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Ver productosLa comunicación audiovisual es hoy día el punto neurálgico de una serie de círculos concéntricos que irradian apetencias políticas, perspectivas económicas, desarrollo tecnológico, creatividad artística y posibilidades informativas. Son algunos de los muchos aspectos que engloba eso que se suele llamar lo audiovisual.
1 May 1990 - 16min.
Hace unos cuantos meses, durante una cena en París a la que asistían periodistas de cuatro países, se comentaban con la naturalidad más grande del mundo las noticias vespertinas de la CBS, que se ven en Francia a las ocho de la mañana. Se hablaba de Dan Rather —que aparece en las pantallas de los televisores franceses con subtítulos— como si se tratase del presentador de un «telejournal» y se analizaban las crónicas de destacados reporteros americanos con la rutina de lo cotidiano. Pero no sólo se comentaban las «evening news» de la CBS, sino también las noticias de la BBC o de la CNN. ¿Qué significa todo esto?
El mundo de las comunicaciones y, por consiguiente, de la información está en pleno cambio. Pensar en la televisión con esquemas simplistas es puro disparate, por no decir puro analfabetismo. Como decía no hace mucho un agricultor francés, «yo le obligo a mi hijo, que practica el inglés, a ver todos los días las noticias de la CBS. Luego le pregunto si Dan Rather nombró alguna vez a Francia, cosa que lógicamente no hizo. Así el chico aprende a saber que no somos el ombligo del mundo como parece desprenderse viendo nuestra televisión».
Lo mismo había que hacer con ese ministro español que, según Ignacio Sotelo, preguntó recientemente en Berlín a un ministro alemán «¿qué se dice por aquí del caso Guerra?». Ni somos el ombligo del mundo como aparentan muchas veces tanta noticia aldeana, ni los gobiernos central y autónomos pueden seguir pensando que el control de la televisión pasa por coordenadas ya totalmente superadas.
Así, por ejemplo, el «aparato de televisión» tradicional se transformará en un artilugio que dará paso a numerosos servicios, donde la televisión será uno más. La variedad de emisiones vía satélite supondrá «una intrusión técnicamente inevitable», según el informe de la Unión Internacional de Telecomunicaciones.
Y mientras todo este mundo de las comunicaciones revoluciona nuestro entorno, la mirada hacia el ombligo nos ha impedido ver a tiempo todo lo que se gestaba a un palmo de nuestras narices. Ahora, por fin, nos disponemos a redactar un nuevo estatuto de RTVE. Si nos descuidamos más, llega el siglo XXI y al director general lo sigue nombrando el gobierno, más o menos como si viviéramos en la época de la radio galena. Los tiempos del monopolio estatal en prácticamente toda Europa, primero de la radio y después de la televisión, a causa de las limitaciones tecnológicas y de la preocupación de los gobiernos por no dejar el control de arma tan poderosa. Monopolio que entró en crisis hace ya algunos años en Europa Occidental.
La presión social hizo imposible seguir aferrados a viejas fórmulas en la era de los satélites. Fue una ilusa esperanza mantener el monopolio estatal. Así lo comprendió el SPD alemán, que de estar en contra de la televisión privada pasó a admitirla. Los especialistas en medios de comunicación del partido socialdemócrata convencieron a la ejecutiva que oponerse era una batalla perdida. Pero muchísimo antes habían consolidado el sistema de televisión pública de la República Federal, uno de los mejores de Europa. Igual le ocurrió al socialismo francés y era lógico que aquí el gobierno del PSOE diera luz verde a lo inevitable.
La crisis del monopolio estatal no debe ir acompañada de la crisis y desprestigio de la televisión pública, que es necesaria como piedra angular de un sistema verdaderamente democrático. Así lo hemos entendido los europeos con un sistema de radiotelevisión distinto al americano, donde el oligopolio y la publicidad son los reyes, son los que mandan y controlan. La televisión pública, si es que debe ser de alguien, es de la sociedad.
La sociedad, las instituciones, el gobierno, los partidos; todos tienen que participar en la consolidación de la televisión pública. Desde una perspectiva periodística tenemos que recordar a Arnold Toynbee cuando dijo: «No exagero si pronostico que el futuro de la sociedad humana depende de la respuesta a esta pregunta, ¿estamos bien informados?» (1).
Para lograrlo hace falta que esa participación sea altruista y sincera. Que la consolidación de TVE no esconda la meta, por desgracia habitual, de conseguir su control al precio que sea. Control como tentación gubernamental, pero también de los grupos de presión más diversos. Se olvida muy a menudo que a quien hay que dar cuenta es a la sociedad. «Nadie tiene derecho a apropiarse de la televisión; ni tampoco a destruir los principios y valores fundamentales de nuestra sociedad. Nada le fastida más al ciudadano libre, de este país libre, que alguien le manipule en favor de una determinada opinión.» (2).
¿Y qué puede hacer el ciudadano de a pie para que eso no ocurra? ¿Cómo puede ejercer su derecho no sólo frente a la televisión pública, sino también frente a la privada? ¿Es posible el control público de la televisión? La respuesta a estos interrogantes no es muy esperanzadora.
La Televisión Pública, si es que debe ser de alguien, ha de ser de la sociedad. Su regulación y organización no puede depender del poder político. El control debería quedar en manos de la audiencia.
El profesor Manuel Parés i Maicas, que ha entrado a fondo en este importante tema, ha escrito lo siguiente: «Conviene que seamos conscientes que el poder (tanto el institucional como el que tienen los grupos de intereses en su parcela concreta de acción), al servirse de los medios de comunicación lo que pretende normalmente es influir o condicionar a una audiencia que, a menudo, por carencia de elementos de conocimiento, se halla en una situación de inferioridad y es susceptible, por tanto, de aceptar argumentos que en otro caso hubiese rechazado». (3).
Refiriéndose concretamente al control, dice el profesor Parés i Maicas que «debería ejercerlo la audiencia, a través de una institución muy representativa y ampliamente aceptada, desligada, en la medida de lo posible, de toda vinculación institucional y que a su vez represente la pluralidad ideológica y de intereses existente en toda comunidad».
«El control debería ser siempre a posteriori, nunca a priori, pues en tal caso nos hallaríamos ante un supuesto de censura.»
«El control podría referirse a cualquier tipo de contenido difundido a través de la televisión, sea cual fuere su naturaleza incluida la publicitaria. Si aceptamos la premisa de que la televisión debería estar al servicio de la sociedad y, por tanto, de la pluralidad de sus opciones, la regla del equilibrio en este campo debería ser respetada escrupulosamente.»
La próxima redacción de un nuevo estatuto de RTVE podría servir también para regular la radiotelevisión en España, desde esta perspectiva del control por parte de la sociedad. Pero desgraciadamente desde la muy lógica óptica política, los partidos argumentarán que para eso está el Parlamento. Y como dice el citado profesor, «si existe en el Parlamento un partido que ostenta la mayoría, en la práctica es muy difícil que exista control. Además, nos guste o no, ciñéndonos a la España inmediata, todos los partidos políticos sin excepción, sea cual fuere su ideología, conciben actualmente a la televisión como un instrumento de propaganda de su ideología o intereses, de consolidación de la imagen de sus líderes».
Ahora más que nunca, con la llegada a nuestros televisores de las señales que emiten los nuevos canales privados, urge poner en marcha alguna clase de esquema de control público de la televisión. «Lógicamente —como dice Parés i Maicas— una institución de este tipo, caso de poder ser creada, sería fundamental que adquiriera inmediatamente una gran relevancia social, un gran prestigio, con objeto de que sus decisiones, aunque sólo fuesen vinculantes moralmente, tuvieran una gran influencia. En otras palabras, estamos proponiendo un instrumento válido y eficaz para lograr una España más democrática.»
Todos los partidos del arco parlamentario no ven en sus ojos la viga de la responsabilidad, cuando señalan la mota de polvo en los de sus adversarios. El estatuto actual es fiel reflejo de esa postura de mirar al ombligo, sin otear el horizonte audiovisual de nuestro entorno europeo. Confirma, además, la actitud interesada de considerar a la televisión pública como propiedad de los partidos, situándola bajo el exclusivo control del Parlamento y no de la sociedad.
¿Por qué —por ejemplo— si se estaba ya en el camino de la España de las Autonomías no se estudió el sistema público de la televisión alemana, que ha resuelto muy aceptablemente la coordinación de las emisoras regionales en los estados federados? Hay un director general para todas en su conjunto, que se alterna anualmente, procedente de una de esas emisoras donde el respectivo director sigue ejerciendo independientemente de las demás. Pero la coordinación y planificación total está a salvo. Y los costes.
Aquí, ahora, las televisiones autonómicas empiezan a coordinar esfuerzos gracias al fútbol y, lógicamente, a los costes que supone la competencia. Pero es una coordinación de conveniencia sin una estructura previa eficaz.
Ya en 1979, durante un simposio celebrado en Madrid bajo los auspicios de la Fundación Naumann, del partido liberal alemán, se decía que para el funcionamiento a largo plazo del estatuto de radiotelevisión, «hace falta un consenso de los grupos sociales más significativos, para que la radiotelevisión se mantenga independiente de verdad y no entre en una lucha de poder político entre dos grupos diversos. Si no se produce ese consenso, entonces hay el peligro de que se deforme el estatuto de radiotelevisión hacia una televisión estatal o de partido, según el partido que mande». (4).
La crisis del monopolio estatal no debe ir acompañada de la crisis de la televisión privada; pero todos los partidos políticos sea cual sea su ideología conciben actualmente a la televisión como un instrumento de propaganda ideológica.
Para redactar el actual estatuto hubo consenso, es cierto, y no se le puede por lo tanto acusar al PSOE de ser el culpable de la presunta oficialidad de RTVE. La UCD estuvo de acuerdo. O lo que es lo mismo, hubo consenso entre dos partidos principales del arco parlamentario sin que el resto de las fuerzas sociales tuvieran vela en aquel entierro. Sí, entierro de las esperanzas de aquellos que miraban al horizonte cercano y no al Paseo de La Habana.
Pese a todo, en 1981, con Fernando Castedo como director general, la infraestructura de los Servicios Informativos y de la RTVE en general, empezó a cambiar. Se iniciaba el despegue definitivo de un sistema de televisión con hábitos estatales y oficialistas. La caída de Castedo fue un claro aviso de que los hábitos del Paseo de La Habana seguían vigentes. El 23-F tiene, asimismo, su gran parte de responsabilidad en aquel frenazo.
Fue una pena que en 1982, el gobierno legítimamente elegido por mayoría absoluta no afrontase el tema de la RTVE con cierta generosidad. No podemos pedir peras a los políticos que desde su perspectiva —inalcanzable para los mortales de carne y hueso— creen poseer el don de la infalibilidad. Ellos sabrán por qué no pusieron en marcha los mecanismos necesarios para adecuar el estatuto de RTVE a las nuevas circunstancias. Era el momento de empezar a colocar los cimientos de una nueva televisión pública, que inexorablemente tenía que estar preparada para afrontar el reto de la televisión privada.
«Si Gran Bretaña no hubiese contado durante muchos años antes de la creación de la televisión comercial con un organismo de radiodifusión de servicio público, el desarrollo de la televisión comercial hubiera seguido un camino muy distinto y los espectadores británicos no serían, como son hoy en mi opinión, los televidentes más privilegiados y mejor servidos del mundo.» Así se expresaba John Hoban, de la BBC, en las VI Jornadas de Estudio para Antiguos Alumnos de la Universidad de Navarra, en mayo de 1981 (5).
Antes se había referido al monopolio de la BBC, pero matizando que «Gran Bretaña tuvo la suerte de que esta enorme responsabilidad fuese puesta en manos de personas de singular entereza y gran sentido de la responsabilidad pública».
Mr. Hoban también aclaró que «los sectores comerciales que esperaban y buscaban el tipo de libertad operativa que habían visto en otros países, iban a quedar decepcionados porque el canal comercial fue establecido por el Parlamento bajo el control de una autoridad central que lo supervisaría, exigiendo las mismas condiciones y objetivos que se habían impuesto a la BBC».
Ganó el buen sentido y la responsabilidad. La implantación en Gran Bretaña de la televisión comercial no se hizo «a la americana».
El semanario liberal alemán, «Die Zeit», advirtió hace algún tiempo que no todas las empresas periodísticas debían participar en la televisión comercial. Propugnaba una estrecha puerta o control exhaustivo antes de la concesión de licencias. Argumentaba que ciertos consorcios periodísticos, con publicaciones sensacionalistas y chabacanas de gran tirada e influencia, no eran aptos para tener en sus manos una cadena de televisión.
En Estados Unidos, cantidad y variedad de cadenas no significa calidad. Casi todo discurre alrededor del consumo. Incluso los programas informativos, envueltos en una soberbia técnica y en unos gigantescos presupuestos, se conciben al estilo de los «spots» publicitarios. Más que noticias se ofrecen titulares. Estas se destacan en función de su espectacularidad, pero no para formar opinión pública con sentido crítico. Es cierto que el periodismo televisivo norteamericano se enorgullece de su libertad e independencia. Pero es independiente del gobierno, no de la publicidad.
«La información de las tres cadenas comerciales —ACB, NBC y CBS— es tan similar en contenidos e imágenes que uno se pregunta por qué emplean equipos diferentes. Es un ejemplo donde la competencia no tiene el efecto saludable que de ella esperábamos: diversidad y mejor calidad.» (6).
Se ve, pues, cuál es la meta de la televisión comercial «a la americana» y de la exuberante televisión privada «a la italiana». En ambas, como ha dicho Roberto Zacarria, «el rey del sistema es la publicidad». Con el agravante de que a eso hay que añadirle la poca producción de programas propios:
«Existe el riesgo concreto de que las privadas en lugar de producir sus propios programas, compren en el exterior, cosa que es muy fácil. Y que la televisión pública, en lugar de mejorar como consecuencia del estímulo del sistema privado, corra el riesgo de empeorar, de asumir todos los defectos de la televisión comercial. No producir y comprar fuera también, porque cuesta menos y rinde más en términos de audiencia. Con el resultado, por tanto, de que en lugar de un sistema más pluralista, tendríamos un sistema más cerrado y dependiente de otro sistema. De esta manera desembocaríamos en un sistema de televisión privada no pluralista y un sistema de televisión pública que corre el riesgo de convertirse en más privado y peor que aquel que llamamos privado.» (7).
La televisión privada está ya ahí llamando a las puertas de los hogares españoles, dispuesta a ubicarse en las salas de estar, preparada para zambullirse en el esperanzado espectador. Los profesionales de la información deberíamos tener una buena dosis de cautela ante todo este nuevo mundo. No hay que tener miedo, pero tampoco se nos debe pedir que seamos irracionalmente osados. Sea bienvenido el final del monopolio televisivo, pero que no se nos obligue implícitamente a pregonar esa muerte con un ¡viva! al otro monopolio u oligopolio: el que imponen los espacios publicitarios. Nos pueden obligar a que ofrezcamos programas cortados por un mismo patrón a fin de conseguir grandes audiencias, único incentivo para atraer masiva publicidad. Nos pueden señalar las pautas para hacer unos informativos donde prevalezca el espectáculo sobre la noticia. Tratarán de convencernos que todo lo que se mueve es televisión —aunque se trate de una banalidad— y lo demás aburrimiento. Programarán ellos, con la idea de que los informativos tienen que ser como «spots» publicitarios.
Los profesionales de la televisión informativa han de aprovecharse de la nueva tecnología hasta el máximo. Pero no para confirmar aquello de que «el medio es el mensaje», sino para informar mejor. Una programación digna, con cierto nivel, amén de bien hecha, nunca será aburrida. La televisión pública y comercial de Gran Bretaña es un claro ejemplo. Lo mismo podemos decir de la televisión alemana.
Muchos espectadores españoles están ilusionados con la llegada, por fin, de la televisión privada. Los profesionales del medio también debemos alegrarnos e ilusionarnos. Hay que darle la bienvenida. Pero por un principio de cautela no debemos caer en la tentación de considerarla como la panacea, capaz de solucionar tanto problema aplazado.
¿Quién la va a pagar? La televisión privada estará sufragada por los que la ven. Pensemos que los fines primordiales de la televisión privada o comercial, son las ganancias. Saldrán de los bolsillos de los consumidores de toda esa gama de artículos, que se anunciarán más que nunca. Ganancias, por otra parte, muy legítimas si se reflexiona sobre el riesgo de tan altísimas inversiones.
¿Es más barata la televisión sufragada por un canon fijo y algo de publicidad —sistema alemán— o aquella que no cobra nada pero que permite masiva publicidad? Sin duda alguna es más cara la segunda. El espectador la ve con la ilusión de que es gratis. Pero es sólo eso, una ilusión.
Esa masiva publicidad en la televisión comercial italiana ha suscitado el siguiente comentario de Paolo Bafile en la revista Gulliver: «La diferencia entre la televisión pública financiada por un canon y la privada es que la primera vende los programas a un público y la segunda, por el contrario, vende un público a las agencias de publicidad. En este caso, el espectador no es sujeto sino objeto de un contrato. De ahí que no se le trate como el destinatario natural de la comunicación radiotelevisiva, sino como el potencial consumidor de los productos anunciados». Atinado matiz que evita por sí solo largas disquisiciones sobre TV pública-TV privada.
La lucha por conseguir audiencia amenaza a la calidad, porque cuanto mayor sea la audiencia menor será la selección.
Es evidente que la televisión, sea pública o privada, debe tener un mínimo de responsabilidad social. El impacto de lo que aparece en la pantalla del cuarto de estar es mucho mayor que el de un medio impreso. No viene mal caer en la perogrullada y recordar que no es lo mismo hacer zapatos que televisión. Mal servicio harán los programadores de televisión a la sociedad, si tienen como prioridad la superficialidad y la chabacanería para así obtener los índices de audiencia solicitados por la publicidad.
«El dinero amenaza a la calidad: Ress-Mogg predice una televisión pornográfica en la lucha por la audiencia.» (8). El señor Rees-Mogg, antiguo director de The Times y actual presidente del Broadcasting Standard Council, organismo que supervisa en Gran Bretaña lo que se emite por televisión, advertía de esa manera como consecuencia de la guerra por la audiencia y la disminución de los ingresos por publicidad. También pronostica más violencia en la pequeña pantalla «porque aparte de que programas de esa clase se compran fácilmente y baratos, no son un mal camino de aumentar los índices de audiencia».
Siguiendo con este tema, un periódico español hacía la siguiente reflexión hace ya algunos años: «…Y han saltado al aire las televisiones independientes, clandestinas, piratas, repentinas. Italia es un enjambre. Una instalación local es muy barata de técnica; lo caro es la programación, pero basta una programación inteligente y libre, o solamente desenfadada y sin escrúpulos (las emisoras pornográficas de madrugada) para establecer una concurrencia muy seria a las viejas damas estatales, metidas en corsé de burocracia, miedo y servilismo». (9).
Lleva, pues, razón Mr. Rees-Mogg cuando reflexiona sobre la disminución de la calidad por culpa de esa «concurrencia muy seria», que incluso puede afectar a una «vieja dama» como es la BBC. El desparpajo de la «televisión basura», como le llaman en Italia, no tiene límites.
Esperemos que la televisión pública y la televisión privada responsable sobrevivan a esta guerra. Aunque el ser banal, insensible, analfabeto cultural, chabacano, «es un derecho del ciudadano», según algunos seudoliberales, no está mal que un medio como la televisión evite el contagio. Además queda mucho por hacer: crear opinión democrática, contribuir a la solidaridad, modernizar las mentes anquilosadas, propiciar la tolerancia, favorecer la honestidad, aumentar la capacidad crítica y evitar —en fin— que los valores democráticos se diluyan envueltos en la simplicidad de «es lo que quiere la gente». ■