Europa sin los ciudadanos

La fiebre de Mastrique

Alberto Míguez

La Comunidad Europea sigue sumida en las incertidumbres de un futuro diseñado en otros tiempos. El referéndum danés y el francés sirvieron en los últimos meses para poner sobre la mesa una ristra de problemas que los signatarios del Tratado de Unión Europea (Tratado de Mastrique) o ignoraban o presumían que jamás perturbarían sus sueños ni los de los ciudadanos. Los resultados están a la vista: en los países donde se ha producido un auténtico debate nacional sobre las virtualidades y problemas de Mastrique, las opiniones públicas han respondido con reticencia cuando no con decidida hostilidad. En los que, como España, el gobierno no se tomó la molestia de informar seria y previamente a los ciudadanos de lo que les esperaba, la indiferencia o la desafección fueron la respuesta más común.

De Lisboa a Edimburgo

En la cumbre europea de Lisboa (junio 1992) los Doce asumieron una serie de compromisos para avanzar en el proceso de unión europea: pese al no danés, la unión debería hacerse con todos los países miembros, la ratificación del Tratado tendría que estar lista antes de fin de año y sólo a partir de la ratificación unánime del Tratado se podría iniciar el proceso de ampliación de la CE a otros países. Esta ampliación estaría también condicionada a la aprobación de las perspectivas financieras de la CE (paquete Delors II) para los próximos cinco años.

De Lisboa no salieron resultados perturbadores ni soluciones milagro entre otras razones porque el referéndum francés condicionaba cualquier proyecto de futuro. Los grandes problemas fueron aplazados a la presidencia británica.

El escaso  francés abrió un proceso de deterioro y desconfianza entre los ciudadanos cuyo reflejo estructural fue la crisis del Sistema Monetario Europeo (SME) aunque lógicamente se prefirió culpar a otros factores del desastre de septiembre. La presidencia británica decidió entonces convocar una cumbre europea extraordinaria con el propósito de frenar la espiral de europesimismo.

La cumbre europea de Birmingham (17 octubre) fue un fracaso, aunque ninguno de los participantes lo dijera abiertamente. Se habían creado expectativas —tal vez excesivas— de que el debate de los jefes de gobierno (más Mitterrand) se centrase en el análisis de la situación económica y monetaria de la CE. Los problemas del proceso de ratificación quedarían en segundo plano. Pero finalmente ninguno de estos aspectos fue tratado. Se prefirió segregar la espesa retórica al uso y, en palabras del presidente del gobierno español transmitir un mensaje sobre el mantenimiento del proyecto europeo y despejar algunos temas como el de la subsidiariedad, la Europa a dos velocidades y otros tópicos.

Entre la indiferencia y el pesimismo

Los Doce asumieron en la declaración de Birmingham cuatro compromisos: explicar mejor a los ciudadanos europeos las ventajas de la Comunidad y del Tratado de Mastrique, construir una Comunidad más abierta e informar mejor sobre sus actividades, respetar la historia, la cultura y las tradiciones de cada nación de la Comunidad e insistir sin ambigüedades en que la ciudadanía europea no sustituirá en ningún caso a la ciudadanía de cada país.

La construcción europea se hizo demasiado tiempo en medio de la indiferencia de los pueblos, reconoció el presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, en Birmingham. Se trataría ahora de apasionar a los ciudadanos en el proyecto de Mastrique. Misión, sinceramente, imposible no sólo por su origen (una explicación otorgada desde los centros burocráticos de poder: Bruselas o… Madrid) sino también por las características de sus promotores incapaces —por convicción o incompetencia— de haber hecho popular la idea de la construcción europea. El despotismo europeo que ahora reaparece (todo por Europa pero… sin los europeos) es probablemente el último intento del grupo de iniciados que hasta ahora dirigió la Comunidad por imponer sus puntos de vista.

Claro que los pueblos disienten cada día con más fuerza de este proyecto consistente en decidir y, después, explicar. Las preocupaciones de los ciudadanos europeos nada tienen que ver con la exquisita polémica sobre la subsidiariedad que tanto divierte a los eurócratas. Lo que preocupa a la gente común es la inflación, el desempleo, la emigración salvaje, la droga, la violencia callejera, la degradación del medio ambiente. Incluso, el desorden monetario o la penosa negociación sobre el GATT (Tratado de libre comercio) entre europeos y norteamericanos.

Cuando se firmó el Tratado de Mastrique, los gobiernos y, desde luego, la Comisión de Bruselas se olvidaron de un pequeño detalle: explicar a la gente en qué iba a cambiar su vida cotidiana, cómo iba a afectarles y, sobre todo, por qué se firmaba y para qué. Un año después a los olvidadizos les entró la fiebre de la transparencia. Demasiado tarde.

La paradoja de Mastrique es que cuanto más se explica, menos se entiende como se cansaron de repetir los partidarios del no francés. Algunos, incluso, fueron más allá y dijeron: cuanto más se explica, menos adhesiones obtiene. No hay peligro de que esto suceda en España porque el gobierno se limitó a diseñar una campaña explicativa light.

En su discurso ante el Congreso del pasado 20 de octubre, el presidente del gobierno español dijo cosas un tanto sorprendentes. ¿Más información? Yo tengo la impresión de que los gobiernos tienen una cierta dificultad… Informar no es sólo entregar documentación. Es también debatir. Hubo, desde luego, debate en el Congreso e incluso una Comisión de seguimiento de las dos Cámaras pero ¿puede afirmarse que se produjo el más mínimo debate en la sociedad? ¿Qué opinan en realidad los españoles sobre el Tratado de Unión Europea? Por supuesto, los políticos aseguran que hay un consenso generalizado sobre los temas europeos. Pero ¿cómo puede haber consenso cuando todo o casi todo sobre las consecuencias de Mastrique se ignora? ¿Dónde están los Le Pen, los Pasqua, los Marchais españoles? ¿Acaso no existen? Sería peligroso imaginar que así fuera porque eso evidenciaría no sólo una ignorancia generalizada sobre un asunto de tanta trascendencia sino también una ceguera suicida. Para nada sirve escudarse en que cuando se firmó el Tratado de Roma o el Acta Única Europea el debate fue insignificante y la transparencia nula. Los tiempos son otros, los desafíos mucho más audaces: Europa ha cambiado, los europeos también. Es imposible, sin grave quebranto para el futuro hurtar la información, el debate y hasta la gresca entre quienes creen en el Tratado y quienes, tal vez intuitivamente, lo rechazan. Grave responsabilidad, pues, la del gobierno (en este caso español pero no sólo…) pero también la de los partidos de oposición, sindicatos, patronales, asociaciones cívicas y un largo etc.

Un horizonte cerrado

Las perspectivas que ofrece ahora la unión europea tal y como fue diseñada en Mastrique resultan poco animadoras. En la cumbre europea de Edimburgo (11 y 12 de diciembre) se pasó del europesimismo inicial al europtimismo terminal por arte de birlibirloque. En una suerte de psicodrama, los jefes de gobierno y de Estado presentes llegaron cabizbajos y salieron fatigados y… eufóricos. Cada cual encontró su propia cuenta en este ágape donde todos comieron lo que portaban. El presidente del gobierno español se arrogó el papel numantino de resistir hasta el final contra todos: eso, al menos, fue la versión ofrecida por los medios gubernamentales, públicos y privados, en una prueba suplementaria de que el franquismo residual sigue rigiendo las conductas del poder y de sus escribas.

Las concesiones hechas al Reino Unido y Dinamarca en la cumbre de Edimburgo confirman la Europa a la carta contra la que tantas voces se alzaron en el pasado. Además de los graves problemas jurídicos que, sin duda, traerá consigo este compromiso del último minuto, son todavía muchos más los que se presentarán en el futuro. Lo de Edimburgo fue una chapuza pero pocos tuvieron el coraje de denunciarlo: ninguno de los graves problemas que amenazan el proceso de construcción europeo se resolvió convenientemente. Ni la crisis del SME (Sistema Monetario Europeo), ni la posición cerrada de Francia en las negociaciones del GATT, ni la excepción inglesa, ni desde luego, la ausencia en todo el debate, anterior y, seguramente también posterior, de los ciudadanos europeos. No sería de extrañar, pues, que el Parlamento Europeo de Estrasburgo rechazase unos presupuestos (o perspectivas financieras) que abarcan hasta finales de siglo y sobre cuyo cumplimiento hay más que dudas razonables. Claro que si el Parlamento sigue durmiendo el sueño de los justos, como ha hecho hasta ahora, nada deben temer los eurócratas de Bruselas recuperados del susto de estos meses tras la comedia de Edimburgo.

El horizonte europeo permanece cerrado pese a los esfuerzos burocráticos desplegados en los últimos meses. Las posibilidades de renunciar ahora al esquema de construcción europea diseñada en Mastrique, son pocas. Pero las posibilidades de avanzar resultan, también reducidas. Europa se encuentra en un impasse del que sólo puede rescatarla la fuerza de sus ciudadanos. Hasta ahora han sido los convidados de piedra de este banquete.