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Ver productosSe queda al margen, se esconde al pie, se revela sobre el encabezado. Con las manos en alto, esperando a que las comisuras pierdan la tensión y se cierren sobre los dientes, a que la respiración se acompase en la caja torácica del lector y, en el mejor de los casos, a que un dedo señale al ojo para enjugar una lágrima pequeñita, como obligando de paso a la retina a recordar que, por un momento, el organismo que la contiene se ha sentido dichoso. Y a continuación, el suspiro, la sensación de pérdida, seca la hipófisis y los neurotransmisores descargados de endorfinas, la irrupción de la tristeza que sucede y resalta el instante de felicidad ido.
Una sensación parecida a «estar comiendo algo que realmente me hace apreciar la bebida con que lo acompaño». Y así, mil setenta y nueve páginas, una detrás de otra, plenas de risotadas de payaso exorcizado, devenidas muecas de absurdo, hieráticas e hilarantes, peripecias ciclotímicas que van mezclándose como agridulces. La broma infinita, obra magna de David Foster Wallace [(Ithaca, 1962-Claremont, estado de California, 2008); (desde ahora, DFW); (novela publicada —y celebrada— en 1996); (disculpen los corchetes y paréntesis y guiones, pero la literatura de DFW se conforma como un torrente creativo jalonado y disociado por pausas aclaratorias de abrumadora erudición —no excluyentes, sino todo lo contrario, de los saberes científicos— al modo y manera de una bibliografía recomendada —él mismo trabajó casi toda su vida de adulto como profesor de Literatura— que engendra una miríada de ramificaciones y funda un nuevo género literario: la nota al pie de página.
De hecho, si DFW hubiese escrito este artículo probablemente en estos momentos usted sería redirigido por un asterisco hacia el borde de la mancheta, donde, en la tranquilidad de un aparte, le serían explicados los problemas encontrados al intentar articular un ritmo coherente zigzagueando entre una auténtica maraña de acotaciones sucesivas y entre páginas sucesivas; de la que derivaría otra con la función de explicar su teoría sobre un estilo que se retroalimenta párrafo a párrafo en su estructura de voluta y espiral y redondel, y otra más para exponer la tesis del departamento de Psicología de la Universidad de Cambridge sobre cómo se repite la repetición de formas circulares en las personas que perciben la realidad de manera torcida y lo práctico que resultan estos rodeos para tímidos patológicos que, como él, desean disolver el ‘yo’ en la narración)], pos-moderna, científica, política, filosófica, psicológica, satírica, tragicómica y distópica, va saltando de broma en broma en una escala ascendente de humor del bueno, como riéndose de los adjetivos categóricos que le han sido impuestos. Y, sin embargo, la narración se va volviendo progresivamente menos graciosa, hasta que, al final, «uno piensa que el título del libro podía haber sido igualmente La tristeza infinita».
De esta forma habló en el funeral de DFW su amigo Jonathan Franzen, máximo exponente de la nueva novela americana que se traza desde el naturalismo, y quien se ha cerrado en banda a comparaciones, al definir a DFW como «el mejor escritor y el más talentoso de nuestra generación».
DECÍA QUE «El sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son formas geniales de quitarle la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que hay tras ellas»
En una de sus primeras entrevistas como autor de prestigio, DFW aseguró haberse prendado de la literatura a través de la obra de Donald Barthelme, padre de la pos-modernidad y «divertido como un demonio». Según recoge D.T. Max en su biografía de DFW, Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate), «aquella narrativa le enganchaba mucho más que las que había leído en el instituto y que simplemente se conformaban con contar una historia».
Su devoción por Thomas Pynchon —en especial, por El arcoíris de gravedad y La subasta del lote 49— y John Barth —El plantador de tabaco—, lo situarían de lleno en la senda de la heterodoxia. «Comprendo a los críticos, que tienen que hablar de un trillón de individuos diferentes y por eso se ven obligados a inventar clasificaciones», expondrá, con respecto a las categorías de entomólogo de la prensa especializada. Y, sin embargo, en sus biografías se recogen y resaltan una y otra vez los encierros de DFW en su cuarto, llorando amargamente las críticas que se ensañaban con sus obras.
Especialmente dolorosa, por lo que tiene de cierta, le resultó la nota publicada en la revista Harper’s con respecto a su colección de relatos seleccionada bajo el título Extinción: «Wallace está en su derecho de escribir un gran libro que solo gente como él pueda entender. Me gusta pensar que yo soy uno de ellos, pero no tengo la menor idea de cómo convencerlos a ustedes de que también son parte de ellos; y tampoco, me parece, sabe cómo hacerlo Wallace». En otra ocasión, y en relación al Ulises, Wallace enunciaría una de las máximas desde las que ya edificaba su carbonatada obra: «Todas las novelas serias después de Joyce suelen ser valoradas y estudiadas principalmente por su grado de innovación formal». Estas y otras reflexiones del autor están recogidas en el recopilatorio Conversaciones con David Foster Wallace (Pálido Fuego), otro volumen donde comprobarán que la biografía y procesos de pensamiento de un escritor suicida se han convertido en un género en sí mismo.
Con anterioridad nos hemos sumergido en la innovación formal surgida de la prosa de DFW —La broma infinita contaba 1.079 páginas en su primera edición, con 388 notas al pie— como un rasgo fundamental de la novela posmoderna, que en Wallace no es más que la expresión natural —torrencial— de su erudición y desenfado y espontaneidad, que hace que cada nuevo camino insinuado en cada acotación y sus acotaciones sucesivas brote como algo pertinente en un principio, para, una vez transitado, convertirse en imprescindible. Estos laberintos infinitos minan la singladura del lector-hembra con interpelaciones directas y amistosas, haciéndolo partícipe de sus preocupaciones éticas con una suerte de sarcasmos universales perfectamente accesibles al hombre de la calle. Más allá de lo puramente formal, no es difícil hallar —y a borbotones— un discurso narrativo apoyado en la ironía como método de acercarse a la realidad, que entronca directamente con la llamada posmodernidad posmoderna… y ahí acaba toda relación con las etiquetas literarias.
Según reconoció el mismo DFW, «el sarcasmo, la parodia, el absurdo y la ironía son formas geniales de quitarle la máscara a las cosas para mostrar la realidad desagradable que hay tras ellas», si bien, una vez superado el carácter instrumental del método, «surge el problema de que una vez desacreditadas las reglas del arte, y una vez que las realidades desagradables que la ironía diagnostica son reveladas y diagnosticadas, ¿qué hacemos entonces?».
En su lucidez habitual, DFW rechaza la ironía como objeto último de su labor intelectual y, lejos de estirarla hasta caer en el cinismo o de unirse a ideologías revolucionarias del pasado, trata de comprender el mundo desde el sistema que le es dado, sin tratar de destruirlo ni utopías similares. Y en ello reside su verdadera modernidad, en tratar de objetivar sin aspavientos, con la prudencia de Wittgenstein —otro de sus referentes—, el tecnoconsumismo capitalista y globalizado.
«La ironía es útil para desacreditar ilusiones, pero la mayoría de las ilusiones desacreditadas en los Estados Unidos ya se han hecho y rehecho. Una vez que todo el mundo sabe que la igualdad de oportunidades es una bobada, ¿qué hacemos ahora?», se pregunta. En su mente ya estaba la idea de «escribir algo que haga que el lector afronte cosas en lugar de ignorarlas, pero hacerlo de tal modo que también sea agradable de leer», y es en este propósito cuando se revela como un autor clásico, que se apoya en la posmodernidad más vanguardista para regresar a los ideales de siempre.
Conviene mencionar, llegados a este punto, que DFW, hijo de una pareja de profesores universitarios de Filosofía y Literatura, se graduó summa cum laude en Inglés y Filosofía por el Amherst College, especializándose, en el caso de su segunda carrera, en lógica modal y matemáticas. Posteriormente, se graduaría asimismo en Escritura Creativa.
La ciencia, como forma de comprender la modernidad, articula toda su obra como un lenguaje preciso y que, incluso, protagoniza un libro de corte matemático titulado Everything and more. Una historia compacta del infinito, donde el escritor da rienda suelta a unas inquietudes que nunca tuvieron cabida en sus ficciones. Porque, no obstante su erudición, el bagaje filosófico de dfwse cuida mucho de no convertir sus tramas en tesis, pues, pese a su neurosis galopante, su faceta de narrador se impone siempre a otros perfiles que no hacen sino servir de refuerzo a las historias.
De esta forma, ensayos sobre la cultura suburbana del rap, el tenis de Roger Federer, la industria pornográfica o el Festival de la Langosta de Maine han convertido su bibliografía en una de las más extravagantes e hilarantes de toda la literatura estadounidense. Sin ir más lejos, DFW se consideraba un adicto a la televisión —ante la que podía pasarse días enteros consumiendo contenidos de la peor especie en sus etapas más depresivas—, pero también supo adelantar el éxito y vislumbrar el talento contenido en determinadas series audiovisuales, como Expediente X, The Wire o House —en sus últimos meses, seguía las peripecias del médico malencarado para fingir después las mismas enfermedades que había visto en pantalla—, y sus allegados aseguran que preparaba un ensayo sobre la tesis de que el mayor talento narrativo de la modernidad se hallaba —allá por 2008— en las ficciones televisivas.
Volviendo al tema de la ironía, la respuesta de DFW a la modernidad por la modernidad es contundente: «Aparentemente, todo lo que queremos hacer es seguir ridiculizando las cosas. La ironía posmoderna y el cinismo se han convertido en un fin en sí mismos, en una medida de la sofisticación en boga y el desparpajo literario. El problema es que, más allá de que haya sido malinterpretado, lo que nos ha llegado del auge de la posmodernidad es sarcasmo, cinismo, un ennui permanente, recelo de toda autoridad, recelo de toda restricción al comportamiento y una terrible tendencia a hacer diagnósticos irónicos de lo que nos desagrada, en vez de la ambición no solo de diagnosticar y ridiculizar, sino de solucionar. Hay que entender que esto ha permeado nuestra cultura. Se ha convertido en nuestro idioma; estamos tan metidos en ello que ni siquiera percibimos que es una entre muchas maneras de ver. La ironía posmoderna se ha convertido en nuestro hábitat».
Desde este punto de vista, poco tiene que ver DFW con «todos esos los estetas afectados que conocí en la facultad y que llevaban boina y se acariciaban la barbilla», y que a punto estuvieron de dar al traste con su vocación literaria. Por todo ello, la estética posmoderna de DFW—a la que tanto contribuyeron también (y acaso sin pretenderlo) su pelo largo y enredado, sus gafas vintage y su corpulencia desmañada— poco tiene que ver con sus intenciones de acercarse a la verdad. «Pocos artistas se atreven a hablar de lo que falla en los modos de dirigirse hacia la redención, porque les parecerán sentimentales e ingenuos a todos esos ironistas hastiados. La ironía ha pasado de liberar a esclavizar. Hay un gran ensayo en algún sitio que contiene una línea acerca de que la ironía es la canción del prisionero que llegó a amar su jaula». Para él, la enfermedad del cinismo impedía a sus coetáneos adentrarse en ficciones que tratasen de un arte vital y prioritario, aquel que profundiza en lo que significa ser humano, con los miedos y los deseos de siempre, tan viejos como pasados de moda, desde un estilo de modernidad radical, que no es más que un soporte como cualquier otro para llegar al corazón del hombre.
Por todas estas cuestiones, DFW se desentiende de esa estética light de la modernidad entre los patrocinios de grandes almacenes y las cadenas de comida rápida que abonan sus páginas, y se revela como un escritor absolutamente moral —llegará a preguntarse, de acuerdo a una lógica irrefutable, si las langostas tienen miedo antes de ser devoradas—, todo lo contrario a los valores que cabría esperar en un escritor que se suicidó, pero que, sin embargo, no legó a la Humanidad la literatura de un suicida.
Quería creer, y ese anhelo lo sitúa en otro ángulo —desde luego, muy diferente al de mero epígono— alejado de los DeLillo o McCarthy, que siempre han intuido un final apocalíptico en la tradición iniciada por Melville y Hawthorne. A ellos, DFW les responde como lo harían Tom Sawyer y Huckleberry Finn: «No existe tal cosa como la posibilidad de no adorar. Todo el mundo adora. La única opción real que tenemos es qué adorar. Y la única razón irresistible para elegir adorar a algún tipo de dios o algo espiritual —ya sea Jesús o Alá o Yahvé o la Madre Wicca o las Cuatro Nobles Verdades o quizá algún grupo de principios éticos inviolables—, es que prácticamente cualquier otra cosa que adores te comerá vivo. Si adoras el dinero y las cosas, si eso es lo que le da significado real a tu vida, nunca llegarás a tener suficiente. Es la verdad. Adora a tu cuerpo o a la belleza y la atracción sexual y siempre te sentirás fea. Y cuando el tiempo y la edad empiecen a pasar, morirás un millón de muertes antes de que de verdad te lloren definitivamente. En cierto modo, todos lo tenemos claro. Ha sido codificado en mitos, proverbios, clichés, epigramas, o parábolas: el esqueleto de toda buena historia. El truco está en mantener esta verdad al frente de nuestra conciencia cada día».
Con respecto a la universalidad de sus temas, DFW es capaz de moverse con idéntica solvencia entre el sentido del humor de Kafka y la ciencia de los recaudadores de impuestos. Y aquí se abre una nueva polémica entre quienes consideran a Wallace un mejor novelista y quienes, por el contrario, creen que sus reportajes periodísticos marcan el pináculo de su perspicacia filosófica y narrativa. Pero, en lo que unos y otros están de acuerdo, es en el ingenio que se desprende de títulos como Entrevistas breves con hombres repulsivos, La niña del pelo raro, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer o Hablemos de langostas. Para escribir El rey pálido —su novela póstuma, que dejó sin editar y muy revuelta— DFW se matriculó en un curso para agentes financieros, dejando como legado una obra maestra sobre el aburrimiento simple y llano y plomizo que ha supuesto el embotamiento de la épica del hombre. Inspectores de Hacienda, estudiantes de contabilidad y sociólogos de la estadística cuantitativa pueblan sus páginas contagiándonos sus anhelos, que divierten y repelen al lector a partes iguales. Es la domesticación por la ciencia: «En el mundo actual, las fronteras están fijas y ya se han generado los datos más importantes. Caballeros, la frontera heroica de hoy día está en el ordenamiento y la utilización de esos datos. Clasificación, organización y presentación».
Wallace detalla la adicción de los Estados Unidos al entretenimiento y el trabajo como medio de prolongar la vida sin tener que tomar decisiones
Llegado a este abismo, el autor dejó también una clave para desenredar y entender su obra: la teoría construida por sí mismo que diferencia el realismo y el Realismo en literatura. DFW, obviamente, se situaba a sí mismo entre los realistas con minúscula, teorizando: «Probemos a encarar y a interpretar aspectos reales de experiencias reales que anteriormente han estado excluidas del arte». Frente a los Realistas mayúsculos, que serían aquellos que no asumen que «el realismo es una ilusión del realismo» y que gastan habitualmente decenas de páginas aproximándose a un objeto con la lupa de la descripción para tratar de llegar a su imagen «real». El miedo al aburrimiento y al vacío del tiempo libre también subyace en La broma infinita, donde Wallace detalla la adicción de los Estados Unidos —y, por extensión, de todo el mundo globalizado— al entretenimiento y el trabajo como medio de prolongar la vida sin tener que tomar decisiones. La aparición de La broma infinita en 1996 le valió a DFW el reconocimiento de la crítica literaria estadounidense, que lo situó automáticamente como portavoz de la Generación X, del movimiento grunge —una vez más, su imagen personal— y anticapitalista, en la estela de los Thurber, Gaddis o Vollmann, aunque su estructura combinada de monólogo interior, cambio de enfoque narrativo y bibliografía ficticia remitía más a Manuel Puig, de quien Wallace se sentía deudor. Todo fuera por resultar rentable en ese mercado del ocio norteamericano, amplificado por las campañas de prensa, marketing, publicidad y relaciones públicas que sirven de escenario a todas sus historias y que el autor nunca dejaba de valorar como un aspecto positivo en sus ensayos y críticas literarias.
Han dejado escrito quienes lo frecuentaron que DFW era un tipo ingenuo y sentimental, y, por tanto, huraño. Inteligente y culto, amado y reconocido, el 12 de septiembre de 2008 convenció a su esposa, la artista Karen Green, de que acudiese a su puesto de trabajo en el centro de la ciudad. Había encontrado el amor verdadero en, paradojas, vivir con su amor y dos perros en un chalet de las afueras. Pero quiso ir más allá: dejar la medicación contra la depresión que lo había acompañado toda su vida, superar su imagen de enfermo y crear como un hombre limpio; no ceder al chantaje de la enfermedad. De ello hacía poco más de un año. Karen vaciló —no era para menos, debido a su alarmante estado de salud—, pero David la convenció apelando a la visita a un quiropráctico que había hecho aquella misma semana: «Vamos, Karen, uno no va al quiropráctico si está pensando en suicidarse». Siempre había sido un tipo muy racional.
Cuando su esposa abandonó la casa, DFW le escribió una carta de despedida, cruzó la casa hasta el patio trasero, se subió a una silla y se ahorcó. Su hermana imaginó en su funeral una escena a un tiempo trágica y tierna: David besando a sus dos perros, pidiéndoles perdón, antes de izar la soga. Como dijo en su día el crítico Nadal Suau, «su suicidio fue, simplemente y sin frivolidades interpretativas, un desastre».
Ni siquiera en circunstancias tan espantosas, el sectarismo anticlerical y la insensatez anticatólica han sabido actuar con finura. La desdeñosa portada de un periódico de difusión nacional, algunos comentarios maliciosos de los falsos progresistas radiofónicos, la cólera altanera de los indignados de siempre salieron al paso del traslado del sacerdote Miguel Pajares a Madrid, para ridiculizarlo y rebajarlo a un episodio que mostraba la dudosa gestión de las autoridades sanitarias. Cuando lo más apropiado es el respetuoso silencio o el reconocimiento conmovido de una labor, toda esa gente que dice querer preservar el laicismo del Estado ni siquiera pudo soportar la prueba más evidente de sus abusos de percepción y de su insultante desprecio por unas creencias. Simplemente, no pudo soportar el valor de la comparación y el peso de la prueba: el ejemplo de un hombre de Dios.
Aunque muchos charlatanes hayan rectificado enseguida, parecía que hasta la agonía de un hombre entregado a la causa de los más olvidados de la tierra, podía ser utilizada en una nueva campaña contra la Iglesia, para entender el traslado del enfermo a un hospital madrileño como una mezcla de privilegio de los católicos, frívola desatención a la seguridad sanitaria de los españoles y falta de respeto a los enfermos que tuvieron que ser derivados a otros centros.
El ejemplo de un hombre de Dios, en efecto. Porque eso es lo que tenemos. No solo para echárselo en cara a esa turba de desalmados sino para que la larga trayectoria de Miguel Pajares, incluyendo su final que es solo el principio de su entrada en la eternidad, nos alimente con la profunda fibra espiritual de su recuerdo. Esta es la noticia en frío: el sacerdote trasladado a un hospital de Madrid hace unos pocos días ha muerto por la devastadora acción de un maligno agente infeccioso. Ese virus, al haber sido controlado en zonas muy concretas de África, al no afectar nunca a los países desarrollados y cebarse solo en las personas generosas que arriesgan su vida en contacto con los enfermos, apenas ha recibido atención de la investigación farmacológica, dedicada a inversiones mucho más prometedoras en patologías que invaden el mundo de la prosperidad.
Pero hay un motivo más apremiante para escribir esta reflexión. Como bien saben los lectores, llevo tiempo refiriéndome a la forma de enfrentarnos a la crisis que ahora padecemos. En decenas de artículos he tratado de transmitir el convencimiento de que nos hallamos ante una crisis de civilización, que ha puesto de relieve el inmenso vacío de nuestra tradición, la pérdida de nuestras referencias culturales erigidas en Occidente desde el momento en que se proclamó la dignidad del hombre libre y universal.
No podremos comprender la dureza de esta crisis si no la vemos como el producto de un desguace moral. No podremos medir su tarea destructiva, si no la consideramos como resultado de un prolongado olvido de nuestra sustancia espiritual y de un largo trayecto de contaminación de valores.
No es la agonía y muerte de Miguel Pajares lo que nos golpea, como un inmenso redoble de nuestra conciencia amortiguada. No es esa conmovedora entrega final a la cálida intensidad del Espíritu lo que nos convoca, como el pulso luminoso donde aún late nuestra condición de hombres hechos a imagen de Dios. Lo que nos inspira, lo que tensa nuestra aflicción y nuestra esperanza al mismo tiempo, lo que se levanta como severa advertencia de nuestra ligereza, es la vida de Miguel Pajares. Su asunción íntegra del dolor del mundo como algo que los seres decentes debemos cargar a nuestras espaldas es ejemplar en el sentido más profundo de la palabra: es excepcional. No se trata de un gesto que podamos imitar sin esfuerzo, de un ritual simbólico que podamos repetir en ceremonias rutinarias. El ejemplo de un hombre de Dios es otra cosa. Es una difícil conducta que nos pone a prueba precisamente porque se realiza por los mismos motivos por los que nosotros nos consideramos cristianos sinceros, católicos decentes, hijos de Dios, criaturas con la dignidad suficiente como para merecer la compasión de nuestro Creador y el respeto de quienes nos podrían tildar de meros propagandistas de una fe sin compromisos radicales en este mundo.
Miguel Pajares no solo alzó su voz contra una injusticia abstracta, ni se desmelenó en tertulias de sobresueldo apetitoso y vanidosa popularidad. Llevó, durante su larga vida, una tarea destinada siempre a reconocerse un siervo humilde de quienes sufren. No entendió que la atención a los pobres y a los enfermos le daba una superioridad anímica, sino que siempre comprendió el mensaje esencial del buen Jesús: quienes sufren nos aleccionan; quienes padecen llevan, en carne viva, la dignidad del hombre al que solo queda, despojado de todo, su esperanza y su fe. En contacto con quienes menos tienen, Miguel Pajares dio testimonio radical del sentido cristiano del humanismo. Ello nunca significó que la pobreza fuera morbosamente atractiva, ni el dolor un mero trámite a comparar con la salud del alma, ni la mejor circunstancia para vivir en contacto con Dios.
Todas estas apreciaciones son una insultante deformación del mensaje de Cristo pero, sobre todo, una vía equivocada para entender la labor de hombres y mujeres como Miguel Pajares. Porque estas personas luchan contra el dolor, quieren evitarlo o resolverlo. No se recrean en él ni lo subliman. No hacen literatura de circunstancias, no siembran el odio, ni convierten el hambre, la enfermedad o la humillación en una plataforma para el rencor social. Estos cristianos no solo luchan contra el dolor concreto del cuerpo, sino que salvan el alma de seres desdichados que podría degradarse en el resentimiento y la desesperación. Y para hacerlo, tienen que compartir la suerte de sus hermanos y ajustarse a una existencia con los riesgos de aquellos a quienes dedican su vida. Incluso tienen que saber morir.
Posiblemente, al propio Miguel Pajares le disgustaría una atención especial, cuando su muerte es una más, entre centenares de personas que la han sufrido en estos días y que la sufrirán en aterradoras semanas que aún nos esperan. Pero un ejemplo de este tipo no se ha hecho para ser silenciado por timidez pastoral, ni para ser amortiguado por pudor ante la humildad de una vida que nos conmociona. Este ejemplo lo es por la esperanza que nos transmite, por la fe que atesora, por la caridad que manifiesta. Este ejemplo es un testimonio y, como tal, nos obliga a hablar de él. Porque nos alegra, como cristianos o como simples personas que aspiran a la decencia. Nos exige vivir de otro modo, más atento a esa condición superior que tantas veces proclamamos como base de nuestros derechos y tan pocas como fundamento de nuestros deberes. Nos hace recapitular nuestra propia validez, la consistencia de nuestros actos, la lealtad de cada uno de nosotros a nuestros principios. Y nos hace sentir todo aquello que, hace dos mil años, un artesano judío anunció al proclamar la dignidad del hombre y su libertad esencial. Nos hace pensar que ese mensaje continúa siendo una promesa viva, compasiva y exigente, que renueva todos los días la posibilidad de nuestra salvación.

El elegante volumen que publica José M. de Areilza no es ciertamente un libro de memorias, pero su lectura a veces produce impresiones parecidas a las del género memorialista, y ello se debe probablemente al carácter genuinamente personal de todas las opiniones que contiene, al íntimo conocimiento que Areilza posee de la materia, y a la atención permanente, al tiempo crítica y afectuosa, con la que ha seguido las vicisitudes de la Unión Europea durante largo tiempo.
Si «libresco» se dice, según la Real Academia Española, «del escritor que se inspira sobre todo en la lectura de libros», el adjetivo no se aplica de ningún modo a Areilza. «Poder y Derecho en la Unión Europea» está basado en un perfecto dominio de la literatura sobre los temas comunitarios, pero sus más importantes reflexiones están inspiradas en la experiencia que su autor tiene del funcionamiento de las instituciones de la uey en su conocimiento personal de quienes legislan y resuelven en Bruselas o administran justicia en Luxemburgo. Precisamente esa suma de conocimientos permite a Areilza reducir con criterio seguro las citas y referencias para ir directo a lo esencial. Además, esa vía directa no se ve obstaculizada por pretextos académicos convencionales, como se ve, entre otros lugares, en la siguiente afirmación: «El refugio en la naturaleza sui géneris tanto del Derecho comunitario como del sistema institucional de la UE paraliza la reflexión y no pone al proceso de integración al abrigo de distintas críticas: insistir en ello es un error» (pág. 20).
Al examinar en el primer capítulo del libro ese proceso de integración europea hace el autor alguna de sus más originales aportaciones: «Mi tesis es que detrás de los rasgos de supranacionalidad existen dos modos de integración distintos, dos maneras diferentes de ejercer el poder europeo, y que estas dos realidades sostienen dos sensibilidades diferentes —“soberanía” e “infranacionalidad”—, a través de las cuales se describe y se evalúa el proceso constitucional europeo» (págs. 64 y 65). En esa pareja de conceptos, el verdaderamente innovador es el de «infranacionalidad», que «se basa en el hecho de que gran parte del proceso de integración es administrado en la actualidad por actores con gran autonomía frente a supuestas lealtades nacionales o europeas que persiguen fines propios y resuelven problemas específicos y limitados en el plano europeo» (págs. 65 y 66).
Describiendo el que llama «paradigma de la infranacionalidad», Areilza ofrece interesantes lecciones de sociología de la Unión Europea, muy relevantes a la hora de analizar el valor normativo de lo fáctico. La infranacionalidad consiste en que «buena parte de la integración ha tenido lugar y ocurre hoy día a través de una serie muy fragmentada de procesos de toma de decisiones en niveles intermedios y bajos, encargados a grupos con gran autonomía y especialización, compuestos por funcionarios europeos, nacionales y representantes de intereses privados» (pág. 79). Tales funcionarios y agentes privados constituyen «comunidades de expertos», atomizadas, autosuficientes y opacas, cuya única legitimación es la puramente tecnocrática que deriva de su conocimiento de los problemas regulatorios del sector de que se trate.
Así las cosas, solo la soberanía democrática de los Estados, ejercida en el marco supranacional de la Unión Europea, puede «contrarrestar los efectos perniciosos de la infranacionalidad» (pág. 89). Pero esa necesaria reacción soberana no debería provenir solo de pequeños grupos de Estados miembros, a través del mecanismo de la «cooperación reforzada», que el autor estudia detenidamente para concluir que «tiene algo de huida hacia adelante y ofrece un pretexto para no abordar reformas democráticas en la Unión» (pág. 109).
Aborda a continuación el autor una de las cuestiones que más le preocupan, la de la expansión de las competencias de la Unión Europea, cuya evolución se describe gráficamente en la rúbrica de uno de los subapartados del capítulo segundo del libro: «De competencias limitadas a una competencia general de hecho». Ya cerca del final del capítulo señala Areilza que «[l]a justificación de la actuación europea se ha hecho tan necesaria como difícil» (pág. 152). Deseoso de edificar esa justificación sobre fundamentos sólidos, el autor (que participó en el Grupo de Trabajo sobre Subsidiariedad creado por la Comisión) se ocupa ampliamente del principio de subsidiariedad, introducido en el Tratado de Maastricht «para moderar la interpretación extensiva y teleológica de los poderes comunitarios» (pág. 122). La solución de la cuestión competencial estaría en un «equilibrio de poderes enumerados» que obligaría a los Estados miembros a aceptar «una limitación material permanente del alcance de sus competencias nacionales, hasta el punto de que estas también se han convertido en competencias limitadas y enumeradas» (pág. 153).
Termina así la que podríamos llamar «parte general» del libro, que cuenta todavía con dos capítulos más, uno sobre España como miembro de la Unión Europea y otro sobre el futuro de la propia UE. El autor pasa revista a la ya larga trayectoria europea de nuestro país, a la luz de una crítica a veces irónica y siempre objetiva. En el plano de la historia de las ideas, Areilza observa con agudeza que del «España es el problema, Europa es la solución» de Ortega y Gasset (quizá la frase más influyente del siglo xx español) hemos pasado a una situación en que tanto España como Europa son el problema (pág. 181). Se cierra este libro, que todo europeísta español debería leer, con un brillante ejercicio de prospectiva europea, del que escogemos la siguiente frase: «Se trata de encajar ese nuevo poder europeo, legítimo, limitado y eficaz, y hacerlo plenamente compatible con las democracias nacionales, sujetas a su vez a los efectos beneficiosos de una disciplina jurídica y económica europea» (pág. 227).
Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín

La Historia está hecha de detalles, pero hay que escribirla con perspectiva. Esto es, mostrar el árbol sin olvidar el bosque. Es lo que ha conseguido el profesor Salvador Forner Muñoz, catedrático de la Universidad de Alicante y titular de la cátedra Jean Monnet de Historia e Instituciones de la Europa Comunitaria, con su libro Canalejas, un liberal reformista, editado por Faes en su colección de biografías políticas, que dirige Manuel Álvarez Tardío, y que ya ha dedicado otros tres excelentes volúmenes a Cánovas, Maura y Silvela. Como las obras anteriores, este libro cumple perfectamente su objetivo divulgador, acercando a don José Canalejas a quienes se interesan por nuestra historia cercana y sienten curiosidad por la política, a pesar de los sinsabores que en algunas épocas —como en la actual— proporcionan ciertas peripecias. Forner, además, es un gran experto en este personaje que encarnaba el espíritu de la Restauración y que se asoma a la portada de su libro con el aspecto serio de un prócer conservador (aunque era más bien lo que ahora se conoce como un «progre»), con bigote abundante, frente ancha, calva disimulada, cuello almidonado y levita severa. O sea, un burgués.
Una aproximación a Cánovas resulta, además, muy oportuna en este momento: fue un político con personalidad, pragmático y culto, que fracasó en su intento de ser catedrático de Literatura (compitió con Menéndez Pelayo, nada menos, y el santanderino hubiera derrotado a cualquiera), pero llegó a presidente del Consejo (después de haber sido ministro varias veces) y dejó en su mandato de tres años algunas reformas importantes, en materia fiscal y militar, por ejemplo.
Pero la Historia ha querido que el detalle que caracteriza sobre todo a José Canalejas sea su muerte, el 12 de noviembre de 1912, a manos de un anarquista, Manuel Pardiñas Serrano, que le disparó por la espalda mientras miraba el escaparate de una librería de la Puerta del Sol, y después se suicidó, convirtiendo aquel episodio en una metáfora trágica de las dos Españas irreconciliables. Como subraya el profesor Forner, fueron «dos trágicas muertes y dos fracasos contrapuestos para la convivencia. Pardiñas ejemplifica la esterilidad de la violencia antisistema y el deterioro político que originaba la intransigencia hacia el régimen liberal por parte de nuevas fuerzas políticas y sociales», y Canalejas, por su parte, «ejemplifica el ensayo sin éxito desde la élite gobernante de esas aperturas democráticas por medio de opciones y actitudes conciliadoras, de signo reformista y en sintonía con la evolución política y social de los países más avanzados del momento».
¿Qué hubiera pasado de no ser asesinado Canalejas? ¿Hubiera podido culminar su aventura reformista en busca de la plena modernidad? El autor señala que el saldo favorable con que se contempla su obra, quizá favorecido por su trágica desaparición, no debe impedir una reflexión sobre las posibilidades reales del proyecto canalejista, que fue la culminación de una trayectoria que arranca en el republicanismo, pasa por el ala izquierda del liberalismo, busca un perfil propio en el partido liberal, y completa su tarea política con llevar el liberalismo a actuaciones prudentes, marcadas, como señala Forner, por «una indefinición programática».
A pesar de ese pragmatismo alejado de cualquier radicalismo, la izquierda creciente de entonces, que había entrado en el Congreso en las elecciones de 1910, con un solo diputado, Pablo Iglesias, pero tenía vocación revolucionaria y ruidosa presencia en la calle, no le dio tregua. Al tiempo, su intento de regular la cuestión religiosa le echó encima al clericalismo, a la Iglesia y a los sectores más conservadores del país. Pero el «político abominable», como le llamaba Iglesias, seguía intentando contemporizar con todos. Esta reflexión le define: «Quien no renuncia nunca ni a sus medios ni a sus procedimientos, y solo quiere mantener incólume la afirmación que una vez hizo, podría merecer cualquier dictado, pero nunca el de hombre de Estado, que si no renuncia a sus fines los persigue del modo y manera que le consienten las circunstancias». Unos años antes, cuando buscaba su papel propio en el Partido Liberal, había dicho: «Yo soy el espíritu más radical de la política española y de la política imperante; pero soy un hombre de Gobierno que desea poner las ideas al servicio del orden público, que no es el máuser, que no es la fuerza, sino la conciencia social, la que todo lo transforma; es la voluntad del país, elevada a la suprema categoría del poder público».
Al hilo de su trayectoria vital, Salvador Forner traza, en seis capítulos, la biografía política de un hombre y un país que vivió momentos tremendos, como la Semana Trágica de Barcelona o las huelgas revolucionarias de la minería, en el que aquel ferrolano de buena familia, con aficiones literarias (había estudiado Filosofía y Letras, además de Derecho), intentó, como otros lo ha hecho a lo largo de la Historia de España, cumplir con su tarea de empujar en la dirección que llevaba a nuestra equiparación con Europa. Sin prisa, con el estilo sosegado de un burgués que, camino de la reunión del Consejo de ministros, se detiene a mirar los libros de un escaparate. «Todo lo que sea forzar la evolución es destruirla», decía Canalejas, un hombre de la Restauración («la Restauración de la Restauración», lo definió Jesús Pavón), sobre cuyas resonancias actuales escribe Forner en su documentado libro: «La experiencia histórica de la Restauración significó, al menos en sus orígenes, la apertura de una política de integración frente a las fracturas políticas anteriores. En cierta medida —salvando, lógicamente, las distancias— dicha experiencia guarda una notable semejanza con la cultura del consenso de la transición democrática tras la Dictadura de Franco, cuyo fruto ha sido el actual régimen de Monarquía parlamentaria. El paralelismo de las dos “restauraciones” monárquicas, la de 1875 y la de 1975, podría también ampliarse al inevitable desgaste de ambas experiencias históricas y a la necesidad de una regeneración interna como la que en su momento pretendía abordar el proyecto de Canalejas y como la que, transcurridos casi idénticos años desde sus orígenes, se plantea el actual sistema democrático». Ya lo saben ustedes: Canalejas, nuestro contemporáneo.
Miguel Ángel Gozalo

Al margen de cualquiera de las consideraciones que políticos de uno y otro signo han esgrimido en favor de sus tesis durante los últimos años respecto al proceso soberanista desarrollado en Cataluña, nos encontramos ante una grave crisis que afecta seriamente al sentido y la unidad de la nación española.
Se trata de un fenómeno de gran complejidad, capaz de provocar una serie de repercusiones en cadena que algunos de sus promotores prefieren ocultar, disimular o ignorar. Las respuestas clarificadoras a esos planteamientos no se han hecho esperar. Desde diversos medios y con argumentos de muy distinto alcance, aunque coincidentes en lo esencial, han expresado sus opiniones periodistas, pensadores, intelectuales y políticos bien conocidos en la vida pública española, que, por otra parte, representan posiciones opuestas al defender puntos de vista diferentes sobre otras materias.
Es el caso de figuras como Alfonso Ussía en su último ensayo titulado No, no, y no (Ediciones B, 2013); de Ramón Tamames: ¿A dónde vas, Cataluña? (Ed. Península, 2014); de Fernando Savater: No te prives (Ed. Ariel, 2014); o de Joaquín Leguina Los 10 mitos del nacionalismo catalán (Ed. Temas de Hoy, 2014).
Cada uno de estos libros citados debería ser considerado de obligada lectura, no solo para formar e informar a la desorientada opinión de amplios sectores de la sociedad española —periodistas incluidos— sino también de políticos de distintos signo de Cataluña y del resto de España. Sin olvidar el interesante libro Nos duele Cataluña (Ed. Galland Book, 2014) en el que su coordinadora, Begoña Martín, ha incorporado la opinión de un elevado número de expertos, muchos de ellos miembros destacados de la vida catalana, que han accedido a responder a los cuestionarios o preguntas formuladas sobre el tema. Resulta significativo constatar los nombres citados de otros que se excusaron de participar en el proyecto.
De cualquier forma, resulta de notable interés conocer las tesis que sobre el particular expone el acreditado hispanista Henry Kamen (n. 1936), uno de los más prestigiosos historiadores de los últimos tiempos, como se confirma al leer el reciente estudio que ahora se comenta.
Afincado en Barcelona desde hace muchos años en calidad de profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, desde 1993 hasta su jubilación en el 2006, ha desarrollado en nuestro país una fructífera labor magisterial en centros docentes, universidades y revistas especializadas, labor ampliada en el terreno de la divulgación histórica en las páginas del diario El Mundo.
Desde su privilegiada tribuna de Cataluña y conocedor de los problemas en primer plano, ha tenido ocasión de seguir desde los orígenes el proceso iniciado por los sectores separatistas y los argumentos que esgrimen en defensa de las razones de todo tipo que emplean para justificar la ineludible necesidad de su independencia.
El autor deja claro que sus objetivos corresponden a los de cualquier historiador honesto, que se limita a recoger los hechos reales tal como fueron transmitidos por los cronistas solventes de acuerdo con las circunstancias y la mentalidad de la época en que sucedieron. En realidad, se trata de los mismos criterios seguidos por Henry Kamen a lo largo de su labor investigadora y que se ven reflejados en los numerosos tratados, estudios, ensayos y biografías publicados con notable éxito sobre Felipe II, el monasterio de El Escorial o el gran duque de Alba.
Como uno de los mayores expertos en la historia de nuestro país, el profesor Kamen conoce a fondo la historia de Cataluña, a la que considera una parte esencial de España, junto al reino de Aragón, cuya suerte comparte desde el matrimonio de los Reyes Católicos y prolonga con los sucesores, las dinastías de Austrias o Borbones, que se suceden a través de los cinco últimos siglos.
El principado de Cataluña, como los reinos de Mallorca y Valencia federados en el de Aragón, participa activamente en el auge, decadencia y caída final de los Austrias españoles, incluyendo el desgraciado gobierno del último rey Carlos II «El Hechizado» que muere sin herederos directos.
A partir de entonces, noviembre de 1700, se desencadena una guerra europea que dividirá en facciones enfrentadas no solo a los españoles, sino también a las grandes potencias que se disputaban el trono vacante.
Durante casi quince años, los defensores de la causa austriaca, más Inglaterra, Holanda y Portugal, combaten encarnizadamente por tierra y mar contra Francia y sus aliados, que aspiran a introducir en España al rey Felipe V, el representante de la casa de Borbón. Según se deduce del trabajo de Henry Kamen, con motivo y como resultado de esta guerra, ciertos sectores de la sociedad catalana inician una campaña que, pese a carecer de bases reales y partir de presupuestos falsos, aunque hábilmente manipulados, con el tiempo han arraigado profundamente en los sentimientos y emociones del pueblo catalán.
Sin embargo, conviene al respecto recuperar el sentido de la veracidad histórica y dejar de lado las interpretaciones interesadas. El autor recuerda que en esa guerra, durante la cual se produjeron numerosos avatares y cambios:
Cataluña prestó juramento de lealtad al pretendiente Felipe de Borbón en los primeros compases de la guerra. Cambió de bando en 1705, en presencia de la Armada aliada (anglo-holandesa) que tras invadir las costas levantinas conquistó el puerto de Barcelona e incorporó Cataluña a la causa llamada austracista
Así pues, después de jurar fidelidad al nuevo rey Felipe V de Borbón, los catalanes se alinearon en favor de la causa del archiduque Carlos de Austria. ¿Cuáles fueron los motivos de tal cambio? Naturalmente, pueden admitirse diversas y fundadas razones que lo expliquen. En todo caso, el autor prefiere atenerse a las declaraciones de los que defendieron el puerto de Barcelona en nombre del pretendiente austriaco. Veamos sus palabras:
El hecho es que ninguno de los hombres de aquella malhadada generación pueden ser punto de referencia, porque todos ellos esgrimieron que su causa era «per la patria i per tota Espanya», una frase que ningún político separatista pronunciaría jamás en la actualidad.
Resulta difícil de comprender cómo, a partir de esos datos, es posible mantener con fundamento que la derrota final de los catalanes que luchaban «en favor de toda España» se haya convertido en un suceso que nada tiene que ver con la realidad. Según ciertas versiones actuales, la derrota fue ocasionada por los ejércitos castellanos invasores que el 11 de septiembre de 1714 les privaron de sus derechos y libertades, y arrasaron sus recursos materiales y sumieron a Cataluña en un lamentable estado de opresión y miseria que perduró durante los siglos siguientes.
Kamen responde a tales opiniones de forma muy expresiva:
Uno no sabe si reír o llorar ante tanta insensatez. Naturalmente, Cataluña no quedó aplastada ni reducida a la nada tras aquel 11 de septiembre fecha de la rendición de Barcelona tras varios meses de asedio. Cataluña siguió siendo una región importante, próspera y floreciente, el territorio más rico de España.
Es una lástima que la historia de Cataluña haya sido inadecuadamente estudiada por los historiadores y sistemáticamente distorsionada por ideólogos, políticos y periodistas que, con mucha frecuencia, basan sus discursos en información poco fiable.
Por otra parte y si los hechos se analizan con objetividad, resulta que los catalanes austracistas fueron responsables de sucesivos errores que desembocaron en una situación negativa para sus intereses. Errores que pueden resultar comprensibles dadas las circunstancias, pero que sus responsables debieron asumir como propios y no atribuir a malquerencias o inquinas cuando se tuercen los mejor elaborados proyectos. Como ejemplo de actitudes que se demostraron poco afortunadas, se cita la posición adoptada por los dirigentes catalanes cuando se negaron a aceptar las condiciones del Tratado de Utrecht que ponía fin a la Guerra de Sucesión.
Hartos de un conflicto que había dejado de tener sentido, ya que el pretendiente, archiduque Carlos, había sido elegido emperador de Austria y renunciado al trono español. En consecuencia las potencias beligerantes firmaron el Tratado de Utrecht en 1713 por el que se reconocía a Felipe V de Borbón como legítimo rey de España. La guerra había terminado. Así lo reconocieron los representantes de las naciones implicadas, que cesaron de forma inmediata sus intervenciones militares. A pesar de todo, Cataluña decidió continuar en solitario un año más las hostilidades y contra el parecer, incluso, de sus antiguos aliados, combatir desde el puerto de Barcelona a la Armada francesa que conquistó la ciudad a sangre y fuego los días 11 y 12 de septiembre de 1714.
Por cierto, que entre los defensores se encontraban fuerzas combatientes de otras regiones españolas, incluyendo castellanos que se habían unido a los rebeldes.
El trabajo de Henry Kamen no se limita a desmontar los mitos de la propaganda independentista en relación con las dramáticas jornadas que tuvieron lugar en torno al 11 de septiembre de 1714. Resulta de gran interés el capítulo dedicado a otro de los momentos de crisis vividos bajo el reinado del rey Felipe IV y el gobierno de su valido, el conde duque de Olivares. Durante los años que van desde 1640 a 1653 se va a producir el primer y malogrado intento de secesión: Cataluña solicitó y obtuvo su incorporación a la corona de Francia, regida por los tan denostados borbones no muchos años más tarde, con resultados negativos. El autor resume aquel intento fallido con su habitual contundencia:
Los separatistas rápidamente descubrieron que el Estado francés era mucho menos respetuoso con sus privilegios que los castellanos en su momento…
Naturalmente, los contenidos de la obra de Henry Kamen serán negados o, con mayor seguridad, silenciados por los actuales dirigentes dispuestos, contra viento y marea, a lograr la secesión de Cataluña. Tal actitud basada una historia inventada y carente de fundamento puede llevarles a repetir los mismos errores ya cometidos en el pasado, como lo fueron la adscripción temporal al reino de Francia o la negativa a aceptar la paz de Utrecht y desafiar a un enemigo más potente (en este caso, el francés) y respaldado por un tratado internacional. Resulta mucho más cómodo y sencillo atribuir la responsabilidad de los propios errores al malvado enemigo, cuando no estaría de más que un examen de conciencia sincero basado en el estudio imparcial de la historia hiciera recuperar el sentido común que, por otra parte, ha sido una de las cualidades reconocidas como patrimonio del bueno, valeroso y noble pueblo de Cataluña.
Rafael Gómez López-Egea

Las relaciones, influencias e incluso los textos que dejó Picasso sobre Velázquez son algo que han estudiado casi todos los especialistas en el pintor malagueño y también, de manera menos abundante, los expertos en la obra del sevillano. Sin duda los dos maestros más importantes de la historia de la pintura española necesitaban un ensayo como el que ha acometido Rafael Llano. Y digo ensayo porque no es un estudio biográfico, tampoco estilístico, y mucho menos crítico sobre la influencia de Velázquez en Picasso, sino más bien la mezcla de todos ellos: la visión de cómo el segundo interpretó y llevó a cabo las lecciones del pintor barroco en sus lienzos. Es también interesante el libro porque no pretende establecer hipótesis de trabajo, sino más bien porque describe lo que ve, lo que toca, lo que un día el autor empezó a experimentar mientras contemplaba en el Museo Picasso de Barcelona las versiones de Las meninas y sintió el irrefrenable impulso de ponerse a escribir.
Durante los últimos años hemos asistido a debates muy interesantes sobre Las meninas de Velázquez. Este lienzo ha escondido para los estudiosos interpretaciones tan variadas, y en ocasiones tan disparatadas, que solo han hecho crecer el mito de una pintura que sigue apasionando a los historiadores, casi tanto como a los pintores y críticos. El último debate, propuesto por Manuela Mena, quiso ahondar —gracias a las nuevas técnicas radiográficas y radiológicas— en una visión del cuadro más alegórica, identificándolo con la educación de Margarita de Austria como heredera del trono. Fallecido su hermano Baltasar Carlos y casada su hermana María Teresa con el rey francés, solo quedaba en la corte una mujer capaz de dar continuidad a la monarquía. Y por eso Velázquez retrata a la infanta en el centro de un cuadro donde los personajes juegan papeles dobles, triples o simulados, pero todos en función de la esperanza que esa niña aportaba a una dinastía ya en caída libre. Luego vendrían John Elliot y Jonathan Brown a deshacer en parte aquella hipótesis de la conservadora del Museo del Prado, pero algunos de sus planteamientos parecerían adivinados décadas antes por un Picasso lleno de vitalidad creadora y, a la vez, deudor de una tradición e historia a la que nunca quiso renunciar.
Tampoco aquello era una novedad en Velázquez. Recordemos que unos años antes había hecho lo propio en otro lienzo: la Lección de equitación del príncipe Baltasar Carlos. Entonces los reyes, validos y cortesanos presentes en la escena acompañaban al heredero de otra manera. Había esperanza y alegría en aquella imagen. Futuro. Nada que ver con Las meninas. Y parece que Picasso captó mejor que nadie el mundo en descomposición que se traslucía detrás de la obra maestra velazqueña. Seguramente algo parecido a lo que Picasso percibía entre agosto y septiembre de 1957 cuando plasmó la serie de 58 lienzos sobre Las meninas que conserva hoy su museo barcelonés.
Por eso cuando he leído algunas de las propuestas de Rafael Llano en su voluminoso ensayo, he creído no solo resucitar ese debate en torno a la creación velazqueña, sino la asunción, por parte de Picasso, de esa controversia, además de una visión compleja y variada, que solo una serie de muchos cuadros podía recrear. Picasso en cada una de sus meninas hace una interpretación diferente: del espacio, del color, de cada uno de los personajes, de cada gesto, de cada ausencia, de la luz, de cada espejo que enseña o no enseña a unos difuminados y fantasmales reyes. Por eso he apreciado en la morosidad descriptiva de Llano, en el detalle con el que explica cada una de las pinceladas, sombras y colores, la verdadera interpretación que de cada una de ellas quiso hacer el propio Picasso. Es su gran hallazgo. Estoy convencido de que es exactamente lo que Picasso pretendió, y por eso mismo este libro ya merece la pena.
Pero hay más. Rafael Llano ha titulado su libro Picasso frente a Velázquez, y aunque conocemos algunos trabajos sobre las relaciones entre los dos pintores, especialmente los textos que dedica a cada uno de los lienzos del malagueño Palau i Fabre (Polígrafa, 1982), los últimos años han sido particularmente ricos en aportaciones, gracias sobre todo a las exposiciones del Guggenheim de Nueva York y del Museo Picasso de Málaga, comisariadas ambas por Carmen Garrido. Y hay más, porque estos nuevos trabajos demuestran que lo que hizo Picasso con sus meninas no eran solo su deseo de agotar una etapa creativa, por ejemplo, como el cubismo —desarrollado apenas en unos años—, sino en hacer todo un planteamiento acabado sobre lo que él podía aportar, gracias a sus infinitos recursos, a su visión del arte.
Por lo demás, el libro incluye la reproducción en color de cada uno de los 58 lienzos que componen la serie, y que Picasso quiso mantener unidos al legarlos en 1968 a la ciudad de Barcelona; así como el único dibujo preparatorio y reconocido de la misma. También se reproducen otros óleos y dibujos del malagueño, así como algunas fotografías de David Douglas Duncan pertenecientes al archivo de Harry Ranson Center, de la Universidad de Austin (Texas), fotografías que fueron tomadas en el mismo momento y lugar —el estudio/vivienda en La Californie, en Cannes— en que Picasso pintó la serie.
Con este libro Rafael Llano, profesor de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid y comisario de varias exposiciones, consigue una obra de referencia sobre Picasso que, sin agotar el tema, resultará obligado consultar y citar cada vez que se aluda al mismo.
Fernando Rayón

La persistencia y gravedad de la actual crisis y la respuesta que desde el ámbito institucional y privado se le ha dado a esta, ha generado dentro de nuestras fronteras un intenso debate en torno a la capacidad y liderazgo de nuestras élites políticas y económicas para superar una tremendamente compleja situación que ha terminado por alcanzar todos los órdenes, desbordando el económico y financiero que es en donde se halla su origen.
La gravedad de los escándalos a los que hemos asistido impávidos y que se han sucedido en los últimos años, junto a una más que controvertida gestión institucional de la crisis (desde sus estadios iniciales a las reformas estructurales emprendidas en los últimos años a los lomos de las políticas de austeridad y consolidación fiscal) optando por sacrificar logros sociales conquistados por generaciones precedentes en nuestro endeble Estado del bienestar en lugar de resetear en serio un desfasado modelo productivo así como un complejo e insostenible modelo territorial, rémoras indiscutibles para la ansiada recuperación, han terminado por dejar a la sociedad española sin referentes éticos públicos a los que poder demandar y exigir una gestión eficaz, honesta y ejemplar de los recursos públicos y privados.
De ahí la oportunidad del libro que Antonio Núñez Martín nos ofrece y en donde se detalla una sólida y argumentada propuesta para una profunda transformación del sector público español, a partir de las buenas prácticas de la gestión pública (a través, en muchos casos del «estudio del caso», una práctica muy anglosajona que se hace presente en todos y cada uno de sus capítulos) que se han revelado con éxito en otras latitudes y en nuestro país.
El autor une a su sólida formación académica y alta capacitación (licenciado en CUNEF, MBA por IESE, máster en Public Administration por la prestigiosa Harvard Kennedy School o doctor por la Universidad Rey Juan Carlos) una amplia experiencia atesorada en los sectores público y privado, primero como director de programas de la prestigiosa Escuela de Negocios IESE, situándose al frente de su Instituto para el Liderazgo Público y Gobierno; más tarde, en su calidad de máximo responsable de Políticas Sociales en el Gabinete de Presidencia del Gobierno; y, por último, en la actualidad, como socio de Parangon Partners, consultora especializada en el asesoramiento de alta dirección, consejos de administración o «recruitment» de directivos.
En este sentido, España S.L. ofrece algunas claves de cómo trasvasar el talento y técnicas del management empresarial a la gestión pública, pero también de qué forma el sector privado puede también aprovecharse de un liderazgo forjado a menudo en la adversidad, la gestión de la crisis, la resiliencia, la transparencia y el permanente escrutinio público. No en vano, identifica la figura del directivo público (al que dedica el primero de sus capítulos, «El equipo directivo de España S.L.») como el principal agente de la modernización nacional requerida, asignándole unos perfiles y rasgos identitarios propios y diferenciados de los ejecutivos de las principales compañías del índice bursátil español, el IBEX 35.
En el segundo de sus capítulos («La sede de España S.L.: la Administración pública») el autor pone en evidencia cómo, a pesar de la crisis y de los complejos tiempos que corren, el papel del Estado es determinante y se le exige un mayor protagonismo para las dificultades crecientes. El panorama que dibuja, a partir de un debate muy norteamericano (¿cuál debe ser el tamaño del Estado?), sitúa a España en el justo medio, tanto en términos del empleo público (18%), a pesar de la política de ajustes que ha reducido más de medio millón de empleos en lo que va de legislatura, como si tenemos en cuenta el nivel de gasto financiero sobre el producto interior bruto (PIB), y donde «España se sitúa entre los diez países de la uecon menor gasto público en porcentaje de PIB (43,4%), frente a un 49,9% de media de la eurozona y a bastante distancia de los niveles de las grandes economías, como Francia (56%), Alemania (45%), Reino Unido (48,5%) o Italia (50,7%)». El capítulo concluye con la apelación a una necesidad, la reforma siempre in fieri de nuestro segmento directivo profesional, a partir del análisis realizado por la OCDE sobre las reformas operadas en más de doce países sobre dicho ámbito, destacando las distintas velocidades impresas sobre las mismas.
Entre las medidas de mayor trascendencia para la reorganización del sector público español dentro de las políticas de reforma estructural, destaca el Plan de Reestructuración y Racionalización del Sector Público Empresarial y Fundacional Estatal, aprobado en marzo de 2012. Fruto del análisis que este supuso, meses más tarde, se creará la Comisión para la Reforma de las Administraciones Públicas (más conocida por su acrónimo CORA), llamada a pilotar los cambios más trascendentales de ese cometido, que consigna el grueso del tercero de sus capítulos («El plan estratégico de España S.L.»), y que ha venido precedido o simultaneado con otras importantes reformas, como la aprobación de la Ley Orgánica de Estabilidad Presupuestaria y Sostenibilidad Financiera, que introduce una regla de gasto común a todas las Administraciones; la Ley de Racionalización y Sostenibilidad de la Administración Local, consecuencia de aquella a partir del lema «una administración, una competencia»; o la más reciente Ley de Transparencia, Acceso a la Información y Buen Gobierno, que introduce por primera vez en nuestro país la cultura del «gobierno abierto» a pesar de las dificultades que están revelándose en su aplicación práctica.
El núcleo de su contenido se centrará, no obstante, en los principales resultados de los que ha sido su tesis doctoral (dirigida por el director del INAP y catedrático de la Universidad Rey Juan Carlos, Manuel Arenilla, y cuyas conclusiones anticipa la presente monografía), tales como: la evaluación del desempeño, movilidad interna, plan de carrera (analizados en el capítulo 4: «La plantilla de España S.L.») o formación continuada (analizado detalladamente en el capítulo 9: «Los modelos de formación para el directivo público»). Sin descartar tampoco una investigación (destilada en el capítulo 5: «Las funciones del directivo público») que ha convergido con la primera, a partir de una encuesta sobre más de 400 directivos públicos (los mismos que han pasado por los programas de gestión pública que Antonio Núñez dirigía en la prestigiosa Escuela de Negocios IESE), y en la que se detallan las principales funciones que los directivos públicos están llamados hoy a desempeñar, como spin doctors, mediadores o negociadores, emprendedores, planificadores estratégicos, evaluadores de políticas públicas o como headhunters.
La síntesis de la investigación del profesor Núñez llega en la parte final de su obra, en la creciente y cambiante interacción entre lo público y lo privado, a pesar de sus diferencias (capítulo 6); e incluso, las técnicas invasivas que han llevado al management (a la que en Ciencias Políticas llamamos «Nueva Gestión Pública», como paradigma de estudio) a hacerse imprescindible en una nueva realidad que exige una agenda compartida y colaborativa para los sectores público y privado (capítulo 7).
Por último, y a pesar de las recientes reformas institucionales (véase el proyecto de ley reguladora del ejercicio del alto cargo de la AGE, que actualmente está en discusión) y las demagógicas proclamas dirigidas a impedir o dificultar las llamadas «puertas giratorias» entre la política y la empresa, al sector privado le puede ser muy útil la capacitación singular del directivo público, como bien detalla el autor en el último de sus capítulos («El decálogo de la gestión por pasión: ¿Qué puede aprender un directivo privado del directivo público?»). Es esta una tarea urgente que debe definirse con prontitud (incluso con luz y taquígrafos) pero nunca a costa de soluciones maximalistas que impidan que los mejores profesionales vayan a la política y viceversa, que las mentes más preclaras de lo público puedan finalizar su trayectoria profesional al frente de las grandes corporaciones del país, realizándose también (¿por qué no?) en lo privado.
Cada uno de los capítulos tiene una historia de vida, de éxito de trayectoria que el autor acomoda como un guante a alguno de sus capítulos. Este aspecto cualitativo enriquece la monografía con alguna de las mentes más lúcidas del ámbito empresarial (Marcelino Oreja Arburúa, consejero delegado de Enagás), institucional (Jaime Pérez Renovales, subsecretario de la Presidencia del Gobierno y presidente de la CORA, o Santiago Menéndez, director general de la Agencia Tributaria) o profesional (el exministro Jordi Sevilla, senior counsellor de la consultora Pwc, o José Ramón Pin Arboledas, titular de la Cátedra José Felipe Bertrán de Gobierno y Liderazgo en la Administración del IESE).
Esta es una lectura imprescindible para quienes bien por trayectoria bien por profesión estamos interesados por la gestión pública. Son muchos sus retos. Un sector público y privado que se entiendan y colaboren para abordar retos comunes. El aprovechamiento de los mejores talentos allí en donde se encuentren. Las reformas necesarias para devolver a nuestro país a la senda de la recuperación y la competitividad. Pero no debemos olvidar que nada hay que más influya en el presente y futuro de una nación que la salud de sus Administraciones y de qué modo la gestionan sus políticos y directivos. Algunas de las claves han sido apuntadas por Antonio Núñez en este libro, pero ahora hace falta que también entren dentro del ciclo de las políticas públicas de nuestros gobernantes para poder revertir una situación que, por momentos, se nos antoja insoportable.
Mariano Vivancos

El empeño de explicar los fundamentos de la mecánica cuántica a quienes previamente no tienen formación matemática es lo que guía a Brian Cox y a Jeff Forshaw, ambos físicos de los equipos del LHC del CERN, a confeccionar un libro arriesgado, no siempre triunfante, pero valiente. Desde luego, su lectura pide un cierto esfuerzo. Probablemente similar al que nos costó descifrar en su día (hasta el punto en que eso fue posible) La crítica de la razón pura o el Fedón platónico; tampoco más. Este Universo cuántico tiene en cuenta una de las principales barreras que hay que superar en este tipo de trabajos, que es la tradicional resistencia de los «no iniciados» (para entendernos, las gentes de eso que antes se llamaba «letras») a esta clase de prosa. Por no hablar del rechazo a esa página temible en la que aparece nada menos que un quebrado. Pero, ¿qué diríamos de una persona culta de hoy, pero de ciencias, que ignora la diferencia entre un romance y un soneto? Sencillamente, el ciudadano culto de la segunda década del siglo XXI que todavía no conozca ni con trazos gruesos qué son los quarks se quedará en algo parecido al ciudadano del siglo XX que ignoraba las leyes de Newton.
De eso trata El universo cuántico: de quarks, de probabilidades, de indeterminación… y del fin del determinismo. O quizá de un nuevo determinismo. Y todo ello se expone sin matemática, que casi es como si estuviéramos diciendo que nos enseñan a leer ruso sin alfabeto cirílico. Pero los autores son muy conscientes de ese «pánico al quebrado», y lo evitan a toda costa (salvo en el epílogo). También trata esta obra de por qué no atravesamos el suelo (si los átomos son casi espacios vacíos), por qué hay luz y por qué la vemos (¿acaso somos antenas que reciben ondas?) y por qué desde ese invento extravagante que recibió el nombre de transistor la vida de las personas ha cambiado hasta extremos inimaginables apenas hace cincuenta años (y por qué la electrónica es la electrónica). Sí, la mecánica cuántica no es una mera reflexión más o menos fundamentada o gratuita de unos teóricos despeinados, sino que nos informa acerca de nuestro mundo y de nuestra vida. Pero es, además, esa reflexión de conclusiones imposibles de alcanzar con las simples armas de nuestra intuición.
Naturalmente, el principal de los problemas será el argot peculiar que habrá que manejar en cierto grado, además del traslado a palabras de los conceptos muchas veces puramente cuantitativos y matemáticos que se encuentran en la base de algunos de los principales hallazgos. Ayuda, porque es impecable y excelente, la traducción de Marcos Pérez Sánchez, que se niega a bajar el nivel para facilitar las cosas, pero lo hace seguro de que su escritura y su dominio del léxico especializado sitúa las expresiones donde deben estar (sin violentos anglicismos, como se suele). Repasaremos en los primeros capítulos algo acerca de la historia del nacimiento imprevisto de esa cuántica por nadie anunciada, los indicios de la primera radiactividad que Becquerel se encontró junto a la imposibilidad de explicarla según los conocimientos del momento, y estaremos desde ese comienzo discutiendo ya muchos de los tópicos y errores que la divulgación suele extender, bien esos supuestos gatos de Schrödinger o las «partículas de Dios». Es probable que el lector no comprenda todo: los mismos cuánticos afirman que ni ellos mismos comprenden todo lo que manejan o lo que observan. Pero lo observan, y ello les obliga a aceptarlo. Un buen modelo para tantas otras conductas.
No obstante, su preocupación de divulgadores les tiene en tensión permanente, que no siempre se resuelve en favor del lector. Construyen analogías, metáforas e ilustraciones con la preocupación de comunicar mejor un cierto concepto que creen especialmente difícil de leer; pero en ocasiones el lector se verá más ocupado en descifrar la analogía que en comprender el concepto expresado tal como es (el caso de los relojes que emplean a lo largo de todo el libro como sustitutos de algo tan sencillo como los fasores es un buen ejemplo). Hay ilustraciones que el lector culto puede ignorar; incluso hay tramos de la escritura que puede sobrevolar (y volver a ellos cuando haya llegado al final, y seguro que los comprenderá mejor). Lo principal de esta obra no es un carácter de libro de texto que no tiene y no hay que buscarle, sino su cualidad de plano general de la mecánica cuántica, en el cual perdernos algunos detalles no nos va a importar si con ello accedemos a las ideas generales de la disciplina, y a su situación en el mapa de las ideas que del siglo XX han pasado al XXI incluso aumentando su importancia, y la previsión, en cierto grado, de su todavía mayor importancia futura. Como dicen los autores en el capítulo 3, es la resistencia a las nuevas ideas lo que lleva a la confusión, no la dificultad intrínseca a las propias ideas. Puede que esto no sea siempre cierto del todo, pero es muy probable. Y cuidado: es la mecánica cuántica precisamente la que nos ha dejado claro (y los autores expresan unas líneas más abajo) que «las probabilidades son lo máximo a lo que podemos aspirar».