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La educación a paso de yenka

LAS INQUIETUDES ANTE UN DISCURSO

Los especialistas recomiendan abstenerse de navegar por Internet, pues señalan que esa red mundial está diseñada para facilitar el acceso a lo que se necesita, mientras que una navegación sin rumbo conduce, cuando menos, al naufragio de la pérdida de tiempo.

Hace poco, desoyendo tales consejos, me encontré en la red con el discurso de la Ministra de Educación, pronunciado ante el Rey el pasado 4 de octubre, en la solemne apertura del curso 2005-2006. Como es sabido, poco cabe esperar de ese tipo de discursos protocolarios, en los que son indudables sus límites de contenidos y de duración, criterio que quizá ponderó insuficientemente el teniente general Mena, lo que le ha costado el puesto y su sorprendente descalificación pública por parte del Ministerio de Defensa.

A pesar de estas limitaciones, movido por una curiosidad, no sé si malsana, leí el discurso citado, en el que encontré las generalidades previsibles y sólo dos citas de autores: una de ellas de escasa relevancia y de poca significación en el autor de referencia y otra de John Stuart Mill, mencionado como «gran pensador», de mayor interés.

Reconozco que esta cita me ha provocado una cierta turbación sobre el futuro político de la ministra, pues me parece mucho más políticamente incorrecto que una autoridad del ministerio cite a Mill que el hecho de que a una autoridad militar se le ocurra traer a colación el artículo 8 de la Constitución española.

En efecto, Mill expuso con detenimiento sus ideas acerca de la educación, especialmente, en el capítulo quinto de su libro Sobre la libertad 1, que podemos resumir en las siguientes tres tesis:

1. «Una de las obligaciones más sagradas de los padres consiste en dar a ese ser [que han traído al mundo] una educación que lo capacite para desempeñar con éxito su objetivo en la vida» (pág. 163).

2. «Desapruebo tanto como pueda hacerlo cualquiera que la educación en total o cualquier parte de ella deba estar en manos del Estado. […]. La educación general por el Estado sólo es un medio de hacer que todos sean exactamente iguales, y como el molde que emplea para ello es el que escoge la fuerza predominante en el gobierno en proporción a su eficacia y éxito, establece un despotismo sobre la mente que, por tendencia natural, lleva al despotismo sobre el cuerpo» (pág. 164).

3. «Sólo debe existir una educación establecida y controlada por el Estado, si acaso, como uno entre los muchos experimentos competidores que se lleven a cabo para que sirvan de ejemplo y estímulo y que hagan que los demás mantengan ciertas normas de excelencia» (pág. 164).

Es evidente que el horizonte intelectual que diseña Mill tiene escasos puntos de contacto con el que defiende la Ley Orgánica de Educación (LOE) tal como ha llegado al Senado, horizonte que, por el contrario, me parece se encuentra mucho más cerca al Mundo feliz de Huxley, donde el Estado anula el esfuerzo ante las dificultades y el compromiso existencial de la persona, sustituyéndolos por una falsa felicidad cifrada en el libertinaje sexual ajeno a todo compromiso y en el rechazo a la reflexión crítica, y en el que el Estado repartirá una poción mágica, llamada soma, a quienes de repente les surgieran «esas horribles ideas»2 de apartarse de lo socialmente vigente. La LOE, como luego veremos, hace un uso engañoso del término esfuerzo, así como el soma aparece bajo el nombre de Educación para la ciudadanía, instrumento dotado de una eficacia al parecer milagrosa para que se consigan los que pasan en esta ley a convertirse en fines primordiales de la educación, como el pleno desarrollo de las capacidades afectivas del alumnado, la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres, la educación en el ejercicio de la tolerancia y la resolución pacífica de conflictos, etc.

Alguien podría objetar que esta apreciación no otorga la justicia debida a diversos textos de la LOE. Y, efectivamente, esa objeción es correcta. Por ello la lectura de la ley me ha recordado esa vieja canción de la yenka, que apareció a mitad de los sesenta, y que animaba a bailar «izquierda, izquierda / derecha, derecha / adelante y detrás / y venga ya», aunque otros podrían simplemente responder al objetante que el texto aprobado es una magnífica muestra del «doble lenguaje» descrito por Orwell, usado con la finalidad de tranquilizar a los inquietos, al mismo tiempo que se les priva de toda seguridad jurídica, pues al poder siempre le cabría agarrarse al texto que deseara para imponer sus criterios a la ciudadanía.

Analicemos, así, algunas de las ideas de Mill para contrastarlas con las bases ideológicas de la LOE.

LA TITULARIDAD DEL DERECHO A LA EDUCACIÓN

La posición de Mill sobre el titular del derecho a la educación es clara: son los padres quienes tienen esa sagrada obligación. Esa claridad está completamente ausente en la LOE. Es cierto que en ella se recoge el art. 7.1 de la LOGSE, donde se afirma la «responsabilidad fundamental de los padres» en la educación infantil, e incluso se mejora el artículo 4 de la LODE, nombrando a los padres como «primeros responsables de la educación de sus hijos»3. Pero también es cierto que la educación es calificada cinco veces como servicio público, casi el doble de veces que lo hace la LODE.

Es evidente que quienes se mueven en el ámbito de la novela pueden afirmar que las palabras significan lo que ellos desean, como se le dijo a Alicia en el País de las Maravillas. Ahora bien, si de la novela (aunque hay que reconocer que la vida política cada vez se parece más a la novela) pasamos a un texto legal, habrá que conceder a estos términos la significación que les atribuye la doctrina jurídica. En ella, como es sabido, el servicio público, que aparece en Francia a mediados del siglo XIX y es consagrado en las obras de Lean Duguit, de Gaston Jeze y de Maurice Hauriou, maestro de mi catedrático de Derecho Político, Carlos Ruiz del Castillo,   se diseña como una parte de la actividad de la administración pública, que, mediante concesión administrativa, puede ser prestada por personas de derecho privado. Tal concesión lleva consigo unas responsabilidades concretas, fijadas por la Administración Pública, como titular del derecho, que el concesionario debe satisfacer.

De ahí que, en el fondo, para la LOE, el verdadero titular del derecho a la educación es el Estado, que se sirve de diversos concesionarios para su prestación. A esa titularidad estatal no cabe oponer el reconocimiento de la responsabilidad fundamental de los padres, pues tal responsabilidad también la mantenían los países comunistas, en los leapdy1.jpgque la familia podía recibir «la visita común de padres activos y profesores» y donde los profesores estaban autorizados a «hacer prescripciones a los niños respecto a su comportamiento en el tiempo libre»4, precisamente porque los padres eran concesionarios responsables, pero no titulares del derecho a la educación.

Naturalmente no faltará quienes arguyan que ese concepto de servicio público está desfasado y que ahora se habla, como hace algún italiano -que son muchos menos dogmáticos que los franceses-, de servicios públicos virtuales, ajenos ya a la concesión administrativa, pero no al permiso del Estado. Ahora bien, si realmente nos encontráramos ante una nueva doctrina jurídica, habría que señalarlo y explicar con claridad su significado, en primer lugar a quienes apoyan las tesis de la LOE, quienes es patente que entienden el servicio público en su estricto sentido francés, siendo también franceses algunos de los otros errores que mantienen.

Quizá sea conveniente precisar el alcance de la afirmación de que los padres son titulares del derecho a la educación y de que es un error conceptualizar a la educación como un servicio público. En efecto, dejando a un lado a los fanáticos del servicio público que desearían que todos los intercambios sociales tuvieran esa configuración jurídica, pues creen ver en ella la posibilitación de servicios ajenos a cualquier interés y favorecedores de los pobres -fanáticos que disminuyeron sensiblemente cuando, al caer el Muro de Berlín, se comprobó la verdad del socialismo real-, y olvidándonos también de los comodones que han descubierto en el servicio público la gran panacea para trabajar lo menos posible, no faltan quienes defienden que la educación es un servicio público porque entienden que ese es el único instrumento jurídico válido para que el Estado no se desentienda de las importantes responsabilidades educativas que posee, tanto para hacer posible que sean educados quienes no tienen dinero, como para promover una educación en la que se respeten los valores fundamentales de una sociedad democrática.

Estas inquietudes son muy razonables, aunque es preciso señalar que puede perfectamente responderse a ellas sin entrar en la dinámica del servicio público, que desapodera a los ciudadanos de derechos que les son propios, que origina graves daños en el libre desarrollo de las jóvenes generaciones, y que confunde la función del Estado, a quien incumbe la tarea de ordenar que se enseñe, en cuanto ello es exigido por el bien común, y no la ocupación de asumir directamente la enseñanza.

En efecto, hoy casi nadie niega que el Estado deba comprometerse en conseguir que ninguno sea excluido del bien de la educación por carecer de recursos económicos. Mill, por ejemplo, afirma que el Estado habría de «ayudar a pagar los gastos escolares de los niños de las clases más pobres y a cubrir los de aquellos que no tienen a nadie que los pague»5, posición mayoritaria durante no pocos años, aunque ahora se considera más promotora de la cohesión social la solución de establecer la enseñanza gratuita para todos, al menos en sus niveles básicos. Obviamente, como «la gratuité n’est pas gratuite», será el Estado quien habrá de hacerse cargo de los gastos, existiendo diversos instrumentos jurídicos (algunos, como el bono escolar, especialmente denostados por los que aman el monopolio) que compaginan la titularidad de los padres del derecho a la educación con la satisfacción por parte del Estado de los gastos originados.

leapdy2.jpgPor otra parte, afirmar que los padres son titulares del derecho a la educación no significa que sean los únicos titulares. La fórmula que utiliza la Declaración Universal de Derechos Humanos es que «los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos»6, del mismo modo que el Pacto Internacional de Derechos Civiles, firmado por España al inicio de la etapa democrática, obliga a los Estados partes a comprometerse «a respetar la libertad de los padres para garantizar que los hijos reciban la educación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones»7, lo que poco tiempo después se recogerá en nuestra Constitución. En otros términos, la tarea educativa debe responder a las necesidades de las jóvenes generaciones, de modo que en ella han de colaborar todas las personas e instituciones que faciliten, a quien se abre a la existencia, encontrar «el amor y el sentido que permiten decir sí a esta vida»8. Los padres, responsables de la generación del niño, son así los primeros titulares del derecho y de la obligación de educar a ese nuevo miembro de la especie humana, formando una familia en la que el niño encuentra, de modo natural, el amor que necesita para su estabilidad afectiva e incluso para su desarrollo físico, como han mostrado los que han descrito el síndrome hospitalario, que aqueja a los que crecen amparados por organismos públicos, ajenos al calor familiar. Pero, junto a los padres, se encuentra también la comunidad cultural que acoge al niño en sus instituciones, en su historia, en su lengua, etc., dotándole de un importante capital social, que exige esté amparado por ciertos derechos, aunque no sean preferentes, que hagan posible la promoción del conocimiento y del respeto de sus valores identitarios básicos.

La experiencia muestra que, cuando hay buen sentido en los padres y en los gobernantes, no es tarea imposible la convivencia de los derechos de la familia con los del Estado, que, como decía Ortega, es un modo o porción de la sociedad, cuyas funciones en relación con la sociedad, el pueblo y la nación pueden legítimamente ser diversas siempre que no pretenda eliminar o absorber a esas realidades anteriores a él. Pero la experiencia también advierte que allí donde hay un pluralismo social muy destacado, tal convivencia de derechos a veces es complicada. En esos casos, la parte más fuerte, que es el Estado, debe tener cuidado para que la custodia de la identidad nacional mayoritaria no sea sofocante para los grupos minoritarios, siempre en el horizonte del respeto, común, a los derechos humanos y en el ámbito constitucional de libertad, de lo que fue expresión la sentencia del Tribunal Constitucional que amparó, en 1994, a los miembros de una secta perseguidos por la Generalitat acusados de actuar al margen del sistema oficial de enseñanza.

Por último, es necesario añadir que los padres tienen libertad para solicitar la ayuda educativa que pueda proporcionarles la religión que deseen. Esa petición de ayuda es muy razonable, también porque, como dice Benedicto XVI, refiriéndose a la Iglesia Católica, «ningún hombre y ninguna mujer, por sí solos y únicamente con sus fuerzas, pueden dar a sus hijos de manera adecuada el amor y el sentido de la vida. En efecto, para poder decir a alguien: «Tu vida es buena, aunque yo no conozca tu futuro», hacen falta una autoridad y una credibilidad superiores a lo que el individuo puede darse por sí solo. El cristiano […] reconoce que en la Iglesia actúa aquel amor eterno e indestructible que asegura a la vida de cada uno de nosotros un sentido permanente, aunque no conozcamos el futuro»9.

LA TENTACIÓN DEL DESPOTISMO

La segunda idea de Mill, cuya vigencia en el Ministerio de Educación se trata de investigar, se refiere a la tesis de que cuando la educación se encuentra en manos del Estado nos encontramos ante un intolerable despotismo sobre los ciudadanos.

Las autoridades ministeriales, y sus acólitos, afirmarán que ese no es el caso de la LOE, ya que en ella se reconocen -como, por otra parte, no podría ser menos- los derechos constitucionales a que los hijos reciban «la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con las convicciones de los padres y a que éstos puedan «escoger centro docente tanto público como distinto de los creados por los poderes públicos»10.leapdy3.jpg

Pero no es menos cierto que hay dos motivos importantes de inquietud. El primero es que la tradicional inquina que el PSOE ha mostrado ¿desde la LOECE, 1980? contra el ideario educativo de los centros docentes (sin perjuicio de la evolución que este asunto ha tenido, con el tiempo, en las sucesivas leyes socialistas sobre educación) ha llevado no sólo a que el término ideario nunca aparezca en la LOE, sino que su sucedáneo, el proyecto educativo, haya de elaborarse, en los centros privados concertados -a diferencia de los centros privados- en el «marco general» que determinen las Administraciones educativas11. En este caso, bastará con que una de tales Administraciones exija que los proyectos educativos se muevan en el marco del respeto a la legalidad vigente -inocente exigencia, en principio- para que cualquier funcionario deseoso de medrar pueda rechazar un ideario en el que se exprese el objetivo de difundir el concepto tradicional de matrimonio y familia, aduciendo que ello comporta una falta de respeto a esa ley que instituye el matrimonio de homosexuales, tan esperada por la ciudadanía que a ella se ha acogido un escaso puñado de parejas, entre las que no se encuentran algunas que esperaba con ansia la prensa rosa.

El segundo motivo de inquietud radica en la nueva asignatura Educación para la ciudadanía. No puedo aquí dedicarle la atención con que la he analizado en otros foros. Baste señalar que nada hay que objetar a quien enseñe los principios democráticos de la convivencia y las libertades fundamentales. Sin embargo, hay numerosos indicios que mueven a pensar que tal materia responde a una ideología iluminista-laicista, que desea convencer a los ciudadanos para que luchen contra lo que los corifeos del gobierno entienden que son las oscuridades y supersticiones del pasado, olvidando la advertencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en la que se prohíbe al Estado buscar unos objetivos «que pueda considerarse que no respetan las convicciones religiosas o filosóficas de los padres»12. Mucho desearía que el futuro desautorizara este pronóstico. Ahora bien, recordemos que Mill afirma que del despotismo sobre la mente se suele pasar al despotismo sobre el cuerpo, despotismo que parece presente en la fanática campaña contra el tabaco -ribeteada de insufribles acentos de moralina-, consolidando así el temor de que tal actitud despótica anida en nuestros actuales gobernantes

¿LE INTERESA AL GOBIERNO LA EXCELENCIA EN LOS CENTROS DOCENTES?

Por último, vamos a detenernos en la tercera idea de Mill, que mantiene que si el Estado establece directamente algún centro docente sólo se justifica si con ello busca mostrar unas prácticas de excelencia que sirvan de ejemplo y guía a los demás.

Ha habido tiempos en que esa era la tónica de los centros docentes estatales en diversos países europeos: basta recordar cuántos catedráticos de instituto en España y en Francia han sido personas de un firme reconocimiento intelectual. Lamentablemente, hablo de tiempos pasados. No puedo menos de entristecerme con la suerte de los catedráticos de institutos -venerable cuerpo en el que inicié mi carrera docente antes de acudir a la universidad-, con la falta de disciplina que reina en los centros, con los sonrojantes resultados que, comparativamente, alcanzan nuestros escolares… Por supuesto, es fácil echarle la culpa a la falta de dinero, a la ampliación de la edad de escolarización o a la llegada de inmigrantes. Pero la realidad es más compleja. En efecto, es cierto que para la educación todo el dinero es poco. Pero ello significa que, siendo necesario, el dinero no es la causa mecánica del éxito educativo. Baste observar que nuestros profesores de enseñanzas no universitarias que son funcionarios públicos se encuentran entre los mejor pagados de Europa (desgraciadamente no cabe decir lo mismo de los profesores de centros privados y tampoco de los profesores de universidad), mientras que varios países en los que reciben honorarios más bajos se alcanzan resultados académicos mejores, lo que ha llevado a que se inicien investigaciones que permitan saber cuáles son las condiciones para que la enseñanza de la escuela sea realmente significativa para la vida extraescolar13.

En segundo lugar, es oportuno recordar que cuando el preámbulo de la LOE o las declaraciones de los políticos nos hablan de que la LOGSE amplió la edad de escolarización, realizan un ejercicio de ignorancia o de engaño: tal edad no ha cambiado desde la Ley General de Educación, sino que lo que ha cambiado ha sido que tal escolarización se realiza impartiendo una educación común, como se repite tres veces en la LOE, dogma logsiano que ha llevado al nacimiento de la nueva figura de los objetores escolares y que ha conducido al fracaso a muchos estudiantes, mayormente varones. En tercer término endosar la responsabilidad de los males actuales a la llegada de los alumnos inmigrantes, que son un modesto porcentaje de la totalidad del alumnado, me parece un «Viva Cartagena» de dudoso buen gusto.

No faltarán quienes afirmen que debe evitarse cualquier dramatismo al enjuiciar la situación actual de la enseñanza no universitaria. Me parece prudente evitar actitudes de lamentación estéril. Pero tampoco me parece de recibo esconder la cabeza bajo el ala, como ocurrió en 1997, cuando el Instituto Nacional de Calidad y Evaluación, aprobado por la LOGSE, planteó hacer un diagnóstico sobre el sistema educativo español en el último tramo de la escolaridad obligatoria, y Andalucía no quiso que se realizara en su territorio, así como Canarias no permitió que se aplicaran los instrumentos de medición del rendimiento escolar que se repartieron por el resto de España. Más aún, tras presentarse al público los resultados, hubo una tormentosa reunión del consejo rector del INCE, constituido por representantes de las comunidades autónomas, en la que se tomó el acuerdo de que nunca más los datos saldrían ordenados por comunidades, teniendo en cuenta que varias de ellas obtuvieron resultados deplorables.

No es dramatismo afirmar que, desafortunadamente, se lleva mucho tiempo sin adoptar las medidas que deberían tomarse para promover la excelencia. Ahora bien, más que detenerse en el pasado, pienso que hay que preguntarse seriamente si hoy se está interesado en cultivar la excelencia, escuchando lo que dicen los expertos y los profesores, o si vamos a continuar en manos de intereses de partido, de ideólogos o de sindicalistas. Por ejemplo, hace pocas semanas, un experto publicaba un artículo sobre el acceso a la dirección escolar, en donde se lee lo siguiente: «Quienes conocen bien la vida de las instituciones educativas públicas saben que en los últimos veinte años ha tenido lugar un progresivo deterioro de su funcionamiento y de sus resultados que, aun admitiendo que tiene múltiples raíces, una de ellas tiene una relación muy directa con la debilidad o inexistencia en ellas de un liderazgo pedagógico adecuado a los tiempos actuales. El desmontaje llevado a cabo a partir de 1983 de las dos principales estructuras sustentadoras o impulsoras de este liderazgo -la inspección educativa y la dirección escolar- abrió paso a un proceso que ha convertido al sistema educativo público español en el más desvertebrado de Europa»14.

Pero hay otros muchos temas en los que habría que dar un golpe de timón, si se deseara instaurar las condiciones que hacen posible la excelencia. El repertorio no es corto, por lo que, sólo como botón de muestra, citaré la urgente necesidad de recuperar la importancia del mérito y del esfuerzo, tanto en alumnos como en profesores, y la exigencia de amparar, en vez de perseguir, todas las iniciativas pedagógicas, aunque se aparten de las dogmáticas gubernamentales. Me parece indudable que no se trabaja a favor del interés superior del niño cuando se rechazan las pruebas externas, se facilita la denominada promoción social -es decir, pasar de curso por aumentar en edad-, se olvidan los exámenes de septiembre, se permiten los novillos democráticos, se proponen unas evaluaciones de diagnóstico de competencias básicas en vez de investigar sobre los conocimientos básicos… Me parece igualmente que se desprecia la experiencia positiva de tantos centros educativos del mundo entero cuando se descalifica y se amenaza con el cierre del concierto a los centros que, expresando esas convicciones pedagógicas que la Constitución europea se compromete a respetar, ofrecen una enseñanza diferenciada por sexo, etc.

No se descubre en la LOE indicio alguno que manifieste se vaya a dar ese golpe de timón, y lamento constatar que muchos de los males que hoy aquejan a la enseñanza pública se deben al partido que se presenta como su defensora. Líbreme Dios de mis amigos.

La ministra acababa su discurso pidiendo a los jóvenes y niños que asumieran el valor de curiosidad. Me permitiría recordar que los tratadistas clásicos observaban que la virtud del alumno no era la curiosidad, indiferenciada y dispersiva, sino la estudiosidad, que animaba al esfuerzo ordenado para salir de esa ignorancia de la que acusan a los españolitos las investigaciones internacionales.

NOTAS
1 John Stuart Mill, Sobre la libertad, México, Diana, 1965, pp. 163-167.
2 A. Huxley, Un mundo feliz, Barcelona, Círculo de Lectores, 1965, p. 90
3 Vid. Ley Orgánica de Educación, art. 12.3 y Disposición Final Primera 1.2.
4 D. Kirchhöfer, Transformaciones en la construcción social de la niñez, Educación, 1999, n.° 59, p. 126.
5 Mill, op. cit., p. 164. 6 Declaración Universal de Derechos Humanos, art. 26.3.
7 Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, art. 18.4.
8 Benedicto XVI, Discurso en la apertura de la asamblea eclesial de la diócesis de Roma, 6 de junio de 2005.
9 Ibídem.
10 Disposición Final Primera 1.1 c) y b).
11 Disposición Final Primera 1.6 y art. 12.3.
12 Caso de Kjelden, Busk, Madsen y Petersen, 5.XI.1976, n° 53.
13 K. J. Pugh y D. A. Bergin, «The effect of schooling on students’ out-of-school experience», Educational Researcher, 34, 9 diciembre 2005, p. 21.
14 L. Batanaz Palomares, «El acceso a la dirección escolar: problemas y propuestas», Revista Española de Pedagogía, 63:232, septiembre-diciembre 2005, p. 444.

Pluralismo, identidad y autodeterminación

La liberal-democracia se fundamenta en el pluralismo, esto es, en la aceptación de visiones del mundo varias y diversas. Distinto del relativismo, es inseparable de la tolerancia y se afirma en el rechazo del dogmatismo y del fanatismo1. Nadie parece negar lo imprescindible de una sociedad plural, ni la existencia dentro del Estado de «pueblos», en el sentido cultural del término, cuya lengua y costumbres, democráticamente validables, pueden y deben verse reconocidas constitucionalmente. Así, en el Segundo Manifiesto del Foro Babel (20 de junio de 1998), Por un nuevo modelo de Cataluña, leemos: «Es una exigencia democrática del ordenamiento constitucional vigente proteger la libertad de ideas y de creencias de los individuos y la pluralidad de partidos y asociaciones con ideologías diferentes […]. Por otro lado, si bien los sentimientos de pertenencia a un grupo social, cultural o ideológico son también legítimos, como es obvio, no lo es condicionar en su nombre la actuación de los poderes públicos, ni introducir desigualdades en los derechos de los ciudadanos». Consecuentemente, «hay que crear condiciones iguales para que todas las personas puedan integrarse en los grupos sociales, culturales o ideológicos que libremente prefieran». Pluralismo y ciudadanía -igualdad de derechos y obligaciones, participación mediante distintas formas legítimas en la sociedad y el Estado- no pueden, por tanto, separarse.

El protagonismo de las clases y de los grupos sociales ha cedido ante el de las identidades territoriales, nacionales, de género o de raza, individuales incluso

El término pluralismo conoce en España una extraordinaria difusión, convertido incluso en retórica, desde el momento, tal como antes se ha señalado, en que es plenamente aceptado como consustancial a un régimen democrático. Los problemas surgen, y quizás así se explique en parte el abuso del concepto, cuando se confunde, indebida y conflictivamente, con el de identidad. Es harto frecuente la deriva terminológica: parece tratarse de pluralismo y en el mismo contexto emerge la identidad. Y ello sin contar con el propio apogeo del término.

El nuevo paradigma cultural

Apogeo del término: se ha subrayado, en efecto, la vigencia en el ámbito de las ciencias sociales y de las humanidades, del concepto de identidad, a veces indiscernible de los de cultura y memoria, dentro del desplazamiento, ya no tan nuevo, de la historia social por la historia cultural. Recientemente subraya Alain Touraine, en su libro Un nuevo paradigma para comprender el mundo de hoy, que ya no podemos comprender el mundo en términos sociales sino culturales: «Durante medio siglo hemos representado y organizado nuestra existencia en términos económico-sociales, un modelo en el que los conceptos eran capital, trabajo, huelgas y mercado. Y todo eso se ha ido abajo, no estamos ya en ese paradigma [… ] Estamos en un nuevo paradigma, el paradigma cultural […] Hemos pasado de una sociedad de lugares a una sociedad de flujos, con movilidad, inmigración, encuentro y choque entre culturas».

El protagonismo de las clases y de los grupos sociales ha cedido ante el de las identidades territoriales, nacionales, de género o de raza, individuales incluso. Los factores culturales identitarios desplazan a las variables demográficas, económicas y sociales. La identidad suele entenderse, en definitiva, como aquello que se pretende común a cualquier colectivo -atrevida pretensión por cuanto ni siquiera es fácil aprehender la identidad individual, única posible, por otra parte, para Alain Touraine-. No sin voces discrepantes, en la realidad política y social española el problema de la identidad se sesga abiertamente hacia una dimensión especial de aquélla: la territorial, regional o nacional. Y los conflictos básicos ya no se fundamentarían, ni ahora ni históricamente, en las diferencias económicas, sociales e ideológicas, sino en razones culturales2.

En el identitarismo confluyen elementos diversos: el multiculturalismo, la antropología cultural, en especial la interpretativa y simbólica de Clifford Geertz, con antecedentes en el Verstehen weberiano. También la crítica «gauchista» al sistema. Este último aspecto interesa sobre todo, para una mejor comprensión de nuestro particular tiempo presente, dada la extensión del «filonacionalismo contemporizador», tan común en ámbitos intelectuales y políticos. Crítica «gauchista» al sistema desde los movimientos antiglobalizadores. En palabras de Savater: «En Génova, Porto Alegre y otras concentraciones reivindicativas similares siempre han encontrado un foro propicio los representantes del nacionalismo vasco radical, junto a los kurdos y chechenos».

La manipulación de las culturas

En definitiva, todas las culturas son intrínsecamente valiosas y ninguna lo es más que otra: tal sería la perspectiva del multiculturalismo identitario. Después, desde nuestro eurocentrismo -o españolismo- hemos juzgado lo que no conocíamos y hemos intentado suprimirlo. Un acabado ejemplo es la propaganda oficial del Foro de las Culturas de Barcelona: «En un momento en el que la mundialización económica rompe las barreras del Estado nación hay que dar la palabra a las culturas, los pueblos [… ] para que puedan aportar nuevas visiones y propuestas a los graves problemas que cinco siglos de dominio de los Estados han generado». La identidad oprimida es aquí, obviamente, la catalana y el Estado opresor, el español. Finalmente, suele omitirse cómo el nacionalismo de la identidad encubre frecuentemente el regionalismo de los intereses. Lo señala Edurne Uriarte: «Los sentimientos, los hechos diferenciales y la trascendencia histórica se confunden con las superficialidades y mezquindades materiales. No se sabe dónde acaba la creencia en los derechos de la identidad y dónde empiezan las aspiraciones al poder de los líderes regionales […]. Impera un clima dominante en el que la apelación a las «identidades y singularidades» legitima por sí misma cualquier reivindicación y actitud. Tanto es así que apenas nadie osa denunciar el regionalismo de los intereses protegido y confundido como está por el envoltorio sagrado de la identidad».

El éxito del término «identidad» está estrechamente relacionado con su utilización para la discriminación política

En el paso del pluralismo a la identidad vienen confluyendo, por tanto, muy variadas razones: junto a las ideológicas, las políticas y económicas en una difícilmente discernible amalgama. El éxito del término está estrechamente relacionado con su utilización para la discriminación política, pues reclamar «una identidad étnica como base para la organización política conlleva la negación del principio político de ciudadanía por igual para todos los habitantes del territorio»3. En rigor, lo identitario, lo étnico, supone un rechazo del pluralismo, al predicar la absoluta homogeneización interna del pueblo, la cultura, la etnia. No puede omitirse el papel jugado por una sedicente «izquierda» en este desplazamiento hacia lo identitario, fundamento de los nacionalismos vigentes. El testimonio de Savater es suficientemente expresivo: «Respecto al caso vasco, la actitud de numerosos intelectuales de izquierda siempre ha sido particularmente lamentable. Hay figuras celebradas por su «compromiso político y social» capaces de irse como escudos humanos a Bagdad pero a los que jamás hemos visto como escudos de ninguno de los concejales amenazados a pocos kilómetros de sus casas, capaces de asistir con todo entusiasmo y sin que nadie les convocase perentoriamente a las manifestaciones contra la guerra de Irak o contra la gestión gubernamental del caso Prestige, pero con los que todo ruego ha resultado inútil cuando se trataba de que viniesen a una manifestación en defensa del Estatuto y de la Constitución en el País Vasco».

La identidad se convierte en una ideología política encaminada a convertir sociedades heterogéneas en pueblos homogéneos, entidades metafísicas más allá de la voluntad de sus ciudadanos constreñidos física y moralmente. Se ha denunciado así la actual situación de Cataluña: «Nos preocupan tres órdenes de cuestiones. En primer lugar, que los sentimientos de identidad sean convertidos en ideologías políticas y que, basándose en ellas, las señas de identidad de un determinado grupo de ciudadanos puedan ser consideradas las únicas legítimas y propias y, por el contrario, las de otros sectores sociales sean consideradas impropias o foráneas y, por tanto, ilegítimas. En segundo lugar, nos preocupa que la ideología nacionalista -que respetamos pero no compartimos- pueda ser elevada a la categoría de ideología oficial de nuestras instituciones y que la misma puede llegar, incluso, a invadir sectores de la actividad ciudadana privada. En tercer lugar, nos preocupa que, en una sociedad a la que se reconoce como plural, los partidos que no se declaran explícitamente nacionalistas tengan también como eje central de su discurso político e ideológico la obsesión por la identidad, entendida como un cliché cultural uniforme, preestablecido, indiscutido y unidireccional»4.

La consecuencia de la sublimación de lo identitario conlleva la exigencia de la autodeterminación: el derecho inalienable a que una nación se autodetermine y constituya un Estado propio. Tal derecho podrá no ejercerse de momento, pero se actualizará cuando una mayoría social -sobre la que se ejerce todo tipo de presiones- lo demande, ya que la autodeterminación se entiende como la única defensa real de la identidad. Lo afirma con claridad, acabado ejemplo de cuanto se viene exponiendo, Salvador Cardús, para quien la identidad no es tanto el resultado de referencias culturales bien definidas -lengua, tradición literaria, historia… – cuanto la existencia de mecanismos que permiten una identificación del individuo con la comunidad de referencia. En definitiva, no puede concebirse una nación cultural viva por más que se asegure la permanencia de unos contenidos que permitan su identificación, ya que éstos son cambiantes y complejos. Es necesaria la existencia de una nación política, es decir, de «una comunidad con derecho a establecer unas condiciones de ciudadanía política». En fin, los esfuerzos teóricos, más claros en los fines que en la argumentación, de Xavier Rubert de Ventós ilustran plenamente acerca de la deriva conceptual que venimos describiendo, al soñar de esta forma el futuro de Cataluña: «Una independencia sin interferencias […] una capacidad de decisión sin mediaciones, ni deseadas ni rentables […] poder pactar su seguridad aquí y sus infraestructuras allá; sus símbolos con unos y su política social con otros -en cada caso con quien más ofrezca y convenga-. Esto y no otra cosa es la independencia del país». La aparente -e innecesaria, ya lo hay- exigencia de pluralismo concluye, al margen de la imposibilidad práctica de definir el sujeto activo que pueda ejercitarla (Vidal-Quadras), en la demanda, expresa o velada, de independencia a través de una autodeterminación, derecho permanente e indiscutible, que se ejercería a través de la celebración de los referendos que fuesen necesarios hasta lograrla.

¿Cuáles son las consecuencias intelectuales y políticas de nuestros delirios identitarios? Las líneas que siguen han de entenderse a partir de la afirmación, se ha dicho ya, de la indisociabilidad de pluralismo y democracia, pero también de la razón profunda de las identidades múltiples, dinámicas, abiertas al cambio y que incluyen no sólo elementos contrarios sino contradictorios5. Por otra parte, el reconocimiento de un auténtico pluralismo nacional y su adecuada interrelación podría venir, considera Andrés de Blas, encajando la nación española en el tipo ideal de nación política, más abierta al papel del Estado, al reconocimiento de una nación de ciudadanos, mientras que las demás realidades nacionales se acomodarían mejor al modelo de nacionalidades culturales con su rasgos específicos. Admitidos todos los nacionalismos, el español incluido, la convivencia se garantiza con el adecuado reparto territorial del poder, la adopción en profundidad del valor de la tolerancia y la aceptación de un mecanismo de lealtades compartidas a las distintas realidades nacionales: «El sentirse al mismo tiempo catalán, español, europeo y ciudadano del mundo es una posibilidad que está ahí, favorecida por el curso de las cosas y por el avance hacia una «pluralidad de jurisdicciones» como rasgo dominante de la vida del momento. Tales lealtades son hoy visibles en la vida española». Visibles, pero peligrosamente amenazadas.

Volviendo sobre la forma en que los problemas identitarios vienen incidiendo y deteriorando la convivencia democrática en la España de hoy, hay que subrayar, en primer término, un desenfoque básico, insólito en cualquier sistema democrático: la nación española y el debate sobre sus problemas resultan desplazados por los intereses regionales y las reivindicaciones nacionalistas que absorben plenamente las energías del país, en una permanente ceremonia de la confusión sin principio ni fin. Aún más, como dice Savater: «Nunca lograré entender por qué esta actitud se considera más progresista ni más de izquierdas que la opuesta». Al final, no se pretende tanto mejorar la democracia, el funcionamiento del país que exigiría, quizás, una revisión a la baja de determinados aspectos de los estatutos de autonomía, sino por el contrario, ampliar transferencias hasta la reducción al mínimo del Estado actual.

En segundo lugar, la forma habitual de entender lo identitario niega, reiterémoslo, radicalmente el pluralismo. El «entusiasmo étnico», en expresión de Savater, aprecia el pluralismo sólo en el sentido de que cada etnia se encierra en sí misma. Distinta de las demás, impone internamente una férrea homogeneidad, negando la libertad de elección propia de la condición ciudadana. La caracterización del nacionalismo, realizada por Vidal-Quadras en Ardores caniculares, como ideología totalizadora y absorbente, incluye tres postulados inamovibles: «a) Todo individuo queda adscrito, por nacimiento o por asimilación, a una nación con carácter exclusivo; b) el objetivo último e irrenunciable de toda nación es alcanzar su plenitud histórica dotándose de un Estado independiente que se relacione en pie de igualdad con los demás Estados, y c) en el interior de cada nación ha de existir homogeneidad cultural y lingüística».

La lente identitaria «fija la foto, toma lo inevitablemente provisional por definitivo, lo temporal por eterno, lo contingente por necesario». Supone, en fin, una «epistemología esencialista»

El pluralismo, transformado en identidad se convierte, por tanto, en un conjunto de homogeneidades separadas, yuxtapuestas. Para Savater «lo malo del nacionalismo no es el deseo de autodeterminación en sí, sino esa ilusión epistemológica de que nadie puede encontrarse en casa sin sentirse comprendido si no es entre sus iguales absolutos. El error nacionalista no está en el deseo de mandar en su casa sino en creer que sólo allí merece vivir su propia gente». La identidad, en último término, hace difícilmente evitable el conflicto, desde el momento en que, utilizada por los nacionalismos, supone la permanente búsqueda de elementos diferenciadores en aras de una identidad nacional que, en el caso de Cataluña, se ha traducido en una política lingüística discriminatoria para el castellano, la lengua usual para más de la mitad de los catalanes. Y supone un fuerte atentado a la libertad de los ciudadanos sometidos a las más fuertes presiones, especialmente, a la de ser expulsados del seno de una nación monopolizada. Además, el culto a la identidad propicia el retorno al viejo mito del carácter nacional, deforma y manipula, en consecuencia, la historia y nos aleja de los ideales ilustrados que han servido de inspiración para la construcción de Europa. La lente identitaria, leemos, «fija la foto, toma lo inevitablemente provisional por definitivo, lo temporal por eterno, lo contingente por necesario». Supone, en fin, una «epistemología esencialista» desde la que se retoma el mito, sólo aparentemente superado, del «carácter nacional».

El mito del carácter español excluyente

La asignación de rasgos permanentes a los pueblos, positivos o negativos según las circunstancias, tiene una larga tradición puntualizada por Caro Baroja. No es cosa de recordar aquí la crítica del ilustre historiador y antropólogo a un mito en su libro El mito del carácter nacional. Meditaciones a contrapelo, acentuado por las tesis nacionalistas de las nacionalidades y las doctrinas fascistas que quisieron fijar los «caracteres nacionales» recurriendo a expresiones como «buen o mal español», «hijo renegado», etc., para atacar al enemigo. Mito, pues, el del carácter nacional, «amenazador y peligroso». El mito de un carácter español, más o menos fijo a través del tiempo, parece hoy totalmente desvirtuado. Tanto más cuanto ni siquiera resulta fácil señalar la existencia actual de un auténtico nacionalismo español. Andrés de Blas afirma que «lo que queda del nacionalismo español es un sentimiento de lealtad al Estado que ha sabido llevar a cabo el reparto de poder hacia abajo y hacia arriba con indudable valor». En cualquier caso, el nacionalismo español excluyente, fundamentalista, con su correlato de un «carácter nacional español», no parece existir ni como ideario de una formación política ni como movimiento social o proyecto cultural. Definitivamente, el viejo mito de un «carácter español», dotado de rasgos precisos y más o menos permanentes, ha desaparecido totalmente de nuestra realidad cultural.

Ya no hablamos, por tanto, de un carácter nacional español. Ya no se dogmatiza, como se hizo en épocas pasadas, sobre los rasgos del «buen o mal español». Sigue habiendo, sin embargo, como en los tiempos de Arana, «buenos o malos vascos». Y casos se dan de quienes han sido sucesivamente censurados por su deficiente adscripción a una u otra nacionalidad: «Si cuando era joven -decía Caro Baroja– era un mal español y ahora que soy viejo resulta que soy un mal vasco o un mal catalán y esto me ocurre porque no quiero comulgar con ruedas de molino. ¿A qué consulado tengo que ir para renovar mi pasaporte?». El primer principio de identidad referido «al vasco» o «a lo vasco», «se ha encontrado ya desde hace mucho -y hoy se sigue o se pretende seguir encontrando- en el idioma». De ahí los procesos de «reuskaldunización» de todo el país que ha perdido el idioma en tiempos conocidos y de «euskaldunización» de tierras de las que no se sabe cuándo se perdieron.

También se afirma una cultura étnica o nacional catalana, articuladora de un sistema «sociocultural catalán» que, en términos de Carod-Rovira, reúne «aquello que debería saber, aquello que debería hacer, cómo debería comportarse, frente a qué estímulos debería reaccionar alguien que, con plena consciencia, perteneciera a la comunidad nacional de los Paisos Catalans». El carácter nacional catalán supondría, para el líder independentista, «simbología y mitología nacional», «comunicación gestual nacional» y «normas y hábitos de conducta», tales como «llevar los casados el anillo en la izquierda, celebrar la onomástica, cierta discreción en el transporte público, tendencia general a vestir con colores más bien oscuros, cierto sentido práctico de la vida, valoración colectiva del trabajo y del dinero, situación de apertura mental, simpatía por los grupos étnicos que luchan por su afirmación y cierta tolerancia frente a la vida privada»6. Este «carácter nacional catalán» trata de reforzarse con campañas como Viure en catalá, con las que se quiere construir «un universo social monolíngüe, no contaminado por rótulos, carteles, películas o etiquetas en castellano».

Las maneras de ser y el lenguaje

El principal fundamento de las «identidades nacionales» sería, por tanto, la lengua, entendida como «un sistema de signos, verbales o escritos, que traduce más que las cosas, una manera determinada de ver o de concebir las cosas. Una lengua expresa una manera de ser. Y una manera de ser es ya, en sí, una manera de enfocar la realidad, una manera de sentir y una manera de pensar. Y, en consecuencia, una manera de ser» (Joan M. Pujals). Desde el identitarismo nacionalista las lenguas dejan de ser instrumentos de comunicación. Ya no unen, ahora dividen y enfrentan, relegando la lengua común a todos los españoles, arrinconando lo que viene siendo, en palabras de I. Lozano, la «lengua franca».

Las «actitudes populistas» -idealización del pueblo, etnicismo lingüístico, rasgos anímicos peculiares…- derivan lógicamente del «carácter nacional» y resultan, desde el odio al que viene de fuera y la forzada homogeneización interior, cercana al fascismo y a la onorata societá -complicidad en el silencio, colaboración por interés o por miedo de gentes dispersas, más o menos conocidas…-, tal como mostró clarividentemente Caro Baroja en El laberinto vasco.

Hay que poner de relieve, en este punto, la influencia -señalada por Juaristi– que para una generación de vascos -«nacionalistas en los sesenta, vagamente socialdemócratas en los setenta y absolutamente desengañados ante la zarabanda de identidades del cambio de siglo»- han tenido las ideas de Caro Baroja. Dos especialmente: lo inevitable del conflicto entre el discurso de la historia y las ciencias sociales y los intereses políticos, por una parte, y, por otra, el carácter mutable y precario de las identidades colectivas. No hay, pues, una identidad nacional vasca. No hay una, sino muchas maneras de ser vasco.

En sus libros Los vascos (1949), Sobre la identidad vasca. Ensayo de una identidad dinámica (1983) o El laberinto vasco (1985), reiteradamente citado, sostendrá Caro que el problema vasco «no es sino un problema de los vascos» o, más precisamente, que «los vascos mismos son el problema». No hay que ir a buscar causas exteriores. Los políticos complican innecesariamente lo que es susceptible de un análisis más sencillo: la raíz de la violencia cree encontrarla Caro en una «autovisión errónea de los propios vascos, autovisión de la que surge, paradójicamente, el ideal de una identidad integradora», que pugna abiertamente con la realidad. Crítico del unitarismo liberal del siglo XIX y de la legislación vindicativa del franquismo, habrá de romper, a partir de 1980, con los medios nacionalistas vascos por su política lingüística, su hostilidad hacia la autonomía navarra y «la falta de decisión -cuando no la retórica exculpatoria- de las autoridades nacionalistas ante el terrorismo de ETA». Totalmente defraudado, abrumado por el desastre, dirá: «La única esperanza para Euzkadi es el cansancio, pues este país vive en tiempos de tragedia y la tragedia se basa en una falta de adaptación absoluta a su espacio y a su desconocimiento total del tiempo en que vive».

Una Europa menos capacitada

Por último, ¿a qué nos lleva desde una perspectiva europeísta el nacionalismo etnicista? Observa Caro Baroja cómo los políticos vasquistas han seguido fielmente desde finales del siglo XIX un programa fundado en que las diferencias del País Vasco con el conjunto de España sean cada vez mayores: «Para ello se llevó a cabo una gran reforma en la ortografía de la lengua vernácula, tarea en la que participaron lingüistas, luego se empezaron a crear neologismos, para desterrar todo lo que sonara a aportado por otras lenguas. Después se hizo una literatura de tipo político e ideológico». Lo mismo, con matices y diferencias temporales, puede decirse de las políticas de los demás partidos nacionalistas, para los que no ya la diferenciación si no el enfrentamiento -el «otro» entendido como enemigo- acaba constituyendo el fundamento de su estrategia para alcanzar el poder. Así, el discurso de investidura de Pujol -abril de 1980- marcó el punto de inflexión de un nacionalismo autonomista a un nacionalismo identitario, orientado a homogeneizar lingüística y culturalmente a toda la población. Si los ideales ilustrados buscaban las raíces humanas, aquello que todos compartimos más allá de cualquier diferenciación cultural, la sustitución forzada de comunidades de ciudadanos por comunidades étnicas en la Unión Europea, podrá favorecer propuestas del mismo signo en diferentes lugares.«Sería el fin de la Europa cosmopolita, plural e ilustrada que se pretende conseguir», según Savater. En realidad, la mayor parte de los movimientos nacionalistas que podemos encontrar en Europa se inspiran en una concepción identitaria encerrada en sí misma y referida a una etnia mitificada. La cuestión central sería entonces, dice Chevenèment, «si queremos construir Europa sobre la base de concepciones étnicas o si, preservando la herencia del Siglo de las Luces, hacemos valer la concepción política ciudadana de las naciones, es decir, sociedades fundadas no sobre los orígenes sino sobre la voluntad de vivir juntos».

La ética frente al poder

Las autonomías tienden a construir, coactivamente si es preciso, «espacios naturales», inmutables, autosuficientes, «espacios morales», en términos de Caro Baroja, egocéntricos, sociocéntricos y etnocéntricos. Les acompaña un vigoroso sentimiento restaurador que no admite dilaciones ni cortapisas para concretarse institucionalmente: «Porque se está resucitando la vieja Magia de la voluntad, [cuyos] métodos son de un arcaísmo que asusta. El autonomista «quiere». Y no pide, ruega o se esfuerza de modo denodado, para obtener lo que quiere como mago […] coerción, coacción, alboroto […] Lo que hay que hacer es amenazar, conjurar… y obtener». Llama la atención, sin embargo, un hecho. La identidad, si es que la hubiere, habría que buscarla, como ha dicho el propio Caro, en el amor: «Amor al país en el que hemos nacido o vivido. Amor a los montes, prados, bosques, amor a su idioma y sin exclusivismo. Amor a sus grandes hombres y no sólo a un grupo de ellos. Amor también a los vecinos y a los que no son como nosotros». Esta forma de identidad, tan llena de una dimensión ética, tan profundamente humana, queda totalmente excluida de las proclamas nacionalistas, escritas exclusivamente en el lenguaje descarnado del poder.

Juaristi sostiene que sólo el Estado nación permite el desarrollo de la democracia moderna (…) y, gracias al control democrático del poder, paliar los efectos destructivos de la industrialización y el mercado, encauzándolos hacia metas generales de bienestar y prosperidad

Ha sido, seguramente, Jon Juaristi quien entre nosotros ha hecho la más firme reivindicación, expresa y sin ambigüedades, de la nación-Estado como la menos mala de las formas de organizar la «polis» y de asegurar una cohesión social fundada en el pluralismo y la libertad. Apoyándose en autores como Barber, Ignatieff, Kaplan o Lind, Juaristi sostiene que sólo el Estado nación permite el desarrollo de la democracia moderna, hace posible superar el estado de naturaleza -el permanente conflicto de todos contra todos- y, gracias al control democrático del poder, paliar los efectos destructivos de la industrialización y el mercado, encauzándolos hacia metas generales de bienestar y prosperidad. La nación no es en Europa una estructura obsoleta, sino que mantiene una vigencia cierta en cuanto espacio solidario en el que un conjunto de personas se han dotado de una Constitución que garantiza a todos la igualdad de derecho. Tal es la función del Estado democrático de derecho que se identifica, así, con la nación entendida en un sentido jurídico-político. Dentro de ella pueden perfectamente convivir comunidades -naciones culturales- basadas en rasgos históricos, culturales o lingüísticos y fundadas en un sentimiento de pertenencia. Es más, los grandes Estados-naciones parecen preservar mucho mejor la libertad, personal y cultural, que los pequeños Estados orientados a la homogeneidad lingüística y cultural (Hobsbawm). El término «Nación de naciones» referido a España sólo cabe entenderlo, y así creo que lo han empleado Jover y Seco, entre otros, en el sentido de una nación española en el sentido jurídico-político -lo que no debe ocultar su dimensión cultural- en la que se incluyen distintas naciones culturales.

Nación y patriotismo

Recientemente, Andrés de Blas ha puesto de relieve que la nación de España, entendida en el sentido últimamente citado, es decir, como «una comunidad de ciudadanos sujeta a un régimen común de derechos y libertades, espacio de una solidaridad histórica renovada día a día por los avatares de una vida en común [… ] se sostiene bien hoy por hoy», pese a la ofensiva de los nacionalismos periféricos reforzada desde los años finales de la Dictadura y pese a las ambigüedades de una parte de las fuerzas políticas democráticas. Por supuesto, España no es sólo una nación en el sentido jurídico-político. Es también una cultura, una de las grandes culturas universales que traspasa siglos y continentes, que hemos de entender como el conjunto -y algo más- de las culturas ibéricas y que perduraría aunque desapareciera la nación jurídico-política.

Afirma De Blas que si no queremos que España como creación histórica, capaz de englobar a todos sus ciudadanos, siga sufriendo la permanente erosión a que le vienen sometiendo los procesos de construcción de hechos nacionales distintos del español, es necesario que el Estado ponga a disposición de una empresa de renovación los medios indispensables requeridos por una sociedad moderna: medios de comunicación, instituciones culturales y educativas, acción exterior y el trabajo de una Administración coordinada con las restantes administraciones existentes en un Estado plural. Apela, finalmente, al patriotismo, un patriotismo abierto al pluralismo y que no niega reconocimientos a la posibilidad de nuevos espacios políticos por encima y por debajo de su Estado y de su nación. Estado nación más que compatible, indispensable para la existencia de un auténtico pluralismo que sin él deviene imposible. La llamada al patriotismo que hace De Blas supone dar continuidad a una larga tradición que arranca del reformismo ilustrado, aflora en el proceso gaditano y se mantiene en nuestra tradición liberal hasta llegar a la Generación del 98 y sobre el que teorizarán Ortega y Gasset y Azaña.

NOTAS
1 Cfr. G. Sartori, ¿Qué es la democracia?, Madrid, 2003, pp. 201 y ss.; D. Nicholls, Three varieties of Pluralism, Nueva York, St. Martins Press, 1974.
2 Cfr. C. Forcadell Alvarez, «La historia social, de la clase a la identidad», en E. Hernández Sandoica y A. Langa, eds., Sobre la historia actual. Entre política y cultura, Madrid, 2005, pp. 1535; asimismo, P. Gómez García (coor.), Las ilusiones de la identidad, Valencia, 2001.
3 P. Gómez García, op. cit. Cit. por C. Forcadell Álvarez, op. cit., p. 32.
4 F. de Carreras, F. Pérez Romera, M. Riera, «Foro Babel», El País, 28 de febrero de 1997.
5 Cfr. J. VidalBeneyto, «Cultura, saber social y pedagogía ciudadana», El País, 16 de octubre de 1998. Especialmente, C. Lévy Strauss, L’Identité, París, 1998; P. Ricoeur, Soi mème comme un autre, París, 1990.
6 En M. Porta Perales, Adeu al nacionalisme. Cit. por A. Santamaría, op. cit., pp. 5556.

La guerra de las ciencias

 

«La broma Sokal», ciertas columnas de la revista Physics Today y el libro Higher superstition: the academic left and its quarrels with science, de Paul Lewitt y Paul Gross, han servido al autor para relatar, con singular ironía, una de las contiendas más particulares y enriquecedoras que ha tenido lugar en los últimos años entre la comunidad científica y un grupo de pensadores denominado de Edimburgo. Precisamente fueron las declaraciones de dos de los máximos exponentes de este grupo, Pinch y Collins, en su libro The Golem: What Everyone Should Know about Science, las que sirvieron como detonante para la encarnizada «guerra» que se desataría poco después.

Las guerras no suelen comenzar de sopetón, sino precedidas de escarceos, reyertas y disputas, de una escalada de crispación. No se alarme el lector, pues el conflicto del que me propongo hablar no pasa de batalla de merengues o de intercambio de platos de tarta como en el cine mudo. Se viene hablando en algunos medios de la «guerra de las ciencias» para referirse a un movido debate entre integrantes de las llamadas dos culturas, cuyo punto de arranque se halla en la suspicacia que levantan los saberes científicos entre los humanistas.

Después de un siglo de avances espectaculares, la ciencia se presenta hoy como uno de los saberes más sólidos e indiscutidos, sobre los que básicamente se llegan a poner de acuerdo personas de muy distinta cultura, raza, religión, etc. De ahí el prestigio de que goza y que han tratado de emular, con éxito desigual, las denominadas «ciencias» humanas y sociales, como la sociología o la economía.

Desde estos ámbitos, ayudados por la filosofía de la ciencia, los expertos tratan de desentrañar los presupuestos y métodos de las teorías científicas, buscando algo similar para las «ciencias» humanas. Por eso han surgido en los últimos años un conjunto de instituciones dedicadas a los estudios sobre ciencia, casi siempre al amparo de la sociología.

PRIMERAS ESCARAMUZAS

En este contexto surge el conflicto. Una escuela concreta de sociólogos, el llamado grupo de Edimburgo, emprendió la tarea de desmitificar la ciencia afirmando que ésta no es más que otro tipo de «construcción» social —término muy en boga entre los pensadores posmodernos— sobre la que una comunidad ha alcanzado un consenso notable. Uno de los exponentes más significativos es el libro de los sociólogos Pinch y Collins, The Golem: what everyone should know about science1 , en el que se da una peculiar visión de cómo se llevan a cabo las grandes teorías científicas. El golem es un personaje de la mitología hebrea, «un tonto grandote que no es consciente de su fuerza ni de su torpeza e ignorancia; no es una criatura malvada, sino simplemente chiflada». Ésta es la imagen que se propone para la ciencia desde el título del libro. Simplificando mucho, sus autores sostienen que la ciencia no es más que el resultado de la admirable aquiescencia alcanzada por un colectivo o comunidad como otro cualquiera, de modo que sus resultados no son fruto de una comprensión más profunda de la «realidad natural», sino simples construcciones mentales intersubjetivas. En su libro, Pinch y Collins muestran numerosos ejemplos de asentimiento que no se pueden considerar —dicen ellos— fruto de la verificación empírica. Una construcción sociológica, eso sí, en una comunidad con férreas reglas, que maneja un lenguaje hermético e ingentes cantidades de dinero. No cabe duda de que esta visión tiene un atisbo de razón, pero al tratar de meter la compleja realidad de la creación científica por el tubo de los esquemas «posmodernos» convierten un suculento solomillo en una vulgar hamburguesa. Escrito con un estilo retórico y desenfadado, salpicado de anécdotas, el libro resulta de fácil lectura, pero a veces los autores incluyen afirmaciones categóricas totalmente superficiales. No recuerdo si es del libro, pero en un artículo leo que los mismos autores afirman: «Muchos científicos son, evidentemente, fundamentalistas científicos. Piensan que la ciencia es el camino real de todo conocimiento. Piensan que pueden proporcionar el tipo de certeza que antes daban los sacerdotes. Piensan en aquélla como un una visión total del mundo, en una cuasi-religión».

Con esta perlita —de las que dan grima o urticaria— tenemos bastante por ahora. Cualquier lector medianamente cultivado descubre enseguida las estupideces que encierran afirmaciones como ésta, carentes de un mínimo rigor intelectual, aunque —eso sí— dichas con palabrería al uso. Evidentemente existe algún científico que sostiene que sus modestos cálculos acabarán por explicar todo lo que en el universo acaece; evidentemente hay alucinados que creen a pie juntillas en el mito cientifista. Pero de eso a afirmar que la ciencia está hecha por fundamentalistas hay un salto irracional, fruto del prejuicio más que del análisis serio.

Insisten Pinch y Collins, una y otra vez, en que la verdad objetiva sobre el mundo natural que predicamos los científicos no es más que el convencimiento poderoso fruto de la anuencia. Es decir, ustedes, científicos, son fabricantes de mitos que nos quieren hacer pasar por evidencias objetivas. Sus realidades, los hechos que quieren demostrar no son ni más ni menos objetivos que lo que sostiene cualquier echadora de cartas, cualquier astrólogo: éstos alcanzan «su verdad», su mito, tan respetable como el de ustedes. Como se puede deducir, admitiendo este relativismo, todo vale.

SEGUNDO ROUND

Los científicos no tardaron en lanzar el siguiente plato de tarta, de la mano de Paul Lewitt, de la Universidad Rutgers, y Paul Gross, antiguo director del Laboratorio de biología marina del Instituto Woods Hole, al dar a la prensa su libro Higher superstition: the academic left and its quarrels with science2, en el que acusan al grupo de Edimburgo de haber orquestado un ataque frontal contra la ciencia y la razón a todos los niveles: «En nombre de la democracia hacen una defensa truculenta de la Nueva Era, de las sofisterías tradicionales y de la charlatanería».

Por supuesto, estos autores discrepan radicalmente de los sociocientíficos de aquel grupo. Aquellos científicos denuncian que esa «extendida, poderosa y corrosiva hostilidad hacia las ciencias», con esas posturas antirracionalistas y relativistas hacen el caldo gordo a los charlatanes, a los curanderos y, no sería la primera vez, a las tiranías.

Los clamores de protesta, los contraataques más virulentos llegaron desde las filas de los físicos, destacando por su altura e influencia los de David Mermin, desde las columnas de la revista Physics Today de la American Physical Society, junto a los de Kurt Goddfried y Kenneth Wilson —premio Nobel de Física—, los tres de la Universidad de Cornell. Defienden éstos una visión menos escéptica de la ciencia, según la cual se llega a conclusiones a partir de hipótesis parciales, intuiciones corroboradas por experimentos, tentativas, inferencias analógicas, discusiones que desvelan la coherencia lógica y también estética, mediante un proceso que tiene la complejidad de toda empresa verdaderamente humana.

El poder predictivo de la teoría científica se pone a prueba por medio de ulteriores experimentos hasta que alcanza carta de naturaleza. Y como resultado, a diferencia de lo que hace la echadora de cartas o el astrólogo, la ciencia predice con mucha antelación un eclipse, por ejemplo, independientemente de opiniones, ortodoxias o ideologías.

Particularmente esclarecedor en este rifirrafe resultaron las réplicas y contrarréplicas entre Collins y Pinch, de un lado, y Mermin, del otro, que provocaron también un enriquecedor flujo de cartas de los lectores en el Physics Today. Muchos de los comentarios, reflexiones sobre la tarea del científico, del proceso creador en ciencia, rayan a gran altura si exceptuamos el siguiente comentario de los autores de The Golem a los contragolpes de Mermin: «No entendemos por qué las afirmaciones [de nuestro libro] despiertan estas inquisiciones religiosas, procesos de macartismo entre los fundamentalistas científicos».

Otra perlita que muestra una superficialidad y estulticia dignas de mejor empresa y que predisponen al más pintado en contra de estos emancipadores de los grilletes científicos. Pero dejemos al golem, ese personajillo de la mitología hebrea, y a sus adláteres para revisar otro capítulo de la reyerta, de mayor enjundia.

EL MISIL SOKAL

En los últimos conflictos bélicos hemos tenido la desgracia de apreciar el poder destructivo de los misiles —los Exocet, los Scud—. Pues en la trifulca que venimos comentando el misil más famoso es «la broma Sokal». Alan Sokal, un físico teórico de la Universidad de Nueva York, encorajinado por tanta pamema, decide dar una prueba de la ligereza con que son juzgados los trabajos de los intelectuales «posmodernos». Se empapa bien de los textos de los principales epígonos de dicho movimiento, se hace con su jerga y prepara un texto sobre un asunto científico, preñado de afirmaciones delirantes, mezcladas con una profusión de citas de aquellos pensadores, aliñadas con algunas frases visceralmente izquierdosas, con la pimienta de un feminismo sentimental, la sal de sensiblerías ecologistas y el relleno de un abundante bla, bla, bla. El título reza así: Towards a transformative hermeneutics of quantum gravity. El autor logra colocarlo en un número especial sobre «La guerra entre las ciencias» de la revista Social Texts, tenida como el portavoz más importante de la intelectualidad de izquierda en Estados Unidos. En el prólogo de dicho número especial los editores —para mayor abundamiento e inri— añadieron un comentario que los deja en cueros y los exime de cualquier otra explicación: «Un intento serio de un científico profesional de buscar a partir de la filosofía posmoderna afirmaciones útiles para los desarrollos de su especialidad».

A las pocas semanas, Sokal desvela el carácter paródico de la «broma» en la revista Lingua Franca, explicando las barbaridades que su artículo contiene. La noticia se esparce como una mancha de aceite por las redacciones —es noticia en portada en The New York Times y en The Times y es comentada en Newsweek y en los principales periódicos europeos— aventando un conflicto que hasta entonces se mantenía en un estricto ámbito académico. Los editores de Social Texts se lamentan de la infamia, pero lo cierto es que les llega la penitencia por donde más abundó el pecado: el misil que preparaban contra la ciencia les explota en plenas manos. No pudieron o no quisieron darse cuenta de que palabras tan graves como «gravedad cuántica» no quedan al albur de opiniones promiscuas, de tarots o zodíacos, sino al juicio de los expertos. Prudente hubiese sido hacer revisar el escrito por algún especialista que inmediatamente hubiese desvelado la engañifa, lo demencial de muchas de las afirmaciones «científicas» que contiene. Ya en el primer párrafo Sokal ridiculiza: «el dogma impuesto por la larga hegemonía posiluminista sobre el punto de vista intelectual en Occidente: que existe un mundo exterior, cuyas propiedades son independientes de cualquier individuo y, por tanto, de la humanidad como un todo; que esas propiedades están codificadas en leyes físicas «eternas», y que los seres humanos pueden acceder a un conocimiento fiable, aunque imperfecto y tentativo, de esas leyes mediante los procedimientos objetivos y epistemológicamente exigentes prescritos por el método científico».

Cualquier científico cabal suscribe sin reservas la afirmación que sigue a los dos puntos.  Un poco más adelante Sokal añade sin ningún género de prueba o argumentación: «La «realidad» física es, en el fondo, una construcción lingüística y social».

No sólo nuestras teorías, sino la misma realidad que la física trata de elucidar. En tono de guasa Sokal invita a los corifeos de esta doctrina, a los que piensan que las leyes de la física son puras convenciones sociales, a: «que traten de transgredir esas convenciones desde las ventanas de mi apartamento. —Vivo en un vigesimoprimer piso—».

Otras afirmaciones que no hubiesen escapado a un científico son, por ejemplo:
«El concepto de campo morfogenético es la piedra de toque de la teoría cuántica de la gravitación».
«Las especulaciones psicoanalíticas de Lacan han sido recientemente confirmadas por la teoría cuántica de campos».
«El axioma de la igualdad de conjuntos —dos conjuntos son idénticos si tienen los mismos elementos— refleja los orígenes liberales decimonónicos de la teoría matemática de los conjuntos».

Al final del artículo, Sokal se desmelena sugiriendo que la «liberación» de la ciencia pasa por una subordinación a las estrategias políticas, que la ciencia debe revisar el canon de las matemáticas, que se encuentran señales de una nueva matemática emancipatoria en la lógica no lineal de los sistemas borrosos, pero esta nueva perspectiva está lastrada en su origen por la crisis de las relaciones de producción tardocapitalista, y un largo etcétera.

Algo más que la simple broma de un quintacolumnista, se trata de una prueba empírica de la superficialidad reinante en ciertos foros intelectuales. Por supuesto, Sokal recibió todo tipo de acusaciones —deshonesto, superficial, desconocido, pretencioso, picajoso, aprovechado—, pero lo cierto es que se salió con la suya al desenmascarar la frivolidad de planteamientos que, so capa de posmodernidad, quieren imbuirnos en una nueva modalidad de alquimia o astrología. Resulta descabellado pensar que alguno de esos sociólogos de la ciencia lograse publicar en una revista del gremio científico —Nature, Science, The Lancet o Physical Review Letters, pongamos por caso— una réplica equivalente a la «broma Sokal». ¿Y saben por qué? Pues porque esas revistas cuentan con censores probados de los distintos temas —dos al menos para cada artículo— que lo someten al más estricto juicio crítico. Y aunque a esas revistas se les cuelan gazapos, éstos no son como las trampas que se esconden tras la ampulosa verborrea del artículo de Sokal.

Desde las filas de los sociocientíficos se quiso ver estas reacciones airadas de los científicos como una muestra de histerismo frente a los recortes que la ciencia básica está sufriendo en todo el mundo. Por eso, deberían llamar ahora la atención de la sociedad para no perder los privilegios adquiridos en este último medio siglo. Algo de esto podría haber, aunque se trataría de algo marginal que apenas afecta al núcleo de la cuestión: ¿objetividad o relativismo en la ciencia? Que haya quien aproveche la disputa para hacerse publicidad no va contra ninguna ética, que cada cual hace el marketing como puede y le dejan.

IMPOSTURAS INTELECTUALES

No contentándose con la broma en Social Texts, Sokal, ayudado por su colega belga Jean Bricmont, acaba de publicar un libro en francés titulado Impostures intellectuelles en la editorial Odile Jacob, especializada en libros de divulgación científica. Sokal aprovecha las lecturas posmodernas realizadas para perpetrar su broma, usadas como pátina de autoridad a su artículo, para dar un repaso a los principales representantes de ese movimiento filosófico-literario, la mayor parte de los cuales son franceses y publican en francés, que tanto han influido en los ambientes intelectuales norteamericanos. El libro apareció a principios de octubre y está siendo objeto de una amplia polémica en Francia sirviendo para amplificar la «guerra de las culturas»3.

Los dos físicos se propusieron con este libro, según sus propias palabras, «aportar una contribución, limitada pero original, a la crítica de la nebulosa posmoderna. No pretendemos analizar ésta en general, sino más bien llamar la atención sobre aspectos poco conocidos, pero que alcanzan, al menos, el nivel de impostura, a saber, el abuso reiterado de conceptos y términos provenientes de las ciencias físico-matemáticas. Más en concreto, analizaremos ciertas confusiones mentales, muy extendidas en los escritos posmodernos, que conciernen a la vez al contenido del discurso científico y a su filosofía».

Concretamente los abusos son del tipo: 1) profusión de terminología científica de la que el público general tendrá, a lo sumo, una idea muy vaga; 2) trasvase de conceptos de las ciencias exactas a las ciencias humanas sin la menor justificación empírica; 3) una erudición superficial a base de usar palabras sabiondas fuera de contexto, y 4) manipulación de frases desprovistas de sentido y del sentido de vocablos científicos. Como es obvio, Sokal y Bricmont no desean  — ni aunque quisieran podrían— desautorizar ni las ciencias humanas, en general, ni la filosofía en su conjunto, sino «deconstruir» una reputación, un prestigio de un modo de hacer en esas ramas del saber, que desdicen del rigor que es marchamo de honestidad intelectual. Se proponen decir que «el emperador está desnudo» como el niño del cuento, propugnar una actitud crítica entre las personas que se acercan a los escritos posmodernos. Pasan revista a los escritos de autores como Jean Baudrillard, Gilles Deleuze, Felix Guattari, Luce Irigaray, Julia Kristeva, Bruno Latour, Jean-François Lyotard, Michel Serres…

Se podría aducir que Sokal y Bricmont se apoyan en párrafos marginales de aquellas obras para hacer una caza de brujas entre sus enemigos. Pero insisten en que no recogen simples inexactitudes, sino errores, al escribir que «trataremos de explicar, para cada uno de los autores, en qué consisten los abusos cometidos en materia de ciencias exactas y por qué éstos son sintomáticos de una falta de rigor y de racionalidad en el conjunto de su discurso».

Para hacernos una idea de los textos que se critican, ahí van unas muestras  — no voy a explicitar los autores, para no menoscabar la curiosidad de los potenciales lectores del libro—:
«La constante de Einstein no es una constante, no es un centro. Es el concepto auténtico de juego, de variabilidad… es, finalmente, el concepto de juego. En otras palabras, no es el concepto de algo… , de un centro a partir del cual un observador puede manejar el campo… , sino el concepto de juego».
«La ecuación E =mc2, ¿es sexuada? Puede que sí. Supongamos que lo es en la medida en que privilegia la velocidad de la luz frente a otras que nos son menos necesarias».
«La vida humana podría ser definida como un cálculo en el que cero sería irracional… Cuando digo irracional me refiero a lo que se conoce como número imaginario».
«Las guerras tienen lugar en espacio no euclídeos».

Hasta aquí, someramente, un espigueo de los argumentos que se desarrollan en Impostures intellectuelles… En la introducción del libro, Sokal y Bricmont salen al paso de las posibles críticas —«estos científicos no comprenden las realidades filosóficas profundas; no entienden el sentido de las «metáforas» y de las «analogías»; no distinguen el uso poético de los términos; toman textos marginales demasiado en serio»—, argumentando contra cada una de ellas de modo más o menos convincente.

En un artículo posterior a la publicación del libro, aparecido en el diario Liberation del 18-19 de octubre de 1997, se lee: «No decimos de ninguna manera que esto —la utilización abusiva y algo arbitraria de términos científicos— invalida el resto de su obra, sobre cuya validez nos declaramos agnósticos».

Matizando la afirmación recogida antes en la que arrojaban serias dudas sobre la «racionalidad de su discurso» y hablaban de «confusiones mentales». Como los propios Sokal y Bricmont señalaban en el artículo que publicó La Vanguardia el 17 de octubre de 1997 (pág. 51):
«Contrastémoslo con la obra de Newton: un  9 0% de sus escritos sería fruto del misticismo o de la alquimia. ¿Y? El resto está basado en consideraciones empíricas y racionales sólidas. Y eso es lo que sobrevive. Si puede decirse lo mismo de los autores citados en nuestro libro, nuestras críticas tienen una importancia marginal. Por el contrario, si su rango de estrellas internacionales se debe a distintas razones sociológicas y, en parte, a que son maestros del idioma, capaces de impresionar a sus auditorios gracias a una terminología sabionda, en ese caso, lo que hemos descubierto puede ser útil».

El paralelismo que hacen Sokal y Bricmont entre los trabajos de  Newton y los de los posmodernos resulta bastante inadecuado.  Una buena parte de los escritos de Newton son, en efecto, sobre alquimia, escritos que hoy no son citados ni por los eruditos, y que nos parecen anacrónicos. ¿Se le podría llamar falsario a Newton? ¿Se le puede llamar impostor? En absoluto, pues aquellos escritos, sobresalientes en su época, manifiestan la seriedad y la grandeza de una de las mentes más elevadas de todos los tiempos. El método científico estaba en mantillas y la química tardaría un siglo más en echar sus bases, pero no usaba metáforas de dudosa eficacia o lenguaje poético para hacer alquimia, sino que mezclaba y hacía reaccionar sustancias, es decir, se valía de los métodos más rigurosos de entonces. Si bien los trabajos de Newton en este terreno no son tan solventes como los que escribió en mecánica y en óptica, no mostraban errores crasos a los ojos de sus contemporáneos. ¿Se puede decir lo mismo hoy de los trabajos de los filósofos citados en el libro? ¿Se podrá algún día hacer un paralelismo entre los trabajos de alquimia de Newton y los de Baudrillard, Deleuze y demás? La autoridad de esos autores posmodernos ¿cabe situarla en la filosofía? ¿Es más de índole literaria? ¿En la sociología?

EPÍLOGO

Ahora permítanme que explique mi propia opinión respecto a todo este asunto. El lector habrá notado mi inclinación por el bando científico, como no podía ser menos, siendo un físico el que escribe. Soy un realista convicto —y confeso— que no siente empacho al afirmar que con la ciencia se alcanza una forma, no la única ni quizá la mejor, de conocimiento objetivo de una realidad que nos trasciende. Me lo pasé muy bien con la trifulca en el Physics Today y leyendo el manicomial artículo de Sokal. Lo que he leído de Impostures intellectuelles también me ha divertido y me parece que aporta su granito de arena en la clarificación de la humareda posmoderna. Pero ese libro tiene, a mi juicio, un error de perspectiva, pues resulta poco creíble el entredicho que lanzan contra la globalidad de esos autores: no es posible que todos y todo sean condenables. Bien está avivar el debate, suscitar la crítica, denunciar los papanatismos o abusos y desenmascarar los fraudes, pero nunca desde la arrogancia o a base de condenas inapelables, sino desde el respeto mutuo y la modestia, escuchando también las críticas adversas.

Finalmente, ¿qué lecciones cabe sacar de esta «guerra de las ciencias»? La más importante, a mi juicio, es que los científicos deberíamos reflexionar más a menudo sobre los procesos internos de la ciencia, pues nadie que no esté activamente involucrado en esas investigaciones podrá arrojar tanta luz sobre ellos como los que la están llevando a cabo. Y a la vez facilitar el diálogo con los humanistas con una actitud de escucha atenta y respetuosa que enriquezca las reflexiones en los campos respectivos, admitiendo, cuando las haya, las críticas y las disparidades de puntos de vista. El diálogo con los científicos es también necesario para los humanistas, porque aquéllos proporcionan con sus investigaciones, con sus sofisticados métodos de observación, nuevos datos e interpretaciones de la realidad que requieren también una elaboración filosófica. Pensemos, por ejemplo, en las conversaciones de Karl Popper con los mejores físicos de su época (Einstein, Bohr, Heisenberg, Schrodinger) o en la influencia que están teniendo los escritos de Ilia Prigogine en la filosofía actual. Con un diálogo, la «guerra de las ciencias» se transformará en «debate de culturas» que arrojará luces en todos los ámbitos del saber, porque ganará la verdad, que es lo que al fin cuenta.

Semblanza de un gran profesional y un amigo HÉCTOR L. MANCINI La tarde del pasado 31 de julio, durante una excursión al Pirineo Aragonés, fallecía en un accidente nuestro querido amigo el profesor Carlos Pérez-García. Catedrático de Física de la Materia Condensada, era profesor ordinario de la Universidad de Navarra, presidente del Grupo Especializado de Física Estadística y No Lineal GEFENOL de la Real Sociedad Española de Física y miembro del comité científico de FISES. Nacido en Barcelona el 2 de septiembre de 1953, allí realizó sus estudios hasta obtener el doctorado en Física en la Universidad Autónoma en 1980. También allí obtuvo la cátedra de Física de la Materia Condensada en la Universidad de Barcelona en 1992. Carlos Pérez-García se trasladó en 1989 a la Universidad de Navarra en comisión de servicios, para hacerse cargo de la dirección del Departamento de Física y Matemática Aplicada y del Instituto de Física, que contribuyó a fundar.

Desde su doctorado, fue un investigador activo que colaboraba en sus tareas con numerosos grupos de investigación españoles y extranjeros. Fue investigador visitante en diversas universidades europeas y sudamericanas y realizó sus investigaciones más importantes en el ámbito de la dinámica de los fluidos, la física no lineal y la termodinámica.

Los pocos rasgos anteriores que reseñan la carrera profesional del profesor Carlos Pérez-García no bastan para trazar un perfil que permita hacernos una idea de su gran personalidad y cultura. Resulta importante agregar, por ejemplo, que durante su etapa en Barcelona realizó una muy importante labor periodística como divulgador de la ciencia, sobre todo en el suplemento de Ciencia del diario La Vanguardia y en otras publicaciones de divulgación científica. Pertenecen a esa época más de 60 artículos de divulgación de temas científicos avanzados y entrevistas a investigadores notables y premios Nobel de esa época. Sus artículos fueron muy leídos en toda la comunidad científica de habla hispana y contribuyeron a depurar su estilo literario, siempre brillante. Continuó esta labor durante toda su vida.

También son importantes sus contribuciones como docente. Entre sus escritos, el libro Física para las Ciencias de la Vida (Schaum-McGraw Hill), en colaboración con D. Jou y J. E. Llebot, es conocido y utilizado en muchas universidades de habla hispana.

Ya en la Universidad de Navarra, Carlos permaneció como director del Instituto de Física y del Departamento de Física y Matemática Aplicada hasta junio de 1996. Durante esos años y hasta su trágico fallecimiento, dedicó sus actividades de investigación a la formación de estructuras fuera de equilibrio —particularmente a problemas en la convección de Bénard-Marangoni—, a la dirección de tesis doctorales y a la formación de alumnos. Muchos grupos españoles contaron con su participación entusiasta en iniciativas conjuntas como la organización de congresos internacionales, la participación en redes temáticas o como jurado en tesis en distintos lugares de España.

Entre las múltiples actividades que realizó durante los últimos años, destaca su participación en un grupo interdisciplinario de la Universidad de Navarra, CRYF, que se ocupa de estudiar las relaciones entre la ciencia, la cultura contemporánea y la fe religiosa.

Esta somera descripción de su personalidad, aunque incluyera la suma de todos sus artículos, sus conferencias, sus múltiples actuaciones en comités de evaluación de proyectos o de revistas y la de tantas otras actividades en las que se volcaba, tampoco reflejaría su cualidad distintiva: Carlos, por encima de todas sus virtudes, era un gran amigo y como tal lo recordaremos. Como aliento, nos queda su gran ejemplo. Que Dios lo recompense por todos sus esfuerzos.

 

N O T A S
1 Pinch y Collins: The Golem: What everyone should know about science, Cambridge, Reino Unido, Cambridge University Press, 1993.
2 Paul Lewitt y Paul Gross: Higher superstition: the academic left and its quarrels with science, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 1994.
3 A este respecto se pueden ver el informe preparado por La Vanguardia en su edición del 17 de octubre de 1997 y el comentario de José A. Marina en ABC Cultural del 24 de octubre de 1997.

Recuperar una metafísica de principios

METAFÍSICA ESPAÑOLA INTERNACIONAL

Ha aparecido póstumamente el último libro de Fernando Inciarte, que él mismo dejó casi preparado para su publicación –First Principies, Substance and Action. Studies in Aristotle and Aristotelianism-. Se trata fundamentalmente de una obra de madurez, en la que comparecen las tensiones más agudas y los hallazgos más penetrantes del pensamiento de este filósofo. Puede decirse que es un libro de múltiples síntesis: premodernidad, modernidad, posmodernidad; filosofía continental y filosofía anglosajona; verdad y praxis. Es, en parte, la crónica de una conversación sostenida entre la filosofía de Aristóteles y las cuestiones actuales del pensamiento, con múltiples referencias a la tradición medieval y moderna. Más aún, un intento de leer las cuestiones más lacerantes de la filosofía contemporánea con las claves proporcionadas por Aristóteles. A la vez y a la inversa, el bagaje de la tradición filosófica sirve también para encontrar –inventio en el doble sentido de descubrir e inventar presente en el vocablo latino, que tanto gustaba recordar al autor- posibilidades intrínsecas al mismo pensamiento aristotélico. Por otra parte, puede verse también en este libro el interés de entablar un diálogo entre la tradición continental -de la cual procede el autor- y la filosofía anglosajona de filiación analítica, a la que rinde homenaje escribiendo en inglés.

ACTUALIDAD DE LA METAFÍSICA DE ARISTÓTELES

La presente obra está compuesta por una colección de artículos ya publicados en inglés a la que se ha añadido también nuevo material. El primer capítulo, que no había visto la luz hasta el momento, constituye una introducción general a la temática tratada en los capítulos restantes desde perspectivas más especializadas. Como dice el autor en el prólogo, «el libro se ocupa fundamentalmente de la relevancia de los primeros principios para la teoría de la sustancia así como, en menor medida, para la de la acción». Es posible afirmar que se trata de una obra de filosofía fundamental, es decir, que se cuestiona por las preguntas de orden fundacional de la misma disciplina filosófica. ¿Qué posibilidades tiene la metafísica hoy? De allí, me parece, el interés por Aristóteles. El filósofo de Estagira también vivió en una época marcada por la sospecha ante la posibilidad del conocimiento y de verdad.

Si bien Fernando Inciarte fue un reconocido especialista de la filosofía aristotélica, no es éste un libro de erudición histórica, aunque es cierto que se ocupa de cuestiones altamente especializadas. Para el autor, la metafísica aristotélica no presenta sólo un interés histórico, sino que también tiene importancia para la discusión filosófica actual. Por ello, su mirada se extiende desde la filosofía clásica hasta la posmodernidad y el deconstruccionismo, pasando por las preocupaciones medievales y el idealismo trascendental. Frente a nuestros ojos desfilan, además de Aristóteles, Platón, Tomás de Aquino, Scoto, Kant, Hegel, Schelling, Heidegger, Quine… El subtítulo del libro, Studies in Aristotle and Aristotelianism, responde a la convicción de que la filosofía aristotélica pervive en todos estos grandes pensadores y que precisamente ese acervo común permite entrar en diálogo con ellos. Puede decirse que al autor le anima la pasión -reconocible en su obra- por homenajear al pensamiento allí donde éste aparece. Su juicio sobre el debate intelectual de finales del siglo XX no es, ni mucho menos, negativo. Inciarte piensa que vale la pena dialogar con los posmodernos, quienes han sabido -por utilizar una expresión de Hegel- elevar a concepto la época que nos ha tocado vivir. En clave de humor alguna vez dijo que su mayor pecado -el de los posmodernos- era el nombre. La posmodernidad ha sabido poner sobre el tapete las cuestiones filosóficas más relevantes, al haber elevado el sinsentido a sistema.

EL CONOCIMIENTO DE LA REALIDAD

La filosofía de Inciarte es máximamente contemporánea porque es una metafísica al filo del caos; del desorden lingüístico que no sólo hace imposible toda argumentación, sino también toda convivencia. Quizá no se pueda hacer hoy ninguna otra cosa que una metafísica pobre, desnuda de artificio; es posible que únicamente de ese modo se pueda salvar lo fundamental. En ese punto -como en tantos otros- Inciarte es un auténtico aristotélico. Sólo la metafísica puede darnos los mínimos necesarios para conocer la realidad como realidad, y no sólo para orientarnos y sobrevivir. El autor propone, frente a las posiciones dominantes, recuperar una metafísica de principios. Una metafísica de principios es una metafísica pobre: pero en esa pobreza está precisamente su auténtica riqueza, al liberarse de todo lo que no le es esencial.

Con ello queda claro que la metafísica no es una panacea universal, el remedio contra todos los males de la época moderna. Se espera mucho de la metafísica, pero quizá ella sólo puede enseñarnos a vivir al borde del precipicio o, en lenguaje de Inciarte, ayudarnos a aprender a morir. Estas palabras no deben interpretarse como si la tarea de la filosofía fuera prestar el piadoso servicio de consolar al moribundo en su tránsito definitivo. Más bien, la filosofía enseña a morir en el preciso sentido de que enseña a vivir: a desembarazarse de lo accidental, a buscar lo esencial en el continuo devenir de la vida y de la historia. La filosofía como ejercicio de muerte, tal como la describía Platón.

Inciarte descubre en Aristóteles ese mismo ejercicio: sólo a través de un proceso de eliminación de todo contenido específico o ideal puede buscarse aquel principio que no es nada más que su propia actividad, y que por tanto no puede no ser. Con esta tesis, el antiguo profesor de la Universidad de Münster propone una de las respuestas más interesantes a la debatida cuestión de la unidad de la metafísica aristotélica. Según Inciarte, no es casual el orden en el que hemos recibido los libros de la Metafísica: la filosofía aristotélica parte de la consideración de los primeros principios (Libro IV) a través de la exposición de la teoría de la sustancia (Libros VII-IX) hasta alcanzar aquella actividad que no tiene ningún contenido específico (Libro XII). El entreveramiento de los principios epistemológicos y la sustancia como el único principio ontológico caracteriza la unidad de la metafísica aristotélica.

RESPUESTA AL HOLISMO

Una metafísica al filo del caos supone que ella es, fundamentalmente, contestación al holismo. El holismo consecuente conlleva el caos lingüístico: el desorden absoluto, la entropía del ser. Inciarte describe este caos como aquel en el que todo significado está conectado holísticamente con todo otro significado. Si todos los significados fueran los mismos nos veríamos abocados al caos que Aristóteles descubre en Anaxágoras: todo está en todo y todo es verdadero. Si se es consecuente con una postura holista, el lenguaje resulta imposible; no se podría distinguir entre el tema del que se habla y las cuestiones incidentales, todo sería el tema principal y, por tanto, sería imposible decir nada de nada. Según el autor, hay dos maneras de ser llevado al caos sin regla: por expansión y por contracción. En el primer caso, se trata de la negación del Principio de No Contradicción, que presupone que toda palabra significa todo. En contraste, la negación del Principio de Tercio Excluso lleva al caos por contracción: toda palabra engulle en su significado el significado de todas las demás. Este caos lingüístico se presenta como una de las consecuencias de la sustitución de la ontología de la sustancia aristotélica con una ontología del proceso, verificable en corrientes tan dispares como la filosofía analítica que se desprende de Whitehead o el posestructuralismo de cuño heideggeriano de un Deleuze.

La fatalidad de toda sofística está en disolver toda la realidad en lo accidental; hoy podríamos decir, en la trivialidad. Y, con ello, también en la arbitrariedad: conectar todo con todo. Lo que está en juego en la polémica de Aristóteles contra los sofistas es la misma posibilidad de continuar la discusión. No es otra cosa la que nos jugamos ahora: si queremos seguir hablando, no podemos conculcar absolutamente las reglas del lenguaje. La defensa de los primeros principios lógico-semánticos consiste en mostrar las condiciones de posibilidad del lenguaje y de la comunicación.

En la justificación que Aristóteles hace del Principio de No Contradicción, Inciarte descubre lo que él ha llamado la deducción trascendental de la sustancia. No basta sólo con admitir la pluralidad de significaciones -que una palabra no puede significar cualquier cosa o todas las cosas-, sino que es preciso admitir también reglas de conexión entre los diversos significados. Puede hablarse por ello de la inevitabilidad de la sustancia: de un significado que pueda admitir otros significados. Esto es lo que en Aristóteles comparece como la distinción categorial básica entre sustancia y accidentes. El genuino realismo metafísico de Aristóteles radica en aceptar la inevitabilidad de las sustancias: si no aceptamos las sustancias reales como sujetos de accidentes reales, no podríamos hablar con sentido o, cuando más, nuestro discurso sería primitivo -tautológico-.

Probablemente la teoría más incomprendida de Aristóteles es su teoría de la sustancia. Suele tachársela de sustancialista, queriendo con ese epíteto reprocharle una cierta tendencia a la reificación. El pensamiento posmetafísico heredero del último Heidegger ha extendido esta crítica a toda la metafísica, al considerarla como aquella que separa los opuestos, enfrentando lo que en la realidad está unido: identidad y diferencia, unidad y pluralidad, sustancia y accidente. El presente libro contribuye a mostrar cómo en estas dos interpretaciones hay una ofuscación radical de la teoría aristotélica de la sustancia

LA SUSTANCIA COMO ÚNICO PRINCIPIO ONTOLÓGICO

Precisamente Inciarte arremete una y otra vez contra la imagen —que pasa por aristotélica— de una sustancia estática a la que se añaden accidentes, una especie de corazón desnudo sobre el que se acumulan determinaciones; vestidos y abrigos que hay que levantar para poder descubrirla. Inciarte considera que esta imagen no es aristotélica y, en este punto de acuerdo con De Lubac, tampoco tomista para más señas.  Una de las tesis centrales de la presente obra y del conjunto del pensamiento inciarteano es que la sustancia persiste precisamente por medio de sus constantes modificaciones. Que la sustancia sea el único principio ontológico significa que es ella lo único que existe, aunque en sus estados siempre cambiantes. Los accidentes no son nada distinto de la sustancia en sus diversas modificaciones. El cambio tiene límites, que son precisamente los de la identidad de la misma sustancia.

La segunda parte del libro está dedicada a los principios de la acción. Se trata de una auténtica revitalización de la verdad práctica aristotélica. El punto de unión entre ambas partes es la cuestión del tiempo, que fue una de las preocupaciones filosóficas constantes en el pensamiento de Fernando Inciarte. ¿Podemos hablar con verdad de aquello que aún no ha ocurrido? Es el famoso problema de los futuros contingentes. El clímax de la exposición aparece en el apéndice que, aunque muy especializado, constituye una de las contribuciones más originales a esta difícil cuestión. Según la opinión del autor, el Principio de Tercio Excluso aristotélico es sumamente relevante para el problema de la contingencia y, en esa medida, para la verdad práctica. La discusión arroja luces y abre caminos en torno a la crisis moderna del concepto de verdad. Si se piensa con buena parte de la filosofía moderna que la verdad y la praxis son excluyentes, la misma idea de una verdad práctica sería un sinsentido.

¿Qué tiene que decirle hoy la metafísica a la vida? ¿Qué relación hay entre estas realidades? La filosofía no es ajena a la vida. Es más real que los hechos políticos o sociales, que sólo existen en la abstracción operada por nuestra memoria. Aquello que la filosofía puede enseñarnos no es más que la constatación de que la realidad que no es Dios es inacabada, no tiene plenitud propia. En palabras del mismo Inciarte, la sustancia, así como el tiempo, «es y no es, surge al desaparecer y desaparece al surgir, es a la vez presencia y ausencia, realidad y ficción, eso, ser y no ser; un tiempo o un mundo en el que, por no tener plenitud propia, de momento y hasta la plenitud de los tiempos el hombre siempre se encuentra ante la alternativa del bien y del mal, de actuar bien o actuar mal. Y no sólo en la alternativa: también en la ambivalencia entre ambos». La idea de verdad práctica sólo cabe allí donde está lo inacabado, lo que continuamente se modifica: donde existe la posibilidad del bien y del mal, donde es posible el error.

La verdad práctica no es la verdad de las oraciones, sino la verdad de las acciones. Se entiende como recreación, renovación, reinvención en el doble sentido de descubrimiento de lo ya dado y de invención de lo no dado. La verdad práctica en Aristóteles no prescinde de sus propios condicionamientos, de su contexto. Ahora bien, así como la sustancia se modifica en el tiempo, pero sólo ella es, puede decir el autor que «las circunstancias de la vida son muy importantes, pero lo que está en juego no son ellas mismas, sino la persona a secas».

LA FILOSOFÍA COMO CAMINO DE MADURACIÓN

First Principles, Substance and Action es, ante todo, una exhibición continua de un modo de entender y de hacer filosofía. Si, con Platón, para Inciarte la tarea de la filosofía es enseñar a morir, ese aprendizaje sólo es posible a través de la propia vida; averiguar qué es lo esencial no es una cuestión que se descubra en los libros o que pueda aprenderse de otros. La filosofía se comprende así como un camino de maduración, no como un conjunto de doctrinas. La obra que surge de todo esto es precisamente una obra de madurez, un escrito lleno de matices, una pieza que conjuga magistralmente la investigación erudita con la pasión por la filosofía. La madurez comporta saber matizar, porque sólo de ese modo es posible desprenderse de aquello que no es esencial. Son muchas las virtualidades de la presente obra, que recomiendo con entusiasmo. En un nivel más especializado, constituye un auténtico impulso a la investigación seria sobre Aristóteles y el aristotelismo. En otro nivel, resulta una de las respuestas mejor fundamentadas frente al olvido de la metafísica propio de la hermenéutica y frente a la crítica posmoderna a la metafísica.

Superar el historicismo para retornar a lo real
NUEVA REVISTA

A pesar de sus limitaciones, el método de la filosofía analítica permite un acercamiento a los problemas clásicos de la metafísica, con el rigor científico característico de la mejor tradición del pensamiento occidental: de esta convicción ha surgido la obra del catedrático de Metafísica, Alejandro Llano, que publica en inglés una prestigiosa colección internacional de filosofía. En ella, se reivindican las potencialidades de este importante capítulo del pensamiento contemporáneo para superar las limitaciones de otras orientaciones, tal vez mejor publicitadas por el comentario de lo políticamente correcto pero lastradas por sus servidumbres ideológicas, por sus apelaciones meramente retóricas a una inefabilidad cuasi mística, o por la renuncia que en ellas encontramos al rigor en nombre de un género mal entendido, como es el ensayo. Lo que un estudio en profundidad de la estructura lógico-lingüística de la Filosofía Primera pone de manifiesto, según Llano, es que cabe trascender las consideraciones puramente históricas —historicistas— y retornar a las cosas y casos reales, para lograr desde ellas no una colección de reliquias del pasado, sino un pensamiento vivo y por tanto lleno de actualidad.

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Los cuatro capítulos de Metaphysics and Language recuperan otros tantos temas fundamentales de la Filosofía Primera, como son la filosofía analítica en su relación con la metafísica clásica y la tradición crítica kantiana (cap. I); una consideración desde el análisis del lenguaje del principio aristotélico: «El ser se dice de muchas maneras» (cap. II); existencia pensada, existencia real y existencia verificada (cap. III); y finalmente, una consideración renovada de las modalidades de la predicación —actualidad, posibilidad, necesidad— (cap. IV). Metaphysics and Language muestra, en definitiva, que el camino de vuelta a la metafísica vuelve a ser practicable a comienzos del nuevo siglo.

Vieja prédica en una música nueva

La expresión «poesía amorosa» resulta casi un pleonasmo cuando se refiere a la obra poética de Luis Alberto de Cuenca. ¿Hay acaso otra constante en sus versos que la secuencia de amor y desamor, de éxtasis y abatimiento, de deseo y de hastío? No debe extrañar que Su nombre era el de todas las mujeres adelante ya en su título un hilo conductor erótico para una antología sabiamente realizada por Lara Cantizani, magníficamente editada por Renacimiento y que caracteriza el amor como pasión poderosa, experiencia de plenitud y dardo doloroso a un tiempo. «Mira que las deseo. / Y qué poco me gustan», reza el epigramático «Mujeres», en una declaración que oculta el trasfondo neoplatónico que recorre toda la poesía amorosa occidental desde los trovadores provenzales: el amour fou como poder del que somos juguetes, divinidad esporádica que nos somete a sus caprichos, rostro dadivoso de una fatalidad terrible, pero en cuyos avatares Cuenca elude todo tremendismo gracias a la ironía y el humor. Lo distintivo de esta poesía amorosa es que el amante, aquí, no se toma tan dramáticamente en serio a sí mismo —ni, quizá, al ser amado—.

Pocas sorpresas en el conjunto. Su nombre comienza por consignar los inicios de Cuenca en la poética novísima, con un decantado esteticismo que alterna la torrencialidad whitmaniana del versículo con la concisión orientalista del haiku, la interposición distante del personaje en el monólogo dramático con el culturalismo plural y fragmentario: sintagmas de un lenguaje generacional más o menos común, pero reticente ante los automatismos y los experimentalismos de algunos compañeros y orientado casi desde un principio hacia la línea clara, inteligible, clásica, que será después característica del poeta. Como botón de muestra, este verso de «L. W. J.» en el que resuena una concepción simbolista del amor, con la mujer como cifra del universo y promesa de reintegración con la totalidad, pero también con el anuncio de que el anverso del atractivo Eros tiene su reverso en la ponzoña de Tanatos:

Pero su pecho es una flauta, un be bop de azucenas,
un laberinto de marfil, una película de Flash Gordon.
Su pecho es una flecha envenenada lanzada por un sioux
que se clava despacio, lentamente

Ni que decir tiene que este culturalismo de Cuenca se resuelve inicialmente —en los años setenta— en un escapismo menos geográfico y más libresco: conviven en esta galería la Alicia de Carroll, el Drácula de Stoker, los Mabinogion, Shakespeare, las sagas islandesas, Jekyll y Hyde… Un culturalismo, como se ve, mayoritariamente nórdico, anglosajón y borgiano, pero que desde su haute culture no desdeña el rock, el cine, el cómic o el jazz, en un sincretismo que a la postre dará como fruto la marca de fábrica de la poesía luisalbertiana: lo que sucede aquí a partir de los primeros ochenta es una reinvención de sí mismo a cargo del poeta, porque ese culturalismo inicial abandona su sentido escapista y adquiere un tinte experiencial. Indisociables en la persona del poeta y en su visión del mundo, cultura y vida se abrazan hasta el punto de que la primera no consiste en una huida de la segunda, sino en el modo de tornarla inteligible. Así, mediante la lógica del epítome, del neologismo, la cita o la alusión, una antigua novia se convierte en una «Malcasada», retomando el tema áureo y moratiniano; una joven prematuramente entrada en carnes es una Venus de Willendorf; una peligrosa femme fatal se torna hiperbólicamente en «abominación lovecraftiana», etc.

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La cultura hecha carne: el poeta se reconoce «un tipo lleno de nombres propios», para quien la literatura sirve como leyenda que proyectar sobre los hechos en apariencia opacos de la vida, en un juego que delata una imposible aspiración a redimir esa experiencia de su condición efímera, anónima y puramente fáctica. En definitiva, tanto en el uso escapista de sus inicios como en el experiencial posterior, el culturalismo denuncia la parvedad de la existencia, su incapacidad para satisfacernos per se: la necesidad de los universos de la imaginación y la poesía, bien sea para crear mundos alternativos o para reencantar el de nuestra prosa cotidiana. Así, creo que una de las razones por las que la obra de Cuenca es interesante es no sólo el haber aunado las dos tendencias —senior y coqueluche— de la poética novísima, sino haberlas incorporado al universo personal y libresco del poeta y haber regurgitado la mezcla en una propuesta estética que es casi un paradigma de la posmodernidad. Mixtura, levedad, ironía, prosaísmo y humor vienen a componer la expresión perfecta de un Zeitgeist fácilmente reconocible para el urbanita hodierno, como en estos consejos para una antigua amante:

Vuelve a ser la que fuiste. Ve a un gimnasio,
píntate más, alisa tus arrugas
y ponte ropa sexy, no seas tonta,
que a lo mejor Juan Luis vuelve a mimarte,
y tus hijos se van a un campamento,
y tus padres se mueren

Valga este fragmento como ejemplo de uno de los cambios más reseñables en ese Cuenca reinventado a partir de los primeros ochenta, y cuya revelación definitiva tiene lugar en La caja de plata: la monodia se hace diálogo. Junto con éste, otros rasgos son la vocación narrativa  —en una visión épica de la existencia que lo aproxima en algunos momentos a poetas como Julio Martínez Mesanza—; la variedad tonal, versal y estrófica —que conoce las soleares, el heptasílabo y el eneasílabo, pero donde predominan el endecasílabo y el alejandrino blancos—, el ocasional onirismo —pero desacralizado y contemplado irónicamente, como en «Me psicoanalizaban unas chicas»—, el lenguaje coloquial… Consciente de que en esto de la poesía el nihil novum sub sole se antoja irrefutable, y más en tiempos en que se habla del agotamiento de Occidente, Cuenca desdeña el imperativo de novedad insólita de la vanguardia y recurre muy escasamente a tradiciones ajenas a la europea: su apuesta consiste en hacer sonar la vieja prédica en una música nueva, que le lleva a transformar el collige virgo rosas horaciano en un «púlete los rosales» perfectamente cotidiano y jergal. En suma, la disfrutable poesía de Cuenca suscita —o, más bien, re-suscita— una reflexión al estilo de Eliot sobre el empleo de la tradición en manos del poeta, resuelto aquí con una naturalidad y frescura que evitan la pedrería y la petulancia de la erudición gratuita y dan voz a la existencia concreta, real, reconocible. La vida misma, para quien sepa leerla.

El Quijote de Chagall

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En 1975, después de un viaje a la URSS por invitación de la Ministra de Cultura soviética Yekaterina Furtseva, el artista judío-ruso Chagall pintó un óleo titulado Don Quijote. No había estado en su país natal desde 1922, cuando decidió exiliarse, junto con su mujer, decepcionado por el curso de los acontecimientos revolucionarios, y también por los conflictos constantes en la escuela de arte de Vitebsk, donde trabajó junto con Malévich en pro del arte de vanguardia revolucionario. Pero en este viaje a Rusia, Chagall pudo encontrarse con sus hermanas (a las que no había visto en cincuenta años), firmar los murales del Teatro Judío, que había dejado inacabados en 1922, y reflexionar sobre la situación de su país, después de tantos años de cambios en su ausencia.

Con esta obra tardía de un Quijote aclamado por las masas que portan banderas rojas (fig. 1), Chagall simboliza no sólo la utopía revolucionaria soviética, sino las contradicciones por las que estaba pasando entonces su amada Rusia. La disposición de las figuras recuerda mucho a ese otro famoso cuadro titulado Revolución, que Chagall pintó en 1937 (el mismo año del Guernica), con ocasión del triunfo del Frente Popular en Francia. Aunque lo destruyó después, quizás porque contaba demasiado, se conserva un esbozo al óleo en el Centro Pompidou (fig. 2). Tiene forma de tríptico, y en el centro del cuadro, actuando como eje de simetría, aparece Lenin sobre una mesa haciendo el pino con una mano, mientras que con la otra señala la bandera soviética. Sus piernas sujetan en el aire la bandera de Francia, país que parecía aproximarse en ese momento hacia el comunismo, lo que motivó que Chagall sacara a flote sus recuerdos de octubre de 1917 en Rusia. La posición malabarista de Lenin no es una crítica sino que describe las ideas revolucionarias, que hacen del mundo algo totalmente nuevo, poniendo arriba lo que está abajo y viceversa.

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A la derecha de Lenin se nos muestra la agitación de las masas revolucionarias que avanzan armadas con banderas, espadas y rifles sin que nada pueda pararlas; a la izquierda, aparece todo ese mundo judío-ruso que es característico de los cuadros de Chagall, quien, sentado frente a su caballete de pintor, asiste con su pueblo como testigo perplejo de los acontecimientos. El pueblo judío-ruso, que tanto esperaba de la liberación soviética, no puede quedarse al margen (celebran la nueva libertad y vida alegre traída por la Revolución) pero tampoco participa en estos acontecimientos de modo explícito. El propio Chagall derrama una lágrima de tristeza por la transformación que está sufriendo el mundo de su infancia. Junto con la figura de Lenin, el elemento más destacado es un judío con la Torah en su regazo que espera, reclinado sobre la misma mesa que el líder revolucionario, que todo este cambio sea para mejor 1. El hecho de que Chagall destruyese el cuadro significa que enterró por segunda vez sus esperanzas salvadoras en la política mesiánica del marxismo-leninismo.

De hecho, un año después (tras La noche de los cristales rotos) volvió a pintar un gran lienzo en forma de tríptico como el anterior, con una estructura similar: a la derecha la salvación venidera para el pueblo judío desde la URSS, y a la izquierda el mundo en agitación (ahora con más muestras de dolor que de lucha, y con claros símbolos de la Alemania nazi, como el brazalete que porta el saqueador de la sinagoga o el cartel que cuelga del cuello de un judío). Pero en lugar de Lenin, en el centro aparece Cristo crucificado, con el rabino portador de la Torah, que simboliza la tradición de Israel, situado a sus pies. No espera ya nada de la Revolución sino que corre a salvarse por sus propios medios (como el judío errante, la madre con un niño, etc.). De hecho, parece que tanto comunismo como fascismo (puestos de modo simétrico a ambos lados del Crucificado) son la causa de todos esos males que agitaban el mundo antes de la guerra (fig. 3).

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No es este Crucificado blanco un caso aislado, sino el mejor de una larga serie. Sin ser cristiano, Chagall estaba inspirándose en la tradición rusa de Dostoievsky, para quien Cristo es la única «belleza que salva» a un mundo turbulento y sin sentido aparente. Desde este momento, para Chagall la esperanza de Israel, la esperanza del mundo moderno, no viene tanto del cambio de las estructuras humanas como de un poder que les trasciende. Los profetas que se lamentan desde el cielo señalan el cumplimiento de esta paradójica verdad del amor eterno manifestado en Jesucristo, la víctima por cuyo sacrificio el dolor humano descansa en el mismo corazón de Dios.  Un amor en el que belleza y verdad se identifican de modo desgarrado, puesto que comprende también la ofensa y el oscuro misterio de la muerte. La obra completa de Chagall es una manifestación de fe en este misterio de Cristo sufriente por amor, que encarna y simboliza a todas las víctimas inocentes, especialmente al pueblo judío, como chivo expiatorio del momento.

Interpretado en este contexto, el Don Quijote de su última etapa sería un homenaje positivo a la utopía de un pueblo, el ruso en este caso, que tanto había sufrido por causa de los ideales de la Revolución. Pues como escribió Dostoievski en una carta dirigida a su sobrina Sofía Ivanova: «El bien es un ideal, pero este ideal, lo mismo para nosotros que para la civilizada Europa, está aún muy lejos de haberse realizado. Sólo hubo un hombre realmente bueno en el mundo: Cristo […]. De todas las figuras de hombres buenos en la literatura cristiana, sin duda la más perfecta es don Quijote»2

N O T A S
1 Cf. Jacob Baal-Teshuva, Chagall, Taschen, 1985, p. 144.
2 Cit. por David F. Arran, en «Los quijotes de celuloide y el modelo original, pasando de puntillas por Orson Welles», El Quijote en el cine, ediciones Jaguar, Madrid, 2005, p. 30.

National Review, la revolución de Bill Buckley

El pasado mes de octubre George W. Bush homenajeó a William F. Buckley Jr. a sus casi ochenta años, coincidiendo con el cincuenta aniversario de National Review, la revista que ha dirigido hasta hace poco. El presidente no se anduvo con rodeos y en un acto en la Casa Blanca en el que convocó al editor y a sus amigos explicó que gracias a la labor de Buckley el movimiento conservador norteamericano ocupa hoy el centro de la cultura política de Estados Unidos. En efecto, para millones de conservadores norteamericanos, después de Ronald Reagan, la figura más importante de su ideario es Bill Buckley. La trayectoria de este escritor brillante, polémico, polifacético e independiente, convertido con el paso del tiempo en una celebridad, está ligada a su revista National Review, fundada en 1955, en la que aún colabora como editor-at-large.

En los años cincuenta Bill Buckley era un joven periodista republicano crítico de la deriva de Eisenhower hacia políticas intervencionistas propias del «New Deal». Pero estaba igualmente lejos de algunos representantes de la derecha norteamericana, racistas o muy tentados por el aislacionismo en cuestiones internacionales. Por educación y familia, Buckley unía en su persona la tradición moral del catolicismo irlandés, la desconfianza hacia el Estado como solución para todo, un decidido anticomunismo, una cultura cosmopolita y abierta adquirida desde muy joven y una obsesión por la claridad y la riqueza del lenguaje. Su padre y su abuelo habían sido exitosos empresarios y abogados en la industria del petróleo de Texas. Bill, el sexto de diez hermanos, demostró desde muy pequeño una gran inclinación intelectual y un talento innato para el debate. Antes de abrazar el periodismo, fue oficial en las postrimerías de la II Guerra Mundial, trabajó un año para la CIA en México y estudió en la universidad de Yale. El primer libro de los cincuenta y uno que ha escrito, God and Man at Yale, fue precisamente una denuncia de la deriva de la universidad norteamericana hacia el relativismo moral y la marginación de los valores cristianos.

La revista de Buckley, National Review, fue la piedra angular del movimiento conservador, hoy cada vez más plural y extendido e influyente en políticos mucho más allá de los contornos clásicos del republicanismo. En los difíciles principios de la publicación, a mediados de los cincuenta, Buckley atrajo a la redacción de su revista a personalidades entonces excluidas de la derecha norteamericana, por ser judíos, ex comunistas o ex troskistas. Políticos como Barry Goldwater o su protegido Ronald Reagan —originalmente miembro del Partido Demócrata— encontraron en las páginas de National Review inspiración y contenidos novedosos. En la redacción lo importante era la solidez de las ideas, la explicación racional de las propuestas políticas y la confrontación intelectual con los demócratas y, no pocas veces, también con los republicanos. En 1960 los promotores de la revista fundaron la asociación Young Americans for Freedom para influir más directamente en las campañas políticas. En 1965 Bill Buckley se presentó como candidato de un casi inexistente Partido Conservador a la alcaldía de Nueva York para demostrar su disconformidad con el candidato republicano y obtuvo el 13% de los votos. Buckley supo aprovechar la irrupción de la televisión en la política y desde 1966 creó el programa de debate Firing Line, produciendo a lo largo de treinta y tres años los primeros debates políticos televisivos con altura intelectual e interés para el gran público.

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Tal vez la característica más destacada de Buckley haya sido su increíble capacidad de trabajo y de liderazgo de equipos. Además de dirigir National Review, publicar una columna semanal sindicada en 300 periódicos y participar en debates televisivos, hasta hace poco escribía un libro al año, siempre desde su refugio de Suiza, navegaba por etapas alrededor del mundo a vela, tocaba el clavicordio más que aceptablemente y celebraba en su casa semanalmente cenas en las que debatía los temas de actualidad. Participé en una de estas veladas en 1990, cuando visité a Buckley en Nueva York y le entrevisté para Nueva Revista. En aquella ocasión pude comprobar cómo se discutía vivamente en torno a la mesa sin aceptar los dogmatismos de ningún tipo ni los condicionamientos propios de lo políticamente correcto.

La llegada al poder de Ronald Reagan en 1979 supuso la puesta en práctica de buena parte de la doctrina tejida alrededor de la revista de Buckley, que había defendido la lucha contra el comunismo hasta producir su agotamiento económico, a la vez que formulaba un tipo de conservadurismo compasivo no muy distinto de las prácticas de los old tories ingleses, en el que no obstante cabía la desregulación y liberalización de la sobrerregulada economía norteamericana. Bill Buckley renunció a la actividad política directa —sus amigos pensaron que era demasiado culto e inteligente para dar el paso— y a cambio conservó una enorme influencia sobre el mundo conservador norteamericano.

Ronald Reagan se benefició de la naturalidad con que la revista había agrupado desde sus inicios dos tipos de conservadurismo bien distintos y con ciertas incompatibilidades filosóficas, el de tipo económico y el basado en una visión moral. A pesar de las contradicciones entre liberales y conservadores clásicos, el antiguo gobernador de California se inspiró en Buckley para apoyarse en ambos grupos y lideró simultáneamente a los partidarios de proteger a ultranza la autonomía individual y a los defensores de una decidida actuación del Estado para regular ciertos aspectos relacionados con la moral, tanto en el plano internacional —la lucha por la democracia y la libertad— como en el doméstico —la defensa de los valores familiares—. El doble mandato de Reagan y su espectacular triunfo en la guerra fría facilitó la expansión de las ideas conservadoras, que influyen hoy en todo el espectro político norteamericano, y los dos presidentes Bush, padre e hijo, han desarrollado aún más estos principios, aunque con menor brillantez y acierto.

Los actuales «neo-cons» rinden tributo al editor de National Review, aunque posiblemente en comparación con ellos éste representa una sensibilidad más liberal, cosmopolita y centrista. La mayor parte de las publicaciones, asociaciones y think-tanks conservadores en Estados Unidos hoy se reconocen sus deudores —el juez Samuel Alito, nominado recientemente para el Tribunal Supremo, ha dicho que el editor y su revista han tenido una máxima influencia en su manera de pensar—. A sus ochenta años, Buckley mantiene su independencia de juicio y con toda naturalidad sigue defendiendo la legalización y control por el Estado del tráfico de drogas o critica la falta de realismo con la que la actual Administración Bush predijo un fácil triunfo en Irak. 

El directivo eficaz

CUANDO HAY QUE TOMAR DECISIONES

En 1960 la American Society of Mechanical Engineers remitió una encuesta a cincuenta altos directivos y profesores de empresa. Una de las preguntas era: ¿Cuál es a su juicio el mejor libro de management publicado en la última década? Peter F. Drucker contestó que el libro de Woodruff sobre el antiguo Servicio Civil Británico en la India —British Indian Civil Service 1—. Una respuesta singular, adecuada a su peculiar personalidad. Basta recordar que las fuentes habituales de este autor de libros de management son literatos, filósofos, teólogos, militares, artistas y políticos. Ahora bien, entre los académicos y directivos se preguntaron entonces por qué citaba esta singular obra. La razón era sencilla: porque en ella se descubre cómo apenas mil hombres jóvenes, educados muchos de ellos en el Balliol College de Oxford, en Artes Liberales —hoy una formación generalista—, con unas cuantas herramientas de gestión, dominaron y pusieron en funcionamiento un subcontinente complejísimo desde cualquier punto de vista: lenguas, religiones, razas, geografía, etc. Las claves fueron la formación recibida, la estructura de la organización —extremadamente plana—, el sistema de información cuidadoso y exhaustivo, y la preocupación por realizar una administración eficaz.

Justamente la exposición sistemática más conseguida sobre la eficacia directiva y el liderazgo la realizó Drucker en su obra The Effective Executive. De ella dijo él mismo, casi treinta años después de su primera edición, que fue «un intento de proyectar lo que desde Platón hasta Maquiavelo se había conocido como la educación del gobernante en la educación del directivo en la organización»

En 1966 Peter Drucker publicó ese libro breve y lleno de enjundia. A lo largo de los años se ha convertido en uno de los best-sellers más apreciados de este gurú del management contemporáneo. Eficacia, logro, contribución, resultados o creación de valor son conceptos diferentes que vienen a significar algo similar con una semántica variada: un rasgo esencial del directivo de las organizaciones de nuestra era.

Un directivo mide su eficacia directiva y ejecutiva por la contribución que realiza. En caso contrario no sería justo acreedor de tal denominación. Eficacia y dirección se coimplican: la eficacia se revela a sí misma como crucial para el autodesarrollo de la persona, el desarrollo de la organización y la realización y viabilidad de la sociedad. Por mor de la claridad, Drucker distingue entre eficacia y eficiencia, definiendo la primera como conseguir «hacer las cosas correctas», mientras que la segunda estriba en «hacer las cosas correctamente»: racionalidad de objetivos y fines versus racionalidad administrativa centrada en los medios.

¿Por qué desarrollar una conducta directiva eficaz se torna a menudo una tarea ardua, casi titánica, al alcance sólo de voluntades extraordinarias? Una etiología modesta nos indicaría varias razones: la presión del activismo, donde el flujo de los acontecimientos, que a menudo distraen del problema real, empuja e impone las soluciones, sin dejar al directivo la ocasión de aplicar los criterios y las políticas empresariales acordes con su estrategia; la organización que, en vez de potenciar la capacidad personal del directivo para construir sobre lo ya hecho, lo convierte en un cautivo; o, por último, la tendencia a no salir de la propia organización y ver lo que pasa en el exterior con sus propios ojos.

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Curiosamente la presión a concentrarse en lo que pasa dentro, que constituye el poderoso reino de lo inmediato para el directivo, crece a medida que se asciende en la organización. El único antídoto es la voluntad firme de acceder al exterior; una vez allí, hay que distinguir qué es lo relevante, y a eso no parece ayudar precisamente la avalancha de datos e informaciones con las que nos inundan las tecnologías digitales. Las decisiones más difíciles y más importantes no son qué hacer, sino qué abandonar por no merecer ya la pena. No falta quien sostiene que de ahí procede la relevancia de estar convencido de que gobernar es incompatible con hacer directamente.

Acertar en los remedios para contrarrestar estas presiones no es tarea baladí, más aún si se tiene en cuenta que las empresas de la sociedad digital o de la información dependen de los trabajadores del conocimiento y de su contribución a los resultados de la organización. Cada trabajador del conocimiento tiene un papel asimilable ciertamente al directivo, aunque no mande inmediatamente a otros. Por virtud de la operatividad de su conocimiento, la empresa será eficaz y eficiente en la ejecución de sus políticas y en la consiguiente obtención de los resultados. Las organizaciones no se pueden permitir el lujo de privarse de la inteligencia, la imaginación y la iniciativa del 90% de las personas que trabajan en ellas. Los cimientos duraderos de las empresas ya no se construyen sobre la fuerza. Cada vez más se levantan sobre la confianza. La confianza no significa que la gente empatice, significa que uno se puede fiar de otro.

La eficacia exige la concentración y huye de la dispersión. Efectivamente, un imperativo insoslayable es centrarse en los resultados, es decir, tener puestos los cinco sentidos en unas pocas áreas relevantes, donde un rendimiento excelente engendrará unos resultados acordes; en vez de malgastar esfuerzos en mejorar en áreas para las que no se tiene aptitud o competencia. El sentido común dicta que es preferible emplear la energía en convertir a una persona competente en un experto eficaz, que en conseguir una mediocridad de un incompetente. En definitiva, no se trata de cambiarse a uno mismo, pretensión inútil, sino de mejorar el desempeño profesional y personal, sabiendo que la neutralidad funcional objetiva no existe en el ámbito de las personas, pues las acciones humanas remiten siempre al fin del hombre.

El tiempo es otro ámbito de actuación para acrecentar la eficacia. Un uso productivo del tiempo evita las crisis recurrentes, huye de los staff sobredimensionados, que inevitablemente dan lugar a roces, intromisiones y explicaciones estériles, y tolera las reuniones como lo que son: concesiones a la organización deficiente.

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El directivo eficaz no comienza planificando, sino averiguando a qué dedica su tiempo. Sus tareas requieren un mínimo de tiempo para ser eficaces, dedicarle menos es malgastarlo —especialmente cuando afectan a personas—. Después intenta una dirección sistemática del tiempo: identificar qué es una fuente de pérdida de tiempo; identificar quién le puede sustituir y hacerlo mejor; eliminar el tiempo que se hace perder a otros.

El segundo paso que da el directivo eficaz es preguntarse constantemente cómo puede contribuir. Este espíritu genera un clima que se expande en todas las direcciones dentro de la organización.

En el caso de los trabajadores del conocimiento, cuya contribución radica en su especialización, la eficacia de su contribución estriba en que sean capaces de adquirir una cierta mentalidad generalista, que les permita relacionar las partes y el todo. Centrarse en la contribución exige no sólo información, sino además un mínimo de comunicación que permita entender las necesidades, objetivos, percepciones y modos de hacer de los demás.

La mejor tarea del directivo eficaz radica en fijar pautas. La eficacia, como las virtudes, se adquiere mediante el ejercicio previo de lo que hay que hacer. Después de haberlo aprendido, lo aprendemos haciéndolo. La paradoja es sólo aparente.

El directivo eficaz es aquel que convierte las fortalezas de las personas y de la organización en productivas y procura hacer irrelevantes sus debilidades. Drucker ofrece varios consejos de gran enjundia para establecer puestos de trabajo objetivos, es decir, determinados por las tareas en vez de por las personalidades de quienes los vayan a ocupar, que contribuyan al fin de hacer operativas las fortalezas.

Asimismo, los puestos que exigen alguien extraordinario hay que rediseñarlos. Además, se deben diseñar puestos exigentes pero amplios, de modo que tengan la envergadura suficiente que permita que cualquier fortaleza relevante para esa tarea produzca resultados significativos; y que ofrezca espacio para el desarrollo de la persona. Hay que tolerar la debilidad para obtener la fortaleza. No existen personas capaces en general, sino en tareas concretas. Hay que dirigirlas para que ahí lleguen a la excelencia, a la vez que se debe cambiar de puesto con rapidez a los indispensables, con objeto de que no dilapiden sus fortalezas.

En definitiva, el directivo eficaz procura facilitar que los demás no tengan obstáculos para hacer rendir sus fortalezas, comenzando por los de sus superiores —dirigir también es dirigir hacia arriba y obedeciendo se manda al que se obedece—: eso es una actitud. Además, alimenta las oportunidades y ahoga los problemas: eso es una práctica. Como líder, fija una pauta. El directivo eficaz bascula entre el tipo patético y el desaprensivo: entiende la vida y actúa.

Por último, la eficacia exige la concentración y huye de la dispersión. La determinación de las prioridades supone decidir con fortaleza porque hay que primar el futuro sobre el pasado, la oportunidad sobre los problemas, lo real sobre lo inmediato y lo importante sobre lo urgente. Decidir es imponer al tiempo las prioridades, y eso siempre supone correr riesgos. La dirección y el liderazgo entrañan esta responsabilidad y otra aún mucho mayor: la formación y el desarrollo de personas.

Selección de aforismos del libro de Drucker realizada por el autor

«Todo directivo eficaz sabe que las reuniones o son productivas o son un completo desastre».
«Un directivo eficaz no comienza planificando, sino averiguando a qué dedica su tiempo».
«Las deliberaciones deben ser conjuntas; las decisiones, individuales».
«La eficacia es hacer mejor lo que se está haciendo ya».
«Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente».
«Nunca se preocupe de su felicidad; haga su deber».
«Usted puede emprender la acción o echarse atrás y esperar un milagro. Los milagros son estupendos, pero son imprevisibles»
«La arrogancia intelectual causa incompetencia práctica».
«No hay nada tan inútil como hacer eficientemente lo que no se debería hacer».
«La determinación de las prioridades supone decidir con fortaleza, porque hay que primar el futuro sobre el pasado, la oportunidad sobre los problemas, lo real sobre lo inmediato y lo importante sobre lo urgente».
«La mejor manera de predecir el futuro es crearlo».
«La eficacia va de la mano de la cooperación».
«Los puestos que exigen alguien extraordinario hay que rediseñarlos».
«El directivo eficaz procura facilitar que los demás no tengan obstáculos para hacer rendir sus fortalezas».
«Los valores de los directivos eficaces no han de ser los mismos pero sí congruentes con los valores de sus empresas».
«La autoridad verdadera y eficaz procede de abajo, no se impone. Es algo que se gana de aquel a quien se manda».
«Cuando la alta dirección desciende a problemas fuera de su ámbito acaba siendo ineficaz».
«Un líder eficaz no es alguien querido o admirado. Él o ella es alguien cuyos seguidores hacen las cosas correctas».
«El secreto para dirigir al propio jefe consiste en observarlo, descubrir cómo trabaja y adaptarse a él para hacerlo más eficaz».
«Planificación y acción son partes distintas de la misma tarea: no son tareas distintas. Ningún trabajo puede realizarse de forma eficaz si no
contiene elementos de las dos».

1 Philip Woodruff, The Men Who Ruled India, Jonathan Cope, Londres, 1954.