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Lo que vale la pena salvar hoy

El perfil mediático de sir Roger Scruton (Buslingthorpe, Reino Unido 1944) suele pergeñarse con sus afilados trazos de polemista y con las sombras de escándalo político que siempre le acompañan. Sin embargo, un sereno escrutinio de su aportación filosófica nos descubre que el secreto último de su pensamiento estriba en su loa luminosa y entusiasta de la belleza y la cultura.

El filósofo británico cumple al pie de la letra con el adagio de Chesterton: «Un verdadero soldado no lucha porque tenga algo que odia delante de él; lucha porque tiene algo que ama detrás». Él ama el mundo con pasión y disfruta del regalo de sus encantos y placeres con un hedónico agradecimiento: la naturaleza, el arte, la música, las confortables costumbres, la historia, la literatura, etc.

Dante recordaba el día y la hora y el lugar de su enamoramiento de Beatriz, y Scruton recuerda el instante y el sitio en que se convirtió en un conservador. Lo detalló en una entrevista en The Guardian en 2002: «[En Mayo del 68] estaba en el Barrio Latino de París viendo a los estudiantes volcar coches, romper ventanas y lanzar adoquines y por primera vez en mi vida sentí una oleada de indignación política. De repente caí en la cuenta de que yo estaba en el otro bando. Vi una multitud ingobernable de hooligans de clase media encantados de haberse conocido. Cuando pregunté a mis amigos qué pretendían, qué intentaban lograr, todo lo que me contestaron fue un centón de perezosos tópicos marxistas. Me irritó y pensé que debía de haber un camino de regreso a la defensa de la civilización occidental. Fue entonces cuando me convertí en conservador: quería conservar las cosas en lugar de derribarlas».

Una cultura sin amor

A partir de entonces repetirá que el conservadurismo trata de amor. Sensu contrario, ha declarado: «Me parece que la característica más importante de nuestra cultura postmoderna es que se trata de una cultura sin amor». No son frases cursis. Remiten a un flechazo verdadero y tumbativo con la realidad. Que le ha abocado a una defensa sin cuartel, como a Dante su enamoramiento le exigió el Inferno y el Purgatorio.

A ese giro defensivo responderán libros tan celebrados como Pensadores de la Nueva Izquierda (1985) o Cómo ser conservador (2014), entre otros. Pero su pensamiento será ideológico apenas en segunda instancia y por instinto de conservación. Sólo se enfrenta a quienes no aprecian ni lo que hay ni lo que tienen. Si el 68 trató de volcar un mundo que merecía ser amado, Scruton, en legítima defensa, iba a poner al 68 patas arriba.

Observen el efecto: del 68, dado una vuelta de ciento ochenta grados, sale el 89, la fecha de la caída del Muro de Berlín, el evento histórico al que el pensador inglés contribuyó cuanto pudo no sólo con sus escritos desde Occidente, sino allí, sobre el terreno, con su participación en la resistencia intelectual tras el Telón de Acero.

Esa experiencia la ha novelado en Notes from the Underground (2014). La anécdota biográfica tiene importancia, además de por sus atractivos tonos como de espías de Graham Greene, porque retrata la actitud de Scruton: nunca se queda en la crítica, sino que propone, coge las vueltas, actúa.

Su incansable defensa de la belleza y sus llamadas de atención sobre la importancia de la alta cultura cimientan su obra

Su activismo y su hedonismo son consecuentes porque se oponen al nihilismo, que es lo único que ofrece, según él, la postmodernidad (con sofisticados envoltorios). No pierde de vista el aviso de Heidegger: «Nichts nichtet», la nada nadea. Su postura será la opuesta: sostener lo bueno, lo hermoso y lo verdadero, demostrando que es hermoso, verdadero, bueno y, encima, mejor, más práctico y más feliz que la nada. Esto es, que todo todea.

Su incansable defensa de la belleza, no de cualquier belleza, sino de una belleza (como subraya Calvo Serraller en El País el 14 de marzo de 2017) beligerantemente vintage, y sus constantes llamadas de atención sobre la importancia de la alta cultura cimientan su obra completa. La hermosura de la naturaleza y del arte, el misterio de la música, el sabor de lo antiguo y los grandes hitos culturales son, a la vez, la mejor defensa de su posición política y lo mejor que su posición política defiende.

Roger Scruton inició su andadura intelectual con una tesis doctoral sobre Estética. Es muy significativo que se la dirigiese Elizabeth Ascombe, preclara figura del pensamiento aristotélico-tomista de Cambridge. Pero también es esencial el tema con el que nuestro filósofo arranca, porque, ante la belleza, nuestra sensibilidad estremecida sale de su entumecimiento. Es la más poderosa e inmediata apelación frente a la nada. En Bebo, luego existo (2009) confiesa: «Muy pronto me convencí de que no había ninguna cuestión filosófica más difícil ni más importante que la de la naturaleza y el significado de la música».

La belleza interpela por encima de las ideologías: es, por tanto, un inmejorable punto de partida para entendernos. Scruton abre el libro La belleza (2011) con contundencia programática: «La belleza puede ser consoladora, turbadora, sagrada, profana; puede ser estimulante, atractiva, interesante, escalofriante. Puede afectarnos de un sinfín de formas distintas; sin embargo, nunca nos deja indiferentes: la belleza exige el reconocimiento; nos interpela directamente como la voz de un amigo íntimo».

Esa voz amiga otorga sentido. Una observación cotidiana y perspicaz lo demuestra. En los edificios modernos y en las ciudades contemporáneas, señala Scruton, se necesitan incesantes carteles indicando direcciones, usos y dependencias. La nueva arquitectura y el nuevo urbanismo en sí mismos son mudos, incapaces de transmitir por sus medios ningún tipo de sentido u orientación. Ni las viejas ciudades —con sus plazas y sus torres— ni los edificios clásicos —con sus ornamentos y sus estructuras— necesitaban más código que su propia plenitud formal.

La belleza desactiva el pragmatismo del funcionalismo y demuestra la utilidad de lo estético y espiritual

Para un pensador tan británico como Scruton, constantemente tentado por el empirismo, esta característica de la belleza blande una hoja de doble filo: desactiva el pragmatismo del funcionalismo y, a la vez, demuestra la utilidad de lo estético y espiritual. «El funcionalismo (explica) apostó por la utilidad y prescindió de la belleza a la hora de diseñar colmenas habitables, edificios de oficinas y estaciones de autobuses. Eso llenó nuestras ciudades de fealdad y mutilación, olvidando que no todas nuestras necesidades son prácticas, pues tenemos necesidades espirituales y morales, éticas y estéticas».

En el documental de la BBC de 2006 titulado On Beauty, muestra cómo los edificios más funcionales han dejado de funcionar porque nadie quería vivir ni trabajar en lugares espantosos, mientras que los edificios bellos siempre encuentran una nueva función que los revitaliza. El utilitarismo resulta, a la larga, más inútil que la estética más exquisita. Como Dostoievski, Scruton sostiene que la belleza salvaría el mundo, si la dejasen.

Tras el sentido y la utilidad, a renglón seguido, la belleza conlleva una exigencia. Para Scruton, «no es extraño que usemos tan a menudo las palabras bello y hermoso para describir el aspecto moral de la gente. […] El alma bella es aquella cuya naturaleza moral es perceptible, que no es sólo un agente moral sino una presencia moral, con el tipo de virtud que se muestra a la mirada de quien la contempla. […] La apreciación moral y el sentimiento de la belleza están inextricablemente unidos, y ambos tienen por objeto a la persona concreta e individual».

Siguiendo a Platón, Scruton conecta la belleza con el deseo, y ambos con lo sagrado y añade: «Kant también creía que la belleza natural es un “símbolo” de la moral, y observó que las personas que se interesan de verdad por la belleza natural demuestran con ello que poseen el germen de una buena disposición moral, de una “buena voluntad”. El argumento kantiano en defensa de esta opinión es algo vago, pero es una opinión que compartía con otros autores del siglo XVIII, entre los que figuran Samuel Johnson y Jean-Jacques Rousseau. Y es una opinión que nos atrae instintivamente, por muy difícil que resulte construir una argumentación a priori en su favor».

Dejando apuntada esa conexión de la belleza con la bondad, Scruton prefiere orientar su camino hacia la verdad. Luego, como veremos, todo se andará, pero, a raíz del verso de Keats «La belleza es verdad y la verdad, belleza», constata: «Nuestras obras de arte favoritas parecen guiarnos hacia la verdad de la condición humana».

La verdad existe

La existencia de la belleza implica una jerarquía de logros estéticos y la necesidad inherente de un juicio personal, pero no caprichoso, sino estricto y exigente, que ha de juzgar, por tanto, según criterios objetivos. Para Scruton, como explica Josemaría Carabante en su recensión a La cultura cuenta (2007) (Nueva Revista), «el relativismo es una enfermedad tremendamente contagiosa y nociva en el campo de la estética cultural. E inocula diversas enfermedades: complejo de inferioridad, sentimiento de culpa, vergüenza por la tradición. Porque si bien es verdad que, como afirma el pensador británico, los juicios culturales son de alguna forma subjetivos, ya que dependen de experiencias acumuladas, de impresiones vividas y de la formación recibida, también implican cierta adecuación y poseen sentido normativo. Gracias a ello podemos afirmar sin complejos que hay cuadros buenos y malos, mejores y peores canciones, libros más conseguidos en términos artísticos que otros».

Como comprobamos en nuestra vida cotidiana, «el juicio estético es necesario para hacer bien cualquier cosa».

Sin relación con la verdad, no estaríamos ante un arte auténtico, sino ante la falsificación de la emoción del kitsch o, en el otro extremo, ante el efectismo hueco del arte rompedor. No se trata sólo de un problema para galeristas y críticos de arte. Como comprobamos en nuestra vida cotidiana, «el juicio estético es necesario para hacer bien cualquier cosa».

A su crítica al relativismo, Scruton suma la del reduccionismo, ejercido a través del muy recurrente tópico del nothing-buttery, esto es, del “nada-más-que”. No es nada más que una expresión más de la retórica nihilista que despliega la postmodernidad. Consiste en afirmar que los hombres no somos nada más que química o construcción social o intereses económicos o memes o código genético… Naturalmente, Scruton contrapone el ejemplo de la estética. Un paradigma de nothing-buttery sería afirmar que un cuadro no es nada más que pinceladas de óleo sobre una tela. El sentido común y la verdad nos dicen que son mucho más:  el buen gusto, la técnica pictórica, el diálogo con la tradición, la visión del artista, su espíritu, el del público…

Del mismo modo, un hombre es mucho más que un conjunto de genes o una cultura más que un añadido de intereses económicos. Detrás de esos discursos, según Scruton, no hay nada más que intentos de negar la dignidad de la naturaleza humana con el propósito consciente o inconsciente de liberarse de la obligación de vivir de acuerdo con la exigencia moral que implica. Obsérvese su letal ironía: utiliza el mecanismo nothing-buttery para rebatirlo. Es una constante: Scruton —hijo, al fin y al cabo, aunque rebelde o del revés, de Mayo del 68— recurre a las armas y tácticas de su tiempo.

La misma pulsión desesperada de escapar de las elevadas exigencias que emanan del espíritu humano se esconde detrás del feísmo del arte y la arquitectura moderna y postmoderna. El reflejo de la belleza pone en evidencia el alma. Por tanto, más allá de la irremediable confrontación con la postmodernidad, importa lo que Scruton afirma, como siempre.

En este caso, que hay que rebelarse ante el relativismo y al reduccionismo porque nos privan de la riqueza de nuestra cultura, que se sostiene sobre la jerarquía, el reconocimiento de la verdad y los juicios de valor. En La cultura cuenta advierte: “La conclusión ineludible es que el subjetivismo, el relativismo y el irracionalismo no se defienden para acoger todas las opiniones, sino para excluir específicamente las opiniones de los que creen en las viejas autoridades y en las verdades objetivas».

Si es algo tan evidente, ¿por qué el relativismo encuentra seguidores tan absolutos? «Es un argumento que cuenta con entusiastas partidarios porque en apariencia libera al ser humano de la carga de la cultura, diciéndole que todas esas venerables obras maestras pueden ignorarse impunemente, que los culebrones son “tan buenos como” Shakespeare y Radiohead está a la altura de Brahms, ya que nada es mejor que nada y todas las pretensiones de valor estéticos son nulas.

«Fausto, Hamlet, la Eneida o el Moisés de Miguel Ángel han cambiado nuestra forma de ver el mundo»

Por lo tanto, el argumento concuerda con las formas del relativismo moral en boga». Igual que el «nothing-buttery» pretende liberarnos de las exigencias de la naturaleza humana, el relativismo cultural nos libra de «las obligaciones enormes aunque no siempre bien expresadas, que impone la cultura, en especial, de la obligación de ser distintos y mejores de lo que somos».

El filósofo, por más que entienda la utilidad a corto plazo de tales subterfugios, expone sus consecuencias: «Algunas obras han cambiado nuestra forma de ver el mundo; por ejemplo, el Fausto de Goethe, los últimos cuartetos de Beethoven, el Hamlet de Shakespeare, la Eneida de Virgilio, el Moisés de Miguel Ángel, los Salmos de David y el libro de Job. Para las personas que no conocen esas obras de arte, el mundo es un lugar distinto y acaso menos interesante».

Inexorablemente, el análisis de la jerarquía de valores y los juicios estéticos lleva a sir Roger Scruton a defender la civilización occidental. Dedica un monográfico a la cuestión, titulado con todo el descaro de su rima The West and the Rest (2002). Aunque apenas hay libro suyo en que no haga una loa de Occidente; en éste, tras los atentados de las Torres Gemelas, su apelación se torna dramática. La defensa de nuestro modo de vida pasa por una compresión profunda de lo que somos: «Los políticos, cuando les preguntan por qué estamos luchando en la “guerra contra el terrorismo” responden invariablemente que por la libertad. Pero, tomada en sí misma, la libertad significa la emancipación de los límites, incluyendo esos límites que pueden ser imprescindibles si queremos que la civilización sobreviva».

Para entender la defensa scrutoniana de Occidente no debemos alejarnos de su crítica al nihilismo. Para Scruton, lo más grave del multiculturalismo es que no consiste en ninguna aportación real, sino en una laminación.

En Los usos del pesimismo (2010), haciendo honor al título del libro, lo denuncia sin ambages: «No puedes aprender muchas culturas. Lo mejor que puedes hacer es aprender una forma de síntesis pública de la cultura que compartes con tus vecinos y de la cultura privada que funciona en casa. Eso es exactamente lo que nuestro currículo “monocultural” impartía: una cultura pública de buen comportamiento y de lealtad nacional compartida […] Y todo lo que el multiculturalismo ha logrado es dar al traste con aquella cultura pública compartida, acabar con su legitimidad y poner en su lugar un gran vacío».

La cultura compartida

La intuición de que la belleza estaba unida a la bondad, según sugería Kant, tentó a Scruton, como vimos, pero él prefirió el camino del poeta John Keats: «Belleza es verdad, verdad es belleza, eso es todo/ lo que sabes y lo que necesitas saber». Aunque Scruton sabía que eso no era todo lo que sabía: simplemente escogió un camino más largo, pero más firme. Siguiendo al Kant que dijo que «la existencia de cosas bellas demuestra que el hombre armoniza con el mundo», Scruton pasó de la belleza a la prueba de la verdad, y ahora, sobre ellas, se construye la necesidad de una cultura compartida frente al gran vacío al que aboca el relativismo. En esa comunidad cultural, la filosofía de la afirmación de Scruton llega a la bondad.

Sorprende que no se haya asociado a Roger Scruton con el comunitarismo de pensadores como Alasdair MacIntyre y Michael Sandel, entre otros. Como ellos, defiende el sentido común, la sociedad civil, el realismo de raigambre aristotélica y la crítica al utilitarismo y al liberalismo sin principios. Necesitamos descubrir, en palabras de Scruton, «islas de valor en un mar de precios», idea análoga a la expuesta por Sandel en el libro Lo que el dinero no puede comprar (2014).

Dejemos que Scruton se explique: «En 1979 escribí El significado del conservadurismo, un intento impetuoso de contrarrestar la ideología mercantilista de los think-tanks thatcheristas. Quería recordar a los conservadores que hay una cosa que se llama sociedad, y que la sociedad es aquello de lo que trata el conservadurismo. Creí que “la libertad” no es un respuesta ni clara ni suficiente a la pregunta de qué es aquello en lo que el conservadurismo cree. Como Matthew Arnold, sostuve que “la libertad es un excelente caballo para galopar, pero para galopar… a algún lugar”».

Como Sandel, Scruton no quiere renunciar a los criterios morales que permiten juzgar la acción política y la dirección del progreso de nuestra sociedad. Sabiendo que entra en un terreno difícil, vuelve a cobijarse en la alta cultura. Primero, porque es la que avisa: “El valor moral de la cultura consiste en que perpetúa la idea del valor moral, enseñándonos, para empezar, que realmente existe esa cosa”, explica en La cultura cuenta; y añade: «La cultura importa por esto: es la vasija en la cual los valores intrínsecos son conservados y transmitidos a las nuevas generaciones».

Los valores más explícitos y concretos de la comunidad los enumera y describe en un libro inesperadamente esencial, muy menor en apariencia: Inglaterra, una elegía (2001). Allí defiende, con una prosa que supera incluso sus habituales niveles altísimos de excelencia, los múltiples lazos comunitarios de la sociedad inglesa, desde el Derecho hasta el deporte, pasando por la historia, el paisaje o el carácter arquetípico de sus gentes.

El ejercicio de la bondad implica por su propia naturaleza un movimiento horizontal, que es el amor al prójimo: a la familia, al vecino, al compatriota, etc., en círculos concéntricos de mayor a menor intensidad. A eso hay que añadir un rectilíneo movimiento vertical que, en consonancia con el pensamiento de Edmund Burke, supone un compromiso sin solución de continuidad con los antepasados y con los que aún no han nacido.

Cruzando ambas líneas, concluye en su libro Filosofía verde (2011) precisando que su entendimiento de la acción política «se formula en términos de administración fiduciaria antes que de empresa privada, de conversación y no de mando, de amistad antes que de la persecución de alguna causa común».

Scruton reclama las raíces conservadoras del ecologismo, que heredó hasta el nombre de la familia y se llamó “conservacionismo»

Podríamos comprobarlo en sus posiciones urbanísticas o sobre la enseñanza o a favor del Brexit; pero en el problema medioambiental se ve mejor. Scruton reclama las raíces conservadoras del ecologismo, que, hijo legítimo, heredó hasta el nombre de la familia y se llamó “conservacionismo”. Los primeros modernos interesados en la belleza de la naturaleza y su preservación fueron el vizconde de Chauteaubriand y los románticos alemanes. Lo más scrutoniano de esta genealogía es que no es una ideología, sino una estética y la decantación de un intenso sentido de pertenencia.

El ecologismo actual presenta, según él, tres defectos de raíz. Primero, su cientificismo, ciego a las razones estéticas y culturales. Segundo, su globalismo, que, al no nacer del sentido de comunidad, termina percibiéndose como una imposición exógena. Finalmente, su instintiva animadversión al ser humano, considerado implícita y hasta explícitamente una plaga para el planeta. Es otro de los disfraces del nihilismo contemporáneo en su inercia de negar todo.

Llegados a este punto se entiende la importancia que Roger Scruton da a los movimientos asociativos locales y comarcales para los más diversos fines, que redundan en beneficio de la comunidad. Asociaciones ornitológicas, clubs sociales, tertulias culturales, organizaciones en defensa del patrimonio local, ferias benéficas, peñas de cazadores, etc., forman el tejido que abriga una comunidad y son el campo natural donde se ejercita la bondad sin abstracciones filantrópicas ni discursos demagógicos. Hasta su concepción de la religión tiene raíces comunitaristas: «La herejía y el sacrilegio son peligros porque amenazan la comunidad: la meticulosidad del rito religioso es un signo de que la religión no es solamente un sistema de fe, sino un criterio de pertenencia”, expone en Manual de cultura moderna para personas inteligentes (1998).

Conclusión: Nobleza de espíritu

El pensamiento de Scruton va del deslumbramiento de la belleza, pasando por la defensa de la verdad, hasta el compromiso más concreto con el bien de la comunidad. En todo momento, su hilo conductor es un imperativo ético personal. Lo reconoce desde el principio, como escribe en La belleza: «Nuestra necesidad de belleza quedaría insatisfecha si no afectase a nuestra realización como personas. Es una necesidad que surge de nuestra condición metafísica, como individuos libres, que buscamos nuestro lugar en un mundo común y público. Podemos vagar por este mundo hostiles, resentidos, suspicaces o desconfiados. O podemos encontrarnos a gusto en él, en armonía con los demás y con nosotros mismos. La experiencia de la belleza nos guía por el segundo camino».

Roger Scruton es consciente, por tanto, de que «toda crítica artística que sea digna de ese nombre también se ocupa de revelar el contenido moral de las obras de arte».  Le aplaudiría Nicolás Gómez Dávila, que escribió: «La crítica decrece en interés mientras más rigurosamente le fijen sus funciones. La obligación de ocuparse sólo de literatura, sólo de arte, la esteriliza. Un gran crítico es un moralista que se pasea entre libros». Sin embargo, Scruton no sólo se ha paseado, sino que ha defendido con uñas y dientes la implicación ética, propia de la educación liberal, transida de humanismo: «La cultura común nos dice cómo y qué hemos de sentir, y haciéndolo, eleva la vida a un plano ético, donde el juicio crítico se insufla a todo lo que se hace».

Esa totalidad de la exigencia estética y, por tanto, de la implicación ética la ha llevado a sus últimas consecuencias en una desbordante diversidad de campos de estudio y de actividad que van desde la defensa de la civilización occidental hasta la cata placentera de un vino o del tabaco, arrostrando los peligros de la soledad y de la censura de lo políticamente correcto.

Han sido peligros reales. Tras dejar la dirección de la Salisbury Review, Scruton hizo este balance del coste personal que supuso el «simple alivio de musitar la verdad»: «El puesto me había costado miles de horas de trabajo no retribuido, un horrible asesinato simbólico en Private Eye, tres pleitos, dos interrogatorios, un despido, la pérdida de un cursus honorum universitario en Gran Bretaña, un sinfín de reseñas negativas, la suspicacia de los tories y el odio de cualquier progresista decente en todas partes. Y había valido la pena».

Su figura ha adquirido perfiles quijotescos. Acometió los molinos de viento del nihilismo

Este recuento es un poema de timbres épicos que nos recuerda que no podemos acabar esta semblanza de sir Roger Scruton sin señalar que su figura ha adquirido perfiles quijotescos. Acometió los molinos de viento del nihilismo y ha demostrado que no eran fantasmagorías, sino poderosos sistemas de pensamiento, con complicidades en comodidades subjetivas y perezas compartidas, que podían moler, como quien no quiere la cosa, los valores de Occidente. Scruton se ha negado al nihilismo y se ha rebelado contra el reduccionismo, poniendo patas arriba los postulados de la postmodernidad.

Su libertad de pensamiento no ha sido en ningún caso la coartada de un provocador profesional. En realidad, sir Roger Scruton defiende una libertad mayor, más amplia y autobiográfica (que incluye la de cazar el zorro). Él ha sido el primer comprometido por sus planteamientos.

Todo empezó por un encuentro personal con la belleza. A partir del cual, ha tratado de seguir el consejo o la orden o la vocación que el torso arcaico de Apolo inspiró a Rainer Maria Rilke: «Tienes que cambiar tu vida». La llamada de la belleza, el descubrimiento de la verdad y la lucha por la bondad han terminado modelando la obra y la vida de Roger Scruton. Quizá también (esperamos) la de sus lectores.

Viaje a Scrutopia: la experiencia de ser alumno de Scruton en su propia casa

Los dos últimos veranos Roger Scruton ha convocado Scrutopia, un curso de nueve días para veinte alumnos que es mucho más que un curso. El nombre remite a un lugar. Es todo lo contrario, por tanto, a una utopía; y es un lugar y un nombre que giran alrededor del filósofo. No se engaña a nadie, desde luego. Me hallaba entre los veinte privilegiados del último agosto.

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Johan Norberg: «Progreso. Diez razones para mirar al futuro con optimismo»

El texto que sigue corresponde a la introducción del libro de Johan Norberg: «Progreso: Diez razones para mirar al futuro con optimismo» (Deusto, 2018), que reproducimos con permiso de la editorial. El joven ensayista sueco se ha convertido en un representante destacado de lo que se ha dado en llamar la corriente de los «nuevos optimistas», compuesto por pensadores de distintas ideologías entre los que sobresale la figura de Steven Pinker. Norberg sostiene en este texto que la población mundial ha experimentado, en los últimos cincuenta años, una mejora sin precedentes en su nivel de vida.

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Historia de dos revoluciones

¡Fuego! Nadie tenía claro quién gritó y dio la orden. Pero inmediatamente sonaron algunos disparos y se desató el pánico y el caos. Había caído la noche sobre Boston. John Adams, futuro segundo presidente de los Estados Unidos, volvía a casa tras una agotadora jornada de trabajo fuera de la ciudad. Mientras guardaba su caballo en el establo escuchó las voces. Desconcertado, salió a la calle. Sobre la nieve yacían cinco cuerpos abatidos por los Casacas Rojas. Además de los fallecidos, el enfrentamiento entre colonos y soldados británicos se saldó con seis heridos. Los hechos ocurrieron el 5 de marzo de 1770.

La Guerra de la Independencia tardaría todavía cinco años en estallar, pero los rebeldes contaban ya sus primeros muertos. Los ‘hijos de la libertad’ de Massachusetts, las primeras milicias por la independencia de las colonias, lideradas por Samuel Adams, primo de John, repartieron pasquines reinterpretando lo sucedido. Para los revolucionarios fue ‘La matanza de Boston’.

En 1763, Francia e Inglaterra firmaron la Paz de París, que ponía fin a la Guerra de los Siete Años. Los franceses cedieron sus territorios del Sur de Canadá y los ingleses recuperaban la hegemonía comercial. Sin embargo, la victoria británica supuso el comienzo de sus quebraderos de cabeza con sus posesiones en América del Norte. Con las finanzas del Imperio maltrechas, el Parlamento decidió revertir su relación con las colonias, guiada hasta ese momento por el principio del ‘descuido saludable’: los colonos aceptaban la soberanía británica y la Corona admitía el autogobierno de las colonias.

Los colonos desarrollaron sus propias instituciones: asambleas locales –‘townmeetings’- y coloniales. La máxima autoridad en cada colonia era el gobernador británico. Ni las leyes aprobadas en los territorios de ultramar desafiaban la Constitución inglesa ni el Parlamento fiscalizaba las medidas adoptadas por ellas ni sus relaciones comerciales. No había ninguna ley que regulara el reparto de poder entre la Corona y sus 13 colonias del Norte de América.

Lo que estaba realmente en juego era el derecho a la propiedad

La obsesión británica por sanear sus cuentas y ordenar el comercio en América propició los primeros choques. Las colonias, constituidas a partir del siglo XVII -la primera fue Virginia, fundada en 1607; la última, Georgia, en 1732- se crearon a partir de títulos de propiedad concedidos por el rey a personas o compañías; esas sociedades o propiedades privadas se convirtieron posteriormente en colonias. Algunos fundadores fueron pioneros, descubridores o buscavidas; otros, lores; una empresa sueca se hizo con Delaware y el cuáquero William Penn adquirió Pensilvania cuando ya estaba habitada por escoceses. Las colonias del Norte de América fueron refugio de muchos europeos que huyeron de las guerras de religión y después de británicos que escaparon de las persecuciones religiosas en las Islas.

Los británicos cayeron en la cuenta de que las 13 colonias eran un filón que habían desaprovechado durante décadas. Tras la Guerra de los Siete Años, el Parlamento británico decidió reforzar las fronteras coloniales con 10.000 hombres. Prohibió a los colonos expandirse hacia el Oeste, pretendió implantar una administración eficiente, impuso sus leyes de navegación, limitó el comercio de sus territorios con otras colonias francesas de Centro América y aprobó la Ley de Pinos Blancos, que impedía la tala de árboles porque eran necesarios para la construcción de embarcaciones. Los colonos la interpretaron como el primer revés a la libre disposición de la propiedad. Comenzaron los recelos, que fueron en aumento cuando el Ejército se instaló en las ciudades. Los colonos no estaban acostumbrados a ver desfilar a los Casacas Rojas delante de sus viviendas.

Inmediatamente después de la Paz de París, en 1764, el Parlamento aprobó las primeras leyes oprobiosas, la del Azúcar y la de la Moneda. Una gravaba las materias primas que servían para fabricar ron o whisky e incluía el café, algodón, pieles, hierro, madera…; la otra privaba a los colonos de la competencia para fabricar papel moneda. Ambas eran letales para la prosperidad de las colonias, que las interpretaron como una humillación y una condena que los empujaba a la servidumbre, pues les restringía el comercio, las imposibilitaba para hacer frente a sus deudas y asfixiaba económicamente.

Los colonos comenzaron a ver a los ingleses como invasores; los ingleses a los colonos como contrabandistas

Con estas leyes, los colonos quedaban a merced del Parlamento británico. Los ingleses entendieron que había llegado el momento de que los colonos pagaran impuestos y costearan los gastos del Imperio como el resto de los ciudadanos británicos y no sólo se beneficiaran de la protección que se les ofrecía. Los Mandatos de Asistencia facultaron a los funcionarios reales para registrar almacenes, casas y talleres en busca de productos no facturados en la aduana o que habían eludido la tributación.

Otras dos leyes más multiplicaron al año siguiente, en 1765, la afrenta: la Ley de Acuartelamiento, que permitía a las tropas instalarse en las ciudades; y la del Timbre, que imponía tributos al intercambio de documentos entre las colonias. Los colonos comenzaron a ver a los ingleses como invasores; los ingleses a los colonos como contrabandistas.

La libertad para difundir ideas

La Ley del Timbre apuntaba al ‘principio de flotación’ de la creación de las colonias: la libertad para difundir ideas. Por primera vez, los colonos actuaron conjuntamente y representantes de nueve colonias se reunieron en Nueva York en el Congreso de la Ley del Timbre. Consiguieron que el Parlamento británico la revocara. El conflicto ya no era una lucha por el poder sino una disputa por el origen de la soberanía. Los ingleses respondieron con nuevos impuestos y sobre todo con la Ley Declaratoria, que proclamaba la supremacía del Parlamento sobre las instituciones coloniales.

Sin embargo, para entonces, el radical James Otis, de Massachusetts, ya había blandido el lema de la revuelta: “Todo impuesto sin representación es tiranía”. La Asamblea de Representantes de Virginia resolvió, tras una vibrante intervención del abogado Patrick Henry, que sus ciudadanos sólo pagarían los impuestos aprobados por la cámara colonial. Virginia y Massachusetts encabezaron la rebelión.

Noticias falsas: la matanza de Boston

Bajo semejante clima de tensión se produjo la ‘Matanza de Boston’. El destacamento inglés estaba acuartelado en el edificio de la Aduana, al mando del capitán Thomas Preston. Recibía constantemente improperios y mofas de los ciudadanos de Boston. Esa noche, Crispus Attucks, un provocador sin filiación con los ‘hijos de la libertad’, un pobre diablo negro que murió en la refriega, se pasó de la raya: no se conformó con hacer aspavientos a su paso por el cuartel, increpar y abuchear al capitán y sus soldados. En torno a él concentró unas pocas decenas de colonos con ganas de jaleo que comenzaron a lanzar bolas de nieve y costras de langosta a los soldados. Algunos de los provocadores llevaban porras de cuero con las que los estibadores ablandaban las cuerdas en el puerto.

En el juicio posterior se supo que la turba fanfarroneaba aproximándose retadoramente a los casacas: “fuego, fuego…”. Un joven soldado recibió un golpe; y alguien elevó la voz: “¡Fuego!”. El tribunal que juzgó a los militares ingleses concluyó que no fue el capitán Preston y no pudo demostrar que fuera uno de sus hombres. La refriega se resolvió con el acuerdo entre el general Hutchinson y el radical Samuel Adams de retirar la tropa y sacarla a las afueras de la ciudad. Preston y ocho de sus soldados fueron arrestados y juzgados. Samuel Adams exigió un jurado popular. Finalmente rigieron las leyes de la Corona. John Adams se jugó su prestigio y ejerció de abogado en la defensa de los soldados británicos. Preston y otros seis fueron absueltos -declarados no culpables-; dos fueron condenados por homicidio involuntario y después liberados tras señalarles la mano para que quedara constancia de sus antecedentes.

El gobernador británico ofreció un puesto relevante al abogado Adams, que lo rechazó. La posición de John Adams, que solicitó y obtuvo un juicio justo de acuerdo a las leyes británicas, marcó el devenir de los acontecimientos. Los rebeldes norteamericanos tardaron 5 años en reclamar casi unánimemente la independencia. Los radicales constituían una minoría. Durante todo ese tiempo trataron de acordar con la Corona una nueva relación. No querían dejar de ser ciudadanos británicos.

Samuel Adams se guiaba por la consigna “cada día tranquilo fortalece a nuestros enemigos y nos debilita a nosotros”

En aquel momento Massachusetts era el epicentro de la rebelión. Samuel Adams, que se guiaba por la consigna “cada día tranquilo fortalece a nuestros enemigos y nos debilita a nosotros”, se esforzó en avivar la excitación popular exponiendo reliquias sangrientas de la ‘matanza’, haciendo desfilar a los heridos y tullidos -algunos falsos- por las calles y vanagloriándose de su pírrica victoria de alejar al Ejército británico. No obstante, las aguas volvieron pronto a su cauce y el propio Samuel Adams perdió unas elecciones a registrador de su condado. Sin embargo, en 1773, la situación dio un giro inesperado. En mayo, por iniciativa del Gobierno, el Parlamento aprobó la Ley del Té, que concedía a la Compañía de las Indias Orientales el monopolio del comercio del té en Norteamérica.

La intención británica era salvar a la empresa de la bancarrota. La Compañía ya gozaba del monopolio de venta de té en Inglaterra -aunque no sujeta a tributación- y obtuvo además una concesión de 17 millones de libras en té. Pero no era suficiente. Así que el Parlamento decidió que la mejor manera de sanear las cuentas de la Compañía era permitirle controlar el comercio de té en América. La aplicación de la Ley fue un desastre: los americanos la rechazaron a pesar de que al eliminar la competencia, reducía los precios. Muchos pequeños comerciantes perdieron sus negocios. “Los armadores, constructores navales, capitanes y tripulantes, cuyo principal medio de vida era el contrabando, también se sentían amenazados”, narra la historiadora Barbara Tuchman.

El remedio fue demoledor para los intereses de la Corona en sus colonias. Los colonos no sólo consideraron discriminatoria la Ley, sino que permitía a los radicales extender la sospecha de que la verdadera causa que explicaba todas las decisiones que ahogaban la economía de las colonias era la corrupción y el chalaneo político. Mostraban a Gran Bretaña como un Imperio decadente mientras las colonias constituían una nueva y próspera sociedad. De nuevo los ‘hijos de la libertad’ llamaron al boicot y a la rebelión: “¡Monopolio, monopolio!”, gritaron. Otro ejercicio de agitación contra una Compañía “célebre por su negra, sórdida y cruel avaricia”, según un panfleto de la época, como recoge Tuchman. Los moderados exigieron un imposible: representación real en el Parlamento de Inglaterra. No por casualidad, casi medio siglo después los constituyentes españoles concedieron representación a las colonias de Ultramar en las Cortes de Cádiz.

La Ley del Té precipitó la rebelión: el Motín del té fue una protesta coordinada y violenta que incluyó la persecución y ‘emplume’ de oficiales británicos. El 16 de diciembre de 1773, unos cuantos rebeldes disfrazados de indios lanzaron al mar el cargamento de té de los barcos atracados en el puerto de Boston desde primero de mes.

El Motín del Té puede ser considerado el equivalente a la toma de la Bastilla en 1789

El Motín del Té puede ser considerado el equivalente, por su simbolismo y consecuencias, a la toma de la Bastilla en 1789, una protesta contra los privilegios de la nobleza. Tampoco el Motín del té fue una queja popular contra la Corona sino contra el statu quo y al menos, en pura teoría, fue una disputa por el origen de la soberanía. Por su parte, los americanos reaccionaron también contra las prerrogativas concedidas a una empresa. La respuesta del Gobierno británico fue implacable. Consideró a Massachusetts en sedición y aprobó en marzo de 1774 las Leyes Coercitivas. Eran cuatro, pero básicamente consistieron -además de cerrar el puerto de la ciudad hasta reponer el té perdido- en suspender la autonomía de la colonia, su Carta -constitucional- y sus instituciones. Boston estaba al borde la revolución; Jorge III, determinado a sofocarla. Inglaterra no estaba dispuesta a asumir la cosoberanía.

El 5 de septiembre de ese año se reunió en Filadelfia el Primer Congreso Continental, la institución clave de la Revolución Norteamericana. Los comités de correspondencia, creados en Virginia y Massachusetts, eran agrupaciones de colonos que intercambiaban información y discutían respuestas conjuntas ante los ‘abusos’ del Parlamento. El precedente del Congreso de la Ley del Timbre les impulsó a convocar a representantes de las colonias para responder a la subyugación.

El Congreso Continental fue decisivo para el curso de la revolución por varias razones: constituyó el germen de la nación en ciernes; supeditó las decisiones que adoptara cada colonia al acuerdo del Congreso, de modo que unificó la protesta; y, sobre todo, y en virtud de lo anterior, evitó que la revolución se precipitara al abismo de la violencia incontrolada y la arbitrariedad, al encauzarla a través de un órgano colegiado que impedía asimismo que el liderazgo de la misma cayese en manos de oportunistas, ventajistas, revanchistas o iluminados.

Francia toma el sendero de la violencia

He aquí la diferencia esencial con la Revolución Francesa, que en 1792 tomó el sendero de la violencia. No sólo la Asamblea Nacional se convirtió en Convención -sin ánimo de disolverse y por tanto perpetuando un sistema de concentración de poderes que suprimía de facto el imperio de la ley-, sino que además, la Convención mostró pavor ante la presión de la turba y la comuna, instauró en Francia el reino del terror y erradicó a la oposición moderada: la persecución desenfrenada de todo sospechoso de ‘enemigo de la revolución y del pueblo’ y el pretexto de la consecución de igualdad social disolvieron los principios de libertad política y seguridad jurídica; valores a los que nunca renunció John Adams.

Por eso defendió a los soldados británicos en 1770 y por la misma razón, en 1774, se empeñó en que el Congreso Continental guiara y sujetara el conflicto. Los congresistas estaban dispuestos a aceptar recomendaciones e instrucciones de asambleas populares y convenciones locales, pero también resueltos a sofocar cualquier exceso y vulneración de la ley. Si bien, el Congreso Continental ya era, en sí mismo, una institución propiamente revolucionaria que se atribuyó soberanía y capacidad para negociar bilateralmente con el Parlamento de Inglaterra.

El Congreso Continental paró en seco algunas manifestaciones de esta deriva pendenciera y violenta que se produjeron en Massachusetts y Pensilvania, hacia donde se desplazó el epicentro de la revolución por ser la colonia que organizó el Congreso.

En una y otra, distintas asambleas locales -a modo de lo que años más tarde serían en Francia los clubes y comunas- discutían disposiciones ‘niveladoras’, extravagantes, confiscatorias, expropiatorias y contrarias al principio sobre el que se constituyeron los primeros asentamientos coloniales en Norteamérica: la propiedad privada.

El sentido original de la revuelta contra Inglaterra se diluía en reuniones tabernarias -muchas de las cuales acababan como el rosario de la aurora- o tumultos aislados, como los protagonizados por los Patxon Boys, vagabundos fronterizos de Pensilvania que la tomaron sin piedad con pacíficas tribus indias. El Congreso Continental, que acogió representantes de todas las tendencias -radicales, moderados y ‘tories’-, mantuvo intacto el fundamento de las demandas, el pedigrí patricio y el carácter reformista de la protesta.

El Primer Congreso Continental se cerró en apenas un mes y medio sin un plan concreto que presentar al Parlamento británico -el cuasi confederal del conservador Joseph Galloway, de Pensilvania, decayó-. Sólo aprobó tres acuerdos de boicot a productos ingleses: exportación, importación y consumo. Lo cual perjudicó más a los colonos que a Inglaterra.

Para Thomas Paine, autor de ‘El sentido común’, el primer disparo de la Revolución “se escuchó en todo el mundo”

A finales de octubre, sus representantes volvieron a sus casas para pasar el invierno con la tarea de exponer en sus respectivas asambleas algunas de las propuestas y recoger otras. Con ellas bajo el brazo regresaban a Filadelfia en la primavera de 1775. Sin embargo, los primeros enfrentamientos bélicos aceleraron de nuevo los acontecimientos. Ya sabemos que Massachusetts era un polvorín declarado en rebeldía. Para hacer frente y sortear las leyes intolerables del año anterior eligió una asamblea popular y reunió un comité de seguridad para la resistencia armada.

En abril de 1775, el general británico Thomas Gage supo que los rebeldes -ya se denominaban a sí mismos patriotas- habían hecho acopio de munición en un almacén de Concord. Envió allí sus tropas, que se enfrentaron de camino, en Lexington, a milicias campesinas de toda la región. Fue una emboscada. La primera batalla de la Revolución se extendió a Concord. Murieron o cayeron heridos 273 soldados británicos y 95 patriotas. Para Thomas Paine, el panfletista inglés más famoso de América -pronto aparecerá en Alianza una nueva edición de su ‘El sentido común’-, el primer disparo de la Revolución “se escuchó en todo el mundo”.

Con Massachusetts en llamas, los representantes trataron de mantener la calma. Las noticias de lo ocurrido las recibieron recién llegados a Filadelfia.

El Segundo Congreso Continental abrió sus puertas el 10 de mayo de 1775. El radical Patrick Henry clamó: “Es inútil, señores, atenuar lo que ocurre. Los caballeros podrán gritar ‘¡paz, paz!’ ¡Pero no hay paz! ¡La guerra ha comenzado ya!”. A la desesperada, los representantes enviaron a Jorge III la ‘Petición de la rama de Olivo’. Le reconocían lealtad y le instaban a prescindir de los ministros despiadados que le empujaban a la guerra.

Al mismo tiempo, John Dickinson y Thomas Jefferson redactaron la ‘Declaración de causas y necesidades de alzarse en armas’, que reiteraba que los norteamericanos carecían del “ambicioso propósito de separarse de Inglaterra” pero al mismo tiempo exigían que se atendieran sus demandas. En junio, el Congreso nombró al general George Washington comandante en jefe de los Ejércitos coloniales. En agosto, Jorge III desoyó la ‘Petición’ y ordenó sofocar la rebelión por la fuerza. Había estallado la Guerra de Independencia.

1776: se aprueba la ‘Declaración de Independencia’

El 4 de julio de 1776, el Congreso aprobó la ‘Declaración de Independencia’, que proclamó a las colonias libres e independientes. Automáticamente se convirtieron en Estados y decidieron mantenerse unidos para salvaguardar su libertad. La guerra, contexto propicio para los partidarios de asegurar, fortalecer y prolongar la Unión, se prolongó hasta 1783.

En 1781, entraron en vigor los Artículos de la Confederación y Perpetua Unión, aprobados en el Congreso de Annapolis, Maryland, donde se desplazaron los representantes. Adams viajó a Francia y Países Bajos en busca de financiación y reconocimiento internacional. La ayuda de Francia -que se sumó a la causa de las colonias en 1778- y España fue determinante para darle un vuelco a la Guerra.

Adams, Benjamin Franklin y John Jay firmaron el Tratado de París en septiembre de 1783. Francia se tomó cumplida revancha de la Guerra de los Siete Años y los Estados Confederados de Norteamérica comenzaron a discutir y pergeñar, sumidos en la quiebra financiera y disputas territoriales y políticas, una nueva nación, una república federal, sistema nunca visto hasta la fecha; producto, sobre todo, del ingenio del ‘federalista’ James Madison: la Constitución de 1787. La primera escrita de todas las contemporáneas; paradigma de reparto equilibrado de poderes y mecanismos de control institucional.

Tom Wolfe: «El reino del lenguaje» o de que el mono desciende del hombre

Tom Wolfe (1930-2018), que pasa por creador del «nuevo periodismo» y que ha ejercido por décadas de enfant terrible del mundo cultural norteamericano, travestido de dandi, nos deja como última obra El reino del lenguaje (2016), traducida póstumamente al español en anagrama. Parece un reportaje sobre las investigaciones acerca de la capacidad humana de comunicar, pero es también una polémica diatriba contra el mundo académico, lo políticamente correcto y el poder de la apariencia frente a la realidad. Noam Chomsky se nos pinta como ejemplo y lección que ilustra todos los males.

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El resurgir de las charlas

El Arquímedes del siglo XXI es un británico afincado en Estados Unidos, y su punto de apoyo para mover el mundo es la palabra: la habilidad para hablar en público, transmitir ideas y cambiar la visión del mundo de las personas.

Se trata de Chris Anderson, director de las Charlas Ted, una de las mayores  plataformas globales de expansión de ideas. Su libro, Charlas TED, la guía oficial para hablar en público, es una herramienta imprescindible para directivos, políticos, profesores, profesionales del marketing, periodistas… ya que les dota de destrezas para mejorar sus dotes persuasivas a través de la comunicación oral. Pero también para cualquiera que tenga algo interesante que aportar a la audiencia, desde una experiencia personal hasta el entusiasmo por un hobby.

Dieciocho minutos hablando bastan para cambiar el rumbo de la Historia. Incluso menos

Dieciocho minutos hablando bastan para cambiar el rumbo de la Historia. Incluso menos. El discurso de Abraham Lincoln en Gettysburg (1863) duró tres minutos y constaba de diez oraciones y menos de 300 palabras. Pero marcó un punto de inflexión en la Guerra Civil americana. El orador que lo había precedido se alargó dos horas, y sin embargo nadie recuerda lo que dijo.

Este es uno de los ejemplos con los que Chris Anderson explica el poder de la palabra hablada para generar impacto. Y eso es lo que pretenden las charlas TED, concisas (sólo 18 minutos, ni uno más); prácticas; inteligibles para un público amplio; y pensadas para aportar algo valioso a la audiencia.

La organización TED, que tiene actualmente miles de conferenciantes de los cinco continentes, comenzó en 1984 con una iniciativa del arquitecto Richard Wurman para divulgar temas de tecnología, entretenimiento y diseño (las iniciales en inglés del acrónimo TED: Technology, Entertainment, Design).

La primera conferencia  consistió en la presentación en sociedad del compact disc de Sony. Fue un fracaso económico y durante 6 años no hubo más charlas TED.

Quien las relanza y las convierte en un fenómeno internacional es el periodista Chris Anderson, que adquirió TED Conference en 2001. Introdujo dos variaciones. Primero, amplió la temática (se podía hablar de todo y no sólo de tecnología: medicina, música, moda, inteligencia emocional, historia… en realidad de cualquier idea que merezca la pena ser difundida, como reza el lema de TED). Y, segundo, impulsó la expansión del formato por todo el mundo mediante un programa de actos locales, las TEDx, una especie de franquicias.

Charlas TED, (editorial Planeta), 288 pags. 17'5 euros
Charlas TED, (editorial Planeta), 288 pags. 17’5 euros

El resultado, menos de veinte años después, es que los eventos físicos o virtuales de TED son seguidos por un público masivo de todo el mundo (en 2015, se habían visto 1.200 millones de veces).

¿Se pueden adquirir esas habilidades? Chris Anderson lo cuenta en su libro Charlas TED, la guía oficial para hablar en público,  (Booket, Planeta, 2016).

La retórica nació con las historias ante el fuego

Afirma el autor que la comunicación entre seres humanos es “una de las auténticas maravillas del mundo”, en la medida en que supone compartir ideas y enriquecer el conocimiento. Y, como apunta en el libro, comenzó con la expresión oral, antes que la escritura. Concretamente cuando el hombre de las cavernas contaba historias ante el fuego.

Aquel fue el germen de la retórica -el arte de la persuasión-.  Una competencia que históricamente ha formado parte de la educación (junto con la lógica, la música, la aritmética, la geometría y la astronomía). Y que, insiste Anderson, debería enseñarse a los niños del siglo XXI desde Primaria.

Ya que “nuestro fuego de campamento es hoy el mundo entero”. Si la imprenta de Gutenberg amplificó inmensamente el poder de los autores, “la red está amplificando masivamente el impacto de los hablantes”.

Anderson lo explica así: “Si un joven con la capacidad intelectual de Einstein hubiera nacido en la Alemania medieval, de él no habría surgido ninguna revolución científica (…) Pero ahora, por primera vez en la historia, es posible que cualquiera en el planeta que tenga acceso a internet congregue en su casa a los mejores maestros e inspiradores”.

De eso va el libro: “explicarte cómo se consigue el milagro de hablar en público y equiparte para hacerlo de lo mejor manera posible”.

Las terriblemente tímidas Eleanor Roosevelt o Lady Di  lograron superar el pánico escénico

“Qué nervios ¿verdad? Subir a un escenario, y que centenares de pares de ojos te miren resulta aterrador”, dice Anderson.

La buena noticia es que personajes como las terriblemente tímidas Eleanor Roosevelt (esposa del presidente del mismo apellido) o Lady Di  lograron superar el pánico escénico. Pero nada más convincente que el testimonio, en primera persona, del propio Anderson.

Tenía solo 15 minutos para convencer a un auditorio de inversores de que valía la pena apoyar las Charlas TED, cuando él se hizo cargo de la organización. Y confiesa que no estaba dotado para hablar en público, y se detenía en medio de una frase tratando de encontrar la palabra adecuada. Tan nervioso estaba que tuvo que sentarse en una silla para empezar a hablar.

Al terminar, quince minutos después, Jeff Bezos, director de Amazon, que estaba entre el público, se puso en pie y comenzó a aplaudir; al momento, la sala enteró le secundó. ¿Qué había hecho Anderson? Tres cosas: hablar con el corazón, sin esconder su vulnerabilidad; contagiar su pasión por el proyecto de las Charlas TED; y hacerlo a su manera, sin tratar de imitar a nadie. Y se metió al público en el bolsillo.

Y estas son las bases del éxito en comunicación oral: hablar con autenticidad, aportar algo valioso, y procurando ser uno mismo.

Sostiene Anderson que todos tenemos algo que contar -un tema que conocemos, una historia personal, una afición que nos apasiona- y que ese deseo de compartir algo es el primer paso para hablar en público. Y también para superar el pánico escénico: “Si sabes dirigirte a un grupo de amigos durante una cena, entonces sabes lo bastante para hablar en público”.

Claro que luego se puede sacar partido a esa aptitud natural para la comunicación, mediante “una tecnología que es el lenguaje”.

El gran enemigo del conferenciante es su ego. Y eso el público lo detecta

Advierte Anderson que una charla no es ninguna de estas cuatro cosas: Un discurso de ventas; una divagación; una apología de tu trabajo y de lo bien que lo haces; una actuación inspirada para conseguir una ovación cerrada.

El quid de una charla no es colocar tu producto o presumir, sino ofrecer un regalo al público -la solución a un problema, por ejemplo-. El gran enemigo del conferenciante es su ego. Y eso el público lo detecta.

Se trata de prestar un servicio a los demás ofreciendo una idea digna de ser compartida. No tiene por qué tratarse de un hallazgo científico o una invención genial. Puede tratarse de “un sencillo consejo práctico. O de una revelación humana ilustrada mediante el poder de una historia. O de una imagen hermosa con significado”.

Una idea -resume el autor- “es algo capaz de cambiar la visión del mundo de la gente”. En ese sentido, es un regalo de incalculable valor que se hace a los asistentes.

Los títulos de algunas de las Charlas TED lo reflejan de forma elocuente: “¿Quiere ayudar a alguien? Cállese y escuche”;  “La belleza no lo es todo, creedme soy modelo”. “Cómo preparamos a unos jóvenes para la universidad, y a otros para la cárcel”;  “Cómo los peores momentos de nuestra vida nos hacen ser quienes somos”;  “Repensando la infidelidad… una charla para quien haya amado alguna vez”;  o “Tengo 99 problemas y la parálisis cerebral es sólo uno de ellos”.

Línea argumental: ¿adónde quiero llegar?

La charla debe tener una estructura para que el mensaje llegue al público de forma coherente. Sir Ken Robinson, autoridad en educación y famoso conferenciante TED recomienda esta estructura en cinco pasos:

A – Introducción – instalarse, exponer el tema

B – Contexto – Por qué el tema es importante

C – Conceptos principales

D – Implicaciones prácticas

E – Conclusión

O dicho de forma coloquial: ¿Qué?, ¿y qué?, ¿y ahora qué?

Lo importante es que la charla tenga una línea argumental, un viaje con el que conducimos al público a una conclusión, sin que pierda el hilo en ningún momento. El conferenciante debe preguntarse ¿adónde quiero llegar? y construir la línea argumental con la vista fijada en ese objetivo.

Es fundamental captar la atención de la audiencia desde el minuto cero: con una anécdota o incluso con humor

Para que la audiencia no pierda el hilo es fundamental captar su atención desde el minuto cero: con una anécdota, una pregunta sorprendente, o incluso con humor.

Y luego hay mantener el interés para que no decaiga, jugando con la intriga o la paradoja (o contradicción aparente). Algunas charlas son diseñadas como una gran paradoja, incluso ya desde el título: “Cómo convertir el estrés en tu amigo”.

Recomienda Anderson encapsular cada idea en unas 15 palabras, y enlazar ideas evitando adverbios, preposiciones y muletillas, a fin de ir al grano. Porque además, no hay tiempo. La limitación a 18 minutos de las Charlas TED es muy adecuada, porque “es lo suficientemente larga para expresar cosas importantes y lo suficientemente breve para mantener la atención del público”. Se inspiraron en el famoso discurso que pronunció Martin Luther King en Washington “Tengo un sueño”, que duró 17 minutos y tuvo un impacto histórico.

Cinco instrumentos

Esa concisión exige que la charla sea sustanciosa y no banal. Lo cual requiere una preparación muy trabajada. Aquí trae Anderson a colación la frase del presidente Woodrow Wilson cuando le preguntaron si tardaba mucho en preparar sus discursos. “Depende” contestó. “Si es una intervención de diez minutos tardo dos semanas (…) pero si puedo extenderme todo el tiempo que quiera, puedo empezar a hablar ahora mismo”.

Señala el autor que hay cinco instrumentos básicos para construir una charla, y que pueden mezclarse o combinarse.

En primer lugar, la conexión, es decir establecer contacto con el público, generando empatía, valiéndose del lenguaje de los ojos, o la vulnerabilidad o el humor.

En segundo lugar, la narración, o lo que Anderson llama “el irresistible encanto de las historias”.

La explicación, tercer instrumento, es ideal para hablar sobre conceptos difíciles (de materias como genética, ingeniería o filosofía). Daniel Gilbert, psicólogo de Harvard aconseja “encender una hoguera llamada curiosidad”, que hace que los asistentes se pregunten “por qué” y “cómo”.

El cuarto, la persuasión, trata de convencer a un público de que “su manera de ver el mundo no es del todo correcta. Eso implica desmontar partes que no funcionan y reconstruir algo mejor”.

Y pone el ejemplo del científico cognitivo Steven Pinker que demostró en los 18 minutos de Charla TED que el mundo no está plagado de violencia, como se podría deducir de los telediarios.

Para ello presentó estadísticas de violencia comparándolas con el tamaño de la población, con este corolario: lo que importa no es el número de muertes violentas sino la probabilidad de que uno, individualmente, sea víctima de una muerte violenta.

La conclusión de Pinker es que la violencia ha disminuido respecto a siglos pasados; y que la pregunta no sólo es ¿por qué hay guerras?, sino también ¿por qué hay paz? y no sólo ¿qué estamos haciendo mal? sino también ¿qué estamos haciendo bien?  La charla se convirtió, cuatro años después, en el libro Los ángeles que llevamos dentro (Paidós, 2012).  Charla y libro son -señala Anderson- un gran regalo que Pinker ha ofrecido a millones de personas.

La caverna de Platón fue un imagen poética para hacer entender algo tan abstracto como las ideas

Para persuadir se recurre a argumentos. Y éstos deben ser una mezcla de lógica y intuición. Sobre la lógica dice “si consigues aportar a alguien un argumento razonado, la idea que habrás plantado en su mente se alojará ahí y ya no se moverá”. Y pone como ejemplo de argumento intuitivo la caverna de Platón, un imagen poética de la que se valió el filósofo para hacer entender algo tan abstracto como las ideas -tal como cuenta el pensador Daniel Dennett en sus charlas-.

Finalmente, tenemos la revelación, la manera más directa de regalar una idea al público: mostrándosela, que la vean. Y aquí entran en juego diapositivas y powerpoint, hacer en vivo la demostración física de un producto o un invento, o dibujar el futuro mediante la palabra, sacando partido de su capacidad evocadora.

Se trata de apelar a la imaginación. Esto último es lo que hizo John Kennedy cuando en 1962 dijo que EEUU pondría a un hombre en la Luna antes de que acabara la década. O Martin Luther King con el mencionado “Tengo un sueño” sobre el fin de la discriminación racial. Pero esa capacidad de contagiar pasión de los grandes líderes o estadistas a través de la evocación también se puede aplicar a las presentaciones de empresa o a las clases de la universidad,

¿Memorizar o improvisar?

El libro de Anderson aborda el gran dilema de muchos conferenciantes: ¿cómo conjugar la preparación concienzuda antes de la charla y la naturalidad en el escenario?

Que te hayas pasado horas ensayando, controlando el lenguaje corporal, eliminando las muletillas, sintetizando en un tiempo límite de 18 minutos lo que quieres decir… y que una vez  en el escenario se te note suelto y natural.

Anderson no recomienda llevar la charla totalmente escrita y limitarse a leer, porque el público lo detecta a la primera y desconecta; pero tampoco memorizada al cien por cien, porque te puedes quedar en blanco y perder el hilo. Lo ideal es un término medio.

Las grandes charlas están a la vez escritas e improvisadas, como las grandes actuaciones de jazz

Un profesor de Harvard, Dan Gilbert, compara la charla con el jazz: “Las grandes charlas están a la vez escritas e improvisadas… como las grandes actuaciones de jazz: la apertura y el cierre están siempre absolutamente pautados (…) pero lo que hace que el jazz resulte cautivador es que, en medio de una melodía, siempre hay un punto en el que el intérprete puede salirse del guión y crear de manera espontánea algo que capta el estado de ánimo de ese público”.

Pero conseguir la espontaneidad lleva muchas horas de trabajo previo. La gracia es que el público no lo note y perciba la charla como algo natural, fluido, vivo.

Para ello es crucial que el conferenciante no “recite” la charla sino que la “viva”, que la “encarne”. “Tu única meta -aconseja Anderson- es llegar a ese punto en el que recordar las palabras ya no te supone un esfuerzo y puedes dedicar tu tiempo en el escenario para transmitir pasión y sentido al público”.

También deben “hablar” los gestos y la mirada

Tan importante como el contenido de la charla es el continente (el lenguaje del cuerpo y la voz), a los que Anderson dedica sendos apartados.

Respecto al lenguaje corporal, el consejo es expresividad: “decir” con los gestos y la mirada, pero conjugándolo con la naturalidad: ni sobreactuar, ni moverse nerviosamente por el escenario. Y los conferenciantes deben contar con sus cuerpos. Que éstos “no sean dispositivos para transportar sus cabezas” -como decía irónicamente Ken Robinson-. “Y una vez su cuerpo ha transportado su cabeza al escenario, ya no sabe qué hacer consigo mismo”.

Y a la voz se le puede sacar un partido insospechado y huir de la monotonía, gracias a un adecuado entrenamiento. Este incluye seis herramientas: volumen, tono, ritmo, timbre, entonación y prosodia, que es la entonación ascendente y descendente que distingue, por ejemplo, una afirmación de una pregunta. Anderson remite aquí a Julian Treasure, uno de los mayores expertos en comunicación oral y a su TEDTalk  “Cómo hablar de forma que la gente te quiera oír”.

El libro de Anderson desciende al detalle. Desde los apoyos audiovisuales de una charla (y aquí incluye consejos para el uso del software, los derechos de autor de las fotos o el tamaño y las fuentes de los rótulos) hasta la vestimenta, el uso del atril, el attrezzo o la aplicación de la innovación tecnológica, como los presentadores virtuales, el podcast en vivo, las pantallas panorámicas o la charla virtual online.

Una competencia imprescindible en el siglo XXI

El autor sostiene en el capítulo final, El renacimiento de las charlas, que la comunicación oral va a tener un papel protagonista en un mundo marcado por la interconexión del conocimiento; y la innovación tecnológica. Y que hablar en público se va a convertir en una competencia imprescindible en el mundo profesional. Y singularmente en dos ámbitos: la empresa y la enseñanza.

“Se trata de una aptitud fundamental para desenvolverse en el siglo XXI”. Y añade: “Si aprendes a hablar en público aumentará la confianza en ti mismo y seguramente te asombrará descubrir el efecto beneficioso que puede tener para tu éxito en la vida”.

A la postre, lo que Chris Anderson ha hecho con las Charlas TED ha sido un pequeña revolución en la historia de la comunicación oral.

Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española

Eduardo Maura, diputado por Vizcaya en 2015 y 2016, es portavoz de Unidos Podemos en la Comisión de Cultura del Congreso. Al tiempo, no abandona la docencia en la Universidad Complutense de Madrid donde es profesor de filosofía. Su trabajo se ha desarrollado en los ámbitos de la teoría crítica, la estética y la filosofía política. Es autor de Las teorías críticas de Walter Benjamin (2013), su tesis doctoral; coeditor, con Luis Alegre, de ¿Qué es la Ilustración? (Escolar, 2017), que recoge las intervenciones de una veintena de profesores sobre la actualidad de los planteamientos ilustrados, y acaba de publicar un ensayo muy esclarecedor sobre la realidad de España desde su perspectiva generacional, Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática española (Akal, 2018). En el Parlamento, ha participado muy activamente en la plasmación del Informe del Estatuto del Artista.

Eduardo Maura gusta decir: «Nací en 1981 y crecí en Bilbao en una familia urbana castellanoparlante». Su apellido nos lleva a su tatarabuelo, el político Antonio Maura (1853-1925), que fue presidente del consejo de ministros con Alfonso XIII en cinco ocasiones, y que también asumió la dirección de la Real Academia Española (1913- 1925), antecediendo a Ramón Menéndez Pidal.

En el libro Los 90. Euforia y miedo en la modernidad democrática españolaEduardo Maura, además de enlazar toda una serie de confesiones personales, arroja luz sobre la década del título y sus consecuencias, unos años en los que su generación entra en contacto con una España que había culminado ya la etapa de la Transición y la democracia podía considerarse asentada. En su análisis, Maura no abomina de la mentada transición. Más bien al contrario, considera su «relato oficial», de consenso y modernización, como «la escena originaria de la única experiencia democrática estable que ha tenido España». Pero Maura va más allá de ese «relato», avanzando hasta los años noventa, que entiende fundamentales en nuestro devenir democrático hasta el conflictual presente. Unos años noventa y siguientes, para el autor, «más importantes de lo que se dice». Subrayando: «Si lo hacemos bien, lo serán todavía más». Matizando: «El problema es que aún no lo son».

Ediciones Akal, Madrid, 2018, 160 págs. 14,00 euros (papel) / 7,99 (digital)

  No tarda el autor en poner sobre el tapete los dos conceptos sobre los que va a bascular la tesis de su trabajo:

«Euforia y miedo, sueño y despertar, son pares dialécticos de una historia apasionante cuyo influjo es imposible de minusvalorar». Euforia y miedo en una España en que «todo iba bien, pero algo iba mal». De ahí la imagen del Suárez, tomada de Javier Cercas, en su Anatomía de un instante, cuando el escritor le pregunta a su padre por qué se confió en el joven político franquista, y su respuesta es: «Porque era como nosotros». Con lo que el padre de Cercas es para Maura «la imagen de la transición», con su cúmulo de temores y esperanzas. Una palabra, «imagen», de la que no se desembarazará el autor, sacando a plaza a Platón y a la mismísima Atenas —es buen admirador del universo griego—, donde «las imágenes, relatos y personajes de los poetas producen una cohesión cívica».

La digresión platónica, lleva a Maura a considerar, con el filósofo, que «el poder se dirime en el derecho a mentir por el bien común», y, más adelante, por la vía ateniense, a considerar el paralelismo entre lo trágico y la democracia, pues ambos tienen su nudo gordiano en el conflicto. Por eso, afirma Maura, Platón «expulsa a los poetas, lo cual equivale a la expulsión del conflicto y a la expulsión de la democracia» de la ciudad. Este es el punto en el que Maura se detiene para definir la CT, la «cultura de la transición», donde «solo el polo del consenso es genuinamente democrático».

Todo esto, al pairo de la apreciación de que la «regeneración de la monarquía», en el paso de Juan Carlos I a Felipe VI, es «la batalla política más relevante desde 1982», batalla que, en opinión de Maura, está ganando «el equipo» del joven rey, «cuyo proyecto se asemeja, como dirían Freud y Benjamin, al eterno retorno de lo igual». Regeneración monárquica: «regenerar implica al mismo tiempo reparar, recuperar y producir de nuevo», subraya Maura.

Y vuelve a 1992, año clave para el autor, dado que para su generación es «el año de nuestras vidas», con los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, deteniéndose con especial deleite en el papel entonces del hoy Felipe VI. «De todas las decisiones políticas de las élites españolas hay una especialmente memorable por su calado y longevidad: la elección de Felipe como abanderado de España en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos», indica Maura. Para anotar más adelante: «Quien abandera el imaginario del éxito, de sentirse deseado, de experimentar por unos días que el mundo te mira, es precisamente el hijo del rey: Felipe es un privilegiado, qué duda cabe, pero uno con el que es posible identificarse. Está hecho de otra pasta y con otros materiales va a construir su legitimidad». Se fija Maura en la bandera que porta el príncipe y en las otras rojigualdas de aquella ocasión, que «son diferentes a las del desfile del 75 [en el paseo de Juan Carlos tras su toma de posesión] y, desde luego, de las del “a por ellos” de finales de 2017».

Y para Maura, en «plena cumbre de la modernidad política española», llegó «la pérdida de la inocencia»: los casos Marey, Amedo y Gal, la Guerra de los Balcanes, la ruta del bakalao, los crímenes de Alcàsser, la televisión privada, Roldán, los superfondos… Desde esta perspectiva ve el autor, a partir de 1992, «la declinación de las crisis económicas posteriores, así como la indignación y el ciclo 15 M-Podemos». Queriendo matizar: «España no se indigna con los que quieren vivir en el paraíso. Lo hace con quienes embarran el camino y se aprovechan de su posición para hacer trampas». En otro momento, Maura hará mención del vídeo de Susana Díaz sobre la rabieta de los indignados que «aspiraban a una casa en la playa», pero no nos habla del derecho a tener una casa en la montaña. Maura hace la salvedad, no obstante, al acabar el libro, como aviso a los navegantes, de que no ha escrito el libro para regodearse «en la infamia de la transición, en sus mentiras y omisiones». Por si acaso.

Se detiene el ensayista, a continuación, en el análisis del consenso y el conflicto como factores democráticos. Con relación al dispositivo consensual habla del juego de la diversidad y la baldosa: «Se puede ser anarquista, demócrata cristiano, liberal, socialista, conservador ácrata, comunista o lo que se quiera, siempre que nadie se salga de los límites de la baldosa de lo discutible». Y por lo que respecta al conflicto, afirma que «una democracia es más profunda cuanto más conflicto es capaz de asumir y tramitar». En este sentido vuelve a lo ya expresado con relación a la Atenas democrática y a la tragedia. En este mismo apartado es interesante la reflexión del autor sobre el liberalismo y el nacionalismo/estado-nación. Escribe en positivo sobre los «liberales moderados de los treinta», quizás por alguna querencia de origen, para afirmar de seguido que «España es un país con liberales, pero sin liberalismo». Una muy significativa opinión, al pairo de las acciones de Pedro Schwartz, Antonio Garrigues Walker o Enrique Larroque, a los que cita.

Capítulo aparte merece su apreciación, vivida en primera persona, del terrorismo de ETA, como uno de los «puntos cardinales» en la configuración de la democracia en España. «Yo he odiado a ETA toda mi vida, pero también he sufrido la violencia de sentir que no me dejaban hacerlo con mis propias palabras». Se explaya sobre las «equidistancias» dentro de la cultura del péndulo: «En el fondo era un intento de reinventar para el progresismo lo que el péndulo denominaba equidistancia».

Maura asumirá, en definitiva, que la España de los noventa es la de su «formación individual y colectiva», siendo un tiempo «de crítica política y de asunción de un punto de vista de izquierdas, pero también de evasión de la realidad». Para, al cabo, preguntarse: «¿Qué podemos hacer con esa herencia que no poseemos, sino que somos? (…) ¿Hasta qué punto la imagen bidimensional de España que construye la transición le hace violencia a la tridimensionalidad de la democracia?» Y contestarse: «Qué hagamos con los conjuntos y subconjuntos disponibles es una pregunta excelente de la que solo puedo decir que ya no la responderé desde el escaño». Una incógnita sobre el propio futuro de Eduardo Maura. ¿Va a volver, en exclusiva, a la Filosofía, abandonando la política?

Pero el político no quiere cerrar el libro sin apostrofar algunos conceptos: 1. «No estamos en una segunda transición, como mucho en una segunda oportunidad». 2. «La crisis económica e institucional que vivimos desde 2008 ha acentuado una organización social que muestra trazos sobresalientes de miedo a la pérdida». 3. «De compuestos reformistas y rupturistas, progresistas y conservadores, va a estar hecho todo lo que consiga políticamente España en los próximos treinta años». Y 4.«No hay esperanza sin miedo ni hay miedo sin esperanza, como explica Spinoza. Lo que es seguro es que nada importa más que la gestión del miedo y de la esperanza».

Y al fin del fin del jardín, otra confesión de Eduardo Maura: «En realidad no solo quería escribir un libro sobre mi generación, sino un libro para entender a mi madre».

Walter Eucken: «Principios de política económica»

Hay una tentación en todo Humanismo —su manzana de Eva— que es despreciar e ignorar la Economía como ciencia y —lo que es más grave— como realidad. Tanto yerra quien considere que todo es economía —a la manera del determinismo economicista de Marx— como quien la soslaya en virtud de un espiritualismo que no es humano. Pascal nos lo advirtió con su habitual lucidez en pensamiento contundente: «El hombre no es ni ángel ni bestia, y la desgracia quiere que quien haga el ángel haga la bestia». Y una consecuencia de este posible error humanista es no leer las obras fundamentales del pensamiento económico, dejando su dominio precisamente a economistas que a menudo no tienen en cuenta las exigencias de un Humanismo verdadero, esto es, fiel a la realidad del mundo y del hombre.

Walter Eucken: "Principios de Política Económica"
Walter Eucken: «Principios de Política Económica». Fundación ICO, Madrid, 2017, 504 págs., 40 euros.

Para evitar todo ello sería muy deseable que acudiésemos a esta obra capital de Walter Eucken (1891-1950), fundador de la Escuela de Friburgo, que acaba de editar con mucha oportunidad y con el mayor esmero la Fundación ICO (Instituto de Crédito Oficial), en cuidada traducción del alemán original y con un esclarecedor estudio introductorio de Santiago García Echevarría, profesor emérito de Política Económica de la Empresa en la Universidad de Alcalá.

Y es que la vida misma de Eucken no se puede entender sin su pronta vocación por lo humano y su conciencia viva de que la crisis histórico-intelectual que vive el siglo XX tenía que causar —como así ha sido— una fuerte conmoción en la estructura política y social, como nos recuerda su viuda en el prólogo.

Hijo del filósofo alemán y premio Nobel de Literatura Rudolf Eucken y de una pintora, se educa en un ambiente humanista por donde desfila lo más granado de las letras y arte alemanes. De joven, su padre le lee a Aristóteles en griego lo que le va imprimiendo en su alma el que iba a ser su leitmotiv en su consideración de la Economía: el respeto y la adecuación aristotélicos a la realidad, relación que estimará perdida en la gran crisis de la Modernidad, también en las ciencias económicas. Con lucidez se remarca en el prólogo citado:

«El hombre tiene que volver a aprender a percibir desde la realidad la ley de su comportamiento. Lo que significa que como actuante debe respetar la naturaleza de las cosas (Sachgesetzlichkeit). Lo que ello significa para la política económica constituye el tema de este libro» (p. 80).

El año que se doctora en Bonn —1914— es el año del comienzo de la Gran Guerra, en la que lucha como oficial en los dos frentes. La experiencia de la contienda le hace ver, como a tantos otros pensadores, el marasmo y la pro- funda crisis espiritual de Occidente. El ulterior Tratado de Versalles le enseña los costes de ignorar la realidad de las cosas, los pueblos y la economía. La hiperinflación alemana, poco más tarde, le muestra las trágicas consecuencias monetarias y sociales de esquemas de política económicas clásicas alejadas del principio de realidad ya comentado.

En 1927 se instala ya definitivamente en la Universidad de Friburgo, donde asiste al advenimiento y consolidación del nazismo con sus políticas económicas específicas. Cuando Heidegger con su militancia nazi accede al rectorado de dicha universidad en el fatídico 1933, Eucken se opondrá a su constitución universitaria nacionalsocialista para pasar a formar parte de círculos de oposición al nazismo liderados por el gran teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer, ejecutado en 1945.

Y es precisamente entre las ruinas todavía humeantes de aquella Alemania, donde Eucken va a pensar los principios de una política económica que tenga en cuenta a las personas y su dura lucha por la existencia con la labor ordenadora y auxiliar del Estado. Una economía tal que aúne eficacia y justicia, orden financiero y orden social, que va a configurar el gran hallazgo germano de la posguerra: la economía social de mercado. La influencia directa y personal de Eucken sobre la figura de Erhardt, ministro de Economía con Adenauer en 1949 y posteriormente canciller en 1963, será una de las claves del desarrollo económico alemán hasta hoy y de la propia UE. Ahí radica, en esta demostración empírica, la «presunción de verdad» que tienen estas páginas.

Y también influirá, de otra manera, en el desarrollo económico español de fines de los cincuenta con el denominado Plan de Estabilización. La recepción en nuestro país de la obra de Eucken, a través de la apertura a Europa que supuso la sociedad «Estudios Económicos Españoles y Europeos» fundada por Larraz en 1950, influye directamente en la construcción económica institucional que se realiza entonces como guía de dicho plan fundamental. Pero sería un grave error circunscribir al pasado alemán y europeo el libro de Eucken que nos ocupa. El mismo autor nos lo advierte en su comienzo:

«Este libro no está dedicado a los problemas diarios. Lo que intenta es influir en la forma de pensar y, por tanto, es una obra a largo plazo. Estoy satisfecho si estas reflexiones provocan nuevas reflexiones y nuevas investigaciones de la realidad y de esta manera despliegan sus efectos en el transcurso de años y décadas» (Walter Eucken, o. c., p. 14).

Precisamente ahora que estamos padeciendo todavía las consecuencias de la crisis económica de 2008, donde la economía financiera se desacopla de la realidad y el dinero cae en la ficción especulativa del laissez faire y que Europa se encuentra inmersa en una encrucijada político-social, leer a Eucken me parece una necesidad perentoria. Su claridad y sencillez expositivas nos permitirán entender muy bien lo que el autor quiere, lo que hay detrás de sus páginas: la búsqueda de un orden económico congruente con el ser de las cosas y la naturaleza del hombre: lo logró Europa con gran esfuerzo y hoy se encuentra tan amenazado como lo está el ser humano. Por todo ello esta lectura será, no lo dude el lector, un gran acto humanista, esto es, de verdadera inteligencia humana.