Silvia y Bruno

Luis Alberto de Cuenca

El reverendo Charles Lutwidge Dodgson, que ya había popularizado el pseudónimo de Lewis Carroll, publicó la primera parte de Sylvie and Bruno (Londres, Macmillan, 1889), la última, más extensa, compleja y ambiciosa de sus obras narrativas. La segunda parte de la obra, Sylvie and Bruno Concluded, no vería la luz hasta cuatro años después, en las navidades de 1893.

Para la mayoría de la gente culta, Lewis Carroll sigue siendo el autor de Alicia en el País de las Maravillas y de su secuela A través del espejo. De manera que Silvia y Bruno, con ser la obra favorita de su autor, como el Persiles y Segismundo lo fuera de Cervantes, se convirtió desde su nacimiento en uno de esos libros incomprendidos que nunca gozarán del fervor popular.

Hacia 1874, Carroll decidió escribir una novela que albergara a la vez situaciones fantásticas y realistas, fantasmagorías y hechos cotidianos, elementos absurdos y racionales. En carta fechada el 8 de enero de 1890, a raíz de la publicación de la primera parte de Silvia y Bruno, y dirigida a una prima de John Ruskin, Dodgson escribía: «Ruskin, hace años, expresó la esperanza de que mi próximo libro no fuera, como Alicia, un simple sueño inconexo, sino que tuviera una trama. Eso es lo que he intentado hacer en Silvia y Bruno». Sin embargo, la trama argumental de Silvia y Bruno consiste, lisa y llanamente, en la acumulación de materiales literarios de muy diversa índole: cuentos, poemas, canciones, juegos de palabras, paradojas científicas… que luego Carroll ordena y sitúa en la urdimbre de una narración tan inconexa al menos como la de su obra más famosa.

Las dos partes de Sylvie and Bruno fueron ilustradas por Harry Furniss (1854-1925), espléndido dibujante que ilustraría también la obra completa de Dickens y de Thackeray, además de colaborar asiduamente en Illustrated London News y en Punch. Desde 1886, año en que Carroll propone a Furniss la ilustración de Silvia y Bruno, novelista y dibujante estuvieron en estrecho contacto hasta la publicación de la segunda parte de la novela, a finales de 1893. Esta complicidad dio el fruto apetecido, pues los dos volúmenes de Silvia y Bruno se cuentan entre los libros ingleses mejor ilustrados del último tercio del siglo XIX.

Carroll participó, por lo demás, activamente en el proceso de gestación editorial de Silvia y Bruno: eligió el papel y los tipos de letra, supervisó la ubicación de las ilustraciones de Furniss (magníficamente grabadas por Joseph Swain), corrigió pruebas de imprenta y hasta fijó, de acuerdo con Macmillan, el precio del libro (7 chelines y 6 peniques) y su tirada (20.000 ejemplares, cifra basada en el impresionante éxito de Alicia y su continuación). La primera parte salió, por fin, de imprenta el 13 de diciembre de 1889. En un mes se vendieron 8.000 copias, pero las ventas fueron reduciéndose de manera implacable. A la muerte del reverendo Dodgson, en 1898, sólo se habían vendido 13 millares. Idéntico proceso conocería Sylvie and Bruno Concluded, que apareció oficialmente el 29 de diciembre de 1893, con el mismo precio que Sylvie and Bruno, pero con una tirada inicial de sólo 10.000 ejemplares.

En Silvia y Bruno coexisten dos universos: el real y el feérico. La trama realista es sencilla y convencional, una típica historia de amor aderezada con los condimentos al uso: dudas, arrebatos, decepciones, esperanzas, malentendidos, etc. Paralela a esta trama, e intercalándose constantemente en ella, se desgrana la narración fantástica, el cuento de hadas. Dos niños feéricos, Silvia y Bruno, hijos del regente de Exotilandia, se sienten obligados a abandonar su palacio por la actitud hostil de los nuevos soberanos: el Vicerregente, su esposa y su repulsivo hijo Ugguz. Carroll combina las dos tramas narrativas basándose en la disparatada teoría de que el ser humano puede entablar relaciones con lo sobrenatural a través de determinados estados anímicos. Por lo menos, el novelista consigue plenamente el objetivo de que el lector pueda cruzar a su antojo la frontera que separa el universo real del país de las hadas, lo que no es pequeño privilegio.

Pues bien, las dos partes de Silvia y Bruno acaban de aparecer, 100 años después, en castellano (Madrid, Anaya, diciembre de 1989, 496 páginas), extraordinariamente bien traducidas por el novelista Santiago R. Santerbás, autor de textos tan memorables como Tres pastiches victorianos (Madrid, Hiperión, 1980) o La vuelta al mundo en ochenta mundos (Madrid, Hiperión, 1982). La obra incluye las 92 ilustraciones originales de Harry Furniss y 12 láminas en color de J. Isaac. Asimismo, Santerbás ha redactado una introducción (de la que he tomado los datos arriba expuestos) y ha enriquecido el texto de la novela con numerosas notas exegéticas (glosas que el generoso tamaño del volumen permite situar al margen de cada pasaje glosado, como en los códices medievales), lo que convierte el libro en un auténtico The Annotated Sylvie and Bruno, al estilo de los annotated Sherlock Holmes de William S. Baring Gould, Shakespeare de A. L. Rowse o Dracula de Leonard Wolf.

No se trata tan sólo de una traducción castellana de Sylvie and Bruno maravillosamente ilustrada, sino de un minucioso trabajo de interpretación y análisis de la última y más enjundiosa novela de Lewis Carroll, llevado a cabo por un español, Santiago R. Santerbás, que demuestra conocer la obra del autor de Alicia, y, en general, el mundo victoriano, con una profundidad inédita en nuestro país, donde no abundan las personas dedicadas al estudio y exégesis de otras realidades que no sean las propias. Bienvenidos, pues, sean estos Silvia y Bruno de Carroll y de Santerbás a la nómina mayor de la bibliografía fantástica más reciente.