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Ver productosUna periodista afroamericana recoge testimonios de jóvenes de EE. UU. descontentos y traumatizados a pesar de que pactaron previamente las relaciones con su pareja

7 de mayo de 2026 - 5min.
Christine Emba. Periodista afroamericana, graduada en la Universidad de Princeton. Ha sido columnista de The Washington Post (2015-2022) y actualmente escribe en The New York Times. Es autora de Rethinking sex. A provocation (Repensar el sexo. Una provocación) (Sentinel, 2022).
Avance
En lo que podríamos llamar posrevolución sexual de Occidente, se ha extendido el consenso entre los jóvenes de que «el sexo es bueno y que cuanto más tengamos, mejor», constata la periodista Christine Emba. No «necesitamos estar atados a una relación o matrimonio», de suerte que no son reprochables los encuentros esporádicos o el sexo concebido como algo lúdico y sin consecuencias. Se trata de inclinaciones personales, libres y voluntarias, que «no deben ser juzgadas por los demás, ni siquiera por quienes participan en ellas». En este contexto, «solo hay una regla de conducta: obtener de antemano el consentimiento de la pareja».

Pero el resultado es que muchos no logran la satisfacción anhelada y si les preguntan confiesan que tales relaciones suelen ser «una experiencia triste, inquietante e incluso traumática», afirma la autora tras recoger numerosos testimonios de jóvenes norteamericanos en su libro Rethinking sex. A provocation. «Todas las chicas que conozco —contestó una joven llamada Rachel— han tenido algún encuentro cuestionable, ya sea violento, agresivo o simplemente algo que les haya parecido horrible».
¿Entonces? —se pregunta la periodista— ¿para qué ha servido el consentimiento, que se supone era la regla básica de esos encuentros, salvaguardando la libertad y la responsabilidad de quienes los aceptaban? Claro que, si echamos la vista atrás, el consentimiento ha cumplido un cometido jurídico y cultural nada desdeñable, sobre todo para proteger a la víctima más habitual: la mujer. Antiguamente, recuerda la autora, esta era poco menos que «propiedad del padre o del marido», y las primeras leyes contra la violación supusieron un primer paso para corregir los abusos. Aun así, la carga de la prueba seguía recayendo sobre la mujer, lo que dificultaba el enjuiciamiento del culpable. A pesar del esfuerzo de las feministas de la segunda ola por concienciar a la sociedad, en 2019 seguían vigentes en EE. UU. las leyes que protegían a los maridos de ser procesados por violencia sexual. Supuso un notable avance el No es no, primero, y después la ley del Sí significa sí, promulgada en California. Esta última dejaba claro que un no no implicaba acuerdo alguno, era necesario un sí explícito, para aceptar relaciones sexuales. «Idealmente, el sí como norma convertiría el acto de dar consentimiento en un intercambio informado y empoderador».
Pero este enfoque, que se ha convertido en una práctica común en los campus universitarios, no parece haber reducido el descontento entre hombres y mujeres sexualmente activos. ¿Qué ocurre si una de las partes anhela un futuro juntos y la otra no?, ¿qué se considera una relación y qué es casual si la definición no es compartida? Si hombres y mujeres tienen diferentes ciclos de fertilidad, ¿afecta esto a la dinámica de poder?, ¿qué papel juega el dinero o el estatus?
El consentimiento, advierte la autora, «es un criterio legal, no ético». Y recurrir a él como brújula para una buena vida sexual no garantiza que respete la dignidad de la persona. De hecho, una dependencia excesiva del consentimiento como única solución acentúa el malestar: «Si sigues las reglas y aun así te sientes fatal, ¿qué conclusión debes sacar?»
Un factor ha agravado la situación en los últimos diez años: la proliferación de la pornografía al alcance de un simple clic. En 2019, Pornhub promediaba 115 millones de visitas por día, casi el equivalente a las poblaciones de Australia, Canadá, Países Bajos y Polonia. Y eso es lo que consumen las nuevas generaciones desde la adolescencia. Lo que se ve en la pantalla, prácticas cada vez más extremas y agresivas, se quiere probar en la realidad. «Desde la perspectiva masculina, en la que las mujeres existen para dar placer a los hombres y poco más, se han normalizado actos que antes eran menos comunes» sostiene la autora.
El problema es que cada vez más mujeres interactúan con hombres obsesionados con tales prácticas, incapaces de relacionarse con otra persona, en lugar de con un avatar en una pantalla. Ese tipo de prácticas degradan al ser humano (e incluso atentan contra su integridad física) y, por lo tanto, «la cuestión no es si se consintió en ellas, sino si son éticamente aceptables».
En este contexto, el consentimiento es un dique de contención frente al abuso más bien débil, al carecer de cimientos filosóficos y morales: «Impide criticar prácticas que, aunque consentidas, pueden ser dañinas o deshumanizantes».
Como alternativa, la autora propone una ética basada en el significado profundo del amor, entendido no como goce egoísta ni como experiencia impersonal, sino como «buscar el bien del otro», tal como lo definieron Tomás de Aquino y Aristóteles. Esto implica un cambio de paradigma y un cambio de actitud. Supone madurez afectiva, autoconocimiento, responsabilidad y una mayor reflexión sobre las consecuencias de los actos. Con este enfoque, «no todo lo consentido sería automáticamente aceptable, y la moderación o la abstención podrían ser, incluso, las decisiones éticamente más acertadas».
A raíz de la llamada «liberación sexual», la gente tiene más relaciones y más diversas, pero «rara vez sale satisfecha de ellas». Se las ha querido reducir a mero juego, pero la autora sostiene que «el sexo debería ser significativo. Y para eso, probablemente deba estar ligado a algo más que el deseo inmediato: a la intimidad, al amor, incluso al compromiso».
El estándar que propone Christine Emba es mucho más exigente que el consentimiento. Porque como ella argumenta, «el consentimiento siempre fue el punto de partida; nunca debió haber sido el límite».
Este artículo de Nueva Revista recoge algunas de las ideas del libro de Christine Emba, Rethinking sex. A provocation, sintetizadas en el artículo Consent is not enough. We need a new sexual ethic, publicado en The Washington Post; así como de sus columnas en The New York Times y de su blog christineemba.substack.
Imagen de cabecera: «El abanico del amor» (1717), óleo sobre lienzo de Jean-Antoine Watteau. El archivo de Wikimedia Commons se puede consultar aquí.