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Ver productos1 Nov 1991 - 8min.
El próximo uno de enero de 1992 Portugal asumirá la presidencia de la Comunidad Europea. Hace años, a raíz de haber ingresado en la CE, hubiera debido ejercerla, pero renunció porque su Gobierno consideraba que no contaba con medios ni con experiencia para cumplir adecuadamente este papel. Inmenso error, dijeron algunos. Prudente decisión, dijeron otros. Pero en el fondo todos temían que aquel gesto temeroso fuera apenas el síntoma de algo mucho más grave: la incapacidad lusa para integrarse en la Europa de los Doce, su resistencia, incluso, a esta integración. Portugal llevaba trazas de convertirse en una nueva Grecia apenas meses después de haber firmado su adhesión al proyecto europeo.
Han pasado varios años y las cosas son ahora, afortunadamente, muy diferentes. El país ibérico avanza en su proceso de modernización económica y social a velocidad de crucero. Se habla ya del «milagro portugués», como se habló hace bastantes años del alemán o más recientemente del español. La voz de Portugal suena en Europa sin complejos ni timideces. La política exterior portuguesa —sobre todo, la africana— además de original y eficiente tiene aspectos complementarios con la de los otros países europeos. Las relaciones con España, el incómodo vecino de tantos años, han mejorado espectacularmente. El antiespañolismo pacato de siempre ha ido cediendo el paso a una actitud de respeto mutuo y colaboración que se refleja, sobre todo, en un intercambio comercial intenso, inversiones mutuas, contactos cordiales y periódicos entre los jefes de Estado y de Gobierno de ambos países. Cualquier visitante que vuelva a Portugal tras varios años de ausencia comprobará que el país ha cambiado espectacularmente.
Desde abril de 1974, en que un grupo de oficiales «revolucionarios» acabó con el régimen autoritario de Marcelo Caetano (llamarle dictadura parece un tanto exagerado) y se inició lo que algunos denominaron la «revolución de los claveles», Portugal entró en una inevitable fase de inestabilidad política e institucional. Diez y nueve gobiernos (constituyentes unos y constituidos otros) en diez años es un récord difícilmente superable en la historia contemporánea de Europa.
En los índices del Banco Mundial y de la OCDE, Portugal era —y es— un ejemplo de crecimiento sostenido, de estabilidad social y de perspectivas de futuro.
El partido centrista se ha convertido en «cesarista». Cavaco es el partido, sin Cavaco el partido no existe. Y ¡ay de aquel que se atreva a desafiar la voluntad del líder o de sus próximos!
La trágica muerte de Francisco Sá Carneiro y de su ministro de Defensa, Adelino Amaro da Costa (sin duda la personalidad más carismática de la derecha portuguesa de la época), constituyó una tragedia para la recién recuperada estabilidad política portuguesa. El general-presidente Ramalho Eanes por su parte intentó —y, en cierto medida, lo logró— «anclar» al sistema político luso en la modernidad, con las dificultades inherentes a una «guerrilla institucional» con el primer ministro (el socialista Mario Soares por lo general), producto de una Constitución defectuosa salida de los entusiasmos revolucionarios de los setenta.
Fue a partir de 1986, con Soares en la presidencia y Anibal Cavaco Silva en la jefatura del gobierno (un socialista y un centrista populista con «cobertura» socialdemócrata) cuando Portugal entró en la senda del progreso y la estabilidad. Previamente el camino había sido preparado por el propio Soares como primer ministro, que había aplicado una rigurosa política económica que Cavaco implementó y mejoró.
Soares se convirtió en el presidente indiscutido gracias a su carisma y habilidad. Y gracias, también, al respeto que en todo momento derrochó con la labor de su primer ministro. Cavaco, por su parte, tuvo la habilidad de no llevar las querellas ideológicas o personales al terreno institucional. Socialistas y socialdemócratas concertaron una revisión constitucional a fondo y establecieron un silencioso consenso en política económica que permitió al país «tomar carrerilla» y dar el gran salto hacia Europa.
La relación ejemplar entre el presidente y el primer ministro se reflejaría en 1987, cuando llegó el momento de la reelección presidencial. Soares fue, entonces, el candidato del consenso, apoyado tanto por su partido —el socialista— como por el partido del gobierno —el socialdemócrata—, mayoritario en la Asamblea de la República.
Portugal se convirtió hasta mediados de los años ochenta en el «gran enfermo» de Europa, con una economía que rozaba el subdesarrollo y una política descoyuntada. El ingreso en el Mercado Común sirvió de acicate a este país de gentes laboriosas y tenaces cuyo proyecto histórico había sido traumáticamente mutado con la pérdida de las colonias.
La adhesión a la CE dinamizó una economía durmiente. Los «fondos estructurales» movilizaron capacidades inéditas y el país se convirtió en una inmensa obra pública. Las inversiones foráneas —muchas de ellas españolas— fluyeron, incontenibles. El paro descendió espectacularmente y se contuvo la inflación (que sigue siendo elevada, el 14% anual). Las industrias tradicionales y la agricultura intensiva adaptaron mejor que peor sus estructuras al desafío europeo. En suma, las capacidades de empresarios y trabajadores, tantos años contenidas o cercenadas, pudieron al fin desplegarse en lo que los seguidores de Alvaro Cunhal (el último estalinista de Europa) llamaron «capitalismo salvaje». Curiosamente, y a medida que este «capitalismo» se iba imponiendo, la conflictividad social bajó espectacularmente.
Estas elecciones de octubre consolidaron el bipartidismo en Portugal. Un bipartidismo imperfecto, si se quiere, porque los socialistas —condenados a cuatro años más de oposición impotente ante el «rodillo» parlamentario de Cavaco— no tienen la fuerza ni probablemente la voluntad de ser alternativa creíble.
En los índices del Banco Mundial y de la OCDE, Portugal era —y es— un ejemplo de crecimiento sostenido, de estabilidad social y de perspectivas de futuro.
Claro que este avance espectacular en el frente económico se produjo entre ciertas dificultades políticas. El Partido Socialista fundado y liderado por Mario Soares se convirtió en una jaula de grillos cuando éste asumió la presidencia de la República. Varios líderes menores (Gutierres, Constancio) precedieron al poco carismático pero relativamente eficiente Jorge Sampaio, que ahora dirige lo que fue la espina dorsal de la democracia portuguesa en épocas pasadas. Sampaio, alcalde de Lisboa «en receso» (para presentarse a las elecciones), ha sido incapaz de relanzar el partido con la fuerza que otros —entre ellos, Soares— esperaban. Los resultados de las elecciones legislativas del pasado 6 de octubre confirmaron la modestia y la tenacidad de su empeño.
En el Partido Socialdemócrata la figura del «líder único», Cavaco, ha desplazado a los «barones del Norte», liderados por el ex-ministro de Defensa Eurico de Melo y otros dirigentes regionales. El partido centrista se ha convertido en «cesarista». Cavaco es el partido, sin Cavaco el partido no existe. Y ¡ay de aquel que se atreva a desafiar la voluntad del líder o de sus próximos! El triunfo espectacular —aunque esperado— de Cavaco en las elecciones de octubre, donde repitió el éxito de 1987 obteniendo la mayoría absoluta (más del cincuenta por ciento de los votos emitidos, más de la mitad de los diputados elegidos) refleja esta evidencia, para algunos demócratas portugueses bastante preocupante.
Las relaciones entre el primer ministro y el presidente se agriaron en los últimos tiempos tal vez por razones electorales. De nuevo la batalla de competencias ha estallado públicamente, como se vio en la «cumbre Iberoamericana» de Guadalajara (México), pese a que el tema (las iniciativas presidenciales en defensa y política exterior) parecía aparentemente zanjado con la revisión constitucional. La esperanza de muchos es que, pasada la marea electoral, las cosas vuelvan a donde solían.
Los resultados de las últimas elecciones confirman la ineluctable tendencia de los partidos marxistas-leninistas y prosoviéticos europeos a su extinción.
Estas elecciones de octubre conciliaron el bipartidismo en Portugal. Un bipartidismo imperfecto, si se quiere, porque los socialistas —condenados a cuatro años más de oposición impotente ante el «rodillo» parlamentario de Cavaco— no tienen la fuerza ni probablemente la voluntad de ser alternativa creíble. Bipartidismo también por «omisión», dado que la derecha del CDS (Centro Democrático Social) obtuvo resultados mediocres en las legislativas de octubre que motivaron la dimisión irrevocable de su líder, Diego Freitas do Amaral. Sin Freitas y un puñado de diputados los conservadores portugueses corren el riesgo de desaparecer simple y llanamente, fagocitados por la verdadera opción de derecha, la populista de Cavaco.
El Partido Renovador Democrático, fundado por el ex-presidente general Eanes (con el propósito nada oculto de utilizarlo en el futuro como plataforma para su regreso a la presidencia), al no obtener un solo parlamentario, parece condenado también a autodisolverse como su partido gemelo español, el CDS de Suárez.
En cuanto al Partido Comunista de Cunhal, los resultados de las últimas elecciones confirman la ineluctable tendencia de los partidos marxistas-leninistas y prosoviéticos europeos a su extinción. Portugal no podía ser una excepción, aunque algunos diarios españoles, siempre atentos al sectarismo emergente, habían asegurado que la crisis del comunismo no afectaría a Cunhal, que perdió la mitad de su electorado y la mitad de sus diputados. El secretario general del PC portugués diría en la «noche triste» de las elecciones que «el pueblo se equivocó».
La llegada al panorama electoral portugués del partido de Solidaridad Nacional, más conocido por el «partido de los jubilados» (casi todos sus militantes y seguidores lo son), introduce en el escenario político unas gotas de originalidad no exentas de significación. Nacido hace tres meses tras una serie de conversaciones en jardines públicos entre «reformados» (jubilados), contará con un representante en la Asamblea de la República, su secretario general, Manuel Sergio, profesor de Gimnasia y Epistemología (sic).
Obviamente, el panorama político portugués seguirá marcado por la mayoría absoluta del PSD y la figura carismática de su «patrón» Anibal Cavaco Silva. Lo que resulta ciertamente curioso del panorama luso es que el llamado «modelo español» haya influido tanto en el proyecto de Cavaco que no perdió ocasión de evocar en todo momento la estabilidad política lograda desde 1982. «El éxito económico español se debe —dijo y repitió Cavaco— a la estabilidad política gracias a una mayoría parlamentaria clara». Una vez superado el cincuenta por ciento de los votos (unas décimas más que en 1987), desde España el Gobierno desea al líder portugués, remedando la etiqueta china, «mil años de estabilidad»…