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Ver productos1 Mar 1991 - 5min.
En dos ocasiones recientes he escuchado música rusa en el Auditorio de Madrid, ambos conciertos organizados por Ibermúsica.
Confieso mi debilidad por la música rusa y en general por el arte ruso. Rusia es una nación apasionante desde el punto de vista artístico y también desde otros puntos de vista como el sociológico, e incluso el religioso, y mucho más unida a España de lo que su lejanía en Europa pudiera hacer suponer; sin perjuicio, claro está, de obvias diferencias políticas, hoy mucho menos que antaño, y que, según parece y Dios lo quiera, están en trance de desaparición.
De las numerosas ciudades europeas que conozco, una de las que más me ha impresionado es San Petersburgo, que actualmente se la conoce con el feo nombre de Leningrado.
Es una ciudad a la vez monumental y mágica, con una luz que no parece de este mundo, quizá por su latitud. Original, sobre unas islas en el Báltico, como Estocolmo, más moderna pero por ello mejor trazada.
Sus monumentos y palacios son numerosos, si bien la Iglesia Smolnyj, de blanco, oro y turquesa, destaca sobre todas las demás. El Museo L’Ermitage contiene la mejor colección de pinturas del mundo, detrás, por supuesto, del Prado.
En su Teatro Kirov se puede oír y ver música sinfónica, ballet, ópera, de todo… Yo he visto allí, por ejemplo, La Traviata (por cierto, cantada en ruso, que es manera de educar al pueblo que éste escuche estas obras en la lengua vernácula).
El pueblo ruso… ¡tan bien representado en su música! ¿O acaso Boris Godunov no es la ópera del pueblo ruso? Lo mismo cabría decir de la obertura 1813 de Tchaikovsky o la cantata Alejandro Nevsky de Prokofiev.
Una de mis hijas, sumamente culta a sus veinte años, tiene a este compositor por su predilecto y está siempre y especialmente este año del centenario escuchando sus sonatas, sus sinfonías, sobre todo la quinta, el ballet Romeo y Julieta, sus óperas…
El primero de los conciertos se lo oímos a la Filarmónica de Leningrado, y al frente su director titular, Yuri Temirkanov, en el programa Petrushka, de Stravinsky, y Manfred, de Tchaikovsky.
Las orquestas rusas tienen una forma peculiar de interpretar la música, especialmente la suya (también se nota enseguida, ciertamente, si la orquesta es británica o alemana).
Los músicos rusos interpretan a sus autores sin ocultar -antes bien, poniéndolo de relieve- el aspecto pasional, a veces incluso brutal, que el pueblo pone en su música. En la medida en que la música tiene una raíz popular, y la tiene efectivamente, esta característica de los rusos se manifiesta con absoluta claridad en la música y también, lógicamente, en su interpretación.
El director representa, si se quiere, lo que estamos diciendo.
Pone un alma especial en la dirección; tal vez le sobre alguna gesticulación excesiva. En todo caso, la orquesta sonó de una manera maravillosa.
Petrushka es, como se sabe, un ballet en el que se nota la influencia de Debussy; el ritmo es la columna vertebral de las frases musicales, del discurso musical; pero, al estar muy apoyado en el folklore del país, es muy original, como las otras composiciones del autor en aquellos años: El pájaro de fuego y La consagración de la primavera.
Manfred es una sinfonía poco conocida y algo diferente de aquellas otras de la misma época de su autor. Tal vez menos «eslava» que la quinta y la sexta, con un final poco brillante y espectacular; si se nos permite, no responde tanto a las características de Tchaikovsky. Probablemente por eso su fama no ha alcanzado las cimas de las otras.
Un concierto, en suma, grandioso y parcialmente original.
La segunda orquesta en deleitarnos con música rusa fue la llamada Filarmónica Soviética, admirablemente dirigida por su titular, Gnady Rozhdestvensky.
Todo lo dicho de la anterior orquesta, y también de su director, es aplicable a ésta y a éste; si cabe, aún más; una cuerda absolutamente perfecta y una fuerza admirable en sus instrumentos de viento, sin perder nunca el tono y la mesura que comunica el director.
En la primera parte oímos una obra española, Tiento del primer tono y Batalla imperial, de Cristóbal Halffter, inspirada en las dos obras citadas de Cabezón y Cabanilles, respectivamente. Yo no había oído la obra y debo confesar que es una maravilla. Una orquestación extraordinaria, propia de nuestro compositor contemporáneo, que ha dado tantas pruebas de su gran capacidad de orquestación.
La orquesta la interpretó espléndidamente y el éxito fue enorme.
A continuación escuchamos dos composiciones clásicas de la música rusa: el Tercer concierto para piano y orquesta, de Rachmaninov, y el segundo acto del ballet Cascanueces, de Tchaikovsky.
El concierto de piano fue interpretado por Victoria Postnikova. Esta señora hizo una auténtica creación de esta larga obra, cuya primera parte, tan extensa, no resultó morosa en ningún momento.
Sobre Cascanueces ya está todo dicho. No fue la conocida suite, sino el segundo acto completo, tal cual se escribió, el que escuchamos. Por más que uno los oiga una y otra vez, asombran las famosas danzas española, árabe, china y rusa. Una conexión más hispano-rusa: la pandereta de esta última danza. La vibración de los aficionados se sentía en la sala.
De propina, el maestro Gnady Rozhdestvensky nos obsequió con una versión sumamente original del Tango de Albéniz, en extraña orquestación al estilo ruso.
En suma, quedamos los melómanos encantados de estas dos veladas de música rusa (hubo dos más, a las que no asistí). Un acierto pleno de los organizadores de la temporada 1990-1991, Orquestas del Mundo, de Ibermúsica.