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Ver productos1 Jul 1992 - 8min.
Alberto Míguez.— El Frente Islámico de Salvación (FIS) ha llamado desde la clandestinidad a la lucha armada. ¿Qué consecuencias puede tener para el proceso argelino actual?
Ahmed Ghozali.— Esta declaración no aporta ningún elemento nuevo. El FIS utilizó la violencia y el terror desde 1991 y estaba ya comprometido con la lucha armada. Tras la primera vuelta electoral, cuarenta y cinco de sus miembros atacaron a soldados del ejército argelino en la frontera con Túnez y produjeron varias víctimas. El FIS se excluyó del proceso democrático con actos de violencia. Si el FIS hubiera alcanzado el poder habría instaurado un gobierno fascista.
Si el FIS hubiera alcanzado el poder habría instaurado un gobierno fascista.
A. M.— ¿En qué medida le sorprendieron las reacciones en el extranjero tras el cambio de régimen en Argelia?
A. G.— Muchos de nuestros amigos en el exterior, y precisamente algunos de los que estaban más próximos, tuvieron muchas dificultades para entender lo que pasó en Argelia. Y es natural porque Argelia durante bastantes años emitió falsas señales haciendo creer, por ejemplo, que estábamos en una democracia cuando en realidad nunca tuvimos, desde la independencia, un sistema democrático. El partido único lo impidió. En un momento dado se inició una experiencia democrática que nació desnaturalizada porque la dirección del partido único en el poder no aceptó jamás el principio de alternancia. El mundo exterior nos observó solamente a la luz del reciente proceso electoral, pero olvidó que Argelia sufre desde hace varios años incidentes violentos (octubre de 1988, junio de 1991). El olvidar todos estos antecedentes hace que se pierdan de vista las raíces de la situación actual.
A. M.— La culpa fue, pues, del partido único…
A. G.— El partido único utilizó incluso la violencia para evitar la alternancia. Todo esto se complicó más todavía ante el hecho de que la situación económica empezó a agravarse a partir de los años ochenta. Como no hubo soluciones políticas, tampoco las hubo económicas para un mismo problema. En los últimos tres o cuatro años, los argelinos hicieron creer que había un verdadero sistema democrático, de modo que la interrupción del proceso electoral fue interpretada como el final del proceso democrático. La verdad es que, por no haber iniciado a tiempo las reformas democráticas necesarias, se llegó a una situación en que algunos utilizaron la violencia para imponerse.
A. M.— ¿Cómo explica la ola integrista que estuvo a punto de hacerse con el poder?
A. G.— Puedo asegurarle que el pueblo argelino en su inmensa mayoría no es integrista, es un pueblo musulmán, vinculado a su religión pero sería un error creer que existe un fenómeno integrista generalizado.
A. M.— ¿Por qué entonces el FIS ganó en la primera vuelta de las elecciones con mayoría absoluta?
A. G.— En la primera vuelta de las elecciones de diciembre de 1991 hubo un 48% de abstención y solamente el 23% de los argelinos votó por el FIS. La lectura de los resultados indica a mi juicio que tanto los argelinos que votaron como los que no votaron, lo que hicieron fue rechazar un sistema político que se había convertido en algo insoportable. Pero en modo alguno se trató de una adhesión incondicional a lo que el FIS representaba. La gravísima situación económica y social fue aprovechada por los integristas. Si no lo hubieran hecho ellos, otros movimientos cualquiera, violento y antidemocrático, hubiese intentado explotar la miseria y la marginación de importantes sectores de la población.
En tanto no tengamos un Parlamento libremente elegido, todos los argelinos —no solamente el FIS— estarán excluidos de la vida política.
A. M.— ¿En qué medida la situación social y económica del país permitirá la normalización política en el futuro?
A. G.— La situación actual económica es desastrosa, pero estamos tomando medidas muy serias para remediarla. Desde 1987 Argelia sufre un endeudamiento exterior único: dedicamos desde hace cinco años el 75% de nuestros ingresos al pago del servicio de deuda. Para que se haga una idea de la gravedad: los expertos internacionales dicen que a partir del momento en que se consagra más del 25% de los recursos para el pago de la deuda los problemas serios empiezan. El plan de acción del gobierno intenta, en primer lugar, crear un nivel de reservas de cambio que permita la liberación auténtica del comercio exterior y facilitar así el paso efectivo a una economía de mercado. Hemos hecho esfuerzos sobre el papel en ese sentido, pero la verdad es que Argelia no ha pasado todavía a una verdadera economía de mercado. Intentamos liberar al Estado en los sectores donde su presencia no es necesaria y, al mismo tiempo, revigorizar y sanear el sector público. Intentamos también que el país salga de la situación de dependencia externa en el terreno alimentario…
A. M.— ¿Para alcanzar la plena autosuficiencia?
A. G.— Ese es el objetivo final pero no parece fácil. Argelia gasta cada año mil quinientos millones de dólares sólo en importación de alimentos. Y sin embargo podría alimentar perfectamente no sólo a los 25 millones de habitantes que tiene sino a 40 millones. Pero para ello es necesario que el Estado libere al sector privado, se cultiven las tierras abandonadas, se invierta en infraestructuras agrarias, comunicaciones, etc.
A. M.— ¿Cuál es el problema más grave del sistema productivo argelino?
A. G.— Uno de los más graves es, desde luego, el despilfarro. Se quedaría sorprendido si le dijera que desde hace años todos los programas públicos de equipo ya sea construcción de viviendas, distribución de agua potable o de electricidad tardan en realizarse 6 ó 7 veces más que en cualquier otro país: he aquí una pérdida de recursos considerable a causa de una administración que no alcanzó el nivel de competencia necesario.
A. M.— ¿Cuál es el objetivo principal del Alto Comité de Estado y de su gobierno?
A. G.— Crear un Estado fuerte. Pero un Estado fuerte no significa un Estado policíaco o un Estado militarizado sino una Administración competente, capaz de servir a los ciudadanos y que cumpla su papel, de modo que todos los sectores económicos puedan desarrollar su capacidad creativa.
A. M.— Con respecto a la paz social, ¿cree posible mantenerla excluyendo de la vida política a los tres millones y medio de votantes del FIS?
A. G.— En realidad todos los argelinos están excluidos de la vida política. Me explico: mientras no tengamos un presidente de la República elegido en el marco del pluralismo político, en tanto no tengamos un Parlamento libremente elegido, todos los argelinos —no solamente el FIS— estarán excluidos de la vida política. El proceso democrático consiste precisamente en la creación de las condiciones necesarias para que los argelinos tengan el gobierno que ellos quieran, con la Asamblea que elijan. Pero, repito, si el FIS hubiera alcanzado el poder habría instaurado un gobierno fascista. Y entonces todos los argelinos habrían sido excluidos de la vida política.
A. M.— La existencia de campos de seguridad
en el Sahara donde se encuentran detenidos varios miles de disidentes ¿no constituye una violación flagrante de los derechos humanos y políticos?
A. G.— Diré antes que fueron los propios argelinos en el pasado quienes enviaron señales falsas al exterior sobre una democracia que en realidad no existía. Ahora está ocurriendo algo parecido: se emiten desde Argelia o desde otros países señales erróneas sobre la violación masiva de los derechos humanos. Se dice incluso que lo que está pasando en Argelia es peor que Auschwitz, que se asesina a los disidentes o se encarcela a la gente sin razón o simplemente por reprimir. Toda exageración resulta a largo plazo insignificante. Amnistía Internacional y el Comité Internacional de la Cruz Roja pudieron visitar sin problemas estos «campos de seguridad» y lo han hecho con entera libertad. Son ellos quienes deben testificar sobre lo que allí ocurre. Un hombre político alemán que recientemente visitó los «campos» dijo que lo que había visto no correspondía en absoluto con lo que se decía en su país…
A. M.— No puede negarse, sin embargo, que la situación deja mucho que desear…
A. G.— El «estado de urgencia», cualquier «estado de urgencia», no respeta al cien por cien los derechos del hombre porque representa una restricción constitucional y de las libertades individuales. Eso está claro. Pero de ahí a decir que los derechos humanos son violados en Argelia sistemáticamente va un trecho enorme. Jamás la prensa, por ejemplo, había sido más libre en Argelia: por el nivel de insultos al gobierno puede decirse que es la más libre del mundo. Quien quiera puede venir a Argelia, estamos abiertos y cualquiera puede ver que los derechos humanos se respetan.
El «estado de urgencia», cualquier «estado de urgencia», no respeta al cien por cien los derechos del hombre porque representa una restricción constitucional y de las libertades individuales.
A. M.— ¿Cuándo habrá elecciones libres en Argelia?
A. G.— Cuando concluya el actual mandato presidencial, en 1993, se celebrarán elecciones para designar al nuevo presidente. Y serán en el marco del pluralismo político, algo que no ha existido hasta ahora porque siempre los candidatos a éste o a otro puesto eran designados por el partido único.
El actual Jefe del Gobierno argelino acredita, a sus 55 años, una larga experiencia, no sólo en tareas de gobierno, sino también en la dura y arriesgada vida política argelina. Nacido en marzo de 1937 en la localidad de Tighennif, cursó estudios de ingeniería en la Escuela de Caminos de París, donde se graduó con buenas calificaciones. Tras la independencia de Argelia, en su calidad de ingeniero, desempeñó diversos cargos en el Ministerio de Industrialización durante el período 1962/1964. Posteriormente es nombrado Subsecretario de Estado de Obras Públicas, cargo del que dimite en junio de 1965. Ministro de Energía e Industria de 1977 a 1979, es designado en 1984 embajador de su país en Bélgica y ante la CEE. Más tarde es ministro de Hacienda en 1988 y de Asuntos Exteriores desde 1989/1991. Por último, como culminación de su carrera, ocupa el cargo de jefe de Gobierno desde junio de 1991. Está casado y tiene tres hijos.