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Ver productos1 Dic 1991 - 5min.
Los últimos ecos de la apoteosis de Madrid se han apagado ya y más que hora de balances parece tiempo de espera y… ligera esperanza. La Conferencia de Paz fue un éxito sobre todo, para el país anfitrión, felicitémonos, pero ¿lo fue también para los participantes y, más que nada, para los patrocinadores? Toda evaluación en este terreno parece válida. Se trata de recordar la historia de la botella (¿mitad llena?, ¿mitad vacía?) y mirar hacia delante.
En Madrid quedaron claras, por ejemplo, bastantes cosas. En primer lugar, que la Unión Soviética no existe: su papel fue insignificante, ancilar, patético. Gorbachov pidió árnica, ayuda, auxilio y hasta limosna al poderoso Bush y sus acólitos (España entre ellos) y se olvidó, en el discurso inaugural, de cuál era el objeto de la reunión. Por si hubiera necesidad de demostrarlo, todos los asistentes pudieron comprobar que el inventor de la perestroika es hoy un inteligente vendedor de aire y que, además, no manda nada ni dentro ni fuera de su país.
También quedó claro en Madrid que el llamado conflicto árabe-israelí no es uno, sino muchos problemas, casi todos ellos autónomos y que deberán ser resueltos en diversas fases, en diferentes foros y con diferentes interlocutores. Entre las reivindicaciones sirias y palestinas, por ejemplo, hay un océano de salvedades y distingos. Entre lo que quieren los jordanos (por cierto, ¿qué quieren exactamente?) y lo que los egipcios querrían para los palestinos, media un abismo. Entre lo que algunos palestinos desean (un Estado independiente y soberano edificado sobre los territorios ocupados y la parte oriental de Jerusalén) y lo que otros sueñan (la creación de una nueva Palestina y, por tanto, la destrucción de Israel) la distancia es sideral. O entre lo que a los sirios les gustaría que pidiesen los libaneses, convertidos en sus vasallos, y lo que la mayoría de los libaneses desearía de verdad, ¡cuánta sangre y cuánto dolor, tal vez inútiles!
A Madrid, los árabes llegaron con sus rangos unificados y salieron en orden disperso.
A Madrid, los árabes llegaron con sus rangos unificados y salieron en orden disperso. Una vez más los diablos familiares de los reinos de taifas, que tan bien conocemos por estas tierras sarracenas… Pareciera que entre palestinos e israelíes hubo más coincidencias que entre sirios y jordanos o entre libaneses y egipcios. Más que apariencia, tal vez fuese una trágica realidad. En los últimos diez siglos, los árabes es decir, también nosotros, en lo que nos atañe han pasado una buena parte de su historia batallando entre sí. La lucha fratricida no ha terminado todavía, ay. En Madrid pudo verse el paisaje después de la batalla. Y no es nada animador.
¿Y los israelíes? Tampoco el panorama parece tranquilizador ante el proceso de distensión anunciado. En primer lugar, el propio consenso interno que desde la independencia sirvió para mantener la cohesión principal frente a las disidencias de todo tipo, parece haberse quebrado. Los «ultras» de derecha, los ortodoxos de toda laya amenazan con romper la coalición gubernamental y, lo que es peor, cegar el camino de la propia negociación. La disidencia está en el propio gobierno y se extiende a sus terminales: los asentamientos en los territorios ocupados, el sueño de un Gran Israel hecho sobre la cabeza de los palestinos, la permanente amenaza de utilizar la bomba atómica en una región donde gozan del monopolio aunque, tal vez, no por mucho tiempo… La clave está en si Shamir podrá dictar la paz como hizo Begin con Sadat. Eran otras épocas. Lo que el primer ministro dijo en Madrid no resulta precisamente tranquilizador.
Los palestinos tampoco parecen capaces de jugar el papel que Estados Unidos y los moderados árabes le han otorgado: ser un interlocutor respetado y respetable por sus adversarios y vecinos. La delegación palestina derrochó inteligencia, sensibilidad, cordura e… intransigencia en el cónclave de Madrid, pero, de verdad, ¿a quién representaba? ¿Era el representante único del pueblo palestino? Nada menos seguro. Una parte, tal vez mínima, de este pueblo desea el apocalipsis, otra parte la coexistencia pacífica, algunos quieren el exterminio del enemigo sionista, otros simplemente su neutralización. Casi todos, un Estado independiente. ¿Qué representa, al fin, la OLP de Arafat dentro y fuera de los territorios ocupados? ¿Hasta qué punto la intifada no fue un ajuste de cuentas entre los varios grupos que se disputan la hegemonía? ¿Podrá seguir Arafat imponiendo su voluntad política en Cisjordania (bastante probable) y en Gaza (improbable) como creen Faysal El Husseini y sus compañeros?
Preguntas y preguntas se acumulan en el horizonte de los próximos meses, cuando las imágenes de la gran ceremonia de Madrid se pierden en el recuerdo. He aquí algunas, añadidas: ¿Se mantendrá el proyecto de conversaciones bilaterales propuesto por Israel y aceptado finalmente por los árabes? ¿Participarán los sirios en este tipo de diálogos o, simplemente, atacarán desde el margen a quienes —palestinos, jordanos, libaneses— las acepten? ¿Está dispuesto Israel a luchar por la paz o se trata apenas como fue hasta ahora de ganar tiempo, de confiar en que la guerra civil permanente entre árabes servirá, aplazará un encuentro inevitable? ¿Cuál será, finalmente, la exigencia norteamericana? ¿Se romperá la «unión sagrada» entre la Administración USA y el Estado judío? ¿Puede darse el lujo Bush, en plena apoteosis para la reelección, de prescindir del lobby judío? ¿Puede Shamir, como da a entender, olvidarse del amigo americano? Y, lo que es decisivo, los encuentros en la segunda fase, ¿serán apenas un pretexto para unos y otros, una forma retórica para seguir encastillados en sus posiciones?
En Madrid, ante los ojos y los oídos del planeta, fue posible —y necesario— que cada uno repitiese su discurso.
En Madrid, ante los ojos y los oídos del planeta, fue posible —y necesario— que cada uno repitiese su discurso. Pero en las alcobas y corredores de la negociación, nada será igual. Las fuerzas del statu quo son tan poderosas que a veces resulta imposible imaginar un cambio de rumbo. Las realidades, sin embargo, en esta zona del mundo parecen excesivas, resultan demasiado peligrosas para que Occidente —los árabes son Occidente, decía recientemente en NUEVA REVISTA Pierre Chaunu— las olvide.
Última pregunta: ¿Estaremos al principio del fin o al final del principio? Continuará.