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Ver productosEl rey Simeón de Bulgaria —o Simeón Borisov, como le llaman sus adversarios— vive en Madrid desde hace muchos años. Reacio por principio a los contactos con los medios de comunicación, se presenta hoy como una alternativa para el futuro democrático de su país. Su popularidad ha ido en aumento en su país de origen, al tiempo que los «nuevos demócratas» que lo gobiernan arrecian sus ataques contra quien es hoy una alternativa de reconciliación y reconstrucción nacional. En esta entrevista para NUEVA REVISTA, el rey Simeón traza, sin aspavientos ni estridencias, un escenario de paz y estabilidad para su país mientras espera el momento oportuno para regresar.
1 Oct 1991 - 6min.
Bulgaria transitó desde el comunismo a la democracia sin demasiados traumas y sin violencia. ¿Esperaba usted que el cambio se produjera pacíficamente?
— Sinceramente, siempre creí en el buen sentido del pueblo búlgaro y, si me apura, en el de sus dirigentes de entonces, fuesen o no comunistas. Temía como todos que la caída de Teodor Yikov provocase enfrentamientos y arreglos de cuentas, porque lógicamente había muchos odios almacenados, después de un régimen feroz que duró 45 años. Pero la reacción de la gente fue verdaderamente maravillosa. No hubo sangre.
— ¿En qué sentido?
— Hay una polarización que me inquieta muchísimo. La polarización no se produjo entre los comunistas y los demócratas, por ejemplo, sino, como dicen los ingleses, entre «los que tienen» y «los que no tienen», que son la inmensa mayoría, independientemente de los escalones sociales. Claro, todavía funcionan los viejos mecanismos psicológicos, el miedo… La sociedad búlgara estaba deshecha, rota. Todo el mundo se había acostumbrado a obedecer, y esa inercia constituye uno de los grandes déficit sociales con los que debemos enfrentarnos…
— ¿«Debemos»? ¿Se siente usted concernido también? ¿Qué papel desea jugar en el futuro de Bulgaria?
— Por supuesto que me siento concernido. No olvide que soy búlgaro, nací en Bulgaria, fui incluso hasta los nueve años rey de ese país y aspiro a serlo de nuevo.
— Pero ¿qué posibilidades reales tiene hoy la monarquía en Bulgaria? ¿Qué porcentaje de ciudadanos se declaran monárquicos?
— Sinceramente, no creo que el problema sea si hay un 30 o un 40 por ciento de búlgaros que se declaren favorables a la monarquía. Por supuesto que recibo estudios demoscópicos sobre las preferencias políticas de mis compatriotas, y éstas son variables. Pero me fío poco de estas evaluaciones. Lo importante para mí, sin embargo, no es el número de compatriotas que consideran la monarquía como un proyecto razonable de futuro sino la posibilidad de que todos los búlgaros puedan pronunciarse alguna vez sobre su conveniencia o no, sin prisas ni imposiciones.
— ¿Existe un partido monárquico en Bulgaria?
— No, afortunadamente no. Cuando algunos de mis amigos intentaron fundar algo parecido les pedí que no lo hicieran. La monarquía no puede ser un partido, ni siquiera una ideología, sino una fórmula de gobierno compatible con todos los partidos, siempre que sean democráticos.
— ¿Son los comunistas los peores enemigos de la restauración monárquica en su país?
— Los comunistas, desde luego, no son favorables a la causa monárquica, pero hay también otros partidos que se declaran republicanos y que, tal vez inconscientemente, están haciendo el juego a los comunistas prehistóricos, que durante 45 años se pasaron el tiempo hablando y escribiendo contra la «monarquía fascista de Simeón Borisov», que soy yo.
— Para usted, ¿Bulgaria es Europa?
— Por supuesto que lo es. ¿Qué otra cosa puede ser? Y añado: nuestro futuro está en Europa. Las fórmulas para esta integración, asociación o como se llame, habrá que encontrarlas de común acuerdo con los Doce y sin prisas. Pero nuestro futuro se entendería mal aislados de Europa.
— ¿Puede decirse que el partido comunista ha desaparecido en su país? ¿Dónde están los miles, casi millones de comunistas que había en Bulgaria antes de la caída del régimen de Yikov?
— Siguen allí, a nadie se le ha perseguido ni se le perseguirá por sus ideas. Conviene, sin embargo, distinguir entre comunistas y comunistas. En Bulgaria, durante la dictadura, muchos se inscribían en el partido porque era la única forma de subir en la escala social, conseguir ciertas ventajas, poder estudiar en las Universidades, ser funcionario, etc. Esta gente no tenía convicciones marxistas, y en cuanto el régimen cayó se dieron de baja, simplemente, del partido.
— Recientemente el primer ministro búlgaro, Dimiter Popov, dijo de usted que su posición era «muy digna, muy sabia y muy razonable». Y que hasta ahora «no se había inmiscuido en la política del país, no había intervenido en ella». Sin embargo, el 24 de junio, en Liechtenstein, Popov rehusó almorzar con usted después de haber aceptado la invitación del Príncipe. ¿Qué significado tiene ese gesto? ¿Significa que las autoridades búlgaras no quieren trato alguno con usted?
— Me resulta, en efecto, difícil explicar un gesto tan brusco. El Príncipe nos había invitado a almorzar, pero cuando el señor Popov y su comitiva llegaron al Palacio, decidieron rehusar la invitación, lo que, desde el punto de vista de la cortesía más elemental, resulta bastante sorprendente. El señor Popov sabía que el Príncipe que, además, es pariente mío me había invitado al almuerzo, y él, a su vez, aceptó la invitación. Fue necesario que el Príncipe de Liechtenstein pusiera las cosas en su punto. Fue un incidente desgraciado y que no sirvió para mejorar la imagen del régimen búlgaro…
Lo importante es conseguir una sociedad democrática, libre y estable. Y eso puede lograrse con una monarquía, con una república democrática o con cualquier otra fórmula.
— El Gobierno búlgaro le otorgó, en cambio, recientemente su pasaporte, y también a su hijo y heredero, aunque no a su esposa, Margarita. ¿Piensa regresar pronto a su país, como hizo su hermana María Luisa?
— No lo descarto. El regreso de mi hermana produjo manifestaciones populares que, lógicamente, no tranquilizaron al régimen.
— ¿Podría el Gobierno búlgaro impedir su regreso, como hicieron las autoridades rumanas con el ex-rey Miguel en un momento dado?
— Sería una arbitrariedad, una ilegalidad. ¿Con qué fundamento podrían justificar esta prohibición? Desde que se produjo la caída de la dictadura me impuse cierta prudencia en mi conducta y me abstuve de intervenir directamente en la arena política.
El futuro de Bulgaria está en Europa. Las fórmulas para esta integración, asociación o como quiera que se llame, habrá que encontrarlas de común acuerdo con los Doce y sin prisas.
— Pero ¿qué es más importante para usted: una Bulgaria libre, democrática y próspera o una Bulgaria monárquica?
— Lo importante es conseguir una sociedad democrática, libre y estable, donde haya una razonable igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos. Y eso puede lograrse con una monarquía, con una república democrática o con cualquier otra fórmula, en caso de que exista. Para mí, desde luego, lo importante no es la fórmula constitucional -cualquier Constitución democrática puede ser revisada y reformada, si el pueblo así lo quiere-, sino el contenido de esa fórmula. Una república democrática de verdad, como las que existen en Francia o en Suiza, sería magnífica para Bulgaria. ¿Qué felicidad mayor para mí que evitar meterme en más problemas, vivir en Madrid, viajar a mi país de vez en cuando o incluso instalarme definitivamente allí pero sin responsabilidades políticas…? Si asistiera a la implantación de un régimen democrático, libre, pluralista, representativo, de mercado, en el que los ciudadanos se encontrasen a gusto y en el que Bulgaria recuperase el papel que por historia, dimensiones y cultura le corresponde, ¡miel sobre hojuelas! No iba a ser tan insensato en decir entonces que «lo mío sería mejor».
— Esto de ser rey -sobre todo en el exilio- debe resultar un tanto incómodo…
— Desde luego, le sobra razón. Me gustaría conocer a quien inventó eso de «vivir como un rey» para decirle unas cuantas cosas… He vivido exiliado de mi país desde que tenía nueve años, he tenido que estudiar duro, trabajé con cierto éxito, debo reconocerlo, toda mi vida sin descanso y he mantenido, creo, con dignidad la razón de ser que heredé de mi padre. No ha sido fácil, nada fue fácil, sino más bien amargo…
— ¿Una vocación o un destino?
— Un destino, sin duda, que debí asumir cuando otros estaban saliendo de la infancia…