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Ver productosPIEDRA PRECIOSA DE UN RIQUÍSIMO YACIMIENTO
«IDIOMA. Vocablo griego, pero introducido no sólo en la lengua latina, pero aun en nuestra lengua; vale tanto como propiedad de lenguaje, o la propia lengua de cada nación […]. De aquí se dijo idiota, que en rigor vale el retirado, el particular, el que no se comunica con los demás, el que ni tiene magistrado, ni entra en comunidad. Los latinos llaman idiota al que no ha estudiado ni sabe más que sólo su lenguaje ordinario, común y vulgar, necesario para tratar sus cosas, sin meterse en lo que toca a ciencias ni diciplinas, ni en deprender otra lengua más que la suya. El español llama idiota al que teniendo obligación de saber o latín o facultad, es falto e ignorante en ella, o al incapaz que intenta el arte o ciencia que no ha estudiado. De manera que esta palabra idiota, siempre tiene respeto a alguna cosa de las dichas arriba. El Calepino vuelve idiota: «Hispan. necio, rústico, indocto, loco». No me parece que dio en el blanco, y no me espanto, que como extranjero, que no alcanza la propiedad de nuestra lengua, errase. Su origen es ιδιος, proprius, etc., como está dicho en la dicción idiota, inde ιδιωτης, idiotes, lat. idiota».
Esta cita es una muestra excelente de cómo los lenguajes pueden ser utilizados en el uso común, como utensilios de juego y arte, y a menudo también de humor. Estoy seguro de que, tras conocer el párrafo, muchos lectores habrán caído en la cuenta de la facilidad con que pueden ejercer el sarcasmo sirviéndose con seguridad y calma de un limpio instrumento cultural.
Deben agradecérselo a Sebastián de Covarrubias, uno de los mayores sabios de nuestro Siglo de Oro. Pero será mucho más lo que le deban si deciden convertir en libro de primera mano la obra donde aparece así definido el término «idioma».
NUESTRO PRIMER GRAN COMPENDIO LEXICOGRÁFICO
El Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, Luis Sánchez, 1611) es el primer diccionario monolingüe del español, y se lo considera, pese a sus deficiencias, como una de las obras precursoras de la lexicografía europea. Covarrubias declara en su prólogo «Al lector» que el motivo que le llevó a redactarlo fue dotar a la lengua castellana de un diccionario similar a los que ya existían para otras lenguas europeas. Más allá de su inicial propósito lexicográfico y etimológico, el autor fue llenando las entradas de su diccionario con reflexiones propias de una clara intención didáctica y moral, que, junto a la inmensa cantidad de materiales que lo pueblan (leyendas, historietas, cuentos, refranes, citas de autores clásicos y modernos, sucesos de la época, etc.), hacen de él una de las mejores fuentes para el conocimiento de los saberes, el espíritu y la mentalidad de los hombres de su tiempo.
Desde el diccionario de autoridades hasta el más reciente Diccionario de la Real Academia Española, el Tesoro está en la base de prácticamente todos los diccionarios del castellano. Así, la edición actual del DRAE, la vigésimo segunda, contiene todavía un buen número de sus definiciones. Tal ha sido la influencia del Tesoro que -como ha señalado la lexicógrafa Olimpia Andrés- hasta alguna de sus erratas ha llegado a formar una entrada del diccionario académico. Me refiero a la voz Colanilla, que aparece definida en el DRAE como «Pasador con que se cierran y aseguran puertas y ventanas» y no es sino la palabra colunilla (columnilla) mal escrita en la entrada Alamud de la primera edición del Tesoro: «vale cerrojo o otro instrumento con que se cierra; y propiamente colanilla [colunilla] de hierro, que tal es la que asegura la puerta con el cerco, bajándose o subiendo».
EL AUTOR Y SU OBRA LITERARIA
Sebastián de Covarrubias y Orozco nació en Toledo el 7 de enero de 1539. Su madre, doña María Valero de Covarrubias, era sobrina de Alonso de Covarrubias, arquitecto de Carlos V, y prima del famoso jurisconsulto y teólogo Diego de Covarrubias, del que El Greco realizara varios conocidos retratos. Su padre fue el también jurisconsulto Sebastián de Orozco, hoy más conocido como dramaturgo y poeta, que compuso, entre otras obras, un famoso Cancionero, el Coloquio de la muerte y varias obras dramáticas.
Sebastián pertenece, tanto por la rama paterna como por la materna, a dos familias de importancia en la historia del Derecho y de la Literatura española. Además del propio Covarrubias, figuran incluidos en el Catálogo de Autoridades de la Real Academia Española su padre, su hermano Juan y su tío abuelo Diego. Su hermano, Juan de Orozco y Covarrubias, obispo de Guadix y Agrigento, es autor de unos Emblemas morales.
Estudió Teología, Leyes y Cánones en Salamanca. Llegó a ser capellán de Felipe II, fue consultor del Santo Oficio, comisionado por el papa, a petición del rey, para la formación religiosa de los moriscos conversos de Valencia, y, finalmente, canónigo de la catedral de Cuenca. En esta ciudad residirá, uniendo a sus funciones curiales la minuciosa revisión de sus obras, hasta el día de su fallecimiento en 1613.
Además del Tesoro, Covarrubias escribió también unos Emblemas morales, volumen que está considerado como uno de los mejores libros de emblemas de la literatura española. Ambas obras son fruto de una vida dedicada al trabajo concienzudo y a la revisión constante, y no vieron la luz hasta los años finales de la vida del autor, cuando Covarrubias, temeroso de una muerte próxima que dejaría su obra inacabada, se apresuró a darlas a la imprenta. Tras la publicación del Tesoro, Covarrubias continuó trabajando en el texto, y dejó un manuscrito de cerca de cuatrocientas páginas en que corregía algunas voces, ampliaba otras y añadía muchas más, con el propósito, quizá, de sacar a la luz una versión corregida y ampliada. La muerte le llegó sin poder realizar ese proyecto, y hasta hoy no se ha publicado una edición completa del Tesoro que intente acercarse a lo que su autor concibió.
En esta época en que, por fin, se ha empezado de modo sistemático la recuperación crítica de los textos de nuestros autores clásicos, era necesario enfrentarse de una vez por todas a la tarea de preparar una nueva edición crítica y completa de la obra que sirve y ha servido como herramienta fundamental de todos los eruditos. No se hallará anotación alguna a un texto clásico que no contenga innumerables referencias al Covarrubias. Hasta ahora todos utilizábamos la benemérita edición del Tesoro de Martín de Riquer, y desde hace poco la meritoria transcripción del Suplemento de Dopico y Lezra; pero no disponíamos de una edición integral y revisada de una obra tan fundamental.
EXPLICACIONES Y AUTOCRÍTICAS
El trabajo ha tenido varias fases. Primeramente se ha realizado una revisión del texto de la edición de 1611 -única edición que Covarrubias publicara y por tanto autorizara-, se ha limpiado del buen número de erratas que presenta, y se ha modernizado, regularizando las grafías y la puntuación.
En segundo lugar se han reordenado las entradas según la ortografía moderna, y rehecho su estructura -a veces siguiendo las instrucciones que Covarrubias marcaba en su Suplemento-, al entender que la división que presenta la edición de 1611 se debe, en buen número de casos, no tanto a la intención del autor como a la impericia de los impresores.
Posiblemente esta reestructuración de las entradas es lo más discutible, pero a la vez lo más meritorio de esta edición. Aunque son multitud los ejemplos que podrían aducirse, quizá baste con el siguiente para mostrar la necesidad de esta intervención crítica: Un vistazo a este fragmento permite ver que la división en entradas que presenta la edición de 1611 es algo caprichosa. ¿Por qué Abreviador constituye una entrada, y no Abreviatura? ¿Por qué Abreviado se define dentro de Breve, y no de Abreviar? ¿Por qué hay una entrada Breve en la letra A, y luego nos encontramos otra en su posición correcta? Y ¿por qué estas entradas no guardan entre sí orden alfabético cuanto todas las de su entorno lo hacen de un modo riguroso? Probablemente, Covarrubias pretendía definir todas las palabras que consideraba relacionadas dentro de la entrada Abreviar; pero una mala interpretación de la marca mayúsculas por parte de los cajistas provocó tal desbarajuste. En el manuscrito del Suplemento se puede comprobar cómo Covarrubias tenía la costumbre de escribir en mayúsculas tanto las acepciones y derivados de cada palabra definida como la propia palabra cada vez que se repite. Los operarios de la imprenta, al componer el libro, no supieron a menudo distinguir de las nuevas entradas tales usos secundarios, y pusieron en mayúsculas éstos y aquéllas conforme a un criterio a menudo equivocado.
La siguiente fase consistió en colocar en su sitio los materiales del Suplemento escrito por Covarrubias, ampliando bastantes entradas e insertando muchas otras nuevas.
Por último, con la ayuda de varios especialistas, se han revisado los textos en otros idiomas -latín, griego, árabe, italiano…-, recuperando, por ejemplo, la vocalización del hebreo ausente en todas las ediciones posteriores; y se han incorporado un buen número de grabados para ilustrar las entradas, añadido que supone, a nuestro entender, un enriquecimiento del diccionario. La ilustración del Tesoro se decidió con la idea de incorporar todos aquellos grabados de emblemas, empresas, jeroglíficos y otras composiciones de carácter emblemático mencionadas por Covarrubias en las definiciones. Este tipo de materiales, muy comunes en la época para mostrar con ayuda de la imagen el valor simbólico y a menudo moral de relatos, personas, animales o cosas, pueden resultar muy opacos para el lector moderno si se los priva de su componente visual. Por ello pareció muy útil y oportuno incluir los grabados.
En la tarea de selección de este material se han ido ampliando poco a poco los límites propuestos al incluir dos elementos: de una parte, emblemas que no se mencionan directamente, pero tratan del mismo motivo simbólico descrito en el discurso; y de otra, los que simplemente ilustraban el animal u objeto definido. A causa del contenido enciclopédico del Tesoro, ilustrar todas las entradas para las que hubiera un y grabado apropiado fue un proceso casi natural y, desde luego, no exento de una búsqueda laboriosa. Dado el aprecio que Covarrubias tenía por los libros ilustrados, como puede deducirse de las obras que cita y del esmero que puso en la edición de sus propios Emblemas, se tiene la convicción de que no habría desdeñado dicha aportación. Se han empleado exclusivamente grabados de los siglos XVI y XVII, procedentes en su mayor parte de ediciones ilustradas, y en menor medida de estampas sueltas.
El resultado final de esta tarea tiene una apariencia formal muy similar a la de cualquiera de las enciclopedias modernas que siguen el esquema trazado por Diderot y D’Alembert para su Encyclopédie. Esta similitud no es casual, pues la inclusión de ilustraciones ha conformado el Tesoro como lo que realmente es: una suerte de enciclopedia humanística. Si aquella Enciclopedia puede ser valorada como cumbre de un nuevo saber ilustrado que pretende basar el conocimiento en la razón autónoma, el Tesoro es un muy personalísimo compendio de los conocimientos del humanista que da tanta importancia a lo metafísico como a lo físico, a lo moral como a lo real, y que reúne sin reparos todos los conocimientos anteriores apoyándose sin rubor alguno en el seguro principio de autoridad.
AUGURIUM!
Ultimada esta labor ingente, no queda sino pedir disculpas por la tardanza en la presentación del fruto, por superar los plazos que fijados, y rogar indulgencia por los errores que se hayan podido cometer. Pese a ellos, estamos convencidos de haber contribuido provechosamente a mostrar en todo su esplendor el Tesoro de Sebastián de Covarrubias. Por lo demás, siempre se puede volver a presentar en nuestro descargo el mismo argumento que para su edición él adujo en uno de sus emblemas:
«Siempre que naturaleza ha de producir alguna cosa grande, es tarda y perezosa en su generación y crianza, como consta entre los animales la del elefante y entre las plantas la de la palma -figura de nuestro emblema-; y en el arte, que en cuanto puede procura imitarla, sucede lo mesmo, pues el arquitecto habiendo de hacer una gran fábrica, abre profundas zanjas y en el henchir los cimientos gasta mucho tiempo y consume gran cantidad de materiales, sin que todo esto luzca, ni se eche de ver hasta llegar a la flor de la tierra, que asienta su sillería y carga con seguridad la soberbia máquina de altos muros y fuertes torreones. No sucede menos al que en su imaginación, con fuerza de ingenio, fabrica alguna obra, parto del entendimiento, como yo lo he experimentado en mi Tesoro de la lengua española, en que he trabajado muchos años hasta ponerlo en estado que pudiese salir al público, no sin miedo de que con toda mi diligencia habré faltado en muchas cosas. El mote es tomado de Lucrecia: Nil edere magnam, spectandumque solet, longo nisi tempore adultum» (Covarrubias, Emblemas morales, emblema 45 de la segunda centuria).
Cuando Miguel de Cervantes en 1604, antes del mes de septiembre, terminó de escribir -y muy a su gusto- la primera parte del Quijote, antes de dar el manuscrito a la imprenta, le quedaban pendientes dos cosas que los lectores echarían de menos si no las encontraban en el libro. Una era un prólogo que explicara la naturaleza y finalidad de su obra y otra esa serie de «sonetos, epigramas o elogios» de «personajes graves y de título» de alabanza del libro, de su autor o del asunto que eran habituales en aquella época. Estas dos deficiencias casi le llevaban a la decisión de «determinar que el señor don Quijote se quede sepultado en los archivos de la Mancha hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas que le faltan». Pero esas lamentaciones y esa presunta decisión no eran verdad. El irónico ingenio cervantino, a la manera mayéutica de Sócrates, tenía pensadas las respuestas antes de que le llegaran las preguntas.
Para explicar y justificar la solución que dio a los dos problemas acudió a inventar la visita de un supuesto amigo suyo que le sorprendió «con el papel delante, la pluma en la mano, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando» qué hacer. Él le habría referido sus cuitas y el supuesto interlocutor, a quien Cervantes le había dado a leer con anterioridad el original le dio la solución, definiendo con un par de frases la obra que él ya había leído. Este libro, dijo, «no tiene necesidad ninguna de aquella cosa que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías» de los que no se había ocupado ninguno de los autores que se suelen citar para realzar las obras literarias. Más adelante, el amigo habría insistido con más precisiones en la misma idea: «Esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías».
Con estas palabras puestas en boca de su innominado amigo, que le había hecho salir de su embarazo y le había dado ya casi hecho el prólogo, Cervantes proclamaba que El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha era un libro de libros, que lo había escrito para enfrentarse con los de caballerías, una «secta» que, como diría el cura en el capítulo sexto de esta primera parte de la obra al practicar junto con el barbero el escrutinio de la biblioteca, tuvo como «dogmatizador» a Amadís, y a la que había que combatir para bien de la república. Y en cuanto a los poemas de saludo y alabanza, siguiendo un segundo consejo de aquel «interlocutor» había resuelto componerlos él mismo atribuyendo la autoría a los personajes de ficción que le pareciera que pegaban mejor.
Toda la historia del hidalgo manchego, en efecto, no es para su creador otra cosa que una confrontación con los libros de caballerías que tanta difusión habían alcanzado en el XVI español. Confrontación y, al mismo tiempo, diálogo con esas historias tan odiadas, de las que toma con apariencia de burla ocasión para las aventuras de su héroe. Porque es un libro de caballerías vuelto del revés. En vez de Amadís, don Quijote; en lugar de un rey como al de Gaula, al manchego le armó caballero, mofándose de él, un ventero de su tierra, andaluz, «ni menos ladrón que Caco ni menos maleante que estudiantado paje»; en vez de Oriana, hija de reyes y enamorada de su joven y apuesto caballero, con el que finalmente se desposaría, la imaginada Dulcinea, una tosca labradora del vecino lugar del Toboso, que no llegó ni siquiera a enterarse de quién era don Quijote, ni de su enamoramiento, más imaginario que platónico; en lugar de ser honrado por reyes, como su ideal modelo Amadís, don Quijote fue bufón de unos duques de Aragón y de unos acaudalados burgueses de Barcelona; el de Gaula vencía gigantes, y el de la Mancha se estrellaba contra unos molinos de viento; en vez de la Ardiente Espada de Amadís, las armas viejas y recompuestas que el mismo don Quijote acertó a mal remendar, etc.
Algunos de los críticos y estudiosos del Quijote -quizá no todos los más recientes- han escrito que cuando, hacia final del siglo, Cervantes estaba madurando el propósito de componer su obra, los libros de caballerías eran una literatura en retroceso y casi en fase terminal. Parece que, en efecto, después del 1600 se publicaron pocas obras nuevas de este género y los escasos libros caballerescos del siglo XVII que recoge Gayangos en su catálogo de 1857 son simples y pobres continuaciones de los viejos Palmerines o Belianises.[[wysiwyg_imageupload:1702:height=182,width=200]]
Pero no acababa de ser exactamente así. El decenio de los ochenta del XVI había conocido una verdadera inundación de esta clase de obras, según se desprende de la información que se reúne en el ya antiguo catálogo del erudito sevillano don Pascual de Gayangos. En él se mencionan no pocas publicaciones de esos años: varias series de Espejos de caballerías, hasta cuatro ediciones de Amadís, tres de las Sergas de Esplandián, su hijo, y otros más. Es cierto que ya en el XVII no se ve que haya Floristeles, Belianises o Palmerines de nueva creación.
Pero todavía en esos años se guardaban seguramente por todas partes en las casas de las gentes cultivadas, en los palacios de los grandes y hasta en las ventas de los caminos, libros de caballerías que pasaban de una generación a otra y eso ocurría entre personas y familias de diversa clase y condición. Santa Teresa de Jesús y Juan de Valdés pertenecían a sectores sociales distintos, eran de dos generaciones anteriores a Cervantes, y, desde muy jóvenes, igual que los suyos, eran amigos de las letras. En la casa paterna de santa Teresa, un hogar de hidalgos abulenses, tenían libros de caballerías, y la santa declaraba haberles dedicado mucho tiempo, por el ejemplo de su madre que les era muy aficionada. El humanista Juan de Valdés, autor del Diálogo de la lengua, cristiano piadoso y famoso heterodoxo, lamentaba haberse entregado a esa clase de lecturas durante los diez años que gastó por cortes y palacios en la funciones de secretaría y de «intellectual in residence» al servicio de los grandes, civiles o eclesiásticos.
El ilustre académico y maestro de cervantistas Martín de Riquer, recogiendo investigaciones bibliográficas del profesor José Simón Díaz, da la cifra de ochenta y seis ediciones rigurosamente comprobadas de libros de caballerías entre 1530 y 1599. Si a esa cifra se agregan las que seguramente se han perdido o no han dejado rastros, más los pliegos sueltos a la manera de novelas por entregas y los cuadernillos que reproducían episodios de historias del mismo género, puede afirmarse que difícilmente se encontrará otra clase de obras que haya gozado en ese tiempo de mayor fortuna editorial. Debieron ser unos doscientos o doscientos cincuenta mil libros grandes en menos de setenta años en una población que no pasaría de ocho millones de habitantes, la mitad de los cuales no sabía leer.
Esta literatura además era objeto o centro de polémica y le prestaban atención intelectuales y sabios que la censuraban o la condenaban con la mayor severidad. Entre 1524 (Luis Vives) y 1599 se publicaron aquí -en español y en latín- unas cuarenta censuras de esta literatura caballeresca, entre las que se hallan las de escritores tan doctos y respetados como Melchor Cano, Arias Montano y fray Luis de Granada. Y este tipo de críticas y polémicas sólo tienen lugar en torno a obras o asuntos de muy amplia difusión.
En el magnum opus de Cervantes una gran parte de los principales personajes que aparecen en la historia o son amigos de los libros de caballerías o saben mucho de ellos, desde los duques de la segunda parte hasta el ventero Juan Palomeque de la primera, que tenía en su posada unos cuantos de estos libros, cuyos asuntos se sabía él casi de memoria. Contaba a sus huéspedes con qué entusiasmo en las fiestas, en el tiempo de la siega, muchos segadores que se recogían en su venta gustaban de ellos. «Siempre hay algunos -decía- que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos y rodeámonos dél más de treinta, y estamos escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas».[[wysiwyg_imageupload:1703:height=162,width=200]]
El cura de la aldea de don Quijote, que igualmente se hallaba aquel día o aquella noche en la venta y le estaba oyendo, trataba de disuadirle de que lo que se relataba en esos libros fuera verdad. Pero Palomeque no cejaba ni se dejaba convencer: «¡A otro perro con ese hueso!». Él no podía aceptar que «estos buenos libros» dijeran «disparates y mentiras, estando impresos con licencia de los señores del Consejo Real». A la criada de la venta, la famosa Maritornes, también le agradaban mucho. Para ella era «cosa de mieles» que se estuviera «una señora debajo de unos naranjos abrazada con su caballero» y «una dueña haciéndoles la guarda, muerta de envidia y con mucho sobresalto». La ventera era también favorable a las lecturas que en esas ocasiones se hacían en su casa. Sus mejores ratos, según ella, eran cuando su marido estaba escuchando leer: «Estáis tan embobado -decía- que no os acordáis de reñir por entonces».
Los otros huéspedes de la venta en aquellas jornadas de los capítulos 32 y siguientes de la primera parte (Luscinda, Dorotea, don Fernando y Cardenio) también conocían el género caballeresco y en algún caso eran o habían sido adictos a su lectura. Cardenio había regalado a Luscinda, cuando eran novios, un ejemplar de Amadís.
Mas para el ventero los libros de caballerías, además de ser entretenidos, hacían autoridad. Él tenía por lo menos tres de ellos, junto con un fajo de papeles escritos a mano de muy buena letra, que resultó ser la novela de El curioso impertinente. Los guardaba en una maletilla cerrada con una cadena. Dos de los libros eran el Don Cirongilio de Tracia y el Felixmarte de Hircania. El tercero la Historia del Gran Capitán con la vida de García de Paredes, impreso en Sevilla en 1580. El cura arremetió contra los dos caballerescos y hubiera querido echarlos al fuego. Pero el ventero se opuso diciendo que si quería quemar algo lo hiciera con el Gran Capitán y García de Paredes, pero que antes dejaría «quemar un hijo que dejar quemar ninguno de los otros».
Al oírle el cura desistió de discutir con él limitándose a decir: «Creed, señor ventero, lo que os he dicho […] y quiera Dios que no cojeeis del pie que cojea vuestro huésped don Quijote». El ventero repuso que no lo haría, porque «no seré yo tan loco que me haga caballero andante; que bien veo que ahora no se usa lo que se usaba en aquel tiempo, cuando se dice que andaban por el mundo estos famosos caballeros». Pero de ningún modo admitía que sus historias no fueran verdaderas por inverosímiles que pudieran parecer.
El cura de la aldea de don Quijote, Pedro Pérez, licenciado por Sigüenza, un estudio menor, era un hombre culto como el propio hidalgo, su gran amigo, entendía de libros y se revelaría como un verdadero especialista del género caballeresco, de la poesía contemporánea y de la literatura pastoril. Conocía a algunos notables autores de la época, entre ellos al propio Miguel de Cervantes, que a ese título de amigo del cura se introdujo por primera vez en la novela de la que el licenciado era uno de los principales personajes. Como tal aparecería en numerosas ocasiones a lo largo del libro tratando de que el buen Alonso Quijano recobrara la razón y volviera a ser para la gente de su pueblo el honrado hidalgo que diría su vecino Pedro Alonso cuando lo recogió maltrecho y delirante tras las pocas y breves aventuras -o desventuras- de su primera salida.
(Un lector como yo, que sólo quiere ver en el Quijote la más brillante y conseguida obra de nuestra literatura, sin buscar en él filosofías de la historia o una especie de último sentido y definición de lo español o de nuestra Edad de Oro, piensa que el cura de la aldea es el cuarto personaje de la obra, siendo los tres primeros el propio don Quijote, Sancho y la siempre presente, y nunca se sabe si real o simplemente imaginada, Dulcinea).
Como todas las historias también la de don Quijote, antes Alonso Quijano o el señor Quijada, y sus lecturas ha de empezar por el principio.
Su biógrafo, Cervantes, lo presenta a los lectores como un hidalgo de aldea, de cierta edad ya -porque cincuenta años entonces pesaban más que ahora-, soltero o más bien solterón («Yo no soy casado y nunca me vino pensamiento de serlo», diría él mismo en cierta ocasión). Lo estimaban y respetaban sus convecinos, había sido madrugador y amigo de la caza. Dueño de «muchas hanegadas de sembradura», había disfrutado de una posición acomodada para aquel lugar y tiempo. No se sabe qué estudios fueron los suyos, si los hubo. Pero era hombre notablemente cultivado como se advierte en los no pocos discursos y las muy numerosas y largas conversaciones que mantendría con unos dos centenares de personas a lo largo de sus aventuras, salvo que se trataran asuntos que él relacionaba con el mundo de las caballerías, o que algo de lo que él veía o le pasaba le trajera a la memoria o a la imaginación una historia o suceso que había leído en los libros de ese género, en cuyo caso, nada infrecuente por cierto, decía o ponía por obra verdaderos disparates.[[wysiwyg_imageupload:1704:height=220,width=200]]
Porque, sin que Cervantes nos diga desde cuándo ni cómo, el «honrado hidalgo» de la Mancha se había aficionado a la lectura de estos libros y se entregó a ella sin descanso y durante un tiempo bastante largo, sin darse momentos de reposo. Así compró y más que leer devoró todas las historias de caballerías o asuntos similares que estuvieron a su alcance. Para ello hubo de vender buena parte de sus hanegadas de tierra, empobreciéndose sensiblemente, como reconocería su propia sobrina, que decía que no era «caballero» como él se figuraba, sino hidalgo, algunos de los cuales llegaban a ser «caballeros», pero «no los pobres». Abandonó el deporte cinegético, casi se aisló de sus amigos y pasaba sus jornadas, día y noche, leyendo sin parar, «de claro en claro» y «de turbio en turbio» hasta que, como escribe su biógrafo, se le secó el cerebro. Pero él, hombre de felicísima memoria, tenía siempre en la punta de los dedos, como se suele decir, todo lo que contaban sus libros, con la misma fe que el ventero Palomeque en que era verdadera historia lo que en ellos se decía.
Tras la «primera salida», que duró tres días, el ama y la sobrina del hidalgo acudieron consternadas a sus mejores amigos, el cura y el barbero del lugar, y les refirieron las extravagancias de imitación caballeresca que hacía su señor y tío, espada en mano, dando voces después de haber pasado dos días seguidos con sus noches sin dormir, leyendo los libros que guardaba en un aposento de la casa.
Los amigos del hidalgo (entre ellos, el cura y el barbero) conocían su desmedida afición a las historias de caballerías y su entusiasmo por los personajes de que en ellas se trataba. Habría que añadir que, posiblemente sin quererlo habían contribuido ambos a alentar su afición a esta clase de libros, que ellos también habían leído, quizá más el cura que maese Nicolás. Incluso gustaban de discutir con él sobre cuál de los héroes de estas novelas había sido mejor caballero. Probablemente nunca pensaron que unos libros de entretenimiento fueran a hacer perder el juicio a su estimado amigo. Pero la escapada de la casa y la aldea, los días de la ausencia y el penoso espectáculo de su regreso, más lo que contaban las mujeres de las rarezas que hacía, les hicieron tomar la decisión de atajar el mal en la que parecía su raíz. Así acordaron examinar la librería y si fuera preciso aceptar la idea del ama y la sobrina de que se quemaran unos libros que tanto mal habían hecho.
A la mañana siguiente el cura y maese Nicolás, el barbero, fueron a la casa de su amigo, mientras éste dormía y con la presencia y la ayuda de sobrina y ama procedieron al más famoso escrutinio de libros de la historia de la literatura universal.
Entrando en el aposento donde se guardaban «hallaron más de cien cuerpos de libro grandes, muy bien encuadernados, y otros pequeños». Los grandes eran, sin duda, los de caballerías, que ellos andaban buscando. Más de cien libros de caballerías y ninguno de ellos repetido, por lo que se vio al examinar los que al azar tomó entre sus manos el barbero, que se los pasaba al cura, significa que don Quijote había reunido en su biblioteca prácticamente la totalidad de las obras de ese género literario. Al lado de ellos, los pequeños eran seguramente los libros de poesía -antologías, poemas líricos y épicos- y las novelas pastoriles.
Los escrutadores examinaron y comentó el cura -que era casi un especialista en materia bibliográfica- veintisiete, de los que doce eran de los de caballerías. Éstos fueron casi en su totalidad condenados al fuego que el ama había encendido en el corral, a donde ella misma los arrojaba por una ventana que había en el aposento. (Lo cual me hace pensar que la librería estaba en la planta superior probablemente próxima a la habitación del amo).
Fue indultado Amadís de Gaula por el que intercedió maese Nicolás, alegando que no sólo era el principio y el «dogmatizador» de la «secta», lo que según el cura bastaba para hacerlo quemar, sino que él -el barbero- había oído que era «el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se le debía perdonar». Igual que el Amadís, el Palmerín de Inglaterra y Don Belianís -el primero, con unas elogiosas palabras que dedicó el cura a «esa palma de Inglaterra» y con ciertas reservas el segundo- se salvaron de la quema y fueron confiados a la custodia del barbero al que en algún caso dijo el cura que no se lo dejara leer a nadie. Finalmente, al llevar una brazada de libros a manos del ama para que siguiera alimentando la hoguera del corral cayó al suelo uno y resultó que era Tirante el Blanco. El cura, que lo conocía, encargó a maese Nicolás que se lo llevara consigo y lo leyera. Tenía, le dijo, defectos y vicios, pero era «un tesoro de contento y una mina de pasatiempos». Los demás de caballerías, que serían, por lo menos unos ochenta fueron condenados a la quema sin indulgencia alguna y sin que el cura se tomase la molestia de examinarlos.
Después tocó el turno a los libros pequeños, los de poesía y las novelas pastoriles. El cura elogió la Diana de Montemayor, la de Gil Polo, Los ocho libros de Fortuna de amor del italiano Lofraso, un Tesoro de varias poesías, el Cancionero de López Maldonado y La Galatea de Miguel de Cervantes. De los autores de estos dos últimos libros dijo que eran «grandes amigos» suyos. Finalmente fueron salvados del fuego, loados por el «Aristarco» de este episodio, tres poemas épicos: La Araucana, La Austríada y El Monserrate, de Ercilla, Rufo y Virués respectivamente. En el último momento el barbero abrió al azar un libro de los que quedaban y resultó que era el de Las lágrimas de Angélica de Barahona de Soto (impreso en 1586). El cura lo mandó librar del castigo diciendo que buenas lágrimas habría llorado él si se hubiera perdido esa obra de «uno de los famosos poeta del mundo, no sólo de España».
En resumen, del centenar largo de libros de caballerías del aposento sólo se libraron de la quema los cuatro mencionados. Pero hay que suponer que Alonso Quijano en sus largas sesiones de lectura diurna y en sus insomnios los había leído todos. Cervantes seguramente también, si no todos la mayor parte de ellos. Entre los «grandes» de la literatura española no habrá habido muchos que hayan leído más libros que el autor del Quijote, autor también del Viaje al Parnaso. Quizá en la edad contemporánea han existido lectores tan voraces como él. Pienso en Azorín y en Menéndez y Pelayo. Pero son otros tiempos, otras facilidades bibliográficas y también distinta la clase de vida de estos dos grandes lectores del siglo XX y la de Cervantes, siempre alcanzado en su economía y tantas veces forzado a cambiar de ciudad, de casa, de entorno, de ambiente y de trabajos, sin contar su tiempo de recaudador de contribuciones y el de soldado, además del que hubo de pasar cautivo en Argel y lo meses -no se sabe cuántos, pero por lo menos tres- que estuvo en la cárcel.
Pero junto a su afición a leer «aunque sean papeles rotos de las calles», como dice en la historia por él mismo inventada del hallazgo en el Alcaná de Toledo de la continuación de la historia de su caballero andante en un cartapacio escrito en caracteres árabes, que resultó ser la obra de Cide Hamete Benengeli, Cervantes gozaba de esa famosa y felicísima memoria que tanto enriqueció todos sus trabajos literarios. En el Quijote son constantes las huellas de esas lecturas del autor, principalmente en las palabras atribuidas a su héroe en los discursos que se ponen en su boca y en las conversaciones que mantiene,
En uno de los Quijotes que últimamente ha presentado el profesor Francisco Rico, la edición publicada en la colección Galaxia del Círculo de Lectores, dos laboriosos y competentes estudiosos cervantinos, Silvia Iriso y Gonzalo Pontón, han dedicado casi cincuenta densas e instructivas páginas a «La biblioteca del Quijote».
Iriso y Pontón han encontrado en la novela citas, alusiones o frases tomadas de hasta ciento ocho obras literarias, de las cuales sólo veintinueve son libros de caballerías o historias caballerescas, como las de Carlomagno y los Pares de Francia, Bernardo del Carpio y otros. No son pocas ciertamente, y por así decir constituyen la mayor de las minorías de las menciones de libros que hay en el Quijote. Pero el conjunto total de estas referencias muestra un universo literario más amplio que el de un único género, aunque éste sea el del libro de Cervantes, que es, como ya he dicho, un «libro de caballerías».
De los héroes de estos libros el más mencionado en el Quijote es Amadís, veintiséis veces citado, dos de ellas bajo el nombre de Beltenebros como se llamó a sí mismo cuando «se alojó en la Peña Pobre, ni sé si ocho años o ocho meses, que no estoy muy bien en la cuenta: basta que él estuvo allí haciendo penitencia por no sé qué sinsabor que le hizo la señora Oriana», según dice don Quijote hablando con Sancho en el capítulo quince de la primera parte de la obra. Pero esta historia de la penitencia de su héroe y modelo que don Quijote quiso imitar en Sierra Morena es una de las pocas referencias concretas a hechos de Amadís que se recogen, y eso por cuatro veces, en el texto de Cervantes. Otra es la de la Ínsula Firme de que Amadís había hecho señor a Gandalín, su escudero, de donde don Quijote tomaría la idea de convertir a Sancho en gobernador de una ínsula. (Lo cual fue verdad por unos días, cuando el duque para seguir adelante con sus burlas, hizo a Sancho «gobernador» y «juez» de uno de los pequeños lugares de sus señoríos. Pero a la manera de toda la historia del Quijote, siempre de mentira y con todo vuelto del revés).
Alonso Quijano probablemente había viajado poco. No había visto el mar hasta que llegó a la playa y puerto de Barcelona casi al final de obra. Y allí, a él y a Sancho, «parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera que en la Mancha habían visto». Es seguro que tampoco había estado en Madrid, porque en tal caso habría visitado la Real Armería y habría comprobado que en ella no se encontraba, junto a la silla de Babieca que había visto allí el canónigo toledano del capítulo cuarenta y nueve de la primera parte, esa clavija del caballo volador de maese Pierres que según decía haber leído don Quijote era tan grande como un timón de carreta.
De eso y de la verdad o mentira de las historias de caballerías trataron don Quijote y el canónigo en la larga conversación que mantuvieron al final de la primera parte de la obra, cuando el cura y el barbero llevaban de regreso a la aldea con engaños a su amigo haciéndole creer que estaba «encantado» por «envidia y fraude de malos encantadores, que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los buenos».
No había en aquellos tiempos, los de Cervantes digo, una ciencia psiquiátrica ni los médicos de entonces en casos como el del hidalgo manchego al intentar explicar disfunciones anímicas podían llegar más que a decir algo de equilibrios o desequilibrios de humores. En el prólogo de la segunda parte del Quijote, Cervantes cuenta la historia del loco de Córdoba que hinchaba perros y en uno de los primeros capítulos de esa misma segunda parte se relata una conversación de don Quijote con sus dos amigos en presencia de las mujeres de la casa.
En esa conversación familiar se tocó el gran tema del momento, que era que se tenía por cierto que «el Turco bajaba con una poderosa armada» y «su Majestad había hecho proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta». Toda esta charla estaba encaminada por el cura a hablar con don Quijote de asuntos que no tuvieran que ver con caballerías y comprobar si en efecto estaba curado como parecía. Pero el hidalgo sacó a relucir a sus caballeros andantes, que si se reunieran habrían conseguido de un plumazo vencer ese peligro. «Había […] de vivir hoy el famoso don Belianís o alguno del innumerable linaje de Amadís de Gaula». Que «si alguno de éstos […] con el Turco se afrontara […] no le arrendaría la ganancia».
En ese punto el barbero contó historias de locos de un hospital de Sevilla, que despertaron la cólera de don Quijote, que se sintió directamente aludido, demostrando con ello que aunque estuviera loco no era tonto. Y llamando agresivamente «señor rapista» a maese Nicolás, demostró con la vehemencia de sus palabras que cuando se tocaba de cerca o de lejos, o por simples alusiones, a las cosas que pudieran tener que ver con caballerías volvía a las andadas.
La locura de don Quijote, tal como se refleja en sus palabras y en sus hechos, consistía básicamente en que confundía la realidad con la ficción, los libros de caballerías con los de historia, mezclando a los héroes y a los villanos de una clase de relatos con los de la otra, y, en definitiva, el mundo que le rodeaba con el de su imaginación.
En su Discurso sobre los libros de caballerías de 1857, Pascual de Gayangos distingue un ciclo bretón -de Bretaña o Gran Bretaña- con el sabio Merlín, el rey Artús, Lanzarote y la tabla Redonda, etc., que sería -digo yo- íntegramente legendario. Otro, el segundo, «carlovingio» -carolingio- con el obispo Turpin y el emperador, sus Pares, etc., en el que se mezclan historia y leyenda; otro tercero que Gayangos llama «grecoasiático» por sus referencias a emperadores de Bizancio o reyes de Trebisonda y tierras del centro de Europa, con las familias de los Amadises y de los Palmerines, y otros, finalmente, «independientes» entre los que se contaría el Felixmarte de Hircania que tenía en su maletilla el ventero Palomeque. Todos estos libros, y quizá hasta algunos de los que han recibido el nombre de «caballerías a lo divino», porque eran de contenido o de intención religiosa, estarían en la biblioteca de Alonso Quijano, todos los había leído y a todos les daba igual crédito de verdaderas historias.
Pero no sólo había leído y se sabía bien esos libros sino igualmente los que tratan de Roncesvalles, de Bernardo del Carpio y sobre todo del Cid e incluso del último rey godo, Rodrigo, y hasta los que cuentan hazañas o triunfos de grandes personajes griegos y romanos, como Alejandro, César, Augusto y hasta Cicerón. En definitiva, para don Quijote toda la historia de nuestra civilización no dejaba de tener una básica unidad y continuidad desde la Antigüedad grecorromana hasta la Edad Media de los Carlomagnos y Amadises, tanto en lo escenarios reales de España y del Mediterráneo como en los fantásticos de los héroes de caballerías.
Una biblioteca muy distinta de la de don Quijote de la que se da noticia en la novela sería la de don Diego de Miranda, el Caballero del Verde Gabán, que no tan rica como la de Quijano, que excluía los libros de caballerías y comprendía hasta seis docenas de libros, unos en latín y otros en romance, entre los que no faltaban los de «entretenimiento», a los que su dueño prestaba quizá más atención que a los devotos. Libros tenían también Grisóstomo y Cardenio. Otro personaje cervantino, ajeno al Quijote, que tenía no pocos libros es el licenciado Vidriera de las Novelas ejemplares.
Se ha especulado con que alguna de esas librerías y en primer lugar la de Quijano, podían de algún modo reflejar la biblioteca del propio Cervantes. Según esas hipótesis, ésta se podía componer de unos trescientos libros, que muy bien pudo haber comprado con lo que ganó con ediciones como la de La Galatea y la de las Novelas ejemplares. Esa supuesta biblioteca cervantina habría podido estar en la amplia casa familiar de que durante algún tiempo disfrutó el autor del Quijote en la localidad de Esquivias.
En todo caso esa imaginaria biblioteca cervantina no pasa por ahora de ser una hipótesis de imposible demostración y de igualmente imposible refutación. A mi modo de ver, lo que se sabe o lo que se infiere de sus textos sobre la manera de trabajar el Cervantes escritor no parece exigir la existencia de esa librería particular.
Miguel de Cervantes, quizá en todas sus obras, salvo El viaje al Parnaso y tal vez La Galatea, da la impresión de escribir rápidamente y se diría que a vuela pluma, quizá para mandar enseguida sus originales al amanuense que los prepararía para la imprenta como era habitual entonces, salvo que hiciera él por sí mismo esta labor de escribir con letra clara que pudieran leer los impresores. Abonan esta suposición sobre su modo de trabajar, el a veces llamativo descuido de la sintaxis, su prosa en tantas de las páginas como de lengua hablada, la soltura general de su escritura que puede entenderse como una prueba de su inmensa facilidad de expresión, la riqueza de su vocabulario y la variedad de sus estilos, acomodándose a la situación y al contexto humano y literario de los pasajes, así como a la cultura que se atribuye al personaje que habla cuando como en tantas ocasiones se trata de pasajes «dramáticos», de comedia, tragedia o tragicomedia. Los arcaísmos son de irónica o burlesca imitación cuando don Quijote u otro de los interlocutores se esfuerza, hasta el ridículo, por hablar como en los libros de caballerías, o cuando Sancho se propone y en ocasiones lo consigue hablar como su amo. Cervantes no sólo se muestra como un escritor excepcional sino como un no menos excepcional hablista.
En relación con la gran novela de Cervantes y con su personaje principal, e incluso también con Sancho, puede ser oportuna alguna observación de crítica y casi de ciencia literaria de las que no son frecuentes en muchos de los comentarios de estudiosos del Quijote. Es la consideración de la novela como una galería casi interminable de personajes de la época y de la sociedad española de entonces. Son unos cientos las mujeres y hombres que aparecen y hablan en el entorno de don Quijote de los más variados niveles de educación y de las más diversas experiencias y oficios. Todos hablan con propiedad y ninguno de ellos desmiente quién es.
El propio don Quijote se expresa con una elocuencia ciceroniana que no desdeciría de la de Luis de Granada en su discurso sobre la Edad de Oro ante los cabreros, en el de las armas y las letras en la venta o en el discurso sobre la poesía y las otras ciencias en casa de don Diego de Miranda. Es un caballero arcaizante que emplea la lengua del Amadís para fablar de sus feridas y discutir con los que considera sus iguales, como el falso «andante» Carrasco. Se explica como un filósofo en conversaciones con el canónigo de Toledo o con Sancho y con naturalidad en ambientes más familiares. Pero también sabe utilizar muchos dichos populares y tantos refranes como Sancho. Entre los libros de aquella época no faltan las colecciones paremiológicas, de las que alguna o algunas habría entre los libros de Alonso Quijano, aunque no aparezcan mencionados en el famoso escrutinio que habrían hecho el cura y el barbero.
Ese Quijote, libro de libros, es también una rica y bien organizada colección de muestras de los más diversos géneros literarios. Hay en él por dos o tres veces novela pastoril, con final feliz en un caso y desdichado en otro, novela sentimental, novela picaresca, historias de aventuras de diversos personajes con recuerdos autobiográficos en lo que cuenta el cautivo. Se retratan usos sociales de la más alta aristocracia -los duques-, de la burguesía de Barcelona y de los bandoleros catalanes. Enfrentamientos de clases sociales entre personajes de la alta nobleza andaluza y sus vasallos, etc.
El Quijote de Miguel de Cervantes es un mundo y los libros de Alonso Quijano una pequeña ventana que nos permite asomarnos a él.
Lo que faltaba: don Quijote viajando por el mar. Tal vez, después de tanto Quijote por tierra, tampoco vendría mal mandarle de viaje por el mar para bajar de alguna manera la fiebre desencadenada por tantos afanes quijotescos con ocasión del cuarto centenario.
Pero no es eso. El viaje que emprendió Thomas Mann en 1934 por el Atlántico a Nueva York no es más que el motivo externo para que el premio Nobel alemán se llevase como lectura de viaje el Quijote. «El Don Quijote es un libro universal y para un viaje al nuevo mundo es justo lo apropiado», constata Mann1. De ahí el título Meerfahrt mit Don Quijote («Viaje por el mar con Don Quijote»), una mezcla entre apuntes de diario y observaciones y comentarios sobre las lecturas del Quijote, hechas entre el 19 y el 29 de mayo de 1934. De las apenas cien páginas que ocupa este librito, una tercera parte se dedica a apuntes sobre la lectura del Quijote y el resto describe episodios y detalles del propio viaje que era el primero que realizó Mann. Además, seguramente para abultar, la editorial inserta una serie de fotos del matrimonio Mann y de varios barcos transatlánticos que utilizó hasta 1951 para sus viajes a Estados Unidos y a Europa.
No es mi intención comentar todas las observaciones muy interesantes que apunta Thomas Mann sobre el Quijote, porque no dispongo del espacio suficiente. En el fondo, el punto que llama la atención es el hecho de que el Quijote pudo interesar y fascinar a nuestro novelista como pudo entusiasmar también a miles de lectores alemanes durante el Romanticismo en el siglo XIX. Hubo muchos alemanes en aquel entonces que aprendieron español sólo para poder leer el Quijote en el idioma original.
Una circunstancia que contrasta llamativamente con el actual desinterés y a menudo aburrimiento que suele producir la novela, a pesar de que se considera la pionera y fundadora de la novela moderna.
He seleccionado algunas de las consideraciones capaces de explicarnos el interés de Mann por esta obra literaria y capaz quizá también de despertar el interés general por la novela y profundizar en conocimientos, en caso de que ya se haya superado una eventual aversión.
OBRA DE TRADUCTORES
Una de las primeras observaciones parte del hecho de que Thomas Mann —que no sabía español— leyó la novela en la admirable traducción de Ludwig Tieck, cuya labor Mann elogia profusamente.
Pero no es el hecho más destacable para él sino que, en el Quijote el propio Cervantes finge que la novela no es obra suya sino una traducción, la traducción de un libro escrito en árabe por un tal Cide Hamete Benengeli, escritor moro cuyo manuscrito encuentra el narrador en un mercado de Toledo y que manda traducir al castellano a otro moro con el que tropieza por casualidad en el mismo mercado. ¿Por qué Cervantes inventa esta circunstancia?
La costumbre de atribuir la autoría de un libro a una persona ficticia no era, y todavía hoy no es rara, porque entre otras cosas ofrecía la ventaja de que el autor real no tenía que responsabilizarse de lo escrito —podía así sortear la censura—. De ese modo los autores encontraban menos reparos para criticar libremente la sociedad en la que vivía; como en nuestro caso, por ejemplo, la manía de sus contemporáneos de leer libros de caballerías.
Es algo parecido a la crítica de un autor actual que vituperara la manía de seguir en televisión Gran hermano o las cargantes telenovelas interminables. Es más, para Cervantes la crítica de la lectura de libros de caballerías se transforma en el motivo principal y en la estructura básica de la novela ya que, en la ficción novelística, el propio don Quijote era lector afanoso de este tipo de literatura fantástica y su propósito de convertirse en caballero andante para socorrer a los necesitados y ayudar a los desamparados tiene su origen en las lecturas indiscriminadas y poco críticas de numerosos libros de caballerías.
Superficialmente, esta circunstancia podría sugerir al lector del Quijote que Cervantes ha querido avisar del peligro de que la lectura de este tipo de libros hace que los lectores pierdan la cordura y se vuelvan ridículos. De hecho numerosas generaciones de lectores han leído el Quijote como mero pasatiempo entretenido y gracioso. Thomas Mann, sin embargo, es de otra opinión y llama la atención sobre las múltiples facetas de los protagonistas: «Don Quijote permanece loco, su obsesión de caballero andante le obliga a ello, pero el capricho anacrónico también es fuente de nobleza, limpieza y amenidad reales, de una cortesía atractiva que merece respeto en todas sus manías, las corporales y espirituales, de modo que las risas acerca de su figura triste y grotesca siempre están mezcladas con respeto y sorpresa simpatizante. El hidalgo sin tachadura sigue atractivo a pesar del comportamiento lastimoso y sublime a la vez. El espíritu, a pesar de su caprichosa actuación, lo ennoblece y hace que su dignidad moral salga ilesa de cualquier humillación» (pág. 25).
Mann ha visto muy claramente que no se hace justicia al caballero de la triste figura considerándolo únicamente un payaso maniático, pues Cervantes ha querido darle una categoría humana mucho más profunda y respetable, ejemplar y universal. A menudo esta dimensión no se descubre porque las lecturas se detienen frecuentemente en los meros acontecimientos superficiales. Se lee el qué y a lo sumo el cómo, pero pocas veces se trata de averiguar el porqué, es decir, el motivo por el cual el autor inventa estas circunstancias.
UN AMANTE IDEAL
Por debajo de las manías de don Quijote se halla la nobleza del fiel admirador imperturbable de la sin par hermosa Dulcinea; un amor irreal y demasiado idealista pero fiel y constante como ya quedan pocos. El Quijote es en el fondo un canto y una alabanza de la fidelidad amorosa. Por debajo de sus manías hallamos la dignidad del idealista que lucha por el bien a pesar de la engañosa y oportunista forma de vivir de la mayoría de la gente. Don Quijote está dispuesto a recibir palos y arriesga castigos y engaños, pero no pierde la fe en la bondad del hombre y en la posibilidad de hacer el bien y ayudar al prójimo a pesar de todo. ¡Menudo ejemplo en los tiempos que corren! Además, por anticuado, no se ha vuelto inválido.
A Mann le llama la atención que Cervantes escoja adrede situaciones grotescas que deja atravesar a su protagonista porque también pretende censurar y satirizar las exageraciones de los libros de caballerías, que son verdaderos compendios de exageraciones e inverosimilitudes. Sin embargo, pensando en nuestro presente deberíamos preguntarnos: ¿cuántos Quijotes nos harían falta en la sociedad actual para contrarrestar las intrigas, bellaquerías y corrupciones a las que estamos expuestos? ¿Cuántos quedan dispuestos a defender desinteresadamente a los desamparados y socorrer a los necesitados en nuestros días?
UN ESPAÑOL SOBRE OTRO ESPAÑOL
Acerca de Sancho Panza observa Thomas Mann: «Este gordinflón, con sus mil refranes, su salero y su sentido común campesino no comparte las «ideas» ya que no le traen más que palizas sino que cuida de su alforja; y sin embargo, se ilusiona por este espíritu, siente cariño por su amo bueno y absurdo; no le abandona a pesar de que estar a su servicio no le trae más que incordios; al contrario, le guarda fidelidad sincera y admirativa a pesar de que de vez en cuando tiene que mentirle. Esto es maravilloso, llena su figura de humanidad y la eleva por encima de la esfera de la mera comicidad hacia lo humorístico entrañable» (págs. 25-26).
No es casual que Cervantes ponga al lado de su caballero idealista y soñador este personaje que contrasta con él en casi todos los aspectos. Es el representante de la cordura y del sentido común, es el realista que ve las cosas como son y conoce los bajos fondos de la sociedad y de la humanidad. Lo inventa Cervantes para bajar de las nubes a su amo, aunque no siempre lo consigue o lo consigue sólo cuando él solo o los dos ya hayan recibido una de las abundantes palizas que se reparten en la novela. Sancho sabe que la vida es así, que no todo es coser y cantar como hubiera podido comentar aprovechando el pozo de dichos y proverbios del que siempre está dispuesto a sacar ejemplos apropiados (y no tan apropiados).
Sancho representa para Thomas Mann un rasgo característico del pueblo español: su actitud ante la noble locura —léase idealismo— a la que no tiene más remedio que servir. Habrá que preguntarse si esta caracterización de lo español habrá sido válida en 1934; y además habría que añadir que, si existe, no era y incluso hoy no es un rasgo exclusivamente español, pues todos admiramos —aunque sea inconscientemente— la persona que a pesar de los contratiempos defiende ideales, lucha por el bien y contra el mal. Todos llevamos un pequeño Quijote dentro de nosotros, aunque muchos lo arrinconen en lo más recóndito de sus corazones. ¿Quién no admira, por lo menos por sus adentros, la grandeza de espíritu, la magnanimidad y la caballerosidad desinteresadas?
«La humanidad —comenta Thomas Mann— se dobla ciertamente ante el éxito, ante los hechos consumados del poder, incluso cuando se inician con un crimen. Pero en el fondo no olvida lo feo humano, la injusticia violenta y la brutalidad que ocurre en su seno, sin su simpatía no se puede mantener un éxito de poder e industria. La historia es la realidad común para la cual uno ha nacido, para la cual uno debe esforzarse y en la cual fracasa la magnanimidad inadaptada de don Quijote. Ello resulta cautivador y gracioso a la vez» (págs. 26-27).
Nuestro héroe es un modelo de aguante ante los percances que pudo padecer una persona entonces y que puede sufrir hoy y siempre; en el fondo, don Quijote es un pequeño Job admirable, de los que ya no quedan muchos ejemplares. Pero no es un sufridor humilde y resignado, sino un luchador y emprendedor, con ganas de enfrentarse con el peligro y de arreglar el mundo. Es más —y esto llama la atención de Thomas Mann—, al lado de las muestras palpables de locura idealista, el caballero da muestras de una cordura que admira a los personajes con los que se encuentra y que admiran hasta el lector de hoy en día.
Don Quijote pronuncia unos discursos llenos de saber y sabiduría humanísticos. Los comenta Mann como sigue: «Son excelentes estos discursos; por ejemplo, uno sobre la educación o sobre poesía natural y artística que pronuncia ante su compañero de viaje, el Caballero del Verde Gabán, están llenos de cordura, de justicia, de benevolencia humana y nobleza formal, de modo que el del Verde Gabán duda con razón y finalmente abandona totalmente la opinión de que don Quijote fuese loco, que se había formado al principio. Pero eso es lo que se intenta mostrar y también el lector debe abandonar esta opinión. […] El respeto [de Cervantes] ante la criatura de su propia invención crece continuamente durante la narración, este proceso es quizá lo más fascinante en toda la novela, es incluso una novela aparte que coincide con el creciente respeto ante la obra misma que fue concebida modestamente como tosca broma satírica, sin hacerse una idea de qué rango simbólico-humano había de alcanzar la figura del protagonista» (pág. 43).
El lector que considere estos contrastes como mero juego o simple variación de temas y formas de presentación no ha entendido el propósito de Cervantes y no interpretará debidamente la novela. Don Quijote es el idealista ingenuo, cegado por sus sueños de mejorar el mundo y tropezando continuamente con la incomprensión y la ceguera de la gente que no quiere ver la verdad y el bien, gente que se ha arreglado en esta vida y se resiste a ser sacada de sus casillas.
LA RIDICULEZ DEL IDEALISMO
He aquí el valor universal y eterno de la novela porque también es una prueba de que el hombre es terco en sus autoengaños e inalterable en sus actuaciones aunque sean falsas y perjudiciales. Muestra también que los idealistas con frecuencia ven defectos e infracciones donde no los hay, muestra que el idealismo ofuscado es tan ciego como el oportunismo y el egoísmo.
Los episodios que inventa Cervantes para mostrar la ridiculez del idealismo ciego son realmente brutales e inmisericordes. Piensen ustedes en la pesadumbre que prepara Sancho sin querer a don Quijote, guardando unos quesos frescos en el yelmo de su amo: al ponerselo éste, empiezan a derretirse de modo que don Quijote teme que se le esté ablandando el cerebro o que esté sudando un sudor horrible que podría hacer creer a los demás que se debe al miedo.
Este tipo de «jugadas» al héroe tiene tanto de sarcástico y de salvaje como el hecho de encerrar a don Quijote en una jaula y llevarlo sobre un carro a su pueblo. Son quizá los momentos más abominables y degradantes para don Quijote. Sin embargo, en realidad Cervantes no quiere humillar a su protagonista, al contrario, lo quiere y lo honra. Thomas Mann se pregunta: « ¿No tiene aires de mortificación, de autohumillación y autocastigo esta crueldad? Sí, a mí me resulta como si alguien abandonara aquí su tantas veces vilipendiada fe en los ideales, en el hombre y en su ennoblecimiento y que esta conformidad con la realidad ordinaria fuese realmente la definición del humor» (pág. 49).
No carece de justificación esta suposición de Thomas Mann: Cervantes está, por así decir, vengándose a título personal de los agravios y las desilusiones que ha debido sufrir él mismo como ciudadano. Se desahoga en su novela por las injusticias personales sufridas.
HACIA EL FINAL
Tal vez deba interpretarse también en esta líneael final de la novela. Como se sabe, en el lecho de muerte don Quijote se arrepiente, reconoce que fue un error dejarse engañar por las utópicas ideas de los libros de caballerías, el hacerse caballero andante y el haber creído que pudiese mejorar el mundo.
Este final se halla en un contraste extremo con lo que Thomas Mann considera el objetivo supremo de las actuaciones de don Quijote y de toda la novela. Se refiere al «capítulo maravilloso narrado con una comicidad patética que revela el auténtico entusiasmo del poeta frente a la locura heroica de su protagonista. Su contenido es extrañamente conmovedor y grandiosamente ridículo. El encuentro con el carro cargado de leones que manda el general de Orán a la corte como regalo para el rey. El suspense con que se leen estas páginas, después de todo lo que se sabe ya de la magnanimidad ciega e infructuosa de don Quijote, y en las que insiste sin dejarse desviar por ninguna objeción racional; estas páginas testimonian del arte extraordinario del narrador de variar el mismo motivo a través de todas las posibles transformaciones y, sin embargo, mantenerlo fresco y efectivo (págs. 62-63).
En este episodio don Quijote pretende desafiar a unos leones insistiendo en luchar contra ellos; pero los leones ni le hacen caso, ni bajan de la jaula abierta por el guardián después de insistirle enérgicamente don Quijote.
Por tanto, no basta querer luchar y demostrar su valor; si el adversario ni te hace caso, todo tu valor es inútil e infructuoso. Eso es lo que don Quijote descubre también en el lecho de muerte: no se debe luchar si la causa no es adecuada.
Thomas Mann no está satisfecho con este final, porque teme que con esta muerte tan razonable y tan trivial pueden también desaparecer, o por lo menos infravalorar, los ideales por los que luchó su héroe. Ciertamente Cervantes ha conseguido parodiar y ridiculizar los libros de caballerías, lo cual era su primer propósito; pero si con ello provoca la desaparición de los nobles ideales por los que se comprometió don Quijote surge el riesgo de que el lector considere que este final podría desprestigiar o incluso acabar con los esfuerzos continuos de hacer el bien contra viento y marea. Así Don Quijote de la Mancha dejaría de ser el libro ejemplar, modelo de todas las novelas modernas y además el libro de más prestigio de la literatura española, sino que dejaría también de ser demostración de un comportamiento que imperturbablemente se empeña en luchar por la verdad y el bien. Porque sólo por esta razón el Quijote se ha convertido en un libro universal y ha sobrevivido la ficticia muerte de su héroe.
NOTAS
1 Thomas Mann, Essays, vol. 4: Achtung, Europa! 1933 – 1938, Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag 1995, pp. 1415 Citamos y traducimos de la edición Meerfahrt mit Don Quijote, de la misma editorial y publicada en 2003 con indicación de la página entre paréntesis.
La noción de Dios está presente allá donde hay hombres. A veces también de forma desfigurada. Por primera vez esta noción fue planteada de modo conceptual en la filosofía griega y también por primera vez en Israel perdió su índole de noción y se convirtió en una experiencia de fe comunitaria hasta que más tarde en el mismo Israel aparece Jesús de Nazaret y dice: «El que me ha visto a mí ha visto al Padre».Sin embargo, la cuestión subsiste hasta nuestros días, retadora: ¿Se corresponde esa noción con algo real? Sabemos lo que pensamos cuando decimos «Dios». Es verdad que tenemos, como dice Kant, una idea pura de este altísimo ser, un «concepto que contiene y corona toda la experiencia humana»; pero ¿por qué tenemos que creer que esa noción se corresponde con una «realidad objetiva», como dice también Kant? ¿Qué razón tenemos para creer que Dios es algo más que una idea, y en qué nos fundamos para creer que existe?
Respuestas se han dado varias, desde la negación atea hasta la postura agnóstica —que niega la posibilidad de dar respuesta a la cuestión de Dios—, pasando por la afirmación de quienes piensan que hasta ahora no se ha encontrado ninguna respuesta suficientemente satisfactoria. Todas estas posturas, aunque erróneas, merecen respeto, pues ante todo responden a convicciones humanas —no porque sean verdaderas sino porque hay personas que con ellas se identifican—.
Sin embargo, no merece respeto alguno la opinión —hoy extendida, y en gran parte no articulada con claridad— de que la respuesta a esta cuestión no es demasiado importante, sino que, muy al contrario, hay otras inquietudes más relevantes que son las que realmente nos mueven, de manera que no vale la pena dedicar nuestro tiempo a reflexionar sobre Dios. A su tiempo —cuando éste se nos acabe— podremos confirmar si existe Dios y si hay una vida después de la muerte. Que una persona sea decente en ningún caso depende de que crea en Dios o no —continúa esa argumentación—. En definitiva, también los suicidas islámicos creen en Dios, y justamente esa fe les lleva a cometer su atrocidad.
Pues bien, yo afirmo que este modo de pensar no merece de ningún modo nuestro respeto porque, como decía Sócrates, delata a un hombre miserable. ¿Qué diríamos de alguien que ha sido rescatado de una situación desesperada, a quien se le ha devuelto a la vida, y que recibe multitud de favores, que a la postre se debatiera en la duda de atribuir todo eso a una casualidad o al secreto regalo de una persona llena de amor? Y si ese hombre dijera: «Esa cuestión no me interesa; lo que tengo, ya lo tengo; y si detrás de ese don hubiera amor, ahora ya me es indiferente, pues en todo caso no se lo voy a agradecer». Un hombre digno de nuestro respeto, tendría en esa situación el deseo de dar las gracias, si pudiera encontrar a quien debe recibirlas, y haría todo lo que estuviera en su mano para descubrirlo.
De modo similar, querría ese hombre respetable lamentarse si hubiese alguien a quien dirigir sus quejas. Ciertamente hay diversos motivos que pueden inducir a una persona a plantear la cuestión de la existencia de Dios. El más profundo tal vez sea éste: poder dar gracias y poder vivir agradecido. No en balde la palabra «gracias» traduce la voz Eucharistía, según el culto cristiano. La alegría está asociada al agradecimiento. Puede haber satisfacción por algo bueno que nos ocurre, pero sólo hay alegría cuando es posible agradecer a alguien un don. En las cuestiones centrales del hombre y en las preguntas filosóficas que de manera sistemática se les plantea hay, como pasa en los procesos judiciales, una decisión acerca de quién ha de llevar la «carga de la prueba», es decir, quién es el que debe justificarse. Ante el persistente rumor sobre Dios, y ante la arrolladora mayoría de gente que lo escucha, parece lógico que soporte la carga de la prueba quien diga que tal rumor es infundado. Sobre todo, si buscamos huellas, siempre es más interesante el testimonio de quien encuentra algo que el de quien no ha hallado nada. El hecho de que haya alguien que nunca ha visto un cuervo blanco no prueba nada en contra de quien ha encontrado uno. Aquél no puede decir: «No hay cuervos blancos», por el hecho de que todavía no haya visto ninguno. Bien puede decir quien ha visto alguno que existe. «A Dios nadie le ha visto jamás», escribe el evangelista Juan. La cuestión es: ¿Ha dejado su firma más o menos implícita el director de la película en la que todos actuamos, de manera que si se quiere se la puede encontrar?
La facultad que se emplea en la búsqueda humana de Dios es la razón. No hablo de la razón instrumental que, como dice Nietzsche, nos hace fieras hábiles, sino de la facultad en virtud de la cual el hombre trasciende su entorno y puede así ocuparse de la realidad; una capacidad que nos permite ver sobre el mar, allá lejos, un barco apenas perceptible en la línea del horizonte: en ese barco hay personas que nada tienen que ver con nosotros, y para quienes a su vez nosotros, siendo vistos por ellas, tampoco jugamos papel alguno. Creer que Dios existe significa creer que Él no es nuestra idea, sino más bien que nosotros somos idea suya. Significa aquello a lo que nos exhorta Jesús: cambio de perspectiva, conversión. Si Dios existe, entonces eso es lo más importante. Más importante que el hecho de que nosotros existamos. Ahora bien, poder reconocer la existencia de Dios es lo más característico de la dignidad humana y lo que distingue al hombre de todos los otros seres vivientes.
Estamos ante la gran historia del esfuerzo humano por fundar sólidamente la convicción acerca de la existencia de Dios mediante la búsqueda de indicios racionales. Es raro que alguien llegue a creer en Dios merced a pruebas racionales, si bien esto también sucede a veces. Pero Pascal, con razón, hace decir a Dios: «Tú no me buscarías si no me hubieras encontrado ya». Los creyentes siempre han tratado de reforzar su intuitiva certidumbre por medio de argumentos racionales. Que las pruebas de la existencia de Dios, todas sin excepción, sean discutibles, no significa mucho. Si una decisión radical acerca de la orientación de nuestra vida dependiese de comprobaciones matemáticas, igualmente tales pruebas resultarían discutibles.
Con todo, las pruebas de la existencia de Dios son argumentos ad hominem, esto es, presuponen siempre un determinado hombre y unos determinados supuestos dados. Leibniz, que sabía bien lo que es una prueba racional, escribe en una ocasión que todas las demostraciones son pruebas ad hominem. No existe ninguna demostración que no pueda ser referida a un receptor concreto, ni siquiera en matemática. El hecho de que los argumentos clásicos de la existencia de Dios —desde Aristóteles hasta Descartes, Leibniz y Hegel— aparenten haber perdido su fuerza probatoria tiene que ver con que todos ellos presuponen algo que admiten como sobrentendido, lo cual no resulta admisible, primeramente para Kant, pero sobre todo después para Nietzsche. La cuestión es: ¿Qué podemos y debemos suponer para encontrar razones que ilustren la creencia en la realidad de Dios?
Volvamos brevemente a las pruebas tradicionales de la existencia de Dios. Las podemos distribuir en dos grupos: por un lado, el denominado argumento ontológico que san Anselmo de Canterbury ideó en el siglo XII y que fue rechazado por Tomás de Aquino y por Kant, si bien convenció a eminentes espíritus como Descartes, Leibniz y Hegel. El argumento anselmiano deduce la realidad de Dios de su mero concepto sin referirse a ningún mundo creado, ya que tal concepto entiende aquel Ser como algo más perfecto que lo cual nada puede pensarse. Con el pensamiento de tal Ser hemos hecho saltar, y sin embargo también trascender, la pura inmanencia de nuestro pensamiento, ya que según argumenta Anselmo, «un Dios verdadero lo sería porque Él es verdadero, y por tanto más grande y perfecto que un mero Dios pensado». En este sentido, tenemos que pensar a Dios, por así decirlo, como real perdefinitionem. Por el contrario, Tomás objeta que tampoco deja de ser puro pensamiento el pensar a Dios como algo más allá de nuestro pensar. De manera parecida argumenta Kant cuando escribe que la existencia no es un predicado real, un atributo o nota que pueda añadirse a otra nota. Por su parte, sigue habiendo en el siglo XX filósofos perspicaces que encuentra concluyente el argumento anselmiano y lo respaldan.
Por otro lado están los argumentos de santo Tomás, las célebres cinco vías, que ahora no puedo presentar en detalle. Todas ellas parten de la existencia de un mundo en que se descubren las huellas del Creador. Traigo aquí solamente dos de esos argumentos. En primer lugar la llamada prueba de la contingencia, que discurre a partir del hecho de que ni las realidades ni los sucesos de este mundo, así como tampoco las leyes de la naturaleza, encierran necesidad intrínseca alguna. En efecto, todo podría ser de otro modo que como de hecho es. Ahora bien, lo casual sólo puede darse sobre el fondo de lo necesario. Por ello, en buena lógica, tiene que haber algo que sea por sí mismo. Y al ser que es por sí mismo intrínsecamente necesario lo denominamos Dios.
La otra prueba ha sido siempre la más popular. Parte de la indudable existencia de procesos orientados hacia fines precisos, como el crecimiento de las plantas y los animales, o procesos que sólo pueden ser comprensibles por su finalidad. Así podemos comprender el vuelo de las aves migratorias hacia África en invierno sólo si sabemos que allí es donde encuentran su alimento. Pero, tal como afirma Tomás, esos pájaros no lo saben, y mucho menos conocen las plantas el plan que dirige su crecimiento. El fin no está encerrado en la flecha sino en la mente del arquero que la dirige. Para poder entender los procesos de la naturaleza orientados teleológicamente hay que referirlos a la acción providencial de un Creador que dirige las cosas hacia el bien que ha establecido para ellas, toda vez que sólo de manera consciente puede un fin, por así decirlo, operar hacia atrás, así como cabe poner en marcha y coordinar procesos causales cuando la conciencia del fin precede al proceso.
La primera objeción contra las mencionadas pruebas de la existencia de Dios la formuló Kant con la tesis de que nuestra razón teórica y sus instrumentos constitutivos, las categorías, tan sólo son aptas para organizar los datos de nuestra experiencia sensible. En ese marco, también tiene la idea de Dios una función regulativa, de sistematización. Pero para la razón teórica vale la afirmación de Hume: We never do one step beyond ourselves («Nunca damos un paso más allá de nosotros mismos»).
La razón no nos capacita para decir algo sobre la realidad misma, y por tanto, tampoco sobre Dios, pensado como algo más que mero pensamiento. Únicamente la razón práctica y sólo la experiencia actual de la conciencia nos lleva necesariamente a aceptar la existencia de un ser que reúne y garantiza ambas categorías absolutas, la del ser y la de la buena relación con los demás, lo que hace que el curso del mundo no conduzca ad absurdum a la buena voluntad. «Tuve que limitar la razón para hacer sitio a la fe», escribe Kant. Hegel había censurado esta autolimitadora concepción de la razón kantiana, que queda ceñida al entorno de las contemporáneas ciencias naturales, para las que Dios no puede ser objeto de estudio, tal como ya intenté mostrar en otra ocasión.
Pero la crítica más decisiva la ha expuesto Nietzsche al plantear que el supuesto principal que ha de cuestionarse en todas las pruebas tradicionales de la existencia de Dios es el hecho de que éstas se basan en la inteligibilidad del mundo. Brevemente ha formulado Michel Foucault el pensamiento de Nietzsche: «No podemos creer que el mundo nos presenta una cara legible». Lo que cuestionó Nietzsche por principio fue la capacidad de la razón para llegar a la verdad, y con ello el pensamiento de algo así como la verdad en general. Precisamente este pensamiento tiene, según él, un condicionamiento teológico: el presupuesto de que Dios existe. Sólo si Dios existe puede haber algo distinto de las cosmovisiones subjetivas, algo así como «cosas en sí mismas», de las cuales también habló Kant. Se trataría de las cosas tal como Dios las ve. Si no existe la mirada de Dios, no habrá verdad alguna más allá de nuestras perspectivas subjetivas. Nietzsche habla de la fe de Platón, que es también la fe de los cristianos, la que predica que Dios es la verdad y que la verdad tiene carácter divino. Las pruebas de la existencia de Dios padecen, por tanto, todas ellas, del defecto que los lógicos denominan petitio principii, es decir, esas pruebas presuponen exactamente lo que quieren probar: Dios.
¿Es cierto esto? Sí y no. Desde el punto de vista teórico, no. A decir verdad, Tomás de Aquino nunca estableció en sus cinco vías ninguna tesis sobre la estructura lógica del mundo ni sobre la capacidad de verdad de la razón. Él las daba por supuesto. Que dicha suposición tiene en último término a Dios como causa, resulta para él algo ontológicamente claro. Por ello no entra aquí en una reflexión gnoseológica. En lo que atañe a la validez formal de los primeros principios de nuestro entendimiento, Tomás de Aquino argumenta sencillamente, como Aristóteles, per reductionem ad absurdum, es decir, mostrando la imposibilidad de la postura contraria. Quien niega la capacidad de la razón para conocer la verdad, quien niega la validez del principio de contradicción, no puede decir nada en absoluto. Ciertamente, incluso la tesis de que la verdad no existe supone al menos la verdad de esa tesis. De lo contrario caemos en el absurdo. Aquí Nietzsche plantea la siguiente objeción: ¿Quién puede decir entonces que no vivimos en el absurdo? Es verdad que así nos enredamos en contradicciones, pero es que eso es lo que en efecto ocurre. La desconfianza en la razón como capacidad de conocimiento en sí misma no se puede articular en forma lógica consistente. Así, dice, tenemos que aprender a vivir sin la verdad. Cuando la Ilustración hizo su trabajo se destruyó a sí misma, pues tal como Nietzsche escribe, «también nosotros, los ilustrados, nosotros, espíritus libres del siglo XIX, vivimos aún de la fe cristiana, que igualmente era la fe de Platón: que Dios es la verdad y que la verdad es algo divino».
El resultado de la autodestrucción de la razón ilustrada se denomina nihilismo. Sin embargo, según Nietzsche, el nihilismo abre espacio libre para un nuevo mito. Mas esto tampoco puede afirmarse con fundamento, ya que no se puede hablar en absoluto de la verdad. La cuestión es únicamente con qué mentiras se puede vivir mejor.
Una famosa pintada decía: «Dios ha muerto. Firmado: Nietzsche». Y debajo de esto alguien había escrito: «Nietzsche ha muerto. Firmado: Dios». No obstante, algo permanece de Nietzsche: la lucha contra el nihilismo banal de la sociedad de la diversión, la conciencia concreta y sin esperanza que está significada en la representación de que Dios no existe. Y lo que queda teóricamente es la comprensión de una interna conexión entre la fe en la existencia de Dios y el pensamiento de la verdad y de la capacidad humana de verdad. Estas dos convicciones se condicionan mutuamente. Cuando surge por primera vez el pensamiento de vivir en el absurdo, entonces la reductio ad absurdum de la teoría lógica ya no representa refutación alguna. Ya no podemos argumentar para demostrar la existencia de Dios apoyándonos en la capacidad humana de verdad, puesto que ese argumento tan sólo es seguro bajo la hipótesis de la existencia de Dios. Podemos entonces sostener ambas cosas sólo si se dan a la vez. No sabemos quiénes somos, si bien sabemos quién es Dios, pero no podemos saber nada de Dios si no queremos percibir su huella, que somos nosotros mismos, nosotros como personas, como seres finitos, pero también libres y capaces de conocer la verdad. El rastro de Dios en el mundo, por el que hemos de orientarnos, es el hombre, somos nosotros mismos.
Ahora bien, esa huella tiene la particularidad de que ella misma es idéntica a quien la descubre, esto es, que no existe independientemente de él. Pero si nosotros, cayendo víctimas del cientifismo, ya no nos creemos ni tan sólo a nosotros mismos, ya no sabemos quiénes y qué somos, si nos dejamos persuadir de que únicamente somos máquinas para la perpetuación de nuestros genes, y si consideramos nuestra razón únicamente como un producto ajustado por la evolución —lo que nada tiene que ver con la verdad— y, en fin, si a ninguno nos asusta la propia contradicción de estas afirmaciones, entonces no podemos esperar que haya algo que pueda convencernos de la existencia de Dios. Como se ha dicho, esa huella de Dios que nosotros mismos somos no existe sin que nosotros lo queramos, si bien es cierto que, gracias a Dios, Dios existe, es perfecto e independiente de nosotros, de nuestro reconocimiento y de nuestra gratitud. Únicamente nosotros podemos anularnos a nosotros mismos.
La noción de imagen de Dios en el hombre, que corrientemente se utiliza tan sólo como metáfora edificante, está ganando hoy un significado inopinadamente más preciso. Imagen de Dios quiere decir capacidad de verdad. Ahí el amor no es otra cosa que la verdad realizada. El amor ciertamente se puede traducir así: hacer real al otro para mí. Ningún concepto tiene un significado tan capital en el mensaje del Nuevo Testamento como el concepto de verdad: «Para eso he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad», responde Cristo a la pregunta de Pilatos sobre si Él era rey. Esa respuesta se sitúa, hasta hoy, junto a la pregunta de Pilatos: «¿Qué es la verdad?». La personalidad del hombre se mantiene o se derrumba según su capacidad de conocer la verdad. Existen hoy biólogos, teóricos de la evolución y neurocientíficos que ponen en duda esta capacidad. Yo no puedo entrar ahora en este debate, pero sí quisiera decir algo al respecto: cualquier visión puramente espiritualista del hombre es hoy asumida por el naturalismo. Pero para el naturalismo, sin embargo, el conocimiento no constituye lo que por él se entiende normalmente. El conocimiento, según el naturalismo, no nos instruye sobre la realidad, sino que consiste en adaptaciones útiles para la supervivencia en el ambiente en que nos desenvolvemos. Pero ¿cómo podemos saber esto si nosotros no podemos saber nada? Que el hombre es única y exclusivamente un ser natural y que procede de una vida infrahumana, constituye una idea letal para la autocomprensión del ser humano a no ser que se admita que su propia naturaleza ha sido creada por Dios, y que su origen se debe a un proyecto divino. Para esto no es necesario entender el proceso evolutivo —que, al igual que Darwin, prefiero entender de manera descendente— como un proceso teleológico, es decir, en forma tal que no acontece en él novedad alguna. Lo que desde la perspectiva de las ciencias de la naturaleza se ve como casualidad puede igualmente ser una intervención divina, que para nosotros es reconocible como un proceso dirigido a un fin. Dios obra igualmente a través de la casualidad o sirviéndose de las leyes de la naturaleza. Los biólogos hablan de «fulguración» y «emergencia» con objeto de conjurar lingüísticamente lo inexplicable. Creer en Dios significa disponer de un nombre para esa irrupción de lo nuevo —toda vez que en el fondo lo nuevo tan sólo se reduce a lo viejo—; ese nombre es «creación». La capacidad de verdad sólo se entiende como creación.
Quisiera acudir a un último ejemplo que justamente presupone la propia verdad de Dios, es decir, a una prueba sobre la existencia de Dios que, por así decirlo, es «resistente» a Nietzsche; precisamente a una prueba extraída de la gramática, y más en concreto del llamado futurum exactum.
El futurum exactum —el futuro segundo— en nuestra mente está ligado necesariamente con el presente. Decir algo de una cosa es decir que se realiza ahora, y tiene el mismo significado que si se hubiera producido en el futuro. En este sentido, cada verdad es eterna. Que en la tarde del 6 de diciembre del 2004 se hubieran reunido numerosas personas en la Escuela Superior de Filosofía de Múnich para una conferencia sobre la racionalidad y la fe en Dios no sólo fue verdad aquella tarde, sino que siempre será verdad. Si hoy estamos aquí, mañana seguiremos habiendo estado aquí. Lo presente permanece siempre real como pasado del futuro presente. Pero, ¿con qué tipo de realidad? Podría decirse: está en las huellas mediante las cuales se produce esa influencia causal. Mas esas huellas se debilitarán progresivamente. Y huellas son solamente aquello que ellas han dejado tras sí mientras él mismo es recordado.
En la medida en que el pasado sea recordado, no es difícil responder a la cuestión de qué tipo de ser tiene. Precisamente tiene su realidad en su ser recordado. Sin embargo, el recuerdo cesa en algún momento, y en algún momento puede que ya no haya hombres sobre la tierra. También la tierra desaparecerá al fin. Que a un pasado corresponda siempre un presente de ese pasado tendría que obligarnos a decir: con el presente consciente —y el presente sólo es tal en tanto consciente— desaparece también el pasado y el futurum exactum pierde su sentido. Pero eso no lo podemos pensar así exactamente. La frase: «En un futuro lejano ya no será verdad que nosotros estuvimos reunidos esta tarde», carece de sentido. Esto no puede ser pensado. En efecto, si anteriormente no hubiéramos estado aquí, entonces tampoco podríamos decir que ahora estamos realmente aquí, como consecuentemente afirma también el budismo. Si la realidad presente alguna vez no ha sido, entonces en modo alguno es real. Así pues, quien rechaza el futurum exactum también rechaza el presente.
¿De qué tipo es esa realidad del pasado, el eterno ser verdadero de cada verdad? La única respuesta posible se expresa así: Tenemos que pensar una conciencia en la que todo lo que sucede es asumido, una conciencia absoluta. Ninguna palabra habrá dejado de ser pronunciada alguna vez, ningún dolor no sufrido ni ninguna alegría no vivida. Lo contingente podría no haber ocurrido, pero si hay realidad entonces el futurum exactum no se puede obviar, y con él el postulado de un Dios real. «Yo temo —escribía Nietzsche— que no podremos escaparnos de Dios ya que todavía creemos en la gramática». Así pues, nosotros no podemos menos de creer en la gramática. También Nietzsche pudo escribir lo que escribió solamente porque lo que él quería decir lo confiaba a la gramática.
El año que ahora concluye ha sido declarado por la ONU, Año Internacional de la Física, pues en él se ha conmemorado el centenario del primer artículo que escribió Einstein sobre la teoría de la relatividad especial y que llevaba por título «Electrodinámica de los cuerpos en movimiento». Diez años después, en 1915, Einstein publicó su teoría de larelatividad general. Las dos teorías son diferentes, aunque relacionadas entre sí. La primera, la relatividad especial, tiene un grado de generalidad que la coloca, en ciertos aspectos, por encima de cualquier otra teoría de la física. En cambio, la relatividad general aborda solamente un aspecto específico de la naturaleza, que es la interacción gravitacional.
Resulta imposible resumir en unos pocos folios la revolución, que representa la relatividad. Pero intentaremos explicar solamente algunos de sus aspectos más sugestivos. Napoleón afirmaba que un genio es la conjunción de un gran temperamento en una gran circunstancia. Y así le pasó a Einstein. En aquella fecha la física atravesaba una crisis profunda. Según Newton, la realidad es única, así como la física que la describe. Los observadores deben describirla de la misma manera, sea cual sea el sistema de referencia inercial que empleen. (Sistema inercial es el que se encuentra en reposo o se mueve con velocidad uniforme. Se pasa de un sistema inercial a otro mediante unas sencillas fórmulas, que se llaman «transformaciones de Galileo»). Se pueden relacionar las coordenadas espaciales y el tiempo en distintos sistemas inerciales. En estas transformaciones el tiempo no varía: es universal. Pero las ecuaciones del electromagnetismo de Maxwell no mantienen la misma forma bajo las transformaciones de Galileo. Matemáticos como Lorentz y Poincaré se preocuparon de este problema. Pero Einstein lo resolvió de una manera audaz. Introdujo dos axiomas: la velocidad de la luz es la misma sea cual sea el sistema de referencia desde el que se emite, y las ecuaciones de la física deben mantener la misma forma en todos los sistemas inerciales. Este es el principio de relatividad. Pero las ecuaciones de Galileo deberían ser sustituidas por otras: las ecuaciones de Lorentz. Con estas ecuaciones, las fórmulas de Maxwell no variaban de forma. Y así se explicaba que no se observasen los efectos que, según Newton, se habían de producir cuando se pasaba de un sistema inercial a otro.
La primera idea que aporta la relatividad es que el espacio y el tiempo «están condenados a desvanecerse en meras sombras, y solamente una especie de unión de los dos conservará la independencia», según la acertada expresión de Minkowski. Otra idea clave es la identificación de masa y energía. Es la célebre fórmula, esencial en los procesos nucleares, de que la energía es el producto de la masa por el cuadrado de la velocidad de la luz. Otra idea fundamental es que la masa es función de la velocidad.
Este Año Internacional de la Física nos invita a reflexionar sobre el sentido de la ciencia en nuestro tiempo. Lo primero que observamos es que si bien la ciencia, como escribe el profesor Fernández-Rañada, es incapaz de resolver por sí sola ninguno de los problemas que tiene hoy planteados la humanidad, también es cierto que sin la ciencia no podrá ser resuelto ninguno de ellos. Además, la ciencia aparece a los ojos del hombre medio, del hombre de la calle, como algo extraño y difícil de comprender. Por todas partes se habla de cambio climático, de biodiversidad, de partículas elementales, de células madre, de embriones, de fisión y fusión nucleares, etc., pero todos estos términos apenas son comprendidos por la mayoría de los ciudadanos. Lo más grave es que, en las sociedades democráticas, son los ciudadanos los que toman las decisiones. Y muchas de estas decisiones exigen un conocimiento, aunque no sea profundo, pero sí al menos suficiente.[[wysiwyg_imageupload:1800:height=213,width=200]]
Y aquí surge la necesidad de la divulgación científica. En un reciente estudio, que lleva por título «Percepción social de la ciencia y la tecnología en España – 2004», elaborado por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, el español medio se queja de la escasa información que, sobre ciencia, le suministran los medios de comunicación. Hay, además, algunos hechos que resultan lamentables. Citaremos dos.
En Estados Unidos hay, actualmente, más astrólogos que astrofísicos. En España, el número de estudiantes de Ciencias Físicas o Exactas más bien disminuye. Las razones de todo ello son muy complejas. Se nos ocurre que una de ellas, y no la de menor importancia, son los estudios de segunda enseñanza o de bachillerato, que son tan flojos, que el joven no puede abordar una carrera de las que hemos citado. La divulgación de la ciencia «pretende hacer accesible el conocimiento», como ha escrito el periodista español más preocupado por estas cuestiones, Manuel Calvo Hernando. Grandes científicos han sido también divulgadores. El propio Einstein escribió un libro titulado La física, aventura del pensamiento. Heisenberg también se preocupó de aproximar los conocimientos de la física a la cultura popular.
La naturaleza no aparece como algo sencillo, sino enormemente complejo. Además, de alguna forma es reducible a esquemas matemáticos, cada vez más abstractos. Y esto es un auténtico misterio, porque ¿cómo esos esquemas —al menos algunos de ellos— explican o ayudan a explicar la naturaleza? Divulgar la ciencia no consiste en quitarle su sentido más profundo, sino en aproximarla, en acercarla al hombre medio. Y esta aproximación se nutre, con frecuencia, de disciplinas tales como la filosofía, la sociología y la historia de la ciencia. Sobre todo, la importancia de esta última resulta esencial. Pues, como decía Ortega, para saber cómo una cosa es, es necesario saber cómo ha sido. Pero el divulgador tiene que aproximar la ciencia con rigor, al tiempo que con amenidad. Una tarea que no es fácil. Modelo de divulgador es, a nuestro juicio, Martin Gardner. Sus obras como Derecha e izquierda en el cosmos y La ciencia. Lo bueno, lo malo y lo falso, además de estar magníficamente escritas, explican multitud de hechos. Otro rasgo de Gardner es su desprecio y su animadversión hacia las apariencias. Ha sido un perseguidor de adivinos, médium y otros especímenes parecidos, a los que ha desenmascarado siempre que ha podido.
Divulgar la ciencia es también explicar las consecuencias, que un determinado hecho científico puede ocasionar. Estas consecuencias son económicas, siempre o casi siempre, morales en muchos casos y hasta políticas en algunos otros.
En definitiva, este Año Internacional de la Física ha servido para reflexionar sobre la ciencia y su papel en nuestra sociedad y para fomentar la cultura y la investigación, que es, según la moderna economía, la condición para sobrevivir en una cultura que ha hecho de la competitividad su paradigma.
Si echamos una mirada rápida a la historia, podemos ver cómo en todos los periodos de crisis de valores siempre han surgido espíritus de una sensibilidad especial, llamados a ser conciencia y altavoz de una sociedad que se deshumanizaba y que, a su vez, arrinconaba a los individuos más indefensos y desprotegidos; también descubriremos que esa circunstancia suele agudizarse en periodos bélicos y de posguerra. De esta manera, los dos grandes conflictos del siglo pasado se nos presentan como caldo de cultivo idóneo para la formación de un grupo de artistas y pensadores que se sensibilizaron con la cuestión humana e intentaron explicar el sentido del hombre y de la vida. A grandes rasgos, se puede decir que unos lo hicieron desde su propia existencia agónica, renunciando a una verdad objetiva y a una moral nítida, mientras que otros adoptaron posturas más personalistas, indagando en la dignidad del individuo y dándole, en ocasiones, una dimensión de eternidad.
Entre los primeros sería necesario hacer, a su vez, múltiples diferenciaciones —casi tantas como pensadores— y distinguir, por ejemplo, entre el existencialismo ateo de Sartre o el fatalismo humanista de Albert Camus. El pensamiento de este último, rebosante de escepticismo y vacío de trascendencia, encontrará múltiples ecos y referencias en los más diversos ámbitos culturales, también merced al marcado sentido sensible y poético de sus escritos: el cine no escapó a su influjo, además de constituirse en un buen reflejo de esa corriente antropológica por su facilidad para recrear ambientes y situaciones interiores. Así, Truffaut o Godard recogerían ese aire de angustia e incertidumbre, esa inadaptación y rebeldía social en películas como Los cuatrocientos golpes o Al final de la escapada, con las que se iniciaría una nueva y decisiva etapa en la historia del cine, lanouvelle vague. Por su parte, vemos cómo Luchino Visconti también se inspiró en el escritor francés al adaptar en 1967 su novela El extranjero, mientras que el mexicano Felipe Cazals realizaba en 1983 Bajo la metralla a partir de la novela Los justos, material literario de primer orden para abordar cualquier tipo de terrorismo revolucionario-social. Muchos más cineastas han bebido de esa fuente literaria, entre los que se pueden destacar al argentino Luis Puenzo, que trasladaría a la pantalla La peste (1992), y más recientemente a Frank Castorf, quien pondría en imágenes la adaptación hecha por Camus a partir de Los poseídos de Dostoievski.
UNA RELACIÓN CONFESADA
A continuación, procuraremos estudiar concretamente el influjo que Camus ejerció sobre Krzysztof Kieslowski, un cineasta polaco que, paradójicamente, no llevó al cine ninguna de sus obras. A pesar de ello, esa influencia parece quedar fuera de toda duda al analizar sus respectivas obras y vidas, o su sentido de la existencia, del dolor, del amor o de la muerte, realidades todas ellas teñidas de una angustia y un pesimismo que no ocultan una lucha esforzada por superar lo caduco y perecedero de unos seres abocados a la libertad. Similitud de prismas con los que miran al hombre, también a partir de experiencias personales que discurrían por sendas semejantes, con contratiempos e infortunios que dejaban heridas abiertas en unas almas sensibles e inquietas, incapaces de callar ante las injusticias de su tiempo.
Camus se nos presenta como decisivo al estudiar la obra cinematográfica de Kieslowski, quien manifestó que el escritor francés había sido quien más había influido en su pensamiento, y con el que estaba de acuerdo con todo 1. Además, si examinamos sus trayectorias vitales y de pensamiento, descubrimos un fuerte paralelismo —que a continuación analizaremos— en medio del sufrimiento o la injusticia. En primer lugar, podemos percibir que estamos ante personas idealistas y un tanto ingenuas que, con el correr del tiempo, pasarían a ocupar —en un movimiento pendular provocado por el desencanto y el resentimiento— posiciones escépticas y un tanto desesperanzadas. En su búsqueda de la verdad del hombre, del sentido de la vida y de la muerte, y deseosos de una felicidad que saciase su alma se dienta, no encontraron más que la frustración ante la limitación de la naturaleza humana y ante una sociedad hipócrita y falsa; como consecuencia, sufrieron la lógica perplejidad ante una realidad que se les imponía, tan distante de aquella a la que aspiraban.
ARTE Y REFLEXIÓN
Sin ser propiamente filósofos, ambos podrían integrarse en lo que se ha llamado «filósofos de la sospecha»: pensadores que, rodeados de ese ambiente de decepción, se instalaron en el terreno de la duda por no encontrar respuestas satisfactorias a sus necesidades vitales, o también como reacción impregnada de «sospecha» ante unas experiencias personales que les conducían al escepticismo. Cada uno se habría servido del medio que su profesión le ofrecía: literatura y cinematografía constituirían el cauce para reflexionar y hacerse preguntas, para transmitir unas ideas que albergaban en su interior y hacerlo a través de unos personajes con sus mismos sentimientos llenos de gravedad ante la vida. Así, pues, se nos ofrecen como testigos del mundo contemporáneo y de su actitud ante el dolor y el sufrimiento, con profundas reflexiones en torno a la sensibilidad del mundo moderno, «que se niega, hasta la muerte, a amar esta creación en que los niños son torturados», en palabras de Camus.
COMPASIÓN Y TRISTEZA
Además, teniendo en cuenta la pasión de Kieslowski por los libros, no es de extrañar que la lectura de la obra del escritor galo haya significado una rica fuente de reflexión e inspiración para toda su producción, a pesar de —como ya hemos dicho— no haber adaptado directamente ninguna de sus novelas. Al ser preguntado Kieslowski por el modo en que compatibilizaba el pesimismo existencialista de Camus con la esperanza cristiana que alentaba su obra, respondía que para él, el escritor francés estaba cerca del cristianismo desde el momento en que «retrataba con compasión unos seres que se desvelaban infelices, incapaces de encontrar su propio sitio, de dominar la desgracia que les atormenta; unos personajes que sólo de vez en cuando aciertan a ver una luz que casi siempre es fugaz y huidiza. Camus tiene una gran tristeza frente al mundo, y ésta es una faceta suya que me conmueve» 2. Con ello, establecía un puente de unión con ese humanismo sincero, a la par que dejaba abierta una puerta que le permitía atisbar y atrapar esa luz para sus personajes. En esta tarea se aplicó el director polaco, hasta concluir que esa luz bien podría alcanzarse por la vía de la reflexión e interiorización, y también de la apertura a los demás por el amor, claves esenciales en el cristianismo.
Junto a lo dicho acerca del paralelismo entre ambos pensamientos, no se pueden obviar las divergencias que también existen. Por eso, a continuación trataremos de resaltar unas y otras siguiendo la trayectoria personal y creativa de Camus: a partir de los personajes de sus novelas y de las circunstancias de su propia vida, analizaremos las actitudes, percepciones y estereotipos recogidos por Kieslowski en sus películas, a la vez que apuntamos los aspectos en que se desmarca de aquél, asumiendo posturas más afines a la cultura polaca o a un sentido personalista del individuo como alguien dueño de su libertad y destino.
NO BASTA LA RELIGIÓN COMO CULTURA
Ya en sus primeros años y hasta la enfermedad que padeció en 1937, advertimos que Albert Camus respira un sentimiento de romanticismo y de dicha por la realidad sensible: se acerca al individuo concreto que vive feliz en un mundo placentero; entonces, rechaza a priori cualquier idea de Dios por considerarla un espejismo repleto de «consuelos», que seducen al hombre y le traicionan al conducirle a una resignación que identifica con ausencia de vida. A su vez, en estos momentos Camus hace profesión de ateísmo —quizá habría que hablar de antiteísmo— 3, algo que no sería más que el resultado de sus propias experiencias vitales, al recoger el cristianismo deformado por los que «explotan la vida eterna como si fuese un dominio colonial». Esta actitud ante lo religioso sería un primer aspecto que podría aplicarse análogamente a lo vivido por Kieslowski, quien renunció también a las soluciones ofrecidas «desde fuera» para dar un sentido a la vida y a la muerte, y buscó apoyo en otras que encontraban en el propio individuo: no era más que la huida de cierta práctica confesional, partidista o superficial, que para él se alzaba como un muro que le impedía penetrar en lo más interior del individuo y que le alejaba de cualquier sentido trascendente. De esta manera, tanto el francés como el polaco partirían de una valoración de una religiosidad según su propia percepción de cómo era vivida en su entorno, a la vez que proyectaban su propio mundo interior de sensibilidad exacerbada y anhelos nunca satisfechos.
ANTES EMBRIAGADO QUE ALINEADO
Esta fascinación por lo sensible adopta en Camus un cariz amoral, que corre parejo a la ingenuidad de quien rechaza toda ideología4 y cualquier manifestación de la ciencia, por alejar al hombre de la dicha inmediata, única realidad que le satisface y le embriaga. Por su parte, también Kieslowski pone el acento en la realidad sensible y en el individuo concreto, alejado de ideologías y religiones; su espíritu inquieto le empuja a apostar por la vida, y a gozarla intensamente, sin huir de la realidad; de ahí el carácter especialmente sensible de sus personajes, que sufren la injusticia y la insatisfacción, y que transmiten al espectador esa misma pasión por vivir, a la vez que su desazón interior. Como el escritor francés, reserva para el hombre unas aspiraciones que vuelan a gran altura, sin reparar en las limitaciones que su naturaleza y el mundo le imponen. En ambos casos, esta postura es fruto de una ingenuidad que les lleva a sentir el temor a ser engañados, a ser víctimas de enajenaciones políticas o sociales, y con ello a basar la grandeza del hombre —y de la vida— en la certeza racional de que el mundo es irracional: entonces, el caos, lo imprevisible y lo indescifrable de la vida deben ser recibidos como un misterio que no se debe desvelar, sino asumir para alcanzar un mínimo de felicidad.[[wysiwyg_imageupload:1717:height=387,width=300]]
Algunos de estos sentimientos los reflejará Kieslowski, por ejemplo, en Decálogo 1, donde ni la ciencia ni la fe sirven para explicar la vida, que se presenta Krzysztof Kieslowski como un devenir en el que sólo cabe sobrevivir, y donde un padre deprimido y en soledad deambula sin rumbo por las calles al perder a su hijo y también la seguridad depositada en la tecnología; o en El albañil, donde la utopía política es sustituida por la labor del individuo concreto que pone un ladrillo tras otro; idéntica sensación de decepción —tras la experiencia de Robotnicy’71— y de crítica al sistema y a la burocracia comunista vemos en Decálogo 7 o en Blanco. Sin embargo, no encontramos en el director polaco esa amoralidad sensual del francés, sino una reflexión más fría y racional, algo que quizá pueda explicarse por su formación centroeuropea, distante de la mediterránea de Camus.
INVASIÓN DEL ABSURDO
Con la enfermedad y la guerra, en 1937 Camus cambia de obsesión: ahora la dicha sensible deja paso a la muerte y al sentimiento de la vida como algo insoportable. Es la invasión del absurdo, la búsqueda de una explicación para el mal y la injusticia en el mundo, que darán origen a obras como Calígula, El mito de Sísifo, El malentendido o El extranjero. De esta manera, su óptica existencialista responde a un drama personal al chocar con la dura realidad: es el resultado del desgarrón interior de una sensibilidad que entra en contacto con la muerte (Calígula) o con la enfermedad (del propio Camus).
EL «CINE DE INQUIETUD MORAL»
En este periodo, Camus se acercaría más a la postura de Kieslowski, puesto que ya no se conforma con la apariencia sensible y externa, sino que busca ahondar en las aguas profundas de la muerte, y desde ella descubrir el sentido existencial de la vida para encontrar el camino que llevase a la felicidad duradera. En la evolución de Kieslowski, vemos que pronto quedó integrado en la corriente del cine de inquietud moral, donde «la ética prevalecía sobre la política, y lo individual sobre lo colectivo […], abierto a unos valores absolutos»5, y donde se rechazaba una realidad degradante que privaba de libertad al individuo, a la vez que se mostraba la imagen de un progreso que no conducía a la felicidad, así como se insistía en la necesidad de una renovación moral. Más tarde, desencantado de los derroteros políticos que tomaba el movimiento cinematográfico en connivencia con el sindicato Solidaridad, se alejó del grupo pero mantuvo esa preocupación por el sentido ético del hombre: Decálogo supone un intento de escudriñar lo que esconden esos rostros complacientes de los ciudadanos europeos que gozan ya de bienestar y libertad exterior, para escrutar sus deseos insatisfechos, su falta de paz y su infelicidad en medio de una cultura individualista y materialista.[[wysiwyg_imageupload:1718:height=251,width=300]]
En El mito de Sísifo, Camus habla de la lucha por imaginarse a Meursault dichoso, aunque ese esfuerzo sea inútil y esa dicha estúpida, automática y animal; considera que la vida no tiene sentido y es un absurdo, por lo que habría que romper esa eterna rotación de la pesadilla por medio del suicidio. Pero para el escritor, esta reflexión no es más que una hipótesis de trabajo de un momento concreto de su evolución personal —en abierto distanciamiento de Sartre, para quien no es método sino doctrina—: es un modo de abrir interrogantes y generar inquietudes. De hecho, en El malentendido renuncia al suicidio físico, por cuanto supondría reconocer que la vida tendría un sentido no alcanzado; es entonces cuando piensa que si no se puede acabar con la vida (moral de calidad), habría que vivir lo más posible (moral de cantidad), acumulando experiencias y buscando amores epidérmicos en muchas mujeres, no por pasión sino como una visión fría y lúcida de acercamiento a un amor absoluto —sentido de la vida— que no existe.
Esta amoralidad y el rechazo del consuelo de la religión serían rasgos encarnados por Meursault en El extranjero, quien asume la muerte en medio de una indiferencia respecto al mundo; este Sísifo dichoso de Camus es algo que Kieslowski no podía aceptar, pues consideraba esta actitud de indiferencia como el verdadero cáncer de la persona y de la sociedad.
Kieslowski participa también de ese mismo modo discursivo de proceder, al plantearse preguntas existenciales en su búsqueda de respuestas para las cuestiones fundamentales del hombre. Como Camus, experimenta esa misma sensación de no poder alcanzar el éxito final y la paz personal, aunque para el polaco lo importante no es el final sino más bien el hecho de recorrer un camino —vivir— aun sabiendo que esa esperanza será inútil. Como en El extranjero, Kieslowski rechaza una justicia como maquinaria que juzga a la persona hasta aniquilarla con la pena de muerte —como queda reflejado en Decálogo 5— cuando únicamente debería ser juzgado el hecho delictivo. Además, ninguno de los dos acepta un planteamiento vital que se presente lleno de certezas, pues la única real y verdadera es la muerte, y ésta sólo cobra sentido cuando media el amor.
En cambio, la postura del director de Azul se aleja del francés porque no considera el amor puramente sexual como lo esencial en la comunicación personal, sino más bien como un sucedáneo que puede ayudar pero también entorpecer las relaciones: esa es la experiencia de Magda en Decálogo 6 o de los esposos en Decálogo 9, lo mismo que se aprecia en Blanco con una separación que resulta terapéutica para los protagonistas, o en Rojo con los noviazgos rotos por falta de verdaderas relaciones personales.
TARROU/ CAMUS
Albert Camus da un paso más en su pensamiento cuando escribe La peste en 1947, en un intento de encontrar sentido a una vida rodeada de muerte y desolación, muy impresionado por la recién terminada guerra mundial. Entonces deja de hablar del absurdo —aunque no por ello abandona el agnosticismo— y adopta una postura «siempre sin pretender estar en posesión de ninguna verdad». Ese mismo aire escéptico, típico de posguerra, es el que encontramos en Kieslowski, en este caso en una Polonia reprimida, con hambre y sin esperanza, realidades que le llevan a distanciarse de las instituciones y a cuestionar cualquier mesianismo proveniente de ideologías y religiones que dicen tener la verdad y prometen unos paraísos que no ven por ninguna parte.
En La peste, Camus —por medio de Tarrou— se pone de parte de un condenado a muerte por su propio padre —un abogado criminalista — y rechaza así convertirse en un apestado que apoye la muerte por motivos políticos o de justicia social. Una actitud semejante adoptará Kieslowski con Piotr en Decálogo 5 o el juez en Rojo, con posturas alejadas de cualquier certeza absoluta y dogmatismo inmisericorde. Y un desencanto análogo al vivido por un Tarrou —que abandona las filas comunistas tras unos fusilamientos— será el que experimente el propio Kieslowski al verse traicionado por el Partido tras los sucesos de Robotnicy’71 y que refleja en su película El albañil6.
Tarrou/Camus pierde la esperanza de hacer algo, de tomar una decisión que no conlleve el riesgo de hacer sufrir a los otros, hasta el punto de que la paz sólo podría llegar con una buena muerte. Con este pensamiento, el francés parece experimentar una segunda crisis, y pasar de plantearse la muerte física a hablar de una muerte espiritual: supone un intento de presentar a Tarrou como un santo sin Dios, muerto a las puertas de Orán —como un nuevo Moisés ateo— justo cuando la peste está a punto de cesar. El primero de estos sentimientos podría firmarlo el mismo Kieslowski, cuando declara que es imposible alcanzar la paz y que sólo se puede elegir la opción menos mala al actuar, aun sabiendo que ésta puede acarrear consecuencias a terceros; y también al presentarse en nuestra sociedad como despertador de unas conciencias que bien podrían ser los «nuevos apestados», individuos adormecidos e irreflexivos que caminan sin rumbo en la vida. De la misma manera, resulta curiosa la coincidencia de que el escritor y el cineasta recurran a invocar los diez mandamientos de Moisés como valores para la vida, convencidos de que bastan la ternura y el amor desinteresados —sin necesidad de un cielo como recompensa— para sobrevivir en esta vida y poder sobrellevar el misterio del dolor. Esta misma premisa nos llevaría a la propia muerte de Tarrou, rodeado del cariño y consuelo de Rieux —algo que nunca encontraríamos en Sartre—, y al espíritu de perplejidad ante la vida —y también de apertura a los demás— que late en cada uno de los capítulos de Decálogo o en Tres colores.
En el Orán de La peste, además de Tarrou, podemos encontrar otros personajes: una multitud que no reflexiona, unos cínicos que quieren que continúe la peste, unos espectadores puros e ingenuos… y unos hombres de buena voluntad y llenos de abnegación como el doctor Rieux, figura que encarna el sentimiento de solidaridad y honradez —no tanto de heroísmo— al quedarse a cuidar a los enfermos. En este sentido, Kieslowski, como Camus o Rieux, apuesta por la honestidad y no por el heroísmo, por las actuaciones concretas y visibles más que por unos principios generales, aquellos que vendrían expuestos con el Decálogo o la democracia y que fácilmente terminan por no cumplirse.
LAS PESTES DE VERDAD
De manera alegórica, tanto para Camus como para Kieslowski, la peste será el estado en que se encuentra el hombre que no tiene amor o que no sabe lo que quiere. Estas circunstancias traen consigo una falta de libertad y una desesperación debido a la dificultad de comunicarse con los seres queridos —imposibilidad interior en el caso de la sociedad tecnológica—, así como por no vislumbrar luz alguna al final del túnel. Camus por medio de Rieux y Kieslowski a través del juez de Rojo proclaman la incapacidad e ilegitimidad de nadie para juzgar los actos de otra persona —por eso Rieux no denuncia a Lambert, que quiere huir de Orán en busca de su mujer— y se amparan en la propia conciencia para decidir los pasos que quieran dar a sus vidas: huir o quedarse en Orán serán opciones igualmente válidas para que Rieux, Lambert o Tarrou alcancen la libertad, pues cada uno puede encontrarla por distinto camino, los mismos que recorren los personajes de Rojo. El rechazo a la guerra —verdadera peste, a la pena de muerte o a una justicia y policía carentes de humanidad serán notas comunes al texto literario y al espíritu cinematográfico de estos dos espíritus sensibles e inquietos con la suerte del hombre contemporáneo.
EN LAMUERTE O EN LA VIDA
Tanto Camus como Kieslowski rehúsan, por otro lado, toda solución trascendente «clásica» u ortodoxa a las cuestiones que plantean —aunque Kieslowski sí confíe en unos valores trascendentes insertos en el propio individuo— al calificarla como «un suicidio filosófico del espíritu» por Camus, paso que habrían dado existencialistas como Kierkegaard o románticos como Dostoievski. Tanto el escritor como el cineasta navegarían entre el racionalismo que rechaza a un Dios que resolviera todos los problemas e interrogantes del hombre y la conveniencia de unos buenos sentimientos —bondad, honradez y salud; aunque no caridad, salvación ni santidad— entre los hombres.
Como Camus, el director de Tres colores buscará una respuesta al problema del mal y de la muerte, aunque tampoco él va a encontrar una solución que pueda ofrecer al espectador. Ante la perspectiva de la desolación y el suicidio como única salida, Camus se aleja del escapismo sartriano y se inclina por reconocer, asumir y encarar la muerte como viene: entiende que la única propuesta digna es enfrentarse lúcidamente a la muerte en un mundo de muerte, para salir después enaltecido y con la belleza en un eterno retorno. En este punto, Kieslowski se separa del escritor y deja una rendija a la esperanza al ofrecer a sus personajes —y al espectador— el amor y la solidaridad como la mejor manera de alcanzar la felicidad: su enfrentamiento no es con la muerte sino con la vida, en un intento de conocimiento propio que permita asumir la fragilidad y las limitaciones de la existencia. También se distancian en su postura moral, inexistente en Camus, y fundamentada y apoyada en la propia conciencia en Kieslowski, para quien sí hay unos valores claros en la actuación individual y social, aunque no deban venir impuestos desde fuera.
Hasta aquí, hemos visto cómo Kieslowski asume algunos elementos de los personajes de Camus, que van desde la dicha de Sísifo a la tragedia de Calígula, desde la aceptación de la muerte hasta el sentido de culpabilidad de Tarrou o la solidaridad y honradez de Rieux.
ALGUNAS DIVERGENCIAS
En su siguiente obra, Los justos (1949), Camus nos presenta a un personaje, Kalieyef, que antepone la causa de quienes están sumidos en el dolor y la injusticia a su propio amor por Dora, lo que le lleva a participar en una revolución que se convertirá en fuente de dudas y escrúpulos: sumidos en un sentimiento de culpabilidad (como Tarrou), ambos se inmolan solidariamente y se entregan a la muerte (como Rieux), esperando así encontrar la paz y una dicha confundida con el amor, a la vez que se aplicaba la justicia y se resolvía el problema del mal. En este sentido, Kieslowski no participa del concepto de muerte y terrorismo como camino para el amor, pero sí de los principios de solidaridad y sacrificio por amor —no por un ideal, sino por una convicción personal—; también comulga con Camus en la realidad de la unión en la dicha… más allá de la muerte, y con el sentido de una responsabilidad de los propios actos… que le llenan de angustia y le impiden erigirse en autoridad para juzgar a nadie. Así, frente al sacrificio trágico que Camus impone a Kalieyef y Dora para redimir su culpa de asesinato, Kieslowski opta por un sacrificio cotidiano en una actitud abierta y de servicio a los demás.
En El rebelde (1951), Camus defiende el respeto a la naturaleza humana y la ayuda entre los que forman la familia de los hombres, hasta la rebelión frente al tirano o las ideologías nihilistas surgidas tras el asesinato del rey o de Dios. Ahora el ataque va dirigido contra la Iglesia, que impediría cualquier cambio al tener respuestas divinas para todas las injusticias, y que anularía la razón hasta conducir al hombre a la pasividad en los afanes terrenales. También Kieslowski busca soluciones humanas al margen de las argumentaciones espirituales —sin negarlas explícitamente—, pero se muestra más respetuoso con la Iglesia. Por otra parte, ambos se mueven en una órbita utópica e ingenua que pretende construir una «fraternidad de los humillados», lejos del individualismo o del nihilismo que llevan a la indiferencia y la soledad, y con ellas a la pérdida de la libertad.
En todo lo expuesto hasta aquí, vemos en Camus un intento por explicar el sentido de la vida partiendo de la dicha y por encontrar respuestas al mal y a la muerte, pero dentro de un racionalismo que parte del a priori de la negación de Dios, sin una reflexión seria. Digamos que su incredulidad es fruto de su ignorancia religiosa y de su resentimiento, y la lealtad a su lógica le conduce a conceder a la muerte de los justos un valor redentor. Algo semejante sucede con Kieslowski al criticar una religión impuesta —llevado quizá por unos testimonios no ejemplares— y reducir la fe a ideología, aunque en su caso no se pueda hablar propiamente de un rechazo de Dios.
Tras L’été, en 1956 Camus escribe La chute. El protagonista, Clamance, es un abogado criminalista que lleva una vida de éxitos profesionales y sentimentales hasta que descubre su vacío interior: la falta de valor y amor para auxiliar a una mujer que se ha tirado al río provocan un sentido de culpabilidad que no logra transmitir a sus amigos; desesperado por la hipocresía humana, se abandona a una loca vida de amores lujuriosos o se esconde tras el silencio cobarde: esta senda de anulación de sus emociones se demostrará imposible cuando, en un viaje por el Atlántico, vea un bulto negro que flota en el mar y renazcan sus remordimientos. En esta historia apreciamos muchos elementos comunes con la película Azul: unos sentimientos trágicos que brotan con fuerza desde el interior, una conciencia que habla y que debe liberarse de miedos del pasado, o una llamada a la reflexión y a no huir de la verdad.
También se puede rastrear el pesimismo y la desesperación de Clamance en otros personajes de Kieslowski, que se cuestionan la verdad de un amor que frecuentemente no esconde sino egoísmo, vanidad o la propia necesidad de sentirse útiles: son cuestiones que el juez de Rojo —trasunto de un Clamance aislado y amargado— plantea a Valentine y que reflejan el poso escéptico del pensamiento kieslowskiano. Pero a diferencia de Camus, el polaco siempre deja un resquicio de esperanza por medio del amor, pues no niega la posibilidad de amar, sino que simplemente advierte que muchas veces la superficialidad y el consumismo reinante hacen que se desvirtúen realidades más hondas y sublimes.
AL FINAL, EL AMOR
En las seis novelas cortas de L’exil et le royaume (1957), Camus parece finalmente elegir a personajes solidarios que sí han sabido amar —a diferencia de Clamance—, dejando una puerta abierta a la regeneración de Tarrou, Rieux, Kaliayef o Clamance, como si se trataran de un único personaje con el que ha recorrido la vida —y que permitiesen seguir la evolución de su pensamiento—, con bajada a los infiernos incluida. Algo semejante ocurre con la obra de Kieslowski, cuyo juez de Rojo sería el último eslabón de unos seres que han buscado la felicidad y la verdad —en su trabajo primero y en su labor de espionaje después—, y que sólo la han encontrado al entrar en contacto con el amor, con una Valentine pura e inocente: ella vendría a ser la segunda oportunidad que la vida le ofrece, la misma que Clamance pide a la mujer que descubre flotando en el mar, porque necesita el perdón de su arrepentimiento7. Camus ha evolucionado del amoralismo inicial a la conciencia moral, y ya no explicita su ateísmo aunque siga rechazando a Dios; como Kieslowski, puede decirse que vislumbraba la existencia de realidades espirituales por encima de lo meramente sensible.
A modo de conclusión, podríamos resumir las afinidades y divergencias entre ambos artistas bajo los epígrafes de un «Camus o la honradez desesperada» —expresión acuñada por Charles Moeller— frente a un «Kieslowski o la honradez resignada», al ver cómo los dos parten de un principio de honestidad en su búsqueda de la felicidad y el sentido de la vida, aunque desembocasen en realidades distintas. Por último, hay que reseñar que, en el momento de sus respectivas muertes, Camus preparaba una trilogía sobre el amor humano, mientras que Kieslowski había esbozado los guiones para una nueva trilogía sobre el cielo, el purgatorio y el infierno: otro indicio de la sintonía de estos dos espíritus inquietos, dubitativos e inconformistas que dejó el siglo pasado.
NOTAS
1 «Siempre estoy de acuerdo con Camus. La verdad de sus escritos me conmueve. Como me conmueve la compasión que siente por las personas de las cuales está obligado a decir tanto mal. Siente una gran tristeza frente al mundo. El mundo no es mejor cada vez ni lo será nunca» (entrevista de Monique Neubourg a Kieslowski, publicada en el pressbook de Azul, pág. 20.; también aparece en la entrevista de Eric Lebiot, Première, septiembre 1993).
2 Entrevista de Carlos F. Heredero a Kieslowski, revista Dirigido por n.° 219, pág 43.
3 Charles Moeller, Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo I, pág. 55, Ed. Gredos, Madrid, 1960. Moeller recoge la distinción de Gabriel Marcel entre «ateísmo» imposibilidad de elevarse a lo espiritual, con una negación de Dios y de la racionalidad de su conocimiento y «antiteísmo» imposibilidad de pretender que Dios exista y de esperar en Él, para concluir que Camus oscilaría según momentos y conveniencias entre una y otra postura.
4 En una obra posterior, Calígula, Camus dirá que «si nada tiene sentido, todo está permitido, porque todo es indiferente», dando un tono más existencialista a su desconfianza hacia la ideología política.
5 Krzysztof Zanussi, La peculiaridad del cine polaco, en Nueva Revista, n^ 78, noviembrediciembre 2001, pág. 105.
6 Para una mejor comprensión de los acontecimientos referidos, y recogidos en las mencionadas películas, puede consultarse el libro Azul, Blanco, Rojo. Kieslowski en busca de la libertad y el amor, págs. 3840. Julio Rodríguez Chico, EIUNSA, 2004.
7 Clamance sufre una herida incurable y clama angustiosamente a la mujer suicida que se vuelva a tirar al río para que tenga la oportunidad de hacer el bien. Es la necesidad de perdón para la propia redención que Kieslowski recoge, por ejemplo, en Decálogo 8.
El autor de esta importante monografía sobre Kieslowski refleja «cómo su experiencia personal se plasmó en su cine y cómo éste es el resultado de una búsqueda vital, con sus dudas, luchas y desencantos». Nos ofrece una reflexión sugerente sobre las claves antropológicas y estilísticas de uno de los más destacados representantes de la Escuela de Cine de Lodz, en la que también se formaron otros pesos pesados como Wajda, Polanski y Zanussi.
Para Rodríguez Chico, lo propio de Kieslowski era «plantear preguntas por medio de casos concretos e imágenes llenas de fuerza dramática, pero se negaba a dar respuestas, también porque admitió no haberlas encontrado en su vida. Decía que cada espectador debía encontrar sus propias respuestas, y que su cine debía tener un carácter abierto y cierta ambigüedad: no hay happy end, sencillamente porque la vida no se puede estancar».
Las páginas de la cuidada edición de este libro contienen muchas pistas para pasear con calma por el cine de un hombre inquieto, muy influido por Ingmar Bergman y Albert Camus, admirador de Tarkovski, del primer Bresson y del Rohmer de los cuentos morales. Un magnífico libro que va muy lejos en el análisis material, aunque se queda algo corto en el formal. De seguro, interesará a estudiosos y buenos espectadores de ese «cine de inquietud moral» y primoroso acabado formal del que Kieslowski es un representante señero.
En la historia de una ciudad, los cincuenta años ininterrumpidos de unfestival cinematográfico tienen un peso extraordinario. La conmemoración de las bodas de oro de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI) tuvo un comienzo anormal. El nombramiento de su director, Fernando Lara, para ocupar el puesto máximo de responsable del cine español y la dimisión de algunos miembros de su equipo, creó una situación de transitoriedad nada positiva. Algunos escritores y gente de la cultura (Miguel Delibes, Jiménez Lozano, Martín Garzo, Julio Valdeón, Ramón García… ) dirigieron una carta a los medios de comunicación sugiriendo la posibilidad de que gente de Valladolid colaborara en la cincuenta edición de la SEMINCI. La propuesta no fue bien recibida, acusada de un provincianismo que en absoluto propiciaba el texto de la misma. El presidente del patronato de la SEMINCI dio la callada por respuesta y tres meses después se nombró nuevo director a Juan Carlos Frugone, que durante nueve años formó parte del grupo de Lara, y más tarde aún a MaríaÁngeles Vázquez para sustituir a Victoria Fenández en las tareas administrativas y de organización. La excesiva premura no afectó, sin embargo, en principio a la programación que comentaremos con la debida amplitud.
Pero estos cincuenta años obligan a mirar atrás desde el presente, teniendo en cuenta las específicas circunstancias de cada época. En el libro escrito por César Combarros sobre la historia de la SEMINCI se estudia cada una de sus ediciones con gran minuciosidad, contando tanto con testimonios personales de quienes las llevaban a cabo como con una gran tareab de hemeroteca. En este artículo, y desde el conocimiento personal del festival desde su séptima edición, me limitaré a fijar los aspectos más significativos del mismo, por su relación inmediata con la realidad política, social, económica y cultural de cada momento histórico.
EVOLUCIÓN INSTITUCIONAL
Institucionalmente los veintidós primeros años estuvo —curiosa paradoja — adscrita a la Delegación del Ministerio de Información y Turismo. Antolín de Santiago, que ocupaba el cargo, supo jugar muy bien en el terreno resbaladizo en el que se movía la Semana entre, por una parte el ministerio, que quería abrir la mano en terrenos no esenciales, y por otra los profesionales y el público, que iban más allá. Son numerosas las anécdotas que se podrían recordar aquí a propósito de esta situación que, si en principio era absurda, funcionó milagrosamente bien tanto en la selección de filmes como en las conversaciones, en la presencia de invitados y en la progresiva sustitución semántica —desde Cine Religioso primero, de Valores Humanos después, y al final Semana Internacional a secas—. Todo un logro.
Después de Antolín, fue Carmelo Romero, entonces delegado del ministerio, un hombre de cine y teatro, quien ocupó el cargo durante dos años, hasta su nombramiento en Madrid como subdirector de Cinematografía. Le sustituyó entonces Rafael González Yáñez, periodista que continuó la trayectoria ascendente del certamen durante otros dos años, hasta que se comprobó la falta de viabilidad de la fórmula. La Delegación del ministerio no podía, ni debía —esta es mi opinión— ser la institución que mantuviera la SEMINCI. Después de una reunión en el salón de plenos del Ayuntamiento, el entonces alcalde de Valladolid, Manuel Vidal, asumió en nombre del municipio esa responsabilidad. Desde entonces es el Ayuntamiento el patrocinador esencial de la SEMINCI, por medio de un patronato creado al efecto, en el que están incorporados, además, la Junta de Castilla y León, la Diputación y el Ministerio de Cultura, entre otros
Esta es la historia oficial. La otra, la que subyace en el contexto de fondo, es apasionante. Cuando el municipio tomó la iniciativa de asumir los gastos para que no desapareciera el festival, José Luis Parra indicó que se nombrara un comité de dirección formado por los anteriores directores, Carmelo Romero y Rafael González, más Germán Losada (periodista), José María Muñoz (empresario), José Peña (crítico, radicado en Francia) y quien suscribe estas líneas. Fueron seis años difíciles, con épocas de tensión, hasta que Fernando Lara fue nombrado director y ejerció como tal hasta el pasado año. Como puede comprobarse los vaivenes organizativos no fueron muchos, aunque sí hay que apuntar las diferentes circunstancias económicas y políticas de cada momento. La llegada de Lara profesionalizó el cargo, dotándolo económicamente. En las anteriores etapas los responsables del festival sólo percibían los gastos de viaje a otros eventos. Eran épocas diferentes y con otros condicionamientos que los actuales.
La lucha contra la censura, en principio, contra la politización excesiva después. Jornadas de tensión extrema marcadas por la efervescencia de la llegada de la democracia. Serenidad al fin, cuando ésta se normalizó. A partir de ese momento, el cine tenía casi la única palabra. Amor al cine fue el eslogan definitorio de la Semana, un tanto genérico porque, si es verdad que hay muchas películas dignas de ese sentimiento, en muchas otras pasa exactamente lo contrario. La mirada retrospectiva nos deja una sensación difusa. Momentos difíciles, reuniones casi clandestinas en la cafetería de la estación, presencia de la policía y algún que otro tumulto. La apertura anunciada en los últimos tiempos del franquismo avivó los conflictos que, después, cuando llegó la democracia, tuvieron otro carácter. Recuerdo una estancia en Solothurne preparando un ciclo de cine suizo cuando nos llegaban noticias de los crímenes de Atocha y la situación explosiva del país, que originaron la oferta del director del certamen para quedarnos en la ciudad el tiempo que necesitáramos.
Finalmente, los coloquios, casi en pie de guerra, sobre el cine español (preparación del congreso que se celebró poco después); el cine marginal español; la crítica sobre determinadas películas que levantaban la polémica en términos cercanos a la violencia (Arrabal y El mal de Hamburgo, Titus Leber y Sinfonía fantástica, bastan como ejemplos). El festival tenía, en esas primeras oportunidades de hablar sin trabas, una encendida y saludable, aunque pudiera parecer en ocasiones exagerada, convulsión, que afectaba igualmente a quien entonces lo hacíamos. Después llegó la calma, la explosión mediática, el reconocimiento oficial, el aumento de los presupuestos, la profesionalidad económica. Con los veinte años de la gestión de Fernando Lara se entra en la normalidad, se aumenta el número de películas, se crea la sección «Punto de Encuentro» —una especie de festival bis—, se abre otra interesantísima al documental, «Tiempo de historia», amén de los ciclos, escuelas de cine, etc. Una inmensa cantidad de películas, imposible de abarcar y que permite escoger en el sentido inflacionista que hoy —creo que es un error— afecta a todos los festivales cinematográficos.
LA ÚLTIMA EDICIÓN
Sobria en actos, con la presencia de autoridades nacionales, autonómicas y ciudadanas, la cincuenta edición de la SEMINCI se presentó con el signo de la continuidad. En una mesa redonda intervinieron algunos de los responsables técnicos y políticos de las anteriores ediciones, como una especie de insuficiente reavivación de la memoria, también sostenida por una retrospectiva de filmes que tuvieron eco en el festival a lo largo de su historia. Como criterio se decidió que sólo figurara un director como representativo, con una sola de sus películas. Mi impresión personal de esta selección es que no ha sido muy positiva. El balance se inclina a presentar filmes y realizadores de la última época y algunas películas interesantes de la primera. Quedaron fuera realizadores tan importantes en la historia del festival como Rosellini, Pabst, Murnau, Max Ophüs, Satyajit Ray, Ernest Lubistch, Fasbinder, Manoel de Oliveira… Y en cambio se incluyen otros con filmes estimables y más recientes, pero que poco aportan. Se eludió toda referencia a un cine difícil pero apasionante como es el portugués, así como al de países exóticos: India, África en toda su variedad, y de Latinoamérica fue inexplicable la ausencia de Brasil, con presencia casi única de Argentina. Ha sido una oportunidad perdida para volver a ver películas hoy difíciles de encontrar, ni siquiera en las colecciones de DVD.
Si tuviera que elegir los filmes más significativos de los presentados, no sólo por sus cualidades intrínsecas, me inclinaría después de la necesaria nueva visión por Los 400 golpes, El proceso Barbarroja, Il posto, La Vía Láctea, El imperio de los sentidos, Sacrificio, Voces distantes, El muro, Fat City, Semilla de crisantemo, Providence, El proceso de Juana de Arco, Corredor sin retorno, La estrategia de la araña, Vania en la calle 42, A través de los olivos. Ello no significa que el resto desmerezca, algunos filmes son de similar o mayor calidad, pero más recientes o asequibles. De todas formas ante el gran número de obras, la subjetividad tiene, necesariamente, que denotarse. De los filmes españoles o sudamericanos destacamos Los viajes escolares, El bosque del lobo, La busca, Familia, Hola, ¿estás sola?, Tiempo de amor, por idénticas razones.
Esta polifónica muestra de lenguajes fílmicos demuestra algo esencial. Aun dentro de la exaltación de un humanismo global, el festival se ha caracterizado por la variedad de temas y de estéticas. Todo el cine está representado en estos cincuenta años. Desde el religioso —Bresson en lo alto— hasta el más complejo y difícil. El cine en su expresión plural, en lo clásico, en lo nuevo, en los autores de siempre, el festival ha tenido sus fidelidades: Loach, Bergman, Truffaut, Techine, Kiarostami, Egoyan, Kitano y tantos otros, y los que surgen en cada momento. Para el séptimo arte, la historia del festival, incluidos los hallazgos de la sección «Tiempo de historia», van mucho más allá de la mera exhibición de cada año.
En esa sección destacaron el famoso Soy Cuba de Mihail Kalatozov, fresco desde Rusia hacia el país del Caribe de 1964, que curiosamente no gustó a las autoridades soviéticas ni a las cubanas, por lo que después de una semana de exhibición fue hibernado hasta su triunfal reaparición de mano de Coppola. En El Mamut siberiano se nos cuentan, por medio de los protagonistas supervivientes y sus familias, las razones de esta censura política.
También, hablando de los nefastos procedimientos que atentan a la libertad del realizador cinematográfico, Carlos Bempar consigue en Cineastas en acción testimonios de grandes autores protestando por los procedimientos (por ejemplo, la versión coloreada) que socavan la integridad de las obras de arte —lo que desde luego tiene un origen histórico, el Juicio universal de Miguel Ángel, bastante lamentable—.
En la imposibilidad de referirnos a todos los filmes de la sección oficial y de la sección «Punto de encuentro», citaremos los más importantes, a nuestro juicio. Una nota común fue la escasa novedad de los lenguajes fílmicos. El 90% de los filmes aludía a códigos narrativos tradicionales, con mayor o menor fortuna según los casos. Un síntoma general del cine de hoy, en el que las excepciones a la norma son mínimas. Resulta paradójico que un arte que podría asumir todas las artes sea tan poco aficionado a asumir nuevos riesgos. La cuestión industrial pesa demasiado.
Así, aparte de la forma de mostrar los espacios deEl niño de los Herman Dardene, los planos fijos de Caché de Haveke y la petición de brechtismo de Manderlay de Lars von Trier. Lo mejor está en los clásicos. Brokeback Mountain de Ang Lee, La espada oculta de Yoji Yamaba (muy semejante a El último samurai), la simpática Water de Deepa Mahta y una cínica y curiosa propuesta de Harold Ramis, titulada Cosecha de hielo (un peculiarismo y sangriento día de Nochebuena). También tiene interés la pantalla dividida de Conversaciones con otra mujer, a pesar del repetitismo; y los valores parciales de una sección a concurso positiva.
El cine español contó con películas de gancho, unos entrañables Manolo Alexánder y China Zorrilla en Elsa y Fred, y buenas intenciones en Santiago Tabernero y Daniel Cebrián, éste con un estupendo final en Segundo asalto, pero sin haber madurado todavía. Ningún riesgo en la estética y propensión al sentimentalismo epidérmico, apuntaría como notas predominantes. Por su parte, Carlos Saura, en la línea de sus anteriores trabajos, hace un derroche de retórica fílmica con hermosas imágenes de la Iberia de Albéniz, con unas discutibles adaptaciones musicales y unas coreografías irregulares. El cine sudamericano juega al sexo, dos personajes en la cama con una fatigante sucesión de planos, al estilo Dogma (En la cama), o acude a la emotividad sentimental-política en Hermanas, visión desde el presente de los terribles años del golpe militar argentino.
Así ha pasado la Semana, los nueve días más exactamente, con una jornada de clausura bélico-musical (esta vez cantan dos divos como Rolando Villazón y Natalie Dessay), una Feliz Navidad que intenta repetir el éxito de Los niños del coro. Una edición normal, debido a las circunstancias señaladas, que tampoco se significó especialmente a nivel ciudadano en esas bodas de oro: una jornada gastronómica y un concierto de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, con música de cine, no son actos suficientes para una conmemoración que debía haber sido sonada.
LO QUE ESTÁ POR VER
El futuro está a la vuelta de la esquina. Varios puntos importantes, el primero de los cuales es la formación de un equipo para ocuparse, por ejemplo, de un ciclo de cine nuevo, a partir del existente desde los criterios de siempre. Una renovación parcial se hace también necesaria, desde la independencia de los responsables del festival. El personalismo del presidente del patronato, el alcalde de Valladolid, ha sido excesivo. Conviene deslindar los campos político y técnico. De lo contrario, se rompería una de las claves del éxito de la SEMINCI. La responsabilidad del director y su equipo no sólo afecta a la selección de filmes, sino al dibujo completo de la Semana que, naturalmente, se haría conocer al patronato para su aprobación. Todavía quedan pendientes algunos temas que la LI Semana puede perfectamente abordar. Valladolid necesita al festival y el festival necesita a Valladolid, no sólo a sus instituciones, elegidas por el ciudadano, sino a ese público que ha apoyado, como siempre, la edición de este año. La simbiosis entre todos los implicados significa deslindar los campos de actuación e integrarlos armónicamente.
Es de justicia ratificar el gran apoyo del público: colas en todos los cines y aplausos generalizados (algunas pequeñas excepciones) después de las proyecciones. Las distribuidoras, premiadas con Espigas honoríficas, han cumplido con la Semana, enviando lo mejor de sus catálogos. Las programaciones habituales matizarán la impresión general de la SEMINCI. El cine y la gente que acude para apoyar sus filmes —directores, guionistas, actores— fueron los grandes vencedores, como en los cincuenta años de su existencia.