Una leyenda árabe

Mª Pilar de Cecilia

Título: «Luz del Oriente».
Autor: Alberto Porlan.
Editorial: Mondadori, Madrid 1991, 161 pp.


Tras unas décadas en las que la narrativa intentaba superar el realismo por vía de experimentos formales, la fantasía parece estar imponiéndose de modo inapelable como fuente de inspiración de los novelistas. Primero contaron con excelente acogida de ventas y de críticas obras que revivían leyendas y sagas ancestrales procedentes del mundo nórdico y sajón. Autores alemanes e ingleses aprovecharon las posibilidades temáticas de este milenario material épico, base argumental para algunos de sus libros más logrados y mejor vendidos.

Después, en países alejados del ámbito cultural nórdico, el fenómeno correlativo parece orientarse hacia otra fuente narrativa de apariencia casi inagotable: las gestas del pueblo árabe en su lucha por llevar hasta el último rincón de la Tierra las doctrinas y enseñanzas de su profeta: Mahoma. Los cuentos nórdicos trasladan al lector al país de los elfos y los gnomos; mientras, los musulmanes nos conducen a ese otro mundo de los derviches, los almuédanos y las cortantes cimitarras.

La mística del guerrero

En tan sugestivo ambiente nos introduce Alberto Porlan allá por el año mil de la era cristiana. La acción se desarrolla en las tierras que pertenecieron a la antigua Persia, convertida en Irán al hacerse musulmana por la violenta ley de las armas. Igual que Cervantes hiciera al escribir el Quijote, atribuyéndose el papel de mero transmisor de un texto redactado por Cide Hamete Benengeli, el autor nos presenta su historia como si procediese de un texto escrito en árabe, traducido al español por un licenciado de Alcalá que ejerce como escribano a finales del siglo XVII. Su tarea sería, pues, la de dar a conocer la historia de un hombre que cuenta en primer persona las aventuras que vivió en sus años jóvenes.

Hijo de un comerciante de la ciudad de Samarcanda, desdeña heredar las riquezas de su padre, rechaza la posibilidad de disfrutarlas y acrecentarlas, prefiriendo convertirse en un valiente caballero, auténtico señor de la guerra. Fiel a la carrera de las armas, acude a una especie de academia militar de la época, donde sus maestros templarán tanto la fuerza de su brazo como la fortaleza de su espíritu. El eje narrativo lo constituyen los avatares de este duro aprendizaje, cuyos rigores se compensarán, en parte, con el calor de la amistad surgida entre el protagonista y otros dos jóvenes tan valientes y nobles como él.

A través de tan fascinante peripecia, Alberto Porlan realiza un llamativo despliegue de riqueza imaginativa, a medida que se adentra en una minuciosa recreación de la civilización árabe en el momento de máximo esplendor hasta ahora conocido. Todo el refinamiento de la sabiduría oriental, reflejada fielmente, con su crueldad y violencia, junto al espiritualismo de los grandes pensadores y la picardía del pueblo llano, nos brindan unos contrastes muy expresivos y cuidadosamente descritos. El derroche de fantasía en el que el marco histórico es sólo una referencia lejana, más bien poética, no impide, sin embargo, que el autor se haya documentado ampliamente en lo referente a detalles ambientales. Así, sucede que alude con frecuencia a objetos o lugares nombrados con palabras españolas de origen árabe, cuyo significado, hoy olvidado, es necesario describir consultando el diccionario.

Entre pasajes dramáticos, episodios dinámicos, historias legendarias y reflexiones filosóficas, el relato va quedando perfilado a la luz de un Oriente que quizá nunca haya sido muy real, pero que responde a la imagen que de los grandes períodos califales se han formado tradicionalmente los europeos.

Con un estilo muy cuidado y sugestivo, que aprovecha al máximo el exotismo de situaciones y personajes, Porlan envuelve al lector en un cálido torbellino de sensualidad, vehemencia, heroísmo y también de fervor fanático.

El narrador-protagonista, con la pasión de la juventud, en su búsqueda de la perfección y de la satisfacción de la renuncia, es un tipo humano muy atrayente que se muestra como el héroe idóneo para una novela de sabor épico y lírico a la vez, y que a través de una impecable prosa brinda claras resonancias poéticas. Su relato autobiográfico produce un efecto grato, seductor, haciendo olvidar al lector de hoy el recuerdo mucho más desagradable que en su mente han dejado los árabes contemporáneos, más reales, pero también mucho menos caballerescos y nobles que los guerreros legendarios que protagonizan esta brillante «Luz de Oriente».