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Vindicación del artista adolescente

¿Quiénes éramos? Para dar respuesta a esa pregunta de griego malcriado sólo había tres posibles ideólogos en el grupo. De esos tres, dos, Néstor y yo, éramos en la práctica uno, porque nuestras ideas al respecto, más que coincidir, se confundían. El otro era —prefiero recordar aquí el seudónimo que él mismo se impuso— Sócrates P.

Sin duda habría sido él quien más vocación habría tenido —o tuvo— de aceptar el reto. Sin embargo, no me parece que hubiera debido prestarse mucha atención a sus seguramente sentidos y rigurosos argumentos. Sócrates P. creía, a su manera, en la república de los sabios. En anteriores experiencias comunitarias había intentado votar leyes que definieran cuándo un miembro podía ser expulsado o reconvenido, sin arbitrariedades y en virtud de la más acendrada razón práctica —o acaso pura—. Aunque al topar con Néstor y conmigo comprendiera que en aquella negligente congregación proposiciones de esa laya habrían sido acogidas con una estruendosa carcajada, y se cuidara, en consecuencia, de exponerlas, cabe cuestionar que hubiera llegado a deshacerse de tan nobles aspiraciones en la medida suficiente para no desfigurar en un sentido ejemplarizante aquella reunión más o menos casual de extraviados en la que inopinadamente él había ido a caer.

Ahora he olvidado las caras y los nombres exactos de muchos de aquellos compañeros de entonces. Recuerdo que casi todos eran generosos y leales, los seres de más limpio corazón que nunca encontré. Algunos no entendían o consideraban peligrosas las veleidades a que Néstor y yo nos prestábamos, y sin embargo continuaron a nuestro lado el tiempo necesario para tener sobrado derecho a irse luego sin que nadie pudiese acusarlos de desertores. Otros persiguieron sus propios fines, y debieron de alcanzarlos, porque no apuntaban demasiado alto. Todos nos divertíamos, y disfrutábamos de la dulce sensación de despreciar desde nuestras diversas inferioridades —casi todos éramos desgraciados con las chicas, por ejemplo— a aquellos que no podían hacernos sombra en los tres o cuatro asuntos que decidimos que tenían importancia. Hicimos pocas cosas, aparte de emborracharnos y de mofarnos de todo con oficio y sin él. O no hicimos nada, al fin y al cabo. Pero siempre supimos que podíamos hacer más que los otros, sin arrogancia, porque nos constaba que los otros también lo sabían. Optábamos por abstenernos con la calma de quien cumple con su conciencia, sin exigir tener razón para que ello nos consolara de no tener otra cosa. Nada nos obligaba a ser brillantes, ni siquiera útiles. Así obtuvimos algo semejante a la paz interior que luego tanto habría de faltarnos.

Con todo, la separación de todos ellos fue aceptada, tanto por Néstor como por mí, con la naturalidad con que se recibe una noticia prevista. No hubo traumas en la ruptura, que fue bastante gradual, salvo excepciones. Una de ellas, la única auténticamente trascendente para mí, fue Sócrates P. Ya desde el comienzo de nuestra relación con él los términos fueron peculiares. Antes de trabar conocimiento directo le habíamos observado, y disponíamos además de referencias de algún ex miembro de la comunidad que a la sazón lideraba. Ninguna de nuestras impresiones era muy favorable, de manera que el encuentro con él, determinado, como tantos otros acontecimientos de aquel tiempo, por un ciego designio administrativo de la autoridad académica, resultó algo accidentado. De todos modos, no hubo derramamiento de sangre, porque las mutuas reticencias nos hacían ser precavidos.

Transmutada la rivalidad en alianza, dadas las ventajas que ello nos reportaba a todos, Sócrates P. empezó a desplegar ante nosotros su ideario, su estilo de muchacho disfrazado de hombre —o viceversa—. En honor a la verdad he de admitir que la solidez de sus convicciones nos deslumbró algo en el primer momento e incluso después. Una vida algo más torturada de lo que a su edad otros habíamos tenido le confería esa superioridad, que no llegó a traducirse en predominio por diversas razones —entre otras: Néstor y yo éramos dos, y nos traíamos entre manos cosas que Sócrates P. envidiaba más de lo que nosotros llegamos a envidiarle nunca su aplomo—. Néstor acogió con mayor reserva a aquel nuevo aliado, debido a la intranquilidad que le produjo el preferente y concentrado acercamiento a mí a que se entregó casi desde el principio. Aunque Sócrates P. corrigió este error de aproximación más tarde, interesándose por mi amigo tanto o más que por mí, hubo de sufrir sin remedio en adelante los efectos de aquel recelo, que se fue volviendo más inflexible y sarcástico a medida que se veía conjurado el peligro de que aquella irrupción devaluase la unidad entre Néstor y yo.

Así fue como comenzó la caída de Sócrates P., y quizá corresponda decir que hubo en ello cierta injusticia, por parte de Néstor en menor medida que por la mía —yo no había sido amenazado o postergado, y había escuchado las confesiones de Sócrates P. conquistando su confianza—. A partir de la ilimitada mordacidad de Néstor, en la que, no sin razones, pero haciendo gala de cierta desaprensión, me regocijé y participé tanto como me fue apeteciendo, las graves sentencias y los mayéuticos esfuerzos de Sócrates P. fueron transformándose en anécdotas grotescas, aludidas una y otra vez con creciente desprecio de la bonhomía que alentaba su eventual torpeza, sobre la que cabía dudar que nosotros, intocados por las variadas calamidades que Sócrates P. había debido ir superando, estuviésemos autorizados para juzgar.

A este proceso contribuyó el propio Sócrates P., actuando en dos direcciones distintas y equivocadas al verse acosado —distaba de ser tan lerdo como para no percatarse— por aquella pérdida de prestigio. Ante Néstor, indudablemente quien más debilitaba su posición, pasó a ostentar a la desesperada una seguridad condescendiente, jactándose de haber averiguado lo más intrincado de las inclinaciones de ambos, en un patético intento de sobreponerse por la fuerza. Néstor no tenía más que darse la vuelta riendo, y eso fue lo que hizo, sin apiadarse. En cuanto a mí, su tentativa fue más comprometida, y más ilegítima también. Porque así como estoy seguro de que con Néstor, ante la insalvable dificultad que para el asalto se había ganado desde el principio, obró de forma precipitada, la táctica que empleó conmigo se basó en una certera determinación, cuyo grado de consciencia no puedo precisar, del flanco más desprotegido por el que podía atacarme. Sin embargo, le falló la suerte, y le falló el inadecuado cómplice que pretendió usar como cebo. Pero sobre todo, se falló a sí mismo, por no atreverse a hacerlo solo. Eso evitó que yo, des- prevenido y vacilante, cayera en la trampa.

A los fines que imagino que obedecía la emboscada, de nada le habría servido que ésta hubiera sido un éxito. Sócrates P. me habría ganado para perderme al poco tiempo, para perder por completo mi consideración y para perdérsela él mismo. Esto me hace meditar si su encerrona no fue en realidad un acto de autohumillación, un reconocimiento escandaloso de su derrota. Sócrates P. era tan capaz de embarcarse en estas penitencias como de creer en sus delirios de conocedor y liberador de los deseos ocultos que los demás nos empeñábamos en sofocar por indecisión o tibieza. Fuese lo uno o lo otro, Sócrates P. protagonizó después de este primer error un segundo y definitivo: el de asumir la hipótesis que había elaborado para prever mi reacción en el caso de que fallara su emboscada. Fue él quien me la reveló, entreverada con su propuesta, al sugerir que con aquel tipo de iniciativas se había ganado el rechazo de otras personas que le querían.

Yo no pude condenarle entonces, ni meses después, cuando empecé a comprender lo que había ocurrido. Probablemente fuera alguna vez cierto que en recónditas profundidades de nuestro espíritu Néstor y yo deseáramos algo parecido a lo que Sócrates P. proponía. Son escasos los deseos —por perversos o absurdos que sean— que uno no deja surgir con mayor o menor intensidad, llegado el caso. Pero sólo un ser tan embotado y magnánimo como Sócrates P. podía echarse a la espalda el deber de atenderlos siempre, a costa de cualquier impedimento e ignorando las consecuencias de hacerlo en un mundo apático. Gracias a él, y a la fortuna que me libró de seguirle en su ocurrencia exaltada, aprendí a estar en guardia contra esa perniciosa actitud maximalista. Pero no llegué nunca a menospreciarle, como Néstor. Ni quise desprenderme de su amistad, porque simpatizaba con las causas de sus desatinos. Pero Sócrates P. estaba abocado a entender otra cosa, y lo que yo ya no tenía era el ánimo de retenerle. Se retiró y bien estuvo así.

Le dejé alejarse como si hiciera una ofrenda a alguna de mis deidades oscuras, sin guardarle el menor desafecto. Le recordaba y le recuerdo todavía, grande y cálido, ofreciéndome su chaqueta para abrigarme en una noche fresca. En tantos sentidos era mejor que nosotros.

El cadáver de Sócrates P. quedó para siempre en mi memoria señalando la frontera entre aquella época y todo lo que vino luego. Su desaparición coexistió en el tiempo —que a veces se lleva también el espacio—, con la trasposición por Néstor y por mí del último límite de Arcadia, la patria irrecobrable que, salvo para algunos alienados, siempre ha de ser la juventud. Ya desde que reunimos o se reunió a nuestro alrededor aquel grupo empezamos a abrigar secretamente el fatal presagio de que se nos estaba escapando. Algunos acontecimientos fútiles —el comienzo de la universidad, cada uno en un mausoleo de la inteligencia distinto— y otros más sensibles, como la erosión sufrida por Néstor con las primeras embestidas graves del abismo que encerraba su alma, cooperaron a hacernos inviable la restauración de lo que habíamos poseído. Nos entretuvimos lanzando cabos aquí y allá, dándonos la espalda de vez en cuando para no acabar de vernos las caras y no tener que saber lo que estaba sucediendo. Después yo me fui a vivir a otro sitio, y más tarde fue él quien debió abandonar la ciudad en la que manteníamos nuestro territorio común. Y en la distancia sobrevinieron las primeras desilusiones, las primeras escaramuzas serias, combatidas laboriosamente por ambos en extensas alegaciones postales. Defendimos lo que había sido nuestro pactando complejos equilibrios, vertiendo el corazón en aquel papel adverso sobre el que caía traducido en arriesgadas palabras. Salvamos nuestra hermandad contra todos los obstáculos, pero lo que ya no cabía negar, ni siquiera omitir, era que lo hacíamos en el destierro, expulsados de la madre que nos había dado el ser.

La única conexión practicable con el paraíso perdido era un infierno que convertimos en nuestra vocación. Habíamos descubierto la literatura juntos, en las horas más favorables de la edad añorada. Habíamos aprendido los rudimentos y con ellos construido esqueletos dispersos que considerábamos inobjetables, pese a su impericia notoria, en tanto que daban fe de nuestra gloria extinguida. Y aunque nos habían arrebatado el impulso, la imaginación y el vigor de entonces, el culto que se nos exigía nos movió a darnos febrilmente a escribir. En los primeros años de exilio, en los que las asechanzas de nuestros enemigos aún no se habían extremado como lo harían luego, aprovechamos para amontonar relatos y novelas, de lamentable factura en su mayor parte, pero que en mi apreciación como en la de Néstor no pudieron ser alcanzadas por otras realizaciones posteriores de mayor y más frío cálculo.

He sufrido tanto como pudiera merecer, ante la página en blanco menos que ante la ya malograda por las plasmaciones abortivas en que terminaban mis ideas. Todo para no sacar más que unas cuantas historias inhóspitas, irregulares, lastradas por su carácter extraño y turbio, no lo bastante decidido como para que me fuera lícito exhibirlas ante otros ojos que los de Néstor y ocasionalmente, los de otras personas más o menos desconocidas. Tanto dio que en una tarde alguna misteriosa fiebre me facultase para producir diez páginas, como que gastase un mes recolocando y desviando los adjetivos originales de medio folio de asunto puramente auxiliar. Al final mi novela era un edificio trémulo, con pasadizos cegados, inmensas salas vacías, y algunas pequeñas estancias de delicado acierto a las que casi no se podía llegar.

Pero yo seguí, y Néstor, que a la sazón tropezaba con sus peculiares decepciones, también siguió; ambos amarrados a la certeza interior de que, de todas las cosas que acometíamos, aquella vergonzosa aberración infecunda era, en definitiva, la más importante.

Desde aquí, como desde fuera de nuestros pellejos entonces, se antoja sencillo y admisible cuestionar por qué, ya que habíamos hecho la elección de la literatura, nos con- formamos con asistir trabajosamente a su lento fracaso bajo las inclemencias exteriores. Descendiendo al detalle, parece poner en entredicho nuestra misma firmeza en la vocación el que ni siquiera tratáramos de dedicarnos a escribir de manera exclusiva, arriesgando cuanto hubiera que arriesgar y sin consentir que nuestro tiempo se perdiera en lo que convencionalmente se nos exigía para subsistir. Hubo razones, más o menos enojosas y discutibles, que nos forzaron tanto a Néstor como a mí, y en mayor medida según fueron pasando los años, a empeñar un gran pedazo de nuestra existencia en ocupaciones indeseadas. No todos disponen de la ocasión de eludir ciertas servidumbres. Por eso hubimos de buscar alguna profesión útil y segura que sin ser del todo indigna nos diese para comer, al margen de la literatura. No comprometimos en esa actividad perentoria más que un apego tenue, secundario, apenas el suficiente para no despreciarla, guardando nuestro amor para el arte. Pero no se aceptan impunemente, aunque sea a medias, las reglas de la vida. Porque ésta se vale del más estrecho resquicio para entrar a imponer la brutalidad de su ley en toda la extensión disponible y, cuando uno quiere oponerse, ya ha sido invadido y la belleza se ha vuelto inviable.

A este combate, la vida, que es el reino de la renuncia, siempre sale con ventaja sobre el arte, que es el sueño de la voluntad infinita. En este sentido, es verdad que cada vez nos fue más difícil, que el sacrificio y el trastorno de sobre- vivirnos como artistas llegó a inhabilitarnos para serlo adecuadamente. Si fue nuestra la culpa, si pudimos evitarlo o no, es cuestión que interesa menos que atestiguar aquí otra verdad, más oculta: pese al destino urdido paso a paso en nuestra contra, pese a pelear con las manos atadas, no salimos del todo derrotados.

¿Qué ha de pretender un artista? ¿En qué consiste el triunfo de quien se ha entregado a una vocación? Néstor estableció taxativamente en el testamento del que me hizo depositario la necesidad de incinerar todos y cada uno de sus manuscritos —muy mayoritariamente inéditos—. Yo, que sabía de la impecable oscuridad de sus páginas, que las habría guardado despejando para ellas a manotazos el mejor sitio en los cajones donde se amontonan mis recuerdos, obedecí, simplemente. No pensé que estaba robándole nada al mundo ni a mí, que había amado lo que quemaba; sólo atendí a destinar aquella obra al fin que había escogido el mismo impulso que la había creado. Que ese fin fuera lo inverso, la destrucción, suponía una simetría que contenía una palmaria enseñanza: lo que venía de la nada, a la nada volvía, tras un apasionado y momentáneo tránsito por la existencia. No importaba en sí el hecho de haber existido, y menos importaban el final o el origen, que eran la misma nada; sólo importaba la pasión, por breve, por delirante, por incongruente. Néstor y yo acatamos el deber de construir con tesón, con furia, y sobre todo, sin precisar de un objetivo más o menos resarcitorio para excusar todo lo que estropeábamos dentro y fuera de nosotros prestando oídos al reclamo de escribir. Triunfamos en tanto que comprendimos que lo único que cuenta es la limpieza del acto, según las normas que aquel francés tarado enunciara con metódica clarividencia: soportar la propia obra como una fatiga, aceptarla como una regla, levantarla como un templo, guardarla como un régimen, vencerla como un obstáculo, conquistarla como una amistad, cebarla como a un niño, crearla como un mundo, sin prescindir del misterio¹. Cumplido esto, la vocación está realizada y el instinto que la alumbra colmado.

Después puede venir el fuego, como vino para Néstor, o el olvido y el polvo que envuelven mis escritos. Ni siquiera debe preocupar que alguna coincidencia o flaqueza difunda la obra, precipitando sobre ella la tergiversación, los malentendidos, haciéndola finalmente inofensiva. Puestos a eliminar lo superfluo, tampoco la calidad objetiva o la oportunidad de la obra, como se deduce, tienen la menor relevancia. Existe un argumento lógico para inducir a reflexión a los adeptos a la estética del resultado extrínseco. Aun concediendo lo inconcedible, esto es, que los escritos de una persona puedan ser debidamente descifrados por otra que domine el idioma empleado por la primera, es muy improbable que, dentro de una cantidad bastante corta de años, pongamos mil, nadie, por ejemplo, alcance a dominar el castellano que yo he utilizado. Si dejamos correr un par de instantes más —concibamos diez mil, un millón de años, un chispazo en el cómputo de la eternidad—, cuesta postular que habrá siquiera hombres, hablen lo que hablen.

Ahora recuerdo, sí, cómo Néstor y yo abandonamos sin despedirnos los dos o tres cenáculos literarios en que intentamos sin ninguna fortuna encontrar algo más que una ignominiosa impaciencia por ingresar en alguna categoría certificada de sublimidad; cómo nos apartábamos a algún rincón donde el aire fuera fresco a elaborar a medias nuestros proyectos, disfrutando más de esta fase, en la que aparecía desnudo el significado casi inasequible de las alegorías que compartíamos, que del momento en que lo teníamos todo hecho y ya no se veía más camino que la hipotética cesión a un lector extraño. Recuerdo la gloriosa quema de mi primera novela, de la que Néstor recogió las cenizas para convertirlas en una reliquia más valiosa de lo que la misma novela habría podido ser jamás. O las relecturas sentimentales a que a menudo nos entregábamos, en las que las viejas páginas volvían a cobrar en nuestras manos la vida huida. Recuerdo el placer, la potencia, la convicción de estar en lo cierto. A su lado, nada fue la sensación, que alguna vez nos fue otorgada, de verlo todo congelado y vaciado en letra impresa.

Pero una media victoria es también un medio descalabro. No fue amargo, o no lo fue de un modo decisivo, que de todo nuestro esfuerzo no resultara siquiera algo ligeramente aproximado a los logros de los que habíamos designado como maestros. A fin de cuentas, eso sólo nos impedía dar a otros la utilidad que a nosotros nos habían dado, y eso importaba tan poco, soslayando necias vanidades, como a Kafka o a Dostoievski aliviaba nuestra admiración. Lo peor fue llegar a aquella tarde, cuando tanto Néstor como yo habíamos dejado ya de escribir. El ocaso adensaba ante nuestros ojos las siluetas de los edificios, que desfiguraban aquel paisaje que había albergado nuestras tardes juveniles. Estábamos repasando el censo de los personajes que habíamos engendrado y arrojado a crueles peripecias, llamando a algunos por su nombre, comprobando que habíamos olvidado el de muchos.

De pronto sobrevino un silencio, endurecido por la oscuridad que se extendía. Fue Néstor quien tradujo:

—Y todo para acabar dejándolos solos, tan indefensos como los hicimos.
Hube de estar de acuerdo, ahogando la rabia, una rabia floja, ruin, mutilada. Aquella tarde vi llorar a Néstor por primera y última vez. También yo quise llorar, porque al final, mansamente, nos habíamos resignado a traicionar nuestro sufrimiento, lo único que de verdad nos había pertenecido en la vida y en el arte, reunidos ya para siempre en el remordimiento común de la memoria.

¹Marcel Proust,  A la Recherché du Temps Perdú

La estructura esponsal de la persona

Quizá sea en las Cartas a las mujeres donde Juan Pablo II ha expuesto lo más radical de la realidad humana, concluyendo sus más originales propuestas de la “Teología del cuerpo”, la aportación que según sus biógrafos dejará más huella en el pensamiento y que Weiger ha descrito como “una bomba de relojería preparada para explotar bien entrado ya el tercer milenio”. Bastaría recordar pasajes de la Mulieris dignitatem( 1988), como el de la Unidad de los dos( n.6), el de la reciprocidad como novedad evangélica ( n.24), o aún más, el del “orden del amor” en el nivel “ontológico” del ser ( n.29) .

La Carta a las mujeres ( 1995)  es como una “vuelta de tuerca” que llega sorprendentemente hasta el final. Volviendo a indagar en la Creación acerca de los hilos que entretejen la abigarrada estructura humana, redescubre en el libro del Génesis las claves para responder preguntas pendientes. He aquí algunas de sus palabras:

«En la creación de la mujer está inscrito desde el inicio el principio de ayuda: ayuda —mírese bien——, no unilateral sino recíproca. La mujer es el complemento del varón, como el varón es el complemento de la mujer: mujer y varón son entre sí complementarios… Cuando el Génesis habla de “ayuda”, no se refiere solamente al ámbito del OBRAR, sino también al del SER… (Ambos) son entre sí complementarios no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico. Sólo gracias a la dualidad (sexuada)… lo humano se realiza plenamente… Dios les da el poder de procrear… y les entrega la tierra como tarea…, en la que tienen igual responsabilidad. En su reciprocidad esponsal y fecunda…, su relación interpersonal y recíproca, es la “unidad de los dos”, o sea una “unidualidad relacional”» nn.7-8.

¿Qué quieren decir estas sorprendentes intuiciones, recogidas en documentos del Magisterio? Su desarrollo requiere un replanteamiento de toda la cosmovisión occidental y una ampliación de la metafísica que, válida para explicar el Cosmos, se queda corta para esclarecer el núcleo del ser humano: ser persona, ser libre, ser relacional, ser sexuado y esponsal, ser familiar –originado y originador-: hijo, padre o madre. En esta línea el personalismo propone que, además de la subsistencia, la persona encierra un aspecto relacional constitutivo, que le hace un ser abierto, no sólo “esencia abierta” (Zubiri), sino  apertura desde su acto de SER, y es descrito como: ser-con (Heidegger), ser-para (Levinàs) o co-existencia (Polo). Sin embargo, desde la Unidad  indiferenciada que desde el platonismo funda la filosofía, donde la Dualidad es pobreza y el Otro está jerarquizado, no es posible concebir esa originaria «Unidad de Dos» seres iguales y diferentes del mismo nivel ontológico. Esta «Unidad de los dos» está pidiendo una ontología peculiar para la antropología.

LA RECIPROCIDAD, «NOVEDAD EVANGÉLICA»

Respecto a la identidad de ser varón o mujer, ni el pensamiento ni la praxis aciertan a conjugar igualdad y diferencia. Para articularlas el Papa funda la igualdad en la mutua reciprocidad: en su hermenéutica de la «ayuda adecuada» ( Gen 2,18) , deja claro que cada uno es ayuda para el otro. Y si la reciprocidad dice igualdad, la complementariedad explica la diferencia. En efecto, la ayuda de uno a otro no es igual en ambos sentidos: cada uno tiene algo peculiar que aportar en cuanto varón o mujer. La masculinidad y la feminidad se reclaman mutuamente, pues una no tiene sentido sin la otra. Eso significa que la diferencia entre ambos es relacional, como explicó Julián Marías. Al tratarse de una relación lo mismo que les diferencia les une  «Unidad de los Dos». El papa habla de reciprocidad y también de complementariedad y, dando un paso más, concluye en que lo que recíproca es la complementariedad. La complementariedad sin separarse de la reciprocidad diferencia e igualdad conjuntamente, permite la Unidad gracias a la pluralidad.

Esta armonía entre igualdad y diferencia, prevista por el Creador, se estropeó por la rebeldía humana, pero la Redención la vuelve a hacer posible. Sin embargo, la reciprocidad no ha cristalizado en las estructuras sociales. La igualdad varón-mujer viene a ser la verdad más difícil de reconocer, pues la mentalidad humana tiende a jerarquizar las diferencias. Ni siquiera el Cristianismo ha conseguido aún inculturar esa nueva visión superando la subordinación, pues hasta en algunos textos apostólicos quedan restos de esa «mentalidad antigua» ( MD,24) . El logro de este objetivo está siendo más lento y arduo que la dura marcha de la humanidad para erradicar la esclavitud. La dificultad aumenta cuando al afirmar la igualdad se ha puesto en entredicho la diferencia y el igualitarismo ha devenido en ideología dominante: la ideología de género.

El papa redescubre la «novedad evangélica», según la cual, en la Unidad de los Dos, la reciprocidad complementaria puede vivirse como un “regalo” enriquecedor y responsabilizante, donde la igualdad no es “estática y uniforme” ni la diferencia “abismal e inexorablemente conflictiva” ( n.8) . Como se advierte, esta cuestión incide en el núcleo de los grandes retos teóricos y prácticos de todos los tiempos.

 LA CONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA

Esta Carta a las mujeres resalta la transcendencia de la contribución de la mujer a la cultura y a la construcción de la historia. Esta verdad, recogida en el Génesis, se ha redescubierto socialmente en el s. XX, por fortuna,  a pesar de los efectos colaterales producidos por haber encontrado apoyo sólo en mentalidades lejanas de los principios cristianos. El papa lo reconoce como un avance de la humanidad, que se ha logrado por la “valiente iniciativa” de mujeres de buena voluntad, considerada en su tiempo como “falta de feminidad”, “transgresión”, “exhibicionismo e incluso pecado” ( n.6) .

El protagonismo y responsabilidad de la mujer en el dominio del mundo dadas por el propio Creador, manifiestan que las relaciones de reciprocidad complementaria no se limitan al matrimonio, que aún siendo la primera dimensión, no es la única. Todas las obras humanas, también las de la historia de la salvación, para ser fecundas, requieren la integración complementaria de lo masculino y de lo femenino (MD,7).

En el Génesis cultura-historia y familia aparecen como una doble misión a realizar de un modo compartido. Sin embargo, no se ha logrado conciliar mundo y familia. Más bien, se han presentado como esferas antagónicas y asignadas según el sexo y se ha creado un desarrollo unilateral y desequilibrado: una familia sin padre y una cultura sin madre. La familia y las naciones han perdido al padre y la cultura se torna inhóspita, huérfana de maternidad.

El drama se evidencia más cuando se empuja a las mujeres a abandonar la familia y rechazar la maternidad, como incompatibles con la actividad externa y no se advierte el valor creativo del cuidado para la ecología humana. Teniendo en cuenta su ontológica reciprocidad, si hoy está en riesgo la maternidad es porque la paternidad estaba ausente desde hace tiempo. La emancipación propuesta por la Modernidad que supuso la “muerte del padre” pretende ahora abolir la maternidad último reducto del amor incondicionado. El papa buen conocedor de la influencia de las mujeres ya sean madres, hermanas, esposas, hijas, amigas o compañeras de trabajo, advierte en el mundo la necesidad de lo que denomina “genio femenino” ( n.10) , fundado en la misión de la mujer, inscrita en su mismo ser, al confiarle Dios de un modo especial a cada ser humano, (MD,30) .

 ESTRUCTUTA ESPONSAL DE LA PERSONA

Juan Pablo II deduce de la exégesis del Génesis: 1) que la diferencia es “ayuda”; 2) que la ayuda no es sólo para el obrar -procreación y la construcción de la historia-; 3) que hay una ayuda constitutiva, ontológica, en el SER; 4) que por ontología no se entiende aquí la esencia humana: lo físico y psíquico. 5) Un nivel ontológico más profundo que el de la esencia es el nivel del ser de la PERSONA. 6) La diferencia es relacional 7) la relación y ayuda es recíproca; 8) la reciprocidad es esponsal, luego la diferencia es esponsal. Ahora bien, ¿qué quiere decir ESPONSAL más allá del matrimonio, la procreación y la historia?

La respuesta habría que buscarla en el conjunto de su antropología y teología, donde profundiza en la imagen de Dios,  plasmada no sólo en el alma sino también en el cuerpo. Su teología del cuerpo abarca el cuerpo resucitado, donde la condición sexuada tiene un significado ultra-histórico. El cuerpo lo considera «expresión de la persona» y partiendo del cuerpo sexuado afirma que «el sexo es constitutivo de la persona». En esta línea esta Carta a las mujeres supone un paso más en la irrevocable afirmación del carácter ontológico de la diferencia sexuada, de donde se deduce que la identidad sexuada no sólo se “crea” cultural e históricamente, ni es algo que pertenezca únicamente al aspecto formal o esencial del ser humano. Esa diferencia, tan escurridiza filosóficamente, al ser ontológica y recibida, viene a ser una estructura antropológica universal, relacional, dual y esponsal. Por ser relacional es también transversal tiñe todas las dimensiones corporales y anímicas,  y originaria, por lo que su explicación más profunda tiene que estar fuera de la naturaleza.

El personalismo afirma que la naturaleza se distingue de la persona, paralelamente a como el tomismo advierte una diferencia real entre esencia y acto de ser. Si estas dos distinciones se leen juntas (Polo), la diferencia sexuada se podría encontrar en el binomio diferente a la naturaleza o esencia, es decir, en la persona o acto de ser. Ciertamente desde la doctrina tomista el acto de ser no determina, solo actualiza, pero no es ajeno a la relacionalidad. Así, la teología describe a las Personas divinas como Relaciones subsistentes, es decir, relaciones distintas que se resuelven en Unidad. De aquí se deduce que lo que parece estar proponiendo el papa es que la diferencia sexuada y esponsal,  tratándose de una diferencia constitutiva de la persona, está anclada en el ser personal, nivel trascendental respecto a la esencia humana.

La teología de Juan Pablo II se adentra en la “estructura esponsal” de la persona, al advertir que la plenitud de la imagen de Dios, no está tanto en una persona aislada sino en la “comunión de personas”. De ahí la descripción ontológica de la imago Dei como «unidualidad relacional». Esto supone una ampliación de la noción de persona y de la teología de la imago. La “Unidad de los dos”  es una peculiarísima imagen de la intimidad divina  porque la relacionalidad que los distingue también los une, haciendo “visible” en cierto modo la “Unidad trinitaria” entre Personas cuya diferencia estriba en su respectiva relacionalidad. La imago Dei en Juan Pablo II es una imago Trinitatis y el significado más profundo de la diferencia varón mujer se encuentra en orden a la Comunión de Personas.

El miedo creador de Pina Bausch

Pina Bausch tenía un semblante troyano, como el de aquellas mujeres que los aqueos dejaron tras de sí después de tomar la ciudad. Su mirada decía extraviada, a medio camino entre el sueño y la vigilia, similar a la que el dolor debió dejar en el rostro de Hécuba, Casandra o Andrómaca cuando vieron a sus familiares muertos y Troya arrasada por las llamas. «Yo fui una gran tímida de niña. Y vivía con mucho susto, un sentimiento que aún conservo y que, en parte, ha sido mi motor. El miedo mueve. El miedo hace crear porque tú quieres inventarte un mundo donde tus ideas y tus sueños funcionen».

Así es como se fue a estudiar a la Juilliard Schoolde Nueva York, con la inseguridad de quien ve en la desproporción de la metrópoli, y más si la comparaba con su Solingen natal, la magnitud del abismo al que se acercaba. Por suerte, los profesores que allí la esperaban dieron el empujón final a un talento que empezó a fraguarse bajo las mesas del restaurante que regentaba su padre, donde se sentaba a cavilar en mundos imaginarios. Solo salía de allí para, de vez en cuando, divertir a la clientela con bailes improvisados. Antony Tudor, Javier Limón y Paul Taylor vieron en ella a una intérprete distinta, consecuencia de sus años al lado de Kurt Joos en la Folkwang Schulede Essen, a treinta kilómetros de su casa. Hasta allí se desplazaba desde los catorce años para aprender danza y ballet en medio de una extraña simbiosis con la ópera, el teatro, la música, la escultura, la pintura, la fotografía, la pantomima o las artes gráficas.

Pina Bausch: una coreógrafa única

De toda esta amalgama de experiencias surgirá la Pina Bausch creadora, la que hoy está considerada como la mejor coreógrafa del siglo XX, aunque ella misma confesara que nunca fue un proceso consciente. «Yo simplemente bailaba y, un día, sin saber cómo, me encontré escribiendo con mi propio cuerpo. Quería buscar una manera de decir lo que necesitaba de una forma fuerte, poderosa. Igual que en los años de mi infancia, quería expresarme».

Aunque, en realidad, siempre pensó que el intérprete ya era creador desde el mismo momento en que su cuerpo se ponía en movimiento. Sólo había que librarle de ataduras, de pasos y rutinas preestablecidas, para que emergiera desde lo más íntimo de su ser la expresión más pura y auténtica.

«Quiero estar orgulloso de mí mismo», confiesa un adolescente con cierta timidez ante la cámara. Apenas quedan unos meses para que Kontakthof, una performance de danza creada en 1978 por Pina Bausch, sea llevada al escenario por un grupo de jóvenes sacados de once colegios de enseñanza media de Wuppertal. Todos son amateur, sin experiencia seria en la danza. Justo la edad que tenía ella cuando llegó a aquella escuela de Essen. Los miedos, inseguridades y prejuicios que revolotean a lo largo de su camino personal, en el que terminarán por descubrir algo que para ellos era desconocido, han quedado grabados en Tanzträume (Sueños de baile), el documental que se estrenó en la Berlinale de 2009 y que se pudo ver en el último Festival de Cine Alemán celebrado en Madrid durante el pasado mes de junio.

Preguntas que bailan

Guiada por Anne Linsel y Rainer Hoffman, la cámara acompaña el proceso que puso en escena la obra, trufado de los testimonios de sus protagonistas. En su recorrido, vemos cómo los ensayos empujan a una reflexión interna.

«Inventé el método de entregar una pregunta al grupo, una técnica que aún usamos. Les doy algo en qué pensar, algo que les provoca reacciones intensas y mucha pasión. A veces los bailarines escriben sus respuestas con palabras; otras, con el cuerpo y los movimientos. A veces es solo un gesto. Les pido que interpreten un deseo, un estado de ánimo, un miedo. O que imaginen y reaccionen frente a una situación inventada. Elaboro un cuestionario, tomo notas, les enseño un paso nuevo. Así se va armando mi material de construcción». Los adolescentes se contemplan desde dentro, en un movimiento introspectivo que causa vértigo por la falta de práctica. Quizás sea también miedo.

Cinco años antes de concebir Kontakthof, Pina Bausch llegó a Wuppertal para dirigir la compañía de danza de la ciudad. Tenía 33 años y 26 bailarines a los que dirigir.

«Pasé el primer día temblando de miedo y de emoción. Me obligué a cerrar los ojos y a sentir»

«Pasé el primer día temblando de miedo y de emoción. Me obligué a cerrar los ojos y a sentir. Entonces decidí que todos los comienzos partirían de mi ser como bailarina». Aquella producción, en la que sonaban canciones de amor de los años veinte, hablaba del encuentro entre hombres y mujeres, del origen del amor entre seres desconocidos, donde cabe el gozo y la tristeza, el placer y el dolor. Dos años después de aquello, perdería a su primer marido. Rolf Borzik, escenógrafo, fallecía a los 35 años de un cáncer fulminante. «Cuando murió, en 1980, yo cumplía cuarenta años, una edad importante, una edad en que uno hace un balance. Fue terriblemente doloroso, sentí como un vendaval interno».

La elección de los bailarines

Entre los jóvenes de Kontakthof distinguimos lentamente a una adolescente rubia de aires andróginos, que es escogida entre las candidatas para el papel más expuesto de la obra. Asustadiza al comienzo, su rostro va experimentando el cambio más notable. En uno de los movimientos, ella ha de avanzar, con pasos largos y arrastrados, desde el fondo del escenario hacia delante. Un día, aquel camino reveló a alguien distinto. La fragilidad del inicio se había convertido en una inquietante seguridad. Era la protagonista que andaba buscando Pina.

«Busco a gente con personalidad. Y no sé, o no puedo explicar claramente, por qué unos me interesan y otros no. Unas veces la elección es rápida, otras me tomo mucho tiempo para decidir (…). Digamos que cuando elijo a una persona es porque tengo ganas de conocerla». Más tarde, cuando la función ya ha pasado, asistimos a una revelación. Secretamente, esta adolescente había estado bailando para su padre, fallecido en fechas recientes. Entre lágrimas, confiesa que llegó hasta allí sin muchas expectativas, pero poco a poco aquellos ensayos sacaron de ella algo que ni ella misma estaba segura de querer contar.

Al igual que en otras disciplinas artísticas, como la literatura o la música, llegar termina siendo más importante que haber llegado; caminar, más que alcanzar el fin del camino. Al final de ese viaje íntimo y personal, siempre aguarda un premio. Nunca o rara vez es el mismo para todos. «No es simple: sé lo que ando buscando, pero no tengo idea de dónde lo voy a encontrar. Yo lo siento pero no lo veo; algunas veces aparece nítido, pero otras es una gran nebulosa. Hasta que una mañana me levanto ­―con sol o con lluvia― y llega el gran chispazo: sé. Sólo que esta respuesta genera más preguntas». Muchos de aquellos adolescentes llegaron con su joven personalidad, escrita a trazos aún frescos, algunos feroces y nada inocentes. A su edad su experiencia ha sido marcada por un buen ramo de sentimientos: ternura, dolor, amor.

En la mayoría de los casos, descubiertos en el contacto incipiente con otras personas: alguna discusión subida de tono, alguna caricia… En eso consiste Kontakthof, que puede traducirse como «zona de contacto». Los movimientos dejan de ser irrelevantes. Quieren decir algo. Cada uno exprime como puede los recursos que proporciona el cuerpo para expresarse y lograr comunicarse con el otro.

Bailar hasta el final

En el fondo, Pina Bausch repetía experiencia con estos jóvenes adolescentes de Wuppertal. En 1998 se pudo ver esta misma obra en los gestos y las miradas de un grupo de mujeres y hombres mayores, jubilados en su mayor parte. «Me había inspirado un día en que vi un baile con una orquesta muy antigua en un salón y parejas de la tercera edad daban vueltas al compás de la música, bailaban tango, foxtrot, vals, ¡tan felices! Es tan increíble porque el amor nunca termina, a ninguna edad». Puso un anuncio en el periódico de Wuppertal. Damen und Herren ab 65 (Damas y caballeros a partir de 65). Así comenzaba aquel aviso extraño que buscaba candidatos para representar una función de danza, que sirvió para titular otro documental, dirigido por Lilo Mangelsdorff, que recogerá el testimonio de aquella experiencia.

«¿Y por qué no?», dijeron la mayoría de aquellos hombres y mujeres. Quizá era el desafío que necesitaban cuando ya no eran lo suficientemente jóvenes para proponerse grandes ambiciones, pero tampoco lo bastante viejos para permanecer anquilosados, sin hacer otra cosa que pasear e ir a algún que otro recado. Decidieron salir al encuentro de alguien a quien no conocían, pero sospechaban que llevaba con ellos toda la vida. Ese otro yo que, para empezar, era comprendido y reconocido por los demás. Gracias a aquella locura, podían hacer algo que creían haber perdido para siempre.

La búsqueda de ese germen interior como origen del concepto artístico lo hereda Pina Bausch del expresionismo alemán de principios del siglo XX

Heredera del expresionismo

La búsqueda de ese germen interior como origen del concepto artístico lo hereda Pina Bausch del expresionismo alemán de principios de siglo XX. Cuestionado el academicismo y la oficialidad desde los tiempos de la Sezession austriaca, el ballet clásico también comenzó a sentir los embates de la vanguardia. El coreógrafo Rudolf von Laban, precursor del expresionismo en la danza, comenzó a liberar a sus bailarines de ritmos y medidas, a hacerles perder el equilibrio, para desarrollar una idea de movimiento en relación al espacio, en busca de una mayor expresividad. Una de sus discípulas, Mary Wigman, fue la bailarina que más veces llevaría al escenario aquella idea. Tuvo estrechos lazos con el grupo de pintores Die Brücke y durante la Primera Guerra Mundial entraría en contacto con el grupo dadaísta de Zurich. En aquellos años, tal y como Pina Bausch se lo encontraría en Essen, las artes se influían unas a otras, impulsadas por esa necesidad interna de la que habló Kandinsky: «Cada obra de arte proviene de una necesidad interna del alma. La verdadera obra de arte nace del artista: una misteriosa, enigmática y mística creación. Se separa de él, adquiere vida propia, se transforma en una personalidad en sí misma; un sujeto independiente animado por un viento espiritual, el vivo fundamento de una verdadera existencia humana».

Entre uno y otro documental descubrimos cómo los adolescentes quieren moverse con madurez y los mayores quieren hacerlo como cuando eran jóvenes. Pero ninguno quiere renunciar a su bagaje: la frescura de los movimientos, los unos; la experiencia acumulada, los otros. «Para mí, nuestra vida deber ser la gran exploración. Lo que determina mi proceso creativo son los hechos exteriores. Abrir los ojos para ver lo cotidiano de otra manera, mantener la ingenuidad de la mirada, para cuestionar lo banal, y descubrir secretos». Al final de la performance, cuando la música desaparece, sólo queda el pulso de los pasos de todos ellos sobre el escenario: el íntimo e inconfundible ritmo del vivir humano.

Pina Bausch aparece en escena para entregar una rosa a cada uno de sus nuevos bailarines. Muchas veces quiso dejar de representar la obra de los mayores, pero ellos nunca le dejaron. «Están enamorados de su rol en escena. Cuando viajamos, aprenden sus diálogos en francés o inglés o italiano, trabajan en serio. ¡Algunos pasaron los 80 y siguen! Otros han debido abandonar por problemas cardíacos o de artritis y no se conforman». A los jóvenes sólo los dirigirá esa vez. Mientras sale del escenario para fundirse en la oscuridad entre bastidores, pocos pueden imaginar que aquella será una de las últimas veces que se le vea en público. Pina Bausch morirá el 30 de junio de 2009, cinco días después de que le diagnosticaran un cáncer irreversible.



Todos los entrecomillados de Pina Bausch están entresacados de dos entrevistas firmadas por María Cristina Jurado (Revista Ya, Chile, 2009) y Enrique Herreras (Diálogos de Danza, Valencia, 2004).

Tanzträume (Sueños de baile), dirigida por Anne Linsel y Rainer Hoffman

Producción: Gerd Haag.

Documental. Alemania, 2009. 89 minutos. Festival de Cine Alemán. Madrid, 3.6.10

Damen und Herren ab 65 (Damas y caballeros a partir de 65), dirigida por Lilo Mangelsdorff

Producción: Susanne Ritter.

Documental. Alemania, 2003. 70 minutos. Festival de Cine Alemán. Madrid, 4.6.10

Leer o no leer

Leer o no Leer. José Manuel Mora Fandos. Madrid, Biblioteca Nueva, 2010, 96 págs.

No piensen que están ante un ensayo académico. No. Llamémoslo entonces una toma de temperatura. Cuando uno quiere aclararse consigo mismo, y confía en que la escritura puede ser un buen camino, no desea perder cierta calidez. Le parece que perderla sería perderse. Pero eso de escribirse sin perderse, quizás le ponga al indagador que escribe en la tesitura de tener que improvisar novedades, incluso un género de escritura a la medida, a la medida de quién y cómo se es. Esto inquieta un poco: de entrada, puede ser difícil escapar de ese pensamiento que establece una relación directa entre un montón disperso de apuntes y su deriva hacia una pulida reflexión impersonal. Quizás hemos llegado a pensar que ese texto abstracto es la meta, cuando se quiere reflexionar sobre la verdad de algo, y que unos lectores abstractos, como intelectos separados que van libando ideas de cáliz en cáliz, son sus receptores naturales. Esto es una exageración, claro.

Para mí se trata de ver, de ver otra vía para ver, sin perder la temperatura. Hace poco escuché una anécdota muy divertida: una niña de seis años, un auténtico torbellino en el aula, de repente guarda un sospechoso silencio: está haciendo un dibujo. El profesor se acerca con alivio, y le pregunta intrigado: “¿Qué estás dibujando”? Y la niña: “Un dibujo de Dios”, y el profesor: “Pero si nadie ha visto a Dios”, y la niña: “Pues lo van a ver enseguida”. El mayor aprendizaje de la escritura de Leer o no leer ha sido la experiencia de ver con palabras lo que de entrada no es fácil de ver, pero está. Y hace falta una buena carga de desprejuicio e ingenuidad, entrar en considerables pérdidas de pudor, para confiar en la posibilidad de esa visión. Hacerse niño. No voy a disculparme por ponerme un poco paternalista y dar consejos—al fin y al cabo es lo que hacen con toda naturalidad los niños antes de entrar en la edad adulta—, así que ahí va: deberíamos buscar una visión más audaz, al menos un propósito de ver lo que de entrada, por algún motivo, no es fácil de ver. Ver, en buena medida, es un querer ver. Y un confiar en el ver.

En Leer o no leer, quise ver lo que, a lo largo de casi toda mi vida, he hecho con la lectura, y lo que la lectura ha hecho conmigo. Comprenderán ahora un poco mejor por qué esta reserva hacia la palestra académica: estamos hablando de identidad. Ese misterio que no se ventila simplemente escribiendo inteligentemente sobre roles sociales, constructos, género, comunidades, tradiciones… aunque algo haya de todo eso. Yo quería pasear por esas regiones íntimas vedadas al ensayo académico, y hacerlo sin sensación de transitar por el lado oscuro de la cerca, presa de la incomunicación, el idiotismo o la privacy; sino con la confiada y cálida intuición de que lo que surgiera serviría para comunicar con alguien. Por eso se abrieron a la escritura los portillos de los campos literarios, y las metáforas ondearon sus pañuelos. Así que encontrarán bastante literatura en las páginas de este libro.

Leer o no leer: el eco hamletiano del “ser o no ser” quiere maridar el asunto de la lectura con el de la identidad. Para mí la relación es tan innegable como unas cosquillas. Y el proceso clave de esta química es el de la lectura. ¿No es sospechoso que en los programas de estudio, en los temarios, en la pedagogía, hablemos tan poco de la lectura; mientras no paramos de hacerlo sobre libros? Qué fácil es caer en el fetichismo del libro —sobre todo por las inercias comerciales y mediáticas—:

los grandes libros, los clásicos, los fundamentales, lo que no te puedes perder, los más vendidos, los top ten, los premios Nobel de literatura… No soy un crítico externo al sistema, ni un okupa de la cultura. Reconozco los hechos de civilización, agradezco y me beneficio del buen trabajo de los buenos profesionales del mundo del libro y de la comunicación, y quiero contribuir a las excelentes tradiciones que contribuyen a lo mejor de nosotros. Pero me gusta señalar el siguiente fenómeno: al terminar de leer, devolvemos el libro a la estantería, mientras que la lectura que hicimos nos acompaña. Y no como el loro sobre el hombro del pirata. La lectura es metabolismo, bromatología, digestión, finalmente ADN. Nos hace. Como la mancha de chocolate Lindt, una buena lectura queda para la eternidad.

¿Cómo puede ser esto? Ya hace tiempo que cuando se quiere ensalzar el valor intelectual de un autor se dice, “Véase su innegable modernidad, para los esquemas de su tiempo”. Así, Hammurabi con su talión era modernidad pura, Sócrates un modernista un tanto pesado para sus conciudadanos, Benito Jerónimo Feijoo un moderno con hábito… Pues yo quiero dar un paso más y reivindicar la postmodernidad como la última novedad en valor intelectual, y presentar a un postmoderno innegable, Gregorio de Nisa, que vino a decir algo tan fuerte, y con estilo –que es lo que más interesa-, como: “A través de nuestras acciones, somos padres de nosotros mismos”. Es cierto que no escribió “progenitor”, que no distinguió entre A o B —tampoco los protomodernos aprobarían el examen de un temario de modernidad actualizado—, pero su “innegable postmodernidad” le viene de esa relación entre acciones e identidad, libertad y persona, relación con uno mismo y felicidad. Bien, pues la lectura es una acción muy poderosa, con la que nos hacemos hijos de nosotros mismos.

Cuántas decisiones, reflexiones, conocimiento personal, supone y al mismo tiempo provoca la lectura. No hay nada más prochoice. Qué leemos, por qué, cuándo, cómo, para qué, orientados por quién, con quién compartimos la lectura, qué exigimos al libro, qué esperanzas traemos a este diálogo, qué acciones provoca, a qué decisiones puede empujar, qué queremos encontrar en la relectura, si nuestro modo de leer conecta con una tradición concreta de modo de leer…: un puñado de preguntas que hacen identidad.

Vuelvo a traer mi condición de profesor —no puedo evitarlo—: invisibilizamos esta fuerza identitaria de la lectura en la educación. Hacemos creer que la lectura obedece en resumidas cuentas al mecanismo de una máquina expendedora de refrescos: los libros como productos perfectamente manufacturados, al alcance del consumidor, con tal de que se accionen los procedimientos pertinentes. Si no gusta un sabor, se pulsa el botón de al lado. Si leer es una técnica que se enseñó en los primeros cursos de Primaria, así que, ¿por qué volver sobre ello, cuando nuestro objetivo principal es transmitir a los alumnos tantos contenidos, adiestrarlos en tantas competencias para ser competitivos en el mercado laboral?

Vale, pero, por cierto, ¿dónde queda la educación en todo esto?; cariño, ¿dónde te has dejado al niño?

En Leer o no leer he seguido una senda principal: la dimensión narrativa de la identidad. Al terminar de escribir fui entendiendo que estaba realizando una venganza y una liberación. El tema de la identidad narrativa ya hace décadas que campó por los ámbitos académicos; pensadores tan solventes como Paul Ricoeur, Alasdair MacIntyre o Julián Marías enseñaron a ver esta dimensión que trasciende la biología en biografía. Pero el sistema académico tantas veces tiene el efecto perverso de impedir la salida de conocimientos hacia el resto de la ciudadanía; parece como si, conseguidos los objetivos intraacadémicos, no quedaran fuerzas o voluntad para hacerlo. Así que, como el Zorro, había que robar a los ricos para dárselo a los pobres. El sentido de la dimensión narrativa de la identidad me parece algo sumamente poderoso —sensatamente entendido—, que debe ser liberado en medio de los fluidos comunicativos y educativos para contribuir a una mejor visión de nosotros mismos. Y es en la lectura, donde se pueden descubrir infinitos ejemplos y analogías de nuestro modo de ser con el modo de ser de una narración.

Por esta razón, una de las cuatro secciones del libro lleva el título “De libros y maletas”, y en otra, “De lo leído” he vuelto a esos textos cálidos que han tenido que ver con mi identidad: La Ilíada de Homero, Antígona de Sófocles, Las cartas a Lucilio de Séneca, Las confesiones de San Agustín, Shakespeare, El Principito de Saint-Exupéry, las intrigas de Agatha Christie, los Cuatro Cuartetos de T. S. Eliot, tantas páginas de Josep Pla… En “Historia antigua” retorno a las brumas infantiles de mi aprendizaje de la lectura, hasta la adolescencia. Y en “Ritos” descubro lo que el modo de leer dice sobre uno mismo.

Al terminar de escribir Leer o no leer—en ese momento en que has de hacer un resumen para el envío a las editoriales, y luego para los medios de comunicación—, constaté analógicamente para mi libro la verdad de lo que decía Rousseau que pasaba con las cartas de amor: que al comenzar a escribirlas no sabes qué vas a decir, y al terminarlas no sabes qué has dicho.

Bien, quizás sí tengo una cosa clara, un tanto paradójica: sólo escribes con satisfacción de lo que conoces bien, y que la manera de saber lo que conoces bien es poniéndote a escribirlo. Y si se da esta condición, lo normal es que lo escrito funcione térmicamente con los lectores.

Virutas de taller

Virutas de taller. Miguel D’Ors. Los Papeles del Sitio, Valencina de la Concepción (Sevilla) 2007, 224 págs. Prólogo de Enrique García-Máiquez Ilustraciones (grabados en linóleo) originales del autor

Quince codazos mal disimulados me asesta Miguel d’Ors en su delicioso libro Virutas de taller, el cuarto de los que con el logotipo (la empresa diría Saavedra Fajardo) de una pareja de pingüinos da a la estampa el poeta Abel Feu en Valencina de la Concepción.  Los otros tres son, por orden de aparición,  La superstición del divorcio de G.K. Chesterton, Puntos suspensivos de Mário Quintana y Escolios escogidos de Nicolás Gómez Dávila.  Habría que agregar breves entregas de poetas contemporáneos, una bonita colección de haikus y un libro excepcional, por su calidad y por su género, a medias entre el relato, las memorias y la elegía: Las niñas del Altillo, de la jerezana Begoña García González-Gordon.

Los codazos que me asesta Miguel d’Ors los podía yo muy bien haber compartido con los otros tres autores, el inglés, el brasileño y el colombiano, si siguieran en el mundo de los vivos.  De hecho, el colombiano fue uno de mis grandes descubrimientos de estos últimos años y de él me ocupé con entusiasmo al reseñar sus Sucesivos escolios a un texto implícito, en la edición española de Altera (Barcelona, 2002).  En estos Escolios escogidos (y ordenados por temas) por el prologuista Juan Arana, es Gómez Dávila quien le da un codazo a Miguel d’Ors cuando dice: “La iglesia absolvía antes a los pecadores, hoy ha resuelto absolver a los pecados.”   Miguel d’Ors acusa el golpe cuando toma nota de que en el Decálogo moderno los Mandamientos se reducen a cuatro o cinco y del hecho de que la noción de pecado haya sido desplazada por la de delito.  Bien que mal, todos estos cambios los debemos al Concilio Vaticano II, y ni Miguel d’Ors ni Gómez Dávila demuestran haberse dejado ofuscar por el “humo de Satanás” de que habló Pablo VI cuando por fin se llamó a engaño.  Miembros ambos de la Iglesia militante, pocas simpatías pueden abrigar hacia el “nuevo clero (de) la Iglesia claudicante”.  Dos pontificados lleva ya la Iglesia tratando de recuperarse de las claudicaciones postconciliares que tan felices hacían a sus perseguidores de siempre, y en esa línea de recuperación militante, de reivindicación de la moral frente a ese sucedáneo equívoco de la ética,  tanto Gómez Dávila en sus “escolios” como Miguel d’Ors en sus “virutas” no escatiman el arrojo ni el humor ni la libertad crítica, una crítica tan libre que, en el caso de este último, se atreve no ya con el Antiguo Testamento, sino con el Nuevo, y dice lo que algunos pecadores hemos pensado más de una vez sobre parábolas tan aperplejantes como la del Hijo Pródigo y la de los obreros que trabajan de sol a sol y cobran lo mismo que los que vienen a hacer mero acto de presencia al final de la jornada.  No recuerdo en cuál de las obras de su incendiaria juventud dice Baroja que los patriarcas de la Biblia son un hatajo de miserables. No llega Miguel d’Ors a esos extremos, pero la divertida semblanza que nos hace de Jacob no deja a éste en muy buen lugar ni, de paso, a su madre Rebeca.  Alguna vez he pensado que el gran culpable del antisemitismo alemán es Lutero, por su empeño en poner la Biblia al alcance del pueblo, y es que lo que Hitler, mal lector de Nietzsche pero buen lector de la Biblia, por ejemplo quería hacer con Varsovia, ya lo había hecho Josué con Jericó. A conclusiones muy parecidas  llega Miguel d’Ors cuando lee los libros de Josué, Los Jueces, Samuel, Los Reyes, las Crónicas

En estas Virutas no pueden faltar las reflexiones sobre el eje diamantino del autor, que es la Poesía, sobre la que dice cosas nada convencionales, en observaciones críticas que llegan del Barroco a los Novísimos(y Postrimerías), pasando por Rueda, Rubén, Unamuno, Villaespesa, Juan Ramón, los Machado y García Lorca entre otros muchos.  De éste no le gustan las metáforas gitanas y de don Antonio su “filosofía de rebotica” ni su regeneracionismo campoamorino.  Notable es por otra parte el tributo rendido a las artes plásticas, sobre todo en su penetrante ensayo sobre Ramón Gaya, un pintor que “ha conseguido pintar el Silencio”.  Miguel d’Ors sabe de lo que habla, pues no es ciertamente un profano,  como se desprende de las bellísimas xilografías que a guisa de viñetas salpican sus páginas.  También está presente el amante de la naturaleza, tanto en su ameno comentario sobre las exploraciones y descubrimientos de Thor Heyerdhal como en su rectificación al Unamuno que afirma que en la Naturalezano hay Historia. D’Ors nos habla con familiaridad y hondura de Torres Villarroel y de García de la Huerta, de Vallejo y de Borges, de José Pla y de José Mateos, y nos da la sensación de ser contemporáneo de todos ellos.  Con un poco de retraso, le brinda a Baroja la biografía de un cura navarro, capellán castrense, digno de figurar en la nómina de los hombres de acción de don Pío.  Mucho habría que hablar de las teorías de d’Ors sobre la traducción poética, con ejemplos al canto, y sobre las meteduras de pata de hispanistas de nota. El análisis estilístico y morfológico que hace de los himnos tribales de Galicia, Andalucía y Asturias es desternillante. Muchos de sus párrafos son tan sustanciosos y agudos como los aforismos de Gómez Dávila.  Si hay que buscarle una afinidad y un parentesco con otro libro reciente, yo señalaría Advenimientos, de José Jiménez Lozano (Pre-textos, Valencia, 2006).

Alguna vez he dicho que la poesía no siempre tiene que ser por fuerza un “buen decir” (Garcilaso mismo) sino que también puede ser un “buen balbucear” (San Juan de la Cruz) o un “buen barbarizar” (César Vallejo) y me alegra que Miguel d’Ors me dé la razón a su manera.