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Ver productos1 Jul 1992 - 6min.
Hace poco se ha representado en Madrid dentro de la temporada de Ópera 1992 este precioso drama lírico de Gaetano Donizetti en su versión italiana.
La Favorita es la Ópera con la que inauguró el Teatro Real de Madrid en tiempos de la Reina Isabel II.
Gracias a esa afición de Isabel II se terminó de construir y funcionó 75 años el Teatro Real, uno de los mejores y más bonitos teatros de ópera que hubo en el mundo.
Es curioso de un lado y algo triste de otro, observar y comprobar cómo determinadas manifestaciones artísticas o lúdicas o deportivas, que son las que hacen grata la vida ociosa
del hombre dependen hoy todavía y sobre todo han dependido en tiempos del mayor o menor interés que por dichas manifestaciones tienen o tenían los Reyes, Jefes de Estado, dictadores o incluso gobiernos democráticos.
El triste caso de la Ópera de Madrid es un paradigma de lo que digo. El llamado Teatro Real no se determinó hasta que una Reina, no demasiado bien tratada por los historiadores, nació asombrosamente aficionada a la Ópera, nada frecuente entonces y ahora en Madrid (a diferencia de Barcelona con su célebre Liceo). Y gracias a esa afición de Isabel II se terminó de construir y funcionó 75 años el Teatro Real, uno de los mejores y más bonitos teatros de ópera que hubo en el mundo.
¿Hubo? Parece que no, pero todavía estamos en veremos; lo cierto y verdad es que se va a necesitar otros 70 años para que el Teatro Real vuelva donde solía. ¿Ello obedece sólo al desinterés de la sociedad madrileña por el género o también al mismo desinterés de los gobernantes? No me atrevo a afirmar nada rotundamente; pero es sintomático que cuando se reforma y reinaugura el Teatro Real hace 25 años, renaciera como sala de conciertos y no como teatro de ópera. Así, fue necesario más tarde, construir una sala de conciertos de nueva planta y además hacer una inversión muy importante en las reformas, eternas a lo que parece, del Teatro Real.
La cosa es que se inauguró con La Favorita, Ópera que va ocupar mi interés de comentarista sobre la versión que se termina de representar en el Teatro de la Zarzuela, digno sustituto de aquel otro añorado Teatro. Vaya por delante que la representación que vi y oí de La Favorita me pareció en conjunto excelente.
La mayor parte de los críticos desarrollan sus comentarios sobre la puesta en escena de las óperas y al final, deprisa y corriendo, dicen dos palabras sobre la orquesta y su director, los cantantes y los coros. Me parece que debe ser lo contrario y lo he dicho siempre que he tenido ocasión.
Es obvio que una ópera es algo que se pone en escena
; digamos que es un teatro representado y cantado; una suerte de comedia, drama o tragedia líricas, y es evidente que la representación queda mucho mejor y más completa si se pone
bien.
Pero no hay que engañarse: lo que importa es lo otro, que canten bien todos y que la orquesta suene bien; porque en la combinación audiovisual en que consiste básicamente este género artístico llamado Ópera interesa más lo primero que lo segundo. Por ello es indiferente que fabulosos cantantes de Ópera sean unos mediocres actores, cuyos nombres tenemos todos en la mente.
Pues bien, la orquesta y el director, los cantantes y los coros de la versión de La Favorita que acabo de ver resultaron todos buenos y lo hicieron todos bien.
La orquesta sonó estupendamente, tal vez excepto en la obertura que se tocó con miedo quizá por las críticas despiadadas que había recibido en algún medio de comunicación como se dice ahora, que había puesto a ambos orquesta y director a a pan pedir
.
En absoluto estoy de acuerdo con el comentario de referencia. Tanto la Orquesta Sinfónica de Madrid como el director Gian Paolo Sanzogno interpretaron la maravillosa partitura excelentemente, con toda clase de matices y de planos separados, oyéndose cada instrumento como debe ser y además sin el excesivo almíbar que a las óperas románticas ponen otros en determinadas versiones.
La Favorita, Leonor de Guzmán, era Shirley Verrett. Poco hay que decir de esta mezzo norteamericana de primera categoría. Cualquier aficionado sabe lo fantástica que es como cantante, como actriz y como mujer, en una espléndida madurez. Además, su italiano es mejor que el habitual en los cantantes de su país; su lúcida aria del tercer acto resultó deliciosa y el cuarto acto fue todo él una maravilla.
Claro que en gran parte se debió a que Fernando era Alfredo Kraus. Hace poco comenté en Nueva Revista su Alfredo de La Traviata en Nueva York. Hoy tengo que decir lo mismo de este Fernando de La Favorita. Me faltan palabras para transmitirles a ustedes la maravilla de tenor que es Alfredo Kraus en este tipo de óperas. Y no sólo en las arias del primero y del cuarto acto, tan célebres; es toda su línea de canto y de representación del personaje. Como ejemplos, los portamentos de la voz, asombrosos, y la vocalización (no se pierde no ya una palabra sino una sílaba) perfecta, cosa poquísimo frecuente incluso en cantantes famosos de ambos sexos.
El Rey Alfonso XI era Santos Ariño. Me gustó muchísimo y en su célebre aria del segundo acto estuvo fantástico. Dicen que es un barítono atenorado; otros tiran a bajos y hay tenores abaritonados; la voz humana tiene su lugar pero es imposible una catalogación tan absoluta.
El personaje de Baldassarre, raro y equívoco él donde los haya, fue incorporado por el bajo Juan Pedro García Marqués. Empezó con miedo no sé muy bien por qué, pero luego se afianzó y cuajó una excelente noche.
Inés (es una constante de la Ópera Italiana del Siglo pasado recrear personajes femeninos españoles que siempre se llaman Leonor y cuya amiga y confidente siempre se llama Inés) fue interpretado por Lola Arenas; no recuerdo haberla visto nunca, pero si juzgo por lo que vi y oí hay una gran soprano en ella.
Finalmente, Don Gaspar, nombre asimismo típico de ministro real español, fue desempeñado muy dignamente por el joven tenor Ricardo Muñiz, otro desconocido para mí.
Los coros cada día me gustan más; son unos profesionales muy bien ensamblados a fuerza de cantar juntos constantemente.
El problema del coro en el Teatro de la Zarzuela es la pequeñez del escenario, que al parecer obliga en ocasiones a embutirlos en los laterales, cual fue el caso. Y por ello las voces suenan un tanto como si cantaran en una estación de metro.
Puesta en escena
Y ello nos lleva de la mano al manido asunto de la puesta en escena
. La Favorita debe transcurrir en el siglo XIV y lo que vi más parecía del XIX; pero lo peor es que había un gran pot-pourri de épocas. Un ejemplo fue el final del segundo acto donde el Rey Alfonso XI iba vestido de Alfonso XII (500 años la separan); las señoras de la época llamada Imperio; los soldados parecían los de Napoleón III y los clérigos sacados del barroco italiano. Bastante lamentable todo y más aún incomprensible esta transmutación continua de épocas históricas, llena de anacronismos buscados de propósito, moda de la que no terminamos de salir.
La Favorita es menos belliniana que lo habitual en su autor. Al contrario, es muy original e influyó claramente sobre Verdi. En el coro del tercer acto se oye
Ernani. Y en el cuarto acto se ve
y se oye
el correlativo del Trovador.
En suma, una excelente representación de una fantástica Ópera, para mí la mejor de su autor, a pesar de la fama de Lucia y Don Pasquale y de la moda del Elixir de Amor, debido a la adopción que de ella ha hecho Luciano Pavarotti.