El amigo (íntimo) americano

Relaciones España-Estados Unidos

Alberto Míguez

«Agradezco, George, que durante tu mandato las relaciones entre nuestros dos países hayan alcanzado un nivel de cordialidad inédito». Resultaba, en efecto, un tanto sorprendente oír aquella declaración de amor a la intemperie, en el jardín de la Casa Blanca, mientras soplaba un vientecillo travieso y los almendros estaban en flor. En la obligada comparecencia ante los medios de comunicación con la que suele clausurarse cualquier visita al presidente de Estados Unidos, Felipe González estaba eufórico y Bush, zalamero. Repitió el presidente republicano tres veces que el liderazgo de González «a nivel continental (Iberoamérica) y europeo» no tenía parangón y culminó el jaboneo asegurando que siempre consultaba a González cuando debía tomar una decisión con respecto a cualquier país iberoamericano.

El presidente republicano repitió tres veces que el liderazgo de González «a nivel continental (Iberoamérica) y europeo» no tenía parangón.

Los amores tardíos de los dos presidentes, la cordialidad conseguida en unas relaciones que han sido siempre difíciles y el afianzamiento de una cooperación hasta hace poco exclusivamente militar constituyen, sin duda, un suceso mayor en la política exterior española. Si se compara con el ambiente reinante hace apenas cuatro años, cuando norteamericanos y españoles se despedazaban por la llamada reducción del esfuerzo militar en España o, dicho de otra manera, por la salida de los aviones F-16 de la base de Torrejón (el último aparato la abandonó sin pena ni gloria hace unas semanas) alguien podría tener la sensación de que se trata, ahora, de dos países y gobiernos diferentes.

Exaltación nacionalista

A propósito de los aviones y visto lo que pasó más tarde, habrá ahora algunos que se pregunten si valió la pena aquel zafarrancho por unos cuantos cazas, aparcados en una base «desactivada» (Torrejón era apenas una base de «reserva» por la que rotaban los aparatos en alerta situados en Cimino e Incerlik) y situada a unos kilómetros de la capital del país. Pero no sólo el gobierno español debería preguntarse sobre lo sensato de aquella exaltación nacionalista para uso interno. También los planificadores del Pentágono y, sobre todo, los del Departamento de Estado que enviaron a un «duro negociador» para que ganara un pulso y terminó saliendo con nocturnidad y alevosía de la embajada para destinos más gozosos en el escalafón, deberían hacerlo.

Bush pudo darse cuenta durante la Guerra del Golfo que los acuerdos de cooperación en materia militar no eran música celestial para el gobierno socialista de Madrid.

Bush pudo darse cuenta durante la guerra del golfo que los acuerdos de cooperación en materia militar no eran música celestial para el gobierno socialista de Madrid. Y que en el momento de dar la cara e incluso jugársela con los tradicionales amigos árabes, Felipe González era capaz de poner carne en el asador y ofrecer la base de Morón como rampa principal de bombardeo, abastecimiento y planificación de los B-52 que atacaron Irak. El griterío pacifista fue insignificante si se compara con el silencio sepulcral del resto del país, ni entusiasmado ni escandalizado con el apoyo español a la última cruzada, simplemente convencido de que se hacía lo que debía hacerse. El coste político que debió pagar el gobierno por esta decisión fue, pese a todo, modesto, máxime cuando —a excepción, naturalmente, de los comunistas— el consenso en política exterior volvió a funcionar.

Tras esta primera prueba de solidaridad política y militar con los aliados, el gobierno prestó un nuevo servicio a Estados Unidos al albergar en Madrid la Conferencia sobre Oriente Medio a petición de Estados Unidos. La Conferencia abrió un proceso de paz incierto, sujeto a múltiples avatares pero la reunión sirvió a González para establecer con Bush una relación de cierta intensidad —que ahora, probablemente, ambos exageran, pero que favorece unas relaciones estables y amistosas.

Consultas periódicas

La breve visita de González a Washington el día dos de abril abrió, según los comentaristas más risueños, como suele decirse en estos casos, «una nueva era». Bien es cierto que los medios de comunicación norteamericanos dieron una relevancia escasa al encuentro o simplemente lo silenciaron. También lo es que de la reunión y posterior almuerzo no salió acuerdo alguno. Pero tanto el ambiente como el método resultaron novedosos: se inauguraba así un proceso de «homologación» de España con sus aliados europeos desde la perspectiva de la Administración norteamericana. El método de consultas periódicas y reuniones al más alto nivel que los jefes de gobierno alemanes, italianos, franceses e ingleses celebran con el presidente norteamericano se aplicará de ahora en adelante a las relaciones hispano-norteamericanas. El techo y la intensidad de la relación se han elevado considerablemente.

Habría ahora que intensificar las relaciones no militares, sobre todo las tecnológicas, científicas, culturales e incluso comerciales.

Habría ahora que intensificar las relaciones no militares, sobre todo las tecnológicas, científicas, culturales e incluso comerciales sin dejar que sea apenas el mercado quien las marque. Pero esto es considerablemente mucho más difícil y parece un tanto difícil que ambas administraciones tengan medios y voluntad para hacerlo.

Por lo demás los nuevos plazos para la renegociación de los acuerdos de defensa facilitan bastante las cosas porque no exigen regateos permanentes entre los dos gobiernos e impiden la reaparición del nacionalismo hispánico y de la prepotencia americana siempre que se trate de cuantificar material, hombres y ubicación de las fuerzas. Es probable, además, que España en el futuro se vea afectada por el proceso de «desenganche» militar norteamericano en Europa (para muchos comentaristas, entre ellos el propio Kissinger, inevitable) aunque González hubiese reiterado en Washington, junto con un encendido canto a la OTAN, la necesidad de que los americanos sigan en el continente como elemento clave de la seguridad y estabilidad de todos.

Quienes desde posiciones de izquierda o de derecha reprochan al presidente del ejecutivo español su transformación en relación con Estados Unidos están, sin saberlo, jaleando su gestión exterior.

Quienes desde posiciones de izquierda o de derecha reprochan al presidente del ejecutivo español su transformación en relación con Estados Unidos están, sin saberlo, jaleando su gestión exterior. En efecto, el único reproche que puede hacérsele a González sobre el particular es que haya llegado a esta posición con cierto retraso y tras haber desplegado sin necesidad argumentos que ya a principios de los ochenta olían a naftalina. Que el reproche se haga desde posiciones a veces ultramontanas y reaccionarias por quienes siguen sin someter a revisión sus bohemias adolescentes —americanismo, anti-americanismo— demuestra que la frase, tantas veces repetida por el propio González y atribuida a Andreotti («el poder desgasta, sobre todo cuando no se tiene») contiene una buena dosis de sentido común.