el siglo de su apogeo, un arquetipo del centralismo político? El filósofo Julián Marías, fiel discípulo de Ortega, pretende sofocar la polémica con otra fórmula que tiene también su parte de verdad: Castilla se hizo España.
LA VERTEBRACIÓN, HOY
A la luz de España invertebrada, libro capital en la literatura política española del siglo XX, se observa hoy que los grandes problemas nacionales, lejos de estar resueltos, pululan otra vez aumentados. Con el régimen estabilizador de Franco, una dictadura constituyente y desarrollista según Rodrigo Fernández Carvajal, sale España del siglo xix, etapa que comienza con la invasión de Napoleón y termina con la derrota en la guerra hispanonorteamericana. Una vertebración efectiva del país resume el balance organizador de las décadas de Franco: autonomía diplomática frente a la política mundial bipolar; crecimiento económico; generación de una clase media; fundación del sistema nacional de la seguridad social; universalización de la educación básica y erradicación del analfabetismo; construcción a escala nacional de infraestructuras materiales integradoras: carreteras y ferrocarriles, grandes obras hidráulicas; colonización interior y polos de desarrollo industrial; austeridad en el gasto público. Mas una vez aprobada la Constitución vigente en 1978, una gran parte de la clase política reniega de todo lo anterior, tal vez como título de legitimación. Reacción inexorable en los interregnos políticos. Así, instituye un «Estado autonómico» de naturaleza criptofederal, contrario por tanto al centralismo administrativo franquista, y extiende la autonomía a todas las regiones, generalizando en ellas sin excepción un modelo reivindicativo de tendencia disgregadora, propiciando incluso el irredentismo regional y los secesionismos locales. León contra Castilla; Andalucía oriental (Granada) contra Andalucía occidental (Sevilla). Las regiones, que son partes, se imponen a la nación, al todo.
Ortega y Gasset había propuesto ya en 1931 la creación en España de nueve o diez «grandes comarcas», verdaderas «potencias de hispanidad». Se dice que Ortega es un anticipador del actual sistema constitucional, basado en la descentralización política, jurídica y administrativa, y en cierto modo así es. Sin embargo, España invertebrada, libro sumamente crítico contra el particularismo nacionalista, parece más bien la negación de toda forma de autonomía regional. Ortega y Gasset, partidario de la regionalización política de España como remedio para sus males históricos, propugna a la vez la erección de un Estado fuerte que fomente la vitalidad de España. El gran remedio contra el nacionalismo es, nos confía Ortega, «crear un gran Estado». Puede decirse que el «orteguismo político» se mueve en una permanente contradicción: la que opone al Estado unitario, cuyo motto o divisa política era «Una [patria], Grande y Libre», con el Estado pluralista, para muchos no más que la forma jurídica externa de una «Nación de naciones», algo así como un Imperio austrohúngaro ibérico.
En una muestra de visión estratégica, ya con Europa en plena recuperación económica, la llamada Conquista del Espacio fue considerada como un reto científico y tecnológico que podría aportar grandes beneficios a Europa. En primer lugar por su potencial integrador, capaz de sumar las mentes científicas, los espíritus más abiertos y generosos, las capacidades industriales y de ingeniería más avanzadas del continente. En segundo lugar, por el enorme reto que suponía, a la medida de una Europa en plena transformación y que se planteaba un proyecto de integración capaz de superar fronteras y nacionalidades. Ambos retos se ajustaban con una precisión casi perfecta a las demandas y esfuerzos que presentaba el espacio. Así, en 1964, las dos instituciones europeas dedicadas al espacio, la ESRO (Organización Europea para la Investigación Espacial) y la Organización Europea para el Desarrollo de Lanzaderas (ELDO) se fusionaron. Sus miembros originales eran diversos y no del todo coincidentes (en la ELDO estaban Austria, España y Dinamarca pero no Suiza ni Suecia, mientras que en la ESRO figuraban casi todos los países de Europa occidental). Es importante señalar que España, internacionalmente mal integrada en las nacientes instituciones europeas, ya figuraba como uno de sus miembros más entusiastas, en una clara muestra de que la sociedad española (en este caso, sus ingenieros y científicos) era mejor reconocida y se sentía capaz de avanzar con mayor decisión y provecho que nuestras instituciones políticas.
Recientemente, en una serie de cumbres europeas, la propia Unión Europea ha desarrollado una estrategia política relacionada con el espacio, pero siempre reconociendo que la ESA era la Agencia Europea de referencia en este ámbito, incluso cuando ha acometido proyectos inicialmente más imponentes a nivel industrial que los que se habían realizado hasta la fecha, como en el caso del sistema de geoposicionamiento Galileo, el sistema más avanzado en su campo hasta el momento.
Todos recordamos la extraordinaria capacidad de la Agencia en materia de investigación espacial, sus sondas científicas, sus satélites de todo tipo que nos han permitido entender mejor nuestro planeta, el sistema solar y nos ha proporcionado nuevas herramientas para conocer con mayor detalle el universo. Pero detrás de estos logros científicos y tecnológicos, se despliega el que quizá sea el instrumento de colaboración industrial compartido más importante de la historia.
De la ESA forman parte la práctica totalidad de los países europeos, que encuentran, de esta manera, una institución abierta y con reglas claras sobre la que diseñar su propia política industrial del sector espacio. Pero la metodología de colaboración de la ESA está abierta además a otras agencias de países no europeos, incluyendo las de las nuevas potencias emergentes en este ámbito, como China, India o Brasil. La colaboración con la gran Agencia norteamericana, la NASA, es frecuente y muy provechosa. Todo ello mediante un complejo modelo de colaboración empresarial y académica basada en la permanente mejora de los estándares más avanzados y bajo los parámetros de excelencia más exigentes.
Los presupuestos de la ESA se presentan en periodos plurianuales aprobados en una conferencia a nivel de ministros plenipotenciarios nacionales en un formato transparente y perfectamente definido. Cada país debe realizar una aportación ajustada a su porcentaje del PIB en relación con la suma total de sus miembros y el total así conformado es el llamado presupuesto obligatorio. Este total es el presupuesto fijo de la Agencia y cubre los gastos de estructura, todas las misiones de la División de Ciencia, desarrollos tecnológicos básicos y estudios generales, entre otras actividades.
Además, hay una segunda partida, llamada el presupuesto de los programas opcionales. Estos programas son identificados y aprobados por los Estados miembros, que deciden en qué medida quieren que su tejido industrial y científico participe en ellos. Una vez que los países se definen, su participación se ajusta en función de los interesados. En principio, el porcentaje que cada país establece en estos programas marca el escenario sobre el que sus empresas podrán participar. No obstante, como el criterio principal es la excelencia competitiva, existen mecanismos que finalmente ajustan las participaciones industriales definitivas (España suele presentar ofertas muy competitivas y la participación de nuestras empresas normalmente es superior al porcentaje de nuestra contribución gubernamental).
En la tabla adjunta se presenta la participación del año 2011 de los principales contribuyentes.

En los últimos años, el Reino Unido y otros países han aumentado su participación en los programas opcionales, mientras España lo ha reducido. Recientemente, en julio 2014, el Consejo de Ministros ha fijado cuantitativamente la contribución española en 344 millones que, en consecuencia, presumiblemente se acercará al porcentaje reflejado en la tabla.
La lista de programas y misiones dedicados a traspasar las fronteras científicas de nuestro conocimiento es extraordinaria: desde 1968, decenas de sondas robóticas e instrumentos de exploración vienen desplegando instrumentos en múltiples bandas de frecuencias del espectro radioeléctrico para examinar desde nuestros cercanos miembros de nuestro sistema solar al espacio profundo. Mención aparte merecen las misiones dedicadas a la observación de la Tierra, su meteorología, nuestra atmósfera, la gravedad y el campo magnético, el espesor del hielo, la temperatura del mar y otros parámetros esenciales para la vida en nuestro planeta.
Tanto para las comunicaciones con los satélites y las sondas, como para la detección de señales, a menudo extremadamente débiles como para procesar, almacenar y transmitir los datos así generados, las tecnologías de comunicación y procesamiento de la información son esenciales.
Todo lo anterior se incardina en lo que podríamos llamar segmento up-stream, que identifica, establece y desarrolla las diferentes misiones, que una vez convertidas en proyectos, siguen un proceso claro, transparente y abierto, centrado en la excelencia tecnológica. En el espacio no es posible realizar tareas de mantenimiento y sustitución de componentes como en la Tierra, por lo que todos los elementos deben ser probados una y otra vez, en múltiples nieles de supervisión.
En Europa hay aproximadamente unas 40.000 personas que trabajan en el sector up-stream del espacio, de las que alrededor de 3.750 son españoles. Así mismo, son más de 6.000 millones de euros que Europa invierte cada año en espacio (no solo en la ESA, lógicamente hay también otros proyectos, bien de carácter gubernamental, de observación, militares o de telecomunicaciones), principalmente en el sector up-stream. Lo interesante es que tanto los profesionales como las empresas que se dedican al espacio son de alta cualificación, normalmente ingenieros, doctores o másteres en disciplinas científicas. Y precisamente por su trabajo son altamente internacionales, perfectamente integrados en el proyecto europeo, por no decir que son la avanzadilla científica e industrial de la Humanidad en el reto del Universo.
Aunque el principal objetivo de la exploración espacial es de carácter científico, su aportación económica a lo largo de estos años es demoledora.
Los datos de la Comisión Europea son concluyentes. Se estima que anualmente, entre el 6 y el 7% del producto nacional europeo (unos 800.000 millones de euros) están relacionados directamente de la actividad espacial. Las telecomunicaciones, el transporte aéreo, las transacciones bancarias, la meteorología, la logística, la pesca o la agricultura y la ganadería requieren decisivamente y de forma creciente de tecnología, datos y aplicaciones espaciales. El turismo, sin ir más lejos, caería a niveles preindustriales si no contáramos con los datos y las aplicaciones que hacen uso del espacio y sus aplicaciones.
Es por ello, que otro de los aspectos de la ESA aparece como fundamental. El espacio es un sector estratégico de soberanía. Otros sectores económicos pueden aparecer como más relevantes por su aportación agregada, pero el contar con sistemas de satélites europeos para la observación de la Tierra, para las telecomunicaciones o para la geolocalización y la navegación por satélite otorga una independencia tecnológica a la que Europa no puede renunciar. Pocos sectores pueden disputar al espacio su carácter de sector estratégico en cuanto a soberanía e independencia europea, quizá el de las telecomunicaciones, el financiero o el de la energía, y todos ellos utilizan el espacio, por no olvidar al sector primario (agricultura, pesca y ganadería).
La Agencia Europea tiene nueve instalaciones o centros principales. Además de la sede central en París, donde se encuentra su cuartel general, los más importantes son: ESTEC, en Noordwijk (Países Bajos), el más grande y funcionalmente el principal. En él se concentran las actividades de identificación y diseño de las misiones, la gestión de proyectos, la preparación técnica y la gestión de las actividades de la Agencia. Presta soporte a las plataformas de satélites, y a las actividades de exploración remota. ESOC, en Darmstadt (Alemania), gestiona y controla los sistemas en órbita, llevando el control y seguimiento de los satélites, el funcionamiento de las cargas de pago y su monitorización. ESRIN, en Frascati (Italia), maneja el segmento terrestre de los sistemas de la ESA y los satélites de observación, incluyendo algunos propiedad de terceros. Coordina el funcionamiento de más de veinte estaciones de seguimiento repartidas por el globo terrestre, además de ser responsable de pequeño lanzador Vega, de concepción italiana. ECSAT, en Harwell (Reino Unido), es el centro de aplicaciones espaciales y telecomunicaciones, responsable de las aplicaciones de telecomunicaciones y aplicaciones de tecnología y ciencia, entre otras. En España tenemos ESAC, el centro de astronomía, situado en Villanueva de la Cañada, que alberga los centros operativos de las misiones científicas y planetarias, además de hospedar los archivos científicos. Desde aquí se presta apoyo a innumerables centros de investigación en todo el mundo. Además de estos, otros centros especializados se reparten entre Alemania, Bélgica o fuera de Europa, como la Guayana francesa. Otros proyectos concretos, como Galileo, amplían el número de estos centros para su funcionamiento específico.

La mera distribución de los centros de la Agencia Europa del Espacio ayuda a comprender la importancia estratégica de sus miembros. Por ello, la presencia de ESAC en España sitúa a nuestro país entre los que conforman su núcleo más relevante. Es extraordinaria la oportunidad de contar en nuestro suelo con el centro de astronomía ESAC, como recientemente señalaba el presidente Rajoy en su visita a este centro.
Pero la actividad de la Agencia Europea del Espacio no se queda en lo que podríamos llamar el up-stream del segmento espacio. Hemos visto la relevancia científica de sus datos y observaciones. Además, entre sus fines principales la ESA se exige a sí misma: «Llevar las ventajas del espacio a la Tierra para su aprovechamiento por toda la humanidad». Y no solo a través de las innumerables vías convencionales por las que la innovación y el conocimiento se abren camino. Empresas e instituciones académicas de todo el mundo se benefician constantemente de los avances tecnológicos, del enorme flujo de datos de sus instrumentos o de los descubrimientos proporcionados por la Agencia y su entorno colaborativo.
Para ello, la Agencia ha diseñado y puesto en marcha una interesante iniciativa enfocada específicamente al fomento de la innovación y al aprovechamiento de los avances tecnológicos y el incesante cúmulo de datos suministrados por las diferentes plataformas de observación espacial: los ESABIC o viveros de empresas de la ESA.
Se cree que la facturación de este segmento puede suponer hasta diez veces la del segmento espacio up-stream, lo que implica que su potencial alcanzará hasta 400.000 empleos de altísima calificación y un negocio de más de 60.000 millones de euros de facturación agregada de manera casi inmediata. Estamos hablando de las aplicaciones basadas en la geolocalización, en la navegación por satélite, o en los datos provenientes de la observación de la Tierra desde el espacio en todas las bandas espectrales y en el análisis de los campos magnéticos y gravitatorios.
Básicamente, la iniciativa puesta en marcha por la ESA, a través de los ESABIC, consiste en el establecimiento de una entidad participada entre la ESA y una Administración regional europea para identificar, seleccionar y poner en marcha iniciativas empresariales innovadoras (start-up) que hagan uso de las tecnologías, aplicaciones, datos o procesamiento de información cuyos derechos de propiedad intelectual (PI) sean propiedad de la ESA o ésta posea permisos de explotación sobre los mismos. Esta entidad debe seguir unos principios de funcionamiento y una metodología de trabajo supervisada por los estrictos controles de calidad de la Agencia. Además de los derechos mencionados, de un valor industrial incalculable, la ESA facilita experiencia, expertos, y unos importes económicos que pueden suponer el 50% de los costes totales de apoyo a los emprendedores seleccionados durante un el periodo de incubación y lanzamiento del negocio o la aplicación.
Este concepto presenta unos números impresionantes. En la actualidad están en pleno funcionamiento nueve ESABIC, uno de ellos en nuestro país, en Barcelona, y está a punto de ponerse en marcha el de la Comunidad de Madrid. Los demás se encuentran ubicados en los países que albergan los centros principales antes enumerados. De hecho, la proximidad a estos centros potencia enormemente estos BIC.
El reto que supone poner en marcha uno de ellos es equivalente a la ambición que permite satisfacer. Significa la oportunidad de situar una región en el mapa de la innovación espacial, el acercar a los ingenieros y científicos la posibilidad real de trabajar con la ESA, con sus expertos y desarrollar con ellos aplicaciones avanzadas que hagan uso de tecnologías y servicios espaciales. Permite poner en marcha una red de colaboración europea basada en la innovación tecnológica única, en la colaboración y la transferencia de conocimiento avanzado y en la dinamización y estímulo del emprendimiento de vocación empresarial.
En la actualidad la red de viveros de empresas de la EA (ESABIC) es la que aparece en la figura de la página siguiente.
[[wysiwyg_imageupload:3416:height=452,width=430]]En estos momentos, el espacio vuelve a la primera página de las agencias de noticias y periódicos y a abrir los informativos en emisoras de radio y televisión. Y precisamente por una proeza de la ingeniería y la ciencia europea, como es el reciente encuentro entre la sonda Rosetta y el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko, culminado además con el «cometizaje» en este primigenio cuerpo solar de la sonda científica Philae. Esta proeza, iniciada hace ya más de quince años, ha permitido realizar el primer encuentro directo entre una nave espacial y un cometa, tras un periplo a través del sistema solar que ha durado una década.
Rosetta, completada y equipada, fue lanzada en 2004. La misión de la sonda es la de orbitar alrededor del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko y enviar a su módulo de «cometizaje», Philae, a que se pose sobre la superficie del cometa, lo que ha logrado con razonable éxito. Tanto el orbitador como Philae tienen numerosos instrumentos científicos que están analizando minuciosamente el cometa y sus características. Los instrumentos científicos incluyen diversos espectrómetros especializados en diferentes aspectos, que están analizando la superficie del cometa, la coma y los gases expulsados. Se harán recuentos y estadísticas de las formas, colores, velocidades y la composición de las partículas expulsadas. También se medirá su núcleo con ondas de radio en varias bandas de frecuencia.
El ahorro de combustible obligó a planificar una compleja trayectoria de vuelo que incluyó tres sobrevuelos a la Tierra y uno a Marte para obtener una asistencia gravitatoria, en cuatro vueltas al Sol en las cercanías de la órbita terrestre, lo que permitió en cada uno ir ganando velocidad para poder alcanzar la alejada órbita del cometa de destino. Sin esta trayectoria y las asistencias gravitatorias, el combustible necesario para alcanzar la órbita del cometa habría hecho impensable la misión.
Rosetta y Philae son solo una muestra de la avanzada tecnología que requiere la exploración espacial y sirven de punta de lanza para experimentar las fronteras tecnológicas de la humanidad en este campo.
Pero las aplicaciones prácticas de este despliegue tecnológico, como siempre ocurre en las fronteras de la tecnología, desbordan su propio ámbito de aplicación espacial y como tantas otras veces terminarán por mejorar y reforzar los servicios más cercanos a todos nosotros. Así como la medicina, la agricultura, el transporte o las telecomunicaciones no serían las mismas sin la enorme contribución que nuestros científicos e ingenieros han desarrollado en este campo, no pasará mucho tiempo sin que seamos capaces de aprovechar de manera más cotidiana algunos de los logros y aplicaciones de Rosetta o Philae.
Estos cincuenta años de cooperación espacial hubieran sido imposibles sin la aportación de científicos e ingenieros que, dedicados a proyectos tan apasionantes como los mencionados, han aportado su talento en un sector que tradicionalmente ha atraído a las mentes más brillantes de todas las disciplinas implicadas. Difundir la importancia de estos avances debe ayudarnos a seguir promoviendo el interés de nuestros jóvenes por las disciplinas científicas y tecnológicas determinantes en avances trascendentales para la humanidad. La incomparable capacidad de crear empleo y oportunidades profesionales de alto valor añadido de este sector y su perfecto encaje en un escenario global, en un siglo caracterizado por una explosión sin precedentes de las tecnologías más avanzadas, es una oportunidad que no debemos desaprovechar.

El elegante volumen que publica José M. de Areilza no es ciertamente un libro de memorias, pero su lectura a veces produce impresiones parecidas a las del género memorialista, y ello se debe probablemente al carácter genuinamente personal de todas las opiniones que contiene, al íntimo conocimiento que Areilza posee de la materia, y a la atención permanente, al tiempo crítica y afectuosa, con la que ha seguido las vicisitudes de la Unión Europea durante largo tiempo.
Si «libresco» se dice, según la Real Academia Española, «del escritor que se inspira sobre todo en la lectura de libros», el adjetivo no se aplica de ningún modo a Areilza. «Poder y Derecho en la Unión Europea» está basado en un perfecto dominio de la literatura sobre los temas comunitarios, pero sus más importantes reflexiones están inspiradas en la experiencia que su autor tiene del funcionamiento de las instituciones de la uey en su conocimiento personal de quienes legislan y resuelven en Bruselas o administran justicia en Luxemburgo. Precisamente esa suma de conocimientos permite a Areilza reducir con criterio seguro las citas y referencias para ir directo a lo esencial. Además, esa vía directa no se ve obstaculizada por pretextos académicos convencionales, como se ve, entre otros lugares, en la siguiente afirmación: «El refugio en la naturaleza sui géneris tanto del Derecho comunitario como del sistema institucional de la UE paraliza la reflexión y no pone al proceso de integración al abrigo de distintas críticas: insistir en ello es un error» (pág. 20).
Al examinar en el primer capítulo del libro ese proceso de integración europea hace el autor alguna de sus más originales aportaciones: «Mi tesis es que detrás de los rasgos de supranacionalidad existen dos modos de integración distintos, dos maneras diferentes de ejercer el poder europeo, y que estas dos realidades sostienen dos sensibilidades diferentes —“soberanía” e “infranacionalidad”—, a través de las cuales se describe y se evalúa el proceso constitucional europeo» (págs. 64 y 65). En esa pareja de conceptos, el verdaderamente innovador es el de «infranacionalidad», que «se basa en el hecho de que gran parte del proceso de integración es administrado en la actualidad por actores con gran autonomía frente a supuestas lealtades nacionales o europeas que persiguen fines propios y resuelven problemas específicos y limitados en el plano europeo» (págs. 65 y 66).
Describiendo el que llama «paradigma de la infranacionalidad», Areilza ofrece interesantes lecciones de sociología de la Unión Europea, muy relevantes a la hora de analizar el valor normativo de lo fáctico. La infranacionalidad consiste en que «buena parte de la integración ha tenido lugar y ocurre hoy día a través de una serie muy fragmentada de procesos de toma de decisiones en niveles intermedios y bajos, encargados a grupos con gran autonomía y especialización, compuestos por funcionarios europeos, nacionales y representantes de intereses privados» (pág. 79). Tales funcionarios y agentes privados constituyen «comunidades de expertos», atomizadas, autosuficientes y opacas, cuya única legitimación es la puramente tecnocrática que deriva de su conocimiento de los problemas regulatorios del sector de que se trate.
Así las cosas, solo la soberanía democrática de los Estados, ejercida en el marco supranacional de la Unión Europea, puede «contrarrestar los efectos perniciosos de la infranacionalidad» (pág. 89). Pero esa necesaria reacción soberana no debería provenir solo de pequeños grupos de Estados miembros, a través del mecanismo de la «cooperación reforzada», que el autor estudia detenidamente para concluir que «tiene algo de huida hacia adelante y ofrece un pretexto para no abordar reformas democráticas en la Unión» (pág. 109).
Aborda a continuación el autor una de las cuestiones que más le preocupan, la de la expansión de las competencias de la Unión Europea, cuya evolución se describe gráficamente en la rúbrica de uno de los subapartados del capítulo segundo del libro: «De competencias limitadas a una competencia general de hecho». Ya cerca del final del capítulo señala Areilza que «[l]a justificación de la actuación europea se ha hecho tan necesaria como difícil» (pág. 152). Deseoso de edificar esa justificación sobre fundamentos sólidos, el autor (que participó en el Grupo de Trabajo sobre Subsidiariedad creado por la Comisión) se ocupa ampliamente del principio de subsidiariedad, introducido en el Tratado de Maastricht «para moderar la interpretación extensiva y teleológica de los poderes comunitarios» (pág. 122). La solución de la cuestión competencial estaría en un «equilibrio de poderes enumerados» que obligaría a los Estados miembros a aceptar «una limitación material permanente del alcance de sus competencias nacionales, hasta el punto de que estas también se han convertido en competencias limitadas y enumeradas» (pág. 153).
Termina así la que podríamos llamar «parte general» del libro, que cuenta todavía con dos capítulos más, uno sobre España como miembro de la Unión Europea y otro sobre el futuro de la propia UE. El autor pasa revista a la ya larga trayectoria europea de nuestro país, a la luz de una crítica a veces irónica y siempre objetiva. En el plano de la historia de las ideas, Areilza observa con agudeza que del «España es el problema, Europa es la solución» de Ortega y Gasset (quizá la frase más influyente del siglo xx español) hemos pasado a una situación en que tanto España como Europa son el problema (pág. 181). Se cierra este libro, que todo europeísta español debería leer, con un brillante ejercicio de prospectiva europea, del que escogemos la siguiente frase: «Se trata de encajar ese nuevo poder europeo, legítimo, limitado y eficaz, y hacerlo plenamente compatible con las democracias nacionales, sujetas a su vez a los efectos beneficiosos de una disciplina jurídica y económica europea» (pág. 227).
Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín

La Historia está hecha de detalles, pero hay que escribirla con perspectiva. Esto es, mostrar el árbol sin olvidar el bosque. Es lo que ha conseguido el profesor Salvador Forner Muñoz, catedrático de la Universidad de Alicante y titular de la cátedra Jean Monnet de Historia e Instituciones de la Europa Comunitaria, con su libro Canalejas, un liberal reformista, editado por Faes en su colección de biografías políticas, que dirige Manuel Álvarez Tardío, y que ya ha dedicado otros tres excelentes volúmenes a Cánovas, Maura y Silvela. Como las obras anteriores, este libro cumple perfectamente su objetivo divulgador, acercando a don José Canalejas a quienes se interesan por nuestra historia cercana y sienten curiosidad por la política, a pesar de los sinsabores que en algunas épocas —como en la actual— proporcionan ciertas peripecias. Forner, además, es un gran experto en este personaje que encarnaba el espíritu de la Restauración y que se asoma a la portada de su libro con el aspecto serio de un prócer conservador (aunque era más bien lo que ahora se conoce como un «progre»), con bigote abundante, frente ancha, calva disimulada, cuello almidonado y levita severa. O sea, un burgués.
Una aproximación a Cánovas resulta, además, muy oportuna en este momento: fue un político con personalidad, pragmático y culto, que fracasó en su intento de ser catedrático de Literatura (compitió con Menéndez Pelayo, nada menos, y el santanderino hubiera derrotado a cualquiera), pero llegó a presidente del Consejo (después de haber sido ministro varias veces) y dejó en su mandato de tres años algunas reformas importantes, en materia fiscal y militar, por ejemplo.
Pero la Historia ha querido que el detalle que caracteriza sobre todo a José Canalejas sea su muerte, el 12 de noviembre de 1912, a manos de un anarquista, Manuel Pardiñas Serrano, que le disparó por la espalda mientras miraba el escaparate de una librería de la Puerta del Sol, y después se suicidó, convirtiendo aquel episodio en una metáfora trágica de las dos Españas irreconciliables. Como subraya el profesor Forner, fueron «dos trágicas muertes y dos fracasos contrapuestos para la convivencia. Pardiñas ejemplifica la esterilidad de la violencia antisistema y el deterioro político que originaba la intransigencia hacia el régimen liberal por parte de nuevas fuerzas políticas y sociales», y Canalejas, por su parte, «ejemplifica el ensayo sin éxito desde la élite gobernante de esas aperturas democráticas por medio de opciones y actitudes conciliadoras, de signo reformista y en sintonía con la evolución política y social de los países más avanzados del momento».
¿Qué hubiera pasado de no ser asesinado Canalejas? ¿Hubiera podido culminar su aventura reformista en busca de la plena modernidad? El autor señala que el saldo favorable con que se contempla su obra, quizá favorecido por su trágica desaparición, no debe impedir una reflexión sobre las posibilidades reales del proyecto canalejista, que fue la culminación de una trayectoria que arranca en el republicanismo, pasa por el ala izquierda del liberalismo, busca un perfil propio en el partido liberal, y completa su tarea política con llevar el liberalismo a actuaciones prudentes, marcadas, como señala Forner, por «una indefinición programática».
A pesar de ese pragmatismo alejado de cualquier radicalismo, la izquierda creciente de entonces, que había entrado en el Congreso en las elecciones de 1910, con un solo diputado, Pablo Iglesias, pero tenía vocación revolucionaria y ruidosa presencia en la calle, no le dio tregua. Al tiempo, su intento de regular la cuestión religiosa le echó encima al clericalismo, a la Iglesia y a los sectores más conservadores del país. Pero el «político abominable», como le llamaba Iglesias, seguía intentando contemporizar con todos. Esta reflexión le define: «Quien no renuncia nunca ni a sus medios ni a sus procedimientos, y solo quiere mantener incólume la afirmación que una vez hizo, podría merecer cualquier dictado, pero nunca el de hombre de Estado, que si no renuncia a sus fines los persigue del modo y manera que le consienten las circunstancias». Unos años antes, cuando buscaba su papel propio en el Partido Liberal, había dicho: «Yo soy el espíritu más radical de la política española y de la política imperante; pero soy un hombre de Gobierno que desea poner las ideas al servicio del orden público, que no es el máuser, que no es la fuerza, sino la conciencia social, la que todo lo transforma; es la voluntad del país, elevada a la suprema categoría del poder público».
Al hilo de su trayectoria vital, Salvador Forner traza, en seis capítulos, la biografía política de un hombre y un país que vivió momentos tremendos, como la Semana Trágica de Barcelona o las huelgas revolucionarias de la minería, en el que aquel ferrolano de buena familia, con aficiones literarias (había estudiado Filosofía y Letras, además de Derecho), intentó, como otros lo ha hecho a lo largo de la Historia de España, cumplir con su tarea de empujar en la dirección que llevaba a nuestra equiparación con Europa. Sin prisa, con el estilo sosegado de un burgués que, camino de la reunión del Consejo de ministros, se detiene a mirar los libros de un escaparate. «Todo lo que sea forzar la evolución es destruirla», decía Canalejas, un hombre de la Restauración («la Restauración de la Restauración», lo definió Jesús Pavón), sobre cuyas resonancias actuales escribe Forner en su documentado libro: «La experiencia histórica de la Restauración significó, al menos en sus orígenes, la apertura de una política de integración frente a las fracturas políticas anteriores. En cierta medida —salvando, lógicamente, las distancias— dicha experiencia guarda una notable semejanza con la cultura del consenso de la transición democrática tras la Dictadura de Franco, cuyo fruto ha sido el actual régimen de Monarquía parlamentaria. El paralelismo de las dos “restauraciones” monárquicas, la de 1875 y la de 1975, podría también ampliarse al inevitable desgaste de ambas experiencias históricas y a la necesidad de una regeneración interna como la que en su momento pretendía abordar el proyecto de Canalejas y como la que, transcurridos casi idénticos años desde sus orígenes, se plantea el actual sistema democrático». Ya lo saben ustedes: Canalejas, nuestro contemporáneo.
Miguel Ángel Gozalo

Al margen de cualquiera de las consideraciones que políticos de uno y otro signo han esgrimido en favor de sus tesis durante los últimos años respecto al proceso soberanista desarrollado en Cataluña, nos encontramos ante una grave crisis que afecta seriamente al sentido y la unidad de la nación española.
Se trata de un fenómeno de gran complejidad, capaz de provocar una serie de repercusiones en cadena que algunos de sus promotores prefieren ocultar, disimular o ignorar. Las respuestas clarificadoras a esos planteamientos no se han hecho esperar. Desde diversos medios y con argumentos de muy distinto alcance, aunque coincidentes en lo esencial, han expresado sus opiniones periodistas, pensadores, intelectuales y políticos bien conocidos en la vida pública española, que, por otra parte, representan posiciones opuestas al defender puntos de vista diferentes sobre otras materias.
Es el caso de figuras como Alfonso Ussía en su último ensayo titulado No, no, y no (Ediciones B, 2013); de Ramón Tamames: ¿A dónde vas, Cataluña? (Ed. Península, 2014); de Fernando Savater: No te prives (Ed. Ariel, 2014); o de Joaquín Leguina Los 10 mitos del nacionalismo catalán (Ed. Temas de Hoy, 2014).
Cada uno de estos libros citados debería ser considerado de obligada lectura, no solo para formar e informar a la desorientada opinión de amplios sectores de la sociedad española —periodistas incluidos— sino también de políticos de distintos signo de Cataluña y del resto de España. Sin olvidar el interesante libro Nos duele Cataluña (Ed. Galland Book, 2014) en el que su coordinadora, Begoña Martín, ha incorporado la opinión de un elevado número de expertos, muchos de ellos miembros destacados de la vida catalana, que han accedido a responder a los cuestionarios o preguntas formuladas sobre el tema. Resulta significativo constatar los nombres citados de otros que se excusaron de participar en el proyecto.
De cualquier forma, resulta de notable interés conocer las tesis que sobre el particular expone el acreditado hispanista Henry Kamen (n. 1936), uno de los más prestigiosos historiadores de los últimos tiempos, como se confirma al leer el reciente estudio que ahora se comenta.
Afincado en Barcelona desde hace muchos años en calidad de profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, desde 1993 hasta su jubilación en el 2006, ha desarrollado en nuestro país una fructífera labor magisterial en centros docentes, universidades y revistas especializadas, labor ampliada en el terreno de la divulgación histórica en las páginas del diario El Mundo.
Desde su privilegiada tribuna de Cataluña y conocedor de los problemas en primer plano, ha tenido ocasión de seguir desde los orígenes el proceso iniciado por los sectores separatistas y los argumentos que esgrimen en defensa de las razones de todo tipo que emplean para justificar la ineludible necesidad de su independencia.
El autor deja claro que sus objetivos corresponden a los de cualquier historiador honesto, que se limita a recoger los hechos reales tal como fueron transmitidos por los cronistas solventes de acuerdo con las circunstancias y la mentalidad de la época en que sucedieron. En realidad, se trata de los mismos criterios seguidos por Henry Kamen a lo largo de su labor investigadora y que se ven reflejados en los numerosos tratados, estudios, ensayos y biografías publicados con notable éxito sobre Felipe II, el monasterio de El Escorial o el gran duque de Alba.
Como uno de los mayores expertos en la historia de nuestro país, el profesor Kamen conoce a fondo la historia de Cataluña, a la que considera una parte esencial de España, junto al reino de Aragón, cuya suerte comparte desde el matrimonio de los Reyes Católicos y prolonga con los sucesores, las dinastías de Austrias o Borbones, que se suceden a través de los cinco últimos siglos.
El principado de Cataluña, como los reinos de Mallorca y Valencia federados en el de Aragón, participa activamente en el auge, decadencia y caída final de los Austrias españoles, incluyendo el desgraciado gobierno del último rey Carlos II «El Hechizado» que muere sin herederos directos.
A partir de entonces, noviembre de 1700, se desencadena una guerra europea que dividirá en facciones enfrentadas no solo a los españoles, sino también a las grandes potencias que se disputaban el trono vacante.
Durante casi quince años, los defensores de la causa austriaca, más Inglaterra, Holanda y Portugal, combaten encarnizadamente por tierra y mar contra Francia y sus aliados, que aspiran a introducir en España al rey Felipe V, el representante de la casa de Borbón. Según se deduce del trabajo de Henry Kamen, con motivo y como resultado de esta guerra, ciertos sectores de la sociedad catalana inician una campaña que, pese a carecer de bases reales y partir de presupuestos falsos, aunque hábilmente manipulados, con el tiempo han arraigado profundamente en los sentimientos y emociones del pueblo catalán.
Sin embargo, conviene al respecto recuperar el sentido de la veracidad histórica y dejar de lado las interpretaciones interesadas. El autor recuerda que en esa guerra, durante la cual se produjeron numerosos avatares y cambios:
Cataluña prestó juramento de lealtad al pretendiente Felipe de Borbón en los primeros compases de la guerra. Cambió de bando en 1705, en presencia de la Armada aliada (anglo-holandesa) que tras invadir las costas levantinas conquistó el puerto de Barcelona e incorporó Cataluña a la causa llamada austracista
Así pues, después de jurar fidelidad al nuevo rey Felipe V de Borbón, los catalanes se alinearon en favor de la causa del archiduque Carlos de Austria. ¿Cuáles fueron los motivos de tal cambio? Naturalmente, pueden admitirse diversas y fundadas razones que lo expliquen. En todo caso, el autor prefiere atenerse a las declaraciones de los que defendieron el puerto de Barcelona en nombre del pretendiente austriaco. Veamos sus palabras:
El hecho es que ninguno de los hombres de aquella malhadada generación pueden ser punto de referencia, porque todos ellos esgrimieron que su causa era «per la patria i per tota Espanya», una frase que ningún político separatista pronunciaría jamás en la actualidad.
Resulta difícil de comprender cómo, a partir de esos datos, es posible mantener con fundamento que la derrota final de los catalanes que luchaban «en favor de toda España» se haya convertido en un suceso que nada tiene que ver con la realidad. Según ciertas versiones actuales, la derrota fue ocasionada por los ejércitos castellanos invasores que el 11 de septiembre de 1714 les privaron de sus derechos y libertades, y arrasaron sus recursos materiales y sumieron a Cataluña en un lamentable estado de opresión y miseria que perduró durante los siglos siguientes.
Kamen responde a tales opiniones de forma muy expresiva:
Uno no sabe si reír o llorar ante tanta insensatez. Naturalmente, Cataluña no quedó aplastada ni reducida a la nada tras aquel 11 de septiembre fecha de la rendición de Barcelona tras varios meses de asedio. Cataluña siguió siendo una región importante, próspera y floreciente, el territorio más rico de España.
Es una lástima que la historia de Cataluña haya sido inadecuadamente estudiada por los historiadores y sistemáticamente distorsionada por ideólogos, políticos y periodistas que, con mucha frecuencia, basan sus discursos en información poco fiable.
Por otra parte y si los hechos se analizan con objetividad, resulta que los catalanes austracistas fueron responsables de sucesivos errores que desembocaron en una situación negativa para sus intereses. Errores que pueden resultar comprensibles dadas las circunstancias, pero que sus responsables debieron asumir como propios y no atribuir a malquerencias o inquinas cuando se tuercen los mejor elaborados proyectos. Como ejemplo de actitudes que se demostraron poco afortunadas, se cita la posición adoptada por los dirigentes catalanes cuando se negaron a aceptar las condiciones del Tratado de Utrecht que ponía fin a la Guerra de Sucesión.
Hartos de un conflicto que había dejado de tener sentido, ya que el pretendiente, archiduque Carlos, había sido elegido emperador de Austria y renunciado al trono español. En consecuencia las potencias beligerantes firmaron el Tratado de Utrecht en 1713 por el que se reconocía a Felipe V de Borbón como legítimo rey de España. La guerra había terminado. Así lo reconocieron los representantes de las naciones implicadas, que cesaron de forma inmediata sus intervenciones militares. A pesar de todo, Cataluña decidió continuar en solitario un año más las hostilidades y contra el parecer, incluso, de sus antiguos aliados, combatir desde el puerto de Barcelona a la Armada francesa que conquistó la ciudad a sangre y fuego los días 11 y 12 de septiembre de 1714.
Por cierto, que entre los defensores se encontraban fuerzas combatientes de otras regiones españolas, incluyendo castellanos que se habían unido a los rebeldes.
El trabajo de Henry Kamen no se limita a desmontar los mitos de la propaganda independentista en relación con las dramáticas jornadas que tuvieron lugar en torno al 11 de septiembre de 1714. Resulta de gran interés el capítulo dedicado a otro de los momentos de crisis vividos bajo el reinado del rey Felipe IV y el gobierno de su valido, el conde duque de Olivares. Durante los años que van desde 1640 a 1653 se va a producir el primer y malogrado intento de secesión: Cataluña solicitó y obtuvo su incorporación a la corona de Francia, regida por los tan denostados borbones no muchos años más tarde, con resultados negativos. El autor resume aquel intento fallido con su habitual contundencia:
Los separatistas rápidamente descubrieron que el Estado francés era mucho menos respetuoso con sus privilegios que los castellanos en su momento…
Naturalmente, los contenidos de la obra de Henry Kamen serán negados o, con mayor seguridad, silenciados por los actuales dirigentes dispuestos, contra viento y marea, a lograr la secesión de Cataluña. Tal actitud basada una historia inventada y carente de fundamento puede llevarles a repetir los mismos errores ya cometidos en el pasado, como lo fueron la adscripción temporal al reino de Francia o la negativa a aceptar la paz de Utrecht y desafiar a un enemigo más potente (en este caso, el francés) y respaldado por un tratado internacional. Resulta mucho más cómodo y sencillo atribuir la responsabilidad de los propios errores al malvado enemigo, cuando no estaría de más que un examen de conciencia sincero basado en el estudio imparcial de la historia hiciera recuperar el sentido común que, por otra parte, ha sido una de las cualidades reconocidas como patrimonio del bueno, valeroso y noble pueblo de Cataluña.
Rafael Gómez López-Egea

Las relaciones, influencias e incluso los textos que dejó Picasso sobre Velázquez son algo que han estudiado casi todos los especialistas en el pintor malagueño y también, de manera menos abundante, los expertos en la obra del sevillano. Sin duda los dos maestros más importantes de la historia de la pintura española necesitaban un ensayo como el que ha acometido Rafael Llano. Y digo ensayo porque no es un estudio biográfico, tampoco estilístico, y mucho menos crítico sobre la influencia de Velázquez en Picasso, sino más bien la mezcla de todos ellos: la visión de cómo el segundo interpretó y llevó a cabo las lecciones del pintor barroco en sus lienzos. Es también interesante el libro porque no pretende establecer hipótesis de trabajo, sino más bien porque describe lo que ve, lo que toca, lo que un día el autor empezó a experimentar mientras contemplaba en el Museo Picasso de Barcelona las versiones de Las meninas y sintió el irrefrenable impulso de ponerse a escribir.
Durante los últimos años hemos asistido a debates muy interesantes sobre Las meninas de Velázquez. Este lienzo ha escondido para los estudiosos interpretaciones tan variadas, y en ocasiones tan disparatadas, que solo han hecho crecer el mito de una pintura que sigue apasionando a los historiadores, casi tanto como a los pintores y críticos. El último debate, propuesto por Manuela Mena, quiso ahondar —gracias a las nuevas técnicas radiográficas y radiológicas— en una visión del cuadro más alegórica, identificándolo con la educación de Margarita de Austria como heredera del trono. Fallecido su hermano Baltasar Carlos y casada su hermana María Teresa con el rey francés, solo quedaba en la corte una mujer capaz de dar continuidad a la monarquía. Y por eso Velázquez retrata a la infanta en el centro de un cuadro donde los personajes juegan papeles dobles, triples o simulados, pero todos en función de la esperanza que esa niña aportaba a una dinastía ya en caída libre. Luego vendrían John Elliot y Jonathan Brown a deshacer en parte aquella hipótesis de la conservadora del Museo del Prado, pero algunos de sus planteamientos parecerían adivinados décadas antes por un Picasso lleno de vitalidad creadora y, a la vez, deudor de una tradición e historia a la que nunca quiso renunciar.
Tampoco aquello era una novedad en Velázquez. Recordemos que unos años antes había hecho lo propio en otro lienzo: la Lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos. Entonces los reyes, validos y cortesanos presentes en la escena acompañaban al heredero de otra manera. Había esperanza y alegría en aquella imagen. Futuro. Nada que ver con Las meninas. Y parece que Picasso captó mejor que nadie el mundo en descomposición que se traslucía detrás de la obra maestra velazqueña. Seguramente algo parecido a lo que Picasso percibía entre agosto y septiembre de 1957 cuando plasmó la serie de 58 lienzos sobre Las meninas que conserva hoy su museo barcelonés.
Por eso cuando he leído algunas de las propuestas de Rafael Llano en su voluminoso ensayo, he creído no solo resucitar ese debate en torno a la creación velazqueña, sino la asunción, por parte de Picasso, de esa controversia, además de una visión compleja y variada, que solo una serie de muchos cuadros podía recrear. Picasso en cada una de sus meninas hace una interpretación diferente: del espacio, del color, de cada uno de los personajes, de cada gesto, de cada ausencia, de la luz, de cada espejo que enseña o no enseña a unos difuminados y fantasmales reyes. Por eso he apreciado en la morosidad descriptiva de Llano, en el detalle con el que explica cada una de las pinceladas, sombras y colores, la verdadera interpretación que de cada una de ellas quiso hacer el propio Picasso. Es su gran hallazgo. Estoy convencido de que es exactamente lo que Picasso pretendió, y por eso mismo este libro ya merece la pena.
Pero hay más. Rafael Llano ha titulado su libro Picasso frente a Velázquez, y aunque conocemos algunos trabajos sobre las relaciones entre los dos pintores, especialmente los textos que dedica a cada uno de los lienzos del malagueño Palau i Fabre (Polígrafa, 1982), los últimos años han sido particularmente ricos en aportaciones, gracias sobre todo a las exposiciones del Guggenheim de Nueva York y del Museo Picasso de Málaga, comisariadas ambas por Carmen Garrido. Y hay más, porque estos nuevos trabajos demuestran que lo que hizo Picasso con sus meninas no eran solo su deseo de agotar una etapa creativa, por ejemplo, como el cubismo —desarrollado apenas en unos años—, sino en hacer todo un planteamiento acabado sobre lo que él podía aportar, gracias a sus infinitos recursos, a su visión del arte.
Por lo demás, el libro incluye la reproducción en color de cada uno de los 58 lienzos que componen la serie, y que Picasso quiso mantener unidos al legarlos en 1968 a la ciudad de Barcelona; así como el único dibujo preparatorio y reconocido de la misma. También se reproducen otros óleos y dibujos del malagueño, así como algunas fotografías de David Douglas Duncan pertenecientes al archivo de Harry Ranson Center, de la Universidad de Austin (Texas), fotografías que fueron tomadas en el mismo momento y lugar —el estudio/vivienda en La Californie, en Cannes— en que Picasso pintó la serie.
Con este libro Rafael Llano, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y comisario de varias exposiciones, consigue una obra de referencia sobre Picasso que, sin agotar el tema, resultará obligado consultar y citar cada vez que se aluda al mismo.
Fernando Rayón

La persistencia y gravedad de la actual crisis y la respuesta que desde el ámbito institucional y privado se le ha dado a esta, ha generado dentro de nuestras fronteras un intenso debate en torno a la capacidad y liderazgo de nuestras élites políticas y económicas para superar una tremendamente compleja situación que ha terminado por alcanzar todos los órdenes, desbordando el económico y financiero que es en donde se halla su origen.
La gravedad de los escándalos a los que hemos asistido impávidos y que se han sucedido en los últimos años, junto a una más que controvertida gestión institucional de la crisis (desde sus estadios iniciales a las reformas estructurales emprendidas en los últimos años a los lomos de las políticas de austeridad y consolidación fiscal) optando por sacrificar logros sociales conquistados por generaciones precedentes en nuestro endeble Estado del bienestar en lugar de resetear en serio un desfasado modelo productivo así como un complejo e insostenible modelo territorial, rémoras indiscutibles para la ansiada recuperación, han terminado por dejar a la sociedad española sin referentes éticos públicos a los que poder demandar y exigir una gestión eficaz, honesta y ejemplar de los recursos públicos y privados.
De ahí la oportunidad del libro que Antonio Núñez Martín nos ofrece y en donde se detalla una sólida y argumentada propuesta para una profunda transformación del sector público español, a partir de las buenas prácticas de la gestión pública (a través, en muchos casos del «estudio del caso», una práctica muy anglosajona que se hace presente en todos y cada uno de sus capítulos) que se han revelado con éxito en otras latitudes y en nuestro país.
El autor une a su sólida formación académica y alta capacitación (licenciado en CUNEF, MBA por IESE, máster en Public Administration por la prestigiosa Harvard Kennedy School o doctor por la Universidad Rey Juan Carlos) una amplia experiencia atesorada en los sectores público y privado, primero como director de programas de la prestigiosa Escuela de Negocios IESE, situándose al frente de su Instituto para el Liderazgo Público y Gobierno; más tarde, en su calidad de máximo responsable de Políticas Sociales en el Gabinete de Presidencia del Gobierno; y, por último, en la actualidad, como socio de Parangon Partners, consultora especializada en el asesoramiento de alta dirección, consejos de administración o «recruitment» de directivos.
En este sentido, España S.L. ofrece algunas claves de cómo trasvasar el talento y técnicas del management empresarial a la gestión pública, pero también de qué forma el sector privado puede también aprovecharse de un liderazgo forjado a menudo en la adversidad, la gestión de la crisis, la resiliencia, la transparencia y el permanente escrutinio público. No en vano, identifica la figura del directivo público (al que dedica el primero de sus capítulos, «El equipo directivo de España S.L.») como el principal agente de la modernización nacional requerida, asignándole unos perfiles y rasgos identitarios propios y diferenciados de los ejecutivos de las principales compañías del índice bursátil español, el IBEX 35.
En el segundo de sus capítulos («La sede de España S.L.: la Administración pública») el autor pone en evidencia cómo, a pesar de la crisis y de los complejos tiempos que corren, el papel del Estado es determinante y se le exige un mayor protagonismo para las dificultades crecientes. El panorama que dibuja, a partir de un debate muy norteamericano (¿cuál debe ser el tamaño del Estado?), sitúa a España en el justo medio, tanto en términos del empleo público (18%), a pesar de la política de ajustes que ha reducido más de medio millón de empleos en lo que va de legislatura, como si tenemos en cuenta el nivel de gasto financiero sobre el producto interior bruto (PIB), y donde «España se sitúa entre los diez países de la uecon menor gasto público en porcentaje de PIB (43,4%), frente a un 49,9% de media de la eurozona y a bastante distancia de los niveles de las grandes economías, como Francia (56%), Alemania (45%), Reino Unido (48,5%) o Italia (50,7%)». El capítulo concluye con la apelación a una necesidad, la reforma siempre in fieri de nuestro segmento directivo profesional, a partir del análisis realizado por la OCDE sobre las reformas operadas en más de doce países sobre dicho ámbito, destacando las distintas velocidades impresas sobre las mismas.
Entre las medidas de mayor trascendencia para la reorganización del sector público español dentro de las políticas de reforma estructural, destaca el Plan de Reestructuración y Racionalización del Sector Público Empresarial y Fundacional Estatal, aprobado en marzo de 2012. Fruto del análisis que este supuso, meses más tarde, se creará la Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas (más conocida por su acrónimo CORA), llamada a pilotar los cambios más trascendentales de ese cometido, que consigna el grueso del tercero de sus capítulos («El plan estratégico de España S.L.»), y que ha venido precedido o simultaneado con otras importantes reformas, como la aprobación de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, que introduce una regla de gasto común a todas las Administraciones; la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, consecuencia de aquella a partir del lema «una administración, una competencia»; o la más reciente Ley de Transparencia, Acceso a la Información y Buen Gobierno, que introduce por primera vez en nuestro país la cultura del «gobierno abierto» a pesar de las dificultades que están revelándose en su aplicación práctica.
El núcleo de su contenido se centrará, no obstante, en los principales resultados de los que ha sido su tesis doctoral (dirigida por el director del INAP y catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, Manuel Arenilla, y cuyas conclusiones anticipa la presente monografía), tales como: la evaluación del desempeño, movilidad interna, plan de carrera (analizados en el capítulo 4: «La plantilla de España S.L.») o formación continuada (analizado detalladamente en el capítulo 9: «Los modelos de formación para el directivo público»). Sin descartar tampoco una investigación (destilada en el capítulo 5: «Las funciones del directivo público») que ha convergido con la primera, a partir de una encuesta sobre más de 400 directivos públicos (los mismos que han pasado por los programas de gestión pública que Antonio Núñez dirigía en la prestigiosa Escuela de Negocios IESE), y en la que se detallan las principales funciones que los directivos públicos están llamados hoy a desempeñar, como spin doctors, mediadores o negociadores, emprendedores, planificadores estratégicos, evaluadores de políticas públicas o como headhunters.
La síntesis de la investigación del profesor Núñez llega en la parte final de su obra, en la creciente y cambiante interacción entre lo público y lo privado, a pesar de sus diferencias (capítulo 6); e incluso, las técnicas invasivas que han llevado al management (a la que en Ciencias Políticas llamamos «Nueva Gestión Pública», como paradigma de estudio) a hacerse imprescindible en una nueva realidad que exige una agenda compartida y colaborativa para los sectores público y privado (capítulo 7).
Por último, y a pesar de las recientes reformas institucionales (véase el proyecto de ley reguladora del ejercicio del alto cargo de la AGE, que actualmente está en discusión) y las demagógicas proclamas dirigidas a impedir o dificultar las llamadas «puertas giratorias» entre la política y la empresa, al sector privado le puede ser muy útil la capacitación singular del directivo público, como bien detalla el autor en el último de sus capítulos («El decálogo de la gestión por pasión: ¿Qué puede aprender un directivo privado del directivo público?»). Es esta una tarea urgente que debe definirse con prontitud (incluso con luz y taquígrafos) pero nunca a costa de soluciones maximalistas que impidan que los mejores profesionales vayan a la política y viceversa, que las mentes más preclaras de lo público puedan finalizar su trayectoria profesional al frente de las grandes corporaciones del país, realizándose también (¿por qué no?) en lo privado.
Cada uno de los capítulos tiene una historia de vida, de éxito de trayectoria que el autor acomoda como un guante a alguno de sus capítulos. Este aspecto cualitativo enriquece la monografía con alguna de las mentes más lúcidas del ámbito empresarial (Marcelino Oreja Arburúa, consejero delegado de Enagás), institucional (Jaime Pérez Renovales, subsecretario de la Presidencia del Gobierno y presidente de la CORA, o Santiago Menéndez, director general de la Agencia Tributaria) o profesional (el exministro Jordi Sevilla, senior counsellor de la consultora Pwc, o José Ramón Pin Arboledas, titular de la Cátedra José Felipe Bertrán de Gobierno y Liderazgo en la Administración del IESE).
Esta es una lectura imprescindible para quienes bien por trayectoria bien por profesión estamos interesados por la gestión pública. Son muchos sus retos. Un sector público y privado que se entiendan y colaboren para abordar retos comunes. El aprovechamiento de los mejores talentos allí en donde se encuentren. Las reformas necesarias para devolver a nuestro país a la senda de la recuperación y la competitividad. Pero no debemos olvidar que nada hay que más influya en el presente y futuro de una nación que la salud de sus Administraciones y de qué modo la gestionan sus políticos y directivos. Algunas de las claves han sido apuntadas por Antonio Núñez en este libro, pero ahora hace falta que también entren dentro del ciclo de las políticas públicas de nuestros gobernantes para poder revertir una situación que, por momentos, se nos antoja insoportable.
Mariano Vivancos

El empeño de explicar los fundamentos de la mecánica cuántica a quienes previamente no tienen formación matemática es lo que guía a Brian Cox y a Jeff Forshaw, ambos físicos de los equipos del LHC del CERN, a confeccionar un libro arriesgado, no siempre triunfante, pero valiente. Desde luego, su lectura pide un cierto esfuerzo. Probablemente similar al que nos costó descifrar en su día (hasta el punto en que eso fue posible) La crítica de la razón pura o el Fedón platónico; tampoco más. Este Universo cuántico tiene en cuenta una de las principales barreras que hay que superar en este tipo de trabajos, que es la tradicional resistencia de los «no iniciados» (para entendernos, las gentes de eso que antes se llamaba «letras») a esta clase de prosa. Por no hablar del rechazo a esa página temible en la que aparece nada menos que un quebrado. Pero, ¿qué diríamos de una persona culta de hoy, pero de ciencias, que ignora la diferencia entre un romance y un soneto? Sencillamente, el ciudadano culto de la segunda década del siglo XXI que todavía no conozca ni con trazos gruesos qué son los quarks se quedará en algo parecido al ciudadano del siglo XX que ignoraba las leyes de Newton.
De eso trata El universo cuántico: de quarks, de probabilidades, de indeterminación… y del fin del determinismo. O quizá de un nuevo determinismo. Y todo ello se expone sin matemática, que casi es como si estuviéramos diciendo que nos enseñan a leer ruso sin alfabeto cirílico. Pero los autores son muy conscientes de ese «pánico al quebrado», y lo evitan a toda costa (salvo en el epílogo). También trata esta obra de por qué no atravesamos el suelo (si los átomos son casi espacios vacíos), por qué hay luz y por qué la vemos (¿acaso somos antenas que reciben ondas?) y por qué desde ese invento extravagante que recibió el nombre de transistor la vida de las personas ha cambiado hasta extremos inimaginables apenas hace cincuenta años (y por qué la electrónica es la electrónica). Sí, la mecánica cuántica no es una mera reflexión más o menos fundamentada o gratuita de unos teóricos despeinados, sino que nos informa acerca de nuestro mundo y de nuestra vida. Pero es, además, esa reflexión de conclusiones imposibles de alcanzar con las simples armas de nuestra intuición.
Naturalmente, el principal de los problemas será el argot peculiar que habrá que manejar en cierto grado, además del traslado a palabras de los conceptos muchas veces puramente cuantitativos y matemáticos que se encuentran en la base de algunos de los principales hallazgos. Ayuda, porque es impecable y excelente, la traducción de Marcos Pérez Sánchez, que se niega a bajar el nivel para facilitar las cosas, pero lo hace seguro de que su escritura y su dominio del léxico especializado sitúa las expresiones donde deben estar (sin violentos anglicismos, como se suele). Repasaremos en los primeros capítulos algo acerca de la historia del nacimiento imprevisto de esa cuántica por nadie anunciada, los indicios de la primera radiactividad que Becquerel se encontró junto a la imposibilidad de explicarla según los conocimientos del momento, y estaremos desde ese comienzo discutiendo ya muchos de los tópicos y errores que la divulgación suele extender, bien esos supuestos gatos de Schrödinger o las «partículas de Dios». Es probable que el lector no comprenda todo: los mismos cuánticos afirman que ni ellos mismos comprenden todo lo que manejan o lo que observan. Pero lo observan, y ello les obliga a aceptarlo. Un buen modelo para tantas otras conductas.
No obstante, su preocupación de divulgadores les tiene en tensión permanente, que no siempre se resuelve en favor del lector. Construyen analogías, metáforas e ilustraciones con la preocupación de comunicar mejor un cierto concepto que creen especialmente difícil de leer; pero en ocasiones el lector se verá más ocupado en descifrar la analogía que en comprender el concepto expresado tal como es (el caso de los relojes que emplean a lo largo de todo el libro como sustitutos de algo tan sencillo como los fasores es un buen ejemplo). Hay ilustraciones que el lector culto puede ignorar; incluso hay tramos de la escritura que puede sobrevolar (y volver a ellos cuando haya llegado al final, y seguro que los comprenderá mejor). Lo principal de esta obra no es un carácter de libro de texto que no tiene y no hay que buscarle, sino su cualidad de plano general de la mecánica cuántica, en el cual perdernos algunos detalles no nos va a importar si con ello accedemos a las ideas generales de la disciplina, y a su situación en el mapa de las ideas que del siglo XX han pasado al XXI incluso aumentando su importancia, y la previsión, en cierto grado, de su todavía mayor importancia futura. Como dicen los autores en el capítulo 3, es la resistencia a las nuevas ideas lo que lleva a la confusión, no la dificultad intrínseca a las propias ideas. Puede que esto no sea siempre cierto del todo, pero es muy probable. Y cuidado: es la mecánica cuántica precisamente la que nos ha dejado claro (y los autores expresan unas líneas más abajo) que «las probabilidades son lo máximo a lo que podemos aspirar».