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Un oasis en el tiempo

Los libros siempre han sido un pilar de los contenidos de Nueva Revista. Antiguos, nuevos, olvidados, rescatados, siempre ha habido en nuestras páginas espacio para la buena literatura, poesía y teatro, los grandes ensayos, los libros de actualidad, etc. No en vano, a lo largo de la historia de la publicación, la cifra de los libros que se han comentado, estudiado y diseccionado, alcanza ya un volumen considerable. Al margen de seguir contando con aquellos comentarios o artículos que versen sobre libros o se nutran de ellos, en este número de Nueva Revista volvemos a dedicarles una sección propia. En ella trataremos de elaborar una selección de novedades editoriales a la que los lectores puedan acudir en busca de referencias comentadas oportunamente.

A través de la literatura y de otro tipo de escritos o publicaciones, muchos autores han sabido atraer al público porque tenían algo que decir y una manera interesante de contarlo. A pesar del auge actual de los nuevos soportes y maneras de conocer las grandes y pequeñas cuestiones que nos atañen —veloces y fugaces en la mayoría de los casos—, el papel siempre invitará a la lectura reposada, un oasis en el tiempo desde el que poder observar lo que somos y lo que nos rodea.

ALGO MÁS QUE LA HISTORIA DE DOS DIARIOS

El Alcázar y Nuevo Diario

No resulta fácil escribir buenas y completas historias de medios de comunicación. En bastantes ocasiones la falta de fuentes primarias de tipo documental, unida a la opacidad de esos mismos medios, hace que dichas historias se queden solamente en la superficie. Son valiosos y necesarios los estudios basados fundamentalmente en los contenidos de esos medios, y ahí están las hemerotecas para los investigadores que desean conocer cómo eran y qué decían los periódicos. Pero esa es sólo la punta del iceberg. Detrás de cada número de un periódico, y también de forma paralela, existen una serie de elementos cuyo conocimiento es de crucial importancia para comprender mejor el «producto» que luego los lectores, las audiencias, consumen.

Desentrañar esas realidades es lo que ha realizado con paciencia y esmero Jordi Rodríguez Virgili en su libro sobre la historia de los dos diarios que durante el franquismo editó PESA (Prensa y Ediciones, S.A.): El Alcázar y Nuevo Diario. Fueron dos voces que, sobre todo con la apertura de los años sesenta, llegaron a resultar incómodas para el establishment político de la época. De ahí que su final, no precisamente feliz para sus emprendedores, fuera su silenciamiento por los gobiernos de la época: El Alcázar, cuya cabecera editaba en régimen de arrendamiento, fue devuelto a sus arrendatarios, pertenecientes a los sectores más inmovilistas del franquismo, en septiembre de 1968, mientras que el matutino Nuevo Diario, que había sido fundado apenas un año antes, sucumbió por altas presiones políticas y fue vendido a un grupo afín al gobierno a finales de 1970.

El acceso a los papeles personales de quienes fueran directores de ambos diarios, José Luis Cebrián y Juan Pablo de Villanueva, proporcionan al libro un aire fresco que confiere a la lectura cierto carácter de suspense y melodrama. Desde un punto de vista periodístico, se asiste a la laboriosa gestación de dos diarios que aspiraban a convertirse, cada uno con su estilo propio y diferenciado, en referentes de la opinión pública. La resurrección de El Alcázar como diario popular, dinámico y muy visual, le llevó a alcanzar los 140.000 ejemplares de difusión en 1968. Por su parte, un Nuevo Diario más comprometido en lo político pretendió ser «el periódico de la nueva generación», como rezaba su eslogan promocional. Pero ambos se toparon con un ambiente político enrarecido y con la férrea oposición de la prensa del Movimiento y sindical. Si El Alcázar nació bajo el asedio de la fortaleza toledana del mismo nombre, su arrebatamiento a PESA constituyó un auténtico expolio que, pese al fallo posterior del Tribunal Supremo contra la acción gubernamental, no tuvo marcha atrás.

El libro alcanza su climax en varios momentos. Primero, cuando expone los pasos del crecimiento fulgurante del nuevo El Alcázar en los años sesenta al compás del propio desarrollo económico y social español, del que sus campañas de promoción y su fórmula periodística venían a ser un reflejo. Después, cuando tropieza con las incomprensiones que va encontrando por la politización a la que se ve sometido como fruto tanto de la propaganda falangista y sindical como de la beligerancia política del ministro Fraga. Finalmente, también en la narración de los episodios que acaban con la vida independiente de El Alcázar en 1968 y de Nuevo Diario en 1970. El cierre posterior de otro diario mítico, el Madrid de Rafael Calvo Serer y Antonio Fontán, en noviembre de 1971, vendría a concluir esta persecución de voces disidentes e incómodas entre la prensa madrileña.

No rehúye el autor enfrentarse a cuestiones delicadas como la tantas veces manida adscripción de esos dos diarios a una supuesta «prensa del Opus Dei», las controversias surgidas especialmente por la rivalidad declarada del vespertino sindical Pueblo y las disensiones habidas entre la empresa y los redactores a propósito de las presiones ministeriales en los momentos críticos de 1968 y 1970. Con un uso abundante de fuentes documentales privadas y públicas, de testimonios personales por parte de protagonistas de los acontecimientos y de un amplio rastreo bibliográfico y hemerográfico, el libro analiza todos los niveles necesarios para
comprender este trozo de historia que va más allá de ser la historia de dos periódicos novedosos y rompedores que tuvieron un final no precisamente afortunado.

Por la fuerza de sus contenidos y su completo planteamiento, este libro está llamado a constituirse en obra de referencia ineludible para conocer la historia de El Alcázar desde su fundación en 1936 hasta 1970, la gestación y el desarrollo de PESA y de quienes estuvieron detrás de ella; y los entresijos del ambicioso proyecto de Nuevo Diario. El lector se sumergirá en las luchas internas de las diversas familias políticas del franquismo que tuvieron el control de El Alcázar en los años cuarenta y cincuenta: unos episodios hasta ahora prácticamente desconocidos y que desbordan el ámbito periodístico. Y por supuesto podrá ir desgranando las claves políticas del acoso y derribo a que fueron sometidos tanto El Alcázar como Nuevo Diario.

CARLOS BARRERA

ZWEIG O EL ENTUSIASMO A LAS PUERTAS DEL INFIERNO

Tiempo y mundo

A veces, en los momentos de mayor zozobra, la Historia se compadece de la humanidad. Surgen entonces, como un regalo inesperado, espíritus brillantes que aportan un poco de luz entre las tinieblas. No solucionan el problema, no evitan guerras. Pero su lucidez nos consuela: ninguna época es baldía.

Stefan Zweig nació a finales del siglo XIX en el seno de un imperio, el austro-húngaro, al que vio desmoronarse, junto a toda una forma de vida, durante su madurez, ya en el siglo XX. Su actitud ante esta circunstancia se refleja en Tiempo y Mundo de forma privilegiada. Frente a sus narraciones o a sus célebres biografías, aquí se reúnen conferencias y pequeños ensayos sobre temas diversos con un punto en común: Zweig en toda su esencia.

La primera parte del libro recoge retazos de la vida de prohombres de la cultura. La admiración es el nexo que une el recuerdo del hombre de letras y de acción (Byron), las ceremonias fúnebres (Hofmannsthal y Freud), la lucha titánica de la conciencia (Tolstoi) o la ternura de las cartas de una madre desesperada (Nietzsche). Admiración de la que resulta, como lógica consecuencia, el rigor. Zweig critica a quienes ponen en boca de personajes históricos sus propios parlamentos. Él se limita a poner en contexto: así, el «alzar la voz» de la madre de Nietzsche sobre su hijo es, en realidad como ésta llama, «con delicado eufemismo, al salvaje bramido
del loco».

La segunda parte, Tierras y paisajes, va mucho más allá de la simple crónica de viajes. Zweig busca algo más, aunque es conciente de sus límites. Así, lanza una carga de profundidad contra el periodiso que impone su engreída superficialidad cuando recuerda a «esos reporteros norteamericanos que al cabo de dos semanas de un viaje turístico «Cook» se permiten escribir un libro sobre Europa».

Por último, Tiempo y mundo se deja llevar por la más pura especulación teórica. Su clarividencia es patente, sobre todo cuando su disertación gira sobre la historia e intuye la globalización o la Unión Europea. La clave aquí, de nuevo, es una erudición acrisolada por una humildad que le empuja, por ejemplo, en un pasaje memorable, a releer los libros de historia de su niñez para encontrar en ellos el germen del fatal nacionalismo belicista.

Humildad, conocimiento, agudeza, talento narrativo… Muchas virtudes adornan el pensamiento de Zweig. Pero el que más destaca en este presente nuestro, cínico y descreído, es la capacidad de dar un nuevo brillo a aquello que mira con ojos deslumbrados. El entusiasmo. En su sentido más pleno, «en theus», en Zeus, poseído por un dios. Zweig se sabe mero transmisor de algo que le supera. Y se pliega a ello con alegría.

Pero era un mal momento para espíritus sensibles. Los últimos compases de la Vieja Europa resuenan en Zweig como el canto del cisne: «Jamás se ejecutó ni se cantó mejor en nuestra Ópera que en aquellos días en que nadie sabía si al día siguiente la empresa habría de cerrar», recuerda de su Viena natal. Por eso hoy nos fascina su claridad entre las tinieblas. Como cuando describe, en Brujas, «las hileras de blancos cisnes, maravillosos y graves pájaros, en cuyo mutismo y muerte se oculta también un prodigio. El efecto que produce en este luminoso y grave paso por las aguas muertas y oscuras es indescriptible: no hay poeta capaz de inventar una antítesis tan deslumbradora y, sin embargo, armónica».

ÁNGEL PEÑA

CUATRO CUESTIONES FUNDAMENTALES

Dios y las cosmologías modernas

Doce estudios, realizados por importantes físicos, matemáticos y teólogos, coordinados por Francisco José Soler Gil, autor de diversos trabajos sobre los aspectos ontológicos de la física moderna, conforman este libro que aborda las relaciones entre la ciencia, concretamente aquí la cosmología, y la teología. Aunque los autores persiguen objetivos diferentes pueden extraerse una serie de conclusiones que resultan comunes. De ellas resaltamos dos. El intento naturalista de ofrecer un modelo del universo que contenga una explicación meramente física de su propia existencia no funciona, ni puede seguramente funcionar. En segundo lugar, la racionalidad del cosmos y la propia existencia del universo requiere una explicación, por el hecho de ser el universo un objeto físico ordinario.

Más de un lector se preguntará qué relación puede haber entre la física y la teología e, incluso, si hay alguna relación. Esta interacción entre ciencia y teología supone el realismo por ambas partes. Por realismo teológico se entiende la posición del teólogo que considera el contenido de su discurso no como algo meramente subjetivo, ni como un conjunto de símbolos para expresar un sentimiento religioso, sino que cree que su discurso se refiere a una realidad objetiva que existe con independencia de nosotros, de nuestros sentimientos y de nuestros sistemas culturales. Por realismo científico se entiende la posición que defiende que nuestras teorías científicas describen entidades que existen igualmente con independencia de nosotros y de nuestras capacidades mentales. El realismo en teología y en ciencia constituye una condición inexcusable para que llegue a darse una interacción entre ambas disciplinas.

El libro pretende dar respuesta a cuatro preguntas fundamentales. Éstas son: el planteamiento de las relaciones entre la ciencia, en este caso la cosmología, y la teología; hasta qué punto los modelos cosmológicos actuales pueden proporcionar una descripción adecuada de la creación a partir de la nada; el análisis de si la hipótesis del multiverso, o de los múltiples mundos, puede constituir una alternativa a la hipótesis teísta en cosmología, y, finalmente, qué indicios de la existencia y la acción de Dios pueden derivarse de los modelos cosmológicos actuales.

Un análisis detenido de estas cuatros cuestiones, a la luz de la cosmología moderna, con su apoyo en la física, conducen al resultado de que se puede hablar justificadamente de la «evidencia natural de Dios». Esta evidencia basada en indicios, modelos y datos cuestionables derivados de la física, resulta imprescindible, en el mundo de hoy, en el que no resulta posible elaborar una filosofía que, se muestre ajena al diálogo con las ciencias naturales, por muchas inseguridades que dichas ciencias puedan transmitir al pensamiento. Toda teoría científica, siguiendo a Popper, representa una aproximación a la realidad. Y nada más. En este sentido, toda teoría científica es histórica porque representa una etapa del conocimiento humano. La observación de nuevos hechos dará lugar a una nueva teoría y la antigua quedará arrinconada, o al menos, superada. Por ejemplo, en este momento, se busca una teoría cuántica de la gravedad que pudiera describir el comienzo del universo y saber lo que pasa en el centro de los agujeros negros, donde la materia se comprime en una región de curvatura extraordinariamente elevada.

Hechas estas consideraciones, los argumentos expuestos a lo largo del libro contribuyen a mostrar que en la difícil cuestión del origen y existencia del universo, el planteamiento teísta constituye la «tradición humana mejor y más difícil de rebatir».

ALBERTO M. ARRUTI

UNA HOMBRE DE SU TIEMPO

Rabí Jesús de Nazareth

Cuando alguna figura histórica atrae nuestra atención, no nos conformamos con conocer su personalidad, su obra o su influencia posterior. En cierta medida, porque todo ello queda incompleto si no somos capaces de comprender su contexto histórico. Francisco Varo, de una manera espontánea y divulgativa, realiza en esta obra un ejercicio de aproximación histórica a la figura de Jesucristo a través del contexto judío en el que transcurrió su vida.

Varo evita debatir sobre el valor histórico de los evangelios y, sí en cambio, realiza el ejercicio a la inversa, de manera que adereza una certera retrospectiva con escuetas alusiones que permiten entender mejor el Nuevo Testamento y a Jesús como un hombre de su tiempo. Además, la aguda descripción de los aspectos históricos, sociológicos y religiosos de aquella época nos permite descubrir algunos detalles curiosos: desde que las vidas de Jesús y de Alejandro Magno apenas estuvieron separadas por trescientos años hasta que en aquellos tiempos los promotores de construcciones ya ejercían, teniendo como adalid al rey Herodes, pasando por la magnitud del templo de Jerusalén, equiparable a diez veces la extensión del Vaticano.

A.L.

Nunca me abandones

Una de las temáticas que campa a sus anchas por la literatura y el cine contemporáneos es la de predecir el futuro. Quién no ha visto un largometraje en el que al inicio de la emisión se plasma una fecha que obliga al espectador a hacer los cálculos pertinentes para imaginarse en ella. Puede ocurrir también que algunos filmes o libros adelanten unos avances espectaculares fechados en unos años que luego hemos traspasado y concluimos decepcionados que sigue sin haber naves espaciales de uso doméstico.

En la novela de Ishiguro nada es así. Principalmente porque la bitácora de su libro nos sitúa en Inglaterra a finales de la década de 1990. Nunca me abandones no es una novela para archivar en la carpeta de «futuristas». El autor deja a un lado la tecnología para centrarse en el ser humano a través de la relación de amistad entre tres jóvenes que viven en un internado. Los protagonistas (Katy, Ruth y Tommy) revelan con su cotidianidad al lector, anestesiado por los apriorismos propios de cualquier historia que se desarrolle en un internado, el verdadero drama en el que viven. Queda patente una vez más, como en Los restos del día, la predilección del autor por los marcos anglosajones y los ambientes nebulosos.

Todavía quedan escritores que actúan de vigías del porvenir. También es cierto que cada vez hay más pistas para predecir una sociedad posthumana. Muchos escritores predicen pero pocos alertan. Ishiguro es uno de estos últimos. El contexto temporal en el que se desarrolla la novela, el pasado y no el futuro, nos avisa de que ya hemos cruzado la barrera de lo inhumano. Otro de los mensajes que conlleva la advertencia del autor es que esos progresos injustificados llegan sin llamar la atención, de manera disimulada. Es el caso de los tres amigos cuya relación se enmarca en la más absoluta normalidad incluso cuando descubren finalmente para qué están allí. Una conciencia mutilada pero en ebullición y la búsqueda de un amor que les redima les hará pugnar por descubrir el porqué, pero la ausencia de referencias les obligará a tirar la toalla y seguir siendo protagonistas artificiales de una vida diseñada por alguien ajeno.

Á. L.

La Yihad española

El radicalismo islámico moviliza actualmente sus fuerzas en todo el mundo para difundir cualquier tipo de incidentes, noticias y declaraciones, más o menos retóricas o admonitorias, dirigidas contra el imperialismo occidental abanderado por los Estados Unidos. Bajo el impulso doctrinal e ideológico representado por Al Qaeda (La Base), se difunden las consignas desarrolladas a través de los grupos activistas de la emigración musulmana asentada en el interior de las democracias occidentales. La sensación de peligro se incrementa a partir de los ataques lanzados sobre territorio norteamericano en septiembre de 2001 y se recrudece, unos años más tarde, con los dramáticos atentados del 11 de marzo de 2004, en Madrid, y del 7 de julio de 2005 en el metro de Londres.

Parece llegado el momento, pues, de tomar en serio las advertencias que, hasta ahora, o bien por ignorancia o por exceso de confianza, se habían considerado como pura palabrería sin sentido. En su último libro, dedicado a la Yihad aplicada en su vertiente ibérica, el diplomático y portavoz de Exteriores del Partido Popular en el Congreso, Gustavo de Arístegui, recoge una parte de su experiencia en el ejercicio profesional desempeñado en estrecho contacto con la cultura, la mentalidad y las costumbres de los musulmanes. Se trata de un conocimiento obtenido de forma directa a través de largas conversaciones amistosas con musulmanes corrientes, autoridades religiosas y representantes de los grupos intelectuales más significados. De esas relaciones, el autor extrae algunas consecuencias que nos expone en su libro y que le llevan a distinguir entre un Islam tolerante y dispuesto al diálogo con las sociedades democráticas, frente a otro, defensor del islamismo radical dispuesto a desencadenar la Yihad, la «Guerra Santa», con el fin de «poner de rodillas» la soberbia occidental.

Esa distinción entre un islam pacifista opuesto al islamismo violento ya había sido expuesta, con mayor amplitud, por el mismo Arístegui en su anterior libro: El islamismo contra el islam (Ediciones B, Barcelona, 2004; 382 págs.). No obstante, en esta ocasión y al definir las líneas estratégicas de la Yihad proyectada sobre la Península Ibérica, el autor aclara un aspecto decisivo para calibrar el problema en toda su magnitud: las diferencias apuntadas entre musulmanes moderados y extremistas desaparecen, unidos los dos sectores ante el objetivo, para ellos irrenunciable y sagrado, de lograr la reconquista del territorio de al-Andalus, que incluye a España y Portugal, regiones que fueron tan dolorosa como injustamente perdidas para la causa del islam. Ante la mirada de escepticismo o incredulidad que ese propósito puede suscitar en la opinión pública europea en general o española y portuguesa en particular, Arístegui ofrece sólidos argumentos que nos ponen en guardia sobre la gravedad de esas amenazas. Las diferencias se acortan. Moderados y radicales coinciden plenamente en la vuelta de al-Andalus al redil de Mahoma. Así lo enseñan a los niños en las escuelas y a los adultos en las universidades y centros de enseñanza superior. Así lo expresó en varias de sus más conocidas declaraciones programáticas el gran maestro y guía del extremismo islámi co Bin Laden, recordando a los fieles su deber de reconquistar al-Andalus. Así, España fue declarada objetivo preferente del islamismo años antes de su respaldo a la política norteamericana respecto al conflicto de Irak (2003). De ahí la falacia, utilizada por grupos de la oposición española, de atribuir la responsabilidad en en los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid a la implicación militar española en una guerra en cuyas operaciones armadas no tomó parte alguna.

Como los hechos posteriores han demostrado, la masacre de Atocha se organizó con anterioridad al conflicto iraquí y responde, muy probablemente, a la antigua estrategia islámica de establecerse nuevamente en los territorios de al-Andalus. Para alcanzar esos propósitos se utilizarán los métodos adecuados, que van desde el terrorismo a las campañas de prensa, pasando por la compra de terrenos en lugares estratégicos de la Península y los asentamientos de población emigrante. Se disponen también a sacar provecho de las ventajas que ofrece la sociedad española al respetar los derechos de las minorías y permitir libremente la construcción de mezquitas, escuelas religiosas y actos de propaganda a través de los medios de comunicación. Una de las tácticas, ya utilizada, será la solicitud de ocupar edificios y monumentos históricos de la dominación musulmana, tales como la Mezquita de Córdoba o la Alhambra de Granada. No pretende el autor lanzar un mensaje alarmista sobre el futuro inmediato de España, pero sí advertir a los ciudadanos de un riesgo cada vez más próximo, sobre el cual existen datos evidentes. Partidario del diálogo para una convivencia en paz, el trabajo de Arístegui propone, sin embargo, una actitud firme y decidida frente a cualquier amenaza contra los fundamentos morales que sustentan el concepto cristiano de la dignidad del ser humano que es la base de nuestras democracias liberales.

RAFAEL GÓMEZ LÓPEZ-EGEA

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De manera inevitable, cuando se habla en la actualidad de confidenciales se piensa en primer lugar en la multitud de soportes en formato digital que saturan la red con sus informaciones. Pero hablar de los verdaderos confidenciales supone hablar de periodismo a la antigua usanza y, por tanto, hacer referencia obligada al papel. José Apezarena descubre un mundo apasionante que se remonta mucho más allá del nacimiento de la red de redes. Curiosamente, y al contrario de lo que uno pueda pensar al comienzo de su lectura, en esta selva del periodismo artesanal han habitado muchos de los grandes periodistas contemporáneos, algunos más familiarizados si cabe con las linotipias que con el ordenador y todos los periféricos que lo acompañan. Apezarena hace un recorrido por la historia de los más grandes y pequeños confidenciales y de su evolución. La información siempre ha sido un valor fundamental para la toma de decisiones y, por esa razón, la Administración y los diferentes sectores empresariales han vivido y viven todavía pendientes de la llegada del mensajero informativo. Apezarena destaca la exclusividad como el elemento diferenciador que caracteriza y describe tales soportes. Apunta también que los dos enemigos fundamentales que ha tenido esta pequeña industria han sido, por un lado, los intentos de los poderes públicos por acabar con ella, un claro ejemplo lo fecha en 1983 cuando, tras la llegada de los socialistas al poder, el gobierno dio instrucciones para suprimir todas las suscripciones a los boletines que tenía contratadas la Administración. Y por otro, el nacimiento de la fotocopiadora, que redujo de manera considerable el volumen de suscripciones. Entre los boletines que han alcanzado mayor predicamento señala títulos como Confidencial, Central Press, Euroletter, Of the record, Análisis político y Crónica, pero destaca sobre todos Resumen Económico, de Europa Press, que en su día llegó a ser bautizado como El Chivato. De todos ellos se nutre el trabajo de Apezarena que, en definitiva, es no sólo el resultado de una ardua labor de recopilación y síntesis de información, sino más bien una lección de periodismo susurrada al oído de las nuevas generaciones de informadores a veces más pendientes de los soportes que de los contenidos.

A.L.

Oponerse para ser alternativa

En Match Point, magnífica película de Woody Allen que goza de todos los ingredientes de las novelas de Dostoievski, se cita al principio del filme una frase inspirada en el dramaturgo ruso: «No me deis talento, deseadme suerte». En esta película, una bella mujer termina muriendo inocentemente en el fuego cruzado de los intereses, los egoísmos, las ambiciones, el dinero, etc., al ritmo de una historia implacable, tan inexorable como predeterminada por un destino inflexible y cruel.


La política tiene todos los componentes del gran juego de la vida: las desigualdades inherentes a la condición humana, la interacción de intereses enfrentados, la ambición de ganar, el azar, los medios empleados para lograr los fines, la influencia de los pecados capitales, el sentido trascendente de la vida para algunos frente al nihilismo de otros, etc. La política es vida en estado puro y por lo tanto se encuentra sometida a sus mismas reglas de juego y posibles consecuencias.


La suerte aparece como una cuestión decisiva en política, un elemento que habita en su propia esencia. Se adapta singularmente a la especificidad y peligrosidad del medio. Por ello, sabiendo cómo se las gasta, si hubiera que solicitar alguna virtud que la complementara para poder llevar a buen puerto un periplo exitoso por el mundo político habría que decantarse por la lucidez y la esperanza. Teniendo en cuenta que la lucidez no suele ser virtud permanente sino más bien intermitente, va y viene iluminando las encrucijadas. La esperanza, por otro lado, se transfigura en la fe, la ilusión y la confianza necesarias para alcanzar las metas propuestas.


Con un elevado porcentaje de probabilidad, se puede afirmar que sin producirse los trágicos sucesos del 11 de marzo de 2004, el Partido Popular hubiera solventado aquellas elecciones de manera positiva, con ciertos daños colaterales como consecuencia tanto de una poco discutible tensa situación política, como de un planteamiento estratégico erróneo a la hora de afrontar la campaña electoral, caracterizada por un enfoque excesivamente conformista y defensivo. Objetivamente no se pueden discutir los muchos éxitos de los ocho años de gobierno de Aznar, pero al mismo tiempo, no es menos cierto que el fortalecimiento de la relación internacional con EE.UU. y el consiguiente compromiso asumido en Iraq representaron un cambio cultural sin precedentes en cuanto a su profundidad y consecuencias. Es de todos conocido que en un primer momento estas posiciones motivaron un perjuicio leve de sus expectativas electorales, sobradamente compensadas por la buena gestión del Gobierno.


El panorama posterior arrojó dos víctimas: el drama humano irremediable de cerca de doscientas personas muertas, así como un número importante de personas maltrechas y lisiadas, y en un plano meramente político, la posterior decepción de millones de personas que vieron cómo su partido se veía obligado a abandonar el poder. La historia podría haber sido otra, pero los hechos y sus consecuencias ahí están. Nuevamente, el azar reivindicó un papel protagonista en el desarrollo de nuestra sociedad.


Nadie podrá discutir a Aznar sus grandes méritos como gobernante, ni siquiera la derrota electoral los invalida. Esa no debe ser la pregunta que debe formularse sino más bien la de cómo rehacer una opción de gobierno que gestionó con eficacia una parte de la historia democrática de España, la etapa finisecular y la del comienzo de siglo, para poder presentarla como garantía de esperanza ante la crítica situación política que vivimos hoy en España y que muchas personas, desde la responsabilidad personal, difícilmente se resignan a aceptar.


RECUPERAR LA INICIATIVA


La política tiene los mismos ingredientes que cualquier juego en el que se disputa un balón. El 14 de marzo de 2004 hubo un partido que lo perdió y el que tiene en política la posesión del mismo ejerce la iniciativa, encesta o golea, marca el ritmo del partido y tiene a su favor al público. El contrincante tiene que mejorar sustancialmente los porcentajes del titular del poder. Éste, al disfrutar de la posesión del balón, impone con mayor facilidad su estilo. Para volver a ponerse delante con el objetivo de volver a ganar hay que recuperar la posesión del balón, pensar la estrategia más conveniente, otorgar la responsabilidad a los más idóneos, retomar la iniciativa, generar una corriente de opinión pública a favor y acertar implacablemente en los mensajes. En definitiva, volver a crear ese ambiente alegre, confiado e inconfundible que acompaña al ganador con un áurea intangible pero cuya repercusión resulta infalible. Recuperar el poder no tiene nada que ver con administrarlo, el nivel de esfuerzo y de acierto que se exige para lograrlo es exponencial. Todavía habrá gente que desde el PP recuerde lo que supuso ganar las elecciones de 1996. Por eso un choque frontal entre «los dos grandes expresos políticos» llevaría asociados, como ya conocemos, niveles de enfrentamiento nocivos para la estabilidad del país: la toma de posiciones radicalizadas y una participación generalizada contra algo y, por lo tanto, el legado lo constituirá una herencia de divisiones congénitas.


Aunque la profundidad de la herida es muy grande y la tensión política es innegable, resulta necesario actuar con nobleza, generosidad y firmeza. El 14 de marzo dictó sentencia y la política sólo se hace asumiendo la realidad y construyendo el futuro desde su base y no estrellándose con ella. Por eso, y aunque duela, hay que afrontar tanto lo que ocurrió como lo que ocurre ahora en España y mirar al futuro con optimismo y limpieza. La política es una actividad muy concreta que consiste en conseguir o mantener el poder y desarrollar, en el ejercicio de gobierno, ideas y convicciones. Para poder hacerlo, el primer paso es asumir dónde se está y cómo se está.


No cabe duda de que España está en uno de los peores momentos políticos de su historia. Se han abierto, en un tiempo récord y de un modo irresponsable asuntos y cuestiones muy sensibles que afectan a la estructura del Estado, pudiendo provocar con ello daños irreversibles a nuestro país. Esta realidad política inaudita no se corresponde, en absoluto, con la realidad vital de la nación que se refleja más nítidamente en el esfuerzo de sus gentes y de su progreso. Tampoco se corresponde con la confianza en el futuro que tienen los ciudadanos o su realidad esencial derivada de su historia en común, de las reconocibles huellas de una convivencia mutua, de la corriente de simpatía y complicidad entre casi todos nosotros, la inmensa mayoría que nos consideramos inequívocamente españoles.


CENTRARSE EN LOS PROBLEMAS DE LOS CIUDADANOS


Es admirable el espíritu de superación, de competencia, de entrega, la moral de compromiso cotidiano con el trabajo que demuestran los españoles, y cuyo fruto más concreto es el crecimiento económico sostenido del país (3,4% en 2005), o el ritmo de crecimiento del empleo. Son los ciudadanos los verdaderos artífices de la obtención de unos datos económicos envidiables. Es familiar ya, la estampa de los atascos diarios en los accesos a los núcleos residenciales de sectores de clase media que a las 21:00 horas vuelven del trabajo, y que se repite de igual manera aunque en dirección opuesta a las 8:00 horas del día siguiente. Los españoles y su sostenido esfuerzo por conquistar el futuro son los verdaderos protagonistas del milagro económico español.


A esta realidad se contrapone un ambiente interminable de reyerta, de olor impregnado a saldos permanentes de deudas pendientes de cobrarse, deteriora la situación y produce la sensación de que la solución de los problemas reales de los españoles es accesorio, lo importante es tomarse la revancha o imponerse.


Por ello, es necesario recuperar un cierto fair play, una irrebatible buena fe, compatible con el compromiso político más acendrado y con la firmeza en las convicciones, pero también con la trascendencia y bondad que impelen a la consecución del bien común.


Porque el problema que vive España en estos momentos, y cuya acertada resolución nos concierne a todos, tiene como consecuencia el debilitamiento permanente y constante del Estado, que conlleva, a su vez, una privación de la eficacia necesaria para poder servir al conjunto de los ciudadanos resolviendo sus problemas, garantizándoles una igualdad independiente de su condición y pertenencia a cualquier ámbito geográfico, la plenitud de sus derechos y la prestación de los servicios que les corresponden como ciudadanos. Los llamados resortes del Estado, que constituyen la referencia común que garantiza el bienestar, las libertades y los derechos civiles, son utilizados como moneda de cambio para asegurar una mayoría política cuyo precio abona en efectivo una realidad social llamada España. Esa realidad social no es inmovilista ni está caducada, sino que es la España histórica, que se renueva por evolución natural, y que, en su propia naturaleza, es plural y garantista de la igualdad de todos los ciudadanos según señala la Constitución.


Hacia ese imparable e injusto sistema de auge de las minorías y penalización de las mayorías avanza de un modo fluido la cotidianeidad política arrasando a su paso lo que nunca se tenía que haber puesto en juego: el Estado y la unidad de la nación. Ésa será la consecuencia lógica salvo que se produzca una «conversión realista» del aspirante a gobernar que le permita alcanzar posiciones de poder.


El envite es de una gran dimensión, de dudosa moralidad, de consecuencias negativas a corto plazo e imprevisibles a no muy largo plazo. Introduce la incertidumbre en el rumbo del país, divide a la sociedad en aspectos esenciales que precisan de acuerdos nacionales leales a la «Hoja de ruta histórica» de la transición política y a su colofón constitucional. Por último, decanta a la izquierda gobernante hacia un sectarismo trasnochado que deteriora su tradición y convicciones democráticas al excluir a una parte esencial de la sociedad española que tiene la legitimidad de representar a millones de españoles en asuntos que afectan a la morfología de la nación.


No se guardan las mínimas formas democráticas. No se actúa con la responsabilidad política que la ocasión requiere al invitar al otro partido a estampar su firma en textos y proposiciones no debatidas, auténticos certificados de defunción, pero cuya denuncia en su literalidad lleva consigo descalificaciones argumentando que son maniobras de los que no saben perder, de los que crispan, de los inmovilistas constitucionales que envidian que el Partido Socialista haya sido capaz de construir una nueva España, eso sí sin rumbo, sin dueños, sin ataduras y quizá sin futuro. Para qué servirá tener grandes empresas españolas, con el esfuerzo y el acierto que ha supuesto fortalecerlas y dimensionarlas, si España no existe. Para qué si termina siendo un Estado virtual con la palabra España como una mera marca comercial y el país convirtiéndose en un conglomerado de minifundios donde cada región no es nada más que un porcentaje de los recursos de un Estado que actúa como una sociedad o holding, simple depositario de las acciones que son de otros, reintegrando cada año el dividendo a las distintas comunidades sin más implicación afectiva que ésa.


Muchos ciudadanos siempre han creído que los socialistas representaban a españoles que tenían sus propias ideas sobre el país y la sociedad, pero no dejaban de ser merecedores del mayor de los respetos por su compromiso con la democracia, la modernización de España, y la integración europea, como se puso de manifiesto en los años de gobierno de Felipe González. ¿Qué ha sido de ellos? La vocación de poder, renegando de los principios, ha provocado esta deserción. A pesar de las múltiples protestas y palabras de reproche por parte de algunos de sus dirigentes, se deja hacer, pasivamente, observando cómo se destruye lo que ellos también, y de un modo decisivo, ayudaron a construir.


OPOSICIÓN PENSANDO EN EL FUTURO Y NO EN EL PASADO


En el periodo comprendido entre dos elecciones cualquier gobierno es el foco de atención, es objeto de la crítica no sólo por parte de la oposición sino también de los sectores de opinión implicados en la actividad política. La oposición pasa un examen más benévolo porque se exigen más responsabilidades a quien ostenta el poder y los recursos de gobierno.


Por el contrario, en el periodo electoral las cosas cambian. A las mismas, suelen concurrir dos candidatos principales y lo más destacado de su séquito, uno representando al Gobierno protocolariamente saliente; y otro correspondiente al aspirante. Ambas candidaturas se someten a un examen con similares preguntas y el mismo tribunal pero, como todo en la vida, con la imagen que cada uno se ha ido labrando en los años previos. Puede haber transmutaciones, cambios o alteraciones, pero en lo esencial los electores tienen una concepción bastante elaborada y definitiva de los líderes y de aquello que postulan o defienden.


Con los hechos y actitudes consumados a lo largo de la legislatura, un político se autorretrata de forma permanente. Resulta imposible actuar eficazmente con dos caras. El objetivo es alcanzar el poder y para ello hay que trabajar, sin renunciar a la tarea de oposición, tan necesaria e ingrata, evitando que ésta sea un impedimento o lastre para la ulterior imagen de gobernante bien intencionado, serio y responsable.


El momento actual es decisivo para dar la talla porque en España se ha instalado, prefiero pensar que por inconsciencia más que por oscuras dobles intenciones, la política letal de cultivar la cizaña de la discordia con políticas discriminatorias en el ámbito territorial, concebidas de un modo partidista con el objetivo de resolver y facilitar la posesión del poder, y que amenazan con una desintegración de la unidad de España.


Pienso que la unidad de la nación de todos está por encima de las legítimas posiciones ideológicas de cada uno y de la disciplina de partido, ¿hay algo más reprochable que exigir disciplina para liquidar o menguar el Estado?


LA POLÍTICA ES SUMAR Y NO AISLAR


Por todo lo dicho es oportuna la advertencia sobre la tendencia de los partidos y sus dirigentes a tener una concepción patrimonialista de las organizaciones y de su propia posición política.


Los partidos están concebidos como organizaciones capaces de agrupar opiniones similares con objeto de lograr el poder y plasmar su programa a través de la acción de gobierno, revirtiendo al conjunto de la ciudadanía los beneficios obtenidos (el llamado bien común). Pero las organizaciones políticas tienen una junta de accionistas (los electores) que se reúne cada cuatro años y que también suelen manifestarse a través de la opinión pública en el transcurso de la legislatura. Los cargos no son en propiedad, quienes los ostentan deben estar al servicio de un proyecto, un político debe saber en cada momento mantener su lealtad al partido al que pertenece y al rol social que representa, no perjudicando en definitiva la consecución de sus propuestas, relegándolas a la primacía de sus intereses, sentimientos o ambiciones personales. Esta es la pregunta que, en un sistema democrático, el político tiene que estar en condiciones de hacerse y responder de inmediato.


Al mismo tiempo se debe hacer frente a la concepción de castas en política y huir del cainismo. Personas con una hoja de servicios importante (en la Administración o en el partido) deben ser tratadas con la gratitud que les corresponde, la que hace grandes a las organizaciones, y no recibir únicamente como recompensa a su generosidad y lealtad el más puro olvido.


La política consiste, muchas veces, en sumar e integrar como hizo José María Aznar en los años noventa y que nadie de su partido impidió. ¿Alguien le podría negar a Rajoy lo mismo? El centro es la mejor posición para sumar, dividiendo sólo se logra limitar el espacio político de la confluencia aunque en ocasiones se pueda ganar. La situación política y la responsabilidad inherente a los políticos serios exigen mayorías sólidas, lo más amplias posibles. Para ello, es necesario agrupar voluntades. No vale para nada situar la alternativa en la reivindicación de hechos políticos que hicieron perder las elecciones en 2004. De lo que se trata ahora es de acudir allí donde se encuentran los intereses de muchos ciudadanos españoles que ven amenazado su futuro y el de sus hijos. Ese lugar es, por ejemplo, el rechazo a los privilegios otorgados a determinados territorios, que relega a los demás. Allí es donde se encuentra el terreno abonado para la convergencia política, porque nadie va a aceptar que se le discrimine por su diferente situación y condición. El ejemplo más paradigmático de esto es el nuevo Estatuto pactado con el Tripartito, que es el verdadero caballo de Troya de la política en Cataluña y en España y que no ha hecho más que perjudicar a la propia Cataluña, encrespándola y enfrentándola con ella misma y con el resto de España, degenerando luego en una sucia lucha interna por el poder con un cambio súbito de alianzas políticas.


LOS CATALANES, LOS GRANDES PERJUDICADOS POR EL ESTATUTO


El Estatuto es el campo de batalla de una lucha encarnizada e inclemente por el poder. Hay dos sillas que son para el ganador y el colocado (complemento) con tres aspirantes (PSC, CIU, ERC) pululando incansablemente alrededor de las posibles combinaciones matemáticas de poder afectando su disputa no sólo a la composición del Gobierno catalán sino también al Gobierno de España. El patriotismo nacionalista se contorsiona patéticamente con los circunstanciales vaivenes de la cercanía y el alejamiento del poder. Eso sí, instrumentalizando siempre los verdaderos intereses de los ciudadanos de Cataluña en función de la actualidad y urgencia de su agenda política y de sus necesidades partidistas.


Aparecen así Cataluña y los catalanes como los grandes perjudicados de una situación política mezquinamente preelaborada y diseñada para ser rentabilizada políticamente por sus funestos autores. El daño infringido, en términos de confianza, a la relación entre España y Cataluña, anteriormente no exenta de complicaciones pero fundamentada en la lealtad a los compromisos, es incalculable. España y Cataluña tienen el mismo enemigo: el nacionalismo radical, que no sólo representa ERC sino también aquellos políticos que han hecho de la radicalidad su modus operandi, deteriorado la convivencia, tergiversando y contaminando el debate para abrirse un hueco político, es decir, una expectativa de poder. La responsabilidad no es sólo de ellos, sino que también es de los que se entregan a los enemigos de España dándoles el status de socios políticos cuando sus objetivos y métodos deberían ser diametralmente diferentes. La tradición socialista debería impulsar el esfuerzo de fortalecer España y engrandecer los principios y valores que lo conforman, mientras que el objetivo del nacionalismo radical es desequilibrarla, debilitarla para primar su concepción fragmentaria de España y, en consecuencia, «blindar la desigualdad» entre territorios y entre españoles. Es ese el sentido que tiene la relación de bilateralidad que busca el Tripartito. Mientras tanto, otros esperan su oportunidad ejercitando el cálculo político sin más vocación que la de volver al ejercicio del poder y la añoranza de la melancólica y reconfortante imagen de verse «partiendo el bacalao».


Pero Cataluña es mucho más que los políticos y dirigentes que padece. Cataluña tiene un papel claro como vanguardia de España, como ejemplo de modernización y bienestar paradigmático del conjunto de la nación. La denuncia del daño provocado por el nacionalismo radical y sus cómplices o beneficiarios a la relación de confianza entre España y Cataluña debe ser compensada con la mano tendida, sin intermediarios, a los buenos ciudadanos catalanes que asisten perplejos a una satanización general, de la que ellos no sólo son las víctimas principales, sino también sus creencias más arraigadas y sus ambiciones de futuro que son utilizadas como escudos en una guerra política manipulada que dejará una huella difícil de borrar.


El Estatuto es una mera arma arrojadiza, para enfrentar y dividir, auspiciado por castas políticas, ajeno a las necesidades de la gente. Desgraciadamente, la factura de sus consecuencias la van a pagar los ciudadanos de Cataluña y de España y no los políticos que concibieron el demoledor artefacto. Adoptar ahora, desde el poder central, una teórica posición de firmeza en la tramitación del Estatuto —preparando quizás una cinematográfica escapada con cambio de pareja incluido— no haría más que resaltar la frivolidad, inexperiencia y «frescura» del sujeto político concernido.


El comunicado de la banda terrorista ETA, que habla expresamente del resultado de la tregua en Cataluña como beneficiosa para la convergencia entre la izquierda abertzale y el independentismo catalán, no hace más que incidir en la imposibilidad de que un Gobierno nacional esté respaldado por un partido como ERC, que ha intentado y parece que con éxito —por los contactos de Carod en Perpiñán con la dirección de la banda— que Cataluña tuviera un cordón de seguridad respecto a ETA, aislando la mecha fuera de sus territorios y blindando así a sus habitantes de la lacra terrorista, con declarada indiferencia a lo que les pudiera pasar al resto de los españoles. Todo ello como premio a una subliminal pertenencia al grupo de «los no alineados», es decir, a los neutrales frente al terrorismo.


Quien mantiene una posición tan escandalosamente inmoral está deslegitimado para ocupar posiciones de gobierno, pero también hay que repudiar al que por necesidades de acceso y mantenimiento en el poder pacta con ellos e ignora comportamientos tan graves. A veces, cuando se intenta rectificar es muy tarde, el PSC no parece que acepte ser relegado a posiciones de «oposición eterna» en Cataluña para que el PSOE gobierne con CIU en Madrid.


Pero ésta no es la única amenaza de epidemia provocada desde el laboratorio «monclovita», y cuya propagación puede arrasar la vertebración territorial del Estado, sino que también se está tramitando la devolución a ETA, arrinconada y felizmente maltrecha por la actuación policial y judicial durante los Gobiernos del PP, al primer plano de la actualidad como un interlocutor en simétrica igualdad, al menos en el aspecto mediático, que el Estado de Derecho. La abstención del PSE en el Parlamento vasco que aprobó una resolución instando a una «paz sin vencedores ni vencidos» es propia de los que sacrifican la dignidad — no sólo política— por el «situacionismo» político. HB y sus dirigentes están ilegalizados y, por lo tanto, fuera de las instituciones, lo que significa entre otras cosas que no viven del presupuesto. Por otro lado, ETA se encuentra sin cabeza visible y sin más expectativa de futuro que la de hacer todo el mal que pueda y le dejen hacer, como siempre. Pues bien, se quiere aliviar la situación de debilidad del conjunto de una organización omnicomprensiva (política y militar) ofreciéndoles un flotador desde las instituciones democráticas para salvar al náufrago y luego escenificar «una reconciliación histórica» oficiada por alguien que parece que actúa desde la equidistancia moral en una de esas situaciones en las que nunca se puede ser neutral.


LA HORA DE PONERSE EN MARCHA


Llegado a este punto se podía invocar para este Gobierno la condescendencia y ayuda debida, reservada al que no sabe y sin embargo administra legítimamente la dirección del país, pero es tan grande el daño moral causado en el conjunto de la sociedad, que no se debe aceptar pagar un talón al portador con cargo a la memoria y a la dignidad del pueblo español. Las medidas de gracia previstas en la Constitución son la única y generosísima contrapartida que permite la ley en el caso de que ceje la violencia y lo demás es jugar a la ruleta rusa apuntado a la cabeza y al corazón de ese único hombre y nombre, que somos todos cuando se nombra la palabra «terrorismo».


En fin, en este escenario, en el que Dostoievski hubiera podido dar rienda suelta a su imaginación y ejercer como cirujano del alma humana (¿qué es la política si no psicología de masas?), transcurre peligrosamente la actividad política en nuestro país. Se echa de menos el entendimiento, sino entre los dos grandes partidos, sí por lo menos entre cualificados dirigentes de los mismos, porque solamente un sólido entendimiento entre políticos responsables con representación política adecuada podría detener este alud de barro y piedra contra el Estado constitucional. Es sabido pero no debe ser olvidado, por si alguien se la va la mano, que Rodríguez Zapatero es el presidente constitucional de este país, y por lo tanto, ante la imposibilidad de establecer mayorías alternativas en la actual Cámara, sólo una derrota limpia y democrática en unas próximas elecciones generales podría dar lugar a un amplio entendimiento sin límites entre PP y PSOE. Aunque fuera por un tiempo limitado para centrar al país, dar estabilidad y fortalecer las instituciones y sobre todo que dejase muy claro a los demás actores políticos que los dos grandes partidos mayoritarios nunca más van a transigir con el chantaje político, oficio de advenedizos o revendedores políticos que comercian con sus servicios para obtener privilegios, desequilibrando el Estado y perjudicando el prestigio de sus comunidades a cambio de perpetuar determinadas castas políticas, con su estilo mercantilista y disolvente.


Es la hora de ponerse en marcha, de partir, integrando a mucha gente que quiere lo mejor para una España abierta, plural y moderna. Sin exclusiones, sin racanearías, sin más equipaje que sólo lo que une a los españoles dispuestos a tomar generosamente partido en esta hora de España, para salvar aquello que nunca se tenía que haber puesto en juego. Sólo para eso. Nadie debe confundirse incluyendo «equipaje adicional» en las mochilas de los que van a ir «a cuerpo limpio», a restablecer las cosas de todos a su justo lugar.


No limitemos el número de esa mayoría sensata, respetuosa y llena de buena fe, que existe y que hay que orientar. Deseémosle suerte.

Del estatuto y otras cosas

Tal como están las cosas en las primeras semanas de marzo, es más que probable que dentro de pocos meses las actuales Cortes Generales hayan aprobado el proyecto de nuevo Estatuto de Cataluña que ahora se debate en la Comisión Constitucional del Congreso. Y que el texto final resultante se parezca como una gota de agua a otra al acuerdo extraparlamentario pactado por los jefes de los partidos socialista y «convergente».


Si esa razonable previsión pasa a ser «noticia», no será ciertamente una «buena noticia», ni para Cataluña, en primer lugar, ni para el resto de España o, más bien, para España.


Votarán a favor en ambas Cámaras los socialistas y comunistas y los nacionalistas de CIU; seguramente también los nacionalistas vascos y algún diputado suelto que siempre hay. Se sumarán a esa suficiente y precaria mayoría, quizá tapándose las narices y soltando por la boca algún exabrupto «para que no digan», los republicanos independentistas de las siglas ERC.


Pero desde el primer momento será un Estatuto claudicante. Ley orgánica de todo el Estado español tendrá en contra, antes de empezar a andar, a más del cuarenta por ciento de los electores nacionales y a un muy estimable —si no muy alto— número de los ciudadanos que habitualmente votan socialista en las otras Comunidades Autónomas, en algunas de los cuales su partido suele ser mayoritario. Si en una imaginaría e indemostrable operación aritmética se añaden a esos dos grandes bloques los catalanes que no quieren el nuevo Estatuto, o porque les parezca mal o porque prefieren lo que hay, el resultado sería que la nueva «constitución» de Cataluña estaría moralmente desaprobada por una amplísima mayoría de ciudadanos españoles.


España no se va a romper por eso. Su unidad viene de más de cinco siglos y su vocación nacional de casi dos milenios. En tiempos anteriores fue muy costosa de alcanzar y las gentes ilustradas, que son muchas, lo saben. Además, gracias a la todavía reciente democracia, esa unidad nacional está asegurada por las dos anclas que representan la Monarquía y la pertenencia a la Unión Europea.


Pero España no dejará de resquebrajarse con una Cataluña debilitada a nivel nacional, alejada del país de que forma parte y con una forzada tendencia a encerrarse en sí misma, mientras un conjunto de Comunidades y de ciudadanos españoles pueden empezar a mirar a Cataluña y a su pueblo como gente extraña o por lo menos rara. Nada ya de «ara decidirem» ni de «opas» desde allí. Esa entrañable parte de la nación española, con su cultura, su lengua y su economía que es Cataluña, será vista por muchos ciudadanos de este país como «cosa de ellos», como un asunto ajeno.


El proyecto de Estatuto, en su letra y en su inspiración, plantea varios problemas de tan difícil encaje constitucional que para los más hábiles y comprometidos juristas serán de imposible solución y que los más avisados y sofísticos parlamentarios no acertarán a explicar.


Lo primero que choca es el preámbulo que han aprobado entre la mayoría gubernamental y sus nuevos, y temporales, asociados de Convergencia. Será difícil a los investigadores de mañana encontrar precedentes de un texto preambular tan largo, tan premiosamente redactado, con tan manifiestas inexactitudes y tan salpicado de contradicciones. Parece que fue Ortega el que dijo alguna vez que la poesía consistía en eludir el nombre cotidiano de las cosas. Es algo que han conseguido, trabajosamente sin duda, los redactores de esas tres o cuatro páginas. Para no decir de una vez y claramente que Cataluña con esa ley se constituye en una «nación» se emplean palabras y frases que significan precisamente eso, más o menos enmascarado con las palabras «nacional» (tres veces repetida), «nacionalidad» e incluso la misma voz «nación» que para el consumo de los españoles de otras comunidades o regiones se quería evitar.


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Los preámbulos forman parte de las leyes igual que los prólogos de los libros. No son algo separado y distinto como el Nodo con las películas en el régimen anterior. En el sistema parlamentario español se debaten y se votan con los mismos trámites que los artículos de las leyes a las que enmarcan y sirven de introducción, como ya han hecho los ponentes de la Comisión Constitucional. Ciertamente los textos de un preámbulo, por su misma naturaleza y función, son más declarativos que imperativos. Pero esa es una condición que comparten, sobre todo en los códigos constitucionales, con los preceptos del que suele llamarse título preliminar o primero.


En los preámbulos se dice quién y con qué autoridad dicta o aprueba una norma y se marca el ámbito institucional y social, también territorial en su caso, a que afecta. El del actual proyecto estatutario dice que esta ley se fundamenta en la Constitución (se supone que en la de 1978), pero también en unos «derechos históricos» de tiempos de Pedro IV de Aragón que reinó en Aragón y Cataluña —además de otros territorios— durante más de cincuenta años en el siglo XIV. Añade que el Parlamento barcelonés ha definido a Cataluña como nación y que «la Constitución española, en su artículo segundo reconoce la realidad nacional de Cataluña como una nacionalidad». Pero eso no es cierto, porque en ese artículo segundo de la Constitución española no se menciona a Cataluña para nada. Y los «derechos históricos» allí y en otros lugares suelen ser una invención tan fantástica como imprecisa.


El preámbulo, pues, y la declaración de Cataluña como nación enfrentan innecesariamente estos primeros párrafos del Estatuto con el lugar de la Constitución en que se lee que ésta «se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común etc». Pero el texto del proyecto no es inocente, porque en él se diseña el marco bilateral en que los nacionalistas, independentistas o no, quieren encuadrar las relaciones de «nación a nación» de la Generalidad con el Gobierno del Estado, con consecuencias en los campos de la cultura y de los dineros públicos. El actual proyecto tiende manifiestamente a conseguir que en la enseñanza pública y privada, desde el parvulario a la Universidad, el español se convierta en una segunda o tercera lengua (si la segunda en algunos centros o planes de estudio fuera el inglés). El conocimiento y la práctica del castellano en el mundo no saldrían sensiblemente disminuidos, por ser la primera lengua de más de cuatrocientos millones de personas en el mundo. Pero a Cataluña y a su cultura causaría daños de difícil reparación. Incluso a la industria editorial y hasta a la comunicación informática de los castellanoarlantes de Cataluña, que de hecho son todas las personas de allí.


Un sistema de financiación propio de Cataluña llevado a los extremos a que apuntan las competencias que el Estatuto conferiría al Parlamento catalán y a la Generalidad, podría distorsionar la unidad de mercado de España con posible y grave perjuicio de la economía catalana, que funciona con bancos e instituciones de crédito de todo el Estado y una rica y floreciente industria cuya primera y principal clientela está en todas las otras «regiones y nacionalidades» españolas que dice el artículo segundo de la Constitución.


El nuevo Estatuto una vez sancionado por las Cortes Generales ha de ser sometido a referéndum del electorado catalán. Desde el partido del Gobierno y sus satélites del tripartito y los «convergentes» parece que se aspira a que la votación popular refrendataria tenga lugar en junio. Mucho hay que correr para ello, pero es posible. Alguno de los más habladores ponentes socialistas de ahora apuntó a esa fecha delante del autor de este artículo en el pasado mes de octubre. Pero sea antes del verano o después le quedará poco tiempo a la legislatura catalana actual y no mucho más a la nacional de España para ponerlo en práctica.


El Estatuto de Cataluña no es el único y principal asunto que ocupa la atención de lo ciudadanos españoles, de los medios y de la opinión pública. Quizá estén por delante otros problemas, como la inmigración y el terrorismo, que son también cosas de estos días. Hay otras cuestiones de mayor trascendencia para el futuro nacional de España a corto y medio plazo. Son las que constituyen la nueva «revolución de terciopelo», que están poniendo por obra el Gobierno socialista y la dócil y corta mayoría parlamentaria de sus satélites republicanos de IU y de ERC que siempre les apoyan votando sus leyes sobre la familia —o contra ella—, sobre la educación y sobre la vida. Con los nada estridentes modos con que Havel y los suyos lograron implantar las libertades en su país, los gobernantes españoles de ahora parece que se han propuesto privar de ellas no sólo a los fumadores, sino al sistema escolar, a la intimidad de los hogares, a la naturaleza de la vida humana con esta especie de contravalores laicistas que se proponen implantar en la sociedad española.

Dos hombres a mitad de camino

Aunque todos los pronósticos aventuraban que la película del amor entre dos vaqueros barrería en la gala de los Oscar, Brokeback Mountain conquistó sólo la estatuilla al mejor director, que no es poca cosa, y dos figuras más en la pedrea de los premios menores, que estuvo muy repartida. Pero lo que sí ha conseguido Ang Lee, el director galardonado, es que la estampa del vaquero de Marlboro cobre una dimensión diferente a la hora de contar una historia con sus sentimientos. A John Ford no se le había ocurrido.


Esta audaz mirada sobre las relaciones humanas quizá pueda chocar en alguna parte, pero no en la España actual, donde el registro civil va a sustituir la vieja nomenclatura de padre y madre por progenitor A y progenitor B, después de que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se empeñase en sacar adelante una ley dando carácter de matrimonio a las uniones entre personas del mismo sexo. Un viejo chiste basado en el asombro que producía el afecto que se tenía una pareja, dado que la formaban dos números de la Guardia Civil, habrá perdido toda su gracia para las generaciones futuras.


Al hilo de la actualidad de los Oscar de Hollywood la figura del vaquero, ese hombre solitario acostumbrado a resolver problemas sin ayuda, que lo mismo se prepara un café al amanecer que da consejos con la pistola, como cantaba el mexicano Jorge Negrete en el corrido La feria de las flores, nos sirve para analizar a los dos vaqueros que tenemos en el primer plano de la política española, Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy.


Estos dos políticos no se quieren nada, sino todo lo contrario. Se encuentran a mitad de un camino fundamental en sus vidas: uno, Zapatero, quiere revalidar el éxito imprevisto que obtuvo hace dos años, a raíz de un misterioso atentado que nadie ha conseguido todavía explicar. (Ahí sí que sería estupendo que el juez Del Olmo se transformase en Gary Cooper y, sin convertirse en «el juez de la horca», que aquí está prohibida, desentrañase lo que realmente pasó). El otro, Rajoy, después de haber sido el registrador más joven de España, de haber obtenido 23 matrículas de honor en 25 asignaturas de la carrera de Derecho, de ejercer como consejero en la Xunta de Galicia y como ministro en diversas carteras en los Gobiernos de Aznar, no tiene ahora más objetivo que recuperar el poder para el centro derecha y continuar la obra reformista de su predecesor y amigo, que, entre tres aspirantes a la herencia, decidió inclinarse por él.


Durante dos años Rajoy ha tenido que arrastrar una pesada carga: estaba destinado a ser jefe de Gobierno y no líder de la oposición. Por tanto, si el PP no despegaba en las encuestas, si el Gobierno, con sus poderosas armas y su creciente descaro, llevaba la iniciativa, es que él no estaba a la altura de las circunstancias. Pero en dos años de oposición ha conquistado el título de mejor parlamentario y, en cuestiones básicas para la vida de la nación, descuidadas por el Gobierno, ha tenido que representar un doble papel: ser el cabecilla de la oposición y, al tiempo, defender los intereses nacionales como si se sentase en el banco azul. Así pasó con el rechazo por las Cortes del secesionista Plan Ibarretxe. Ese día pudo decir, como Alfonso Guerra cuando era vicepresidente, que resultaba muy duro ser a la vez Gobierno y oposición. Bolívar y Bismarck en una persona, el imposible de Cambó.


Ahora, a mitad de la legislatura, Rajoy ha dado a los suyos la señal que estaban esperando. La deriva errática del Gobierno, enredado en dos asuntos de enorme calado, ha ayudado a ello. En la convención nacional del PP, celebrada durante tres días de marzo en la feria de Madrid, coincidiendo con el décimo aniversario de la victoria que lo llevó al poder por ocho años, los propósitos de Mariano Rajoy se han puesto vigorosamente de manifiesto. El lema de la convención, una asamblea del partido entre congresos, que, aunque no tiene capacidad para tomar acuerdos organizativos, sí que sirve para aquilatar posiciones, era, en su rotunda concisión, excelente: «Hay futuro».


La convención no sólo resultó moderna, alegre y bien organizada, sino que aportó ideas, movilizó a los jóvenes, hizo justicia al pasado y fue expresión de ese milagro político que proclaman las encuestas y que es la fidelidad de su electorado al Partido Popular. A una gente que no se derrumba después de los sombríos episodios acaecidos entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, y a la que no sólo la desmontan lo conseguido, como el Plan Hidrológico o la Ley de Educación, sino que la invitan a contemplar, casi sin posibilidad de opinar, el espectáculo del incendio del Estatuto, que consagra a Cataluña como nación, o la negociación con los terroristas para conseguir una tregua «como sea», hay que decirle en voz alta que hay futuro.


Lo hizo Mariano Rajoy como remate a una convención en la que Aznar no escatimó su apoyo a su sucesor al frente del PP, y en la que contó con la claridad de ideas de los principales dirigentes del partido y la complicidad entusiasta de uno de los líderes más enérgicos, lúcidos y brillantes de la derecha europea, como es el ministro del Interior francés, Nicolás Sarkozy.


Rajoy, en un discurso largo, muy crítico con el Gobierno socialista y con su presidente, articuló su oferta a la sociedad española, se brindó a ser cauce político para los socialistas desengañados y tendió su mano a Zapatero para «evitar que se cometan errores de difícil arreglo» en dos temas vitales: la política antiterrorista y la organización territorial del Estado.


Como Zapatero y Rajoy se miran de reojo, el PSOE montó un show en Valladolid, con el pretexto de rematar una campaña informativa sobre la Ley de Dependencia, pero pensado para aminorar el eco de los tres días de cónclave popular, con titulares, fotos y espacios en las televisiones. El presidente del Gobierno no bajó la guardia y atacó todo lo que pudo al Partido Popular, del que dijo que repetía en esa convención «las viejas políticas y las viejas falsedades».


Eran otra vez los dos primeros vaqueros de la política española acariciando las culatas de los colts. Zapatero ha llegado a la mitad de su camino sabiendo que será difícil que, por mucho que uno quiera creerse lo que dice, que es en los gobernantes obligación similar a la fe que exhiben los entrenadores de fútbol, puedan repetirse las circunstancias que le llevaron al triunfo en las urnas el 14 de marzo de 2004. De ahí que busque ansiosamente atraerse a las minorías, a los nacionalistas, a las mujeres, a los nostálgicos de la República, sin es que quedan, al mundo radical, en el que se siente cómodo, para frenar el avance lento, tenaz, del PP. Todos contra el PP, como una repetición del Pacto del Tinell, será su receta para intentar seguir gobernando. Pero antes tendrá que pasar por las elecciones autonómicas y municipales, donde la oposición mostrará también toda su fuerza.


Y es que al otro extremo del camino Mariano Rajoy ha iniciado su andadura. El final de la película será como en los westerns tradicionales: uno de los dos contendiente tendrá que morder el polvo.

Otto Dix, la pintura del testigo

En las obras de Otto Dix encontramos la factura de un gran artista y un diálogo insobornable con la tradición, pero siempre bien mezclados en la paleta con la clara fidelidad a lo que él llama su voz interior: «Me lleva a alguna parte sin que me diga qué sentido tiene», confiesa. Precisamente por ello, su pintura no es una huida del sentido. Es una indagación profunda en la más estricta realidad; la invención, el descubrimiento, de un camino libre y propio, de un diálogo personal con el tiempo y con el hombre. Dos de sus opiniones así lo cimentan: preguntado por Lajos Kassak, Dix afirmará en 1958 y con rotundidad que «en el arte no hay progreso» y también que «sólo existe el arte realista». Desde esta perspectiva, su diálogo con la tradición sólo puede entenderse ya como la búsqueda, en los referentes de los grandes maestros y sobre todo en la iconografía cristiana, de los elementos que le permiten lograr la expresión más aproximada, veraz o realista de aquello que ha vivido. El pintor, con Dix, es el testigo.

«SER CAPAZ DE DECIR SÍ»

¿Y para qué poetas en tiempos de miseria?, se había preguntado Hölderlin. «Hay que ser capaz de decir sí; sí a las manifestaciones humanas, que están ahí y lo estarán siempre», le responde Dix desde las trincheras. Y sabe lo que dice, porque ha pasado años y ha sido herido en ellas. Precisamente, para dar testimonio tanto de la alegría como del dolor y la iniquidad, desde la inocencia que suponen el dibujo, el carbón, la aguada, modula ese gesto de la tradición pictórica para invocar ex profeso, para despertar, sacudiéndola si fuese necesario, nuestra conciencia. «Yo pinto naturalezas muertas. La furia no se puede pintar», revela. Naturalezas muertas: bodegones donde los seres y las cosas que dibuja llevan toda su vida y toda su muerte a cuestas. Así también pueden entenderse sus retratos, «still life» entre la esperanza y la desolación. Pero es que él mismo comparte esa carga, ese mundo sombrío, y nos ofrece su testimonio. Cabe recordar que sólo un tiempo, un paso más allá, bajo el peso de las cenizas del Holocausto, otro poeta, Paul Celan, le reprochará a su propia angustia: «Nadie testimonia por el testigo».

Otto Dix en su estudio de Hemmenhofen, 1964. Fotografía de Stefan Moses

Otto Dix en su estudio de Hemmenhofen, 1964.
Fotografía de Stefan Moses

EL TRIUNFO DE LA MUERTE

Otto Dix sale de su experiencia en la Gran Guerra no pintando a los héroes en sus senderos de gloria, sino balumbas de cadáveres reventados sobre las trincheras. Y en el momento en el que la sociedad alemana se abandone al vértigo de su euforia, el pintor le recordará aquello que quiere ocultarse: la deformidad, la prostitución o la decrepitud y las mutilaciones de los veteranos. Y cuando triunfen los nazis en política, Otto Dix mirará a Brueghel y Grünewald y repintará El triunfo de la muerte y Los pecados capitales. ¿Cabe apelar a un mayor compromiso, arrojar una mirada más penetrante y resuelta sobre la realidad y sobre la tradición? ¿Cabe una búsqueda más fidedigna del sentido? Por ese testimonio ofenderá tanto a la dictadura de Hitler, que lo repudiará y lo calificará de artista degenerado; y también por ello verá destruidas muchas de sus obras.

Otto Dix en, 1964. Fotografía de Stefan Moses

Otto Dix, 1964.
Fotografía de Stefan Moses

Dix es vitalmente un humanista, nietzscheanamente humano, demasiado humano. Un artista de la órbita cultural cristiana, otra «hormiga solitaria en el hormiguero destruido de Europa», como en 1945 se describía a sí mismo Ezra Pound desde su jaula en Pisa. En la iconografía sagrada Otto Dix encuentra los referentes de la ruina presente, los ejemplos como Job, el Ecce Homo, el Varón de Dolores, la Crucifixión y otros que le permiten interrogar directamente por el sentido al mundo que le ha tocado vivir, que le oprime y cuya experiencia le abruma. También, un poco antes, había hallado en la iconografía cristiana —por ejemplo, cuando se retrata como San Cristóbal, portando a su hijo —una proyección esperanzada del futuro. Ahora bien, los suyos no son cuadros religiosos en un sentido estricto. En realidad él mismo declaró: «No soy cristiano, pues no puedo ni quiero cumplir la grave exigencia: Seguidme». Otra vez en los antípodas del manifiesto, de quien hace proselitismo de su modo de entender el arte. No quiere ser ejemplo para nadie. Sólo rebusca en las viejas imágenes gastadas. Pero se inscribe radicalmente en la tradición cultural cristiana porque ha sabido convertir definitivamente —como dice Ulrike Lorenz en el catálogo de la muestra de la Fundación March— los arquetipos sagrados en símbolos comunes, para todos los seres humanos, de la angustia y la esperanza en un mundo oscurecido. No lo hace desde la fe heredada —su escepticismo de imantación nietzscheana (Dios ha muerto) no podría enarbolarla—, sino que, fiel a su voz interior, comprometido hasta el fin, exprime alegorías apenas cifradas para subrayar los signos que percibe en un presente orientado hacia el desastre… Quién sabe si, paralelamente, habla del nuestro.

Así que nada de degeneración, ni un ápice de escapismo, ni un arte al servicio de una revolución o de cualquier otra ideología; nada de aberración que no sea el reflejo de una aberrante realidad, tratada con la rigurosa mirada que la enfoca, encontraremos en Dix. El pintor vive inmerso, es cierto, en el tiempo y en el modo de las vanguardias históricas, pero mantiene su pensamiento y su pintura lejos de un fácil acomodo gregario en los ismos. Tengamos también en cuenta que dos de sus más importantes obras actualizan de manera brillante un formato tan ejemplar como es el tríptico para tratar dos asuntos graves: la guerra y la locura de la gran ciudad en aquel pasillo incauto de entreguerras.

LA HONDURA DEL TESTIGO

No vivimos a salvo —nunca se vivió a salvo—, sino sitiados por nuevos desafíos y contradicciones que pueden rasgar fácilmente el velo de lo que entendemos como realidad, lo que creemos realidad asentada. Pero nos encanta saciarnos acariciando la tersa piel de las artes plásticas. Y qué dulzura, qué intenso deleite proporciona limitarse a ese gesto de primera intimidad con las pinturas, esculturas u otras formas artísticas. Es una manera civilizada de dejarse asaltar por la emoción que nos despiertan, o de provocar esas emociones que, en el fondo, están alimentadas o —mejor dicho— adiestradas desde los inicios de nuestra educación estética, y que, además, nos ayudan a comprender el mundo, con el no desdeñable precio de compartimentarlo: dividimos la historia en eras y escuelas que, de un modo a la postre pacífico, transitan y se superponen para darle un sentido «cultural» a nuestra contemplación.

Mas no debemos desdeñar la hondura del testigo. Tal vez ésta sea una exposición más contemporánea, o que merece la pena no ver sólo desde ese punto de vista «cultural». La vida de un artista es mucho más complicada que lo que los manuales de Historia del Arte transparentan. Incluso, muchos pintores han hecho de su rebelión contra esa lectura «cultural» el motor de su creación. Se hacen provocadores y exigen una mirada muy libre para profundizar en su mensaje. Pero algunas veces crean, aunque sea a su pesar, un modo tan antitético y tan rabioso contra esa visión «cultural» —un modo «contracultural» en sentido estricto— que cae presa de los mismos defectos que denuncia, de la misma relación epitelial, de idéntica «superficialidad». Por eso vale la pena asomarse al diálogo de Dix con el pasado, con aquel tiempo de las vanguardias y también con el nuestro. Recordemos que en su prólogo a El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde señaló la grieta fundacional del edificio estético: quien se adentra bajo la superficie en una obra de arte lo hace a su propio riesgo.

Asuntos como los límites de la libertad del artista para elegir la expresión y la invocación de realidades y tradiciones, hoy puesta en tela de juicio por la publicación de unas viñetas en Dinamarca, a pesar de la sangre —y la inteligencia— que fue derramada para conquistarla; temas como la revisión de la heredad y el ser de Occidente, visible en nuestra manera acomplejada de ocultar el pasado y de asumir algunos valores de la cristiandad que fuimos —hoy a debate en manifiestos y ayer en la Constitución de la UE—; incluso otras polémicas públicas sobre la conveniencia de mostrar la crueldad de las imágenes de una guerra, los vídeos con el degüello de rehenes secuestrados en Irak o las fotos de los ataúdes de marines —los disímiles senderos de la gloria— devueltos a Estados Unidos. El precio — o el desprecio— de una vida, la dignidad de las víctimas. Todo ello vibra en nuestro interior mientras contemplamos los lienzos y dibujos de Otto Dix. El pintor de aquellas batallas sigue siendo —y tal vez para siempre— nuestro testigo. Aún nos sorprende su honestidad, la de esa afirmación: «Sí, sí a las manifestaciones humanas, que están ahí y lo estarán siempre». Y sólo bajo esta percepción, orgullosa y doliente a un tiempo, podremos testimoniar por él, como quiso Celan.

Certezas y errores en torno a la LOE

La LOE ha entrado en la recta final de su tramitación legislativa. Dentro de unas semanas será aprobada en el Senado y, en cuanto sea votada de nuevo en el Congreso, la nueva reforma educativa estará ya vigente.


Las modificaciones introducidas en el Congreso han sembrado la confusión entre algunos ciudadanos. ¿Se ha modificado sustancialmente la ley? ¿Los acuerdos a los que ha llegado el partido del Gobierno con alguna organización educativa —en concreto, la Federación Española de Religiosos de Enseñanza (FERE)— invalidan las críticas de quienes convocaron la manifestación del 12 de noviembre, una de las mayores que se recuerdan en nuestra historia reciente?


La respuesta es muy clara: no. La estrategia desplegada por el Gobierno ha sido, sin duda, muy hábil. Ha llegado a acuerdos parciales con una organización de la comunidad educativa (que todavía considera que la ley presenta importantes carencias, conviene recordarlo) y ha realizado algunos cambios en la redacción del texto. Cambios de escaso calado, pero que ha sabido rentabilizar bien.


¿Qué ha pasado entonces exactamente en el Congreso? Para interpretar correctamente las modificaciones que el Gobierno ha introducido en la Cámara Baja, es preciso atender al texto completo del proyecto y a lo que de hecho ha sucedido cuando formulaciones jurídicas similares se han llevado a la práctica. Me refiero concretamente a la LOGSE, ley que inspira toda la LOE.


La mayor parte de los cambios afectan a la escuela concertada, y eso es lo que ha generado tal confusión en muchas familias. Efectivamente, varias enmiendas recogen peticiones de un sector de la concertada y atienden a necesidades específicas de sus centros. Otras modificaciones aparentan avances generales en el ejercicio del derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos, pero vienen acompañadas de otras que constituyen obstáculos o limitaciones al ejercicio de tal derecho.


Una de las claves se encuentra en el artículo 114.4, por el que todas las «concesiones» que hace el Gobierno para facilitar la concertación las deja al arbitrio de las CC.AA. Es decir, cede a las CC.AA. algo que hasta ahora era propio del Estado. Conviene subrayar que ninguna de las leyes educativas precedentes contiene tal disposición.


Al ceder esa competencia, el Gobierno tendrá que derogar el Decreto de conciertos actualmente vigente (el de 1985) y, para sustituirlo, tendrá que elaborar uno nuevo que, siguiendo lo establecido en la LOE, no podrá ser más que un decreto generalista, limitado a la declaración de principios básicos, obligado a dejar un amplio margen de interpretación a las CC.AA.


En consecuencia, las disposiciones para la concertación de centros variarán en función de cada comunidad autónoma. Así, algunos principios que, fruto de algunas negociaciones, la LOE recoge a favor de la libertad de elección (y que facilitan los conciertos) nunca llegarán a concretarse.


El artículo 114.4 convierte, por tanto, todas las modificaciones a favor de la libertad en papel mojado y va a permitir a las CC.AA. que no tengan intención de facilitar la libertad de los padres (están en la mente de todos) actuar en su contra sin grandes problemas. Dicho de otra manera: las modificaciones que se han introducido en el Congreso a favor de la libertad vienen acompañadas de inseguridades jurídicas para quien desee obtener un concierto.


Otra de las claves está en el principio que la LOE establece de rentabilidad de los recursos públicos. Aunque ha suavizado la redacción del artículo 109, sigue manteniendo el «principio de economía y eficiencia en el uso de los recursos públicos» para la programación de la red de centros. Este principio puede llegar a constituir un fácil recurso al que las CC.AA., que son quienes conceden el concierto, podrán apelar para restringir o denegar un concierto.


Una consecuencia concreta de la interpretación de algunos artículos de la LOE a la luz de este principio será la dificultad para la concertación del segundo ciclo de Infantil y la concertación en las zonas de nueva población. Por otra parte, la LOE sigue prescindiendo de la demanda para acceder al régimen de conciertos o para solicitar su ampliación: de nada servirá a un centro tener mucha demanda cuando quiera abrir una nueva línea. Y nada obligará a la C.A. de turno a conceder un concierto por mucha demanda que éste tenga.


Otras modificaciones, finalmente, no son sino un burdo maquillaje. Por eso, en conjunto y respecto a la libertad de elección, la LOE viene a ser una ley todavía más capciosa que la LODE, una ley con la que aquellas CC.AA. que han querido abusar del derecho de los padres a elegir en libertad han podido hacerlo.


CALIDAD


Conviene, sin embargo, no perder de vista otro asunto fundamental, y es que apenas se han introducido modificaciones para mejorar la calidad de nuestro sistema educativo. Sólo se han realizado dos modificaciones que, en realidad, en nada combaten el fracaso escolar y menos impulsan la calidad. Entre otras cosas, sigue siendo posible la llamada «promoción automática», hasta el punto de que si la junta directiva lo estima oportuno, el alumno puede llegar a pasar con todas las asignaturas suspensas.


La excepcionalidad que ahora se contempla para pasar de curso con tres asignaturas muy fácilmente se convertirá en práctica no excepcional (como hoy día sucede con la LOGSE). Además, al mantener que sólo se podrá repetir dos veces en una misma etapa, el alumno que repita primero y segundo de Secundaria, a partir de tercero promocionará aunque suspenda todas las materias (pues habrá agotado el número máximo de repeticiones).


En cuanto a los contenidos, con las nuevas modificaciones, la LOE sigue teniendo una formulación similar a la LOGSE, que en la práctica ha supuesto que las CC.AA. tengan planes de estudios muy diferentes.


LA LEY QUE VIENE


El gobierno socialista justificó la paralización de la Ley de Calidad por la falta de «consenso» con la que su aprobación había contado. A tenor de lo que hemos visto a lo largo de su tramitación parlamentaria, la nueva reforma no concitará el apoyo unánime ni mayoritario de la comunidad educativa.


Pero no sólo eso. Nos encontramos ante una ley que, además de poner trabas a la libertad y olvidarse de la calidad, carece de medidas para resolver el grave problema del fracaso escolar (uno de cada cuatro alumnos no termina sus estudios en España) y mejorar el nivel de conocimiento de nuestros alumnos.


Sin ánimo de ser exhaustivos, y por mencionar sólo algunos aspectos, la LOE:


• Mantiene la evaluación imprecisa y ambigua de los alumnos, que impide conocer bien y rectificar a tiempo las deficiencias del aprendizaje.
• Apuesta por un diseño caótico de la Educación Secundaria.
• Devalúa materias como la Física o el Latín, que se convierten en materias optativas.
• Reduce materias como la Música.
• No ofrece al alumno la posibilidad de elegir, en función de sus intereses y aptitudes, vías formativas sistematizadas y bien organizadas, como sucede en la mayor parte de los países de Europa (me refiero a lo que en la Ley de Calidad se denominaban «itinerarios»). A cambio, la LOE ofrece un magma de opcionalidad, incoherente y, en la práctica, inviable porque los centros no podrán organizar la oferta masiva de asignaturas que la LOE propone.
• Vacía de contenido el Bachillerato, ya el más corto de Europa, al mantener un modelo completamente «a la carta», donde el alumno elegirá materias de forma aleatoria, sin criterio alguno de especialización y orientación formativa.
• Desprofesionaliza y debilita la dirección de los centros, al sustituir un modelo en el que el director dirige y el Consejo Escolar controla por otro en el que el Consejo Escolar dirige y el director gestiona.
• No introduce medidas que refuercen la autoridad del profesor.
• Deja a España como el único país de Europa que no cuenta con una prueba externa a los centros para la obtención del título de Bachiller. A cambio, mantiene la Selectividad, una prueba que no podrá convalidarse con la que realiza el resto de los alumnos europeos.
• Consagra los novillos como un derecho del alumno.


La tramitación parlamentaria de la LOE, en definitiva, no sólo no ha servido para introducir las modificaciones necesarias para resolver los problemas esenciales de la educación de nuestro país sino que tendrá consecuencias de calado en todos los aspectos relacionados con el derecho a la educación. Y es que la LOE parte de un error fundamental: que los poderes públicos tienen la responsabilidad de educar a los ciudadanos.


A comienzos del siglo XXI, cuando esta cuestión parecía felizmente superada, los ciudadanos nos vemos obligados a recordar a nuestros gobernantes los derechos y libertades que se derivan de la libertad de enseñanza reconocida por la Constitución: el derecho de los padres a decidir sobre el tipo de educación que quieren para sus hijos; el derecho a la gratuidad en los niveles básicos y obligatorios; el derecho a elegir centro docente, ya sea público o privado (derecho que conlleva la posibilidad de que haya, también en la red de centros públicos, una pluralidad de modelos educativos entre los que poder elegir); el derecho de los centros privados a recibir fondos públicos cuando reúnan los requisitos establecidos por la ley; el derecho a crear y dirigir centros educativos; y, finalmente, el derecho a definir el carácter propio o ideario de los centros privados, carácter que se extiende a los aspectos pedagógicos y organizativos, no sólo a los morales y religiosos.


Malos tiempos, en suma, para la educación.

La autorregulación periodística

Los hombres viven en sociedad, y esto no sería posible si no se hablasen con verdad los unos a los otros» (Tomás de Aquino). Esta realidad debe tenerse presente de manera constante, y pienso que en estos tiempos con mayor convicción y energía que nunca. El profesional de la información se debe fundamentalmente al público y en razón de ese deber es cómo ha de ser interpretado su trabajo, es decir, la obligación de veracidad, de lealtad con el público es lo que vendrá a determinar el comportamiento ético del comunicador, como siempre ha sido.


Resulta muy peligroso que sean los gobiernos y ni siquiera los tribunales de justicia los encargados de definir cuándo un tema es de «interés público», porque si se le sustrae a la profesión esa percepción del interés para la sociedad -a la que se debe- de los temas a transmitir a través de los medios de comunicación, se corre el riesgo, evidente, palpable y desgraciadamente frecuente de una encubierta censura previa, prohibida, por cierto, constitucionalmente en nuestro país (art. 20.2 de la Constitución).


Cuando un juez está obligado a dilucidar si ha habido o no responsabilidad jurídicamente exigible en el caso de una supuesta o real negligencia profesional por parte de un médico o un ingeniero, un arquitecto, etc., echará mano del lógico recurso al dictamen pericial. No así en el caso de la actividad periodística, cuando se trate de esclarecer si, ante una reclamación de tercero, por ejemplo, por considerarse perjudicado por la publicación de una noticia que dice que le afecta, aun cuando no se le cite con nombre y apellidos, es el juez quien resuelve declarando no ser de «interés público» el tema y, por consiguiente, la improcedencia de la cita implícita de esa persona que se dice aludida.


NO SE TRATA DE IMPUNIDAD


Hace ya algunos años que los profesionales de la comunicación se plantearon el doble problema de dignificar su profesión y llevar a cabo esta tarea de forma que no interviniera el Estado, en el sentido de evitar ciertos excesos y salidas de tono que en algunas ocasiones rozaban el delito, cuando no acababan por hacer comparecer al profesional ante los tribunales.


En España, la Ley de Prensa de 1966 introdujo los tribunales de honor en forma de jurados de ética, que dependían totalmente del Ministerio de Información, por lo que su actuación ni era aceptable para la profesión, ni era garantía de imparcialidad alguna.


En buena parte de los casos, y según qué países, la adopción de códigos éticos vino a ser una necesidad, no sólo por el afán de regular el comportamiento corporativo de quienes se dedicaban a tareas informativas y publicitarias, sino también para evitar la intromisión gubernativa y sus correspondientes posibles sanciones e incluso para tratar de evitar las comparecencias ante los tribunales y sus riesgos de sanción penal.


No se trata de una autocensura, sino, como dice Desantes, de un control a posteriori de la publicación o, como señala Claude Jean Bertrand, de un control de calidad. Control realizado por la propia profesión, corporativamente, interesada en mantener su prestigio y evitar problemas judiciales.


El autocontrol, la autorregulación, el establecimiento de normas por las que regirse dictadas por los propios órganos profesionales, aceptadas por la generalidad de quienes se dedican a estas tareas y se comprometen a seguirlas en todo sus efectos, produce numerosos bienes: a) Defiende mejor el derecho universal a la comunicación, en beneficio de todos los ciudadanos. b) Evita la injerencia del Estado, en ocasiones bajo pretexto de poner orden en el sector. c) Garantiza la independencia profesional. d) Garantiza también una mayor calidad de los mensajes. e) Establece un vínculo entre profesional y público sobre bases de confianza.


EN INTERÉS DE LA PROFESIÓN MISMA


Desde el punto de vista de la estricta información o, para ser más exactos, en el campo de la comunicación informativa, existe una larga tradición en orden a alcanzar el mayor grado posible de veracidad. Basta recordar el uso frecuente en Estados Unidos de la regla de las dos agencias, que lleva al informador a abstenerse de divulgar una noticia comprometida para alguien mientras no le llegue a su medio al menos por dos canales distintos, dos agencias, por si se tratase no de una verdadera noticia, sino de un rumor; o también la vieja práctica de verificar la información directamente obtenida con el contraste de otras declaraciones ajenas, etc.


Sin embargo, en pocos casos se puede hablar del establecimiento de verdaderos órganos eficaces de control que aseguren la efectividad de los códigos de conducta, estatutos de redacción, etc., que han proliferado abundantemente, pero que muchas veces se quedan en papel mojado, ante la imposibilidad de aplicar sanciones a quienes los infringen, por lo que no quedará más posibilidad si se quiere obtener una rectificación efectiva que la de acudir a los tribunales ordinarios de justicia.


Pero lo que se trata de evitar es precisamente que quien se considere perjudicado por algún mensaje difundido tenga necesidad de acudir al juez, sino que pueda obtener rectificación y satisfacción adecuada por una vía rápida, nada costosa, eficaz y pacífica. Para ello, hay que contar no sólo con buenos códigos éticos y órganos profesionales eficaces encargados de aplicarlos, sino con la propia conciencia profesional de quien haya de reconocer su error, si se ha tratado de un error y, más importante todavía, esté dispuesto inicialmente a evitar esos errores y a actuar como su propia profesión exige, es decir, buscando la verdad sin subterfugios.


Es significativa la anécdota relatada por Miguel Delibes. Le entrevistan sobre la guerra civil española, y he aquí los titulares de la entrevista «Miguel Delibes escribe sobre la guerra civil». Segundo titular, a renglón seguido del primero, «Estoy avergonzado de la sangre que he vertido». Delibes analiza: «¿Era de la sangre vertida en la guerra civil de la que yo estaba avergonzado? Ese parece ser el propósito del reportero, pero no la verdad. La gracia de éste radicaba en esa escandalosa ambigüedad. Y, a fin de cuentas, no mentía. Yo había escrito sobre la guerra civil 377A, madera de héroe, y así se lo dije, como dije, media hora más tarde, al ser interrogado sobre la caza, que sentía cierta pesadumbre por la sangre que había vertido, que era, naturalmente, la de las perdices».


La conclusión para Delibes es obvia: «Nadie ha infringido las normas penales; no se ha faltado a la verdad. Ninguna autoridad puede sancionar a un periodista por reducir una entrevista demasiado larga o por titularla con dos respuestas pronunciadas en contextos diferentes, pero recogidas con exactitud -la malicia es cosa del lector- En suma, son estas ingeniosas combinaciones, esta delirante avidez por un titular escandaloso, estas frivolidades verbales las que están exigiendo protección no por parte del Estado -esto sería poner en su manos un arma demasiado peligrosa-, sino de nosotros mismos, de los profesionales de la información, que bien podríamos crear un tribunal de honor o algo semejante que velase por la dignidad de una profesión tan noble y que tanto ha significado a lo largo de nuestras vidas».


Un periodista, consciente de la dignidad de su profesión y de la trascendencia de su papel como informador que ha de buscar siempre la verdad, comprenderá la necesidad de la autorregulación y estará dispuesto a rectificar voluntariamente cuando se haya equivocado; pero, por supuesto, evitará ciertas prácticas consideradas por algunos como habilidades profesionales, que no son sino trapacerías indignas de un profesional de categoría.


Al mismo tiempo, se mantendrá firme en la defensa de su libertad, necesaria para poder informar con verdad. Porque la libertad es presupuesto necesario, indispensable, para poder ejercer dignamente la profesión en beneficio de los ciudadanos que, de alguna manera, depositan su confianza en quienes a ella se dedican. Del mismo modo que cuando estamos enfermos no llamamos a cualquier amigo, por muy amigo que sea, sino al médico, para obtener información veraz, para estar enterados de lo que pasa, acudimos a los medios de comunicación, elaborados por profesionales que viven de buscar, elaborar y ofrecer información, comentar las noticias, etc.


INOPERANCIA DE LOS CÓDIGOS ÉTICOS


Son muchos los ejemplos que se podrían aportar de códigos de conducta profesional periodística. Por lo que a España se refiere, hay que advertir que, si bien, por ejemplo, el Colegio de Periodistas de Cataluña -que ha sido pionero en esta materia-, la Federación Nacional de Asociaciones de la Prensa y los diarios que a sí mismos se consideran «nacionales» por tener tiradas amplias y distribución y venta en distintos lugares de España, han dejado claras las obligaciones de los periodistas afectados, en cada caso, no se dispone todavía de ese órgano jurisdiccional propio que Delibes echaba en falta.


Esta falta de órganos sancionadores profesionales e independientes, afecta también a países de larga tradición democrática, como Estados Unidos, cuna del periodismo de noticias tal y como hoy se concibe. Quizá sea esta falta de control efectivo lo que lleve a Chomsky y Herman, una vez más, a presentar un panorama muy negativo del funcionamiento de los medios norteamericanos frente al gobierno, ya que, según ellos «los medios de comunicación de masas de Estados Unidos son instituciones ideológicas efectivas y poderosas, que llevan a cabo una función propagandística de apoyo al sistema mediante su dependencia de las fuerzas del mercado, los supuestos interiorizados y la autocensura, y sin una coerción abierta significativa».


Hay que advertir, sin embargo, frente a quienes consideran que la misión de la Prensa -hoy de los medios de comunicación en general- es de simple guardián de la democracia, vigilando atentamente la función del gobierno, que tal postura olvida la verdadera función de los medios, que es la de facilitar la comunicación ciudadana en general, en su más amplio sentido. Es importante la información política, pero hay otros aspectos importantes de la vida en sociedad que deben tener cabida en los medios, si se quiere de verdad servir al público. Recientemente, en España, se está extendiendo y va cobrando fuerza la tesis de que los diarios, por ejemplo, han de orientarse cada vez más a lo que se ha venido en llamar periodismo de servicio. Es decir, se está tratando de reducir el espacio dedicado a la política para, en cambio, informar de temas familiares, culturales, económicos, etc. El periodismo de servicio o de servicios, aunque también integra facilitar información sobre servicios concretos -transportes, farmacias de guardia, etc.-, no se reduce a una mera información de servicios, sino que supone todo un cambio de mentalidad en cuanto al contenido de los periódicos, por tener en cuenta la realidad -que no es sólo política- y porque el público parece hastiado de tanta política, y, se quiera o no, el público es quien en definitiva manda en la información, pues si deja de adquirir el periódico o seguir el medio de que se trate, éste acabará cerrando.


El periodista se debe a su público y, correlativamente, dejaría de existir como profesional si careciese de él. El proceso comunicativo solamente se explica si hay quien emite mensajes y quien recibe esos mensajes, que, a su vez, se convertirá ordinariamente en promotor, porque se trata de un proceso circular, y bien se puede asegurar que la eficacia del promotor de mensajes informativos está precisamente en relación directa con lo mucho o poco que el público los comente. Pero siempre seguirá siendo válida la regla de oro de la profesión que le obliga a distinguir entre los hechos -información- y todo lo demás -opinión, comentario, etc.-.


Pero no basta con querer comunicar la verdad, lo cual es obligado en un profesional de la información. Igualmente es obligado dominar las técnicas necesarias para elaborar los mensajes de forma que el receptor de los mismos no resulte engañado. Si no se utiliza el lenguaje adecuado para redactar una noticia, aun cuando no hubiese intención de engañar o deseo de que el público reciba como información lo que en realidad es un mensaje interesado, tal descuido, impericia o falta de dominio de las técnicas necesarias para ejercer como informador, va a suponer en la práctica un grave perjuicio para el público.


DEBER DE VERACIDAD


Quizá no se haya insistido de manera suficiente en que el deber de veracidad es general y para todos. De la misma manera, bueno es recordar que el artículo 20 de nuestra Constitución, por ejemplo, reconoce y protege a todos, no solamente a los periodistas, los derechos a «expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción», así como a «comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión».


Pero es indudable que el periodista goza de un mayor margen de libertad en orden a recabar información sobre hechos que interesan al público -y para poder hacérselos llegar- que cualquier otro ciudadano, dedicado a otros menesteres, que confía, por eso, en que los profesionales de la información le harán llegar la verdad adecuadamente. De la importancia de tal tarea deriva la consecuente responsabilidad social del periodista, pieza clave en la sociedad de nuestros días, y su deber de evitar toda suerte de presiones, amenazas y conminaciones, aunque no sea justo pedirle que siempre y en todo momento se comporte como un héroe desgajado de la realidad en la que vive y que contribuye a configurar.


RESPONSABILIDAD DE LAS EMPRESAS


El periodista -ser humano, ciudadano que ejerce una profesión caracterizada fundamentalmente por enterar a los demás de lo que pasa y por qué pasa- está obligado a ser veraz. Y lo está también el profesional que rige la empresa de comunicación en la que el periodista -que se debe al público- trabaja.


Uno y otro, a lo largo de las últimas décadas, han estado de acuerdo en la bondad de la promulgación, aceptación y excelencia de códigos de conducta destinados a garantizar, hasta donde sea posible, que el destinatario de los mensajes, el público, reciba información, cuando se le dice que es información lo que se le ofrece soportado en un diario, o a través de una emisora de radio o televisión o por cualquier otro procedimiento; opinión, cuando se trate de manifestarse sobre la orientación o consecuencias o antecedentes de unos hechos determinados; publicidad, cuando se pretende hacerle saber que tal o cual producto está a su alcance en unas condiciones y con unas características determinadas; propaganda, cuando se quiere que conozca una doctrina, una ideología, un razonamiento que se supone debería conocer, a juicio de quien lo difunde.


No es válido, ni por supuesto legítimo, descargar en el periodista y sólo en el periodista toda la responsabilidad de los errores, las tergiversaciones, las conductas contrarias a esos códigos éticos, reflejadas en los medios, si el medio y la empresa propietaria no aceptan como propio el código de conducta y exigen su cumplimiento. Con otras palabras, el deterioro notorio de la calidad de muchos medios desde el punto de vista ético y deontológico no puede ser achacado sin más a los redactores que elaboran esos medios, entre otras razones porque, por ejemplo, a pesar del precario reconocimiento de la cláusula de conciencia, resulta difícil trabajar seriamente en un diario que inunda sus páginas de publicidad vergonzante o que, sin declararlo, está empresarialmente al servicio de un partido político determinado y veta los mensajes que puedan de alguna manera perjudicar a ese partido, aunque la información sea veraz.


ÓRGANOS DE CONTROL


La mejor manera de contrarrestar posibles presiones contrarias a los códigos de conducta es que tales códigos tengan una eficacia práctica por la vía de la reclamación ante consejos de ética o jurados profesionales -de periodistas y empresarios- cuyas decisiones sean ejecutivas porque, previamente, se ha llegado al acuerdo de su aceptación y cumplimiento. Esto, que se da en el campo de la comunicación publicitaria en virtud de la ejemplar Asociación de Autocontrol Profesional de la que ha emanado el Jurado de Ética publicitaria, presidido siempre por un jurista ilustre y cuyas decisiones -las del jurado, a modo de tribunal privado- se cumplen ejemplarmente, no ocurre desgraciadamente en el campo de la comunicación informativa.


Periodistas y empresas no se han puesto de acuerdo todavía para llegar a disponer de un órgano adecuado que vele por que los medios y quienes en ellos trabajan vivan aquello a lo que se comprometen en los numerosos códigos, libros de estilo, etc., hasta ahora publicados, que resultan ejemplares en su redacción y principios proclamados pero ineficaces en la práctica. La dificultad mayor, en ocasiones no sólo ha nacido de la falta de entendimiento entre profesionales y empresarios, sino entre periodistas de a pie y directores de medios, lo que produce una gran perplejidad en el público en general.


Puede ocurrir, como afirma Carlos Soria, que algunos empresarios, «cuando oyen hablar de ética, giran sus ojos hacia las redacciones y eso probablemente esté bien, y probablemente debe ser el núcleo más cuidado desde el punto de vista de la información y la formación de esa gente para la exigencia ética. Pero también los ojos de los empresarios deben dirigirse, sin esquizofrenias habituales, al resto de la empresa. No es posible pedir razonablemente al eslabón más débil de una cadena, como es la redacción, donde todos están en términos de contratos, unos civiles, la mayor parte laborales, con una oferta de trabajo impresionante, donde al señor que disiente se le dice: «Vete a la calle que tengo cien peticiones para entrar», todo el esfuerzo, el riesgo y la responsabilidad ética, mientras que los otros segmentos, más fuertes, empezando por el mismo empresario, carecen de esa responsabilidad».


Si honradamente se quiere y se está dispuesto a buscar la necesaria dignificación de la profesión de periodista en España, con la consiguiente deseable repercusión en la dignidad y calidad de los medios en los que trabaja, será necesario el acuerdo entre empresarios y profesionales en orden a la participación en una asociación o entidad que integre a unos y otros en algo parecido a la Asociación de Autocontrol de la actividad publicitaria, en la que participan publicitarios, anunciantes y agencias, con los buenos resultados ya conocidos, que mantienen el prestigio del sector y atienden a las reclamaciones necesarias -también a razonar la improcedencia de las no pertinentes- vía consulta y especialmente vía Jurado de Ética, con el compromiso previo de aceptación por todos los interesados, incluso cuando resulten a juicio de ellos mismos personalmente perjudicados, de los dictámenes y sentencias de orden privado.


Parece igualmente importante acometer en serio la regulación de la profesión, mediante la elaboración de un estatuto que permita identificar a los periodistas, de suerte que no se mantenga indefinidamente la definición de periodista que nuestro Tribunal Constitucional, ante la falta de contenido en este aspecto de los códigos emanados de órganos corporativos, se ha visto obligado a formular como de cualquiera que «profesionalmente sirve a un medio de comunicación social» y «hace de la búsqueda y difusión de la información su profesión específica» (Sentencia 6/81), sin más requisitos ni señas de identidad.


EL «INTERÉS PÚBLICO»


En cualquier caso, de lo que se trata es de evitar que el gobierno o incluso un juez aisladamente sean quienes definan lo que ha de entenderse por «interés público» a la hora de informar. Un ejemplo práctico de sana autorregulación, que respeta los derechos de los demás ciudadanos, de todos, nos lo proporcionaron los medios de comunicación norteamericanos al acordar, en 2002, la no difusión y publicación de ciertas fotografías horripilantes del atentado del 11-S ocurrido el año anterior.


Claro está que esta buena práctica profesional no basta si no se ejerce a nivel corporativo y puede ser exigida ante un jurado profesional, comisión deontológica -o como se la quiera llamar- encargada de velar por la calidad de la información, el prestigio de los profesionales y el derecho a la verdad reconocido a terceros.


Porque, si bien la Constitución española hace referencia, en su artículo 20.1.d, al derecho a comunicar y recibir libremente información «veraz» por cualquier medio comunicativo, al no reconocerse a la profesión la capacidad para definir los temas de interés público y al haber establecido el Tribunal Constitucional la prevalencia de tal interés -que el mismo tribunal se encarga de definir y valorar-, no hay manera de arreglar la cuestión, en caso de conflicto, por la vía del acuerdo que evite acudir a los tribunales, que no tienen por qué conocer exactamente las «rutinas» y modos de trabajo de las redacciones, en las que el «interés público» es algo fundamental en la práctica del oficio.


No es suficiente, para el Tribunal Constitucional, con que la información sea veraz, tal y como exige la Constitución, sino que se requiere además que sea de «interés público», concepto quizá vaporoso, cuando no politizado, para quienes no trabajan en una redacción periodística. Todo periodista sabe muy bien qué es lo que interesa y qué no al público al que se dirige, sin que ello signifique que sea infalible o que no pueda traicionar sus deberes profesionales, y para eso, precisamente, deben estar los órganos de autocontrol.


Certeramente, con ocasión del Jubileo del año 2000, en su mensaje a los periodistas, Juan Pablo II afirmó y reiteró que el periodismo «no puede guiarse sólo por las fuerzas económicas, por el provecho y los intereses partidistas. No se puede escribir o emitir sólo en función del índice de audiencia, a despecho de servicios verdaderamente informativos. Ni tampoco se puede recurrir al derecho indiscriminado de información, sin tener en cuenta los demás derechos de la persona. No hay nada, por fascinante que sea, que pueda escribirse o emitirse en perjuicio de la verdad. Y no sólo me refiero a la verdad de los hechos, sino también a la verdad del hombre, a la dignidad de la persona humana en todas sus manifestaciones».


ESTATUTO PROFESIONAL


Desde muy diversos sectores, de la profesión y aun ajenos a ella, se ha venido demandando últimamente un estatuto del periodista que aclare quién lo es, cuáles son sus derechos y especialmente cuáles son sus deberes y obligaciones, y cuál ha de ser el sentido de su responsabilidad ante la sociedad a la que dice servir y ante qué órganos se podrá reclamar en caso de infracción de su código ético.


Pero tales aspiraciones, en sí mismas legítimas, han servido en algunos casos para, subliminalmente, tratar de controlar la profesión desde el gobierno o desde organismos afectos a un gobierno determinado en una determinada situación histórica.

Norteamérica dividida


Noah Feldman, que se describe a sí mismo como «una persona que ha crecido y se ha educado en un medio judío ortodoxo», es profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York y fue escogido como experto para ayudar a elaborar la Constitución de Iraq, tanto por su conocimiento del árabe como por ser el autor de After Jihad, donde argumenta que la democracia y el Islam son perfectamente compatibles. En el libro que nos ocupa, Noah Feldman, Divided by God: America’s Church-State Problem. And What We Should Do About It (Farrar, Straus and Giroux, 2005), abundantemente discutido y reseñado en los medios periodísticos y académicos norteamericanos, Feldman trata también la interrelación entre religión y vida política, pero en el contexto actual del debate sobre la separación Iglesia-Estado dentro de su propia casa.


Para situar el tema, cita en el prólogo el comienzo de la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América: «El congreso de los Estados Unidos no promulgará ninguna ley que establezca o prohíba el libre ejercicio de religión alguna». Lo que parecería sencillo de entrada, no lo es tanto a tenor de una reciente decisión del Tribunal Supremo norteamericano que, a la vez que sanciona la constitucionalidad del despliegue público de los diez mandamientos en propiedad estatal, declara que su exposición en las salas de un juzgado iría contra la separación entre la Iglesia y el Estado consagrada en dicha enmienda. Distinciones así de arbitrarias tipifican la atormentada separación Iglesia-Estado en los Estados Unidos. Otro ejemplo que señala hace referencia a la legalidad de las escenas de nacimientos de Navidad en terreno gubernamental, podría reducirse a la que se podría llamar «regla del reno de plástico»: mientras que un nacimiento sin renos supondría un refrendo estatal del Cristianismo, uno con renos -especialmente si incluye a Santa Claus- no causaría ningún problema.


El título del libro de Noah Feldman intenta ilustrar lo que a primera vista transmite, es decir, que América es un país «dividido por Dios». Los estadounidenses se dividirían no entre creyentes y no creyentes, una división quizá más europea, puesto que la mayoría pertenecería en realidad a los primeros, sino entre dos grupos que discrepan respecto al papel de la religión en la vida pública: los que Feldman llama «legal secularists» y podríamos traducir por «los secularistas jurídicos», que pretenden legislativamente borrar toda referencia a Dios en el gobierno público de la nación; y los que denomina «values evangelicals» o «los evangélicos de los valores morales», que apuestan por la importancia de la religión en la vida política. Mientras éstos creen que la solución a esa división, fundamentalmente religiosa, consiste en abrazar y compartir una serie de valores tradicionales sin los que el país no podría mantenerse unido, aquéllos piensan que la unidad nacional pasa por tratar la religión como un asunto privado y personal, ajeno a los problemas ciudadanos.


Los partidarios de ambos bandos alegan que la historia les apoya y es a ella a quien acude el autor para desarrollar su tesis sobre la conjunción de ambas posturas. No cabe duda de que el libro busca la ecuanimidad en este sentido pero, aunque critica la actitud de ambas partes, los secularistas salen en apariencia peor parados. Comenzando desde los orígenes, señala Feldman que los Padres de la Patria eran profundamente religiosos y lo ilustra citando ejemplos como la presentación del día de Acción de Gracias por parte de George Washington, que transpira temor de Dios, y el de su sucesor, John Adams, quien llegó a promulgar un día de oración y penitencia, al más puro estilo bíblico. Argumenta incluso que Thomas Jefferson, prototipo de los liberales americanos, se convirtió en un acérrimo secularista en un periodo tardío de su vida, como consecuencia de su exposición al anticlericalismo francés y de los ataques sufridos por parte de los pastores anglicanos de Nueva Inglaterra. norteam1.jpg Defiende el libro que los Padres redactaron la Primera Enmienda no tanto para alejar a Dios de la política, tal como alegan los liberales, sino más bien para alejar la política de la religión y salvaguardar así la libertad de conciencia; en concreto, para defender a las Iglesias minoritarias -baptistas, metodistas y otras confesiones- de la Iglesia anglicana dominante. De esta manera, al comienzo de la Revolución, estas sectas disidentes consiguieron liberarse de las tasas religiosas y consagraron su libertad en la Declaración de Derechos. A la vez que el respeto por la religión y la libertad de conciencia, extrañas a la Europa de la época, sorprende por otro lado descubrir la firmeza del muro de separación entre el Estado y la Religión desde los primeros años de la República. El Congreso, por ejemplo, se empeñó en incluir el domingo en el reparto diario del correo, y cuando algunos grupos cristianos se opusieron en 1828 su respuesta fue que el trabajo del gobierno federal no debía tener en cuenta consideraciones religiosas, por lo que el reparto dominical se mantuvo hasta 1912.


Las primeras muestras de secularismo en la política americana no aparecen hasta finales del siglo XIX, para camuflar un sectario anticatolicismo. Nunca antes se había dado una oposición a la enseñanza de la Biblia en las escuelas -de hecho, los políticos del momento la consideraban un elemento fundamental en la formación de la juventud, siempre que fuera la versión protestante-. Sin embargo, cuando los inmigrantes irlandeses intentaron utilizar la correspondiente versión católica, los políticos republicanos salieron con una serie de hábiles disposiciones para no subvencionar «normativas papistas» con dinero público.


Esta situación fue incluso aprovechada con intereses de partido. Los liberales secularistas quizá creían que las prohibiciones constitucionales estatales de ayuda gubernamental a las escuelas religiosas -las llamadas Enmiendas Blaine, que toman el nombre del candidato republicano a la presidencia de 1884, James G. Blaine- estaban fundamentalmente motivadas por una preocupación por la libertad religiosa. Sin embargo, Feldman muestra cómo estas disposiciones formaban parte de una estratagema política al estar dirigidas contra las minoritarias escuelas católicas, buscando así conseguir ventajas electorales en un país dividido más o menos, como ocurre en la actualidad, en dos partidos. Los republicanos querían poner a los demócratas, a quienes los católicos votaban mayoritariamente, en un grave aprieto. Si los demócratas apoyaban las enmiendas para atraerse a la mayoría protestante, se arriesgaban a perder el voto católico. Por otro lado, si respaldaban a la minoría católica, se arriesgaban a perder votos protestantes. «La falta de escrúpulos de la estrategia de abrir una brecha entre protestantes y católicos con inclinaciones demócratas -escribe Feldman- no parece haber inquietado a los políticos republicanos».


La publicación en América de El origen de las especies de Darwin en 1860 señaló el comienzo de lo que Feldman llama «secularismo fuerte». Conferenciantes como el ateo Robert Ingersoll y el presidente fundador de la Universidad Cornell, Andrew Dickson White, viajaron por todo el país acusando a la religión de anticientífica y durante un tiempo alcanzaron reconocimiento general. En la cima de su carrera, Ingersoll pronunció incluso el discurso de nominación del senador James G. Blaine como presidente de la convención republicana de 1876.


Esta época marca también el inicio del fundamentalismo protestante, que surgió, según Feldman, «no como respuesta directa al secularismo, sino más bien como respuesta a las enseñanzas teológicas liberales cristianas, que estaban influidas por la misma visión cientifista de los secularistas». Dicha visión se volvió en su contra, en primer lugar cuando Clarence Darrow, famoso abogado y conferenciante secularista, ridiculizó cruelmente la tesis creacionista en el proceso judicial Scopes en 1925, en el que se juzgaba si el estado de Tennessee podía prohibir la enseñanza de la teoría evolucionista en las escuelas estatales. norteam2.jpg Por otro lado, señala Feldman, las consecuencias derivadas de dicha corriente cientifista -alimentada sobre todo en ambientes intelectuales-, tales como el darwinismo de la supervivencia de los más fuertes y la nueva ciencia eugenésica, «podrían reflejar el lado oscuro del carácter elitista del secularismo, pues el darwinismo social parecía justificar la acumulación de riqueza por parte de unos pocos favorecidos y la eugenesia favorecía explícitamente el cultivo de una clase dominante genéticamente superior». La opinión popular acabaría rechazando el secularismo, que dejó de atacar la religión de manera directa y adoptaría una estrategia distinta.


En el periodo de entre guerras, ateos y agnósticos unieron sus fuerzas con un grupo más amplio de liberales y comenzaron el más moderado «secularismo jurídico». No negaban ni a Dios ni a la religión sino que insistían en que ésta es un asunto privado que ha de mantenerse totalmente separado del gobierno. Asimismo, parte de su estrategia era empezar a defender legalmente los derechos de las minorías religiosas, idea que florecería especialmente después de la II Guerra Mundial, cuando el antisemitismo se volvió tabú y la clase dirigente abrió las puertas a los Judíos.


Hasta los años cincuenta del siglo pasado, Norteamérica parecía satisfecha con la idea de que la fe religiosa formara parte de la vida política. El Tribunal Supremo declaraba en 1952: «Somos un pueblo religioso, cuyas instituciones presuponen un Ser Supremo». Las mañanas escolares comenzaban rezando y todo el mundo se deseaba el clásico «Merry Christmas», felices Navidades, ahora políticamente incorrecto. Apenas una década después, rezar en las escuelas se consideraría inconstitucional y dicha Corte reclamaría que la Constitución exige del gobierno actuar secularmente. En los años sesenta y setenta, por intervención de la más alta magistratura de la nación, los Estados Unidos pasaron de ser un país cuyas jornadas escolares se incoaban piadosamente con una oración, y en donde estaban mal vistos el aborto y la pornografía, a otro donde se prohibía la primera y se sancionaban constitucionalmente los otros dos. De hecho, el giro a la derecha de la Norteamérica religiosa se debe, según Feldman, tanto al abuso de sus atribuciones por parte de la Corte como a una reorganización y cambio en la estrategia conservadora.


El libro ofrece material abundante para reforzar la opinión conservadora de que, a partir de esas dos décadas, el tribunal empezó a excederse en su cometido aunque su explicación de la polarización religiosa actual va más allá de la mera prepotencia liberal. A la Corte se le consultaban todo tipo de cuestiones respecto al derecho de las minorías, pues constituía éste el momento histórico en que los americanos despertaron a sensibilidades minoritarias, no cristianas, comenzando por las judías y siguiendo luego con otras, especialmente las islámicas y las budistas. De un modo paradójico, la religiosidad americana favoreció a los secularistas sin que nadie percibiera una amenaza contra la religión.


Aunque la derecha religiosa insiste en que todo ha ido a peor desde entonces, Feldman piensa que la situación es más complicada. Apunta que una de las características que ha marcado el enfrentamiento entre los grupos secularistas y conservadores religiosos ha sido que cada vez que los secularistas salían victoriosos aparentemente, sus rivales se recuperaban utilizando hábilmente sus mismas armas retóricas. Han adaptado frases secularistas claves, fabricando así una doctrina que Feldman denomina «no sectarismo», mucho más viable políticamente que el fundamentalismo, que partiendo de que Norteamérica no debe promover ninguna religión concreta, defiende que si se desprecia la religiosidad en general, especialmente en la educación, el país se hundirá. Vimos antes cómo una versión temprana de esta misma idea justificó la enseñanza de la versión protestante de la Biblia en las escuelas públicas. No obstante, aunque el no sectarismo ha servido a veces para discriminar disimuladamente a los no protestantes -como en el caso de los católicos apuntado anteriormente- también ha intentado unir a los creyentes de distintas denominaciones. Los católicos, por ejemplo, han dejado de quejarse del abandono de la oración en las escuelas y se han convertido en un fuerte apoyo del consenso cristiano no sectario. Figuras religiosas tan importantes como Jerry Falwell y William Bennett han convertido el no sectarismo en argumento a favor de los «valores morales», y así muchos evangélicos, llevando más allá el argumento, alegan ser un grupo religioso oprimido y merecedor de una mayor protección gubernamental. norteam3.jpg De esta manera, a pesar de que el secularismo ha realizado sus grandes avances en el terreno de las demostraciones religiosas públicas -como la apuntada de los nacimientos de Navidad-, los evangélicos, con nuevas energías, han conseguido presentarse también como otra minoría cuyos derechos se han de proteger. Incluso han logrado de los tribunales dinero federal para mantener actividades confesionales, como por ejemplo en el caso del cheque escolar para escuelas religiosas autorizado por la Corte, aunque esté muy poco extendido.


En el libro además, como señala su propio título secundario, El problema de la relación entre la Iglesia y el Estado en América y lo que habría que hacer para resolverlo, Feldman sugiere una solución al conflicto, argumentando que se puede encontrar una tercera vía, «que produzca la reconciliación entre republicanos y demócratas, rojos y azules, evangélicos y secularistas». Según el autor, ambos grupos se equivocan precisamente en lo que tratan de corregir, puesto que ninguno de ellos sabe reconciliar la diversidad religiosa y la unidad nacional. Por un lado, los evangélicos persiguen unos valores compartidos pero dando por supuesto que los norteamericanos están de acuerdo en lo importante. Sin embargo, para alcanzar un consenso, tendrían que aguar sus valores hasta privarlos de todo significado. Es decir, o reconocen la imposibilidad de ponerse de acuerdo en esos valores o se han de conformar con un relativismo incoherente con sus principios. Por otro lado, los secularistas se enfrentan con el problema contrario: al reclamar la separación de la religión de la esfera pública están alienando a todos aquellos que piensan que el reconocimiento público de la religión señalaría un compromiso común con unos valores compartidos. Cada vez más, la retirada de los símbolos religiosos de las escuelas, juzgados y locales públicos es interpretada por los evangélicos como una exclusión de la propia participación política, por mucho que los secularistas se empeñen en explicar que no es así.


En lugar de las posturas encontradas de ambas facciones, Feldman aboga por la tolerancia pública de la religión siempre que sea incluyente y acomode la diversidad religiosa del país, es decir, el reconocimiento de que la fe religiosa informa las opciones políticas de muchos norteamericanos. Los secularistas habrán de admitir que en una democracia su preocupación por la no exclusión de nadie tiene en cuenta el sentimiento de exclusión de muchos ciudadanos que quieren dar expresión política a sus valores religiosos. Es lo que denomina la opción por una «inclusión simbólica» merced a la cual, a la vez que se permita invocar simbólicamente valores religiosos y se toleren las demostraciones religiosas ecuménicas en la vida pública, se vele rigurosamente por la separación organizativa y financiera de las instituciones religiosas respecto a las gubernamentales. Se busca así la reconciliación de los dos bandos cuya lucha determina el debate sobre la relación entre la Iglesia y el Estado.


Su solución no es otra que salvaguardar el valor de la libertad religiosa, propiedad inveterada esencial en la relación Iglesia-Estado en Norteamérica, a la vez que se respeta la también tradicional separación institucional entre ambos. Al reconocer que dicho equilibrio no es fácil, Feldman critica los dos extremos posibles en dicha relación, representados por la situación en Europa, ejemplificada en Francia y en los países islámicos, respectivamente. Propone que se acepte la importancia de la religión en la vida de muchos ciudadanos a la vez que se mantiene claramente separada de la actividad política. Apoya una mayor tolerancia del discurso y simbolismo público religiosos, con lo que supone de reconocimiento de sus valores, a la vez que rechaza de plano la financiación estatal de sus instituciones y actividades.


La propuesta de Feldman supone abandonar la idea de que la religión no tiene sitio en la esfera pública -tendencia actual en Europa, donde se dificulta que las personas con convicciones religiosas puedan intervenir en política- a la vez que implica que el gobierno se disocie de toda filiación o apoyo a instituciones confesionales. norteam4.jpg Se concedería así a los liberales una prohibición sin ambages de la financiación de la religión, que terminaría muy probablemente con los cheques escolares y el dinero estatal para las organizaciones religiosas benéficas. A cambio, se permitiría resaltar la importancia de la religión en los símbolos públicos, como por ejemplo, en la jura de la bandera, y se dejarían de lado las objeciones a los políticos que ofrecen argumentos teológicos para justificar decisiones políticas. Hasta ahora, el delicado equilibrio entre la financiación pública de lo sagrado -aceptado actualmente como algo positivo- y su despliegue en público -considerado negativo- se debe en gran medida a los movimientos de vaivén en temas religiosos de la jueza Sandra Day O’Connor, que acaba de jubilarse. En este sentido, Feldman quizá se excede al final del libro al sugerir que la señora O’Connor lo entiende todo al revés.


¿Es ésta una solución verdaderamente realista en un ambiente en que ambas posiciones están tan enconadas? Acaso Feldman sea demasiado optimista, tal como se le ha criticado por su libro After Jihad, donde demuestra un optimismo injustificado sobre la política islámica. Quizá ese mismo optimismo le ha llevado a sobreestimar la facilidad de negociar una tregua entre secularistas y evangélicos simplemente permitiendo más los despliegues religiosos y restringiendo el dinero público. No cabe duda de que aunque los liberales aprobarían la abolición de los cheques escolares o la financiación de organizaciones religiosas benéficas, es difícil que dichas medidas disminuyeran su inquietud ante el creciente poder evangélico, del mismo modo que una menor intervención legal y más oraciones públicas -en las que ni siquiera aparece el nombre de Jesús- no van a disipar la preocupación conservadora sobre la decadencia moral del país. La propuesta de Feldman, aunque honrada y elegante, quizá adolece de ser meramente cosmética y no parece ir a las raíces de fondo de un problema de difícil solución.