¿Vuelven los imperios?

Comparados con supra-elites como el Nuevo Orden Mundial o la UE, los antiguos imperios resultaban, en líneas generales, menos invasivos. Coordinaban reinos dejándoles un elevado grado de autonomía interna

Sede de la Comisión Europea (Bruselas). CC Wikimedia Commons

Avance

Los grandes imperios han pasado a la historia pero, de alguna manera, cabe detectar ciertos rasgos de la lógica imperial en las actuales relaciones internacionales. Hoy en día tenemos un modelo de gobernanza global impulsado por grandes élites económicas y tecnológicas que, sin legitimación democrática directa, aspiran a influir en cuestiones fundamentales, como la regulación de la vida cotidiana. Según el autor, este fenómeno ha reforzado el control estatal y supranacional sobre las sociedades mediante una combinación de regulación, vigilancia y capacidad de moldear la opinión pública.

Comparados con esas supra-élites, los antiguos imperios eran, en líneas generales, menos invasivos. Se configuraban como poder superior que coordina distintos reinos o Estados, dejándoles conservar un elevado grado de autonomía interna. Cita como ejemplos los imperios romano, medieval, otomano, británico y austrohúngaro, y considera que Estados Unidos mantiene todavía algunos rasgos de esa tradición. Un eventual orden internacional articulado en torno a varias grandes áreas de influencia exigiría legitimidad moral, capacidad de garantizar la paz, respeto al pluralismo y una intervención limitada a los asuntos esenciales. La actual Unión Europea no reúne esas características, dada su excesiva centralización normativa y una implicación creciente en cuestiones de detalle incompatibles con la lógica imperial clásica. Un verdadero renacimiento de los imperios es, desde luego, inviable, concluye el autor; pero considera que, si el mundo postmoderno quedara dividido en tres o cuatro grandes zonas de influencia, la vieja idea imperial tendría algo que sugerir.

ArtÍculo

El conflicto entre el papa León XIV y Trump con motivo de la guerra de Irán componía un escenario de lo más medieval: disputas entre el Papa y el emperador (¿habrá Camino a Canossa, como en 1077?).

El premier Péter Magyar habla de revivir el imperio austrohúngaro. No deja de ser significativo que hoy en día un gobernante de la UE mencione un viejo imperio centroeuropeo que encajaría mejor en la Edad Media, o, como tarde, en El Mundo de ayer (Stefan Zweig), que en 2026.

La cuestión que se nos plantea es qué forma de organización tiene más futuro: ¿las organizaciones internacionales (OO. II.), los imperios, o algún tipo de organización en esta línea? Y se plantea porque las OO. II., consideradas como ordenadoras del mundo, inspiran menos confianza que nunca.

Ese proceso comenzó antes del covid-19 —como poco, cuando las matanzas de Srebrenica y Ruanda—, pero como la pandemia afectó a todo el planeta, solo la erosión de la confianza en la Organización Mundial de la Salud ha sido claramente planetaria. Y en cuanto a la Organización Mundial del Comercio (OMC), con el tiempo ha resultado operar en beneficio de China, con lo cual, hoy, la idea de algún tipo de arancel (no necesariamente guerra arancelaria) en realidad no parece mal a nadie, lo diga o no.

En 1995 suponíamos que, por fin, bajo la OMC todos íbamos a estar en pie de igualdad: la realidad resultó ser una intemperie que arrasa con todo lo pequeño y diferenciado. Y de una intemperie en la que China arrasa, es natural protegerse. Los descomedidos poderes financieros de dimensión mundial, típicos de esta globalización y nunca vistos antes, aumentan nuestra indefensión en esa intemperie planetaria.

Hoy, poca duda hay de que las OO. II. no son lo que eran. Siguen allá arriba, intocables y privilegiadas, jugando en otra liga, pero al mismo tiempo quieren gobernarnos en detalle, porque se han convertido en combativas organizaciones de causas, y porque una vez que han gustado el poder, no lo quieren dejar. Ahora no las rigen sabios altruistas, sino hombres corrientes, con filias, fobias y parcialidades.

Autolegitimados para decidir por nosotros

Otra alternativa que convive con ellas es el NOM (nuevo orden mundial para un mundo único). Lo impulsa, sin disimulo, un reducido puñado de personas, ricas y poderosas, no elegidas ni responsables ante nadie: Rutherford, Schwab, Soros, Gates y otros. Son hombres de un tipo nuevo, superiores, auto-legitimados para decidir cómo tienen que ser nuestras vidas. Se creen con derecho a cambiar nuestras formas de vida, ciudades, paisajes, vehículos, oficios, alimentos… Pueden decretar que comamos insectos, que se abandone el campo y vivamos solo en grandes ciudades; pueden declarar irrecuperables grandes extensiones vaciadas y así sucesivamente. Aman la regulación y el control, pero no la libertad (Bruselas peca un poco de lo mismo).

Los países se hacen más y más iguales. El poder es dueño de la sociedad (De Jouvenel); hoy, mucho más que bajo Luis XIV. Dueño suena exagerado, pero la suma del control casi universal, las subvenciones condicionadas, multas, impuestos y mass media, dan al poder una capacidad, oblicua pero real, de configurar our hearts and minds que nadie pudo nunca soñar. Pocas cosas puede uno hacer sin seguir protocolo alguno. Añádase el estar siempre vigilado y expuesto a ser multado. 

El Derecho Penal ahora abarca muchos campos, con lo que se convierte no solo en represor del delito sino en instrumento configurador de la sociedad, que se debilita sin cesar. El gobierno impulsa a los ciudadanos a delatarse entre sí y en ocasiones (abogados, notarios, bancos) es legalmente obligatorio. Como en nuestra «sociedad del riesgo» (Beck) hay, efectivamente, muchos riesgos, no resulta muy difícil asustar a la sociedad, y una sociedad asustada es más fácil de someter.

En cuanto a imperios, pocos han habido que fueran auténticos. Ordinariamente los asociamos con grandes extensiones, o con el malsonante imperialismo, pero en realidad el imperio consiste en que un rey gobierne sobre otros reyes, no directamente sobre las personas ni los territorios de los reinos. Fueron auténticos imperios el romano, el medieval, el otomano, el británico, el austrohúngaro.

De las culturas políticas actuales la más imperial sigue siendo la anglosajona. Los Estados Unidos, una república, son the reluctant empire, el imperio a su pesar. La idea de un mundo de imperios es directamente contraria al One World, como también muestra la política del polémico Trump. Así que la práctica del imperio, que no había llegado a morir del todo, podría encontrar una vía de reencarnación.

Legitimidad problemática

Ahora bien, ¿cómo asegurar la legitimidad del emperador sobre los reinos o estados menores? No es fácil cuando no hay acuerdo básico alguno, ni siquiera sobre «un hombre es un hombre», y la palabra pública significa lo que quiera el Humpty Dumpty de turno. ¿Puede Washington dar lecciones de moralidad a Teherán? En todo, no. Según De Jouvenel, la antigua fe vinculaba al propio estado, lo cual era bueno para los súbditos. Siempre había sido así, hasta hace bien poco. Pero ahora, sin ninguna fe (ni siquiera lato sensu), ethos ni agreement on fundamentals que vincule a todos, ¿cómo haremos? Por decreto —ni por ley, ni por constitución— no se pueden crear tales cosas. Según el sueño de 1978, iba a bastar con una nueva ética pública, abstracta, que arrinconaría a la moral cristiana en el interior de quien la quisiera. Resultado, varios decenios después: corrupción rampante a la vista de todos.

Por otra parte, los imperios en principio no ordenan perseguir un real o supuesto bien común imperial (excepto la paz y otras generalidades; importantes, pero generales). Conan Doyle, cuando contempla el Imperio británico y dice que es querido por Dios, no lo justifica por imponer un bien común a todo el imperio, sino por la paz, la justicia y otros logros que suenan muy romanos (Nuestro Invierno Africano, 1929; Doyle era espiritista).

Abstenerse de pretender un bien común obligatorio de dimensiones imperiales nos lleva a otro tema. Los imperios deberán limitarse a gobernar lo esencial y tolerar un cierto grado de mal e imperfección (Bruselas, en cambio, nos limita ya ex ante, por ejemplo, la libertad presupuestaria). Además, deberán merecer una cierta admiración —lo british aún mantiene su glamour en sus antiguas colonias— y mostrar una mínima ejemplaridad, como se daba por supuesto antes. Las Galias eran invivibles «hasta que aceptasteis nuestro Derecho» (Petilio Cerial a los galos, tras derrotarlos, en el año 70). Roma podía ser dura (Virgilio le encargaba debelare superbos, someter a los soberbios) pero también lo contrario (parcere subiectis, ser blanda con los sometidos). Era mucho menos mala que las alternativas; de hecho, nadie quiso abandonar el Imperio romano ni durante su decadencia. Los bizantinos siguieron considerándose hoi romaioi (los romanos, aunque en griego) y tras 1453 la propia Rusia se veía como una Tercera Roma.

En la Galia pacificada Roma prohibió los sacrificios humanos. Londres prohibió en la India el suttee1 (ganándose así a las viudas) y los sacrificios humanos; no interfería demasiado ni imponía excesiva uniformidad. En aquellos puntos, Roma y Londres eran moralmente superiores. Pero si se pierden los resortes morales, los imperios se resentirán: si se pierden parcialmente, tendremos algo así como los Estados Unidos; si se pierden del todo, tendremos la UE o equivalente; o un «mundo plano» (O. Roy), o un Occidente que se autodestruye, y pronto (Emmanuel Todd).

En cuanto a la UE, ¿podría ser el imperio de Europa? Ahora, ni siquiera lo intenta. Más bien parece un estado que interviene hasta en las minucias; últimamente, baja del Olimpo y pone anuncios en las calles, como un gobierno local cualquiera. ¿Vería con buenos ojos un auténtico reverdecer austrohúngaro, justo el más blando y deslavazado de los imperios? Es improbable. Durante décadas decíamos entre bromas y veras que la UE, perdido lo sacro y lo romano, era de facto el Imperio germánico de nuestros días. Y no faltó quien la viera como una Cuarta Roma (Gerardo Pereira-Menaut, 2007). Pero desde la crisis del euro y en especial desde que gobierna Von der Leyen, se aleja más y más del modelo imperial: tendencialmente, los imperios son indirectos, tolerantes, pluralistas, heterogéneos y ocupados solo en el macro management. O sea, lo contrario de la UE, hoy. Además, se ha dejado engolfar en la globalización —negativa para la integración europea y nada imperial—; se somete al poder financiero mundial, a la OMC y a la OMS.

Contrapeso de auctoritas

Es, en cambio, bastante imperial, la actuación de Trump en Venezuela: retirar al Arquelao de turno, poner otra persona del lugar, y no mucho más: no aprovechar para implantar idioma, sistema educativo y ordenamiento jurídico, como hacía Francia hasta en Tahití.

Por último, como en la Edad Media, un imperio precisa un contrapeso externo de auctoritas sin potestas. Según todos los indicios, ese papel lo está jugando León XIV, como antes san Juan Pablo II.

Reeditar un mundo imperial es completamente imposible. Pero si el mundo postmoderno quedara dividido en tres o cuatro grandes zonas de influencia, la vieja idea imperial tendría algo que sugerir. Lo premoderno puede dar ideas a lo postmoderno (nada raro, en realidad).


Foto: Sede de la Comisión Europea en Bruselas, © EmDee, con licencia de CC BY-SA 4.0. Del archivo de Wikimedia Commons.

  1. La palabra sánscrita sati se refiere al rito o acto (sati o suttee) en el cual una mujer se inmola en la pira funeraria del recién fallecido marido, o al sujeto ↩︎