Vísperas del 92 y foto de familia

Alberto Míguez

Los fastos de 1992 se abrirán dentro de unos días en México con la primera cumbre iberoamericana de Jefes de Estado. Extraño debut éste en un país que curiosamente fue el más crítico sobre las celebraciones del V Centenario, y que ahora, gracias a una diplomacia dinámica, parece encabezar lo que para muchos podría ser una nueva feria de las vanidades.

Hace días, en Madrid, el nuevo embajador de México en España, Jesús Silva Herzog -que fue ministro de Hacienda con el presidente Lamadrid-, decía que lo más importante de la cumbre de Guadalajara (Jalisco) será sin duda «la foto»: todos los jefes de Estado de Iberoamérica, España y Portugal, al fin reunidos para pensar o repensar la que podría ser la futura «Comunidad Iberoamericana de Naciones». Desafío arriesgado y, seguramente también, imposible, porque en las postrimerías del siglo XX el viento sopla hacia otros nortes que los puramente culturales o sentimentales. Pero gesto, también, inevitable en la recordación del descubrimiento, «encuentro» o, como me dijo hace poco tiempo el presidente de Guatemala, Serrano Elías, «encontronazo».

Iberoamérica dejó de ser el«traspatio»del imperio y no es ya ahora ni siquiera el patio. La querencia de otros tiempos amargos se convierte en resentimiento por un olvido anunciado. Ni siquiera el sandinismo preocupa a Bush hoy. Sólo Castro, en pleno delirio crepuscular, inquieta o incomoda, aunque cada vez menos.

En Iberoamérica reina desde hace un par de años cierta sensación de orfandad. Durante mucho tiempo se decía que la proximidad del imperio USA era una condena de la geografía («pobre México, tan lejos de la mano de Dios y tan cerca de Estados Unidos», ¿se acuerdan?) de la que debería salirse con una voluntad integracionista y unitaria. Las reiteradas intervenciones imperialistas, la diplomacia del «gran bastón», la política «bananera» de Washington, habían dejado en los iberoamericanos un gusto amargo -aparte de un antiyanquismo militante, sobre todo entre las clases ilustradas- que los diferentes planes de ayuda y cooperación democrática puestos en marcha por el Gobierno norteamericano fueron incapaces de borrar. Pero cuando los centros de interés estratégico de Estados Unidos se desplazan hacia el Este de Europa o Medio Oriente, cuando concluye la guerra fría, Iberoamérica dejó de ser el «traspatio» del imperio y no es ya ahora ni siquiera el patio. La querencia de otros tiempos amargos se convierte en resentimiento por un olvido anunciado. Ni siquiera el sandinismo preocupa a Bush hoy. Sólo Castro, en pleno delirio crepuscular, inquieta o incomoda, aunque cada vez menos.

Europa

He aquí, entonces, que el nuevo mundo busca al Este, al otro lado del Atlántico, las afinidades y ternuras que no logró en el Norte. El peregrinaje de presidentes y ministros iberoamericanos por Bruselas, Estrasburgo o París, en busca de una entente entre la Europa comunitaria e Iberoamérica para el próximo decenio, se convierte en el pan cotidiano de los eurócratas. Collor de Melo, Menem, Aylwin, Salinas de Gortari, Carlos Andrés Pérez… buscan inútilmente en la CE al severo y aprovechado progenitor que intentaron matar hace años (léase Estados Unidos) según la más estricta ortodoxia freudiana.

España debería jugar en este caso el amable papel de intermediario, «puente» o «puerta», según la retórica oficial al uso. Pero cada día está más claro que esta intermediación es imposible, por innecesaria.

España debería jugar en este caso el amable papel de intermediario, «puente» o «puerta», según la retórica oficial al uso. Pero cada día está más claro que esta intermediación es imposible, por innecesaria.

Rota entre los sueños culturales europeos y las realidades estratégicas del Gran Norte, Iberoamérica intenta ahora la última oportunidad sentimental con estas celebraciones colombinas que mucho me temo concluirán en reparto de flores naturales y otros diversos excesos de juegos florales. Pero mientras tanto prepara ya el futuro mediante intentos dispersos de integración: ahí está Mercosur (zona de libre cambio formada por Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil), el nuevo Pacto Andino (que prevé el establecimiento de otra zona de libre comercio entre los países andinos a partir del 1 de enero de 1992), o, esta vez en serio, el inminente mercado común «norteamericano» con Estados Unidos de núcleo y México y Canadá de arietes. Y, como telón de fondo para la primera década del siglo XXI, el «mercado común hemisférico», una zona de libre cambio desde Alaska a Tierra de Fuego. La «Iniciativa de las Américas» de Bush prepara, precisamente, este proyecto mastodóntico.

Indiferencia y chapuza

La cumbre hispano-luso-americana emitirá un documento o declaración donde se analizarán los problemas económicos, sociales, educacionales, culturales y jurídicos del continente e islas. La CEPAL (Comisión Económica para América Latina), el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) y la Unesco se encargarán de redactar los capítulos sobre desarrollo social, económico y cultural. La troika (México, España y Brasil, los tres países donde se celebrarán las cumbres iberoamericanas en el 91, 92 y 93) elaborará el capítulo dedicado a la «vigencia del derecho internacional». Y aunque es imposible en estos momentos prever tanto el resultado final de este documento -cuya aprobación dependerá de los cancilleres, reunidos en sesión plenaria dos días antes de la cumbre- como sus consecuencias, todo indica que nos encontramos ante una proclamación bienintencionada donde cada uno encontrará lo que busca.

La sensación de espectáculo pueblerino, chapuza para uso de amiguetes e inmensa cantera de prebendas en que se han convertido la Comisión Nacional, la Sociedad Estatal, la Expo y «tutti quanti» mojan el mendrugo en el café con leche del presupuesto ubérrimo.

«Lo que me asusta del V Centenario es que está provocando unos enfrentamientos doctrinarios que hacía muchos años no tenían lugar en América Latina», dijo hace poco Mario Vargas Llosa. El comentario refleja, en efecto, una realidad. Seis meses antes de que se inicie el «gran año», los síntomas son poco esperanzadores. La polémica principal no parece, sin embargo, hallarse en la eterna batalla intelectual entre «indigenistas» e «iberoamericanistas», sino en la indiferencia generalizada con que los pueblos y también, para qué negarlo, los gobiernos contemplan los preparativos del 92. Y la sensación de espectáculo pueblerino, chapuza para uso de amiguetes e inmensa cantera de prebendas en que se han convertido la Comisión Nacional, la Sociedad Estatal, la Expo y «tutti quanti» mojan el mendrugo en el café con leche del presupuesto ubérrimo.

La «foto de familia» en Guadalajara dará mucho que hablar, sin duda. Pero se mantiene la sospecha de que, tras los fuegos de artificio y las danzas folclóricas, todo se quede en agua de borrajas.